jueves, 22 de enero de 2015

Nicolás, Alejandra y los viajes interplanetarios


Cuentan que en el Petrogrado posterior a la revolución, se podía ver a un hombre negro que recorría las calles vestido con un ajado uniforme del ejército imperial. El hombre había sido sirviente de Alejandro III y guardaespaldas del zar Nicolás II, junto a otros tres "negros gigantescos" a los que en la corte se referían como "etíopes". El trabajo de estos guardaespaldas no consistía más que en abrir y cerrar puertas, e indicar, con su silenciosa entrada en una estancia, que una de sus majestades imperiales estaba a punto de llegar. Poco se sabe de Jim Hercules, pero es seguro que no era de Etiopía. Parece ser que veraneaba en América, y de ahí, según cuenta Anna Vyrubova, amiga de la zarina, traía mermelada de guayaba para regalársela a los hijos del zar. Según algunas fuentes, Jim era orginario de algún estado del sur de los EEUU, mientras que otras, basándose en el detalle de la mermelada, apuntan a un origen afrocaribeño. Existen páginas web y foros dedicados en exclusiva a Hercules, y ha llegado a escribirse una obra de teatro basada en el personaje: Hercules in Russia. Su rastro se pierde por completo en las calles de Petrogrado y en las páginas de la historia.


Jim Hercules

 Se me antoja que toda revolución, y en especial la rusa, podría compararse con un repentino viaje a otro planeta. Los paisajes, los hábitos diarios, la forma de hablar, y todo aquello que, más que formar parte de nuestra vida, constituía nuestra propia vida, desaparece por completo, y cualquier vestigio de su existencia parece tan irreal como un sueño. Así, el destino de Jim Hercules deambulando por Petrogrado en su raído uniforme puede parecernos casi surrealista, pero no es tan distinto del de Nicolás II, ayer dueño del mayor imperio de la tierra, mañana asesinado en un sótano; del de Maria Rasputín, a quien ya mencionamos aquí, y que acabó trabajando en el circo; del de Iósif Vissariónovich Djugashvili, que pasó de seminarista a bandolero, hasta llegar a ser uno de los mayores genocidas de la historia, y del de tantos y tantos otros personajes históricos o insignificantes.

El asesinato de Alejandro II, de G. Broling

El asesinato de Nicolás II se convirtió en el bautismo de sangre de la revolución bolchevique. Como consecuencia de ello y de los incustionables y graves errores de su reinado, para muchos, el último zar pasó a la historia como un auténtico déspota, cruel y sanguinario al tiempo que indeciso y manipulable. Massie nos ofrece una visión bastante más amable del zar, y señala la paradoja de que los grandes líderes políticos de la historia rusa, desde Iván el Terrible hasta Stalin, pasando por Pedro el Grande, han sido aquéllos que emplearon contra su pueblo la violencia más extrema. Por su parte, Alejandro II, el "zar bueno", abuelo de Nicolás, acabó con las tripas fuera, víctima de una bomba, y el propio Nicolás, hombre discreto, buen marido y padre de familia, terminó sus días en un sótano en Siberia.

El pequeño Nicolás junto a su enorme padre

Sin embargo, Nicolás y Alejandra, como podéis imaginar por el título, no es una historia de la revolución, sino de sus víctimas más insignes. Pues al grano.
A la edad de 26 años, cuando fue coronado, Nicolás no estaba preparado para ser zar. Creció a la sombra de un padre dominante, rudo y fuerte como un oso, que había emprendido su reinado con un ánimo muy diferente al de su propio padre, Alejandro II. Recordemos que fue este zar el que acabó con la servidumbre de la gleba, algo que no evitó su brutal asesinato, como hemos señalado más arriba. Su hijo, Alejandro III, padre de Nicolás, se comprometió desde el primer momento a gobernar "con fe en el poder y en el derecho de la autocracia". Y es que por muy mal que nos suene hoy, el concepto de autocracia era tan sagrado e incuestionable para el zarismo como podría serlo hoy la Constitución para nuestros políticos.

Los Lenin, con Alejandro en el centro y Vladimir a la derecha

Naturalmente, una parte del pueblo no pensaba igual, y de hecho, parecía que el destino deparaba a Alejandro III el mismo final que a su padre. Así, en la primavera de 1887 fueron arrestados en San Petersburgo cinco estudiantes que llevaban una bomba algo chapucera dentro de un diccionario de medicina hueco. La bomba había sido preparada para acabar con la vida del zar. Los estudiantes fueron ahorcados, y entre ellos estaba el hermano del hombre que un día se tomaría cumplida venganza: Vladimir Ilych Ulyanov, más conocido, idolatrado y denostado como Lenin. El atentado, pues, fracasó, y Alejandro III murió, a la temprana edad de 49 años, por una enfermedad. 

Fue la relativamente repentina enfermedad de Alejandro lo que propició la boda de Nicolás con Victoria Alicia Elena Luisa Beatriz, prince de Hesse-Darmstadt, que adoptaría el nombre de Alejandra al convertirse a la religión ortodoxa. Nicolás estaba profundamente enamorado de la princesa, y había declarado que preferiría meterse monje antes que casarse con Margarita de Prusia, una de las candidatas que se le habían propuesto. Alejandro y su esposa Marie no veían con buenos ojos la unión de su hijo con la casa real alemana, pero finalmente las circunstancias de estado les forzarían a aceptarla. A las puertas de la muerte, Alejandro, preocupado por su legado y por la falta de experiencia de Nicolás, decidió que por lo menos podía proporcionar cierta estabilidad a la corona mediante el matrimonio del futuro zar.

