miércoles, 3 de febrero de 2016

Gachas de alforfón



Una de las joyitas de mi biblioteca es el libro infantil Ленин и дети, es decir Lenin y los niños, que compré en Moscú hace casi un cuarto de siglo. Por aquel entonces, como todo el mundo sabe, la presencia de Vladimir Ilich Ulianov era ubicua en todos los aspectos de la vida del ciudadano soviético, y la literatura infantil no era una excepción. En consecuencia, el aura divina que envolvía al, sin embargo, entrañable y campechano Vladímir hacía poco menos que imposible que un niño solitario e inseguro no llegara a enamorarse de él. Y eso es lo que le sucedió a Gary Shteyngart, el autor de estas divertidas y emotivas memorias. 

Se podría decir que no es un hombre guapo, pero es un hombre muy serio. Tal vez llegara a reírse alguna vez, pero si fue así, yo nunca lo vi. Nadie se cruza por la calle con Vladímir. Y nadie se toma a broma sus ideas. Su nombre completo es Vladímir Ilich Lenin, y yo lo adoro.

 El corro de la patata, momento cumbre de Lenin y los Niños

La gestación de un escritor es la más larga del mundo animal, y es muy difícil determinar en qué momento tiene lugar la concepción. No obstante, parece bastante claro que en el caso de Shteyngart, todo empezó con la lectura de El maravilloso viaje de Nils Holgersson, de Selma Lagerlöf, con el amor por Lenin y con la pasión por el queso, un queso soviético "muy duro, grueso y amarillento".Y así, cuando su abuela Galia descubre la gran afición de Ígor (el nombre del autor antes de americanizarlo como Gary) por la lectura, le hace la siguiente propuesta: 

Por cada página que escribas -me dice-, te daré un taquito de queso. Y por cada capítulo que termines, te haré un sándwich con mantequilla y queso.

Y así nació Lenin y el ganso mágico, la primera obra de un escritor en ciernes.

Pero antes de que el pequeño Ígor llegue a convertirse en escritor, tienen que pasar muchas cosas, algunas de ellas muy gordas. Por ejemplo, que esta familia de judíos soviéticos emigre a los EEUU gracias a un acuerdo entre Jimmy Carter y Leónidas Brezhnev para intercambiar judíos por cereales y tecnología. Atrás queda entonces la familia de la madre, el camarada Lenin, el queso correoso y la tranquilidad que da la certidumbre de la mentira. Por delante, la vida con unos padres permanentemente abocados al divorcio, el estigma de provenir del imperio del mal, y la incertidumbre consustancial a occidente. 

Mi padre y yo estamos sentados sobre la fea colcha de nuestro apartamento. (...) Y mientras tanto él me cuenta todo lo que sabe. Todo era mentira. El comunismo, el Lenin latino,la liga juvenil del Komsomol, los bolcheviques, el jamón con demaiada grasa, el Canal Uno, el Ejército Rojo, el el´ctrico olor a caucho en el metro, la contaminada neblina soviética que flotaba sobre los perfiles estalinistas de la Plaza de Moscú, todo lo que nos dijimos, todo lo que fuimos.

Nos estamos pasando al enemigo.

-Pero, papá, el Tupolev 154 sigue siendo más rápido que el Boeing 727, ¿no?
En tono tajante:
-El avión más rápido del mundo es el Concorde SST.
-¿Es uno de nuestroa aviones?
-No. Pertenece a British Airways y Air France.
-Entonces... Eso significa... Quieres decir...

Ya somos el enemigo.

 Nueva York, 1976. Salvad a los judíos soviéticos

Los Shteyngart no tardan en descubrir que también en América la mentira tiene las patas muy largas. Se dan cuenta de ello cuando, por uno de esos maravillosos golpes de suerte que a veces acontecen en el mundo capitalista, les cae del cielo una fortuna. El feliz acontecimiento se les comunica en forma de carta: "¡¡¡SR. S. SHITGART, ACABA DE GANAR UN PREMIO DE DIEZ MILLONES DE DÓLARES!!!" Los Shteyngart se lo creen, y esa tragicómica escena refleja perfectamente el tono del libro, donde abundan los momentos en que uno se indigna y se compadece de las vicisitudes por las que pasa nuestro héroe y su familia, al tiempo que no puede evitar reírse de su ingenuidad. Shteyngart va un poco más lejos en su autoironía, que cabría casi llamar autoburla, y parece no importarle que el lector se ría tanto con él como de él, pues él es el primero en hacerlo. Naturalmente, en ello hay también una buena dosis de narcisismo, como muy bien señala el Dr Franzen (sí, Jonathan) en este divertido book trailer de la obra.


Cuando estuve viajando por Argentina, un día, buscando un hotel barato en Buenos Aires, me presenté en una especie de pensión llamada, si no recuerdo mal, "hotel rosa", que me imagino que existe en todas partes, y que consiste en un lugar donde van las parejitas a a refocilarse durante un par de horas. El recepcionista, al verme ahí, solito con mi mochila, preguntando por una habitación, debió de confirmar sus prejuicios sobre la estupidez de los gallegos. Y es que enfrentarse a una cultura desconocida es arriesgarse a hacer el ridículo, la peor pesadilla de los españoles. No así, afortunadamente, de Shteyngart, que con su retrato de la experiencia del emigrante, o, sencillamente, del que se encuentra perdido en una cultura extraña, nos proporciona momentos tan divertidos como el día en que su padre lo llevó al cine a ver "una película francesa, de modo que debe de ser muy culta". 

La película se titula Emmanuelle, las alegrías de una mujer y puede ser interesante averiguar lo alegres que están esas mujeres francesas, sobre todo si se tiene en cuenta su exquisito patrimonio intelectual ("Balzac, Renoir, Pissarro, Voltaire", me recita mi padre mientras vamos al cine).

(...) Los siguientes ochenta y tres minutos discurren con la peluda mano de mi padre tapándome los ojos y la hercúlea tarea que me impongo de intentar quitármela de encima. (...) A pesar de los esfuerzos de mi padre, ese día consigo ver en la pantalla unas siete vaginas, siete más de las que conseguiré ver en muchos años.


La tragedia del inmigrante, que tan de cerca podemos observar estos días, no se limita a las penurias económicas o a la discriminación sufrida en el país de acogida. Con frecuencia, y sobre todo entre la segunda y tercera generación, el verdadero conflicto es el que atañe a la identidad personal. Shteyngart se enfrenta a dicho conflicto en más de un frente. Así, no sólo se esfuerza en deshacerse de su origen como ciudadano soviético y lucha durante años por quitarse de encima su acento de malo de la película, sino que percibe incluso su condición de judío como un castigo. Gary, que se ve obligado a vestir ropa donada, se siente atormentado por su pobreza en un colegio hebreo lleno de pijos, y mortalmente aburrido por el estudio del hebreo. Y la cosa sólo puede ir a peor: 

Al año siguiente, me hacen el regalo que todos los niños esperan: una circuncisión. 


