martes, 21 de octubre de 2014

Todos los caminos llevan... (2)

El Enigma, patrón de los buscadores

Hace poco más de dos años celebraba la visita 50.000 a este blog, y lo hacía con esta entrada , en la que daba rienda suelta a mi perplejidad por el uso de google que hacen algunos, y por el inescrutable modo en que el buscador me los envía. Hoy las visitas son 200.000, algo que, orgullo aparte, una vez superada esa perplejidad y aceptado el hecho de que este blog es lo que sus visitantes quiere que sea, hace que me replantee algunas cosas. Verbigracia, me pregunto si, dada la naturaleza de esas búsquedas, no debería cambiar el nombre de mi blog a "El niño vampiro responde".

Los que os pasáis por aquí desde hace tiempo quizá recordéis que los bigotes ocupaban un lugar más que prominente en aquella entrada. Hoy, sin embargo, nuestro velludo atributo facial se ha visto reducido a una sola y miserable búsqueda acerca de los "bigotes de Stalin". Concluyo, pues, que el mostachismo cede el paso al vampirismo, pues, como podréis constatar, no hay en este mundo manifestación cultural o social que no se pueda relacionar, de una u otra forma, con el mundo de los vampiros.

Así que allá vamos. Naturalmente, está garantizada la autenticidad de todas las búsquedas.

Hay por ahí algunos con la poca delicadeza de lanzar a la galaxia google una pregunta que se me antoja un pelín personal:
cuantos años tiene el niño vampiro
¿Te basta con una foto actualizada?


Otros, por su parte, emulando tal vez al bardo y su "soy un truhán, soy un señor", marcan distancias desde el primer momento:
yo no soy vampiro yo no soy robot
 No son pocos los que, a la hora de organizar una fiesta, necesitan un poco de ayuda:
como hacer que venga un vampiro
Y algunos de ellos prefieren andarse sin rodeos:
como invitar a un vampiro gay
¿Quieres subir a tomar un café?

Uno pensaría que, para ciertas búsquedas, lo ideal sería dirigirse a Chiquito de la Calzada, o repasar una antología de Eugenio, Gila o Tip y Coll. Pero sólo en este blog podréis encontrar reunidos los miles y miles de
chistes de vampiros caídos del cielo
También se encuentra uno con algún fan obsesionado con las aventuras de Superman, Spiderman, Batman o Iron Man, y se lanza a la búsqueda del superhéroe definitivo:
el niño manpiro
Yo creo que he recibido la visita de algún personaje del pasado:
el vampirismo en los judíos
Pero no sólo de buscadores de vampiros se alimenta este espacio. También puede resultar útil como enciclopedia de cultura popular:
quien es don basurita
O como banco de imágenes:
fotos de niño por un monte
No hay fotografía que no podamos proporcionarte, por muy exigente que seas:
imágenes de traductor de gangosos

 Aquí encontraréis respuesta a todo tipo de preguntas, y no discriminamos por razón de ortografía:
ynvestigar cinco bonbas que rimen
 Naturalmente, como es un blog de literatura, es el lugar ideal para encontrar:
 libros para niños por mudanza
No te preocupes si no eres capaz de afinar mucho tu búsqueda:
algo parecido al kalevala
O quizá seas un destacado académico interesado en profundizar aún más sobre la cumbre del modernismo:
ver lectura ulices
Por otra parte, si lo que necesitas orientación profesional, no dudes en pedirnos consejo:
curso de soldado puta
O quién sabe, puede que tengas problemas matrimoniales. Pues bien, te aseguramos discreción, sea cual sea tu problema:
como cojerme a mi mujer y q c venga
En todo caso, no olvides nunca que aquí tienes un amigo de verdad, no como en otros sitios:
pa amistades falsas traigo billetes
Hasta la próxima. La visita 500.000 tendrá premio, os lo prometo. Y quien encuentre a don Basurita, también.


lunes, 13 de octubre de 2014

Una nueva vieja historia


Chico que se rebela contra las ataduras de una sociedad falsa y materialista. Hombre que desciende a los infiernos y regenera su alma. Anciano que regresa al paisaje de su infancia. En la literatura existen lo que podría denominarse argumentos tipo, algo parecido a lo que nos descubrió Propp al categorizar el cuento tradicional en una serie de esquemas. El lector siempre se encuentra cómodo en estas historias, pues pisa terreno conocido. Ese tipo de historias pocas veces precisan de un alarde de innovación y originalidad, y su mérito consiste en contarnos una vieja historia de manera que nos reconozcamos en ella.  Leer una entrega nueva de estas historias eternas sería, para entendernos, algo así como comer gazpacho, una buena paella y de postre, una rodaja de sandía, con el ruido del mar de fondo.

Quizá ha llegado el momento de añadir uno más a la lista de viejos y conocidos argumentos: hombre de mediana edad viaja a través del tiempo y regresa a su infancia o adolescencia. Ése es el argumento de la estupenda Barrio lejano, tan parecida a Inolvidable (olvidable traducción de Too cool to be forgotten), otra novela gráfica que reseñé en los primeros tiempos de este blog.
En ambas historias, así como en otras parecidas que se han hecho en el cine, el protagonista, sin que sepamos ni nos importe el cómo ni el porqué, viaja a los años de su adolescencia. Una vez superada la lógica incredulidad y el asombro inicial que siente el viajero, es evidente que éste es en todo momento consciente de lo que ha pasado y revive su juventud con sus recuerdos y conocimiento de adulto intactos. Si no, ya ves tú la gracia.

En la novela que nos ocupa, Hiroshi, un hombre de negocios que vive para su trabajo y desatiende a su familia, una mañana se equivoca al tomar el tren y se sorprende camino de su pueblo natal. Al principio achaca el error a la resaca que tiene tras una noche de cogorza. Sin embargo, al mismo tiempo no deja de tener la sensación de que algo lo empuja hacia allí. Una vez en su pueblo natal, se dirige al cementerio donde está enterrada su madre, fallecida más de veinte años atrás. Y allí es donde, mariposa por medio, se opera el prodigio.

Algunas reseñas relacionan la mariposa que aparece en ese y en otro momento clave de la historia con la teoría del caos. A mí me parece que eso no es más que un innecesario intento, por parte de algunos lectores, de dar más profundidad a la historia. Y es que, así como hoy la novela gráfica ya no tiene que pedir perdón a nadie, dentro de ésta, el género del manga todavía es visto por algunos con cierto recelo.


Naturalmente, ese viaje que realizan Hiroshi, en esta novela, y Andy en Inolvidable, es un  viaje que, de un modo algo menos espectacular, realizamos todos nosotros en cierto momento de nuestra vida. Ese momento suele ser a partir de los cuarenta, cuando nuestros hijos empiezan a crecer y nuestros padres empiezan a dejarnos. Por una parte, ese estado en el que hemos vivido tanto tiempo, en el que nos sentíamos protegidos de la muerte por nuestros padres, empieza a tambalearse, y por otra, el descubrimiento de que aquellos rasgos suyos -los que nos irritaban y los que nos confortaban- se repiten en nosotros no puede sino turbarnos. Es entonces, cuando más lejos se encuentran, cuando nos sentimos más cerca que nunca de ellos, y sentimos la necesidad, quizá, de saldar cuentas, hacer preguntas, en fin, todas esas cosas para las que, en cualquier caso, ya es demasiado tarde.

En el mundo de la ficción lo tienen fácil. Al igual que en Inolvidable, Hiroshi tiene un par de cosas que decirle a su padre. Éste abandonó a la familia y destrozó la vida de su madre, y el momento del pasado al que regresa nuestro protagonista es tan sólo unos meses antes de aquel abandono que destrozó a la familia. Mientras Andy, en su viaje al pasado se proponía rechazar aquel primer cigarrillo que lo condenó a ser un fumador empedernido, Hiroshi intentará evitar la huida de su padre. Huelga decir que ambos objetivos son poco más que una excusa para hacer una reflexión sobre la vida, la familia, y sobre si el hombre labra o no su propio destino. Y lo cierto es que, sin grandes alaracas ni pomposas pretensiones, Taniguchi consigue una obra redonda.


Jiro Taniguchi es un reconocido maestro del manga, y aunque a servidor esa palabra, manga, le produce cierta aversión (esas portadas con niñas en minifalda y con ojos más grandes que la cara), pienso seguir con este autor que me ha conquistado.

Y como la entrada se me queda un poquito corta, aprovecho para meter, sin que nadie lo note, cuatro líneas sobre otro par de estupendas novelas gráficas leídas estos días. 


Baru es el pseudónimo del autor francés Hervé Barulea, y Los años Sputnik , un emotivo y entretenido retrato de la infancia en un barrio obrero del norte de Francia. A través de los ojos de Igor, el lector asiste a las brutales peleas entre bandas, al conflicto entre inmigrantes de diversos orígenes, al asco del primer beso y, sobre todo, a los problemas sociales y políticos de la época en una ciudad fea, pobre y donde apenas si llegaba el eco del eco del gran éxito soviético en la carrera espacial.

Uno de los muchos aciertos de Baru, y algo que vi también en Tiempo de canicas, es el reconocimiento implícito, al fin, de que, a diferencia de la de nuestros abuelos, la infancia de mi generación no tuvo hitos, ni estuvo marcada por un momento antes y un momento después. No fuimos Jim Hawkins ni Huckleberry Finn. Jamás nos enfrentamos con la muerte, y no perdimos a nuestro padre en circunstancias violentas. Las dictaduras que caían a nuestro alrededor, así como los golpes de estado que intentaban traerlas de nuevo, pasaban a nuestro lado apenas rozándonos. Pasara lo que pasara, la vida seguía rigiéndose por el partido de fútbol con los amigos del barrio, y lo único que podía marcarnos de por vida era fallar un penalti. Así también con los protagonistas de Los años sputnik, donde sólo como lectores adultos podemos comprender las miserias y las pequeñas glorias de ese cura, ese profesor, ese miembro del soviet supremo, o ese revolucionario experto en explosivos.


Adultos. Ésa es la palabra que utilizan mis hijos para hablar de lo que, en mis tiempos, eran "los mayores". Desconozco si se trata de una decisión política(mente correcta) por parte de sus maestros, o una simple moda. A mí me suena fatal, casi pornográfico, pero es que yo soy un pervertido. Sea como sea, el caso es que hay adultos mayores para los que el mundo parece seguir circunscrito a las calles de su barrio. Tal parece ser el caso del protagonista de El caminante, otra novela gráfica de este señor Taniguchi que cada vez me gusta más, y que ha mandado a paseo todos mis prejuicios sobre el manga. No sabría muy bien decir en qué consistían dichos prejuicios, pero os aseguro que estaban muy lejos de esto:

El caminante nos podría recordar a alguna película de Takeshi Kitano a la que le hubieran quitado nudo y desenlace. Y esto no es ninguna crítica, porque las películas de Kitano, con esas bellísimas escenas iniciales, en las que parece que no pasa nada más que la vida, me han proporcionado algunas de mis mejores experiencias cinematográficas.

