jueves, 16 de junio de 2016

El coleccionista


Una gran historia no hace una gran novela. Es posible que una mala historia tampoco haga una mala novela. No es del todo inverosímil, por tanto, que una buena novela tenga como armazón una historia mediocre. Por eso siempre desconfío de de los autores que aseguran que escriben porque les encanta imaginar otros mundos y otras vidas.

Quiero creer que un escritor que se precie no se va a pasar semanas, meses y años ante la pantalla en blanco para un día, simplemente, ver por escrito todo aquello que ha imaginado. Todos sabemos que hay algo más tras ese trabajo, y que semejante esfuerzo tenía otro objetivo, por mucho que a veces ni el propio autor sepa cuál era.

Naturalmente, y sin ánimo de juzgar, a muchos lectores les basta con la historia. Saber si la señorita Bennett se casa o no, si al final entierran o no a la señora Bundren, o qué será de la relación entre Lolita y Humpert Humpert puede mantenernos más o menos en vilo, si bien el propio Nabokov tendría unas palabras más severas para ese tipo de lector. Personalmente, creo que la combinación de historia apasionante + quéséyo relevante y profundo da como resultado el libro perfecto, ése que place tanto al lector pueril del que nos habla Nabokov como al pedante que te suelta "no has entendido al autor".

Poster de la adaptación que hizo William Wyler

Es fácil leer El coleccionista como un thriller psicológico, en primer lugar, supongo, porque en cierto modo lo es. La trama, aparte de sencilla, es bastante conocida. Frederick Clegg es una persona retraída que lleva una vida gris como funcionario en el ayuntamiento. No tiene otro interés que las mariposas, que colecciona con pasión. Un día, sin embargo, ve a Miranda Grey y decide que debe poseerla (y en este caso este verbo no significa exactamente lo que uno pensaría). Es en ese momento cuando se inicia la historia, y desde las primeras páginas nos familiarizamos con la teóricamente trágica infancia de Clegg, huérfano desde niño, aunque demasiado traumatizado por ello, mientras asistimos a sus planes para Miranda: secuestrarla, ocultarla en el sótano y tenerla allí para siempre.

Ésta fue la primera novela de John Fowles, y es posible que, en su ansia por llegar al quéséyo del que hablaba antes, descuidara un poquito la historia. Trama, argumento, sorpresas, todo ello se lo reservó Fowles para sus obras siguientes, entre ellas El mago y La mujer del teniente francés. En la que nos ocupa, el argumento no es más que un vehículo para llegar al meollo del asunto, y Fowles se encarga de hacer el viaje sin interrupciones ni paradas innecesarias. Para ello, se saca un as de la manga, o, dicho de manera más literaria, un prosaico deus ex machina: las quinielas. Gracias a ellas, Clegg, narrador de la primera mitad de la novela, tiene todo lo que necesita para poner en marcha su plan: dinero y una mente perturbada. Compra una casa en mitad del campo, la adapta para la estancia de su huésped, persigue a ésta hasta conocer e incluso anticipar sus movimientos, y la secuestra.

Frederick, Ferdinand, Calibán

Miranda es estudiante de arte, inteligente, bellísima y chica de buena familia. Clegg, por su parte, es normalito tirando a feúcho, y de familia de clase trabajadora. Culturalmente, además, es un auténtico filisteo, por lo que el conflicto está servido. Y es que estar encerrado en un sótano hasta el fin de tus días es una putada, pero si además tenemos que estar en compañía de alguien sin sensibilidad artística, esos años pueden hacerse muy largos.

A partir de ese momento, los lectores "de trama", por llamarlos así, se centran, supongo, en el ¿se escapará o no se escapará? ¿Se enamorará? ¿La matará él a ella o ella a él? Y con esas intriguillas, el autor tiene el suficiente oficio para mantener su interés hasta el final. Pero es el duelo entre Miranda y Frederick, y entre lo que ambos representan, el meollo al que de verdad quería llegar Fowles. Clegg se presenta a Miranda como Ferdinand, con lo que tenemos a los dos enamorados de La tempestad. Bien pronto, sin embargo, Miranda empieza a referirse a él como Calibán, que en la obra de Shakespeare era, hasta la llegada de Próspero y su hija Miranda, el infrahumano amo y señor de la isla.

El calibanismo es uno de los temas de la obra. Si habéis leído canibalismo, no vais del todo desencaminados, pues algunos expertos dicen que Shakespeare estaba jugando con dicho anagrama para describir al salvaje. Pero el calibanismo de El coleccionista no consiste en alimentarse de carne humana sino de la creatividad, la imaginación, la libertad y el placer ajenos, y recrearse en la mentira, la envidia, las ganas de hacer daño y el rencor. Así, tenemos, una evidente crítica a la mentalidad autosatisfecha del pequeñoburgués, crítica que cobra una gran dimensión política, mucho mayor quizá de lo que el propio Fowles podía imaginar.

Calibán, propiamente dicho

Por lo visto, algunos acusaron al autor de fascista, por sugerir, según ellos, que no nacemos iguales, y que siempre habrá una minoría ilustrada que estará por encima de las masas incultas y violentas. Si a eso le añadimos que la novela está protagonizada por un malo de clase baja y una víctima de familia bien, podemos imaginar que las críticas debieron de ser brutales. Vamos, que en España no habría sobrevivido. Se me ocurre, no obstante, que tales acusaciones no son más que otro ejemplo del calibanismo descrito en el párrafo anterior. De hecho, el lector puede compadecerse de la terrible situación de Miranda, pero difícilmente se identificará con un personaje tan arrogante: "Soy tan superior a él", dice en un momento dado Miranda de su captor. Del mismo modo, el lector nunca se pone en la piel de un chiflado frío, calculador e ignorante como Frederick, pero sí llega a entender, dentro de su locura, sus motivaciones. Las cosas nunca son tan sencillas como las quieren ver los calibanes, y para demostrarlo, entra en escena G.P., el bohemio, provocador y mujeriego artista por el que Miranda siente absoluta admiración.

G.P. nunca sale de las páginas del diario de Miranda, pero podemos considerarlo un personaje tan importante como los otros dos. Y es precisamente G.P., quien antaño fue comunista, el que ahora se ríe de Miranda por ser laborista. Los laboristas, dice, nos trajeron a la Nueva Gente, que es el modo en que él se refiere despectivamente a esa zafia nueva burguesía. Miranda, por su parte, piensa que el deber de toda persona digna es ser de izquierdas, para, a continuación, definirse como una de Los Pocos, esos seres justos, idealistas y creativos cuya obligación es hacer frente a la insoportable vulgaridad de la multitud. Los calibanes no tienen sentido de la ironía. Las Mirandas a veces tampoco.

La novela, en suma, pese a estar construida sobre una trama que aparentemente no tiene mucha sustancia, es estupenda y, aparte de mantener la tensión hasta el final, toca, como veis, unos temas de lo más jugosos. Y eso que nos hemos dejado por lo menos la mitad en el teclado. En su defensa ante las acusaciones de fascista, Fowles dio quizás demasiada información sobre cuál era su intención al escribir la obra (podéis leerlo aquí), pero como ésta es tan buena, siempre tiene más que ofrecer. El coleccionista se puede leer no sólo como una novela política además de un thriller psicológico, sino también como una reflexión sobre lo que significa amar a otra persona, o, mejor dicho, sobre lo que los calibanes entienden por amor. Y eso ha hecho que de repente me haya acordado de algunos (y algunas) calibanes que han pasado por mi vida... porque sí, yo también soy uno de Los Pocos.

John Fowles

Y no quiero despedirme sin lanzar una pregunta: ¿quiénes son los calibanes de la España de hoy?

jueves, 2 de junio de 2016

F de fundamentalismo


 En una de las escenas finales de Jesus Camp, vemos a Mike Papantonio hablando en directo, desde su emisora de radio, con Becky Fischer. A lo largo de la película, Papantonio, abogado y periodista, se ha revelado al espectador como un hombre profundamente cristiano, pero también como azote del fundamentalismo evangélico estadounidense. El periodista arguye que este movimiento radical está intentando acabar con uno de los pilares de la democracia, a saber, la separación entre iglesia y estado. Becky Fischer es una de estas radicales, como ella misma se define, y su evangelio está dirigido especialmente a los niños. Fischer organiza campamentos de verano para niños en los que les habla a éstos del camino que Dios ha labrado para ellos, les anima a arrepentirse en público de sus pecados y les revela la relación que existe entre Satanás y los libros de Harry Potter, entre otras lindezas.


Papantonio no le habría durado un asalto a Christopher Hitchens, que fue el verdadero azote no sólo del fundamentalismo sino de cualquier fe religiosa. Sin embargo, Hitchens sí reconocía que, dentro de lo que él considera lo absurdo de la religión, los fundamentalistas cristianos eran, al menos, absolutamente coherentes con lo que predicaban. Y no le falta razón.

-¿Cuándo se creó el Mundo?
-Hace seis mil años.
-¿Cómo explica la existencia de fósiles de dinosaurios?
-Dios puso a Adán y Eva en un edén repleto de espinosaurios y triceratops.
-Pues los científicos aseguran que esos fósiles tienen millones de años de antigüedad.
-La ciencia está al servicio del diablo.

Naturalmente, el mismo término "fundamentalismo" es ambiguo. Pensemos que una persona como Papantonio, que en EEUU pasa por liberal, esgrime ante Fischer el argumento siguiente: Dios condena el adoctrinamiento de los niños, y ha creado para los adoctrinadores un lugar especial. Y créame, no es un lugar agradable.