 Mathilde Kschessinska

Hasta ese momento, y mientras las circunstancias se lo permitieron, Nicolás se había dedicado a vivir la vida. Era oficial del ejército, tenía a su mando un escuadrón de caballería, y era popular entre sus hombres por su carácter afable, respetuoso y algo tímido, así como por su honradez y su inteligencia. No tenía nada de golfo, pero sí mucho de niño mimado, y hasta el día en que fue coronado zar, apenas si tuvo alguna responsabilidad. Iba de fiesta en fiesta, de baile en baile, y del restaurante al teatro. Conoció así a la bailarina Mathilde Kschessinska, que llegaría a ser la primera prima ballerina rusa, y que se convirtió en la amante más célebre del futuro zar. Os hablaba antes de viajes a otros planetas, y ésa es la impresión que sigo teniendo al pensar que Mathilde murió en 1976, es decir, ayer mismo, como quien dice.

En contra de lo que pudiera parecer, sobre todo hacia el final de su reinado, Nicolás Alexándrovich Romanov no era un hombre supersticioso. Alejandra, por el contrario, se convertiría, a raíz de la enfermedad de su hijo y los presuntos milagros obrados por Rasputín, en una persona trastornada por su devoción religiosa y su entrega a "nuestro amigo", que es como se refería al monje siberiano. Pero si hubieran creído en los augurios en el momento de la coronación, quizá hubieran salido huyendo del país.

Khodynka, antes de la tragedia

 El 27 de mayo de 1896, día posterior a la ceremonia de coronación, era el día del pueblo, y se había organizado para ello una enorme celebración en el Campo de Khodynka. En esta inmensa explanada, utilizada habitualmente como campo de entrenamiento del ejército y repleta de numerosas zanjas y trincheras, había carretas encargadas de repartir cerveza gratis y copas esmaltadas con el sello imperial. Según parece, a medida que crecía la aglomeración, empezó a correr el rumor de que no habría cerveza para todos. Se produjo entonces una avalancha que acabó con la vida de casi 1400 personas y dejó otros tantos heridos. Conmocionado, Nicolás quiso anular su asistencia al baile que organizaba aquella noche la embajada de Francia. Sin embargo, la presión de sus tíos, ante los que el zar siempre inclinó la cabeza, le obligó a ceder. El propio Serguéi Witte, Ministro de Hacienda, declaró que todos esperaban que el baile se cancelara. En su lugar de ello, todo siguió adelante como estaba preparado, con el zar y la zarina abriendo el baile. El pueblo interpretó la tragedia como un mal agüero. Otros vieron en ella el carácter desalmado del zar y "la alemana".

El káiser Guillermo II

No fueron sólo sus tíos los que apabullaban al zar con su carácter autoritario y lo trataban poco menos que de mocoso. La personalidad algo timorata de Nicolás hizo que también prestara demasiada atención a los consejos del káiser Guillermo II, el histrión de Europa, que nunca dejó de sembrar cizaña entre Rusia y Francia, y que alentó al zar a expandir su imperio hacia oriente, con el fin de reducir su influencia en Europa. Naturalmente, Guillermo no era el único en avivar estos sueños expansionistas, pues algunas voces en Rusia también advertían del peligro de una China en decadencia y de un Japón cada día más descarado. En cualquier caso, las consecuencias son bien conocidas: Rusia, a lomos de un absurdo triunfalismo, se embarcó en una guerra contra Japón que terminó en desastre y humillación. 

Alejandra y Nicolás, tras su compromiso

Por su parte, Alejandra también llegó, al decir de muchos, a convertirse en una calamitosa influencia sobre su marido. La zarina, como hemos visto, se encontró con muchos ceños fruncidos desde el primer día en que Nicolás manifestó sus intenciones respecto a ella. La unión de la corona rusa con la casa real alemana fue mal recibida por Alejandro III, y también el pueblo se mostró reacio a aceptarla. Sin embargo, lo que la enemistó tanto con las masas como con la nobleza rusa quizá no fue su origen (no en vano, la venerada Catalina la Grande había sido también alemana), sino lo mal que interpretaba el papel de zarina. Nunca se encontró a gusto en las grandes fiestas, los bailes, las cenas de gala o las recepciones, y le costaba enormes sacrificios ocultar su deseo de escapar de todo aquello y refugiarse junto a sus hijos y su estrecho círculo de amistades.
 
La familia imperial en 1913. Alexei, incapaz de andar, tenía que ser llevado en brazos

Este anhelo de intimidad se exacerbó cuando se descubrió la terrible enfermedad que aquejaba a Alexei, el benjamín y único varón de la familia. Alexei fue el quinto hijo del matrimonio, y su llegada fue una bendición para el zar y sobre todo para Alejandra, cuya obligación como zarina era proporcionar un heredero a la corona. Dado el recelo con que la trataban pueblo y familia real, cabe imaginar la ansiedad de Alejandra y el alivio que sintió cuando por fin pudo traer al mundo a un niño. La cuestión no era baladí: un siglo antes, Pablo I, hijo de Catalina, cambió la ley de sucesión de modo que sólo un hijo varón pudiera acceder al trono. El motivo de ello era el odio mutuo que se profesaban Pablo y su madre, quien de hecho dio a entender en sus memorias que Pablo era un hijo bastardo. Por ello, ahora, de no poder proporcionar un hijo varón al zar, la corona pasaría al hermano menor del zar, Miguel, y tras él, a la familia del Gran Duque Vladimir.

Esto ayuda a comprender por qué la hemofilia, que, como era bien sabido, corría por las venas de buena parte de las princesas europeas, y cuyo riesgo había sido asumido por las casas reales, se convirtió de repente en una cuestión de estado. Tanto es así que nunca se reveló al pueblo la naturaleza de la enfermedad de Alexei, lo cual provocó todo tipo de elucubraciones. Por el contrario, un reconocimiento claro de la situación, nos dice Massie, habría hecho que el pueblo no viera en la zarina a un ser huraño y misterioso sino a una madre afligida, con la que sin duda se hubiera identificado.


