jueves, 16 de julio de 2015

Cuentos perdedores (10)






Tú y yo

Parece una burla, pero no lo es:

                 Hola, ya estoy aquí. ¿Cuándo nos vemos?
        Tú.

Hace unos años, ese mensaje me habría hecho el hombre más feliz del mundo. Ahora, sin embargo, me quedo mirando la pantalla, sin saber muy bien qué hacer. Transcurren los minutos. Cuando Carina llega a casa voy directo al recibidor. Me detengo a un par de metros de ella.

-Ya está aquí -le digo, sin darle tiempo a que se quite la chaqueta.
-¿Qué? ¿Quién? -pregunta un tanto asustada. Cuando alguien se salta el 'hola' no suele ser por nada bueno.
-Yo.

Tarda unos segundos en reaccionar. Por fin veo que los ojos se le vuelven acuosos y que el labio inferior empieza a temblarle. Esboza una de esas sonrisas que parecen expresar más compasión que alegría, y corre a abrazarme.
-Te lo dije, te lo dije -dice entre sollozos-, un día vendría.

*     *     *

He esperado la visita de mi doble durante más de veinte años. En realidad, no. Cuando la espera se convirtió en angustia, y las burlas que recibía, en algo demasiado cruel para continuar con ellas, desesperé, nunca mejor dicho. Recuerdo que mis amigos empezaron a recibir el mensaje -que en aquellos tiempos consistía en una llamada telefónica o una carta- a los quince años. Nada volverá a ser igual en tu vida, decían. "Será tu guía", "te ayudará en todo lo que necesites", repetían nuestros padres, así como aquéllos que ya se habían visto bendecidos por la visita. Pero lo cierto es que los primeros privilegiados no fueron nunca los que más parecían necesitarlo. Al contrario, primero le tocó a Miquel, que salía con la tía más buena del instituto, vestía ropa de marca y los fines de semana se iba a esquiar. La cara de emoción con que nos narró el encuentro fue muy parecida a la que tenía cuando nos habló de su primer polvo.

Después de él vino Marc, que todos los veranos se iba a estudiar a Inglaterra y cada septiembre se presentaba con su novia inglesa, siempre diferente de la anterior, para dejarnos a todos muertos de envidia.

Sin embargo, tíos como David, que perdió a su padre a los catorce y tuvo que ponerse a trabajar en un almacén por las tardes, no llegó a conocer a su doble hasta los veinticinco años, si no me equivoco. Y para entonces, como me contó él mismo el día anterior al encuentro, ya había perdido todo interés.

-Me he partido los cuernos trabajando mientras los demás se dedicaban a jugar, ligar y a los viajes. No he tenido juventud. Y ahora que, después de diez años, tengo un trabajo que ya quisieran otros, gano un buen sueldo y me voy a casar con la mujer de mis sueños, ¿va a venir ése a decirme lo que tengo que hacer con mi vida?

Es decir, lo mismo que me pasa a mí, que después de tanto tiempo no sólo había perdido la esperanza sino hasta las ganas de verlo. He superado mi adolescencia, he dejado atrás años y años de mofas y miradas compasivas, he rehecho mi vida. Tengo a Carina, a Íker, he creado mi propia empresa, nos quedan cuatro años para quitarnos de encima la hipoteca. ¿Qué necesidad tengo ahora de...? Por otra parte, sin embargo, siento que necesito dar este paso para saber que soy dueño de mi propia vida. Respondo al mensaje con la hora y lugar de la cita.

*     *     *

Hoy es el día. Me dispongo a salir. He vacilado un poco al pensar qué ropa debía ponerme. Si lo que decían era cierto, me ponga lo que me ponga, él llevará lo mismo y además le quedará mejor. Íker está sentado en el sofá, con su tableta. Me acerco a él y le pregunto qué está haciendo. Viendo páginas sobre animales, como siempre. En la pantalla se ve una especie de rana con las branquias creciéndole alrededor del cuello. Qué es eso, le pregunto.

-Es un ajolote.
-Un ajolote.
-Es como una especie de salamandra, pero muy rara, y sólo vive en algunos lagos de México.
-Ah, muy bien muy bien.

Me inclino sobre él y le beso el cabello.

*     *     *

Allí está, sentado a una mesa en la terraza del Tres Tombs. Mi camisa, en efecto, le sienta mucho mejor que a mí. Ha pedido la misma cerveza que voy a pedir yo. El efusivo apretón de manos que una vez tanto disfruté imaginando se queda en una sonrisa de circunstancias.

Me siento. Me sonríe.

Tras unos segundos escrutándonos mutuamente, decido ir al grano.

-¿Por qué has tardado tantos años?
-No estabas preparado.

No, por favor. No me digas que no ha traído más que frases de manual de autoayuda.

-¿Y ahora lo estoy?
-¿Tú que piensas?

Sólo llevamos un minuto y ya me ha hecho enfurecer. Doy un largo trago a la cerveza para intentar tranquilizarme. Le pregunto qué ha hecho durante todo este tiempo.

-Observarte. Esperar.

Más vale que cambiemos de tema.

Nadie sabe a ciencia cierta dónde viven nuestros dobles. ¿Están acaso todos encerrados en una especie de cuartel general, de donde sólo salen cuando sienten que ha llegado el momento de cumplir con su misión? ¿O, por el contrario, flotan en una dimensión desconocida, fuera del tiempo y el espacio, hasta que llega su momento estelar? Tropiezo con las palabras al formularle la pregunta.

-No digas tonterías. Sabes muy bien dónde vivo. La cuestión es dónde vives tú.

Estoy por tirarle le cerveza a la cara. A él y a todos los que me contaron arrebolados cómo el encuentro con su doble les transformó por completo y lamentaban que dicho encuentro sólo pueda tener lugar una vez en la vida.

Cansado de oír sus frasecitas, decido guardar silencio. Si de verdad tiene algo que decirme, que sea él quien tome la iniciativa. Pero pasan unos minutos y ninguno de los dos dice nada. Continúa ahí sentado, mirándome con una mueca que se me antoja cínica, hasta que caigo en la cuenta de que estoy viendo mi propia sonrisa. El camarero pasa a nuestro lado y los dos hacemos el gesto de pedir la cuenta. Seguimos mirándonos. Esto acabará pronto. No parece sorprendido por mi evidente decisión de dar por concluido el encuentro.

-Pago yo.
-No, pago yo.

Arrastro la silla hacia atrás y me pongo en pie.

-Bueno -le digo-. Me voy. Me esperan Carina e Íker, y ya estoy harto de perder el tiempo.

Quiere decir algo, pero la sonrisa se le ha congelado y es incapaz de abrir los labios. Intenta levantarse y se encuentra paralizado. Veo en sus ojos el miedo, el horror y la soledad. Comprende que va a tener que hacer un largo viaje, quizá a una dimensión desconocida, fuera del tiempo y el espacio.


domingo, 5 de julio de 2015

Sodoma y Gomorra


Pues los dos ángeles que fueron puestos a las puertas de Sodoma para saber si sus habitantes, dice el Génesis,  habían hecho verdaderamente todo aquello cuyo clamor llegara hasta el Altísimo fueron, y hay que felicitarse de ello, muy mal elegidos por el Señor, que debió confiar tal misión a un sodomita.

*     *     *
 
Fue una lástima que Proust no estuviera conmigo hace veinte años en aquel albergue junto al lago Nicaragua, donde conocí a una pareja gay de Estados Unidos, dos señores cuarentones (de quienes hablé aquí) que, una noche, tuvieron la amabilidad de prestarse a una sesión de "todo lo que quiso saber sobre la homosexualidad y no se atrevía a preguntar". Digo que es una lástima porque, como veremos en seguida, nuestro autor tenía unas ideas un poquito curiosas sobre la "inversión", que es el término que emplea con más asiduidad, y por ello me habría gustado ver qué impresión le causaba aquella pareja. Proust, por su parte, dice en Sodoma y Gomorra cosas como las siguientes:

El adolescente al que no le gustan las mujeres y quiere curarse encuentra con alegría este subterfugio de descubrir una novia que le representa un cargador de muelle. En el caso contrario, si la mujer no tiene desde el principio los caracteres masculinos, los adquiere poco a poco para agradar a su marido, aun insconscientemente, con esa especie de mimetismo en virtud del cual ciertas flores toman la apariencia de los insectos a los que desean atraer.

Mucho ha llovido en un siglo, y supongo que uno tendrá que hacerse a la idea de que algunos homosexuales poco sabían de su condición más allá de la imposibilidad, que afecta a todo mortal, de reprimir sus deseos. Afortunadamente, y a pesar de figurar como tal en ciertos escaparates, En busca del tiempo perdido no es una novela gay y uno no la lee con el objetivo de aprender nada, sino porque, con permiso de Cervantes y algún otro, es la obra literaria más grande jamás escrita.

El narrador entra bien pronto en materia, y nos describe de esta guisa el encuentro entre el barón de Charlus y Jupien, el chalequero:

... tenía miedo de hacer ruido. De todos modos hubiera sido inútil. Ni siquiera tuve que lamentar no haber llegado a mi taller hasta pasados unos minutos. Pues, por lo que oí al principio en el de Jupien, y que no fue más que sonidos inarticulados, supongo que pocas palabras se dijeron. Verdad es que aquellos sonidos eran tan violentos que, de no repetirse sucesivamente y cada vez una octava más alto en quejido paraleleo, habría podido yo creer que una persona estaba degollando a otra muy cerca de mí y que, después, el homicida y su víctima resucitada tomaban un bño para borrar las huellas del crimen. 

Y todavía viene la propina.

Posteriormente llegué a la conclusión de que hay una cosa tan estrepitosa como el dolor, y es el placer, sobre todo cuando va acompañado -a falta del miedo a tener niños, y aquí no era el caso, a pesar del ejemplo poco probatorio de la leyenda dorada- de los cuidados inmediatos de limpieza.

No se vayan todavía, que aún hay más:

Exige recibir él mismo por la mañana, en la cocina, la crema fresca de manos del mozo lechero y, las noches en que el deseo le excita demasiado, llega hasta a traer a su camino a un borracho, hasta arrancarle la blusa a un ciego. 

Pero no todo tiene por qué ser tan sórdido. También hay sitio para la mitología:

Así, los invertidos, que se suelen relacionar con el antiguo Oriente o con la edad de oro de Grecia, vendrían aún de más lejos, de aquellas épocas de prueba en que no existían ni las flores dioicas ni los animales unisexuados, de aquel hermafroditismo inicial de cuyos rudimentos de órganos machos parecen quedar huellas en la antomía de la mujer y de los femeninos en el hombre.