En ese momento ha perdido el debate. Probablemente es consciente de ello. Fischer responde con altivez "mire, yo no voy a entrar ahí". A Papantonio sólo le queda despedirse de Fischer y exclamar "qué gente, ¡es increíble!".

 Las ruinas del castillo de Alamut, cerca de la ciudad de Qazvin, Irán

El tema del fanatismo religioso ha sido tratado en literatura en bastantes ocasiones. Sin embargo, si pensamos en Gulliver o en La letra escarlata, ese fanatismo con frecuencia aparece como una fuerza opresora o como fuente de conflicto, y no tanto como motivo del sacrificio último del ser humano. Cabe imaginar, por razones que a nadie se le escapan, que este segundo tipo de fanatismo, ciego y suicida, va a ser uno de los temas esenciales en el siglo que vivimos, pero en el año 1938, la religión no figuraba entre los mayores focos de conflicto de occidente. Así, pese a que la impresionante novela de la que vamos a hablar parece ocuparse de ese fanatismo de un modo explícito, su autor no estaba en realidad hablando de religión sino de política. Alamut fue publicada en pleno apogeo de las dictaduras, y estaba sarcásticamente dedicada a Mussolini.

A pesar de haber publicado unas pocas obras más, el esloveno Vladimir Bartol es lo que en música se llama en inglés un one-hit wonder, es decir, alguien que ha triunfado con una sola canción o, en este caso, novela. Ello no obstante, la extraordinaria calidad de la novela le ha asegurado al autor un lugar en la historia de la literatura por una larga temporada.

De las muchas cosas buenas que se pueden decir de Alamut, quiero empezar por señalar que estamos ante una obra que, en buena medida, está basada en hechos reales, y que, cuando no es así, se remite a leyendas reales. La más fascinante de éstas nació de la pluma de Marco Polo, quien, al contrario de lo que nos cuenta en su conocido libro de viajes, ni visitó el castillo de Alamut ni conoció al Viejo de la Montaña, pues cuando, según su propia crónica, el inquieto veneciano se presentó en el lugar, el Viejo ya llevaba años muerto, y el castillo yacía en ruinas, arrasado por los mongoles, que no conocían la palabra "inexpugnable".

Fiesta y diversión en el campamento de verano

Pero antes de entrar en detalles, permitidme que haga las presentaciones. Aquí el castillo de Alamut, fortaleza conquistada en el año 1090, con argucias y sin violencia, por Hasan-i-Sabbah, también conocido como el Viejo de la Montaña. Aquí Hasan-i-Sabbah, reformador religioso convertido al ismailismo, una facción del islam, que se pasó parte de su vida buscando nuevos adeptos a su fe con el fin de crear una comunidad cada vez mayor y más poderosa para poder hacer frente al Imperio selyúcida, su mayor enemigo. Los miembros de la secta ismaelita fundada por Hasan-i-Sabbah pasaron a llamarse nizaríes, mientras sus detractores los llamaban Asesinos, antes de que el término adquieriera el significado que tiene hoy. Todo esto parece un poco complicado, lo sé, por lo menos a los que no estamos en absoluto familiarizados con la historia del islam, y así, en las primeras ciento y pico páginas uno se pregunta si la historia irá más allá de un retrato de esta fe en aquella época. Paciencia, lector, porque al cabo de unas pocas páginas más empieza una historia apasionante.

Cuenta el veneciano que el Viejo de la Montaña había creado en el valle de Alamut un paraíso como el que la religión nos promete si servimos bien a Dios. Allí llevaba a unos pocos de sus soldados, previamente drogados con hachís, que despertaban y se encontraban en mitad de esplendorosos jardines, exquisitos manjares y, por supuesto, bellísimas y serviles huríes que atendían sus deseos con celestial devoción. Después de pasar un día en ese edén, los Asesinos volvían a despertar en la fortaleza, con la convicción ahora de que el paraíso existe y ellos tienen un lugar asignado en él. Con semejante fe, el soldado cumpliría cualquier misión que se le encomendase y abrazaría con fervor la muerte.


Durante mucho tiempo se pensó que la palabra "asesino" procedía de "hashishin" o consumidores de hachís, algo aparentemente lógico por las razones mencionadas más arriba. Hoy, sin embargo se piensa que dicha etimología es incorrecta, aunque no se sabe con certeza su origen. En cualquier caso, las misiones que debían llevar a cabo los asesinos solían consistir en tareas de espionaje y, sobre todo, matar a califas, visires, sultanes y otros peces gordos (la palabra "assassin", en inglés, ha mantenido ese significado, pues sólo se utiliza para referirse al magnicida). Huelga decir que colarse en palacio ajeno para asesinar a un jerifalte suponía la captura y muerte del asesino, por lo que estamos hablando de los primeros terroristas suicidas de la historia. En una escena crucial de la novela, Bartol nos relata con absoluta maestría una de estas misiones suicida, mientras que en otra inolvidable escena nos muestra de manera espeluznante hasta dónde llega la fe ciega de estos fedayines.

Hassan-i-Sabbah, el Viejo de la Montaña

Mientras tanto, en Dakota del Norte, los soldados de Cristo que van al campamento de Kids On Fire School of Ministry no muestran tanto desprecio por la muerte, aunque Becky Fischer traza un inquietante paralelismo, amén de una evidente generalización, al decir que los cristianos tienen la obligación de entrenar a sus hijos ya que el enemigo (entiéndase, el islam) está entrenando a los suyos. "Quiero ver jóvenes tan comprometidos con la causa de Jesús como la juventud musulmana lo está con la suya. Quiero verlos entregar sus vidas por el evangelio, como hacen otros en Pakistán, Israel y Palestina". Ahí es nada.


Jesus Camp se centra en tres de estos jóvenes soldados: Levi, Tory y Rachael, niños de entre 8 y 10 años, inteligentes, elocuentes y, la verdad, encantadores. A Tory no le gusta Britney Spears, pues su música sólo habla de tonterías sobre chicos y chicas. Ella prefiere el heavy metal cristiano. Rachael, por su parte, va por la vida predicando la Palabra de Cristo, y la vemos en la bolera entregando a una joven información sobre el Camino de Dios. Levi sueña con llegar a ser predicador, y en el campamento tiene la oportunidad de empezar a prepararse. En otro momento de la película conoce a uno de los, a la sazón, reyes del sermón pentecostal: Ted Haggard, un personaje bastante repulsivo que no tiene palabras demasiado amables para el chaval, y al que vemos lanzando filípicas contra los homosexuales. (Lo más divertido del caso es que, al poco tiempo de estrenarse la película, se descubrió que, aparte de darle a la metanfetamina, el bueno de Haggard había tenido suficientes relaciones homosexuales como para escribir un par de volúmenes. El fanatismo a veces tiene estas paradojas).

Ted Haggard predicando el odio al homosexual, antes de que lo obligaran a salir del armario

Hay que reconocer que, pese a las lágrimas que se ven obligados a derramar de vez en cuando mientras confiesan sus terribles pecados, los tres parecen unos niños absolutamente felices, lo cual puede incomodar al espectador con ideas preconcebidas. Los directores de este extraordinario documental aseguran que su intención era retratar con absoluta objetividad este aspecto de la iglesia evangélica en el que convergen, por una parte, la fe y los intereses de los mayores y, por otra, los niños. En aras de esa objetividad, no hay una voz en off narrándonos los acontecimientos y presentándonos a los personajes, sino tan sólo unos escuetos créditos en determinados momentos. Y lo cierto es que se agradece no tener que oír la resabida voz y los topicazos del Michael Moore de turno. A diferencia de los sermones moralizantes de Moore, esta película está dirigida a personas que quieren ver, escuchar y sacar sus propias conclusiones. Y las conclusiones, por lo menos en mi caso, tienen más de interrogante que de certeza.

La certidumbre que nutre la fe de los Asesinos y los niños de Jesus Camp es un elemento fundamental para su misión en la vida. Sin embargo, el Viejo de la Montaña no tiene reparos en confesar a sus más íntimos colaboradores que la verdadera certeza que ha inspirado su cruzada particular es muy otra.

¿Sabes lo que enseña nuestra doctrina como la cumbre del conocimiento? -exclamé-. ¡Nada es verdadero, todo está permitido!

Así habla Hassan-i-Sabbah a su hijo, un vividor pendenciero del que reniega con crueldad. No debe verse en esta doctrina, sin embargo, un eco de Dostoievski. Más bien al contrario, este nihilismo, en palabras del Viejo, constituye una sofisticada e íntegra fe.

La sabiduría según la cual nada es verdadero y todo está permitido es, curiosamente, un arma de doble filo, estoy de acuerdo: el triste ejemplo de mi hijo lo muestra fehacientemente. Al que no le esté destinado desde el nacimiento no ve en ella más que un revoltijo gratuito de palabras vacías de sentido. Pero el que ha nacido para ella, encuentra una estrella maestra que lo guiará toda la vida...
A primera vista, parece inevitable, al leer Alamut, pensar en los movimientos terroristas que cada día asesinan a decenas de personas. Así lo hace la escritora Kenizé Mourad en su, por decirlo de una manera suave, prescindible epílogo. En una perla impagable, nos habla la señora de "los extremistas de cualquier calaña que se matan recíprocamente agitando la bandera de la Virgen, de Mahoma, de Krishna o de Baader-Meinhoff".

