miércoles, 30 de noviembre de 2016

Un par de novelitas soviéticas

Iglesia del Arcángel Miguel, en la región de Irkutsk

Los rusos. Cuánto nos gustan. Tolstoi, Dostoievski, Chéjov, Gógol... Uno podría pasarse la vida leyéndolos y no necesitaría mucho más para ser un lector más que feliz. Luego vino a estropearlo un poquito la revolución, que por lo menos nos dejó a sus Mayakovski, Esenin o Gorki. Llegaron a continuación los desencantados y protestones, con los monumentos literarios de Bulgakov, Mandelstam, Pasternak, Grossman o Solzhenitsin a la cabeza. Y cuando llegamos a los autores contemporáneos, la verdad es que nos vienen bastantes menos nombres a la cabeza, y de hecho aquí apenas hemos hablado de Victor Pelevin y Liudmila Ulitskaya.

Pero dentro de este siglo y medio de literatura quizá observéis una gran ausencia. No me refiero a un nombre concreto, sino a un grupo de escritores que debió de existir, y que sin embargo, quizá por una cuestión de prejuicios, fuera de Rusia son casi desconocidos. Me refiero a esos autores que llevaron a cabo su obra en la época soviética y que, a diferencia de los ya mencionados Bulgákov o Pasternak, no sufrieron censura ni represalias sino que, al contrario, en algunos casos ganaron Premios Stalin a porrillo. De estos autores, que, como podéis imaginar, fueron numerosísimos, apenas el nombre de Mijaíl Sholojov, con El Don apacible, resulta conocido del gran público fuera de Rusia. Otros autores, como Konstantin Simónov, de quien tanto habla Orlando Figes en su maravilloso Los que susurran, son perfectos desconocidos, pese a haber sido uno de los autores más laureados de la Unión Soviética.


Aunque en el caso de Simónov, y admito que hablo por referencias, este olvido parece justificado, es interesante señalar el prejuicio que nos hace tratar con cierta condescendencia a tantos autores que vieron su obra reconocida y premiada en el régimen soviético. Nos cuesta creer que si un autor no se enfrenta, sea abierta o veladamente, al régimen totalitario en el que vive, y más aún, si su obra goza de gran éxito en ese régimen, no merece el reconocimiento de la posteridad, que verá en él a un autor privilegiado por el poder y, en consecuencia, prescindible.

Pues no, señores. Si piensan ustedes que no se puede escribir buena literatura sin enfrentarse al poder, lamento decirles que se equivocan.

Valentín Rasputín recibiendo la Orden al Mérito por la Patria

Al igual que el legendario monje y curandero con quien comparte apellido pero no lazos familiares, Valentín Rasputín era oriundo de la región de Irkutsk, en Siberia. Tuvo una infancia feliz y bucólica entre ríos, taiga y un desarrollismo implacable que construía presas, reconducía ríos y trasladaba pueblos de valles a cimas, entre ellos aquél donde nació. Más adelante, en buena parte de su obra criticó esos gigantescos proyectos, que consideraba no sólo dañinos con la naturaleza sino intrínsecamente inmorales. Algunos, a su vez, han criticado al propio Rasputín por una falsa idealización de la vida rural.

Naturalmente, de la exaltación de la vida rural al nacionalismo más extremo a veces no hay más que un paso. Démoslo y veréis. Levantamos un pie, vemos el paraíso del terruño, la esencia del alma rusa, y antes de poner de nuevo el pie en el suelo hemos decidido que hay que protegerla y, para ello, echar fuera a los invasores. De hecho, Rasputín acabó militando en las filas de una asociación llamada Pamyat (Memoria), que se define a sí misma como un "movimiento popular cristiano ortodoxo patriótico nacional". Ahí es nada. Pero. Punto. El señor escribía bien. Muy bien.

Aquí, en una imagen un poco más literaria

A tenor del número de ediciones que se hicieron de este libro, Dinero para María debió de tener cierto éxito en su día, allá por finales de los años 70, aunque apenas se ha publicado nada más de él en España. Esta novelita breve tiene una trama muy sencilla, resumida perfectamente en el título. María, la esposa de Kuzmá, el protagonista, con quien tiene cuatro hijos, se ha visto envuelta, sin comerlo ni beberlo, en un caso de corrupción, y a no ser que consiga reunir mil rublos en cinco días, será arrestada, juzgada y presumiblemente condenada a prisión. María es incapaz de hacer frente a la situación y deambula por la casa con la mirada perdida. Así, es Kuzmá quien se propone reunir la cantidad, para lo cual empieza a pedir dinero a todos sus conocidos e incluso a su hermano, con quien no se ve desde hace años.

Rasputín está considerado el maestro de lo que se dio en llamar la "prosa rural", un movimiento literario que nació con el deshielo de Khrushov y que, aparte de retratar la vida tradicional en el campo, se caracterizó por alejarse de los principios del realismo socialista. Dinero para María transcurre en un koljós, aquel tipo de granja colectiva que nació con la Revolución y que, cual un hermano siamés de ésta, murió cuando lo hizo la URSS. El koljós es el escenario ideal para la novela ya que, además de proporcionar el entorno rural que tanto atraía al autor, la pequeña comunidad que lo habita, donde todos se conocen y no existen los secretos para nadie, aporta dramatismo al conflicto central. Un hombre que debe elegir entre su orgullo y el pelotón del destino.

Arengando a los koljosianos

La tragedia de Kuzmá y María es a todas luces injusta. Desde el primer momento María no quería hacerse cargo de la tienda del koljós, y posteriormente no fue consciente de la constante desaparición de bienes que han conducido a la enorme pérdida de la que se la acusa. Es evidente que las pérdidas se deben a la corrupción del sistema, donde, desde la producción hasta el distribuidor final, todos roban un poquitín aquí y otro poquitín allá. Sin embargo, no se advierte por parte del autor ni un ápice de crítica a ese sistema corrupto ni a esa justicia implacable que amenaza a María. Podría uno especular y sugerir que el autor soviético aceptaba las injusticias del sistema como uno acepta la injusticia de un cáncer. En todo caso, lo que interesa a Rasputín no son las imperfecciones del sistema sino las del alma humana. Y éstas, junto con su nobleza y una serie de grandes escenas y personajes, las retrata de forma impecable.

Dinero para María es muy fácil de encontrar en el mercado de segunda mano, pero sería de agradecer que alguna editorial se atreviera a reeditarla, así como sus otras grandes obras, Adiós a Matiora o Siberia, Siberia.


El mundo editorial español ha dispensado un trato aún peor a Vera Panova, autora de uno de esos libros que parecen infantiles (y que no lo son tanto) más populares en Rusia. Si no me equivoco, ni una sola de sus obras ha merecido ser publicada jamás en nuestro país, y sólo he encontrado un libro suyo en español, precisamente en la editorial rusa Progreso. El libro del que os voy a hablar se titula Seryozha, y es uno de esos libritos en los que vemos el mundo adulto a través de los ojos de un niño. Huelga decir que se han escrito muchos libros con un planteamiento idéntico, y, como podéis imaginar, ahora mismo no me viene ni un solo título a la cabeza, pero lo cierto es que este relato que apenas llega a novelita tiene ese encanto que tienen las obras escritas con sinceridad y sin ínfulas. Gracias a su sencillez, a su aparente inocencia, al excelente oído de Panova para captar los giros del lenguaje infantil y a su vívido retrato de unos tiempos tan duros como fueron los años de posguerra en la Unión Soviética, Seryozha ha tocado la fibra sensible de millones de lectores rusos y, curiosamente, goza también de una enorme popularidad en la India y Bangladesh.

Adaptación al cine de Seryozha

La historia, insisto, es muy sencilla. Estamos en 1947, en un pequeño pueblo donde apenas se mueve nada más que el agua en el río y los pollos en el patio. El mundo de Seryozha, un niño de seis años que vive con su madre y los tíos de ésta, abarca lo que va de su dormitorio a la carretera, donde juega, cuando le dejan, con los otros niños, casi todos mayores que él. Seryozha perdió a su padre en la guerra, y no conserva de él ni un solo recuerdo. Pronto entra en escena, sin embargo, un veterano del Ejército Rojo llamado Korostelyov, un hombre que, además de héroe, tiene su parcelita de poder, al ser el director del sovjós que abastece al pueblo. Korostelyov se casa con la madre de Seryozha y desde el primer momento se convierte en el héroe del niño.