Robert K. Massie


El motivo inicial que llevó a Massie a investigar la historia de la última familia imperial rusa fue el nacimiento de su hijo, quien, al igual que Alexei, estaba afectado de hemofilia. Massie escribió el libro en 1967, cuando la enfermedad ya no era la condena de por vida que la reina Victoria de Inglaterra fue desperdigando por Europa, pero seguía siendo una enfermedad grave. Y aunque esto no tiene nada que ver con el libro que nos ocupa, creo que merece la pena contarse: como consecuencia de su enfermedad, Bob Massie, hijo del autor, tuvo que someterse a numerosas transfusiones. A mediados de los 80 descubrió que, a raíz de una transfusión con sangre contaminada, había sido infectado con el virus del VIH, y lo que bien pudiera haber sido una sentencia de muerte resultó ser un importantísimo avance en investigación, pues, con el paso del tiempo, se descubrió que Bob era inmune al virus. Posteriormente, enfermó gravemente de hepatitis, y cuando finalmente logró recibir un transplante de hígado, se curó también de la hemofilia.

Para Alexei, sin embargo, la enfermedad sí fue una condena, si no a muerte, sí a atroces sufrimientos por el resto de su vida. Cualquier pequeño tropezón podía tener como resultado una hemorragia interna incontenible que lo postraba en cama durante semanas entre dolores insoportables. Y es en ese momento cuando entra en acción Rasputín, el descomunal monje siberiano, iluminado, lascivo y milagrero. Rasputín entró en Tsárskoe Seló a través de Militza de Montenegro, Gran Duquesa de Rusia, fervorosa creyente en las ciencias ocultas. Al poco tiempo de su llegada, Rasputín ya contaba con la ciega devoción de Alejandra, merced al milagro de curar a Alexei a distancia y con el poder de la oración. Naturalmente, la ciencia siempre ha rechazado de plano cualquier tipo de milagro, y el mismo Massie sugiere que su poder radicaba sencillamente en la seguridad y tranquilidad que lograba inspirar en el paciente, así como en un buen uso del sentido común. Sea como fuere, las curaciones se sucedían, y, de propina, nuestro monje regalaba alguna que otra profecía. 

Anna Vyrubova con uno de sus álbumes de fotos


Antes de que Anna Vyrubova, amiga y confidente de Alejandra, se casase, Rasputín le advirtió de que su matrimonio estaba condenado al desastre. Vyrubova, pese a su sosez y su algo limitada inteligencia, es, como testimonio de la vida en la corte, como autora de un libro de memorias y como viajera interestelear fallecida en 1964, un personaje muy interesante. También pensaba así el pueblo, aunque por otros motivos. Verbigracia, su intimidad con la zarina y con Rasputín, que dio pábulo a las más escabrosas fabulaciones de la prensa y que, curiosamente, se tragaron gustosamente tanto la aristocracia como los revolucionarios. Su matrimonio con un oficial de la marina fue, como predijo Rasputín, un desastre que acabó en divorcio y, de hecho, el matrimonio nunca llegó a consumarse. Tan escandalosas eran las historias que corrían sobre salvajes orgías en la corte y sobre el modo en que Vyrubova conspiró y drogó al zar que, en mayo de 1917, fue arrestada y encarcelada por orden de Kerensky. Vyrubova decidió entonces defenderse de una manera bastante expeditiva: solicitó un examen médico con el cual se demostró que la depravada compañera de orgías de Alejandra era en realidad virgen. Sin embargo, antes de que entraran en vigor los métodos bolcheviques, habían de pasar todavía muchas cosas. Entre ellas, otra revolución, la de 1905, y una guerra, la mundial. 

  22 de enero de 1905. El Padre Gapon ante la puerta de Navka.

En 1905 los ánimos entre la población, sobre todo en el movimiento obrero, estaban calientes, y la humillación tras la derrota en la guerra ruso-japonesa los llevó a la ebullición. Poco antes, por iniciativa del ultrareaccionario y antisemita Ministro del Interior Viacheslav von Plehve, había surgido la Asamblea de obreros industriales rusos, un más que curioso movimiento obrero creado y dirigido en secreto por la policía. Este movimiento estaba liderado por el Padre Georgi Gapón, un cura petersburgués al servicio de la okhrana que, con este juego de agente doble, se proponía alcanzar el objetivo, según Massie, de "inmunizar a los obreros contra el virus revolucionario y fortalecer sus sentimientos monárquicos". No cabe duda de que su lucha por el pueblo era sincera. Por lo que respecta a sus, digamos, paradójicos objetivos, fueran loables o no, el caso es que se quedaron en meras y breves intenciones.

Emocionado con la misión que sentía se le había encomendado, en enero de 1905 Gapon se dedicó a arengar a los obreros con el fin de organizar una marcha multitudinaria al Palacio de Invierno, donde haría entrega al zar de una denuncia contra el gobierno "despótico e irresponsable", y una demanda de elecciones libres, la formación de una asamblea constituyente, la separación de iglesia y estado, entre otras. El 22 de enero, desde los barrios obreros, los grupos de manifestantes fueron convirgiendo en el centro. Algunos de ellos portaban iconos religiosos y cruces; otros, banderas nacionales o retratos del zar; muchos entonaban cantos patrióticos deseando una larga vida al zar. Ninguno de ellos sabía que aquel día el zar no estaba en el Palacio de Invierno. De repente, algunos soldados empezaron a disparar sobre la multitud, con el resultado de varios centenares de muertos.

El triste final del agente doble Georgi Gapon

Nunca ha llegado a aclararse cómo comenzó la masacre, pero sí parece cierto que se trató de una serie de disturbios en diferentes puntos de la ciudad, y que, pese a lo bien que ha quedado en los cuadros, en ningún momento hubo un enfrentamiento general frente al palacio. En cualquier caso, los muertos eran incontestables. Menos grave que la matanza, pero de mucha mayor relevancia histórica, fue la consecuencia inmediata de este Domingo Sangriento: pese a que el zar jamás dio la orden de disparar sobre la población,  el lazo sagrado que desde hacía siglos unía al zar con su pueblo se había roto para siempre. "Nicolás Romanov -escribió Gapon-, antiguo zar y ahora asesino del Imperio Ruso. Entre tú y el pueblo ruso está la sangre inocente de los obreros, sus esposas y sus hijos. ¡Que toda la sangre que se ha de derramar caiga sobre ti, verdugo!"

