jueves, 14 de julio de 2016

El Gran Juego



El Gran Juego podría describirse como una interminable partida de ajedrez que el imperio británico y el ruso jugaron sobre el tablero de Asia Central. Si bien sus prolegómenos podrían remontarse varios siglos atrás, se considera que comenzó cuando, a principios del s. XIX, Rusia empezó a expandir su territorio hacia el sur, a través del Cáucaso, con la vista puesta en Persia, desde donde se podría organizar una eventual invasión de la India. Años antes, Catalina la Grande había tonteado con la idea de invadir dicho país, y su sucesor Pablo envió un ejército de cosacos para hacer lo propio, ejército que, sin embargo, tuvo que dar la vuelta a mitad de camino cuando recibieron la noticia del asesinato del zar. Ello probablemente salvó la vida a la mayoría de ellos, que, con fe ciega en Pablo, habían partido tan mal equipados para la misión que no tenían ni un mapa en condiciones. Gran Bretaña, por tanto, no se tomaba demasiado en serio la amenaza rusa a la joya de su imperio.

La marcha del ejército cosaco hacia la India

En 1807, sin embargo, llegó a Londres la noticia de que Napoleón Bonaparte había propuesto al zar Alejandro, sucesor de Pablo, que juntos marcharan hacia la India, se la arrebataran a los británicos y se la repartieran. La cosa ahora sí se ponía seria, y aunque, gracias a la fallida invasión de Rusia por Bonaparte, el susto les duró poco a los ingleses, la semilla de la sospecha ya se había sembrado. Con Napoleón derrotado, además, nacía una Rusia engrandecida y ambiciosa de nuevas conquistas. Daba comienzo así un prolongado juego de guerra entre dos imperios, una batalla de estrategias, espionaje y mentiras que se adelantó casi un siglo a la Guerra Fría; un fascinante duelo de exploraciones con tintes a veces nobles, a veces rastreros, con momentos de espantosa crueldad y con un carácter épico recogido por Rudyard Kipling en su novela Kim, que popularizó el término Gran Juego, acuñado en realidad por Arthur Connolly, cuya triste historia veremos más adelante.

El asesinato de Alexander Burnes

Este Gran Juego fue un constante toma y daca en el que las tornas no dejaban de cambiar. El objetivo primordial era, por parte de los ingleses, impedir que Rusia estableciera los límites de su imperio a una distancia amenazadoramente cercana a la India. A tal fin, a lo largo de décadas ambos ejércitos se ocuparon de explorar la zona de Asia Central y de Afganistán, de elaborar mapas de una zona hasta entonces prácticamente desconocida, de hallar rutas accesibles para tropas y artillería a través del Hindú Kush y la cordillera del Pamir, de ganarse el favor de los janes de la zona y de abrir rutas comerciales para los productos nacionales. 

Sería imposible entrar en los detalles de cada vaivén que dio el juego a lo largo del siglo que duró. Pero sí merece la pena narrar las historias de algunos de los personajes implicados en él, y que Peter Hopkirk (1930-2014), especialista en la historia de Asia Central y los imperios ruso y británico, nos cuenta con pasmosa maestría.

El ejército ruso toma Samarcanda (1868)

Cuando Ranjit Singh, el gobernador del Punjab, regaló a Guillermo IV unos magníficos chales de cachemira, Lord Ellenborough, alto responsable de la Compañía Británica de las Indias Orientales, tuvo la idea de corresponder al regalo con una pequeña misión de espionaje. Esta misión se le encomendó a Alexander Burnes, un prometedor oficial, intrépido, inteligente, y capaz de hablar persa, árabe, hindustani y otras lenguas de la India con fluidez. Su misión consistiría en remontar el río Indus hasta Lahore, con la excusa de hacer entrega a Ranjit Singh de cinco impresionantes caballos de tiro ingleses, de un tamaño jamás visto en Asia. En su periplo Indus arriba, Burnes comprobaría la navegabilidad de dicho río. La misión fue un éxito y Burnes consiguió un acuerdo que permitía a los productos ingleses competir con los rusos en el Turkestán.

 Camino de Kashgar a través de Turkestán

Tal éxito le abrió las puertas a su segunda misión, mucho más ambiciosa. Se trataba ahora de establecer relaciones con Dost Mohammed, el Emir de Afganistán, y de hallar una ruta a través del Hindú Kush hasta Bujará. Burnes consideraba que Dost Mohammed era el hombre ideal para gobernar un Afganistán unido, pero finalmente Lord Auckland, gobernador general de la India, no le hizo caso y puso en el trono a Shah Shuja, un déspota cruel y al mismo tiempo, en opinión de Burnes, incapaz de dirigir un país. Aquella errada decisión, unida a otros factores, dieron lugar a la Primera guerra anglo-afgana. En 1841, con Kabul tomada por el ejército británico, crece el resentimiento contra el invasor, agravado por el comportamiento de la colonia inglesa. Confiados en exceso, Burnes y otros oficiales residían en una casa poco protegida. Cuando el resentimiento se convirtió en insurrección, alentada por el rumor de que en la residencia de los oficiales británicos se encontraba el oro con el que compraban lealtades, un grupo violento y cada vez mayor rodeó y finalmente tomó la casa. Burnes vio morir a su hermano y se defendió con valentía hasta que fue descuartizado por las espadas de los afganos.
 
La narración de los viajes y los encuentros de Burnes con el emir o el gran visir, en su mayor parte extraída de su propio libro Viajes a Bujará, muy fácil de encontrar en inglés, es fascinante. Y no lo es menos su breve entrevista con un esclavo ruso.

 La embajada de Muraviov al janato de Jiva

El tráfico de esclavos era práctica habitual en Asia Central. La mayoría de estos esclavos eran rusos apresados por turcomanes, y de hecho, varias de las misiones e incursiones del ejército ruso tenían como objetivo, principal o secundario, la liberación de dichos esclavos, algunos de los cuales llevaban varias décadas en aquella situación. Al capitán ruso Nikolai Muraviov se le encomendó la misión de llegar al janato de Jiva con el fin de establecer relaciones amistosas con el jan, Mohammed Rahim Bahadur Khan I. La tarea se presentaba ardua, pues el jan era un hombre de crueldad extrema, aficionado a los empalamientos y a cortar la boca de un tajo hasta las orejas a todo aquél que era descubierto bebiendo o fumando. El camino hasta Jiva, además, atrevasaba el desierto de Karakum y cruzaba zonas asediadas por los traficantes turcomanes de esclavos. Si a ello le añadimos que Muraviov tenía que recabar información sobre las defensas de Jiva, tanto de las murallas como de su ejército, así como de los pozos de agua a lo largo del camino, y averiguar todo lo posible acerca del destino de los tres mil esclavos rusos que había en el país, es decir, espionaje puro y duro, resulta fácil concluir que se trataba de una misión suicida.

Muraviov, no obstante, sobrevivió, y, aunque poco pudo hacer por los esclavos, sí consiguió una aproximación entre los dos países. Su trabajo de espionaje, además, fue valiosísimo y puede decirse que marcó el fin de los janatos independientes de Asia Central, como el tiempo se encargó de demostrar.

Calle principal de Jalalabad

De entre las muchas historias trágicas que salpican el Gran Juego, una de las más terribles es sin duda la que acaeció a Charles Stoddart. A diferencia de otros agentes británicos, a Stoddart no se le había encomendado una misión secreta. Su tarea consistía simplemente en tranquilizar al emir Nasrullah de Bujará acerca de la presencia de tropas británicas en Afganistán, conseguir que firmara un tratado de amistad entre los dos países, y persuadirle de que liberase a los esclavos rusos. El interés británico en los esclavos tenía como objetivo, fundamentalmente, dejar a Rusia sin una excusa aceptable para invadir el emirato. Para su desgracia, durante su visita sucedió algo que no ha quedado nunca del todo claro y que tuvo terribles consecuencias. Es posible que, en una zona donde la delación y la traición eran la norma, alguien hubiera hecho correr la voz de que Stoddart era un espía. Según otra versión, a nuestro hombre lo perdió su torpeza y su ignorancia del protocolo requerido ante un emir. Parece ser que se presentó ante Nasrullah montado en su caballo, en lugar de hacerlo a pie, y que lo saludó desde la montura. En su primera entrevista posiblemente volvió a meter la pata, y el castigo del emir fue implacable: Charles Stoddart dio con sus huesos en un pozo infestado de ratas e insectos donde, en compañía de tres presos comunes y sus propias heces, pasó los últimos años de su vida.

 El pozo de la muerte, versión 1

 Con refinada crueldad, el emir permitía a Stoddart salir en alguna ocasión del pozo y pasar una temporada bajo estrecha vigilancia en la casa de un oficial del emirato. Mientras tanto, se sucedían las exigencias de su liberación por parte de Gran Bretaña, que, sin embargo, nunca demostró la firmeza necesaria. Sólo la iniciativa individual de un compatriota le aportó un breve y tenue rayo de esperanza.