 El autor ante la estatua del "Lenin latino", vívido recuerdo de su primera infancia

Así como hoy el cine vive un festival de remakes y precontracuelas, durante la década de los 80 uno de los recursos preferidos de los productores norteamericanos era la propaganda antisoviética. No sólo películas como Rambo o Rocky IV, sino títulos bastante más explícitos como Amanecer rojo o Escorpión rojo, arrasaban en la taquilla. Esta paranoia colectiva también tuvo consecuencias para nuestro héroe, a quien los matones de la escuela hebrea apodaron el "jerbo rojo", entre otras lindezas. No debe sorpender, pues, el mecanismo de defensa que adoptará nuestro héroe. Su padre, de manera comprensible, habiendo disfrutado toda su vida del paraíso comunista, se ha convertido en un republicano a ultranza y reaganista hasta la muerte, mientras que, a los once años, el propio Gary se enamora de Reagan, se suscribe a una revista de corte conservador, y es nombrado miembro de pleno derecho por la Asociación Nacional del Rifle. Unos años más tarde, lo tenemos participando como voluntario en la campaña presidencial de George Bush padre. Pero parece que ni eso basta para desprenderse de su sovietez, su judaísmo y su aura de perdedor. El día de las elecciones, en el cuartel general del partido, donde Gary sueña con conocer a una chica republicana rica, blanca y decente, las dos rubiazas que se le acercan le piden un ron con coca-cola.

A Shteyngart no le preocupa que saquen su perfil malo en las fotos

Los años de universidad de Shteyngart están marcados por la virginidad crónica, por el consumo  de alcohol y marihuana a mansalva, y por el desesperado intento de integrarse, de tener un grupo, de dejar de ser un bicho raro. Y ése es, en mi opinión el tema central del libro. Algunos (entre ellos el propio Shteyngart, que se equivoca) han señalado que Pequeño fracaso es la historia de la vocación literaria del autor. Otros se inclinan por el contraste entre el país de los sóviets y los EEUU, y una visión personal y certera de los 80 y los 90. No faltan los que dicen que, ante todo, este libro es una declaración de amor a la ciudad de Nueva York. Evidentemente, todo ello es cierto, pero lo que hace que tantos lectores se identifiquen con este judío neurótico, feúcho, peludo, bajito y perdedor es su perfecto retrato del miedo que tiene el niño perdido en un mundo incomprensible, de la cándida pasión y el desconcierto del adolescente acomplejado que anhela dejar de ser un chihuahua solitario, y del adulto que acaba aceptando la vida como es, a sus padres como son, y a su tierra de origen como fue.

Doy aquí un gran salto por encima de muchas páginas divertidas, memorables, embarazosas, trágicas e incluso violentas, que me han hecho pasar muy buenos ratos, pero que prefiero dejar que descubráis por vosotros mismos. Y aunque son tantas que, al repasarlas, me dan ganas de volver a leer este libro, hay que decir, no obstante, que es probable que el estilo, o mejor dicho, la personalidad (uno y otra son inseparables en este autor) de Gary Shteyngart no sea del gusto de todos los lectores. ¿Verdad que conocéis a alguien que detesta no ya las películas, que también, sino la sola mención del nombre de Woody Allen? A Shteyngart se le ha comparado con el cineasta, y es cierto que ambos parecen compartir la idea de que no hay nada más serio que el humor, pero también es cierto que si Allen te pone de los nervios con su neurosis, su ingenio y su verborrea, Shteyngart no es para ti.

Leningrado en 1972, año de nacimiento de Shteyngart

A modo de despedida, merece mención especial, en primer lugar, el soberbio e impresionante último capítulo. Aquí Shteyngart, sin ponerse en absoluto solemne, sí abandona el tono irónico, sarcástico o, sencillamente, despiadado, de las páginas anteriores y regresa con sus padres a su ciudad natal, hoy tan diferente de la que conoció como el nombre San Petersburgo lo es de Leningrado. Se trata de un emotivo viaje a la memoria familiar, e incluye en su itinerario algunos de los recuerdos más triviales de nuestra infancia, que, como sabemos, acostumbran ser los que más nos marcan. Shteyngart se reconcilia con sus orígenes, con el trágico pasado de su padre, y con un doloroso recuerdo que hasta ahora era incapaz de comprender y que, en un círculo perfecto, nos lleva de nuevo a esa librería neoyorquina en la que, en la escena inicial, el autor sufre un inexplicable ataque de pánico.
Y quiero destacar, en segundo lugar, la impecable traducción de Eduardo Jordá, algo digno de celebrarse en los tiempos que corren.

Quizá algunos consideren Pequeño fracaso una lectura interesante y divertida. En mi opinión, Shteyngart ha conseguido mucho más, aunque de ello me ha dado cuenta sobre todo al terminar la lectura y volver la vista atrás. Como sucede con la vida misma.

Y por cierto, las gachas de alforfón son un desayuno exquisito.

miércoles, 27 de enero de 2016

La década prodigiosa



Todos somos hijos de los 80. No sólo quienes hoy tienen treinta y tantos, sino también tú, que, recién salido de la facultad y visto el panorama, empiezas a hacer las maletas, y tú, carrozón, que aburres a los demás con tus batallitas de cuando corrías delante de los grises.

Desde comienzos del siglo XX, nos gusta dividir la historia en décadas, lo cual nos parece una manera de lo más clara, limpia y nítida de organizarse. Sin embargo, sólo unas pocas de esas décadas consiguen realmente distinguirse por encima del resto. A veces tal distinción se debe a la personalidad única de la década en cuestión, como los felices años veinte, y a veces al modo en que marcó los años que la siguieron.

Por descontado, nos falta perspectiva para los tiempos más recientes, y sólo el tiempo nos dirá, por ejemplo, si los 90 aportaron algo a la historia aparte de la soporífera música grunge y una estética acordemente aburrida. Lo que es indiscutible es que, desde el final de los 80, y dejando de lado las simpatías políticas de cada uno, el mundo no ha vuelto a ver figuras de la relevancia de Reagan, Gorbachov, Mitterrand, Thatcher, o incluso Wojtila. Y quizá Felipe González no desentonaría en esa lista. Por lo tanto, si el mundo es hoy como es, vale la pena hacer hincapié en que el presunto fin de las ideologías (que hoy se empeñan en resucitar) nació con la caída del comunismo en 1989; el desastre de Oriente Medio es resultado directo, entre otros, de los trapicheos de occidente con Sadam Hussein a lo largo de toda aquella década; y la globalización es, en gran medida, consecuencia del ultraliberalismo abanderado por Reagan y la Dama de Hierro, reyes del mundo en esos años.

Torrebruno Hussein encandilando a los peques, una escena emblemática de los 80

Pero resistamos, ¡ay!, la tentación de ponernos nostálgicos, y centrémonos en lo que nos ocupa, a saber, dos grandes novelas de autores británicos situadas en aquella década que cambió el mundo y que para los ingleses está indisolublemente unida a Margaret Thatcher.

What a carve up! es una novela estupenda que, en mi opinión, y por lo menos en lo que respecta al mercado español, se resiente de un serio problema: su título. Este libro (que nadie sabe cómo llegó a mi casa) rondaba por las estanterías desde hacía años, y si no me había decidido antes a leerlo era porque había visto la traducción que Anagrama hizo de dicho título (traducción que, todo hay que decirlo, en otro contexto sería impecable) y que, sinceramente, me había provocado un no pequeño rechazo. Y la verdad es que me sorprendería ser el único que asocia ese "menudo" y esos signos de interrogación con las pelis de Esteso y Pajares.



