viernes, 16 de junio de 2017

Feminismo y literatura líquida


Siempre he encontrado muy cargante esa frase tan manida, y que tanto gusta a algunos escritores, acerca de las novelas que cobran vida propia. Admito, no obstante, que quizá sea injusto y que existe la posiblidad de que la frase sea cierta. Bien. En ese caso, los que me cargan son esos propios escritores que, con su presuntuosidad disfrazada de modestia, pretenden darnos a entender que han creado una especie de artefacto mágico, una criatura de tan gran inteligencia que ha superado a su mismísimo creador.

Si la frase es cierta, podemos comparar las novelas con pajaritos que abandonan el nido y emprenden el vuelo, pues ya no les basta con los gusanitos ni los ratones regurgitados que les trae su autor. Se van y no los volvemos a ver... hasta que un día regresan y se posan en la rama de un árbol junto a nuestra ventana. Es en ese momento cuando el autor, con lágrimas en los ojos, exclamará, ¡hija mía, te has convertido en un soberbio pelícano ceñudo!, mientras que sus hijos, entre carcajadas, dirán ¡pero, papá, si es una chova piquigualda!

  Una grulla, una cigüeña, un gorrión, un cuervo...

Tal y como se insiste a lo largo de El cuento de la criada, el contexto lo es todo. Así, es posible que la distopía casi de ciencia ficción que leyó mi esposa en Inglaterra en sus años de instituto para la clase de literatura (escuela pública, por supuesto. Qué envidia, ¿no?) tenga muy poco que ver con el retrato de nuestro mundo que acabo de leer yo.

Desde el momento de su publicación, allá por 1985, muchos, o, mejor dicho, muchas, se han empeñado en considerar esta obra un ejemplo de literatura feminista. A servidor, que en el momento de escribir estas líneas anda influido por las contundentes Opiniones contundentes de Nabokov, le interesan estos días bien poco las escuelas y movimientos literarios, así como las novelas que tienen una función social. De ello se deduce que si la novela me ha gustado es porque no se trata (o, por lo menos, no esencialmente) de un alegato feminista. Lógica cartesiana.


De hecho, la propia Atwood negó en su día que la República de Gilead, escenario de la historia, fuera una distopía puramente feminista. Aunque "si se refiere usted", le aclara al entrevistador que le formula la eterna pregunta, "a una novela en la que las mujeres son seres humanos -con toda la variedad de personalidad y comportamiento que ello implica-, son interesantes e importantes, y lo que les sucede es crucial para el tema, la estructura y el argumento, entonces sí. En ese sentido, muchos libros son 'feministas'." Cartesiana lógica.

Aduce la autora que, de ser ese tratado ideológico que algunos creen ver, la novela, en primer lugar, nos mostraría un mundo en el que todos los hombres, en cualquier nivel de la escala social, tienen más derechos que las mujeres. Por el contrario, estamos ante una sociedad organizada como cualquier dictadura pura y simple: una pirámide en cuya cima se sientan los poderosos de ambos sexos, y unos estratos inferiores donde se repite la misma situación, si bien en cada estrato la cuota de poder de él será mayor que la de ella. Cabe añadir que, en una novela puramente feminista, probablemente no encontraríamos tantas cabroncitas entre los personajes. Cabroncitas, todo hay que decirlo, sacadas de la realidad, como veremos más abajo.



Por lo visto, otra de las preguntas recurrentes que la sufrida Atwood tiene que responder cada vez que se habla de El cuento... se refiere al presunto carácter antirreligioso de la obra. Francamente, me parece una suposición bastante tonta y no creo que valga la pena hablar de ello. Más interesante es la tercera y última de esas imaginativas preguntas que periodistas y lectores creen imprescindible formular para asegurarse de que leen la obra de manera correcta, es decir, la "entienden", y levantan la vista del papel en el momento preciso y con la mirada en su punto justo de cavilación. A saber, ¿se trata de una predicción?

Qué memez, les quiere responder la autora, más capaz de morderse la lengua que yo. Nadie puede predecir el futuro. Y sin embargo, la pregunta es interesante, tanto más cuanto que... Pero vayamos por partes.



Atwood comenzó a escribir la novela en el orwelliano año de 1984, mientras se encontraba en Berlín, ciudad a la sazón amurallada, en una estancia salpicada por frecuentes viajes a los países del bloque del este. Confiesa que ciertos aspectos de aquel mundo de recelo, espías, elocuentes silencios, bruscos cambios de tema, contorsionismo lingüístico para decir cosas sin decirlas y, por otra parte, edificios a los que se da un nuevo uso ("esto era una biblioteca", "aquí antes vivía fulanito, pero un día se fue y no volvió"), influyeron en la novela que estaba escribiendo. También influyó, sin duda, la política norteamericana de aquellos años, los del apogeo de la Nueva Derecha y la Mayoría Moral, fundada ésta en 1979 y cuyo mayor esplendor coincidió con el mandato de Reagan. No hay ganas hoy de hablar de ese movimiento, pero sí vale la pena mencionar a un personaje como Phyllis Schlafly, activista antifeminista que, entre otras lindezas, hizo campaña contra la Enmienda de Igualdad de Derechos (que finalmente nunca fue ratificada), que presumía de cancelar sus discursos si su marido consideraba que había pasado demasiado tiempo fuera de casa, y que negaba la posibilidad de violación dentro del matrimonio. Cuando se casa, decía, la mujer da su consentimiento a las relaciones sexuales. Es decir, que a nadie se le ocurra decir que los personajes femeninos tan cabroncetes de los que hablábamos más arriba son inverosímiles o exagerados.

Dentro del matrimonio, no se puede hablar de violación

El contexto, ya lo hemos dicho, lo es todo, y el contexto en el que se gestó esta novela era el de un mundo de reaganismo ultraconservador por un lado, y de dictaduras comunistas por el otro. Y parece ser que , treinta años después de su publicación, El cuento de la criada es el libro de moda estos días, a raíz, evidentemente, de la serie de televisión que se ha estrenado recientemente. Yo aún no la he visto, pero confieso que me decidí a leer de una vez este libro para así poder ver la serie con la mente pura que nos gusta tener a los esnobs. Ya sabéis: ¿leer el libro después de la serie? ¡Qué ordinariez!


En cualquier caso, aunque no son pocos los que se han apresurado a ver en la llegada de Trump al poder una confirmación de los poderes adivinatorios de la autora, lo cierto es que, en lugar de predicciones, Atwood insiste en que no introdujo en su novela absolutamente nada que el ser humano no hubiera hecho ya. En efecto, las ejecuciones ejemplarizantes, los linchamientos, la imposición de un modo de vestir determinado para cada casta y clase social, la prohibición de la alfabetización, la ilegalización de los métodos anticonceptivos y el aborto por cuestiones demográficas, el destierro de condenados y parias a regiones remotas casi inhabitables, la lectura sesgada y radical de los textos sagrados, o el robo de bebés para beneficio de oficiales de alto rango son, entre otras, algunas de las características del mundo descrito por Offred (en español, Defred), la criada y narradora de este cuento. Como veis, nada nuevo bajo el sol. No obstante, entre Trump, Orwell y el feminismo, me faltaba algo en las reseñas y artículos que he encontrado por la red, así que me puse a buscar otra vez, esta vez gugleando las palabras pertinentes, es decir, haciendo una búsqueda menos espontánea y más "forzada".


El precio depende... Si tiene ojos azules, será diferente

Me consuela saber que no soy el único que al leer El cuento de la criada ha pensado en el nuevo radicalismo asesino que impera hoy en algunas desgraciadas zonas del mundo. La República de Gilead existe, y es un infierno aún peor que el que nos presenta Atwood en esta gran novela...

... de la cual, por cierto, no he dicho nada.

lunes, 29 de mayo de 2017

Los hermanos Ashkenazi


La ortodoxia siempre es relativa. Cuando vivía en Mánchester, fui un día con mi esposa y mi suegra a Prestwich, localidad en la que, junto con la vecina Whitefield, se concentra la segunda mayor comunidad judía del Reino Unido. Era el día del Sabbat, e íbamos a visitar a un primo lejano de mi suegra con quien ésta no se había visto nunca.

Como los judíos no tienen permitido conducir en Sabbat, éste es el día perfecto para dar un paseíto en coche por la localidad, observando tranquilamente la ciudad y sus habitantes. En Prestwich se encuentra una de las mayores comunidades de judíos hasídicos, de quienes ya he hablado en alguna ocasión, y la verdad es que es francamente interesante conocer de primera mano ese mundo, aunque sólo sea de una manera superficial. Así, por sus calles uno puede ver no sólo esas levitas negras llamadas kapoteh, o los típicos sombreros que los gentiles asociamos con la ortodoxia, sino incluso esos grandes sombreros de piel de castor propios de los hasídicos, atuendos que parecen salidos del siglo XVIII, y mujeres con peluca sobre un cráneo quizá rapado.