Dejémoslo aquí por el momento, que tampoco hay que abusar de las citas. (Triste sino el del bloguero que se atreve con Proust. ¡Tanto por citar y tan poco que decir!)

Robert de Montesquiou, que inspiró el personaje del barón de Charlus

Algún amigo de Proust cuyo nombre ahora se me escapa le reprochó que el narrador de A la recherche... no fuera homosexual. ¿Por qué tal reproche? ¿Acaso pensaba dicho amigo que se le estaba hurtando algo de veracidad a la obra? ¿De honestidad? Proust nunca dejó de insistir en que había escrito una obra de ficción, y negó siempre que se tratara de una autobiografía. Lejos de mi intención entrar en el manido debate sobre la interrelación entre una y otra, pero sí resulta curioso que, al margen de la novela, nuestro autor negara rotundamente su propia condición sexual, hasta el punto de retar a un duelo al escritor Jean Lorrain, por hacer insinuaciones al respecto. 

Estoy combinando la lectura de Proust con la obra Años de vértigo, de Philipp Blom, un interesantísimo paseo por la historia cultural de occidente en los años que van de 1900 al inicio de la Gran Guerra. Nos dice Blom que la decadencia de la virilidad era uno de los principales motivos de preocupación en aquella sociedad. Las mujeres daban los primeros pasos en la lucha por sus derechos, caía la natalidad, y se observaba con preocupación una cierta degeneración de las costumbres. Cabría deducir por todo ello que la cuestión de la homosexualidad juega en este volumen un papel no muy diferente del que, en El mundo de Guermantes, jugaba el caso Dreyfus. Es decir, quizá Proust no dedicó un volumen (en realidad, el tema es constante a lo largo de toda la obra) a una obsesión personal, sino a algo que era, a pesar del tabú, una cuestión social.

Mucho se ha dicho y escrito al respecto de la vida sexual de Proust, y algunos de sus contemporáneos, como nos explica el álbum biográfico del primer volumen de Alianza, tuvieron el mal gusto de recrearse en detalles francamente escabrosos, por no decir repulsivos. Evitemos, pues, ese interés gratuitamente morboso, y veremos que en Proust la cuestión homosexual va mucho más allá del sexo.

Raza sobre la cual pesa una maldición y que tiene que vivir en la mentira y el perjurio, pues sabe que se considera punible y vergonzoso, por inconfesable, su deseo, ese deseo que constituye para toda criatura el mayor gozo de vivir, que tiene que renegar de su Dios, pues hasta los cristianos, cuando comparecen ante el tribunal como acusados, les es forzoso, ante Cristo y en su nombre, defenderse como de una calumnia de lo que es su vida misma; hijos sin madre, a la que no tienen más remedio que mentir toda la vida y hasta a la hora de cerrarle los ojos; amigos sin amistades,a pesar de todas las que inspira su encanto, frecuentemente reconocido, y que su corazón, que suele ser bueno, sentiría...

Quién sabe, quizá el amigo de Proust no acertó en sus reproches.

 Madame Armand de Caillavet, modelo de Mme Verdurin

La cuestión de la homosexualidad, descrita en ocasiones, como habéis visto, de modo bastante crudo, y personificada sobre todo en el barón de Charlus, creación literaria absolutamente inmortal, así como los inevitables cotilleos al respecto en los salones y fiestas, podrían, una vez más, engañarnos al respecto del verdadero motivo y alimento de la obra: la memoria, por supuesto. De hecho, este volumen se abre con el narrador remontándose desde la primera palabra a un momento muy anterior a aquél con que llegaba a su fin El mundo de Guermantes:

Mucho antes de hacer a los duques la visita que acabo de contar...

En nuestro paseo por el camino de Swann vimos cómo la memoria agarraba puñados de la infancia del narrador y los derramaba sobre la página como si fueran granos de arena. Hizo luego lo propio con su adolescencia, en A la sombra de las muchachas en flor, y quizá recordéis cómo en El mundo de Guermantes asistíamos al momento en que por primera vez las mujeres miraban a nuestro héroe como a un hombre. Es decir, que a pesar de la aparente y muy engañosa parsimonia con que el narrador se demora en salones, paseos en coche y descripciones de espinos blancos, los años tampoco pasan en balde en el tiempo perdido, donde los personajes, algunos de ellos tan queridos por el lector, empiezan a envejecer. Hacia el final del volumen anterior, Swann se presentaba en el salón de los Guermantes con una triste noticia. Aquí volvemos a verlo, cada vez más avejentado y alejado de aquel atractivo dandy que fascinó a nuestro narrador en su infancia.

Por fin tuve la alegría de que entrara Swann en aquella sala, tan grande que al principio no me vio. Alegría con mezcla de tristeza, de una tristeza que quizá no sentían los demás invitados, pero que en ellos consistía en esa especie de fascinación que ejercen las formas inesperadas y singulares de una muerte próxima, de una muerte que, como dice el pueblo, llevan en la cara.

Huelga decir que la descripión del decrépito Swann se extiende a lo largo de casi tres páginas maravillosas. Un fragmento más:

Por otra parte, acaso en aquellos últimos días la raza acusaba en él el tipo físico que la caracteriza, al msimo tiempo que el sentimiento de una solidaridad moral con los demás judíos, solidaridad que Swann parecía haber olvidado toda su vida, y que, injertados uno en otro, la enfermedad mortal, el asunto Dreyfus, la propaganda antisemita, habían despertado, sin embargo, hay algunos israelitas, muy finos y delicados hombres de sociedad, en los cuales permanecen en reserva y entre bastidores, para salir a escena en un momento oportuno de su vida, un zafio y un profeta. Swann había llegado a la edad del profeta.

 Charles Haas, en quien Proust se inspiró para el personaje de Swann

El carácter profético de Swann, aquel hombre antaño envidiado y alabado por todos y que un día, entre ceder al deseo y preservar su prestigio, eligió convertirse en la comidilla de los salones, se empieza a reflejar quizás en el narrador, quien a todas luces siempre ha sentido más afecto y admiración por Swann, en quien ve -o el lector intuye- un alter ego, que por su propio padre. Nuestro héroe, en efecto, empieza a manifestar un afán de posesión y unos celos en nada diferentes a los de aquel Swann que espiaba la ventana de Odette, celos y afán que llevará al extremo en La prisionera.

... comencé a comprender que la vida de Albertina estaba situada (claro que no materialmente) a tal distancia de mí, que siempre necesitaría fatigosas exploraciones para poner la mano sobre ella.

A los que tenemos una relación, digamos, normal con nuestra pareja, en algún momento puede llegar a chocarnos la que se da entre el narrador y Albertina.

La pérdida de toda brújula, de toda dirección, que caracteriza la espera, persiste todavía después de llegar la persona esperada, y sustituyendo a la calma que nos permitía pintarnos su llegada como un determinado placer, nos impide sentir ninguno. Allí estaba Albertina: desatados mis nervios, no se habían repuesto y seguían esperándola.

Es decir, nos llegaría a chocar si nosotros mismos no hubiéramos sido víctimas, en algún momento de nuestra vida, de ese amor que no conoce nombres, que nos engulle y nos obliga a errar por el mundo a la sombra de muchachas en flor, suplicando aunque sea un poquito de simulacro.
 
Me debía haber marchado aquella noche sin volver a verla jamás. Ya entonces presentía que, en el amor no compartido -lo que equivale a decir en el amor, pues hay seres para los que no existe el amor compartido-, sólo se puede gustar de la felicidad ese simulacro que me era dado en uno de esos momentos únicos en los que la bondad de una mujer, o su capricho, o el azar, aplican a nuestros deseos, en una coincidencia perfecta, las mismas palabras, los mismos actos que si de verdad fuéramos amados.

 Eso sí, no cometamos el error de concluir que, igual que sólo existe un único amor al que vamos cambiando el nombre a lo largo de nuestra vida, sólo existe una vida. Es cierto que en un momento dado, el narrador nos dice que:

Deseamos apasionadamente que haya otra vida en la que seríamos lo mismo que somos en este mundo. Pero no reflexionamos en que, aun sin esperar a esa otra vida, ya en ésta, pasados unos años, somos infieles a lo que hemos sido, a lo que queríamos seguir siendo inmortalmente. Aun sin suponer que la muerte nos modificara más que esos cambios que se producen en el transcurso de la vida, si, en esa otra vida, encontráramos el yo que hemos sido, nos apartaríamos de nosotros como de esas personas con las que hemos estado relacionados, pero a las que no hemos visto desde hace mucho tiempo.

Pero si nuestro anhelo se queda en eso, en mero deseo irrealizado, ello no se debe a que sólo haya una vida, sino, quizás, a que, al igual que la memoria, nuestra presencia en una u otra vida no depende de nuestra voluntad. Así, de una manera que se nos antoja inevitable, el buceo en las paradojas de la memoria lleva a Proust hasta la metempsicosis.

Todos tenemos nuestros recuerdos, ya que no la facultad de recordarlos (...) Pero, ¿qué es un recuerdo que no se recuerda? O vayamos más lejos. No recordamos nuestros recuerdos de los treinta últimos años; pero nos bañan por completo; ¿por qué, entonces, detenerse en treinta años, por qué no prolongar hasta más allá del nacimiento esa vida anterior? Desde el momento en que no conozco toda una parte de los recuerdos que están detrás de mí, desde el momento en que me son invisibles, en que no tengo la facultad de llamarlos a mí, ¿quién me dice que, en esa masa desconocida de mí, no hay algunos que se remontan mucho más allá de mi vida humana? Si puedo tener en mí o en torno mío tantos recuerdos que no recuerdo, este olvido (al menos olvido de hecho, puesto que no tengo la facultad de ver nada) puede recaer en una vida que he vivido en el cuerpo de otro hombre, incluso en otro planeta. Un mismo olvido lo borra todo. Pero entonces, ¿qué significa esa inmortalidad del alma cuya realidad afirmaba el filósofo noruego? El ser que yo seré después de la muerte no tiene más razones para acordarse del hombre que yo soy desde mi nacimiento que éste para acordarse lo que fui antes de él.

