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viernes, 21 de marzo de 2014

Turbado y ofuscado


Pregunta de orden secundario: ¿se puede hablar de Cegador habiendo leído el libro sólo una vez? No sé si se debe, pero poderse, se puede. De todas formas, por si sirve de excusa, prometo que lo volveré a leer. Probablemente seguiré sin entenderlo, pero ciertos lectores no leemos a Cartarescu para entenderlo (es más, me atrevería decir que no queremos entenderlo), sino para dejarnos hipnotizar por su prosa. Lo cierto es que este libro requiere, exige, ordena y manda una relectura inmediata, pero antes de ello voy a intentar aclarar un poquito mis ideas.

Pregunta fundamental y que tarde o temprano el mundo de la literatura tendrá que plantearse: ¿se puede comparar a Cartarescu con algún otro escritor contemporáneo? Esto tendréis que contestarlo vosotros, porque yo no leo mucha literatura contemporánea. Sin embargo, aunque quizá por la rabelaisiana imaginación de ambos así como por su aura de autor de culto me viene a la mente Murakami, creo que cualquier paralelismo entre los dos termina ahí. Así que, admitiendo mi desconocimiento en materia de autores contemporáneos, me atrevo a afirmar que Cartarescu es incomparable.



Pero un momento, que ser incomparable tampoco es necesariamente un elogio. Puede querer decir que eres un bicho raro. Muy, pero que muy raro. Que a veces no hay quien te entienda. Que parece que escribas sólo para ti, y te traigan al fresco el desasosiego y la frustración que le causas al lector. Y sobre todo, y lo peor, que nadie sabe por dónde vas a salir la próxima vez.

Algunos escritores se convierten desde sus inicios en autores de culto y luego pasan a ser fenómenos de ventas. ¿Cómo? A base de talento, indudablemente, y de darle siempre al lector lo que espera de él. El problema es que, con frecuencia, la fórmula se agota. Ahí está, por ejemplo, mi antaño admirado Auster, al que no leo desde hace años porque con cada libro suyo que sale pienso "ufff, ¿otro más?". El ya mencionado Murakami, a quien todavía leo con gusto, debe ir con cuidado si no quiere caer en la misma trampa.


No creo que lo haga con el fin de evitar la repetición, sino simplemente porque él es así de raro, pero el caso es que Cartarescu es todo lo contrario de esos autores que, para bien o para mal, nos cuentan siempre la misma historia. Libros como por ejemplo El ruletista y Por qué nos gustan las mujeresparecen escritos por dos autores completamente diferentes. Quien tras leer el primero se compre el segundo esperando encontrar en él algo parecido acabará yendo a quejarse a la librería, y a decir que el nombre del autor que hay en la portada debe de estar mal (de hecho, situaciones parecidas han tenido lugar con un tal Ryuki Murakami, lo cual ha provocado la devolución de más de un regalo de cumpleaños). Porque cada libro de Cartarescu es impredecible. ¿He dicho cada libro? ¡Cada capítulo! ¿He dicho cada capítulo? ¡Cada página! Y así, en una reducción ad infinitum.

Imágenes de Bucarest antes del terremoto del 77 y la demolición posterior

Normalmente, cuando leo un libro que luego me propongo reseñar, voy tomando notas en el punto de lectura. Suelo acabar, según la extensión del libro, con cuatro o cinco marcapáginas totalmente garrapateados. Con Cegador, sin embargo, no tomé más que cuatro notas, que hoy no me sirven para nada. Y si no tomé más, fue por dos razones: en primer lugar, porque cuando uno toma notas para lo que va a escribir más adelante, tiene que tener una idea aproximada de qué es lo que quiere escribir, algo totalmente imposible cuando cada página te descoloca completamente y no tienes ni idea de adónde te quiere llevar el autor. Y en segundo lugar, el carácter hipnótico (y es que no se me ocurre un adjetivo mejor) de la prosa de este rumano genial hace que cualquier interrupción de la lectura para tomar una nota se convierta casi en un sacrilegio.

Como veis, entre Murakamis y anécdotas del reseñista aficionado, voy aplazando el duro momento de empezar a hablar de Cegador. Bueno, valor...

