jueves, 11 de diciembre de 2014

Restos de temporada 2014 (1)

Como el bien y el mal, el aquí y el allí, o lo elegante y lo hortera, en la lectura todo es relativo, sobre todo el mucho y el poco. A mis alumnos, por ejemplo, les parece que leo muchísimo, y piensan que deberían exhibirme en una feria de monstruos. Yo, sin embargo, acabo este año con la sensación de haber leído mucho menos que otros años, desde luego mucho menos de lo que hubiera querido.
En cualquier caso, consciente de lo efímero de algunas lecturas, y demasiado perezoso para intentar dar a otras la entrada que merecerían, me rindo una vez más al recurso facilón de la lista. Aquí van unas pocas:



El hombre del lago, de Arnaldur Indridason

Las novelas de Indridason siguen a rajatabla todos los mandamientos de la novela negra, y sin embargo, tienen algo diferente. Ésta es la tercera o cuarta que leo de este autor, y me ha enganchado aún más que todas las demás. El inspector Erlendur, de cuya triste y atribulada vida vamos aprendiendo más detalles, está obsesionado con los casos de desapariciones desde que, a la edad de 10 años, perdió a su hermano pequeño en una tormenta de nieve en la montaña. En este libro, la aparición de un esqueleto atado a un aparato de transmisión ruso, que salen a la superficie seca de un lago después de medio siglo enterrado, nos lleva a la RDA en la época del monstruoso Walter Ulbricht, cuando medio país espiaba al otro medio. Interesantísima.



Novela de ajedrez, de Stefan Zweig.

¿Conseguiré algún día leerme todas las obras de Zweig? A pesar de que ésta es una de sus novelitas más emblemáticas y lleva muchos años publicada en español, hasta ahora no había caído en mis manos. Tenemos en ella algunos de los motivos recurrentes en el autor, como por ejemplo las confidencias de un desconocido al narrador, la obsesión como patología, la lucha del individuo frente al totalitarismo, y el arte y la imaginación como último refugio del alma. Un gozo para los amantes de Zweig, y una obra, como tantas suyas, que reclutará para la causa a los cada vez más escasos desconocedores del gran autor vienés.


 El monóculo melancólico, de Guido Ceronetti

Todo un descubrimiento, este Ceronetti. Este libro es una colección de ensayos que van desde los canteros que tallaban las piedras de la catedral de Estrasburgo (y su fascinante conexión con la masonería) a la guerra civil española, pasando por Rembrandt, el gallo cósmico, o el cadáver de una prostituta en la morgue.


Leviatán o la ballena, de Philip Hoare

Algunos libros son tan buenos que hasta se puede perdonar lo imperdonable, esto es, una traducción con numerosos errores y una edición que claramente no ha sido revisada. Ya en la primera página nos encontramos con un tímido traducido incorrectamente del inglés timid, que nos depara una frase carente de sentido. Y así sigue, con una puntuación errática hasta la exasperación. Y es una pena, porque el libro, escrito con pasión obsesiva y con gran talento, es una joya. Melville, ámbar gris y espeluznantes leyendas a lo Jonás.


 La vampira de la calle poniente, de Luis Antón del Olmet

Un pedazo de la historia de Barcelona y de España en el caso de Enriqueta Martí y de su fallida víctima, que sacó esta escalofriante historia a la luz. Morbosas crónicas propias de la prensa amarilla, pero también, y sobre todo, el retrato de una sociedad, la de 1912, a la que nunca hemos dejado de parecernos.


Filosofía a mano armada, de Tibor Fischer

Fischer es un autor inglés de origen húngaro que goza de relativo prestigio en Gran Bretaña. Cultiva cierta reputación de escritor de culto, algo rebelde, con predilección por los personajes perturbados, y  un sentido del humor cáustico e iconoclasta. El problema es que ese cultivo es demasiado intensivo, y no hay nada más cargante que un escritor que intenta que todas y cada una de sus frases sean demoledoras perlas del ingenio. Graciosillo hasta que se hace insufrible, y eso sucede bien pronto. Abandonado en la página 76.



Bajo el techo que se desmorona, de Goran Petrovic

En casa ha entrado ya no sé cuántas veces Atlas descrito por el cielo, de Goran Bregovic, novela recomendada entre otros por Alberto Manguel, y que, pese o debido a tener una estructura muy original, parece la mar de interesante. Por algún motivo u otro (casi siempre la pereza de adentrarme en una estrucutra tan original), siempre acabo devolviéndola a la biblioteca sin haberla leído. Bajo el techo que se desmorona es mucho más accesible de lo que la anterior se antoja a primera vista, y nos cuenta el antes, el momento, y el después de la muerte del mariscal Josip Tito. Un retrato de los Balcanes con un aire a lo Amarcord. Una gran novela.


Capital, de John Lanchester

Una de esas novelas que intentan, y en este caso, además, lo consigue, captar tanto un determinado momento histórico como el espíritu de una comunidad en todos sus estratos sociales. El momento histórico va desde finales de 2007 a otoño de 2008, en los meses de especulación financiera que culminaron con el escándalo de Lehman Brothers y la convulsión en los mercados financieros, cuyas consecuencias todavía sufrimos. La comunidad es la calle Pepys Road, en Londres, que la especulación inmobiliaria ha convertido en el objeto del deseo de banqueros, deportistas y todo tipo de gentes de pasta. Allí conoceremos tanto a los tiburones de la City, a la familia de pakistaníes que llevan la tienda de la esquina, al inmigrante polaco que se gana la vida haciendo obras, o a la anciana que se ha convertido en millonaria por el simple hecho de seguir viviendo en la misma casa en la que nació. Lanchester ha conseguido entrelazar las vidas de estos personajes, y unos cuantos más, con la historia del escándalo financiero y la histeria tras los atentados de Londres. El resultado es una novela muy bien escrita y francamente entretenida, cuyas 600 páginas me leí en tres o cuatro sentadas.



Como un guante de seda forjado en hierro, de Daniel Clowes

¿Qué puedo decir de esta novela gráfica? Si a alguien le apetece una lectura francamente desagradable, por no decir horripilante; le hace ilusión una obra a cuyo lado David Lynch parece un autor costumbrista; y le gustan las obras de las que no entiende ni papa, éste es su libro. Daos el gusto de pasarlo mal.


The British museum is falling down, de David Lodge

Muchos admiradores de Lodge tienen en ésta su novela favorita del autor inglés. Lo cierto es que es Lodge en estado puro: divertido, ameno, de estructura impecable, certero y culto sin ápice de esnobismo. Personalmente, sin embargo, me supo a poco después de la Trilogía de campus. Esa manía mía de leer primero las mejores obras de un autor con frecuencia me estropea las demás.


Tiempo de canicas, de Beto Hernández

Lo hermanos Hernández, de padre mexicano y madre texana, son dos reputadísimos autores de novela gráfica de los que yo no había oído hablar hasta esta pequeña maravilla. En ella, se nos describe la trivial epicidad, o, tanto monta, la épica trivialidad de la entrada en la adolescencia en el extrarradio de una ciudad californiana a finales de los 60. Tan sencillo que parece, y tan genial el resultado.


Vida y opiniones de Tristram Shandy, caballero, de Martin Rowson

¿Hace falta tener valor para llevar el Tristram Shandy a la novela gráfica? No lo sé. La línea que separa el valor de la desfachatez suele ser muy fina, y me parece que la palabra desfachatez, que por supuesto es un elogio, y grande, se ajusta mucho más al carácter de Martin Rowson. Ahora, está claro que la desfachatez no basta, y lo que se necesita es sobre todo talento e imaginación, algo de lo que anda sobrado este autor genial.
Así, en esta impresionante adaptación, Rowson ha conseguido algo dificilísimo: respetar (por decirlo de alguna manera) el espíritu rompedor del original, al tiempo que crea una obra absolutamente personal, original e innovadora. Con unas ilustraciones en las que uno se puede perder durante horas, lo único que se le puede reprochar a esta edición es que no tenga un formato aún más grande.