La visita a la casa de D., el primo de mi suegra, fue igualmente interesante. D. emanaba cierto aire de joven patriarca, sentado en su sillón, con su esposa tras él y sus hijas a sus pies escuchando con devoción cada una de sus palabras. La comida, exquisitamente kosher, estuvo precedida de una larguísima oración y lectura en hebreo, interrumpida por un comentario que hizo mi esposa acerca del gato que no fue muy bien recibido.

Por las calles del Gran Mánchester

La sobremesa nos permitió mostrar nuestra admiración por el ingenio de un sistema de encendido de luces programado a una determinada hora, dado que en el Sabbat no se puede apretar un interruptor. La conversación, acabados los cotilleos y la puesta al día con las últimas noticias familiares, empezó a girar alrededor del judaísmo, y fue en ese momento cuando, en una de las escasísimas intervenciones espontáneas que se permitieron las mujeres de la casa, una de las hijas dijo: "eso sólo lo hacen los del gueto". Podéis imaginar nuestra estupefacción. Mi suegra, que creció en un ambiente judío, nos comentó más tarde que nunca había visto en Inglaterra una familia tan ortodoxa como aquélla, y sin embargo, ellos mismos no sólo se consideraban "progresistas", sino que incluso utilizaban un término de tan infausto recuerdo como "gueto" para referirse a sus correligionarios "atrasados".

La visita, en fin, terminó con una nueva metedura de pata por parte de mi atea esposa, que pidió un bolígrafo para apuntar el teléfono de la familia. ¡Escribir en Sabbat!

Pensando en Los hermanos Ashkenazi me ha venido a la mente este recuerdo. Si tiene algo que ver o no con la novela, todavía no lo sé. Ya me diréis vosotros.

Israel Yehoshua Singer

La verdad es que, después de leer La familia Karnowsky y esta novela que os traigo hoy, creo que habrá que reconsiderar quién de los dos Singer es hermano de quién. ¿I.B. o I.Y, el pequeño o el mayor, el longevo o el malogrado? Hasta hace bien poco, no se podía hablar de Israel Yehoshua sin aclarar que se trataba del hermano de Isaac Bashevis, autor relativamente popular y ganador del Nobel (fijaos si no en este y este titular). De un tiempo a esta parte, no obstante, la figura del primero ha empezado a recobrar parte del prestigio que gozó en vida (en 1936, año de su publicación, Los hermanos Ashkenazi fue líder de ventas en los EEUU junto a Lo que el viento se llevó), y algunas editoriales, como nuestra querida Acantilado, han decidido recuperar sus novelas más emblemáticas.

En todo caso, al igual que los propios Ashkenazi, los dos Singer no podrían tener una visión del mundo más diferente. Así, mientras Isaac Bashevis siempre trató el -en la literatura yiddish- inevitable tema del judaísmo desde dentro, mostrándonos la atormentada conciencia de unos personajes en lucha constante y descarnada con el Creador, su hermano Israel Yehoshua acompaña a los suyos en el duro viaje que emprenden para relegar a un segundo plano su judaísmo y asimilarse a una sociedad que, de otro modo, nunca los acabará de aceptar. Del mismo modo, mientras I.B nos regala inolvidables retratos de la vida en el shtetl, para I.Y la aldea judía no pasa de ser una nota a pie de página, el recuerdo, a veces vergonzoso, del humilde origen de un ambicioso emprendedor.

Anclado como está en un estilo realista, heredero del Mann de Los Buddenbrook, Singer toma como punto de partida, sin embargo, un viejo motivo procedente de los cuentos populares: el de los dos hermanos cuyas vidas toman rumbos opuestos desde el momento mismo del nacimiento. Simha es un recién nacido menudo y enclenque, de pelo ralo y cráneo estrecho, que llora con agudos chillidos. Su hermano Jacob, por su parte, es grande y robusto, con una cabeza de recio pelo negro, y que berrea como una mula. Desde ese momento, el mayor empezará a sentir que la vida guarda sus sonrisas para su hermano, y que todo lo que él desee alcanzar tendrá que currárselo trabajando como un... ¿judío? Veamos.

Fábrica de algodón de Israel Poznanski, puntal de la industria textil de Lodz

Uno de los aspectos más logrados de esta apasionante novela es, como sucedía en La familia Karnowsky y el Berlín de entre guerras, el retrato de una época y un lugar. Aquí se trata de la ciudad polaca de Lodz a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX y hasta el comienzo de la Gran Guerra.

Con la anexión en 1831 del Ducado de Varsovia al Imperio Ruso comienza el gran crecimiento de Lodz, gracias, sobre todo, a la llegada de inmigrantes alemanes y judíos. Ésta es, de hecho, la escena que abre la novela:
Por los polvorientos caminos que desde Sajonia y Silesia descienden hasta Polonia, una insólita procesión de carruajes repletos de hombres, mujeres y niños, cargados con todas sus pertenencias, atravesaba pausadamente prados y bosques, pueblos y aldeas, saqueados y devastados por las recientes guerras napoleónicas. (...) Ya fueran ricos o pobres, todos ellos coincidían en una preciada posesión: un lustroso telar de madera atado a cada carro o carromato.
Nace así la industria textil de una ciudad que, desde ese momento, en virtud de un vertiginoso desarrollo económico, pasó de los dos centenares de habitantes que tenía en 1793 a 13.000 en 1840, y de ahí a 500.000 justo antes de la Primera Guerra Mundial. Lodz se ganó así el sobrenombre del Mánchester polaco, y el éxito de esa industria se debió en gran medida al trabajo y al carácter emprendedor de los empresarios judíos, de los que Simha Ashkenazi, el gran protagonista de la obra, es un ejemplo memorable.


Un mundo desaparecido: el Lodz judío antes de la Segunda Guerra Mundial

En las páginas de Los hermanos Ashkenazi, asistimos, pues, en primera fila, al proceso de construcción de esa industria y a las repercusiones que tuvo para la sociedad. Como en otras grandes novelas de las que ahora, por supuesto, no puedo recordar un solo título, I.Y. Singer nos muestra el modo en que los personajes se ven zarandeados por los bandazos de la historia y de unas fuerzas incontrolables. Esas fuerzas son el Imperio Ruso, el auge de los movimientos revolucionarios, la lucha por los derechos laborales y, finalmente, la guerra. No incluyo el antisemitismo dado que el pueblo judío ya estaba más que acostumbrado a la persecución y los pogromos.

Cuando Abraham Hersh, Ashkenazi padre, informa al rabino de que su esposa está encinta, éste vaticina que sus hijos serán hombres acaudalados. Pronto vemos que el menor, Jacob, es un estudiante del montón, pero, intuyendo quizá que a él la fortuna le vendrá dada, se dedica a vivir la vida y conquistar el corazón de... bueno, no hay por qué revelar tantos detalles. Por su parte, Simha, como si se hubiera propuesto demostrar la veracidad del vaticinio del rabino, se revela desde pequeño como un nene bastante asquerosito que, en lugar de jugar, prefiere ver llenarse su hucha, y que, incapaz de relacionarse con niños de su edad, se rodea de otros más pequeños a los que puede dominar a placer. Simha es un niño superdotado, "un genio", "un prodigio". A medida que crece, el mayor de los Ashkenazis irá haciéndose con parcelas de poder cada vez más grandes, hasta que, tras superar a veces terribles reveses, logra alcanzar su gran ambición: convertirse en el rey de Lodz, pero a un precio que ni la gran fortuna que logra amasar podrá pagar.
-Rebbe, yo preferiría que fueran hombres temerosos de Dios.
Con esas palabras responde Abraham Hersh al vaticinio del rabino.
El rebbe no contestó y Abraham Hersh no volvió a insistir. El comentario le había parecido de mal augurio y estaba ansioso por aclarar su significado precisamente ahora, antes de que llegara su nueva descendencia.
Judíos hasídicos polacos

Si en La familia Karnowsky Singer nos mostraba los efectos últimos de la asimilación de los judíos a la sociedad alemana, en la novela que nos ocupa el autor parece formular la pregunta desde otro ángulo: ¿hay sitio en una sociedad occidental capitalista para un judío sin que éste deba, en mayor o menor medida, renunciar a su identidad? Las dudas y temores de Abraham Hersh Ashkenazi en las primeras páginas de la novela nos indican a las claras la importancia de esta cuestión.
 Si por ser ricos sus hijos estuvieran destinados, Dios no lo quisiera, a abjurar de su religión, él renunciaría a la riqueza. Preferiría que fuesen maestros de párvulos, con tal de que fueran judíos honestos. 
Pero el pequeño Simha, todavía en pantalón corto, sabe muy bien lo que quiere. Colándose, en ausencia de su padre, en el despacho de éste, da rienda suelta a sus sueños, y lo hace de esta guisa:
 Cuando creciera, se sentaría en un despacho como el de su padre, pero no llevaría la kippah, sino que iría a cabeza descubierta, como los mercaderes alemanes del otro lado de la calle. Tampoco trataría a la gentuza que trataba su padre. Tendrían que quitarse las kippahs y dirigirse a él en alemán en lugar de yiddish.
Miembros del Khalyastre, un movimiento literario expresionista polaco en lengua yiddish. Singer, a la derecha.