Otra versión, más lúgubre aún. Desconozco si alguno de los dos es el auténtico

Oficial del servicio de inteligencia británico, explorador y escritor, Arthur Connolly tenía el corazón roto cuando se embarcó en un misión más desquiciada que imposible: reconciliar y unir, bajo control británico, a Jiva, Bujará y Kokand, los tres janatos rivales de Turkestán, en guerra constante entre ellos. Meses antes de embarcarse en ese proyecto, la mujer que amaba lo había rechazado por un rival, y Hopkirk especula con la posibilidad de que Connolly actuara de manera temeraria movido por el desdén hacia su propia vida.

Como era de esperar, y como había advertido el malogrado Alexander Burnes, los janatos no tenían ningún interés en reconciliarse y, de hecho, el jan de Kokand informó a Connolly de que en ese momento estaba a punto de ir a la guerra contra Bujará. Tras este fracaso, sólo la liberación de Stoddart podría justificar su costosa misión ante el gobernador general.



De alguna manera, durante su estancia en Kokand, Connolly había conseguido establecer contacto con Stoddart, que en aquel momento disfrutaba de su cautiverio fuera del pozo. Stoddart, que creía ver cierto favor temporal por parte del emir, respondió a Connolly que estaba convencido de que Nasrullah lo recibiría de buen grado. No sabía, desde luego, que la red de espías del emir había asegurado a éste que Connolly estaba conspirando con Jiva y Kokand para destronarlo. Unos meses antes, el emir había escrito una carta personal a la reina Victoria, quien, suponía él, era soberana de una tierra casi tan grande como Bujará y alrededores. Al no recibir respuesta, se sintió despreciado. Días más tarde, Stoddart y Connolly fueron llevados a la plaza que se extiende ante el palacio del emir, donde se les obligó a cavar su propia tumba antes de ser decapitados o, probablemente, degollados del cruel modo al que estamos tristemente acostumbrados a ver estos días.

Fortaleza de Bala Hissar, en Kabul

William Brydon no estaba llamado a entrar en la historia. Sin embargo, el nombre de este cirujano auxiliar del ejército británico está indisolublemente unido a uno de los episodios más catastróficos del ejército británico, y a una de sus imágenes más épicas.

Brydon se encontraba en Kabul cuando tuvo lugar la insurrección referida más arriba y que acabó con la vida de Burnes. Los disturbios no acabaron con aquella muerte, sino que, al contrario, la tensión fue en aumento. William Macnaghten, que en aquel momento era el más alto responsable del gobierno británico en Kabul, tuvo buena parte de culpa en aquel desastre. Hombre cobarde e incompetente, y más pendiente de evitar complicaciones para poder disfrutar cuanto antes de su designación como gobernador de Bombay, actúo con enorme torpeza y mezquindad. Durante meses, compró la paz de los jefes afganos, al tiempo que informaba a Lord Auckland de que en Afganistán reinaba una tranquilidad absoluta. Pero un día el dinero se acabó.

Macnaghten, en el momento de ser apresado

Mientras tanto, a los rebeldes se les había unido Mohammed Akbar Khan, hijo de Dost Mohammed, el emir a quien los británicos habían depuesto para colocar a su títere. Akbar estaba sediento de venganza, y con 30.000 hombres, siete veces más que las fuerzas británicas en Kabul, podía haberlo hecho sin mayor miramientos. Sin embargo, si quería volver a ver en el trono a su padre, exiliado en Calcuta, debía andarse con más cuidado. Los británicos, desesperados por la creciente e incontrolable violencia de los afganos, decidieron evacuar la ciudad y dirigirse a la guarnición de Jalalabad. El camino hacia Jalalabad era durísimo, pues atravesaba montañas nevadas infestadas de bandidos.

Macnaghten inició negociaciones con Akbar para que se les permitiera abandonar la ciudad sin ser atacados, pero su soberbia y su ingenuidad no eran las armas más adecuadas para enfrentarse con el carácter astuto y traicionero del líder de los afganos. Akbar le hizo una oferta inesperada y del todo sorprendente a Macnaghten: a cambio de una gran suma de dinero y la ayuda del ejército británico para combatir a sus rivales, el títere Shah Shujah seguiría en el trono, los británicos podrían permanecer tranquilos en Kabul hasta la primavera, y Akbar les entregaría al asesino de Burnes. Cuando al día siguiente le preguntó si aceptaba el trato, Macnaghten respondió "¿por qué no?", palabras que sellaron su destino, pues fueron oídas por aquéllos a quienes Macnaghten pensaba, tonto de él, que Akbar iba a traicionar. ¿Quiénes son éstos?, tuvo tiempo de preguntarle a Akbar. Macnaghten fue apresado en el acto. Horas más tarde, su torso colgaba de un poste en el bazar, mientras su cabeza, brazos y piernas pasaban de mano en mano y eran alzadas por la turba en un gesto triunfal.

Dost Mohammed se entrega a Macnaghten

Pero aun tras el asesinato de Macnaghten, la colonia británica seguía en Kabul. La situación era a todas luces insostenible y los británicos volvieron a negociar con Akbar para qu se les permitiera abandonar Kabul. Éste accedió y les ofreció una escolta que los acompañara hasta Jalalabad a cambio de la entrega de su artillería, unos rehenes y el poco oro que les quedaba. Los británicos no tuvieron otro remedio que aceptar, pero en cuanto empezaron la larga marcha vieron que no había ni rastro de la prometida escolta. Y entonces fue cuando empezó el juego para Akbar.

La caravana, de 16.000 personas, entre las que había 4.500 oficiales y 12.000 civiles, fue atacada una y otra vez por bandidos y francotiradores. Cada día Akbar les volvía a prometer la escolta, al tiempo que lamentaba no poder hacer nada ante aquellos rebeldes de las montañas que, afirmaba, escapaban a su control. Junto a las balas, el frío y el hambre causaban estragos entre los británicos, y aquella larga marcha se convirtió en una auténtica masacre. Tan sólo un puñado de hombres llegó al pueblo de Gandamak, a 30 millas de su destino. Pero los afganos se habían propuesto no dejarlos pasar de allí.

El último combate del 44º regimiento, en Gandamak

La narración que hace Hopkirk de este episodio, como de todos los demás, no puede ser más vívida y dramática, y es una auténtica gozada para el lector, que no olvidará nunca la odisea del único hombre que pudo completar la marcha y llegar a Jalalabad. Horas más tarde, un centinela de la guarnición de Jalalabad avistó la silueta de un hombre moribundo a lomos de un pony. Se trataba de William Brydon, que, con medio cráneo rebanado por un sable, y salvado por un ejemplar de la revista Blackwood's Magazine, que se había metido bajo el gorro para proegerse del frío, vivió para contarlo. No así su valeroso pony, que no volvió a levantarse.

Los restos de un ejército, de Elizabeth Thompson. William Brydon llega a Jalalabad

Lo que os he contado aquí no son más que cuatro historias que apenas ocupan un momento en este larguísimo y tan desconocido duelo que ocupó a dos gigantescos imperios a lo largo de todo el siglo XIX y principios del XX. En cierto momento, tanto Rusia como Gran Bretaña sintieron que habían alcanzado unos objetivos territoriales en Asia Central relativamente satisfactorios, y que una escalada en las amenazas y en la justificación de futuras invasiones no beneficiaba a nadie. Únase a ello la situación de Rusia después de su ignominiosa derrota en la guerra contra Japón, así como la creciente tensión en los Balcanes, y entenderemos por qué el interés del mundo se alejó de Afganistán durante unas cuantas décadas. Aunque sea una enorme simplificación, puede decirse que el Gran Juego terminó cuando se presentó en la partida un nuevo jugador: Alemania. Y gira el mundo.

Una emboscada en la expedición de Chitral (1895), de A.D. Gardyne


En ocasiones anteriores he mencionado mi ilimitada admiración por los historiadores británicos, y Hopkirk no es una excepción. El Gran Juego, que, faltaría plus, no ha sido nunca traducido al español (se admiten correcciones), es una obra colosal: informativa, amena, apasionante, apasionada, documentada, sorprendente y épica. ¿Qué hay que hacer para que surjan historiadores así en nuestro país? Y si echáis un vistazo a su bibliografía, es para que se le haga a uno la boca agua. En especial con ese libro titulado Setting the east ablaze, que se me antoja, sobre el papel, la continuación del que os he traído hoy, pues en él narra el sueño bolchevique de llevar la revolución a Asia, y los intentos de Gran Bretaña por evitarlo. Tampoco está traducido.

Esto es lo que se llama un historiador


viernes, 1 de julio de 2016

Rebajas de verano


¡Ya están aquí y vienen más refrescantes que nunca! Cinco reseñas de saldo, con hasta un 80% menos de palabras, para que vayas menos cargado y disfrutes más de la playa.