 Albertina, vista por David Wesley Richardson

Acostumbra decirse que uno de los temas principales de En busca del tiempo perdido es el desarrollo de la vocación literaria del narrador. Si esto es así, lo cierto es que Proust hace hincapié justamente en la incapacidad del narrador para ponerse a escribir. A su frustración inicial, que le aplasta la confianza en sí mismo (al comienzo del segundo volumen, por recordar un ejemplo, sus pinitos literarios no merecen por parte de Norpois más que el desprecio), se une, quizá, su arrolladora pasión por, si no gozar, sí observar la vida, deleitarse en su belleza y estudiar su fealdad. En definitiva, cuando quiere ponerse a escribir, siempre lo llama algún asunto ineludible, como mirar el mar o escrutar por enésima vez las últimas palabras de Albertina, en un intento de saber si son ciertos los rumores que la tachan de gomorriana. A pesar de todo ello, el narrador sí tiene muy claras sus ideas acerca del acto de escribir. Aquí lanza una puya a los escritores que pasan más tiempo en las redes sociales que leyendo o escribiendo:

Un verdadero escritor, exento del estúpido amor propio de tanta gente de letras, si, al leer el artículo de un crítico que siempre le ha mostrado la mayor admiración, ve citados los nombres de autores mediocres y no el suyo, no tiene tiempo de detenerse en lo que pudiera ser para él un motivo de extrañeza: le reclaman sus libros. 

Veíamos más arriba cómo, al respecto de la homosexualidad, Proust parece plantear un juego de dobles negaciones, algo que, al decir de algunos, debería darnos una afirmación. Así, Proust nos dice: "yo no soy homosexual", para luego añadir "los homosexuales viven en la mentira y el perjurio". Se me ocurre que se oculta un juego parecido en lo que respecta a la identidad del narrador, quien se nos presenta como la antítesis de "un verdadero escritor", y al acto de escribir. De hecho, en el siguiente volumen veremos que este juego, por lo menos en dos ocasiones, es mucho más explícito. Pero no adelantemos ni los acontecimientos ni su gloriosa y proustiana ausencia.

 Sodoma y Gomorra ofrece otro de los grandes momentos magdalena de la obra. Recordaréis que en el volumen anterior asistíamos a la muerte de la abuela del narrador, la persona a la que más próximo se sentía el narrador, como sucede con relativa frecuencia, pues la relación con nuestra abuela siempre estará libre de la tensión que envuelve a la que tenemos con la madre. Este momento magdalena tiene lugar en Balbec, de vuelta en el mismo hotel donde ambos se habían alojado la vez anterior.

Perturbación de toda mi persona. La primera noche, como sufría una crisis de fatiga cardíaca, tratando de dominar el sufrimiento, em incliné despacio y con prudencia para descalzarme. Pero apenas toqué el primer botón de la bota, se me llenó el pecho de una presencia desconocida, divina, me sacudieron los sollozos, me bortaron lágrimas de los ojos. El ser que venía en mi ayuda, que me salvaba de la sequedad del alma, era el que, años antes, en un momento en que ya no tenía nada de mí, había entrado y me había vuelto a mí mismo, pues era yo y más que yo (el continente, que era más que el contenido y me lo traía): Acababa de ver, en mi memoria, inclinado sobre mi fatiga, el rostro tierno, preocupado y decepcionado de mi abuela, como aquella primera noche de la llegada; el semblante de mi abuela, no de la que yo me había sorprendido y reprochado echar tan poco de menos y que de ella sólo tenía el nombre, sino de mi verdadra abuela, cuya realidad viva encontraba ahora por primera vez desde los Champs-Elysées, donde sufrió el ataque. Esta realidad no existe para nosotros mientras hoa sido recreada por nuestro pensamiento (sin esto, los hombres que han intervenido en un combate gigantesco serían todos grandes poetas épicos); y así, en un deseo loco de arrojarme en sus brazos, sólo en aquel momento -más de un año después de su entierro, por ese anacronismo que con tanta frecuencia impide la coincidencia del calendario de los hechos con el de los sentimientos- acababa de enterarme de que había muerto.

¿Tendría yo un momento magdalena parecido si me volviera a alojar en aquella pensión de Cañete, aquel precioso pueblo donde, de niño, pasamos un verano, una pensión cuyos pasillos amanecían tachonados de las cacas de un perrito pequinés, donde mi hermano y yo pillamos piojos, y donde una noche en que mi abuela se levantó de la cama para acercarse hasta la mía y arroparme, yo, haciéndome el dormido, en un reflejo condicionado por ese temor a que nos encuentren despiertos, entreabrí los ojos y vi, a través de la tela de su camisón, sus flácidos pechos, imperdonable pecado que jamás, hasta hoy, confesé a nadie? 

Lo reconozco: estaba equivocado. Pensaba que, a partir de El mundo de Guermantes, Proust había dejado de escribir sobre mí. Concluido ya el quinto volumen, constato que, por muchos salones llenos de duques y princesas que aparezcan, por muchos sodomitas, gomorrianas, ramas de espino y representaciones de las obras de Racine, En busca del tiempo perdido es, en más de un sentido, el libro de mi vida.

 Obsérvense las proporciones de la obra

 No puedo irme sin señalar que, naturalmente, no todo es sodomía y gomorrez en este volumen. También hay sitio para el humor. Porque no me digáis que el bueno de Marcel no se estaba cachondeando del lector cuando dice: 

Las proporciones de esta obra no me permiten explicar aquí por qué...

domingo, 21 de junio de 2015

La cavilaciones de un doctor sueco


Permitid que os presente al doctor:

Me parece que en este momento nadie en el mundo está tan solo como yo. Yo, el licenciado en medicina Tyko Gabriel Glas, que a veces ayudo a otros pero no he podido nunca ayudarme a mí mismo, y que, a los treinta años cumplidos, nunca he estado junto a una mujer.

 Si además del tono que ya se intuye en esa presentación, os digo que este pequeño gran libro está escrito en forma de diario, quizá penséis que se inscribe en un tipo de subgénero literario que podríamos llamar "literatura de locos" (os dejo que busquéis vosotros los ejemplos). Pero, al igual que suele suceder con los protagonistas de dichas obras, el doctor Glas no está loco. Es más, ni siquiera lo aparenta. De hecho, es un señor de lo más respetable y venerado, cuyos pacientes tienen en él una fe casi religiosa, fe que conduce a uno de ellos, la esposa del pastor Gregorius, a confesarle el tormento que le supone cumplir sus deberes conyugales.

Esa confesión desencadena todos los acontecimientos posteriores, pues Glas, con quijotesco afán, se propone evitarle a la señora Gregorius el suplicio de someterse a su marido. Huelga decir que esto no apunta a un final feliz.

Poster de la película Doctor Glas (1968), de Mai Zetterling

Aunque Glas, como hemos dicho, no está loco, tenemos que aceptar que ser virgen a los treinta y, pese a gozar de una estupenda salud, no tener perspectivas de dejar de serlo no puede ser muy bueno para el equilibrio mental de una persona. En el caso de nuestro protagonista, la abstinencia le ha llevado a una sacralización del sentimiento amoroso, y es que, en cierto sentido, Glas es un romántico radical, de los de o todo o nada:

Después pasó mucho tiempo antes de que yo me diera cuenta de que era un hombre y de que en el mundo hay mujeres. Pero ya estaba endurecido. Una vez por lo menos había sentido una centella de la gran llama, y estaba menos dispuesto que nunca a contentarme con sucedáneos de amor.

Esa centella de la gran llama, la única y casta experiencia del doctor con una mujer, experiencia que a posteriori se vio marcada por la tragedia, tuvo lugar en una lejana noche de San Juan de su temprana adolescencia. Pero esa añoranza de un amor puro y absoluto, con el consiguiente desprecio por todo aquello que considere impuro, se extiende más allá del amor. En primer lugar, Glas desarrolla una auténtica aversión al sexo. Hace unos días oí a mi hija, de ocho años, preguntar a su hermano, de diez, si una mujer puede elegir cuándo se queda embarazada. El mayor bajó la voz y procedió a explicarle las cosas que hacen los mayores. Al cabo de unos momentos, mi hija, con una expresión de franco repelús, se dirigió a mí para preguntarme si mamá y papá también hacemos esas cosas. Y es que el sexo, para alguien que no lo ha experimentado nunca, puede ser muy feo. Glas adopta ante el sexo una actitud parecida a la de una niña de ocho años, aunque sabe racionalizar muy bien ese asco.

¿Por qué la vida de nuestra especie tiene que conservarse, y nuestro deseo saciarse, mediante un órgano que usamos varias veces al día para evacuar impurezas? ¿No podría hacerse mediante un acto dotado de dignidad y de hermosura, a la vez que de profundo goce? Un acto que pudiera realizarse en la iglesia, a la vista de todos, igual que en la tiniebla y la soledad. O en un templo de rosas, al sol, entre canto de coros y la danza de los invitados a las nupcias.


Fotograma de la película de Zetterling

Glas ve en el sexo un instinto incontrolable que denigra y veja a la señora Gregorius, un comportamiento animal que, paradójicamente, al convertirse en tabú, es no sólo bendecido por la iglesia, sino también empleado de manera brutal por uno de sus representantes. La hipocresía de esta sociedad donde todo se justifica por la moralidad hace que Glas se cuestione sus actos pasados y justifique los futuros.

"¡Cuidado, sacerdote! He prometido a esta mujercita, a esta femenina flor de claro pelo sedoso, que la protegería de ti. Cuidado, tu vida está en mis manos, y quiero y puedo hacerte bienaventurado antes de que tú lo pidas. Cuidado, sacerdote, no me conoces, mi conciencia no se parece en nada a la tuya, mi juicio final lo dicto yo, soy de una especie de hombres que ni siquiera sospechas que exista".

A nadie le sorprenderá, pues, que la novela causara gran conmoción y escándalo en Suecia, un país que a la sazón era profundamente religioso y donde tan sólo cuatro antes se había publicado un libro como Jerusalén. Söderberg, no contento con hacer del sacerdote un personaje moralmente reprobable y físicamente repulsivo, toca además asuntos todavía hoy tan controvertidos como el aborto o la eutanasia.

Tiene que llegar, y llegará, el día en que el derecho a morir se considerará mucho más importante e inalienable que el derecho a introducir una papeleta en una urna electoral.

 Estocolmo a principios del s. XX

Hacia el comienzo de la novela, Glas recuerda a una chica que llega desesperada a su consulta suplicándole que la saque del apuro en el que su novio la ha metido. Glas se niega a ello, pero justifica su negativa no por criterios morales, sino simplemente para evitar meterse en líos. Cuando años más tarde, se encuentre de nuevo con aquella chica, hoy señora casada, y con el deforme fruto de aquel embarazo indeseado, no podrá sino reafirmarse en su recién adquirida convicción:

La moral es la opinión que tienen las otras gentes sobre lo que es justo. Pero lo que ahora se discute es mi propia opinión.

La novela bebe, por no decir se emborracha, de Nietzsche y de Dostoievski, de Zaratustra y Raskolnikov, algo que se puede ver en ese diálogo que mantienen sus dos yo, en el que ambos se han quitado el atuendo de ángel y demonio, para quedarse con el disfraz de moral y el de voluntad. La palabra moral, como nos recuerda Glas, viene del latín mos, y significa hábitos o costumbres. ¿De dónde procede, pues, esa autoridad que la moral se arroga? Por su parte, la voluntad, tanto tiempo reprimida, ¿cuánto tiempo más podrá resignarse a ser sometida? Ved cómo explica la señora Gregorius por qué accedió a casarse con el pastor.