El dibujo de esta novela, como el de Barrio lejano, es limpio (Los años sputnik tienen un dibujo más bien sucio), exquisitamente detallado, realista, con gran cantidad de calles, caminos y vistas de la ciudad en perspectiva. Del protagonista no sabemos nombre ni profesión, y tampoco qué relación tiene con la joven mujer con la que vive. De él sólo sabemos que es un hombre lleno de curiosidad, mucho tiempo libre, y una incontenible afición por dar paseos. Así que pasea, descubre el placer de observar los pájaros, encuentra y adopta un perro, se cuela en una piscina, ayuda a una viejecita (o señora muy adulta) a llegar a su casa, y se demora caminando bajo un aguacero, entre otros episodios no por aparentemente triviales menos placenteros.

Porque, como con el buen cine japonés, nos hay que confundir la sencillez argumental con la trivialidad. Los episodios de El caminante son cualquier cosa menos triviales. ¿Qué decir del episodio "Colchón de flores de cerezo", donde aparece una misteriosa mujer -si fuera más jovencita, parecería sacada de una novela Murakami- que le cuenta al protagonista su relación con el cerezo? ¿Y de la relación que se establece entre éste y el otro paseante en "El camino largo"? En este episodio, donde no hay más diálogo que el de los zapatos, los trenes y el ruido del bastón, el protagonista camina tras un anciano, al que intenta adelantar en un par de ocasiones. Y parece que no es más que eso... En "Objeto perdido", por su parte, hay unas estudiantes adolescentes, unas corredoras, y unas niñas pequeñas, y una de las primeras se ha dejado el lápiz de labios en un banco del parque. Y así, un episodio tras otro. No, nuestra infancia no estuvo marcada por la trivialidad. Los niños de Los años sputnik viven sus insignificantes hitos como si fuera el último día de sus vidas. Y también así algunos mayores, como el protagonista de El caminante.

Todos los episodios, con bellísimas y estudiadas composiciones, son, pues, poco más que viñetas de vida que el lector puede querer completar, buscarles un profundo mensaje, o recrearse en su insignificancia. Si una lectura que apenas llega a una hora podría correr el riesgo de ser efímera, El caminante será efímera como lo pueden ser los grandes placeres de la vida. Efímeros, sí, pero qué gustito mientras duran.

No todo es zen. Perdiendo el resuello por ver el amanecer.

sábado, 27 de septiembre de 2014

Tristeza inducida


A modo de advertencia, declaro:

- Que me he pasado los últimos veinte años esforzándome con denuedo por convertirme en un cínico redomado.
- Que, en buena medida, lo he conseguido, lo cual, viniendo de donde venía, a saber, una adolescencia enfangada en cursilería pura y dura en vano maquillada como romanticismo, no deja de tener su mérito.
- Que, como una tenia que, al dormirnos, se asoma por nuestra boca, así albergo todavía en mi interior a ese parásito de infame nombre: el sentimental.

Bien.
(Pausa para tomar aliento).

Es sabido que toda lectura está condicionada por factores que van mucho más allá de las páginas del libro. Uno de ellos, posiblemente el más obvio, es la edad: todo lector que ha leído el mismo libro en dos momentos de su vida puede constatar que la relectura nos brinda una obra diferente, y no siempre mejor.

My childhood days bring back sad reflections of happy times spent so long ago ("Carrickfergus", canción popular irlandesa)

Algunos de los libros que leemos, los recordamos años más tarde en las circunstancias precisas en que nos adentramos en sus páginas. El sillón en el que leí El castillo de los Cárpatos es diferente de la mecedora en que viví El amor en los tiempos del cólera, que a su vez no tiene nada que ver con el sofá desvencijado en el que me leí, un domingo y de un tirón, las 500 páginas de Obabakoak. Naturalmente, esto  no puede suceder con todas las lecturas, pero, si uno hace un esfuerzo, es sorprendente los detalles que puede recordar de aquellas horas que pasó con un libro. El señor de las moscas, por ejemplo, lo leí por las tardes, allá en la casa familiar de Cabo de Gata, y lo sé porque recuerdo la luz del sol que entraba por la ventana del dormitorio, mientras los mayores echaban la obligada siesta. En la misma casa, pero en la pérgola, espantando moscas, y también a la hora de la siesta, la playa y el desayuno, sufrí con Winston Smith la ineludible vigilancia del Gran Hermano.


Otras lecturas quedan para siempre asociadas a una canción, a la que en apariencia nada las une, o a un acontecimiento histórico o personal. Así, el ya mencionado Señor de las moscas me trae la música de David Bowie y su Space oddity. Supongo que descubrí ambas al mismo tiempo, y también es posible que esa novela comparta algo de la siniestra epicidad de la canción. Guerra y paz la leí en el balcón de mi piso de Barcelona, durante las últimas semanas de vida de mi padre. No la recuerdo con tristeza, sin embargo, ya que aquellas horas fueron el escaso consuelo en unas semanas tan tristes y duras para la familia.

La plaça del Diamant es una de las novelas más importantes de la literatura catalana del s. XX, y lectura canónica en la enseñanza secundaria en Cataluña. No entraré aquí a discutir si es bueno obligar a los adolescentes a conocer este tipo de obras, o si sería conveniente darles más margen de elección y algo más acorde con sus supuestos intereses. Sí sé que si me la hubieran hecho leer a mí, habría sido un auténtico desperdicio y probablemente jamás me habría vuelto a acercar a Mercè Rodoreda. Desconozco la razón de por qué no nos la hicieron leer, o quizá nos limitamos a leer algunos fragmentos, no lo recuerdo. Pero en todo caso estoy convencido de que yo no hubiera visto en esta obra más que las plúmbeas tribulaciones de una jovencita tímida y bastante sosa en una Barcelona tristona y gris, donde apenas había vida más allá del barrio.


Supongo que ha sido una suerte, pues, haber pospuesto esta canónica obra hasta el momento en que he podido hacer una lectura madura (por mi edad, más que nada). Y digo "supongo" porque, pese a haber sido incapaz de soltar el libro, no se puede decir que lo haya disfrutado, sino que, más bien al contrario, esta novela, sumada a una serie de circunstancias, unas personales y otras no tanto, me ha sumido en una enorme tristeza.

Es triste, qué duda cabe, la historia de Natalia, una chica ingenua, humilde, sin estudios, huérfana de madre, que no siente demasiado cariño por su padre y su madrastra, y que una noche conoce en una fiesta de barrio a un chico apuesto e impetuoso que se propone conquistarla. Natalia se siente atraída por él, pero es su debilidad la que marca su destino. El chico, Quimet, no sólo le anuncia que en un año serán marido y mujer, pese a que ella ya tiene novio, sino que además le ordena que deje su trabajo en una pastelería, y, lo más significativo, le da el nombre por el que a partir de entonces todos la conocerán: Colometa.

Silvia Munt y Lluís Homar como Colometa y Quimet

Tras esa noche en la Plaza del Diamante, las cosas suceden como tienen que suceder y como imaginamos que sucederán. Colometa, sin embargo, no es ni se siente víctima. Tampoco es prisionera de Quimet ni de la sociedad, pese a que, es innegable, aquél, en su frívolo egoísmo y su idealismo con orejeras, y ésta, en su fría impersonalidad, más que marcar el camino que sigue nuestra heroína, la conducen por él, correa en mano, con algún cariñoso silbido y mucho chasquido de labios. Y tampoco sería preciso decir que Colometa acepta, con mayor o menor resignación, el destino que le ha sido impuesto. En inglés existe la expresión to take things in your stride, a menudo traducida como "tomarse las cosas con calma", y cuya traducción literal, "tomar las cosas al paso", se ajusta quizá más a lo que intento decir. Pues algo así es lo que hace nuestra amiga; hablar de calma o aceptación sería, por el contrario, suponer en su actitud un rencor susceptible de convertirse en rebeldía, una rebeldía que, sencillamente, no está ahí.... hasta que estalla.

La grandeza de Rodoreda en esta novela es haber logrado mostrar la riqueza y complejidad de la mente de una persona tan sencilla como Colometa, y haberlo hecho con un monólogo interior transparente y efectivo, con el rico lenguaje de la gente humilde de antaño, con una historia intemporal sobre la búsqueda de la identidad, y con las sombras de Woolf y Joyce como silenciosos padrinos.


¿Dónde están las Colometas de hoy? Hay personas en el mundo que a veces nos parecen de relleno. No tienen opinión, no toman la iniciativa, no se quejan ni se enfadan, y jamás se rebelan. Están ahí porque siempre hay alguien que necesita una esposa, un padre o un empleado. Suponemos que tienen alma y sentimientos porque los vemos hechos a nuestra imagen y semejanza, pero no estaremos seguros de ello hasta que no los veamos correr, dolerse, mesarse los cabellos o reírse a carcajadas. Y mientras buscaba en Séneca consuelo a mi tristeza, me encontré con estas palabras, que, modestia aparte, parecían confirmar las mías:

A algunos nada les gusta como meta, pero abrazan el destino del embotado indolente, de modo que no dudo de la verdad de la aseveración, dicha a modo de oráculo, del máximo de los poetas: 'Es exigua la parte de vida que vivimos'. En verdad, todo el espacio restante no es vida sino tiempo.

Quizá no era el título indicado para levantarme el ánimo. Esos estoicos.

Según doña Wiki, "los estoicos proclamaron que se puede alcanzar la libertad y la tranquilidad tan sólo siendo ajeno a las comodidades materiales, la fortuna externa, y dedicándose a una vida guiada por los principios de la razón y la virtud". No sorprende, pues, que la combinación más habitual de estoicamente acostumbren ser verbos como aguantar, resistir, soportar y esperar. La reacción de Colometa ante los acontecimientos tanto felices como trágicos de su vida parece obedecer así a la escuela fundada por Zenón de Citio, y más concretamente, a las palabras de su máximo representante, Séneca.

¿Cómo puede uno así obedecer al dios y aceptar de buen ánimo cuanto sucede, no quejándose del destino y dando una favorable interpretación a sus circunstancias, si se agita a la menor punzada de placer o dolor?

Más serio de lo que parece

Nos dicen que lo que define a un clásico es su capacidad de dirigirse a un lector a través de los siglos como si estuviera hablando ante él. En ese sentido, y en esta época rotunda y exitosamente cínica, pocas palabras tienen más validez que las del filósofo cordobés al hablar de las redes sociales:

¡A cuántos les cuesta sangre su elocuencia y preocupación cotidiana por ostentar ingenio! (...) ¡A cuántos no les queda libertad, rodeados por la multitud de su clientela!