Three men in a boat, de Jerome K. Jerome

Cuando alguien tiene un nombre como el de este autor, el sentido del humor debe de venir incorporado de serie. Tres hombres en una barca es una obra clásica de la literatura inglesa del s. XX, donde "clásico" quiere decir fácil de encontrar en edición barata. Será por esa ubicuidad que todo el mundo la conoce. Será también por eso por lo que tan pocos la leen hoy. Y no sólo aquí. Pienso, en efecto, que muy atrás quedan los días en que esta novela era una de las favoritas del público inglés, como podría serlo Sidra con Rosie. Y es una pena, porque aparte de ser una obra interesante, original y con mucho más jugo del que aparenta, tiene algunas de las escenas más divertidas con las que me he encontrado en mucho tiempo. El gran éxito del que gozó en su tiempo, así como el estatus de clásico, se lo debe en gran medida a su estructura algo errática. En efecto, lo que parece un mero divertimento para pasar el rato, se convierte a ratos en un tratado de historia o de geografía, mientras que en otras ocasiones nos deleita con divertidas observaciones casi antropológicas. Da la impresión de que el autor escribió el libro para pasar el rato, lo que con frecuencia es el mejor modo de pasar a la inmortalidad.
Este libro provocó contorsiones de cuello en un pasajero en el metro, quien, tras mi mirada inquisitiva, se lanzó en elogios del libro y me deseó que lo disfrutara. Lo hice.


Cuentos de Galitzia, Andrzej Stasiuk

Algo desconcertado me dejó la obra de este autor polaco. La palabra Galitzia (que toda la vida había sido Galicia; parece que algunos editores consideran que el cerebro del lector español no es capaz de abarcar tamañas complicaciones toponímicas) actúa sobre mí como un imán, y me lancé sobre esta colección de cuentos con gran voracidad, pero también con unas expectativas quizá algo equivocadas. En efecto, aquí no tenemos historias del shtetl, ni funcionarios del imperio austro-húngaro partiendo a la Gran Guerra. Los cuentos, que de hecho se pueden leer como diferentes episodios de una novela, transcurren en la época actual, y en ellos, en medio de una nieve gris y de un paisaje desolado, tenemos a diferentes personajes que arrastran sus miserias de la taberna al cuartucho con hedor a vodka de garrafa, en el que suena la voz hortera de un presentador de concurso de televisión. Y aunque a ratos me daba la sensación de estar leyendo una historia de perdedores en el medio oeste americano, lo cierto es que este libro ha dejado en mi recuerdo una huella duradera y totalmente inconfundible.


Eating people is wrong, Malcolm Bradbury

Lo más interesante que puedo decir de esta novela es que mi edición, que rondaba entre los libros de mi abuela, es igualita a la de la foto. Y prácticamente en el mismo estado.
David Lodge ha señalado en alguna ocasión que ésta es algo así como una de las obras canónicas en llamada "novela de campus". A mi juicio, si en su día lo fue, hoy ha quedado más que desfasada. Poco campus, muchas fiestas, tedio, y una lectura de la que no ha quedado nada más que una marca en la lista de libros leídos.



La chica sobre la nevera, de Etgar Keret

Donde el israelí Keret -a quien descubrí el año pasado con este otro libro, genial- se maneja mejor es en el relato corto, de apenas tres o cuatro páginas, y de corte surrealista-fantástico-absurdo. En esta estupenda colección abundan los relatos de ese tipo, combinados con otros algo más largos y por ende menos logrados, y unos pocos, brevísimos, que parecen viñetas de una historia de iniciación. Una lectura más que recomendable.


Entre asilio y exilio, de Predrag Matvejevic

A este autor lo descubrí el año pasado, gracias a esta publicación de Acantilado. Paseándome andaba yo un día este año por no recuerdo qué biblioteca cuando vi de nuevo su nombre, esta vez en Pre-textos, así que me dije que la ocasión la pintan calva. Porque este libro es una joya para los sovietófilos. Matvejevic es bosio-croata, hijo de padre ruso, y en este libro recoge sus impresiones de algunos viajes a la URSS, en busca -si no recuerdo mal- de la familia de su padre, así como las cartas que escribió a diversas personalidades e instituciones en su defensa de la libertad. Me apoyo quizá demasiado en la memoria, pero de esto no os quepa duda: es una gozada de lectura.

Continuará.

viernes, 28 de noviembre de 2014

El hombre que amaba a los perros



La historia siempre golpea con más fuerza que el presente. Por eso la emoción que debió de sentir Sylvia Ageloff al conocer a Trotski no pudo ser tan grande como la que sentiría cualquiera que, cuarenta años más tarde, conociera a un testigo de primera mano del asesinato de León Davídovich. El presente carece de ímpetu, mientras que el pasado ha tomado una larga carrerilla antes de echársenos encima.

Se me ocurren estas cosas tan profundas tras leer esta apasionante novela de Leonardo Padura (La Habana, 1955). Una novela que, antes de que se me pase el entusiasmo -cosa que dudo- me atreveré a calificar desde este momento como magistral.

 El hombre que amaba a los perros nos cuenta tres historias, narradas en capítulos alternos, que convergen en una playa de Cuba en el año 1977. Las historias son las del exilio de Trotski, la de su asesino, Ramón Mercader, y la del narrador, Iván, un desengañado aspirante a escritor que, tras un debut prometedor, comete al imperdonable error de escribir una obra que no se ajusta a los principios de la revolución.

(Atención: esto no es un spoiler) Clímax de la novela

Uno de los numerosos retos que debió afrontar Padura al escribir esta obra debió de ser calibrar el interés que podría tener la vida del narrador al lado de figuras tan fascinantes como Trotski y Mercader, un interés que, a priori, se nos antoja inferior. Suele ocurrir con los libros narrados a dos o más voces que uno de los narradores flaquee, y que el lector desee acabar el capítulo para volver a escuchar su voz preferida. No así con esta novela, donde el autor consigue hacer del triste y desencantado narrador no sólo un personaje más que interesante, sino además integrarlo perfectamente en la idea central de la novela: el Desengaño, en el sentido más puro de la palabra.

A diferencia del tardío y amargo desengaño de Trotski y Mercader, el de Iván se nos presenta bien pronto, cuando, tras aquel desliz (que por no ser explícitamente revolucionario se convirtió en imperdonablemente antirevolucionario), es castigado con un destierro a lo cubano, es decir, a perder el tiempo en un trabajo absurdo y en la otra punta del país. El destino que le aguardaba allí era el mismo que a tantos subyugados del régimen:

-Prepárate, socio: aquí te vas a hacer un cínico o te van a hacer mierda... Bienvenido a la realidad real.

 Harte fue guardaespaldas de Trotski. Tras su muerte, éste hizo colocar esta placa, sin saber que Harte era un agente soviético que estaba ayudando a preparar su asesinato

El desengaño de Iván, acentuado por una desgracia personal, se nos presenta como un reflejo de aquel desengaño gigantesco que sacudió a varias generaciones de izquierdas aquel infausto o memorable 9 de noviembre del 89, y de todo lo que ocurrió tras la posterior caída de la Unión Soviética. La tragedia del hundimiento del mito, al que siguieron espectaculares cambios de chaqueta, suicidios y ventas de orejeras, no radicó tanto en la derrota como en la constatación de que, tras aquel muro, no había paraíso. No había siquiera un mundo alternativo. Nunca lo había habido. El muro no había hecho más que ocultar una sarta de mentiras. Y a Iván y tantos otros cubanos, no les quedó nada a lo que aferrarse.

