miércoles, 20 de mayo de 2015

A la sombra de las muchachas en flor


Lo triste es que la gente tenga que estar muy enferma o haberse roto una pierna para disfrutar de la ocasión de leer En busca del tiempo perdido
 Robert Proust

El título de la obra magna de Proust pesa mucho, y probablemente ha dado lugar a discusiones sobre la naturaleza de una búsqueda que el propio narrador, al hablar de la inutilidad de la memoria voluntaria como herramienta para recuperar el pasado, condena irremisiblemente al fracaso. También es probable que otros hayan indagado sobre el significado preciso de ese "perdido", tan ambiguo en francés como en español: ¿Perdido como las llaves, o malgastado como la juventud?

Quizá en otro momento servidor se haga las pertinentes reflexiones al respecto. Hoy, sin embargo, saco a colación el título, que, osado yo, me atrevo a sugerir que es algo engañoso, por lo menos en lo que llevo leído hasta ahora. En efecto, uno puede pensar -y no le faltan razones- que el título En busca del tiempo perdido es revelador de una obra cimentada sobre la memoria, el recuerdo y el pasado. Pero si ésos son los cimientos de esta catedral literaria, lo lógico sería pensar que no es hacia ellos adonde apuntan las agujas de sus torres. Así, se me ocurre que, si bien podría decirse, sin temor a exagerar, que ésta es una novela acerca de todo, no lo es tanto sobre el recuerdo como sobre la percepción.

Los Campos Elíseos. Por ahí andarán el narrador y Gilberta

Somos lo que percibimos, y eso determina el modo en que entendemos el arte, las personas, las palabras (este aspecto está mucho más desarrollado en el tercer volumen, donde el narrador habla de las contradicciones entre el nombre de Guermantes y el portador de dicho nombre) y, por supuesto, los rostros. Cuando era niño, cursé los ocho años de primaria en cuatro escuelas diferentes, y en cada una de ellas volví a encontrarme con los compañeros de la anterior. Así lo explica Proust:

Porque estéticamente hablando, el número de tipos humanos es harto limitado para que no goce uno, sea cualquiera el sitio a donde se vaya, del placer de encontrarse con gente conocida, sin tener siquiera necesidad de ir a buscarla, como hacía Swann con los cuadros antiguos. Y así, ya en los primeros días que pasamos en Balbec tuve ocasión de encontrarme con Legrandin, con el portero de los Swann y con la misma señora de Swann, convertidos, respectivamente, en un mozo de café, en un extranjero de paso, que no volví a ver, y en un bañero.

Al igual que en Por el camino de Swann, el tema de la percepción está estrechamente relacionado con la relatividad, y de nuevo nos encontramos al respecto con un párrafo tan maravilloso como aquél de las torres que parecían moverse mientras el narrador las observaba desde un carruaje en movimiento. En este caso, el narrador, que se pasa las horas muertas mirando la línea del mar en Balbec, donde contemplará una y otra vez a las muchachas en flor, se sirve de unas flores, una mariposa y un barco.

.. me daba perfecta cuenta, con satisfacción de botánico, de que era imposible encontrar juntas especies más raras que las de estas flores tempranas que interrumpían en este momento, delante de mí, la línea del mar formando leve valladar que parecía hecho con rosales de Pensilvania que sirven de exorno a un jardín puesto en la brava ribera marina; a través de esos rosales se ve toda la extensión de océano que recorre un steamer deslizándose lentamente por la raya hrizontal que va de tallo a tallo de rosal, y tan despacio marcha el barco, que esta mariposa que se quedó entre los pétalos de una flor que ya dejó atrás el navío puede esperar tranquilamente a que sólo la separe de la flor siguiente una parcela azul para echarse a volar en la seguridad de que llegará antes que el vapor.

 El puente de Argenteuil, de Claude Monet. ¿Es éste el estilo de Elstir?

No puedo resistirme a incluir otro sublime fragmento, que tiene lugar cuando el narrador viaja en tren hacia Balbec. En este párrafo veréis mucho más que una hermosa descripción de un atardecer, mucho más que el contraste entre el cielo oscuro de levante y el encarnado poniente. Proust, sencillamente, nos está describiendo una revolución en el mundo del arte. 
Cobró vida, el cielo se fue pintando de encarnado y yo pegué los ojos al cristal para verlo mejor, porque sabía que ese color tenía relación con la profunda vida de la Naturaleza; pero la vía cambió de dirección, el tren dio vuelta, y en el marco de la ventana vino a sustituir a aquel escenario matinal un poblado nocturno con los techos azulados de luna y con un lavadero lleno del ópalo nacarino de la noche, todo abrigado por un cielo tachonado de estrellas; y ya me desesperaba de haber perdido mi franja de cielo rosa, cuando volví a verla, roja ya, en la ventanilla de enfrente, de donde se escapó en un recodo de la vía; así que pasé el tiempo en correr de una a otra ventanilla para juntar y recomponer los fragmentos intermitentes y opuestos de mi hermosa aurora escarlata y versátil y llegar a poseerla en visión total y cuadro continuo.

En Balbec conoce el narrador al pintor Elstir, quien, al decir de los entendidos, representa probablemente a un pintor impresionista inspirado en Monet, Manet o Whistler, a quien, de hecho, se hacen muchas referecencias en este segundo libro. Servidor, sin embargo, a tenor de la descripción que hace el narrador de su estilo pictórico, intuye algo más cercano al cubismo. Mi teoría se ve reforzada por la referencia que hace el narrador a la fotografía, cuya aparición la historia del arte señala como una de las causas principales del movimiento cubista. Juzgad vosotros mismos.

Desde la época en que Elstir comenzó a pintar hemos visto muchas de esas llamadas "admirables" fotografías de paisajes y ciudades. Si se intenta precisar qué es lo que denominan admirable en este caso los aficionados, se echará de ver que tal epíteto se suela aplicar a una imagen rara de una cosa conocida, imagen distinta de las que vemos de ordinario, imagen singular y sin embargo real (...) Precisamente el esfuerzo de Elstir para no exponer las cosas tal y como sabía que eran, sino con arreglo a esas ilusiones ópticas que forman nuestra visión inicial, le había llevado cabalmente a poner de relieve alguna de esas leyes de perspectiva, que entonces chocaban más porque el arte era el que primero las revelaba.

 ¿O más bien éste? (Paisaje cubista, de André Derain)

Y a todo esto, ¿qué hay de las muchachas en flor?

Esta novela, que, como ya hemos dicho, trata de absolutamente todo, es, evidentemente, también la crónica de la educación sentimental de nuestro innombrado héroe. Así, mientras Por el camino de Swann nos mostraba a un narrador que paseaba como un gato en celo por calles y caminos, y cuya experiencia del amor, por consiguiente, le llegaba tan sólo al pobre de manera indirecta, a través de Swann y su relación con Odette, en A la sombra de las muchachas en flor, como era de esperar, nuestro héroe vive de primera mano ese extraño y cruel rito de paso del ser humano consistente en la sed de contacto con otro cuerpo, sed que, a falta de algo mejor, es capaz de saciarse con su propia obsesión. Y si no estáis de acuerdo es que no habéis sido adolescentes.

Mis primeros amores eran víctimas. Cuando me fijaba en una chica, el proceso que tenía lugar dentro de mí partía de un enamoramiento súbito y enfermizo, seguido de un largo período de persecución y acoso a distancia, para por último declararle mi amor eterno a la chica, que normalmente tenía el generoso detalle de preguntarme mi nombre antes de rechazarme. De acuerdo, exagero un poco... pero muy poquito. En todo caso, si hubiera leído esta novela hace treinta años, otro gallo hubiera cantado, pues habría aprendido del narrador, quien, pese a seguir una estrategia de acoso y derribo muy parecida a la mía, da ese paso más que los cobardes no damos, e intenta por todos los medios a su alcance que las muchachas en flor se fijen en él. Y el gran paso que da es, sencillamente, el de entrar en el círculo de la persona amada.

El tema de los círculos sociales es constante a lo largo de la obra, y en no pocas ocasiones -como veremos en otro momento- observamos en algunos personajes la poderosa atracción de lanzarse sin red a un círculo sensiblemente inferior al nuestro. No es éste el caso del narrador con Gilberta, la primera de esas floridas muchachas. Gilberta es hija de Swann y Odette, y su relación con el narrador, que empezó con un encuentro fugaz en el camino de Méseglise en el que ya se advertía el carácter borde de la niña, está revestida, en apariencia, de esa inocencia que caracteriza nuestros amores infantiles, donde las cosas parecen suceder porque sí y terminar de un modo también arbitrario cuando no inexplicable. Y digo que esa inocencia es aparente, porque entre unos retozos en el parque, nos encontramos con escenas como ésta:
Ella escondió la carta detrás del cuerpo, y yo le eché las dos manos por el cuello, alzando las trenzas, que aún llevaba colgando, bien porque estuviera todavía en edad de eso, bien porque su madre quisiera hacerla pasar por más niña, con objeto de rejuvencerse ella; nos agarramos. Yo hice por traerla hacia mí; ella se resistía y se le pusieron los carrillos encendidos por el esfuerzo, rojos y redondos cual cerezas; se reía como si le hiciese cosquillas; yo la tenía bien enlazada con mis piernas, lo mismo que un arbusto al que se quiere trepar; y en medio de aquella gimnasia que yo hacía, sin que se acelerara apenas la sofocación que me causaba el ejercicio muscular y el ardor del juego, se escapó mi placer como unas cuantas gotas sudor arrancadas por el esfuerzo, y sin que me quedase ni siquiera tiempo de saborearlo; en seguida cogí la carta. Entonces Gilberta me dijo bondadosamente:
-Bueno, si usted quiere, podemos pelear aún otro poco.

¿Cómo se os ha quedado el cuerpo?