Me encerré en mi cuarto a llorar. Siempre me había repugnado un poco, de un modo extraño, y creo que es precisamente eso lo que me decidió a consentir. Nadie me forzó, nadie me persuadió. Pero yo creía que era la voluntad de Dios. Me habían enseñado que la voluntad de Dios consiste siempre en lo más opuesto a nuestra propia voluntad.


 
En un interesantísimo artículo sobre esta obra, Margaret Atwood traza paralelismos entre la historia que nos ocupa y la estructura del romance. Así, la señora Gregorius vendría a ser la doncella secuestrada por un dragón (Atwood habla de un troll), quien a su vez está encarnado en su esposo el pastor. Lógicamente, el papel de caballero al rescate debería recaer en el propio Glas, pero, por suerte, las cosas no son tan sencillas. Puede que, por un momento, Glas se vea a sí mismo como ese héroe que va a salvar a la doncella de las garras del monstruo, pero el propio doctor no tarda en confesarnos una curiosa característica que no sabemos en qué categoría de fetichismo encaja: nuestro héroe sólo es capaz de enamorarse de mujeres que ya están enamoradas de otro. Glas se explica explica esta particularidad suya por el hecho de que el amor transforma a las mujeres y las vuelve radiantes. Renuncia, por tanto, desde el primer momento a la mujer que ama y lo hace en beneficio de otro hombre. En definitiva, mientras algunos tiran por Freud (cuya influencia en la novela es evidente) y aducen una homosexualidad reprimida o mera impotencia para explicar el personaje de Glas, el artículo de Atwood nos da una idea mucho más aproximada de la riqueza y complejidad de esta pequeña maravilla.

Doctor Glas, hierve con la pasión que rebosaba toda la literatura de finales del XIX. Pensándolo bien, quizá el término pasión pueda ser engañoso, y habría que utilizarlo en compañía de radicalismo. Ambos términos, utilizados conjuntamente, describen mejor una época-péndulo marcada en toda Europa por la atracción de los extremos, en la que conviven, por mencionar unos ejemplos, el mesianismo de Tolstoi y el nihilismo dostoievskiano; en Viena, la nostalgia épica de Joseph Roth y la descarada sexualidad de Schnitzler; y en Suecia, la ya mencionada Jerusalén y esta denuncia de la hipocresía de la moral cristiana.

 En suma, una pequeña obra maestra que se lee en una tarde, y que dura mucho más.



Queremos ser amados; a falta de eso, admirados; a falta de esto, odiados y despreciados. Queremos suscitar en los demás alguna especie de sentimiento. El alma aborrece el vacío, y quiere tener contactos a cualquier precio.

jueves, 11 de junio de 2015

Citas de Guermantes


Como en la entrada anterior me quedé con las ganas de incluir citas a porrillo, con ésta no pretendo más que saciar muy ligeramente mis ansias de releer y releer, para luego copiar y copiar fragmentos, páginas y hasta capítulos. Os advierto, en consecuencia, que lo que encontraréis aquí no son precisamente aforismos. No soy demasiado amigo de esas perlas de ingenio condensadas, a no ser que sean de mi propia cosecha o de la de Oscar Wilde. Además, con el bueno de Marcel esa clase de condensación no es tan habitual, dado que lo suyo era justo lo contrario: si Proust encontraba una perla, la ocultaba en el centro de una madeja de lana, que se ponía entonces a devanar con esmero de artesano, recreándose ahora en el giro de la muñeca, ahora en el tacto de la lana, ahora en la etimología de devanar.

Así que vamos allá.

Proust-narrador nos habla aquí sobre el hada de los nombres.

El hada, sin embargo, se esfuma si nos acercamos a la persona real a que corresponde su nombre, porque entonces el nombre empieza a reflejar a esa persona, y ésta no contiene nada del hada; el hada puede renacer si nos alejamos de la persona, mas si permanecemos cerca de ésta, el hada se muere definitivamente y con ella el nombre, como aquella familia de Lusignan que había de extinguirse el día en que desapareciese el hada Melusina. (página 16 en la edición de Alianza)

Aquí, sobre por qué los nombres tienen esa capacidad de hacernos evocar.

Y el nombre de Guermantes de entonces es también como uno de esos globitos en que se ha encerrado oxígeno o algún otro gas: cuando llego a agujerearlo, a hacer salir de él lo que contiene, respiro el aire de Combray de aquel año, de aquel día, mezclado a un olor de espinos blancos agitados por el viento del ángulo de la plaza, precursor de la lluvia... (17)

Sobre el sueño profundo.

Se llama a esto un sueño de plomo, parece que uno mismo se haya convertido, por espacio de algunos instantes después de haber cesado un sueño así, en un simple monigote de plomo. Ya no somos personas. Entonces, ¿cómo es que al buscar uno su pensamiento, su personalidad, como quien busca un objeto perdido, acaba por recobrar su propio yo antes que otro alguno? ¿Por qué cuando empezamos a pensar de nuevo no es entonces la que encarna en nosotros otra personalidad que la anterior? No se ve qué es lo que dicta la elección y por qué, entre los millones de seres humanos que uno podría ser, va a poner precisamente la mano en aquel que era la víspera. ¿Qué es lo que nos guía cuando verdaderamente ha habido interrupción (ya haya sido completo el sueño o los sueños enteramente diferentes de nosotros)? Ha habido verdaderamente muerte. (...) La habitación, desde luego, aunque solamente la hayamos visto una vez, despierta recuerdos de que oenden otros más antiguos. (...) La resurrección en el despertar -después de ese benéfico acceso de enajenación mental que es el sueño- debe de asemejarse, enel fondo, a lo que ocurre cuando se vuelve a encontrar un nombre, un verso, un estribillo olvidados. Y acaso quepa concebir la resurrección del alma allende la muerte como un fenómeno de memoria. (116-117)

Sobre un detalle insignificante.

...añadió, sonriendo al embajador con una pusilanimidad, pero también con una ternura que le hizo alzar los párpados y descubrir los ojos, grandes como un cielo.
Me parecía haber visto aquella mirada, y, sin embargo, sólo de hoy conocía al historiador. De pronto recordé que esa misma mirada la había visto yo en los ojos de un médico brasileño que pretendía curar los ahogos como los que yo padecía con absurdas inhalaciones de esencias de plantas. (300)

Sobre la muerte.

Realmente decimos que la hora de la muerte es incierta, pero cuando lo decimos nos representamos esa hora como situada en un espacio vago y remoto; no pensamos que tenga la menor relación con la jornada comenzada ya y que pueda significar que la muerte -o su primera toma de posesión parcial de nosotros, después de la cual ya no ha de soltarnos- podrá producirse esta misma tarde, tan poco incierta, esta tarde en que el empleo de todas las horas está regulado de antemano. Tiene uno empeño en salir de paseo para alcanzar en un mes el total de aire sano ncesario ha vacilado respecto a la elección del abrigo que debe llevar, del cochero a que llamará; está uno en el coche, tiene por delante toda la jornada corta, porque quiere uno volver a tiempo para recibir a una amiga; quisiéramos que hiciese también buen tiempo a la mañana siguiente, y no se sospecha que la muerte, que caminaba en nosotros en otro plano, en medio de una impenentrable oscuridad, ha escogido precisamente este día para salir a escena, dentro de unos minutos, aproximadamente en el momento en que el coche llegue a los Campos Elíseos. (419)

Sobre el pasado.

El pasado no sólo no es fugaz, sino que no se mueve de un mismo sitio. No es sólo que meses después del comienzo de una guerra puedan actuar eficazmente sobre ella unas leyes votadas sin prisas; no es sólo que quince años después de un crimen que ha quedado sumido en la oscuridad pueda encontrar todavía un magistrado los elementos que habrán de servir para poner en claro ese crimen; al cabo de siglos y siglos, el erudito que estudia en una región apartada la toponimia, las costumbres de los habitantes, podrá captar todavía en ellas tal o cual leyenda anterior, con mucho, al cristianismo, incomprendida ya, si no es que olvidada incluso en tiempos de Heródoto, y que en la denominación dada a una peña en un rito religioso, perdura en medio del presente como una emanación más densa, inmemorial y estable. (555)

Sobre la leche hirviendo.

El que se ha quedado completamente sordo ni siquiera puede hacer calentar a su lado un cacillo con leche sin que tenga que espiar con los ojos, sobre la tapadera ladeada, el reflejo blanco, hiperbóreo, semejante al de una tempestad de nieve, y que es el signo premonitorio al cual es prudente obedecer retirando, como el Señor al detener las aguas, los enchufes eléctricos; porque ya el huevo ascendente y espasmódico de la leche que hierve lleva a cabo su crecida en algunas ebulliciones oblicuas, infla, redondea algunas velas medio zozobradas que había plegado la crema, arroja a la tempestad una de ellas, de nácar, y la interrupción de las corrientes, si se conjura a tiempo la tormenta eléctrica, hará girar todas esas velas sobre sí mismas y las lanzará a la deriva, trocadas en pétalos de magnolia. (101)

Sobre el heroísmo retrospectivo. Y no miro a nadie.

Consideraban a Dreyfus y a sus partidarios como traidores, bien que veinticinco años más tarde, como las ideas habían tenido tiempo de clasificarse y el dreyfusismo de cobrar en la historia cierta elegancia, los hijos, bolchevizantes y valseadores, de esos mismos jóvenes aristócratas habían declarado a los "intelectuales" que les interrogaban que seguramente, de haber vivido en aquel tiempo, hubiesen estado de parte de Dreyfus, sin saber a ciencia cierta mucho más de lo que había sido el affaire ... (533)

Sobre las horas perdidas.

Apenas nos aprovechamos de nuestra vida, dejamos inacabadas en los crepúsculos de estío o en las noches precoces de invierno las horas en que nos había parecido que hubiera podido, sin embargo, estar encerrado un poco de paz o de goce. Pero esas horas no están absolutamente perdidas. Cuando cantan a su vez nuevos momentos de placer que pasarían del mismo modo, tan endebles y lineales, vienen ellas a traerles el basamento, la consistencia de una rica orquestación. Se extienden así hasta una de esas felicidades tipo, que sólo se encuentran de tarde en tarde, pero que siguen existiendo... (527)

Sobre nombres, historia y memoria.