La gloriosa Unión Soviética había lanzado ya sus estertores y sobre nosotros empezaban a caer los rayos de la crisis que devastaría el país en los años noventa.

Hasta esta novela, publicada en 2009, Padura era conocido sobre todo por sus novelas policiacas, de las que ignoro el grado de éxito que tuvieron en nuestro país. (De haberlo tenido, sería un mérito impresionante, dado el handicap que supone tener como protagonista a un detective llamado Mario Conde). En cualquier caso, el buen hacer de Padura como autor de novelas policiacas es palpable en El hombre... ¿Cómo, si no, explicar que el lector devore absorto página tras página a medida que se aproxima un desenlace inevitable, sí, dramático, sí, pero, sobre todo, universalmente conocido? Porque esas páginas, sencillamente magistrales, que preceden al momento del crimen consiguen una tensión que uno no experimentaba desde hacía mucho tiempo. Pensándolo mejor, quizá lo de 'universalmente conocido' sea una exageración, como se nos indica en la propia novela, donde el narrador confiesa al misterioso individuo que se pasea por la playa que jamás ha oído el nombre de Ramón Mercader, y que de Trotski apenas tiene un vago recuerdo de lo que la ortodoxia estalinista había establecido como dogma.

Caridad del Río, la ternura hecha carne

Al tiempo que Padura nos lleva de las trincheras de la Sierra de Guadarrama, en nuestra guerra civil, a una cabaña en un bosque ruso donde preparan a futuros agentes secretos, pasando por el periplo de Trotski en su exilio, vamos conociendo a algunos personajes tan odiosos como fascinantes. Entre ellos, y en primer lugar, claro está, tenemos a la despiadada Caridad del Río, madre de Ramón y fanática estalinista, para quien la Causa justificaba cualquier sacrificio humano. La vida de esta mujer merecería una novela por sí sola, aunque lo cierto es que eso podría decirse de prácticamente todos y cada uno de los personajes que pueblan estas páginas. En todo caso, en descargo de Caridad (ironías del santoral), hay que decir, pese a que procedía de una familia más que acomodada, la vida no la trató demasiado bien. Su matrimonio con el próspero empresario Pablo Mercader constituyó una experiencia traumática que le inculcó un odio a su propia clase social que le duraría de por vida, y que la lanzó a los bajos fondos barceloneses, la convirtió en adicta a la morfina y al revolucionismo, y la llevó durante una temporada al manicomio.


Otro de estos  personajes que se nos hace odioso es el siniestro Kotov, es decir Grigoriev, mejor dicho Tom, el hombre de los mil nombres, cuya verdadera identidad era Nahum Eitington. Políglota, de carácter frío y eficiencia chequista, este agente de la NKVD fue el encargado de organizar el asesinato de Trotski. Su misión con Mercader, a quien conoció a través de Caridad, fue la de formar un agente secreto infalible, implacable, y dispuesto a sacrificar cualquier placer con tal de formar parte del glorioso engranaje del sovietismo. Padura crea un personaje apasionante, como lo son todos en esta obra, y cuando uno piensa que, pese a su carácter escurridizo y a sus pasaportes mutantes, ha llegado a conocerlo, llega el deshielo de Khruschov, nos reunimos en un largo epílogo con Mercader, Tom y sus parientas, en el gélido Moscú del 68, y nos volvemos a maravillar con la literatura hecha vida.
Trotski, con Rivera y Ageloff

Y qué decir de Diego Rivera. Nunca he sentido simpatía por el personaje, pero ante un gran artista las simpatías personales y los posibles pecadillos que pudiera cometer son bastante irrelevantes. No obstante, quizá porque recordaba con disgusto el retrato algo babeante que hizo de él Carlos Fuentes en Los años con Laura Díaz, he leído con gran placer y mala leche el nada halagador personaje que ha recreado Padura. Cuando Trotski no tenía adónde ir, pues no había país dispuesto a acoger a esa bomba de relojería, Rivera intercedió por él ante el gobierno de Lázaro Cárdenas y lo acogió generosamente en su casa. Con el tiempo, sin embargo, surgieron las tiranteces, algo que posiblemente se debió más al tamaño de los egos que al romance que tuvo León Davídovich con la señora Kahlo. En cualquier caso, la ruptura fue completa e irreversible, y los Trotski, naturalmente, acabaron por abandonar la Casa Azul del matrimonio pintor. En la nueva casa de Coyoacán, Trotski sufrió en mayo de 1940 un primer intento de asesinato, que resultó misteriosamente chapucero, y en el que se rumoreó que había participado, pistola en mano, Rivera, algo que nunca se ha confirmado.

El asesinato de Trotski es una maravillosa historia de agentes secretos que supera, por su veracidad, a cualquier obra del género, y en ella no podía faltar la mujer ingenua y romántica, utilizada, engañada, despreciada, y cuyo desengaño es posiblemente el más cruel de los muchos que hay en esta historia. Sylvia Ageloff era una trotskista de la cabeza a los pies, y también era una chica poco agraciada por la naturaleza. En París, Tom se las ingenia para presentarle a Mercader, que se hace pasar ante ella como Jacques Mornard, hijo de diplomático belga que vive de oscuros negocios. Mercader-Mornard la seduce y Sylvia se le entrega en cuerpo y alma. Entonces, y de manera agentesecretamente astuta, Mornard consigue que a través de ella Trotski le abra las puertas de su búnker mexicano. Fijaos en esta impresionante foto, donde Ageloff ino se atreve ni a mirar al hombre que la ha utilizado para asesinar al hombre que ella más admiraba en el mundo.


Sin obviar la demonización de que fue víctima Trotski por parte de Stalin, y que Padura tan bien nos explica, a nadie se le oculta que, como personaje clave en la revolución rusa (para envidia del padrecito de los peblos) León Davídovich no fue precisamente un angelito. Pero la victimización a manos de un monstruo como Iósif Vissariónovich es capaz de imbuir de dignidad a todo aquél que, en su ingenuidad, cobardía o debilidad, contribuyó a la entronización del zar rojo, llámese aquél Bujarin, Zinóviev, Kámenev o Trotski. Y hay que decir aquí que, aparte de ser una extrarodinaria novela, El hombre que amaba a los perros es una auténtica fiesta para el lector rusófilo y el interesado en la historia de las revoluciones.

Tal vez el primer error del bolchevismo, debió de pensar Liev Davídovich, fue la radical eliminación de las tendencias políticas que se le oponían: cuando esa política pasó del exterior de la sociedad al interior del Partido, el fin de la utopía había comenzado.

Aparte de su vívido retrato del triste y helado Moscú del Deshielo khrushoviano, o de esas escenas en el campo de entrenamiento para agentes secretos, Padura nos explica el porqué de la estigmatización de Trotski, nos presenta los infames juicios de la Gran Purga y el eco que tuvieron en occidente; relata el modo en que Stalin fue progresivamente estrangulando cualquier minúsculo atisbo de crítica; describe la complacencia de personajes como Malraux, Romain Rolland y Dolores Ibárruri con el estalisnismo, así como la abyección moral en la que se hundió Gorki; y por sus páginas pasan viejos conocidos de este blog como Victor Serge, personajes tan interesantes como Yakov Blumkin, o héroes trágicos como Andreu Nin.

 
 La residencia de Trotski en Büyük Ada, en Turquía

URSS aparte, la recreación de los años del destierro de Trotski, primero en Alma Atá, luego en Turquía, Noruega y finalmente México, no podrían ser más vívidos. Así, este lector se ha deleitado, por ejemplo, con la descripción de la vida de la familia Trotski en la casita junto al lago en Turquía, probablemente los años dorados de su triste exilio. En cuanto a los años mexicanos y la casa de Coyoacán, me sorprendí sobremanera al ver en internet las fotos de aquella casa hoy convertida en museo. En mi visita a México hace ya casi veinte años ni se me pasó por la cabeza ir a ver dicho museo y sin embargo, al ver ese patio, ese dormitorio, esas conejeras, habría jurado que había estado allí. Pero no. Sencillamente, conocía aquella casa como la palma de mi mano gracias al libro de Padura.