Si tengo razón y el desafortunado título ha desanimado a algún lector, sería una verdadera lástima, porque, aunque no carece de defectos, What a carve up! es una novela excelente, con personajes interesantes, basada en una historia perfectamente construida, divertida, intrigante, y original.

Si pensabais que los años del pelotazo eran algo exclusivamente marca España, os equivocabais. Nos relata Coe en esta historia cómo se fraguaron los cambios políticos y económicos del Thatcherismo, y lo hace a través de una familia de malos malísimos, los Winshaw. Esta familia, marcada por la codicia, la ambición y una total falta de escrúpulos, está formada por varios hermanos, cada uno de los cuales representa uno de los grandes ejes del poder en aquella Inglaterra thatcheriana. Así, uno de ellos triunfa en la banca, otro se dedica a la política, y el resto de tan numerosa prole se inclinan por la industria armamentística, la alimentaria, la prensa, e incluso el filisteísmo más embarazoso encuentra su desahogo en el mercado del arte.Y así se explica el título: el reparto al que hace referencia es el del pastel.

 Inglaterra en los 80. Huelga de mineros

Jonathan Coe consigue crear un entretenidísimo híbrido de farsa, crítica social y novela de intriga al combinar los retratos de los personajes mencionados con la historia de Michael Owen, novelista prometedor que se quedó en la promesa y cuya vida está marcada por una mediocre película que es la que da el título a la obra. Su patética existencia empieza a cobrar sentido cuando, por lo que parecen ser azares del destino, recibe el encargo de escribir la historia de los Winshaw, y el modo en que, a partir de entonces, su historia personal y la de la familia se revelan entrelazadas y se remontan unidas hasta la Segunda Guerra Mundial, es, sin duda, uno de los aspectos más logrados de la novela.
 
Tanto si el mundo os gusta como si no, tenéis que agradecérselo a estos dos

Como ya he señalado, What a carve up! no está libre de algunos desaciertos. En su crítica al thatcherismo, por ejemplo, y, en concreto, a la privatización sanitaria, el tono es en algún momento excesivamente sentimental. Por otra parte, en una combinación entre farsa e intriga es extremadamente difícil mantener el equilibrio, y aquí, las últimas páginas, con su parodia de Diez negritos, de Agatha Christie, quizá podrían haberse resuelto de un modo menos posmoderno y más sutil.

En todo caso, por el modo en que se combinan todas las historias, hasta las aparentemente más nimias (es absolutamente genial, por ejemplo, la explicación de la pesadilla que tuvo Owen de niño), así como por su estilo moderadamente posmo, estamos ante eso que los amantes del cliché gustan de llamar un gran "artefacto literario". Y por su sentido del humor y su certero retrato de la época que nos parió a todos, a servidor de ustedes le ha hecho pasar unos ratos estupendos.

Jonathan Coe no forma parte del all star de las letras británicas, algo que, a juzgar por esta novela, se me antoja injusto. Podéis estar seguros, sin ir más lejos, de que, incluso con la palabra "menudo" en el título, What a carve up! está a años luz, por ejemplo, de la última y anodina publicación de Ian McEwan.


Y si el título de la novela de Coe está sacado de una olvidable comedia ramplona de los 50, The line of beauty, de Alan Hollinghurst, es una referencia directa a la teoría artística de William Hogarth, un clásico de la pintura inglesa. La diferencia entre ambos títulos refleja perfectamente los enfoques de uno y otro autor al afrontar (periodistas y demás analfabetos dirían "enfrentar") el retrato de la década prodigiosa.


Nick, el personaje principal, acaba de licenciarse en Oxford y se dispone a seguir con sus estudios en Londres. Allí, Nick, apropiadamente apellidado Guest, se aloja con la familia de su amigo Toby Fedden en su lujosa casa de Notting Hill. Los Fedden, cuyo cabeza de familia, Gerald, acaba de ser elegido diputado tory, viven la dolce vita de la clase alta, pero aceptan a Nick, de orígenes más humildes, como uno más de la familia. Nos encontramos, así, con ese tipo de personaje que observa los acontecimientos desde cierta distancia, y que, por mucha amabilidad que reciba, sabe en el fondo del alma que nunca llegará a ser uno de "ellos". Podría parecernos que el carácter, por decirlo así, periférico de Nick se ve acentuado por su homosexualidad. Pero es en realidad su pasión por Henry James, que lo conduce, entre otras cosas, a memorizar sus citas más pedantemente ingeniosas, lo que lo separa del resto. En Nick, el lector reconoce a aquellos personajes y narradores que observan con una fascinación no exenta de recelo un mundo que les disgusta y les atrae, y al que saben que no pertenecen. Piensa uno en Retorno a Brideshead, con aquel narrador fascinado por la vida de lujo de Sebastian, y piensa también en los personajes de James, siempre observando el mundo con cierto desapego y escepticismo.

 Danniella Westbrook o el sueño de los tabloides. Los estragos de la coca siguieron en los 90

¿No decían Golpes bajos que los 80 eran malos tiempos para la lírica? Pues sabed que en Inglaterra, pese a tener como banda sonora a los new romantics, el pelotazo que mencionábamos más arriba llenó tantos bolsillos de pasta como fosas nasales de farlopa. El thatcherismo, en efecto, no produjo sólo conflictos sociales y la liquidación casi definitiva de los sindicatos, sino que creó oportunidades de oro para desalmados arribistas como ésos que abundan en la novela de Coe y que también pululan por La línea de la belleza. Hollinghurst, no obstante, y a diferencia de Coe, prefiere no meterse en un juicio al thatcherismo, sino ofrecernos una visión mucho más introspectiva del modo en que alrededor de aquella jauja de sexo, dinero y coca se va construyendo la némesis de los personajes.

1984. Rock Hudson y los Reagan, iconos de los 80 por diferentes motivos

El estilo de Hollinghurst, habrá quedado ya claro, es intimista, prolijo y poético en sus descripciones, es decir, completamente diferente de Jonathan Coe. Supongo que es eso, entre otras razones, lo que ha hecho que disfrute tanto de su lectura. Pero contrastes aparte, La línea de la belleza, también en Anagrama, es una gran novela, lo cual significa que no es una novela gay. Ni siquiera es una novela sobre la homosexualidad, a pesar de que las relaciones de Nick con sus amantes están descritas con pelos y señales, nunca mejor dicho, y que los encuentros de Nick con otros hombres en lavabos públicos harán levantar más de una ceja. La homosexualidad en esta novela es, sencillamente, algo tan natural como la heterosexualidad en cualquier novela escrita por un heterosexual. Eso sí, debemos recordar lo que significaba ser gay en los años 80.

