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miércoles, 7 de septiembre de 2022

De noche, bajo el puente de piedra



Nos dice la contraportada que De noche, bajo el puente de piedra es una "historia de historias, relato de relatos". Y seguramente lo es, pero no creo que sea la mejor forma de describir lo que es este libro fundamentalmente: una novela. Formada a base de relatos, sí, cuya relación entre unos y otros, por lo menos al principio, no es del todo obvia, de acuerdo. Pero el poso que nos deja al final es el de Novela. Extraordinaria, bellísima Novela. Con una mayúscula, simplemente porque tampoco es cuestión de ponerse a gritar.

De noche...transcurre en la Praga de finales del siglo XVI y principios del XVII, una época y lugar en los que mi ignorancia se siente como en casa y que resultan ser de lo más interesantes. Praga era a la sazón la capital del Reino de Bohemia, y había sido residencia de varios Emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico. A pesar de ser, pues, territorio de fuerte tradición católica, el protestantismo iba ganando en aceptación, lo cual, unido a otras causas, desembocaría en 1618 en la Guerra de los Treinta Años. Antes de llegar a ella, sin embargo, Praga pasó por un período marcado por la inefable figura de Rodolfo II, Rey de Bohemia y Emperador del Sacro bla bla bla. 

El conocido retrato que hizo Arcimboldo de Rodolfo II

A este Rodolfo no le preocupaban demasiado los asuntos de la corte ni sus ramificaciones religiosas. Sobrino de nuestro Felipe II, Rodolfo era católico, y pasó sus años de formación en España, a pesar de lo cual su reinado se caracterizó por la tolerancia religiosa. Protestantes y, sobre todo, judíos podían vivir sin miedo, hasta el punto de que en aquellos años la vida cultural judía floreció en Praga como no lo había hecho hasta entonces. Baste decir que, a principios del siglo XVIII, en ningún lugar del mundo había tantos judíos como en Praga, donde representaban la cuarta parte de la población. 

A falta de interés en la política, la vida de Rodolfo II giraba en torno a sus grandes pasiones: las artes, la astrología y la alquimia.  Fue mecenas de numerosos artistas y científicos, y algunos de ellos, como Arcimboldo o Bartholomeus Spranger,  Kepler o Tycho Brahe, fueron acogidos en su corte. Tenía una notable colección de obras de arte en la que figuraban varios Durero y Brughel, y un célebre gabinete de curiosidades que incluía leones, tigres, águilas y osos.

Johannes Kepler y Rodolfo II

Muchos historiadores han achacado al aparente desinterés de Rodolfo por las cosas de palacio los desastres de su reinado, el más señalado de los cuales es la ya mencionada Guerra de los Treinta Años. Esa visión, sin embargo, ha cambiado en los últimos años, y ahora historiadores y biógrafos se inclinan por valorar su notable contribución al desarrollo cultural y científico del país, que ven como un factor clave en el desarrollo del Renacimiento en Bohemia. Esa mirada benevolente de los historiadores hacia sus filias se extiende también a sus fracasos políticos, que hoy se consideran más bien un loable intento fallido de crear un imperio cristiano unificado. 

Y diréis, ¿a cuento de qué la vida y milagros de este señor? Pues a cuento de que es uno de los protagonistas de esta soberbia obra literaria que es De noche, bajo el puente de piedra

La calle Rabínská, en el antiguo barrio judío de Praga

Aunque mucho menos conocido, otro de los grandes personajes de la época que se pasean por estas páginas es Mordecai Maisel (Mordejai Meisl en el libro), filántropo, prestamista y líder de la comunidad judía. A lo largo de su vida, el emprendedor Maisel llegó a amasar una inmensa fortuna. Su filantropía le impulsó a realizar obras de caridad, promover la construcción de hospitales, proveer de ropa a los más pobres, contribuir a la construcción de iglesias y sinagogas, y prestar dinero sin intereses a mercaderes en apuros. Es más, con el tiempo Maisel se convirtió de facto en el prestamista oficial de Rodolfo II, a quien prestó grandes cantidades de dinero a cambio de ciertos privilegios y oportunidades de negocio.