Empecemos con algunos datos reales y objetivos. El libro publicado por Funambulista es tan sólo la primera parte de una trilogía que en rumano se titula Orbitor. Decía Cartarescu en una entrevista que se trata una novela con forma de mariposa. Así, la parte que nos ocupa se titula El ala izquierda, publicada en 1996, a la que siguen El cuerpo (2002) y finalmente El ala derecha (2007). Se trata, pues, de una obra más que ambiciosa que ocupa alrededor de 1.500 páginas. Si no me equivoco, Impedimenta va a publicar la trilogía completa, lo que se me antoja será un auténtico acontecimiento literario.


Cegador empieza de una manera bastante proustiana, con el narrador, "un adolescente demacrado y enfermizo", que se pasa las noches en vela observando Bucarest desde su ventana. A través de sus recuerdos, sueños y reflexiones, y descripción de un Bucarest desaparecido, nos vamos adentrando en la historia de su familia,

Me encontré de pronto revolviendo en los exiguos archivos de la familia, custodiados en un antiguo bolso de mi madre, de cuando era soltera, un bolso de tiras, granate, de piel artificial con las escamas casi totalmente desdibujadas.

y la novela empieza a deslizarse al terreno del recuerdo, pero un recuerdo difícil de separar de los sueños y de la historia imaginada.

Después de aquellas tardes, que habían llegado a convertirse  en el aire que respiraba mi vida solitaria y frustrada, después de aquellos paseos de topo por el continuum realidad-alucinación-sueño como a través de un triple reino inexplicable, me metía en la cama y tomaba al azar uno u otro de los libros amontonados por el suelo, apoyados en el baúl.

La historia imaginada emparenta Cegador con Armonía celestial, del húngaro Esterházy, con la que comparte el recurso literario (¿o hay que llamarlo poder sobrenatural?) del autor para introducirse en la memoria de sus padres y abuelos. Y más allá todavía, porque la mancha con forma de mariposa que tiene en la cadera la mamá del Mircea narrador, éste recuerda haberla visto desde el útero materno.


Y de repente, en mitad de este agradable paseo desde el viejo Bucarest de antes del terremoto del 77 y la posterior demolición de barrios enteros, a la mente del joven Mircea, y de ésta a los recuerdos de su madre, nos dice el narrador:

Ovillado como un feto en un vientre de lana vieja y paja crujiente, devorado por docenas o centenares de pulgas, soñaba los sueños de mi abuelo, cuya cabeza canosa descansaba al lado de la mía. (...) En mi sueño sentía, bajo aquel manantial de luz, que mi propia calavera se volvía transparente, y los hemisferios arrugados de mi cerebro, envueltos en su membrana, parecían dos semillas de nuez verde aún no cuajadas(1) (...) Me zambullía entonces en una Escitia delirante.

Comienza entonces un capítulo magistral en el que nos remontamos unas cuatro generaciones y nos trasladamos a Bulgaria. Allí asistimos al viaje que emprendió el clan de los Badislav, antepasados del narrador, desde Bulgaria a Rumanía, sobre un congelado Danubio. El motivo del peregrinaje hay que buscarlo en el regalo que les había hecho una tribu de gitanos:

Aquel fue el año de la adormidera.

Los estragos que causó entre los Badislav esta "planta del opio", cuyas semillas dejaron los gitanos antes de desaparecer de la noche a la mañana, nos brinda párrafos como éste:

Los espectros forzaban la entrada de los aposentos y luego iban a las habitaciones donde, bajo los ojos de las madres, que creían que estaban soñando, arrancaban de las cunas a los niños fajados en sus paños y rompían a dentelladas su carne tierna, salpicando de sangre delicada el suelo de arcilla. Agarraban a las mujeres, las montaban a horcajadas sobre las banquetas, las penetraban con su gusano negro, ictifálico, que volvía a erguírseles por primera vez desde tiempos inmemoriales.

