miércoles, 5 de agosto de 2015

Segundo breve glosario de clichés



El reciente fallecimiento de Lynn Anderson, conocida sobre todo por su interpretación del precioso clásico "Rose garden", me ha traído a la memoria recuerdos de mi infancia, de aquellos sábados por la mañana, cuando mi madre limpiaba la casa mientras yo esperaba el programa de Torrebruno, y en el tocadiscos sonaba uno de aquellos míticos recopilatorios de EMI o CBS con los grandes éxitos del año: "Nunca llueve en California", "Cabaret", "Salta, pequeña langosta" o la ya mencionada "Rose garden".

Pasaron un par de lustros y cuál no fue mi decepción cuando, un triste día de mi adolescencia, mis hasta entonces amigos empezaron a tararear idiotizados las canciones de un abominable grupo musical llamado Duncan Dhu. Entre los éxitos de los Dhu figuraba "Jardín de rosas", una escalofriante masacre de la canción de Anderson. Para mi desolación, mis amigos se reían de mí si les decía que aquella melodía que los volvía locos era más vieja que los piojos, por no mencionar que la letra de la nueva y nauseabunda versión decía lo contrario del tema original, que era casi un manifiesto antiedulcorante.

Aparte de no saber cantar, Duncan Dhu se caracterizaban por el uso, abuso y hasta monopolio de los clichés y topicazos más cursis de la historia de la música. Sus canciones hablaban de chicos solitarios que, tras pasarse la tarde dando vueltas en su oscura habitación, salían de casa, bajaban por la calle gris, llegaban a la vieja estación y se sentaban a esperar el tren del ayer.


 ADVERTENCIA: este vídeo contiene sonidos que pueden herir su sensibilidad

Y entre tanta cursilería, lugares comunes y latiguillos, me he acordado de lo que al respecto decía aquí, en la entrada Breve glosario de clichés, y me he dado cuenta de han pasado ya ¡cuatro años! de aquello. ¡Dios mío!, me atrevería a afirmar que el tiempo vuela. En todo caso, tanta nostalgia, tanta reseña atrasada por culpa del señor Proust, tantas semanas por delante sin acceso a internet, y tanto material proporcionado por nuestros suplementos culturales me han impulsado a dejar aquí, antes de irme de viaje, este segundo breve glosario con algunos de mis topicazos y lugares comunes preferidos de la crítica literaria de ayer, de hoy y de siempre.
 
Así que manos a la obra, que es gerundio.


Un guiño al lector: nuestro agudo crítico celebra con esta expresión su perspicacia y sus vastos conocimientos literarios. Así, si en una novela nos encontramos con un personaje que se llama Humberto, diremos que el autor hace un guiño a Nabokov. Una biblioteca muy grande es un guiño a Borges. Una gabardina es un guiño a Raymond Chandler.

Complicidad: concepto imprescindible en la crítica literaria moderna. Cuando el autor piensa que, en sus alusiones y guiños (ver anterior), se ha expresado de manera que hasta el más zoquete le podrá entender, diremos que "tiene complicidad con el lector".

El autor se reinventa: después de siete novelas sobre asesinos psicópatas, el autor decide que lo que siempre ha querido escribir es literatura infantil, y prueba suerte con una fábula sobre tejones, búhos y ardillitas. Es el momento de decir que el autor se ha reinventado.

 Todo por la raza

Escritor de raza: dícese del autor sumamente prolífico. Verbigracia, Lope de Vega, Corín Tellado o Simenon. No obstante, también se aceptan autores menos prolíficos siempre y cuando sean alcohólicos. Así, Hemingway, Scott Fitzgerald y Malcolm Lowry fueron escritores de raza.

Clásico moderno: dícese del best-seller de calidad (ver siguiente).

Best-seller de calidad: novela histórica con prudentes dosis de asesinatos, sexo y filosofía, sabiamente combinadas.

 ¿Sólo va de gángsters? Póngame más niveles de lectura, por favor.

La obra tiene varios niveles de lectura: el lector superficial podría pensar que se trata de un libro de cocina, pero el crítico podría demostrarnos, si el espacio se lo permitiera, que se trata de una despiadada sátira de la hermenéutica kantiana.

La poética: contrariamente a lo que podría parecer, este término no está relacionado con la poesía, ni tan sólo con la literatura. De hecho, no tiene relación con nada, pero es la mar de resultón. Instrucciones de uso: en lugar de hablar de la obra de Kundera, diremos "la poética de Kundera". Asimismo, en ocasiones estupendas, evitaremos hablar, por ejemplo, del concepto de la muerte, y lo sustituiremos por "la poética de la muerte". En definitiva, no caigamos en la vulgaridad de "la importancia de la crítica literaria" cuando, con muy poco esfuerzo y por el mismo precio, podemos hablar de su poética.

No se puede entender la literatura del siglo XX si no se ha leído a este autor: un modo de llamar ignorante al comprador sin que éste se entere.

No se puede entender la literatura española sin ella.

Y se acabó lo que se daba. Ahora toca descansar del calor, descansar de los alumnos, descansar de Proust, descansar del blog, descansar de nuestros gurús, desearos a todos unas buenas vacaciones y esperar que nos volvamos a leer en septiembre, un mes que vendrá, cómo no, cargado de sorpresas.

miércoles, 29 de julio de 2015

La prisionera


La quiero. No la quiero. La quiero. No la quiero... No la quiero.

De esta original guisa deshoja Marcel (llamémosle así) la margarita en La prisionera, y como a estas alturas ya nos hemos aprendido de memoria los títulos de los siete volúmenes, sospechamos que en el siguiente, La fugitiva (antaño Albertina desaparecida), esos pétalos llevarán escrito "la quise. No la quise". Pero cada cosa a su tiempo.

Sodoma y Gomorra concluía con un supuesto cliffhanger, que es como llaman los ingleses a las escenas finales llenas de suspense que nos mantienen en ascuas hasta el siguiente episodio. Ya sabéis, el héroe colgando sobre un foso lleno de crocodrilos y atado a una cuerda que se rompe por segundos. Es difícil imaginar a nuestro héroe en semejante trance, pero no cabe duda de que aquel "tengo que casarme con Albertina" tenía como objetivo dar un poco de aliento al lector que mira con recelo los tres volúmenes que le quedan y que a su vez lo contemplan a él desde la estantería, quietos, muditos, sin la menor apariencia de ocultar en su interior pasiones más turbulentas ni aventuras más trepidantes que las que ha vivido hasta ese momento en las fiestas de la duquesa de Guermantes. Esa frase, cuando menos, augura al lector un tenue hilo argumental y la declaración de intenciones, por parte del autor, de que va a pasar algo.

Y así, desde el primer momento nos encontramos con Albertina viviendo en la misma casa que el narrador y oculta a los ojos del mundo.
Cuando ahora pienso que mi amiga, a nuestro regreso de Balbec, fue a vivir bajo el mismo techo que yo, que renunció a la idea de hacer un viaje, que su habitación estaba a veinte pasos de la mía, al final del pasillo, en la sala de tapices de mi padre, y que todas las noches, muy tarde, antes de dejarme deslizaba su lengua en mi boca, como un pan cotidiano, como un alimento nutritivo y con el carácter casi sagrado de toda la carne a la que los sufrimientos que por ella hemos padecido han acabado de conferirle una especie de dulzura moral...

Fotograma de la adaptación que la televisión francesa hizo de la obra

Un comienzo feliz, casi idílico, e irremediablemente encaminado a un triste desenlace, es lo que quizá se diría ante estas palabras un lector poco avisado (no sé si yo seré avisado, pero ya empiezo a conocer a Proust). Pues bien, nada más lejos de la realidad. Desde el primer momento, la convivencia de Albertina con nuestro héroe, el mismo que dijo "tengo que casarme", no es para éste fuente de felicidad ni tiene nada de idilio. Podría pensarse que el leit motif de este volumen es, pues, la sencilla idea, ya mencionada, al respecto del deseo y la decepción y que podría resumirse en "sólo amamos aquello que está fuera de nuestro alcance". Ved si no lo que nuestro a ratos oblomoviano narrador tiene que decir al respecto de Albertina.
Otras veces permanecía acostado, soñando todo el tiempo que quería, pues había orden de no entrar nunca en mi cuarto antes de que yo llamase, lo que, por la incómoda posición de la pera eléctrica encima de mi cama, requería tanto tiempo que muchas veces, cansado de buscarla y contento de estar solo, casi volvía a dormirme unos momentos. No es que yo fuese completamente indiferente a la estancia de Albertina en nuestra casa. El estar separada de sus amigas conseguía evitar a mi corazón nuevos sufrimientos. Lo mantenía en un reposo, en una casi inmovilidad que le ayudarían a curarse. Pero al fin y al cabo aquella calma que me procuraba mi amiga era lenitivo del sufrimiento más que alegría. Y no es que no me permitiera gustarlas numerosas, pero estas alegrías que el dolor demasiado vivo me impidiera sentir, lejos de debérselas a Albertina, que por otra parte ya no me parecía apenas bonita y con la cual me aburría, sintiendo la clara sensación de no amarla, las gustaba, por el contrario, cuando Albertina no estaba conmigo. 
Y si eso es lo que dice en la página once, fijaos, después de tantas vueltas, lo que dice en la 474.
A decir verdad, incluso cuando comenzaba a mirar a Albertina como un ángel músico maravillosamente patinado y que me felicitaba de poseer, no tardaba en volver a serme indiferente; en seguida me aburría a su lado, pero esto duraba poco: sólo amamos aquello en que buscamos algo inasequible, sólo amamos lo que no poseemos, y en seguida volvía a darme cuenta de que no poseía a Albertina. 
No obstante, voy a atreverme a contradecir al narrador y a sugerir que quizá sería más preciso modificar dicho leit motif y enunciarlo como "sólo creemos amar aquello que tememos perder". Las sospechas que el narrador alberga sobre la fidelidad de Albertina, y más aún, sobre sus tendencias gomorrianas, despiertan en él unos celos paranoicos que lo llevan a confiar en Andrea para que, de manera tácita, vigile a Albertina y le informe a él de sus idas y venidas. Albertina, pues, tiene relativa libertad para entrar y salir, siempre que sus salidas cuenten con el visto bueno del narrador. De ahí el título de este volumen, La prisionera. Pero ¡aaamigo! Los títulos los carga el diablo. Piensas que has dado con uno perfecto, que revela lo justo sin llegar a desvelar nada ni confundir a nadie, y, cuando menos te lo esperas, te encuentras con que la historia se te ha ido de las manos, te ha cogido ese título y te lo ha puesto del revés... Naturalmente, es una forma de hablar. A Proust no se le va nada de las manos, pero sí me atrevo a afirmar que el verdadero título de este volumen es El prisionero.
De esto, precisamente de esto, me privaba la presencia de Albertina, mi vida con Albertina. ¿Me privaba de esto? ¿No debía pensar, por el contrario, que me regalaba esto? Si Albertina no viviera conmigo, si fuera libre, imaginaría, y con razón, a todas aquellas mujeres como objetos posibles, como objetos probables de su deseo, de su placer. Me parecerían como esas bailarinas que, en una danza diabólica, representando las Tentaciones para un ser, lanzan sus flechas al corazón de otro. Las modistillas, las muchachitas, ¡cómo las odiaría! Objeto de horror, quedarían excluidas para mí de la belleza del universo. Esclavo de Albertina, no sufriendo por ellas, las restituía a la belleza del mundo.

El sembrador, de Millet

Llegados hasta aquí, cinco volúmenes, casi dos mil páginas, el lector siente la tentación de empezar a recoger lo que ha sembrado con su lectura. O lo que la lectura ha sembrado en él. Y así, algunas ideas en las que Proust ha ido haciendo hincapié, empezamos a reconocerlas como centrales en la obra. Una de estas ideas es, evidentemente, la imposibilidad del conocimiento del otro. De hecho, Proust es aún más radical, pues, según él (o según como yo lo entiendo a él) dicha imposibilidad no se debe en absoluto a la impenetrabilidad del ser humano, sino a la inexpugnabilidad del muro que nos encierra a cada uno de nosotros. Cada persona es un mundo, lo sabemos. Pues bien, si te gusta la aventura y la exploración, podrás descubrir rincones inhóspitos del tuyo. Pero nunca lograrás ir más allá de tu cuerpo, tu mente, tu persona.