Siglos más tarde, Jakob Meisl (a éste le dejo el apellido como en el libro), estudiante de medicina y descendiente del legendario Mordecai, le cuenta todas estas historias a su alumno particular, que es nuestro narrador. En palabras de Meisl, ni los libros ni  los profesores son capaces de explicar los porqués y los cómos de la Historia, pues siempre dejan de lado el factor humano y el lado mágico de la vida. Así, por ejemplo, cuando los rebeldes bohemios perdieron la histórica batalla de Monte Blanco, ello no se debió a que tenían enfrente al conde Tilly ni al pésimo emplazamiento de su artillería, sino a que el caballero Peter Zaruba "no tuvo la sensatez de preguntarle al mesonero que le atendió: ¿cómo puedes ofrecer doce platos semejantes por solo tres gros? ¿Eso, amigo, es económicamente imposible! Y así perdió Bohemia su libertad y cayó en manos de Austria...".

Retrato de Mordecai Maisel

Las vidas de Mordecai y Rodolfo se cruzan en varios momentos, algunos de los cuales nos proporcionan unas páginas maravillosas. Como ya hemos dicho, Mordecai prestó grandes sumas al Rey, pero a estos dos personajes no sólo los unen los lazos económicos, sino que también hay de por medio una historia de amor cuyo origen y razón de ser sólo se nos revela al final del libro.

Estos saltos adelante y atrás en el tiempo, saltos que van desde la época del narrador hasta la infancia de un niño judío muy espabilado, pasando por la juventud de Rodolfo tras su regreso de la corte española y por las maquinaciones del chambelán Philipp Lang (otro personaje histórico que podría estar sacado de una película), dan una gran agilidad al relato y lo impregnan de misterio. A ello contribuyen también las otras grandes dualidades que nutren la historia. Así, De noche... se desliza por esa dimensión que se extiende entre el mundo de los sueños y el de la realidad, juega los conceptos de destino y azar, hace un esqueje entre un rosal y un romero, y toquetea los hilos que unen al mendigo más miserable con el emperador más sacro y más germánico.

Fotograma de El Golem (1920), de Paul Wegener

La novela, pues, está envuelta en lo que los gentiles con escaso conocimiento del misticismo judío podríamos definir como un ambiente cabalístico, que es otra manera de referirse al elemento mágico. De hecho, uno de los numerosos personajes históricos que vemos en la obra es el Rabino Loew, el destacado talmudista a quien la leyenda atribuye la creación del Golem, ese personaje de barro cuya misión era proteger a los judíos de Praga de ataques antisemitas y pogromos. En nuestra historia no hay golems, pero sí fantasmas, profecías, transmigración de almas o perros que hablan, pero mucho ojo, que a nadie se le ocurra hablar de realismo mágico. Por favor. Porque no.

De noche... es también una elegía al antiguo barrio judío de Praga, ciudad natal del autor. Si habéis visitado la ciudad, quizá os haya sucedido como a mí, que busqué en vano esas estrechas y oscuras calles del barrio judío, tan tortuosas ellas, por las que se paseaba el golem de Paul Wegener. Aquel histórico barrio, conocido como Josefov, fue en su mayor parte demolido entre 1893 y 1913, con el fin de hacer sitio a una remodelación de la ciudad al estilo del plan Haussmann que transformó París. De él sólo quedan en pie seis sinagogas, el viejo cementerio y el ayuntamiento judío, todos ellos parte del Museo Judío.

El barrio judío antes de su demolición. Los rincones tan kafkianos como éste ya no existen.