Y se acaba el tiempo, y uno se da cuenta de que todavía apenas ha hablado de Mercader. ¡Ups! Bien.

 Que no, que yo no soy Mercader

Es difícil saber hasta qué punto este catalán de familia acomodada caída en la ruina llegó a influir en el curso del siglo XX, pues nadie duda que, de no haber sido él, otro se habría cargado a Trotski. Para implacable, Stalin. Ello no obstante, y pese a la abundante documentación y las numerosas biografías y documentales que se pueden encontrar, Mercader sigue envuelto en un halo de misterio. Por eso, en una novela como ésta, donde el autor se ha documentado lo inimaginable, el resquicio a la imaginación se lo ha brindado este personaje.

Padura nos presenta un joven Mercader noble e idealista, como no podía ser de otra manera. La vida de un revolucionario condenado a matar suele tener unos comienzos de lo más dignos. Al asistir a su progresiva radicalización, es difícil no achacar ésta, en parte, a la figura de la madre, siniestra no sólo por su frialdad, sino también por esos besos ensalivados con los que acostumbra saludar a su hijo. El Mercader joven es una presa relativamente fácil de Kotov, de su madre, del espíritu del tiempo, y de África de las Heras, otro personaje demasiado increíble para ser ficticio.
 África de las Heras

Una de las tareas de todo agente secreto, sea cual sea su ideología, es la obediencia ciega. Sin embargo, en algunos casos la ceguera ocupa el lugar sustantivo, y deja a la obediencia como mero adjetivo. Pero, ¡ay!, cuando uno se tapa los ojos, sucede que a veces separa los dedos y vislumbra aquello que no quiere ver. Esa tentación de separar los dedos no dejó, sugiere Padura, de incordiar a Mercader. Así, en la farsa de los juicios de la Gran Purga, ante la confesión de Yagoda:

Jacques Mornard no pudo evitar sentirse confundido. (...) "Yagoda no confesó por voluntad propia [dijo Mercader]. Todo sonaba a teatro".

Peligrosa falta de ceguera que Tom se encargará de corregir. Y a fe que lo consigue. Cuando, tras haber cometido el asesinato de Trotski, las autoridades mexicanas enfrenten a Mornard con pruebas irrefutables de su verdadera identidad, el falso belga, como un niño al que le pillan con la boca llena de chocolate y se niega a reconocer que haya abierto la caja de bombones, seguirá insistiendo en que él no es quien todos saben que es, y así erre que erre durante sus veinte años de presidio (en los que recibió, entre otras, la visita de Sara Montiel). Los totalitarismos necesitan de la ceguera obstinada, voluntaria y colectiva para triunfar. Por eso, cuando nos quitamos la venda, el desengaño que recibimos nos golpea con la fuerza de varias generaciones.

Padura hace hincapié en el hecho de que su novela es una obra de ficción, si bien está tan documentada y está escrita de un modo tan magistral que el lector llega a creer que incluso la historia de Iván, que sin duda tiene mucho del autor, también es real. Iván, como hemos dicho, es el narrador, un hombre que, sacudido por la tragedia, recuerda, alrededor del cambio de siglo, cómo un día, allá por 1977, conoció, en una playa cubana, a un peculiar señor con un acento español un tanto extraño, que paseaba a dos preciosos borzois o galgos rusos, y que iba seguido a cierta distancia por otro hombre al que se refería como su chófer. Entabla con él algo parecido a la amistad y siguen viéndose con relativa regularidad hasta que, un buen día, el hombre de los borzois desaparece sin dejar rastro. El lector no tarda en intuir que ese misterioso hombre es Mercader, fallecido en Cuba en 1978. Y aquí, la magia de la literatura y el talento de Padura nos llevan a decirnos ¿por qué no pudo suceder así?

Tú eres el Soldado 13 y no tienes piedad, no tienes miedo, no tienes alma. Tú eres un comunista de pies a cabeza, Ramón Mercder.

viernes, 14 de noviembre de 2014

Cuentos perdedores (6)


Si no os gustaron los anteriores, éste os aburrirá todavía más.



SILVIA

1

Unos años antes de su muerte, Silvia me planteó un reto lingüístico. Lo hizo a través de un email que decía:
Me alegra que Claire y tú hayáis decidido volver a Barcelona. Te diría que podremos ir mucho al cine y a pasear por Gracia, pero me tengo prohibido pensar en el futuro o en el pasado y me limito a un carpe diem estricto.
Bueno, y como veo que te llama la atención la palabra carromato, voy a ofrecerte una lista de tetraisosilabismo vocálico (me invento la denominación por el morro), que te reto a acabar, yo soy incapaz.
salamandra
mequetrefe
tiquismiquis
tocomocho
¿…?

Silvia
PS: Los perros se quedarán con la madre de Claire ¿verdad?