A partir de ese instante, y salvo algunos momentos de euforia, como por ejemplo con ocasión del tricentenario de la dinastía Romanov, el nudo alrededor del cuello del zarismo fue estrechándose paulatinamente. De poco le sirvió a Nicolás ceder a las demandas y consentir, mediante el Manifiesto Imperial de octubre de 1905, la creación de la primera constitución y el primer parlamento que tuvo Rusia, la Duma, así como establecer la libertad de expresión y de prensa. Al Domingo Sangriento le siguió un año todavía más sangriento (y del que hablamos aquí), con constantes huelgas, rebeliones de campesinos, y ataques a los terratenientes. El asesinato del Grand Duque Serge, tío del zar, apenas tres semanas tras aquel funesto día fue tan sólo el comienzo de un año de terror.


Huevo de Fabergé, con ocasión del tricentenario de la Casa Romanov

Y entre tanto, llegó la guerra. Uno de los incontables factores que contribuyeron al estallido de la Gran Guerra del 14 fue el convencimiento, por parte del káiser, de que Rusia no estaba preparada para combatir, y, por lo tanto, el conflicto con Serbia no saldría de los Balcanes. Nicolás, desde luego, era más que reacio a llevar a su país a la guerra, pero la presión por parte del ejército era enorme. Massie recoge un fascinante intercambio de telegramas entre el káiser y Nicolás en los que queda claro el modo en que Guillermo intentó, como en la guerra ruso-japonesa, manipular y engañar al zar, aunque ahora la jugada no le salió.

Era bien cierto que Rusia no estaba preparada para una guerra de ese calibre. Su ejército carecía de armamento moderno, y las infraestructuras ferroviearias eran insuficientes dadas las colosales dimensiones del país. Apenas pasados cuatro meses desde el inicio de la guerra, el ejército ruso había perdido un millón de hombres entre soldados caídos en combate, heridos y prisioneros. Con el fin de insuflar ánimo a las tropas, en 1915 Nicolás decidió trasladarse al cuartel general del ejército, situado en un campamento llamado Stavka, y se llevó con él a Alexei. Alejandra se quedaba en Tsárskoe Seló, mientras en el país el sentimiento antialemán crecía por momentos. Con Nicolás en el frente, podría haber sucedido algo terrible, es decir, que Alejandra, sin experiencia de gobierno y con todo el pueblo en su contra, hubiera tomado las riendas del país. Pero no sucedió lo terrible, sino algo aún peor: Rasputín.

 Nicolás, Alejandra y Alexei, en Stavka

El monje había perdido algo de influencia sobre la familia, a raíz, sobre todo, de su oposición a una guerra que el zar veía como una misión patriótica. Sin embargo, un oportunísimo milagro sobre Anna Vyrubova le hizo recuperar el poder sobre la zarina. Las consecuencias para el país fueron desastrosas. Mientras se entregaba por completo a los placeres de la carne, y provocaba escándalos tan sonados como el del restaurante Yar, donde, completamente borracho, mostró a los comensales sus cualidades más milagrosas, Rasputín se dedicó a poner y quitar ministros. De ahí a dar al zar instrucciones militares a través de la zarina había sólo un paso. Rasputín lo dio.

La historia se hace ahora más interesante aún, y Massie la cuenta con maestría. Sin embargo, no voy a entrar en detalles, dado que es extremadamente compleja, y hacerla mínimamente comprensible requeriría otra entrada. Y además estoy cansado. 

Quizá continuará.


Jim Hercules, Maria Rasputín y Mathilde Kschessinska

sábado, 10 de enero de 2015

¡Qué feliz era mi valle!


 A los americanos se les está acabando el monopolio de los thrillers y las historias de detectives. Es cierto que series como The wireBreaking Bad son ya un hito de la historia de la televisión, pero no es menos cierto que los rubicundos mocetones del norte de Europa y sus excelentes The bridge o The Killing vienen pegando muy fuerte. Pues bien, en los últimos tiempos se ha unido otro jugador a la partida, y es uno en el que no acostumbramos a pensar cuando hablamos de series policiacas.

La BBC es conocida por ese tipo de series televisivas que a algunos les gusta calificar como deliciosas, es decir, adaptaciones de novelas clásicas, con muchos salones de té, paseos por jardines impecables, pasión contenida, señores con espesas patillas, profusión de ironía y ancianitas tan venerables como ingeniosas. No asociamos la televisión inglesa con el thriller. De hecho, hubo una serie titulada The bill, producida por la ITV, que se transmitió con gran éxito en Gran Bretaña durante 16 años y que apenas se exportó a cuatro países. (Personalmente, creo que no os perdéis gran cosa).

Pero todo eso se acabó: Happy valley. Recordad bien ese nombre antes de que la compren los americanos y hagan su dichosa adaptación, porque ésta siempre será inferior al original.

 Será guapo, pero también un malo malísimo de los de verdad

En este valle feliz de Yorkshire encontramos una pequeña ciudad donde la droga causa estragos entre la juventud. Allí trabaja la sargento Catherine Cawood, cuya hija se suicidó hace unos años tras dar a luz a Ryan, fruto de una violación. Tommy Lee Royce, el hombre que la violó y que desconoce que tiene un hijo, acaba de salir de la cárcel, donde ha pasado ocho años por un delito de drogas. Por otra parte, Kevin Weatherill, un hombre algo amargado que trabaja de contable en una empresa donde se siente infravalorado, tiene la posibilidad de enviar a su hija a una de las mejores escuelas del país, pero para ello necesitará un sustancial aumento de sueldo. Su jefe, Nevison Gallagher, no parece demasiado dispuesto a concedérselo.