Libertad. Colometa, insistimos, no es víctima ni prisionera. Antes al contrario, es libre. Por lo menos a la manera de los estoicos:

La libertad no la da otra cosa que la despreocupación por la suerte. Entonces surgirá ese bien que no tiene precio, la tranquilidad de la mente puesta a salvo, además de la altura de miras, el enorme gozo inmutable que viene del conocimiento de la verdad, y la afabilidad y expansión del alma, en las cuales se deleitará, no porque sean buenas, sino porque proceden de su propio bien.


My boyhood friends and my old relations have all passed on now like the melting snow

Y mientras Colometa encarnaba a un Séneca sin dinero ni elocuencia; mientras en aquella Barcelona del 37 los jóvenes se despedían de sus madres, hermanas y novias, y se preparaban para ir al frente, las televisiones de medio mundo mostraban a un hombre vestido de naranja arrodillado a los pies de un monstruo que le iba a cortar la cabeza como a un animal, ufanándose de su odio, del horror que nos iba a hacer sentir, y de la admiración y envidia de cientos, tal vez miles de locos que querrán emularlo y que intentarán empequeñecer las grandes atrocidades del s. XX. La víctima era un trabajador humanitario y padre de familia que murió el mismo día en que vi el episodio "Noches en Balligrant", de la gran serie Boardwalk Empire. Los hijos, la muerte, la infancia y los probables recuerdos de ésta en las horas, días y semanas antes de que el enmascarado levantara el cuchillo, se unieron a mi diamantina melancolía en la maravillosa y tristísima escena final de este episodio, al ritmo del clásico popular irlandés "Carrickfergus".


La versión en la serie era de Loudon Wainwright, y es la que me habría gustado poner aquí. A más de un irlandés le parece anatema que un americano entone este himno, pero a mí me emociona tanto o más que la versión de Van Morrison. Podéis difrutarla y juzgar aquí. "Carrickfergus" cuenta la eterna historia de un hombre que recuerda su infancia, sus amigos, su amor, y sus sueños. Al final de la canción se confiesa enfermo y a las puertas de la muerte, y pide a los jóvenes que lo entierren.

¡Quién estuviera
en Carrickfergus
y pasar aquellas noches 
en Balligrant!

Cruzaría
el más profundo océano,
el más profundo océano 
para encontrar a mi amada...

martes, 9 de septiembre de 2014

Libros y millas, por caridad

The Cobb, en Lyme Regis

Decía el sabio que "el viajar es un placer que nos suele suceder". A mí, como a casi todos, este placer me sucede todos los veranos, y pese al riesgo de enrutinarse (© Batboy) que uno corre al vacacionar siempre en el mismo sitio, debo decir que, de momento, sigo descubriendo siempre algo nuevo. El año pasado os hablé aquí de mi ruta habitual por la pérfida Albión. Este año dicha ruta se ramificó por aquí y por allá, e incluso se extendió hasta Londres, donde pude constatar que la capital de la Albión ya no es lo que era, en el buen sentido de la expresión.

Y es que a los ingleses, y en particular a los londinenses, se les achacan muchas cosas, empezando por su carácter frío y cerrado. Por lo menos eso dicen mis alumnos, sobre todo los que jamás han salido de España. Debe de ser por eso que las mamás del colegio de mis hijos le dicen a mi mujer:

-Tú eres muy simpática y muy abierta. No pareces inglesa.

Para añadir a continuación:

-Tu marido, en cambio, sí que parece inglés.

Pues bien, tendrán que cambiar de tópico, porque hacía tiempo que no me encontraba con gente tan amable y educada. Quizá sea que los papeles se invierten, y allí donde un españolito espera encontrar una sonrisa dispuesta a detenerse cinco minutos y estudiar nuestro mapa, por ejemplo en un ejecutivo que sale corriendo de la estación de Waterloo, podemos dar las gracias si no nos apartan de una patada. Por otra parte, allí donde el gruñido y el escupitajo no nos sorprenderían, por ejemplo, y sin ánimo de ofender, en cajeros, guardias de seguridad o conductores de autobús, el londinense es atento, servicial y nos regala una sonrisa.

Otros de los inevitables lugares comunes al hablar de Inglaterra es la calidad de su comida, algo que critican en especial los turistas que buscan en Chinatown el restaurante más tirado de precio. Debe de ser que he tenido suerte con la familia de mi mujer, porque en pocos sitios como tan bien como allí.

La Garganta de Cheddar, en las colinas Mendip, Somerset

Es decir, gente amable y buena comida. ¿Qué más se puede pedir? Pues buen tiempo, porque cuando brilla el sol, Inglaterra parece un lugar casi idílico. En verano, el esplendor de la omnipresente hierba puede llegar a deslumbrar, y la gentileza de las colinas proporciona unas vistas espectaculares de una campiña no por domesticada menos bucólica. No obstante, por muy domesticada que esté la naturaleza, en Inglaterra uno siempre la tiene cerca, y eso es algo de lo que pocos urbanitas españoles puede presumir. En su manifestación más macabra, las diferencias se presentan en la carretera: en Gran Bretaña no veréis jamás un perro atropellado pudriéndose al sol durante semanas. Los arcenes de las carreteras ingleses, por el contrario, rebosan de zorros y tejones imprudentes. Por suerte, estos animales es también fácil verlos vivos, dado que son visitantes bastante asiduos de los jardines caseros. Y mientras la caza del zorro dejó de ser legal hace unos años, hoy el objetivo son los tejones, víctimas tanto de campañas sanitarias como de dueños de perros de pelea que buscan sparring para su entrañable mascota.

Como la familia de mi esposa está desperdigada entre Somerset, Gloucesterhisre, Hampshire y Londres, al coche de alquiler le sacamos rendimiento, algo que, además, es un auténtico lujo para alguien como nosotros, que en España vivimos estupendamente sin automóvil. Y hablando de automóviles, en Inglaterra está arrasando la moda de pintar dos franjas que atraviesan el coche desde el morro hasta el trasero, pero a mí lo que me hizo gracia fue esto que me encontré en el pueblo:

¿Llegará a ponerse de moda?

Ya os conté que el año pasado encontré las huellas de Robert Louis Stevenson en Bristol, me dejé seducir por el ubicuo Laurie Lee en las Cotswold, y volví a pasear una vez más por la campiña que rodea la casa de Jane Austen. Decidí que este verano también intentaría, en la medida de lo posible, encontrar el lado literario de los sitios que visitara y así, una mis primeras excursiones paleontólogo-literarias tuvo lugar cuando llevé a mi hijo mayor a Charmouth, en busca de fósiles. Charmouth, que forma parte del Patrimonio de la Humanidad, se encuentra en la costa sur del país, conocida, por la abundancia de fósiles (no sé qué diantres voy a hacer con tantas belemnitas), como Costa Jurásica. Su vertiente literaria le viene de su proximidad, dos millas al oeste, con Lyme Regis, y otras dos al este, con Chesil Beach.


Lyme Regis os sonará a todos los que hayáis leído La mujer del teniente francés. Si sólo habéis visto  la película, reconoceréis The Cobb, como se conoce al rompeolas, pues allí sucede una de las escenas clave. El autor de la novela, John Fowles, se mudó a Lyme Regis a los 50 años, y su pasión por el lugar, donde pasó el resto de su vida, lo convirtió en su habitante más insigne. También Jane Austen eligió el pueblo para algunas escenas de Persuasión y Northanger Abbey.
Aunque Lyme Regis es un paraíso para los buscadores de amonites, alguien me dijo que el pueblo en sí no tiene nada de especial, si bien dicha afirmación es probablemente un ejemplo de comedimiento británico. De hecho, las hordas de turistas que visitan el lugar en busca de amonites o a mojarse en el rompeolas no hacen mucho caso de esas advertencias, para irritación del bueno de Fowles. A mí, qué queréis que os diga, también me hacía mucha ilusión visitar el lugar, pero cuando uno lleva la familia a cuestas es difícil justificar una excursión para ver el escenario de una novela, por lo que me quedé con las ganas. Pero bueno, ya tengo una excusa para visitarlo el año que viene: los amonites.

La playa de Chesil

En Chesil Beach, por otra parte, es más fácil reconocer los ecos literarios. Hablamos, naturalmente, de la novela de Ian McEwan, On Chesil Beach, traducida al español como En la playa de Chesil. A nadie (quiero decir a mí) se le ocurre al leer una novela con ese título que la playa en cuestión pueda tener nada de especial. Sin embargo, Chesil es una maravilla geográfica, un tómbolo que discurre a lo largo de casi 30 kilómetros de playa. McEwan se metió en una polémica cuando reveló que se había llevado algunas piedras de la playa para ponerlas en su mesa de trabajo mientras escribía la novela. Más tarde, cuando ya les hubo sacado toda la inspiración posible y las autoridades le amenazaron con una multa de 2.000 libras, las devolvió. La visita a este lugar también tendrá que esperar al año que viene.

E igual que le ocurre a Dorohty tras visitar el país de Oz, sólo después de haber recorrido carreteras de ladrillo amarillo o negro asfalto, se da uno cuenta de lo que tiene en el jardín de su casa. Así, años y años pasando al lado de aquella placa, jamás me había parado a leerla. Este verano lo hice y descubrí que en la última casa, en la linde del bosque, de ese pequeñito pueblo al norte de Wells moró el escritor Edward Montague Compton MacKenzie. Sí, ya sé que en España es un perfecto desconocido, y que aparte de la mención que hace de él Axel Munthe en su maravillosa La historia de San Michele, es difícil que nadie se haya encontrado jamás con su nombre. Pero lo cierto es que este prolífico autor escocés en su día gozó de bastante éxito en Gran Bretaña, donde hace unos años hubo una simpática y bastante popular (hasta siete temporadas) serie de televisión titulada Monarch of the glen, que estaba basada en una de sus novelas.

Sir Edward Montague Compton MacKenzie, a la izquierda, con los duques de York

No descubro nada nuevo si digo que Inglaterra es, en muchos sentidos, un auténtico paraíso para los lectores. Como ya comentasteis algunos en mi entrada sobre la biblioteca más pequeña del mundo , en Inglaterra al libro se le respeta. Tanto es así que a la entrada de algunos edificios es normal que haya una librería donde los residentes se sirvan de lecturas, costumbre que se podría comparar con el agua bendita a la entrada de la iglesia. Además de ese respeto reverencial a la palabra escrita, el lector tiene en el Reino Unido incontables placeres al alcance de la mano. Por mencionar sólo unos poquitos, los paisajes donde se sitúan las obras de las Brönte, Austen, Dylan Thomas, o los poetas románticos apenas han cambiado, y las casas donde vivieron están abiertas al público; uno puede ver representada una obra de Shakespeare en una réplica exacta de The Globe situada prácticamente en el mismo lugar que el original; las calles, pasillos y aulas de Oxford y Cambridge resuenan con las pisadas de centenares de autores que pasaron  por allí; en la campiña de Wessex, región que ha adoptado el nombre que Hardy le dio, se tiene la sensación de que tras aquel roble nos vamos a encontrar con Judas el Oscuro; y, en fin, si uno se pone a enumerar autores y novelas que habitan las calles de Londres nos pueden dar aquí las tantas.