Por lo que Seryozha ha oído, los padres encaminan a sus hijos por la senda correcta a base de correazos, y ésa es la primera pregunta que le hace Seryozha a Korostelyov. ¿Me vas a pegar mucho con el cinturón? Pero Korostelyov le responde que pegar a los niños para que éstos aprendan a comportarse es una tontería. Con esa respuesta, con su promesa de ir al sovjós a comprarle un juguete y dirigiéndose a él como Serguéi o, sencillamente, como "hermano", Korostelyov se gana el corazón de Seryozha. Nada que haga este hombre guapo, inteligente, influyente y fuerte, que se sube a Seryozha a los hombros como quien se pone un sombrero, puede estar mal.

El episodio del tatuaje

No cabe duda de que el retrato de Korostelyov puede resultar demasiado perfecto para nuestro gusto por personajes complejos y, a ser posible, atormentados, pero no hemos de olvidar que estamos viendo el mundo a través de un niño de apenas seis años, que todavía no ha empezado la escuela, que está, por tanto, desprovisto de malicia, desconfianza y sospecha, y que todo lo que puede hacer es absorber como una esponja lo que de bueno y malo puede ofrecerle la vida. Lo bueno lo impresiona, y lo malo, es incapaz de entenderlo. Por eso, en una de las escenas más conocidas, cuando su tío Petya le da un caramelo que en realidad no es más que un envoltorio vacío, Seryozha, ante las carcajadas del tío, le pregunta muy serio: Tío Petya, ¿eres tonto? Lo que para un adulto constituye un insulto directo, para Seryozha es una pregunta sincera. Conoce la palabra "tonto", y quiere saber si su tío es uno de ellos. Ved aquí la escena, tomada de la excelente versión cinematográfica que se hizo en 1960 y que ganó varios premios internacionales.


Otro de los episodios más conocidos tiene lugar cuando Seryozha y su amigo acompañan al tío de éste, un militar de la marina, envuelto en un aura de leyenda, y que está pasando unos días en el pueblo, a bañarse en el río. Al ver el cuerpo del capitán cubierto de tatuajes, los niños no caben en sí de admiración, y su deseo de tatuarse el cuerpo no tiene precisamente un final divertido. La pequeña tragedia que este episodio acaba desencadenando es una muestra perfecta del estilo de Panova, que, pese a lo que pueda parecer, escribió una obra sin pizca de sentimentalismo. Es más, hacia el final de la novela, el lector se asombra del rumbo frío y casi despiadado que están tomando los acontecimientos. ¿Cómo pueden comportarse de esa forma con un niño? ¿Qué clase de sociedad era aquélla en la que se considera comprensible la decisión que toman Mariana, la madre, y Korostelyov, que amenaza con hacer realidad la mayor pesadilla de un niño? Sin embargo, hay que insistir en que aquí, de nuevo, no hay denuncia ni crítica. ¿Debería haberla? Quizá, pero entonces sería otra novela. Panova no cuestiona esa decisión, ni el sistema que los conduce a tomarla. Si queréis denuncia, leed a los protestones. Seryozha no es más que un excelente retrato de la vida de un niño en la URSS de la posguerra.


Nacida en 1905 en Rostov del Don, Vera Fiódorovna Panova no tuvo una vida fácil. Su padre, un comerciante que se había arruinado, se suicidó arrojándose al apacible río cuando ella apenas tenía la edad de Seryozha. Posteriormente, tuvo que dejar la escuela debido a los problemas económicos de la familia. Comenzó a trabajar como periodista y en 1933 empezó a escribir obras de teatro. Su segundo marido fue arrestado y enviado al gulag. A Panova sólo se le permitió un encuentro con él antes de que lo ejecutaran, que relató en la historia "El encuentro". En 1940 se encontraba en Tsárskoe Selo, junto a Leningrado, donde los nazis la enviaron con su hija a un campo de concentración del que consiguieron escapar y refugiarse en una sinagoga destruida. Vida de novela, como veis. Después de la guerra, sin embargo, la vida le sonrió y llegó a ganar tres Premios Stalin y dos Órdenes de la Bandera Roja del Trabajo.

Como decía más arriba, hoy vemos estos premios literarios de nombre tan rimbombante con cierto recelo. Mal hecho, por lo menos en el caso de Vera Panova.



sábado, 12 de noviembre de 2016

Breves (o no tanto) reflexiones en torno a Ciudad en llamas



Se pongan como se pongan los puristas, románticos y algún que otro talibán de la literatura, es innegable que la lectura es una inversión. Uno invierte tiempo y, en ocasiones, esfuerzo, y espera recibir a cambio un beneficio, sea éste en forma de aprendizaje, iluminación espiritual o mero entretenimiento. En el mercado literario hay inversiones seguras, conocidas como clásicos. Las habrá mejores y peores, pero son seguras precisamente porque son clásicos... o a lo mejor es al revés, se han convertido en clásicos porque son inversiones seguras. Sea cual sea el orden de los factores, los clásicos ofrecen rentabilidad garantizada, ya que incluso en el caso de que aprendamos nada, no nos iluminen y además nos aburran, siempre obtenemos con ellos un beneficio neto: el derecho a afirmar que En busca del tiempo perdido, Guerra y Paz o El hombre sin atributos están sobrevaloradas por la crítica y son en realidad un coñazo. Intentad presumir de haberos aburrido con Dan Brown y veréis que no es lo mismo.

Ciudad a oscuras

City on fire (Ciudad en llamas), con sus novecientas y pico páginas de lectura densa, lenta y apretada, representa una enorme inversión. Por eso, lo primero que nos preguntamos es cuáles son las credenciales del autor. Porque el señor Gareth Risk Hallberg era, hasta hace cuatro días, un perfecto desconocido. Y sin embargo, se presentó con su manuscrito en una editorial, que decidió encantada publicarle de la primera hasta la última página. No sé por qué, algo me hace pensar que ese mismo editor que babea ante un manuscrito de  casi 1.000 páginas de un autor novel, premiaría con un escupitajo en la cara a cualquier otro novel que tuviera la osadía de presentarle un librito de 150. Pero seguro que son cosas mías.



Lo que los editores vieron en esta obra, entre otras cosas, es, sin duda, lo mismo que ha visto Hollywood, que ya ha le ha adelantado al señor Hallberg dos milloncetes de dólares. City on fire, en efecto, tiene todo lo que un productor americano le puede pedir a un guión. Está situada en el Nueva York de los años 70, con el juego retro que da eso, ya sabéis, camisas psicodélicas, pantalones de campana y bigotes a porrillo. Tiene una enorme galería de personajes cuyas vidas, que acabarán curzándose, recorren todo el espectro social, desde magnates dueños de imperios empresariales hasta punks que okupan pisos vacíos y ruinosos, pasando por policías, profesores, artistas y periodistas. Hay unos malos  absolutamente diabólicos: un hombre gris y asexuado cuyo único placer es el poder que ejerce sobre los demás, y un revolucionario nihilista que planea algo gordo. Tenemos también saga familiar, con traumas infantiles, venerados patriarcas, violaciones y ovejas negras como la pez. No falta, desde luego, un misterioso asesinato, o aún mejor, intento de asesinato, pues así se puede alargar convenientemente la agonía de la víctima. Y por si fuera poco, como telón de fondo nos encontramos con un acontecimiento histórico de proporciones casi apocalípticas, como fue el apagón de Nueva York de 1977.