  Alfred Agostinelli, a la derecha, junto a su padre y hermano. Agostinelli, secretario de Proust y uno de sus grandes amores, fue también uno de los modelos para el personaje de Albertina

Ya vimos en Por el camino de Swann que el narrador y yo fuimos el mismo niño, pero en A la sombra..., como dos especies animales que evolucionan a partir de una misma rama, nuestros caminos se empiezan a separar. Así, mientras el adolescente que yo fui se quedó muy atrás en cuanto a madurez sentimental, el narrador desarrolla bien pronto cierto desapego un tanto cínico que yo tardé décadas en adquirir. Y es que, por utilizar el lenguaje de los traductores, se echa de ver cómo nuestro héroe no se engaña al respecto del amor eterno y la presunta y absurda unión de dos almas.

De modo -por lo menos así discurría yo entonces- que siempre está uno separado de los demás seres; cuando se está enamorado tenemos conciencia de que nuestro amor no lleva el nombre del ser querido, de que podrá renacer en lo futuro, y acaso pudo haber nacido en el pasado, para otra mujer y no para aquélla.

Cruel revelación ésta, no sólo en lo que respecta al amor sino también al lector. ¡Esa identificación con el narrador no era, pues, eterna! Al contrario, cuando su amigo Bloch lo lleva a un burdel veo con horror cómo el narrador recibe el hervor que a mí me faltaba, y que le permite desarrollar ese distanciamiento cínico que tanto me habría ayudado y que, aun así, me veo incapaz de calificar como bendito (pues no acabo de decidir si de verdad lo hubiera deseado así para mí). Claro que poco puede uno esperar que el amor sea eterno, cuando ni siquiera lo es el yo.

Como nuestra vida es muy poco cronológica y entrevera tantos anacronismos en el sucederse de los días, yo a menudo vivía en horas más viejas que las del ayer o el anteayer, en horas de mi antiguo amor por Gilberta. Y entonces me daba pena no verla, cual me ocurría en aquellos tiempos pasados. El yo que la quiso, sustituido ahora casi enteramente por otro, volvía a surgir, y más bien al conjuro de una cosa nimia que de una importante.

La playa de Cabourg, modelo de Balbec, llena de muchachas en flor

Probablemente todos hemos experimentado alguna vez en la vida esa extraña y perturbadora sensación que resulta de mirar fijamente a alguien a quien conocemos bien -y diría yo que es condición imprescindible que la persona observada no nos mire a los ojos- y ver cómo ese rostro familiar cambia de repente. La nariz toma otro perfil, los ojos dejan de sernos familiares, y la boca adopta un gesto que nunca le habíamos visto. Es como si todos los rasgos se hubieran separado por un brevísimo instante para recomponerse de un modo que queremos pensar es imperfecto, hasta que se nos ocurre que quizá sea ése, más vulnerable y envejecido, el verdadero aspecto de un rostro que hasta entonces tan bien creíamos conocer. ¿No se os ocurre que es más que probable que haya quien sea capaz de utilizar ambos "modos de ver" a voluntad? De ser así, podríamos sospechar que radica ahí, más que en el dominio del pincel, el genio de un pintor. Eso sí, de lo que no me cabe duda es que Proust sí poseía esa capacidad, y que no la aplicaba tan sólo a los rostros sino, como ya hemos visto, a los paisajes, a los sonidos, a los sabores, a los sentimientos y, desde luego, a la percepción. El personaje de Albertina, que viene a sustituir a Gilberta en la contemplación amorosa del narrador, nos brinda este colosal párrafo, que, pese a su densa carga filosófica, es claro como el agua.

Prácticamente podía tenerse la certidumbre de que Albertina y aquella joven que iba a entrar en casa de su amiga eran la misma persona. Pero, a pesar de todo, mientras que las innumerables imágenes que más adelante me ofreció la morena jugadora de golf, por diferentes que fuesen unas de otras, se superponen (porque sé que todas son suyas), y cuando remonto el curso de mis recuerdos me es posible, tras esa cobertura de identidad, pasar y repasar, como por un camino de comunicación interior, por todas esas imágenes sin salir de la misma persona; en cambio, si quiero remontarme hasta la muchacha que vi yendo con mi abuela, necesito dejar ese camino y salir al aire libre. Estoy convencido de que es Albertina la que encuentro, la misma que se paraba a menudo, entre todas sus amigas, en aquel paseo en que sus figuras se alzaban sobre la línea del horizonte marino; pero todas esas imágenes siguen separadas de la otra, porque no puedo conferirle retrospectivamente una identidad que no tenía en el momento que me saltó a la vista; y a pesar de todo lo que pueda asegurarme el cálculo de probabilidades, lo cierto es que a esa joven de las mejillas llenas, que me miró atrevidamente al doblar la esquina de la calle y de la playa, y que yo me figuré que podría quererme, no la he vuelto a ver nunca, en el sentido estricto de la frase "volver a ver".

Hay quien gusta de resumir hasta el extremo el argumento de las grandes obras de la literatura. Pues bien, con Proust, que a uno se le antoja totalmente imposible de resumir, lo cierto es que, bien mirado, lo tienen muy fácil. Porque, se preguntará el amante de las novelas con acontecimientos, ¿qué sucede realmente en A la sombra...? Pues, aparte de, como ya hemos señalado, todo, en realidad, suceder, lo que se dice suceder, sucede muy poco. Tenéis resúmenes en la wiki.




En otro momento tendremos que decir algo de la larga sombra de nuestro autor sobre la historia de la literatura. De momento, y para concluir, me permito citar una frase genial de Swann que demuestra la influencia de Proust hasta en el mismísimo Forges.

 -Odette, el príncipe de Agrigento, que está conmigo en mi despacho, pregunta si puede venir a ponerse a tus pies. ¿Qué le digo?

miércoles, 6 de mayo de 2015

Will Eisner y las reglas del juego


Las reglas del juego son dos: dinero y apariencia. El dinero te ayuda a mantener las apariencias, y la apariencia es fundamental para ganar dinero. Y si ésas son las reglas, ¿cuál es el juego? Abraham Kayn lo dice muy claro en el prólogo:

Nunca hemos sido mejores que nuestros vecinos, así que aceptamos que la única forma de mejorar era mediante el matrimonio.

¿Y por qué no? Todas las historias que oíamos de pequeños nos transmitían este mensaje. Da igual que fuera la historia, la Biblia o los cuentos de hadas, siempre ocurría lo mismo. Un gran rey o noble ofrecía la mano de su bella hija a un joven (de las clases bajas) que había realizado una gran hazaña. Generación tras generación, aceptamos esto como verdadero. Sin duda, para la gente normal se trataba de un sueño, porque el resto de formas de ascender socialmente eran más difíciles.

(...) Para nosotros, el matrimonio era, por lo tanto, un juego.

Hay mucho que ganar, sin duda, en ese juego. Y mucho que perder. Pero si pierdes, no te puedes quejar: conocías las reglas.

 Pero en Las reglas del juego, además del peligroso e hipócrita juego del ascenso social mediante el matrimonio, Eisner nos habla de un tema frecuente en su obra, como es la inmigración judía a los EEUU, su integración y su historia a la par del crecimiento y desarrollo del país. En ese sentido, la novela que nos ocupa tiene bastante en común con la magistral Contrato con Dios, que reseñé aquí. Sin embargo, en aquélla, el espacio se limitaba a un bloque de edificios, mientras que Las reglas del juego no tiene un escenario tan concreto, y de hecho sucede a ratos bien lejos de Nueva York. La Gran Manzana, no obstante, sigue siendo la Meca de todo emprendedor, o mejor dicho, de todo aquél que desee ser alguien en este mundo. Y en Nueva York, como en algún que otro lugar, los jetas pueden llegar bastante más lejos que los emprendedores.

Eisner nos muestra los avatares de la vida de tres familias judías de diferente origen y fortuna, desde finales del s. XIX hasta los años 50 del siglo pasado. Los Arnheim descienden de los muchos judíos alemanes que emigraron a los EEUU a mediados del siglo XIX. Gracias a su dedicación y talento para los negocios, Moses Arnheim creó un pequeño imperio en la industria textil y llegó a acumular tanta riqueza que se codeaba con los príncipes del comercio y la banca judeoalemana, como los Straus, los Lehman, los Goldman, los Loeb o los Guggenheim. ¿Os suenan? Este imperio fue heredado por su hijo Isidore, Izzy, que supo estar a la altura de su padre, si bien fracasó en la educación de sus hijos, Conrad y Alex. Conrad, niño mimado, sinvergüenza y vividor, es el gran protagonista de la novela, mientras que el fracasado Alex ofrece el contrapunto, al estilo de Hombre rico, hombre pobre.



Por su parte, la familia Ober es de aquellos judíos alemanes que decidieron dejar la gran ciudad y buscar su fortuna en las pequeñas poblaciones del oeste. Así Abner Ober, hijo del trapero Chaim, pasó de regentar una tienda de confecciones a ofrecer préstamos a los granjeros, para llegar así a convertirse en un acaudalado y respetado banquero. Como otros judíos alemanes, Abner es muy consciente de ciertas cosas. En la entrevista que ofrece a un periodista local, éste le dice:

-Ah...se forjó una buena reputación por su honestidad... Esto... poco habitual en los judíos.
-¡Depende de qué judíos esté hablando, señor!
-Por favor, no pretendía ofenderle... Ya sabe a cuáles me refiero... A los que vienen de Rusia... y...
-¡Ah, ellos!

Esta conciencia de clase entre los propios judíos es otro de los temas que subyacen en la obra, y se trata de una actitud todavía hoy muy habitual en el propio Israel. Así, durante la década de los 30 y la guerra mundial, cuando la fundación de la familia Arnheim propone ayudar a los judíos perseguidos y masacrados en Europa, Conrad se permite bromear:

-Cualquier cosa menos que los haga miembros del clud de campo, ¿eh?