The children act, de Ian McEwan, traducido al español como La ley del menor.

Flojito, flojito. McEwan parece haber escrito esta novelita con desgana, como quien cumple un trámite. A primera vista, uno diría que le falta pasión, pero, bien mirado, la pasión no suele ser lo que hace grandes las grandes novelas de este autor, sino un encomiable afán de meter el dedo donde más duele y hacerlo con elegancia. La elegancia está presente aquí, una elegancia sosa, monótona y predecible, una elegancia de oficinista de la city. Y eso que el argumento tenía potencial: una juez que se enfrenta al caso de un menor que necesita tratamiento médico urgente, pero cuyos padres se niegan a ello por motivos religiosos.

Quizá presintiendo el desarrollo anodino que iba a tener una historia escrita con ánimo de burócrata, McEwan intenta darle un poco de vidilla contándonos las desventuras matrimoniales de su señoría. Pero ni por ésas.


La larga marcha, de Rafael Chirbes.

Mi primer Chirbes. Tarde, lo sé. Todo lo contrario de La ley del menor. Una obra escrita con el corazón, el estómago, el alma o los cojones. O con todo a la vez. La historia de dos generaciones: la que salía de una guerra que había vivido, sufrido o librado, y la de sus hijos. Gran cantidad de personajes a cual más interesante. Sin buenos ni malos. Chirbes trata a sus lectores como gente adulta. Personajes que saltan de la página. Lenguaje rico y preciso dentro de su sencillez. Atmósfera de tristeza sin desesperación. La historia de nuestros abuelos. Sueños que presentíamos iban a acabar rotos.


The ice princess, de Camilla Läckberg.

Aunque ya lo he dicho unas cuantas veces, la verdad es que estos thrillers norteños van la mar de bien para desconectar. Tres o cuatro al año no hacen daño. Y ésta me gustó mucho.



El hombre sonriente, de Henning Mankell.

Todos los años caen una o dos de Mankell. Sin embargo, a diferencia de la de Läckberg, ésta me pareció flojita, con el argumento cogido por los pelos y demasiadas concesiones a la inverosimilitud. Se sostiene con apuros hasta la parte final, donde acaba por desmoronarse.



Lluvia de verano, de Ahmet Hamdi Tanpinar.

Mi descubrimiento de este año. Tanpinar (1901-1962) está considerado el mayor escritor turco del siglo XX. Creo recordar que su nombre aparecía una y otra vez en la obra Estambul, de Orhan Pamuk, lo cual no es de sorprender, dado que, bajo una apariencia de historias de amor, la gran protagonista de su novela más conocida, Paz, es la propia ciudad. En esta novelita que nos ocupa, se nos narra la relación de un escritor y una misteriosa joven que se presenta en su jardín una tarde de lluvia. Suceden muy pocas cosas, pero hasta llegar hasta aquí han tenido lugar terribles tragedias. La escritura de Tanpinar, de quien dicen que está muy influido por Proust, es magistral y delicada, como una obra de orfebrería, y las imágenes de un Estambul difuminado por la lluvia se han quedado conmigo para siempre.



La pequeña comunista que no sonreía nunca, de Lola Lafon.

Peino las suficientes canas como para recordar el nombre de Nadia Comaneci, que tanto se oyó en aquel verano de 1976. En los Juegos Olímpicos de Montreal, una niña de un país remoto habitado por lobos y salvajes consiguió por primera vez en la historia un 10 en las pruebas de gimnasia. Aquella niña no sólo marcó la historia de Rumanía, sino que cambió para siempre aquel deporte. Comaneci tenía catorce años. A partir de entonces, la gimnasia femenina ya no volvería a estar dominada por mujeres.

La historia de lo que sucedió a continuación en la vida de Nadia y de su país es fascinante, y ha conseguido mantener mi atención hasta la última página, a pesar de que, a mi juicio, esta novela (sí) de Lola Lafon es una obra fallida desde la primera página. Lafon se ha propuesto escribir una suerte de biografía ficcionalizada, al estilo de lo que hizo Carrère con su impresionante Limónov. Lo de biografía ficcionalizada o ficticia es una forma de decir que nos están contando una biografía, y al mismo tiempo se están defendiendo ante cualquier posible dato erróneo. Esto es así y el lector debe aceptarlo tanto le guste como si no. El problema es que, mientras Carrère nos convence plenamente con su ficción, la novela de Lafon está lastrada por un plateamiento erróneo, en el que, de modo explícito, nos advierte, antes de empezar, de que ha respetado lugares, fechas y hechos, pero se ha inventado todo lo demás. Mi gozo en un pozo. Y cuando nos ofrece extractos de sus ficticias conversaciones telefónicas con Comaneci, no sólo sabemos que dichas conversaciones son falsas, sino que además, y esto es lo imperdonable, suenan falsas. Utiliza además Lafon un estilo retórico y efectista que me ha parecido de lo más forzado e irritante.

Con todo, la historia de Comaneci, su relación con sus compañeras de equipo, su entrenador, su manipulación por parte de Ceaucescu, su relación con el hijo de éste, o su huida del país son tan interesantes que uno se deja llevar por la historia hasta el final.


Menajem Mendel, de Sholem Aleichem.

Mendel deja atrás a su mujer y se va a buscar fortuna. En sus cartas, le cuenta a su esposa sus ideas, sus proyectos, su puesta en  marcha y sus fracasos. Y vuelta a empezar. Mendel no se rinde ni ante la adversidad, ni ante los reproches de su mujer, que sabe que nada bueno saldrá de la fantasiosa e ingenua cabeza de su marido. Los capítulos alternan las cartas de Mendel y las respuestas de su esposa. No es, pues, especialmente sofisticada como novela, y su esquema llega a hacerse un tanto repetitivo, pero por otra parte, se trata de una lectura bastante divertida y un estupendo retrato de la vida en el shtetl dentro de la zona de asentamiento de los judíos en la época del tardío Imperio Ruso.




Little Wilson and Big God, de Anthony Burgess.

Anthony Burgess es uno de esos nombres que nos suenan, y, si preguntas por ahí, alguien te dirá que ha leído La naranja mecánica o Poderes terrenales, que son, de hecho, dos obras magistrales. Pero en algún momento alguien tendrá que dar un puñetazo en la mesa y reivindicar su figura como lo que fue: un escritor genial, absolutamente único, probablemente uno de los más grandes autores ingleses del siglo XX. Un buen lugar para acercarse a su obra serían sus memorias, y probablemente es mejor empezar por el segundo tomo, titulado en español Ya viviste lo tuyo. Comenzaba éste poco después de que le diagnosticaran un tumor cerebral incurable, momento a partir del cual Burgess empezó a escribir frenéticamente. Quizá fuera incurable el tumor, pero no acabó con él hasta varias décadas, muchas novelas, alguna que otra sinfonía, muchas borracheras y más de una pelea tabernera más tarde.

Yo no me metería con él

En uno de mis veranos ingleses conseguí hacerme con el primer volumen (bendito Bookbarn), que es también apasionante y divertido de principio a fin, con sólo algunos altibajos. Burgess nos habla aquí de su infancia, evidentemente; de su Mánchester natal, de aquellos años donde la posguerra se solapó con el auge de los totalitarismos en Europa, de la pérdida de su fe católica, de sus años en España, donde su imprudencia al llamar en público "cabrón" al caudillo lo llevó a la cárcel; de su ignominioso e hilarante paso por el ejército, del nacimiento de su primera vocación, la música, o de sus clases de literatura en Malasia. Y la lista podría seguir. Nos regala escenas divertidísimas, como cuando le rechazan su primera novela porque, dice el editor, "no parece una primera novela, aunque sí sería buena como segunda novela".

Dado que Burgess nunca rehuyó el enfrentamiento físico, es evidente que no le daba miedo la polémica. Así, habla con vehemencia de sus fobias literarias y políticas, y no tiene reparos en contarnos alguna experiencia sexual que hoy, desde luego, no estaría bien vista por el público lector. Burgess es uno de esos escritores que, en baja forma, nos divierte y entretiene. Y aquí está en plena forma.



La casa, de Paco Roca.

Maravilloso. Paco Roca está tocado por la gracia en esta historia sencilla y universal. Y algo muy importante: pese a que las novelas gráficas están cada día más presentes en mi índice de lecturas, es con Roca con quien realmente aprecio ese lenguaje especial que caracteriza a este género. Cada viñeta está donde tiene que estar y ocupa el espacio que debe ocupar. Con Roca uno aprende a disfrutar de la composición, y se da cuenta de toda la reflexión que hay tras cada dibujo. Observad si no esa primera página y veréis cuánto nos dice esa viñeta final que se repite.

jueves, 16 de junio de 2016

El coleccionista


Una gran historia no hace una gran novela. Es posible que una mala historia tampoco haga una mala novela. No es del todo inverosímil, por tanto, que una buena novela tenga como armazón una historia mediocre. Por eso siempre desconfío de de los autores que aseguran que escriben porque les encanta imaginar otros mundos y otras vidas.