Pero Alamut es una gran novela y su mensaje va mucho más allá. Hassan-i-Sabbah es un personaje infinitamente más culto y complejo que cualquier imán radical, su filosofía es más rica de lo que su célebre cita (popularizada hoy por un juego de ordenador) nos puede dar a entender, y la tormenta espiritual por la que debe pasar Ibn Tahir, el otro personaje central de la historia, no la vería un yihadista ni en mil años que viviera.

Recreación algo fantasiosa del castillo de Alamut


miércoles, 18 de mayo de 2016

Fausto


Ando estos días viendo la cuarta temporada de la excelente serie francesa Engrenages. En estos primeros episodios, el villano es un revolucionario que quiere destruir el sistema. Mientras preparan un atentado, su compañero se inquieta por la posibilidad de que en las oficinas donde lo van a llevar a cabo haya en el momento del ataque señoras de la limpieza.

-No quiero que haya víctimas -insiste.
-¡Ya son víctimas! -le responde nuestro malo, refiriéndose, naturalmente, al cruel modo en que el sistema capitalista las esclaviza.

Todos conocemos a alguien así, alguien que considera, por ejemplo, que el terrorismo no es un problema serio, pues al fin y al cabo, dicen, más gente muere en accidentes de tráfico. Es éste un razonamiento no muy diferente del de Mefistófeles ante el lamento de Fausto por su amada Margarita, alma inocente y bondadosa, condenada en prisión.

-No es la primera.

Parece que por mucho que haya mejorado su eficacia, la naturaleza del mal no ha cambiado mucho en los dos últimos siglos. De hecho, la primera característica que me ha llamado la atención de este agente del mal es lo normalito que parece, mucho más de lo que cabe esperar de alguien con el nombre de Mefistófeles. Lejos de toda pompa, pretensión y, si me permitís, endiosamiento, nuestro demonio, pudiendo presentarse ante Fausto en forma de bíblica serpiente, funesto gato negro o macho cabrío de falo hiperbólico, elige hacerlo encarnado en un lanoso perro de aguas. ¿Es por ello que en ningún momento logra inspirar temor alguno en su víctima y no merece más que su desprecio? Antes de contestar habría que empezar distinguiendo, pues Satanás sólo hay uno, pero demonios los hay a patadas.

Fausto y Mefistófeles, de Wilhelm Koller

Los clásicos son esos libros de los que creemos saberlo todo sin haberlos leído, y que invariablemente nos sorprenden cuando, un buen día, por fin condescendemos a que nos cuenten esa historia pendiente. Todos sabemos del pacto de Fausto con el diablo, pero los términos no son tan conocidos. En primer lugar, cabe señalar que en la parte compradora no figura el mismísimo Satán, sino tan sólo uno de sus ministros, con lo cual el escalofrío de horror que podía uno sentir ante semejante idea se atenúa un poco. El propio Fausto, que ya antes de este encuentro había declarado

no me afligen escrúpulos ni dudas
ni me dan miedo infierno ni demonio,

 no tiene muchos reparos al comprometer su alma por toda la eternidad, y tan sólo plantea una pequeña objeción cuando Mefistófeles le pide que lo firme con sangre.

Fausto es un hombre sediento de vida y ahíto de saber. Goza de gran prestigio como erudito, y a él se dirigen los estudiantes en busca de guía. Pero todo ese conocimiento no le ha procurado felicidad ni alegría alguna, y ahora, encerrado en su estudio y rodeado de paredes cubiertas de polvorientos libros que se le vienen encima, lamenta su destino en unos versos poderosos y fascinantes:

Se aleja y cede, el día ha terminado;
allí acude y fomenta nueva vida.
¡Si unas alas del suelo me elevaran
para acercarme a él cada vez más!
En el fulgor perenne del ocaso
yo veía a mis pies el mundo quieto,
las cimas con fulgor, en paz los valles,
el río plateado vuelto de oro.
No estorbaría a tal vuelo divino
el monte fiero, lleno de barrancos;
y ya el mar, con sus tibias ensenadas,
se abriría a mis ojos admirados.
Pero el dios Sol parece hundirse al fin;
despierta sólo nueva turbación;
me apresuro a beber su luz eterna;
ante mí, el día, tras de mí, la noche;
sobre mí, el cielo, abajo, el oleaje.
Hermoso sueño, en tanto el sol se escapa.
¡Ay, no será tan fácil que se añadan
a las alas del alma otras del cuerpo!

El pacto de Fausto con Mefistófeles, de Julius Nisle

Goethe salpica esta romántica solemnidad con el toque de humor que proporciona la vulgaridad burguesa de su discípulo Wagner, que se presenta en mitad de la declamación con su gorro de dormir y batín, y le pide a su maestro que le instruya.

¿Leía una tragedia griega, acaso?
Querría entender algo de esas artes,
pues, hoy día, resulta provechoso.
Se pondera a menudo que un actor
a un predicador puede aleccionar.

A lo que un Fausto incontenible replica:

Si no lo sientes, no lo lograrás;
si no brota del alma, y con fluidez
de fuerza original, somete, firme,
el corazón de todos los oyentes, 
¡no, ya puedes quedarte bien sentado!
¡Haz un pegote, guisa sobras de otros
festines, y reaviva las mezquinas
llamas de tu poquito de cenizas!
Admiración de niños y de monos
tendrás, si le va bien al paladar;
pero nunca darás alma a las almas
si no empieza saliéndote del alma.

Es en estas primeras escenas y en estos versos de Fausto donde Goethe señala cuál es el tema principal de su obra, que no es otra que la búsqueda de la Verdad, que algunos podrían llamar, por qué no, la Salvación, la Iluminación o ese je ne sais quoi al que tan dados eran los poetas románticos. El problema, por supuesto, es determinar la naturaleza de esa Verdad que buscamos, y dónde podemos encontrarla. Conocemos a Fausto en el momento de su vida en que constata con amargura que el camino hacia la verdad no pasa por el conocimiento. ¿Dónde buscar, pues? Invoca entonces al Espíritu de la Tierra, que le responde de esta guisa:

¿Eres tú quien, rodeado de mi aliento,
tiembla en lo más profundo de la vida,
gusano amedrentado, acurrucado?
(...) Te asemejas tan sólo a aquel Espíritu
que comprendes, ¡no a mí!
 
 El maravilloso Prólogo en el Cielo

Las reflexiones de Fausto sobre la raíz de su desesperación y el camino de su salvación, si es que éste existe, son apasionantes, y resto de la obra no vuelve a alcanzar esa intensidad poética hasta el final. Tras plantear el duelo entre Saber y Naturaleza, Fausto, que no deja de buscar una vía en la alquimia y la brujería, reivindica la Acción frente a la Palabra. No una palabra cualquiera, por cierto, sino esa Palabra que, en el principio, era, y que abre el evangelio de San Juan. Y es en ese herético momento cuando el perro de agua inicia su grotesca transformación.

Pero, ¿qué es lo que veo?
¿Puede ser una cosa natural?
¿Es sombra?, ¿es realidad?
¡Cómo se alarga, cómo se hincha el perro!
¡Se eleva con violencia;
no es figura de perro!
¿Qué fantasma he metido en esta casa!
Parece un hipopótamo
de ojos de fuego y dientes espantosos.
¡Serás mío, seguro!


Mefistófeles se ha apostado con Dios que es capaz de perder a Fausto, apuesta que el Altísimo acepta de buen grado.

MEFISTÓFELES
Permíteme, si logro mi objetivo,
que cante a voz en cuello mi victoria.
El polvo morderá, para mi gozo,
como mi tía, la serpiente célebre.

EL SEÑOR
Podrás venirme a ver con libertad:
nunca odié a los demonios como tú.
De todos los espíritus que niegan, 
el pícaro es quien menos me molesta.

Una vez se han cerrado los cielos y dispersado los Arcángeles, nuestro campechano demonio dice para sí:

De vez en cuando, es bueno ver al Viejo;
y me guardo con él de regañar.
Es un Señor tan grande, es muy bonito
que hable hasta con el diablo, tan humano.

 Los prodigios de Mefistófeles en la escena de la bodega

Este tono socarrón del demonio es uno de sus rasgos más definidos, y contribuye a dar a la obra un aire de comedia que no deja de sorprender en esta trágica historia de... Margarita, pues tal es el nombre de la candorosa joven que el nuevo Fausto se promete conquistar. El trato que ha hecho con Mefistófeles es el siguiente:

Si a un instante le digo alguna vez:
¡Detente, eres tan bello!,
puedes atarme entonces con cadenas;
y acepto hundirme entonces de buen grado;
puede doblar entonces la campana,
y libre quedarás de mi servicio:
¡párese allí el reloj con sus agujas!
¡puede acabar el tiempo para mí!

Una eternidad de esclavitud al servicio de Satanás a cambio de un orgasmo del espíritu. Dícese también Romanticismo.