Hudson un año más tarde, en la foto que conmocionó al mundo

Probablemente algunos piensen también que la adulación sin límites del poderoso es algo muy ibérico. Sí, señor cuñado del presidente... Cómo no, señor director general, póngame a los pies de su señora... Tenga, President, un pequeño obsequio, hágame el honor de aceptarlo. Los que así piensen se sorprenderán al leer esta novela, en la que la figura de Thatcher, o más bien, el retrato de sus adláteres nos recuerda a la novela de dictadores latinoamericana. La Dama de Hierro misma, en realidad, está retratada de un modo bastante humano, y de hecho uno de los momentos más significativos de la novela nos la muestra junto a Nick en una escena casi inimaginable. Ese contraste entre la, por lo menos, aparente humanidad de Thatcher y el modo en que su visita a la casa de los Fedden marca el momento más importante de todas sus vidas revela lo que sí es uno de los temas centrales esta obra: la hipocresía de las clases altas. Una sexualidad diferente y origen étnico oscurito están muy bien y son muy respetables, pero si te juntas con gente así, luego no te quejes de lo que te pasa.

La línea de la belleza es esto

Hollinghurst, como ya he señalado, no pretende, o no en primera instancia, hacer un juicio a aquella época. El gran tema de la novela, aparte de la crítica a la hipocresía, es la naturaleza de la belleza. El lenguaje que utiliza para ello, el ritmo lento que imprime a la lectura, y la presencia constante de James, Mozart, Rachmaninov, Gauguin y otros muchos nombres que debería haber apuntado, dan fe de ello. En un momento de la historia, Nick relaciona la línea de la belleza de Hogarth con el culo del primero de sus amantes, un culo más accesible, es cierto, que el exquisito arte que inunda la casa de los Fedden, pero también un culo condenado por su propia belleza y por aquella década que nos parió a todos.

En definitiva, que leer libros de historia está muy bien, pero a veces la ficción lo explica todo mucho mejor. Así que si queréis saber de dónde venimos, ya sabéis qué leer.

domingo, 10 de enero de 2016

El tiempo recobrado


...viendo cómo el ágil ir y venir de los años va tejiendo hilos entre recuerdos nuestros que al principio parecen más independientes...
Dejemos una cosa clara: la obra magna de Proust es imposible de abarcar, pero entenderla.... entenderla está chupao, hablando en castizo. Ya os decía al hablar de Por el camino de Swann en quién había pensado el autor al escribir su obra, y, por si hiciera alguna falta, estas líneas de El tiempo recobrado me lo confirman:
Mas, volviendo a mí mismo, yo pensaba más modestamente en mi libro, y aun sería inexacto decir que pensaba en quienes lo leyeran, en mis lectores. Pues, a mi juicio, no serían mis lectores, sino los propios lectores de sí mismos, porque mi libro no sería más que una especie de esos cristales de aumento como los que ofrecía a un comprador el óptico de Combray; mi libro, gracias al cual les daba yo el medio de leer en sí mismos, de suerte que no les pediría que me alabaran o me denigraran, sino sólo que me dijeran si es efectivamente esto, si las palabras que leen en ellos mismos son realmente las que yo he escrito...
Sí. Por fin Proust se ha decidido a hablar de su libro. En vista de que todo lo que ha vivido hasta ahora, todo lo que ha sentido, pensado y dicho ha empezado a perderse, a desperdigarse como hojas secas, antes de que la muerte ya presentida acabe de llevárselo todo, aquí tenéis al bueno del narrador corriendo de un lado a otro, recogiendo hilos como quien intenta atrapar el sombrero que el viento le ha arrebatado. Así, el proceso de gestación de la obra que estamos leyendo se hace por fin presente, y todo, a partir de un momento eternamente efímero como el primer polvo, sencillo e insignificante como la fisión del átomo. En suma, el otro gran momento magdalena de La récherche.
 Pero en el momento en que rehaciéndome, puse el pie en una losa un poco menos alta que la anterior, todo mi desaliento se esfumó ante la misma felicidad que, en diversas épocas de mi vida, me dio la vista de los árboles que creí reconocer en un paseo en coche alrededor de Balbec, la vista de los campanarios de Martinville, el sabor de una magdalena mojada en una infusión, tantas otras sensaciones de las que he hablado y que las últimas obras de Vinteuil me parecieron sintetizar. Igual que en el momento en que saboreaba la magdalena, desaparecieron toda inquietud sobre el porvenir, toda duda intelectual.
Mis compañeros durante medio año

 Proust no es escritor. Me niego a emplear con él el mismo término que se emplea con cualquier otro autor. Proust, como Dios, es el que es. Y como no es escritor, cuando nos habla de la vocación literaria, no nos sale con esos clichés que versan sobre el placer que nos porporciona la creación de otros mundos, sobre el poder de la imaginación, o sobre cómo es el destino quien ha decidido que fulanito se dedique a escribir, porque la literatura es su forma de vida así como el aire que respira. Proust crea una obra eterna. Los escritores crean clichés eternos. ¿Y por qué escribe Proust? Mira que os lo he dicho: Proust es muy fácil de entender. No tenéis más que leer el título.
Igual que en el momento en que saboreaba la magdalena, desaparecieron toda inquietud sobre el provenir, toda duda intelectual. Las que me asaltaban un momento antes sobre la realidad de mis dotes literarias y hasta sobre la realidad de la literatura se disiparon como por encanto. Sin haber hecho ningún razonamiento nuevo, sin haber encontrado ningún argumento decisivo, las dificultades, insolubles un momento antes, perdieron toda importancia. Pero esta vez estaba completamente decidido a no resignarme a ignorar por qué, como lo hice el día que ...
Y esta búsqueda de por qué algo tan nimio como unas baldosas irregulares, el sabor de una magdalena o el ruido que hace un criado al golpear un plato con una cucharita nos proporcionan esa tranquila y fugaz, pero indescriptiblemente profunda sensación de bienestar se traduce, para el lector, en dos mil páginas de placer y belleza, y, para el autor, en algo muchísimo más personal e íntimo que una mera vocación literaria. Tanto es así que su desprecio por la literatura realista no responde a motivos estéticos, sino absolutamente vitales.
Un nombre leído antaño en un libro contiene entre sus sílabas el viento rápido y el sol brillante que hacía cuando lo leíamos. De suerte que la literatura que se limita a "describir las cosas", a dar solamente una mísera visión de líneas y de superficies es la que, llamándose realista, está más lejos de la realidad, la que más nos empobrece y nos entristece, pues corta bruscamente toda comunicación de nuestro yo presente con el pasado, cuyas cosas conservaban la esencia, y el futuro, en el que nos incitan a gustarla de nuevo. 

Todos hemos creído experimentar esa magdalénica epifanía en algún momento de nuestra vida. Es más, muchos están (quiero creer que yo soy diferente) convencidos de que recuperar el pasado requiere de algo tan sencillo como un olor, una foto o, de manera más prosaica, una canción pop. Y quién soy yo para decir que no, que sólo Proust y yo somos capaces de aprehender esos momentos que, lejos de lo que pensáis vosotros, no se pueden evocar, sino que nos asaltan cuando menos lo esperamos. Pero del mismo modo que el momento de la revelación escapa a nuestro control, también lo es su sustancia. Vemos fotos antiguas para recuperar momentos vividos con nuestra familia o con compañeros de colegio. Escuchamos una canción cursi para volver a vivir nuestro primer achuchón. Y lo hacemos porque pensamos que ésos son nuestros recuerdos  más importantes o felices...

