miércoles, 27 de agosto de 2014

Cuentos perdedores (5)





Mientras preparo la entrada post-vacacional, os dejo con esta nadería.


Todas las veces que he muerto

Debía de tener cuatro o cinco años y estaba en clase de pre-escolar. A mi lado estaba sentada Merche, una niña de pelo azabache, ojos profundos y graciosas coletas.
-¿A que no te atreves a comerte un papel? -me desafió.
En la mesa teníamos cada uno una hoja con grandes dibujos de casas, flores, setas y mariposas para colorear. Arranqué un trozo de la mía y me lo metí en la boca.
Merche me observó mientras lo ensalivaba y lo movía con la lengua de un lado para otro, hasta que, al final, con un prolongado glup me lo tragué.
-Ahora te vas a morir -me dijo.
La miré triste y confuso. Ella añadió, a modo de explicación:
-Si comes papel, te mueres.
Los otros niños sentados a la mesa asintieron. Todos sabían que si comes papel te mueres. Me levanté y fui hasta la profesora, que en ese momento estaba extendiendo los brazos hacia delante, en un gesto de afecto, y cerrándolos poco a poco hasta abrazarse a sí misma. Nos estaba explicando la diferencia entre abrazar y abrasar. Esto último consistía en tocar una sartén imaginaria, retirar rápidamente la mano, decir uy, aspirar, agitar la mano y chuparse el dedo. Le tiré de la bata.
-¿Qué quieres?
- Si comes papel, ¿te mueres?
- Sí.
Volví a la mesa con forma de hexágono, ocupé mi lugar al lado de Merche, le dije 'es verdad' y me puse de nuevo a colorear flores.


Aquel accidente afectó mucho a mis padres y, de hecho, a todo el país, que quedó conmocionado. Las imágenes de televisión mostraban el avión partido en dos y envuelto en llamas. Había decenas de bomberos alrededor disparando lo que parecían débiles chorros de agua con las mangueras. Unos enfermeros corrían hacia una ambulancia con una camilla en la que había un herido. Esperé a que mis padres no me vieran para santiguarme. Supongo que no quería levantar sospechas sobre lo que, si encontraba el valor suficiente, estaba dispuesto a hacer. Me preguntaba si los que habían muerto serían buenos o malos, y me hice la misma pregunta sobre los supervivientes. Lo justo, pensé, debería ser que los malos de verdad hubieran muerto, que los que se arrepentían de su maldad estuvieran heridos, y que los buenos hubieran salido ilesos. Ese reparto de premios y castigos me pareció razonablemente satisfactorio para todos, pero cuando me enviaron a la cama, decidí que, si quería salvarme de una vez por todas, debía, de una vez por todas, hacer algo más.
-Señor -rogué, una vez estuve ya acostado y mirando al techo-, perdona a todos los malos sus pecados, haz que cargue yo con ellos y envíame a mí al infierno en su lugar.


La fiesta de fin de curso estaba en su apogeo, pero yo dejé mi refresco sobre un pupitre y salí corriendo de la sala, sin saber hacia dónde iba. De manera inexplicable, había percibido la repentina ausencia de Ana, lo cual me sumió en los días siguientes en un estado de absoluta euforia. ¿Podía acaso haber una señal más clara de la unión de nuestras almas? Pero todavía no era el momento de euforias, ahora tenía que encontrarla. A las puertas de las aulas, apoyadas en la pared y sentadas en los bancos había algunas parejitas besándose, que apenas me hicieron caso. Corrí por el pasillo principal, llegué a la entrada, salí al exterior, bajé de tres en tres los escalones, y por poco me choqué con un grupo que, supongo, habían salido a fumar y ahora volvían a la fiesta. Miré a un lado y otro de la calle. ¿A dónde ir ahora? ¿A derecha? ¿A izquierda? Decidí que me guiara de nuevo el corazón y me puse a correr sin mucha convicción. Mientras corría, me iba repitiendo tienes que hacerlo, tienes que hacerlo. De nada servía ahora pensar en las dos horas que la había tenido al alcance en la fiesta. A veces hay que dejar que las cosas lleguen al límite antes de actuar, y decidí que esta idea era probablemente otra señal del destino. Pues bien, éste era el límite. Si no podía volver a verla hasta septiembre, ¿qué me quedaba? ¿Qué esperanza? ¿Qué vida? Al doblar la esquina la vi, a punto de entrar en el metro. Bajé las escaleras, subí al tren, asomé la cabeza por la puerta en cada estación, esperé a verla salir para de nuevo ir tras ella, salimos a la calle, apreté el paso. Me sentía como un aprendiz de asesino a punto de estrenarse. No. Desterré ese pensamiento, pues no pegaba con la balada que había elegido como música de fondo para mi declaración. Cuando estaba a una manzana de su casa, la alcancé por detrás.
-Ana -la llamé, pero no me oyó.
Volví a decir su nombre y le puse la mano en el hombro. Se sobresaltó.
-¡Oh, qué susto me has dado!
Me miró con gesto desafiante y agresivo. Abrí la boca para decírselo.
-¿Qué quieres?
No me salían las palabras.
-¿Qué te pasa?
Cuando por fin conseguí murmurar entre dientes que la quería, sonrió y me dijo que eso no era posible.
-Sí -insistí, reprimiendo las lágrimas.
Yo no podía quererla, me dijo, porque ella nunca podría hacerme feliz. Había muchas chicas más guapas, más simpáticas y mejores que ella, que sí me querrían, porque yo era un chico encantador. Me fue calmando poco a poco, y recordamos algunas de las notas anónimas que le había enviado. No supe si alegrarme cuando me dijo que desde el primer momento supo que eran mías. Le prometí amistad eterna y por encima de todas las cosas. Empezó a sonar mi balada. Cuando al cabo de un rato nos despedimos, me dijo:
-No se te ocurra hacer ninguna tontería, ¿eh?
Me dio un beso en la mejilla.


Mamá no se vio con fuerzas, así que tuvo que ser la tía Carmen quien me llamara por teléfono para decirme que cogiera el primer avión y fuera para allá. Respondí algo sobre el trabajo, Mónica y los niños.
-Quizá mañana sea tarde -me advirtió.
Durante las tres horas que duró el vuelo, no dejé de preguntarme en qué canción había oído esa frase. No logré recordarlo, pero por lo menos conseguí tener la mente ocupada en trivialidades. Ya habría tiempo para lo demás. Cuando llegué al hospital, fui directamente a la cantina, donde me esperaba la tía Carmen. Mamá estaba arriba, en la habitación, haciendo compañía a papá. Todo se había desarrollado de manera muy rápida, me informó mi tía. Figúrate que hacía apenas dos semanas, estaban los dos haciendo planes para ir a verte y pasar una temporada con los niños. Dos días más tarde apareció el bulto. Lo ingresaron inmediatamente, pero a esa edad el cuerpo ya no puede aguantar. Ahora sólo cabía esperar.
-Tu padre te puede oír -dijo-. Puede que no esté consciente y que no responda, pero oye todo lo que le dicen.
Añadió que mamá necesitaba un descanso. Comprendí que con sus palabras me estaba pidiendo que pasara la noche con él y que, después de tantos años, le pidiera por fin perdón. Le dije que así lo haría.
-Mamá, ya me quedo hoy yo aquí -le dije a mi madre, tras haber subido a la habitación y darle dos besos.
Se sorprendió. Noté que, detrás de mí, la tía Carmen le hacía un gesto para explicarle el resultado de nuestra conversación. Aún así, lo que tuve que decirle a continuación me resultó todavía más difícil.
-Tú vete a casa a descansar.
Nos quedamos papá y yo solos. Ante mí estaba su rostro, delgado, pálido, con los ojos cerrados y respirando de modo apenas perceptible. Lo estudié con un detenimiento casi científico, como no lo había hecho probablemente desde los tres o cuatro años. A las nueve empezaré, me dije. Pero el miedo me impedía hablar. Lo pospuse hasta las nueve y media. Luego hasta las diez. Pensé que, dado el estado en que se encontraba, tanto daba si empezaba a las doce o a las tres de la mañana. Bajé de nuevo a la cantina y me tomé un café. En la televisión retransmitían un partido de fútbol. Salí a fumar. Dos enfermeros que volvían de hacer lo mismo me recordaron que allí no estaba permitido y debía alejarme del edificio. Crucé el jardín que rodeaba el hospital y llegué hasta la calle. Entonces miré hacia arriba. Sabía cuál era la ventana de la habitación, dado que se encontraba en el extremo este del último piso. Había dejado la luz encendida. Di una calada más al cigarrillo y, en el instante que pasó desde que lo tiré al suelo hasta que lo pisé, recordé por fin la canción. Era un viejo tema de un cantautor muy popular en mi infancia y hoy casi olvidado. Durante una época a papá le dio por bromear y cantar el estribillo cada vez que alguien decía la palabra "mañana". Miré hacia la ventana y me entró un escalofrío al imaginar qué sería de mí si en ese momento viera apagarse aquella luz.