Siempre me ha gustado la brusca sonoridad de “carromato”.
El caso es que esos juegos con las palabras, ella lo sabía, eran lo único que mantenía con un hilo de vida nuestra relación. El resto del mensaje, con ese tono entre desenfadado y melodramático, me repelía. Lo siento. Yo debía de tener ya mis buenos treinta años, con lo cual llevaba más de diez oyendo ese tipo de frases, y ya no permitía que llegaran a convertirse en tema de conversación. Aquella fatalidad tan reflexiva no sólo me aburría, sino que además me afirmaba en el papel que había ido asumiendo con el tiempo: yo era víctima de su admiración.
Quiero recordar a Silvia pequeña, dulce, alegre, bonita y con una mente brillante, tal y como era cuando la conocí por primera vez y, según ella, me la gané con mis animalitos. Y así la recuerdan también muchos que, por lo visto y aunque todavía me cuesta aceptarlo, también la conocieron. No sé si te habrás visto con fuerzas para leerlas, pero las esquelas en la red hablan de niñas de instituto que querían cambiar el mundo, de noches de adolescentes charlando hasta el amanecer, de ojos grandes, claros y profundos. Y todo ello era cierto. Lo sé porque yo también lo disfruté. Eso y nada más. No hay ironía cuando me declaro su víctima. Y quiero dejar claro desde el principio que tampoco se trataba de un amor no correspondido. Será para ti quizás peor que eso, y quiero disculparme por algunas de las cosas que voy a decir, por el lenguaje a veces vulgar que voy a emplear, y por algunos chistes malos que voy a soltar, pero a ratos tengo la sensación de que es con ella con quien estoy hablando. Y ella lo hubiera apreciado, a mi pesar.
Un par de años después de terminar la carrera, habíamos vuelto a encontrarnos en la Facultad de Letras, donde ambos haríamos nuestros respectivos doctorados, y solíamos coincidir en el bar. Silvia, que nunca había sabido ser el centro de atención, me sorprendía en esas ocasiones, rodeada como estaba de compañeros y amigos. Yo no sabía ni quería saber quiénes eran, ni de dónde salían, ni qué hacían allí, ni desde cuándo la conocían. Nunca llegué a saberlo con certeza, y di por supuesto que eran compañeros de curso. Desde el primer momento me cayeron como una patada en el estómago. No tanto porque parecían estar protegiéndola de mí, sino más bien por su aire de sana bondad y su para mí incomprensible camaradería con mi única amiga. Me veía tentado de calificarlos de pisaverdes, hasta que, consultado el diccionario, comprobé que el término no se ajustaba a sus maneras. En cualquier caso, de aquel grupo, en otras circunstancias, yo habría huido como de la peste, pues pensaba que, con la madurez que me otorgaba ser cuatro años mayor, debería dedicarme a las niñas que había en el bar y fuera en la hierba. Sentarme, razonaba yo, con aquellos sosos fofos (¿querías isosilabismo vocálico, Silvia?) y con aquellas cuarentonas prematuras que bebían té, se deslizaban las gafas por la nariz para poder mirarte por encima de ellas y que invariablemente lucían ropa comprada en alguna tienda de géneros de punto, me contagiaría su patética alegría y me alejaría irremisiblemente de mi objetivo. Pero no estábamos en otras circunstancias, sino en ésas. Yo estaba solo, y no tenía nuevos compañeros que me protegieran. No tenía escapatoria.
A pesar de su vista de topo, que ni aparatosas gafas ni lentillas podían contrarrestar, Silvia parecía detectar, de manera infalible, entre el humo y el gentío, mi tristona aparición en el bar. Como entraba mirando de un lado a otro para ver cerca de qué chica sentarme, y dado que soy bastante alto, no podía de ninguna manera desentenderme del brazo que se alzaba agitándose por encima de la única botella de cerveza (suya, naturalmente; estamos en los días en que todavía bebía) y las tazas de infusión, y oír la sonriente voz que me llamaba. Sacaba yo entonces de donde podía el gesto de “¡ah! te estaba buscando”, resoplaba, me ponía en movimiento y sonreía mientras miraba añorante hacia las mesas que iba dejando atrás. Ella, mientras tanto, rogaba a sus amigos, ésos que no la conocían desde hacía más de diez años, que me hicieran sitio. Una vez me había sentado, estudiaba a la compañía. Gafas de culo de vaso, un par de permanentes, alguna barba de tres días, algún afeitado de media hora, perillas, un tatuaje tras la oreja, una corbata de seda o una rebeca rosa. Sí, era difícil encasillar a aquel grupo. Una camisa de rayas recién planchada podía estar sentada junto a una chompa andina, una cartera de vendedor de seguros hacía manitas con… no me cabe duda, aquello era un zurrón. Chompas y blusitas podían variar de un día para otro, pero había un chico, de gesto formal, exquisitas y discretas atenciones a Silvia y parecido a Lluís Llach, cuya presencia a su lado era constante y que no dejaba de mirarme con una mezcla de prudencia e interés. Y aún estaba yo observando y asintiendo a los cordiales saludos del grupo cuando, sin más preámbulo, Silvia me presentaba:
Éste es Xavi, y colecciona adjetivos que acaban en –az.
O quizás:
Os presento a Xavi, que de niño pensaba que ‘vehemente’ quería decir ‘de manera vehe’.
A continuación, me pedía un veredicto sobre el asunto que se estuviera dirimiendo, o una contribución a la lluvia de ideas que alguno de ellos hubiera iniciado. Olvidados los resoplidos y la añoranza, admito que en aquellos momentos conseguía que me sintiera a gusto.
 No recuerdo qué decidí en una ocasión sobre la profundidad del cine de Almodóvar, de quien Silvia era fervorosa admiradora y sobre quien, sin duda, yo opiné con contundencia pese a no haber visto más que un par de películas suyas. Sin embargo, sí podría recitar de principio a fin mis aportaciones a la colección de formas de negación que una de aquellas mujeres, ataviada con lo que sólo podría describirse como un canesú, había decidido empezar y pensaba desarrollar, quién sabe, para un trabajo de investigación. Silvia le había asegurado que yo podría incrementar su, hasta entonces, paupérrima colección, que apenas contaba con nanay y naranjas de la China, y yo, sintiéndome a mis anchas en materia de jerga popular y lenguaje de Mortadelo y Filemón, accedí encantado. Tararí que te vi, empecé a recitar, tururú, de eso nada monada, una polla como una olla, un jamón, un jamón con chorreras, espera a que me peine, y ni hablar del peluquín. Eso en un minuto. La chica-señora, a quien sólo podía imaginarme follando por amor mientras gritaba el nombre de su amado, me agradeció la aportación con entusiasmo, celebrando con repetidas y, para qué negarlo, contagiosas carcajadas las chorreras del jamón. Así les demostré de dónde venía la admiración que me profesaba Silvia.
Venía de lejos. Ella había decidido cursar el doctorado movida más por una insaciable curiosidad (y sospechaba yo que también animada por alguno de aquellos intrusos surgidos de la nada) que por ambición profesional. Y sin embargo, le bastarían, o así me lo pareció a mí, esa curiosidad y el irresistible desparpajo con el que interrumpía y planteaba a los profesores las preguntas más obvias y, por ende, inverosímiles en una clase, para, a la larga, ganarse, casi sin querer, una plaza como profesora en una de esas pequeñas universidades que entonces brotaban como hongos.
Pero yo, que no tenía sed, curiosidad ni desparpajo, ¿qué pintaba allí otra vez? Mi poco glorioso retorno se debía a que, como había podido comprobar, en la universidad, aunque poco, tenía más posibilidades de follar que ahí afuera.

Nos habíamos conocido en la Facultad de Traducción. En aquellos años, yo había sido el graciosete de las clases, siempre anteponiendo mi popularidad a los resultados académicos, que al final solían ser más altos que la media, si bien ello se debía sobre todo a la mediocridad general que me rodeaba. Silvia no se daba cuenta de ello, y me consideraba una especie de cultísimo enfant terrible, un ilustrado gamberrete capaz de descubrir destellos de belleza en la banalidad más trillada y especializado en destripar el lugar común. Ésas fueron sus palabras, años más tarde, al responderme a un email que le envié durante mi primer invierno en Inglaterra, adonde, como sabes, me había ido a vivir por razones que no vienen al caso, y donde pronto conocería a mi mujer. Yo le había descrito así aquel invierno inglés:

Todo aquí está precioso. Parece como si... ¿cómo te lo podría explicar? ¡Ya lo tengo! Es como si la nieve lo hubiera cubierto todo con su manto blanco.

Y Silvia lo celebró de esta manera:

Me ha desluimbrado tu capacidad de deslexicalización del lugar común más común de los lugares. A Biel también le ha gustado.