... pero Proust sabe que no es así. 
... en la cima, los que se han hecho una vida interior ambiente se preocupan poco de la importancia de los acontecimientos. Para ellos, lo que modifica profundamente el orden de las ideas es sobre todo, con gran diferencia, algo que parece no tener en sí mismo ninguna importancia y que les altera el orden del tiempo retrotrayéndolos a otra época de su vida. Esto se observa prácticamente en la belleza de las páginas que inspira: el canto de un pájaro en el parque de Montboissier, o una brisa impregnada del olor de la reseda son evidentmente hechos de menor cuantía que las fechas más importantes de la Revolución y del Imperio. Sin embargo, inspiraron a Chateaubriand, en las Mémoires d'outretombe, páginas de un valor infinitamente más grande.
Ahí tenéis la diferencia. Un escritor selecciona aquellos recuerdos que considera más dignos de ser trasladados a la página y escribe con ellos una historia o, quizá, sus memorias. Pero ya hemos dicho que Proust no es escritor, y sabe por ello que una baldosa que baila tiene un valor literario y personal "infinitamente más grande" que todos sus años de escuela. Si es que los hubo. ¿O estuvo la educación de nuestro narrador a cargo de preceptores? Ni una palabra al respecto, pues ¿qué importancia puede tener eso al lado de sus archiconocidas epifanías? 

Nuestro narrador no dedica más que una línea a su paso por el ejército

Recobrando el tiempo, en este volumen regresamos, como veis, a Por el camino de Swann, donde se nos presentaba por primera vez este desigual duelo entre la memoria voluntaria, también llamada de la inteligencia, es decir, la de los escritores; y la memoria involuntaria, es decir, aquélla sometida a los vaivenes de la magdalenas. La gran tragedia del narrador, a estas alturas ya plenamente asumida, y, al mismo tiempo, su gran desafío, es precisamente la volatilidad y el carácter imprevisible de dichas epifanías. Y como muestra ahí tenemos, en la primera página, al narrador junto a Gilberta, en Combray, muchos años después de que empezara todo. Situación propicia, me diréis, para que nuestra nariz se llene de ese olorcillo de panadería. Tan propicia, en efecto, que constituye un fracaso en toda regla.
... separado de los lugares que atravesaba por toda una vida diferente, no había entre ellos y yo ninguna contigüidad en la que nace, incluso antes de darnos cuenta, la inmediata, deliciosa y total deflagración del recuerdo.

No he ocultado que la lectura de esta obra, así como las relaciones del narrador con Gilberta y Albertina, me han hecho revivir, a menudo con gran embarazo, una relación más inacabable que eterna, y más imaginaria que falsa, que tuve en mi juventud con ***. Un bendito día decidí no volver a verla más, y desde entonces pienso, con apenas un vestigio de satisfacción, en el dolor que yo, su gran amigo, le puedo haber infligido. Si es así, estas maravillosas palabras del narrador quizá le proporcionen, como a mí, algún tipo de consuelo:
... mi corazón había cambiado más aún que la cara de Gilberta. Esta cara ya no me gustaba mucho, pero, sobre todo, ya no me haría sufrir, ya no podría concebir, si hubiera vuelto a pensar en ello, que hubiera podido hacerme sufrir tanto encontrar a Gilberta caminando despacio junto a un muchacho, pensando "se acabó. Renuncio para siempre a verla". Del estado de mi alma, que, aquel lejano año, no había sido para mí más que una larga tortura, no quedaba nada. Pues en este mundo donde todo se gasta, donde todo perece, hay una cosa que cae en ruinas, que se destruye más completamente todavía, dejando aún menos vestigio que la Belleza: es el Dolor.
Ya no. Se acabó. Renuncio. No quedaba nada. Una cosa que cae en ruinas. Se destruye más completamente todavía... Si pensabais que Proust no iba a hablar más que de recuerdos, estáis, como siempre sucede con nuestro autor, completamente equivocados. Posiblemente el gran tema de este volumen, por paradójico que pueda sonar tratándose de El tiempo recobrado, es la Muerte.

 Proust en Cabourg, c. 1896

Al hablar de la Muerte, Proust se aleja por completo, una vez más, de todo lo que alguien pudiera haber dicho hasta entonces o haya dicho después de él. Dirían ellos, los escritores, que la muerte no es el fin, pero tampoco es el principio de nada. Que no hay que temerla, pero tampoco buscarla. Que somos los únicos animales conscientes de su mortalidad, que es la gran igualadora, que vivimos como si nunca fuéramos a morir, y morimos como si no hubiéramos vivido, y que, por ello, hay que atrapar el día antes de que llegue la noche. Para nuestro narrador, por su parte, la muerte no es más excepcional ni menos terrena que reventarse un grano o cortarse los pelos de la nariz. ¿Por qué temerla, pues? Si, como ha insistido Proust, cada uno de nosotros está compuesto de una serie de yoes que, como capas de una cebolla, nos vamos quitando a lo largo de la vida para revelar al nuevo yo, ¿no es lógico inferir que esos yoes anteriores nuestros están hoy muertos? ¿Qué mejor símbolo para el amor que un día sentimos y que hoy se nos antoja incomprensible, que la muerte?
Y en efecto, cuando, pasados los años, encontramos a las mujeres a las que ya no amamos, ¿no está la muerte entre ellas y nosotros, lo mismo que si ya no fueran de este mundo porque el hecho de que nuestro amor no exista ya convierte en muertos a las que eran entonces o al que éramos nosotros?
La Muerte, por consiguiente, está siempre presente en nuestras vidas, pero no en forma de conciencia de nuestra mortalidad, sino materializada como nuestros yoes pasados. En mi caso, como ya os he dicho, esos yoes acostumbran a avergonzarme. Sin embargo, no siempre debería ser así. Ved lo que el hallazgo, en una biblioteca, del libro François le champi, evoca en el narrador:

Era una impresión muy antigua, a la que se mezclaban tiernamente mis recuerdos de infancia y de familia y que no había reconocido en seguida. En el primer momento me pregunté con rabia quién era el extraño que venía a hacerme daño. Ese extraño era yo mismo, era el niño que yo era entonces, que el libro acababa de suscitar en mí, pues, como no conocía de mí sino aquel niño, a aquel niño evocó en seguida el libro, sin querer ser mirado más que por sus ojos, sin querer ser amado más que por su corazón, sin querer hablar a nadie más que a él. Aquel libro que mi madre me leyera en voz alta en Combray casi hasta la mañana había conservado, pues, para mí todo el encanto de aquella noche.
El tiempo disfrutado

Existe en inglés la expresión "Life is not a dress rehearsal", que viene a querer decir que la vida no es un ensayo general, sino que sólo tenemos una. Se trata, en suma, de una versión modernizada y menos latina del carpe diem. ¿Hasta qué punto contradice o confirma Proust esos dichos tan sabios? La felicidad que embarga a nuestro narrador gracias a la memoria involuntaria nos podría inducir a pensar que la vida vivida sí es un ensayo, mientras que la recordada es más "verdadera".