Happy valley nos acerca a la realidad de la vida en una comunidad pequeña, ni lo bastante urbana como para ofrecer oportunidades a la juventud, ni lo bastante rural para evitar su desarraigo. En el quehacer diario de los agentes del orden ocupan no poco lugar los adolescentes y veinteañeros que se pasan el día desvencijando coches y bebiendo en los parques. Es en uno de estos parques, en la primera escena, donde los guionistas dan con un modo muy efectivo y original de presentarnos a la agente Cawood y contarnos en cinco segundos la historia de su familia.


Hablaba más arriba de Breaking bad, cuya gigantesca sombra llega hasta este valle de Yorkshire, y son varios los puntos en común con la serie que puso Albuquerque en el mapa. (Otros apuntan como influencia mayor a Fargo, pero yo vi la película de los Coen cuando se estrenó, allá por ¡uf!, y no he visto la reciente adaptación televisiva). En primer lugar, naturalmente, tenemos el modo en que el negocio de la droga se arraiga en todos los estratos de la sociedad. Ahí está, por ejemplo, Ashley, el distribuidor de drogas de la zona, dueño de una especie de camping de caravanas bastante cutre que utiliza como tapadera al modo en que Gus utilizaba Los pollos hermanos. Hay que decir aquí que, en comparación con Breaking bad, todo en este valle sucede a una escala mucho menor, lo cual le da mayor verosimilitud. No hay aquí deus ex machina en forma de accidente de avión, ni ametralladoras que disparan con implacable precisión desde el maletero de un coche. La BBC se ha inclinado por un crudo realismo tanto en el argumento como en el retrato de personajes y sociedad. Este realismo ha motivado algunas críticas, en especial por la violencia de algunas imágenes, y es que el público de la BBC no está acostumbrado a según qué cosas.


 En segundo lugar, y aunque Kevin Weatherill no es el personaje principal, uno no puede dejar de compararlo con Walter White, un respetable padre de familia a quien la necesidad de dinero y el azar llevan a convertirse en criminal. Quizá podría reprocharse a Happy valley que la inagotable estupidez de Kevin va demasiado lejos en una obra de ficción, pero a ello podría responderse que dicha estupidez es superada día tras día en la vida real. En cualquier caso, el papel de Kevin no se limita a ser el desencadenante de la historia.

Al lado de los traficantes, violadores, secuestradores y asesinos con los que se mezcla, podría uno pensar que Kevin no es más que un pringao que ha cometido una tontería. Sin embargo, no debemos dejarnos engañar: Kevin es un personaje absolutamente despreciable, y es su verosimilitud lo que lo que lo convierte en, además de despreciable, siniestro. ¿No conocemos todos a alguien capaz de racionalizar cualquier falta o delito que cometa? "Me cuelo en el metro, sí, pero es que es muy caro". "Robé esto en el Corte Inglés, pero es que ellos explotan a sus trabajadores". Kevin es incapaz de admitir su culpa, y no deja de insistir en que todo ha sido un cúmulo de circunstancias desafortunadas. La droga es ubicua en nuestra sociedad, pero el verdadero problema son los Kevin que tenemos por vecinos.


El ritmo de esta serie llega a ser de taquicardia, y recuerdo que al final del cuarto episodio estaba temblando de la tensión como no recuerdo haberlo hecho nunca antes. A partir de ese momento, quizá dicha tensión baja un poquito, y la serie pasa a centrarse más en los dramas de las respectivas familias: la de la policía, la del criminal, la del inductor y la de la víctima. Ahondamos entonces en las miserias de la vida familiar de Catherine, y en la durísima relación que tienen todos con Ryan, el niño de ocho años, hijo del criminal al que toda la policía anda buscando. En estos dos últimos episodios, que, como digo, tienen algo de anticlímax tras el ataque de nervios que ha sufrido el espectador, se ahonda en una idea que, por obvia y manida que pueda parecer, no deja de ser una gran verdad: tus actos tienen consecuencias para la vida de los demás.

Trailer de Happy valley

Happy valley tiene en Tommy Lee Royce a uno de los malos más malos que he visto en mucho tiempo, pero el personaje, sobre todo hacia el final, va mucho más allá de la mera maldad. Algunos, tanto espectadores como los mismos personajes, se preguntan si Tommy es un psicópata. Ésa es, sin duda, la impresión que da en los primeros episodios. Más adelante, sin embargo, si bien lejos de llegar a sentir comprensión por él, el espectador sí entrevé en él una dimensión más humana, en el sentido más siniestro de la palabra. En todo caso, el duelo entre Catherine y Tommy se convierte también en un duelo entre actores. Impecables, magníficos, extraordinarios los dos, como de hecho todos los demás (marca BBC), en este duelo es difícil juzgar quién sale vencedor, pues Sarah Lancashire, que interpreta a Catherine, es una consagradísima actriz, mientras que James Norton (Tommy) acaba de empezar, como quien dice. Pero recordad también su nombre, porque el chico va a dar que hablar.

Kevin y las malas compañías

Volviendo a comparar entre la televisión americana y la británica, otra notable diferencia es que estos últimos saben muy bien cuando hay que parar. Recordad si no Fawlty Towers, una de las mejores comedias de la historia de la televisión británica, de la que se hicieron sólo doce miserables episodios. Y qué decir de The office, una de las series más influyentes de los últimos años (aunque demasiado inteligente para determinados países) y de la que también se hicieron tan sólo dos temporadas. Esta contención tan británica es especialmente sangrante en el caso de Happy valley, dado que sólo se han hecho seis episodios, si bien en términos de ritmo, argumento y desenlace, no sobra ni falta un minuto. Pero uno se queda con ganas de más. Afortunadamente, la BBC ha anunciado ya una segunda temporada.

En resumen, permanezcan atentos a sus pantallas y no se pierdan esta gran serie.

martes, 30 de diciembre de 2014

Restos de temporada 2014 (y 2)


Y al volver la vista atrás se ve la senda que alguna vez habrá que volver a pisar... o no. Porque, quién sabe, quizá el hecho de que algunas lecturas no dejen más recuerdo que una muesca en la culata no es una cruel injusticia, sino la ley de la literatura.