El chico que se parecía a Lluís Llach eras tú, naturalmente (no me digas que nadie te lo había dicho nunca), y tu relación con Silvia, inconcebible para mí en los primeros días de chompas y canesús, fue con el tiempo cobrando naturalidad hasta convertirse, como la veo hoy, en la buena acción de un sabio y compasivo destino. A lo largo de estos últimos años, a medida que os iba conociendo, mi mujer decía, dejando tal vez traslucir una pizca de envidia ante aquel despliegue de devoción , que jamás había visto a un hombre más entregado que tú, ni una mujer más necesitada de esa entrega. Siempre me había dado la impresión de que estabas al margen de aquel grupo del bar, y frente al rechazo que me producían la educación, las buenas maneras y la absoluta falta de malicia de los portadores de zurrones, tu bondad gandhiana (con Sivia habríamos discutido si es gandhiana o gandhesca, para al final quedarnos con gandhil), tu discreción y paciencia me inspiraban un respeto casi religioso.
Me fui a Inglaterra y se desequilibraron las relaciones en ese casto trío que formábamos Silvia, tú y yo. Como recordarás, hasta ese momento, y desde que coincidimos por segunda vez en la universidad, ella y yo habíamos estado, durante varios años, saliendo juntos casi todos los sábados. Nos llamábamos por teléfono sin tener en cuenta quién lo había hecho la última vez, nos sugeríamos la película más interesante de la cartelera y yo pasaba a recogerla en coche. Ella se sentaba, nos dábamos los dos besos de rigor y nos íbamos. (Algo extraño sucedía cuando la esperaba fuera del coche. En aquellas ocasiones, los besos tomaban otro cariz. Ella me sonreía, se acercaba, extendía los brazos y me sujetaba los míos con fuerza a los costados. Medio atenazado, yo me agachaba y ella, sin dejar de agarrarme, procedía a un efusivo choque de mejillas.)
Solíamos ir al Verdi, donde veíamos alguna película china, iraní, bosnia o de cine independiente americano. A los dos nos gustaba. Nadie fingía y nadie cedía. Y nuestro buen criterio al elegir nos permitía salir del cine satisfechos y pasarnos un par de horas hablando en una tetería (sucumbí) libanesa que había detrás de la Plaza del Sol. Luego la llevaba a casa, nos quedábamos otra media hora charlando en el coche, nos dábamos otros dos besos de despedida y a casita. Yo tenía veintipocos años.
¿Por qué salía con ella? ¿Por qué pasé tantos años de mi juventud acostándome temprano los sábados después de ver una película turca, charlar y beber té? La respuesta es sencilla y sonará cruel e ingrata: porque no tenía otros amigos. Pero, ¿y ella? ¿Veía algo en mí? ¿Acaso no se daba cuenta de que mi erudición de oídas no sobrevive a más de dos conversaciones con alguien tan cultivado como ella? (De hecho, empezaba a temerme que desde hacía tiempo era sólo mi lado trivial y pseudoingenioso lo que de verdad la admiraba) ¿O quizá lo hacía por caridad? ¿Por qué apenas salía con los folladores responsables, que en la facultad no la dejaban a sol ni a sombra? Pero sobre todo, ¿qué había de ti, que bebías los huracanes por ella hasta emborracharte y que, de hecho, ya desde hacía tiempo compartías piso con ella?
(Una vez me felicitó por esa frase de los huracanes. Le encontró una “apabullante violencia poética”. Era su favorita junto con “cuando la vi, me derrumbé”, que yo había empleado al hablarle de alguno de mis amores imposibles.)
Cuando la llamaba, siempre eras tú quien contestaba. Cumplidas las formalidades, me decías:
- Supongo que quieres hablar con Silvia, ¿verdad?
Una hora más tarde, nos íbamos los dos al cine, mientras tú te quedabas trabajando en tu tesis. Debías de estar convencido de que jamás podría haber nada entre nosotros, pero me pregunto de dónde te venía la convicción: ¿de tu fe en la fidelidad de Silvia, o era acaso el resultado de tu meticulosa observación durante años? Sea como fuere, estabas en lo cierto: yo nunca me sentí atraído hacia ella. Y lo que es más, siempre dudé que ella tuviera algún interés en el sexo.
Durante mucho tiempo, la creí incapaz de enamorarse, aunque hoy sé que esa incapacidad era muy trabajada. Quizá eso tuviera que ver con su alegre, en ocasiones radiante, pesimismo, así como con su implacable lucidez, que de manera inevitable la llevaba al cinismo.
Hace un par de años la llamé. Quería anunciarle el embarazo de mi mujer y, de paso, reanudar el contacto que, al poco tiempo de regresar de Inglaterra, habíamos perdido por completo. Llevábamos más de un año sin hablar cuando, tras habernos puesto al día en una conversación desganada y medio muerta, le dije que Claire y yo íbamos a ser padres. No ya sin un “qué bien” o “enhorabuena”; sino sin tan siquiera un “¡anda!”, un “vaya”, un “qué”, un “pero” o un “hm”, es decir, y como ella misma hubiera observado, soslayando por completo la función fática, me espetó:
- ¿Cómo podéis traer otra vida al mundo?
No había olvidado yo sus salidas de tono, y era consciente de que, en el fondo, estaban siempre motivadas por un sentimiento de caridad. Había muchas cosas malas en el mundo de Silvia, pero estarás de acuerdo conmigo en que ninguna era peor para ella que el sufrimiento de los inocentes. No sé si los bebés pertenecían a esa categoría, dado que Silvia consideraba que el hombre era perverso por naturaleza, y reservaba toda su compasión para los animales. Yo todo eso lo sabía, pero aun así, aquella reacción me molestó, no tanto por ofensiva como por aburrida. Si llevábamos tanto tiempo sin hablar era porque nuestras últimas conversaciones habían seguido un patrón idéntico, y cada una de nuestras intervenciones eran previsibles hasta la náusea. Había cine, sí, pero en forma de “¿has visto algo?” en lugar de “¿qué quieres ver?”. Había lengua, con irresolubles enigmas y paradojas lingüísticas que cada vez me interesaban menos (“pon ‘salidle al paso’ en segunda persona del singular, ¿cómo lo escribes?”). Había anécdotas del mundo académico y la traducción (“¡confundió altar con hotel! ¡la novia subió al hotel!”). Pero la aparente euforia, que siempre se me antojaba fingida, y las extravagantes confesiones de sus correos habían desaparecido. Ahora eran las preguntas sobre Barney y Bracken, los dos perros labradores que tuvimos en Inglaterra, o el número de gatos de mi madre las que, en lugar de servir para llevar la conversación poco a poco a su fin, empezaban a convertirse en su saludo. Ni siquiera el futuro nacimiento de mi hijo podía sacarla de su ensimismamiento. Nada nuevo que decirnos, y ningún motivo para volver a vernos.
Qué mejor momento que éste para explicarte por qué, mucho antes de aquel alejamiento, antes también, naturalmente, de mi partida a Inglaterra, una noche, después de la sesión de cine y tetería, cuando charlábamos en el coche, frente a la puerta de su casa, la atraje hacia mí e intenté besarla en los labios.
- No, por favor.
No supe distinguir si en aquel rechazo había dolor, decepción o tedio. Creo recordar que me disculpé, que intentamos bromear, me sonrió y nos despedimos. Estuve un rato maldiciendo mi metedura de pata, y otro, preguntándome si había sido tal. ¿Tan inesperado era mi repentino deseo, después de habernos pasado meses compartiendo películas e infusiones? ¿Acaso era una idea descabellada, como si yo debiera haber intuido su nulo apetito sexual? ¿O se trataba de un convencional prurito moral, por el engaño que habría supuesto para ti? Y por otro lado, a mí, consciente como era ya entonces de que no me sentía atraído por ella, ¿de dónde me había venido aquel impulso, que, por lo demás, y por la desgana y escasa convicción con que lo había ejecutado, estaba condenado al fracaso? ¿De los años que llevaba sin follar? Ya te he contado que en aquella época no tenía amigos. Y sin amigos, no tenía más que amigas. De las que follan, sí, pero no contigo. Quiero decir conmigo. Continuar en la universidad no me había ayudado a renovar mi círculo de compañeros de bar y salidas. Ni siquiera había sabido aprovechar mi teórica madurez (era tres años mayor que casi todos mis compañeros de estudios) para resultar interesante. Podía lamentar que, con su actitud, Silvia no me dejara ocuparme tranquilo de otras chicas en el bar, pero era consciente de que la culpa de que no me comiera un rosco era sólo mía. A veces mi desesperación me llevaba a envidiar a mis antiguos compañeros, que estaban empezando a alargar sus relaciones y acortar sus salidas. Que, en otras palabras, se estaban convirtiendo, ¡ellos también!, en folladores responsables. Salvo Marc, naturalmente.
Nunca habíamos sido lo que se dice colegas, y el día en que nos encontramos, hace unos años, ninguno de los dos podría haber sospechado el vínculo que un día habría entre nosotros. Marc seguía con su greñuda melena heavy, su raída chaqueta tejana cubierta de parches, su andar cansino de pies arrastrados y las comisuras de los labios inundadas de saliva. En mis primeros días de universidad solíamos coincidir en el tren, lo cual me incomodaba bastante, ya que él nunca compraba billete y se pasaba el viaje mirando a uno y otro lado por si venía el revisor. En una facultad dominada por los pijos, Marc había aceptado, gustosamente y al mismo tiempo con desprecio hacia quienes se lo impusieron, el papel de bufón al que nadie se acercaba y cuyas ocurrencias todos celebraban con prudencia. Utilizaba tacos al participar en clase, hasta bien entrado el invierno no se ponía manga larga (la raída chaqueta tejana), y a veces se presentaba con la cara cubierta de pintura para protestar por el exterminio de los indios americanos. Marc era de esas personas que considera reaccionario dar las gracias, pero el día en que me encontré con él advertí en sus palabras cierto tono de agradecimiento por haberme dignado a detenerme y saludarlo, pese a estar acompañado de mis respetables esposa y suegro. “Tú sí que eres un tío legal”, pareció darme a entender al contarme que no hacía mucho, uno de nuestros antiguos compañeros de mañanas de cánticos, abrazos y cervezas en el bar le había negado el saludo.