Pero bueno, llegó la hora de dejarse de ironías e ir al grano, que, dado que estamos, cosa rara en este blog, ante una novedad literaria, supongo que es lo que alguno de vosotros quiere saber. ¿Rentabilidad garantizada, sí o no? Empecemos diciendo que 900 páginas dan para mucho. Tras un pequeño esfuerzo inicial hasta hacernos al estilo del autor, un estilo en el que Hallberg antepone el placer de leerse a sí mismo a la fluidez lectora, lo cierto es que la historia nos atrapa. O quizá no tanto la historia como la variedad de los personajes y el retrato de algunos de ellos. Tomemos como ejemplo a Mercer, el profesor de literatura afroamericano y homosexual, originario de una pequeña ciudad sureña, uno de los personajes más interesantes. Con él experimentamos la emoción del joven que llega a la capital del arte, de la libertad y la modernidad, donde tiene que alojarse en el piso de un drogata veterano de la guerra que se pasa el día ante el televisor o hurgando entre la habitación de su huésped. Poco a poco, sobre todo a raíz del viaje que hace de nuevo al sur, a pasar unos días con su familia, días que vierten mucha luz sobre el Mercer de hoy y el de mañana, nuestro personaje va hundiéndose en ese estado mental neoyorquino al que cantaba Billy Joel precisamente aquel año. El novio de este personaje, sin embargo, y pese a ser uno de los protagonistas principales, se me antoja algo más desdibujado, si bien es cierto que esa suerte de indefinición es también parte de su identidad.



Da la impresión de que Hallberg se siente más cómodo con los personajes que se encuentran en la franja medio del espectro social. Aparte del ya mencionado Mercer tenemos a Pulaski, el agente de policía que se desplaza con muletas por la polio que le atacó de niño. Está también Carmine Cicciaro, el padre de la chica víctima del tiroteo, profesional de la pirotecnia; Charlie, el niño de una respetable familia judía, adoptado, que busca respuestas en la bilia y acaba encontrándolas en la música punk, en la que le introduce Sam, la víctima, de la que acaba enamorándose; Richard Groskoph, el periodista que investiga el caso por su cuenta y que inicia una relación frustrada con Jenny, la chica de origen vietnamita que estudia arte y trabaja para Bruno, marchante de arte y antiguo profesor de William, el novio del susodicho Mercer. Aparte de esta compleja interrelación, todos ellos, si bien no son excepcionalmente originales, sí están retratados con gran talento, y el lector se deja arrastrar por ellos con mucho gusto. Cada capítulo está narrado desde el punto de vista de un  personaje, y en ocasiones, cuando se trata de uno de éstos, uno no puede dejar de pensar que darían para mucho más que para un secundario en una novela torrente.



Por otra parte, los retratos tanto de los peces gordos como de la chusma están mucho menos conseguidos. Así, casi todos los miembros de la pseudo-comuna punk tienen rostros casi intercambiables, y nunca sabemos si nos están hablando de Solomon, Sewer Girl, D.T o incluso Nicky Chaos, el fanático líder. Del mismo modo, poco sabemos de William Hamilton-Sweeney abuelo, por lo cual no podemos llegar a empatizar del todo con su hijo ni comprender del todo el rencor que le guarda. Su hija, Regan, sí es un personaje mucho más rico, así como su marido Keith, pero eso, por lo menos en mi caso, sólo acentúa la sensación de que podría habérseles sacado más jugo.



Otro de los defectos es quizá la indecisión por parte del autor a la hora de escoger al malo. Y nunca se me hubiera ocurrido que en una novela no deba haber más que un malo, al fin y al cabo, Trumps, Trumpitos, Trumpois y Trúmpez hay muchos en el mundo, ¿no? Pero mira, resulta que es así: en una novela cabe un número ilimitado de buenos, pero malos malos, de esos que parecen salidos del Averno en viaje de negocios, de ésos sólo puede haber uno. Y Hallberg ha querido meter dos. Por una parte, está Amory Gould, el hombre que todo lo controla, el hombre que reparte favores para cobrárselos treinta años más tarde, el hombre que hace de la guerra un negocio, y el hombre cuya perfidia ve todo el mundo menos su jefe, que tiene fe ciega en él. Por otra parte está Nicky Chaos, el punk nihilista que mantiene unas misteriosas relaciones con Gould. Los dos son personajes irritantes y desagradables, pero ese gusto que todos conocemos y que consiste en odiar con auténtica pasión a un malo aquí no se da, y el odio se queda en un prolongado cabreo que no sabemos si dirigir a esos malos descafeinados o al autor.



 Decía más arriba que la historia, o las historias, consiguen atraparnos y pasamos algunas horas muy buenas en su compañía. Así llegamos a la página 600 y nos decimos que se acerca el momento en que el lector empieza a dar pasitos hacia atrás con el fin de perder de vista los detalles y poder abarcar el gran mural en todo su esplendor; el momento también en que los juegos estilísticos del autor, con esas largas digresiones en forma de diarios y fanzines punk empezarán a cobrar sentido. ¿Acertamos? Con la primera predicción, sí. En efecto, el gran apagón cumple una gran función en la novela. Actúa como gran igualadora, afecta por igual a ricos y pobres, blancos y negros, barrios ricos y el Bronx, y, en consecuencia, permite que todas las historias empiecen a dar tumbos en la oscuridad unas hacia otras. En este momento, sin embargo, nos encontramos con dos problemas. Una es que esta fusión de historias es tan previsible, ha tardado tanto en llegar y en algunas ocasiones resulta tan forzada que al lector, por lo menos a este lector, que es el que cuenta, ya le importa bien poco lo que vaya a suceder. Y otro problema es que empezamos a sospechar que nuestra segunda predicción, es decir, que por fin veríamos la relevancia de las largas digresiones, diarios, artículos y fanzines, se revela falsa.



En este punto, el lector está ya agotado. No tiene la sensación de haber perdido todo el capital invertido, pero sí piensa que si hubiera vendido sus acciones a tiempo, digamos 200 páginas antes del final, la rentabilidad hubiera sido bastante mayor. Seguimos leyendo por esa ley, dicho o costumbre que todo lector conoce: "ya que he llegado hasta aquí". Y el final ratifica los motivos para la irritación. Cerramos el libro y nos invade esa sensación de venga por fin a otra cosa.



viernes, 4 de noviembre de 2016

El paraíso perdido


Seis fichas con notas he llenado con este libro. Y muchas, muchas horas. Y las que me esperan ahora para preparar una entrada medio decente. Son cosas que pasan cuando te da por leer un clásico de aquí te espero, escrito en una lengua que nunca existió y, por si fuera poco, intentar que no quede ninguna frase por entender, si no captando toda su profundidad, sí por lo menos identificando sujeto y predicado.

No sé hasta qué punto son accesibles las traducciones al español de este clásico. ¿Habrán intentado los traductores conservar la extraña gramática miltoniana, o, por el contrario, habrán optado por desgongorizar invocaciones, peroratas y exortaciones, y ofrecer al lector un texto elegante pero relativamente sencillo? Si alguien tiene experiencia u opinión al respecto, se lo agradeceré.

 Los ángeles acaídos explorando el infierno, de Gustavo Doré

A diferencia de otros clásicos de obligada pero cada vez más difícil lectura, que por ello son objeto de "traducciones" a una lengua moderna, el inglés de Milton se me antoja extraordinariamente complicado de suavizar. Pocos estudiantes ingleses leen hoy el texto original de Los cuentos de Canterbury, con su extraña mezcla de francés y anglosajón que se nos antoja impronunciable, cuando, en realidad, su lectura no precisa más que una edición bien anotada y un poquito de determinación. Asimismo, cabe imaginar (y lamentar) que llegará el día en que el propio Shakespeare necesitará de adaptaciones a un inglés contemporáneo para ser medianamente comprensible por las futuras generaciones de lectores. La relativa dificultad del bardo, sin embargo, se limita al vocabulario, fácilmente adaptable, o a las alusiones, probablemente más oscuras con cada siglo que pasa. Pero la dificultad de El paraíso perdido no se debe al paso del tiempo. Así, mientras que la lengua de Shakespeare no presentaba dificultad alguna a los espectadores que abarrotaban The Globe para asistir al estreno mundial de El rey Lear, el lector actual puede consolarse con la convicción de que los primeros lectores de Milton (que de hecho vino al mundo poco antes de que Shakespeare muriera) necesitaron de tanto tiento, paciencia y ganas de reordenar palabras como ha necesitado servidor.

 Satanás observa a los ángeles ascender al cielo, de John Martin

Lo que hace del inglés de esta obra una lengua sensiblemente complicada es el modo en que Milton latinizó la gramática. Ya en tiempos de Shakespeare la gramática inglesa era, en lo esencial, la misma que hoy, pero nuestro autor optó por cambiar el orden de las palabras, dejando los sujetos en suspenso hasta el final. Únanse a ello las infinitas alusiones tanto a los clásicos como a la política del momento, así como el vocabulario a ratos erudito, a ratos arcaico, y tenemos como resultado una lectura densa, lenta, exigente, pero también rica, relajada y sosegada, con permiso de Satanás.