La cuestión de la identidad judía, que a servidor, quizá por lo bien que la presentan los autores yiddish, siempre le ha interesado, se vuelve en esta obra más interesante todavía al enzarzarse, por utilizar un verbo inocente, con los movimientos revolucionarios. Y entran aquí en escena dos extraordinarios personajes de entre la gran galería que nos presenta el autor. Se trata de los agitadores Tevye y, sobre todo, Nissan. Es conocido el papel más que relevante que jugaron los judíos en los orígenes del comunismo y en la revolución bolchevique, y por ello, a la luz de estos dos personajes, se me ocurre que, a la pregunta sobre el hombre judío en la sociedad capitalista occidental, se podría añadir esta otra: ¿hay sitio en la revolución para un judío sin que éste deba, en mayor o menor medida, renunciar a su identidad? Al igual que Simha, Nissan tiene las ideas claras desde niño y sabe muy bien lo que odia:
Sí, odiaba a su padre, y junto con su padre, odiaba sus libros sagrados que sólo hablaban de dolor y estaban empapados en moralidad y melancolía su Torah, tan compleja y enrevesada que desafiaba todo entendimiento; todo su judaísmo, que oprimía el alma humana y la cargaba de culpa y remordimiento. Pero, sobre todo, Nissan odiaba al Dios de su padre, aquel ser cruel y vengativo que exigía una obediencia ciega...
Y si pensáis que un personaje así es más propio de Isaac Bashevis, os equivocáis. A Nissan no le atormenta su falta de fe, sino las injusticias sociales que lo rodean. En todo caso, si no hay sitio para el judío en la sociedad capitalista ni en la revolución, ¿dónde lo hay? En Rusia no, desde luego.

Verbigracia.

El acceso al trono de Alejandro III, Emperador de Rusia y Rey de Polonia, supuso un gran retroceso respecto al reinado de su padre. Donde éste había liberado a los esclavos, promovido la educación universal y concedido más autonomía a los gobiernos locales, aquél, el hijo, tras declarar que su autocracia no tendría límites, acabó con las instituciones alemanas, polacas y suecas en las respectivas provincias, y se dedicó a perseguir a los judíos. Un Trump de la época, para entendernos. Y esta implacable política antisemita tuvo como consecuencia la llegada en masa de judíos rusos a Lodz.

Alejandro III de Rusia.

Entraríamos así en otro de los aspectos que, personalmente, más me interesantes me han resultado en esta obra, y es la relación de unas comunidades judías con otras. Los judíos de Lodz ven con recelo a los rusos y sus maneras tan poco judías. Los judíos lituanos no entienden cómo los polacos son capaces de comer carne a diario con tanta tranquilidad, beber whisky o cerveza, o asar un ganso en el Sabbat. Y la bella Dinele, destinada a casarse con uno de los dos hermanos, desprecia el hasidismo, tan propio, según ella, de brutos zafios y peludos... como su propio padre. En fin, que entiende uno algo mejor el comentario de aquella chica de Prestwich acerca de "los del gueto".

El barrio judío de Lwow tras el pogromo de 1918


En su edición inglesa, esta maravillosa novela tuvo un gran éxito en Inglaterra y en los Estados Unidos. En Polonia, sin embargo, no fue muy bien recibida por las autoridades. Publicada inicialmente por entregas en el diario judío Nasz Przeglad, se ordenó la confiscación del periódico a causa de dos capítulos en los que se describe, respectivamente, el pogromo de Lwow en 1918, y una escena que me callo, pues os estropearía el final de la novela. No contentos con ello, en 1937 se iniciaron procedimientos legales contra el autor, que llevaba ya varios años residiendo en América. Dudo que se presentara al juicio.

Por hoy, no hay sitio, tiempo, fuerzas o ganas para más. Os aseguro, eso sí, que me dejo muchísimas cosas en el teclado: personajes grandísimos, encantadores u odiosos; historia, guerra, revolución, auges, violencia, caídas, envidia, caídas, venganza, auges, persecución, pecado y redención.

Los hermanos Singer eran tres. ¿Nos deparará Esther, también escritora, alguna sorpresa?

sábado, 13 de mayo de 2017

El lector derrotado. Cuatro apuntes.

El histórico combate entre Thomas Pynchon y El Niño Vampiro

No ha habido revancha. El primer combate se libró hace ya la friolera de cinco años (el tiempo pasa más rápido cuando uno tiene un blog), y os puse aquí algunos de las mejores momentos. Desde entonces he estado preparando la revancha, con la confianza del escarmentado y la experiencia de quien ha leído el Ulysses, la Recherche, el Quartet, ParadisoEl hombre sin atributos y hasta alguna trilogía de Beckett. Y no lo digo con ánimo de darme ínfulas, sino simplemente para dejar constancia de que no me dan miedo las lecturas largas y complejas. Más bien al contrario, es en ese tipo de novelas donde más seguro me siento. Quizá ello se deba a que, ante novelitas como El túnel o La muerte en Venecia, me resulta mucho más difícil negar mis inmensas carencias culturales. Así que monumentales novelones experimentales, sí por favor, pero...

...pero este rival de nuevo se ha mostrado imbatible. Si medimos cada asalto por un centenar de páginas, le he durado tres asaltos, durante el último de los cuales estaba ya groggy y tambaleándome por el ring cual borracho despistado.


La lectura, frustrada o no, de una obra como Rainbow's Gravity hace que nos planteemos algunas preguntas, la primera de las cuales no destaca por su originalidad: ¿para qué? Y del para nos vamos al por, es decir a aquella pregunta tan manida de ¿por qué leemos? ¿Y por qué algunos nos empeñamos, contra viento y marea, en leer libros como éste? Pues lo siento, no tengo una respuesta satisfactoria a la pregunta de por qué leemos, pero sí tengo muy claro cuáles NO son los motivos: no leemos para aburrirnos, no leemos para sentirnos estúpidos, no leemos para poder decir "he leído".

La segunda pregunta que nos viene a la cabeza es ¿soy gilipollas? ¿Burro? ¿Ignorante? ¿Filisteo? ¿Tengo la paciencia y capacidad de atención de un niño de tres años? ¿Por qué este libro que, según dicen, ha hecho las delicias de tantos lectores, a mí no me ha proporcionado más que un par de momentos memorables? ¿Afronté mal la lectura? ¿Debí acaso pertrecharme de lápiz y papel para poder llevar la cuenta de los personajes y crear un glosario de acrónimos? ¿Requiere la lectura de Gravity's Rainbow no sólo un cierto nivel cultural sino, además, un periodo de entrenamiento previo, digamos, con obras más accesibles del autor? Y una vez más, esta pregunta nos lleva a la siguiente.

Filisteos preparados para leer Gravity's Rainbow

La tercera, pues, podría ser ¿volveré a caer? Porque mira que compré el libro con ilusión. Mira que tenía ganas de que me gustara Pynchon. Como decía más arriba, un autor difícil con una bibliografía que se mide en kilos supone para mí una tentación en la que me dejaría caer con las manos atadas y los pies en un bloque de cemento. Habrá quien me diga que persevere, que vale la pena el sacrificio. ¿Sacrificio? ¡Pero si me he inmolado! ¡Si desde la segunda página era un cadáver leyente, un zombie pasapáginas, un alma en pena condenada a errar por centenares de páginas sin sentido, placer ni final!

En fin, quizá la mayor virtud de este libro ha sido que me ha transportado a mi infancia. En efecto, me ha hecho recordar proustianamente aquella sensación que tuve cuando, a los siete años, cogí de la estantería de mis padres el libro Tiburón, en aquella edición del Círculo de Lectores, y cómo, acabada la primera página, decidí que aquello no era para mí.

Sí, esta mismita edición

miércoles, 26 de abril de 2017

La saga del rey Harald


Las muertes de reyes, las invasiones y las grandes batallas son acontecimientos concretos y, por lo menos para quienes los sufren, carnosamente palpables. Es por ello que resultan tan prácticos para poder dar principio y final a algo tan etéreo como son las diferentes eras históricas. La proclamación de Augusto como emperador nos permite fechar el nacimiento del Imperio Romano, y la abdicación de Rómulo Augusto ante el bárbaro, su final, o lo que es lo mismo, el comienzo de la Edad Media. Más difícil resulta, naturalmente, fechar determinados movimientos culturales. Así, nadie se ha puesto de acuerdo, por ejemplo, sobre cuándo comienza el Renacimiento, y, por no irnos tan lejos, sería difícil señalar en qué momento empieza la era tecnológica en la que vivimos. 