Uno no vende su alma al diablo todos los días, pero, como ya he señalado antes, nuestro Fausto, al firmar el diabólico contrato, no nos da la impresión de sentirse en un punto a partir del cual no hay vuelta atrás. Es más, a lo largo de toda la obra las referencias a la eternidad son más bien escasas, hasta el punto de que el lector no llega a tener conciencia de lo que se está jugando Fausto. Tenemos así un pacto con el Diablo relativamente desprovisto de horror por los siglos de los siglos, y, abundando un poco más en ello, podríamos afirmar que el propio Mefistófeles está bastante lejos de representar el Mal Absoluto. Algo torpe en su misión, carente de ingenio y nada dado a la grandilocuencia, este demonio tiene muy poco en común con otros retratos del Maligno que podáis haber visto, y uno se pregunta si el Mal en esta obra no es más un rasgo consustancial del hombre que algo realmente provocado por un ángel caído. De ser así, el término agente del mal cobraría más sentido, pues el demonio se convierte en una suerte de mediador entre el Mal Absoluto, que suponemos encarnado en el auténtico Satanás, y el individuo. En otras palabras, Mefistófeles no es más que un mero intermediario al que se le ha encargado que busque un cuerpo huésped para alojar a un diabólico parásito. Sí, a mí también me recuerda a alguna película de ciencia ficción, pero quizá nos estemos alejando peligrosamente de ese diálogo inicial entre Dios y nuestro demonio.

 Fausto y Mefistófeles ligando en el jardín

Inseparable de la reflexión sobre el camino que debe elegir el hombre para alcanzar la Verdad, hay en Fausto también una feroz y constante crítica a la iglesia. Con el fin de conquistar a Margarita (Gretchen, en otras ediciones), Mefistófeles oculta en los aposentos de la doncella un cofrecillo lleno de joyas. Cuando su madre las descubre, decide, muy pía ella, entregárselas a la Iglesia. Mefistófeles se queja de ello amargamente, pero con su habitual socarronería:

Me daría ahora mismo a los demonios
si no fuera yo mismo otro demonio.

(...) La Iglesia tiene buena digestión;
se ha comido países
sin empacharse nunca;
la Iglesia nada más, señoras mías,
podría digerir un bien injusto.
(...) y sin dar más las gracias
que si fuera una espuerta de avellanas;
les prometió los premios celestiales
y ellas quedaron muy edificadas.

Huelga decir que el papel de la Iglesia en la obra no es hacer de contrapunto al demonio.

Del mismo modo que Fausto se nos antoja indiferente a su propio destino, vemos a Margarita debatiéndose entre su amor por Fausto y los preceptos de su moral cristiana, un debate que pocas veces conduce a buen puerto. Naturalmente, nuestro héroe acaba conquistando a Margarita y es la causa de su tragedia, pero al tiempo que los acontecimientos se cuecen lentamente, cual en la olla de alguna de las brujas que pululan por la obra, Goethe nos habla de muchas más cosas.

Esta primera parte del Fausto es de una riqueza casi inagotable, y no he hablado aquí más que de los tres o cuatro aspectos e ideas más evidentes. En la obra, repleta de inolvidables imágenes y enigmáticas alusiones, hay escenas que parecen fuera del alcance de este lector, como esa obra dentro de una obra, titulada "Sueño de la noche de Walpurgis", y que aun así tienen un enorme magnetismo. Otras, brusca y confusamente enlazadas entre sí, tienen el efecto de realzar el aire oscuro y mágico del conjunto. Me he dejado en el tintero escenas tan interesantes como son el "Preludio en el teatro", el "Prólogo en el cielo", o la imagen de ese maravilloso ratón rojo que se escapa de la boca de la pareja de baile de nuestro héroe. Fausto es una obra sorprendente, fascinante, compleja y misteriosa, pero también, según los entendidos, de una claridad diáfana si la comparamos con la segunda parte, a la que Goethe se entregó en cuerpo y alma, je je, durante los últimos años de su vida. Veremos.

Un hipopótamo de ojos de fuego y dientes espantosos

¡No soy como los dioses! Bien lo noto;
como el gusano soy, que escarba el polvo
y se nutre de polvo, y la pisada
del caminante entierra y aniquila.
¿No es polvo lo que en esa alta pared,
en cien estanterías, me sofoca?
¿los trastos, que, con tal cacharrería
me abruman en un mundo de polillas?
¿Puedo encontrar aquí lo que me falta?
¿Quizá voy a leer en tantos libros
que el hombre en todas partes se atormenta,
y ha habido uno feliz acá y allá?
¿Por qué sonríes, hueca calavera?
¿Tu seso, como el mío, se extravió
buscando el claro día, y en la sombra
erró triste con ansias de verdad?

miércoles, 27 de abril de 2016

Tren a Pakistán



Un verdadero sij se caracteriza por las cinco kas, como tuvo la gentileza de explicarme aquel sij, cuyo nombre no recuerdo, que conocí en la India. La primera de ellas es el kesh, esto es, el cabello, que, al igual que la barba, nunca se corta y se lleva envuelto en un turbante. Cuando le pregunté por qué él llevaba el pelo corto y la barba afeitada, me informó de que esa tradición depende del gurú al que profeses devoción. No he encontrado ninguna otra fuente de información al respecto, y más bien parece ser que, simplemente, algunos sijs deciden, por cuestiones prácticas, sociales o religiosas, y como sucede con uno de los protagonistas de esta gran novela, dejar de lado esa ka.

La segunda ka es el kara, una pulsera de hierro o acero. Luego viene el kirpan, que en tiempos pretéritos era una espada, pero que hoy, por motivos obvios, se limita por lo general a una pequeña daga. Viene a continuación el kanga, un peine de madera. A medida que me los describía, mi amigo iba mostrándome todos estos artículos. No así, afortunadamente, con el último, el kachehra, unos calzoncillos de algodón.

 Soldados sijs en la Primera Guerra Mundial

En un país como la India, donde la religión, o mejor dicho, las religiones, juegan un papel tan crucial y están tan presentes en cada momento de la vida cotidiana, de entre el fascinante espectáculo que ésta presenta, llama la atención del viajero el aspecto físico de los sijs. Frente a la esbeltez casi escuálida de la mayoría de hindúes y musulmanes, los sijs acostumbran ser grandes, fuertes y orondos, y no sorprende que, pese a que representan apenas un 2% de la población del país, el 20% del ejército indio esté compuesto por sijs. Su reputación belicosa, unida a su impresionante barba y su turbante, les confiere además un aire de majestuosidad que antaño los hacía ideales como guardaespaldas de grandes personalidades políticas. Sin embargo, desde el asesinato de Indira Gandhi a manos de dos de sus guardaespaldas, los sijs tienen muchísimo más difícil el acceso a un trabajo en el campo de la seguridad personal. Todavía se los puede ver, eso sí, como porteros de hoteles de lujo.


Khushwant Singh no era belicoso sino simplemente beligerante, por lo menos en algunas cuestiones, como veremos más abajo. Fallecido en 2014 a la edad de 99 años, Singh fue a lo largo de su vida uno de los escritores indios más prestigiosos, respetados y conocidos a nivel internacional, y se dice de él que tenía un sentido del humor muy fino y socarrón. De su obra leí, hace unos años, Delhi: a novel, cuyas páginas finales, que narran las terribles represalias contra la comunidad sij a raíz del asesinato de Indira Gandhi, recuerdo todavía vívidamente. Por eso mi reencuentro con él en esta magnífica novela que hoy nos ocupa es para mí motivo de gran regocijo.

Hasta 1947, la India, aparte de estar todavía integrada en el Imperio Británico, incluía también los territorios de lo que hoy son Pakistán y Bangladesh. Cuando en junio de aquel año se anunció la fecha de la independencia, el llamado Plan Mountbatten decidió atender también las demandas de la Liga Musulmana de crear un estado musulmán, que estaría situado en esos dos países. (Bangladesh, en realidad, fue Pakistán Oriental hasta su independencia del Occidental en 1971). La creación, así, de dos estados en virtud de la religión profesada por la mayoría de sus habitantes dio lugar a la que fue, indiscutiblemente, la mayor migración humana de la historia. Según el censo de la India de 1951, un total de 7.295.870 personas, entre hindúes y sijs, se establecieron en el país procedentes de Pakistán tras la Partición, mientras una cantidad prácticamente idéntica emprendió el camino inverso. Estamos hablando de 14 millones de desplazados, y huelga decir que un desplazamiento tan descomunal no estuvo exento de tragedia. Según algunos cálculos, hasta dos millones de personas fueron asesinadas en las matanzas entre religiones, y las terribles escenas descritas en la novela son absolutamente verídicas.

Tren cargado de musulmanes rumbo a Pakistán

"Llegaban de Pakistán cargados de refugiados sijs e hindúes, o de la India cargados de musulmanes. Los viajeros iban encaramados al techo de los vagones con las piernas colgando, o subidos a unas literas apretujadas entre los bogies. Algunos iban peligrosamente montados sobre los topes."

Tren a Pakistán no nos habla de los entresijos de aquel complejo proceso político, sino del modo en que la vida en una pequeña comunidad se ve afectada por las decisiones políticas tomadas a miles de kilometros, y de cómo dicha comunidad, donde siempre ha reinado la convivencia, se ve de pronto envenenada por el odio tribal. Como dice el subinspector de policía en su informe al juez del distrito:

Todo bien, de momento. (...) Por la aldea todavía no han pasado refugiados. Estoy convencido de que en Mano Majra ni siquiera saben que los birtánicos se han ido ni que el país se ha dividido en Pakistán e Hinfustán. Algunos conocen a Gandhi...

 Pero antes de adentrarse en el argumento de la obra, hay que señalar alguna curiosidad más acerca de los sijs.