Parece ser que Milton no sabía muy bien lo que iba a escribir, y tan sólo tenía claro que sería una obra maestra. ¿De qué género? Pues al principio, y hablamos de su tierna juventud, dudó entre una épica a la altura de Homero, Virgilio o Tasso, o una tragedia que nada tuviera que envidiar a Esquilo, Sófocles o Eurípides. Antes de cumplir los veinte, ya se había inclinado por la primera, y se propuso escribir una épica que abarcara todo el tiempo y el espacio. No, ambición no le faltaba. Para el tema de la obra, nuestro poeta estuvo durante un tiempo calibrando centrarla en Inglaterra, y durante un tiempo consideró que las guerras sajonas podrían darle bastante jugo. Sin embargo, Milton, hombre de mundo y, como hemos visto, con una amplitud de miras universal, acabó considerando, en primer lugar, que centrar su épica en Inglaterra sería un tanto provinciano; en segundo lugar, que el rey Arturo era un personaje demasiado fabuloso para una épica seria; y en tercer lugar, le entraron los escrúpulos antimonárquicos. ¿Qué relevancia habría tenido una épica del rey Arturo tras la Guerra Civil Inglesa de 1642?



No se sabe con certeza en qué momento decidió centrar su poema en el pecado original, pero parece ser que mientras rumiaba sobre una épica arturiana, preparaba una tragedia sobre el tema. Sin embargo, le costaba imaginar la infinita extensión del universo, desde el cielo hasta el infierno, dentro de los límites de un escenario. Así que poco a poco, la balanza se fue inclinando hacia una épica sobre el más universal de los temas. Fueron, como vemos, una concepción y un parto lentos y largos, muy acordes con el ritmo de lectura que esta impresionante obra exige.

El propio autor nos habla de ello en el libro IX:

 Since first this Subject for Heroic Song [ 25 ]
Pleas'd me long choosing, and beginning late;
Not sedulous by Nature to indite
Warrs , hitherto the onely Argument
Heroic deem'd, chief maistrie to dissect
With long and tedious havoc fabl'd Knights [ 30 ]
In Battels feign'd; the better fortitude
Of Patience and Heroic Martyrdom
Unsung; or to describe Races and Games,
Or tilting Furniture, emblazon'd Shields,
Impreses quaint , Caparisons and Steeds; [ 35 ]
Bases and tinsel Trappings, gorgious Knights
At Joust and Torneament; then marshal'd Feast
Serv'd up in Hall with Sewers, and Seneshals;
The skill of Artifice or Office mean,
Not that which justly gives Heroic name [ 40 ]
To Person or to Poem
Este asunto me agradó siempre para un canto heroico, fijé mi elección hace mucho tiempo y lo comencé muy tarde.  La Naturaleza no me ha dotado de suficiente aptitud para referir los combates, mirados hasta aquí como el único asunto digno de un poema heroico.  ¡Qué obra maestra la de relatar largamente el enojoso estrago de fabulosos caballeros en batallas fingidas, mientras que nadie se ocupa de un valor más noble, de la paciencia, de la constancia sublime del martirio!  Describir carreras y juegos, aprestos bélicos, escudos blasonados, divisas ingeniosas, caparazones y lujosos arneses, ricas gualdrapas y toda la pompa caballeresca de las justas y torneos; y luego los banquetes magníficos servidos bajo bóvedas suntuosas por coperos y senescales!  En cuanto a mí, no creo que esa habilidad del arte, consagrada a una obra mezquina, pueda dar fama justa y heroica al autor o al poema.
 
Satanás, el Pecado y la Muerte, de William Blake

Con lo cual viene a decirnos que los temas tradicionales de la épica no le convencían del todo. En todo caso, Milton ha elegido el momento cumbre de la obra para hablarnos de sus intenciones poéticas, pues nos acercamos, ya en el libro IX, al momento en que Satanás tienta a Eva.

Como es sabido, la Biblia no nos ofrece muchos detalles de estos episodios que han marcado el devenir de la humanidad. Semejante vacío es, desde luego, un regalo divino para cualquiera con un mínimo de imaginación que desee presentarnos un cuadro de dichos episodios. En lo que respecta a la escena que conduce al momento del pecado, los miltonianos Adán y Eva deciden, a instancia de ésta y pese a los recelos de aquél, ocuparse de su jardincito por separado. Antes de ello, Adán, que ha sido advertido de que el Maligno puede estar rondando por ahí, le expresa sus temores a Eva. Añade que Satanás actúa movido por la envidia, y sospecha que de todos sus placeres, ninguno excita tanto dicha envidia como el placer conyugal. Más que esta referencia al sexo, me parece interesante la motivación que busca Adán para el comportamiento de Satanás: la envidia.

 Satanás cede ante Gabriel

Y de hecho, parece una observación acertada, pues el Satanás que vemos en este momento en el Paraíso (el Edén parece ser un barrio del primero) se nos antoja un personaje melancólico, afligido, consciente del error que cometió. Sólo si consigue que el hombre caiga como cayó él, podrá aliviar el dolor que le produce la envidia.

Pues sólo en la destrucción encuentro alivio
a mis implacables pensamientos. (libro IX 129-30)

Esos implacables pensamientos los tenemos, por ejemplo, al principio del libro IV, con Satanás lamentando su error, y reconociendo que Dios no merecía su ingratitud.

Till Pride and worse Ambition threw me down [ 40 ]
Warring in Heav'n against Heav'ns matchless King:
Ah wherefore! he deservd no such return
From me, whom he created what I was
In that bright eminence, and with his good
Upbraided none; nor was his service hard. [ 45 ]
What could be less then to afford him praise,
The easiest recompence, and pay him thanks,
How due! yet all his good prov'd ill in me,
And wrought but malice (libro IV)

Me perdieron el orgullo y la más perversa ambición, al hacer en el cielo la guerra contra el monarca sin par que domina en él. ¡Ah!, ¿por qué fui tan insentsato? ¿Debía yo corresponder así a quien me puso en tan sublime altira, a quien jamás me echó en cara sus beneficios? ¿Tan dura era su servidumbre? ¿Qué menos podía yo hacer que tributarle alabanzas, siendo tan merecidas, y mostrarle una gratitud, que tan justa era? 

Adán poniendo nombre a los animales, de William Blake


Sin embargo, un arrepentimiento sincero es imposible, incluso aunque se ganara con él el perdón divino, pues su orgullo, ambición y vanidad le llevarían a volver a caer.

But say I could repent and could obtaine
By Act of Grace my former state; how soon
Would higth recall high thoughts, how soon unsay [ 95 ]
What feign'd submission swore: ease would recant
Vows made in pain, as violent and void.

Y sobre todo, lo que viene a continuación:

 For never can true reconcilement grow
Where wounds of deadly hate have peirc'd so deep

(Pues jamás podrá nacer una reconciliación sincera
allí donde tan hondo han llegado las heridas de un odio mortal)

Este libro IV es tan interesante como el XI, o los dos primeros, o el último, o... la verdad es que todos son una gozada. En el IV, en todo caso, Satanás visita por primera vez el Paraíso. Para ser más precisos, se cuela como un vulgar caco, tras saltar el muro. Una vez allí, toma la forma de un cormorán, símbolo de la rapacidad humana, y se sienta en lo alto del árbol del bien y del mal. Todo está listo para la entrada en escena de nuestros primeros padres, y la verdad es que, con su belleza y casi celestial perfección dejan a Satanás patitieso.

 O Hell! what doe mine eyes with grief behold,
Into our room of bliss thus high advanc't
Creatures of other mould, earth-born perhaps, [ 360 ]
Not Spirits, yet to heav'nly Spirits bright
Little inferior; whom my thoughts pursue
With wonder, and could love, so lively shines
In them Divine resemblance, and such grace
The hand that formd them on thir shape hath pourd

"Sólo ligeramente inferiores a los espíritus celestiales", dice, para añadir a continuación que la felicidad de la parejita tiene las horas contadas.