Sabemos, en consecuencia, que los intentos del narrador por saber y evitar, saber qué quiere hacer Albertina y evitarlo, saber qué hizo y ... ¿evitarlo? están condenados a la paradoja: si llegar, siquiera llegar a otra persona está fuera de nuestro alcance, ¿podemos al menos adueñarnos de ella? La consecuencia de este absurdo es casi lógica: al intentar adueñarse de un alma ajena, el narrador acaba siendo prisionero de sí mismo
Es terrible tener la vida de otra persona atada a la propia como quien lleva una bomba que no puede soltar sin cometer un crimen
Sigamos con la recolección. La siguiente idea se sembró hace algunos cientos de páginas, y aunque no madurará del todo hasta La fugitiva, aquí, cuales brevas, tenemos un anticipo. Hablamos de la multiplicidad de cada persona. Como dijo el filósofo, nadie puede bañarse dos veces en la memoria de Proust, pues ésta ya no es la misma, ni tampoco nosotros somos la misma persona que un día fuimos.
Cada vez, una muchacha se parece tan poco a lo que era la vez anterior (haciendo añicos en cuanto la divisamos el recuerdo que conservábamos y el deseo que nos proponíamos) que la estabilidad de naturaleza que le atribuimos es sólo ficticia y por comodidad de lenguaje. Nos han dicho que una linda muchacha es tierna, cariñosa, plena de los más delicados sentimientos. Nuestra imaginación lo cree sin más, y cuando la vemos por primera vez, bajo la corona rizada de su cabello rubio, del disco de su cara rosada, casi nos da miedo de que esa hermana demasiado virtuosa, al enfriarnos por su virtud misma, no pueda nunca ser para nosotros la amante que hemos deseado. Al menos, ¡cuántas confidencias le hacemos en el primer momento, creyendo en esa nobleza de corazón, cuántos proyectos convenimos los dos! A los pocos días nos pesa habernos confiado tanto, pues la muchachita de mejillas color rosa nos dice cosas propias de una lúbrica Furia. 
Como vemos, estamos ante una cruel paradoja del deseo, a saber, que trastorna hasta tal punto nuestra memoria que el logro de lo anhelado siempre constituirá una decepción.
¿No era, en efecto (...), la muchacha que vi la primera vez en Balbec, bajo su polo plano, con sus ojos insistentes y alegres, desconocida todavía, delgada como una silueta perfilada sobre la solas? Estas efigies que se conservan intactas en la memoria, cuando las encontramos de nuevo, nos asombra su desemejanza con el ser que conocemos; nos damos cuenta del trabajo de moldeo que el hábito realiza cotidianamente. En el encanto que Albertina tenía en París junto a la chimenea, vivía aún el deseo que me había inspirado el cortejo insolente y florido que se extendiera antes a lo largo de la playa, y así como Raquel conservaba para Saint-Loup, incluso después de dejarla, el prestigio de la vida de teatro, en esta Albertina enclaustrada en mi casa, lejos de Balbec, de donde yo la había arrancado precipitadamente, subsistían la emoción, la preocupación social, la vanidad inquieta, los deseos errantes de la vida de las playas. 

Varios rostros de Benozzo Gozzoli

Y por si no os ha quedado claro:
Pues los seres, incluso aquellos con los que hemos soñado tanto que nos parecían una imagen, una figura de Benozzo Gozzoli que se destaca sobre un fondo verdoso, y cuyas variaciones estábamos dispuestos a  creer que se debían únicamente al punto en que estábamos situados para mirarlas, a la distancia que nos separaba de ellas, esos seres, a la vez que cambian en relación a nosotros, cambian también en sí mismos; una figura que antes fuera sólo un perfil sobre el mar era más rica ahora, más sólida, más acusado su volumen. 
El recuerdo embellece su objeto, también en la memoria del lector. Por ello, mientras seguimos saboreando a cucharaditas esta obra (que algunos se jactan de devorar), a veces nos dejamos llevar por la nostalgia y recordamos con cierta añoranza los dos primeros volúmenes, donde parecía más fácil oír a Proust llamarnos por nuestro nombre. No obstante, creo que el primer tercio de La prisionera nos brinda una prosa quizá tan perfecta como aquélla, donde cada frase se pelea con la siguiente por aparecer citada en este blog. Qué decir, por ejemplo, de la descripción que hace el narrador del sueño de Albertina, descripción que se extiende a lo largo de cinco páginas, y que comienza tal que así:
Al cerrar los ojos, al perder la conciencia, Albertina se había desprendido, uno tras otro, de aquellos diferentes caracteres de humanidad que me decepcionaron e día mismo en que la conocí. Ya no quedaba en ella más que la vida inconsciente de los vegetales, de los árboles, vida más diferente de la mía, más ajena y que, sin embargo, me pertenecía más. Ya no se escapaba su yo a cada momento, como cuando hablábamos, por las puertas del pensamiento inconfesado y de la mirada.



Al acercarnos a otro árbol, vemos otra idea central de La recherche, ésta sí, bien madura. Hemos hablado de la multiplicidad de la persona a lo largo del tiempo y en relación al recuerdo. Bien, puede que una persona sea múltiple, y que podamos quitarle sus sucesivas capas cual a una cebolla. Pero el amor, ¡ah!, el amor es Uno. Además, es más generoso de nuestra parte subrayar la unicidad del amor en lugar del cinismo del narrador.
Me desnudaba, me acostaba y, sentada Albertina en una esquina de la cama, reanudábamos nuestra partida o nuestra conversación interrumpida por los besos; y en el deseo, lo único que nos hace encontrar interés en la existencia y en el carácter de otra persona, si, en compensación, vamos abandonando a los diferentes seres sucesivamente amados, permanecemos tan fieles a nuestra naturaleza que una vez, viendo en el espejo, mientras besaba a Albertina llamándola "niñita mía", la expresión triste y apasionada de mi propio rostro, semejante a lo que fuera en otro tiempo cerca de Gilberta, de la que ya no me acordaba, a lo que sería quizá después junto a otra si alguna vez llegara a olvidar a Albertina, me hizo pensar que por encima de las consideraciones de persona (decidiendo el instinto que consideremos a la actual como única verdadera) estaba yo cumpliendo los deberes de una devoción ardiente y dolorosa consagrada como una ofrenda a la juventud y a la belleza de la mujer. 
Recogido este fruto, creemos ver uno un tanto más difícil de encontrar, pero que sabemos que está ahí, puesto que donde crece la multiplicidad de la persona, la transmigración de las almas no puede andar muy lejos. Vale la pena buscar bien, es una trufa blanca de la prosa.
Cuando hemos pasado de cierta edad, el niño que fuimos y el alma de los muertos de los que salimos vienen a echarnos a puñados sus bienes y sus desventuras, queriendo cooperar en los nuevos sentimientos que experimentamos y en los cuales nosotros, borrando su antigua efigie, los refundimos en una creación original. 
Sabroso, ¿no? Deleitaos un poquito más.
Como todos debemos continuar en nosotros la vida de los nuestros, sin duda el hombre ponderado y burlón que no existía en mí al principio se había incorporado al hombre sensible, y era natural que así fuera, porque así habían sido mis padres. Por otra parte, al formarse este nuevo ser, encontraba su lenguaje ya preparado en el recuerdo del otro, irónico y reparón, con que me habían hablado, en el que ahora hablaba yo a los demás, y que salía de mi boca con toda naturalidad, bien porque yo lo evocase por mimetismo y asociación de recuerdos, o porque también las delicadas y misteriosas incrustaciones del poder genésico hubiesen dibujado en mí, sin intervención mía, como en la hoja de una planta, las mismas entonaciones, los mismos gestos, las mismas actitudes que habían tenido los que me dieron vida. 

Pigmalión y Galatea, de Laurent Pecheux

Sabedor de que, debido a su naturaleza solipsista, el otro, en este caso Albertina, es y será inaccesible, e intuyendo como consecuencia que nunca conseguiremos adueñarnos de su alma, el narrador, al que ahora imaginamos sosteniendo un cubo de Rubik, intenta vencer la paradoja con un cambio de estrategia, de armamento y hasta de objetivo: Albertina es parte de él, es su obra. Nos dice Pigmalión Proust:
 Me contestó con palabras que me demostraban cómo se habían desarrollado de pronto en ella, desde Balbec, una inteligencia y un gusto latente, palabras que ella decía debidas únicamente a mi influencia, a la constante cohabitación conmigo, palabras que, sin embargo, yo no habría dicho jamás, como si algún desconocido me hubiera prohibido usar nunca en la conversación formas literarias. (...) Y a pesar de todo me con movió, pues pensaba: cierto que yo no hablaría como ella, pero, por otra parte, ella no hablaría así sin mí, ha recibido profundamente mi influencia, de modo que no puede no amarme: es mi obra. 
¿Victoria o derrota? La posesión del ser deseado deja de ser imposible y pasa a ser inevitable. 
Por otra parte, si queremos reducir a una fórmula la ley de nuestras curiosidades amorosas, tendríamos que buscarla en la máxima diferencia entre una mujer vista y una mujer tocada, acariciada. (...) Una prostituta nos sonríe ya en la calle lo mismo que nos sonreirá dentro de la casa. Somos escultores. Queremos sacar de una mujer una estatua completamente diferente de la que ella nos ha presentado. Hemos visto una muchacha indiferente, insolente a la orilla del mar, hemos visto una vendedora seria y activa en su mostrador que nos responderá siempre secamente aunque sólo sea para que no se burlen de ella sus compañeras, una verdulera que apenas nos contesta. Bueno, pues inmediatamente queremos experimentar si la orgullosa muchacha de la orilla del mar, si la vendedora encastillada en el que dirán, si la distraída verdulera no llegarán, como resultado de nuestros manejos, a ceder en su actitud rectilínea, a rodear nuestro cuello con aquellos brazos que llevaban la fruta,  a inclinar sobre nuestra boca, con una sonrisa  consentidora, unos ojos hasta entonces fríos o distraídos. 
Huelga decir que, cuando reducimos nuestras curiosidades amorosas a una fórmula y jugamos a sacar de cada mujer una estatua diferente de la que hemos visto, el fruto recogido tendrá el amargo sabor del cinismo, al que, en todo caso, también nos habría conducido la unicidad del amor.
A decir verdad, yo había llegado con Albertina a ese momento en que (si todo continúa lo mismo, si las cosas ocurren normalmente) una mujer ya no nos sirve más que de transición hacia otra mujer. Todavía está en nuestro corazón, pero muy poco; tenemos prisa de ir todas las noches en pos de desconocidas, y sobre todo de desconocidas conocidas de ella que podrían contarnos su vida. Y es que ya hemos poseído, ya hemos agotado todo lo que ella ha querido entregarnos de sí misma. Su vida es también ella misma, pero precisamente la parte que no conocemos, las cosas sobre las que la hemos interrogado en vano y que sólo de labios nuevos podremos recoger. 
Una de las escenas más recordadas de este volumen tiene como protagonista al escritor Bergotte. O quizá sería más preciso decir a un pedazo de lienzo amarillo. A las puertas de la muerte, y a raíz de un artículo leído en un periódico, Bergotte siente la imperiosa necesidad de volver uno de sus cuadros favoritos, Vista de Delft, de Vermeer (que Proust escribe Ver Meer). Se trata de esa urgencia casi física que se apodera de nosotros en los momentos más cruciales de nuestra vida, como la que asalta al moribundo que, mientras agoniza, se tortura intentando recordar si cerró la puerta de casa con llave, o la mujer embarazada que, a punto de dar a luz, se sube a una escalera y se pone a pintar la cocina.
Un crítico escribió que en la Vista de Delft de Ver Meer (...), cuadro que Bergotte adoraba y creía conocer muy bien, había un lienzo de pared amarilla (que Bergotte no recordaba) tan bien pintado que, mirándole sólo, era como una preciosa obra de arte china, de una belleza que se bastaba a sí misma. Bergotte leyó esto, comió unas patatas y se fue a la exposición. En los primeros escalones que tuvo que subir le dio un vértigo. Pasó ante varios cuadros y sintió la impresión de la sequedad y de la inutilidad de un arte tan falso que no valía el aire y el sol de un palazzo de Venecia o de una simple casa a la orilla del mar. Por fin llegó al Ver Meer, que él recordaba más esplendoroso, más diferente de todo lo que conocía, pero en el que ahora, gracias al artículo del crítico, observó por primera vez los pequeños personajes en azul, la arena rosa y, por último, la preciosa materia del pequeño fragmento de pared amarilla. Se le acentuó el mareo; fijaba la mirada en el precioso panelito de pared como un niño en una mariposa amarilla que quiere coger. "Así debiera haber escrito yo -se decía... 