El reciente y lustroso tinte negro que tanto me había entusiasmado el primer día me hacía ahora sentirme igual de ridículo que si llevara un peluquín. Iba mirando a mi alrededor, temeroso, con la sensación de que, en cada uno de los escasos coches que había en las calles a aquellas horas, se estaban riendo de mí. El descapotable hacía de mí un blanco perfecto. En un semáforo se detuvo a mi lado un Ford con cuatro jóvenes dentro. El conductor y yo nos miramos, y le vi hacer un comentario a sus amigos. De repente todos se giraron hacia mí y se rieron de manera ostensiblemente grosera. En cuanto el semáforo se puso en verde, pisé el acelerador a fondo y salí disparado. Tras de mí creí oír, aún más fuertes, sus carcajadas. Seguí adelante, cada vez más rápido, no con ánimo suicida sino con el absurdo objetivo de que la velocidad se llevara el tinte y, de paso, me arrancara la ropa. Ella me había ayudado a comprarla.
-¿No crees que es demasiado colorida para mí? -le había preguntado.
-Ay, qué bobo eres. Que te queda estupenda, tontín -dijo, antes de estamparme un beso que no había conseguido excitarme.
Mi pelo teñido, mi cara llena de botox y mi descapotable eran ahora el complemento ideal de aquella ropa, que debía haber sido la envidia de los niños para los que estaba pensada, y que les hacía mearse de risa.
Hacía rato que el Ford había desaparecido del retrovisor. Quizá habían dado la vuelta, en busca de chicas. Quizá a ella, que como consuelo me había asegurado que, de todas formas, estaba cansada y no tenía ganas, al final le habían entrado las ganas. Evidentemente. No hacía falta ser un genio para darse cuenta de que, después de haberme ido, ella no iba a acostarse. ¿Acaso no recordaba yo cómo, a su edad, si por desgracia tenía que quedarme un sábado en casa, me sentía envejecer diez años? ¡Claro que había salido, claro que me había mentido, por asquerosa piedad, con su no pasa nada, es que estás muy cansado! Entonces se me ocurrió que a esos chicos yo los había visto antes. ¿Dónde? Intenté recordar sus rasgos. Tenían su misma edad, sin duda. ¿Serían amigos suyos? Sentí pánico ante la posibilidad de que se empezara a correr la voz. No, jamás. Ella se había sentido tremendamente ofendida cuando le hice jurar que no se lo contaría a nadie. Intenté sentir alivio. Me dije que antes preferiría verla en la cama con los cuatro chicos. La idea me excitó.
Mónica esperaba en casa, con su pecho flácido, sus labios secos y sus ásperas manos. Al día siguiente vendí el descapotable.


-Aparte el periódico, por favor, no lo deje encima de la mesa.
Siempre esa voz. La conozco tan bien y sin embargo siempre es nueva. Ante mí, sobre la mesa, hay unas bolas de colores. También hay figuras con formas diferentes. Alguien se agacha para poder mirarme a los ojos. Tiene el pelo largo, blanco. Intenta sonreír. Es Mónica, me dice. Mi mujer, añade. No sé de qué habla. Hay voces a mi alrededor que resuenan por toda la sala. Un murmullo profundo, una risa, un llanto, y un runrún que no se acaba. Una mujer con el pelo largo y blanco pregunta si alguien sufre. Alguien le responde que no. Hay dos personas más. Una es un chico. Alto, muy alto, más alto que yo. La otra es una chica, una chica mayor, mucho mayor que yo, debe de tener veinte años. Los dos preguntan por papá. Les respondo que papá no está. Se ha ido a trabajar. Es profesor y tiene un Renault. Alguien se ríe. Levanto la voz y les digo que es verdad. Una mujer de pelo blanco me coge de la mano. Me va a castigar por gritar en clase. Un chico alto, muy alto, tiene un periódico en la mano. Yo tengo un perrito. Me lo regalaron por Navidad. Lo voy a hacer. Lo voy a hacer y se va a enterar. Lo hago. Me levanto de un salto, le arrebato el periódico, arranco una página, alguien chilla, hago una bola con el papel y me lo meto en la boca. Intentan meterme los dedos entre los dientes. Trago. Me vuelvo hacia la niña que hay a mi lado, que tiene el pelo azabache, los ojos profundos y unas coletas muy graciosas.
-¡Te equivocabas, Merche! ¿Lo ves?, no me he muerto.

jueves, 7 de agosto de 2014

Despotricar adelgaza


Curiosa palabra ésta, despotricar, de cuya etimología no se sabe mucho. Parece ser que procede del prefijo des- y de potro, aunque a mí, la verdad, eso no me aclara nada. Hay quien ha sugerido por ahí que el potro podría referirse al inquisitorial e inquisitivo potro de tortura, en el cual hasta el más valiente era capaz de acusar a su madre de haber copulado con Lucifer. No me convence, no le veo el des-. A mí la imagen que me viene a la mente con despotricar es la de un conductor que, tras sufrir una pequeña colisión que le ha abollado el guardabarros derecho, se baja del coche para comprobar los daños y, acto seguido y a pleno pulmón, se acuerda de la madre del otro conductor. Todos hemos visto la escena, ¿verdad? Pues ahora imaginad que en vez de ir en coche van montados en alguna especie de equino, como por ejemplo un potro. Despotricar sería, pues, bajarse del potro con ánimo de ponerse a insultar.


Un día, en mis pretéritos tiempos de espectador de cine, encontrábame yo en el entrañable Mélies, en la calle Villarroel. No recuerdo qué película había ido a ver, pero todavía puedo oír a ese chico con gafas de gruesa montura, camisa de 50 euros exquisitamente vintage, y poderoso flequillo que le ocultaba media cara, que, sentado justo delante de mí, hablaba con un amigo sobre Stranger than Paradise, la obra de Jim Jarmusch que habían proyectado en ese mismo cine unos días antes.

-¿Qué te pareció la de Jarmusch? -le preguntó el amigo.
-Bueno... bien. Correcta.

Minutos más tarde, cuando se apagaron las luces y empezó la proyección, cumplí con mi deber. Quizá recordéis el titular de los periódicos del día siguiente: "Gafapasta estrangulado en sesión de tarde".

Si pensáis que el motivo de mi acto, porque siempre hay un motivo, fue la falta de entusiasmo por la película de Jarmusch, os equivocáis. Aunque en mi opinión Stranger... es la obra de un genio, me parece perfectamente respetable que alguien diga que es un coñazo donde no pasa nada, la gente no habla, y las transiciones entre escenas son interminables. No, el problema no es ése.

Algún memo decidió un día que el paradigma de la democracia es decir eso de "yo no comparto tu opinión, pero la respeto". Para mí es el paradigma de la estupidez, pues representa la negación del argumento y la absoluta cerrazón ante el debate. Las personas y, por ende, los gustos son respetables. Siempre. Las opiniones y las ideas, no. Puedo entender e incluso aceptar que alguien diga que Hamlet, el Quijote o la Odisea son un soberano tostón, o incluso, si me apuráis, toleraré que alguien diga que son malas (aunque me reservaré mi opinión sobre el individuo). El problema, o, mejor dicho, el nefando crimen del gafapasta, fue el uso de esa palabra, "correcta". "Correcto" es lo que le dice un profesor a un alumno, es lo que respondemos cuando nos piden la confirmación de un dato, es lo que contesta un agente inmobiliario cuando le preguntamos si los gastos de escalera están incluidos en el alquiler. Pero decir que una obra, sea literaria, musical, cinematográfica, pictórica o culinaria, es correcta es un acto de intolerable y vomitiva arrogancia que debería estar castigado, si no con la horca, sí con el potro.
¡Burra, más que burra!

Como soy bastante cateto y no poco ignorante, vivo en el convencimiento de que la criba del tiempo unida a la sapiencia de los críticos constituyen una autoridad incuestionable sobre el valor de una obra. Naturalmente, cabe la posibilidad de que no estén todos los que son, pero los que están, desde luego, son. Eso no implica, sin embargo, que no tengamos derecho a criticar dichas obras, y es que el gran arte a veces es soberanamente aburrido. A mí, por ejemplo, la supuestamente genial e incluso divertida Vida del Buscón, de Quevedo, no sólo me parece un peñazo, sino una obra prácticamente ilegible hoy en día. Acepto que es mi incultura lo que me impide disfrutar de la obra, y cualquier crítica que haga de la trama, el estilo o las intenciones del autor tendrán que ser juzgadas bajo esa premisa. Ahora bien, la disfrute o no, la entienda o no, me maraville o no, seré consciente en todo momento de que estoy ante una obra de arte, y no ante un cotilleo de patio de vecinas. Parece obvio, ya lo sé, pero para muchos no lo es.