Los Kayn representan a esos judíos de origen humilde, léase, de la Europa del este, cuya única esperanza de ascender en la escala social es mediante un buen matrimonio. Estamos en los años 50, y Aron Kayn es un bohemio que vive para la poesía. Un día conoce a Rose, la rebelde hija de Eva Arnheim. Eva, la bellísima segunda esposa de Conrad, procede de una familia judeoalemana arruinada, los Krause, y tiene muy claro que su objetivo en la vida es formar parte de la alta sociedad.



Al igual que en Contrato con Dios, o quizá de modo más acentuado aquí, la historia que se nos narra nos remite a las grandes sagas familiares de Isaac Bashevis Singer. Uno conoce a un puñado de personajes aparentemente respetables, que viven entregados a su trabajo y a la familia, pero en seguida se da cuenta de que no hay que rascar mucho para ver las miserias que se ocultan tras esas sagradas apariencias. Y dichas miserias brindan a Eisner la oportunidad de regalarnos todo un dramón, con villanos sin escrúpulos, secuestros, alguna que otra violación, un par de muertes horriblemente trágicas, y la desoladora constatación de que todo, absolutamente todo, se puede comprar con dinero, aunque nada, absolutamente nada, está completamente a salvo de la crueldad del destino.



Will Eisner está considerado uno de los maestros de la novela gráfica, cuando no su máximo representante. Aparte de su talento puramente literario, que yo insisto en comparar con Singer o Bellow, su destreza y creatividad al componer cada página ha sentado cátedra y ha influido tanto en los artistas posteriores, que a veces el lector no percibe la maestría de la composición. Esta novela, sin embargo, ha recibido algunas críticas por el modo en que el autor a veces delega en el texto escrito lo que debería expresarse de manera gráfica. Puede que sea cierto, y que Eisner haya recurrido en exceso a largos párrafos para narrar lo que en otras obras expresaba mediante imágenes. Quizá ello se deba a la más que respetable edad que tenía al escribir esta obra (84 años) o, sencillamente, a que los trapos sucios de los Arnheim y los Ober le interesaban más que la historia de sus auges y caídas. En cualquier caso, se mire como se mire, Las reglas del juego es una novela estupenda.


Will Eisner (1917-2005)

miércoles, 22 de abril de 2015

Por el camino de Swann



Nadie llega virgen a las grandes obras de la literatura. Cualquiera que se acerque por primera vez al Quijote sabe, por muy joven que sea, de los molinos, Dulcinea y la llana sensatez de Sancho. El atrevido que se lance a por el Ulises es consciente de que no va a entender nada y, muy probablemente, no terminará la novela. Y todo aquél, como yo, que decide que por fin ha llegado el día de buscar el tiempo perdido, sabe que se trata de una gran saga con frases muy largas y protagonizada por una melancólica magdalena.

Y claro, así, después de la lectura viene el problema del "y ahora, ¿qué digo?". ¿Voy a tener la osadía de comentar una obra que, según los expertos consultados, es una de las mayores maravillas jamás escritas? Por suerte, el autor nos lo pone fácil, porque, contrariamente a lo que uno podría pensar, la lectura de Proust no necesita de 'preparación' alguna, y al igual que el joven matrimonio que quiere tener un niño se equivoca al esperar el momento propicio, pues éste nunca llegará, y el momento presente puede ser tan bueno como el futuro, si no mejor, dado que mañana ella puede encontrar un nuevo trabajo que requiera de todo su tiempo y energías, o él puede perder el suyo y entrar en una depresión que le induzca a pensar que traer una criatura a este mundo es el acto de mayor crueldad que el ser humano pueda perpetrar; así no hay un momento ideal para acometer esta obra, sino que, con cada minuto que posterguemos su lectura se va añadiendo un granito más al montoncito de arena de un precioso tiempo perdido y, éste sí, absolutamente irrecuperable. Apuntaos un punto si en esa frase tan absurda habéis detectado un lamentable remedo del estilo proustiano.

 Esto es todo lo que yo sabía de Proust hasta ahora

Al escribir sus grandes obras, algunos autores se dirigen al gran público. Otros se decantan por un público más selecto. No faltan los que van aún más lejos y escriben, sencillamente, para los críticos. Existen también aquéllos que, con algo más de vanidad, sólo piensan en la posteridad, mientras que, por el contrario, hay quien escribe con la intención de reafirmar, cuestionar, provocar o aniquilar el espíritu de la época. Proust, por su parte, y esto quizá os sorprenda, escribió Por el camino de Swann pensando únicamente y exclusivamente en el Niño Vampiro. Y a las pruebas me remito. Las siguientes líneas, por ejemplo, están basadas en un triste anticlímax de mi temprana madurez, el día que comprendí que llevaba años empeñado en convertirme en un idiota y que, para mi desgracia, lo había conseguido.

Y con esa cazurrería intermitente que le volvía en cuanto ya no se sentía desgraciado y que rebajaba el nivel de su moralidad, se dijo para sí: "¡Cada vez que pienso que he malgastado los mejores años de mi vida, que he deseado la muerte y he sentido el amor más grande de mi existencia, todo por una mujer que no me gustaba, que no era mi tipo!".

Pero antes, mucho antes de aquel desengaño por el amor malgastado, había sido la soledad y la angustia por el amor anhelado, en un episodio para el que Proust se inspiró en mis callejeos adolescentes de horas y horas acompañado de mi perra y buscando ni yo sabía qué.

Miraba tercamente el tronco de un árbol lejano, detrás del cual podría surgir la moza para venir adonde yo estaba: el horizonte escrutado seguía desierto; caía la noche, y sin esperanza ya, fijaba yo mi atención, como para aspirar las criaturas que pudiera ocultar, en ese suelo estéril, en esa tierra exhausta; y ahora pegaba no de gozo, sino de rabia, a los árboles del bosque de Roussainville, aquellos árboles que no servían de refugio a ningún ser vivo, como si fueran árboles pintados en un panorama, porque sin poder resignarme a volver a casa antes de abrazar a la mujer de mis deseos, no tenía más remedio que emprender el camino de vuelta a Combray, diciéndome a mí mismo que cada vez disminuían las probabilidades de que la casualidad me la pusiera al paso. ¿Y me habría atrevido acaso a hablarle si la hubiera encontrado? Creo que me hubiera tomado por un loco; yo no creía que existieran verdaderamente fuera de mí los deseos que formaba durante aquellos paseos y que no lograban realización, ni creía que los demás pudieran participar de ellos. Se me aparecían tan sólo como creaciones puramente subjetivas, impotentes e ilusorias de mi temperamento.

 Illiers, el Combray de Proust, en 1971 pasó a llamarse Illiers-Combray

El genio del artista consiste en convertir lo que en mi vida fueron momentos de un carácter vulgar y anodino no ya en poesía, sino en belleza. Pero afortunadamente, Proust no se limitó a tomar de mi vida sólo aquellos episodios susceptibles de adquirir una poética solemnidad. Me consuela saber que también le inspiré algunos momentos divertidos. Es sabido, por ejemplo, que para la descripción de esta señora (la tía del pianista en casa de los Verdurin), Proust tomó como modelo un alumno de mi clase de inglés:

Como era muy ignorante y tenía miedo de no hablar bien, pronunciaba a propósito de una manera confusa, creyendo que así, si soltaba alguna palabra mal pronunciada, iría difuminada en tal vaguedad, que no se distinguiría claramente; de modo que su conversación no pasaba de un indistinto gargajeo, de donde surgían de vez en cuando las pocas palabras en que tenía confianza.

 En algunos momentos, Marcel, que es como le gusta que lo llame, intentó que el modelo que le proporcioné no fuera del todo evidente. Fijaos en este fragmento a propósito de Swann y el monóculo:

La primera vez que se lo vio puesto, Odette no pudo contener su alegría: "Para un hombre, digan lo que quieran, no hay nada más chic. ¡Qué bien estás así, pareces un verdadero gentleman! No te falta más que un título".

Muy pocos saben que esta anécdota está vagamente inspirada en un compañero mío de universidad que se compró un estuche de violoncelo para darse un aire bohemio y pasearse con él por las terrazas de los bares. Y así, aunque quizá otro en mi lugar se hubiera indignado, o incluso habría acusado al bueno de Marcel de plagio, apenas os puedo dar cuenta del placer que ha supuesto para mí ver, página tras página, y me atrevería a decir que línea tras línea, sentimientos, experiencias, observaciones o ideas que a veces recordaba y otras veces descubría, pero que siempre habían estado ahí, en lo más recóndito de mi memoria. No de la inteligente, sino de la otra.

Proust tocando una serenata a Jeanne Pouquet, uno de los modelos para Gilberta Swann

La obra gira alrededor del concepto de memoria involuntaria, y es aquí donde entra en acción la célebre magdalena. Pero dejemos que lo explique el propio Marcel:

A decir verdad, yo hubiea podido contestar a quien me lo preguntara que en Combray había otras cosas, y que Combray existía a otras horas. Pero como lo que yo habría recordado de eso serían cosas venidas  por la memoria voluntaria, la memoria de la inteligencia, y los datos que ella da respecto al pasado no conservan de él nada, nunca tuve gana de pensar en todo lo demás de Combray. En realidad, aquello estaba muerto para mí.

(...) Considero muy razonable la creencia céltica de que las almas de los seres perdidos están sufriendo cautiverio en el cuerpo de un ser inferior, un animal, un vegetal o una cosa inanimada, perdidas para nosotros hasta el día, que para muchos nunca llega, en que suceda que pasamos al lado del árbol, o que entramos en posesión del objeto que las sirve de cárcel. Entonces se estremecen, nos llaman, y en cuanto las reconocemos se rompe el maleficio. Y liberadas por nosotros, vencen a la muerte y tornan a vivir en nuestra compañía.