Constantinopla, de Isaac Asimov

Es inevitable utilizar el término "genio" al hablar de Asimov. Y si alguien lo pone en duda, no tiene más que echar un wikipédico vistazo a su obra y repasar sus logros literarios, académicos y cocienteintelectuales. De Asimov he leído varios libros de la impagable serie Historia universal, y este Constantinopla es otra maravilla. El problema es que me abrió el apetito por las grandes obras de la literatura bizantina, como La Alexiada, de Ana Comneno, y sobre todo Historia secreta, de Procopio, ambas prácticamente imposibles de encontrar por estos lares.


Nankin, de Nicolás Meylaender y Zong Kai

Uno de los genocidios más atroces (si es que en esto puede haber grados) es el cometido por el ejército japonés en la ciudad de Nanking en diciembre de 1937. Como parece ser que en el siglo XX sólo cabe un genocidio incontestable, todos los demás son constantemente matizados, relativizados, o abiertamente negados por los gobiernos de los países que los cometieron. Ahí está el genocidio de los armenios que perpetró Turquía a principios del pasado siglo, o esta indescriptible carnicería, en la que, entre otras barbaridades, dos generales japoneses compitieron por ver quién decapitaba antes a cien prisioneros, macabro duelo seguido de manera infame por la prensa nipona. Por ello, por mucho que el gobierno japonés aduzca que las cifras de la masacre están muy exageradas, uno puede imaginar hasta dónde podía llegar un ejército que se entretenía en semejantes competiciones. Baste decir que la población de Nanking sólo podía envidiar la suerte de aquéllos que morían por decapitación, y que la esvástica nazi se convirtió en un símbolo de libertad.
Esta sencilla novela gráfica nos cuenta la historia de una de las miles de víctimas, que, con la ayuda de un abogado, lucha por que se reconozca su sufrimiento.



Diálogos, de Luciano de Samósata

Uno se siente culpable cuando recuerda tan poco de una lectura tan amena como ésta. Menos mal que siempre hay tiempo para la relectura, y para inmortalizar ésta en una entrada memorable.


Calle Katilin, de Magda Szabo

Me quedé con la sensación de haber leído un muy buen libro. Sin embargo, en este caso también, su recuerdo, de manera probablemente injusta, se ha diluido entre otras lecturas del año.


Tela de sevoya, de Miriam Moscona

Uno de los libros más hermosos y sorprendentes de este año. Moscona, escritora mexicana de origen búlgaro sefardí, nos habla en este libro, que mezcla biografía, historia y ficción, del ladino, esa variante casi arcana del español, que se resiste a desaparecer. No os lo perdáis.


Los herederos, de Isaac Bashevis Singer

Segunda parte de La casa de Jampol, esa gran novela que reseñé aquí. La leí un par de meses después de haber terminado aquélla, y la verdad es que me costó retomar el hilo de tantas historias y personajes. No obstante, la maestría de Singer consigue engancharnos a este auténtico culebrón. Será una obra menor, pero entretiene.


Abdías, de Adalbert Stifter

Llegué a esta novela animado por Magris, que en El Danubio, hacía frecuentes referencias a su autor. Dado que me interesa tanto todo lo relacionado con la cultura y la historia de Europa central, en las ocasiones, como en este caso, en que el autor sitúa su historia en otro contexto no puedo dejar de sentirme un tanto engañado. Así y todo, y si la memoria no me falla, Abdías me dio la impresión de ser uno de esos libros algo engañosos, en el buen sentido de la palabra. Uno cree haber entendido la historia, pero no deja de preguntarse si eso es todo, sabiendo de antemano la respuesta: no.


El pobre músic, de Franz Grillparzer

A éste también llegué de la mano de Magris. No sé si será mejor o no que el de Stifter, pero sí respondió más a mis expectativas.Y de nuevo, recuerdo de él tan poco... Debo de sufrir, si no de voracidad, sí de gula lectora. Como y como (leo y leo) y no disfruto (no releo). Quizá sea éste uno de mis propósitos para el nuevo año: menos y mejor.


La vida secreta de Walter Mitty, de James Thurber

No es normal encontrarse un libro de Acantilado casi nuevecito en el Punt Verd del barrio, allí donde la gente lleva zapatos viejos, aceite usado y transistores para reciclar. Pocos meses antes se había estrenado la película del mismo título, con Ben Stiller, y uno se pregunta si fue la decepción ("la peli está bien, pero el libro no se parece en nada"), el afán de compartir el placer con el próximo, o simplemente la casualidad lo que hizo que este libro acabara en la antesala de la basura.
El relato que da título a la colección es, desde que se publicó, todo un clásico, aunque se podría discutir si es el mejor. De lo que sí estoy seguro es de que los guionistas tuvieron que emplear a fondo su imaginación para poder estirar un puñadito de páginas hasta convertirlo en una película de casi dos horas.
Thurber, en cualquier caso, se revela como un auténtico maestro en el retrato del hombrecillo insignificante, poquitacosa y cobardón, que se debate entre el esforzado convencimiento de que su vida encadenado a un barrio residencial y a su trabajo de oficina es el sueño al que siempre había aspirado, y la trágica convicción de que tiene que haber algo más.