Me refiero, volviendo de nuevo al cine, a esos espectadores que chasquean la lengua cuando un bueno comete un craso error que le costará la vida, que llaman idiota al novio de la chica cuando cae en la trampa del malo, o que, en definitiva, en la sala de cine se comportan como un crío en un teatro de marionetas (1). Naturalmente, cuando esos espectadores cogen un libro, pasa lo que pasa: critican Madame Bovary porque la señora en cuestión es burra; encuentran, por el contrario, que Anna Karenina es odiosamente perfecta y no les gustaría tenerla como amiga; menosprecian Jane Eyre porque les parece que el señor Rochester es un idiota y un machista ; y piensan que, en el país de las maravillas, Alicia actúa de manera excesivamente crédula.

Juzgar los actos de unos personajes de ficción del mismo modo que juzgaríamos los de nuestro jefe, nuestro primo o nuestra ex es probablemente llegar al nivel más bajo al que puede llegar un lector. Nabokov empleaba un término certero -aunque demasiado benévolo- para describir esa actitud infralectora: puerilidad.

Sí, ya, muchos libros, pero seguro que no has entendido ni uno solo.

En alguna ocasión he hablado de mi afición a la salsa y la timba cubana, estilos de música que, en la pista de baile, no se me dan espantosamente mal, modestia aparte. He realizado varios cursos, y todavía me apunto a alguno de vez en cuando para ir reciclándome. Afortunadamente he aprendido a elegir, porque existe un tipo de profesor, normalmente salido de las mejores escuelas de baile de Cuba, que piensan que cuando un españolito quiere aprender a bailar, necesita antes aprenderse la genealogía de Changó, Yemayá, Ochún y todos los orishas de la religión afrocubana.

Esta irritante actitud tiene también su versión literaria, concretamente en la conocida frase "no se puede entender a Fulano si antes no has leído a Mengano". Por supuesto, la frasecita en cuestión siempre la pronuncia, henchido de vanidad, el lector de Mengano, o por lo menos, el que sabe que Mengano vino antes que Fulano. Es evidente, por tanto, que nunca os encontraréis con alguien que diga "he leído todo Faulkner, pero como no he leído antes a Mark Twain, no me he enterado de nada". Pues bien, recientemente, alguien se llevó las manos a la cabeza porque Muñoz Molina decía en su artículo sabatino de Babelia que, como aquél que dice, acababa de descubrir a Thomas Bernhard. Nuestro Mengano aprovechó la coyuntura para decir que qué barbaridad, cómo es posible, dónde vamos a ir a parar, ¡pero bueno! , si no se ha leído a Bernhard no se puede entender a éste ni a aquél ni al de más allá.

No niego que lo que esta actitud de niñato resabido manifiesta es, en el fondo, absolutamente cierto. Pero, ¿no creéis que el mundo sería un lugar más hermoso para vivir si estos arzobispos de la cronología literaria se limitaran a decir, sencillamente, que "leer a Mengano te ayudará a apreciar mejor a Fulano"? Porque si insistimos en ese "no se puede entender", tendremos que recordar que antes de Mengano también está Zutano, y antes de éste, otro, y otro, y otro. Y la verdad, no a todo lector le apetece remontarse a los textos sumerios para entender a Lucía Etxebarria. Además, entonces yo, que todavía no he leído a Proust, ¿soy capaz de entender algo de lo que ha venido después?


Bueno, ahora ya me he desahogado.
En fin, si he programado esto bien, en el momento de que lo leáis yo estaré en tierras inglesas, con una vista parecida a la de la foto, y en compañía de la familia sanguínea, la política y el señor Thackeray. Así que feliz agosto @ todos.

(1) Sin embargo, para que veáis que no soy tan borde, os confesaré que me parece entrañable que aplaudan cuando el héroe consigue salvar el avión en el último suspiro.

viernes, 25 de julio de 2014

Germanistas con maleta y reporteros con mochila


M. era una amiga que conocí en la universidad. Era una chica de vastísima cultura que, sin embargo, huía siempre del elitismo intelectual. Era una persona apreciada por igual por sus colegas - profesores universitarios y catedráticos- y por el mendigo con el que era capaz de sentarse en un banco a compartir un bocadillo. Era, en pocas palabras, la persona más abierta, cordial y libre de prejuicios que he conocido. Y sin embargo, lejos de pensar que recorrer mundo ensancha la mente, M. odiaba viajar. Todo viaje, según ella, era una huida. A diferencia de los que pensamos que viajar es una manera de aprender y, por ende, ser más felices, M. pensaba que el viaje no es más que un desesperado y vano intento de, a lo sumo, ser menos desgraciados.

Sigo pensando que, en líneas generales, tenía razón yo. Viendo mis grandes viajes con la distancia de más de dos décadas, me pregunto, sin embargo, si hoy los emprendería con el mismo afán de disfrutar. La lectura de El Danubio y Fantasmas balcánicos despiertan en todo lector y viajero no sólo unas ganas incontenibles de hacer la mochila y comprar un billete de ida, sino que también le descubren una nueva dimensión al acto de viajar. Así, a la pregunta de qué buscamos en el viaje, hoy probablemente yo respondería de manera muy diferente a como lo hubiera hecho hace quince o veinte años. No se trata simplemente de disfrutar, desde luego, y tampoco exactamente de aprender. Se trata, más bien, de... ¿vivir? ¿Ser? ¿O simplemente, estar? Permitidme que deje las palabras entre interrogantes. No quiero, en homenaje a M., ponerme demasiado trascendental.

¿No os apetece un viajecito?

Dos son las irresistibles tentaciones que se le presentan a cualquiera que vaya a hablar de El Danubio: la geografía y la historia. Soy consciente de que no seré capaz de evitar, si no caer en ellas, cuando menos tropezar, pero intentaré que sean tropiezos bien empleados.

Desde su publicación, allá por 1986, El Danubio se ha convertido en un clásico contemporáneo. Su mezcla de historia, antropología y diario de viaje, vertida en un lenguaje culto, en ocasiones barroco, pero nunca inaccesible, y empapada de principio a fin de la incontenible erudición del autor, deslumbró a la crítica y, me atrevo a aventurar, cambió de manera definitiva nuestro concepto de literatura de viajes. Tanta es su relevancia y tan profundo es su análisis de la Mitteleuropa, que poco importa que el mundo en que se escribió haya dejado de existir. Literalmente. Fijaos si no en la lista de estrellas invitadas: RFA, Austria, Checoslovaquia, Hungría, Yugoslavia, Bulgaria y Rumanía. Casi la mitad de esos estados hoy no son más que historia, y la mayoría de los que quedan están hoy irreconocibles. Pero, como para Magris en este caso la geografía se limita al inmutable Danubio, y como la historia, inabarcable, puede saltar de Napoleón a los nibelungos, de Rudolf Hoess a Virgilio, o del asesinato de Sissí al Sacro Imperio Romano, pues el libro es hoy de tanta o tan poca actualidad como el día en que se publicó.


Los libros de viajes suelen ser de lectura sencilla, pero ya os he dicho que éste no es un libro de viajes al uso. En otras palabras, no es el libro que yo me llevaría en un crucero por el Danubio. Lo que Magris nos ofrece en este libro no es el retrato de un mundo. Es, como todo viaje, una búsqueda:

Al contemplar las aguas jóvenes y sutiles del recién nacido Danubio, me pregunto si, siguiéndolo hasta el delta, entre pueblos y gentes diferentes, nos adentramos en un terreno de sanguinarios encuentros o en el coro de una humanidad, pese a todo, unitaria en la variedad de sus lenguas y sus civilizaciones. 

Magris parece preguntarse si lo que busca es la esencia o, por el contrario, los restos de la Mitteleuropa, aquel mundo forjado a lo largo de los siglos que para el autor se sitúa siempre alrededor de dos ejes con frecuencia antagónicos: el Danubio y el Rin, Austria y Prusia; la vieja guardia representada por los Habsburgo o la modernidad encarnada en Napoleón. Y ante una modernidad tan peculiar como la que trajo el Bonaparte, Magris el germanista reivindica las ideas de Franz Grillparzer, el dramaturgo vienés cuyo nombre aparece una y otra vez a lo largo de la obra. Según Grillparzer:

Napoleón es (...) el símbolo de una época que ve cómo la subjetividad (nacional, revolucionaria, popular) se distancia de la religio de la tradición y provoca, con la nacionalización de las masas, el final del cosmopolitismo setecentista, racionalista y tolerante.

