miércoles, 22 de abril de 2015

Por el camino de Swann



Nadie llega virgen a las grandes obras de la literatura. Cualquiera que se acerque por primera vez al Quijote sabe, por muy joven que sea, de los molinos, Dulcinea y la llana sensatez de Sancho. El atrevido que se lance a por el Ulises es consciente de que no va a entender nada y, muy probablemente, no terminará la novela. Y todo aquél, como yo, que decide que por fin ha llegado el día de buscar el tiempo perdido, sabe que se trata de una gran saga con frases muy largas y protagonizada por una melancólica magdalena.

Y claro, así, después de la lectura viene el problema del "y ahora, ¿qué digo?". ¿Voy a tener la osadía de comentar una obra que, según los expertos consultados, es una de las mayores maravillas jamás escritas? Por suerte, el autor nos lo pone fácil, porque, contrariamente a lo que uno podría pensar, la lectura de Proust no necesita de 'preparación' alguna, y al igual que el joven matrimonio que quiere tener un niño se equivoca al esperar el momento propicio, pues éste nunca llegará, y el momento presente puede ser tan bueno como el futuro, si no mejor, dado que mañana ella puede encontrar un nuevo trabajo que requiera de todo su tiempo y energías, o él puede perder el suyo y entrar en una depresión que le induzca a pensar que traer una criatura a este mundo es el acto de mayor crueldad que el ser humano pueda perpetrar; así no hay un momento ideal para acometer esta obra, sino que, con cada minuto que posterguemos su lectura se va añadiendo un granito más al montoncito de arena de un precioso tiempo perdido y, éste sí, absolutamente irrecuperable. Apuntaos un punto si en esa frase tan absurda habéis detectado un lamentable remedo del estilo proustiano.

 Esto es todo lo que yo sabía de Proust hasta ahora

Al escribir sus grandes obras, algunos autores se dirigen al gran público. Otros se decantan por un público más selecto. No faltan los que van aún más lejos y escriben, sencillamente, para los críticos. Existen también aquéllos que, con algo más de vanidad, sólo piensan en la posteridad, mientras que, por el contrario, hay quien escribe con la intención de reafirmar, cuestionar, provocar o aniquilar el espíritu de la época. Proust, por su parte, y esto quizá os sorprenda, escribió Por el camino de Swann pensando únicamente y exclusivamente en el Niño Vampiro. Y a las pruebas me remito. Las siguientes líneas, por ejemplo, están basadas en un triste anticlímax de mi temprana madurez, el día que comprendí que llevaba años empeñado en convertirme en un idiota y que, para mi desgracia, lo había conseguido.

Y con esa cazurrería intermitente que le volvía en cuanto ya no se sentía desgraciado y que rebajaba el nivel de su moralidad, se dijo para sí: "¡Cada vez que pienso que he malgastado los mejores años de mi vida, que he deseado la muerte y he sentido el amor más grande de mi existencia, todo por una mujer que no me gustaba, que no era mi tipo!".

Pero antes, mucho antes de aquel desengaño por el amor malgastado, había sido la soledad y la angustia por el amor anhelado, en un episodio para el que Proust se inspiró en mis callejeos adolescentes de horas y horas acompañado de mi perra y buscando ni yo sabía qué.

Miraba tercamente el tronco de un árbol lejano, detrás del cual podría surgir la moza para venir adonde yo estaba: el horizonte escrutado seguía desierto; caía la noche, y sin esperanza ya, fijaba yo mi atención, como para aspirar las criaturas que pudiera ocultar, en ese suelo estéril, en esa tierra exhausta; y ahora pegaba no de gozo, sino de rabia, a los árboles del bosque de Roussainville, aquellos árboles que no servían de refugio a ningún ser vivo, como si fueran árboles pintados en un panorama, porque sin poder resignarme a volver a casa antes de abrazar a la mujer de mis deseos, no tenía más remedio que emprender el camino de vuelta a Combray, diciéndome a mí mismo que cada vez disminuían las probabilidades de que la casualidad me la pusiera al paso. ¿Y me habría atrevido acaso a hablarle si la hubiera encontrado? Creo que me hubiera tomado por un loco; yo no creía que existieran verdaderamente fuera de mí los deseos que formaba durante aquellos paseos y que no lograban realización, ni creía que los demás pudieran participar de ellos. Se me aparecían tan sólo como creaciones puramente subjetivas, impotentes e ilusorias de mi temperamento.

 Illiers, el Combray de Proust, en 1971 pasó a llamarse Illiers-Combray

El genio del artista consiste en convertir lo que en mi vida fueron momentos de un carácter vulgar y anodino no ya en poesía, sino en belleza. Pero afortunadamente, Proust no se limitó a tomar de mi vida sólo aquellos episodios susceptibles de adquirir una poética solemnidad. Me consuela saber que también le inspiré algunos momentos divertidos. Es sabido, por ejemplo, que para la descripción de esta señora (la tía del pianista en casa de los Verdurin), Proust tomó como modelo un alumno de mi clase de inglés:

Como era muy ignorante y tenía miedo de no hablar bien, pronunciaba a propósito de una manera confusa, creyendo que así, si soltaba alguna palabra mal pronunciada, iría difuminada en tal vaguedad, que no se distinguiría claramente; de modo que su conversación no pasaba de un indistinto gargajeo, de donde surgían de vez en cuando las pocas palabras en que tenía confianza.

 En algunos momentos, Marcel, que es como le gusta que lo llame, intentó que el modelo que le proporcioné no fuera del todo evidente. Fijaos en este fragmento a propósito de Swann y el monóculo:

La primera vez que se lo vio puesto, Odette no pudo contener su alegría: "Para un hombre, digan lo que quieran, no hay nada más chic. ¡Qué bien estás así, pareces un verdadero gentleman! No te falta más que un título".

Muy pocos saben que esta anécdota está vagamente inspirada en un compañero mío de universidad que se compró un estuche de violoncelo para darse un aire bohemio y pasearse con él por las terrazas de los bares. Y así, aunque quizá otro en mi lugar se hubiera indignado, o incluso habría acusado al bueno de Marcel de plagio, apenas os puedo dar cuenta del placer que ha supuesto para mí ver, página tras página, y me atrevería a decir que línea tras línea, sentimientos, experiencias, observaciones o ideas que a veces recordaba y otras veces descubría, pero que siempre habían estado ahí, en lo más recóndito de mi memoria. No de la inteligente, sino de la otra.

Proust tocando una serenata a Jeanne Pouquet, uno de los modelos para Gilberta Swann

La obra gira alrededor del concepto de memoria involuntaria, y es aquí donde entra en acción la célebre magdalena. Pero dejemos que lo explique el propio Marcel:

A decir verdad, yo hubiea podido contestar a quien me lo preguntara que en Combray había otras cosas, y que Combray existía a otras horas. Pero como lo que yo habría recordado de eso serían cosas venidas  por la memoria voluntaria, la memoria de la inteligencia, y los datos que ella da respecto al pasado no conservan de él nada, nunca tuve gana de pensar en todo lo demás de Combray. En realidad, aquello estaba muerto para mí.

(...) Considero muy razonable la creencia céltica de que las almas de los seres perdidos están sufriendo cautiverio en el cuerpo de un ser inferior, un animal, un vegetal o una cosa inanimada, perdidas para nosotros hasta el día, que para muchos nunca llega, en que suceda que pasamos al lado del árbol, o que entramos en posesión del objeto que las sirve de cárcel. Entonces se estremecen, nos llaman, y en cuanto las reconocemos se rompe el maleficio. Y liberadas por nosotros, vencen a la muerte y tornan a vivir en nuestra compañía.

Así ocurre con nuestro pasado. Es trabajo perdido el querer evocarlo, e inútiles todos los afanes de nuestra inteligencia. Ocúltase fuera de sus dominios y de su alcance, en un objeto material (en la sensación que ese objeto material nos daría) que no sospechamos.

Y todos, incluso los que jamás lo han leído, saben cuál es ese objeto y cuál esa sensación. Continuaría con mucho gusto la cita en ese punto (...y de pronto el recuerdo surge...), pero es que citaría con gusto cada frase de este libro.

Así, la magdalena despierta la memoria involuntaria, y ésta nos lleva a los días de Combray, a revivir la infancia del narrador y recuperar recuerdos del lector. La belleza de la escritura y el poder de evocación de esta novela que nos abruman a cada momento no tienen punto de comparación con nada de lo que yo haya leído antes. Pero una novela no alcanza las cimas del canon sólo a base de una linda y poderosa colección de recuerdos. Para ello hace falta más chicha. La maestría de Proust consiste precisamente en revestir historia, política, filosofía, arte, psicología y todas las grandes ideas de la época de un lenguaje rico, sutil y complejo que consigue entrarnos por todos los sentidos. Por el camino de Swann es, en definitiva, eso que debería ser la literatura: una obra eterna que es, ante todo, una novela de su tiempo.