 Gandhi dirigiéndose a una multitud de musulmanes a punto de partir

Aparte de las cinco kas que mencionaba al principio de la entrada, otra característica de esta comunidad religiosa es el apellido Singh, que en el s. XVII el Gurú Gobind Singh ordenó para todos los varones (a las mujeres les impuso Kaur). Si bien dicho apellido, que significa 'león', ha sido adoptado también por otras castas y fes, sigue siendo, con mucha frecuencia, un rasgo que identifica a su portador como miembro de la comunidad sij. Por ello, cuando el personaje de Iqbal llega a Mano Majra, una pequeña aldea poblada por sijs, musulmanes y tan sólo una familia de hindúes, nadie sabe con certeza a qué religión pertenece, pues Iqbal es uno de esos nombres, escasísimos por otra parte, que pueden darse en cualquiera de las tres grandes religiones de la India. Así que nuestro personaje se llama Iqbal Singh, según algunos, y Mohamed Iqbal, según otros... y según convenga a los corruptos representantes de la autoridad y la justicia, que tienen que decidir a qué bando es conveniente que pertenezca el cabeza de turco. Naturalmente, y por si fuera poco, Iqbal, joven trabajador social que ha estudiado en Inglaterra y que llega a Mano Majra, enviado por el Partido, con el objetivo de predicar el comunismo, está afeitado y no lleva turbante. Sólo la presencia o ausencia de prepucio podrá confirmar su fe.

 Camapamento para los desplazados durante la Partición


Construida de manera magistral, la tragedia en Tren a Pakistán tiene dos desencadenantes. El primero de ellos es el asesinato de un hindú a manos de unos bandidos. Iqbal, que llega a la aldea al día siguiente del crimen en el mismo tren que los policías encargados del caso, se va a convertir, pese a ello, en el principal candidato a cabeza de turco, por ser forastero, de religión escurridiza, con estudios en el extranjero y de ideas comunistas.

Pero Iqbal, que, lejos de ser carismático, se nos antoja débil y al mismo tiempo arrogante, es, no obstante, tan sólo uno de entre toda una galería de personajes a cuál más interesante. En apenas 240 páginas, Khushwant Singh consigue, con pasmosa maestría, retratar en unas pocas pinceladas a unos personajes redondos, complejos y muy cercanos a nosotros. Desde Jugga, el gigantesco e irascible bandido sij, hasta Hukum Chand, un juez corrupto, patético y viejo verde, pasando por Meet Singh, el pacífico responsable del templo, o Nooran, la enamorada musulmana de Jugga, todos y cada uno son tan humanos como reconocibles para el lector occidental, por mucho turbante que lleven y por muchas horas que sean capaces de pasar en cuclillas. (Y ahora que caigo, no me viene a la mente ninguna imagen de un sij acuclillado; ¿es posible que algo tan prosaico constituya otra diferencia entre ellos y los hindúes y musulmanes?).

El segundo desencadenante de la tragedia es la misteriosa llegada de un tren a Mano Majra. Pronto descubrimos que ese tren viene de Pakistán y está cargado de cadáveres de sijs. En la aldea no saben cómo reaccionar, y ni siquiera tras semejante atrocidad levantan la mano contra los musulmanes, pero sí empieza a hablarse de la necesidad de 'evacuarlos', siquiera de manera temporal. Desde ese momento, la gran protagonista de la novela es la tensión que se respira, que va en aumento, y que, de esos rumores iniciales acerca de matanzas al otro lado de la frontera, se ha convertido en una presencia insoportable que anuncia un desenlace que sospechamos ineludible. Poco a poco, la maquinaria de la mentira se compincha con los propagadores de odio, mientras en una escenas llenas de simbolismo, Hukum Chand, el juez, encoñado con una prostituta, observa con melancólica indolencia las peleas de las salamanquesas que se arrastran por las paredes.

 Calcuta. Tras la matanza, es la hora de los buitres

La literatura india no abunda en los catálogos de nuestras editoriales. Más allá de Rushdie y algún que otro fenómeno de ventas algo efímero, como Arundhati Roy, la literatura de ese inmenso país es una perfecta desconocida para el lector español. Por eso es tan de agradecer la publicación de una obra como ésta, tan diferente del realismo mágico de Rushdie y del exotismo de Roy. Tren a Pakistán sorprende, de hecho, por un estilo que se nos antoja muy occidental, con unos personajes, insisto, alejados de ese misticismo que algunos siempre buscan en una novela india. En ese sentido, vale la pena escuchar lo que el autor nos dice a través de Iqbal:

La India sufre de estreñimiento por haberse emppapado de tantas tonterías. Tomemos como ejemplo la religión. Para los hindúes, significa poco más que las castas y las vacas sagradas. Para los musulmanes, circuncidarse y comer carne kosher. Para los sijs, llevar el pelo largo y odiar al muslmám. Para los cristianos, hinduismo con salacot. Para los farsi, adorar el fuego y alimentar a os buitres. (...) Y el yoga... ¡El yoga, especialmente, esa maravillosa máquina de hacer dólares! Ponte cabeza abajo. Siéntate con las piernas cruzadas y, con la nariz, hazte cosquillas en el ombligo. Controla todos tus sentidos. Haz que las mujeres se corran hasta que griten "¡basta!" y tú puedas decir "la siguiente, por favor" sin abrir los ojos. Y esa cháchara sobre la reencarnación... De hombre en buey, en mono, en escarabajo. (...) Nosotros somos del misterioso Oriente. Dejémonos de hechos, la fe basta. 

Como veis, Khushwant Singh, ateo recalcitrante en un país donde la religión, valga la redundancia, es sagrada, no deja títere con cabeza. Sin embargo, pese al interés que puede tener, esa intrusión del autor no se justifica del todo en el conjunto de la obra. Tren a Pakistán no es una novela sobre la percepción que en occidente se tiene de la India. Su alcance va mucho más allá. En sus páginas, sólo los nombres de los personajes nos recuerdan que no estamos leyendo una historia sobre persecución y genocidio en Europa. O quizá es al contrario: nos demuestran que estamos ante un espejo de nuestras propias masacres. Pues no. Ni lo uno ni lo otro. El desenlace de la novela, extraordinario, nos saca de nuestro error. Singh no escribió sobre países, fronteras, colonialismo, odio o religión, sino sobre ese tema tan viejo que es el alma humana.

Caravanas de sijs emigrando al Punjab Oriental, en octubre de 1947


Aquí podéis ver un impresionante -y durísimo- documento gráfico de la Partición.

Y aquí podréis leer sobre el veto a los sijs en el campo de la seguridad personal.

miércoles, 13 de abril de 2016

Estrellas errantes, o quizá errabundas, o...



Las estrellas no caen, tan sólo vagan en busca de su destino.

La expresión yiddish blondzen no significa exactamente errar, sino algo así como "vagar en busca del camino perdido". En español, como en inglés, no existe un verbo completamente equivalente, así que para el título de Blondzende shtern tendremos que dar por buenos tanto wandering como errantes. El matiz de la frase que al principio de la historia Leibel le dice a su amada es, no obstante, muy significativo.

Valga esta pedante puntualización también para la editorial que decidiere, en el inminente centenario de la muerte de Sholem Aleichem, recuperar su novela cumbre. Así lo hizo Penguin en 2009, con motivo del 150 aniversario, y no le ha ido tan mal. En español, si no me equivoco, este libro sólo se ha publicado en Argentina, y de eso hace ya casi medio siglo. Por algún motivo que se me escapa, nuestros editores habidos y habientes han decidido que Aleichem, uno de los padres fundadores de la literatura yiddish moderna y, en cualquier caso, el hombre que terminó de dignificarla y la universalizó, no merece la atención del lector español.

Besarabia, 1920. El texto en yiddish dice: "así nos llevaba Shaye a la guardería"


Estrellas errantes comienza con dos escándalos familiares. Reizel y Leibel, las jóvenes y errabundas estrellas, han desaparecido de sus casas sin dejar rastro. La una se ha llevado su candor y su primorosa voz; y el otro, el dinero que el contable de su adinerado padre guardaba en el dormitorio. Al correr la noticia, el pequeño shtetl de Holeneshti, en la rumana región de Besarabia, se queda conmocionada. No parece tratarse, además, de una simple locura pasajera de dos adolescentes, y algunos sospechan incluso que puede tratarse de un secuestro, pues esta desaparición coincide con la partida de la compañía de teatro que a lo largo de las últimas noches ha encandilado a propios y extraños en el misérrimo poblado, y que se había interesado por incorporar a Reizel a su compañía. Comienza así una historia que nos lleva de la Besarabia de principios del siglo XX al Nueva York de antes de la Primera Guerra Mundial, pasando por Lvov, Viena o Londres (ruta casi idéntica a la que siguió el propio Aleichem cuando emigró a América huyendo de los pogromos), y que nos cuenta un pedazo de la historia de la diáspora judía tan interesante como increíble.

El interior del Grand Theatre, la primera sala construida específicamente para el teatro yiddish

Cabe imaginar que si, además de su gran talento literario, Aleichem hubiera tenido la capacidad de vislumbrar, siquiera vagamente, lo que iba a deparar el futuro, nos hubiera narrado la vida de personas como los Warner Brothers, Irving Berlin, Louis B. Mayer, o la familia Gershwin. Todos ellos, hijos de humildes trabajadores manuales judíos, huyeron con sus familias de los pogromos que los amenazaban en Rusia, Polonia, Hungría o Rumanía y recalaron en los Estados Unidos, donde con el tiempo acabaron creando Broadway y Hollywood, y transformando el mundo del espectáculo como nadie había hecho hasta entonces. Pero en aquellos tiempos, el cine estaba todavía en su primera fase de desarrollo. El verdadero espectáculo de masas era el teatro, y, dentro de la comunidad judía, el teatro yiddish gozaba de una popularidad e influencia que hoy nos cuesta imaginar, con multitudes agolpadas en las salas y unos actores principales convertidos en estrellas veneradas con locura.