Vanity Fair, de William S. Thackeray

El libro del verano, que apenas me dejó tiempo para nada más.
El título de este clásico del XIX, aparte del dudoso honor de dar nombre a una conocida revista, ha servido para definir perfectamente el concepto de la sociedad que tanto disgustaba a Thackeray, y que tanto asquito nos da a algunos en este siglo ya no tan nuevo. En un mundo donde pronto reconoceréis a un imbécil por el palito para el selfie, donde la apariencia es todo y la esencia, nada, y donde el meme de facebook tiene más poder que la lógica y el conocimiento, uno se pregunta cómo hubiera retratado el autor inglés a la sociedad en la que vivimos.
Sería exagerado decir que las 900 páginas de La feria de las vanidades se nos hacen cortas, pero sí es cierto que en nigún momento dejan de ser amenas. Y es que Thackeray consigue hacer de Becky Sharp una de esas malas malísimas que tanto nos gusta odiar. Becky es la niña de una familia empobrecida que tiene que abrirse paso en la vida a base de ingenio, picaresca y malas artes. Por su parte, Amelia, su amiga del alma, buena como el pan y cándida como un niño, es decir, sosa como la sopa de hospital, ve cómo la fortuna se vuelve en su contra. Naturalmente, la cosa se enreda bastante más, y, por ejemplo, aparte de mansiones, bodas, casinos y buques a la India, la novela nos lleva a Bruselas en vísperas de la batalla de Waterloo, en unas páginas interesantísimas sobre el modo en que se hacía la guerra en aquellos tiempos.
Con una obra escrita en el XIX y de estas dimensiones, las comparaciones o referencias a Dickens son inevitables. Vanity Fair tiene el subtítulo de "Una novela sin héroe", pues parece ser que la intención de Thackeray era hacer hincapié en los defectos no tanto de la sociedad como ente abstracto, como de las personas que la forman. Ahí radica una de las diferencias fundamentales con Dickens: en Thackeray ni los buenos son buenísimos, ni los malos están más allá de toda redención. Ojalá esto último fuera así también en nuestro mundo.


The fall and rise of Reginald Perrin, de David Nobbs

Como tantos otros de mi generación, recuerdo Auge y caída de Reginald Perrin, la serie televisiva basada en este libro, como fuente de constantes y estruendosas carcajadas. Un nuevo vistazo a la serie, sin embargo, así como la lectura del libro, me demuestran, una vez más, el modo en que el paso del tiempo endulza los recuerdos. Y no porque el libro no sea divertido, ojo, sino porque se trata de un humor agridulce, cuando no completamente amargo. Incluso me atrevería a ir más lejos: Auge y caída... no es una comedia agridulce, sino una tragedia. Una tragedia divertida. La tragedia del hombre moderno encadenado a un trabajo absurdo en el que la persona no puede desarrollar más que su mediocridad. ¿Os suena? Supongo que he dicho algo parecido al hablar de La vida secreta de Walter Mitty.


Black dogs, de Ian McEwan

Cuando vayas a Inglaterra, lee libros ingleses. Así, tras Thackeray y Nobbs, le tocó el turno a Ian McEwan, uno de esos autores que nunca nos defrauda. Este Perros negros es, como dice el cliché, McEwan en estado puro. Original, un tanto extraño, turbador y ese adjetivo inglés, haunting, que según el diccionario, significa inolvidable, evocador, persistente, obsesionante, agobiante, acechador. Pues no es nada de eso. Es haunting.


Génesis, de Robert Crumb
 
Al llevar a la novela gráfica el libro del Génesis, Crumb se guió por un principio elemental e irrenunciable: ser estrictamente fiel al texto escrito. Dicho así, no parece una gran hazaña, así que lo diré de otra forma: Crumb ha reproducido fielmente, en todas y cada una de sus palabras, el primer libro de la Biblia.
Cualquiera que haya leído siquiera las primeras páginas de, para muchos, EL Libro -que, como nos recuerda Crumb, no es la palabra de Dios, sino de los hombres- se habrá dado cuenta de las flagrantes contradicciones en aspectos tan cruciales como la creación del hombre, o de detalles tan curiosos como la diabólica serpiente, que no se convirtió en serpiente hasta que Dios la condenó. Crumb, de quien hace mucho tiempo hablé ya aquí, refleja dichas contradicciones, se recrea en sus habituales mujeres pechugonas y de firmes nalgas, y no elude siquiera las interminables genealogías. Respecto a esto último, tiene además el generoso detalle de darles a todos ellos un rostro. ¿No es eso una hazaña?
Naturalmente, si habéis leído la Biblia, convendréis conmigo en que, por fascinante que sea, el ritmo narrativo decae en ocasiones. También sucede eso en esta versión, pero para eso está el genio del autor, para deleitarnos con sus ilustraciones.


Rubicón, de Tom Holland

Por fortuna, se ha convertido en lugar común la idea de que los libros de historia, y de historia clásica en especial, no tienen por qué ser aburridos. Es más, hoy nadie le perdona a un libro de divulgación que no sea ameno. Y eso es lo que no le perdono yo a Rubicón: el tedio que me produjo (a la larga, eso sí; la primera mitad del libro es muy interesante). Y no por un excesivo academicismo, ni por el exceso de datos, ni por emplear un estilo demasiado serio y rimbombante. Todo lo contrario: el problema con este libro es que a Tom Holland se le notan demasiado las ganas por contar la historia de una manera amena sin emplear un estilo serio y rimbombante. Qué quisquilloso, diréis. La verdad es que no sabría decir qué fue exactamente lo que me irritó del libro. Quiero creer que fue el excesivo hincapié en el cotilleo, aunque de hecho, ahora mismo, al revisar las notas que fui tomando durante la lectura, no veo más que ideas interesantes.


La Gran Guerra, de Joe Sacco

Sacco es, desde hace ya unos años, uno de los maestros consagrados del reportaje gráfico, o, para ser menos ambiguos, del reportaje en forma de novela gráfica.
En La Gran Guerra Sacco decide dar una vuelta de tuerca a su obra y nos ofrece el relato del primer día de la batalla del Somme en un libro sin palabras formado por un dibujo despelegable. Es decir, que se puede 'leer' en un minuto, o demorarse uno durante horas. Vuelta de tuerca o rizo del rizo, el caso es que Sacco crea escuela, abre caminos, hace arte.


Apocryphal stories, de Karel Capek

Un libro genial a ratos, excelente en sus momentos más flojos, de un autor que yo creía más que olvidado, pero de quien compruebo que se han ido reeditando sus obras, incluida ésta. Prometo reseña.