Como veis, la actualidad del libro no podía ser más rabiosa. Pobre Europa, no la mittel sino la de más al süd.


Y es que Magris, ahí donde lo veis, tan civilizado y culto, es un gran provocador, algo que, por otra parte, es lo que debe hacer siempre la cultura. Sus ideas, sus reflexiones y, sobre todo, sus juicios jalonan El Danubio de principio a fin, y no le duelen prendas, por ejemplo, en calificar a Pablo Neruda de "pomposo", algo con lo que cualquier lector de Confieso que he vivido estará de acuerdo. Otro ejemplo bastante más jugoso de este espíritu provocador es el que lo lleva a enfrentar a humanistas y naturalistas. Dice al respecto: 

El demócrata es humanista; el naturalista -incluso si permanece inmune a las inclinaciones pseudonazis perceptibles en el pasado de Lorenz- difícilmente cree en la "religión de la humanidad", porque en ésta descubre una -aunque sea la más evolucionada-  de las formas vivas y considera probablemente, como aquel personaje de Musil, que si Dios se ha hecho hombre, podría o debería hacerse también gato o flor.  (...) [El naturalista] está dispuesto a justificar la ley que sitúa, fatalmente, a un bando contra otro -y el bando, según la constelación histórica, puede ser la ciudad, el partido, la clase, la tribu, la nación, la raza, Occidente o la Revolución mundial-. En el momento de la lucha no valen los principios generales, sino que impera el sentido instintivo de la pertenencia al bando, en nombre del cual es lícito y obligado atacar...

Y por cierto, tan interesante como la comparación en sí es el modo en que ésta surge en la mente del viajero:

En mi viaje encuentro demasiadas veces veces la heráldica águila bicéfala y demasiado poco el águila real o la marina, que vuelan sobre las aguas danubianas; Musil, Francisco José, la Media Luna y el Café Central hacen ensombrecer a los habitantes más antiguos y legítimos de la Mitteleuropa, olmos y hayas jabalíes y garzas.

Magris, pues, no se limita a lo que ve ni a su historia, sino que deja que un detalle, una palabra o un gesto prendan una chispa que encienda conexiones insospechadas entre sus ideas, sus observaciones y su bagaje cultural. 

Aquí no es azul

Decía más arriba que el hecho de que las fronteras de Europa hayan cambiado no le resta a El Danubio un ápice de actualidad. Iría más lejos, sin embargo, y añadiría que, en cierto modo, y dejando de lado la maestría de Magris, es precisamente el haber sido escrito en vísperas de aquel famoso, falso y fukuyamesco "fin de la historia" (toma aliteración) lo que confiere a este libro su carácter de clásico contemporáneo, sin obviar que Magris de hecho intuía algunos de los cambios que se avecinaban, como la caída del comunismo y la disgregación de Yugoslavia. El Danubio, en fin, confirma que las fronteras que traza el hombre siempre serán efímeras, y que las raíces de los pueblos se hunden mucho más hondo de lo que la fecha de una batalla puede indicar.

El libro proporciona una cantidad ingente de hilos que al lector inquieto le entusiasmará seguir, desde autores como Grillparzer, Stifter, Peter Jaros o Jean Paul, las memorias de Rudolf Hoess, el atroz martirio de György Dozsa, el falso zar Franz Fekete, la irlandesa Lola Montez, la abuelita revolucionaria Baba Tonka, y así docenas y docenas de historias, algunas tan anecdóticas como inolvidables (qué decir del cazador que trabaja en un cementerio) que Magris salpica con sus reflexiones sobre la gloria literaria, la estupidez del mal, la vida como carencia y, siempre, el viaje. No me veo con fuerzas para escribir al respecto, pero, para compensar, incluiré una cita más, que os dará una idea de cómo llega a escribir Magris:

El viandante avanza en el atardecer, cada paso le adentra en el crepúsculo y le conduce más allá de la franja inflamada que se apaga. El viajero, escribe Jean Paul, es semejante al enfermo, está en equilibrio entre dos mundos. El camino es largo, aunque sólo nos desplacemos de la cocina a la habitación que contempla occidente y en cuyos cristales se incendia el horizonte, porque la casa es un reino vasto y desconocido y una vida no basta para la odisea entre la habitación de niño, el dormitorio, el pasillo por el que se persiguen los hijos, la mesa del comedor sobre la cual los tapones de las botellas disparan salvas como un piquete de honores  y el escritorio con unos cuantos libros y unos cuantos papeles, que intentan explicar el significado de este ir y venir entre la cocina y el comedor, entre Troya e Itaca.


Dejemos ahora el apacible Danubio y adentrémonos en una tierra algo más agitada, por lo menos en los últimos tiempos, léase siglos. Decía al principio de esta entrada que, si hoy tuviera de nuevo la posibilidad de coger la mochila y desaparecer dos o tres meses, probablemente me tomaría el viaje con una actitud muy diferente. Lo cierto es que mi último viaje largo, solitario y mochilero lo emprendí con este espíritu. Así, cuando fui a Cuba, no me interesaba lo más mínimo disfrutar de sus espectaculares playas de agua cristalina ni llenar el carrete (Dios mío, ¿tanto tiempo hace?) de fotos que hicieran morir de envidia a mis amigos, sino, sencillamente, conocer a la gente y, más que hablar, dejarles hablar a ellos. Y si así lo hice, ¿por qué no pude escribir un libro como el de Kaplan?


Fantasmas balcánicos fue inicialmente rechazado por hasta catorce editoriales, y cuando por fin se publicó, en 1993, no fue precisamente un éxito de ventas. Sin embargo, estamos ante uno de esos libros de los que puede decirse que, si no lo cambiaron, sí influyeron profundamente en el curso de la historia. Y eso sucedió el día en que se vio a Bill Clinton con el libro en cuestión bajo el brazo. Clinton estaba en aquellos días sopesando la intervención en Bosnia, y cuentan los que conocen a Mr President que el libro jugó un papel relevante en la decisión final de no intervenir. Kaplan, por su parte, niega que ésa fuera su intención y afirma que, de hecho, desde el primer momento se mostró a favor de una intervención armada contra los serbiobosnios. El libro, en cualquier caso, se convirtió gracias a Clinton en todo un éxito de ventas, y del presunto mal uso que se hizo de él Kaplan se benefició no sólo económicamente, sino sobre todo en términos de prestigio e influencia. Y es que desde entonces Kaplan ha pasado de ser un reportero a convertirse en, según algunas publicaciones, uno de los cien pensadores globales (sea eso lo que sea) más importantes, además de ostentar cargos de influencia relativos a seguridad en EEUU.


El olfato  de Kaplan le ha llevado a adelantarse siempre a la noticia, o, por utilizar una imagen más dramática, a meterse en el ojo de la tormenta antes de que ésta estalle. Así, tras su primer libro, sobre la hambruna en Etiopía, publicó Soldados de Dios: con los muyahidines en Afganistán, y se publicó en 1990, es decir, años antes de que muyahidín se convirtiera  en un término de uso cotidiano y cuando Afganistán no era más que una torpeza de la URSS. Y luego vino el que nos ocupa, donde advertía del desastre que se avecinaba en los Balcanes y al que, según el autor, los gobiernos occidentales hacían oídos sordos.

A decir de algunos, ese olfato de reportero y su capacidad de anticiparse a la noticia se le han subido un poco a la cabeza, y parece ser que en obras más recientes abusa de esa imagen y se presenta como una especie de gurú de la política internacional. La verdad, no estoy al corriente de las últimas publicaciones ni declaraciones del señor Kaplan, pero una cosa sí que sé: sean cuales sean los defectos achacables a Fantasmas balcánicos (y le han achacado muchos), el libro no tiene desperdicio. Kaplan nos cuenta en esta obra el viaje que hizo en 1990 por la península de los Balcanes, y que lo llevó de Yugoslavia a Grecia pasando por Albania, Rumanía, Bulgaria y Moldavia. A diferencia de Magris, que viajó en compañía de amigos y, presumo, en primera clase y con maleta, Kaplan emprendió el viaje solo, con mochila, y en trenes y autocares verdaderamente balcánicos.

Rebecca West, autora de Cordero negro, halcón gris

Al igual que con el libro de Magris, la sed de lecturas que despierta Fantasmas... es prácticamente imposible de saciar, y confirmando de nuevo que la buena literatura de viajes es intemporal, se centra en el clásico de Rebecca West, Cordero negro, halcón gris: un viaje al interior de Yugoslavia, un mamotreto de casi mil páginas escrito nada menos que en 1941. Desconocía a esta autora, pero un vistazo a la wiki nos revela una persona absolutamente fascinante, y ese Cordero negro... está en el primer lugar de mi lista para mi inminente viaje anual a Inglaterra.