En la historia de Inglaterra, el año 1066 destaca por ser la fecha que marcó el destino del país para los diez siglos siguientes. De no ser por todo lo que sucedió en aquel año, la historia de Inglaterra, y por ende, la de toda Europa, habría sido muy diferente. Y qué decir de la lengua. Si el inglés os parece difícil, pensad que, de no haber sido por algunos de los personajes que veremos a continuación, hoy nuestros hijos estarían aprendiendo algo parecido al islandés en la academia. Sin embargo, 1066 no sólo acabó con el último de los reyes anglosajones e impuso el francés como lengua de la corte, sino que además se considera que puso fin a la era vikinga.

Snorri Sturluson, de Christian Krohg

La saga del rey Harald es sólo una de las quince sagas que forman el Heimskringla, obra histórica emprendida por Snorri Sturluson, en la que el poeta e historiador recogió la historia de los reyes noruegos hasta el año 1177. "El orbe del mundo, donde habita la humanidad...". De esta impresionante guisa se abre el Heimskringla, cuyo significado es precisamente el de esas cuatro palabras iniciales, y cuyas primeras líneas nos dan una idea del ambicioso proyecto de Sturluson.

Sturluson, a quien recordamos por la maravillosa saga de Egil Skallagrimsson, nos narra, pues, en esta obra la vida de Harald Sigurdsson, también conocido como Harald III de Noruega o, de manera algo más dramática, Harald el Despiadado. Y lo hace de una manera bastante diferente de lo que se estilaba entre las sagas. De entrada, nos ahorra esas interminables genealogías que acostumbran abrir este tipo de obras, y nos introduce en plena acción prácticamente desde la primera línea. Además, a diferencia de Egil y otras sagas muy representativas, La saga del rey Harald no gira alrededor de la poesía o la vida de un poeta, sino que toma la poesía como evidencia histórica para apoyar la narración. Así, la obra está repleta de citas de otros poetas que vienen a confirmar los hechos presentados. Los islandeses se tomaban muy en serio la poesía. La belleza es verdad, la verdad es belleza. La conocida cita de Keats podría haberla firmado cualquier poeta escaldo.

Muerte del rey Olaf en la batalla de Stiklestad

Así, decíamos que, a diferencia de la mayoría de las sagas islandesas, que se demoran en una detallada descripción de las credenciales de su protagonista, es decir, en quiénes fueron sus padres, hermanos y medio primos, la que nos ocupa comienza directamente en el meollo de la acción. Nos encontramos con un Harald de 15 años luchando al lado de su hermano en la Batalla de Stiklestad, una de las más famosas en la historia de Noruega. En ella murió el rey Olaf, hermano de Harald, y a las pocas horas de su muerte empezaron a obrarse milagros. El rey se convirtió en santo, venerado en toda Escandinavia, Europa occidental y hasta Inglaterra. Pero para hablar de Olaf, tenemos otra saga dedicada a él solito por el propio Sturluson. 

Es sabido que los cuernos de los cascos vikingos son un mito. También hay constancia, sobre todo gracias a las sagas, de que estos pueblos del norte de Europa llegaron al continente americano mucho antes que Colón. Menos conocidas, sin embargo, son las relaciones que establecieron con Rusia, ni sus posteriores andanzas en Constantinopla, el Mediterráneo e incluso Asia Menor. 

Tras haberse recuperado de sus heridas sufridas en Stiklestad, Harald llegó a la corte del rey Yaroslav, en Rusia, quien lo nombró capitán del ejército. Posteriormente, viajó a Constantinopla, donde también ascendió a comandante de la Guardia Varega. Este cuerpo de élite del ejército bizantino se había formado unos dos siglos antes, y se componía casi exclusivamente de anglosajones, germanos y pueblos nórdicos.

La Guardia varega del ejército bizantino

Durante todo este tiempo, como buen vikingo que era, Harald se dedicó al pillaje, y en Sicilia sometió una tras otra a las mayores y más prósperas ciudades de la isla. Sturluson nos da muestras de la astucia de nuestro héroe al relatar el modo en que éste rompió las defensas de la primera de esas ciudades. Hizo capturar a los pajaritos que anidaban en la ciudad cuando salían de ésta en busca de comida. A continuación, les ató virutas a la espalda, que luego embadurnó de cera y sulfuro y les prendió fuego. Los pobres bichos en llamas volvíeron desesperados a sus nidos y la ciudad entera acabó pasto del fuego. Evidentemente, esto suena más a leyenda que a hechos verídicos, pero en una obra escrita hace mil años y tan fiel en su mayor parte a los hechos históricos, supongo que se le pueden disculpar estas licencias épicas.

La emperatriz Zoé Porfirogéneta

Al cabo de un tiempo, Harald decidió regresar a su tierra. Le habían llegado noticias de que su sobrino Magnus Olafsson había accedido al trono de Noruega y Dinamarca, y se proponía disputárselo. Renunció a su puesto en la guardia varega, pero la decisión no fue del gusto de la Emperatriz Zoe Porfirogéneta, que lo acusó de traición y lo hizo arrestar. Según contaron las varegos a su regreso a Escandinavia, la ira de la emperatriz se debía a que Harald había rechazado casarse con ella. Sea como fuere, Harald fue llevado a la mazmorra, pero mientras era conducido allí, se le apareció su milagroso hermano Olaf, que le prometió ayuda. A la noche siguiente, una dama a quien San Olaf curó en una ocasión se presentó, acompañada de dos sirvientes, en la celda de Harald, al que liberó. Los varegos recibieron entre aclamaciones a su líder y, acto seguido, se dirigieron a la cámara del emperador para tomar cumplida venganza.
San Olaf, en la cultura popular

Milagros aparte, en este punto de la saga, como en algunos otros, los datos de Sturluson no son del todo precisos. No obstante, la historia es tan macabra que merece ser contada.

Dice el autor que los varegos le arrancaron los ojos al emperador Constantino Monómaco. Sin embargo, en aquel momento el emperador no era Constantino sino Miguel Calafates, hijo adoptivo de Zoé. En 1042, con el objetivo de gobernar en solitario, Miguel recluyó a Zoé en un convento, pero el pueblo y, con ellos, la guardia varega, permaneció fiel a la emperatriz. Miguel, derrotado, ingresó en un convento, pero Zoé, que ahora reinaba con su hermana Teodora, lo hizo arrestar. Miguel fue cegado en público, y según algunas wikipedias, castrado.

Harald Sigurdsson ha pasado a la historia como Harald Hardrada, es decir, el Despiadado. Sturluson nos presenta el retrato de un guerrero a ratitos noble; con más frecuencia, cruel, vengativo y traicionero, siempre astuto y un hombre al que, efectivamente, es mejor no contrariar. Sin ahondar en sus motivaciones personales, el autor consigue, mediante la acumulación de hechos históricos y la descripción de las relaciones de Harald con sus contemporáneos, ofrecernos un vívido retrato psicológico de nuestro héroe. Entre estos contemporáneos destacan su sobrino Magnus el Bueno, hijo bastardo de San Olaf (qué bien queda eso). Magnus, un joven impetuoso y arrogante, compartió con Harald el reino de Noruega, al que había accedido en ausencia de su tío. Magnus era también rey de Dinamarca, a cuyo trono accedió tras derrotar a Svein Ulfsson. La sorpresa llegó cuando, tras su temprana muerte a los 23 años, legó el trono de Dinamarca al propio Svein en lugar de su tío Harald, quien, por descontado, no se quedó de brazos cruzados sino que...

Magnus el Bueno con Hardecanute

Como veis, es bastante difícil seguir con detalle este verdadero y, qué queréis que os diga, para mí apasionante culebrón. En todo caso, la galería de personajes es de lo más atractiva y entretenida. Svein, una presencia constante y carismática, nos proporciona, en uno de sus enfrentamientos con Harald, una de las mejores escenas de la obra: la persecución de Harald en barco a lo largo de la costa danesa, en la que nuestro héroe, obligado a soltar lastre, se deshizo de la malta, la harina, el beicon, hasta que al final tuvo que tirar por la borda los prisioneros que había capturado.

Otro personaje de nombre inolvidable es Einar Tambarskjelve, es decir, Einar Barriga Vibrante. Einar, un noble noruego, esperaba, tras la batalla de Stiklestad, que el rey Canuto el Grande (hablando de nombres inolvidables) lo nombrara caudillo. Canuto no lo hizo, y Barriga Vibrante se dirigió a Rusia, donde se reunió y empezó a tramar con Magnus el Bueno. Con el tiempo, Einar consiguió convertirse en un influyente caudillo, hasta el punto de gobernar de facto Noruega. Huelga decir que el regreso de Harald de tierras bizantinas no auguraba nada bueno.