Si el nombre de duquesa de Guermantes era para mí un nombre colectivo, no era sólo en la Historia, por la suma de todas las mujeres que lo habían llevado, sino también a lo largo de mi corta juventud, que había visto ya en esta sola duquesa de Guermantes superponerse tantas mujeres diferentes, desapareciendo cada una de ellas cuando la siguiente había cobrado suficiente consistencia. Las palabras no cambian de significación, durante siglos, tanto como cambian para nosotros los nombres en el espacio de unos años. Nuestra memoria y nuestro corazón no son bastante grandes para poder ser fieles. No tenemos suficiente sitio, en nuestro pensamiento actual, para guardar los muertos al lado de los vivos. Nos vemos obligados a construir sobre lo que ha precedido y que sólo volvemos a encontrar al azar de una excavación del género que... 700

Sobre nuestra vida, hecha de esbozos.

Cuando volví a encontrarme solo en casa, acordándome de que había ido a hacer una excursión a prima tarde con Albertina, de que cenaba pasado mañana en casa de la señora de Guermantes y de que tenía que contestar a una carta de Gllberta, tres mujeres a las que había querido, me dije que neustra vida social está llena, como el estudio de un artista, de esbozos abandonados en los que por un momento habíamos creído poder plasmar nuestra necesidad de un gran amor, pero no pensé en que a veces, si el bosquejo no es demasiado antiguo,  puede ocurrir que volvamos a tomarlo y que hagamos de él una obra completamente diferente, y quizá más importante, inclusive, que la que primeramente habíamos proyectado. (518-9)

Sobre el momento en que el narrador se da cuenta de que las mujeres ven en él a un hombre.

Entonces solamente me percaté de que acababa de producirse en torno a mí (a mí, que hasta ese día -salvo la preparación en el salón de la señora de Swann -había estado acostumbrado en casa de mi madre, en Combray y en París, a los modales, protectores o a la defensiva, de hoscas burguesas que me trataban como a un chiquillo) un cambio de decoración comparable al que introduce de repente a Parsifal en medio de las muchachas-flores. Las que me rodeaban, completamente descotadas (su carne aparecía por los dos lados de una sinuosa rama de mimosa o bajo los anchos pétalos de una rosa), no me saludaron de otro modo que haciendo fluir hacia mí largas miradas acariciadoras, como si sólo la timide les hubiera impedido besarme. (562 )

Sobre qué diferentes somos de nosotros mismos.

La humanidad que frecuentamos y que tan poco se parece a nuestros sueños es, sin embargo, la misma que en las memorias, en las cartas de las gentes notables, hemos visto descrita y que hemos deseado conocer. El viejo más insignificante con quien cenamos es aquel cuya orgullosa carta al príncipe Federico Carlos hemos leído en un libro sobre la guerra del 70. Se aburre uno en la cena porque la imaginación está ausente, y si nos divertimos con un libro es porque en él nos da compañía aquélla. Pero se trata de las mismas personas. Nos gustaría haber conocido a madama de Pompadour, que tan bien protegió a las artes, y nos hubiéramos aburrido a su lado tanto como al lado de las modernas Egerias a cuya casa no nos podemos decidir a volver, de tan mediocres como son. (749)

Sobre la imposibilidad de llegar a conocer a otra persona.

Y así fue ella la primera que me dio la idea de que una persona no está, como yo había creído, clara e inmóvil ante nosotros, con sus cualidades, con sus defectos, sus proyectos, sus intenciones respecto a nosotros (como un jardín que está uno mirando, con todos sus arriates, a través de una verja), sino que es una sombra en que jamás podremos penetrar (...) una sombra en la que podemos alternativamente imaginarnos con tanta verosimilitud que brillan el odio como el amor. (89)

Sobre muchas cosas, todas tristes.

... me veía obligado a no decirle lo que pensaba de su estado, a callarle mi inquietud. No hubiera podido hablarle de ello con más confianza que a una extraña. Acababa de restituirme los pensamientos, los pesares que desde mi niñez le había confiado para siempre. Aún no se había muerto. Yo estaba solo ya. Y hasta las alusiones que mi abuela había hecho a los Guermantes, a Molière, a nuestras conversaciones en torno al cogollito, cobraban una apariencia falta de apoyo, sin causa, fantástica, porque salían de la nada de este mismo ser que acaso no existiría ya mañana, para el que ya no tendrían ningún sentido, de la nada -incapaz de concebirlas- que mi abuela sería bien pronto. (417)

Y todavía me quedarían citas para diez entradas así.

jueves, 4 de junio de 2015

El mundo de Guermantes



No se puede ser delgado y llamarse Leopoldo. Si no me creéis, pronunciad lentamente el nombre, recreaos en esas orondas oes, la primera de las cuales se alarga a lo largo de la ele hasta dejarse caer con todo su peso sobre ese do final, como si lo hiciera, agotado tras subir diez escalones, sobre un mullido sofá, y veréis que, sencillamente, todos los Leopoldos tienen problemas de sobrepeso. Naturalmente, no faltan los ejemplos en sentido contrario, es decir, nombres que es imposible imaginar asociados a un cuerpo robusto y musculoso. ¿Cómo? ¿Seguís dudando? Decidme entonces: ¿ha habido acaso, a lo largo de la historia, un solo campeón de halterofilia llamado Agapito?

El misterio de los nombres, que el narrador compara con un hada ("a veces, escondida en el fondo de su nombre, el hada se transforma al capricho de la vida de nuestra imaginación que la nutre") forma parte, como las propias hadas, de un mundo mágico donde, en el caldero de una hechicera, bullen Freud y la onomástica. Así, el nombre de Guermantes, que conserva en español la misma rimbombante sonoridad que le suponemos en francés, despierta en el narrador unas imágenes y evocaciones inconfundiblemente nobles, impregnadas del olor de los primeros recuerdos, y como ellos, borrosas.
No sé, desde luego, qué forma se recortaba ante mis ojos en este nombre de Guermantes cuando mi nodriza -que sin duda ignoraba, tanto como yo lo ignoro hoy, en honor de quién había sido compuesta- me berzaba [maravilloso e inexistente verbo] con la antigua canción: Gloria a la Marquesa de Guermantes, o cuando, años más tarde, el viejo mariscal de Guermantes, llenando de orgullo a mi niñera, se detenía en los Campos Elíseos diciendo: "¡Qué chico más guapo!", y sacaba de una bombonera de bolsillo una pastilla de chocolate.

 La condesa Greffulhe, modelo principal de Oriana de Guermantes

Nuestro narrador y su familia se han trasladado a un apartamento situado en el mismo edificio que los Guermantes. El influjo que, a través del nombre y su hada, ejerce la duquesa de Guermantes sobre nuestro héroe se traduce en una obsesión amorosa que lo lleva a seguirla y acecharla, sabedor de que la misión de entrar, como hizo con Albertina, en el "círculo", es ahora tarea doblemente difícil.
Todos los días, ahora, por cierto en el momento en que la señora de Guermantes desembocaba por lo alto de la calle, distinguía aún su elevada estatura, aquel rostro de clara mirada bajo una cabellera ligera, cosas todas por las que estaba yo allí; pero en desquite, algunos segundos más tarde, cuando, habiendo apartado los ojos en otra dirección porque pareciese que no esperaba este encuentro que había venido a buscar, los alzaba hacia la duquesa en el momento en que llegaba al mismo nivel de la calle que ella, lo que entonces veía eran unas huellas rojas, que no sabía si se debían a la acción del aire o a la caparrosa, en un semblante desagradable que, con un gesto muy seco y distante de la amabilidad de la noche de  Fedra, respondía al saludo que yo le dirigía cotidianamente con expresión de sorpresa y que no parecía agradarle.

Mi experiencia personal confirma que las mujeres encuentran siempre la manera de descubrir si cuando nos vieron paseando al perro alrededor de su casa, que está a dos horas de camino de la nuestra, se trató verdaderamente de un encuentro casual o no.

Quizá recordéis, de la entrada anterior, la cita al respecto de que "nuestro amor no lleva el nombre del ser querido". Lejos, pues, del tópico del amor que nos elige, el narrador, como hemos visto, prefiere erigirse en su propio Cupido. Así, también aquí, nuestro héroe, al que le cuesta tanto vivir sin amor como entregarse a una sola mujer y no otra, se convence a sí mismo de que la divina elegancia y el sencillo refinamiento de Oriana merecen convertirse en blanco de sus flechas. Si prestamos atención, nos daremos cuenta de que el resultado de un amor basado en estas premisas ha de ser, por fuerza, un tanto peculiar.
Así y todo, al cabo de unos días en que el recuerdo de las dos muchachitas luchó con varia suerte por el dominio de mis ideas amorosas con el de la señora de Guermantes, fue éste, como por sí mismo, el que acabó por renacer más a menudo, mientras que sus competidores se eliminaban por sí solos; sobre él fue sobre quien acabé por haber transferido, voluntariamente aún, en suma, y como por elección y por gusto, todos mis pensamientos de amor.

"Ideas amorosas", "pensamientos de amor", y una "transferencia voluntaria" de éstos últimos.  Estooo, ¿y nada de "sentimientos"? Es cierto que más adelante sí nos dice que "tiene" amor a la señora de Guermantes. Y no es menos cierto que las fantasías por las que se deja llevar entonces son, por la parte que nos toca, tan divertidas como embarazosas:
Tenía yo verdadero amor a la señora de Guermantes. La mayor dicha que hubiese podido pedir a Dios habría sido que hiciera abatirse sobre ella todas las calamidades, y que, arruinada, desacreditada, despojada de todos los privilegios que me separaban de ella, sin tener ya casa en que habitar ni gente que consintiera en saludarla, viniese a pedirme asilo (...) toda una novela puramente de aventuras, estéril y falta de verdad, en que la duquesa, reducida a la miseria, venía a implorarme a mí que, a consecuencia de circunstancias inversas, había llegado a ser rico y poderoso.

A la izquierda, el capitán Alfred Dreyfus. A la derecha, el caso Dreyfus
 
Hay quien dice que la fascinación del narrador con los nombres y la toponimia obedece a una búsqueda de un rasgo de inmortalidad en la nobleza. Para el narrador, los nombres están atados a su tierra de origen, y pudiera ser que ve en ellos el vínculo que nos une a ésta y, en consecuencia, perdurará tras nosotros. Esto me hace pensar en mi propio apellido, de origen escocés y tan inusual que lleva décadas al borde de la desaparición, y que mis profesores, engañados por su ortografía, se empeñaban en pronunciar como si fuera catalán. Pero, anécdotas aparte, recordemos que no estamos en un mundo globalizado, donde el apellido ya no nos puede indicar la nacionalidad, sino en el de Guermantes, donde lo que el apellido nos indica es la clase social.