Entre las ideas que riegan este Camino, es evidente, en primer lugar, la influencia de Freud, que ya había publicado La interpretación de los sueños y había desarrollado sus teorías sobre la asociación libre de ideas. También hay ecos, muy vagos y que no sé si más adelante se volverán más sonoros, del caso Dreyfuss, ecos que nos recuerdan la figura de Charles Ephrussi, crítico de arte de origen judío que se convirtió en una de las víctimas colaterales del antisemitismo desatado a raíz del célebre caso, y de quien hablé ya aquí. Ephrussi fue uno de los modelos que inspiraron a Proust el personaje de Swann, y destacó además por ser un inveterado japonista, uno de aquellos numerosos enamorados del arte nipón que tanta influencia tuvo en Francia, como, por otra parte, puede observarse en la novela, donde son constantes las referencias a elementos decorativos japoneses.

Otra idea quizá menos obvia o quizá, simplemente, fruto de mi imaginación es la de la relatividad del tiempo y el espacio, idea einsteniena que es también una de los rasgos esenciales del modernismo en el que se inscribe la novela. Fijaos en este maravilloso fragmento, en el que el narrador, durante un viaje en carruaje, se entretiene contemplando el juego del escondite que los campanarios de Martinville parecen jugar con él. Pide entonces papel y lápiz y se pone a escribir:

"Solitarios, surgiendo de la línea horizontal de la llanura, como perdidos en campo raso, se elevaban hacia los cielos las dos torres de los campanarios de Martinville. Pronto se vieron tres: porque un campanario rezagado, el de Vieuxvicq, los alcanzó y con una atrevida vuelta se plantó frente a ellos. Los minutos pasaban; íbamos a prisa y, sin embargo, los tres campanarios estaban allá lejos, delante de nosotros, como tres pájaros al sol inmóviles, en la llanura. Luego, la torre de Vieuxvicq se apartó, fue alejándose, y los campanarios de Martinville se quedaron solos, iluminados por la luz del poniente, que, a pesar de la distancia, veía yo jugar y sonreír en el declive de su tejado. (...) De cuando en cuando uno de ellos se apartaba, para que los otros dos pudieran vernos un momento más; pero el camino cambió de dirección, y ellos, virando en la luz como tres pivotes de oro, se ocultaron a mi vista. Un poco más tarde, cuando estábamos cerca de Combray y ya puesto el sol, los vi por última vez desde muy lejos: ya no eran más que tres flores pintadas en el cielo, encima de la línea de los campos. Y me trajeron a la imaginación tres niñas de leyenda, perdidas en una soledad, cuando ya ba cayend la noche; mientras que nos alejábamos al galope, las vi buscarse tímidamente, apelotonarse, ocultarse una tras otra hasta no formar en el cielo rosado más que una sola mancha negra, resingada y deliciosa, y desaparecer en la soledad."

La relatividad del espacio, la voluntad del artista impuesta sobre la realidad de los hechos, un estudio sobre la percepción, el desarrollo de la vocación literaria, y sobre todo una descripción poética, evocadora y sensual. Cada párrafo de Proust, aparte de bellísimo, es a la vez de una densidad y ligereza pasmosas.


Los paperolles, anotaciones añadidas por el autor en lecturas posteriores del manuscrito. Consistían en tiras de papel que se podían sumar a otras y alcanzar hasta un metro de longitud


Uno de los incontables momentos sublimes de la obra, un momento en el que se entrelazan de manera soberbia algunas de las ideas de la novela y la evocación poética y sensual del lenguaje de Proust, tiene lugar en una fiesta en la que Swann vuelve a oír un fragmento de una sonata de Vinteuil. Estamos en la segunda parte de la novela, Unos amores de Swann, donde se nos narra la relación entre Swann y Odette, que tiene lugar antes de que naciera el narrador y, por lo tanto, años antes de los acontecimientos descritos en la primera parte. Vinteuil es un músico desconocido para Swann, pero no para el lector, que ha sido ya testigo de su triste final. Swann, al principio de esta segunda parte, reconoce un pasaje de una sonata suya, un fragmento que para él representa la cima de la belleza y la sensibilidad musical, y el pasaje en cuestión se convierte en símbolo de su amor por Odette. Ya sabéis, "están tocando nuestra canción". Cuando, pasado un tiempo y varios altibajos en la relación, en la fiesta mencionada Swann vuelve a oír el pasaje de Vinteuil, se produce en él el tipo de reacción que, de haber sabido escribir, nos habría descrito uno de los perros de Pavlov.

Y antes de que Swann tuviera tiempo de comprender y de decirse que era la frase de la sonata de Vinteuil y que no había que escuchar, todos los recuerdos del tiempo en que Odette estaba enamorada de él, que hasta aquel día lograra mantener invisibles en lo más hondo de su ser, engañados por aquel brusco rayo del tiempo del amor y creyéndose que había tornado, se despertaron, se remontaron de un vuelo, cantándole locamente, sin compasión para su infortunio de entonces, las olvidadas letrillas de la felicidad...

La música ha dejado de ser bella por sí; su belleza se la proporciona ahora el recuerdo de Odette. Los efectos de la música sobre el alma de Swann ocupan entonces cuatro páginas más, a las que no les sobra ni una palabra. Pero entonces el significado de la melodía -y su efecto sobre el recuerdo- parece volver a desdoblarse:

Por primera vez el pensamiento de Swan saltó en un arranque de piedad y cariño hacia aquel Vinteuil, aquel hermano sublime, que tanto debió de sufrir. ¿Cómo sería su vida? ¿De qué dolores debió sacar aquella fuerza de Dios, aquella ilimitada potencia de crear? 

Ya he dicho que el lector ha sido testigo, cientos de páginas antes, del sufrimiento de Vinteuil. En estas páginas, pues, merced a una sonata de violín, narrador, personaje y lector se funden en la experiencia del tiempo recobrado, el tiempo presente y el tiempo anticipado. En otras palabras, de la mano de Proust y Swann, el lector consigue recordar el futuro. O algo así. No soy Proust y no sé expresarlo, pero en un libro que deslumbra y embelesa a cada página este fragmento me ha deslumbrado y embelesado como pocas veces lo ha conseguido un libro.

En definitiva, mientras otros autores sólo pueden, en sus mejores momentos, llegar a escribir obras maestras, Proust escribió En busca del tiempo perdido. Enfrascado estoy ya en A la sombra de las muchachas en flor, que, como observaréis por el título, también está inspirado en mi escasamente memorable adolescencia. Sólo Proust podrá convertir en oro literario tantos momentos olvidables.

Punto final.

Junto a su madre, Jeanne Weil, y su hermano Robert
___________________________ 

Mención aparte merece la edición de Alianza. El volumen que he leído es una de esas joyas de la editorial, de la serie Biblioteca 30 aniversario, con la tapa dura, cinta de lectura y biografía al final con impresionante álbum de fotos. La traducción de éste y, creo, los dos siguientes volúmenes, corrió a cargo de Pedro Salinas, y el resto, de Consuelo Berges. Desconozco cuántas traducciones se han hecho al español de esta obra, aunque dada la magnitud de la obra, dudo que hayan sido más de un puñado. Gran poeta, Salinas brilla en su traducción, aunque hay que decir que no estoy del todo convencido de que esta versión deba ser absolutamente intocable, como sí parecieron pensar los de Alianza.

Es cierto que, con ciertas obras, una traducción "de la época" puede ser preferible a una más contemporánea. Así, en una novela como ésta, sobre el tiempo y el recuerdo, quizá ese tono ligeramente anticuado acentúe un tanto su carácter poético y melancólico. Podemos, por tanto, aceptar palabras como pistache en lugar de nuestro hoy familiar pistacho, accionan en vez de actúan, como diríamos hoy ("nuestras pasiones no accionan sobre nosotros más que en segundo lugar"); o incluso podemos pensar que la traducción al español de los nombres propios -Francisca, Leoncia, Gilberta- da cierto sabor añejo al texto. Más discutible es, probablemente, hablar de un duro ("mamá me ponía en la mano un duro"), pero lo que me ha provocado franca irritación son los constantes laísmos, leísmos y loísmos, a cual de ellos más chirriante: "Empezaba a serla difícil", "los sugería que", "habíale yo olvidado". Y yo que, tonto de mí, pensaba que leísmo y loísmo eran mutuamente excluyentes: si alguien dice "ya le he comprado", ¿por qué va a decir "lo regalé un libro"? Pues evidentemente me equivocaba. En definitiva, Salinas era un gran poeta y traductor, pero tenía un serio problema con los pronombres.Y así, mi pregunta es, ¿piensan los de Alianza que dicha masacre pronominal reviste la obra de un aroma entrañable y castizo, o sencillamente, ni se han dado cuenta?