 Ah gentle pair, yee little think how nigh
Your change approaches, when all these delights
Will vanish and deliver ye to woe,
More woe, the more your taste is now of joy

Además de advertir a Eva del peligro que acecha entre la exuberancia del paraíso, Adán reflexiona en sus palabras a su compañera sobre la incuestionable bondad del Creador, tan generoso para con ellos dos, que nada han hecho para merecerlo, y a quienes tan sólo se les exige que no prueben del fruto del Árbol del Conocimiento.

Sole partner and sole part of all these joyes,
Dearer thy self then all; needs must the Power
That made us, and for us this ample World
Be infinitly good, and of his good
As liberal and free as infinite, [415]
That rais'd us from the dust and plac't us here
In all the¡is happiness, who at his hand
Have nothing merited, nor can performe
Aught whereof hee hath need, hee who requires
From us no other service then to keep [420]
This one, this easie charge, of all the Trees
In Paradise that bear deliciuous Fruit
So various, not to taste that onely Tree
Of knowledge

y ahora viene lo interesante

planted by the Tree of Life,
So neer grows Death to Life, what ere Death is, [425]
Som dreadful thing no doubt

(Plantado junto al Árbol de la Vida,
tan cerca de la Vida está la Muerte, sea ésta lo que sea,
algo sin duda terrible)



Satanás pensando "acabo de encontrar el disfraz perfecto"

No sé si porque el hombre es como es, o es la Iglesia la que es, el caso es que con frecuencia se ha relacionado el conocimiento adquirido por Adán y Eva con el sexo y, más concretamente, con la vergüenza que de repente les produce su cuerpo desnudo, algo de lo que hablaremos más adelante. Pero, ¿no es acaso más crucial para la condición humana la conciencia de la muerte? Si el hombre es el único animal que sabe que va a morir, ¿podemos decir que el pecado nos sacó de un estado animal? La Iglesia, por su parte, siempre prefirió verlo por el lado del sexo: el hombre es el único animal que puede -y debe- controlar el impulso de la carne.

Veamos qué sucede en los instantes anteriores y posteriores al pecado.

Se acerca el momento, y Adán nos regala unas palabras que, una vez descifradas, me parece que resumen a la perfección la gran contradicción acerca del libre albedrío y el conocimiento por parte de Dios de todo lo que va a suceder. Ya sabéis, si Dios sabe que voy a pecar, ¿tengo la libertad de no hacerlo?

O Woman, best are all things as the will
Of God ordain'd them, his creating hand
Nothing imperfet or deficient left [ 345 ]
Of all that he Created, much less Man,
Or aught that might his happie State secure,
Secure from outward force; within himself
The danger lies, yet lies within his power:
Against his will he can receave no harme. [ 350 ]
But God left free the Will, for what obeyes
Reason, is free, and Reason he made right

Que viene a ser algo así como "somos perfectos, PERO tenemos libre albedrío". No me digáis que no tiene jugo. Y aún se le podría sacar más si, por ejemplo, quisiéramos ver en esas palabras una crítica a la monarquía. Milton, como hemos dicho más arriba, era un furibundo antimonárquico y aplaudió la ejecución de Carlos I. En Paradise Lost, sin embargo, que es vista por muchos como el relato de una guerra civil celestial, entre el monarca y el revolucionario parece (nótese la cursiva) tomar parte por el reino de aquél, si bien no le duelen prendas en describir y adjetivar a este Dios de forma no siempre halagüeña. En el libro II, sin ir más lejos, y si bien son los ángeles caídos quienes hablan, se describe a Dios como "el Torturador".

Rafael advierte a Adán y Eva, de William Blake

Pero sigamos con la escena cumbre. Nuestros amigos se han separado, y la serpiente se ha dicho "ésta es la mía". Se aproxima a la débil hembra y empieza a engatusarla. Eva, que será pecadora pero no es idiota, le expresa el temor que le infunde la prohibición divina, a lo que la serpiente replica de esta guisa:

O Sacred, Wise, and Wisdom-giving Plant,
Mother of Science, Now I feel thy Power [ 680 ]
Within me cleere, not onely to discerne
Things in thir Causes, but to trace the wayes
Of highest Agentsdeemd however wise.
Queen of this Universe, doe not believe
Those rigid threats of Death; ye shall not Die: [ 685 ]
How should ye? by the Fruit? 

Ay, Reina del Universo, chiquilla, no te creas esas mentiras. No vas a morir.


it gives you Life
To Knowledge, By the Threatner? look on mee,
Mee who have touch'd and tasted, yet both live,
And life more perfet have attaind then Fate
Meant mee, by ventring higher then my Lot. [ 690 ]
Shall that be shut to Man, which to the Beast
Is open? or will God incense his ire
For such a petty Trespass, and not praise
Rather your dauntless vertue, whom the pain
Of Death denounc't, whatever thing Death be, [ 695 ]
Deterrd not from atchieving what might leade
To happier life, knowledge of Good and Evil;

Mírame a mí, que también probé del fruto, y no sólo no morí, signifique lo que signifique eso de morir, sino que además todo me ha ido muy bien desde entonces. Haz lo que te digo y verás cómo Dios estará orgulloso de tu valor y tu iniciativa.

Of good, how just? of evil, if what is evil
Be real, why not known, since easier shunnd?
God therefore cannot hurt ye, and be just; [ 700 ]
Not just, not God; 

Si el mal existe, ¿por qué no conocerlo, para así mejor evitarlo?

 Añadamos un poco de color: La mujer, el hombre y la serpiente.

Atención: spoiler. Eva cae en la tentación.

Lo que sucede a partir de ese momento no tiene desperdicio, y algunas escenas sorprenden por su carácter cinematográfico.

Thus Eve with Countnance blithe her storie told;
But in her Cheek distemper flushing glowd.
On th' other side, Adam, soon as he heard
The fatal Trespass don by Eveamaz'd,
Astonied stood and Blank, while horror chill [ 890 ]
Ran through his veins, and all his joynts relax'd;
From his slack hand the Garland wreath'd for Eve
Down drop'd, and all the faded Roses shed:
Speechless he stood and pale, till thus at length
First to himself he inward silence broke. [ 895 ]

¿Verdad que podéis ver le rostro de Adán congelado por el horror ante la revelación de Eva? ¿Y qué me decís de ese ramo de flores que se le cae de las manos?

Luego pasa lo que tiene que pasar, y Adán acaba probando del fruto también, pero atención, que lo hace por amor a Eva. Milton adelantándose siglo y medio al Romanticismo.

El primer efecto del fruto es la lujuria, y no os perdáis lo que Adán le dice a continuación a Eva:

 I the praise [ 1020 ]
Yeild
thee, so well this day thou hast purvey'd.
Much pleasure we have lost, while we abstain'd
From this delightful Fruit, nor known till now
True relish, tasting; if such pleasure be
In things to us forbidden, it might be wish'd, [ 1025 ]
For this one Tree had bin forbidden ten.

En otras palabras, ¡esto es una maravilla! ¿Por qué hemos tardado tanto en pecar? ¡Si tanto placer hay en lo prohibido, desearía que por este árbol prohibido hubiera diez más!

Pues sí, todos sabemos que el sexo en pecado da mucho más gustirrinín.

Pero como si se tratara de una resaca de champán y martini, al despertar de su noche de vicio han perdido todo vestigio de inocencia, y les invade la vergüenza.

 Satanás ocupando el trono del infierno

Cada línea de este libro es una joya, y está lleno de reflexiones tan interesantes que me podría estar citando línea tras línea. Pero la verdad es que con lo dicho hasta ahora, el lector que no haya leído El Paraíso perdido debe de estar haciéndose una idea muy equivocada de lo que es esta obra. ¿Adán y Eva? ¿Dónde está aquí la épica? Pues épica hay, de verdad, y mucha. Impresionantes batallas entre ángeles y demonios, caídas  del cielo al infierno atravesando todo un infinito, y escenas arquetípicas de todos los grandes poemas épicos.

En el libro II, por ejemplo, tenemos a los demonios entretenidos en sus juegos atléticos y competiciones musicales, mientras Satanás se va de viaje en una misión de reconocimiento, una escena que os podría recordar a Homero. En el libro V, vemos al ángel mensajero, Rafael, que llega al campamento militar de los ángeles con una noticia que todos intuyen de gran relevancia. Dejan lo que están haciendo y se levantan para oír lo que tiene que decir.