No soy el único. Botín de otro bloguero tras un saqueo de las charity shops

Pero para el lector compulsivo Inglaterra esconde también un tesoro no tan conocido: las charity shops, es decir esas tiendas administradas por voluntarios y nutridas de las donaciones del respetable, que tienen como finalidad recaudar fondos para una buena causa. De ellas, en España todos conocemos Oxfam, aunque yo no he visitado ninguna de sus tiendas aquí y desconozco si son un buen lugar para adquirir libros baratos. En Inglaterra, insisto, uno puede encontrar auténticas joyas por un precio, pues eso, de caridad.
Este año he tirado de las charity porque el peregrinaje a The Bookbarn no resultó tan fructífero como en otras ocasiones. Supongo que se debió a que llegué una hora antes de que cerraran, y, francamente, hace falta un poquito más de tiempo para cerner un millón de libros y encontrar la pepita de oro. No obstante, me hice, entre otros, con los siguientes:

The fall and rise of Reginald Perrin, de David Knobbs, esa historia que recordaba de mi infancia como una comedia hilarante y que resulta ser de un humor bastante amargo.

- Little Wilson and big God, la primera parte de las memorias de Anthony Burgess, un genio nunca debidamente reconocido. Hace años leí la apasionante segunda parte, y me quedé con la imagen de un erudito con maneras de estibador marsellés. Su infancia y juventud prometen.

- The seven pillars of wisdom, que narra las memorias de T.E. Lawrence, el de Arabia, en la Rebelión Árabe contra los otomanos. Este libro era mencionado en varias ocasiones en el libro de Robert Kaplan Fantasmas balcánicos. Desgraciadamente, mi búsqueda de Black lamb and grey falcon fue infructuosa.

Y todos por una libra.

¡Qué catedral ni que...! A mí déjame con Roald dahl

Por su hermosa y conocidísima catedral, Wells tiene el rango de ciudad y el honor de ser la más pequeña de Gran Bretaña. Hay que decir que se trata de una ciudad bastante aburrida, en la que, aparte del cine, los pubs y los conciertos en la Catedral,  poco más se puede hacer. Perdón, me equivoco: también se puede comprar libros.
La High Street de Wells no tendrá más de ciento cincuenta metros. Pues bien, en ese pequeño tramo uno puede encontrar seis o siete charities (Cancer Research, British Heart Foundation, Save the Children, y otros), y si se aventura allende la zona turística (es decir, si camina veinte metros más), encontrará todavía un par más. Algunas de las piezas que me cobré:

- Jerusalem, del gran historiador Simon Sebag Montefiore, de quien hace un tiempo leí su fascinante biografía de Stalin.
-
  Nicholas and Alexandra, del no menos grande Robert K. Massie. Se me cae la baba sólo de pensar cómo va a contar la historia del último de los zares quien tan bien contó la de Pedro el Grande.

Y no contento con ello, aprovechando el bueno tiempo, fui en dos ocasiones al mercadillo de los miércoles, donde, todo a una libra, compré:

-What am I doing here, viajes y reflexiones de Bruce Chatwin. Y es que, por culpa de Magris y Kaplan, creo que voy a entrar en una fase de libros de viajes.

- La vida nueva, de Dante, que nunca está de más tener en casa.

- The lost heart of Asia, de Colin Thubron, viajes por las exrepúblicas asiáticas soviéticas. De este autor tengo esperando desde hace años En Siberia.

- Attila the Hun, de John Man, una biografía también muy prometedora.

Las cuevas de Wookey Hole, a cinco minutos de Wells

Cada vez que vamos a Hampshire, pasamos junto a Stonehenge. Por lo visto, desde hace tiempo se habla de construir una carretera alternativa que no estropee el paisaje. No sé, la verdad es que la actual pasa a una distancia bastante respetuosa del monumento y proporciona una perspectiva que, si bien es prosaica y poco espiritual, no deja de ser original y a veces hermosísima. El problema, pues, en mi caso, es que lo he visto tantas veces que me daría una enorme pereza pagar y hacer cola para, al fin y al cabo, sufrir un severo anticlímax. De todas formas, este año, al volver a Somerset, gracias al sol de la tarde y a la caravana que había en la carretera, pudimos recrearnos en una vista preciosa, muy parecida a ésta.


Este año me dije que era una vergüenza pasar veinte veranos viendo Glastonbury Tor en el horizonte desde casa de la suegra, y no haberla visitado ni una sola vez. Así que al coche y en veinte minutos llegamos a ese pueblo tan bonito lleno de hippies y druidas. Glastonbury Tor es una colina coronada con una torre medieval, mencionada en las leyendas artúricas y relacionada con la mitología celta que en alguna otra ocasión ya ilustré con una foto. Hay que hacer hincapié en que la Tor es la colina y no la torre en sí, pues la palabra, que viene del inglés antiguo, significa precisamente "peñón" o "colina".

Glastonbury también tiene su ración de charities y librerías de viejo, pero con un excesivo predominio de temas esotéricos. Ello no obstante, en la Oxfam del lugar encontré un libro del que jamás había oído hablar, pero que, a priori, tiene todo lo que me interesa:

- Nine suitcases, de Béla Zsolt, las memorias de un judío húngaro durante la persecución nazi.

Glastonbury Tor se ve a muchas millas a la redonda debido a que se encuentra en medio de los Somerset Levels, algo así como los llanos de Somerset. Al norte de Wells, y de hecho prácticamente en el escarpado jardín de mi suegra, empiezan las Mendip Hills, unas colinas en las que no abundan los fósiles pero sí monedas y artefactos romanos y anglosajones, aparte de una escurridiza pantera negra que regularmente llena las portadas del periódico local. Una hora y pico de carretera hacia el norte y llegamos a casa del suegro.

Minchinhampton, otro pintoresco pueblecito de las Cotswolds

Me gusta creer que mi entrada del verano pasado no cayó en saco roto, y que la sorprendente cantidad de turistas españoles que encontré este año en Nailsworth viajó hasta allí siguiendo mi estela y la de Laurie Lee. Como ya os comenté en aquella entrada, Nailsworth es una ciudad pequeña, bonita, tranquila, y un lugar ideal para explorar las Cotswolds. Pero además, Nailsworth también tiene su librería, sus charity shops y una pequeñísima y excelente librería de viejo. En esta última, compré:

- King Harald's saga, una preciosa edición de Penguin Classics para seguir con mi exploración de las sagas vikingas.

Pero también encontré algo más difícil de hallar que cualquier fósil:

- Men in prison, del viejo conocido de este blog, el imprescindible Victor Serge. Sé que es imposible que este libro esté a la altura de El caso Tuláyev, pero es que hay lecturas que a uno le dejan con unas insaciables ganas de más.


En la charity Emmaus, de precios insultantes, encontré los siguientes, entre otros:

- Black dogs, de Ian McEwan, que ya he leído y quizá reseñe un día de éstos.

- Rubicon, de Tom Holland, y es que la historia de Roma da para tantas lecturas.

- A time of gifts, de Patrick Leigh Fermor, otro recorrido Danubio abajo, como el de Magris, pero nada menos que a pie y en 1933. Entusiasmado por este autor antes de haberlo leído, gracias a las constantes referencias en el libro de Kaplan.

- The last summer, novelita de Boris Pasternak en Penguin Modern Classics. Una joyita de edición que me llevé por 50 peniques (lo mismo que casi todos los demás).

- The fall of the stone city, de Ismail Kadaré. Nuevecito.

- Waiting for the dark, waiting for the light, de Ivan Klíma, una novela de este autor checo situada en el antes y el después de la caída del muro.

Arlington Row, en Bibury

Volvemos del Cotswold Wildlife Park, una especie de zoo en el que, a diferencia de los zoos habituales, los animales tienen sitio para moverse. El recinto de los rinocerontes, por ejemplo, ocupa un área casi tan grande como todo el zoo de Barcelona. Aunque estamos cansados, el lujo de disfrutar de un coche nos permite pararnos en un pueblecito minúsculo y pintoresco, que por la mañana nos ha sorprendido por la abrumadora presencia de turistas japoneses. Aparcamos y nos bajamos del coche. El pueblecito en cuestión se llama Bibury, y por figurar en el interior de los pasaportes británicos, resulta que es el pueblo más fotografiado del mundo. Vaya chorrada, ¿no? El caso es que es verdaderamente bonito, y la afluencia de turistas japoneses se debe, por lo visto, a que allí se alojó el Emperador Hirohito en su viaje por Europa. Una de las mayores atracciones de Bibury es Arlington Row, donde se pueden ver las casas habitadas más antiguas de Inglaterra. Una Inglaterra de postal, sí, y de cine, pero también un lugar ideal para descansar y pasear junto al río.

¿Empapelaríais así una habitación?

Cuando era pequeño, tenía un disco en formato sencillo con el cuento de "El lobo y los siete cabritillos", y me pasaba las horas muertas escuchándolo una y otra vez en el picú (uy, qué manera de revelar mi edad) de mis tíos. Hoy los tiempos han cambiado, y aunque mis niños no entenderían que me pudiera entusiasmar haciendo rodar 30 veces al día el Cinexin para ver a Pluto y Goofy dándose porrazos, lo de escuchar una y otra vez historias en el CD sí forma parte ya de su educación literaria. No sé si este tipo de audiolibros es muy frecuente en España; en Inglaterra, donde el mercado de libros de audio es vastísimo, son algo muy habitual. Y si además entre los narradores uno se encuentra con actores como Stephen Fry, pues para qué vamos a seguir.

Stephen Fry leyendo a Roald Dahl

Así, puedo enorgullecerme y me enorgullezco de que mis hijos no tienen PSPs ni reproductores de DVD, y que en los viajes que hacemos en coche se quedan calladitos, embelesados, escuchando, por ejemplo, historias de Los Cinco, de Enid Blyton; The enormous crocodile, de Roald Dahl, con la voz del ya mencionado Fry en una interpretación divertidísima; "El soldadito de plomo", con Stephen Mangan (gran actor y frecuente colaborador de Armando Iannucci), o al autor Michael Morpurgo leyendo su historia "This morning I met a whale". ¿He dicho que los niños se quedaban calladitos? Pues teníais que haber visto a los mayores.