Vista de Delft, de Vermeer

La escena en cuestión maravilla por lo que tiene de enigmático, y porque intuimos que, oculta tras el enigma, la escena revela una absoluta sencillez. Si miráis el lienzo en cuestión, entenderéis lo que digo. En todo caso, uno no puede evitar preguntarse si por la boca de Bergotte el que habla no será nuestro autor, quien, llegado este punto, con los pulmones cayéndosele a pedazos y tras pasar incontables noches en vela dedicado a su obra, no desearía haber escrito algo tan sencillo y perfecto como ese trozo de pared amarilla.

Llegamos al final de nuestro pequeño huerto y me doy cuenta de que me he olvidado por completo de aquella hilera donde colgaban los formidables retratos del barón de Charlus y de Morel, quienes, a modo de un Augusto y un Cariblanco, han amenizado este volumen, actuando como contrapunto al foco intelectual del narrador. El primero de ellos es -creo que ya lo dije en la entrada anterior- una creación inolvidable y, posiblemente, uno de los mejores retratos que podemos encontrar en la literatura. Ese Charlus que, al principio de Sodoma y Gomorra, se nos revelaba como un impenitente sodomita, ha ido perdiendo con los años el miedo al qué dirán y todo atisbo de prudencia, para convertirse en una caricatura de carne y hueso, valga la contradicción.
Además, no era sólo en las mejillas colgantes de aquella cara pintada, en el pecho tetudo, en la grupa saliente de aquel cuerpo descuidado e invadido por el opulento abdomen donde sobrenadaba ahora, extendido como el aceite, el vicio que monsieur de Charlus guardara antes tan íntimamente en lo más secreto de sí mismo. Ahora se desbordaba en sus palabras. 
Y esta pequeña descripción es sólo una pequeña muestra. Porque hay más, muchísimo más. El huerto de Proust es inagotable.

Didier Sandré como Charlus

¿Qué esculturas, qué cuadros largamente perseguidos, poseídos al fin, o incluso, en el mejor de los casos, contemplados con desinterés, me hubieran dado acceso -como la pequeña herida que cicatrizaba bastante rápidamente, pero que la torpeza inconsciente de Albertina, de personas indiferentes o de mis propios pensamientos no tardan en abrir de nuevo- a aquel salirse fuera de sí mismo, a aquel camino de comunicación privado, pero que da a la carretera general donde acontece lo que no conocemos hasta el día que lo sufrimos: la vida de los demás? 

jueves, 16 de julio de 2015

Cuentos perdedores (10)






Tú y yo

Parece una burla, pero no lo es:

                 Hola, ya estoy aquí. ¿Cuándo nos vemos?
        Tú.

Hace unos años, ese mensaje me habría hecho el hombre más feliz del mundo. Ahora, sin embargo, me quedo mirando la pantalla, sin saber muy bien qué hacer. Transcurren los minutos. Cuando Carina llega a casa voy directo al recibidor. Me detengo a un par de metros de ella.

-Ya está aquí -le digo, sin darle tiempo a que se quite la chaqueta.
-¿Qué? ¿Quién? -pregunta un tanto asustada. Cuando alguien se salta el 'hola' no suele ser por nada bueno.
-Yo.

Tarda unos segundos en reaccionar. Por fin veo que los ojos se le vuelven acuosos y que el labio inferior empieza a temblarle. Esboza una de esas sonrisas que parecen expresar más compasión que alegría, y corre a abrazarme.
-Te lo dije, te lo dije -dice entre sollozos-, un día vendría.

*     *     *

He esperado la visita de mi doble durante más de veinte años. En realidad, no. Cuando la espera se convirtió en angustia, y las burlas que recibía, en algo demasiado cruel para continuar con ellas, desesperé, nunca mejor dicho. Recuerdo que mis amigos empezaron a recibir el mensaje -que en aquellos tiempos consistía en una llamada telefónica o una carta- a los quince años. Nada volverá a ser igual en tu vida, decían. "Será tu guía", "te ayudará en todo lo que necesites", repetían nuestros padres, así como aquéllos que ya se habían visto bendecidos por la visita. Pero lo cierto es que los primeros privilegiados no fueron nunca los que más parecían necesitarlo. Al contrario, primero le tocó a Miquel, que salía con la tía más buena del instituto, vestía ropa de marca y los fines de semana se iba a esquiar. La cara de emoción con que nos narró el encuentro fue muy parecida a la que tenía cuando nos habló de su primer polvo.

Después de él vino Marc, que todos los veranos se iba a estudiar a Inglaterra y cada septiembre se presentaba con su novia inglesa, siempre diferente de la anterior, para dejarnos a todos muertos de envidia.

Sin embargo, tíos como David, que perdió a su padre a los catorce y tuvo que ponerse a trabajar en un almacén por las tardes, no llegó a conocer a su doble hasta los veinticinco años, si no me equivoco. Y para entonces, como me contó él mismo el día anterior al encuentro, ya había perdido todo interés.

-Me he partido los cuernos trabajando mientras los demás se dedicaban a jugar, ligar y a los viajes. No he tenido juventud. Y ahora que, después de diez años, tengo un trabajo que ya quisieran otros, gano un buen sueldo y me voy a casar con la mujer de mis sueños, ¿va a venir ése a decirme lo que tengo que hacer con mi vida?

Es decir, lo mismo que me pasa a mí, que después de tanto tiempo no sólo había perdido la esperanza sino hasta las ganas de verlo. He superado mi adolescencia, he dejado atrás años y años de mofas y miradas compasivas, he rehecho mi vida. Tengo a Carina, a Íker, he creado mi propia empresa, nos quedan cuatro años para quitarnos de encima la hipoteca. ¿Qué necesidad tengo ahora de...? Por otra parte, sin embargo, siento que necesito dar este paso para saber que soy dueño de mi propia vida. Respondo al mensaje con la hora y lugar de la cita.

*     *     *

Hoy es el día. Me dispongo a salir. He vacilado un poco al pensar qué ropa debía ponerme. Si lo que decían era cierto, me ponga lo que me ponga, él llevará lo mismo y además le quedará mejor. Íker está sentado en el sofá, con su tableta. Me acerco a él y le pregunto qué está haciendo. Viendo páginas sobre animales, como siempre. En la pantalla se ve una especie de rana con las branquias creciéndole alrededor del cuello. Qué es eso, le pregunto.

-Es un ajolote.
-Un ajolote.
-Es como una especie de salamandra, pero muy rara, y sólo vive en algunos lagos de México.
-Ah, muy bien muy bien.

Me inclino sobre él y le beso el cabello.

*     *     *

Allí está, sentado a una mesa en la terraza del Tres Tombs. Mi camisa, en efecto, le sienta mucho mejor que a mí. Ha pedido la misma cerveza que voy a pedir yo. El efusivo apretón de manos que una vez tanto disfruté imaginando se queda en una sonrisa de circunstancias.

Me siento. Me sonríe.

Tras unos segundos escrutándonos mutuamente, decido ir al grano.

-¿Por qué has tardado tantos años?
-No estabas preparado.

No, por favor. No me digas que no ha traído más que frases de manual de autoayuda.

-¿Y ahora lo estoy?
-¿Tú que piensas?

Sólo llevamos un minuto y ya me ha hecho enfurecer. Doy un largo trago a la cerveza para intentar tranquilizarme. Le pregunto qué ha hecho durante todo este tiempo.

-Observarte. Esperar.

Más vale que cambiemos de tema.

Nadie sabe a ciencia cierta dónde viven nuestros dobles. ¿Están acaso todos encerrados en una especie de cuartel general, de donde sólo salen cuando sienten que ha llegado el momento de cumplir con su misión? ¿O, por el contrario, flotan en una dimensión desconocida, fuera del tiempo y el espacio, hasta que llega su momento estelar? Tropiezo con las palabras al formularle la pregunta.

-No digas tonterías. Sabes muy bien dónde vivo. La cuestión es dónde vives tú.

Estoy por tirarle le cerveza a la cara. A él y a todos los que me contaron arrebolados cómo el encuentro con su doble les transformó por completo y lamentaban que dicho encuentro sólo pueda tener lugar una vez en la vida.

Cansado de oír sus frasecitas, decido guardar silencio. Si de verdad tiene algo que decirme, que sea él quien tome la iniciativa. Pero pasan unos minutos y ninguno de los dos dice nada. Continúa ahí sentado, mirándome con una mueca que se me antoja cínica, hasta que caigo en la cuenta de que estoy viendo mi propia sonrisa. El camarero pasa a nuestro lado y los dos hacemos el gesto de pedir la cuenta. Seguimos mirándonos. Esto acabará pronto. No parece sorprendido por mi evidente decisión de dar por concluido el encuentro.

-Pago yo.
-No, pago yo.

Arrastro la silla hacia atrás y me pongo en pie.

-Bueno -le digo-. Me voy. Me esperan Carina e Íker, y ya estoy harto de perder el tiempo.

Quiere decir algo, pero la sonrisa se le ha congelado y es incapaz de abrir los labios. Intenta levantarse y se encuentra paralizado. Veo en sus ojos el miedo, el horror y la soledad. Comprende que va a tener que hacer un largo viaje, quizá a una dimensión desconocida, fuera del tiempo y el espacio.


domingo, 5 de julio de 2015

Sodoma y Gomorra


Pues los dos ángeles que fueron puestos a las puertas de Sodoma para saber si sus habitantes, dice el Génesis,  habían hecho verdaderamente todo aquello cuyo clamor llegara hasta el Altísimo fueron, y hay que felicitarse de ello, muy mal elegidos por el Señor, que debió confiar tal misión a un sodomita.

*     *     *
 
Fue una lástima que Proust no estuviera conmigo hace veinte años en aquel albergue junto al lago Nicaragua, donde conocí a una pareja gay de Estados Unidos, dos señores cuarentones (de quienes hablé aquí) que, una noche, tuvieron la amabilidad de prestarse a una sesión de "todo lo que quiso saber sobre la homosexualidad y no se atrevía a preguntar". Digo que es una lástima porque, como veremos en seguida, nuestro autor tenía unas ideas un poquito curiosas sobre la "inversión", que es el término que emplea con más asiduidad, y por ello me habría gustado ver qué impresión le causaba aquella pareja. Proust, por su parte, dice en Sodoma y Gomorra cosas como las siguientes:

El adolescente al que no le gustan las mujeres y quiere curarse encuentra con alegría este subterfugio de descubrir una novia que le representa un cargador de muelle. En el caso contrario, si la mujer no tiene desde el principio los caracteres masculinos, los adquiere poco a poco para agradar a su marido, aun insconscientemente, con esa especie de mimetismo en virtud del cual ciertas flores toman la apariencia de los insectos a los que desean atraer.

Mucho ha llovido en un siglo, y supongo que uno tendrá que hacerse a la idea de que algunos homosexuales poco sabían de su condición más allá de la imposibilidad, que afecta a todo mortal, de reprimir sus deseos. Afortunadamente, y a pesar de figurar como tal en ciertos escaparates, En busca del tiempo perdido no es una novela gay y uno no la lee con el objetivo de aprender nada, sino porque, con permiso de Cervantes y algún otro, es la obra literaria más grande jamás escrita.