Quiero creer que un escritor que se precie no se va a pasar semanas, meses y años ante la pantalla en blanco para un día, simplemente, ver por escrito todo aquello que ha imaginado. Todos sabemos que hay algo más tras ese trabajo, y que semejante esfuerzo tenía otro objetivo, por mucho que a veces ni el propio autor sepa cuál era.

Naturalmente, y sin ánimo de juzgar, a muchos lectores les basta con la historia. Saber si la señorita Bennett se casa o no, si al final entierran o no a la señora Bundren, o qué será de la relación entre Lolita y Humpert Humpert puede mantenernos más o menos en vilo, si bien el propio Nabokov tendría unas palabras más severas para ese tipo de lector. Personalmente, creo que la combinación de historia apasionante + quéséyo relevante y profundo da como resultado el libro perfecto, ése que place tanto al lector pueril del que nos habla Nabokov como al pedante que te suelta "no has entendido al autor".

Poster de la adaptación que hizo William Wyler

Es fácil leer El coleccionista como un thriller psicológico, en primer lugar, supongo, porque en cierto modo lo es. La trama, aparte de sencilla, es bastante conocida. Frederick Clegg es una persona retraída que lleva una vida gris como funcionario en el ayuntamiento. No tiene otro interés que las mariposas, que colecciona con pasión. Un día, sin embargo, ve a Miranda Grey y decide que debe poseerla (y en este caso este verbo no significa exactamente lo que uno pensaría). Es en ese momento cuando se inicia la historia, y desde las primeras páginas nos familiarizamos con la teóricamente trágica infancia de Clegg, huérfano desde niño, aunque demasiado traumatizado por ello, mientras asistimos a sus planes para Miranda: secuestrarla, ocultarla en el sótano y tenerla allí para siempre.

Ésta fue la primera novela de John Fowles, y es posible que, en su ansia por llegar al quéséyo del que hablaba antes, descuidara un poquito la historia. Trama, argumento, sorpresas, todo ello se lo reservó Fowles para sus obras siguientes, entre ellas El mago y La mujer del teniente francés. En la que nos ocupa, el argumento no es más que un vehículo para llegar al meollo del asunto, y Fowles se encarga de hacer el viaje sin interrupciones ni paradas innecesarias. Para ello, se saca un as de la manga, o, dicho de manera más literaria, un prosaico deus ex machina: las quinielas. Gracias a ellas, Clegg, narrador de la primera mitad de la novela, tiene todo lo que necesita para poner en marcha su plan: dinero y una mente perturbada. Compra una casa en mitad del campo, la adapta para la estancia de su huésped, persigue a ésta hasta conocer e incluso anticipar sus movimientos, y la secuestra.

Frederick, Ferdinand, Calibán

Miranda es estudiante de arte, inteligente, bellísima y chica de buena familia. Clegg, por su parte, es normalito tirando a feúcho, y de familia de clase trabajadora. Culturalmente, además, es un auténtico filisteo, por lo que el conflicto está servido. Y es que estar encerrado en un sótano hasta el fin de tus días es una putada, pero si además tenemos que estar en compañía de alguien sin sensibilidad artística, esos años pueden hacerse muy largos.

A partir de ese momento, los lectores "de trama", por llamarlos así, se centran, supongo, en el ¿se escapará o no se escapará? ¿Se enamorará? ¿La matará él a ella o ella a él? Y con esas intriguillas, el autor tiene el suficiente oficio para mantener su interés hasta el final. Pero es el duelo entre Miranda y Frederick, y entre lo que ambos representan, el meollo al que de verdad quería llegar Fowles. Clegg se presenta a Miranda como Ferdinand, con lo que tenemos a los dos enamorados de La tempestad. Bien pronto, sin embargo, Miranda empieza a referirse a él como Calibán, que en la obra de Shakespeare era, hasta la llegada de Próspero y su hija Miranda, el infrahumano amo y señor de la isla.

El calibanismo es uno de los temas de la obra. Si habéis leído canibalismo, no vais del todo desencaminados, pues algunos expertos dicen que Shakespeare estaba jugando con dicho anagrama para describir al salvaje. Pero el calibanismo de El coleccionista no consiste en alimentarse de carne humana sino de la creatividad, la imaginación, la libertad y el placer ajenos, y recrearse en la mentira, la envidia, las ganas de hacer daño y el rencor. Así, tenemos, una evidente crítica a la mentalidad autosatisfecha del pequeñoburgués, crítica que cobra una gran dimensión política, mucho mayor quizá de lo que el propio Fowles podía imaginar.

Calibán, propiamente dicho

Por lo visto, algunos acusaron al autor de fascista, por sugerir, según ellos, que no nacemos iguales, y que siempre habrá una minoría ilustrada que estará por encima de las masas incultas y violentas. Si a eso le añadimos que la novela está protagonizada por un malo de clase baja y una víctima de familia bien, podemos imaginar que las críticas debieron de ser brutales. Vamos, que en España no habría sobrevivido. Se me ocurre, no obstante, que tales acusaciones no son más que otro ejemplo del calibanismo descrito en el párrafo anterior. De hecho, el lector puede compadecerse de la terrible situación de Miranda, pero difícilmente se identificará con un personaje tan arrogante: "Soy tan superior a él", dice en un momento dado Miranda de su captor. Del mismo modo, el lector nunca se pone en la piel de un chiflado frío, calculador e ignorante como Frederick, pero sí llega a entender, dentro de su locura, sus motivaciones. Las cosas nunca son tan sencillas como las quieren ver los calibanes, y para demostrarlo, entra en escena G.P., el bohemio, provocador y mujeriego artista por el que Miranda siente absoluta admiración.

G.P. nunca sale de las páginas del diario de Miranda, pero podemos considerarlo un personaje tan importante como los otros dos. Y es precisamente G.P., quien antaño fue comunista, el que ahora se ríe de Miranda por ser laborista. Los laboristas, dice, nos trajeron a la Nueva Gente, que es el modo en que él se refiere despectivamente a esa zafia nueva burguesía. Miranda, por su parte, piensa que el deber de toda persona digna es ser de izquierdas, para, a continuación, definirse como una de Los Pocos, esos seres justos, idealistas y creativos cuya obligación es hacer frente a la insoportable vulgaridad de la multitud. Los calibanes no tienen sentido de la ironía. Las Mirandas a veces tampoco.

La novela, en suma, pese a estar construida sobre una trama que aparentemente no tiene mucha sustancia, es estupenda y, aparte de mantener la tensión hasta el final, toca, como veis, unos temas de lo más jugosos. Y eso que nos hemos dejado por lo menos la mitad en el teclado. En su defensa ante las acusaciones de fascista, Fowles dio quizás demasiada información sobre cuál era su intención al escribir la obra (podéis leerlo aquí), pero como ésta es tan buena, siempre tiene más que ofrecer. El coleccionista se puede leer no sólo como una novela política además de un thriller psicológico, sino también como una reflexión sobre lo que significa amar a otra persona, o, mejor dicho, sobre lo que los calibanes entienden por amor. Y eso ha hecho que de repente me haya acordado de algunos (y algunas) calibanes que han pasado por mi vida... porque sí, yo también soy uno de Los Pocos.

John Fowles

Y no quiero despedirme sin lanzar una pregunta: ¿quiénes son los calibanes de la España de hoy?

jueves, 2 de junio de 2016

F de fundamentalismo


 En una de las escenas finales de Jesus Camp, vemos a Mike Papantonio hablando en directo, desde su emisora de radio, con Becky Fischer. A lo largo de la película, Papantonio, abogado y periodista, se ha revelado al espectador como un hombre profundamente cristiano, pero también como azote del fundamentalismo evangélico estadounidense. El periodista arguye que este movimiento radical está intentando acabar con uno de los pilares de la democracia, a saber, la separación entre iglesia y estado. Becky Fischer es una de estas radicales, como ella misma se define, y su evangelio está dirigido especialmente a los niños. Fischer organiza campamentos de verano para niños en los que les habla a éstos del camino que Dios ha labrado para ellos, les anima a arrepentirse en público de sus pecados y les revela la relación que existe entre Satanás y los libros de Harry Potter, entre otras lindezas.


Papantonio no le habría durado un asalto a Christopher Hitchens, que fue el verdadero azote no sólo del fundamentalismo sino de cualquier fe religiosa. Sin embargo, Hitchens sí reconocía que, dentro de lo que él considera lo absurdo de la religión, los fundamentalistas cristianos eran, al menos, absolutamente coherentes con lo que predicaban. Y no le falta razón.