Una de las consecuencias de mi pillaje legal en las charities es que, cuando llegamos a Londres, no nos quedaba sitio en las maletas para más libros. No me quedó, pues, más remedio que hacer el turista. La verdad es que, aunque he estado siete u ocho veces en Londres, ésta ha sido la primera en que, por decirlo de alguna manera, me he apropiado de la ciudad. Y con eso quiero decir, sencillamente, que la he hecho mía, que he conseguido hacerme un mapa mental y verla como un todo, más que como una serie de monumentos aislados. Hemos tenido la fortuna de alojarnos en la casa de la bisabuelastra de los niños (mi esposa tiene una familia un tanto complicada), un lugar maravilloso situado en Belsize Park y a cinco minutos de Primrose Hill. Un par de fotos de la casita:


Y aparte de callejear por el Londres más fotogénico y vocinglero, hubo también momentos para el recogimiento espiritual. Hace unos años asistí a un servicio religioso en la sinagoga de Belsize Square, y este año el desafío era hacer lo mismo con los niños, de 9, 7 y 5 años, tarea nada fácil cuando, por si fuera poco, más de la mitad del servicio se oficia  en hebreo. Belsize Square Synagogue, fundada en 1939 por refugiados y exiliados de Alemania, es una sinagoga única en el Reino Unido, ya que es completamente independiente tanto de movimientos ortodoxos como reformistas. El servicio acostumbra combinar el sermón del rabino con preciosos cantos litúrgicos. No se eluden las cuestiones más peliagudas del judaísmo en la actualidad ni se evitó en esta ocasión la actual situación en Gaza. Mi hijo mayor se aburrió como una ostra, la mediana recibió junto a otras niñas la bendición, y la pequeña se quedó dormida en primera fila, casi a los pies del rabino.

Paseo desde Primrose Hill hasta Piccadilly. Un aplauso por mi hija pequeña

Cuando uno lo pasa tan bien en Inglaterra y se desenvuelve sin ningún problema, es inevitable quedarse con una impresión quizá algo irreal del país. Supongo que por suerte, yo ya tengo la experiencia de haber vivido allí unos años, y sé que, cuando acaba el verano y empieza uno a trabajar, los pequeños inconvenientes de la vida cotidiana se convierten en obstáculos muy grandes. No obstante, el contraste entre un país donde la administración es amable y, sobre todo, razonable, y un país de pandereta donde prima el enchufismo y el ciudadano no tiene ningún derecho ante los organismos públicos, puede llegar a ser abrumador. Y este año el contraste ha sido tan duro que, por primera vez en muchos años, nos planteamos volver a Inglaterra. Dejad que os ponga un par de ejemplos: cuando viví en Mánchester, trabajé por cuenta propia unos meses, pero mi ignorancia y mi pereza hicieron que descuidara el pago del correspondiente impuesto. Cuando recibí la multa, envié una carta a la administración explicándoles el caso y pidiéndoles que fueran comprensivos. Y lo fueron. ¿Podéis imaginar algo remotamente parecido en España, donde, si te equivocas al entregar un documento en una oficina, arrugan el morro y te dicen "esto qué es", al tiempo que lo sujetan como si fuera papel higiénico usado?

Otro ejemplo podemos encontrarlo en el transporte público. En Londres, los niños menores de 10 años (o 12, ahora no recuerdo) no pagan. Pasan y ya está. ¿A que parece fácil? No para TMB, el transporte metropolitano de Barcelona, donde uno tiene que enviar fotocopias, solicitudes, ese documento prehistórico y franquista llamado libro de familia y, por supuesto, la tasa de 36 euros por niño, para que, al cabo de un mes, tengan el detalle de enviarte la tarjeta infantil. La administración pública en Gran Bretaña está al servicio del ciudadano; en España está al servicio de la burocracia.

Podría seguir con muchísimos más ejemplos, muchos de ellos sobre asuntos bastante más graves, pero qué os voy a contar que vosotros no sepáis ya. Y la entrada sobre un verano tan estupendo no merece acabar con un tono amargo. Así que ¡salud, leche fresca y caridad!



miércoles, 27 de agosto de 2014

Cuentos perdedores (5)





Mientras preparo la entrada post-vacacional, os dejo con esta nadería.


Todas las veces que he muerto

Debía de tener cuatro o cinco años y estaba en clase de pre-escolar. A mi lado estaba sentada Merche, una niña de pelo azabache, ojos profundos y graciosas coletas.
-¿A que no te atreves a comerte un papel? -me desafió.
En la mesa teníamos cada uno una hoja con grandes dibujos de casas, flores, setas y mariposas para colorear. Arranqué un trozo de la mía y me lo metí en la boca.
Merche me observó mientras lo ensalivaba y lo movía con la lengua de un lado para otro, hasta que, al final, con un prolongado glup me lo tragué.
-Ahora te vas a morir -me dijo.
La miré triste y confuso. Ella añadió, a modo de explicación:
-Si comes papel, te mueres.
Los otros niños sentados a la mesa asintieron. Todos sabían que si comes papel te mueres. Me levanté y fui hasta la profesora, que en ese momento estaba extendiendo los brazos hacia delante, en un gesto de afecto, y cerrándolos poco a poco hasta abrazarse a sí misma. Nos estaba explicando la diferencia entre abrazar y abrasar. Esto último consistía en tocar una sartén imaginaria, retirar rápidamente la mano, decir uy, aspirar, agitar la mano y chuparse el dedo. Le tiré de la bata.
-¿Qué quieres?
- Si comes papel, ¿te mueres?
- Sí.
Volví a la mesa con forma de hexágono, ocupé mi lugar al lado de Merche, le dije 'es verdad' y me puse de nuevo a colorear flores.


Aquel accidente afectó mucho a mis padres y, de hecho, a todo el país, que quedó conmocionado. Las imágenes de televisión mostraban el avión partido en dos y envuelto en llamas. Había decenas de bomberos alrededor disparando lo que parecían débiles chorros de agua con las mangueras. Unos enfermeros corrían hacia una ambulancia con una camilla en la que había un herido. Esperé a que mis padres no me vieran para santiguarme. Supongo que no quería levantar sospechas sobre lo que, si encontraba el valor suficiente, estaba dispuesto a hacer. Me preguntaba si los que habían muerto serían buenos o malos, y me hice la misma pregunta sobre los supervivientes. Lo justo, pensé, debería ser que los malos de verdad hubieran muerto, que los que se arrepentían de su maldad estuvieran heridos, y que los buenos hubieran salido ilesos. Ese reparto de premios y castigos me pareció razonablemente satisfactorio para todos, pero cuando me enviaron a la cama, decidí que, si quería salvarme de una vez por todas, debía, de una vez por todas, hacer algo más.
-Señor -rogué, una vez estuve ya acostado y mirando al techo-, perdona a todos los malos sus pecados, haz que cargue yo con ellos y envíame a mí al infierno en su lugar.


La fiesta de fin de curso estaba en su apogeo, pero yo dejé mi refresco sobre un pupitre y salí corriendo de la sala, sin saber hacia dónde iba. De manera inexplicable, había percibido la repentina ausencia de Ana, lo cual me sumió en los días siguientes en un estado de absoluta euforia. ¿Podía acaso haber una señal más clara de la unión de nuestras almas? Pero todavía no era el momento de euforias, ahora tenía que encontrarla. A las puertas de las aulas, apoyadas en la pared y sentadas en los bancos había algunas parejitas besándose, que apenas me hicieron caso. Corrí por el pasillo principal, llegué a la entrada, salí al exterior, bajé de tres en tres los escalones, y por poco me choqué con un grupo que, supongo, habían salido a fumar y ahora volvían a la fiesta. Miré a un lado y otro de la calle. ¿A dónde ir ahora? ¿A derecha? ¿A izquierda? Decidí que me guiara de nuevo el corazón y me puse a correr sin mucha convicción. Mientras corría, me iba repitiendo tienes que hacerlo, tienes que hacerlo. De nada servía ahora pensar en las dos horas que la había tenido al alcance en la fiesta. A veces hay que dejar que las cosas lleguen al límite antes de actuar, y decidí que esta idea era probablemente otra señal del destino. Pues bien, éste era el límite. Si no podía volver a verla hasta septiembre, ¿qué me quedaba? ¿Qué esperanza? ¿Qué vida? Al doblar la esquina la vi, a punto de entrar en el metro. Bajé las escaleras, subí al tren, asomé la cabeza por la puerta en cada estación, esperé a verla salir para de nuevo ir tras ella, salimos a la calle, apreté el paso. Me sentía como un aprendiz de asesino a punto de estrenarse. No. Desterré ese pensamiento, pues no pegaba con la balada que había elegido como música de fondo para mi declaración. Cuando estaba a una manzana de su casa, la alcancé por detrás.
-Ana -la llamé, pero no me oyó.
Volví a decir su nombre y le puse la mano en el hombro. Se sobresaltó.
-¡Oh, qué susto me has dado!
Me miró con gesto desafiante y agresivo. Abrí la boca para decírselo.
-¿Qué quieres?
No me salían las palabras.
-¿Qué te pasa?
Cuando por fin conseguí murmurar entre dientes que la quería, sonrió y me dijo que eso no era posible.
-Sí -insistí, reprimiendo las lágrimas.
Yo no podía quererla, me dijo, porque ella nunca podría hacerme feliz. Había muchas chicas más guapas, más simpáticas y mejores que ella, que sí me querrían, porque yo era un chico encantador. Me fue calmando poco a poco, y recordamos algunas de las notas anónimas que le había enviado. No supe si alegrarme cuando me dijo que desde el primer momento supo que eran mías. Le prometí amistad eterna y por encima de todas las cosas. Empezó a sonar mi balada. Cuando al cabo de un rato nos despedimos, me dijo:
-No se te ocurra hacer ninguna tontería, ¿eh?
Me dio un beso en la mejilla.