 Dicha fascinación por los nombres, que no se manifiesta sólo en relación con los duques, es, en todo caso, constante a lo largo de la obra y empuja al narrador en esa suerte de investigación con el fin, diríase, de constatar si una mujer llamada Oriana de Guermantes es digna de los pensamientos de amor de nuestro héroe.
La señora de Guermantes se había sentado. Su nombre, como estaba acompañado de su título, añadía a su persona física su ducado, que se proyectaba en torno suyo y hacía reinar el frescor umbrío y dorado de los bosques de los Guermantes en medio del salón, en derredor del taburete en que estaba sentada ella. A mí lo único que me extrañaba era que la semejanza no fuese más legible en el rostro de la duquesa, que nada tenía de vegetal, y en el que a lo sumo las pecas de las mejillas -que parecía que hubieran debido estar blasonadas con el nombre de los Guermantes- eran efecto, pero no imagen, de largas galopadas al aire libre.

 Uno de mis grandes fracasos amorosos tenía un nombre con preciosos ecos poéticos. Terminó para mí del mismo modo que nos cuenta el narrador quinientas páginas más adelante:
Los Guermantes, después de haber defraudado a la imaginación porque se asemejaban más a sus semejantes que a su propio nombre...

(Probablemente "se parecían" habría sido más afortunado que "se asemajaban a sus semejantes")

 La constatación del falso retrato que el nombre le había llevado a formarse de los duques se refleja también en la caída final de éstos del pedestal. Los Guermantes, y en especial Oriana, son el perfecto retrato de la hipocresía, la doble moral y el filisteísmo de una clase social que se columpia en su rancio abolengo, un abolengo que el devenir del tiempo, "mil años" dice un personaje, ha denigrado y vaciado de significado. ¿Siente el narrador nostalgia del Antiguo Régimen, que no conoció? Lo dudamos, aunque no siempre es fácil conciliar sus ideas progresistas con su decepción ante la vulgaridad de la nobleza.
El duque y la duquesa de Guermantes consideraban como un deber más esencial que los -descuidados bastante a menudo, cuando menos por uno de ellos- de la caridad, de la castidad, de la piedad y de la justicia, el más inflexible de no hablar apenas a la princesa de Parma como no fuese en primera persona.

The stranger, de Orson Welles. "Karl Marx no era alemán, era judío"

En un mundo tan tranquilo y placentero como el de Guermantes, donde la mayor preocupación que uno podía tener era cómo tener entretenida a nuestra querida tras sustituirla por otra, o qué hacer si a ese molesto tío nuestro, por despecho, le daba por morirse la noche que queremos asistir a una fiesta, no resulta del todo fácil imaginar la conmoción que causó el asunto Dreyfus. Hasta ahora, tanto en Por el camino de Swann como en A la sombra de las muchachas en flor, se han hecho referencias aisladas a este caso, que efectivamente convulsionó al país y cuyas consecuencias a nivel mundial posiblemente llegan hasta hoy. Pero es en El mundo de Guermantes donde el caso del capitán Alfred Dreyfus, injustamente acusado de traición, sin llegar a cobrar protagonismo, sí es central en la obra, al introducir el telón de fondo del antisemitismo.
No va usted descaminado, si es que quiere instruirse -me dijo el señor de Charlus después de haberme hecho esas preguntas acerca de Bloch-, en tener entre sus amigos a algunos extranjeros.
Respondí que Bloch era francés.
-¡Ah! -dijo el señor de Charlus-. ¡He creído que era judío!

Como en una sociedad sacudida por una revolución, donde sólo hay dos bandos y es obligatorio tomar partido, durante un tiempo, Francia, y la parte que más nos ocupa, el mundo de Guermantes, se dividió entre dreyfusistas y antis. Unos y otros dejan de invitarse a sus fiestas, de hablarse y hasta de saludar, y se producen escenas verdaderamente infames, como la humillación pública de Bloch.

Los adioses de Bloch, desplegando apenas en el rostro de la marquesa una lánguida sonrisa, no le arrancaron una palabra, y no le tendió la mano. Esta escena puso a Bloch en el colmo del asombro, pero como era testigo de ella un círculo de personas en torno suyo, no pensó que pudiera prolongarse sin inconveniente para él y, por obligar a la marquesa, la mano que no venían a tomarle se la tendió él mismo. La señora de Villeparisis se molestó. Pero sin duda, con importarle dar una satisfacción inmediata al archivero y al clan antidreyfusista, quería, sin embargo, guardar miramientos al provenir; se contentó con bajar los párpados y entornar los ojos.
-Me parece que está dormida -dijo Bloch al archivero, que, sintiéndose sostenido por la marquesa, adoptó una expresión indignada-. ¡Adiós, señora! -gritó.
La marquesa hizo el ligero movimiento de labios de una moribunda que quisiera abrir la boca, pero cuya mirada ya no reconoce a nadie. Después se volvió, desbordante de una vida que vuelve a encontrarse, al marqués de Argencourt...

El duque de Guiche, amigo de Proust y modelo de Roberto Saint-Loup

Veíamos en Un amor de Swann cómo éste renunciaba a su clase social y se entregaba a una cocotte. Proust nos describía entonces con su pasmosa maestría la sensación de extrañeza y alienación de Swann al entrar en el mundo de Odette y el salón de los Verdurin. Una vez más, y por motivos que explicaré más abajo, no pude sentirme más identificado con las palabras del autor. Creo, además, que ésta es una sensación que, de una manera u otra, todos hemos experimentado. ¿Qué es tener relaciones con otra persona si no entrar en un mundo totalmente desconocido? Podemos haber probado ya sus labios, podemos haber ido aún más lejos y creer por ello que hemos alcanzado ese soñado estado de intimidad, pero ¿quién nos asegura que el lavabo de casa de sus padres estará limpio? Pese a estar felizmente casado, no puedo dejar de añorar esa sensación de aventura, de dejarse llevar y traer, de ser presentado a personas que nos abrazan y que tardaremos meses en saber quiénes son. También Swann disfrutaba de esa sensación que, como ya he señalado en un par de ocasiones, refleja una idea que se repite a lo largo de la obra: la atracción por una clase social sensiblemente inferior, idea que el presente volumen desarrolla todavía más en el mito de la santa-puta.

La víctima -no se me ocurre otro término- de este mito en el sentido griego y en el de fantasía o, simplemente, mentira, es en este caso Roberto Saint-Loup, amigo del narrador, entregado en cuerpo, alma y bolsillo a Raquel, una actriz con aspiraciones literarias.

No sé si se formulaba a sí mismo su convicción de que aquella mujer era de una esencia superior a todo, pero lo que sé es que (...) por ella era capaz de sufrir, de ser dichoso, acaso de matarse. (...) Si no se casaba con ella era porque un instinto práctico le hacía sentir que en el momento en que ella ya no tuviese nada que esperar de él le dejaría o, por lo menos, viviría a su antojo. (...) Claro está que la pasión genérica llamada amor debía obligarle -como hace con todos los hombres- a creer a ratos que su querida le amaba. Pero prácticamente sentía que ese amor que ella le tenía no era óbice para que si seguía con él fuese por su dinero, y que el día en que ya no tuviese que esperar nada más de él se apresuraría (víctima de las teorías de sus amigos literatos, y aun queriéndole, pensaba él) a dejarlo.

Lo de puta no viene por su afición a ser mantenida, sino porque cuando, tras una larga y apasionada descripción que hace Saint-Loup de sus celestiales virtudes, se la presenta a nuestro narrador, éste se encuentra a "Raquel-cuando-el-señor", una prostituta a la que conoció en un burdel.

Me hacía yo cargo de todo lo que una imaginación humana puede poner tras un pedacito de cara como era la de aquella mujer, con tal de que sea la imaginación la que primero la ha conocido, e inversamente en qué míseros elementos materiales y desprovistos de todo valor, inestimables, podía descomponerse lo que era el fin de tantos ensueños si, por el contrario, hubiera sido conocido eso mismo de una manera opuesta, con el conocimiento más trivial. Comprendía que lo que me había parecido que no valía veinte francos cuando me lo habían ofrecido por veinte francos en la casa de compromiso, donde no era para mí más que una mujer deseosa de ganarse esos veinte francos, puede valer más de un millón, más que la familia, más que todas las situaciones codiciadas, si se ha empezado por imaginar en ello un ser desconocido, curioso de conocer, difícil de apresar, de conservar. Sin duda era la misma cara fina y menuda la que veíamos Roberto y yo. Pero habíamos llegado a ella por los dos caminos opuestos que no se comunicarán nunca, y jamás veríamos la misma luz de esa cara.

O, en otras palabras:
...comparaba yo para mis adentros cuántas otras mujeres por las que viven, sufren y se matan los hombres, pueden ser en sí mismas o para otros lo que Raquel era para mí. La idea de que pudiera sentir nadie una curiosidad dolorosa respecto de su vida me dejaba estupefacto. Yo hubiera podido enterar a Roberto de no pocas dormidas de ella, que a mí me parecían la cosa más indifierente del mundo. A él, en cambio, ¡cómo le habrían apenado! ¡Y qué no habría dado por conocerlas, sin conseguirlo!

Y uno recuerda, con menos dolor que vergüenza, esos amargos reproches, que afortunadamente nunca salieron de mi cabeza, en que yo le decía a ella: ¡me niegas a mí, que te amo con locura, lo que sí le das a ése, que hoy te posee y mañana presume de ello en el bar!

Se eleva la nobleza

Evidentemente, el mito de la santa-puta, así como la atracción de la clase inferior, se inscriben dentro de la cuestión de pertenencia a un círculo social, cuestión que, como podéis juzgar por mi insistencia, constituye uno de los ejes centrales de este, no sé si idílico, pero sí apasionante mundo de los Guermantes.