 El rey Lear judío

En su origen, las obras yiddish incluían desde piezas satíricas para ser representadas durante la fiesta de Purim hasta canciones seculares, pasando por mascaradas o canto religioso. Esto siguió sin cambiar demasiado hasta que, en 1876, el poeta Abraham Goldfaden, al que habían encargado que ofreciera un recital de sus poemas en un jardín de la ciudad de Jassy, en Rumanía, extendió el programa inicial y lo convirtió en un vodevil. Pues bien, aquella actuación ha pasado a la historia como la primera representación de teatro yiddish profesional. Poco a poco, algunos autores, a remolque de la Haskalah (el movimiento ilustrado que, en los siglos XVIII y XIX abogó por la integración del pueblo judío en las sociedades en que vivían, así como por una modernización y secularización de sus costumbres) fueron explorando temas y estilos más sofisticados y profundos,y adaptando obras clásicas para el público judío. Aunque dicho movimiento abogaba también por la erradicación del yiddish en favor del hebreo, el impulso de su vertiente intelectual favoreció lo que se conoce como el Renacimiento Yiddish, en el que destacaba la figura de Aleichem.

 Mishcha Elman, modelo del personaje Grisha Stelmach, interpretando Kol Nidrei

Tras el asesinato en 1881 de Alejandro II a manos de los revolucionarios, el posterior recorte de libertades en el Imperio Ruso bajo el nuevo zar supuso un duro golpe para este teatro apenas recién nacido. Al poco tiempo de llegar al poder, Alejandro III prohibió las representaciones teatrales en yiddish, dada la imposibilidad de controlar los posibles focos de rebelión en una lengua que las fuerzas del orden no entendían. En consecuencia, Goldfaden y su troupe, junto a muchos otros, se vieron forzados a emigrar, y el hueco que dejaron fue ocupado por titiriteros que representaban obras de ínfima calidad. Éstos lograron salvar la prohibición gracias al ardid de denominar su teatro judío-alemán, que es precisamente el término que, en la novela que nos ocupa, utiliza Shchupak al referirse a su compañía, que, con esas obras simplonas y vulgares con las que Goldfaden había intentado acabar, deslumbra al shtetl de Holeneshti.

El mundo del shtetl, trasladado a Nueva York

Si Estrellas errantes hubiera sido escrita unos años antes, Holeneshti habría sido el escenario principal y casi único de la novela. Pero la primera década del siglo XX, época de cambios cruciales en todo el mundo, supuso un punto de inflexión para el shtetl, el yiddish y los judíos de la Europa oriental. Como dice Dan Miron en su fascinante e iluminador postfacio:

Mientras las historias anteriores habían retratado el shtetl de Europa oriental como un organismo social relativamente cohesionado, la nueva novela lo presentaba en un proceso de disolución y reformulación social y cultural bajo unas circunstancias completamente nuevas. Así, en lugar de limitarse geográficamente a una pequeña aldehuela judía o a una ciudad mediana de provincias situada en el corazón de la Zona de Asentamiento judío de Ucrania, la novela abarca todo el mundo askenazí en aquella era de grandes movimientos migratorios.

Del mismo modo, la elección de Holeneshti permite a Aleichem retratar ese mundo de titiriteros y sus ramplonas representaciones, pues sólo en un pueblo pequeño, remoto e inculto podía todavía triunfar ese tipo de teatro que Goldfaden había conseguido superar y que Aleichem tanto despreciaba. Al respecto de ese tipo de teatro, nos dice el narrador que sus producciones menores eran:

dramones sentimentales y tragedias mediocres con títulos tan poco habituales como 'Shminder Begetz en el Auto de fe' o 'Arráncate la blusa para mí', (...) mientras que sus piezas más intelectuales y literarias se titulaban 'Hinke-Pinke', 'La nuez de Shlyme', 'Salto en la cama' o 'Velvele come mermelada'.

Pero este conflicto entre el nuevo teatro, serio y de calidad, y el teatro popular tiene más de una dimensión. Así, una de las cuestiones centrales del libro tiene algo que ver con el habitual conflicto
 entre el judío "primitivo" y el "sofisticado", o, desde el punto de vista opuesto, el judío "puro" y el "asimilado". Al llegar a Viena, Holtzman observa que los judíos vieneses no son realmente judíos.

[Judíos] que no necesitan del auténtico teatro yiddish, judíos que corren a escuchar a Sonnenthal o se contentan con un cabaret o una tabernucha donde la gente se reúne para beber cerveza, fumar y escuchar a alguien cantar canciones tan vulgares como Chava o Todos los viernes por la noche, y luego aplauden y se relamen los dedos, a judíos como ésos habría que colgarlos de un árbol o fusilarlos (...) [Holtzman] y su nuevo socio decidieron escupir sobre esa Viena tan refinada y regresar a las provincias, a los pueblos de Galitzia, Bukovina o Rumanía, donde los judíos no habían probado el fruto del Árbol de la Sabiduría, y donde el público todavía se congregaba para ver a los actores judíos del mismo modo que correr a ver un oso, un elefante o un mono.

Es fácil advertir en esta cita cierta ambigüedad en el juicio de Holtzman, como también la hay en Aleichem, que se debate entre la esencia de la cultura yiddish y su apertura al mundo no judío.



Muchos críticos han señalado que Estrellas errantes es una novela un tanto imperfecta. Habría que matizar ese adjectivo. Gloriosamente imperfecta, podríamos decir. O épicamente imperfecta. Si los juzgamos por sus respectivas mejores novelas, no cabe duda, por ejemplo, de que, como novelista, nuestro autor era sensiblemente inferior a otro grande de las letras yiddish, Der Níster. Aleichem ha pasado a la historia sobre todo por sus relatos, y en concreto los que sirvieron de base a El violinista en el tejado. Sus escasas novelas breves, como Menajem Mendel, son de hecho muy poco novelescas, se caracterizan por la acumulación de episodios de la misma índole y en ellas, en palabras de Miron, el dinamismo del lenguaje suple al de la trama. Pese a que Aleichem era un gran lector y admirador de los grandes clásicos rusos, en Estrellas errantes, como en sus otras novelas, la trama adolece de una escasez de esos momentos dramáticos que hacen subir, bajar, girar y revolcarse a la historia, y que tanto caracterizan a la literatura rusa de la época. Da la sensación, más bien, de que, para echar a rodar la novela, el autor se sirve tan sólo del impulso de los capítulos iniciales y del cebo de la conclusión a la que todo parece llevarnos. Aleichem, que quería escribir una gran novela, sólo consiguió narrar una gran historia, trufada, eso sí, de personajes memorables.

Funeral de Zigmund Mogulesko, venerado actor que inspiró el personaje de Leo Rafalesco

Aleichem era un soberbio retratista, y su talento en esa faceta algunos lo han comparado con el de Dickens. Por ello puede sorprender que los personajes centrales, Leo Rafalesco (nombre artístico de Leibel Rafalovitch) y Rosa Spivak (Reizel), parezcan estar un tanto desdibujados. Leo, de hecho, es un auténtico soseras. Su momento álgido como personaje es al principio de la novela, cuando está aún en la edad del pavo. A partir de ese momento y de la separación de Rosa, Leo se convierte en un pelele del que todos se aprovechan. Su incapacidad para decir no, o ya para reaccionar a cualquier estímulo, lo lleva a aceptar con la mayor indiferencia el amor de una rubia despampanante, que se lo come a besos mientras él, alelado, está pensando en su amorcito. Sólo en el teatro es capaz de cobrar vida, y sólo al final de la novela, al cabo de diez años desde que las dos estrellas perdieron el rumbo, encuentra de nuevo su propia voz. En lo que respecta al escenario, Leo decide, de manera significativa, que:

 No se hable más. A partir de ahora, Rafalesco ya no interpretaría más papel que el de Uriel Acosta. Era su decisión final. No más operetas. No más melodramas. No más obras de Purim. ¡Se acabó! ¡Se acabó!

Uriel Acosta en el Grand Theatre de Nueva York (1904),

Y aquí hay que hacer un pequeño inciso para decir cuatro cosas sobre ese señor. Uriel Acosta nació a finales del s. XVI en Portugal, en el seno de una familia de judíos conversos. Descontento con el catolicismo, Acosta comenzó a interesarse por la fe de sus antepasados, aunque de manera clandestina. Es decir, que de converso pasó a lo que entrañablemente se conocía como marrano. Al sentirse perseguido por la Inquisición, se fue con su familia a Amsterdam, a la sazón un santuario de libertad religiosa, y que pronto se convertiría en el centro de la diáspora sefardí. Dedicado de pleno al estudio del judaísmo, Acosta observó con disgusto que los rabinos se centraban en cuestiones puramente rituales y legalistas que tenían escaso fundamento bíblico. La publicación de su libro Un examen de las tradiciones de los fariseos constituyó un escándalo en la comunidad judía. El libro fue quemado en público y Acosta fue excomulgado. Tras huir a Hamburgo, volver posteriormente a Amsterdam, pedir perdón y hacer propósito de enmienda, Acosta se vio incapaz de reprimir su propia naturaleza racionalista. No se contentó con sus críticas al judaísmo, sino que llegó a afirmar que toda religión es un invento de los hombres. Como castigo por hereje, recibió treinta y nueve latigazos en la sinagoga portuguesa de Amsterdam. A continuación, le obligaron a tumbarse a la puerta de la sinagoga y dejar que toda la congregación pasase por encima de él. Humillado de esta manera tan inhumana, Acosta acabó suicidándose. Dos siglos más tarde, el autor alemán Karl Gutzkow escribió la obra teatral que, interpretada por Adolf von Sonnenthal, encandila a Leo hasta el punto de negarse a interpretar otro papel.