El narrador entra bien pronto en materia, y nos describe de esta guisa el encuentro entre el barón de Charlus y Jupien, el chalequero:

... tenía miedo de hacer ruido. De todos modos hubiera sido inútil. Ni siquiera tuve que lamentar no haber llegado a mi taller hasta pasados unos minutos. Pues, por lo que oí al principio en el de Jupien, y que no fue más que sonidos inarticulados, supongo que pocas palabras se dijeron. Verdad es que aquellos sonidos eran tan violentos que, de no repetirse sucesivamente y cada vez una octava más alto en quejido paraleleo, habría podido yo creer que una persona estaba degollando a otra muy cerca de mí y que, después, el homicida y su víctima resucitada tomaban un bño para borrar las huellas del crimen. 

Y todavía viene la propina.

Posteriormente llegué a la conclusión de que hay una cosa tan estrepitosa como el dolor, y es el placer, sobre todo cuando va acompañado -a falta del miedo a tener niños, y aquí no era el caso, a pesar del ejemplo poco probatorio de la leyenda dorada- de los cuidados inmediatos de limpieza.

No se vayan todavía, que aún hay más:

Exige recibir él mismo por la mañana, en la cocina, la crema fresca de manos del mozo lechero y, las noches en que el deseo le excita demasiado, llega hasta a traer a su camino a un borracho, hasta arrancarle la blusa a un ciego. 

Pero no todo tiene por qué ser tan sórdido. También hay sitio para la mitología:

Así, los invertidos, que se suelen relacionar con el antiguo Oriente o con la edad de oro de Grecia, vendrían aún de más lejos, de aquellas épocas de prueba en que no existían ni las flores dioicas ni los animales unisexuados, de aquel hermafroditismo inicial de cuyos rudimentos de órganos machos parecen quedar huellas en la antomía de la mujer y de los femeninos en el hombre.

Dejémoslo aquí por el momento, que tampoco hay que abusar de las citas. (Triste sino el del bloguero que se atreve con Proust. ¡Tanto por citar y tan poco que decir!)

Robert de Montesquiou, que inspiró el personaje del barón de Charlus

Algún amigo de Proust cuyo nombre ahora se me escapa le reprochó que el narrador de A la recherche... no fuera homosexual. ¿Por qué tal reproche? ¿Acaso pensaba dicho amigo que se le estaba hurtando algo de veracidad a la obra? ¿De honestidad? Proust nunca dejó de insistir en que había escrito una obra de ficción, y negó siempre que se tratara de una autobiografía. Lejos de mi intención entrar en el manido debate sobre la interrelación entre una y otra, pero sí resulta curioso que, al margen de la novela, nuestro autor negara rotundamente su propia condición sexual, hasta el punto de retar a un duelo al escritor Jean Lorrain, por hacer insinuaciones al respecto. 

Estoy combinando la lectura de Proust con la obra Años de vértigo, de Philipp Blom, un interesantísimo paseo por la historia cultural de occidente en los años que van de 1900 al inicio de la Gran Guerra. Nos dice Blom que la decadencia de la virilidad era uno de los principales motivos de preocupación en aquella sociedad. Las mujeres daban los primeros pasos en la lucha por sus derechos, caía la natalidad, y se observaba con preocupación una cierta degeneración de las costumbres. Cabría deducir por todo ello que la cuestión de la homosexualidad juega en este volumen un papel no muy diferente del que, en El mundo de Guermantes, jugaba el caso Dreyfus. Es decir, quizá Proust no dedicó un volumen (en realidad, el tema es constante a lo largo de toda la obra) a una obsesión personal, sino a algo que era, a pesar del tabú, una cuestión social.

Mucho se ha dicho y escrito al respecto de la vida sexual de Proust, y algunos de sus contemporáneos, como nos explica el álbum biográfico del primer volumen de Alianza, tuvieron el mal gusto de recrearse en detalles francamente escabrosos, por no decir repulsivos. Evitemos, pues, ese interés gratuitamente morboso, y veremos que en Proust la cuestión homosexual va mucho más allá del sexo.

Raza sobre la cual pesa una maldición y que tiene que vivir en la mentira y el perjurio, pues sabe que se considera punible y vergonzoso, por inconfesable, su deseo, ese deseo que constituye para toda criatura el mayor gozo de vivir, que tiene que renegar de su Dios, pues hasta los cristianos, cuando comparecen ante el tribunal como acusados, les es forzoso, ante Cristo y en su nombre, defenderse como de una calumnia de lo que es su vida misma; hijos sin madre, a la que no tienen más remedio que mentir toda la vida y hasta a la hora de cerrarle los ojos; amigos sin amistades,a pesar de todas las que inspira su encanto, frecuentemente reconocido, y que su corazón, que suele ser bueno, sentiría...

Quién sabe, quizá el amigo de Proust no acertó en sus reproches.

 Madame Armand de Caillavet, modelo de Mme Verdurin

La cuestión de la homosexualidad, descrita en ocasiones, como habéis visto, de modo bastante crudo, y personificada sobre todo en el barón de Charlus, creación literaria absolutamente inmortal, así como los inevitables cotilleos al respecto en los salones y fiestas, podrían, una vez más, engañarnos al respecto del verdadero motivo y alimento de la obra: la memoria, por supuesto. De hecho, este volumen se abre con el narrador remontándose desde la primera palabra a un momento muy anterior a aquél con que llegaba a su fin El mundo de Guermantes:

Mucho antes de hacer a los duques la visita que acabo de contar...

En nuestro paseo por el camino de Swann vimos cómo la memoria agarraba puñados de la infancia del narrador y los derramaba sobre la página como si fueran granos de arena. Hizo luego lo propio con su adolescencia, en A la sombra de las muchachas en flor, y quizá recordéis cómo en El mundo de Guermantes asistíamos al momento en que por primera vez las mujeres miraban a nuestro héroe como a un hombre. Es decir, que a pesar de la aparente y muy engañosa parsimonia con que el narrador se demora en salones, paseos en coche y descripciones de espinos blancos, los años tampoco pasan en balde en el tiempo perdido, donde los personajes, algunos de ellos tan queridos por el lector, empiezan a envejecer. Hacia el final del volumen anterior, Swann se presentaba en el salón de los Guermantes con una triste noticia. Aquí volvemos a verlo, cada vez más avejentado y alejado de aquel atractivo dandy que fascinó a nuestro narrador en su infancia.

Por fin tuve la alegría de que entrara Swann en aquella sala, tan grande que al principio no me vio. Alegría con mezcla de tristeza, de una tristeza que quizá no sentían los demás invitados, pero que en ellos consistía en esa especie de fascinación que ejercen las formas inesperadas y singulares de una muerte próxima, de una muerte que, como dice el pueblo, llevan en la cara.

Huelga decir que la descripión del decrépito Swann se extiende a lo largo de casi tres páginas maravillosas. Un fragmento más:

Por otra parte, acaso en aquellos últimos días la raza acusaba en él el tipo físico que la caracteriza, al msimo tiempo que el sentimiento de una solidaridad moral con los demás judíos, solidaridad que Swann parecía haber olvidado toda su vida, y que, injertados uno en otro, la enfermedad mortal, el asunto Dreyfus, la propaganda antisemita, habían despertado, sin embargo, hay algunos israelitas, muy finos y delicados hombres de sociedad, en los cuales permanecen en reserva y entre bastidores, para salir a escena en un momento oportuno de su vida, un zafio y un profeta. Swann había llegado a la edad del profeta.

 Charles Haas, en quien Proust se inspiró para el personaje de Swann

El carácter profético de Swann, aquel hombre antaño envidiado y alabado por todos y que un día, entre ceder al deseo y preservar su prestigio, eligió convertirse en la comidilla de los salones, se empieza a reflejar quizás en el narrador, quien a todas luces siempre ha sentido más afecto y admiración por Swann, en quien ve -o el lector intuye- un alter ego, que por su propio padre. Nuestro héroe, en efecto, empieza a manifestar un afán de posesión y unos celos en nada diferentes a los de aquel Swann que espiaba la ventana de Odette, celos y afán que llevará al extremo en La prisionera.

... comencé a comprender que la vida de Albertina estaba situada (claro que no materialmente) a tal distancia de mí, que siempre necesitaría fatigosas exploraciones para poner la mano sobre ella.

A los que tenemos una relación, digamos, normal con nuestra pareja, en algún momento puede llegar a chocarnos la que se da entre el narrador y Albertina.

La pérdida de toda brújula, de toda dirección, que caracteriza la espera, persiste todavía después de llegar la persona esperada, y sustituyendo a la calma que nos permitía pintarnos su llegada como un determinado placer, nos impide sentir ninguno. Allí estaba Albertina: desatados mis nervios, no se habían repuesto y seguían esperándola.

Es decir, nos llegaría a chocar si nosotros mismos no hubiéramos sido víctimas, en algún momento de nuestra vida, de ese amor que no conoce nombres, que nos engulle y nos obliga a errar por el mundo a la sombra de muchachas en flor, suplicando aunque sea un poquito de simulacro.
 
Me debía haber marchado aquella noche sin volver a verla jamás. Ya entonces presentía que, en el amor no compartido -lo que equivale a decir en el amor, pues hay seres para los que no existe el amor compartido-, sólo se puede gustar de la felicidad ese simulacro que me era dado en uno de esos momentos únicos en los que la bondad de una mujer, o su capricho, o el azar, aplican a nuestros deseos, en una coincidencia perfecta, las mismas palabras, los mismos actos que si de verdad fuéramos amados.

 Eso sí, no cometamos el error de concluir que, igual que sólo existe un único amor al que vamos cambiando el nombre a lo largo de nuestra vida, sólo existe una vida. Es cierto que en un momento dado, el narrador nos dice que:

Deseamos apasionadamente que haya otra vida en la que seríamos lo mismo que somos en este mundo. Pero no reflexionamos en que, aun sin esperar a esa otra vida, ya en ésta, pasados unos años, somos infieles a lo que hemos sido, a lo que queríamos seguir siendo inmortalmente. Aun sin suponer que la muerte nos modificara más que esos cambios que se producen en el transcurso de la vida, si, en esa otra vida, encontráramos el yo que hemos sido, nos apartaríamos de nosotros como de esas personas con las que hemos estado relacionados, pero a las que no hemos visto desde hace mucho tiempo.

Pero si nuestro anhelo se queda en eso, en mero deseo irrealizado, ello no se debe a que sólo haya una vida, sino, quizás, a que, al igual que la memoria, nuestra presencia en una u otra vida no depende de nuestra voluntad. Así, de una manera que se nos antoja inevitable, el buceo en las paradojas de la memoria lleva a Proust hasta la metempsicosis.

Todos tenemos nuestros recuerdos, ya que no la facultad de recordarlos (...) Pero, ¿qué es un recuerdo que no se recuerda? O vayamos más lejos. No recordamos nuestros recuerdos de los treinta últimos años; pero nos bañan por completo; ¿por qué, entonces, detenerse en treinta años, por qué no prolongar hasta más allá del nacimiento esa vida anterior? Desde el momento en que no conozco toda una parte de los recuerdos que están detrás de mí, desde el momento en que me son invisibles, en que no tengo la facultad de llamarlos a mí, ¿quién me dice que, en esa masa desconocida de mí, no hay algunos que se remontan mucho más allá de mi vida humana? Si puedo tener en mí o en torno mío tantos recuerdos que no recuerdo, este olvido (al menos olvido de hecho, puesto que no tengo la facultad de ver nada) puede recaer en una vida que he vivido en el cuerpo de otro hombre, incluso en otro planeta. Un mismo olvido lo borra todo. Pero entonces, ¿qué significa esa inmortalidad del alma cuya realidad afirmaba el filósofo noruego? El ser que yo seré después de la muerte no tiene más razones para acordarse del hombre que yo soy desde mi nacimiento que éste para acordarse lo que fui antes de él.