Yo nunca me he codeado con marqueses, duques ni princesas. Y ya no recuerdo la última vez que me invitaron a un salón. No obstante, como muchos de vosotros, sé muy bien en qué consiste eso de los círculos sociales. La palabra círculo, de hecho, es engañosa, ya que sugiere la imagen de una sala donde se han formado diferentes corros en virtud de determinadas afinidades. En realidad, la gracia de estos presuntos círculos es que no están en un único salón, sino que se mueven en diferentes planos. Imaginad, pues, una especie de globos enormes volando, sea por el mundo de Guermantes, sea por vuestra ciudad. Uno puede ver que hay globos que vuelan más alto que el nuestro, mientras que otros apenas logran despegar y prácticamente se arrastran por el lodo. Vislumbramos de los primeros quizá alguna sombra, así como una que otra cabecita que se asoma y se digna a mirar con desdén hacia nuestro globo. De los segundos, los que se arrastran, podemos verlo todo, pero preferimos no mirar, no vaya a ser que se nos contagie su vulgaridad. Hay quien está muy feliz en su globo, hay quien implora que le lancen una cuerda por la que trepar hasta uno más alto, hay quien ha sido empujado fuera del suyo y ahora, como en las películas, se agarra desesperado al borde de la cesta, y hay, por último, quien, como yo, jamás se encontraría a gusto en ninguno de ellos. El círculo social más alto del que yo en mis tiempos tenía constancia era el de los pijos. Éstos llevaban ropa cara, iban a esquiar los fines de semana, y cuando se sacaban el carnet, sus papás les compraban un Golf. La mayoría de mis amigos, por el contrario, se ubicaban en lo que por aquel entonces se conocía como progres. Odiábamos la ropa de marca, que no nos podíamos permitir; algún fin de semana íbamos de camping, y heredábamos el Simca 1200 familiar. Por debajo de nosotros estaban los heavies, que vestían tejanos sucios, los fines de semana se emborrachaban con calimocho, y se colaban en el metro. (Mi gran problema, que explica por qué nunca me he sabido integrar en ningún grupito, era que me gustaba la música heavy y las niñas pijas). Podía ocurrir que una pija se liara con un greñas con camiseta de Iron Maiden, pero a la larga sabíamos que:
Dados los principios que sustentaban francamente no sólo Oriana, sino la señora de Villeparisis, a saber, que la nobleza no cuenta para nada, que es ridículo preocuparse del rango, que la riqueza no constituye la felicidad, que sólo la inteligencia, el corazón, el talento tienen importancia, los Courvoisier podían esperar que, en virtud de esta educación que había recibido de la marquesa, Oriana se casaría con cualquiera que no perteneciese al gran mundo, con un artista, un criminal reincidente, un vagabundo, un librepensador, y que entraría definitivamente en la categoría de lo que los Courvoisier llamaban "los descarriados". (...) Pero en el momento mismo en que se había tratado de encontrar un marido para Oriana, no eran ya los principios sustentados por la tía y la sobrina los que habían dirigido el sesgo de las cosas; había sido el misterioso "genio de la familia".

El Chateau de Guermantes, del que Proust sólo tomó el nombre

Sospecho que, dentro de En busca del tiempo perdido, este El mundo de Guermantes marca el momento en que algunos lectores abandonan esta fabulosa empresa lectora en la que se han embarcado. El lector apresurado, menos aún el devorador de libros, no tolera fácilmente que gran parte de estas casi 800 páginas se le vaya en fiestas y salones. En mi caso, la impaciencia me la ha causado en primer lugar el propio disfrute de la lectura, y en segundo lugar, ver el siguiente volumen, Sodoma y Gomorra, esperándome en la estantería, y yo diría que guiñándome el ojo y hasta levantándose la falda. El caso es que, una vez más, escribiendo esta entrada, me encuentro con tres fichas tan repletas de notas, signos de admiración, adjetivos como "sublime" y todos sus sinónimos, y decenas de wow, que, incapaz de reprimirme, he decidido  preparar otra entrada únicamente con algunas de las decenas de citas que quisiera incluir.

En todo caso, lector apresurado, tengo buenas noticias para ti: en El mundo de Guermantes, suceder, lo que se dice suceder, sí sucede algo. Muere alguien.

Iba a decir que se han escrito pocas páginas más bellas sobre la muerte que las que nos regala el narrador al respecto de su abuela. Pero es que los ecos de esa muerte en el siguiente volumen, en el que llevo ya días enfrascado, son, si cabe, más bellos, conmovedores y estremecedores. De momento, no obstante, os dejo con tres citas sacadas de este Guermantes.

En más de una ocasión, el narrador ha aludido a la soledad del ser humano y la imposibilidad de llegar a conocer a otra persona. Cuánto más cruel se nos antoja, por tanto, la frase que abre este fragmento:
 En las enfermedades es cuando nos damos cuenta de que no vivimos solos, sino encadenados a un ser de un reino diferente, del que nos separan abismos, que no nos conoce y del que es imposible que nos hagamos entender: nuestro cuerpo. Si nos encontramos a un bandido cualquiera en un camino, quizá lleguemos a hacerle sensible a su interés personal, ya que no a nuestra desdicha. Pero pedir clemencia a nuestro cuerpo es discurrir ante un pulpo, para el que nuestras palabras no pueden tener más sentido que el ruido del agua y con el que nos espantaría que nos condenasen a vivir.

Quizá los que habéis perdido a un ser querido tras una enfermedad, hayáis visto en dicha enfermedad a un ser malvado, que inflige dolor a su víctima de manera gratuita. Yo sí lo vi así cuando el cáncer se llevó a mi padre. Pero Proust es capaz de darle la vuelta al tópico más manido y escribir párrafos como éste:
Es raro que esas grandes enfermedades, como la que al fin acababa de herirla en pleno rostro, no elijan en mucho tiempo domicilio en el enfermo antes de matarlo, y que durante ese período no se den a conocer a él suficientemente aprisa, como un vecino o un inquilino afable y entrometido. Es un terrible conocimiento, no tanto por los sufrimientos de que es causa como por la extraña novedad de las restricciones definitivas que impone a la vida. Se ve uno morir, en ese caso, no en el instante mismo de la muerte, sino desde meses, a veces desde años antes, desde que la enfermedad ha venido espantosamente a habitar en nosotros. La enferma traba conocimiento con el extraño a quien oye ir y venir por su cerebro. No le conoce de vista, claro está, pero de los ruidos que le oye hacer regularmente deduce sus costumbres. ¿Es un malhechor? Una mañana ya no lo oye. Se ha ido. ¡Ah, si fuera para siempre! A la noche ha vuelto. ¿Qué propósitos son los suyos?

Y por último, algo tan sencillo como hermoso:
La vida, al retirarse, acababa de arrastrar consigo las desilusiones del vivir. Una sonrisa parecía posada en los labios de mi abuela. En aquel lecho fúnebre, la muerte, com el escultor de la Edad Media, la había tendido bajo la apariencia de una doncellita.

jueves, 28 de mayo de 2015

Cuentos perdedores (9)




Amolchuplayin

Los pocos profesores que consideraban a Rafi sentían algo de pena por él. Ello se debía a que su existencia era conocida de muy pocos compañeros, a los que Rafi no inspiraba sino la menos absoluta, descarnada y brutal de las indiferencias.
Pero si alguien hubiera prestado un poco más de atención a aquel niño ni gordo ni flaco, ni alto ni bajo, con un color de pelo que no se encontraba entre el rubio y el moreno, tan lejos del castaño como del cenizo, que no era buen ni mal alumno, porque en clase ni hablaba ni guardaba silencio, que aprobaba los exámenes aunque no los hacía ni bien ni mal, y que parecía ausente incluso cuando gritaba ¡presente!, se habría dado cuenta de que no había motivos para sentir pena por él: Rafi no se sentía ni desgraciado ni feliz en su anónima existencia. Simplemente no se daba cuenta de ella.
Poco significaban en la vida de Rafi estudios, compañeros, profes o padres. Para él, vida y muerte, amor y odio, felicidad y desgracia, el bien y el mal, pasado, presente y futuro se resumían en dos palabras: John Travolta.
Se equivocaban por tanto los pocos que habían reparado en él y pensaban que era una criatura anodina y carente de pasión. Los infiernos a los que había descendido Rafi cuando sus padres fueron a ver Grease sin él eran tan negros como níveos los cielos a los que ascendió dos años más tarde, cuando al fin consiguió verla de reestreno en el Rívoli.
A partir de aquel momento, el cielo pasó a ser su segunda residencia, pues fue a ver todas las sesiones durante los siete días que estuvo en cartel, sin importarle tener que tragarse una españolada entre epifanía y epifanía. Y cuando dejó de proyectarse en el Rívoli, fue siguiendo las andanzas de Danny Zucco por todos y cada uno de los cines del barrio, sin dejar de asistir a una sola proyección.
Dos años más habían pasado, y con ellos la moda de los pantalones de cuero, pero podía decirse que la relación entre Rafi y John se había estrechado más allá de los límites de una abnegada devoción. Si Rafi veía a alguien sonreír, comparaba aquella sonrisa con la que se extendía entre los hoyuelos de John. Reprimía entonces su mofa más gástrica, y sentía que le entraban arcadas ante aquella pobre imitación. Si alguien era llamado a la pizarra, Rafi evocaba con nostalgia aquel gracioso andar de Danny, desafiante hacia los rivales, entrañable para la pandilla. A la vuelta de cada verano, cualquier relato de aventuras estivales empequeñecía ante los besos de John y su chica frente al playero ocaso.
En la habitación de Rafi, un agujero con un ventanuco a un patio interior, la única luz natural venía de la blancura dental de John. El póster en el techo le daba cada mañana a Rafi los buenos días; por las noches, lo mecía al son de Oh Sandy. Un ventanal a levante en aquel santuario no dejaría entrar al sol matinal, pues Rafi lo habría cubierto con un póster de la brillantinada deidad de cuerpo entero y a tamaño natural.
En sus abluciones matutinas, Rafi se miraba, se remiraba, se peinaba, despeinaba, volvía a peinar, posaba, sostenía un espejo de mano para poder verse de perfil, y sonreía a la vez que, en el lugar donde deberían estar los hoyuelos, se clavaba sendos bolígrafos gastados. Pero la voz de su padre al otro lado de la puerta comenzaba a inquietarle. Parecía que cada vez le dejaba menos tiempo para este ritual de acicalarse, disfrutarse, desarreglarse. Apenas empezaba, oía aquel no tardes Rafael que no tengo toda la mañana.
Incomprensiblemente, a su padre no le gustaba John Travolta. El día que vio su carpeta del colegio, cubierta de ojos azules, dientes blancos, cuero negro y poses achuladas sobre un coche rosado, la sostuvo unos segundos en la mano, la dejó a continuación caer en la mesa y le dijo:
-¿Es que no te basta con tu habitación? ¿Tienes que ir enseñando esto por ahí?
En la escuela, de haberle sido permitido, Rafi se hubiera quedado todos los días en clase durante el recreo. Como no podía, durante un tiempo había salido todos los días al patio con su carpeta bajo el brazo. Pero desde aquel comentario de su padre, se había vuelto algo receloso de su propia pasión. Había observado que las carpetas de sus compañeros sólo tenían fotos de futbolistas y comenzó a sentir vergüenza. Así que ahora se conformaba con llevarse una pequeña foto de John.
Apoyado en la pared, en el rincón más tranquilo del pequeño patio del San Carlos, si alguien se hubiese molestado en mirarlo habría visto a un niño que, a ratos emocionado, a ratos acalorado, parecía hablarle a la palma de la mano. El sorprendido testigo de esta conversación tan despareja no podría sospechar que en aquella palma, enmarcado por el negro y engominado tupé y la barbilla con hoyuelo, yacía el alter ego de Rafi. Nuestro amigo escuchaba así las historias de John, le preguntaba por Sandy, o le pedía consejo para ser popular. John hablaba en un tono desenfadado, y, a diferencia de los que se las daban de ligones en la clase, e incluso de su personaje de Danny Zucco, jamás fanfarroneaba sobre sus conquistas. Escuchándolo, Rafi sentía admiración, jamás envidia. A lo sumo, una envidia esperanzada: llegará el día en que las tías se pirrarán por ti, Rafi, le decía. Él le preguntaba si llegaría el día en que tendría una sonrisa como la suya, con todos los dientes en su sitio y de un blanco perlino. Y qué me dices de… podré..., pero no, la imaginación de Rafi nunca se desbocaba, y sabía que jamás podría lucir pantalones negros de cuero tan bien como John.
Tras su epifánica visión en el Rívoli, durante meses había dado la lata en vano a su madre para que le comprara unos pantalones como aquéllos, y sólo al cabo de un año, abandonada ya toda esperanza, y con la fiebre travoltera empezando a remitir, encontró su madre en el mercadillo unos baratos que, pese a ser tres tallas más grandes, le regaló por su cumpleaños. Al fin, se decía Rafi, mientras se los probaba frente al espejo de la habitación de sus padres. Observó que no tenían bolsillos traseros e intentó recordar si los de Danny también eran así. Le hacían un culo enorme y lleno de arrugas. Rafi nunca había tenido una prenda de cuero, pero sí las había olido, lo que, unido a su tacto algo acartonado, le hizo sospechar que aquellos pantalones no eran de cuero auténtico. Los escondió en el fondo del armario.