Afortunadamente, Proust es tan grande que vence al tiempo, conquista la eternidad y derrota al laísmo.


martes, 21 de abril de 2015

Laie, Sant Jordi y twitter

La librería Laie, en Barcelona

Una de mis librerías favoritas de Barcelona es Laie, en Pau Claris. He recibido de ellos esta invitación para promover y participar en una iniciativa tuitera con motivo de Sant Jordi. El objetivo, llenar twitter de nuestras frases literarias favoritas. El reto, que aparezcan las menos posibles de Coelho. ¿Podremos conseguirlo? Además hay premio.

Aquí tenéis más información:


Invitamos a los bloggers literarios a una cita con la literatura

La librería Laie de Barcelona quiere fomentar la buena literatura desde que abrió sus puertas en varios puntos clave de la ciudad. Este Sant Jordi, día del libro, queremos que todo Twitter hable de buenos libros.


Para eso, hemos creado un hastag, #Tienesunacita que queremos lanzar desde ahora hasta el día 23 de abril. Invitamos a los usuarios lectores a que compartan en Twitter sus citas literarias favoritas acompañadas de#Tienesunacita y @laietana. Los tuits serán retuiteados por Laie y la revista www.paseodegracia.com para amplificar el impacto.


Nuestra vocación es la lectura y estamos dispuestos a contagiar a Twitter. ¿Te apuntas? Ponemos unos cuantos premios en el sedal.


Aquí están los detalles:

Este Sant Jordi, #Tienesunacita con la @laietana.
 
Una cita con la cultura

Sea de Vila-Matas, Montaigne, Marx (Groucho) o Doroty Parker, todo el mundo tiene una cita preferida. ¿Cuál es la tuya?
 
Este San Jordi Laie os invita a compartirla con los autores, vuestros amigos, followers y con nosotros. Postea tu cita en Twitter, Facebook o Instagram entre hoy y el 23 de abril citando el autor y seguida de #tienesunacita y @laietana. Sorteamos un Año de cultura gratis*. Cada cita es una participación, cuantas más citas compartas, más posibilidades tendrás de ganar.
 
Una cita con premio

Sabemos que os gusta leer, por eso el ganador, podrá escoger durante un año, un libro gratis cada mes de entre la lista de los recomendados de Laie.
Sí, doce libros gratis para que no te pierdas lo mejor de la literatura, arte, diseño...
 
El premio incluye una serie de experiencias culturales en Barcelona, que iremos desvelando en nuestras redes sociales durante estos días.
 
Laie en colaboración con www.paseodegracia.com ha producido totebags de edición limitada, 100% algodón.
Si participas en el concurso, te llevas una totebag de regalo enseñando el pantallazo con tu frase preferida al realizar tu compra en cualquiera de las tiendas Laie de Barcelona; Estarán disponibles desde el día 10 de abril en Laie Pau Claris, MACBA, CCCB, Museu Picasso, La Pedrera, Museu Nacional d’Art de Catalunya, Recinte Modernista de Sant Pau, CosmoCaixa y CaixaForum, hasta agotar existencias.
 
El Día de San Jordi, las primeras 50 personas que pasen por los stands de Laie se llevarán una bolsa gratis al enseñar su cita compartida. Presta atención a nuestros canales de Facebook y twitter, a última hora del día de Sant Jordi sortearemos entre todos los participantes el lote de libros y el Año de cultura gratis.
  
Una cita con descuento

Si muestras tu cita desde hoy hasta el día 22 de abril en cualquiera denuestras librerías además de participar en el concurso, y llevarte una bolsa obtendrás un descuento del 5%.
 
Una cita con los autores

Como siempre en Sant Jordi, los mejores autores estarán presentes en los dos stands de Laie en el Paseo de Gracia para firmar libros. Consulta esta página a partir del día 10 de abril para consultar la lista y horarios definitivos.
 
¡Os deseamos a todos un Feliz Sant Jordi!

jueves, 9 de abril de 2015

Cuentos perdedores (8)


Si no de otra cosa, disfrutad por lo menos del Gran Combo.


El plazo vencido

Me encontré con la Muerte en el mercado de la Boquería. Al principio, vi sólo su capucha negra y la reluciente guadaña, que descollaban entre la gente. Se encontraba de espaldas a mí, pero pude observar que se estaba girando con mucha lentitud, como si estuviera barriendo con la mirada todo el espacio a su alrededor, y supe que de un momento a otro, habiendo completado el giro, la tendría ante mí. Debería haber emprendido la huida de inmediato, pues sabía muy bien a por quién venía, pero un cansancio de años se adueñó de mí y me forzó a afrontar mi destino. Cuando, en su macabro e interminable giro, me mostró su perfil, me apreté contra el pecho la bolsa con la compra como un guerrero que se protege con su escudo. Finalmente, de entre la negrura del interior de la capucha se dejó entrever su rostro putrefacto, con las cuencas de los ojos vacías y dos agujeros por nariz. En el último instante, decidí que en realidad no estaba listo para afrontar mi destino, tiré la compra al suelo, me di la vuelta y, atravesando el gentío de clientes, mirones y turistas, eché a andar lo más deprisa que pude hacia la salida de atrás. Cuando vi por fin el cielo, pensé que le había dado esquinazo, pero lo que me parecía un rayo de sol que me deslumbraba era en realidad un destello de la maldita guadaña. Tenía a la Muerte ante mí.

Hice un pequeño y rápido amago hacia la derecha e intenté escabullirme pasando por su lado izquierdo.

-¡Detente!

Obedecí. Era imposible no someterse a la voluntad de aquella voz de ultratumba. Nos miramos por espacio de unos segundos, yo a través de mis gafas; ella, desde las cuencas de sus ojos. Rompió por fin el silencio.

-Volvemos a encontrarnos.

-Sí.

-Me engañastes la última vez. Te ordené venir conmigo y huistes.

Lo recordaba muy bien. Nuestro primer encuentro había tenido lugar diez años atrás. Entonces se me había aparecido en un probador de la planta de caballeros de El Corte Inglés, donde estaba probándome el traje de boda. Me acababa de abrochar los pantalones y el cinturón, y estaba admirando el lustre de mis zapatos italianos, cuando, al levantar la vista y mirarme en el espejo, me topé con el reflejo de su imagen detrás de mí. La verdad es que casi me morí del susto.

-Es que en aquel momento no podía acompañarte -me defendí-. Me faltaba una semana para casarme. No podía abandonar a mi novia en aquel momento.

-¡Silencio! ¿Acaso piensas que eso es de mi incumbencia?

Mientras tanto, la gente intentaba pasar a nuestro lado. Algunos chasqueaban los dientes y otros, más impacientes, se quejaban entre juramentos de que estábamos obstaculizando la entrada al mercado.

-No, claro que no.

-Y no contento con ello, ¡volvistes a mentirme!

La segunda vez que nos encontramos tuvo lugar dos años después del primero. Había salido del hospital y decidí tomar un taxi. Cuando me hube sentado, el taxista me preguntó si sabía ya cuál era mi destino. No me percaté de lo extraño de aquella pregunta hasta un par de segundos más tarde, cuando había empezado a darle la dirección y vi su repulsivo rostro en el retrovisor.

-Pero, ¡mi hijo acababa de nacer! ¡No había cumplido todavía ni un día de vida! Mi mujer había tenido un parto de 9 horas, y la había dejado dándole el pecho al bebé. ¿Cómo iba a abandonarlos? Ponte en mi lugar.

-¡Basta! ¡Nada de eso me interesa! He venido a por ti y esta vez no vas a poder escapar. ¡Me acompañarás ahora mismo!

La gente seguía intentando entrar y salir del mercado, y nos lanzaban miradas de odio. Nadie parecía dispuesto a acudir en mi ayuda. Hice un rápido repaso de mis circunstancias personales en aquel momento. No había boda ni embarazo inminentes. Ni siquiera una triste enfermedad. De acuerdo, mi hijo mayor tenía sólo ocho años y la pequeña seis. Sería muy duro para ellos perder a su padre, pero podrían reponerse. Mi seguro de vida y el trabajo de mi esposa, mejor pagado que el mío, garantizaban que no les faltaría de nada. Así pues, no me quedaba ninguna carta por jugar. Había llegado mi hora. Y sin embargo, en el último segundo, algo dentro de mí escapó a mi control y, sin saber como, abandoné mi resignación:

-¡No! -grité con determinación y apenas un rastro de titubeo.