 Albertina, vista por David Wesley Richardson

Acostumbra decirse que uno de los temas principales de En busca del tiempo perdido es el desarrollo de la vocación literaria del narrador. Si esto es así, lo cierto es que Proust hace hincapié justamente en la incapacidad del narrador para ponerse a escribir. A su frustración inicial, que le aplasta la confianza en sí mismo (al comienzo del segundo volumen, por recordar un ejemplo, sus pinitos literarios no merecen por parte de Norpois más que el desprecio), se une, quizá, su arrolladora pasión por, si no gozar, sí observar la vida, deleitarse en su belleza y estudiar su fealdad. En definitiva, cuando quiere ponerse a escribir, siempre lo llama algún asunto ineludible, como mirar el mar o escrutar por enésima vez las últimas palabras de Albertina, en un intento de saber si son ciertos los rumores que la tachan de gomorriana. A pesar de todo ello, el narrador sí tiene muy claras sus ideas acerca del acto de escribir. Aquí lanza una puya a los escritores que pasan más tiempo en las redes sociales que leyendo o escribiendo:

Un verdadero escritor, exento del estúpido amor propio de tanta gente de letras, si, al leer el artículo de un crítico que siempre le ha mostrado la mayor admiración, ve citados los nombres de autores mediocres y no el suyo, no tiene tiempo de detenerse en lo que pudiera ser para él un motivo de extrañeza: le reclaman sus libros. 

Veíamos más arriba cómo, al respecto de la homosexualidad, Proust parece plantear un juego de dobles negaciones, algo que, al decir de algunos, debería darnos una afirmación. Así, Proust nos dice: "yo no soy homosexual", para luego añadir "los homosexuales viven en la mentira y el perjurio". Se me ocurre que se oculta un juego parecido en lo que respecta a la identidad del narrador, quien se nos presenta como la antítesis de "un verdadero escritor", y al acto de escribir. De hecho, en el siguiente volumen veremos que este juego, por lo menos en dos ocasiones, es mucho más explícito. Pero no adelantemos ni los acontecimientos ni su gloriosa y proustiana ausencia.

 Sodoma y Gomorra ofrece otro de los grandes momentos magdalena de la obra. Recordaréis que en el volumen anterior asistíamos a la muerte de la abuela del narrador, la persona a la que más próximo se sentía el narrador, como sucede con relativa frecuencia, pues la relación con nuestra abuela siempre estará libre de la tensión que envuelve a la que tenemos con la madre. Este momento magdalena tiene lugar en Balbec, de vuelta en el mismo hotel donde ambos se habían alojado la vez anterior.

Perturbación de toda mi persona. La primera noche, como sufría una crisis de fatiga cardíaca, tratando de dominar el sufrimiento, em incliné despacio y con prudencia para descalzarme. Pero apenas toqué el primer botón de la bota, se me llenó el pecho de una presencia desconocida, divina, me sacudieron los sollozos, me bortaron lágrimas de los ojos. El ser que venía en mi ayuda, que me salvaba de la sequedad del alma, era el que, años antes, en un momento en que ya no tenía nada de mí, había entrado y me había vuelto a mí mismo, pues era yo y más que yo (el continente, que era más que el contenido y me lo traía): Acababa de ver, en mi memoria, inclinado sobre mi fatiga, el rostro tierno, preocupado y decepcionado de mi abuela, como aquella primera noche de la llegada; el semblante de mi abuela, no de la que yo me había sorprendido y reprochado echar tan poco de menos y que de ella sólo tenía el nombre, sino de mi verdadra abuela, cuya realidad viva encontraba ahora por primera vez desde los Champs-Elysées, donde sufrió el ataque. Esta realidad no existe para nosotros mientras hoa sido recreada por nuestro pensamiento (sin esto, los hombres que han intervenido en un combate gigantesco serían todos grandes poetas épicos); y así, en un deseo loco de arrojarme en sus brazos, sólo en aquel momento -más de un año después de su entierro, por ese anacronismo que con tanta frecuencia impide la coincidencia del calendario de los hechos con el de los sentimientos- acababa de enterarme de que había muerto.

¿Tendría yo un momento magdalena parecido si me volviera a alojar en aquella pensión de Cañete, aquel precioso pueblo donde, de niño, pasamos un verano, una pensión cuyos pasillos amanecían tachonados de las cacas de un perrito pequinés, donde mi hermano y yo pillamos piojos, y donde una noche en que mi abuela se levantó de la cama para acercarse hasta la mía y arroparme, yo, haciéndome el dormido, en un reflejo condicionado por ese temor a que nos encuentren despiertos, entreabrí los ojos y vi, a través de la tela de su camisón, sus flácidos pechos, imperdonable pecado que jamás, hasta hoy, confesé a nadie? 

Lo reconozco: estaba equivocado. Pensaba que, a partir de El mundo de Guermantes, Proust había dejado de escribir sobre mí. Concluido ya el quinto volumen, constato que, por muchos salones llenos de duques y princesas que aparezcan, por muchos sodomitas, gomorrianas, ramas de espino y representaciones de las obras de Racine, En busca del tiempo perdido es, en más de un sentido, el libro de mi vida.

 Obsérvense las proporciones de la obra

 No puedo irme sin señalar que, naturalmente, no todo es sodomía y gomorrez en este volumen. También hay sitio para el humor. Porque no me digáis que el bueno de Marcel no se estaba cachondeando del lector cuando dice: 

Las proporciones de esta obra no me permiten explicar aquí por qué...

domingo, 21 de junio de 2015

La cavilaciones de un doctor sueco


Permitid que os presente al doctor:

Me parece que en este momento nadie en el mundo está tan solo como yo. Yo, el licenciado en medicina Tyko Gabriel Glas, que a veces ayudo a otros pero no he podido nunca ayudarme a mí mismo, y que, a los treinta años cumplidos, nunca he estado junto a una mujer.

 Si además del tono que ya se intuye en esa presentación, os digo que este pequeño gran libro está escrito en forma de diario, quizá penséis que se inscribe en un tipo de subgénero literario que podríamos llamar "literatura de locos" (os dejo que busquéis vosotros los ejemplos). Pero, al igual que suele suceder con los protagonistas de dichas obras, el doctor Glas no está loco. Es más, ni siquiera lo aparenta. De hecho, es un señor de lo más respetable y venerado, cuyos pacientes tienen en él una fe casi religiosa, fe que conduce a uno de ellos, la esposa del pastor Gregorius, a confesarle el tormento que le supone cumplir sus deberes conyugales.

Esa confesión desencadena todos los acontecimientos posteriores, pues Glas, con quijotesco afán, se propone evitarle a la señora Gregorius el suplicio de someterse a su marido. Huelga decir que esto no apunta a un final feliz.

Poster de la película Doctor Glas (1968), de Mai Zetterling

Aunque Glas, como hemos dicho, no está loco, tenemos que aceptar que ser virgen a los treinta y, pese a gozar de una estupenda salud, no tener perspectivas de dejar de serlo no puede ser muy bueno para el equilibrio mental de una persona. En el caso de nuestro protagonista, la abstinencia le ha llevado a una sacralización del sentimiento amoroso, y es que, en cierto sentido, Glas es un romántico radical, de los de o todo o nada:

Después pasó mucho tiempo antes de que yo me diera cuenta de que era un hombre y de que en el mundo hay mujeres. Pero ya estaba endurecido. Una vez por lo menos había sentido una centella de la gran llama, y estaba menos dispuesto que nunca a contentarme con sucedáneos de amor.

Esa centella de la gran llama, la única y casta experiencia del doctor con una mujer, experiencia que a posteriori se vio marcada por la tragedia, tuvo lugar en una lejana noche de San Juan de su temprana adolescencia. Pero esa añoranza de un amor puro y absoluto, con el consiguiente desprecio por todo aquello que considere impuro, se extiende más allá del amor. En primer lugar, Glas desarrolla una auténtica aversión al sexo. Hace unos días oí a mi hija, de ocho años, preguntar a su hermano, de diez, si una mujer puede elegir cuándo se queda embarazada. El mayor bajó la voz y procedió a explicarle las cosas que hacen los mayores. Al cabo de unos momentos, mi hija, con una expresión de franco repelús, se dirigió a mí para preguntarme si mamá y papá también hacemos esas cosas. Y es que el sexo, para alguien que no lo ha experimentado nunca, puede ser muy feo. Glas adopta ante el sexo una actitud parecida a la de una niña de ocho años, aunque sabe racionalizar muy bien ese asco.

¿Por qué la vida de nuestra especie tiene que conservarse, y nuestro deseo saciarse, mediante un órgano que usamos varias veces al día para evacuar impurezas? ¿No podría hacerse mediante un acto dotado de dignidad y de hermosura, a la vez que de profundo goce? Un acto que pudiera realizarse en la iglesia, a la vista de todos, igual que en la tiniebla y la soledad. O en un templo de rosas, al sol, entre canto de coros y la danza de los invitados a las nupcias.


Fotograma de la película de Zetterling

Glas ve en el sexo un instinto incontrolable que denigra y veja a la señora Gregorius, un comportamiento animal que, paradójicamente, al convertirse en tabú, es no sólo bendecido por la iglesia, sino también empleado de manera brutal por uno de sus representantes. La hipocresía de esta sociedad donde todo se justifica por la moralidad hace que Glas se cuestione sus actos pasados y justifique los futuros.

"¡Cuidado, sacerdote! He prometido a esta mujercita, a esta femenina flor de claro pelo sedoso, que la protegería de ti. Cuidado, tu vida está en mis manos, y quiero y puedo hacerte bienaventurado antes de que tú lo pidas. Cuidado, sacerdote, no me conoces, mi conciencia no se parece en nada a la tuya, mi juicio final lo dicto yo, soy de una especie de hombres que ni siquiera sospechas que exista".

A nadie le sorprenderá, pues, que la novela causara gran conmoción y escándalo en Suecia, un país que a la sazón era profundamente religioso y donde tan sólo cuatro antes se había publicado un libro como Jerusalén. Söderberg, no contento con hacer del sacerdote un personaje moralmente reprobable y físicamente repulsivo, toca además asuntos todavía hoy tan controvertidos como el aborto o la eutanasia.

Tiene que llegar, y llegará, el día en que el derecho a morir se considerará mucho más importante e inalienable que el derecho a introducir una papeleta en una urna electoral.

 Estocolmo a principios del s. XX

Hacia el comienzo de la novela, Glas recuerda a una chica que llega desesperada a su consulta suplicándole que la saque del apuro en el que su novio la ha metido. Glas se niega a ello, pero justifica su negativa no por criterios morales, sino simplemente para evitar meterse en líos. Cuando años más tarde, se encuentre de nuevo con aquella chica, hoy señora casada, y con el deforme fruto de aquel embarazo indeseado, no podrá sino reafirmarse en su recién adquirida convicción:

La moral es la opinión que tienen las otras gentes sobre lo que es justo. Pero lo que ahora se discute es mi propia opinión.

La novela bebe, por no decir se emborracha, de Nietzsche y de Dostoievski, de Zaratustra y Raskolnikov, algo que se puede ver en ese diálogo que mantienen sus dos yo, en el que ambos se han quitado el atuendo de ángel y demonio, para quedarse con el disfraz de moral y el de voluntad. La palabra moral, como nos recuerda Glas, viene del latín mos, y significa hábitos o costumbres. ¿De dónde procede, pues, esa autoridad que la moral se arroga? Por su parte, la voluntad, tanto tiempo reprimida, ¿cuánto tiempo más podrá resignarse a ser sometida? Ved cómo explica la señora Gregorius por qué accedió a casarse con el pastor.

Me encerré en mi cuarto a llorar. Siempre me había repugnado un poco, de un modo extraño, y creo que es precisamente eso lo que me decidió a consentir. Nadie me forzó, nadie me persuadió. Pero yo creía que era la voluntad de Dios. Me habían enseñado que la voluntad de Dios consiste siempre en lo más opuesto a nuestra propia voluntad.


 
En un interesantísimo artículo sobre esta obra, Margaret Atwood traza paralelismos entre la historia que nos ocupa y la estructura del romance. Así, la señora Gregorius vendría a ser la doncella secuestrada por un dragón (Atwood habla de un troll), quien a su vez está encarnado en su esposo el pastor. Lógicamente, el papel de caballero al rescate debería recaer en el propio Glas, pero, por suerte, las cosas no son tan sencillas. Puede que, por un momento, Glas se vea a sí mismo como ese héroe que va a salvar a la doncella de las garras del monstruo, pero el propio doctor no tarda en confesarnos una curiosa característica que no sabemos en qué categoría de fetichismo encaja: nuestro héroe sólo es capaz de enamorarse de mujeres que ya están enamoradas de otro. Glas se explica explica esta particularidad suya por el hecho de que el amor transforma a las mujeres y las vuelve radiantes. Renuncia, por tanto, desde el primer momento a la mujer que ama y lo hace en beneficio de otro hombre. En definitiva, mientras algunos tiran por Freud (cuya influencia en la novela es evidente) y aducen una homosexualidad reprimida o mera impotencia para explicar el personaje de Glas, el artículo de Atwood nos da una idea mucho más aproximada de la riqueza y complejidad de esta pequeña maravilla.