Así ocurre con nuestro pasado. Es trabajo perdido el querer evocarlo, e inútiles todos los afanes de nuestra inteligencia. Ocúltase fuera de sus dominios y de su alcance, en un objeto material (en la sensación que ese objeto material nos daría) que no sospechamos.

Y todos, incluso los que jamás lo han leído, saben cuál es ese objeto y cuál esa sensación. Continuaría con mucho gusto la cita en ese punto (...y de pronto el recuerdo surge...), pero es que citaría con gusto cada frase de este libro.

Así, la magdalena despierta la memoria involuntaria, y ésta nos lleva a los días de Combray, a revivir la infancia del narrador y recuperar recuerdos del lector. La belleza de la escritura y el poder de evocación de esta novela que nos abruman a cada momento no tienen punto de comparación con nada de lo que yo haya leído antes. Pero una novela no alcanza las cimas del canon sólo a base de una linda y poderosa colección de recuerdos. Para ello hace falta más chicha. La maestría de Proust consiste precisamente en revestir historia, política, filosofía, arte, psicología y todas las grandes ideas de la época de un lenguaje rico, sutil y complejo que consigue entrarnos por todos los sentidos. Por el camino de Swann es, en definitiva, eso que debería ser la literatura: una obra eterna que es, ante todo, una novela de su tiempo.

Entre las ideas que riegan este Camino, es evidente, en primer lugar, la influencia de Freud, que ya había publicado La interpretación de los sueños y había desarrollado sus teorías sobre la asociación libre de ideas. También hay ecos, muy vagos y que no sé si más adelante se volverán más sonoros, del caso Dreyfuss, ecos que nos recuerdan la figura de Charles Ephrussi, crítico de arte de origen judío que se convirtió en una de las víctimas colaterales del antisemitismo desatado a raíz del célebre caso, y de quien hablé ya aquí. Ephrussi fue uno de los modelos que inspiraron a Proust el personaje de Swann, y destacó además por ser un inveterado japonista, uno de aquellos numerosos enamorados del arte nipón que tanta influencia tuvo en Francia, como, por otra parte, puede observarse en la novela, donde son constantes las referencias a elementos decorativos japoneses.

Otra idea quizá menos obvia o quizá, simplemente, fruto de mi imaginación es la de la relatividad del tiempo y el espacio, idea einsteniena que es también una de los rasgos esenciales del modernismo en el que se inscribe la novela. Fijaos en este maravilloso fragmento, en el que el narrador, durante un viaje en carruaje, se entretiene contemplando el juego del escondite que los campanarios de Martinville parecen jugar con él. Pide entonces papel y lápiz y se pone a escribir:

"Solitarios, surgiendo de la línea horizontal de la llanura, como perdidos en campo raso, se elevaban hacia los cielos las dos torres de los campanarios de Martinville. Pronto se vieron tres: porque un campanario rezagado, el de Vieuxvicq, los alcanzó y con una atrevida vuelta se plantó frente a ellos. Los minutos pasaban; íbamos a prisa y, sin embargo, los tres campanarios estaban allá lejos, delante de nosotros, como tres pájaros al sol inmóviles, en la llanura. Luego, la torre de Vieuxvicq se apartó, fue alejándose, y los campanarios de Martinville se quedaron solos, iluminados por la luz del poniente, que, a pesar de la distancia, veía yo jugar y sonreír en el declive de su tejado. (...) De cuando en cuando uno de ellos se apartaba, para que los otros dos pudieran vernos un momento más; pero el camino cambió de dirección, y ellos, virando en la luz como tres pivotes de oro, se ocultaron a mi vista. Un poco más tarde, cuando estábamos cerca de Combray y ya puesto el sol, los vi por última vez desde muy lejos: ya no eran más que tres flores pintadas en el cielo, encima de la línea de los campos. Y me trajeron a la imaginación tres niñas de leyenda, perdidas en una soledad, cuando ya ba cayend la noche; mientras que nos alejábamos al galope, las vi buscarse tímidamente, apelotonarse, ocultarse una tras otra hasta no formar en el cielo rosado más que una sola mancha negra, resingada y deliciosa, y desaparecer en la soledad."

La relatividad del espacio, la voluntad del artista impuesta sobre la realidad de los hechos, un estudio sobre la percepción, el desarrollo de la vocación literaria, y sobre todo una descripción poética, evocadora y sensual. Cada párrafo de Proust, aparte de bellísimo, es a la vez de una densidad y ligereza pasmosas.


Los paperolles, anotaciones añadidas por el autor en lecturas posteriores del manuscrito. Consistían en tiras de papel que se podían sumar a otras y alcanzar hasta un metro de longitud


Uno de los incontables momentos sublimes de la obra, un momento en el que se entrelazan de manera soberbia algunas de las ideas de la novela y la evocación poética y sensual del lenguaje de Proust, tiene lugar en una fiesta en la que Swann vuelve a oír un fragmento de una sonata de Vinteuil. Estamos en la segunda parte de la novela, Unos amores de Swann, donde se nos narra la relación entre Swann y Odette, que tiene lugar antes de que naciera el narrador y, por lo tanto, años antes de los acontecimientos descritos en la primera parte. Vinteuil es un músico desconocido para Swann, pero no para el lector, que ha sido ya testigo de su triste final. Swann, al principio de esta segunda parte, reconoce un pasaje de una sonata suya, un fragmento que para él representa la cima de la belleza y la sensibilidad musical, y el pasaje en cuestión se convierte en símbolo de su amor por Odette. Ya sabéis, "están tocando nuestra canción". Cuando, pasado un tiempo y varios altibajos en la relación, en la fiesta mencionada Swann vuelve a oír el pasaje de Vinteuil, se produce en él el tipo de reacción que, de haber sabido escribir, nos habría descrito uno de los perros de Pavlov.

Y antes de que Swann tuviera tiempo de comprender y de decirse que era la frase de la sonata de Vinteuil y que no había que escuchar, todos los recuerdos del tiempo en que Odette estaba enamorada de él, que hasta aquel día lograra mantener invisibles en lo más hondo de su ser, engañados por aquel brusco rayo del tiempo del amor y creyéndose que había tornado, se despertaron, se remontaron de un vuelo, cantándole locamente, sin compasión para su infortunio de entonces, las olvidadas letrillas de la felicidad...

La música ha dejado de ser bella por sí; su belleza se la proporciona ahora el recuerdo de Odette. Los efectos de la música sobre el alma de Swann ocupan entonces cuatro páginas más, a las que no les sobra ni una palabra. Pero entonces el significado de la melodía -y su efecto sobre el recuerdo- parece volver a desdoblarse:

Por primera vez el pensamiento de Swan saltó en un arranque de piedad y cariño hacia aquel Vinteuil, aquel hermano sublime, que tanto debió de sufrir. ¿Cómo sería su vida? ¿De qué dolores debió sacar aquella fuerza de Dios, aquella ilimitada potencia de crear? 

Ya he dicho que el lector ha sido testigo, cientos de páginas antes, del sufrimiento de Vinteuil. En estas páginas, pues, merced a una sonata de violín, narrador, personaje y lector se funden en la experiencia del tiempo recobrado, el tiempo presente y el tiempo anticipado. En otras palabras, de la mano de Proust y Swann, el lector consigue recordar el futuro. O algo así. No soy Proust y no sé expresarlo, pero en un libro que deslumbra y embelesa a cada página este fragmento me ha deslumbrado y embelesado como pocas veces lo ha conseguido un libro.

En definitiva, mientras otros autores sólo pueden, en sus mejores momentos, llegar a escribir obras maestras, Proust escribió En busca del tiempo perdido. Enfrascado estoy ya en A la sombra de las muchachas en flor, que, como observaréis por el título, también está inspirado en mi escasamente memorable adolescencia. Sólo Proust podrá convertir en oro literario tantos momentos olvidables.

Punto final.

Junto a su madre, Jeanne Weil, y su hermano Robert
___________________________ 

Mención aparte merece la edición de Alianza. El volumen que he leído es una de esas joyas de la editorial, de la serie Biblioteca 30 aniversario, con la tapa dura, cinta de lectura y biografía al final con impresionante álbum de fotos. La traducción de éste y, creo, los dos siguientes volúmenes, corrió a cargo de Pedro Salinas, y el resto, de Consuelo Berges. Desconozco cuántas traducciones se han hecho al español de esta obra, aunque dada la magnitud de la obra, dudo que hayan sido más de un puñado. Gran poeta, Salinas brilla en su traducción, aunque hay que decir que no estoy del todo convencido de que esta versión deba ser absolutamente intocable, como sí parecieron pensar los de Alianza.

Es cierto que, con ciertas obras, una traducción "de la época" puede ser preferible a una más contemporánea. Así, en una novela como ésta, sobre el tiempo y el recuerdo, quizá ese tono ligeramente anticuado acentúe un tanto su carácter poético y melancólico. Podemos, por tanto, aceptar palabras como pistache en lugar de nuestro hoy familiar pistacho, accionan en vez de actúan, como diríamos hoy ("nuestras pasiones no accionan sobre nosotros más que en segundo lugar"); o incluso podemos pensar que la traducción al español de los nombres propios -Francisca, Leoncia, Gilberta- da cierto sabor añejo al texto. Más discutible es, probablemente, hablar de un duro ("mamá me ponía en la mano un duro"), pero lo que me ha provocado franca irritación son los constantes laísmos, leísmos y loísmos, a cual de ellos más chirriante: "Empezaba a serla difícil", "los sugería que", "habíale yo olvidado". Y yo que, tonto de mí, pensaba que leísmo y loísmo eran mutuamente excluyentes: si alguien dice "ya le he comprado", ¿por qué va a decir "lo regalé un libro"? Pues evidentemente me equivocaba. En definitiva, Salinas era un gran poeta y traductor, pero tenía un serio problema con los pronombres.Y así, mi pregunta es, ¿piensan los de Alianza que dicha masacre pronominal reviste la obra de un aroma entrañable y castizo, o sencillamente, ni se han dado cuenta?