«A punto de concluir el siglo, cuando contaba quince años e iba al instituto —mal estudiante, siempre necesitado de preceptores—, vi por última vez el barrio judío de Praga, que ya no se llamaba así, sino la “ciudad de José”. Aún la recuerdo tal y como era en aquella época, con sus endebles casas apoyadas unas contra otras y casi en ruinas, con agregados laterales y delanteros que hacían las callejuelas aún  más estrechas. Esas callejuelas sinuosas y llenas de recodos que formaban un laberinto en el que me perdía irremisiblemente si no me andaba con cuidado. Oscuros pasadizos, patios sombríos, ventanucos y bóvedas como cuevas en las que los ropavejeros solían ofrecer su mercancía, pozos y cisternas  contaminadas por la enfermedad de Praga, el tifus, y en cada rincón, en cada esquina, una taberna en la que confluía el submundo de la ciudad.» 


Leo Perutz, nacido en Praga en 1882 de familia judía, fue una de esas mentes privilegiadas que fracasan en los estudios. Pese a un historial de resultados académicos mediocres, cuando no de expulsiones y abandonos, nos dejó, por ejemplo, además de libros tan magistrales como el que nos ocupa, fórmulas matemáticas que aún hoy se emplean en el cálculo estadístico. 

Trabajó en la misma compañía que Kafka, si bien en otra sede, y se relacionó con artistas de la talla de Kokoschka, Brecht o Werfel (de quien un día de estos hablaremos), entre otros. No tuvo, al igual que su imperial personaje, demasiado interés por la religión. Sin embargo, como para los nazis la falta de fe no era un atenuante, nuestro amigo decidió, ante lo que se le venía encima a Europa, trasladarse a Tel Aviv. Poco amigo del sionismo y de cualquier tipo de nacionalismo, no se puede decir que celebrara la creación del estado de Israel. De hecho, nunca llegó a sentirse a gusto aquel país e intentó repetidamente regresar a Austria. No fue hasta 1950 cuando el país que, como veíamos aquí, se consideraba víctima del nazismo le permitió volver y recuperar la ciudadanía austriaca. Pero no encontraría editor para sus cuentos, tildados de excesivamente judíos. 

Una edición en inglés muy bonita

Hay quien ve en la Praga de De noche..., publicado en 1953, una representación alegórica del holocausto y de la vida del autor. Personalmente, pese a haberlo leído dos veces seguidas (y las que vendrán), no he visto tan claramente dicha alegoría. Pero es que este libro tan rico, sugerente y hermoso merece tantas lecturas que vete tú a saber qué encontraré en él la próxima vez.


domingo, 10 de julio de 2011

Cuentos de Wilde, relatos de Stevenson


"Cuentos" y "relatos" son dos términos que, con determinados autores, los editores a veces emplean como sinónimos. Así, se habla tanto de los cuentos de Faulkner como de sus relatos. La cosa es más simple en inglés, donde ambos son simplemente "stories", con la palabra "tale" reservada más bien para los cuentos de hadas (¿¿relatos de hadas??) o de Canterbury. Con los autores que nos ocupan, al hablar de Wilde suele utilizarse más "cuentos", mientras que con Stevenson yo diría que "relatos" es más habitual.
Sin entrar en definiciones o teorías literarias, que personalmente me aburren, algunas de las diferencias entre estos términos parecen ser la longitud (el cuento es más breve), la veracidad (el cuento siempre es ficticio; el relato, no necesariamente), la temática (el relato suele asociarse con las aventuras), o la función (el cuento acostumbra a tener una moraleja, mientras que el relato puede limitarse a la presentación de unos hechos). Los niños tienen clarísima la diferencia. ¿Alguien ha oído alguna vez a un niño decir "papá, cuéntame un relato"?
Y hablando de niños, Stevenson es de esos autores que los padres podían comprar a sus hijos con la certeza de estar haciendo lo correcto. La isla del tesoro o La flecha negra se consideraban y siguen considerándose novelas para niños. Por el contrario, a Wilde, en general, no se le ha puesto esa etiqueta, o no es la primera que nos viene a la mente. ¿Quizá se debe esto a la vida privada del autor? Sin embargo, la vida de Stevenson, autor apto para todos los públicos, no estuvo tampoco ajena al escándalo. Claro que se trataba de escándalos más tolerables, como liarse con señoras maduritas y casadas.