Mamá no se vio con fuerzas, así que tuvo que ser la tía Carmen quien me llamara por teléfono para decirme que cogiera el primer avión y fuera para allá. Respondí algo sobre el trabajo, Mónica y los niños.
-Quizá mañana sea tarde -me advirtió.
Durante las tres horas que duró el vuelo, no dejé de preguntarme en qué canción había oído esa frase. No logré recordarlo, pero por lo menos conseguí tener la mente ocupada en trivialidades. Ya habría tiempo para lo demás. Cuando llegué al hospital, fui directamente a la cantina, donde me esperaba la tía Carmen. Mamá estaba arriba, en la habitación, haciendo compañía a papá. Todo se había desarrollado de manera muy rápida, me informó mi tía. Figúrate que hacía apenas dos semanas, estaban los dos haciendo planes para ir a verte y pasar una temporada con los niños. Dos días más tarde apareció el bulto. Lo ingresaron inmediatamente, pero a esa edad el cuerpo ya no puede aguantar. Ahora sólo cabía esperar.
-Tu padre te puede oír -dijo-. Puede que no esté consciente y que no responda, pero oye todo lo que le dicen.
Añadió que mamá necesitaba un descanso. Comprendí que con sus palabras me estaba pidiendo que pasara la noche con él y que, después de tantos años, le pidiera por fin perdón. Le dije que así lo haría.
-Mamá, ya me quedo hoy yo aquí -le dije a mi madre, tras haber subido a la habitación y darle dos besos.
Se sorprendió. Noté que, detrás de mí, la tía Carmen le hacía un gesto para explicarle el resultado de nuestra conversación. Aún así, lo que tuve que decirle a continuación me resultó todavía más difícil.
-Tú vete a casa a descansar.
Nos quedamos papá y yo solos. Ante mí estaba su rostro, delgado, pálido, con los ojos cerrados y respirando de modo apenas perceptible. Lo estudié con un detenimiento casi científico, como no lo había hecho probablemente desde los tres o cuatro años. A las nueve empezaré, me dije. Pero el miedo me impedía hablar. Lo pospuse hasta las nueve y media. Luego hasta las diez. Pensé que, dado el estado en que se encontraba, tanto daba si empezaba a las doce o a las tres de la mañana. Bajé de nuevo a la cantina y me tomé un café. En la televisión retransmitían un partido de fútbol. Salí a fumar. Dos enfermeros que volvían de hacer lo mismo me recordaron que allí no estaba permitido y debía alejarme del edificio. Crucé el jardín que rodeaba el hospital y llegué hasta la calle. Entonces miré hacia arriba. Sabía cuál era la ventana de la habitación, dado que se encontraba en el extremo este del último piso. Había dejado la luz encendida. Di una calada más al cigarrillo y, en el instante que pasó desde que lo tiré al suelo hasta que lo pisé, recordé por fin la canción. Era un viejo tema de un cantautor muy popular en mi infancia y hoy casi olvidado. Durante una época a papá le dio por bromear y cantar el estribillo cada vez que alguien decía la palabra "mañana". Miré hacia la ventana y me entró un escalofrío al imaginar qué sería de mí si en ese momento viera apagarse aquella luz.


El reciente y lustroso tinte negro que tanto me había entusiasmado el primer día me hacía ahora sentirme igual de ridículo que si llevara un peluquín. Iba mirando a mi alrededor, temeroso, con la sensación de que, en cada uno de los escasos coches que había en las calles a aquellas horas, se estaban riendo de mí. El descapotable hacía de mí un blanco perfecto. En un semáforo se detuvo a mi lado un Ford con cuatro jóvenes dentro. El conductor y yo nos miramos, y le vi hacer un comentario a sus amigos. De repente todos se giraron hacia mí y se rieron de manera ostensiblemente grosera. En cuanto el semáforo se puso en verde, pisé el acelerador a fondo y salí disparado. Tras de mí creí oír, aún más fuertes, sus carcajadas. Seguí adelante, cada vez más rápido, no con ánimo suicida sino con el absurdo objetivo de que la velocidad se llevara el tinte y, de paso, me arrancara la ropa. Ella me había ayudado a comprarla.
-¿No crees que es demasiado colorida para mí? -le había preguntado.
-Ay, qué bobo eres. Que te queda estupenda, tontín -dijo, antes de estamparme un beso que no había conseguido excitarme.
Mi pelo teñido, mi cara llena de botox y mi descapotable eran ahora el complemento ideal de aquella ropa, que debía haber sido la envidia de los niños para los que estaba pensada, y que les hacía mearse de risa.
Hacía rato que el Ford había desaparecido del retrovisor. Quizá habían dado la vuelta, en busca de chicas. Quizá a ella, que como consuelo me había asegurado que, de todas formas, estaba cansada y no tenía ganas, al final le habían entrado las ganas. Evidentemente. No hacía falta ser un genio para darse cuenta de que, después de haberme ido, ella no iba a acostarse. ¿Acaso no recordaba yo cómo, a su edad, si por desgracia tenía que quedarme un sábado en casa, me sentía envejecer diez años? ¡Claro que había salido, claro que me había mentido, por asquerosa piedad, con su no pasa nada, es que estás muy cansado! Entonces se me ocurrió que a esos chicos yo los había visto antes. ¿Dónde? Intenté recordar sus rasgos. Tenían su misma edad, sin duda. ¿Serían amigos suyos? Sentí pánico ante la posibilidad de que se empezara a correr la voz. No, jamás. Ella se había sentido tremendamente ofendida cuando le hice jurar que no se lo contaría a nadie. Intenté sentir alivio. Me dije que antes preferiría verla en la cama con los cuatro chicos. La idea me excitó.
Mónica esperaba en casa, con su pecho flácido, sus labios secos y sus ásperas manos. Al día siguiente vendí el descapotable.


-Aparte el periódico, por favor, no lo deje encima de la mesa.
Siempre esa voz. La conozco tan bien y sin embargo siempre es nueva. Ante mí, sobre la mesa, hay unas bolas de colores. También hay figuras con formas diferentes. Alguien se agacha para poder mirarme a los ojos. Tiene el pelo largo, blanco. Intenta sonreír. Es Mónica, me dice. Mi mujer, añade. No sé de qué habla. Hay voces a mi alrededor que resuenan por toda la sala. Un murmullo profundo, una risa, un llanto, y un runrún que no se acaba. Una mujer con el pelo largo y blanco pregunta si alguien sufre. Alguien le responde que no. Hay dos personas más. Una es un chico. Alto, muy alto, más alto que yo. La otra es una chica, una chica mayor, mucho mayor que yo, debe de tener veinte años. Los dos preguntan por papá. Les respondo que papá no está. Se ha ido a trabajar. Es profesor y tiene un Renault. Alguien se ríe. Levanto la voz y les digo que es verdad. Una mujer de pelo blanco me coge de la mano. Me va a castigar por gritar en clase. Un chico alto, muy alto, tiene un periódico en la mano. Yo tengo un perrito. Me lo regalaron por Navidad. Lo voy a hacer. Lo voy a hacer y se va a enterar. Lo hago. Me levanto de un salto, le arrebato el periódico, arranco una página, alguien chilla, hago una bola con el papel y me lo meto en la boca. Intentan meterme los dedos entre los dientes. Trago. Me vuelvo hacia la niña que hay a mi lado, que tiene el pelo azabache, los ojos profundos y unas coletas muy graciosas.
-¡Te equivocabas, Merche! ¿Lo ves?, no me he muerto.

jueves, 7 de agosto de 2014

Despotricar adelgaza


Curiosa palabra ésta, despotricar, de cuya etimología no se sabe mucho. Parece ser que procede del prefijo des- y de potro, aunque a mí, la verdad, eso no me aclara nada. Hay quien ha sugerido por ahí que el potro podría referirse al inquisitorial e inquisitivo potro de tortura, en el cual hasta el más valiente era capaz de acusar a su madre de haber copulado con Lucifer. No me convence, no le veo el des-. A mí la imagen que me viene a la mente con despotricar es la de un conductor que, tras sufrir una pequeña colisión que le ha abollado el guardabarros derecho, se baja del coche para comprobar los daños y, acto seguido y a pleno pulmón, se acuerda de la madre del otro conductor. Todos hemos visto la escena, ¿verdad? Pues ahora imaginad que en vez de ir en coche van montados en alguna especie de equino, como por ejemplo un potro. Despotricar sería, pues, bajarse del potro con ánimo de ponerse a insultar.


Un día, en mis pretéritos tiempos de espectador de cine, encontrábame yo en el entrañable Mélies, en la calle Villarroel. No recuerdo qué película había ido a ver, pero todavía puedo oír a ese chico con gafas de gruesa montura, camisa de 50 euros exquisitamente vintage, y poderoso flequillo que le ocultaba media cara, que, sentado justo delante de mí, hablaba con un amigo sobre Stranger than Paradise, la obra de Jim Jarmusch que habían proyectado en ese mismo cine unos días antes.

-¿Qué te pareció la de Jarmusch? -le preguntó el amigo.
-Bueno... bien. Correcta.

Minutos más tarde, cuando se apagaron las luces y empezó la proyección, cumplí con mi deber. Quizá recordéis el titular de los periódicos del día siguiente: "Gafapasta estrangulado en sesión de tarde".

Si pensáis que el motivo de mi acto, porque siempre hay un motivo, fue la falta de entusiasmo por la película de Jarmusch, os equivocáis. Aunque en mi opinión Stranger... es la obra de un genio, me parece perfectamente respetable que alguien diga que es un coñazo donde no pasa nada, la gente no habla, y las transiciones entre escenas son interminables. No, el problema no es ése.

Algún memo decidió un día que el paradigma de la democracia es decir eso de "yo no comparto tu opinión, pero la respeto". Para mí es el paradigma de la estupidez, pues representa la negación del argumento y la absoluta cerrazón ante el debate. Las personas y, por ende, los gustos son respetables. Siempre. Las opiniones y las ideas, no. Puedo entender e incluso aceptar que alguien diga que Hamlet, el Quijote o la Odisea son un soberano tostón, o incluso, si me apuráis, toleraré que alguien diga que son malas (aunque me reservaré mi opinión sobre el individuo). El problema, o, mejor dicho, el nefando crimen del gafapasta, fue el uso de esa palabra, "correcta". "Correcto" es lo que le dice un profesor a un alumno, es lo que respondemos cuando nos piden la confirmación de un dato, es lo que contesta un agente inmobiliario cuando le preguntamos si los gastos de escalera están incluidos en el alquiler. Pero decir que una obra, sea literaria, musical, cinematográfica, pictórica o culinaria, es correcta es un acto de intolerable y vomitiva arrogancia que debería estar castigado, si no con la horca, sí con el potro.
¡Burra, más que burra!

Como soy bastante cateto y no poco ignorante, vivo en el convencimiento de que la criba del tiempo unida a la sapiencia de los críticos constituyen una autoridad incuestionable sobre el valor de una obra. Naturalmente, cabe la posibilidad de que no estén todos los que son, pero los que están, desde luego, son. Eso no implica, sin embargo, que no tengamos derecho a criticar dichas obras, y es que el gran arte a veces es soberanamente aburrido. A mí, por ejemplo, la supuestamente genial e incluso divertida Vida del Buscón, de Quevedo, no sólo me parece un peñazo, sino una obra prácticamente ilegible hoy en día. Acepto que es mi incultura lo que me impide disfrutar de la obra, y cualquier crítica que haga de la trama, el estilo o las intenciones del autor tendrán que ser juzgadas bajo esa premisa. Ahora bien, la disfrute o no, la entienda o no, me maraville o no, seré consciente en todo momento de que estoy ante una obra de arte, y no ante un cotilleo de patio de vecinas. Parece obvio, ya lo sé, pero para muchos no lo es.