La orgiástica batalla que se libra entre ángeles, demonios, duendes, dragones no hace sino anticipar los rituales satánicos que nos estremecerán unas doscientas páginas más adelante, y unos miles de kilómetros al oeste, concretamente en Nueva Orleans. Y uno se pregunta si los guinistas de aquella serie titulada True Blood no leyeron a Cartarescu, porque algunas de sus imágenes se le parecen hasta en el detalle de esos ojitos negros.


Pero al capítulo del paso de los Badislav sobre el Danubio congelado le sigue uno sobre filosofía oriental.

Bajo el diafragma está Muladhara enroscado como una serpiente sobre el hueso sacro inervando las serpientes en la pulpa con los cuatro pétalos de luz graisienta. Más abajo, en la cintura, está Svadhisthana con sus seis pétalos multicolores, reina de los riñones y la vejiga, de las células de Leyding y del recto, zona de la voluntad y de la vitalidad.

Esta fascinación de Cartarescu con la anatomía (y con las atrocidades que se le pueden infligir), que culmina en unas líneas de antología sobre -una vez más y como en Lulu- la larva y el gemelo, nos conduce al siguiente capítulo, que empieza de esta guisa:

Mi madre tenía en la cadera izquierda una gruesa mancha, de un rosa violáceo, en forma de mariposa.


 Maravilla ver la facilidad con que Cartarescu hilvana imágenes y escenas tan dispares, momentos tan alejados entre sí, y, llamémoslo así, esas "fuentes narrativas" tan diversas como son sueño, memoria e imaginación. La fusión de estos elementos constituye no sólo uno de los motivos centrales de la obra, sino su objetivo último. Desde la desencantada y casi perturbadora clarividencia que le otorga su madurez, el narrador nos cuenta cómo años atrás, en otra ciudad que era la misma y otro cuerpo que sigue siendo el suyo, se sintió como si lo hubieran dejado caer desde las alturas en mitad de la adolescencia. La novela es, pues, entre otras muchas cosas, la búsqueda de la iluminación, del sentido de su existencia. En palabras del propio Cartarescu, Cegador "es una novela total, una novela sobre todo un gran arco entre lo divino y lo humano."

¿Quién soy? ¿Quién fui? ¿Cómo es posible? ¿Por qué nací? ¿Qué significa toda esta locura, toda esta comedia, toda esta prestidigitación? ¿Por qué salí de un útero de mujer en un punto concreto en medio de un polvo de estrellas? ¿Por qué soy capaz de comprender esta demencia?

Pero si nos acercamos demasiado a ella, la iluminación puede cegarnos. Y unos capítulos más tarde, ya en Nueva Orleans y en una de esas escenas con las que Cartarescu gusta de espeluznarnos, veremos una de las muchas formas en que se puede enceguecer a un Ícaro con alas de mariposa.

La demolición que transformó la ciudad

Apenas he hablado de las primeras cien páginas de esta novela, y estoy de nuevo tan maravillado como durante su lectura. Pese a no mencionar más que un par de entre el aluvión de ideas, personajes e imágenes que contiene esta obra, he intentado dar una idea aproximada del tipo de libro ante el que nos encontramos, pero la verdad es que se me acaban los superlativos. Baste decir que los elogios que le he dedicado no son sino una fracción de los que merece, y que cada línea de Cegador es... ¡ay, cómo decirlo!


 Según el diccionario, cegar, aparte de "quitar la vista a alguien" es también "turbar la razón, ofuscar el entendimiento", y vemos que dicho verbo, a diferencia de deslumbrar, no tiene la connotación de "asombrar, encantar, fascinar". Para mi sorpresa, tras consultar el diccionario descubro que el título original, Orbitor, parece estar más cerca de deslumbrar que de ofuscar el entendimiento. Sin duda han sido razones comerciales las que han hecho que la editorial desechara el título "Deslumbrante" (también en inglés la obra se conoce como Blinding, y no como "Dazzling"), pero en todo caso ha sido una decisión acertada: los buenos libros pueden deslumbrar; las obras maestras turban la razón.