El debate sobre qué es una novela para niños la dejo para otro momento, aunque a modo de anécdota, diré que en un concurso en que participé, a los 11 o 12 años, me entregaron como premio Los niños terribles, de Cocteau. Quizá pensaban que era un libro al estilo de Guillermo el travieso. Pero volviendo a Wilde, la verdad es que cuesta imaginar cuentos más apropiados para los niños que los de El Príncipe Feliz y otros cuentos, preciosos, conmovedores, herederos de Andersen, o los de Una casa de Granadas, también bellísimos, si bien sensiblemente más sofisticados.

En "Una casa de granadas", uno de los cuentos que destacan es, si duda, "El pescador y su alma", y destaca no tanto por su gran calidad, que la tiene, sino por unos aspectos formales que la diferencian del resto de relatos (¡uy!). En primer lugar, su longitud, más del doble que cualquier otro, y sobre todo, sus largas descripciones de paisajes y reinos lejanos, exóticos y fantásticos. Esas descripciones y evocaciones, esos ambientes cargados de lujo y rebosantes de sensualidad y exotismo a mí no han dejado de recordarme al maravilloso poema "Kubla Khan", de Coleridge, escrito casi cien años antes:

In Xanadu did Kubla Khan
A stately pleasure-dome decree:
Where Alph, the sacred river, ran
Through caverns measureless to man
Down to a sunless sea.

So twice five miles of fertile ground
With walls and towers were girdled round:
And here were gardens bright with sinuous rills,
Where blossomed many an incense-bearing tree;
And here were forests ancient as the hills,
Enfolding sunny spots of greenery...




(En Xanadú, Kubla Khan
mandó levantar su cúpula señera:
allí donde discurre Alfa, el río sagrado
por cavernas que el hombre jamás ha sondeado,
hacia una mar que el sol no alcanza nunca.

Dos veces cinco millas de tierra muy feraz
ciñeron de altas torres y murallas:
y había allí jardines con brillo de arroyuelos
donde, abundoso, el árbol de incienso florecía,
y bosques viejos como las colinas
cercaban los rincones de verde soleado...)

"El Pescador y su alma", que en algunos lectores provoca un cierto rechazo, debido a sus largas y aparentemente irrelevantes descripciones, es, a mi juicio, una fascinante exploración del subconsciente (recordemos aquí la historia del poema de Coleridge, quien contaba que el origen del poema era un sueño que tuvo tras una noche de opio), así como, de nuevo (recordemos El retrato de Dorian Gray), un conflicto entre dos ¿entidades? aparentemente opuestas: alma y cuerpo. El autor se ayuda para ello de la más obvia imaginería cristiana, y crea con ella una inteligente paradoja: la del pescador de almas que entra en conflicto con la suya propia. Se han realizado fascinantes estudios sobre este cuento, cuya inagotable riqueza de significados está a la altura del mejor Wilde. 
Los Cuentos completos de Wilde se completan con El crimen de Lord Arthur Savile y otras historias, El retrato de Mr W. H., y la maravillosa colección de Poemas en prosa. Sorprende el conjunto por su variedad de estilos, por la maestría de Wilde al manipular diferentes géneros (cuento de hadas, de fantasmas, fábulas, parábolas bíblicas, o juegos metaliterarios al más puro estilo de Nabokov), y sobre todo por su extraordinaria calidad, de buenos a excelentes a obras maestras, que merecerían, todos y cada uno de ellos, una reseña específica. Una auténtica joya.