Afortunadamente, Proust es tan grande que vence al tiempo, conquista la eternidad y derrota al laísmo.


martes, 21 de abril de 2015

Laie, Sant Jordi y twitter

La librería Laie, en Barcelona

Una de mis librerías favoritas de Barcelona es Laie, en Pau Claris. He recibido de ellos esta invitación para promover y participar en una iniciativa tuitera con motivo de Sant Jordi. El objetivo, llenar twitter de nuestras frases literarias favoritas. El reto, que aparezcan las menos posibles de Coelho. ¿Podremos conseguirlo? Además hay premio.

Aquí tenéis más información:


Invitamos a los bloggers literarios a una cita con la literatura

La librería Laie de Barcelona quiere fomentar la buena literatura desde que abrió sus puertas en varios puntos clave de la ciudad. Este Sant Jordi, día del libro, queremos que todo Twitter hable de buenos libros.


Para eso, hemos creado un hastag, #Tienesunacita que queremos lanzar desde ahora hasta el día 23 de abril. Invitamos a los usuarios lectores a que compartan en Twitter sus citas literarias favoritas acompañadas de#Tienesunacita y @laietana. Los tuits serán retuiteados por Laie y la revista www.paseodegracia.com para amplificar el impacto.


Nuestra vocación es la lectura y estamos dispuestos a contagiar a Twitter. ¿Te apuntas? Ponemos unos cuantos premios en el sedal.


Aquí están los detalles:

Este Sant Jordi, #Tienesunacita con la @laietana.
 
Una cita con la cultura

Sea de Vila-Matas, Montaigne, Marx (Groucho) o Doroty Parker, todo el mundo tiene una cita preferida. ¿Cuál es la tuya?
 
Este San Jordi Laie os invita a compartirla con los autores, vuestros amigos, followers y con nosotros. Postea tu cita en Twitter, Facebook o Instagram entre hoy y el 23 de abril citando el autor y seguida de #tienesunacita y @laietana. Sorteamos un Año de cultura gratis*. Cada cita es una participación, cuantas más citas compartas, más posibilidades tendrás de ganar.
 
Una cita con premio

Sabemos que os gusta leer, por eso el ganador, podrá escoger durante un año, un libro gratis cada mes de entre la lista de los recomendados de Laie.
Sí, doce libros gratis para que no te pierdas lo mejor de la literatura, arte, diseño...
 
El premio incluye una serie de experiencias culturales en Barcelona, que iremos desvelando en nuestras redes sociales durante estos días.
 
Laie en colaboración con www.paseodegracia.com ha producido totebags de edición limitada, 100% algodón.
Si participas en el concurso, te llevas una totebag de regalo enseñando el pantallazo con tu frase preferida al realizar tu compra en cualquiera de las tiendas Laie de Barcelona; Estarán disponibles desde el día 10 de abril en Laie Pau Claris, MACBA, CCCB, Museu Picasso, La Pedrera, Museu Nacional d’Art de Catalunya, Recinte Modernista de Sant Pau, CosmoCaixa y CaixaForum, hasta agotar existencias.
 
El Día de San Jordi, las primeras 50 personas que pasen por los stands de Laie se llevarán una bolsa gratis al enseñar su cita compartida. Presta atención a nuestros canales de Facebook y twitter, a última hora del día de Sant Jordi sortearemos entre todos los participantes el lote de libros y el Año de cultura gratis.
  
Una cita con descuento

Si muestras tu cita desde hoy hasta el día 22 de abril en cualquiera denuestras librerías además de participar en el concurso, y llevarte una bolsa obtendrás un descuento del 5%.
 
Una cita con los autores

Como siempre en Sant Jordi, los mejores autores estarán presentes en los dos stands de Laie en el Paseo de Gracia para firmar libros. Consulta esta página a partir del día 10 de abril para consultar la lista y horarios definitivos.
 
¡Os deseamos a todos un Feliz Sant Jordi!

jueves, 9 de abril de 2015

Cuentos perdedores (8)


Si no de otra cosa, disfrutad por lo menos del Gran Combo.


El plazo vencido

Me encontré con la Muerte en el mercado de la Boquería. Al principio, vi sólo su capucha negra y la reluciente guadaña, que descollaban entre la gente. Se encontraba de espaldas a mí, pero pude observar que se estaba girando con mucha lentitud, como si estuviera barriendo con la mirada todo el espacio a su alrededor, y supe que de un momento a otro, habiendo completado el giro, la tendría ante mí. Debería haber emprendido la huida de inmediato, pues sabía muy bien a por quién venía, pero un cansancio de años se adueñó de mí y me forzó a afrontar mi destino. Cuando, en su macabro e interminable giro, me mostró su perfil, me apreté contra el pecho la bolsa con la compra como un guerrero que se protege con su escudo. Finalmente, de entre la negrura del interior de la capucha se dejó entrever su rostro putrefacto, con las cuencas de los ojos vacías y dos agujeros por nariz. En el último instante, decidí que en realidad no estaba listo para afrontar mi destino, tiré la compra al suelo, me di la vuelta y, atravesando el gentío de clientes, mirones y turistas, eché a andar lo más deprisa que pude hacia la salida de atrás. Cuando vi por fin el cielo, pensé que le había dado esquinazo, pero lo que me parecía un rayo de sol que me deslumbraba era en realidad un destello de la maldita guadaña. Tenía a la Muerte ante mí.

Hice un pequeño y rápido amago hacia la derecha e intenté escabullirme pasando por su lado izquierdo.

-¡Detente!

Obedecí. Era imposible no someterse a la voluntad de aquella voz de ultratumba. Nos miramos por espacio de unos segundos, yo a través de mis gafas; ella, desde las cuencas de sus ojos. Rompió por fin el silencio.

-Volvemos a encontrarnos.

-Sí.

-Me engañastes la última vez. Te ordené venir conmigo y huistes.

Lo recordaba muy bien. Nuestro primer encuentro había tenido lugar diez años atrás. Entonces se me había aparecido en un probador de la planta de caballeros de El Corte Inglés, donde estaba probándome el traje de boda. Me acababa de abrochar los pantalones y el cinturón, y estaba admirando el lustre de mis zapatos italianos, cuando, al levantar la vista y mirarme en el espejo, me topé con el reflejo de su imagen detrás de mí. La verdad es que casi me morí del susto.

-Es que en aquel momento no podía acompañarte -me defendí-. Me faltaba una semana para casarme. No podía abandonar a mi novia en aquel momento.

-¡Silencio! ¿Acaso piensas que eso es de mi incumbencia?

Mientras tanto, la gente intentaba pasar a nuestro lado. Algunos chasqueaban los dientes y otros, más impacientes, se quejaban entre juramentos de que estábamos obstaculizando la entrada al mercado.

-No, claro que no.

-Y no contento con ello, ¡volvistes a mentirme!

La segunda vez que nos encontramos tuvo lugar dos años después del primero. Había salido del hospital y decidí tomar un taxi. Cuando me hube sentado, el taxista me preguntó si sabía ya cuál era mi destino. No me percaté de lo extraño de aquella pregunta hasta un par de segundos más tarde, cuando había empezado a darle la dirección y vi su repulsivo rostro en el retrovisor.

-Pero, ¡mi hijo acababa de nacer! ¡No había cumplido todavía ni un día de vida! Mi mujer había tenido un parto de 9 horas, y la había dejado dándole el pecho al bebé. ¿Cómo iba a abandonarlos? Ponte en mi lugar.

-¡Basta! ¡Nada de eso me interesa! He venido a por ti y esta vez no vas a poder escapar. ¡Me acompañarás ahora mismo!

La gente seguía intentando entrar y salir del mercado, y nos lanzaban miradas de odio. Nadie parecía dispuesto a acudir en mi ayuda. Hice un rápido repaso de mis circunstancias personales en aquel momento. No había boda ni embarazo inminentes. Ni siquiera una triste enfermedad. De acuerdo, mi hijo mayor tenía sólo ocho años y la pequeña seis. Sería muy duro para ellos perder a su padre, pero podrían reponerse. Mi seguro de vida y el trabajo de mi esposa, mejor pagado que el mío, garantizaban que no les faltaría de nada. Así pues, no me quedaba ninguna carta por jugar. Había llegado mi hora. Y sin embargo, en el último segundo, algo dentro de mí escapó a mi control y, sin saber como, abandoné mi resignación:

-¡No! -grité con determinación y apenas un rastro de titubeo.

Se hizo un silencio... sí, de muerte, y pasaron así unos segundos.

-¿Cómoooo? -gritó al fin.

-¡No te pienso acompañar, no! ¡Todavía me quedan muchas cosas por hacer en esta vida! Quiero... -el miedo me forzó a decir todo esto de carrerilla- quiero ver crecer a mis hijos, quiero tener en mis brazos a mis nietos, quiero escribir un libro, aprender inglés, volar en globo, convencer a mi mujer para montar un trío; quiero subir al Machu Pichu, quiero ver qué pasa cuando las letras de las matrículas de los coches lleguen todas a la z, quiero... ¡quiero vivir, así que lárgate con viento fresco!


De repente me pareció que se hacía más y más alta, y que desde su altura me miraba con infinito desprecio. Empezó a temblar de ira y presentí que estaba a punto de fulminarme con un relámpago, hervirme vivo allí mismo, o simplemente mandarme al otro barrio con un golpecito de su dedo índice. Agaché la cabeza, se me había acabado la osadía. Esperaba sentir de un momento a otro el filo de la guadaña atravesándome la nuca, cuando vi de repente una manchita pequeña, redonda y oscura en el suelo. Y en seguida apareció otra. Y otra más. ¿Había empezado a llover? Levanté la mirada, incrédulo. La Muerte estaba llorando.