Like Maia's son he stood, [ 285 ]
And shook his Plumes, that Heav'nly fragrance filld
The circuit wide. Strait knew him all the Bands
Of Angels under watch; and to his state,
And to his message high in honour rise;
For on Som message high they guessd him bound.


Podríamos hablar también del final de este libro V. En él, Rafael narra a Adán y Eva la rebelión contra el poder de Dios que encabezó Satanás, y les refiere cómo Abdiel, seguidor de Satanás, se negó a seguir adelante con la rebelión y fue el único de sus seguidores que al final se mantuvo fiel a Dios. Satanás le ordena entonces que se marche y que informe a Dios de su decisión de gobernarse ellos mismos y medir sus fuerzas contra Él. No hace falta señalar que, en esta primera parte del libro, la actitud de Milton hacia Satanás es, cuando menos, ambivalente. La interpretación política de fragmentos como éste está fuera de toda duda, y no sorprende que muchos hayan visto en ellos una reivindicación de la figura de Satanás. Mucho menos ambivalente, desde luego, es esa misma actitud en la segunda mitad del libro, donde queda más patente la intención declarada del autor al escribir este libro: justificar los caminos de Dios.

Paradise lost es un libro infinito, y por tanto aquí no he hablado más que de una fracción de todas las imágenes, ideas y reflexiones de todo tipo que plantea. Y naturalmente, comentar un libro infinito es agotador. Leerlo, una gozada. Así que, por hoy, basta. Os dejo, eso sí, con los maravillosos versos finales, con Adán y Eva echando la vista atrás, al paraíso que abandonan por siempre jamás. Obra divina.

They looking back, all th' Eastern side beheld
Of Paradise, so late thir happie seat,
Wav'd
over by that flaming Brand, the Gate
With dreadful Faces throng'd and fierie Armes:
Som
natural tears they drop'd, but wip'd them soon; [ 645 ]
The World was all before them, where to choose
Thir
place of rest, and Providence thir guide:
They hand in hand with wandring steps and slow,
Through Eden took thir solitarie way.

Algunas lágrimas naturales derramaron, pero pronto las enjugaron;
El Mundo entero pasó delante de ellos, para elegir
su lugar de descanso, y a la Providencia como guía:
Con pasos errantes y lentos, de la mano,
a través del Edén tomaron su camino solitario. (XII 645-649)

jueves, 13 de octubre de 2016

Terrorismo serbio en Toronto


Cuando la historia de los Balcanes, sacudida tantas veces por la violencia y el odio más acerbo, estalla, la metralla llega a los rincones más insospechados del planeta. Así, en 1977, el asesinato en Chicago de Dragisa Kasikovic a manos de la policía secreta de Tito destapó los planes para una campaña de atentados contra simpatizantes del líder yugoslavo entre la comunidad serbocroata de Estados Unidos y Canadá. Kasikovic era el editor del periódico anticomunista Sloboda (Libertad), y tanto él como Ivanka, la hija de nueve años de su prometida, fueron asesinados de manera brutal. Él recibió 64 cuchilladas y la niña 58, en lo que era tan sólo uno más de una larga serie de asesinatos de disidentes ordenados por el mariscal.

Peter Bunjevac, exiliado serbio, feroz anticomunista y miembro de la organización Libertad para la patria serbia, planeó la ya mencionada campaña de atentados con bombas en venganza por la muerte de Kasikovic. Pero mientras preparaban el material explosivo, éste les estalló en las manos a él y a dos colaboradores. Los tres murieron en el acto. Su mujer recibió la noticia en Yugoslavia, adonde había regresado junto con sus hijas, huyendo de su marido y sus peligrosas amistades. Una de esas dos hijas era Nina, que en esta excelente novela gráfica llamada Patria nos cuenta no sólo cómo una niña de apenas cuatro años vivió aquellos hechos, sino también, de manera sucinta y clarísima, gran parte de la historia de Yugoslavia.
 

Esta combinación de la historia personal, que nos lleva de la autora hasta sus bisabuelos, con la historia del país e, incluso, con observaciones antropológicas sobre los orígenes y la cultura de los pueblos serbio y croata, es sin duda una de las grandes virtudes de esta obra, y es en este sentido que Patria se puede comparar, como muchos han hecho, con Persépolis, de Marjana Satrapi. A servidor le encanta que le den cucharaditas de historia, como esos trocitos de queso nos ofrecen en el súper. Si te gusta, pues lo compras, o, en mi caso, investigas un poquito la historia de esos trocitos de queso.

Uno de los personajes más interesantes del periodo de postguerra en Yugoslavia es sin duda Milovan Djilas. Miembro destacado del movimiento partisano durante la guerra, Milas fue, por tanto, compañero de Tito, quien, sin embargo, lo relegó del mando de las fuerzas partisanas en Montenegro debido a sus errores durante el levantamiento y, sobre todo, por sus "errores izquierdistas". Interesante concepto, pardiez, que se refiere, simplificando horrores, a la brutalidad contra la población por parte de los comunistas de Tito. ¿Tito contra Tito? Pues sí, parece ser que la estrategia de actuar de manera implacable contra todo aquél contrario al movimiento partisano fue contraproducente (no me lo explico) y en Montenegro, responsabilidad de Djilas, condujo a un mayor apoyo a los chetniks, el movimiento liderado por Draza Mihailovic, que apoyaban a las fuerzas del Eje. En resumen, Tito destituyó a Djilas por haber obedecido a Tito.

 Milovan Djilas, en sus años de prisionero político (1933-36)

Ello no obstante, Djilas siguió siendo un miembro destacado del Partido Comunista Yugoslavo y del gobierno, del que llegó a ser vicepresidente. Es más, en 1953 tenía todos los números para convertirse en el nuevo presidente, pero una serie de artículos publicados en Borba, el diario oficial de la Liga de Comunistas de Yugoslavia, en los que señalaba la aparición de una nueva clase privilegiada, compuesta, sorpresa sorpresa, por miembros del Partido y militares de alto rango, provocó su expulsión del Comité Central. A partir de ese momento, Djilas fue a más, denunciando el régimen totalitario de su país o apoyando la Revolución húngara del 56. Pasó unos cuantos años en prisión donde, por una de estas maravillosas casualidades de la vida, se dedicó a traducir el Paraíso perdido de John Milton, el libro que servidor está leyendo en este momento y que Djilas vertió al serbocroata en unos cuantos rollos de papel higiénico.

Djilas se convirtió en el héroe de los abuelos de Nina, veteranos del movmiento partisano, quienes, por descontado, no se atrevían a mencionar su nombre por miedo a las represalias. Todo esto nos lo cuenta la autora en el fascinante capítulo "Los años de la disidencia", donde desde una Yugoslavia donde las niñas cantan al ritmo de Abba o Boy George, un flashback nos lleva a esos años de posguerra en los que su abuela, fanática, siniestra y, probablemente, el personaje más interesante de la obra, nos habla precisamente de esa clase de nuevos ricos que denunció Djilas y de la época de terror que se instauró en el país, con ejecuciones sumarias en una asfixiante atmósfera de delación.



El padre de Nina también fue, paradójicamente, admirador del comunista Djilas. Sus torpes intentos de revolución contra el gobierno y de apoyo a Djilas lo llevaron a la cárcel y, posteriormente, al exilio. Aunque fue en el exilio donde Peter Bunjevac se radicalizó, al entrar en contacto con la red de exiliados serbios, partidarios de la monarquía y, por ende, acérrimos enemigos del comunismo, lo cierto es que parecía desde su infancia condenado a una vida de violencia. Testigo de horribles atrocidades, hijo de un maltratador que moriría en los hornos de un campo de concentración y de una madre que murió poco después de tuberculosis, el jovencito Peter desahogaba su rabia torturando gatos y quemándolos vivos.