Canuto el Grande, en su legendario encuentro con las olas

La obra continúa así, entre tantas traiciones, pillaje y maquinaciones que es un auténtico placer, hasta que, habiendo matado, quemado o mutilado a todo aquel que tuviera alguna pretensión al trono u osara cuestionar su derecho a la corona, Harald, a falta de Dinamarca, se hizo con todo el poder en Noruega. Volvió entonces la vista a Inglaterra, cuyo trono había estado en manos de Canuto el Grande. Su hijo Hardecanute, rey de Dinamarca, había pactado con Magnus de Noruega que, en el caso de que cualquiera de los dos muriera sin dejar un heredero, su trono pasaría al otro. Este pacto fue invocado por Harald a la muerte de Magnus para reclamar la corona de Inglaterra, a la sazón en manos de Harold Godwinson. Un culebrón de primera.

 En este punto, Sturluson deja a un lado a nuestro héroe y se centra en Harold, su hermano Tostig y los enredos de éste para conseguir la ayuda de Svein, primero, y de Harald, luego, para derrocar a Harold. Todo conduce así a un Harald contra Harold, que la prensa deportiva de la época, por una vez sin caer en la hipérbole, calificó como el combate del milenio.

Los hermanitos Harold y Tostig Godwinson, en un preludio de lo que iba a ocurrir

Ese duelo tuvo un maravilloso prolegómeno, cuando Harold se presentó de incógnito ante su hermano Tostig y Harald para ofrecerle al primero el reino de Northumbria y así evitar la guerra. Tostig, que reconoció a su hermano pero decidió seguir el juego, le reprochó que este ofrecimiento llegara tan tarde, después de que se hubieran perdido tantas vidas. Aún así, preguntó al presunto emisario de Harold:

-Si acepto este trato, ¿qué le ofrecerá el rey a Harald?

Ante lo cual, el jinete respondió con unas palabras que son historia:

-Le daré seis pies de tierra inglesa. 

Tostig se negó a traicionar a Harald. Consideró más noble enfrentarse a su hermano.

La narración del duelo final es tan apasionante como el resto de la obra, no sólo por la escritura siempre ágil y sin florituras del autor, en línea con el estilo habitual de las sagas islandesas, sino sobre todo por su significado histórico. Como decíamos al principio, la batalla de Hastings, en 1066, se considera el episodio más importante en la historia de Inglaterra. Sin embargo, esa batalla fue influida en gran medida por otra que tuvo lugar unos días antes y que Sturluson relata de manera magistral: la batalla de Stamford Bridge.

El trono de Inglaterra tenía en aquel momento en el duque Guillermo de Normandía a otro poderoso pretendiente. Harold esperaba la invasión francesa comandada por el duque, futuro Guillermo el Conquistador, que debía llegar por el sur. Harald aprovechó la circunstancia para atacar Yorkshire, en el norte. Las tropas de Harold se dirigieron ipso facto al norte y derrotaron sin excesiva dificultad a nuestro héroe, que murió de un flechazo en la garganta. El relato de la batalla por parte de Sturluson no es del todo fiel a los hechos, pero como literatura épica no tiene desperdicio. 

La batalla de Hastings y la flecha que mató a Harold

La saga del rey Harald no concluye con la muerte del héroe. Tres días después de Stamford Bridge tuvo lugar al fin la invasión normanda. Harold se vio obligado a regresar a toda prisa a Sussex, en el sur, y, apenas tres semanas más tarde, entablar batalla con las tropas de Guillermo. Sturluson, que se toma muy en serio su trabajo como cronista, nos narra los hechos más importantes que tuvieron lugar a continuación, desde la derrota y muerte -también de un flechazo- de Harold y el acceso al trono de Guillermo el Conquistador hasta un obituario de Harald, pasando por la retirada de las tropas noruegas de Inglaterra, o una comparación, a la manera de Plutarco, entre Harald y su hermano Olaf. No se olvida el autor de incluir en su descripción física de Harald un detalle sobre una de sus cejas, como hacía también al hablar de Egil Skallagrimson, Cada uno tiene sus fetiches, supongo.

Mucho se ha especulado sobre cuál habría sido el desenlace de la batalla de Hastings de no haberse producido la invasión vikinga, pues es evidente que las tropas de Harold habrían estado en mejores condiciones para luchar. ¿Qué habría sucedido si Harold no hubiera perdido esa batalla? Se trata, sin duda, de uno de esos momentos en que la Historia llega a un cruce de caminos y, antes de decidir cuál de ellos tomar, se pone una venda en los ojos y da varias vueltas sobre sí misma. La historia es una sucesión de gallinitas ciegas.

Y mientras unos escribían sagas, otros bordaban tapices.

viernes, 7 de abril de 2017

Literatura de buen rollo



No acaba de convencerme lo del buen rollo. Esta expresión ha adquirido un matiz banal y un tanto despectivo que estropea lo que, de otra manera, sería la traducción perfecta de feel good. Un libro feel good, una película feel good es como se llama en inglés a esas obras en las que no hay grandes tragedias ni personajes malos, y de las que salimos alegres, casi felices, y con un sentimiento de reconciliación con el mundo que el propio mundo no tardará en aguarnos. Esa es mi definición, y por supuesto es la correcta, y se equivocan esas listas que incluyen, por ejemplo, Matar un ruiseñor, donde, por muy feliz que sea el final, no olvidemos lo mal que hemos pasado hasta entonces; o las novelas de Harry Potter, pues el mundo con el que el buen rollo nos ha de reconciliar debe ser real, no mágico.

Gamberro entrañable


Los libros de buen rollo, en el sentido menos banal y despectivo posible de la expresión, son patrimonio casi exclusivo de la literatura inglesa, si bien podría hacerse alguna concesión a los suecos. Es natural que la mayoría de los libros de buen rollo pertenezcan al ámbito de lo que se considera literatura infantil, pero es importante subrayar que sólo determinados libros infantiles pueden incluirse en el susodicho género. Así, mientras las historias del osito Winnie Pooh consituyen la sublimación del buen rollo, Alicia en el país de las maravillas es demasiado sofisticado y hasta turbador para hacernos sentir bien. Del mismo modo, las inocentes travesuras de Guillermo el travieso son buen rollo, pero la justiciera crueldad de Roald Dahl, no. Y si cruzamos el charco, podríamos decir que Las aventuras de Tom Sawyer inaguran el buen rollo americano, a diferencia de las de Huckleberry Finn, algo más oscuras y de mayor calado.


Tampoco es de extrañar que la literatura de buen rollo abarque, en su mayor parte, el mundo de la infancia. La adolescencia es, probablemente, el peor mal rollo que se ha inventado, y en la edad adulta ya tenemos los ojos demasiado abiertos y la desconfianza a flor de piel como para creer en la bondad innata del ser humano. Sin embargo, aún quedan algunos libros que, a nuestros años, consiguen que cuestionemos nuestro cinismo y suspicacias. Cuando eso sucede, podemos afirmar que estamos ante una obra maestra del buen rollo, como por ejemplo el clásico Mi familia y otros animales, un libro venerado en Inglaterra como quizá sólo lo esté Sidra con Rosie, otro relato autobiográfico de infancia.

Los protagonistas de The Durrells

De niño cogí una gran manía a este libro. Recuerdo a mi madre estallar en carcajadas mientras lo leía, y supongo que algo edípico en mí me hacía sentir celos del señor Durrell. He tardado muchos años en vencer, en primer lugar, ese resentimiento, y, en segundo lugar, la pereza de leer un libro que no iba a contribuir en nada a mi colección de motivos para el pesimismo. Me ha animado a ello, como habrá sucedido con muchos lectores ingleses, la reciente adaptación de la novela a la televisión. En este caso, tras dos versiones de la BBC, una de 1987 y otra de 2005, la adaptación ha corrido a cargo del canal ITV, con un resultado que no ha satisfecho a los adoradores de la obra de Durrell, y que además se tomaba muchas licencias artísticas, pero tanto a mí como a mis hijos nos pareció la mar de simpatiquillo.

Lo verdaderos Durrell. De izquierda a derecha, Margo, Nancy, Larry, Gerry y Louise

Gerald Durrell nos narra en este libro las vivencias de su familia en la isla de Corfú, durante los cuatro años en que vivieron allí, desde 1935 a 1939. La madre, Louisa Dixie Durrell, viuda desde hacía siete años, decidió que toda la familia fuera a hacer compañía a su hijo mayor, el novelista Lawrence, y su esposa Nancy, que llevaban un tiempo viviendo en la isla. Gerald escribió Mi familia... en 1955, es decir, casi dos décadas después de Corfú, y no tiene reparos en manipular los hechos a su antojo. El libro no pretende ser rigurosamente fiel a los hechos, sino recrear la visión del mundo de un niño de diez años que crece en una familia un poco tarumba y que no deja de maravillarse ante el mundo y sus escarabajos. Por eso, poco importa que en el libro Larry viva con el resto de su familia, que su esposa, sencillamente, no exista, o que la guerra, el motivo que puso fin a su estancia en Corfú, tampoco se mencione.