Doctor Glas, hierve con la pasión que rebosaba toda la literatura de finales del XIX. Pensándolo bien, quizá el término pasión pueda ser engañoso, y habría que utilizarlo en compañía de radicalismo. Ambos términos, utilizados conjuntamente, describen mejor una época-péndulo marcada en toda Europa por la atracción de los extremos, en la que conviven, por mencionar unos ejemplos, el mesianismo de Tolstoi y el nihilismo dostoievskiano; en Viena, la nostalgia épica de Joseph Roth y la descarada sexualidad de Schnitzler; y en Suecia, la ya mencionada Jerusalén y esta denuncia de la hipocresía de la moral cristiana.

 En suma, una pequeña obra maestra que se lee en una tarde, y que dura mucho más.



Queremos ser amados; a falta de eso, admirados; a falta de esto, odiados y despreciados. Queremos suscitar en los demás alguna especie de sentimiento. El alma aborrece el vacío, y quiere tener contactos a cualquier precio.

jueves, 11 de junio de 2015

Citas de Guermantes


Como en la entrada anterior me quedé con las ganas de incluir citas a porrillo, con ésta no pretendo más que saciar muy ligeramente mis ansias de releer y releer, para luego copiar y copiar fragmentos, páginas y hasta capítulos. Os advierto, en consecuencia, que lo que encontraréis aquí no son precisamente aforismos. No soy demasiado amigo de esas perlas de ingenio condensadas, a no ser que sean de mi propia cosecha o de la de Oscar Wilde. Además, con el bueno de Marcel esa clase de condensación no es tan habitual, dado que lo suyo era justo lo contrario: si Proust encontraba una perla, la ocultaba en el centro de una madeja de lana, que se ponía entonces a devanar con esmero de artesano, recreándose ahora en el giro de la muñeca, ahora en el tacto de la lana, ahora en la etimología de devanar.

Así que vamos allá.

Proust-narrador nos habla aquí sobre el hada de los nombres.

El hada, sin embargo, se esfuma si nos acercamos a la persona real a que corresponde su nombre, porque entonces el nombre empieza a reflejar a esa persona, y ésta no contiene nada del hada; el hada puede renacer si nos alejamos de la persona, mas si permanecemos cerca de ésta, el hada se muere definitivamente y con ella el nombre, como aquella familia de Lusignan que había de extinguirse el día en que desapareciese el hada Melusina. (página 16 en la edición de Alianza)

Aquí, sobre por qué los nombres tienen esa capacidad de hacernos evocar.

Y el nombre de Guermantes de entonces es también como uno de esos globitos en que se ha encerrado oxígeno o algún otro gas: cuando llego a agujerearlo, a hacer salir de él lo que contiene, respiro el aire de Combray de aquel año, de aquel día, mezclado a un olor de espinos blancos agitados por el viento del ángulo de la plaza, precursor de la lluvia... (17)

Sobre el sueño profundo.

Se llama a esto un sueño de plomo, parece que uno mismo se haya convertido, por espacio de algunos instantes después de haber cesado un sueño así, en un simple monigote de plomo. Ya no somos personas. Entonces, ¿cómo es que al buscar uno su pensamiento, su personalidad, como quien busca un objeto perdido, acaba por recobrar su propio yo antes que otro alguno? ¿Por qué cuando empezamos a pensar de nuevo no es entonces la que encarna en nosotros otra personalidad que la anterior? No se ve qué es lo que dicta la elección y por qué, entre los millones de seres humanos que uno podría ser, va a poner precisamente la mano en aquel que era la víspera. ¿Qué es lo que nos guía cuando verdaderamente ha habido interrupción (ya haya sido completo el sueño o los sueños enteramente diferentes de nosotros)? Ha habido verdaderamente muerte. (...) La habitación, desde luego, aunque solamente la hayamos visto una vez, despierta recuerdos de que oenden otros más antiguos. (...) La resurrección en el despertar -después de ese benéfico acceso de enajenación mental que es el sueño- debe de asemejarse, enel fondo, a lo que ocurre cuando se vuelve a encontrar un nombre, un verso, un estribillo olvidados. Y acaso quepa concebir la resurrección del alma allende la muerte como un fenómeno de memoria. (116-117)

Sobre un detalle insignificante.

...añadió, sonriendo al embajador con una pusilanimidad, pero también con una ternura que le hizo alzar los párpados y descubrir los ojos, grandes como un cielo.
Me parecía haber visto aquella mirada, y, sin embargo, sólo de hoy conocía al historiador. De pronto recordé que esa misma mirada la había visto yo en los ojos de un médico brasileño que pretendía curar los ahogos como los que yo padecía con absurdas inhalaciones de esencias de plantas. (300)

Sobre la muerte.

Realmente decimos que la hora de la muerte es incierta, pero cuando lo decimos nos representamos esa hora como situada en un espacio vago y remoto; no pensamos que tenga la menor relación con la jornada comenzada ya y que pueda significar que la muerte -o su primera toma de posesión parcial de nosotros, después de la cual ya no ha de soltarnos- podrá producirse esta misma tarde, tan poco incierta, esta tarde en que el empleo de todas las horas está regulado de antemano. Tiene uno empeño en salir de paseo para alcanzar en un mes el total de aire sano ncesario ha vacilado respecto a la elección del abrigo que debe llevar, del cochero a que llamará; está uno en el coche, tiene por delante toda la jornada corta, porque quiere uno volver a tiempo para recibir a una amiga; quisiéramos que hiciese también buen tiempo a la mañana siguiente, y no se sospecha que la muerte, que caminaba en nosotros en otro plano, en medio de una impenentrable oscuridad, ha escogido precisamente este día para salir a escena, dentro de unos minutos, aproximadamente en el momento en que el coche llegue a los Campos Elíseos. (419)

Sobre el pasado.

El pasado no sólo no es fugaz, sino que no se mueve de un mismo sitio. No es sólo que meses después del comienzo de una guerra puedan actuar eficazmente sobre ella unas leyes votadas sin prisas; no es sólo que quince años después de un crimen que ha quedado sumido en la oscuridad pueda encontrar todavía un magistrado los elementos que habrán de servir para poner en claro ese crimen; al cabo de siglos y siglos, el erudito que estudia en una región apartada la toponimia, las costumbres de los habitantes, podrá captar todavía en ellas tal o cual leyenda anterior, con mucho, al cristianismo, incomprendida ya, si no es que olvidada incluso en tiempos de Heródoto, y que en la denominación dada a una peña en un rito religioso, perdura en medio del presente como una emanación más densa, inmemorial y estable. (555)

Sobre la leche hirviendo.

El que se ha quedado completamente sordo ni siquiera puede hacer calentar a su lado un cacillo con leche sin que tenga que espiar con los ojos, sobre la tapadera ladeada, el reflejo blanco, hiperbóreo, semejante al de una tempestad de nieve, y que es el signo premonitorio al cual es prudente obedecer retirando, como el Señor al detener las aguas, los enchufes eléctricos; porque ya el huevo ascendente y espasmódico de la leche que hierve lleva a cabo su crecida en algunas ebulliciones oblicuas, infla, redondea algunas velas medio zozobradas que había plegado la crema, arroja a la tempestad una de ellas, de nácar, y la interrupción de las corrientes, si se conjura a tiempo la tormenta eléctrica, hará girar todas esas velas sobre sí mismas y las lanzará a la deriva, trocadas en pétalos de magnolia. (101)

Sobre el heroísmo retrospectivo. Y no miro a nadie.

Consideraban a Dreyfus y a sus partidarios como traidores, bien que veinticinco años más tarde, como las ideas habían tenido tiempo de clasificarse y el dreyfusismo de cobrar en la historia cierta elegancia, los hijos, bolchevizantes y valseadores, de esos mismos jóvenes aristócratas habían declarado a los "intelectuales" que les interrogaban que seguramente, de haber vivido en aquel tiempo, hubiesen estado de parte de Dreyfus, sin saber a ciencia cierta mucho más de lo que había sido el affaire ... (533)

Sobre las horas perdidas.

Apenas nos aprovechamos de nuestra vida, dejamos inacabadas en los crepúsculos de estío o en las noches precoces de invierno las horas en que nos había parecido que hubiera podido, sin embargo, estar encerrado un poco de paz o de goce. Pero esas horas no están absolutamente perdidas. Cuando cantan a su vez nuevos momentos de placer que pasarían del mismo modo, tan endebles y lineales, vienen ellas a traerles el basamento, la consistencia de una rica orquestación. Se extienden así hasta una de esas felicidades tipo, que sólo se encuentran de tarde en tarde, pero que siguen existiendo... (527)

Sobre nombres, historia y memoria.

Si el nombre de duquesa de Guermantes era para mí un nombre colectivo, no era sólo en la Historia, por la suma de todas las mujeres que lo habían llevado, sino también a lo largo de mi corta juventud, que había visto ya en esta sola duquesa de Guermantes superponerse tantas mujeres diferentes, desapareciendo cada una de ellas cuando la siguiente había cobrado suficiente consistencia. Las palabras no cambian de significación, durante siglos, tanto como cambian para nosotros los nombres en el espacio de unos años. Nuestra memoria y nuestro corazón no son bastante grandes para poder ser fieles. No tenemos suficiente sitio, en nuestro pensamiento actual, para guardar los muertos al lado de los vivos. Nos vemos obligados a construir sobre lo que ha precedido y que sólo volvemos a encontrar al azar de una excavación del género que... 700

Sobre nuestra vida, hecha de esbozos.

Cuando volví a encontrarme solo en casa, acordándome de que había ido a hacer una excursión a prima tarde con Albertina, de que cenaba pasado mañana en casa de la señora de Guermantes y de que tenía que contestar a una carta de Gllberta, tres mujeres a las que había querido, me dije que neustra vida social está llena, como el estudio de un artista, de esbozos abandonados en los que por un momento habíamos creído poder plasmar nuestra necesidad de un gran amor, pero no pensé en que a veces, si el bosquejo no es demasiado antiguo,  puede ocurrir que volvamos a tomarlo y que hagamos de él una obra completamente diferente, y quizá más importante, inclusive, que la que primeramente habíamos proyectado. (518-9)

Sobre el momento en que el narrador se da cuenta de que las mujeres ven en él a un hombre.

Entonces solamente me percaté de que acababa de producirse en torno a mí (a mí, que hasta ese día -salvo la preparación en el salón de la señora de Swann -había estado acostumbrado en casa de mi madre, en Combray y en París, a los modales, protectores o a la defensiva, de hoscas burguesas que me trataban como a un chiquillo) un cambio de decoración comparable al que introduce de repente a Parsifal en medio de las muchachas-flores. Las que me rodeaban, completamente descotadas (su carne aparecía por los dos lados de una sinuosa rama de mimosa o bajo los anchos pétalos de una rosa), no me saludaron de otro modo que haciendo fluir hacia mí largas miradas acariciadoras, como si sólo la timide les hubiera impedido besarme. (562 )

Sobre qué diferentes somos de nosotros mismos.

La humanidad que frecuentamos y que tan poco se parece a nuestros sueños es, sin embargo, la misma que en las memorias, en las cartas de las gentes notables, hemos visto descrita y que hemos deseado conocer. El viejo más insignificante con quien cenamos es aquel cuya orgullosa carta al príncipe Federico Carlos hemos leído en un libro sobre la guerra del 70. Se aburre uno en la cena porque la imaginación está ausente, y si nos divertimos con un libro es porque en él nos da compañía aquélla. Pero se trata de las mismas personas. Nos gustaría haber conocido a madama de Pompadour, que tan bien protegió a las artes, y nos hubiéramos aburrido a su lado tanto como al lado de las modernas Egerias a cuya casa no nos podemos decidir a volver, de tan mediocres como son. (749)

Sobre la imposibilidad de llegar a conocer a otra persona.