Mientras los cuentos de Wilde acostumbran a tener moraleja, los relatos de Stevenson no sólo carecen de ella, sino también de cualquier espíritu de ejemplaridad. Gracias a ello se ganó la admiración de aquellos autores que rechazan la función ética de la literatura, o que postulan que en la literatura, la estética constituye la ética, tales como Nabokov (cuentos), Borges (cuentos), o Chesterton, entre muchos otros.
Stevenson es un autor para niños (hablamos de los tiempos en que la infancia duraba hasta los 18 años) porque ama el arte de narrar y consigue cargar de interés y tensión la historia más sencilla. Tanto en Las nuevas mil y una noches como en Noches en la Isla, el retrato psicológico, central en La isla del tesoro como en el Doctor Jeckyll, cede el paso al relato puro, al qué pasó entonces, la razón primordial del arte de contar. Y de ahí el título homenaje a Las Mil y una noches, con el que, aparte de esta pasión narradora, comparte el enlazamiento de las historias y un supuesto "narrador árabe" que nos suena más a pitorreo que a otra cosa.


La influencia de Stevenson es más evidente en algunos de sus devotos que en otros. No se percibe claramente en Nabokov, es algo más clara en Borges, y es del todo palpable en Chesterton. ¿Acaso no nos recuerda ese metomentodo de Florizel de Bohemia al Padre Brown y su candor? ¿Acaso es posible leer la historia "El club de los suicidas" sin que nos venga a la mente El hombre que fue jueves
Pero la influencia de Stevenson es de aún más largo alcance. Quizá diréis que estoy obsesionado, pero el relato "El pabellón de las marismas" me ha parecido puro Bolaño...

Clara nos abrió la puerta del pabellón. Me sorprendió la perfección con que tenían preparada la defensa. Pese a que había una gran barricada, se podía liberar fácilmente y mantenía la sujeción de la puerta contra cualquier violencia del exterior. Las contraventanas del salón estaban también fortificadas incluso de forma más compleja. Fui conducido directamente hacia allí; les iluminaba la débil luz de una lámpara.--

...palabrota más o menos. Pero reconozco que lo mío con Bolaño empieza a tomar tintes enfermizos. 
Y siendo la característica principal de Stevenson la pasión por narrar, no podía por menos de rendir homenaje a una de las grandes tusitalas del siglo XX. Isak Dinesen, naturalmente. Así, aunque Stevenson escribió "El diablo embotellado" y "La isla de las voces" unos cuantos años antes de que naciera la gran autora danesa, no me cabe duda de que ambos relatos, tan dinesenianos ellos y -tanto por su atmósfera mágica como por ser cuentos- diferentes del resto, constituyen un sentido y brillante homenaje a la escritora que recogería el testigo del arte de contar cuentos, quiero decir, relatos.
Como veis, leer a Stevenson, aparte de garantía de pasárselo pipa, es hacer un repaso a la mejor literatura del siglo XX.


jueves, 31 de marzo de 2011

La historia inmortal, de Isak Dinesen

Isak Dinesen, por Richard Avedon

Atención: relato de gran calado. Se trata de una historia aparentemente sencilla: un anciano comerciante inglés, Mr Clay, afincado desde hace décadas en Cantón, tan envidiado por toda la población, por su inmensa riqueza, como odiado por el modo en que la amasó, hundiendo y arruinando sin ningún tipo de escrúpulos a socios y competidores por igual, decide un buen día hacer realidad una historia que había oído a un marinero cincuenta años antes y que, según acaba de descubrir, no era más que una leyenda. Esta leyenda, que, se nos dice, conoce todo hombre de mar, cuenta cómo hace tiempo, en una ciudad portuaria, un anciano se acercó a un joven marinero y le preguntó si quería ganarse 5 guineas. El joven acepta y acompaña al anciano, quien resulta ser un hombre rico que vive en una mansión. Tras una opípara cena, le detalla el trato al desconcertado marino: el anciano se siente cercano a la muerte, y no tiene nadie a quien quiera dejar su inmensa fortuna. Por ello, le pide al joven que entre en una habitación contigua, donde se encontrará con una hermosa doncella. A cambio de las 5 guineas, el marinero tendrá que proporcionarle un heredero.