-¿Cuándo se creó el Mundo?
-Hace seis mil años.
-¿Cómo explica la existencia de fósiles de dinosaurios?
-Dios puso a Adán y Eva en un edén repleto de espinosaurios y triceratops.
-Pues los científicos aseguran que esos fósiles tienen millones de años de antigüedad.
-La ciencia está al servicio del diablo.

Naturalmente, el mismo término "fundamentalismo" es ambiguo. Pensemos que una persona como Papantonio, que en EEUU pasa por liberal, esgrime ante Fischer el argumento siguiente: Dios condena el adoctrinamiento de los niños, y ha creado para los adoctrinadores un lugar especial. Y créame, no es un lugar agradable.

En ese momento ha perdido el debate. Probablemente es consciente de ello. Fischer responde con altivez "mire, yo no voy a entrar ahí". A Papantonio sólo le queda despedirse de Fischer y exclamar "qué gente, ¡es increíble!".

 Las ruinas del castillo de Alamut, cerca de la ciudad de Qazvin, Irán

El tema del fanatismo religioso ha sido tratado en literatura en bastantes ocasiones. Sin embargo, si pensamos en Gulliver o en La letra escarlata, ese fanatismo con frecuencia aparece como una fuerza opresora o como fuente de conflicto, y no tanto como motivo del sacrificio último del ser humano. Cabe imaginar, por razones que a nadie se le escapan, que este segundo tipo de fanatismo, ciego y suicida, va a ser uno de los temas esenciales en el siglo que vivimos, pero en el año 1938, la religión no figuraba entre los mayores focos de conflicto de occidente. Así, pese a que la impresionante novela de la que vamos a hablar parece ocuparse de ese fanatismo de un modo explícito, su autor no estaba en realidad hablando de religión sino de política. Alamut fue publicada en pleno apogeo de las dictaduras, y estaba sarcásticamente dedicada a Mussolini.

A pesar de haber publicado unas pocas obras más, el esloveno Vladimir Bartol es lo que en música se llama en inglés un one-hit wonder, es decir, alguien que ha triunfado con una sola canción o, en este caso, novela. Ello no obstante, la extraordinaria calidad de la novela le ha asegurado al autor un lugar en la historia de la literatura por una larga temporada.

De las muchas cosas buenas que se pueden decir de Alamut, quiero empezar por señalar que estamos ante una obra que, en buena medida, está basada en hechos reales, y que, cuando no es así, se remite a leyendas reales. La más fascinante de éstas nació de la pluma de Marco Polo, quien, al contrario de lo que nos cuenta en su conocido libro de viajes, ni visitó el castillo de Alamut ni conoció al Viejo de la Montaña, pues cuando, según su propia crónica, el inquieto veneciano se presentó en el lugar, el Viejo ya llevaba años muerto, y el castillo yacía en ruinas, arrasado por los mongoles, que no conocían la palabra "inexpugnable".

Fiesta y diversión en el campamento de verano

Pero antes de entrar en detalles, permitidme que haga las presentaciones. Aquí el castillo de Alamut, fortaleza conquistada en el año 1090, con argucias y sin violencia, por Hasan-i-Sabbah, también conocido como el Viejo de la Montaña. Aquí Hasan-i-Sabbah, reformador religioso convertido al ismailismo, una facción del islam, que se pasó parte de su vida buscando nuevos adeptos a su fe con el fin de crear una comunidad cada vez mayor y más poderosa para poder hacer frente al Imperio selyúcida, su mayor enemigo. Los miembros de la secta ismaelita fundada por Hasan-i-Sabbah pasaron a llamarse nizaríes, mientras sus detractores los llamaban Asesinos, antes de que el término adquieriera el significado que tiene hoy. Todo esto parece un poco complicado, lo sé, por lo menos a los que no estamos en absoluto familiarizados con la historia del islam, y así, en las primeras ciento y pico páginas uno se pregunta si la historia irá más allá de un retrato de esta fe en aquella época. Paciencia, lector, porque al cabo de unas pocas páginas más empieza una historia apasionante.

Cuenta el veneciano que el Viejo de la Montaña había creado en el valle de Alamut un paraíso como el que la religión nos promete si servimos bien a Dios. Allí llevaba a unos pocos de sus soldados, previamente drogados con hachís, que despertaban y se encontraban en mitad de esplendorosos jardines, exquisitos manjares y, por supuesto, bellísimas y serviles huríes que atendían sus deseos con celestial devoción. Después de pasar un día en ese edén, los Asesinos volvían a despertar en la fortaleza, con la convicción ahora de que el paraíso existe y ellos tienen un lugar asignado en él. Con semejante fe, el soldado cumpliría cualquier misión que se le encomendase y abrazaría con fervor la muerte.


Durante mucho tiempo se pensó que la palabra "asesino" procedía de "hashishin" o consumidores de hachís, algo aparentemente lógico por las razones mencionadas más arriba. Hoy, sin embargo se piensa que dicha etimología es incorrecta, aunque no se sabe con certeza su origen. En cualquier caso, las misiones que debían llevar a cabo los asesinos solían consistir en tareas de espionaje y, sobre todo, matar a califas, visires, sultanes y otros peces gordos (la palabra "assassin", en inglés, ha mantenido ese significado, pues sólo se utiliza para referirse al magnicida). Huelga decir que colarse en palacio ajeno para asesinar a un jerifalte suponía la captura y muerte del asesino, por lo que estamos hablando de los primeros terroristas suicidas de la historia. En una escena crucial de la novela, Bartol nos relata con absoluta maestría una de estas misiones suicida, mientras que en otra inolvidable escena nos muestra de manera espeluznante hasta dónde llega la fe ciega de estos fedayines.

Hassan-i-Sabbah, el Viejo de la Montaña

Mientras tanto, en Dakota del Norte, los soldados de Cristo que van al campamento de Kids On Fire School of Ministry no muestran tanto desprecio por la muerte, aunque Becky Fischer traza un inquietante paralelismo, amén de una evidente generalización, al decir que los cristianos tienen la obligación de entrenar a sus hijos ya que el enemigo (entiéndase, el islam) está entrenando a los suyos. "Quiero ver jóvenes tan comprometidos con la causa de Jesús como la juventud musulmana lo está con la suya. Quiero verlos entregar sus vidas por el evangelio, como hacen otros en Pakistán, Israel y Palestina". Ahí es nada.


Jesus Camp se centra en tres de estos jóvenes soldados: Levi, Tory y Rachael, niños de entre 8 y 10 años, inteligentes, elocuentes y, la verdad, encantadores. A Tory no le gusta Britney Spears, pues su música sólo habla de tonterías sobre chicos y chicas. Ella prefiere el heavy metal cristiano. Rachael, por su parte, va por la vida predicando la Palabra de Cristo, y la vemos en la bolera entregando a una joven información sobre el Camino de Dios. Levi sueña con llegar a ser predicador, y en el campamento tiene la oportunidad de empezar a prepararse. En otro momento de la película conoce a uno de los, a la sazón, reyes del sermón pentecostal: Ted Haggard, un personaje bastante repulsivo que no tiene palabras demasiado amables para el chaval, y al que vemos lanzando filípicas contra los homosexuales. (Lo más divertido del caso es que, al poco tiempo de estrenarse la película, se descubrió que, aparte de darle a la metanfetamina, el bueno de Haggard había tenido suficientes relaciones homosexuales como para escribir un par de volúmenes. El fanatismo a veces tiene estas paradojas).

Ted Haggard predicando el odio al homosexual, antes de que lo obligaran a salir del armario

Hay que reconocer que, pese a las lágrimas que se ven obligados a derramar de vez en cuando mientras confiesan sus terribles pecados, los tres parecen unos niños absolutamente felices, lo cual puede incomodar al espectador con ideas preconcebidas. Los directores de este extraordinario documental aseguran que su intención era retratar con absoluta objetividad este aspecto de la iglesia evangélica en el que convergen, por una parte, la fe y los intereses de los mayores y, por otra, los niños. En aras de esa objetividad, no hay una voz en off narrándonos los acontecimientos y presentándonos a los personajes, sino tan sólo unos escuetos créditos en determinados momentos. Y lo cierto es que se agradece no tener que oír la resabida voz y los topicazos del Michael Moore de turno. A diferencia de los sermones moralizantes de Moore, esta película está dirigida a personas que quieren ver, escuchar y sacar sus propias conclusiones. Y las conclusiones, por lo menos en mi caso, tienen más de interrogante que de certeza.

La certidumbre que nutre la fe de los Asesinos y los niños de Jesus Camp es un elemento fundamental para su misión en la vida. Sin embargo, el Viejo de la Montaña no tiene reparos en confesar a sus más íntimos colaboradores que la verdadera certeza que ha inspirado su cruzada particular es muy otra.