 Y yo gozaba no sólo de aquellos colores, sino de todo un instante de mi vida que los revelaba, que había sido sin duda aspiración hacia ellos,  de los que quizá algún sentimiento de fatiga o tristeza me impidió gozar en Balbec, y que ahora, libre de lo que hay de imperfecto, puro e inmaterial en la percepción exterior, me llenaba de alegría.
  En definitiva, que vivimos sólo al recordar. Lo cual no significa que estemos a salvo de volver a meter la pata, en lo que se me antoja una interesante coincidencia con esta novela rusa, de la que os hablé hace unos meses.
De pronto pensé que la verdadera Gilberta, la verdadera Albertina, eran quizá las que se entregaron en el primer momento de su mirada, una delante del seto de espinos rosa, la otra en la playa. Y fui yo el que, sin comprenderlo, sin haberlo revivido hasta más tarde en mi memoria, después de un intervalo en el que, por mis conversaciones, toda una distanciación de sentimiento les hizo temer ser tan francas como en el primer momento, lo estropeé todo con mi torpeza.
¿Me está diciendo Proust que, de volver a encontrarme con mi aburrida pasión de juventud, sería incapaz de llevar a cabo mi deseo de herirla con mi indiferente alegría, para así, sin ganas y con treinta años de retraso, desdeñar su gomorrez y seducirla para nada? Me temo que, más bien, y quizá a modo de advertencia, está comparando mi yo futuro con Monsieur d'Argencourt.

Era como un actor que sale por última vez a escena antes de que el telón caiga por completo en medio de las carcajadas. Si ya no me daba rabia, era porque, en él, que había vuelto a la inocencia de la infancia, ya no quedaba ningún recuerdo de las ideas despreciativas que hubiera podido tener de mí (...) Era excesivo hablar de un actor y, como una muñeca trepidante, con su barba postiza de lana blanca, agitado, paseando por aquel salón, como en un guiñol a la vez científico y filosófico en el que, lo mismo que en una oración fúnebre o en una lección en la Sorbona, servía a la vez de recordatorio de la vanidad de todo y de ejemplo de historia natural.

El París de Proust bajo las bombas alemanas

Así, si bien el tiempo recobrado es fuente de tranquila pero sobrecogedora felicidad, el reencuentro del narrador con los personajes que han poblado las páginas de los volúmenes anteriores le da ocasión de recrearse, como vemos, en los estragos que causa el tiempo pasado. Y este recreo da pie a algunas de las páginas más bellas y crueles que he leído quizá en toda mi vida.
... admiré la fuerza de renovación original del Tiempo que, sin dejar de respetar la unidad del ser y las leyes de la vida, así sabe cambiar la decoración e introducir audaces contrastes en dos aspectos sucesivos de un mismo personaje; pues a muchas de estas personas las identificamos inmediatamente, pero como unos retratos de ellos mismos, bastante malos, reunidos en la exposición en que un artista inexacto y malintencionado endurece los rasgos de uno, le quita la lozanía de la tez o la esbeltez del talle, ensombrece la mirada...

Y qué me decís de la siguiente. Estamos ya cerca del final del libro y la memoria involuntaria del narrador está completamente desbocada. Aquí debe de ser su antiguo yo el que le arrebata la pluma para regalarnos esta imagen, pues sólo un niño sabe ver esas formas:

Pero poco a poco, a fuerza de mirar su figura vacilante, incierta como una memoria infiel que ya no puede retener las formas de otro tiempo, llegué a recobrar algo de ellas entregándome al pequeño juego de eliminar los cuadrados, los hexágonos que la edad había superpuesto a sus mejillas.

¡Aquellos hexágonos! ¿Por qué dejé de verlos yo también? ¿Quizá porque aquel yo ya no existe, o más bien porque  los mismos hexágonos empiezan a perfilarse en mi cuello y me he puesto una venda en los ojos?


Y cuando hablaba de belleza y crueldad, me refería a imágenes como ésta:
Algunos hombres cojeaban. Se notaba bien que no era por un accidente de coche, sino por un primer ataque y porque ya tenían, como se dice, un pie en la sepultura. En la puerta entreabierta de la suya, algunas mujeres, medio paralizadas, parecía que ya no podían retirar completamente su vestido, que se había quedado enganchado en la piedra de la tumba...

Esperad, que aún hay más. Y es que hay más belleza en esta obra de Proust que en bibliotecas enteras: 
... casi todas las mujeres se esforzaban sin tregua por luchar contra la edad y tendían el espejo de su rostro hacia la belleza que se alejaba como un sol poniente y cuyos últimos rayos querían apasionadamente conservar.

 El retrato de estos muertos en vida es cruel, qué duda cabe. Pero la crueldad es necesaria, aunque no en el sentido que pensáis. Un escritor diría que hay que saber sufrir para saber apreciar mejor los buenos momentos. Proust sabe que es todo lo contrario.
Un escritor puede ponerse sin miedo a un largo trabajo. Comienza la inteligencia su obra: en el transcurso del camino surgirán muchas penas que se encargarán de terminarla. En cuanto a la felicidad, apenas tiene más que una sola ventaja: hacer posible la desventura. Preciso es que, en la felicidad, nos formemos unos vínculos muy dulces y muy fuertes de confianza y de apego, para que su ruptura nos produzca ese desgarramiento tan precioso que se llama la desgracia. Si no se viviera la felicidad, aunque sólo fuese por la esperanza, las desventuras carecerían de crueldad y, por consiguiente, de fruto.
 
Proust en la guerra de Vietnam

La facilidad que tiene Proust para dar la vuelta por completo a esas pseudoverdades asumidas por escritores y pensadores a lo largo de los siglos no es la única sorpresa que nos depara El tiempo recobrado. Jamás hubiera pensado, por ejemplo, que la influencia de esta obra en una de las grandes escenas de Apocalypse now fuera tan manifiesta. Así, al respecto de las incursiones de los aviones alemanes sobre París (por cierto, y a todo esto, ha habido una guerra), su amigo Roberto Saint-Loup le dice a nuestro héroe:

Pero, ¿no te gusta más el momento en que, definitvamente asimilados a las estrellas, se estacan para salir en misión de caza o entrar después del toque de fajina, el momento en que hacen apocalipsis, y ni las estrellas conservan ya su sitio? Y esas sirenas, todo tan wagneriano, lo que, por lo demás, era muy natural para saludar la llegada de los almenaes, muy himno nacional, con el Kronprinz y las princesas en el palco imperial, Wacht am Rhein; como para preguntarse si eran en verdad aviadores o más bien valquirias que ascendían.
Pero esto no es más que una anécdota con la que me despido de Proust y me excuso de continuar devanándome los sesos intentando seleccionar una cita más, si bien quizá un día de éstos dedique una entrada en exclusiva a algunos de los incontables párrafos memorables, antológicos y maravillosos que he encontrado en El tiempo recobrado. Empecé a redactar esta entrada posiblemente en septiembre, y desde entonces la he ido posponiendo y retocando, aunque las más de las veces, como un adicto que se sabe irrecuperable y se resigna a recaer en su perdición, me quedaba embelesado releyendo las citas que había anotado.