(1) - Para aquellos a los que les gusten los jueguecitos: nos dice el autor en una entrevista que en cada página de Cegador puede el lector encontrar un pequeño objeto con forma de mariposa.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Por qué nos gusta Cartarescu


Creo no pecar de hiperbólico si afirmo que, en el ámbito de la literatura europea actual, Mircea Cartarescu es el puto amo. Huelga decir que eso no significa que sea el mejor, dado que, en literatura, hablar del más mejor siempre es una memez. Quizá sea menester, por tanto, explicar de qué hablamos cuando hablamos del puto amo, máxime tratándose de alguien discreto y modesto como Cartarescu, a quien, pese a esa mirada hipnótica, ese aire de bohemio atormentado, y ese abrumador prestigio internacional, hay que creer cuando se sacude los elogios de encima:

No vivo como un escritor y no me siento un escritor. Me siento tan sólo un hombre muy libre y, como el precio de la libertad es el más alto, muy triste. Trataré de seguir viviendo. No sé si alguna vez volveré a escribir algo ni me preocupa saberlo. No me gustaría quedar internado en el asilo de la historia de la literatura.

Éste es el Cartarescu de Lulu y El ruletista

Escritores que convierten en arte todo lo que escriben hay muchos. Casi cualquier página de, por poner tres ejemplos, Nabokov, Faulkner o Borges vale más que toda la obra de muchos otros. Sin embargo, en estos escritores es palpable la intención de crear arte; en cada una de sus líneas vemos el fruto de horas de trabajo combinado con el don, innato o no, de la palabra, para crear una prosa bella, un estilo único y una obra inmortal.

Pero eso no es así con todos los grandes escritores. Existe otro tipo de escritor, tocado también por la gracia de las musas, que es capaz de cautivarnos con una prosa sencillamente sencilla y natural de manera natural (no confundir con prosa sencilla y natural). Son escritores que, evidentemente, pulen su escritura como el que más, y que, a diferencia de tantos grandes grandísimos, consiguen una sencillez inocente que parece decirnos "no quiero crear arte, sino tan sólo contarte una historia". En fin, yo me entiendo.

Sinceramente, me vienen a la cabeza muy pocos nombres dentro de esta categoría, tan pocos como dos. El primero de ellos es W.G. Sebald, cuya escritura, que algunos definen como hipnótica, es capaz de atrapar al lector con frases de una sencillez que desarma.


Muchos autores afirman que con sus obras se dirigen al lector, a un solo e hipotético lector, y sin embargo este lector, el menda, no deja de tener la sensación de que en realidad sus páginas hablan a un público. Pues bien, de los dos escritores que, y aquí podéis moriros de envidia, escriben única y exclusivamente para mí, uno es -era- Sebald.

El otro es 1/2 Cartarescu, concretamente la mitad que ha escrito la desternillante Las bellas extranjeras, o la que nos ocupa, Por qué nos gustan las mujeres. Esta mitad de Cartarescu tiene muy poco que ver con la otra mitad, la que escribe sobre adolescentes atormentados en el infierno de sus hormonas, sobre la fisiología de los arácnidos o sobre devotos del suicidio. En el Cartarescu digamos, más lyncheano, el humor nunca está completamente ausente, si bien la atmósfera de pesadilla reinante en obras como Lulu o El ruletista lo cubre casi por completo, y uno difícilmente sale de esas impresionantes y angustiosas lecturas diciendo qué bien me lo he pasado.

Pero el Cartarescu ligeresa parece, sencillamente, otro escritor. Las bellas extranjeras, que reseñé aquí para Librosyliteratura, es uno de los libros más divertidos que he leído en mucho tiempo, y el relato que da título a la obra me hizo reír a mandíbula batiente en más de una ocasión.

Y éste, el de Por qué nos gustan las mujeres. Mejor rollo

De las cuatro obras que he leído de Cartarescu, esta Por qué nos gustan... es posiblemente, no, indiscutiblemente, la más floja, pero con este autor sucede algo parecido a lo de Woody Allen: sus obras menos logradas están muy por encima de las mejores de otros autores. Este libro de Cartarescu es en realidad, pásmense, la recopilación de artículos y relatos que el autor escribió para una serie de revistas, sobre todo Elle. Bueno, quizá aquí me esté dejando llevar por mi ignorancia y mis prejuicios y no sea consciente de que la susodicha revista es no sólo una publicación más que digna, sino todo un estandarte de la vanguardia literaria. ¿Y por qué no? También conocí, tiempo atrás, gente que compraba el Playboy porque encontraba en él artículos muy interesantes.