Otra de las referencias de Kaplan es el libro La guerra en Europa oriental, del no menos apasionante periodista John Reed, de cuyo clásico sobre la Revolución Rusa ya hablamos aquí. Y hay más, desde luego, pero me haría falta algo más que media vida para poder aplacar las ansias de leer que me han entrado con el libro de Kaplan. Y cuando digo que me haría falta algo más, me refiero a que algunos de los libros mencionados parece ser que sencillamente no se han publicado jamás en España. Tal es el caso de La guirnalda de la montaña, un clásico de la literatura serbia escrito por el Príncipe-Obispo de Montenegro, filósofo y poeta Petar II Petrovic Njegos.

Y quizá aún cambiará más

Centrándonos de nuevo en el libro y los viajes de Kaplan, a nadie sorprenderá que Fantasmas balcánicos levante tantas suspicacias entre los habitantes de la península balcánica como entusiasmo entre los legos en balcanismo como yo. Uno de los ejemplos lo tenemos en el infernal campo de exterminio de Jasenovac, al que ya me referí en mi entrada sobre La casa de nogal. Dado que, tanto étnica como lingüísticamente, serbios y croatas son imposibles de distinguir, el método infalible es preguntar cuánta gente murió en Jasenovac. Si te responden que 700.000, tu interlocutor es serbio. 60.000, estás hablando con un croata. 

Uno de los personajes más relevantes en la historia moderna del conflicto entre serbios y croatas fue Aloysius Stepinac, Cardenal y Arzobispo de Zagreb entre 1937 y 1960, excluyendo los cinco años que pasó en prisión. La figura de Stepinac fue tremendamente controvertida, y su juicio, tachado de farsa por el Vaticano, el gobierno británico y organizaciones cristianas y judías, alcanzó repercusión mundial. Durante la guerra, el cardenal había apoyado abiertamente a los ustachas, el movimiento fascista que colaboraba con los nazis y emulaba sus atrocidades con gran entusiasmo. Pero Stepinac contaba en su haber con dos grandes y heroicas virtudes a ojos de occidente: era un furibundo anticomunista, y se mostró siempre en contra de la persecución a los judíos. Sobre las matanzas de serbios, limitaba sus críticas a sus momentos más íntimos. Stepinac fue beatificado por Juan Pablo II y es hoy venerado en su tierra. 

El cardenal Stepinac durante su juicio por colaboración con los nazis, entre otros cargos

Uf, y estamos todavía en la página 20... No tengo fuerzas para siquiera resumir alguna otra de los cientos de historias de las que este libro rebosa. Kaplan combina, a mi juicio de manera soberbia, la historia de los lugares que visita con su devenir mochilero en vagones de tercera, hoteles de supuesto lujo que son nidos de prostitutas, charlas con monjas, políticos, religiosos, chóferes, y la experiencia que le brinda el haber vivido siete años en Grecia. Fascinante es, por ejemplo, recordar la figura de Ali Agca y la posible implicación de las fuerzas de seguridad búlgara en el fallido asesinato de Juan Pablo II; cómo al regreso de China de un antiguo zapatero llamado Ceaucescu los cines rumanos dejaron de proyectar Butch Cassidy and the Sundance Kid (Dos hombres y un destino); la historia de un líder revolucionario macedonio llamado Gotse Delchev; cómo Carol I de Rumanía entró de incógnito en el país sobre el que iba a reinar; y sigue y sigue y sigue, hasta llegar al último capítulo, genial como casi todos, dedicado a Grecia, donde tenemos a Melina Mercuri, a Hemingway y, sobre todo, un nombre que oí mucho durante mi infancia y del que sin embargo hasta ahora no sabía ni papa: Andreas Papandreu.

Andreas Papandreu, en un retrato digno de Kaplan

Kaplan niega el tópico según el cual Grecia es algo así como la cuna de Europa, y afirma que se trata de un país no sólo plenamente balcánico, sino tirando más bien a oriental. Como ya he señalado, Kaplan, además de estar casado con una griega, vivió sus buenos siete años en Grecia, años que coincidieron en buena parte con el mandato de Papandreu. Fueron años en que Grecia se enemistó con buena parte de occidente; en que Papandreu, un niño de papá educado en Harvard que vivió hasta los cuarenta y tantos en campus de los EEUU, se entregó al populismo, cultivó una imagen casi de mafioso, se apoderó de los medios de comunicación, se entregó a una fraternal amistad con Castro, Gadaffi o el antropófago Idi Amin Dada, se cruzó de brazos ante el terrorismo, dado que éste sólo mataba a extranjeros, y llevó a la ruina a la industria del turismo. Como veis, nada que no se pudiera arreglar con una, ¡ay!, cadena humana por la paz alrededor de la Acrópolis. En fin, todo un personaje, este Andreas, digno colofón de esta joya de libro que desde su publicación ha soliviantado a más de un fantasma.

¡Balcanes, allá voy! (aunque sea a bordo de un libro)


sábado, 12 de julio de 2014

Genealogía y otros vicios judíos



En más de una ocasión me han tomado por judío, y la verdad es que yo me siento bastante halagado de que me relacionen con un pueblo al que admiro. Sin embargo, ni yo ni nadie que no sea de origen judío podría jamás hacerse pasar durante mucho tiempo por lo que no es. Cuando dos judíos se encuentran (y esto no es un chiste), se preguntan el apellido. Cualquier apellido que se te ocurra, la otra persona, el judío de verdad, lo conocerá, y, probablemente, conocerá a alguien más con ese apellido. La pregunta será entonces si tu familia puede estar emparentada con aquella otra, y, de no ser así, cuál es la historia de tus padres y abuelos. En definitiva, la mentira no te durará ni dos minutos.

Dos son los factores que explican esta pasión judía por la genealogía. Uno de ellos tiene que ver con el hecho de que el pueblo judío no es sólo una comunidad religiosa, sino también un grupo étnico. Todavía hoy en día existen personas cuyos orígenes, afirman, se remontan a las tribus de sacerdotes (los kohanim, de donde deriva el apellido Cohen) y levitas mencionadas en la Biblia.

Daniel Mendelsohn

El segundo factor es más reciente: la tragedia que sacudió al  pueblo judío en el siglo pasado. El genocidio y los desplazamientos, la pérdida de contacto con seres queridos y el exterminio de familias enteras impulsaron, con los años, la creación de numerosas agencias genealógicas, que ayudaron a algunos a reencontrar a sus familiares, o el triste rastro que quedó de ellos. Y también, sin duda, fueron muchos los que en ese momento descubrieron su relación con personas cuya existencia desconocían hasta entonces.

(Se me ocurre, no obstante, que puede haber otro factor que la wikipedia no menciona, a saber, los requisitos que tiene que cumplir cualquiera que desee emigrar a Israel y que consisten, en pocas palabras, en demostrar sus orígenes judíos hasta tres generaciones de antepasados.)

Naturalmente, en la era internet tal afición por rastrear los orígenes ha experimentado un crecimiento espectacular, y aunque dicho crecimiento se extiende a otras comunidades aparte de la judía, en ésta, por los motivos mencionados, tiene especial relevancia. Son probablemente cientos las páginas web dedicadas a escarbar, por ejemplo, en la historia de los millones de víctimas de la Shoah, y así, cualquier persona de origen judío que desee averiguar qué fue de sus familiares lo tiene hoy más fácil que nunca.


Un ejemplo memorable de esta búsqueda lo tenemos en Los hundidos, de Daniel Mendelsohn. Leí este libro hace seis o siete años, si no más, y a diferencia de tantas otras lecturas que vienen y se van, lo recuerdo de manera absolutamente vívida. El título completo de la obra es Los hundidos. En busca de seis entre los seis millones, y esos seis, huelga decirlo, son aquellos miembros de su familia que perecieron en el genocidio. Uno no necesita excusas ni motivos para emprender semejante búsqueda, pero es fácil entender que, en este caso, la escena inicial del libro, escena que el autor tuvo que vivir más de una vez durante su infancia, lo marcara y convirtiera esa búsqueda en, más que una obligación, un destino ineludible.

La escena en cuestión nos mostraba, si no recuerdo mal, a los padres del autor recibiendo las visitas, a mediados de los años sesenta, en su casa de Estados Unidos, de tíos, tías y primos lejanos, supervivientes de la masacre de Bolekhow. En un momento dado, el pequeño Daniel entraba en la sala donde estaban hablando los mayores, y entonces algunos de éstos, apenas lo veían, estallaban en lágrimas, al ver en él el vivo retrato del tío-abuelo Shmiel. Del tío Shmiel sólo quedaban algunas cartas, unas pocas fotos, y la frase repetida en susurros, "el tío Shmiel y su mujer tenían cuatro hijas preciosas, fueron violadas y luego los mataron a todos."