Esa es, a muy grandes rasgos, la esencia de la historia original, que en realidad no es sino la historia dentro de la historia, "the kernel", como se decía en El corazón de las tinieblas. Pero quiero hacer hincapié en lo de los grandes rasgos, porque una de las característica de este relato (lo confieso, el primero que leo de Dinesen; vendrán todos los demás) es que cada frase parece remitirnos a otra historia, cada frase tiene un significado semioculto, una referencia que se nos muestra, a veces de manera  clara, otras, más esquiva, pero que no logramos hacer encajar del todo en una "interpretación." Como debe ser. Hablamos de literatura.

El judío errante, de Gustavo Doré

Pongamos por ejemplo las constantes referencias a Mr Clay como "creador", omnipotente", sin olvidar que su nombre en inglés significa "arcilla", y a quien, según cuenta la leyenda, nadie podía mirar a los ojos. Fijémonos en su empleado, al que se le atribuyen algunas curiosas características, como por ejemplo un exhaustivo conocimiento de los caballos heredado de un antepasado. Este empleado, Elishama, es definido por uno de los personajes como "el judío errante", y durante un tiempo cumple un papel que parece una parodia de Sheherezade. Elishama desencadena esta postrera obsesión de su superior cuando, al preguntarle éste si conoce otro tipo de libros, "libros que no trataban de compras y ventas, sino de otras cosas, que alguien hubiera puesto por escrito y otra gente leyera", Elishama le muestra un papel que había guardado toda su vida en una cajita roja. Este papel le había sido entregado en su infancia por un hombre muy viejo, que lo había sacado de Polonia en su huida del pogromo, y al que habían enterrado deprisa y corriendo al lado del camino. Cuando el niño aprendió a leer se dio cuenta de que las letras de ese papel amarillento no eran las que él conocía: era hebreo, y el texto, un fragmento de las profecías de Isaías. ¿Las qué? Sorprendido por la ocupación principal de los profetas, profetizar acontecimientos que nunca ocurren, Mr Clay decide que, a diferencia de ese incompetente de Isaías, él sí va a hacer realidad una historia leyenda profecía, en un acto que para don Arcilla será un acto de expiación, mientras que para Virginie, que deja su dignidad a un lado para, a cambio de 300 guineas, volver a la casa de su infancia, significa la posibilidad de tomar cumplida venganza del hombre que arruinó a su padre.


"La historia inmortal" se resiste a interpretaciones claras. Y eso es precisamente lo que la hace inagotable, infinita, como Las mil y una noches, a las que sin duda nos remite. Está tan preñada de sugerencias, misterio y ecos literarios, que el genio de Orson Welles no pudo resistirse y la convirtió en película, hoy casi inencontrable en las tiendas y huidiza en la red, mas no cejaré en mi empeño.
Releída en el acto.