El caso es que, aunque estos relatos estaban, a priori, dirigidos a mujeres, en realidad, y como ya he dicho, los escribió para mí. Fijaos si no, los que, como yo, en vuestra juventud no os comíais un rosco, en este maravilloso párrafo:

Ahora pienso en Ester, con la que no me acosté nunca, una circunstancia que evoca la menuda pero tan intensa pregunta: ¿qué significa tener una mujer? Porque en realidad no has tenido decenas de mujeres con las que has hecho el amor, y en cambio sientes que nunca has poseído a ninguna más plenamente, más extáticamente, que a la pobrecilla que te ha lanzado una mirada en un trolebús abarrotado y a la que desde entonces nunca más has vuelto a ver.

Habla de mí. Yo era el rey de los trolebuses.


Don Mircea ha declarado en alguna ocasión que estas historias no son autobiográficas. Tal declaración resulta innecesaria en una época en que ni un solo escritor admite el carácter autobiográfico de la mayoría de sus obras. No sé si esta actitud general se debe a la precaución, para evitarse líos, o más bien a un deseo de fardar de imaginación. En todo caso, a nuestro autor no le duelen prendas en reconocer los orígenes de algunos de sus ejemplos más notables de desbordante fantasía. Así, en el relato sobre D., nos dice:

Más tarde, al narrar sueños en mis libros, me aproveché en innumerables oaciones, miserablemente, de una fisura en la ley de propiedad intelectual -la ausencia de copyright de los sueños- para robarle las más encantadoras y mejor trabadas visiones, los decorados más místicos, los tránsitos más discretos de lo real a lo irreal y part way back. De ella fue el sueño con el palacio de mármol invadido por las mariposas en Orbitor (...), e igualmente suyo es el sueño del inmenso recinto-cripta por el que Maria deambula durante semanas enteras sobre losas dulces de calcedonia y malaquita.

De acuerdo, es muy posible que también este párrafo sea completamente inventado, uno de esos casos en que la ficción construye una realidad basada en una ficción (seguro que esto tiene un nombre), pero de lo que no me cabe duda es que, por ejemplo, la anécdota central del relato "Con las orejas gachas", de tan surrealista y absurda que es, tiene que ser auténtica. En este relato, el narrador nos presenta a  Rodica, de quien nos dice:

Tenía también una particularidad notable. Cada dos o tres palabras decía, sin que se supiera por qué ni respecto a qué, "con las orejas gachas". Esta frase parecía salpicarlo todo, de manera imprevisible. (...) Habíamos empezado a hablar de poesía, en la terraza pobremente iluminada, de mis recientes lecturas de Ezra Pound, en concreto; yo le estaba leyendo unos versos (aquéllos de la aparición de unos rostros en una estación de metro) a lo que ella, mirando directamente al jarro de cerveza, me había respondido: "¡Sí... con las orejas gachas!", pero nos habíamos hecho amigos...


Zaraza, de Cristian Vasile, tema central de uno de los relatos

Y con tonterías como ésta, este escritor crea un puñado de relatos absolutamente redondos. El conjunto de la obra, no obstante, no está a la altura de otras del autor, pero a mí sinceramente me ha entusiasmado. Cartarescu sólo flojea cuando se pone solemne, como en los relatos "¿Quien soy yo?" y "Queremos con un cerebro de niño", así como en la historia que da título al libro, una larga lista de porques bastante divertidos y sorprendentes, que, lamentablemente, no se puede quitar de encima el tufillo paternalista de dicho título. El resto de relatos, no obstante, impecables, soberbios, sencillos, divertidos, en el estilo característico de un autor que en unos libros te lanza al pozo de tu peor pesadilla, y en otros te encandila con cuatro chorradas escritas para Elle. Eso es ser el puto amo.