El inolvidable Stephanides, amigo y mentor de Gerry

Los años que Gerald pasó de niño en Corfú fueron absolutamente idílicos. Imaginemos una isla mediterránea antes de que se hubiera inventado el turismo, y podremos hacernos una idea aproximada. Si además eres, como Durrell, una persona que se siente mejor en compañía de tortugas y sapos que rodeado de otros niños, Corfú, con su benigna fauna, debía de ser un auténtico paraíso. Y para coronar el placer, el niño no tardó en conocer a Theodore Stephanides, un devoto, como él, de las ciencias naturales y un hombre que se relacionaba con Gerry de naturalista a naturalista, sin un ápice de condescendencia. El autor recrea de manera excepcionalmente vívida esa sensación de libertad y arrobo, pero lo que hace grande este libro es, como acostumbra suceder con las obras maestras, el tono que adopta el narrador. Durrell encuentra el punto justo entre la inocencia de un niño deslumbrado por la vida, y la sutil ironía de un adulto conocedor de las debilidades humanas. Sabe recorrer con maestría la línea que separa la una de la otra, y en ningún momento cae en el gran peligro que ambas presentan: de una parte, la cursilería; de otra, el cinismo. Lejos de ello, el narrador nos muestra las excentricidades de su familia con esa seriedad británica que es tan divertida y tan poco resabida. Y es ese estilo y esos impagables diálogos los que, una y otra vez, me hicieron estallar en carcajadas, quizá más sonoras aún que las de mi madre.

Gerald Durrell y sus amigos, en 1936
 
El retrato que el autor nos hace de cada uno de los miembros de su familia puede parecer, de entrada, algo caricaturesco. De hecho, ésa fue la impresión que me dio la versión televisiva. Larry se nos muestra como un arrogante esnob obsesionado con sus historias y novelas; Leslie, como un tarugo que no piensa más que en sus escopetas; Margo, como una adolescente con preocupante tendencia al descarriamiento. Sin embargo, es justo decir que esa caricaturización contribuye en gran medida a la vividez con que vemos el mundo a través de los ojos de Gerry. Y en segundo lugar, es posible que la exageración no sea tal. La innegable obsesión de Gerry con sus bichos es la prueba de que estamos ante una familia de miembros monotemáticos.

La única foto que he podido encontrar de Spiro, aquí con Gerry.

Aparte de Theodore Stephanides, quien de hecho fue un verdadero polímata y un prestigioso poeta, Durrell consigue que personajes como el taxista Spiros hayan pasado a la historia de la literatura universal. Más difícil, y todavía más memorable, es lo que consigue hacer con los animales. Así, el duelo entre Cicely, una mantis, y Geronimo, una salamanquesa, constituye una escena absolutamente épica en la que el autor se detiene a lo largo de varias páginas. Y qué decir del retrato psicológico de la tortuga Achilles, o de las Magenpies, dos urracas a cual más sinvergüenza, o de Roger, el perro que acompaña al joven Gerry en sus paseos y exploraciones por la isla. Tanto es el detalle y el esmero con que Durrell se emplea al describir a los animales que el lector cree conocer a algunos de ellos mejor que a la propia madre o a la hermana del autor.

Un hombre tan encantador como el niño que fue

Mi familia y otros animales es, como decía más arriba, uno de esos libros queridos y hasta adorados por lectores de todo el mundo. Posteriormente, Durrell publicó dos obras más situadas en aquel período, que constituyen la Trilogía de Corfú. Su amor por la naturaleza y, en particular, los animales, no decayó, y de hecho nuestro amigo es tan conocido o más por su actividad como zoólogo y naturalista que por su obra literaria. Sin embargo, el epílogo a esta encantadora novela no fue precisamente lo que Durrell hubiera deseado. Como suele decirse en inglés, este libro "puso Corfú en el mapa", es decir, dictó la sentencia de muerte al paraíso que los Durrell habían conocido. Así lo veía, por lo menos, el propio Durrell, que lamentaría amargamente el modo en que la isla se entregó, sumisa, al turismo de masas. "Nunca regreses a un lugar donde fuiste feliz", cuenta el autor que le dijo una vez su hermano Larry (plagiando a Agatha Christie). Mí no haber estado nunca en Corfú, pero después de leer este gran libro, creo que mi decepción sería mayor aún que la de Gerald Durrell.





lunes, 27 de marzo de 2017

I'm still standing


Debo admitir que, metido como estoy en las 700 páginas de vellón, y en ruso, de El primer círculo, de Solzhenitsyn, mi ritmo lector se ha ralentizado hasta poner en peligro mi querido blog. Creo que empecé la gran obra del ruso hace más de cinco semanas, y me dice el kindle que no llevo leído más que el 37%. Así que, con el fin quitar un poco de óxido al blog y mantener sus constantes vitales, qué mejor que publicar un resumen de algunas otras lecturas, de ésas de siempre, de las que no secuestran nuestra capacidad lectora durante tres meses.


El hombre inquieto, de Henning Mankell.

El thriller nórdico habitual de principios de año. Éste es el último en la serie de Kurt Wallander, y no fue demasiado bien recibido por la crítica. Decían algunos que quedan demasiados hilos sueltos al final, que se advierte cierta pereza o cansancio en la escritura de Mankell, y que hay demasiadas coincidencias muy convenientes para la solución del caso y que son demasiado poco creíbles. Esos tres reproches, de hecho, están muy relacionados, y no sé hasta qué punto están justificados. Quizá sea cierto que el autor quería acabar ya con su icónico personaje, y que deja algo de lado la escrupulosa atención al detalle y a la estructura de la novela que le pedimos a un buen thriller. Mankell desvía el foco hacia el declive de Wallander, y a los amantes del thriller eso les parece imperdonable. Quizá sea por eso que a mí, sin llegar a entusiasmarme, sí me gustó, si bien creo que el final del detective, el verdadero final, el definitivo, merecía más páginas que las que le dedica el autor.


The girl on the train, de Paula Hawkins

Otro thriller de lectura compulsiva, que se lee en una o dos tardes, y se olvida todavía más rápido. Una historia que engancha, sí, como se engancha la manga de la chaqueta con el pomo de la puerta, o un chicle a la suela del zapato. Hay autores, y sobre todo, hay miles de lectores que consideran el susodicho enganche una gran virtud, ya sabéis, ese famoso "me atrapó desde la primera línea", lo cual explica el éxito de aquel no sé qué Da Vinci. A mí, qué queréis que os diga, cada día me gustan más los libros que te aburren desde la primera línea.


Sweet caress, de William Boyd

Esto ya es otra cosa. William Boyd vuelve a uno de sus argumentos favoritos, el de contarnos la historia del siglo XX a través de la vida de una persona. Lo hizo en Las nuevas confesiones, que no he leído; lo repitió en Any human heart, que no dejó de irritarme hasta que lo abandoné, y lo ha vuelto a hacer en este Sweet caress, traducido al castellano de manera correcta y pusilánime como Suave caricia. Estamos ante una novela excelente, en la que Boyd consigue lo que, a mi juicio, no conseguía en Any human heart: crear un personaje creíble cuyas andanzas, desventuras y vicisitudes nos interesen. El lector no tiene por qué encariñarse con el personaje, pero sí hay que pedirle a éste que, por lo menos, no nos toque las narices. Y con Amory Clay, la protagonista de esta historia, Boyd da en el clavo.

A través de los ojos y, sobre todo, de la cámara de Amory, nacida en 1908 en una familia aristocrática venida a menos, vemos desde el nacimiento del nazismo en el decadente Berlín de los años 20 hasta la guerra de Vietnam, pasando por el movimiento fascista en Londres o la Segunda Guerra Mundial. Entre la narración de los hechos por la propia Amory tenemos extractos de su diario de 1977, cuando, alejada del mundo en el que siempre ha vivido, la ciudad, los aeropuertos, el peligro, y apenas un puñado de hombres, pasa sus últimos días en una modesta casita de una isla del norte de Escocia.