Y así fue ella la primera que me dio la idea de que una persona no está, como yo había creído, clara e inmóvil ante nosotros, con sus cualidades, con sus defectos, sus proyectos, sus intenciones respecto a nosotros (como un jardín que está uno mirando, con todos sus arriates, a través de una verja), sino que es una sombra en que jamás podremos penetrar (...) una sombra en la que podemos alternativamente imaginarnos con tanta verosimilitud que brillan el odio como el amor. (89)

Sobre muchas cosas, todas tristes.

... me veía obligado a no decirle lo que pensaba de su estado, a callarle mi inquietud. No hubiera podido hablarle de ello con más confianza que a una extraña. Acababa de restituirme los pensamientos, los pesares que desde mi niñez le había confiado para siempre. Aún no se había muerto. Yo estaba solo ya. Y hasta las alusiones que mi abuela había hecho a los Guermantes, a Molière, a nuestras conversaciones en torno al cogollito, cobraban una apariencia falta de apoyo, sin causa, fantástica, porque salían de la nada de este mismo ser que acaso no existiría ya mañana, para el que ya no tendrían ningún sentido, de la nada -incapaz de concebirlas- que mi abuela sería bien pronto. (417)

Y todavía me quedarían citas para diez entradas así.

jueves, 4 de junio de 2015

El mundo de Guermantes



No se puede ser delgado y llamarse Leopoldo. Si no me creéis, pronunciad lentamente el nombre, recreaos en esas orondas oes, la primera de las cuales se alarga a lo largo de la ele hasta dejarse caer con todo su peso sobre ese do final, como si lo hiciera, agotado tras subir diez escalones, sobre un mullido sofá, y veréis que, sencillamente, todos los Leopoldos tienen problemas de sobrepeso. Naturalmente, no faltan los ejemplos en sentido contrario, es decir, nombres que es imposible imaginar asociados a un cuerpo robusto y musculoso. ¿Cómo? ¿Seguís dudando? Decidme entonces: ¿ha habido acaso, a lo largo de la historia, un solo campeón de halterofilia llamado Agapito?

El misterio de los nombres, que el narrador compara con un hada ("a veces, escondida en el fondo de su nombre, el hada se transforma al capricho de la vida de nuestra imaginación que la nutre") forma parte, como las propias hadas, de un mundo mágico donde, en el caldero de una hechicera, bullen Freud y la onomástica. Así, el nombre de Guermantes, que conserva en español la misma rimbombante sonoridad que le suponemos en francés, despierta en el narrador unas imágenes y evocaciones inconfundiblemente nobles, impregnadas del olor de los primeros recuerdos, y como ellos, borrosas.
No sé, desde luego, qué forma se recortaba ante mis ojos en este nombre de Guermantes cuando mi nodriza -que sin duda ignoraba, tanto como yo lo ignoro hoy, en honor de quién había sido compuesta- me berzaba [maravilloso e inexistente verbo] con la antigua canción: Gloria a la Marquesa de Guermantes, o cuando, años más tarde, el viejo mariscal de Guermantes, llenando de orgullo a mi niñera, se detenía en los Campos Elíseos diciendo: "¡Qué chico más guapo!", y sacaba de una bombonera de bolsillo una pastilla de chocolate.

 La condesa Greffulhe, modelo principal de Oriana de Guermantes

Nuestro narrador y su familia se han trasladado a un apartamento situado en el mismo edificio que los Guermantes. El influjo que, a través del nombre y su hada, ejerce la duquesa de Guermantes sobre nuestro héroe se traduce en una obsesión amorosa que lo lleva a seguirla y acecharla, sabedor de que la misión de entrar, como hizo con Albertina, en el "círculo", es ahora tarea doblemente difícil.
Todos los días, ahora, por cierto en el momento en que la señora de Guermantes desembocaba por lo alto de la calle, distinguía aún su elevada estatura, aquel rostro de clara mirada bajo una cabellera ligera, cosas todas por las que estaba yo allí; pero en desquite, algunos segundos más tarde, cuando, habiendo apartado los ojos en otra dirección porque pareciese que no esperaba este encuentro que había venido a buscar, los alzaba hacia la duquesa en el momento en que llegaba al mismo nivel de la calle que ella, lo que entonces veía eran unas huellas rojas, que no sabía si se debían a la acción del aire o a la caparrosa, en un semblante desagradable que, con un gesto muy seco y distante de la amabilidad de la noche de  Fedra, respondía al saludo que yo le dirigía cotidianamente con expresión de sorpresa y que no parecía agradarle.

Mi experiencia personal confirma que las mujeres encuentran siempre la manera de descubrir si cuando nos vieron paseando al perro alrededor de su casa, que está a dos horas de camino de la nuestra, se trató verdaderamente de un encuentro casual o no.

Quizá recordéis, de la entrada anterior, la cita al respecto de que "nuestro amor no lleva el nombre del ser querido". Lejos, pues, del tópico del amor que nos elige, el narrador, como hemos visto, prefiere erigirse en su propio Cupido. Así, también aquí, nuestro héroe, al que le cuesta tanto vivir sin amor como entregarse a una sola mujer y no otra, se convence a sí mismo de que la divina elegancia y el sencillo refinamiento de Oriana merecen convertirse en blanco de sus flechas. Si prestamos atención, nos daremos cuenta de que el resultado de un amor basado en estas premisas ha de ser, por fuerza, un tanto peculiar.
Así y todo, al cabo de unos días en que el recuerdo de las dos muchachitas luchó con varia suerte por el dominio de mis ideas amorosas con el de la señora de Guermantes, fue éste, como por sí mismo, el que acabó por renacer más a menudo, mientras que sus competidores se eliminaban por sí solos; sobre él fue sobre quien acabé por haber transferido, voluntariamente aún, en suma, y como por elección y por gusto, todos mis pensamientos de amor.

"Ideas amorosas", "pensamientos de amor", y una "transferencia voluntaria" de éstos últimos.  Estooo, ¿y nada de "sentimientos"? Es cierto que más adelante sí nos dice que "tiene" amor a la señora de Guermantes. Y no es menos cierto que las fantasías por las que se deja llevar entonces son, por la parte que nos toca, tan divertidas como embarazosas:
Tenía yo verdadero amor a la señora de Guermantes. La mayor dicha que hubiese podido pedir a Dios habría sido que hiciera abatirse sobre ella todas las calamidades, y que, arruinada, desacreditada, despojada de todos los privilegios que me separaban de ella, sin tener ya casa en que habitar ni gente que consintiera en saludarla, viniese a pedirme asilo (...) toda una novela puramente de aventuras, estéril y falta de verdad, en que la duquesa, reducida a la miseria, venía a implorarme a mí que, a consecuencia de circunstancias inversas, había llegado a ser rico y poderoso.

A la izquierda, el capitán Alfred Dreyfus. A la derecha, el caso Dreyfus
 
Hay quien dice que la fascinación del narrador con los nombres y la toponimia obedece a una búsqueda de un rasgo de inmortalidad en la nobleza. Para el narrador, los nombres están atados a su tierra de origen, y pudiera ser que ve en ellos el vínculo que nos une a ésta y, en consecuencia, perdurará tras nosotros. Esto me hace pensar en mi propio apellido, de origen escocés y tan inusual que lleva décadas al borde de la desaparición, y que mis profesores, engañados por su ortografía, se empeñaban en pronunciar como si fuera catalán. Pero, anécdotas aparte, recordemos que no estamos en un mundo globalizado, donde el apellido ya no nos puede indicar la nacionalidad, sino en el de Guermantes, donde lo que el apellido nos indica es la clase social.

 Dicha fascinación por los nombres, que no se manifiesta sólo en relación con los duques, es, en todo caso, constante a lo largo de la obra y empuja al narrador en esa suerte de investigación con el fin, diríase, de constatar si una mujer llamada Oriana de Guermantes es digna de los pensamientos de amor de nuestro héroe.
La señora de Guermantes se había sentado. Su nombre, como estaba acompañado de su título, añadía a su persona física su ducado, que se proyectaba en torno suyo y hacía reinar el frescor umbrío y dorado de los bosques de los Guermantes en medio del salón, en derredor del taburete en que estaba sentada ella. A mí lo único que me extrañaba era que la semejanza no fuese más legible en el rostro de la duquesa, que nada tenía de vegetal, y en el que a lo sumo las pecas de las mejillas -que parecía que hubieran debido estar blasonadas con el nombre de los Guermantes- eran efecto, pero no imagen, de largas galopadas al aire libre.

 Uno de mis grandes fracasos amorosos tenía un nombre con preciosos ecos poéticos. Terminó para mí del mismo modo que nos cuenta el narrador quinientas páginas más adelante:
Los Guermantes, después de haber defraudado a la imaginación porque se asemejaban más a sus semejantes que a su propio nombre...

(Probablemente "se parecían" habría sido más afortunado que "se asemajaban a sus semejantes")

 La constatación del falso retrato que el nombre le había llevado a formarse de los duques se refleja también en la caída final de éstos del pedestal. Los Guermantes, y en especial Oriana, son el perfecto retrato de la hipocresía, la doble moral y el filisteísmo de una clase social que se columpia en su rancio abolengo, un abolengo que el devenir del tiempo, "mil años" dice un personaje, ha denigrado y vaciado de significado. ¿Siente el narrador nostalgia del Antiguo Régimen, que no conoció? Lo dudamos, aunque no siempre es fácil conciliar sus ideas progresistas con su decepción ante la vulgaridad de la nobleza.
El duque y la duquesa de Guermantes consideraban como un deber más esencial que los -descuidados bastante a menudo, cuando menos por uno de ellos- de la caridad, de la castidad, de la piedad y de la justicia, el más inflexible de no hablar apenas a la princesa de Parma como no fuese en primera persona.

The stranger, de Orson Welles. "Karl Marx no era alemán, era judío"

En un mundo tan tranquilo y placentero como el de Guermantes, donde la mayor preocupación que uno podía tener era cómo tener entretenida a nuestra querida tras sustituirla por otra, o qué hacer si a ese molesto tío nuestro, por despecho, le daba por morirse la noche que queremos asistir a una fiesta, no resulta del todo fácil imaginar la conmoción que causó el asunto Dreyfus. Hasta ahora, tanto en Por el camino de Swann como en A la sombra de las muchachas en flor, se han hecho referencias aisladas a este caso, que efectivamente convulsionó al país y cuyas consecuencias a nivel mundial posiblemente llegan hasta hoy. Pero es en El mundo de Guermantes donde el caso del capitán Alfred Dreyfus, injustamente acusado de traición, sin llegar a cobrar protagonismo, sí es central en la obra, al introducir el telón de fondo del antisemitismo.
No va usted descaminado, si es que quiere instruirse -me dijo el señor de Charlus después de haberme hecho esas preguntas acerca de Bloch-, en tener entre sus amigos a algunos extranjeros.
Respondí que Bloch era francés.
-¡Ah! -dijo el señor de Charlus-. ¡He creído que era judío!

Como en una sociedad sacudida por una revolución, donde sólo hay dos bandos y es obligatorio tomar partido, durante un tiempo, Francia, y la parte que más nos ocupa, el mundo de Guermantes, se dividió entre dreyfusistas y antis. Unos y otros dejan de invitarse a sus fiestas, de hablarse y hasta de saludar, y se producen escenas verdaderamente infames, como la humillación pública de Bloch.

Los adioses de Bloch, desplegando apenas en el rostro de la marquesa una lánguida sonrisa, no le arrancaron una palabra, y no le tendió la mano. Esta escena puso a Bloch en el colmo del asombro, pero como era testigo de ella un círculo de personas en torno suyo, no pensó que pudiera prolongarse sin inconveniente para él y, por obligar a la marquesa, la mano que no venían a tomarle se la tendió él mismo. La señora de Villeparisis se molestó. Pero sin duda, con importarle dar una satisfacción inmediata al archivero y al clan antidreyfusista, quería, sin embargo, guardar miramientos al provenir; se contentó con bajar los párpados y entornar los ojos.
-Me parece que está dormida -dijo Bloch al archivero, que, sintiéndose sostenido por la marquesa, adoptó una expresión indignada-. ¡Adiós, señora! -gritó.
La marquesa hizo el ligero movimiento de labios de una moribunda que quisiera abrir la boca, pero cuya mirada ya no reconoce a nadie. Después se volvió, desbordante de una vida que vuelve a encontrarse, al marqués de Argencourt...