Me refiero, volviendo de nuevo al cine, a esos espectadores que chasquean la lengua cuando un bueno comete un craso error que le costará la vida, que llaman idiota al novio de la chica cuando cae en la trampa del malo, o que, en definitiva, en la sala de cine se comportan como un crío en un teatro de marionetas (1). Naturalmente, cuando esos espectadores cogen un libro, pasa lo que pasa: critican Madame Bovary porque la señora en cuestión es burra; encuentran, por el contrario, que Anna Karenina es odiosamente perfecta y no les gustaría tenerla como amiga; menosprecian Jane Eyre porque les parece que el señor Rochester es un idiota y un machista ; y piensan que, en el país de las maravillas, Alicia actúa de manera excesivamente crédula.

Juzgar los actos de unos personajes de ficción del mismo modo que juzgaríamos los de nuestro jefe, nuestro primo o nuestra ex es probablemente llegar al nivel más bajo al que puede llegar un lector. Nabokov empleaba un término certero -aunque demasiado benévolo- para describir esa actitud infralectora: puerilidad.

Sí, ya, muchos libros, pero seguro que no has entendido ni uno solo.

En alguna ocasión he hablado de mi afición a la salsa y la timba cubana, estilos de música que, en la pista de baile, no se me dan espantosamente mal, modestia aparte. He realizado varios cursos, y todavía me apunto a alguno de vez en cuando para ir reciclándome. Afortunadamente he aprendido a elegir, porque existe un tipo de profesor, normalmente salido de las mejores escuelas de baile de Cuba, que piensan que cuando un españolito quiere aprender a bailar, necesita antes aprenderse la genealogía de Changó, Yemayá, Ochún y todos los orishas de la religión afrocubana.

Esta irritante actitud tiene también su versión literaria, concretamente en la conocida frase "no se puede entender a Fulano si antes no has leído a Mengano". Por supuesto, la frasecita en cuestión siempre la pronuncia, henchido de vanidad, el lector de Mengano, o por lo menos, el que sabe que Mengano vino antes que Fulano. Es evidente, por tanto, que nunca os encontraréis con alguien que diga "he leído todo Faulkner, pero como no he leído antes a Mark Twain, no me he enterado de nada". Pues bien, recientemente, alguien se llevó las manos a la cabeza porque Muñoz Molina decía en su artículo sabatino de Babelia que, como aquél que dice, acababa de descubrir a Thomas Bernhard. Nuestro Mengano aprovechó la coyuntura para decir que qué barbaridad, cómo es posible, dónde vamos a ir a parar, ¡pero bueno! , si no se ha leído a Bernhard no se puede entender a éste ni a aquél ni al de más allá.

No niego que lo que esta actitud de niñato resabido manifiesta es, en el fondo, absolutamente cierto. Pero, ¿no creéis que el mundo sería un lugar más hermoso para vivir si estos arzobispos de la cronología literaria se limitaran a decir, sencillamente, que "leer a Mengano te ayudará a apreciar mejor a Fulano"? Porque si insistimos en ese "no se puede entender", tendremos que recordar que antes de Mengano también está Zutano, y antes de éste, otro, y otro, y otro. Y la verdad, no a todo lector le apetece remontarse a los textos sumerios para entender a Lucía Etxebarria. Además, entonces yo, que todavía no he leído a Proust, ¿soy capaz de entender algo de lo que ha venido después?


Bueno, ahora ya me he desahogado.
En fin, si he programado esto bien, en el momento de que lo leáis yo estaré en tierras inglesas, con una vista parecida a la de la foto, y en compañía de la familia sanguínea, la política y el señor Thackeray. Así que feliz agosto @ todos.

(1) Sin embargo, para que veáis que no soy tan borde, os confesaré que me parece entrañable que aplaudan cuando el héroe consigue salvar el avión en el último suspiro.

viernes, 25 de julio de 2014

Germanistas con maleta y reporteros con mochila


M. era una amiga que conocí en la universidad. Era una chica de vastísima cultura que, sin embargo, huía siempre del elitismo intelectual. Era una persona apreciada por igual por sus colegas - profesores universitarios y catedráticos- y por el mendigo con el que era capaz de sentarse en un banco a compartir un bocadillo. Era, en pocas palabras, la persona más abierta, cordial y libre de prejuicios que he conocido. Y sin embargo, lejos de pensar que recorrer mundo ensancha la mente, M. odiaba viajar. Todo viaje, según ella, era una huida. A diferencia de los que pensamos que viajar es una manera de aprender y, por ende, ser más felices, M. pensaba que el viaje no es más que un desesperado y vano intento de, a lo sumo, ser menos desgraciados.

Sigo pensando que, en líneas generales, tenía razón yo. Viendo mis grandes viajes con la distancia de más de dos décadas, me pregunto, sin embargo, si hoy los emprendería con el mismo afán de disfrutar. La lectura de El Danubio y Fantasmas balcánicos despiertan en todo lector y viajero no sólo unas ganas incontenibles de hacer la mochila y comprar un billete de ida, sino que también le descubren una nueva dimensión al acto de viajar. Así, a la pregunta de qué buscamos en el viaje, hoy probablemente yo respondería de manera muy diferente a como lo hubiera hecho hace quince o veinte años. No se trata simplemente de disfrutar, desde luego, y tampoco exactamente de aprender. Se trata, más bien, de... ¿vivir? ¿Ser? ¿O simplemente, estar? Permitidme que deje las palabras entre interrogantes. No quiero, en homenaje a M., ponerme demasiado trascendental.

¿No os apetece un viajecito?

Dos son las irresistibles tentaciones que se le presentan a cualquiera que vaya a hablar de El Danubio: la geografía y la historia. Soy consciente de que no seré capaz de evitar, si no caer en ellas, cuando menos tropezar, pero intentaré que sean tropiezos bien empleados.

Desde su publicación, allá por 1986, El Danubio se ha convertido en un clásico contemporáneo. Su mezcla de historia, antropología y diario de viaje, vertida en un lenguaje culto, en ocasiones barroco, pero nunca inaccesible, y empapada de principio a fin de la incontenible erudición del autor, deslumbró a la crítica y, me atrevo a aventurar, cambió de manera definitiva nuestro concepto de literatura de viajes. Tanta es su relevancia y tan profundo es su análisis de la Mitteleuropa, que poco importa que el mundo en que se escribió haya dejado de existir. Literalmente. Fijaos si no en la lista de estrellas invitadas: RFA, Austria, Checoslovaquia, Hungría, Yugoslavia, Bulgaria y Rumanía. Casi la mitad de esos estados hoy no son más que historia, y la mayoría de los que quedan están hoy irreconocibles. Pero, como para Magris en este caso la geografía se limita al inmutable Danubio, y como la historia, inabarcable, puede saltar de Napoleón a los nibelungos, de Rudolf Hoess a Virgilio, o del asesinato de Sissí al Sacro Imperio Romano, pues el libro es hoy de tanta o tan poca actualidad como el día en que se publicó.


Los libros de viajes suelen ser de lectura sencilla, pero ya os he dicho que éste no es un libro de viajes al uso. En otras palabras, no es el libro que yo me llevaría en un crucero por el Danubio. Lo que Magris nos ofrece en este libro no es el retrato de un mundo. Es, como todo viaje, una búsqueda:

Al contemplar las aguas jóvenes y sutiles del recién nacido Danubio, me pregunto si, siguiéndolo hasta el delta, entre pueblos y gentes diferentes, nos adentramos en un terreno de sanguinarios encuentros o en el coro de una humanidad, pese a todo, unitaria en la variedad de sus lenguas y sus civilizaciones. 

Magris parece preguntarse si lo que busca es la esencia o, por el contrario, los restos de la Mitteleuropa, aquel mundo forjado a lo largo de los siglos que para el autor se sitúa siempre alrededor de dos ejes con frecuencia antagónicos: el Danubio y el Rin, Austria y Prusia; la vieja guardia representada por los Habsburgo o la modernidad encarnada en Napoleón. Y ante una modernidad tan peculiar como la que trajo el Bonaparte, Magris el germanista reivindica las ideas de Franz Grillparzer, el dramaturgo vienés cuyo nombre aparece una y otra vez a lo largo de la obra. Según Grillparzer:

Napoleón es (...) el símbolo de una época que ve cómo la subjetividad (nacional, revolucionaria, popular) se distancia de la religio de la tradición y provoca, con la nacionalización de las masas, el final del cosmopolitismo setecentista, racionalista y tolerante.

Como veis, la actualidad del libro no podía ser más rabiosa. Pobre Europa, no la mittel sino la de más al süd.


Y es que Magris, ahí donde lo veis, tan civilizado y culto, es un gran provocador, algo que, por otra parte, es lo que debe hacer siempre la cultura. Sus ideas, sus reflexiones y, sobre todo, sus juicios jalonan El Danubio de principio a fin, y no le duelen prendas, por ejemplo, en calificar a Pablo Neruda de "pomposo", algo con lo que cualquier lector de Confieso que he vivido estará de acuerdo. Otro ejemplo bastante más jugoso de este espíritu provocador es el que lo lleva a enfrentar a humanistas y naturalistas. Dice al respecto: 

El demócrata es humanista; el naturalista -incluso si permanece inmune a las inclinaciones pseudonazis perceptibles en el pasado de Lorenz- difícilmente cree en la "religión de la humanidad", porque en ésta descubre una -aunque sea la más evolucionada-  de las formas vivas y considera probablemente, como aquel personaje de Musil, que si Dios se ha hecho hombre, podría o debería hacerse también gato o flor.  (...) [El naturalista] está dispuesto a justificar la ley que sitúa, fatalmente, a un bando contra otro -y el bando, según la constelación histórica, puede ser la ciudad, el partido, la clase, la tribu, la nación, la raza, Occidente o la Revolución mundial-. En el momento de la lucha no valen los principios generales, sino que impera el sentido instintivo de la pertenencia al bando, en nombre del cual es lícito y obligado atacar...

Y por cierto, tan interesante como la comparación en sí es el modo en que ésta surge en la mente del viajero:

En mi viaje encuentro demasiadas veces veces la heráldica águila bicéfala y demasiado poco el águila real o la marina, que vuelan sobre las aguas danubianas; Musil, Francisco José, la Media Luna y el Café Central hacen ensombrecer a los habitantes más antiguos y legítimos de la Mitteleuropa, olmos y hayas jabalíes y garzas.

Magris, pues, no se limita a lo que ve ni a su historia, sino que deja que un detalle, una palabra o un gesto prendan una chispa que encienda conexiones insospechadas entre sus ideas, sus observaciones y su bagaje cultural. 

Aquí no es azul

Decía más arriba que el hecho de que las fronteras de Europa hayan cambiado no le resta a El Danubio un ápice de actualidad. Iría más lejos, sin embargo, y añadiría que, en cierto modo, y dejando de lado la maestría de Magris, es precisamente el haber sido escrito en vísperas de aquel famoso, falso y fukuyamesco "fin de la historia" (toma aliteración) lo que confiere a este libro su carácter de clásico contemporáneo, sin obviar que Magris de hecho intuía algunos de los cambios que se avecinaban, como la caída del comunismo y la disgregación de Yugoslavia. El Danubio, en fin, confirma que las fronteras que traza el hombre siempre serán efímeras, y que las raíces de los pueblos se hunden mucho más hondo de lo que la fecha de una batalla puede indicar.