viernes, 19 de julio de 2013

En la red de Cartarescu



Tengo que haceros una confesión. A veces, al terminar un libro y ponerme a pensar en la correspondiente reseña, me entra una especie de tembleque. ¿Lo habré entendido, siquiera mínimamente? ¿Meteré la pata si me aventuro a hacer una interpretación personal sin antes contrastarla? Esto que me parece que es lo que el autor quiere decir, ¿no resultará en realidad una memez, dado que he pasado por alto un dato crucial para entender la obra? Son los temores y complejos del diletante de la literatura, que jamás ha leído a Barthes, que nunca se ha molestado en intentar comprender el constructivismo ni el posmodernismo, y que se ha pasado la vida encerrado en un demodé y claudicante yomismo. Por eso, ante el riesgo de convertirme en el hazmerreír de la blogosfera, no pocas veces decido que más vale pasearse por otros blogs, foros, amazones y wikipedias, para así enmendar mi infantil lectura y maquillarla con la opinión y el lugar común socialmente aceptados.

En ocasiones, sin embargo, las sensaciones que nos transmite un libro son tan poderosas, viscerales e inefables, que uno decide hacer de su capa un sayo y soltar su opinión con desfachatada chulería. Cuando un libro nos conquista y confunde como lo ha hecho conmigo Lulu, uno pierde el miedo al ridículo. Por eso, en esta ocasión he decidido lanzarme al ruedo como espontáneo, y sólo después de la faena me dignaré a leer otras opiniones o, sencillamente, la introducción. Así que valor...

Perdóname, Literatura, por no haber leído a Barthes


Escrito antes de leer otras opiniones

Hace unos días, me di cuenta de que nunca acabaría el libro que estaba leyendo (con el que además cerraba de manera desafortunada una hasta entonces muy exitosa racha de novela inglesa), y había llegado el momento de decirle adiós y empezar otra novela y quizá, quién sabe, otra "temporada". Me encontraba en la biblioteca de la Vila Olímpica, donde, al no ser la mía habitual, pude recorrer las estanterías y arramblar con todo aquello que me llamaba la atención. Entre los nueve libros que cogí, había dos de un autor al que hacía tiempo le tenía echado el ojo: Mircea Cartarescu.

 No es un cantautor de los 70, sino un gran esritor

Dentro de lo relativo que puede ser el éxito internacional de un autor rumano, parece que Cartarescu está causando una especie de sensación en la novela europea. Está considerado el mejor autor rumano contemporáneo y, a juzgar por estas dos novelas que he leído, parece haber sabido, como se suele decir, asimilar la tradición, rumiarla y digerirla bien para luego, y esto no se dice tanto, regurgitarla en una nueva forma, personal, coherente y violentamente brillante. Su novelita El ruletista, que quizá reseñe en otro momento, es una joya de apenas sesenta páginas que nos remite al Joseph Roth más alcoholizado y al Nabokov más posmoderno. Y esta Lulu (obsérvese que va sin acento; Lulu parece ser un nombre masculino), obsesiva, enfermiza y aracnofóbica nos hipnotiza tanto como nos repele.

Yo yacía allí, carente de voluntad, era solo un ojo del que colgaba, como un harapo, el resto del cuerpo, un único ojo grande y transparente, clavado en los ocelos de la bestia, fascinado e iluminado por aquel sol salvaje de ocho rayos, por aquel sol criminal con garras de sarcopto.

(Con Lulu se aprende mucho de la morfología de la araña)

A muy grandes rasgos, Lulu nos cuenta, si lo he entendido bien, no la caída, sino la estancia en el infierno de Victor. Hoy escritor de éxito, Victor parece sufrir de esquizofrenia, y nos habla desde una especie de sanatorio en las montañas, adonde ha ido a convalecer e intentar recuperarse. El escenario le hace recordar el viaje escolar que hizo con sus compañeros de instituto justo hace 17 años, la mitad de su vida, a una residencia en el campo. Allí tuvo lugar una experiencia que le marcó o, quizá (y aquí me arriesgo) le hizo a su vez recordar otra experiencia, aún más traumática, que sufrió antes aún de que pudiera recordar y se formara su yo.