Se hizo un silencio... sí, de muerte, y pasaron así unos segundos.

-¿Cómoooo? -gritó al fin.

-¡No te pienso acompañar, no! ¡Todavía me quedan muchas cosas por hacer en esta vida! Quiero... -el miedo me forzó a decir todo esto de carrerilla- quiero ver crecer a mis hijos, quiero tener en mis brazos a mis nietos, quiero escribir un libro, aprender inglés, volar en globo, convencer a mi mujer para montar un trío; quiero subir al Machu Pichu, quiero ver qué pasa cuando las letras de las matrículas de los coches lleguen todas a la z, quiero... ¡quiero vivir, así que lárgate con viento fresco!


De repente me pareció que se hacía más y más alta, y que desde su altura me miraba con infinito desprecio. Empezó a temblar de ira y presentí que estaba a punto de fulminarme con un relámpago, hervirme vivo allí mismo, o simplemente mandarme al otro barrio con un golpecito de su dedo índice. Agaché la cabeza, se me había acabado la osadía. Esperaba sentir de un momento a otro el filo de la guadaña atravesándome la nuca, cuando vi de repente una manchita pequeña, redonda y oscura en el suelo. Y en seguida apareció otra. Y otra más. ¿Había empezado a llover? Levanté la mirada, incrédulo. La Muerte estaba llorando.

-Por favor -dijo ahora con un hilito de voz.

-N-no -respondí, totalmente confundido.

Repitió su ruego, sin mucha convicción, y yo mi negativa con toda la delicadeza de que fui capaz. Tras unos instantes de vacilación, terminó, cabizbajo, por darse la vuelta y enfilar calle arriba, en dirección a la Calle del Carmen. Todavía embargado por la confusión y ahora, además, espoleado por la curiosidad, me puse a seguirla, intentando mantener las distancias. Poco a poco, sin embargo, fui perdiendo el miedo y empecé a aproximarme a ella. A la altura de Pintor Fortuny, me coloqué a su lado, y cuando llegamos a Elisabets la invité a un café en el Kasparo.


Me contó su situación. Llevaba más de un año sin conseguir llevarse a nadie consigo. Su presencia ya no inspiraba pavor, sus súbitas apariciones no provocaban más que enfado, y eso en el mejor de los casos, pues no era raro que se pitorrearan de ella. Sanos o enfermos, jóvenes o viejos, sus elegidos le habían perdido completamente el respeto. En una ocasión incluso habían llegado a agredirla. Estaba en una situación desesperada.

-¿Sabes? -me confesó-, hasta he pensado en hacer una locura.

-¿Cómo? No digas tonterías. Tú no puedes suicidarte. Eres la Muerte.

Intenté animarla con un argumento que me parecía incuestionable: estaba viviendo su edad dorada. No tenía más que leer los periódicos. El horror estaba a la vuelta de la esquina: bombas, secuestros en masa, degollamientos, pistoleros enloquecidos; vivíamos en un mundo donde ya nadie podía sentirse a salvo de ella.

-¡Pero si las cosas nunca te han ido mejor!

-Es todo lo contrario -dijo.

Desde hacía unos años, me explicó, la gente, en efecto, vivía con el miedo a morir en cualquier momento y lugar. Y así, poco a poco, la locura y el fanatismo habían ido apropiándose de las características que, por derecho propio, le pertenecían a ella: la injusticia y la fatalidad. Tanto era así que la sociedad ahora aceptaba que uno pudiera morirse de un bombazo en un autobús o degollado mientras veraneaba, pero ya no toleraban que la Muerte se les presentara para anunciarles que había llegado su hora. El azar del horror había usurpado su lugar y había hecho de la Muerte una intrusa.

Iba a responderle que eso no podía ser, que simplemente estaba pasando por una crisis, que su problema no era más que falta de confianza y que el mundo seguía necesitando de ella, quizá ahora más que nunca. Todo eso iba a decirle, pero, como si hubiera adivinado mis pensamientos, en cuanto abrí la boca me encontré con su mirada. En el negro fondo de aquellas cavidades vi mezclados el cariño y el reproche.

-Ya lo sé -admití-, yo también me he portado mal contigo. Pero...

-Déjalo, qué más da.

Sentí que tenía que hacer algo por ella. Se me ocurrió que, después de todo, quizá esas palabras que había estado a punto de decir no fueran del todo desencaminadas: teníamos que recuperar el miedo a la verdadera fatalidad, aquella que nos asalta en el momento en que dejamos de mirar hacia atrás por encima del hombro, la que nos compadece desde los ojos del médico, la que nos susurra desde el revólver de un atracador, la que vemos al volante del coche que se nos viene encima. Sí, nuestra sociedad necesita a la Muerte. Me puse manos a la obra: decidí ayudarla y, para ello, le propuse un trato (con unas condiciones, eso sí, sumamente ventajosas para mí).

Tres meses después de aquel día, la Muerte está irreconocible. Ha recuperado su antigua prestancia y, con ella, su orgullo. Ha dejado de arrastrar los pies y ha adoptado un paso decidido y enérgico que, al decir de algunos, no casa muy bien con su ocupación, aunque yo no estoy de acuerdo. Ya no dice "fuistes" ni "terminastes" y no necesita desgañitarse para imponer su autoridad. Más bien al contrario: su mera presencia basta para causar verdadero pavor allá donde va. Y lo más importante es que ya ha conseguido llevarse a tres víctimas. La primera, un señor al que le acababa de tocar la lotería, opuso bastante resistencia, por lo fue preciso que interviniera yo. Las otras dos, sin embargo -una viuda que, tras diez años de soledad había vuelto a encontrar el amor, y un joven que salía muy satisfecho de su primera entrevista de trabajo- las solventó perfectamente ella sola mientras yo me limitaba a observarla desde una distancia prudencial y tomar notas.

Hoy la Muerte vuelve a sonreír y sabe, pues así se lo he prometido, que, cuando venga a por mí, dentro de 45 años, la acompañaré sin rechistar.

*   *   *

lunes, 30 de marzo de 2015

La vida en un palomar



Palomar es un pueblo situado en algún lugar de Centroamérica, que vive anclado en un pasado casi mítico al tiempo que mira de reojo hacia el Gran Sueño Americano. Palomar, donde no ha llegado el teléfono, oculta maravillas arqueológicas como esas gigantescas y misteriosas esculturas de una antigua civilización india, y delicias culinarias como las babosas fritas. No muy lejos de Palomar, aferrados a sus costumbres ancestrales, todavía quedan algunos indios que habitan en las colinas, morada también de panteras que, si bien tremendamente agresivas, no son quizá tan peligrosas como los monos que viven en el pueblo mismo. Estos monos se convierten de vez en cuando en una temible plaga, y los habitantes del pueblo se ocupan de ellos a tiro limpio o abriéndoles la cabeza a golpe de palo. Bienvenidos a Palomar.

Gilbert "Beto" Hernández, nacido en California hijo de mexicano y tejana, me sorprendió más que gratamente con Tiempo de canicas. Descubrí en esa lectura a un autor excelente que, en mi ignorancia, intuía que era capaz de grandes cosas. Luego, investigando por ahí, constaté que, cosas no grandes sino enormes, las había hecho hacía ya tiempo. Entre otras, con su novela gráfica y, en especial, con la serie que nos ocupa, había creado todo un mundo literario tan universal  como Yoknapatawpha, tan humano como el Wessex de Hardy, y tan fogoso como (suspiro) Macondo (para explicación del suspiro, seguir leyendo). Este mundo, que ya os he descrito muy someramente, se llama Palomar, y empezó a darse a conocer allá por 1983, a través de la publicación Love and Rockets, que el propio Beto había lanzado junto a su hermano Jaime, otro grande de la novela gráfica.



El extraordinario libro del que os hablo tiene como subtítulo 'Historias de "Sopa de gran pena"', pero creo que el título de Palomar que le ha dado la editorial La Cúpula es más que acertado, dado que fue en estas historias donde nació, se desarrolló y, lejos de morir, se inmortalizó el pueblo.