Adam Kulberg, primo lejano del autor, con la carta que le informaba de que toda su familia había sido asesinada

Los hundidos es la crónica de la búsqueda de la memoria de Shmiel, su esposa y sus cuatro hijas, todos ellos asesinados en el holocausto. Acompañado de tres de sus hermanos, Mendelsohn emprendió esa dolorosa búsqueda, que, aparte del rastreo documental, lo llevó a recorrer ciudades, pueblos y shtetl de Polonia y Ucrania, y a lugares tan alejados como Israel o Australia. Como sabéis lo que os pasáis por aquí desde hace tiempo, siento una especial debilidad por este tipo de historias donde se entrelazan la Historia con mayúscula y la investigación personal, como sucedía en El orientalista o en la también excelente Orígenes, de Amin Malouf, y esta obra de Mendelsohn está a la altura de las mejores.

Recopilando información de todo tipo de fuentes, Mendelsohn intenta atar unos cabos que se habían ido deshilachando en la memoria de las generaciones y que podían aparecer de repente en la otra punta del mundo. A lo largo de la obra, el autor nos cuenta los pasos que está dando tanto entre archivos y álbumes como en la red, y es imposible no lanzarse a consultar en las pausas de la lectura algunos de los enlaces que nos proporciona. A ratos, Mendelsohn imprime a la investigación un ritmo de novela negra, y, como en ese tipo de historia, el lector tiene la sensación de descubrir pistas insospechadas y hacer hallazgos inverosímiles al tiempo que el propio autor. En este sentido, son inolvidables las desesperadas cartas que Shmiel, a medida que siente la inminencia del desastre, envía a sus familiares en América, o, por mencionar otro ejemplo, cuando descubrimos que Shmiel emigró a EEUU a principios de siglo, y por la fatalidad del inimaginable destino, decidió volver a Ucrania. La historia es de por sí absolutamente fascinante, y el modo en que, a través de fotografías, cartas, documentos y, sobre todo, en el clímax de la crónica, las conversaciones con aquellos vecinos que lo conocieron, el autor reconstruye de una manera asombrosamente vívida las vidas de su tío-abuelo, su mujer y cuatro hijas, me conmovió, me apasionó y, como veis, me dejó huella.

El guetto de Bolekhow

El autor alterna la crónica de la búsqueda con capítulos dedicados a la interpretación de pasajes de la Biblia. A algunos lectores estos capítulos les parecen indigestibles. A mí, que me gusta lo raro, me resultaron sencillamente apasionantes. El jugo que sabe sacar el autor no sólo a pasajes oscuros o poco conocidos, sino incluso a aquéllos que todo el mundo conoce, verbigracia, las primeras líneas del Génsesis, me recordó a Michel Tournier, un autor al que no leo desde hace siglos, pero que en su tiempo me reveló evidencias para mí ocultas tanto de la Biblia como de Pinocho. Ahí es nada. Es cierto, en honor a la verdad, que Mendelsohn, crítico, ensayista y verdadero erudito, disfruta haciendo gala de su sapiencia, y que la exégesis que lleva a cabo a veces puede resultar excesiva, pero, como ya he dicho en alguna otra ocasión, a mí me gustan los autores que de vez en cuando me recuerdan mis limitaciones culturales. En definitiva, uno de los libros más impresionantes que he leído en muchos años y que me están entrando unas incontenibles ganas de releer.



La genealogía, si bien el más perdonable, no es el único vicio del pueblo judío. De hecho, como nos demuestra Isaac Bashevis Singer en todas sus novelas, ni siquiera el judío más devoto y ortodoxo está a salvo de las asechanzas del maligno, que acosan por igual a judíos y gentiles.

(Os confieso que al principio, esta entrada iba a estar dedicada únicamente a la última novela de Singer que he leído, pero con el primer párrafo ya me he liado con otras historias, se me ha ido el santo al cielo, y he acabado hablando del libro de Mendelsohn, que, pensándolo bien, quizá no tenga mucho en común con La casa de Jampol.)

La historia en La casa de Jampol transcurre bien entrada la segunda mitad del s. XIX, una época convulsionada por recientes revoluciones, y en la que se avistaban en el horizonte revoluciones y convulsiones aún mayores. La principal de todas, y la que marca el devenir de aquella Polonia donde transcurre la historia, nos la señala el autor en la frase que abre la novela:

Después del fracaso de la rebelión de 1863, muchos nobles polacos fueron ahorcados.

Entre ellos, nada menos que la familia del Capitán Nemo, quien, en la versión inicial de 20.000 leguas..., era un noble polaco cuya familia había sido asesinada por los rusos en dicha rebelión. Sin embargo, la posterior alianza de Francia con la Rusia zarista hizo que el editor de Verne se inclinara por no revelar las raíces de la misantropía de Nemo. Pero bueno, no sigamos desvariando.

1861. Tropas rusas acampadas en plena Varsovia

La rebelión fracasada cuyo recuerdo abre la novela es conocida en la historia como el Levantamiento de Enero, y fue una revolución por parte de los jóvenes polacos, a los que luego se unieron los nobles, que tuvo como detonante el reclutamiento forzoso en el ejército ruso. Una de las consecuencias de la derrota de los insurgentes fue, aparte de las ejecuciones y los miles de deportados a Siberia, la confiscación de más de mil seiscientas tierras y propiedades de la nobleza polaca. Entre ellas estaba la casa del conde Jampolski, que da título a la novela.

Calman Jacoby, un respetado comerciante, decide escribir a San Petersburgo y solicitar al nuevo  propietario, un general y duque ruso, que le arriende la propiedad. Para su sorpresa, la fortuna le sonríe y, a partir de ese momento, con su capacidad de trabajo y su habilidad para los negocios, Calman consigue crear un pequeño imperio. Pero a diferencia de El imperio de Kalman el lisiado, más centrado en el antiheroico protagonista, Singer da más protagonismo a la progenie de este otro Calman, formada por sus cuatro hijas y, con su estilo sencillo y maestría narrativa, sigue sus diferentes y tortuosos caminos, con el telón de fondo de un país sometido, una violencia dormida, y el torbellino de ideas e ideologías que entonces empezaron a gestarse. Nos dice el autor en la nota previa:

Todas las ideas espirituales e intelectuales que han triunfado en nuestros tiempos tienen su origen en el mundo de aquel tiempo, y así ocurre con el socialismo y el nacionalismo, el sionismo y el asimilacionismo, el nihilismo y el anarquismo, la igualdad de derechos de la mujer, el ateísmo, la debilitación de los vínculos familiares, el amor libre, e incluso el fascismo, en sus rudimentos.

Algunos de los sublevados de 1863

La literatura yiddish no suele ocuparse de los grandes nombres de la historia, aquéllos que trillan las sendas que seguimos los pobres mortales. Tiende, más bien, a centrar su atención en esos pobres mortales a los que tanto las sendas como las ideas les vienen dadas, y a contarnos el modo en que se rebelan contra éstas, se adaptan o se pierden en el caos. Y de caos se puede tildar sin duda esa segunda mitad del s. XIX.

El Levantamiento de Enero tuvo lugar 30 años después de la Revolución de los Cadetes, y no fue el último, pues en 1905 un imperio ruso en caída libre todavía tuvo que enfrentarse al pueblo polaco en la Insurrección de Lodz. Pero, insurrecciones aparte, el verdadero caos, como muy bien nos recuerdan las palabras de Singer, flotaba en el ambiente, en esa marabunta de espectros que recorría Europa. Los nombres de Nechayev y Bakunin, el de Karakozov (el primer revolucionario ruso que atentó contra la vida del zar) o el de Chernishevski, novelista y revolucionario; el colonialismo europeo en África, los eternos ecos de la revolución en Francia y la reciente guerra franco-prusiana, entre muchos otros, aparecen en las páginas como los lejanos relámpagos de una tormenta en el horizonte.

Sin embargo, como suele suceder en los libros de Singer, y quizá (no he leído tanto como para poder afirmarlo) en toda la literatura yiddish, tanto los personajes como los hechos históricos parecen ser herramientas en manos del autor para dar forma a la cuestión central y eterna, que viene a ser, en apariencia, el judaísmo, y en realidad, la relación del hombre con un Dios que se ha desentendido de su creación.