Estamos en otro interesantísimo capítulo, "Infancia", donde Bunjevac nos narra no sólo los primeros años de su padre, sino también los orígenes de serbios y croatas. Frente a los que piensan (pensábamos) que ambos pueblos se profesaban un odio ancestral que se perdía en la noche de los tiempos, nos dice la autora que, hasta el siglo XX, son poquísimos los conflictos documentados entre unos y otros. Estamos ante dos pueblos en esencia idénticos, a los que sólo unas pocas pero cruciales influencias externas convirtieron en enemigos irreconciliables. La primera de estas influencias es, desde luego, la iglesia. Mientras Croacia se volvió hacia Roma, Serbia se dio la vuelta hacia Grecia y Constantinopla. "A medida que la brecha entre la religión católica y la ortodoxa aumentaba, también aumentaron las diferencias entre serbios y croatas". Estas diferencias siguieron acrecentándose, como resultado de las invasiones por parte del Imperio Bizantino, Venecia, Austria y los imperios austro-húngaro y otomano. Y como suele suceder, el nacionalismo hace el resto. Se borra el origen común y se exalta la diferencia. ¿Os suena?



Cuando la madre de Nina recibe en Yugoslavia la noticia de la muerte de su padre, no puede llorar, entre otras razones porque su propia madre le prohíbe tajantemente mencionar su nombre o expresar pena por su muerte. Los dibujos que acompañan los años de la autora en Yugoslavia hasta llegar a ese momento nos muestran unas fotos de familia tristísimas, con dos niñas a las que se les pide que sonrían mientras oyen tras la puerta los gritos de su abuela insultando al padre, a ese padre que les ha permitido regresar a su país, pero que se ha quedado con su hermano como rehén.

Padre y patria son palabras hermanas. Quizá algún psicólogo podría partir de ahí para explicar el complejo de edipo que sufren algunos de nuestros políticos, pero por hoy ya basta. Impresionante dramón familiar y memorable lección de historia.


jueves, 22 de septiembre de 2016

El corazón perdido de Asia

 
Colin Thubron emprendió este viaje en la primavera de 1992, apenas unos meses después de que las repúblicas centroasiáticas se independizaran de Moscú. Ha transcurrido desde entonces casi un cuarto de siglo, y, dados los enormes cambios que ha vivido la zona, lo primero que se le ocurre a este lector es que cualquier guía de viajes le será de más utilidad en el muy hipotético caso de visitar alguna de esas repúblicas que conforman el Turkestán. Por suerte, la utilidad no figura entre mis 100 primeras razones para leer.

Fuera del escenario donde tienen lugar, las revoluciones que triunfan ponen el mundo patas arriba, despiertan temor y esperanza a partes iguales, y son recibidas por muchos con muestras de gran júbilo. No así con la caída de un imperio por sí solo. Cuando esto sucede, puede que se froten las manos las cuatro compañías que esperan sacar tajada de entre los escombros, pero lo más habitual suele ser ver asomar por el horizonte grises nubarrones de incertidumbre. Thubron comenzaba su viaje preguntándose por el camino que seguirían aquellas cinco repúblicas: ¿se lanzarían de lleno al -en palabras del autor- horno del islamismo? ¿O se refundarían en un nuevo pastiche comunista? La bajada de la marea soviética las había dejado desnudas y sin toalla, y su destino ahora sólo podía concebirse a la sombra del Islam, Moscú, Turquía u Occidente.

Ashkhabad en los años 20

Pero Colin Thubron no es politólogo, sino viajero, y El corazón perdido de Asia no es un ensayo sobre geopolítica, sino un libro de viajes. Así, las reflexiones del autor pronto dejan paso a lo que esperamos de este tipo de libros: en primer lugar, que no tenga el síndrome de Obélix, ya sabéis, ese recurso facilón de tantos autores y su "están locos estos...". Y en segundo lugar, impresiones, personas, anécdotas, descripciones e historia. Una historia que, por cierto, todavía se deja llevar por la inercia de tantas décadas, como descubre Thubron al encontrar por casualidad, en la recepción del hotelucho donde se aloja, una hoja con todos sus movimientos escrupulosamente anotados. Pero afortunadamente, la cosa no pasa de ahí.


Estamos, como veis, en la misma tierra que visitamos hace unas semanas en esa maravilla de Peter Hopkirk titulada El Gran Juego. Turkmenistán es la primera de las nuevas repúblicas a la que llega Thubron, quien a la sazón estaba ya más que curtido en viajes por otras zonas de oriente. Supongo que todavía se escriben libros de viajes que nos cantan las maravillas naturales, las delicias gastronómicas y la vibrante vida cultural del país en cuestión, pero desde luego Thubron no serviría para un libro así. Fijaos lo que ve desde el avión que lo lleva a Ashkhabad:


Milla tras milla el único color era un horrible platino que respiraba hambruna, hecho no de arena sino de la arcilla pulverizada de los imperios que se habían desintegrado en su polvo.


Thubron proviene de una familia acomodada. Es hijo de un padre militar y una madre que tenía entre sus ancestros al poeta John Dryden. Estudió en Eton y, como dato más que curioso, añadiré que es hermano de una hija de Rod Stewart. Como suena. A pesar de, debido a, o sin relación con ello, a nuestro viajero le gusta escribir con los labios cubiertos de barro reseco y un escorpión en la bota mientras, sentado en el suelo, espera un desvencijado autocar que lo llevará a las ruinas de un fuerte asaltado un siglo atrás por los rusos. Más tarde, en el asiento de atrás, intentará dormir la mona de los trece vasos de vodka que las normas de cortesía le obligaron ayer a aceptar. Por eso nos entusiasma su prosa a los que no hemos llegado quizá a tanto en nuestros viajes, pero sí nos hemos acercado.

El Mar de Aral, por llamarlo de alguna manera

Después de Turkmenistán vienen las otras cuatro repúblicas, a saber, Uzbekistán, Tayikistán, Kazajistán y Kirguizistán, nombres que, juntitos, antaño tanta gracia nos hacían. En todos ellos, el autor hace lo mismo: hablar con la gente, emborracharse por imperativo cultural, ahuyentar las cucarachas de su habitación del hotel, y patearse ruinas de templos, fuertes, mausoleos, ciudades y cementerios mientras un paciente y dicharachero taxista dormita en el coche. Sin embargo, pese a que este patrón se repite varias veces, y a las similitudes que presentan estos países que nunca hasta ahora fueron tales, en ningún momento tenemos la sensación de repetición. Cada persona tiene una historia diferente que contar. Cada pueblo, cada tribu y cada etnia, también.

 Dushanbe, capital de Tayikistán

El lenguaje de Thubron es preciso, bello e incluso lírico, pero a ratos también puede ser crudo, descarnado y, algunos dirían, ofensivo e inaceptable. Como yo tampoco me la cojo con papel de fumar, he disfrutado de párrafos como el siguiente, el primero de dos páginas en las que nos acerca de forma tan somera como apasionante a la historia de la región:

Durante dos mil años Asia Central fue la cuna del terror, donde una implacable fila de razas bárbaras esperaba su turno para empujar a la anterior al fondo de la historia. Cualquiera que fuera el impulso de sus salvajes oleadas -bien la erosión de sus tierras de pasto o sus épocas de efímera unidad-, todas llevaban el mismo sello de movilidad fantasmal y crueldad.

Hace dos milenios y medio, los misteriosos escitas de Heródoto, -salvajes arios cuya patria era el caballo- bullían fuera del alcance de la civilización, como un espantoso protoplasma de todo lo que vendría después...

Samarcanda, 1910. Niños judíos y su profesor

Y los continuos saltos del pasado más remoto al momento actual no pueden ser más oportunos. En 1992 el fundamentalismo islámico no se percibía como la amenaza global que es hoy, pero para alguien tan viajado como Thubron, el germen era ya evidente. Por ello, ante el vacío ideológico y de poder que el comunismo había dejado en la región, la cuestión es lo bastante preocupante como para que más de una vez surja la cuestión del papel que podría jugar el extremismo en aquellas repúblicas en pañales. Lo cierto es que la situación no podía parecer más propicia.

Con la llegada del comunismo las hermandades se hicieron clandestinas. El Islam oficial fue brutalmente persrguido y decenas de miles de religiosos fueron ejecutados. Stalin cerró 26.000 mezquitas, y, en 1989 sólo quedaban ochenta en todo Uzbekistán. Pero bajo esta fina capa de culto institucionalizado, cuyos líderes fueron obligados a un compromiso con Moscú, crecía un movimiento de multitud de mullahs no oficiales y hombres santos. En lugar de las mezquitas controladas, los centros de culto más fervorosos fueron entonces los sepulcros de venerados sufíes, objeto de secreto peregrinaje. Este Islam furtivo provocó paranoia en Moscú. Los comunistas buscaban por todas partes la maligna influencia de las redes sufíes, y el KGB no conseguía infiltrarse.