El duque de Guiche, amigo de Proust y modelo de Roberto Saint-Loup

Veíamos en Un amor de Swann cómo éste renunciaba a su clase social y se entregaba a una cocotte. Proust nos describía entonces con su pasmosa maestría la sensación de extrañeza y alienación de Swann al entrar en el mundo de Odette y el salón de los Verdurin. Una vez más, y por motivos que explicaré más abajo, no pude sentirme más identificado con las palabras del autor. Creo, además, que ésta es una sensación que, de una manera u otra, todos hemos experimentado. ¿Qué es tener relaciones con otra persona si no entrar en un mundo totalmente desconocido? Podemos haber probado ya sus labios, podemos haber ido aún más lejos y creer por ello que hemos alcanzado ese soñado estado de intimidad, pero ¿quién nos asegura que el lavabo de casa de sus padres estará limpio? Pese a estar felizmente casado, no puedo dejar de añorar esa sensación de aventura, de dejarse llevar y traer, de ser presentado a personas que nos abrazan y que tardaremos meses en saber quiénes son. También Swann disfrutaba de esa sensación que, como ya he señalado en un par de ocasiones, refleja una idea que se repite a lo largo de la obra: la atracción por una clase social sensiblemente inferior, idea que el presente volumen desarrolla todavía más en el mito de la santa-puta.

La víctima -no se me ocurre otro término- de este mito en el sentido griego y en el de fantasía o, simplemente, mentira, es en este caso Roberto Saint-Loup, amigo del narrador, entregado en cuerpo, alma y bolsillo a Raquel, una actriz con aspiraciones literarias.

No sé si se formulaba a sí mismo su convicción de que aquella mujer era de una esencia superior a todo, pero lo que sé es que (...) por ella era capaz de sufrir, de ser dichoso, acaso de matarse. (...) Si no se casaba con ella era porque un instinto práctico le hacía sentir que en el momento en que ella ya no tuviese nada que esperar de él le dejaría o, por lo menos, viviría a su antojo. (...) Claro está que la pasión genérica llamada amor debía obligarle -como hace con todos los hombres- a creer a ratos que su querida le amaba. Pero prácticamente sentía que ese amor que ella le tenía no era óbice para que si seguía con él fuese por su dinero, y que el día en que ya no tuviese que esperar nada más de él se apresuraría (víctima de las teorías de sus amigos literatos, y aun queriéndole, pensaba él) a dejarlo.

Lo de puta no viene por su afición a ser mantenida, sino porque cuando, tras una larga y apasionada descripción que hace Saint-Loup de sus celestiales virtudes, se la presenta a nuestro narrador, éste se encuentra a "Raquel-cuando-el-señor", una prostituta a la que conoció en un burdel.

Me hacía yo cargo de todo lo que una imaginación humana puede poner tras un pedacito de cara como era la de aquella mujer, con tal de que sea la imaginación la que primero la ha conocido, e inversamente en qué míseros elementos materiales y desprovistos de todo valor, inestimables, podía descomponerse lo que era el fin de tantos ensueños si, por el contrario, hubiera sido conocido eso mismo de una manera opuesta, con el conocimiento más trivial. Comprendía que lo que me había parecido que no valía veinte francos cuando me lo habían ofrecido por veinte francos en la casa de compromiso, donde no era para mí más que una mujer deseosa de ganarse esos veinte francos, puede valer más de un millón, más que la familia, más que todas las situaciones codiciadas, si se ha empezado por imaginar en ello un ser desconocido, curioso de conocer, difícil de apresar, de conservar. Sin duda era la misma cara fina y menuda la que veíamos Roberto y yo. Pero habíamos llegado a ella por los dos caminos opuestos que no se comunicarán nunca, y jamás veríamos la misma luz de esa cara.

O, en otras palabras:
...comparaba yo para mis adentros cuántas otras mujeres por las que viven, sufren y se matan los hombres, pueden ser en sí mismas o para otros lo que Raquel era para mí. La idea de que pudiera sentir nadie una curiosidad dolorosa respecto de su vida me dejaba estupefacto. Yo hubiera podido enterar a Roberto de no pocas dormidas de ella, que a mí me parecían la cosa más indifierente del mundo. A él, en cambio, ¡cómo le habrían apenado! ¡Y qué no habría dado por conocerlas, sin conseguirlo!

Y uno recuerda, con menos dolor que vergüenza, esos amargos reproches, que afortunadamente nunca salieron de mi cabeza, en que yo le decía a ella: ¡me niegas a mí, que te amo con locura, lo que sí le das a ése, que hoy te posee y mañana presume de ello en el bar!

Se eleva la nobleza

Evidentemente, el mito de la santa-puta, así como la atracción de la clase inferior, se inscriben dentro de la cuestión de pertenencia a un círculo social, cuestión que, como podéis juzgar por mi insistencia, constituye uno de los ejes centrales de este, no sé si idílico, pero sí apasionante mundo de los Guermantes.

Yo nunca me he codeado con marqueses, duques ni princesas. Y ya no recuerdo la última vez que me invitaron a un salón. No obstante, como muchos de vosotros, sé muy bien en qué consiste eso de los círculos sociales. La palabra círculo, de hecho, es engañosa, ya que sugiere la imagen de una sala donde se han formado diferentes corros en virtud de determinadas afinidades. En realidad, la gracia de estos presuntos círculos es que no están en un único salón, sino que se mueven en diferentes planos. Imaginad, pues, una especie de globos enormes volando, sea por el mundo de Guermantes, sea por vuestra ciudad. Uno puede ver que hay globos que vuelan más alto que el nuestro, mientras que otros apenas logran despegar y prácticamente se arrastran por el lodo. Vislumbramos de los primeros quizá alguna sombra, así como una que otra cabecita que se asoma y se digna a mirar con desdén hacia nuestro globo. De los segundos, los que se arrastran, podemos verlo todo, pero preferimos no mirar, no vaya a ser que se nos contagie su vulgaridad. Hay quien está muy feliz en su globo, hay quien implora que le lancen una cuerda por la que trepar hasta uno más alto, hay quien ha sido empujado fuera del suyo y ahora, como en las películas, se agarra desesperado al borde de la cesta, y hay, por último, quien, como yo, jamás se encontraría a gusto en ninguno de ellos. El círculo social más alto del que yo en mis tiempos tenía constancia era el de los pijos. Éstos llevaban ropa cara, iban a esquiar los fines de semana, y cuando se sacaban el carnet, sus papás les compraban un Golf. La mayoría de mis amigos, por el contrario, se ubicaban en lo que por aquel entonces se conocía como progres. Odiábamos la ropa de marca, que no nos podíamos permitir; algún fin de semana íbamos de camping, y heredábamos el Simca 1200 familiar. Por debajo de nosotros estaban los heavies, que vestían tejanos sucios, los fines de semana se emborrachaban con calimocho, y se colaban en el metro. (Mi gran problema, que explica por qué nunca me he sabido integrar en ningún grupito, era que me gustaba la música heavy y las niñas pijas). Podía ocurrir que una pija se liara con un greñas con camiseta de Iron Maiden, pero a la larga sabíamos que:
Dados los principios que sustentaban francamente no sólo Oriana, sino la señora de Villeparisis, a saber, que la nobleza no cuenta para nada, que es ridículo preocuparse del rango, que la riqueza no constituye la felicidad, que sólo la inteligencia, el corazón, el talento tienen importancia, los Courvoisier podían esperar que, en virtud de esta educación que había recibido de la marquesa, Oriana se casaría con cualquiera que no perteneciese al gran mundo, con un artista, un criminal reincidente, un vagabundo, un librepensador, y que entraría definitivamente en la categoría de lo que los Courvoisier llamaban "los descarriados". (...) Pero en el momento mismo en que se había tratado de encontrar un marido para Oriana, no eran ya los principios sustentados por la tía y la sobrina los que habían dirigido el sesgo de las cosas; había sido el misterioso "genio de la familia".

El Chateau de Guermantes, del que Proust sólo tomó el nombre

Sospecho que, dentro de En busca del tiempo perdido, este El mundo de Guermantes marca el momento en que algunos lectores abandonan esta fabulosa empresa lectora en la que se han embarcado. El lector apresurado, menos aún el devorador de libros, no tolera fácilmente que gran parte de estas casi 800 páginas se le vaya en fiestas y salones. En mi caso, la impaciencia me la ha causado en primer lugar el propio disfrute de la lectura, y en segundo lugar, ver el siguiente volumen, Sodoma y Gomorra, esperándome en la estantería, y yo diría que guiñándome el ojo y hasta levantándose la falda. El caso es que, una vez más, escribiendo esta entrada, me encuentro con tres fichas tan repletas de notas, signos de admiración, adjetivos como "sublime" y todos sus sinónimos, y decenas de wow, que, incapaz de reprimirme, he decidido  preparar otra entrada únicamente con algunas de las decenas de citas que quisiera incluir.

En todo caso, lector apresurado, tengo buenas noticias para ti: en El mundo de Guermantes, suceder, lo que se dice suceder, sí sucede algo. Muere alguien.

Iba a decir que se han escrito pocas páginas más bellas sobre la muerte que las que nos regala el narrador al respecto de su abuela. Pero es que los ecos de esa muerte en el siguiente volumen, en el que llevo ya días enfrascado, son, si cabe, más bellos, conmovedores y estremecedores. De momento, no obstante, os dejo con tres citas sacadas de este Guermantes.

En más de una ocasión, el narrador ha aludido a la soledad del ser humano y la imposibilidad de llegar a conocer a otra persona. Cuánto más cruel se nos antoja, por tanto, la frase que abre este fragmento:
 En las enfermedades es cuando nos damos cuenta de que no vivimos solos, sino encadenados a un ser de un reino diferente, del que nos separan abismos, que no nos conoce y del que es imposible que nos hagamos entender: nuestro cuerpo. Si nos encontramos a un bandido cualquiera en un camino, quizá lleguemos a hacerle sensible a su interés personal, ya que no a nuestra desdicha. Pero pedir clemencia a nuestro cuerpo es discurrir ante un pulpo, para el que nuestras palabras no pueden tener más sentido que el ruido del agua y con el que nos espantaría que nos condenasen a vivir.

Quizá los que habéis perdido a un ser querido tras una enfermedad, hayáis visto en dicha enfermedad a un ser malvado, que inflige dolor a su víctima de manera gratuita. Yo sí lo vi así cuando el cáncer se llevó a mi padre. Pero Proust es capaz de darle la vuelta al tópico más manido y escribir párrafos como éste:
Es raro que esas grandes enfermedades, como la que al fin acababa de herirla en pleno rostro, no elijan en mucho tiempo domicilio en el enfermo antes de matarlo, y que durante ese período no se den a conocer a él suficientemente aprisa, como un vecino o un inquilino afable y entrometido. Es un terrible conocimiento, no tanto por los sufrimientos de que es causa como por la extraña novedad de las restricciones definitivas que impone a la vida. Se ve uno morir, en ese caso, no en el instante mismo de la muerte, sino desde meses, a veces desde años antes, desde que la enfermedad ha venido espantosamente a habitar en nosotros. La enferma traba conocimiento con el extraño a quien oye ir y venir por su cerebro. No le conoce de vista, claro está, pero de los ruidos que le oye hacer regularmente deduce sus costumbres. ¿Es un malhechor? Una mañana ya no lo oye. Se ha ido. ¡Ah, si fuera para siempre! A la noche ha vuelto. ¿Qué propósitos son los suyos?

Y por último, algo tan sencillo como hermoso:
La vida, al retirarse, acababa de arrastrar consigo las desilusiones del vivir. Una sonrisa parecía posada en los labios de mi abuela. En aquel lecho fúnebre, la muerte, com el escultor de la Edad Media, la había tendido bajo la apariencia de una doncellita.

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