¿Sabes lo que enseña nuestra doctrina como la cumbre del conocimiento? -exclamé-. ¡Nada es verdadero, todo está permitido!

Así habla Hassan-i-Sabbah a su hijo, un vividor pendenciero del que reniega con crueldad. No debe verse en esta doctrina, sin embargo, un eco de Dostoievski. Más bien al contrario, este nihilismo, en palabras del Viejo, constituye una sofisticada e íntegra fe.

La sabiduría según la cual nada es verdadero y todo está permitido es, curiosamente, un arma de doble filo, estoy de acuerdo: el triste ejemplo de mi hijo lo muestra fehacientemente. Al que no le esté destinado desde el nacimiento no ve en ella más que un revoltijo gratuito de palabras vacías de sentido. Pero el que ha nacido para ella, encuentra una estrella maestra que lo guiará toda la vida...
A primera vista, parece inevitable, al leer Alamut, pensar en los movimientos terroristas que cada día asesinan a decenas de personas. Así lo hace la escritora Kenizé Mourad en su, por decirlo de una manera suave, prescindible epílogo. En una perla impagable, nos habla la señora de "los extremistas de cualquier calaña que se matan recíprocamente agitando la bandera de la Virgen, de Mahoma, de Krishna o de Baader-Meinhoff".

Pero Alamut es una gran novela y su mensaje va mucho más allá. Hassan-i-Sabbah es un personaje infinitamente más culto y complejo que cualquier imán radical, su filosofía es más rica de lo que su célebre cita (popularizada hoy por un juego de ordenador) nos puede dar a entender, y la tormenta espiritual por la que debe pasar Ibn Tahir, el otro personaje central de la historia, no la vería un yihadista ni en mil años que viviera.

Recreación algo fantasiosa del castillo de Alamut


miércoles, 18 de mayo de 2016

Fausto


Ando estos días viendo la cuarta temporada de la excelente serie francesa Engrenages. En estos primeros episodios, el villano es un revolucionario que quiere destruir el sistema. Mientras preparan un atentado, su compañero se inquieta por la posibilidad de que en las oficinas donde lo van a llevar a cabo haya en el momento del ataque señoras de la limpieza.

-No quiero que haya víctimas -insiste.
-¡Ya son víctimas! -le responde nuestro malo, refiriéndose, naturalmente, al cruel modo en que el sistema capitalista las esclaviza.

Todos conocemos a alguien así, alguien que considera, por ejemplo, que el terrorismo no es un problema serio, pues al fin y al cabo, dicen, más gente muere en accidentes de tráfico. Es éste un razonamiento no muy diferente del de Mefistófeles ante el lamento de Fausto por su amada Margarita, alma inocente y bondadosa, condenada en prisión.

-No es la primera.

Parece que por mucho que haya mejorado su eficacia, la naturaleza del mal no ha cambiado mucho en los dos últimos siglos. De hecho, la primera característica que me ha llamado la atención de este agente del mal es lo normalito que parece, mucho más de lo que cabe esperar de alguien con el nombre de Mefistófeles. Lejos de toda pompa, pretensión y, si me permitís, endiosamiento, nuestro demonio, pudiendo presentarse ante Fausto en forma de bíblica serpiente, funesto gato negro o macho cabrío de falo hiperbólico, elige hacerlo encarnado en un lanoso perro de aguas. ¿Es por ello que en ningún momento logra inspirar temor alguno en su víctima y no merece más que su desprecio? Antes de contestar habría que empezar distinguiendo, pues Satanás sólo hay uno, pero demonios los hay a patadas.

Fausto y Mefistófeles, de Wilhelm Koller

Los clásicos son esos libros de los que creemos saberlo todo sin haberlos leído, y que invariablemente nos sorprenden cuando, un buen día, por fin condescendemos a que nos cuenten esa historia pendiente. Todos sabemos del pacto de Fausto con el diablo, pero los términos no son tan conocidos. En primer lugar, cabe señalar que en la parte compradora no figura el mismísimo Satán, sino tan sólo uno de sus ministros, con lo cual el escalofrío de horror que podía uno sentir ante semejante idea se atenúa un poco. El propio Fausto, que ya antes de este encuentro había declarado

no me afligen escrúpulos ni dudas
ni me dan miedo infierno ni demonio,

 no tiene muchos reparos al comprometer su alma por toda la eternidad, y tan sólo plantea una pequeña objeción cuando Mefistófeles le pide que lo firme con sangre.

Fausto es un hombre sediento de vida y ahíto de saber. Goza de gran prestigio como erudito, y a él se dirigen los estudiantes en busca de guía. Pero todo ese conocimiento no le ha procurado felicidad ni alegría alguna, y ahora, encerrado en su estudio y rodeado de paredes cubiertas de polvorientos libros que se le vienen encima, lamenta su destino en unos versos poderosos y fascinantes:

Se aleja y cede, el día ha terminado;
allí acude y fomenta nueva vida.
¡Si unas alas del suelo me elevaran
para acercarme a él cada vez más!
En el fulgor perenne del ocaso
yo veía a mis pies el mundo quieto,
las cimas con fulgor, en paz los valles,
el río plateado vuelto de oro.
No estorbaría a tal vuelo divino
el monte fiero, lleno de barrancos;
y ya el mar, con sus tibias ensenadas,
se abriría a mis ojos admirados.
Pero el dios Sol parece hundirse al fin;
despierta sólo nueva turbación;
me apresuro a beber su luz eterna;
ante mí, el día, tras de mí, la noche;
sobre mí, el cielo, abajo, el oleaje.
Hermoso sueño, en tanto el sol se escapa.
¡Ay, no será tan fácil que se añadan
a las alas del alma otras del cuerpo!

El pacto de Fausto con Mefistófeles, de Julius Nisle

Goethe salpica esta romántica solemnidad con el toque de humor que proporciona la vulgaridad burguesa de su discípulo Wagner, que se presenta en mitad de la declamación con su gorro de dormir y batín, y le pide a su maestro que le instruya.

¿Leía una tragedia griega, acaso?
Querría entender algo de esas artes,
pues, hoy día, resulta provechoso.
Se pondera a menudo que un actor
a un predicador puede aleccionar.

A lo que un Fausto incontenible replica:

Si no lo sientes, no lo lograrás;
si no brota del alma, y con fluidez
de fuerza original, somete, firme,
el corazón de todos los oyentes, 
¡no, ya puedes quedarte bien sentado!
¡Haz un pegote, guisa sobras de otros
festines, y reaviva las mezquinas
llamas de tu poquito de cenizas!
Admiración de niños y de monos
tendrás, si le va bien al paladar;
pero nunca darás alma a las almas
si no empieza saliéndote del alma.

Es en estas primeras escenas y en estos versos de Fausto donde Goethe señala cuál es el tema principal de su obra, que no es otra que la búsqueda de la Verdad, que algunos podrían llamar, por qué no, la Salvación, la Iluminación o ese je ne sais quoi al que tan dados eran los poetas románticos. El problema, por supuesto, es determinar la naturaleza de esa Verdad que buscamos, y dónde podemos encontrarla. Conocemos a Fausto en el momento de su vida en que constata con amargura que el camino hacia la verdad no pasa por el conocimiento. ¿Dónde buscar, pues? Invoca entonces al Espíritu de la Tierra, que le responde de esta guisa:

¿Eres tú quien, rodeado de mi aliento,
tiembla en lo más profundo de la vida,
gusano amedrentado, acurrucado?
(...) Te asemejas tan sólo a aquel Espíritu
que comprendes, ¡no a mí!
 
 El maravilloso Prólogo en el Cielo

Las reflexiones de Fausto sobre la raíz de su desesperación y el camino de su salvación, si es que éste existe, son apasionantes, y resto de la obra no vuelve a alcanzar esa intensidad poética hasta el final. Tras plantear el duelo entre Saber y Naturaleza, Fausto, que no deja de buscar una vía en la alquimia y la brujería, reivindica la Acción frente a la Palabra. No una palabra cualquiera, por cierto, sino esa Palabra que, en el principio, era, y que abre el evangelio de San Juan. Y es en ese herético momento cuando el perro de agua inicia su grotesca transformación.

Pero, ¿qué es lo que veo?
¿Puede ser una cosa natural?
¿Es sombra?, ¿es realidad?
¡Cómo se alarga, cómo se hincha el perro!
¡Se eleva con violencia;
no es figura de perro!
¿Qué fantasma he metido en esta casa!
Parece un hipopótamo
de ojos de fuego y dientes espantosos.
¡Serás mío, seguro!


Mefistófeles se ha apostado con Dios que es capaz de perder a Fausto, apuesta que el Altísimo acepta de buen grado.

MEFISTÓFELES
Permíteme, si logro mi objetivo,
que cante a voz en cuello mi victoria.
El polvo morderá, para mi gozo,
como mi tía, la serpiente célebre.