Pero Sweet caress tiene algo que la hace especialmente atractiva para los mataos como yo que tenemos ínfulas literarias. ¿No os habéis pasado alguna vez por un mercado de artículos de segunda mano y os habéis parado a mirar los puestos de fotos antiguas? Se trata de fotos hoy absolutamente anónimas, adquiridas por vaciapisos tras el fallecimiento del propietario de un inmueble. ¿Verdad que es imposible, al verlas, no preguntarse por la vida de esas personas, por su historia, su descendencia, si estarán vivos todavía y decirse hay que ver, tanta felicidad, tanta ilusión (son fotos familiares, no hay momentos tristes) para luego acabar en un mercado polvoriento, a diez fotos por un euro? Pues lo que hizo Boyd fue adquirir a lo largo de los años ese tipo de fotos, y construir con ellas su historia. No las compró al azar, una idea quizá aún más atractiva, sino que, con la historia ya construida en su cabeza, sabía muy bien lo que estaba buscando. Y con esta novela, lo borda.


La casa dorada de Samarcanda, de Hugo Pratt

Quiso la casualidad que leyera esta maravilla justo después de terminar Setting the east ablaze, de Peter Hopkirk. No debía sorprenderme, dado el asiático título, pero aún así, tras haber pasado tantas horas leyendo sobre Enver Pachá (cuya legendaria muerte Pratt nos presenta "en directo"), el ejército bolchevique o el emirato de Bujara, entre tantos otros, volver a encontrarme esos escenarios en las gloriosas viñetas de Pratt provoca algo parecido a la emoción. Más aún cuando Corto nos habla de Alamut, del cual ya hablamos por aquí, o de los adoradores del diablo, que tan bien nos describía aquí Kurban Said, o de Kipling y su Gran Juego, que nos remite de nuevo a Hopkirk; cada página de este libro consigue eso tan difícil en la literatura como es conseguir que un viejo amigo nos abra una nueva puerta.
Este es un Corto en el que, a diferencia de La balada del mar salado, Pratt se introduce en el subconsciente de su héroe. Nos presenta sus sueños y sus alucinaciones, y con ello consigue que veamos en la sorprendente introducción de su doble algo mucho más profundo que un mero truco para crear confusión entre sus enemigos. Gran Juego, aventuras a porrillo, psicología y una auténtica gozada de lectura.

En fin. Se acabó lo poquito que se daba. Si el señor Solzhenitsyn me lo permite, espero recuperar pronto mi ritmo publicador. Dura vida la del bloguero amateur.


domingo, 26 de febrero de 2017

¡Que arda oriente!



La incendiaria idea se le atribuye a Lenin, quien en realidad, por una vez, fue mucho más comedido al revelar sus planes. En todo caso, el significado profundo de sus palabras quedó recogido en una inscripción en un cuartel general del ejército bolchevique: "nuestra misión es prender fuego a Oriente". Tratábase, naturalmente, de un fuego metafórico, el de la revolución de los trabajadores y, en este caso, para ser más precisos, la revolución de los pueblos oprimidos contra el imperialismo.

A aquella guerra de estrategia, espionaje, rumores y tinta falsa que el Imperio Ruso y el Británico llevaban librando desde hacía décadas en Asia Central, y que tan bien nos contó el gran Peter Hopkirk en El gran juego, no se le había llegado a poner fin. Con este libro, bastante menos extenso pero igual de fascinante, el historiador británico nos ofrece lo que podría considerarse la segunda parte de aquella historia. Seguimos, pues, con un imperio del zar que sigue empeñado, hasta su definitivo desmoronamiento, en amenazar, de manera directa o indirecta, la frontera del Imperio Británico en la India. En los primeros momentos después de la revolución, parecía que las cosas iban a cambiar, por lo menos de manera temporal. El 2 de marzo de 1919, Lenin, Trotski, Zinoviev y hasta 52 líderes revolucionarios crearon, entre los muros del Kremlin, la Internacional Comunista, que pasaría a ser más conocida como la Commintern. Su objetivo declarado era acabar con todos los gobiernos existentes y sustituirlos por un soviet mundial. Este proceso revolucionario debía comenzar en Alemania, a la sazón derrotada, arruinada y desmoralizada, y luego extenderse como un reguero de pólvora por toda Europa. Parecía, pues, que la cuestión asiática quedaba aparcada.

Delegados del II Congreso de la Comintern. Ahí están Lenin, Karl Radek, Gorki, Bujarin, Zinoviev y, en el centro mismo, M. N. Roy

El proyecto fracasó, a pesar de algún éxito efímero, como el de Hungría, pero entre los dirigentes europeos la sensación predominante no fue tanto de victoria a secas, sino de victoria por los pelos. El propio Lloyd George, el Primer Ministro británico, admitió en un comunicado privado a sus colegas en la Conferencia de Paz de París en 1919:

Existe el peligro de que arrojemos a las masas de población de toda Europa a los brazos de extremistas cuya única idea para la regeneración de la humanidad es la destrucción total del tejido social. Estos hombres han triunfado en Rusia...

En todo caso, la revolución mundial no se materializó, y Lenin se vio obligado a reconsiderar su estrategia. Allí, al ladito, seguía el felino agazapado de Asia, foco constante de tensión, en concreto la India, colonia británica donde Engels, ya en 1882, había augurado una revolución. Lenin siempre había creído que la liberación de los pueblos asiáticos y africanos vendría después de la de Europa. Su razonamiento ahora era que, si las potencias europeas perdían sus colonias, sus economías se verían tan afectadas que la ansiada revolución sería inevitable. "Oriente -declaró- nos ayudará a conquistar occidente". Aquí empieza nuestra historia.

El barón Ungern von Sternberg, reencarnación de Gengis Khan

El gran Peter Hopkirk nos la cuenta con tanta pasión y maestría como en El gran juego, y, una vez más, consigue convertir un complejísimo relato sobre geopolítica en una inolvidable aventura de espías, agentes secretos, científicos que pasaban por ahí y chiflados mesiánicos. Por ello, servidor va a intentar emular al autor y, en lugar de centrarme en los acontecimientos y la cronología, presentaros un par o tres de los grandes protagonistas de esta historia.

Uno de los más fascinantes, misteriosos y terroríficos es, sin duda, el barón Ungern von Sternberg, de quien, por cierto, ya hablé aquí. Nuestro héroe, nacido en Austria, descendía de una familia de rancio linaje aristocrático y militar estonio que se remontaba, según él, hasta el rey Atila. De hecho, Ungern-Sternberg, interesado desde su juventud en las ciencias ocultas y la filosofía y religiones de oriente, se creía la reencarnación de Genghis Kan. En 1908, al frente de un regimiento de cosacos, fue destinado a Mongolia, donde habían estallado las hostilidades entre Mongolia y China. Forjó unos lazos inquebrantables con la cultura y la tierra mongola, se convirtió a budismo lamaísta y dejó que su interés en el ocultismo deviniera una obsesión. Al mismo tiempo, seguía con su gloriosa carrera militar, en la que su fiereza y coraje le hacían temible. Regresó de la Gran Guerra con el torso encorvado por el peso de las medallas y, como feroz antibolchevique que era, con gusto continuó soltando mandobles a diestro y siniestro en la Guerra Civil que siguió a la revolución. Dicen algunos que un sablazo que recibió en la cabeza en esa feroz guerra acabó de volverlo tarumba; otros sostienen que su locura era congénita, mientras unos terceros responden que su sadismo y brutalidad eran de hecho la norma en la guerra entre rojos y blancos.

 El Ejército Rojo y los basmachi, guerreros musulmanes, en la mesa de negociaciones

Hopkirk se centra en el plan que urdió nuestro barón para reconquistar Mongolia, entonces bajo dominio chino, y que pasaba por expulsar de Urga (hoy, Ulan Bator) a los invasores. Se agenció para ello la ayuda de los japoneses, que eran enemigos acérrimos de los bolcheviques y que en Siberia habían apoyado la causa blanca durante la Guerra Civil. El objetivo final de Ungern-Sternberg era, pues, recuperar Mongolia para los mongoles, restaurar al Bogd Khan, el Buda Viviente, en el trono, y proclamar la Gran Mongolia. Una vez conseguido eso, al frente de un ejército cada día mayor, cruzaría Rusia en dirección a Moscú, liberando al pueblo del yugo bolchevique. El spoiler no lo pongo yo, sino la historia: Ungern-Sternberg no consigue su propósito, pero en el camino deja un horripilante reguero de sangre, crucifixiones y bolcheviques asados.

 El Barón Sangriento, visto por Hugo Pratt en Corto Maltés en Siberia

Un año antes de que el Barón Sangriento, como se le conocía, pusiera en marcha su gran proyecto de reconquista, en 1920 tenía lugar el II Congreso de la Internacional Comunista, en el que se abordó de manera directa, entre otros, la forma de propagar la revolución en Asia. Entre los delegados asiáticos se encontraba un joven y espigado revolucionario indio llamado Manabendra Nath Roy, nombre falso con el que pasó a la historia. Roy, que sentía un odio visceral por Gran Bretaña, había empezado a desarrollar una prometedora carrera como terrorista, hasta que, perseguido por las autoridades, se vio obligado a huir del país y, tras pasar por Japón, China y los Estados Unidos, acabó recalando en México, donde, junto con el agente de la Comintern Mikhail Borodin, fundó el primer partido comunista fuera de Rusia.