Al sábado siguiente del frustrado beso fue Silvia quien me llamó. La conversación telefónica transcurrió de manera normal, aunque creo recordar que sugirió ella la película. La esperé de pie junto al coche y recibí los dos rígidos (¿más que de costumbre?) toques de mejilla. Fuimos al cine y después a la tetería. La acompañé a su casa, a vuestra casa, y nos despedimos. Ninguno de los dos hizo ninguna referencia a lo que ella no había dejado que sucediera, y ambos actuamos como si no hubiera ocurrido nada. Volví a casa confundido, no tanto por su naturalidad como por constatar que nunca me daría lo que sí le había dado a Marc.
A lo largo de aquellos sábados, a veces para llenar un silencio, otras, para no dejar de citar la fuente de algún comentario ingenioso o una reflexión brillante y prevenir así cualquier tipo de elogio inmerecido que yo le pudiese hacer, Silvia me había hablado de algunos de los hombres que habían pasado por su vida. Naturalmente, no eran “hombres que han pasado por mi vida”. Ni siquiera eran “hombres”, un plural que contenía el germen de un voraz anonimato. No. Cada uno de aquellos complejos organismos con ego, sensibilidad y polla merecía su propia sesión de sábado, y aunque a veces su historia no duraba más de unos segundos, nunca mencionó más de un nombre en una tarde. Curiosamente, nunca surgió el de Marc, a quien todos habíamos llegado a ver arrodillado ante ella en los pasillos de la facultad gritándole “¡te quiero, y me la suda que me vean de rodillas delante de ti!”
Su relación había empezado el día en que Marc ingresó en prisión. Designado presidente de una mesa electoral, se había negado a presentarse y cumplir con su deber de ciudadano. Tenía antecedentes por algún otro acto de rebeldía, así que, tras el juicio, en el que negó legitimidad al tribunal y trató de “colega” al juez, dio con sus greñas en la prisión de Trinitat Vella. Silvia se apiadó de él (así lo vimos todos) y después de haberse pasado meses rechazando con infinito cariño sus románticos y apasionados gestos, que incluían no sólo postraciones de hinojos en el bar, sino también ramos de flores arrancadas del campus, poemas escritos en el tren y una paloma moribunda cuidadosamente envuelta en papel de aluminio, al cabo del cumplimiento de la condena de unas pocas semanas, por fin se entregó a él. Y aunque jamás nadie los vio darse un beso o siquiera cogerse de la mano, su relación, que nunca dejaría de ser un tormentoso y racional tira y afloja, nos enternecía a todos, que la veíamos como el triunfo de “el que la sigue la consigue”.

Por eso yo no entendía que Silvia, en aquella tetería libanesa, me hablara del profesor de literatura de 3º de BUP, casado y 20 años mayor que ella, que se la había llevado un fin de semana a Tossa, o del relativamente conocido poeta que había decidido darle una oportunidad a su latente heterosexualidad y había acabado dedicándole uno de sus libros, y, al mismo tiempo, se negara siquiera a mencionar el nombre de Marc. Quizá  quería evitar algún comentario mío en el que aparecieran juntos el nombre de Marc y el tuyo. No lo sé. O bien sabía que aquél no había sido capaz de la más mínima discreción y nos había revelado, a mí y a mis amigos, como cualquier chulo de bar, su lado más sumiso y complaciente. ¿Temía que, por ello, cualquier alusión a él me hiciera creerme acreedor a un polvo? Pues bien, precisamente ése había sido mi razonamiento aquella noche en que intenté besarla.
"Me gustan los animalitos y la primavera", esa fue la primera frase que oí pronunciar de tus labios.
No recuerdo haber pronunciado jamás esa frase. Ni muchas otras genialidades que me atribuía. Su admiración, ya te lo he dicho, me sacaba de quicio, y a ti, sospecho, te aburría (todavía no sé si la levísima mueca que creía verte en aquellas situaciones en que ella exhibía mis perlas era de conmiseración, o si, por el contrario, se debía a que también tú sabías que, en ese juego de exhibición y vergüenza, en el que ella me citaba y yo me esforzaba por no sonreír demasiado, yo era un impostor). Los dos tuvimos que escuchar de sus labios una y otra vez esa antología de mi ingenio imaginada por ella. Siempre había algún canesú o alguna chompa dispuesta a recibirla con carcajadas y una sonrisa pícara dirigida a mí como diciendo “¿de verdad dijiste eso? Ay, eres la pera”. Sin embargo, nunca me atreví a sacarla de su error, ni delante de los folladores responsables, ni de ti, ni siquiera a solas en la tetería. Sospecho, repito, que su admiración, más que en mi sucedáneo de erudición, se cimentaba sobre todo en mi pretendido ingenio. Si renunciaba a él, no me quedaba nada.
Con mi partida a Inglaterra, a los sábados de Verdi y té con charla, confidencias y lamentos los sucedieron dos años de correos electrónicos. Desde mi casa en las afueras de una desangelada ciudad al norte de Mánchester, yo le hablaba de los arco iris que veía con frecuencia en el lluvioso verano de Lancashire, de los ciervos atrapados en un descampado entre dos fábricas, de los cisnes que vivían en el canal entre esqueletos de coches quemados, del zorro que nos encontramos durmiendo en el jardín (fue entonces cuando ella me recordó -es un decir- mi frase sobre la primavera y los animalitos), o de la nieve y su inaudito manto blanco. Ella al principio celebraba mis tópicos deslexicalizados,  se interesaba por los perros, y me planteaba casi irresolubles juegos lingüísticos.
Poco a poco, sin embargo, y a medida que Claire y yo íbamos más en serio y, sin responsabilidad y sin gritar jamás el uno el nombre de la otra, nos limitábamos a follar por follar, a medida que mi trabajo como profesor de español ocupaba un lugar más importante en mi vida y me rescataba del sopor de aquel pueblucho metastatizado en ciudad dormitorio, los correos de Silvia dejaban de ser desenfadados y se volvían enfermizos.

Estoy estableciendo infinidad de conexiones a un ritmo muy acelerado.
Vuelvo a interpretar sentidos ocultos en tu mail.
Se me come la entropía.

El enfriamiento definitivo de nuestra ya templada relación llegó con mi regreso a Barcelona. Silvia me aburría cada vez más. Por alguna razón, ya no eras tú quien contestaba al teléfono, sino ella. La imaginaba agazapada junto al aparato. Reconocía en seguida mi voz y donde antes hubiera respondido con alguna gracia (“¡hola! ¿qué es de estúpida?”), ahora no le salía más que un … “ay hola” que daba paso a las consabidas preguntas sobre labradores y gatos. Con el auricular en la mano, yo miraba al cielo y me juraba no volver a llamarla en un año. El tedio propició el distanciamiento. El nacimiento de mi hijo, por el que ella había olvidado felicitarme, dio lugar a nuestro último encuentro.
Vinisteis los dos. Ella jugó con él, se lo sentó en el regazo, luego se sentó en el suelo con él, le hizo reír, se rió, y por mucho que yo buscara en su rostro un gesto de pena y solidaridad con él por haber venido a este valle de lágrimas, no lo encontré en Silvia, sino en ti, ¿no es cierto?, que sabías que con ella jamás serías padre.
Una tarde, hoy hace un año, llegué a casa y, tras preguntarme con cara de angustia sobre el trabajo y el día, Claire pareció recordar algo de repente:
- ¡Ah! Ha llamado Biel.
Supongo que mi mirada le dio pie a explicarse.
- Silvia se ha suicidado.