Un grupo de judíos jasídicos en Cracovia

Veíamos en La familia Máshber que el judaísmo estaba a merced tanto de la persecución étnica en forma de pogromos como del fanatismo dentro mismo de la comunidad. En La casa de Jampol los peligros que acechan al pueblo judío no vienen por ese lado sino, más bien, por el progreso de occidente. En palabras de un personaje de la novela, Wallenberg, un judío convertido al catolicismo:

Es absurdo vivir en Polonia y hablar una jerga germánica, como el yiddish, y más ridículo todavía vivir en la segunda mitad del siglo XIX y comportarse como si uno viviera en la Antigüedad. (...) He viajado por Turquía y Egipto, y puedo decirle que ni siquiera los beduinos son tan salvajes como nuestros asideos.

 Dejando de lado la cuestionable elección por parte del traductor del término asideo en lugar de jasídico, la caracterización de ese movimiento religioso como fanático y retrógrado es tan sólo una de las acusaciones que los judíos "occidentalistas" hacen a una parte de su pueblo.

¿No le parece raro que los judíos lituanos se hayan dedicado tanto al estudio, en tanto que los judíos polacos apenas se interesan en adquirir conocimientos científicos?

La tensión entre ambas corrientes es una constante a lo largo de la novela, y podemos decir que también en este sentido las palabras de Singer respecto a las ideas espirituales de nuestros tiempos se ven hoy confirmadas, pues son muchos los israelíes que tienen una opinión igual de negativa sobre el judaísmo ultra-ortodoxo, que tanto debe al jasidismo.

Judíos jasídicos en acción. Un vídeo casero, una canción yiddish muy hermosa y una voz increíble

Pero decíamos que el peligro proviene, sobre todo, del progreso de occidente, y de hecho, el fantasma de un siniestro personaje (no es el Carlos que pensáis) recorre la novela de principio a fin.

-... Los judíos han de convertirse en polacos de cabo a rabo. De lo contrario, seremos expulsados, como en los tiempos del Faraón.
-Los polacos también están esclavizados.
-Éste es otro asunto.
-Los fuertes quieren dominar a los débiles -dijo Ezriel, un poco dubitativo acerca de la pertinencia de su observación.
-Mucho me temo que así sea. En Inglaterra se ha publicado recientemente un libro que hace furor en el mundo científico. Según parece, sostiene la teoría de que la vida no es más que una constante lucha para sobrevivir, y que tan sólo los más fuertes triunfan.

La grandeza de Singer radica en que uno no sabe muy bien si el autor utiliza el conflicto espiritual y la batalla de ideas como mero escenario para desarrollar un impresionante novelón que muchos han comparado con Los Buddenbrook, o si, por el contrario, las vicisitudes de la saga familiar, con sus miembros atormentados, atribulados y, en ocasiones, depravados, no son más que una excusa para para presentar dichos conflictos y batallas.

Con un escritor tan grande como Singer, autor de novelones como El mago de LublinLa familia Moskat o la que para mí es una auténtica obra maestra, Sombras sobre el Hudson, es posible que La casa de Jampol dé la impresión de ser una novela secundaria en su bibliografía. Pero no os engañéis: La casa de Jampol es Singer en estado puro, un libro donde un puñado de personajes más reales que la vida misma nos muestran nuestras ambiciones, nuestros miedos, nuestra insignificancia, y la enorme fuerza que, en nuestra ingenuidad, le otorgamos a nuestra frágil esperanza.

Y la saga continúa con Los herederos. Ya estoy frotándome las manos.

I'm a Yiddish man in New York


jueves, 3 de julio de 2014

Cuentos perdedores (4)





La dosis bimestral de chorradas.


El Anticristo (Versión 1)

1
El Anticristo ha llegado por fin a España. Hoy a las doce del mediodía, tras vuelo directo desde el Hades, ha aterrizado en Barajas el avión que transportaba a Satanás I. Da así comienzo la primera visita oficial a nuestro país por parte de un líder infernal.
El monarca fue recibido a pie del avión por el presidente del gobierno, que le dio la bienvenida en nombre del pueblo español. Se encontraban también en el acto el Ministro de Asuntos Exteriores, el de Defensa, el embajador del Averno en España, así como representantes de distintas confesiones religiosas.
A continuación, se escucharon los himnos nacionales de ambos países y se pasó revista a las tropas. La solemnidad del acto tuvo su contrapunto al final del mismo, cuando Satanás I departió de manera breve y desenfadada con la cabra del cuerpo de la legión.
Durante varias horas, y por medidas de seguridad, se interrumpieron todas las llegadas y salidas de vuelos y no se permitió al público el acceso al aeropuerto, que estaba acordonado y fuertemente protegido. Mientras tanto, en los alrededores tenían lugar enfrentamientos verbales entre integristas satánicos y grupos pro-pecado libre. Sin embargo, la amplia presencia policial ha impedido que se produzcan altercados.
Minutos más tarde, el presidente del gobierno y el soberano infernal partían en coche oficial en dirección a la Moncloa, con el fin de celebrar una primera reunión informal antes de dirigirse al Palacio de la Zarzuela, donde tendrá lugar un almuerzo privado con la Familia Real.
Se espera que esta tarde Satanás I y el presidente del gobierno convocarán una rueda de prensa conjunta en la que harán una primera valoración de esta histórica visita.
Míralos, qué contentos los dos juntos, dice la señora, que va y viene de la cocina a la mesa sin quitar ojo de la pantalla.
Ya, observa su marido.
A saber qué es lo que están cociendo esos dos.
Ya nos lo dirán.
Nada bueno, eso seguro, rezonga ella mientras retira los platos de la mesa.
Bueno, mujer, pero tendrán que reunirse, ¿no? A veces, hablando…
¡Qué hablando ni hablando!, se detiene de manera brusca, y se da la vuelta. Por un momento su marido teme que vaya a dejar caer la pila de platos. En su país tenía que haberse quedado ese…
Pero hombre, insiste él, los políticos tienen que hablar, ¿no? Si no hablan, ¿cómo van a arreglar las cosas?
¿Políticos? ¿Ese tío, un político? Cada vez más enfadada, deja los platos de nuevo en la mesa. Ése lo que es es un dictador. Mira cómo tiene a su gente, ahí ardiendo todo el día. 
Se oye abrirse una puerta. Una silueta oscura se acerca de manera ominosa por el pasillo y atraviesa el comedor pegado a la pared.
¿Y tú dónde vas, eh?
Por ahí, responde la silueta. Se detiene junto al aparador y coge el monedero. Lo abre y, tras sacar un par de billetes, lo deja abierto donde estaba y se dirige a la puerta.
¿Qué, no dices nada?
¿Qué pasa?, pregunta el marido sin apartar la vista del televisor.
Tu hijo, que se va sin decir nada.
El chico, efectivamente, sale y, sin ánimo siquiera para resoplar, cierra la puerta.
Mujer, déjalo al chico, que ya es mayor.