-Por favor -dijo ahora con un hilito de voz.

-N-no -respondí, totalmente confundido.

Repitió su ruego, sin mucha convicción, y yo mi negativa con toda la delicadeza de que fui capaz. Tras unos instantes de vacilación, terminó, cabizbajo, por darse la vuelta y enfilar calle arriba, en dirección a la Calle del Carmen. Todavía embargado por la confusión y ahora, además, espoleado por la curiosidad, me puse a seguirla, intentando mantener las distancias. Poco a poco, sin embargo, fui perdiendo el miedo y empecé a aproximarme a ella. A la altura de Pintor Fortuny, me coloqué a su lado, y cuando llegamos a Elisabets la invité a un café en el Kasparo.


Me contó su situación. Llevaba más de un año sin conseguir llevarse a nadie consigo. Su presencia ya no inspiraba pavor, sus súbitas apariciones no provocaban más que enfado, y eso en el mejor de los casos, pues no era raro que se pitorrearan de ella. Sanos o enfermos, jóvenes o viejos, sus elegidos le habían perdido completamente el respeto. En una ocasión incluso habían llegado a agredirla. Estaba en una situación desesperada.

-¿Sabes? -me confesó-, hasta he pensado en hacer una locura.

-¿Cómo? No digas tonterías. Tú no puedes suicidarte. Eres la Muerte.

Intenté animarla con un argumento que me parecía incuestionable: estaba viviendo su edad dorada. No tenía más que leer los periódicos. El horror estaba a la vuelta de la esquina: bombas, secuestros en masa, degollamientos, pistoleros enloquecidos; vivíamos en un mundo donde ya nadie podía sentirse a salvo de ella.

-¡Pero si las cosas nunca te han ido mejor!

-Es todo lo contrario -dijo.

Desde hacía unos años, me explicó, la gente, en efecto, vivía con el miedo a morir en cualquier momento y lugar. Y así, poco a poco, la locura y el fanatismo habían ido apropiándose de las características que, por derecho propio, le pertenecían a ella: la injusticia y la fatalidad. Tanto era así que la sociedad ahora aceptaba que uno pudiera morirse de un bombazo en un autobús o degollado mientras veraneaba, pero ya no toleraban que la Muerte se les presentara para anunciarles que había llegado su hora. El azar del horror había usurpado su lugar y había hecho de la Muerte una intrusa.

Iba a responderle que eso no podía ser, que simplemente estaba pasando por una crisis, que su problema no era más que falta de confianza y que el mundo seguía necesitando de ella, quizá ahora más que nunca. Todo eso iba a decirle, pero, como si hubiera adivinado mis pensamientos, en cuanto abrí la boca me encontré con su mirada. En el negro fondo de aquellas cavidades vi mezclados el cariño y el reproche.

-Ya lo sé -admití-, yo también me he portado mal contigo. Pero...

-Déjalo, qué más da.

Sentí que tenía que hacer algo por ella. Se me ocurrió que, después de todo, quizá esas palabras que había estado a punto de decir no fueran del todo desencaminadas: teníamos que recuperar el miedo a la verdadera fatalidad, aquella que nos asalta en el momento en que dejamos de mirar hacia atrás por encima del hombro, la que nos compadece desde los ojos del médico, la que nos susurra desde el revólver de un atracador, la que vemos al volante del coche que se nos viene encima. Sí, nuestra sociedad necesita a la Muerte. Me puse manos a la obra: decidí ayudarla y, para ello, le propuse un trato (con unas condiciones, eso sí, sumamente ventajosas para mí).

Tres meses después de aquel día, la Muerte está irreconocible. Ha recuperado su antigua prestancia y, con ella, su orgullo. Ha dejado de arrastrar los pies y ha adoptado un paso decidido y enérgico que, al decir de algunos, no casa muy bien con su ocupación, aunque yo no estoy de acuerdo. Ya no dice "fuistes" ni "terminastes" y no necesita desgañitarse para imponer su autoridad. Más bien al contrario: su mera presencia basta para causar verdadero pavor allá donde va. Y lo más importante es que ya ha conseguido llevarse a tres víctimas. La primera, un señor al que le acababa de tocar la lotería, opuso bastante resistencia, por lo fue preciso que interviniera yo. Las otras dos, sin embargo -una viuda que, tras diez años de soledad había vuelto a encontrar el amor, y un joven que salía muy satisfecho de su primera entrevista de trabajo- las solventó perfectamente ella sola mientras yo me limitaba a observarla desde una distancia prudencial y tomar notas.

Hoy la Muerte vuelve a sonreír y sabe, pues así se lo he prometido, que, cuando venga a por mí, dentro de 45 años, la acompañaré sin rechistar.

*   *   *

lunes, 30 de marzo de 2015

La vida en un palomar



Palomar es un pueblo situado en algún lugar de Centroamérica, que vive anclado en un pasado casi mítico al tiempo que mira de reojo hacia el Gran Sueño Americano. Palomar, donde no ha llegado el teléfono, oculta maravillas arqueológicas como esas gigantescas y misteriosas esculturas de una antigua civilización india, y delicias culinarias como las babosas fritas. No muy lejos de Palomar, aferrados a sus costumbres ancestrales, todavía quedan algunos indios que habitan en las colinas, morada también de panteras que, si bien tremendamente agresivas, no son quizá tan peligrosas como los monos que viven en el pueblo mismo. Estos monos se convierten de vez en cuando en una temible plaga, y los habitantes del pueblo se ocupan de ellos a tiro limpio o abriéndoles la cabeza a golpe de palo. Bienvenidos a Palomar.

Gilbert "Beto" Hernández, nacido en California hijo de mexicano y tejana, me sorprendió más que gratamente con Tiempo de canicas. Descubrí en esa lectura a un autor excelente que, en mi ignorancia, intuía que era capaz de grandes cosas. Luego, investigando por ahí, constaté que, cosas no grandes sino enormes, las había hecho hacía ya tiempo. Entre otras, con su novela gráfica y, en especial, con la serie que nos ocupa, había creado todo un mundo literario tan universal  como Yoknapatawpha, tan humano como el Wessex de Hardy, y tan fogoso como (suspiro) Macondo (para explicación del suspiro, seguir leyendo). Este mundo, que ya os he descrito muy someramente, se llama Palomar, y empezó a darse a conocer allá por 1983, a través de la publicación Love and Rockets, que el propio Beto había lanzado junto a su hermano Jaime, otro grande de la novela gráfica.



El extraordinario libro del que os hablo tiene como subtítulo 'Historias de "Sopa de gran pena"', pero creo que el título de Palomar que le ha dado la editorial La Cúpula es más que acertado, dado que fue en estas historias donde nació, se desarrolló y, lejos de morir, se inmortalizó el pueblo.



Los incontables argumentos de estas historias de "Sopa de gran pena" nos muestran, en primer lugar, las relaciones entre los habitantes del pueblo, un lugar donde todos se conocen desde niños, donde pocos conocen a sus padres biológicos, y donde a ratos todos parecen estar emparentados. En segundo lugar, asistimos también al modo en que dichos habitantes reciben, toleran o repelen a los que vienen de fuera, sea de forma temporal, para realizar excavaciones arqueológicas, sea para huir y esconderse del mundo, sea de regreso para jactarse de su triunfo en la vida. Pero si hubiera, que no sé por qué iba a haberlo, que hallar una especie de hilo central, habría que referirse sin duda a Luba, esa figura casi arquetípica de una prehistórica deidad matriarcal.


Luba es, al principio, una de esas recién llegadas al pueblo, y nadie sabe de dónde ha salido ni cuál es su historia. Se gana la vida dando baños a los hombres, oficio en el que tendrá que competir con Chelo, hasta ese momento la bañadora oficial de Palomar. Luba vive en un camión y está rodeada de mujeres y niñas. No tardamos en averiguar que todas ellas son de distinto padre y que ninguna sabe de quién es hija. Luba destaca por su fuerte e indomable carácter, por su belleza india y por sus enormes pechos, pero Hernández se cuida mucho de presentarnos a una supermujer. Antes al contrario, si Luba tiene que enfrentarse con algo, no es tanto con la violencia y la estupidez de un mundo machista (uno de los viejos dichos de Palomar es que se trata de un lugar, y cito de memoria, "donde los hombres son hombres y donde las mujeres necesitan sentido del humor"), sino sobre todo con sus propios defectos y debilidades: la incapacidad de mantener una relación estable, la imposibilidad de mantener las piernas cerradas, su inclinación por hombres tan poco proclives como ella a la estabilidad, el peso de sus traumas, que le impiden llorar y, en el aspecto físico, sus piernas de gallina. Los pechos de Luba idiotizan a los hombres, pero este personaje tiene muy poco de icono sexual. Luba es ante todo un símbolo de la fuerza de la mujer en su aspecto, digamos, más social y contemporáneo, así como de la mujer mítica dadora de vida.



Luba, no obstante, es tan sólo uno de los muchísimos personajes que pueblan estas páginas. De sus vidas, Hernández nos muestra retazos, pero tan bien escogidos y secuenciados como sólo puede hacerlo un maestro. A ratos viajamos a su infancia, de ahí a su madurez, volvemos a visitar su infancia y no pocas veces nos paseamos por su muerte. Pero en Palomar, magia de la literatura y talento de Hernández, la muerte nunca pone punto final a las historias.