La palabra clave en esta historia es sufí. El sufismo es la denominación que recibe la rama mística del Islam, y sus practicantes, como vemos en el párrafo anterior, se agrupan en hermandades. Está extendido por toda Asia Central y, aunque caigamos en una simplificación escandalosa, podría decirse que el sufismo se caracteriza por una búsqueda más personal de Dios, por la meditación, y (disculpad la cacofonía de ismos) por alejarse del dogmatismo y la tendencia al extremismo que pueden darse en el chiismo y el sunismo, donde, por supuesto, no lo ven con buenos ojos.


Sufíes de Asia Central meditando

Si a ello le añadimos las características que nos presenta Thubron en el siguiente párrafo, podemos explicarnos por qué los locos asesinos de hoy no provienen de Tashkent, Bujara o Dushanbe.

Asia Central siempre ha tenido una corriente de apostasía. Los uzbecos introdujeron restos de chamanismo en la ortodoxia suní de su vida como sedentarios, y, bajo la superficie de sus ciudades-caravana, hubo durante siglos un infierno palpitante de demonios persas. A siete metros bajo el suelo de la mezquita de Atari vi las piedras de un templo del fuego del zoroastrismo; y el fuego, me dijeron, todavía es portado, como un recuerdo ancestral, a la cabeza de algunos séquitos nupciales musulmanes. Con una punzada de sospecha recordé entonces cómo, unos años antes, vi en Jerusalén a los últimos de una secta de sufíes bujariotas, que veían a Dios a través de la contemplación de las llamas.

Es difícil convertirse en fundamentalista si adoras a los elementos. La herejía nos salvará.

El haloxylon, una presencia constante

No obstante, no hay que inferir de ello que la vida entre diferentes religiones y numerosas etnias fuera una balsa de aceite. En Bujara, la comunidad judía, que había dominado la banca y los bazares, ahora apenas podía mantenerse. No hablaban hebreo, desconocían su propia historia y, poco a poco, iban abandonando el país.

Tenían las ventanas barradas, pero la hostilidad hacia ellos todavía era silenciosa, pensaba el zapatero. Más al noroeste, en Jiva, el antisemitismo se había vuelto tan feroz que todos habían huido, mientras al este, en el valle de Fergana, su presencia era cada vez más ominosa.

En el momento de escribir esto, la comunidad judía de Uzbekistán está condenada a desaparecer. También los rusos, después de décadas siendo la lengua y cultura dominantes, sufrían ahora el cambio de tornas.

Los uzbecos antes aprendían ruso. Ahora sacan a sus niños de la escuelas rusas y los llevan a escuelas uzbecas. Ahora son ellos los que mandan. (...) Pero el prejuicio nos empieza a dar miedo. Cuando voy al mercado ahora, me venden los peores trozos de carne o, simplemente, hacen como si no me vieran. Piensan que soy rusa. Ese rechazo antes no se daba, no de manera tan abierta...


 Skobelev, hoy llamada Fergana, en Uzbekistán

En relación con ello, una de las cuestiones más interesantes a lo largo de todo el libro es la del nacionalismo, de la que Thubron nos ofrece diversos puntos de vista y, en consecuencia, ninguna conclusión definitiva. Shukrat, uzbeco, sueña con Turania, la Gran Turquía resucitada en forma de federación que englobara a uzbecos, kazajos, kirguises y turcomanos (los tayikos son de origen persa).

Hace cien años nadie aquí se sentía tayiko, uzbeco o kirguís. Todos eran miembros de su familia y musulmanes. No importaban las fronteras. La cruzabas montado en tu camello e intercambiabas un saludo. (...) ¡Todas esas demarcaciones fueron obra de Stalin, Brezhnev, Gorbachov! ¡Yo no soy chovinista! Mi mujer es tayika, son un pueblo iraní, y estamos casados. ¡La Gran Turquía no tiene nada que ver con el chovinismo! ¡Nada! ¡Es una hermandad!

Pero a continuación asaltó sus estanterías en busca de libros sobre Asia Central, mientras atribuía toda su civilización a Turquía, esgrimiendo referencias ocultas y proponiendo teorías estrafalarias. Las culturas china, persa y árabe se derrumbaban ante su avance. Los sogdianos no existían. Bactria desaparecía. Imperios enteros eran enrollados como una alfombra y arrinconados. La historia se resolvía en un réquiem por una maravillosa Turania perdida.

 El lago Issyk Kul, en Kirguistán

Palabras sorprendentemente cercanas a la situación en la que vivimos algunos. No sé si es curioso o inevitable, pero sí parece un hecho que el nacionalismo es para algunos la mejor herramienta para resolver la falta de identidad nacional. ¿Acaso esa falta es una carencia y no una virtud? ¿Cuántos conflictos ha creado la falta de identidad nacional a lo largo de la historia? ¿Cuántas masacres? Por triste que resulte, la situación que Thubron nos ha descrito a través de Shukrat parece, pues, la consecuencia lógica de lo que oye de labios de Gelia:

La gente ahora está confundida. Ayer un alumno me dijo "mi padre es ucraniano, mi madre es tártara, ¿y yo qué soy? Supongo que ruso," y no le supe responder. (...) En cuanto a estos musulmanes, no sienten de verdad ninguna identidad. Se hacen llamar uzbecos o tayikos, pero eso no significa gran cosa para ellos. Antes eran soviéticos y ya está. Todos teníamos esta idea de que éramos un pueblo, de que acabaríamos mezclados unos con otros. Y ahora no nos queda nada.

"Crearemos nuestro propio sistema", dice más adelante otro profesor refiriéndose al modelo de Islam que deberían seguir. Y añade:

De momento, como ve, no tenemos una identidad como nación. La clave es la historia, y la nuestra nos la quitaron los soviéticos. Nos vendieron un hatajo de cuentos bolcheviques, sin nada referente a nosotros. En la escuela secundaria, donde doy clases, los libros de texto dedicaban sólo dos líneas a Tamerlán, el conquistador del mundo. ¡Dos líneas! Y para describirlo como un canalla.

 Un rincón del desierto de Karakalpakstán

Parece mentira cuántas cosas en común tenemos españoles y uzbecos, ¿no? En fin, opto por dejarme en el teclado decenas de datos, ideas, anécdotas e historias que hacen de este libro una lectura apasionante. Entre ellas, un Dushanbe al borde la guerra civil, la búsqueda de los últimos hablantes de sogdiano, la visita a lo que fue una colonia de mennonitas alemanes en el janato de Jiva, el espantoso destino del Príncipe Bekovich, o el modo en que Kazajistán se quedaba paralizado todas las semanas cuando por la televisión daban Los ricos también lloran. Sí, la misma que medio paralizaba España también. 

Como ya he señalado más arriba, Thubron no se propone conseguir que vayamos corriendo al armario, hagamos la mochila y nos tiremos a la carretera. Como sabemos los que nos hemos movido un poquito, eso que algunos, con no poco esnobismo, llaman viajar de verdad puede ser muy duro. Dormir en camas infestadas de parásitos, ocultar el signo de dólar que llevamos tatuado en el rostro, hacer de tripas corazón para no ofender a un humilde anfitrión que, con esa carne reseca y ese yogur cortado, nos ofrece todo lo que tiene; todo eso provoca en el viajero una sensación contradictoria, entre el orgullo de vivir experiencias intensas, y la nostalgia por nuestro hogar. La magistral pluma de Thubron nos provoca la nostalgia contraria.

Es extraño. Llegas de noche a una ciudad y, al mirar desde el balcón del hotel las calles glaseadas de luz, de un aspecto más secreto y seductor del que tendrán por el día, te preguntas cómo conseguirás descifrarla. Pero llegada la mañana, el enigma se resuelve con profana celeridad. Unas horas de paseo bastan para situar las avenidas principales, entablar un par de conversaciones y revelar el estado de ánimo de la ciudad, y cuando vuelves al hotel, ves que ya no está nadando perdido en un mar de luces y posibilidades, sino anclado, gris y feo, en la esquina de las calles Gógol y Krasin.


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