Sonnenthal en la Enciclopedia Judía

La sombra de Acosta, al mismo tiempo hereje, mártir y precursor de Spinoza, se extiende de principio a fin sobre Estrellas errantes. El dilema y la tragedia que representa este personaje son los mismos que observamos en tantas obras de la literatura yiddish. Se trata del conflicto que enfrenta la libertad del individuo y su identidad como judío. En esta ocasión, no obstante, el foco apunta al conflicto del artista judío y su identidad en un mundo hostil, y éste, digámoslo aunque sea de pasada, es probablemente el tema central de la novela. Dice Meyer Stelmach a su buen amigo al respecto de Rosa Spivak:

Después de todo, somos judíos en un mundo cristiano. Pero eso no la convenció. Un gentil es un gentil y un judío es un judío. A mí me encanta ser judío, de verdad, con todo mi corazón. Me encanta el teatro judío, la comida judía, como sabes, me encanta el yiddish, tengo un hogar judío, y mi mujer, que Dios le dé larga vida, es una mujer kosher, mis hijos, a Dios gracias, son judíos, y más allá de eso, debo insistir en que, si mi Grisha fuera al barrio judío y pisara un escenario judío o entrara en una sinagoga, sería el final, lo perderíamos todo, ya no sería el héroe de la comunidad. ¡Se acabó Grisha Stelmach! Y lo mismo le pasaría a Rosa Spivak. Mientras esté entre gentiles, aunque todos sepan que es judía, los judíos ricos irán corriendo a oírla cantar. Pero si hiciera el tonto y actuara sólo para judíos, dirían: '"¿qué? Así que eres de los nuestros, ¿qué tienes de especial?" Al final conseguimos convencerla para que al menos se pusiera un tupido velo y que nadie la reconociera.

Si fuera judío, me atrevería a bromear sobre lo retorcido del razonamiento. Por otra parte, también Rafalesco reflexiona sobre la condición del artista judío.

Muchas cosas quedaron claras. Existían escuelas donde podías aprender a  ser actor, pero no había ninguna para judíos. Existían filántropos que entregaban fortunas al mundo de las artes, pero no había nacido ninguno para los judíos. No teníamos escuelas para artistas judíos, ni profesores, ni textos, ni alfabetos, ni filántropos, ni arte. Teníamos teatros, actores, talento, grandes y brillantes estrellas cuya luz llegaba lejos, mucho más allá del escenario judío, hasta la nación de los gentiles. Y a veces sucedía que éstos oían hablar de una de estas estrellas. Se llegaban hasta el teatro judío, se sonreían mutuamente y se pegaban a esa estrella hasta seducirla para que se fuera con ellos, y así ésta se perdía por siempre para el escenario judío.

Escena de una opereta yiddish, género muy popular en Europa oriental y denostado por Aleichem

El otro personaje central es, en teoría, Rosa Spivak, la amada de Leo. Si como hemos dicho, Leo es, durante la mayor parte de la obra, un soso algo pánfilo, Rosa se nos muestra como una chica más espabilada y ambiciosa. Aleichem quiso retratar en ella la nueva mujer judía. Ya no había sitio en la literatura yiddish para la "hija judía", modosita, obediente y que se casa con quien elijan sus padres.

No amo a nadie, ¡a nadie! Hago lo que me apetece en cada momento, lo que me dicta el capricho. Las preocupaciones de los demás son un chiste para mí. La tragedia ajena, un juego.

Rosa, a quien Aleichem da ojos de gitana, toma las riendas de su propia vida, aun a sabiendas del precio que tendrá que pagar. El problema es que casi toda la información acerca de Rosa se nos muestra de forma indirecta, bien sea a través de otros personajes o mediante el recurso facilón del intercambio epistolar. Miron sugiere que ello se debe a que Aleichem, conocedor en profundidad del mundo del teatro yiddish, apenas tenía unas vagas nociones del mundo de la música profesional al que Rosa se dedica. A mí la explicación no me convence, y me inclino a pensar que Aleichem nunca llegó a tomar la medida a la novela larga. Esto se puede observar al final de la novela, con un desenlace impecable desde el punto de la trama, pero empobrecido, una vez más, por el recurso del intercambio de cartas.

Escena de la adaptación al teatro de Estrellas errantes

Dejemos de lado, pues, a nuestros enamorados, y señalemos que la verdadera grandeza de esta novela radica, en primer lugar, en su impresionante galería de personajes secundarios, muchos de los cuales son mucho más complejos e interesantes que los principales. Qué decir,  por ejemplo, del sinvergüenza secuestrador devenido empresario Hotzmach / Holtzman, primero irritante, luego entrañable, finalmente trágico. O de la enamoradiza celestina Breyndele Kozak. O la tontaina y maquinadora Henrietta Schwalb. O todos esos empresarios teatrales, artistas y buitres que sobrevuelan todo lo que huela a dinero.

En segundo lugar, por supuesto, está la manera en que Aleichem consigue narrar, a través de tantas historias personales, la emigración de los judíos de Europa oriental a tierras americanas, así como la descripción de ese mundo depauperado pero lleno de sueños en el que vivían. Para el propio Aleichem, la relación con América fue siempre algo ambivalente. Por una parte, el escritor sentía admiración por una tierra que daba acogida y permitía prosperar al recién llegado. No olvidemos que nuestro autor llegó a Nueva York apenas un año después del pogromo de Kiev, y tres del de Kishinev, en Besarabia.

América es, Dios la bendiga, una tierra de libertad, más libre incluso que Londres. Aquí cada uno hace lo que quiere. Llegada la Pascua, uno se va a la sinagoga, otro se va a trabajar en una tienda. En Yom Kippur o Kol Nidre, uno llora en el Ya'ales, otro va a un baile, baile de Yom Kippur, se llama. Un grupo de jóvenes se reúnen y, con su cerveza y sus salchichas de cerdo, hacen las paces con el viejo Dios de los judíos por Sus malas acciones, por Sus decretos y Sus pogromos, y Le cantan las cuarenta, para que no se olvide hasta el próximo Kol Nidre. ¡Si hablamos de un país libre, aquí es donde puede hacer lo que quieras!


 Víctimas del pogromo de Kishinev

Aleichem, comparado en ocasiones, como hemos visto, con Dickens, llegó a América con grandes esperanzas. Era ya un escritor respetado y querido en Europa oriental, y ahora quería triunfar en el teatro yiddish, que en Nueva York era un género ya plenamente consolidado. De hecho, el Grand Theatre y el People's Theatre, de Jacob Adler y Boris Tomashefsky respectivamente, ambos, al igual que Aleichem, nacidos en Ucrania, gozaban ya de un prestigio y una calidad muy superior a la que tenía el teatro yiddish en Europa. Se recibió a Aleichem con gran expectación, pero algunos comentarios un tanto condescendientes por parte de éste predispusieron al público en su contra. Su estreno simultáneo con sendas obras en aquellas dos grandes salas fue un fracaso en toda regla. Apenas unos meses después, deprimido y humillado, Aleichem regresó a Europa. La experiencia, no obstante, le fue de gran utilidad cuando, dos años más tarde, empezó a escribir Estrellas errantes, donde incorporó una escena muy parecida a la que le había tocado sufrir en persona.

Comenzada la Primera Guerra Mundial, un Aleichem pobre y enfermo, que llevaba tiempo sobreviviendo gracias a la ayuda de amigos y admiradores, regresó a los Estados Unidos, donde firmó un contrato con un periódico, lo cual le garantizaba unos pequeños ingresos fijos. La muerte de su hijo en Europa, a quien no habían dejado entrar en el país por la tuberculosis que sufría, terminó de hundir a Aleichem, que moría también de tuberculosis un año más tarde. Quizá como irónico símbolo del destino del artista judío, Aleichem, abucheado diez años antes, congregó en su funeral a más de cien mil neoyorquinos.

Funeral de Sholem Aleichem, en Nueva York.


Os dejo unos enlaces (en inglés, por supuesto). Uno, sobre la vida y obra de Sholem Aleichem, y los otros, como muestra de la pasión que aún hoy sigue despertando el teatro yiddish.

jueves, 31 de marzo de 2016

El hombre y el oso


El amor por la naturaleza, como todos los amores, puede derivar en pasión, convertirse en obsesión, rebajarse a fanatismo y acabar en locura.

Timothy Treadwell era un chico normal, de familia de clase media, bueno en los estudios, excelente nadador, que un día se juntó con gente poco recomendable y empezó a darle a la bebida y las drogas. El problema se agravó cuando en un casting para hacer de camarero en la serie Cheers quedó por detrás de Woody Harrelson. Hundido en la depresión, Treadwell estuvo a punto de morir por una sobredosis de heroína. En ese momento, un amigo lo convenció de que hiciera un viaje a Alaska para alejarse del ruido y el mundanal vicio. Treadwell le hizo caso y en Alaska tuvo su primer encuentro con un oso grizzly, experiencia que, según él mismo, le salvó del mundo de las drogas y le reveló su destino. Por fin sabía para qué había venido al mundo.

Moriré por estos animales. Moriré por estos animales. Moriré por estos animales.