Palomar nos introduce también en la vida, por ejemplo, de Vicente, cuyo rostro tiene una terrible desfiguración de nacimiento; Carmen, la pequeña peleona; Heraclio, el lector; Israel, el musculitos de versátil sexualidad, cuya hermana gemela desapareció de niña; Gato, el maltratador y fracasado emprendedor; Ofelia, la sacrificada y dolida solterona; Chelo, la bañadora de armas tomar que llega a sheriff; Tonantzín, la bellezona demasiado idealista para este mundo, y varias decenas más. No hay duda de que las mujeres son las grandes protagonistas del libro, y parece ser que éste tiene legiones de lectoras. En todo caso, no obstante, todos y cada uno de los personajes son muchísimo más ricos de lo que un par de adjetivos pueden injustamente dar a entender. Sus vidas no se cruzan sino que se entrelazan, y si alguna vez os habéis preguntado de cuántas maneras se pueden relacionar los habitantes de un pueblo, este libro os dará una idea bastante aproximada.

La serie iniciada con esta colosal novela continuó con otras como Luba o Río Veneno. La primera de ellas, como la que nos ocupa, tiene más de 500 páginas y, tras haberla localizado en la biblioteca, ya me estoy frotando las manos. La lectura de Palomar, no obstante, encierra un peligro, y es que el frenético ritmo que, involuntariamente, el lector a veces le impone no es el más adecuado para disfrutar de esta obra. Por mucho sexo, tiros, asesinatos, recuerdos y traumas de la infancia, peleas, epifanías, desapariciones, el chit chit de los monos, ojos arrancados, amistades eternas, gritos, navajazos, rencores, babosas fritas, arrestos, perdedores y folleteo por doquier, Palomar requiere una lectura reposada. De lo contrario, puede hacerse difícil seguir el ritmo de los cambios de escena, los saltos adelante y atrás en el tiempo, y los numerosos comienzos de historia in media res. Sin duda esta estructura es resultado del modo en que las historias se fueron publicando a lo largo de trece años en Love and Rockets, lo que asimismo provocó que, con cada nueva entrega, las historias fueran ganando en complejidad y profundidad. Otra de las bienvenidas consecuencias de esta publicación por entregas es la libertad con la que Hernández entra y sale de la vida de sus personajes. Como he apuntado más arriba, allí donde quizá hemos dejado a un personaje muerto y enterrado, el autor decide volver a él y sacar a la luz un episodio de su juventud que finalmente enlazará  -o no- con otro del que ni él mismo tiene todavía conocimiento. Tanto crítico hablando de Gabo y a ninguno se le ocurre el nombre de Dickens... Como diría cualquiera de los personajes, ¡tsk!


Porque parece ser que a algún crítico se le ocurrió un buen día la comparación con García Márquez, y, como podéis imaginar, allí se lanzaron en tromba todos los demás críticos. Así, las voces que relacionan esta obra con el realismo mágico son casi tan unánimes como las que se refieren a Palomar como el Macondo de la novela gráfica. Ya sabéis lo populares que son ese tipo de comparaciones entre todas las especies de críticos y periodistas: el Nobel de la televisión, el Proust japonés, el Maradona de los Cárpatos... Sin embargo, constato con alivio que no soy el único en pensar que dicha comparación es, cuando menos, desacertada. En mi opinión, por muchas insólitas delicias culinarias, civilizaciones ancestrales, plagas de monos o cementerios de esculturas sumergidas, en Palomar no hay realismo mágico. La única magia que hay en estas historias de un realismo, si queréis, mítico, es la que les imprime el autor. Con eso no quiero decir que la comparación con Gabo sea del todo descabellada, pues es innegable que ciertos elementos nos pueden recordar al colombiano: en Palomar se respira ese promiscuo aire caribeño de El amor en los tiempos del cólera; el pueblo está anclado, como ya he dicho, en un pasado mítico que nos puede hacer pensar en Cien años...; y la violencia de sus calles nos puede traer a la mente Crónica de una muerte anunciada. Pero no os engañéis: Palomar es grande por sí solo.


jueves, 19 de marzo de 2015

Esos otros placeres lectores


En las últimas semanas, Norman Manea y Rodrigo Fresán me han proporcionado sendos grandes placeres lectores, eso sí, de muy distinto signo.

Con el rumano Norman Manea, de quien hablé hace ya unos años a raíz de su impresionante El regreso del húligan, el placer ha sido el de la relectura, no de aquella autobiografía novelada, sino de un libro aún más oscuro en todos los sentidos, El sobre negro.


La relectura es un placer, con frecuencia más reivindicado que ejercido, del que existen por lo menos dos tipos. El primero consiste en leer en la madurez aquellas obras que nos marcaron en nuestra cada día más lejana juventud. Como sabéis, este tipo de relectura es un arma de doble filo. Uno puede, evidentemente, redoblar aquel gozo con la ayuda ahora del bagaje que los años, los kilos y otras muchas lecturas le han proporcionado, y descubrir así que aquella obra que tanto lo impresionó guardaba muchos secretos que sólo ahora podemos descubrir. Pero también puede suceder lo contrario, y sorprenderse uno al ver que El viejo y el mar, esa inolvidable novelilla que se zampó con pasión en una tarde, no tenía 100 páginas sino 500.



Pero existe, como digo, otro tipo de relectura, y es la que consiste en terminar un libro y acto seguido, o casi, volver a la primera página. Esto no me suele suceder muy a menudo, y cuando ocurre, se debe, como en este caso, no tanto al placer de la lectura como a la perplejidad que nos ha producido el libro en cuestión, y a la necesidad de entenderlo aunque sea un poquitín. Porque El sobre negro plantea al lector un enorme desafío. Yo, en este caso, lo he aceptado y lo he vuelto a aceptar. No sé si he salido airoso, pero sí con la cabeza muy alta.

*   *   *

Rumanía en los años 80 no era lo que se dice un buen sitio para vivir. De hecho, de todo el bloque del este, en aquel momento era probablemente en Rumanía donde la escasez y la miseria eran el mendrugo seco nuestro de cada día. No había vida sino supervivencia, y la esperanza sólo se podía encontrar en el diccionario. Por si eso fuera poco, al igual que en tantos países donde de la noche a la mañana se pasó de una dictadura a la contraria, la amnesia histórica se había encargado de enterrar crímenes y privilegiar a sus responsables.

 (Las fotos de Bucarest son del blog www.atomic-tangerine.com)

Verter un poco de luz sobre esa amnesia general es precisamente lo que se propone el protagonista, Anatol Dominic Vancea Voinov, Tolea para los amigos. Tolea perdió a su padre en oscuras circunstancias cuarenta años atrás. Oficialmente, Marcu Vancea se suicidó, desesperado por la persecución que lo estrangulaba y el infortunio que golpeó a su hijo, Tolea, en un desgraciado accidente de bicicleta. Éste, sin embargo, hoy sospecha que alguien lo empujó al suicidio, y recuerda aquel misterioso sobre negro que recibió su padre días antes de su muerte. Tolea se lanza, pues, a intentar reconstruir aquel episodio, a la vez que recorre un Bucarest sucio, tenebroso y pútrido, donde no se puede sobrevivir sin trapicheos, y donde en cada rostro se puede esconder una cicatriz junto a la ceja, señal definitiva, para Tolea, de que se halla ante un "sustituto".


Ése sería un resumen aproximado del tenue hilo argumental que enhebra la novela, pero El sobre negro esconde mucho más. Quizá sería más preciso decir oculta. O entierra. No: incinera y lanza las cenizas a un vertedero. Nuclear. Dicho de otra forma, Manea no nos lo pone fácil, y es que, como ya señalé al hablar de El retorno del húligan, lo que me gusta de Manea y, sin duda, lo que desespera a muchos lectores, es que es uno de esos autores que parecen escribir exclusivamente para ellos mismos. Así, Manea trufa esta novela de referencias que el lector no sabe por dónde coger. Verbigracia, Macrobio. ¿Qué os parece? ¿Cómo, que no os suena? Pues nos dice la wikipedia que se trata de un escritor romano de cuya vida poco se sabe, pero suponemos que su relevancia viene por el hecho de que el dicho Macrobio es el autor de Comentario al sueño de Escipión, un prolijo comentario a Sobre la república, de Cicerón. O quizá no, quizá se trata de otro Macrobio más ignoto todavía. En cualquier caso, si conseguimos dilucidarlo nos salen luego Baronio, Gerberto y Otón III. Pues bien, con esta incerteza, como quien va en chanclas por un lodazal lleno de bichos con dientes y aguijones, es como se siente el lector en cada página. Un gustazo.


Todos los personajes sin excepción consiguen, dentro de su insondable misterio, captar el interés del lector, que acaba, junto con el propio Tolea, perdiendo la razón y viendo cicatrices en todas las cejas. Probablemente sea el doctor Marga el más enigmático de todos. Marga trabaja en un centro psiquiátrico y vive con holgura. En su juventud fue, junto a otros personajes, compañero de estudios de Tolea y estuvo enamorado de la hermana, quien un buen día conoció a una especie de mesiánico misionero con quien se casó y se fue a vivir a no recuerdo dónde. Eso sucedió poco antes del funesto accidente de bicicleta de Tolea. Años más tarde, el profesor Tolea fue expulsado de la enseñanza por culpa de un escándalo sexual, y, protegido por el propio Marga, recaló como conserje en un hotel bucarestino, lúgubre y sórdido como sólo podía serlo un hotel rumano de medio lujo. Y un buen día, quizá a raíz del brutal suceso que abre la novela, un suceso que conmueve y horroriza a toda la ciudad, Tolea empieza a buscar respuestas, y, de manera un tanto incauta, las acabará buscando en casa de Marga.