Poco más puede decirse de la trama. Es, sin embargo, el lenguaje y el estilo de Cartarescu lo que hace de esta lectura una obra excepcional. Con su escritura oscura, obsesiva, esquizoide, con sus continuas referencias al horror de la mente aprisionada en el horror del cuerpo, es difícil no reconocer en Victor al adolescente atormentado que fuimos, que siente repulsión ante lo que llaman vida, un adolescente que en la lectura no busca consuelo, sino la confirmación de sus pesadillas; que anhela descender todavía más en el infierno, degradarse, humillar su cuerpo, arrastrar su indignidad humana por el fango, sabedor de que en él está la semilla de un genio que un día será recordado por el Libro. El arte no será nuestra salvación, ni siquiera el último reducto de nuestra dignidad, pero no hay nada más, ni aquí ni en ninguna parte.

Siento aquí un trauma antiguo, engañoso, escondido bajo miles de capas de piel, cegador como la perla entre las lenguas de la ostra. Cuanto más me ensaño con él, más me espanta la idea de que no corto un tumor, sino un órgano vital, como si el texto fuera mi verdadera vida y yo mismo, tan solo una ilusión.

Como veis, el libro es una paja mental en toda regla, donde a la soledad y al horror ante la vida y ante el propio cuerpo, se unen el tema de nuestra doble naturaleza, masculina y femenina, y la amputación de una de ellas, así como el símbolo de la araña y su presa atrapada, inmovilizada y devorada viva.

Y llega el final, y uno no sabe cómo interpretarlo. ¿Se trata de un final tan prosaico como parece? ¿Debemos ampliar nuestros conocimientos de medicina teratológica? O, por el contrario, ¿se trata sólo de palabras? ¿Me pierdo algo muy evidente? ¿O no hace falta que le dé tantas vueltas?

El título original. No me digáis que esa portada no es para confundir

Escrito después de leer otras opiniones

Quizá debería haber hecho este experimento de reseña-antes y reseña-después con otro libro. Para mi desazón, parece que más o menos he "entendido" el libro. Tras haberme paseado por otros blogs, parece que, por lo menos, no he metido la pata de manera escandalosa. Por lo visto, a veces los libros, incluso aquellos tan extraordinarios como Lulu, nos cuentan lo que creemos que nos cuentan, y es una tontería buscarle tres pies al gato. 
Me siento un poco decepcionado, la verdad. ¿Conmigo mismo, o con los otros lectores de esta obra? No lo sé. ¿Esperaba quizá que mi reseña fuera tan aventurada y absurda que diera pie a una profunda reflexión sobre el papel del lector como creador? ¿Quizá pretendía con este juego simplemente humillarme? ¿O lo que lamento es que los demás hayan hecho lo mismo que yo y se hayan quedado en la lectura más obvia?

Enmienda, o acelerada contrareflexión final

El caso es que, pensándolo bien, al pasearme por esos otros blogs no he encontrado tan sólo la confirmación de mis impresiones, sino que también, y como sucede con los buenos libros, me he puesto a darle vueltas otra vez. Y como hoy me he propuesto no hacer trampa, no voy a modificar lo que he escrito más arriba y presentar mis nuevas ocurrencias como evidentes. A lo hecho, pecho.

Varios blogs citan la primera línea del siguiente párrafo: 

Si la escritura es, como dicen, una terapia, si puede curar, debería poder hacerlo ahora. Voy a emborronar una página tras otra, voy a utilizar las hojas como vendas impregnadas no de tinta, sino de lo que mi vieja herida supura. Quizá, finalmente, todo se empape en ellas y, a medida que se vuelvan más y más purulentas, más burbujeantes, yo mismo me vaya vaciando de veneno.

Si de ahí damos un salto a la última palabra del libro, nos damos cuenta de que quizá sí hay esperanza. Quizá el infierno en la tierra es temporal. Es cierto que no se conoce el caso de insecto alguno que, una vez atrapado en seda, paralizado y cubierto de jugos digestivos, haya conseguido escapar de los mortales quelíceros, pero no debemos..... Bueno, como veis ahora soy yo el de la paja mental. Pero es que Lulu se lo merece.
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