¿Qué es de estúpida? Yo, ya avestruz.
Estoy en el trabajo y me he dicho a mí misma para mis adentros sin voz: "voy a saludar a Xavi, que tengo ganas y me gustaría que me contara (no explicara) un chiste". Y, ni corta (aunque baja) ni perezosa (aunque vaga), procedo a hacerlo sin más dilación: "Ave, Xavi, una que va a morir, pero no sabe exactamente cuándo, te saluda desde su condición temporal y te manda muchos besos."
¡Celebro mucho conocerte! Seguro que tú también te solidarizas directamente con la locura de las vacas y de las cabras... ¿Adónde va a ir a parar la sanidad mental pública si nadie se plantea el problema de fondo, de raíz (de pura cepa, me atrevería a añadir)? ¿Cómo ayudar a nuestras compañeras en la escala zoológica? ¿Es que nadie tiembla como ellas al verlas? ¿Es que nadie recuerda los cuentos infantiles en los que los animales sufren y quieren como los seres humanos y las seras humanas?
"Me gustan los animalitos y la primavera", esa fue la primera frase que oí pronunciar de tus labios. ¿Por qué escasean ese tipo de afirmaciones entre los adultos? Bueno, he de dejarte... Ya he dado rienda suelta a un poco de sentimentalismo lacrimógeno que me rondaba, espero que sepas perdonármelo.
Un abrazo interespecial
Eran los tiempos de las vacas locas. Detesto a la gente que explica chistes o historias. Qué más puedo contarte. Tú sabes el resto.
Un abrazo.

2
Llamé a Biel aquella misma noche. Se disculpó por no haberme avisado a tiempo para el entierro, pero había tenido que encargarse de todo él solo. Silvia se había suicidado hacía una semana. No era la primera vez que lo intentaba. Una vez la encontraron justo a tiempo, y pudieron salvarla. Ella nunca dejó de reprochárselo. ¿Qué puedes hacer cuando una persona toma esa decisión y nada que digas le puede hacer cambiar de idea? Varios años ya viviendo así. Casi se atrevería a decir que era lo mejor que podía ocurrir. ¿Su familia? Podía imaginarme. En el funeral decidió leer la carta que les había dejado en su anterior intento. Silvia no se limitaba a pedirles que la comprendieran, siguieran con sus vidas, se rehicieran e intentaran ser felices: se tomaba su muerte a broma. Mejor ser suicida que facha, ¿no, papá?¿Preferirían acaso que se hubiera quedado en coma irreversible tras un accidente? O imaginad que nos morimos Manel (su hermano) y yo. ¡Pues celebrad que sólo me he ido yo!

Tengo el piso hecho un desastre. Se me come la entropía: ya sabes, el principio de desorden del universo, pero, bueno, a ver si recojo un poco el estudio y mi cabeza. Además, ya sé que a tú toleras muy bien el caos. Joder, lo malo es que yo no. A veces me dan arranques de limpieza y ordenación y me vuelvo obsesiva y puñetera.

Le dejé hablar, y al final le pedí que me recordara su dirección: me gustaría escribirle una carta y compartir con él los recuerdos que tenía de ella.
Antes de despedirnos, Biel recordó que tenía un favor que pedirme.
He encontrado el nombre de un Marc en su agenda. Era un amigo de la facultad, ¿no?, ¿me parece?
Sí.
O salieron juntos, no sé… Ella alguna vez habló de él… Pero no está su teléfono. ¿Tú podrías llamarle y decírselo? Yo no sé cómo ponerme en contacto con él. A lo mejor tú…
Le prometí que así lo haría.

Estoy hecha polvo. Vuelvo a las andadas con los delirios. Estoy estableciendo infinidad de conexiones a un ritmo muy acelerado. No lo entiendo. Sé que no soy una lumbrera (cosa que no me importa en absoluto), precisamente por eso siempre he intentado pensar quitándome prejuicios de encima y siendo consciente de mi subjetividad para trascenderla. Bien, pues ahora, joder, no sé qué me pasa. Me da la impresión de que me están tomando el pelo o me lo estoy tomando yo misma, pero al mismo tiempo no puedo evitar creer en una especie de ficción coherente fascinante y aterradora... Sé que soy yo la responsable porque vuelvo a interpretar sentidos ocultos en tu mail.

No me costó demasiado encontrar los datos de Marc por Internet. Vivía ahora en San Algo de Algo, y estaba metido en una asociación de padres de una escuela. Ahí estaba su número de teléfono. Me hice la reflexión de rigor sobre las vueltas que da la vida. Encontré un par de cartas suyas al director del periódico local. También había quedado finalista en un concurso de relatos organizado por el ayuntamiento de aquel San Algo.
Me contestó su compañera. Marc no estaba. Llegaría tarde. Me identifiqué como un antiguo amigo de la universidad.
- ¡Ah! ¿Es por la chica que se ha suicidado?

Oye, una cosa. Me gustaría que me explicaras, si puedes, qué querías decir exactamente con eso de que me veías siempre como en otra esfera. ¿No crees que todos estamos en una esfera a la vez semejante y diferente a la de los demás?

Eran las once de la noche cuando volví a llamar a casa de Marc.
- Eh, Juan, ¿qué pasa?
- Hola.
- Llamas por lo de Silvia, ¿verdad?
-Sí. Ya he llamado antes y… ¿Cómo te enteraste?
- Me envió un email. La misma noche. Vamos, supongo que fue la misma noche.
Colecciono adjetivos terminados en –az. De niño pensaba que “vehemente” significa “de manera vehe”. Me gustan los animalitos. Un jamón con chorreras.
No había querido preguntarle a Biel cómo se había suicidado Silvia. No quise ahora preguntarle a Marc todo lo que de repente quería saber. A qué hora le envió el email. A qué hora lo recibió. Qué decía. Si tenía alguna idea. Si le había avisado en las ocasiones anteriores. Si intentó llamarla para evitarlo.
Quizá si hubiera sido capaz de mantener el silencio, él mismo me habría ofrecido una explicación. Me apresuré a decir algo:
- Yo no me he enterado hasta hoy. Acabo de hablar con Biel…
- ¿Biel es su compañero? Sabía que vivía con un tío... ¿Y cómo lo hizo?
Suponía que con pastillas. Biel estaba en un congreso en Lyon, y regresó dos días más tarde. Aunque yo hacía tiempo que no la veía..

- O sea, que Biel volvió y se encontró con el pastel -me interrumpió.
Tampoco debió de sorprenderle tanto, dados los precedentes y un teléfono al que nadie contestaba. Pero sólo dije que sí, mientras pensaba en Biel pagando al taxista, abriendo la portería, tirando de una pequeña maleta con ruedas, llamando al ascensor, subiendo hasta el último piso, deteniéndose frente a la puerta, metiendo la llave, quizá tras esperar unos minutos y sabiendo que se iba a encontrar con el hedor de un perro que llevaba dos días sin salir, y el de un cadáver en la cama.
Trabajo, niños y antiguos amigos cumplieron su papel. Ya puestos al día, Marc comentó entre risas la foto de mi perfil en la red. Sí, yo a veces también buscaba a antiguos compañeros. Estaría bien vernos un día.

Cucurrucú.
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