 Alegoría de la Prudencia, de Tiziano, es un motivo fundamental en el libro

Desde la crónica del suceso que abre la novela hasta el final, que, como os podéis imaginar, es abierto de par en par, se suceden decenas de pequeñas historias que, a su manera, se van entrelazando. Asistimos a escenas fascinantes como la que tiene lugar entre Tolea y la "sacerdotisa" en ese edificio a las afueras de la ciudad después del terremoto; los retazos del sueño constante que tiene lugar en un avión con una azafata de generosos senos, o la conversación con Tiziano. Y qué decir de esa charla con Venera, que Manea decide repetir. Oímos también hablar del griego Ianuli, un revolucionario casi legendario que abandonó su país para seguir con su lucha en Rumanía, y tenemos, entre otros muchos personajes, a Toma, administrador del piso donde vive Tolea y encargado de redactar informes sobre los vecinos. Todo ello está narrado con constantes y sutiles cambios del punto de vista, de estilo y, por si fuera poco, con escenas que parodian un clásico de la literatura rumana. Sabemos que en el centro hay un nudo un poco tosco que ata unas historias y personajes a otros, pero sabemos también que esas historias son como hilos de diferentes colores, grosor y tamaño y que, además, van a quedar sueltos.

Suponemos que Manea nos ha querido hablar de la violencia ejercida desde el poder, de la libertad, de la humillación, de la cobardía y, sobre todo, de un concepto que se repite de principio a fin: la indiferencia. Así que, si el lector no se empeña en "entenderlo" todo, o, para ser más precisos, si se conforma con entender sólo un poquito, puede disfrutar de una gran novela.



Rodrigo Fresán, por su parte, me ha proporcionado otro gran placer lector, que es el del abandono a mitad de lectura. Bueno, en realidad no he llegado ni a un tercio, pero lo he dejado sin remordimientos y con la conciencia muy tranquila.

A Fresán no sólo lo admiro, sino que lo tengo en un pedestal desde que leí Jardines de Kensington. En aquella novela, la impresionante capacidad de inventiva del autor, sabiamente mezclada con los elementos biográficos, consiguió que obviara esos rasgos de su escritura que más me irritan y que me rindiera a una narración que combinaba estupendamente la fantasía con la historia y la cultura pop. En La parte inventada, sin embargo, Fresán ha dado rienda suelta a sus tics y, desgraciadamente, en esta ocasión, a mi juicio, no hay una narración capaz de redimir ese desenfreno.

La parte inventada es un libro que entusiasma tanto a críticos como a lectores. La opinión de los primeros, en un mundillo donde los desmedidos elogios al colega son parte inexcusable del protocolo, me parece completamente irrelevante y no le pienso dedicar una palabra. En cuanto a los segundos, entiendo perfectamente su entusiasmo, pese a que mí la novela no me ha gustado. Y lo entiendo porque hay un hecho innegable: La parte inventada es un libro muy agradable de leer. Más que agradable, es un libro casi agradecido. El lector que se adentra en esa especie de metaconstrucción literaria no deja de sorprenderse exclamando "¡es verdad!, ¡yo conozco a alguien así!". O "¡sí! ¡cuántas veces he pensado yo lo mismo!". En definitiva, con cada página que leemos, recibimos un piropo del tipo: qué listo eres, lector. No se te escapa una.

Aprovechemos esa pendatería mía de metaconstrucción literaria para resumir la idea principal de la novela.

¿Cómo funciona la mente de un escritor? Ésta es la pregunta que nos encontramos en la contraportada, que continúa de esta guisa: "La parte inventada busca respuesta a esa pregunta adentrándose en la mente de un escritor que trata de escribir su propia historia". Bien. Creo que todos estamos de acuerdo en que la ficción acepta en sus páginas -más todavía, recibe con los brazos abiertos- cualquier tema, siempre que el autor sepa justificar su inclusión en la trama e ir más allá de la mera curiosidad enciclopédica. Allí está Moby Dick, y su morfología ballenera, o, por citar un ejemplo algo más reciente, la ochentera El país del agua, de Graham Swift, que nos describía en detalle el ciclo vital de las anguilas. En suma: todo, absolutamente todo, puede convertirse en literatura. Pero el autor debe ser consciente en todo momento de que esas incursiones, o mejor dicho, excursiones fuera de "lo literario", deben estar subordinadas a la Literatura, y no al revés. En otra palabras, Melville no escribió un libro sobre los diferentes tipos de cetáceos, del mismo modo que la contraportada de El país del agua no rezaba "¿Dónde nacen las anguilas? Ésa es la pregunta que Graham Swift se ha propuesto responder".

Pues bien, en lugar de escribir un libro en el que, además de disfrutar de una obra literaria, nos introducimos en la mente de un escritor, Fresán ha decidido que el presunto viajecito por su mente vale, por sí solo, el esfuerzo de tragarse casi 600 páginas. Ya lo sé, quién me manda a mí, con lo clarito que lo decía la contraportada. Para una vez que ésta no engaña...

Dicho eso, insisto en que La parte inventada es un libro sumamente agradable de leer, del mismo modo que puede ser agradable conectarse a facebook diez minutos al día o pasearse por el mundo bloguero. Algunos ejemplos: ¿verdad que a todos nos gustan las listas? Pues en este libro tenéis listas a mansalva, listas a gogó, listas a troche y moche, listas a diestro y siniestro, listas a porrillo, listas a tutiplén. Disfrutad de una pequeña selección de las cuestiones que preocupan a El Niño, una lista que ocupa casi cinco páginas:

"¿Por qué Superman parece hacer el mismo esfuerzo -la misma tensión de músculos, su ceño fruncido- a la hora de levantar un automóvil o alterar a empujones la órbita de todo un planeta...?

(...) ¿Quién es el culpable de que haya tantos Sugus de color rojo y tan pocos de color verde en los paquetes de caramelos surtidos?

(...) ¿A qué se debe que haya agujeros en el queso? 

(...) ¿Es la aureola rodeando el cráneo de Jesucristo la representación gráfica de la poderosa migraña causada por la corona de espinas?

Yo una vez publiqué en facebook "¿por qué es imposible encontrar huevos blancos en el supermercado?". Conseguí seis o siete "me gusta" y un par de amigos aportaron sendos comentarios la mar de ingeniosos.

Otras de las reflexiones que pasan por "la mente de un escritor" no se ajustan tan bien a facebook, pero serían estupendas para un blog literario o para una columna de suplemento dominical:

Porque para demasiadas personas los libros se usan y se gastan y qué sentido tiene conservarlos. Ocupan tanto lugar, hay que sostenerlos y pesan, son tan sucios y, aunque no se diga en voz alta, los libros son demasiado baratos para ser algo bueno y provechoso, se susurra. (...) Y, sí, es para ellos que se ha inventado el status del libro electrónico donde -¡aleluya y eureka!- se ha conseguido hacer comulgar a la televisión con la impresión: para descargar y no cargar, para adquirir y acumular y no abrir ni pasar página. Y para que -tan satisfechos de que dos mil títulos puedan ser levantados por una sola mano- los libros no estén todo el tiempo ahí, a la vista, recordando con su atronador silencio todo lo que no se ha leído ni se leerá.

Leer es muy bonito y los libros huelen muy bien. Y esta prédica a los conversos le ocupa a Fresán otras cuantas decenas de páginas.

Como vemos, el nivel de exigencia al lector es muy bajo. ¡Cómo añoré en más de un momento a Manea llamándome idiota! En La parte inventada, al lector poco avisado quizá le impresione al principio el uso de las fuentes, con cambios constantes de Arial a American Typewriter, así como los incontables paréntesis y asteriscos, por lo que puede que más de uno piense que está ante una novela de estructura altamente sofisticada. Pero no os engañéis: al igual que tantas páginas y listas de este libro, los cambios de fuente, los asteriscos y las crucecitas son completamente superfluos e irrelevantes. Siempre es la misma voz la que nos habla, una voz de profesor universitario medio rebelde y aspirante a viejo cascarrabias, y siempre lo hace, en otro de los pecados imperdonables de esta novela, completamente desprovista del menor atisbo de ironía. Y como yo también tengo derecho a repetirme, insisto: esta novela gusta tanto porque lo poco que tiene que ofrecer al lector (o lo mucho que me he perdido en el resto del libro) se lo da perfectamente hervidito, cortadito, mascadito y hasta bien digeridito. Leed al respecto unas pocas líneas sobre los Karma, una familia de pijos filisteos ignorantes materialistas.

"Penélope (...) ha descubierto (...) que su capacidad de concentración por más de uno o dos minutos es nula, que no les importa cómo empieza y cómo transcurre y cómo terminará la película, que se puede empezar y terminar una historia en cualquier momento".

"Y una de las pocas órdenes del mundo exterior que los Karma obedecen sin resistencias ni quejas es, ya se dijo, la de jamás pasarse  de los ciento cuarenta caracteres para hablar o escribir. Para los Karma, escribir más de ciento cuarenta caracteres es casi como escribir una novela".

"Una joven Karma se acerca a Penélope y le confía que 'Yo he leído un libro, pero no fue una buena experiencia. Así que ya no repetí. Fue casi traumático".

Si no os ha quedado claro el tipo de familia que son los Karma, no os preocupéis. Hay cincuenta páginas así. Y contando. Fue en ese momento (página 150) donde lo dejé. Sé que se me puede reprochar que critique una novela que no he terminado, pero por eso mismo no he querido dedicarle una entrada entera. Admito también la posibilidad de que en las 400 páginas restantes la cosa pueda animarse un poco. De hecho, al hojearlas me ha parecido entender que hay un asesinato, y parece ser que entra en acción otro personaje y todo. No obstante, yo soy de los que piensan que, a partir de cierto momento, el libro que nos falla pierde todo derecho a mejorar.

Así que ya sabéis, si tenéis ganas de halagar vuestro ego y, para qué negarlo, pasar unos ratos bastante entretenidos, La parte inventada es vuestro libro. Yo me esperaré a que se publique la trilogía completa, con La parte revisada y La parte editada.

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