En abril de 1920, Roy asistió al congreso de la Comintern invitado personalemente por Lenin, quien, al verlo, se sorprendió por su  juventud, pues esperaba un sabio y barbudo hombre de oriente. No sería ésa la única sorpresa que se llevó el padre de la revolución, pues al poco de haber comenzado el congreso, Roy tuvo la osadía de cuestionar el análisis de Lenin sobre el problema colonial. El camaraderil duelo se resolvió sometiendo la cuestión a voto. Ganaron las tesis de Lenin, pero el prestigio de aquel audaz jovenzuelo subió como la espuma.

 Manabendra Nath Roy

Zinoviev se apuntó con entusiasmo a avivar el fuego que debía prender en Asia, y no se le ocurrió otra cosa mejor que llamar a los pueblos musulmanes a la yihad contra los opresores imperialistas, léase los británicos. Ese llamamiento, huelga decirlo, era cuando menos imprudente, y los propios musulmanes no tardarían en ver cómo la dictadura del proletariado cobraba un aspecto de lo más colonialista. Antes de ello, sin embargo, la mecha fue prendiendo. El despiece del Imperio Otomano por parte de los aliados encendió aún más los ánimos de los musulmanes, entre los que además empezaban a correr rumores de que los británicos tenían la intención de abolir el Califato. La tensión que se mascaba en Delhi se acentuó todavía más cuando Gandhi decidió apoyar a los musulmanes por medio de una campaña masiva de no-cooperación.

La masacre de Amritsar (de la película Gandhi). Leña para el fuego asiático

Dicha campaña llevó a Moscú la esperanza de que por fin la revolución había llegado a la India. Roy, sin embargo, no se fiaba ni un pelo de su compatriota el Mahatma, a quien, lejos de revolucionario, consideraba un absoluto reaccionario. Cuando en 1921, en la India, una turba furiosa prendió fuego a una comisaría y mató a veintidós oficiales británicos, Gran Bretaña se encontró al borde del precipicio. ¡La ocasión la pintan calva!, cuentan que exclamaron al unísono todos los soviets al tiempo que se frotaban las manos. Pero aquel acto de violencia fue rechazado de manera inequívoca por Gandhi, que decidió poner fin a su campaña y dio así un respiro a unas autoridades británicas a las que no les llegaba la camisa al cuello. Moscú se enfureció ante la irrepetible oportunidad perdida, y Roy contribuyó al mal rollo con un "ya os lo había dicho" y un artículo en el que apuntaba a que, de haber existido un partido indio revolucionario, otro gallo hubiera cantado.

Una de las primeras promociones de la Universidad Comunista del Este

Los soviéticos, por su parte, se habían estado preparando para tal eventualidad. Y qué mejor manera de hacerlo que creando la Universidad Comunista del Este, donde los alumnos estudiaban asignaturas sobre la organización y propaganda del partido, o teoría y tácticas de la revolución del proletariado. En sus escasos veinte años de existencia, la Universidad licenció a alumnos tan excelsos como el propio Roy, Deng Xiaoping o Ho Chi Min. La misión de las primeras promociones era infiltrarse, crear células revolucionarias y establecer contacto con los movimientos nacionalistas. Y probablemente ése fue el error de Roy: los grupos nacionalistas indios odiaban a los bolcheviques más aún que a los británicos y, por lo tanto, no querían que nadie los relacionara con el comunismo. Su propia guerra, la de la independencia, ya la ganarían ellos solos. La historia les dio la razón y se la quitó a Roy, que perdió el prestigio y suerte tuvo de escapar con vida. Poniéndonos metafóricos, podría decir que el fuego de la revolución quemó sus últimas cartas.

La insurrección de Cantón. La revolución que Stalin instigó en China le salió por la culata

El coronel Frederick Marshman Bailey es uno de esos personajes cuyas aventuras, de haber sido fruto de la ficción, el personal habría tachado de inverosímiles. Os contaré simplemente una de ellas y ya me diréis. Sucedió cuando Bailey se encontraba en Tashkent, intentando averiguar las intenciones del nuevo gobierno bolchevique, sobre todo en lo que concernía a sus planes para Afganistán y la India. Descubrió que había llegado a Tashkent un grupo de revolucionarios indios que se dedicaba a diseminar propaganda antibritánica y se proponía, con apoyo bolchevique, ganarse el favor de Amanullah, el nuevo rey de Afganistán. Amanullah había sucedido a su padre Habibullah, quien, además de aguantar la presión del Imperio Otomano y mantenerse neutral durante la Gran Guerra, había mostrado su firme rechazo a la revolución rusa y a cualquier tipo de contacto con los bolcheviques. Habibullah murió asesinado, no se sabe por quién, durante una cacería y el maleable Amanullah accedió al trono.

Amanullah Khan

Amanullah tenía prisa por hacer cosas y, apenas había alcanzado el poder, no se le ocurrió otra cosa mejor que invadir el Punjab, con lo que dio comienzo la llamada Tercera Guerra Anglo-Afgana. Los ingleses respondieron ipso-facto y, con el uso de la aviación, armada de bombas y ametralladoras, tuvieron suficiente con unas pocas semanas para destrozar al ejército afgano. Parece ser que Amanullah había fundado demasiadas esperanzas tanto en la población india, que, según sus cálculos, se iba a alzar en armas contra los británicos, como en los bolcheviques, de quien esperaba recibir apoyo moral y material. No ocurrió ni lo uno ni lo otro, pero Amanullah supo arreglárselas lo bastante bien como para llegar a un acuerdo satisfactorio con los británicos y seguir flirteando con los bolcheviques.

Frederick Marshman Bailey, agente de los servicios de inteligencia británicos

Desde Tashkent, tanto Bailey como el gobierno bolchevique observaban con atención los movimientos y tejemanejes de Amanullah con británicos y con Moscú. Todos eran conscientes de que un Afganistán encamado con los bolcheviques sería una amenaza letal para la India británica, pero Bailey también sabía que, en aquel momento, hubiera sido muy sencillo para el ejército británico expulsar a los bolcheviques de Tashkent y de toda Asia Central. Qué giro hubiera tomado la historia, nunca lo sabremos, En todo caso, Bailey, desencantado ante la inacción de su gobierno y temiendo por su vida, decidió huir de Tashkent.

Enver Pasha, en los tiempos en que le dijo a Lenin: yo te consigo la India y tú me ayudas a recuperar Turquía.

Para un ciudadano británico perseguido por la Cheka, huir de una ciudad controlada por los bolcheviques e intentar entrar en Bujara, regida por un emir feroz antobolchevique que, como todos los emires, consideraba que todo extranjero era un espía, era una misión suicida. Así que nuestro héroe, ni corto ni perezoso, tras adoptar diferentes identidas, entre ellas la de prisionero de guerra austriaco, se infiltró nada menos que en la Cheka, es decir, entre sus propios perseguidores, con la misión de capturar a un peligroso espía británico, léase, él mismo. Y el relato que hace Hopkirk de este episodio es tan magistral que me niego a daros más detalles. ¿Cómo será el relato que el propio Bailey hizo en su libro Misión en Tashkent?

El comisario Borodin con Chiang Kai Shek


Bailey, Roy o el Barón Sangriento son sólo tres de los muchísimos personajes fascinantes, cuando no increíbles, que nos encontramos en estas páginas. Si tuviera más tiempo y ganas de escribir, os hablaría un poquito de Paul Nazarov, un geólogo ruso que se convirtió en el líder de una operación para acabar con el poder de los bolcheviques en Asia Central, que acabó escapando a través de las montañas, donde fue emparedado vivo en una cabaña, y que nos contó sus aventuras en este libro.  Podría hablaros de Georges Agabekov, agente de la Cheka y desertor por amor, de quien Hopkirk apenas se ocupa, pero cuya vida daría para toda una novela. O de Mijaíl Borodin, agente de la Comintern que intentó exportar la revolución proletaria a China. O del Comisario Osipov, oficial del ejército rojo que decidió echar a los bolcheviques de Tashkent matándolos uno a uno para hacerse él solito con el poder. O qué decir de Chiang Kai Shek, cuya historia y la del Kuomintang Hopkirk nos relata de manera tan clara que servidor por fin la entiende. Y no podemos olvidarnos de Enver Pasha, cuyas aventuras, no por más conocidas dejan de ser igual de fascinantes que todas las demás. En fin, de todos ellos y unos cuantos más se ocupa este maravilloso libro. ¿He dicho alguna vez que me parece imperdonable que sólo haya un libro de Hopkirk traducido al español?

"Hopkirk no fue un historiador de sillón" (del obituario de The Times)

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