Los incontables argumentos de estas historias de "Sopa de gran pena" nos muestran, en primer lugar, las relaciones entre los habitantes del pueblo, un lugar donde todos se conocen desde niños, donde pocos conocen a sus padres biológicos, y donde a ratos todos parecen estar emparentados. En segundo lugar, asistimos también al modo en que dichos habitantes reciben, toleran o repelen a los que vienen de fuera, sea de forma temporal, para realizar excavaciones arqueológicas, sea para huir y esconderse del mundo, sea de regreso para jactarse de su triunfo en la vida. Pero si hubiera, que no sé por qué iba a haberlo, que hallar una especie de hilo central, habría que referirse sin duda a Luba, esa figura casi arquetípica de una prehistórica deidad matriarcal.


Luba es, al principio, una de esas recién llegadas al pueblo, y nadie sabe de dónde ha salido ni cuál es su historia. Se gana la vida dando baños a los hombres, oficio en el que tendrá que competir con Chelo, hasta ese momento la bañadora oficial de Palomar. Luba vive en un camión y está rodeada de mujeres y niñas. No tardamos en averiguar que todas ellas son de distinto padre y que ninguna sabe de quién es hija. Luba destaca por su fuerte e indomable carácter, por su belleza india y por sus enormes pechos, pero Hernández se cuida mucho de presentarnos a una supermujer. Antes al contrario, si Luba tiene que enfrentarse con algo, no es tanto con la violencia y la estupidez de un mundo machista (uno de los viejos dichos de Palomar es que se trata de un lugar, y cito de memoria, "donde los hombres son hombres y donde las mujeres necesitan sentido del humor"), sino sobre todo con sus propios defectos y debilidades: la incapacidad de mantener una relación estable, la imposibilidad de mantener las piernas cerradas, su inclinación por hombres tan poco proclives como ella a la estabilidad, el peso de sus traumas, que le impiden llorar y, en el aspecto físico, sus piernas de gallina. Los pechos de Luba idiotizan a los hombres, pero este personaje tiene muy poco de icono sexual. Luba es ante todo un símbolo de la fuerza de la mujer en su aspecto, digamos, más social y contemporáneo, así como de la mujer mítica dadora de vida.



Luba, no obstante, es tan sólo uno de los muchísimos personajes que pueblan estas páginas. De sus vidas, Hernández nos muestra retazos, pero tan bien escogidos y secuenciados como sólo puede hacerlo un maestro. A ratos viajamos a su infancia, de ahí a su madurez, volvemos a visitar su infancia y no pocas veces nos paseamos por su muerte. Pero en Palomar, magia de la literatura y talento de Hernández, la muerte nunca pone punto final a las historias.

Palomar nos introduce también en la vida, por ejemplo, de Vicente, cuyo rostro tiene una terrible desfiguración de nacimiento; Carmen, la pequeña peleona; Heraclio, el lector; Israel, el musculitos de versátil sexualidad, cuya hermana gemela desapareció de niña; Gato, el maltratador y fracasado emprendedor; Ofelia, la sacrificada y dolida solterona; Chelo, la bañadora de armas tomar que llega a sheriff; Tonantzín, la bellezona demasiado idealista para este mundo, y varias decenas más. No hay duda de que las mujeres son las grandes protagonistas del libro, y parece ser que éste tiene legiones de lectoras. En todo caso, no obstante, todos y cada uno de los personajes son muchísimo más ricos de lo que un par de adjetivos pueden injustamente dar a entender. Sus vidas no se cruzan sino que se entrelazan, y si alguna vez os habéis preguntado de cuántas maneras se pueden relacionar los habitantes de un pueblo, este libro os dará una idea bastante aproximada.

La serie iniciada con esta colosal novela continuó con otras como Luba o Río Veneno. La primera de ellas, como la que nos ocupa, tiene más de 500 páginas y, tras haberla localizado en la biblioteca, ya me estoy frotando las manos. La lectura de Palomar, no obstante, encierra un peligro, y es que el frenético ritmo que, involuntariamente, el lector a veces le impone no es el más adecuado para disfrutar de esta obra. Por mucho sexo, tiros, asesinatos, recuerdos y traumas de la infancia, peleas, epifanías, desapariciones, el chit chit de los monos, ojos arrancados, amistades eternas, gritos, navajazos, rencores, babosas fritas, arrestos, perdedores y folleteo por doquier, Palomar requiere una lectura reposada. De lo contrario, puede hacerse difícil seguir el ritmo de los cambios de escena, los saltos adelante y atrás en el tiempo, y los numerosos comienzos de historia in media res. Sin duda esta estructura es resultado del modo en que las historias se fueron publicando a lo largo de trece años en Love and Rockets, lo que asimismo provocó que, con cada nueva entrega, las historias fueran ganando en complejidad y profundidad. Otra de las bienvenidas consecuencias de esta publicación por entregas es la libertad con la que Hernández entra y sale de la vida de sus personajes. Como he apuntado más arriba, allí donde quizá hemos dejado a un personaje muerto y enterrado, el autor decide volver a él y sacar a la luz un episodio de su juventud que finalmente enlazará  -o no- con otro del que ni él mismo tiene todavía conocimiento. Tanto crítico hablando de Gabo y a ninguno se le ocurre el nombre de Dickens... Como diría cualquiera de los personajes, ¡tsk!


Porque parece ser que a algún crítico se le ocurrió un buen día la comparación con García Márquez, y, como podéis imaginar, allí se lanzaron en tromba todos los demás críticos. Así, las voces que relacionan esta obra con el realismo mágico son casi tan unánimes como las que se refieren a Palomar como el Macondo de la novela gráfica. Ya sabéis lo populares que son ese tipo de comparaciones entre todas las especies de críticos y periodistas: el Nobel de la televisión, el Proust japonés, el Maradona de los Cárpatos... Sin embargo, constato con alivio que no soy el único en pensar que dicha comparación es, cuando menos, desacertada. En mi opinión, por muchas insólitas delicias culinarias, civilizaciones ancestrales, plagas de monos o cementerios de esculturas sumergidas, en Palomar no hay realismo mágico. La única magia que hay en estas historias de un realismo, si queréis, mítico, es la que les imprime el autor. Con eso no quiero decir que la comparación con Gabo sea del todo descabellada, pues es innegable que ciertos elementos nos pueden recordar al colombiano: en Palomar se respira ese promiscuo aire caribeño de El amor en los tiempos del cólera; el pueblo está anclado, como ya he dicho, en un pasado mítico que nos puede hacer pensar en Cien años...; y la violencia de sus calles nos puede traer a la mente Crónica de una muerte anunciada. Pero no os engañéis: Palomar es grande por sí solo.


jueves, 19 de marzo de 2015

Esos otros placeres lectores


En las últimas semanas, Norman Manea y Rodrigo Fresán me han proporcionado sendos grandes placeres lectores, eso sí, de muy distinto signo.

Con el rumano Norman Manea, de quien hablé hace ya unos años a raíz de su impresionante El regreso del húligan, el placer ha sido el de la relectura, no de aquella autobiografía novelada, sino de un libro aún más oscuro en todos los sentidos, El sobre negro.


La relectura es un placer, con frecuencia más reivindicado que ejercido, del que existen por lo menos dos tipos. El primero consiste en leer en la madurez aquellas obras que nos marcaron en nuestra cada día más lejana juventud. Como sabéis, este tipo de relectura es un arma de doble filo. Uno puede, evidentemente, redoblar aquel gozo con la ayuda ahora del bagaje que los años, los kilos y otras muchas lecturas le han proporcionado, y descubrir así que aquella obra que tanto lo impresionó guardaba muchos secretos que sólo ahora podemos descubrir. Pero también puede suceder lo contrario, y sorprenderse uno al ver que El viejo y el mar, esa inolvidable novelilla que se zampó con pasión en una tarde, no tenía 100 páginas sino 500.



Pero existe, como digo, otro tipo de relectura, y es la que consiste en terminar un libro y acto seguido, o casi, volver a la primera página. Esto no me suele suceder muy a menudo, y cuando ocurre, se debe, como en este caso, no tanto al placer de la lectura como a la perplejidad que nos ha producido el libro en cuestión, y a la necesidad de entenderlo aunque sea un poquitín. Porque El sobre negro plantea al lector un enorme desafío. Yo, en este caso, lo he aceptado y lo he vuelto a aceptar. No sé si he salido airoso, pero sí con la cabeza muy alta.

*   *   *

Rumanía en los años 80 no era lo que se dice un buen sitio para vivir. De hecho, de todo el bloque del este, en aquel momento era probablemente en Rumanía donde la escasez y la miseria eran el mendrugo seco nuestro de cada día. No había vida sino supervivencia, y la esperanza sólo se podía encontrar en el diccionario. Por si eso fuera poco, al igual que en tantos países donde de la noche a la mañana se pasó de una dictadura a la contraria, la amnesia histórica se había encargado de enterrar crímenes y privilegiar a sus responsables.