EL SEÑOR
Podrás venirme a ver con libertad:
nunca odié a los demonios como tú.
De todos los espíritus que niegan, 
el pícaro es quien menos me molesta.

Una vez se han cerrado los cielos y dispersado los Arcángeles, nuestro campechano demonio dice para sí:

De vez en cuando, es bueno ver al Viejo;
y me guardo con él de regañar.
Es un Señor tan grande, es muy bonito
que hable hasta con el diablo, tan humano.

 Los prodigios de Mefistófeles en la escena de la bodega

Este tono socarrón del demonio es uno de sus rasgos más definidos, y contribuye a dar a la obra un aire de comedia que no deja de sorprender en esta trágica historia de... Margarita, pues tal es el nombre de la candorosa joven que el nuevo Fausto se promete conquistar. El trato que ha hecho con Mefistófeles es el siguiente:

Si a un instante le digo alguna vez:
¡Detente, eres tan bello!,
puedes atarme entonces con cadenas;
y acepto hundirme entonces de buen grado;
puede doblar entonces la campana,
y libre quedarás de mi servicio:
¡párese allí el reloj con sus agujas!
¡puede acabar el tiempo para mí!

Una eternidad de esclavitud al servicio de Satanás a cambio de un orgasmo del espíritu. Dícese también Romanticismo.

Uno no vende su alma al diablo todos los días, pero, como ya he señalado antes, nuestro Fausto, al firmar el diabólico contrato, no nos da la impresión de sentirse en un punto a partir del cual no hay vuelta atrás. Es más, a lo largo de toda la obra las referencias a la eternidad son más bien escasas, hasta el punto de que el lector no llega a tener conciencia de lo que se está jugando Fausto. Tenemos así un pacto con el Diablo relativamente desprovisto de horror por los siglos de los siglos, y, abundando un poco más en ello, podríamos afirmar que el propio Mefistófeles está bastante lejos de representar el Mal Absoluto. Algo torpe en su misión, carente de ingenio y nada dado a la grandilocuencia, este demonio tiene muy poco en común con otros retratos del Maligno que podáis haber visto, y uno se pregunta si el Mal en esta obra no es más un rasgo consustancial del hombre que algo realmente provocado por un ángel caído. De ser así, el término agente del mal cobraría más sentido, pues el demonio se convierte en una suerte de mediador entre el Mal Absoluto, que suponemos encarnado en el auténtico Satanás, y el individuo. En otras palabras, Mefistófeles no es más que un mero intermediario al que se le ha encargado que busque un cuerpo huésped para alojar a un diabólico parásito. Sí, a mí también me recuerda a alguna película de ciencia ficción, pero quizá nos estemos alejando peligrosamente de ese diálogo inicial entre Dios y nuestro demonio.

 Fausto y Mefistófeles ligando en el jardín

Inseparable de la reflexión sobre el camino que debe elegir el hombre para alcanzar la Verdad, hay en Fausto también una feroz y constante crítica a la iglesia. Con el fin de conquistar a Margarita (Gretchen, en otras ediciones), Mefistófeles oculta en los aposentos de la doncella un cofrecillo lleno de joyas. Cuando su madre las descubre, decide, muy pía ella, entregárselas a la Iglesia. Mefistófeles se queja de ello amargamente, pero con su habitual socarronería:

Me daría ahora mismo a los demonios
si no fuera yo mismo otro demonio.

(...) La Iglesia tiene buena digestión;
se ha comido países
sin empacharse nunca;
la Iglesia nada más, señoras mías,
podría digerir un bien injusto.
(...) y sin dar más las gracias
que si fuera una espuerta de avellanas;
les prometió los premios celestiales
y ellas quedaron muy edificadas.

Huelga decir que el papel de la Iglesia en la obra no es hacer de contrapunto al demonio.

Del mismo modo que Fausto se nos antoja indiferente a su propio destino, vemos a Margarita debatiéndose entre su amor por Fausto y los preceptos de su moral cristiana, un debate que pocas veces conduce a buen puerto. Naturalmente, nuestro héroe acaba conquistando a Margarita y es la causa de su tragedia, pero al tiempo que los acontecimientos se cuecen lentamente, cual en la olla de alguna de las brujas que pululan por la obra, Goethe nos habla de muchas más cosas.

Esta primera parte del Fausto es de una riqueza casi inagotable, y no he hablado aquí más que de los tres o cuatro aspectos e ideas más evidentes. En la obra, repleta de inolvidables imágenes y enigmáticas alusiones, hay escenas que parecen fuera del alcance de este lector, como esa obra dentro de una obra, titulada "Sueño de la noche de Walpurgis", y que aun así tienen un enorme magnetismo. Otras, brusca y confusamente enlazadas entre sí, tienen el efecto de realzar el aire oscuro y mágico del conjunto. Me he dejado en el tintero escenas tan interesantes como son el "Preludio en el teatro", el "Prólogo en el cielo", o la imagen de ese maravilloso ratón rojo que se escapa de la boca de la pareja de baile de nuestro héroe. Fausto es una obra sorprendente, fascinante, compleja y misteriosa, pero también, según los entendidos, de una claridad diáfana si la comparamos con la segunda parte, a la que Goethe se entregó en cuerpo y alma, je je, durante los últimos años de su vida. Veremos.

Un hipopótamo de ojos de fuego y dientes espantosos

¡No soy como los dioses! Bien lo noto;
como el gusano soy, que escarba el polvo
y se nutre de polvo, y la pisada
del caminante entierra y aniquila.
¿No es polvo lo que en esa alta pared,
en cien estanterías, me sofoca?
¿los trastos, que, con tal cacharrería
me abruman en un mundo de polillas?
¿Puedo encontrar aquí lo que me falta?
¿Quizá voy a leer en tantos libros
que el hombre en todas partes se atormenta,
y ha habido uno feliz acá y allá?
¿Por qué sonríes, hueca calavera?
¿Tu seso, como el mío, se extravió
buscando el claro día, y en la sombra
erró triste con ansias de verdad?

miércoles, 27 de abril de 2016

Tren a Pakistán



Un verdadero sij se caracteriza por las cinco kas, como tuvo la gentileza de explicarme aquel sij, cuyo nombre no recuerdo, que conocí en la India. La primera de ellas es el kesh, esto es, el cabello, que, al igual que la barba, nunca se corta y se lleva envuelto en un turbante. Cuando le pregunté por qué él llevaba el pelo corto y la barba afeitada, me informó de que esa tradición depende del gurú al que profeses devoción. No he encontrado ninguna otra fuente de información al respecto, y más bien parece ser que, simplemente, algunos sijs deciden, por cuestiones prácticas, sociales o religiosas, y como sucede con uno de los protagonistas de esta gran novela, dejar de lado esa ka.

La segunda ka es el kara, una pulsera de hierro o acero. Luego viene el kirpan, que en tiempos pretéritos era una espada, pero que hoy, por motivos obvios, se limita por lo general a una pequeña daga. Viene a continuación el kanga, un peine de madera. A medida que me los describía, mi amigo iba mostrándome todos estos artículos. No así, afortunadamente, con el último, el kachehra, unos calzoncillos de algodón.

 Soldados sijs en la Primera Guerra Mundial

En un país como la India, donde la religión, o mejor dicho, las religiones, juegan un papel tan crucial y están tan presentes en cada momento de la vida cotidiana, de entre el fascinante espectáculo que ésta presenta, llama la atención del viajero el aspecto físico de los sijs. Frente a la esbeltez casi escuálida de la mayoría de hindúes y musulmanes, los sijs acostumbran ser grandes, fuertes y orondos, y no sorprende que, pese a que representan apenas un 2% de la población del país, el 20% del ejército indio esté compuesto por sijs. Su reputación belicosa, unida a su impresionante barba y su turbante, les confiere además un aire de majestuosidad que antaño los hacía ideales como guardaespaldas de grandes personalidades políticas. Sin embargo, desde el asesinato de Indira Gandhi a manos de dos de sus guardaespaldas, los sijs tienen muchísimo más difícil el acceso a un trabajo en el campo de la seguridad personal. Todavía se los puede ver, eso sí, como porteros de hoteles de lujo.


Khushwant Singh no era belicoso sino simplemente beligerante, por lo menos en algunas cuestiones, como veremos más abajo. Fallecido en 2014 a la edad de 99 años, Singh fue a lo largo de su vida uno de los escritores indios más prestigiosos, respetados y conocidos a nivel internacional, y se dice de él que tenía un sentido del humor muy fino y socarrón. De su obra leí, hace unos años, Delhi: a novel, cuyas páginas finales, que narran las terribles represalias contra la comunidad sij a raíz del asesinato de Indira Gandhi, recuerdo todavía vívidamente. Por eso mi reencuentro con él en esta magnífica novela que hoy nos ocupa es para mí motivo de gran regocijo.