Las grandes creaciones de la literatura son con frecuencia obras muy largas, que, bien acompañan al lector durante un tiempo, bien lo secuestran a cambio de no sé muy bien qué rescate. Si uno llega a disfrutar de Proust, o a encadenarse a él, que no todo el mundo tiene tal suerte, podéis haceros una idea de la sensación de soledad o síndrome de Estocolmo que le embargará una vez concluida la lectura y de cuánto durará dicha sensación. Y es que siete volúmenes son muchos volúmenes. Muchas páginas, muchísimos personajes y, como ya he señalado, muy pocas "cosas que pasan". No obstante, en contra de lo que pudiera parecer, echando la vista atrás tengo un recuerdo muy vívido y, sobre modo, muy claro y distinto de cada uno de esos volúmenes. El deslumbramiento que me produjeron Swann y Las muchachas en flor; la gran escalada que supuso El mundo de Guermantes, o el inmenso placer de Sodoma, La prisionera y La desaparecida, con los que me sentí ya como en mi casa, o mejor dicho, en la casa de un maestro genial y mucho menos cascarrabias de lo que dicen. El tiempo recobrado maravilla por muchos motivos, y uno de ellos es la plenitud que alcanza al concluir la saga de modo casi circular, volviendo al camino de Swann, pero, como una cinta de Moebius, mostrándonos la otra cara de ese tiempo, de esa vida y, por descontado, del genio literario del autor.

La gran suerte del lector es que el tiempo pasado con Proust siempre lo podremos recuperar.


El último yo de Marcel Proust

Pero si un ruido, un olor, ya oído o respirado antes, se oye o se respira de nuevo, a la vez en el presente y en el pasado reales sin ser actuales, ideales sin ser abstractos, enseguida se encuentra liberada la esencia permanente y habitualmente oculta de las cosas, y nuestro verdadero yo, que, a veces desde mucho tiempo atrás, parecía muerto pero no lo estaba del todo, se despierta, se anima al recibir el celestial alimento que le aportan. Un minuto liberado del orden del tiempo ha recreado en nosotros, para sentirlo, al hombre, liberado del orden del tiempo. Y se comprende que este hombre sea confiado en su alegría, aunque el simple sabor de una magdalena no parezca contener lógicamente las razones de esa alegría; se comprende que la palabra "muerte" no tenga sentido para él; situado fuera del tiempo, ¿qué podría temer del futuro?

lunes, 21 de diciembre de 2015

Restos de temporada 2015




Corroído por la impaciencia, a la espera del momento en que yo mismo me dé un empujoncito y termine de una vez mi última entrada Proustiana, aquí os dejo, de momento, unas más que brevísimas impresiones del resto de mis lecturas, en las que incluyo las buenas, las malas y las regulín. No sé si este año puedo hacer algún tipo de balance, porque al lado de don Marcel todo empequeñece, qué se le va a hacer. Hasta el número de lecturas es sensiblemente menor que otros años, algo que, por otro parte, me preocupa muy poco. Más me preocupa, sin embargo, la tendencia a olvidar todo aquello que no reseño inmediatamente, así como los límites de mi paciencia, que cada vez me parecen más próximos. ¿O quizá no debería preocuparme?


Red earth and pouring rain, de Vikram Chandra

Comencé el año lector con mal pie. Este libro lo compré durante mi lejano viaje a la India, y llevaba, por lo tanto, sus buenos veinte años esperándome en la estantería. La verdad es que esta historia narrada en parte por un mono gramático empieza bien, muy bien, hasta que se mete por caminos y vericuetos que no recuerdo muy bien, precisamente porque no me engancharon. Y es que, como ya os he dicho, cada vez tengo menos paciencia. Cosas de la edad. No obstante, releyendo resúmenes de su argumento y elogiosas críticas, no descarto darle otra oportunidad.
 
Luego vino una pequeña racha Turguéniev, con Rudin,


Mumu,

y Primer amor.


Leí las tres en ruso, lo cual tiene su lado bueno y su lado malo. Por una parte está el gozo y el orgullo de leer a un clásico ruso en el original y entender el setenta y cuatro por ciento. Por otra parte, ese ventiséis por ciento que se queda por ahí no deja de resquemarnos. Naturalmente, la única manera de reducir el procentaje es seguir dale que te pego con el ruso. Se intentará.

Por tanto, tengo poco que decir de estas novelas. De ellas, la que me ha dejado un recuerdo más vivo es sin duda Rudin, la más extensa de las tres y la primera que publicó el autor. Turguéniev nos presenta en esta historia a un personaje muy interesante, acerca del cual el lector no acaba nunca de formarse un juicio claro. Rudin es uno de esos abundantes ejemplos en la literatura rusa de "hombre superfluo", lleno de ideas y planes, pero prisionero de su incapacidad para llevarlos a cabo. Se le ha comparado con Pechorin, el protagonista de Un héroe de nuestro tiempo, y lo cierto es que tanto el personaje como algunos aspectos de la trama nos recuerdan a la gran obra de Lérmontov. Ese setenta y cuatro por ciento lo disfruté hasta la última centésima.



El derrotista, de Harvey Pekar

Muy buena novela gráfica de un autor que desconocía, aunque su estilo nos resulta tan familiar como el de Will Eisner. Pekar nos cuenta aquí su vida y su camino de adolescente mamporrero a señor dibujante.


De profundis, de Oscar Wilde

Wilde escribió esta obra durante su reclusión en la cárcel de Reading, a donde fue condenado por conducta indecente. Haciendo acto de contrición y dirigiéndose a su compañero de indecencias, don Óscar escribió un libro maravilloso, profundo y estremecedor. Preparo entrada sobre ésta y otras obras escritas desde la trena.



El prisionero del Cáucaso, de León Tolstoi

Lo mejor del kindle es el acceso fácil y gratuito a centenares de clásicos en lengua original. Y en ruso, Tolstoi es de los autores más accesibles, máxime si se trata de una de sus historias breves. El título de esta obra fue utilizado primero por Pushkin, que centró su poema en la historia de amor entre el prisionero y la chica caucasiana. Tolstoi, por su parte, nos habla más del choque entre culturas, y percibe el Cáucaso, como vimos en mi entrada anterior, como una tierra de salvajes necesitada de que Rusia tenga el detalle de civilizarla. Incorrecciones políticas aparte, se trata de un relato inolvidable, que no ha perdido un ápice de popularidad ni, desde luego, de relevancia. El reciente conflicto checheno dio ocasión a Vladimir Makanin, hace unos años, a publicar un relato con el mismo título.


 The fall of the stone city, de Ismail Kadaré

Las novelas de Kadaré se mueven entre la ficción, la historia reciente de Albania, y lo onírico, y ésta no es una excepción. Trata, entre otras cosas, de las vueltas de tortilla que da el totalitarismo en esos momentos cruciales de la historia, y es una novelita fascinante que nos deja, como acostumbra Kadaré, con esa sensación de que sólo una relectura nos ayudará a penetrar hasta el verdadero meollo.