 (Las fotos de Bucarest son del blog www.atomic-tangerine.com)

Verter un poco de luz sobre esa amnesia general es precisamente lo que se propone el protagonista, Anatol Dominic Vancea Voinov, Tolea para los amigos. Tolea perdió a su padre en oscuras circunstancias cuarenta años atrás. Oficialmente, Marcu Vancea se suicidó, desesperado por la persecución que lo estrangulaba y el infortunio que golpeó a su hijo, Tolea, en un desgraciado accidente de bicicleta. Éste, sin embargo, hoy sospecha que alguien lo empujó al suicidio, y recuerda aquel misterioso sobre negro que recibió su padre días antes de su muerte. Tolea se lanza, pues, a intentar reconstruir aquel episodio, a la vez que recorre un Bucarest sucio, tenebroso y pútrido, donde no se puede sobrevivir sin trapicheos, y donde en cada rostro se puede esconder una cicatriz junto a la ceja, señal definitiva, para Tolea, de que se halla ante un "sustituto".


Ése sería un resumen aproximado del tenue hilo argumental que enhebra la novela, pero El sobre negro esconde mucho más. Quizá sería más preciso decir oculta. O entierra. No: incinera y lanza las cenizas a un vertedero. Nuclear. Dicho de otra forma, Manea no nos lo pone fácil, y es que, como ya señalé al hablar de El retorno del húligan, lo que me gusta de Manea y, sin duda, lo que desespera a muchos lectores, es que es uno de esos autores que parecen escribir exclusivamente para ellos mismos. Así, Manea trufa esta novela de referencias que el lector no sabe por dónde coger. Verbigracia, Macrobio. ¿Qué os parece? ¿Cómo, que no os suena? Pues nos dice la wikipedia que se trata de un escritor romano de cuya vida poco se sabe, pero suponemos que su relevancia viene por el hecho de que el dicho Macrobio es el autor de Comentario al sueño de Escipión, un prolijo comentario a Sobre la república, de Cicerón. O quizá no, quizá se trata de otro Macrobio más ignoto todavía. En cualquier caso, si conseguimos dilucidarlo nos salen luego Baronio, Gerberto y Otón III. Pues bien, con esta incerteza, como quien va en chanclas por un lodazal lleno de bichos con dientes y aguijones, es como se siente el lector en cada página. Un gustazo.


Todos los personajes sin excepción consiguen, dentro de su insondable misterio, captar el interés del lector, que acaba, junto con el propio Tolea, perdiendo la razón y viendo cicatrices en todas las cejas. Probablemente sea el doctor Marga el más enigmático de todos. Marga trabaja en un centro psiquiátrico y vive con holgura. En su juventud fue, junto a otros personajes, compañero de estudios de Tolea y estuvo enamorado de la hermana, quien un buen día conoció a una especie de mesiánico misionero con quien se casó y se fue a vivir a no recuerdo dónde. Eso sucedió poco antes del funesto accidente de bicicleta de Tolea. Años más tarde, el profesor Tolea fue expulsado de la enseñanza por culpa de un escándalo sexual, y, protegido por el propio Marga, recaló como conserje en un hotel bucarestino, lúgubre y sórdido como sólo podía serlo un hotel rumano de medio lujo. Y un buen día, quizá a raíz del brutal suceso que abre la novela, un suceso que conmueve y horroriza a toda la ciudad, Tolea empieza a buscar respuestas, y, de manera un tanto incauta, las acabará buscando en casa de Marga.

 Alegoría de la Prudencia, de Tiziano, es un motivo fundamental en el libro

Desde la crónica del suceso que abre la novela hasta el final, que, como os podéis imaginar, es abierto de par en par, se suceden decenas de pequeñas historias que, a su manera, se van entrelazando. Asistimos a escenas fascinantes como la que tiene lugar entre Tolea y la "sacerdotisa" en ese edificio a las afueras de la ciudad después del terremoto; los retazos del sueño constante que tiene lugar en un avión con una azafata de generosos senos, o la conversación con Tiziano. Y qué decir de esa charla con Venera, que Manea decide repetir. Oímos también hablar del griego Ianuli, un revolucionario casi legendario que abandonó su país para seguir con su lucha en Rumanía, y tenemos, entre otros muchos personajes, a Toma, administrador del piso donde vive Tolea y encargado de redactar informes sobre los vecinos. Todo ello está narrado con constantes y sutiles cambios del punto de vista, de estilo y, por si fuera poco, con escenas que parodian un clásico de la literatura rumana. Sabemos que en el centro hay un nudo un poco tosco que ata unas historias y personajes a otros, pero sabemos también que esas historias son como hilos de diferentes colores, grosor y tamaño y que, además, van a quedar sueltos.

Suponemos que Manea nos ha querido hablar de la violencia ejercida desde el poder, de la libertad, de la humillación, de la cobardía y, sobre todo, de un concepto que se repite de principio a fin: la indiferencia. Así que, si el lector no se empeña en "entenderlo" todo, o, para ser más precisos, si se conforma con entender sólo un poquito, puede disfrutar de una gran novela.



Rodrigo Fresán, por su parte, me ha proporcionado otro gran placer lector, que es el del abandono a mitad de lectura. Bueno, en realidad no he llegado ni a un tercio, pero lo he dejado sin remordimientos y con la conciencia muy tranquila.

A Fresán no sólo lo admiro, sino que lo tengo en un pedestal desde que leí Jardines de Kensington. En aquella novela, la impresionante capacidad de inventiva del autor, sabiamente mezclada con los elementos biográficos, consiguió que obviara esos rasgos de su escritura que más me irritan y que me rindiera a una narración que combinaba estupendamente la fantasía con la historia y la cultura pop. En La parte inventada, sin embargo, Fresán ha dado rienda suelta a sus tics y, desgraciadamente, en esta ocasión, a mi juicio, no hay una narración capaz de redimir ese desenfreno.

La parte inventada es un libro que entusiasma tanto a críticos como a lectores. La opinión de los primeros, en un mundillo donde los desmedidos elogios al colega son parte inexcusable del protocolo, me parece completamente irrelevante y no le pienso dedicar una palabra. En cuanto a los segundos, entiendo perfectamente su entusiasmo, pese a que mí la novela no me ha gustado. Y lo entiendo porque hay un hecho innegable: La parte inventada es un libro muy agradable de leer. Más que agradable, es un libro casi agradecido. El lector que se adentra en esa especie de metaconstrucción literaria no deja de sorprenderse exclamando "¡es verdad!, ¡yo conozco a alguien así!". O "¡sí! ¡cuántas veces he pensado yo lo mismo!". En definitiva, con cada página que leemos, recibimos un piropo del tipo: qué listo eres, lector. No se te escapa una.

Aprovechemos esa pendatería mía de metaconstrucción literaria para resumir la idea principal de la novela.

¿Cómo funciona la mente de un escritor? Ésta es la pregunta que nos encontramos en la contraportada, que continúa de esta guisa: "La parte inventada busca respuesta a esa pregunta adentrándose en la mente de un escritor que trata de escribir su propia historia". Bien. Creo que todos estamos de acuerdo en que la ficción acepta en sus páginas -más todavía, recibe con los brazos abiertos- cualquier tema, siempre que el autor sepa justificar su inclusión en la trama e ir más allá de la mera curiosidad enciclopédica. Allí está Moby Dick, y su morfología ballenera, o, por citar un ejemplo algo más reciente, la ochentera El país del agua, de Graham Swift, que nos describía en detalle el ciclo vital de las anguilas. En suma: todo, absolutamente todo, puede convertirse en literatura. Pero el autor debe ser consciente en todo momento de que esas incursiones, o mejor dicho, excursiones fuera de "lo literario", deben estar subordinadas a la Literatura, y no al revés. En otra palabras, Melville no escribió un libro sobre los diferentes tipos de cetáceos, del mismo modo que la contraportada de El país del agua no rezaba "¿Dónde nacen las anguilas? Ésa es la pregunta que Graham Swift se ha propuesto responder".

Pues bien, en lugar de escribir un libro en el que, además de disfrutar de una obra literaria, nos introducimos en la mente de un escritor, Fresán ha decidido que el presunto viajecito por su mente vale, por sí solo, el esfuerzo de tragarse casi 600 páginas. Ya lo sé, quién me manda a mí, con lo clarito que lo decía la contraportada. Para una vez que ésta no engaña...