Hasta 1947, la India, aparte de estar todavía integrada en el Imperio Británico, incluía también los territorios de lo que hoy son Pakistán y Bangladesh. Cuando en junio de aquel año se anunció la fecha de la independencia, el llamado Plan Mountbatten decidió atender también las demandas de la Liga Musulmana de crear un estado musulmán, que estaría situado en esos dos países. (Bangladesh, en realidad, fue Pakistán Oriental hasta su independencia del Occidental en 1971). La creación, así, de dos estados en virtud de la religión profesada por la mayoría de sus habitantes dio lugar a la que fue, indiscutiblemente, la mayor migración humana de la historia. Según el censo de la India de 1951, un total de 7.295.870 personas, entre hindúes y sijs, se establecieron en el país procedentes de Pakistán tras la Partición, mientras una cantidad prácticamente idéntica emprendió el camino inverso. Estamos hablando de 14 millones de desplazados, y huelga decir que un desplazamiento tan descomunal no estuvo exento de tragedia. Según algunos cálculos, hasta dos millones de personas fueron asesinadas en las matanzas entre religiones, y las terribles escenas descritas en la novela son absolutamente verídicas.

Tren cargado de musulmanes rumbo a Pakistán

"Llegaban de Pakistán cargados de refugiados sijs e hindúes, o de la India cargados de musulmanes. Los viajeros iban encaramados al techo de los vagones con las piernas colgando, o subidos a unas literas apretujadas entre los bogies. Algunos iban peligrosamente montados sobre los topes."

Tren a Pakistán no nos habla de los entresijos de aquel complejo proceso político, sino del modo en que la vida en una pequeña comunidad se ve afectada por las decisiones políticas tomadas a miles de kilometros, y de cómo dicha comunidad, donde siempre ha reinado la convivencia, se ve de pronto envenenada por el odio tribal. Como dice el subinspector de policía en su informe al juez del distrito:

Todo bien, de momento. (...) Por la aldea todavía no han pasado refugiados. Estoy convencido de que en Mano Majra ni siquiera saben que los birtánicos se han ido ni que el país se ha dividido en Pakistán e Hinfustán. Algunos conocen a Gandhi...

 Pero antes de adentrarse en el argumento de la obra, hay que señalar alguna curiosidad más acerca de los sijs.

 Gandhi dirigiéndose a una multitud de musulmanes a punto de partir

Aparte de las cinco kas que mencionaba al principio de la entrada, otra característica de esta comunidad religiosa es el apellido Singh, que en el s. XVII el Gurú Gobind Singh ordenó para todos los varones (a las mujeres les impuso Kaur). Si bien dicho apellido, que significa 'león', ha sido adoptado también por otras castas y fes, sigue siendo, con mucha frecuencia, un rasgo que identifica a su portador como miembro de la comunidad sij. Por ello, cuando el personaje de Iqbal llega a Mano Majra, una pequeña aldea poblada por sijs, musulmanes y tan sólo una familia de hindúes, nadie sabe con certeza a qué religión pertenece, pues Iqbal es uno de esos nombres, escasísimos por otra parte, que pueden darse en cualquiera de las tres grandes religiones de la India. Así que nuestro personaje se llama Iqbal Singh, según algunos, y Mohamed Iqbal, según otros... y según convenga a los corruptos representantes de la autoridad y la justicia, que tienen que decidir a qué bando es conveniente que pertenezca el cabeza de turco. Naturalmente, y por si fuera poco, Iqbal, joven trabajador social que ha estudiado en Inglaterra y que llega a Mano Majra, enviado por el Partido, con el objetivo de predicar el comunismo, está afeitado y no lleva turbante. Sólo la presencia o ausencia de prepucio podrá confirmar su fe.

 Camapamento para los desplazados durante la Partición


Construida de manera magistral, la tragedia en Tren a Pakistán tiene dos desencadenantes. El primero de ellos es el asesinato de un hindú a manos de unos bandidos. Iqbal, que llega a la aldea al día siguiente del crimen en el mismo tren que los policías encargados del caso, se va a convertir, pese a ello, en el principal candidato a cabeza de turco, por ser forastero, de religión escurridiza, con estudios en el extranjero y de ideas comunistas.

Pero Iqbal, que, lejos de ser carismático, se nos antoja débil y al mismo tiempo arrogante, es, no obstante, tan sólo uno de entre toda una galería de personajes a cuál más interesante. En apenas 240 páginas, Khushwant Singh consigue, con pasmosa maestría, retratar en unas pocas pinceladas a unos personajes redondos, complejos y muy cercanos a nosotros. Desde Jugga, el gigantesco e irascible bandido sij, hasta Hukum Chand, un juez corrupto, patético y viejo verde, pasando por Meet Singh, el pacífico responsable del templo, o Nooran, la enamorada musulmana de Jugga, todos y cada uno son tan humanos como reconocibles para el lector occidental, por mucho turbante que lleven y por muchas horas que sean capaces de pasar en cuclillas. (Y ahora que caigo, no me viene a la mente ninguna imagen de un sij acuclillado; ¿es posible que algo tan prosaico constituya otra diferencia entre ellos y los hindúes y musulmanes?).

El segundo desencadenante de la tragedia es la misteriosa llegada de un tren a Mano Majra. Pronto descubrimos que ese tren viene de Pakistán y está cargado de cadáveres de sijs. En la aldea no saben cómo reaccionar, y ni siquiera tras semejante atrocidad levantan la mano contra los musulmanes, pero sí empieza a hablarse de la necesidad de 'evacuarlos', siquiera de manera temporal. Desde ese momento, la gran protagonista de la novela es la tensión que se respira, que va en aumento, y que, de esos rumores iniciales acerca de matanzas al otro lado de la frontera, se ha convertido en una presencia insoportable que anuncia un desenlace que sospechamos ineludible. Poco a poco, la maquinaria de la mentira se compincha con los propagadores de odio, mientras en una escenas llenas de simbolismo, Hukum Chand, el juez, encoñado con una prostituta, observa con melancólica indolencia las peleas de las salamanquesas que se arrastran por las paredes.

 Calcuta. Tras la matanza, es la hora de los buitres

La literatura india no abunda en los catálogos de nuestras editoriales. Más allá de Rushdie y algún que otro fenómeno de ventas algo efímero, como Arundhati Roy, la literatura de ese inmenso país es una perfecta desconocida para el lector español. Por eso es tan de agradecer la publicación de una obra como ésta, tan diferente del realismo mágico de Rushdie y del exotismo de Roy. Tren a Pakistán sorprende, de hecho, por un estilo que se nos antoja muy occidental, con unos personajes, insisto, alejados de ese misticismo que algunos siempre buscan en una novela india. En ese sentido, vale la pena escuchar lo que el autor nos dice a través de Iqbal:

La India sufre de estreñimiento por haberse emppapado de tantas tonterías. Tomemos como ejemplo la religión. Para los hindúes, significa poco más que las castas y las vacas sagradas. Para los musulmanes, circuncidarse y comer carne kosher. Para los sijs, llevar el pelo largo y odiar al muslmám. Para los cristianos, hinduismo con salacot. Para los farsi, adorar el fuego y alimentar a os buitres. (...) Y el yoga... ¡El yoga, especialmente, esa maravillosa máquina de hacer dólares! Ponte cabeza abajo. Siéntate con las piernas cruzadas y, con la nariz, hazte cosquillas en el ombligo. Controla todos tus sentidos. Haz que las mujeres se corran hasta que griten "¡basta!" y tú puedas decir "la siguiente, por favor" sin abrir los ojos. Y esa cháchara sobre la reencarnación... De hombre en buey, en mono, en escarabajo. (...) Nosotros somos del misterioso Oriente. Dejémonos de hechos, la fe basta. 

Como veis, Khushwant Singh, ateo recalcitrante en un país donde la religión, valga la redundancia, es sagrada, no deja títere con cabeza. Sin embargo, pese al interés que puede tener, esa intrusión del autor no se justifica del todo en el conjunto de la obra. Tren a Pakistán no es una novela sobre la percepción que en occidente se tiene de la India. Su alcance va mucho más allá. En sus páginas, sólo los nombres de los personajes nos recuerdan que no estamos leyendo una historia sobre persecución y genocidio en Europa. O quizá es al contrario: nos demuestran que estamos ante un espejo de nuestras propias masacres. Pues no. Ni lo uno ni lo otro. El desenlace de la novela, extraordinario, nos saca de nuestro error. Singh no escribió sobre países, fronteras, colonialismo, odio o religión, sino sobre ese tema tan viejo que es el alma humana.

Caravanas de sijs emigrando al Punjab Oriental, en octubre de 1947


Aquí podéis ver un impresionante -y durísimo- documento gráfico de la Partición.

Y aquí podréis leer sobre el veto a los sijs en el campo de la seguridad personal.
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