La saga del Rey Harald, de Snorri Sturlusson

No todas las sagas vikingas son igual de amenas. Algunas pueden hacerse francamente farragosas, y sólo su interés histórico las salva para el lector actual. Ésta, sin embargo, es de las que nos hacen disfrutar. Reyes llamados Harald y reyes llamados Harold en un libro de gran interés para entender la historia de... Inglaterra.



Pasaje de las sombras, de Arnaldur Indridason

Con Indridason siempre me lo paso pipa, y esta novela no es una excepción. Si la memoria no me falla, estamos de nuevo ante un asesinato que tuvo lugar hace muchos años, lo que parece un rasgo común de muchas de las novelas del islandés.



The secret history, de Procopio

Literatura bizantina. Ahí es nada. Me atrajo este autor desde que leí las constnates referencias que Asimov hacía a él en su historia de Constatinopla. Esperaba, la verdad, unas descripciones más detalladas de los desmanes y la depravación del emperador Justiniano y su señora Teodora. Con todo, uno aprende, y la historia vuelve a cobrar vida ahora mismo, cuando estoy leyendo a Gibbon y su Decadencia y caída del imperio romano.


Por amor a Judit, de Meir Shalev

Tenía muy buenas referencias sobre este autor israelí, considerado uno de los grandes, pero la verdad es que tuve que hacer un gran esfuerzo para terminar esta novela. Si es que la terminé, que ya ni me acuerdo. Parece que el realismo mágico no prende en Oriente Medio. Tras un interesante comienzo, la historia de esta mujer y sus amores, junto con las excentricidades y leyendas del resto de personajes, todos ellos repletos de buen rollo, se me hizo tediosa, tediosa.


El misterioso caballero del libro sagrado, de Antón Dochev

Un ejemplo perfecto de lo que pasa cuando leemos una novela única y no pasamos a reseñarla inmediatamente. Se queda ahí, en el fondo de la memoria, donde sus rescoldos humean durante un tiempo hasta que se apagan y acaban convertidos en ceniza. Pero va, intentemos reavivarlos. ¿Qué es lo que hace de esta novela algo único? Pues que está escrita por un autor búlgaro. Aparte de eso, el trasfondo histórico, con las persecuciones de herejes en la Europa del siglo XIII, con un monje bastante sádico y un narrador que tiene un plazo de quince días para contar la historia, es muy interesante, aunque quizá habría agradecido un ritmo más sosegado.


Mister Wonderful, de Daniel Clowes

Una novelita que se lee en un suspiro. Historia sencillita y relativamente conmovedora, en la que lo verdaderamente destacable son las ilustraciones. El formato es más ancho que alto, con el juego que eso da.


El jardinero de Sarajevo, de Miljenko Jergovic

Excelentes relatos del gran autor bosnio, que, no obstante, me gusta (aún) más en su faceta de novelista. Breves escenas y pequeñas instantáneas que condensan toda la tragedia de una tierra que sólo ahora parece empezar a conocer la paz.


Swan song, de Edmund Crispin

Cuando servidor tiene un gatillazo lector con un autor que me "debería" gustar, tiendo a achacarlo a una lectura deslavazada o a haber elegido un mal momento. Quizá fue eso lo que me sucedió con este libro. En todo caso, fue una pequeña decepción. No le pillé la gracia, y el interés del misterio me pareció bastante limitado.


Jerusalén. Un retrato de familia, de Boaz Yakin y Nick Bertozzi

Esto sí. Palabras mayores. Novelaza gráfica, historia épica, personajes que saltan de la página, escenas desgarradoras. Tres euritos me costó esta joya en el Mercado de San Antoni, y me proporcionó unas cuantas horas de gran placer. 


Dangling man, de Saul Bellow

Me dio la impresión de estar leyendo una versión desechada de Herzog. Boceto de obra maestra, pues, lo cual significa que es muy recomendable, pero que tampoco hay que hacerse excesivas ilusiones.


Años de vértigo, de Philipp Blom

¿Qué mejor libro para acompañar mi lectura de Proust? Blom nos hace aquí un retrato de los grandes cambios sociales, artísticos, científicos o económicos que se obraron en occidente en los años previos a la Gran Guerra, y lo hace tan bien y uno aprende tanto sobre tantas cosas que al final no habrá más remedio que dedicarle una entrada. Si lo hago, será una de esas entradas que me obligan a pasarme días enteros investigando y paladeando el gustito que dejó la lectura.


Gone girl, de Gillian Flynn

Todo lo que le pide uno a un thriller. Empezar a leer y no poder soltar el libro. No es gran literatura, desde luego, pero, en su género, cumple con creces.


El camino blanco, de John Connolly

 Y todo lo que me dio Gone girl (en español, Perdida), me lo negó Connolly. Demasiada brujería, demasiados fantasmas y, con tantos personajes cuyas historias se han ido narrando en libros anteriores, demasiada sensación de estar en una fiesta donde todos se lo pasan muy bien menos tú, que no conoces a nadie.


We were the Mulvaneys, de Joyce Carol Oates

Este novelón me sirvió para estrenarme con Oates, algo que, dada la ingente producción de esta autora, resulta paradójicamente difícil. Y fue un estreno muy feliz, porque se trata de una novela excelente. La historia de una familia ejemplar y envidiada que un día queda marcada por la tragedia, momento a partir del cual comienza su lenta pero irremisible caída. Magistral retrato de la familia, institución que, manque Tolstoi diga lo contrario, un día puede ser feliz y al siguiente hundirse en la desgracia.


La balada del norte, de Alfonso Zapico

No debería estar permitido publicar el primer tomo de esta obra sin tener el segundo ya en la imprenta. La revolución de Asturias, narrada por el gran Zapico. Gran historia y mejores personajes. Extraordinaria.


Bring up the bodies, de Hilary Mantel

Una de mis grandes lecturas del verano fue Wolf Hall. Pues bien, ésta es la segunda parte, y es más interesante aún, si cabe. El lector ya está familiarizado con el estilo de Mantel, y puede aquí disfrutar de la perfidia de Ana Bolena, sabedor del fin que le espera. Thomas Cromwell sigue haciendo de las suyas en la corte de Enrique VIII, maquinando, manipulando y de la hipocresía haciendo virtud. Una gozada.


Vientos de cuaresma, de Leonardo Padura

Me apetecía otro thriller, y me incliné por el cubano Padura, consciente de que ninguno de sus libros se acercará a esa maravilla titulada El hombre que amaba a los perros. El detective Mario Conde, encoñado entre pista y pista.


My life, de Benvenuto Cellini

Menudo personaje fue Cellini, y qué libro de memorias tan grande nos dejó. Si no me he lanzado a escribir la reseña ha sido, como de costumbre, por miedo a empezar a explorar esa época y no salir de ahí nunca. El poder de los Médici, el cariño de los papas, las técnicas de escultura, los mandobles y estocadas que el autor arreaba a todo aquél que se ganara su desprecio, junto con la arrolladora personalidad del autor y su entrañable falsa modestia, hacen de este libro una lectura no siempre fluida, pero sí absolutamente memorable.

Y se acabó lo que se daba. Si no nos leemos antes de Nochevieja, os deseo a todos una feliz Navidad y unas prósperas lecturas.


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