Dicho eso, insisto en que La parte inventada es un libro sumamente agradable de leer, del mismo modo que puede ser agradable conectarse a facebook diez minutos al día o pasearse por el mundo bloguero. Algunos ejemplos: ¿verdad que a todos nos gustan las listas? Pues en este libro tenéis listas a mansalva, listas a gogó, listas a troche y moche, listas a diestro y siniestro, listas a porrillo, listas a tutiplén. Disfrutad de una pequeña selección de las cuestiones que preocupan a El Niño, una lista que ocupa casi cinco páginas:

"¿Por qué Superman parece hacer el mismo esfuerzo -la misma tensión de músculos, su ceño fruncido- a la hora de levantar un automóvil o alterar a empujones la órbita de todo un planeta...?

(...) ¿Quién es el culpable de que haya tantos Sugus de color rojo y tan pocos de color verde en los paquetes de caramelos surtidos?

(...) ¿A qué se debe que haya agujeros en el queso? 

(...) ¿Es la aureola rodeando el cráneo de Jesucristo la representación gráfica de la poderosa migraña causada por la corona de espinas?

Yo una vez publiqué en facebook "¿por qué es imposible encontrar huevos blancos en el supermercado?". Conseguí seis o siete "me gusta" y un par de amigos aportaron sendos comentarios la mar de ingeniosos.

Otras de las reflexiones que pasan por "la mente de un escritor" no se ajustan tan bien a facebook, pero serían estupendas para un blog literario o para una columna de suplemento dominical:

Porque para demasiadas personas los libros se usan y se gastan y qué sentido tiene conservarlos. Ocupan tanto lugar, hay que sostenerlos y pesan, son tan sucios y, aunque no se diga en voz alta, los libros son demasiado baratos para ser algo bueno y provechoso, se susurra. (...) Y, sí, es para ellos que se ha inventado el status del libro electrónico donde -¡aleluya y eureka!- se ha conseguido hacer comulgar a la televisión con la impresión: para descargar y no cargar, para adquirir y acumular y no abrir ni pasar página. Y para que -tan satisfechos de que dos mil títulos puedan ser levantados por una sola mano- los libros no estén todo el tiempo ahí, a la vista, recordando con su atronador silencio todo lo que no se ha leído ni se leerá.

Leer es muy bonito y los libros huelen muy bien. Y esta prédica a los conversos le ocupa a Fresán otras cuantas decenas de páginas.

Como vemos, el nivel de exigencia al lector es muy bajo. ¡Cómo añoré en más de un momento a Manea llamándome idiota! En La parte inventada, al lector poco avisado quizá le impresione al principio el uso de las fuentes, con cambios constantes de Arial a American Typewriter, así como los incontables paréntesis y asteriscos, por lo que puede que más de uno piense que está ante una novela de estructura altamente sofisticada. Pero no os engañéis: al igual que tantas páginas y listas de este libro, los cambios de fuente, los asteriscos y las crucecitas son completamente superfluos e irrelevantes. Siempre es la misma voz la que nos habla, una voz de profesor universitario medio rebelde y aspirante a viejo cascarrabias, y siempre lo hace, en otro de los pecados imperdonables de esta novela, completamente desprovista del menor atisbo de ironía. Y como yo también tengo derecho a repetirme, insisto: esta novela gusta tanto porque lo poco que tiene que ofrecer al lector (o lo mucho que me he perdido en el resto del libro) se lo da perfectamente hervidito, cortadito, mascadito y hasta bien digeridito. Leed al respecto unas pocas líneas sobre los Karma, una familia de pijos filisteos ignorantes materialistas.

"Penélope (...) ha descubierto (...) que su capacidad de concentración por más de uno o dos minutos es nula, que no les importa cómo empieza y cómo transcurre y cómo terminará la película, que se puede empezar y terminar una historia en cualquier momento".

"Y una de las pocas órdenes del mundo exterior que los Karma obedecen sin resistencias ni quejas es, ya se dijo, la de jamás pasarse  de los ciento cuarenta caracteres para hablar o escribir. Para los Karma, escribir más de ciento cuarenta caracteres es casi como escribir una novela".

"Una joven Karma se acerca a Penélope y le confía que 'Yo he leído un libro, pero no fue una buena experiencia. Así que ya no repetí. Fue casi traumático".

Si no os ha quedado claro el tipo de familia que son los Karma, no os preocupéis. Hay cincuenta páginas así. Y contando. Fue en ese momento (página 150) donde lo dejé. Sé que se me puede reprochar que critique una novela que no he terminado, pero por eso mismo no he querido dedicarle una entrada entera. Admito también la posibilidad de que en las 400 páginas restantes la cosa pueda animarse un poco. De hecho, al hojearlas me ha parecido entender que hay un asesinato, y parece ser que entra en acción otro personaje y todo. No obstante, yo soy de los que piensan que, a partir de cierto momento, el libro que nos falla pierde todo derecho a mejorar.

Así que ya sabéis, si tenéis ganas de halagar vuestro ego y, para qué negarlo, pasar unos ratos bastante entretenidos, La parte inventada es vuestro libro. Yo me esperaré a que se publique la trilogía completa, con La parte revisada y La parte editada.

viernes, 6 de marzo de 2015

El cuarteto de Alejandría


Imaginad una película, posiblemente francesa, quizá de los años 70. Tenemos en ella un par o tres de personajes masculinos y otros tantos femeninos. Ninguno tiene menos de veinte años ni más de cuarenta y cinco. Algunos de ellos son artistas, y su pasión por el arte es igual o mayor que el amor que sienten por otro u otros de los personajes. Hay entre ellos una mujer enigmática y de una belleza clásica que los cautiva a todos y, en especial, al joven e inocente aspirante a artista. Las relaciones entre las diferentes parejas o tríos son tormentosas, y nadie parece saber muy bien lo que quiere de la vida. Todos buscan la belleza, o eso pretenden, pero son incapaces de aprehender la poesía que flota en el ambiente. La melancólica música de violines nos lleva, bajo la lluvia, de casa del uno a la del otro por unas calles de adoquines y acordeonistas.

No sé vosotros, pero ante ese tipo de película servidor siente unas incontenibles ganas de apedrear la pantalla. ¿Y por qué os cuento esto? Porque leyendo el primer volumen de la tetralogía de Durrell es muy fácil rendirse a un imaginario dejà vu y consignar cada una de las escenas que vemos al catálogo de cine de los horrores y pomposidades. Pues bien: craso error.


...O quizá no sea tan craso, ya que, como he dicho, esa capitulación lectora es muy habitual ante el denso lenguaje, las prolijas descripciones, los hilos sueltos y los complejos personajes de Justine, que nos pueden hacer creer que lo que estamos leyendo no es más que una apología de oh la belleza y un ah homenaje a la mítica ciudad de Alejandría.

Cuatro palabras sobre la casi inresumible trama. Poco sabemos del narrador, aunque sospechamos que es un trasunto del propio Durrell. Darley, que es como se llama (aunque esto tardamos mucho en averiguarlo), es un joven aspirante a novelista que no sabemos muy bien de dónde ha salido y por qué está allí, y que, a mediados de los años 30 del siglo pasado, se gana la vida en Alejandría dando clases de inglés. A través de él conocemos a Justine, una cautivadora belleza judía convertida al cristianismo y casada con un egipcio copto, el todopoderoso Nessim. Justine y el narrador se convierten en amantes, pero el segundo no rompe su relación con Melissa, una infeliz cabaretera tuberculosa maltratada por la vida. Y este aire de sórdido romanticismo empapa la novela de principio a fin. La galería de personajes se va ampliando, y en Justine sus relaciones y tejemanejes pueden llegar a ser, en efecto, abrumadores. Será en los siguientes libros cuando, por un breve momento, nos dará la impresión de que todo se va aclarando. Ingenuos de nosotros. Porque una novela que mezcla, entre otros, el cábala, el espionaje, Freud y la teoría de la relatividad nunca llega a aclararse del todo. Benditas sean las relecturas.