2
Concluye la primera jornada de la visita oficial de Satanás I a España. Conectamos con Marta Gallego, que se encuentra a las puertas del Hotel donde se aloja el monarca. Marta, ¿cómo ha transcurrido la jornada?
Hola, Julio. Pues la jornada se ha desarrollado de manera tranquila, en un ambiente cordial y distendido. Ahora mismo nos encontramos a las puertas del Hotel Ritz, donde está teniendo lugar una cena a la que asisten el presidente del gobierno español con todo su gabinete, el monarca y su séquito, así como algunos de los más importantes empresarios de ambos países.
Horas antes, tras el almuerzo privado en el Palacio de la Zarzuela, y ante una nube de periodistas, el presidente del gobierno y el monarca infernal han ofrecido una rueda de prensa donde han hecho balance de sus primeras impresiones.
Señor Presidente, ¿podría decirnos qué asuntos han tratado en la reunión?
Bien, como puede imaginarse, se ha tratado de una reunión informal donde hemos hecho un primer acercamiento de posturas. Será en los próximos días cuando habrá tiempo para tratar los asuntos con mayor profundidad, y siempre desde una posición de cooperación y buena voluntad.
Don Satanás, ¿qué impresión se lleva de su primer día en nuestro país?
Me llevo, queridos amigos, una impresión gratísima. He podido constatar, tras la reunión con el Presidente y la entrañable Familia Real, que son muchas más las cosas que nos unen que las que nos separan. Sinceramente, no podría encarar con mayor optimismo el trabajo que nos espera en los próximos días.
Señor Presidente, ¿qué acuerdos esperan alcanzar?
Es todavía demasiado pronto para hablar de ello, pero esperamos que se pueda llegar a acuerdos comerciales, culturales y de otra índole.
¿Han hablado ustedes de los ciudadanos españoles condenados en el infierno?
Muchas gracias por su atención, no hay más preguntas.
Así, Julio, de manera un tanto brusca, se daba por concluida la rueda de prensa.
Parece ser, Marta, que en lo que respecta a los condenados va a ser difícil acercar posturas.
Así es, Julio. Tenemos que recordar que éste es el asunto más complejo y delicado entre los dos países, y en el que hasta ahora el régimen de Satanás se ha negado a hacer ningún tipo de concesiones. Las cifras oficiales proporcionadas por el Averno hablan de aproximadamente 300 condenados, pero según organizaciones no gubernamentales estaríamos hablando de muchos más. Escuchamos a Darío Mínguez, portavoz de los anti-infernalistas.
Nosotros, desde Derecho al Pecado, queremos denunciar esta visita. Nos parece una vergüenza y una burla a la democracia que se reciba con honores de estado a quien es el responsable último de que en este momento haya decenas de miles de pecadores y pecadoras de nuestro país condenados a arder eternamente en un lago de fuego y azufre.
¡Qué horror!, no puede por menos de exclamar la señora. Decenas de miles, dice. ¡Y no me extrañaría que fueran más!
No sé, murmulla su marido.
Para mí que son más.
No sé.
¡Tú nunca sabes nada! ¿Es que te da igual toda esa gente? ¿Eh?
No me dan igual, pero algo habrán hecho, ¿no? Quiero decir, nadie les obligó a pecar.
¿Tú qué sabes si han pecado?, responde ella airada. ¿Eh? ¿Es que los has visto? Además, suponiendo que hayan pecado, ¿por eso tienen que pasarse toda la eternidad asándose?
Hombre, es lo que siempre se ha hecho.
Lo que siempre se ha hecho, repite con desdén que se convierte en una mueca de asco. Ahora no puede resistirse a emplear su arma más temible: ¡tú sí que eres lo que siempre se ha hecho!
Pero no te pongas así.
¿Qué no me ponga así? ¿Y cómo quieres que me ponga? ¿Y si fuera tu hijo? ¿Eh? Imagina que es tu hijo el que está ahí hirviendo en una caldera. ¡Qué! ¿También dirías algo habrá hecho?
¿Qué tiene que ver el chico?
Tú es que no te enteras de nada, hijo mío. Ay señor, qué cruz.

3
Esa misma noche, antes de irse a la cama, la señora abre, temerosa, la puerta del dormitorio de su hijo. El olor a lo que ella supone es marihuana la abofetea y le produce unas violentas arcadas. Mantiene la puerta abierta e intenta sacar hacia el pasillo, con exagerados gestos de la mano, ese aire viciado. Enciende la luz y, tapándose la nariz, entra en la habitación, se dirige a la ventana y la abre. Mira ahora alrededor. Detiene su atención en los pósters. ¿Son los de siempre? ¿No los habrá cambiado? Está convencida de que las sonrisas de aquellos cantantes son ahora más sarcásticas; sus posturas, más obscenas; las greñas, más apelmazadas; los tatuajes, más macabros; los piercings, más dolorosos. Siente un escalofrío. Observa que las guitarras parecen hachas y los micrófonos, falos; tiene la sensación de que desde la pared la amenazan con navajas, cadenas, agujas, sierras, instrumentos de tortura cuyo uso es incapaz de imaginar, y que a su agonía asistirán ese monstruo cadavérico, ese arlequín ensangrentado, ese grotesco fantoche maquillado como un payaso y... la palabra le recuerda el día en que llevó a su hijo al circo, un verano allí en el pueblo. Cómo se reía con los payasos, si hasta se hizo pipí encima. Y hace unos días, ¿o fue hace años? cuando se lo recordé, soltó aquel juramento que todavía se me ponen los pelos de punta. Dios mío, pero si ya no lo conozco.
Permanece pensativa unos segundos. Mira los cajones del escritorio, y ve que de alguno de ellos asoma ropa sucia. Se pregunta si debería lavársela, pero le da miedo lo que se pueda encontrar al abrirlo. Sale de la habitación y cierra la puerta con cuidado, como si su pequeño estuviera dentro durmiendo.


4
Segunda jornada de la visita oficial de Satanás I a España, con algunos incidentes sin mayor repercusión. Esta mañana, mientras el monarca visitaba el Santiago Bernabéu, se ha manifestado en las cercanías del estadio un numeroso grupo de detractores del régimen satánico para exigir la celebración de elecciones libres en el averno.
Míralos ahí, dice el señor. Con la pancarta.
En la pantalla del televisor se puede ver a Darío Mínguez sosteniendo junto a otras personas una pancarta que reza "Un pecador = un voto".
La señora permanece en silencio, y su marido la mira extrañado. Lleva toda el dia sin apenas decir nada.
Al final de la protesta se ha encendido una hoguera a la que los manifestantes han echado agua en repetidas ocasiones hasta apagarla por completo.
¡Le han echado agua!, dice el marido intentando reírse. Se siente incómodo ante el silencio de ella. Mira que echarle agua, ¿has visto cómo...?
Lo interrumpe el sonido del móvil que su mujer lleva colgado alrededor del cuello. Ella mira el número que llama y se precipita a responder.
En el trayecto que lo llevaba del Santiago Bernabéu a unos conocidos grandes almacenes, donde se dirigía a comprar productos gastronómicos típicos de la región.....
¡Baja eso que no oigo nada!, le grita fuera de sí a su marido.
Éste vuelve a sorprenderse, ahora ante la violencia del grito. Hace un enorme esfuerzo y consigue levantar dos centímetros el trasero. Tantea a ciegas el cojín en busca del mando a distancia.
... Satanás I ha roto el protocolo al hacer detener el coche oficial para bajarse y saludar a sus...
Ha encontrado el mando y se pone ahora a apretar todos los botones sin ton ni son.
¡Que lo bajes! ¿Qué?, grita ahora al teléfono, ¿que no vienes a dormir?
En la pantalla se suceden ahora brevísimas secuencias de dibujos animados, un partido de fútbol, un fantástico robot de cocina, una película con Tommy Lee Jones, un anuncio de patés, un documental sobre volcanes. El marido sigue apretando botones, incapaz de descifrar los números y códigos que aparecen superpuestos sobre las imágenes.
¿Y con quién estás? ¿EH? ¿Con quién estás?, se desgañita la señora.
Tras un paseo por dos docenas de canales sin hallar el botón del volumen, el marido consigue volver a las noticias, donde se ve a un grupo de integristas coreando el lema ¡Queré mos ver! ¡Alú ci fer!
¿Te guardo unas albóndigas?, le pregunta la señora a su hijo, pero éste ya ha colgado.

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Ante su programa favorito, hoy se siente más tranquila. Ese hijo del demonio se va mañana a su país. Tres días dando la murga, con todo el país pendiente de lo que dice, lo que hace, sin hablar de otra cosa. Hasta su propia familia, parecía que les hubieran lavado el cerebro. Su hijo, prefiere no imaginar metido en qué, aún peor que de costumbre, y su marido, ¡haciendo preguntas y diciendo pues yo creo que esto y lo otro!, resulta que de repente tiene opiniones, que si Satanás, que si el infierno, que si acuerdos históricos. ¡Que se largue de una vez! Y hablando de irse, se pregunta a quién echarán a la calle en el concurso que está viendo. Espera que no sea a Javier. Si alguien se tiene que ir, que sea la otra, la...
Atención, interrumpimos la programación para informarles de una noticia de última hora, y en el tiempo que tarda en quedarse sin respiración, la señora apenas si es capaz de preguntarse qué habrá sucedido... mientras asistía a una corrida de toros en La Plaza de las Ventas… siente que las imágenes la han atado a un poste y que las palabras son ladrillos que le golpean la cabeza... datos por confirmar... empieza a llamar a gritos a su marido... situación todavía muy confusa... grita más y más fuerte... imágenes del presunto... se oyen los pasos de su marido... durante el cuarto toro de la tarde... que se acerca corriendo por el pasillo... el momento en que se levantaba para ovacionar al torero... oye que su marido le pregunta qué pasa... ¡míralo! ¡Tu hijo! ¡Tu hijo, que le ha metido un tiro al demonio! ¡Ay Señor pero qué has hecho hijo mío!



El Anticristo (versión 2) (work in progress)

Cuando el Anticristo llegó al país, se le recibió con gran pompa y circunstancia. Era su primera visita oficial y todo el mundo quería estar ahí para hacerse la foto con él. Mientras el presidente del gobierno y otras autoridades le estrechaban la mano al pie del avión, y a continuación se pasaba revista a las tropas, en los alrededores del aeropuerto tenían lugar enfrentamientos entre integristas satánicos y partidarios del pecado libre.
La señora García, que estaba viendo las noticias, no podía dejar de maldecir a aquella criatura infernal...
                                                                                      

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