La mujer silenciosa, de Monika Zgustova

Zgustova es una de esas personas que me inspiran gran admiración. Políglota, gran traductora, y experta en la literatura de Europa central y oriental, destaca también por su producción literaria, y es por lo visto una experta en Bohumil Hrabal. Tenía, por tanto, muchas ganas de leer una novela suya, pero lamento decir que no me enganchó lo suficiente como para terminarla. Bien escrita, sin duda, pero con una sensación constante de esto ya me lo han contado antes.


El retorno del profesor de baile, de Henning Mankell

Sólo ha habido un Mankell este año, pero ha sido uno de los mejores. Todo lo que se le puede pedir a un thriller.


Los surcos del azar, de Paco Roca

Como casi todos nosotros, el maestro valenciano jamás había oído la historia de La Nueve, división del ejército francés formada por soldados españoles. Y de las historias anónimas como la de Miguel Ruiz, militante de dicha división, es de donde, cuando uno menos se lo espera, surge la obra maestra.


En Siberia, de Colin Thubron

Qué lástima. Mira que pinta bien el libro, mira que tenía ganas de leerlo, mira que estaba en el momento propicio (ya sabéis que todos los libros tienen un momento propicio para leerlos)... y me toca una de las peores traducciones que he padecido en mucho tiempo.
Altaïr es una gran librería de viajes, pero como editorial (en colaboración con Península), debería gastarse un poco más de dinero en la traducción, y no encargársela a ese chico del almacén que ha viajado mucho y que domina el inglés mogollón.
Me diréis que soy demasiado severo, y es cierto que he soportado libros en traducciones quizá peores, pero mira, esta vez no me apetecía. Algunas de las perlas de esta traducción: en un momento se nos dice que el sótano donde Nicolás II fue asesinado junto con la zarina y sus cinco hijos tenía una superficie de 1,20 metros. Hombre, sería pequeño, pero la familia imperial, médico, criadas y un pelotón de fusilamiento, ¿todos dentro de un trastero donde apenas cabrían dos bicicletas para niños? Parece que el traductor tiene un problema con las medidas, ya que luego, al hablar del Transiberiano, pone en labios de Thubron que "con casi novecientos kilómetros desde los Urales a Vladivostok, recorría la que era con mucha diferencia la línea férrea más larga del mundo" No sé, pero el Barcelona-La Coruña debe de andar por ahí. Sin embargo, los horrores de esta traducción van más allá. Qué me decís de esta descripción de la más pequeña de las hijas de Nicolás: "el marimacho rechoncho de Anastasia". Y no hemos llegado a la página 30. Ahí lo dejé. 


Exposición de primavera, de György Spiró

Una gran novela sobre la represión estalinista en Hungría durante la revolución del 56, si no recuerdo mal. Habré olvidado los detalles, pero lo que cuenta, el relato de un hombre que se ve condenado por una insignificante nota de prensa, es pavoroso, y, pese a unas pocas páginas algo farragosas llenas de nombres que bien poco dicen al lector español, Spiró nos lo cuenta con gran talento.


Coraline, de Neil Gaiman

Sé que puede parecer absurdo, sobre todo por mi nivel de inglés, modestia aparte, pero este libro lo leí en ruso. ¿Motivo? Empezaba mi nueva etapa de lanzarme a leer libros en ruso no adaptados a estudiantes, y mi experiencia me dice que los libros para niños son ideales en ese sentido.
Coraline es, sencillamente, una excelente historia sobre padres e hijos, sobre la búsqueda de la identidad, sobre el amor, sobre el miedo... y qué miedo. Creo que si hubiera leído este libro en mi tierna infancia, hubiera disfrutado de unas pesadillas de agárrate y no te menees.



Nine suitcases, de Béla Zsolt

Esta iba a ir en la misma entrada que la de Spiró, para hablar del sufrimiento de los húngaros bajo los nazis y luego bajo los comunistas. Y quizá todavía me anime, porque si Exposición de primavera es buena, ésta es magistral. Durísima, evidentemente, como tienen que serlo las memorias de un judío húngaro condenado a trabajos forzados en Ucrania y luego esperando la deportación a los campos de exterminio. Carente de victimismo, pero escrito con una resignada desolación y humor amargo, Nueve maletas, que en España publicó la editorial Taurus, está hoy descatalogado. Suerte de las charities inglesas.


El almanaque de mi padre, de Jiro Taniguchi

Hace poco hablé de dos obras geniales de Taniguchi, el autor que, por lo menos en lo que a mí respecta, ha hecho de la palabra manga un señuelo difícil de resistir. Otra prueba de ello la tenemos en esta novela, donde, una vez más, el protagonista emprende, mediante el recuerdo, un viaje al pasado en busca de su padre. Emotivo, sencillamente profundo, y magistral.


Diario ruso, de Anna Politkóvskaya

Y yo que sueño con volver algún día a Rusia... Pues si alguien más tiene ese sueño, que no lea este libro. Apasionante de principio a fin, este diario transcurre durante los terribles años de la Segunda  Guerra Chechena, con bombas en Moscú, el trágico secuestro del teatro Dubrovka y la espantosa matanza en una escuela de Beslán. El cuadro de la siempre apaleada democracia rusa que nos pinta la malograda periodista es escalofriante, como lo es el retrato de Ramzán Kadírov, señor de la guerra checheno y títere de Moscú, con quien la autora se entrevistó en un escenario digno de Sacha Baron Cohen. Pero de este diario emerge sobre todo la siniestra figura de Putin, a quien Politkóvskaya dibuja como un dictador en toda regla.
Cuánto se echa de menos a Politkóvskaya, periodista libre y valiente que sabía muy bien el precio que se puede llegar a pagar en Rusia por esas cualidades. ¿Cómo nos hubiera explicado ella el conflicto entre Rusia y Ucrania?

Y bien, me dejo algunas en el teclado, con la buena intención de reseñarlas como Dios manda algún día de éstos.

Feliz añ@ nuevo a todos, mucha salud y buenas lecturas.


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