Un buena mañana en la que, durante el recreo, John estaba menos hablador que de costumbre, Rafi se guardó la foto en el bolsillo y decidió observar qué ocurría a su alrededor. Nada le sorprendió demasiado, tan acostumbrado como estaba a las extravagancias de sus compañeros. Recordaba cómo un día, haría un par de años, uno de ellos se había pasado la media hora del recreo preguntando a todo el mundo ¿tú quién dices que gana, Irán o Irak? Demasiado tiempo para tan pocos alumnos, por lo que cada uno de ellos tuvo que responder cinco veces. En otra ocasión, rodó de boca en boca el siguiente chascarrillo:
-¡Se me ha muerto la mujer!
-¡La puta!
-No, la otra.
En una especie de locura colectiva, aquel chiste fue representado una y otra vez, hasta que todos se lo hubieron contado a todos. Los alumnos más introvertidos se limitaban a responder, con no poco entusiasmo, ¡la puta! en el momento adecuado. ¡Qué extraño, recordaba Rafi, habían sonado aquellas palabras en boca del Vallalta, con su cara pecosa, su voz de niña y sus mofletes rosados!
Por eso, verlos ahora jugando a fútbol con una pinza para la ropa, dándose puntapiés y tirándose al suelo no podía extrañarle.
Debido a su vida de ermitaño, Rafi apenas era capaz de poner nombre a las caras de sus compañeros. Aquel de las orejas tan grandes no tenía amigos, y siempre se comía el bocadillo casi a escondidas. Había uno que venía de fuera, y otro que daba mucho miedo a los demás, pero no sabía quiénes eran. Entre las niñas, constataba día tras día, sin él mismo saber si con orgullo o pena, que todas seguían sin parecerse a Sandy. 
Un día, algo, sin embargo, le llamó la atención. A unos metros de distancia de donde se encontraba, en un rincón cerrado al resto del patio, en una punta de la u que éste formaba, había un grupo de niñas de séptimo. Con ellas estaba un niño, probablemente también de séptimo, que Rafi no había visto nunca. Por las miradas que se cruzaban las niñas entre ellas, era evidente que aquel chico era el centro de atención del grupito. Por el modo de reírse de sus gracias, estallando todas a una en una risa tontina tras unos segundos de consulta en silencio, Rafi dedujo que era un chico muy popular, y se puso a observarlo con más detenimiento.
No era guapo, desde luego. Su pelo sucio y lacio le caía en mechas grasientas sobre la frente. Su cabeza, de proporciones bastante reducidas en comparación con la de cualquiera de las chicas, hacía pensar en un trofeo de guerra jíbaro. Su voz áspera y cazallosa se veía además poco favorecida por una compleja ortodoncia que le forzaba al ceceo. Sería una herejía compararlo con John. Y sin embargo, era innegable que ejercía una poderosa atracción no sólo sobre aquellas niñas, sino sobre el mismo Rafi.
De vuelta en clase, Rafi se perdió en unos de sus ensueños habituales: luciendo pantalones y cazadora de cuero negro, engominado tupé al viento, sonrisa de oreja a oreja, y el brazo alrededor del cuello de una rubia despampanante, se veía caminando con desenfadado garbo por los pasillos del instituto de secundaria, devolviendo con encanto irresistible el saludo a todo el mundo y bromeando con John, que le acompañaba del brazo de Sandy.
A la mañana siguiente, Rafi salió al recreo dispuesto a observar más de cerca a aquel curioso seductor de séptimo. Era consciente de que hasta que se produjera su propia eclosión como admirado actor y cantante, a los ojos de todo el mundo seguiría siendo invisible. Gracias a ello, pudo acercarse al grupo, que, como el día anterior, se refugiaba en aquel rincón. No le fue difícil atisbar a aquel Don Juan oleaginoso, pues aunque era más bajo que la mayoría de las chicas, su piel, de común aceitunada, destellaba hoy intensamente por el brillo del sol en la grasa que le caía casi a chorros del pelo. Rafi se preguntaba cómo podía haberle encogido la cabeza, si al fin y al cabo sólo había pasado un día, y ya era bastante pequeña ayer. Tardó unos segundos en caer en la cuenta de que, gracias a una pequeña rendija en el corro de niñas que lo rodeaba, hoy lo podía ver de cuerpo entero, y que al lado de aquel trasero, grande, fofo, tres veces más ancho que sus espaldas y que daba a su cuerpo forma de rombo, era normal que la cabecita pareciera haber menguado.
Aparte de los repentinos ataques de risa por parte de las niñas, apenas si podía oír lo que decían. Pero sí vio, con una mezcla de admiración y pavor, qué corto se había quedado al estimar las habilidades conquistadoras de aquella oliva en celo. En efecto, protegidas por el círculo que formaban las demás, las chicas consentían, tras un débil rubor inicial, no sólo que les acariciara la mano, las abrazara, y palpara con pretendida cautela sus incipientes curvas, sino que, tras estos jueguecitos de calentamiento, Rafi vio cómo, una tras otra, aquel chico las besaba en la boca, con besos bruscos y torpes, pero lo bastante largos como para incluir un violento combate de lagartijas en forma de lengua.
Media hora más tarde, sentado en su pupitre, Rafi era incapaz de abstraerse en su habitual fantasía. Cada vez que empezaba a recorrer el pasillo, tropezaba con una descomunal aceituna que no daba abasto para morrear y manosear el culo a todas sus admiradoras, entre las que, para horror de Rafi, no falataba una descocadísima Sandy. Fiel a sí mismo, Rafi no sabía si estaba preocupado o esperanzado. Por una parte, no podía ocultarse que la frontera entre el apolíneo John y este seductor deforme se estaba volviendo cada día más borrosa. Por otra parte, se le antojaba que quizá fuera este chico el destinado a recorrer con él, entre vítores y aclamaciones, los abarrotados pasillos de un instituto de secundaria a ritmo de rock, un rock alegre, con armónicos coros, en contagioso crescendo hacia una fanfarria celestial.
-Tengo que hacerme amigo suyo -se dijo.
De este modo fue como Rafi, por primera vez en su vida, fue consciente de tomar una decisión.
Y una vez cogido el gusto, ya incapaz de controlarse, al día siguiente volvió a decidir. Así fue como aquella mañana salió de casa enfundado en sus pantalones negros de cuero, que tenía casi olvidados en detrimento del par que gastaba a diario. Cuando, ya en la escuela, llegó la hora del recreo y los niños se abalanzaron en tropel hacia la puerta del patio, la señorita Victoria observó que aquel niño que nunca corría, y que más de un día le había rogado que le permitiera quedarse en clase para estudiar, estaba junto a los demás, empujando, agarrando, impacientándose por aprovechar hasta el último segundo de recreo, todos apelotonados en la puerta, que los dejaba salir sólo de uno en uno.
Rafi había pensado que si quería trabar amistad con el chico de séptimo, debía abordarlo antes de que empezara su habitual orgía de las once. Pero cuando por fin consiguió salir de la clase y llegar a aquel rincón del pecado, se topó con las espaldas de las niñas que cerraban el círculo: la función ya había comenzado. Se oían las risitas, se entreveían manos, blusas, hasta las tiras de algún sujetador. Había un silencio tras otro, seguido de un murmullo que crecía hasta llegar a un jaleo de admiración. Rafi se alzó de puntillas y en el centro del corro vio al chico hundiendo su lengua en lo más hondo de la garganta de una de las niñas, mientras con las manos le estrujaba los pechitos. Inexplicablemente, en ese momento la niña abrió los ojos y su mirada se cruzó con la de Rafi. Ambos la sostuvieron unos segundos. Cuando Rafi por fin se olió el peligro y decidió huir, era ya tarde.
-¿Qué pasa? –gritó la niña, apartándose de encima al grasiento objeto de interés de Rafi- ¿Te gusta?
Rafi se quedó pasmado, aterrorizado. Observó que el romboide Casanova se daba la vuelta y clavaba en él su mirada.
-¿Eh? –continuó chillando cada vez más alto la niña, mientras se abrochaba la blusa- ¿te gusta la Judit?
-¿A quién le guzto? –dijo el trofeo de guerra jíbaro en un tono entre intrigado e indignado.
-Pues está con nosotras, ¿te enteras? –seguía la niña, cada vez más furiosa-. Ése de los pantalones –añadió, dirigiéndose a la andrógina aceituna.
Judit salió entonces del grupo, se acercó a él, le agarró el cuello de la camisa con ambas manos, y entre emanaciones de halitosis le ceceó:
-Mira, gilipollaz, lárgate de aquí zi no quierez que te dé una patada en loz huevoz, ¿te enteraz?
  
De pie junto a la silla de no recordaba qué alumno, la señorita Victoria estaba tan intrigada por aquellas manchas negras con forma de nalgas, que no oyó a Rafi, llorando a moco tendido, aporrear la puerta y suplicarle que le dejara entrar.
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