martes, 23 de marzo de 2010

Relatos, de Rudyard Kipling

Kipling tiene mala fama. Se ve que era un facha. Ser un defensor convencido de las bondades del Imperio Británico (aunque no le dolían prendas cuando pensaba que debía criticarlo), junto con un par de irrelevantes anécdotas basta para que te metan en el cajón de los fachas. Naturalmente, el hecho de que le endosen un adjetivo tan absurdo da una idea del nivel intelectual de quienes lo emplean. Por eso es tan reconfortante leerlo: en primer lugar, porque cualquier escritor que esté mal visto por los dictadores de lo políticamente correcto es hoy en día una bendición; y en segundo lugar, porque, como dice Alberto Manguel en el postfacio, "este libro contiene algunos de los relatos más perfectos escritos en lengua inglesa."
La selección de relatos, también a cargo de Manguel, si bien presenta algunos peros, sí es muy acertada por cuanto nos muestra de manera muy clara la evolución en los relatos de Kipling. Y una cosa puede decirse: Kipling nunca es "sencillo". Eso es algo que se va acentuando conforme va madurando como escritor, hasta llegar al estilo críptico de "Aficionados", pero que está ya bien presente en sus primeros relatos. Sirvan como ejemplo "La casa de las cien penas" o "La extraña galopada de Morrowbie Jukes". En este último, como sucede con otros, Kipling le da al relato un final que a primera vista se nos antoja precipitado. La historia nos pide, nos exige una segunda lectura. En unos casos, esa segunda lectura, aparte de un gran goce como lector, nos causará más perplejidad; en otros, nos quedaremos con la duda de si las cosas son tan simples como aparentan, como en "El jardinero".
Maravillosos son "El hombre que pudo reinar", de todos conocido; el autobiográfico "Bee bee, ovejita negra"; el irónico y borgiano"Un hecho real"; y, sobre todo, "El mejor relato del mundo", otra joya de estilo borgiano y que, valga la hipérbole, que no sé si será el mejor del mundo, pero lo intenta de manera muy digna. Pero la verdad es que, aparte de "La colmena madre", una fallida fábula indescriptiblemente tediosa, no hay relato que no sea un pequeño prodigio de originalidad e inteligencia.
Como único punto negativo de la edición, destacaría que la traducción se habría beneficiado de una revisión más exhaustiva.

martes, 15 de diciembre de 2009

El joven audaz sobre el trapecio volante, de William Saroyan


La impresión que deja esta colección de relatos es que el autor está buscando todavía su estilo. Este fue su primer libro publicado, a la edad de 26 años, por lo cual se le puede perdonar lo que, en mi opinión, constituye el principal defecto de este libro: su irregularidad.

Hay aquí dos Saroyan. Uno, el joven aprendiz de escritor, de origen inmigrante, que observa el mundo que lo rodea (San Francisco en la época de la Gran Depresión) y lo describe con ojos de niño introvertido, de adolescente impetuoso,o de veinteañero sin blanca, aficionado al jazz y aspirante a escritor. En estos relatos ("Sesenta mil asirios", "1 2 3 4 5 6 7 8", "Diecisiete años", "Harry", "Risa", "Con los extraviados" y algún otro), la capacidad del autor para crear excelentes relatos a partir de nimios recuerdos y anécdotas triviales es pasmosa. Saroyan sabe captar como nadie la extrañeza del niño en una tierra que no acaba de sentir como suya y la nostalgia de la que nunca conoció, en su caso, Armenia.

En "La tierra, día, noche, él", uno de mis relatos favoritos, describe con exquisito y prosaico lirismo las ensoñaciones y melancolía del joven
que se adentra con paso torpe en la madurez y, sentado a una mesa con su novia, está al mismo tiempo muy lejos de allí. Es un relato muy contenido, donde Saroyan sabe cuándo debe detenerse, qué hace falta decir y qué callar. No sucede así en "Guerra", donde peca de obviedad.

En el resto de relatos nos encontramos con el otro Saroyan, a mi juicio, más flojito, o todavía en busca de su estilo. Estos relatos no pecan tanto de obviedad como de pomposidad. "Hombre" podría haber sido un gran relato, pero lo estropea el tono trascendental. "Llega el gran árbol" es, en mi opinión, totalmente prescindible. Tampoco han llegado a convencerme algunos relatos en los que Saroyan confía demasiado en su capacidad para crear historias ("Un día de frío", "Groenlandia"), pero entre éstos, sí que he encontrado interesante "Yo sobre la tierra", que cierra el libro con toda una declaración de intenciones:
"¿Sabéis que no creo que exista la poesía, el relato o la novela como formas literarias? Creo que lo único que existe el ser humano. Lo demás son artima

ñas. Yo estoy intentando plasmar en esta historia al hombre que soy. Y tanto como pueda de mi tierra."



En resumen, El Joven audaz... es un libro, si bien irregular en temática y estilo, muy recomendable, y ya voy a empezar a buscar por las bibliotecas otros libros de este autor.


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