Treadwell pasó hasta trece veranos en el alaskeño (?) Parque Nacional de Katmai, y con sus documentales, entrevistas y charlas en los colegios, se hizo famoso tras labrarse una reputación como excéntrico ecologista, intrépido aventurero y, por supuesto, amante de los osos, de los que se consideraba, frente a la presunta incompetencia de las autoridades, el verdadero ángel guardián. Finalmente, Treadwell murió devorado por un oso. Con estas premisas, su inmenso talento y las grabaciones de Treadwell, Herzog nos narra una de sus inquietantes incursiones en el alma humana.


 En mis años más radicalmente ecológicos, yo ponía la vida de una foca o un lobo por encima de la de quienes los matan. Hoy, aunque sigo despreciando la caza o las corridas de toros, creo que he aprendido a ver las cosas en su justa medida. Algunos llaman a eso madurar; otros, hacerse conservador. La obsesión de Treadwell por los osos, como suele suceder con los que llevan la defensa de la naturaleza hasta el fanatismo, se fue manifestando en una creciente suspicacia hacia los humanos que desembocó en paranoia y hasta odio. Un momento muy revelador acerca de este comportamiento paranoico tiene lugar cuando Treadwell contempla, oculto y desde la distancia, a un grupo de hombres que ha venido a observar a los osos, sus osos. Estos observadores son conscientes de que están en "territorio Treadwell", y de hecho en otra toma vemos que nuestro protagonista, si bien sigue manteniendo respecto a ellos la distancia que debería mantener ante los osos, por lo menos ya no se oculta. Cuando los observadores se han ido, nuestro héroe nos muestra una inscripción que han dejado grabada en un tronco: hi Timothy, see you next year. Y según Treadwell, ese saludo no es nada menos que una amenaza. A continuación, nos enseña un "smiley" que han dibujado en una roca. Los ojos de este smiley, nos dice Treadwell, lo miran con odio.



En el documental sólo conocemos al Treadwell veraniego, como si, al igual que los osos, pasara largas temporadas hibernando. Presumiblemente, durante el resto del año se dedicaba a editar sus vídeos (llegó a grabar hasta cien horas) y a la concienciación social sobre los presuntos problemas del oso. Hay que hacer hincapié en la palabra presuntos porque el oso grizzly en Alaska no está en absoluto en situación de peligro. Treadwell afirmaba que estaba solo en la lucha contra la caza furtiva, (también afirmaba que pasaba los veranos completamente solo con los osos, aunque parece ser que eso era una mentirijilla para ayudar a construir su propia leyenda) pero los oficiales del parque afirman que nunca había habido un solo caso de furtivismo en la zona. Asimismo, frente a su reivindicación como defensor de los osos, el director del museo Alutiiq responde en el documental que Treadwell hizo más daño que bien a los grizzlies. "Intentó ser un oso", dice, "intentó comportarse como un oso, y los que vivimos en la isla, sabemos que eso no se hace, no puedes invadir su territorio". Al hacer que los osos se acostumbren a la presencia humana, añade, Treadwell en realidad ayudaba a los cazadores furtivos. Esta actitud irresponsable la hemos visto muchas veces, por ejemplo cuando supuestos defensores de los animales liberan cientos de visones en un habitat que no es el suyo, lo cual podrá ser bueno para su propio ego, siempre por encima del bien y del mal, pero es funesto para el equilibrio ecológico.

Jewel Palovak observa a Herzog, que escucha la grabación de la muerte de Treadwell

Cualquiera que conozca a Werner Herzog, director de Fitzcarraldo, Aguirre, la cólera de Dios o El enigma de Kapasr Hauser, sabrá perfectamente, aunque no la haya visto, que Grizzly Man no es una película sobre osos. Es más, me atrevería a afirmar que ni siquiera es una película sobre Timothy Treadwell. O no sólo. Más bien es una reflexión sobre la relación del hombre con la naturaleza, sobre la percepción, equivocada o no, que tenemos de ésta, así como una historia sobre uno más de esos hombres que encuentran en el mundo salvaje un refugio contra la sociedad, o, de manera algo más perturbadora, buscan refugiarse de sí mismos, personajes límite que tanto fascinan al director alemán.

 Lo único que queda de él son sus grabaciones. Y cuando vemos a esos animales disfrutando de ser ellos mismos, en su gracia y su ferocidad, una idea se vuelve cada vez más clara. No se trata tanto de una mirada a la naturaleza como a nuestro interior, a nuestra propia naturaleza. Y para mí, eso es lo que da valor a su vida y su muerte. 

Amie Huguenard, compañera de Treadwell, frente al oso que probablemente los mató

Leyendo las críticas de esta excelente película, uno se pregunta si no somos un tanto cínicos al calificar a Treadwell de loco e irresponsable. En primer lugar, es absurdo no reconocer el mérito de haber sobrevivido trece veranos junto a estas criaturas. El grizzly de Alaska es, junto con el oso polar, el oso más grande del mundo. Un macho grande fácilmente puede pesar 600 kilos y, si se pone de pie, llega casi a los tres metros de altura. Se trata, en definitiva, de uno de los depredadores terrestres más poderosos que existen. Treadwell, sin embargo, se acerca a ellos, los espanta si advierte intenciones hostiles, y llega a acariciar a los oseznos. Algunas de las imágenes grabadas por Treadwell, como la impresionante pelea entre dos machos, son dignas de los mejores profesionales de la BBC, y no cabe duda de que pocas personas han logrado pasar tanto tiempo tan cerca de estos osos. Además, como señala Herzog, aquel año, en lugar de partir al final del verano, Treadwell se quedó hasta entrado octubre. El oso que lo mató había llegado a esa zona del parque hacía poco tiempo, no "conocía" a Treadwell, estaba hambriento y necesitaba acumular grasa para el invierno, que estaba ya muy próximo. Podría decirse, pues, que Treadwell murió más por un descuido o por un exceso de cofianza, que por un comportamiento suicida.


 Un Treadwell delirante mandando a tomar por saco a las autoridades que intentan restringir su actividad

 Por otra parte, y contrariamente a lo que nos quiere dar a entender, no puede decirse que Treadwell llegara a interactuar con los osos. A lo sumo, éstos lo toleran, lo observan con curiosidad y quizá recelan de él, asombrados de que algo que parece comestible no salga huyendo al verlos. Pero por mucho que nuestro héroe les declare su amor eterno e incondicional, los osos se empeñan en no corresponderle.

Los seres humanos, sobre todo los que amamos a los animales, tendemos a proyectar en éstos las cualidades de nosotros mismos que nos parecen más admirables: la lealtad, la amistad, el amor filial o el sentido de la justicia, entre otras. Cualquier vídeo en el que veamos a un animal salvaje mostrar algo parecido a nuestras virtudes más nobles se convierte en viral de inmediato, y todos decimos entonces qué malas somos las personas y qué bondadosos e inocentes los animales. En ese esquema tan simple no cabe la realidad, que nos mostraría a depredadores devorando a su presa mientras ésta aún patalea; a orcas que matan a un ballenato para luego no comerse más que una aleta, a machos rivales de leones, tigres u osos matando a las crías de las hembras con las que quieren aparearse, o a prácticamente cualquier especie animal cometiendo actos que, entre los humanos, nos parecerían de una crueldad indescriptible. Naturalmente, los animales no son crueles... como tampoco son "buenos". Eso es lo que algunos amigos de los animales, como Timothy Treadwell, son incapaces de ver. Cuando unos lobos matan a una cría de zorro, un Treadwell desconsolado acaricia el cadáver de éste mientras le dice "te quise mucho, gracias por dejarme ser tu amigo".

No puedo dejar de pensar en que, en el rostro de todos los osos que Treadwell filmó, no puedo hallar ni rastro de solidaridad, de comprensión, de piedad. No veo más que la sobrecogedora indiferencia de la naturaleza. Ese supuesto mundo secreto de los osos, sencillamente, no existe, y esa mirada vacía no me revela más que un aburrido interés en la comida. Sin embargo, para Treadwell este oso era un amigo, un salvador.

En otras palabras, el oso Yogui no existe. Estos bichos matan.



Timothy Treadwelly Amie Huguenard, unos días antes de morir


Una de las escenas más inolvidables de la película es aquella en la que vemos a Herzog, de espaldas, escuchando la grabación que, de manera casual, recogió el ataque del oso a Herzog y su acompañante, a los que devoró. Jewel Palovak, antigua amiga y compañera de Treadwell lo observa sobrecogida. Al concluir, Herzog le pide que no escuche jamás esa grabación. Es más, le dice, debería destruirla. Ella le responde que así lo hará. No llegó a hacerlo, sino que decidió guardarla en una caja de seguridad en un banco. Desconozco si antes de eso alguien hizo una copia, pues es muy fácil encontrar supuestas grabaciones del horroroso ataque. Siempre me niego a ver vídeos de muertes, en primer lugar por respeto a la víctima, y en segundo lugar, por respeto a mi propia sensibilidad. Sin embargo, equivocadamente, pensé que una cinta de audio no podría ser tan perturbadora. Pues lo es. Y ni siquiera sé si es auténtica. 

Tráiler oficial de Grizzly Man

En definitiva, película fascinante. Herzog en estado puro.

Si Dios existe, estará muy orgulloso de mí. Si viera cómo los quiero... Es una buena obra... Moriré por estos animales. Antes no tenía vida. Ahora tengo una vida. (Timothy Treadwell)

Creo que el común denominador del universo no es la armonía sino el caos, la hostilidad y el asesinato. (Werner Herzog)


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