El libro proporciona una cantidad ingente de hilos que al lector inquieto le entusiasmará seguir, desde autores como Grillparzer, Stifter, Peter Jaros o Jean Paul, las memorias de Rudolf Hoess, el atroz martirio de György Dozsa, el falso zar Franz Fekete, la irlandesa Lola Montez, la abuelita revolucionaria Baba Tonka, y así docenas y docenas de historias, algunas tan anecdóticas como inolvidables (qué decir del cazador que trabaja en un cementerio) que Magris salpica con sus reflexiones sobre la gloria literaria, la estupidez del mal, la vida como carencia y, siempre, el viaje. No me veo con fuerzas para escribir al respecto, pero, para compensar, incluiré una cita más, que os dará una idea de cómo llega a escribir Magris:

El viandante avanza en el atardecer, cada paso le adentra en el crepúsculo y le conduce más allá de la franja inflamada que se apaga. El viajero, escribe Jean Paul, es semejante al enfermo, está en equilibrio entre dos mundos. El camino es largo, aunque sólo nos desplacemos de la cocina a la habitación que contempla occidente y en cuyos cristales se incendia el horizonte, porque la casa es un reino vasto y desconocido y una vida no basta para la odisea entre la habitación de niño, el dormitorio, el pasillo por el que se persiguen los hijos, la mesa del comedor sobre la cual los tapones de las botellas disparan salvas como un piquete de honores  y el escritorio con unos cuantos libros y unos cuantos papeles, que intentan explicar el significado de este ir y venir entre la cocina y el comedor, entre Troya e Itaca.


Dejemos ahora el apacible Danubio y adentrémonos en una tierra algo más agitada, por lo menos en los últimos tiempos, léase siglos. Decía al principio de esta entrada que, si hoy tuviera de nuevo la posibilidad de coger la mochila y desaparecer dos o tres meses, probablemente me tomaría el viaje con una actitud muy diferente. Lo cierto es que mi último viaje largo, solitario y mochilero lo emprendí con este espíritu. Así, cuando fui a Cuba, no me interesaba lo más mínimo disfrutar de sus espectaculares playas de agua cristalina ni llenar el carrete (Dios mío, ¿tanto tiempo hace?) de fotos que hicieran morir de envidia a mis amigos, sino, sencillamente, conocer a la gente y, más que hablar, dejarles hablar a ellos. Y si así lo hice, ¿por qué no pude escribir un libro como el de Kaplan?


Fantasmas balcánicos fue inicialmente rechazado por hasta catorce editoriales, y cuando por fin se publicó, en 1993, no fue precisamente un éxito de ventas. Sin embargo, estamos ante uno de esos libros de los que puede decirse que, si no lo cambiaron, sí influyeron profundamente en el curso de la historia. Y eso sucedió el día en que se vio a Bill Clinton con el libro en cuestión bajo el brazo. Clinton estaba en aquellos días sopesando la intervención en Bosnia, y cuentan los que conocen a Mr President que el libro jugó un papel relevante en la decisión final de no intervenir. Kaplan, por su parte, niega que ésa fuera su intención y afirma que, de hecho, desde el primer momento se mostró a favor de una intervención armada contra los serbiobosnios. El libro, en cualquier caso, se convirtió gracias a Clinton en todo un éxito de ventas, y del presunto mal uso que se hizo de él Kaplan se benefició no sólo económicamente, sino sobre todo en términos de prestigio e influencia. Y es que desde entonces Kaplan ha pasado de ser un reportero a convertirse en, según algunas publicaciones, uno de los cien pensadores globales (sea eso lo que sea) más importantes, además de ostentar cargos de influencia relativos a seguridad en EEUU.


El olfato  de Kaplan le ha llevado a adelantarse siempre a la noticia, o, por utilizar una imagen más dramática, a meterse en el ojo de la tormenta antes de que ésta estalle. Así, tras su primer libro, sobre la hambruna en Etiopía, publicó Soldados de Dios: con los muyahidines en Afganistán, y se publicó en 1990, es decir, años antes de que muyahidín se convirtiera  en un término de uso cotidiano y cuando Afganistán no era más que una torpeza de la URSS. Y luego vino el que nos ocupa, donde advertía del desastre que se avecinaba en los Balcanes y al que, según el autor, los gobiernos occidentales hacían oídos sordos.

A decir de algunos, ese olfato de reportero y su capacidad de anticiparse a la noticia se le han subido un poco a la cabeza, y parece ser que en obras más recientes abusa de esa imagen y se presenta como una especie de gurú de la política internacional. La verdad, no estoy al corriente de las últimas publicaciones ni declaraciones del señor Kaplan, pero una cosa sí que sé: sean cuales sean los defectos achacables a Fantasmas balcánicos (y le han achacado muchos), el libro no tiene desperdicio. Kaplan nos cuenta en esta obra el viaje que hizo en 1990 por la península de los Balcanes, y que lo llevó de Yugoslavia a Grecia pasando por Albania, Rumanía, Bulgaria y Moldavia. A diferencia de Magris, que viajó en compañía de amigos y, presumo, en primera clase y con maleta, Kaplan emprendió el viaje solo, con mochila, y en trenes y autocares verdaderamente balcánicos.

Rebecca West, autora de Cordero negro, halcón gris

Al igual que con el libro de Magris, la sed de lecturas que despierta Fantasmas... es prácticamente imposible de saciar, y confirmando de nuevo que la buena literatura de viajes es intemporal, se centra en el clásico de Rebecca West, Cordero negro, halcón gris: un viaje al interior de Yugoslavia, un mamotreto de casi mil páginas escrito nada menos que en 1941. Desconocía a esta autora, pero un vistazo a la wiki nos revela una persona absolutamente fascinante, y ese Cordero negro... está en el primer lugar de mi lista para mi inminente viaje anual a Inglaterra.

Otra de las referencias de Kaplan es el libro La guerra en Europa oriental, del no menos apasionante periodista John Reed, de cuyo clásico sobre la Revolución Rusa ya hablamos aquí. Y hay más, desde luego, pero me haría falta algo más que media vida para poder aplacar las ansias de leer que me han entrado con el libro de Kaplan. Y cuando digo que me haría falta algo más, me refiero a que algunos de los libros mencionados parece ser que sencillamente no se han publicado jamás en España. Tal es el caso de La guirnalda de la montaña, un clásico de la literatura serbia escrito por el Príncipe-Obispo de Montenegro, filósofo y poeta Petar II Petrovic Njegos.

Y quizá aún cambiará más

Centrándonos de nuevo en el libro y los viajes de Kaplan, a nadie sorprenderá que Fantasmas balcánicos levante tantas suspicacias entre los habitantes de la península balcánica como entusiasmo entre los legos en balcanismo como yo. Uno de los ejemplos lo tenemos en el infernal campo de exterminio de Jasenovac, al que ya me referí en mi entrada sobre La casa de nogal. Dado que, tanto étnica como lingüísticamente, serbios y croatas son imposibles de distinguir, el método infalible es preguntar cuánta gente murió en Jasenovac. Si te responden que 700.000, tu interlocutor es serbio. 60.000, estás hablando con un croata. 

Uno de los personajes más relevantes en la historia moderna del conflicto entre serbios y croatas fue Aloysius Stepinac, Cardenal y Arzobispo de Zagreb entre 1937 y 1960, excluyendo los cinco años que pasó en prisión. La figura de Stepinac fue tremendamente controvertida, y su juicio, tachado de farsa por el Vaticano, el gobierno británico y organizaciones cristianas y judías, alcanzó repercusión mundial. Durante la guerra, el cardenal había apoyado abiertamente a los ustachas, el movimiento fascista que colaboraba con los nazis y emulaba sus atrocidades con gran entusiasmo. Pero Stepinac contaba en su haber con dos grandes y heroicas virtudes a ojos de occidente: era un furibundo anticomunista, y se mostró siempre en contra de la persecución a los judíos. Sobre las matanzas de serbios, limitaba sus críticas a sus momentos más íntimos. Stepinac fue beatificado por Juan Pablo II y es hoy venerado en su tierra. 

El cardenal Stepinac durante su juicio por colaboración con los nazis, entre otros cargos

Uf, y estamos todavía en la página 20... No tengo fuerzas para siquiera resumir alguna otra de los cientos de historias de las que este libro rebosa. Kaplan combina, a mi juicio de manera soberbia, la historia de los lugares que visita con su devenir mochilero en vagones de tercera, hoteles de supuesto lujo que son nidos de prostitutas, charlas con monjas, políticos, religiosos, chóferes, y la experiencia que le brinda el haber vivido siete años en Grecia. Fascinante es, por ejemplo, recordar la figura de Ali Agca y la posible implicación de las fuerzas de seguridad búlgara en el fallido asesinato de Juan Pablo II; cómo al regreso de China de un antiguo zapatero llamado Ceaucescu los cines rumanos dejaron de proyectar Butch Cassidy and the Sundance Kid (Dos hombres y un destino); la historia de un líder revolucionario macedonio llamado Gotse Delchev; cómo Carol I de Rumanía entró de incógnito en el país sobre el que iba a reinar; y sigue y sigue y sigue, hasta llegar al último capítulo, genial como casi todos, dedicado a Grecia, donde tenemos a Melina Mercuri, a Hemingway y, sobre todo, un nombre que oí mucho durante mi infancia y del que sin embargo hasta ahora no sabía ni papa: Andreas Papandreu.

Andreas Papandreu, en un retrato digno de Kaplan

Kaplan niega el tópico según el cual Grecia es algo así como la cuna de Europa, y afirma que se trata de un país no sólo plenamente balcánico, sino tirando más bien a oriental. Como ya he señalado, Kaplan, además de estar casado con una griega, vivió sus buenos siete años en Grecia, años que coincidieron en buena parte con el mandato de Papandreu. Fueron años en que Grecia se enemistó con buena parte de occidente; en que Papandreu, un niño de papá educado en Harvard que vivió hasta los cuarenta y tantos en campus de los EEUU, se entregó al populismo, cultivó una imagen casi de mafioso, se apoderó de los medios de comunicación, se entregó a una fraternal amistad con Castro, Gadaffi o el antropófago Idi Amin Dada, se cruzó de brazos ante el terrorismo, dado que éste sólo mataba a extranjeros, y llevó a la ruina a la industria del turismo. Como veis, nada que no se pudiera arreglar con una, ¡ay!, cadena humana por la paz alrededor de la Acrópolis. En fin, todo un personaje, este Andreas, digno colofón de esta joya de libro que desde su publicación ha soliviantado a más de un fantasma.

¡Balcanes, allá voy! (aunque sea a bordo de un libro)


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