Rashomon. Cada personaje contando la suya

Los tres primeros libros, Justine, Balthazar y Mountolive, transcurren de modo más o menos simultáneo, y cada uno de ellos, como ya he dicho, nos presenta una visión diferente de la misma secuencia de acontecimientos. De hecho, la compleja estructura de la novela hace que a medida que avanzamos en su lectura vayamos cuestionando todo lo leído anteriormente, algo parecido a lo que, en años más recientes, hizo Agota Kristof en la inolvidable trilogía de Claus y Lucas. Sin embargo, Durrell entiende esta relatividad de la verdad en un sentido mucho más complejo de lo que nos podría dar a entender una comparación con la novela de Kristof o, por poner otro ejemplo, con la película Rashomon, de Kurosawa. Así, en lugar de, digamos, tres cámaras filmando la misma escena desde tres ángulos diferentes, aquí, de la mano de cartas, diarios, novelas y narradores, diríase que nos enfrentamos a unas cámaras que a veces parecen filmarse la una a la otra, mientras que otras veces una se oculta en el interior de la siguiente, que a su vez y a su vez, como en una muñeca rusa. Si no se entiende es que lo he explicado bien.

Burg el Arab, donde Nessim construye un palacio a Justine

El último libro, Clea, es quizá, junto con Justine, el más hermoso, con la diferencia de que ahora el lector no se siente tan desorientado como al principio. Ha transcurrido más de una década, la guerra ha terminado y Darley, tras pasar unos años en una remota isla griega criando a la hija de su antigua amante, regresa a Alejandría. Los avatares de la vida y la guerra se han encargado de repartir destinos insospechables a algunos de sus antiguos conocidos, y mientras el narrador va cerrando cada uno de esos episodios que constituían sus recuerdos, se enfrenta al reto de reconciliar lo irreconciliable: el amor y su futuro como escritor. Ahí estará el destino, léase la tragedia que trae consigo una nueva vida, que se encargará de ello.



 Dicen los entendidos, pues, que Durrell se propuso escribir una obra literaria desde el prisma de la teoría de la relatividad, con grandes dosis de Freud. Ambición, desde luego, no le faltaba a don Lorenzo, como podemos comprobar también con las "Notas de trabajo" que el lector se encuentra al final de tres de los libros. Señala Durrell que dichas notas sugieren que, si la serie se extendiera de manera infinita, no se convertiría en una novela río (que para eso ya está Proust), sino que "seguiría formando parte estrictamente del presente continuum verbal." De acuerdo, citar al propio autor no siempre es lo más indicado para animar a la lectura...

Al respecto de la relatividad, aquí tenéis un artículo muy interesante (en inglés) que analiza la estructura de la obra, y cómo la relatividad dota a El cuarteto... de una profundidad casi inagotable, dado el sutil juego de espejos que enlazan un libro con el siguiente. En este Cuarteto tenemos, efectivamente, episodios, anécdotas y personajes que se nos presentan desde diferentes puntos de vista, pero cada uno de esos puntos de vista se ve, a su vez, alterado por lo que ha ocurrido antes, por lo que sucederá después, y por el modo en que están conectados. Sé que parece muy complicado, pero lo es todavía más. Y sin embargo, se lee, o se puede leer, con ese afán devorador del jovencito lector que fuimos.

El lujoso salón donde se urden conspiraciones amorosas y asesinatos

Con una obra tan rica y compleja como El cuarteto de Alejandría uno debería pensárselo dos veces antes de hacer cualquier afirmación categórica al respecto del tema central. No obstante, resulta innegable que uno de los temas centrales de la obra es, por muy injustamente cursi que suene, el amor, o más precisamente, las relaciones presuntamente amorosas en ese juego tan sucio que con frecuencia es la vida.

El amor es analizado en todas sus variantes, combinaciones y permutaciones, y los resultados de dicho análisis no siempre son todo lo hermosos que a ese lector que afronta Justine con excesiva precaución le pueden parecer al principio. La pederastia juega un papel bastante importante en la obra, y uno prefiere no preguntarse hasta qué punto era algo cotidiano en aquel Egipto prebélico. También el incesto está tratado de una forma que lo hace aparecer un tanto menos escandaloso de lo que uno imaginaría. Cabe señalar aquí que, en sus diarios, Sappho Jane, hija de Durrell y su segunda esposa, Eve Cohen (quien sirvió de inspiración para el personaje de Jusine), acusó en sus diarios a su padre de incesto, algo que ha sido con frecuencia desmentido por los biógrafos. Tras un intento fallido de suicidio, Sappho finalmente acabó con su vida en 1985.
Pero estos dramas y perversiones no son los únicos obstáculos para el amor. Se me antoja que es la susodicha relatividad que corre desbocada por toda la novela la que impide la comunión total entre dos almas, tan necesaria para un amor que valga la pena narrar. ¿No hay esperanza, entonces?

Y cómo no va a haberla. Pero hay que trabajársela.

 "El cuarteto de Alejandría, ¿pero eso no lo lee la gente joven?", me preguntó un amigo. Él peina más canas que yo, así que no me lo tomé mal. Además, es cierto que este libro suele leerse por primera vez a edades más tempranas que la mía. Y bien, ¿qué tiene esta obra para, junto a Hesse y Cavafis (presente, éste último, a lo largo de las cuatro novelas), formar parte del canon de adolescentes y veintiañeros? Ante todo, y sin duda, la ya mencionada exploración de las relaciones personales, así como la voz del narrador, con el que es inevitable identificarse: un hombre joven y un tanto inocente, con inquietudes artísticas y cuya tendencia al desencanto se ve siempre derrotada por la esperanza del futuro. Me pregunto qué habría sacado yo de esta lectura veinticinco años atrás, y buscando la respuesta respiro con alivio: probablemente me habría quedado en los líos de los personajes y me habría convencido aún más de que a las mujeres no hay quien las entienda.

Eve Cohen, segunda esposa de Durrell, le inspiró el personaje de Justine

Pero enteraos, veinteañeros: reducir una obra como esta a la exploración del amor es una injusticia tan tremenda como frecuente. Es injusto porque cuando ponemos el amor en primer término, se oculta otro tipo de pasión, en este caso la del lector, embriagado ante la cascada de historias que se le viene encima a casi cada momento. Muchas de estas historias son, como ya hemos dicho antes, absolutamente sórdidas; otras, macabras; alguna, fantástica; las más, divertidas, misteriosas, ingeniosas o sencillamente apasionantes, aunque no falta, para qué negarlo, la que nos deja bastante perplejos, cuando no con cara de tontos. En El cuarteto de Alejandría os vais a encontrar con escenas espeluznantes, como esos camellos descuartizados vivos, mientras que otras son francamente terroríficas, como ese visitante encerrado contra su voluntad en un burdel infantil. Otras, como la tragedia desencadenada hacia el final de la obra por ese certero arpón, nos hacen pasar las páginas a una velocidad de órdago, algo que, por otra parte, sucede raras veces, dada la complejidad del estilo y lenguaje durrellianos. Y el resto de las 900 páginas lo ocupan, entre otras maravillas, escenas como el carnaval con asesinato incluido, o la fiesta religiosa en honor del homosexual transvestido que, a su muerte, pasa a formar parte del santoral musulmán, sin olvidar al barón alquimista que crea una pequeña corte de homúnculos (chúpate ésa, Pynchon). Así que insisto, dejaos de la exploración del amor (que sí la hay, y mucha) y preparaos, porque uno no gana para sorpresas con este libro. El problema, como ya he apuntado, es que muchos lectores se quedan en Justine, del mismo modo que otros, supongo, no recorren más que el camino de Swann. Y un Justine a secas, leído además como una historia de amor, sí se acerca mucho, reconozcámoslo, a la consabida película.

Así que nada de meter el dedo gordo del pie. Lanzaos de cabeza en las aguas del Mediterráneo, allí donde un derrotado Marco Antonio se hizo construir un palacio que nunca completó y cuyos restos jamás han sido hallados. Quizá os encontréis bajo el mar con un cónclave de siete marineros griegos, muertos en una explosión, allí sentados, solemnes, atentos. Saludadlos de mi parte.


jueves, 19 de febrero de 2015

Bardos, marisoles y rockeros



En 1956, tres años después de la muerte de Stalin, tuvo lugar el histórico discurso de Nikita Jrushchov en el XX Congreso del PCUS, en el que reconocía y denunciaba algunas de las barbaridades cometidas por el Padrecito de los Pueblos. Ese momento marca el inicio de lo que se conoce como la época del deshielo, y que se caracterizó por una relativa liberalización y apertura al exterior. Algunas de las consecuencias inmediatas de dicha liberalización fueron el regreso de cientos de miles, si no millones, de presos políticos que languidecían en el gulag, así como una notable relajación de la censura y de la represión cultural. 



Salen a la luz entonces los stilyagi, un movimiento contracultural que en realidad había nacido a finales de los 40 y había sido reprimido bajo Stalin. Los stilyagi estaban fascinados con la moda y la música occidentales, sobre todo de Estados Unidos, cuya influencia aumentó cuando, en 1957, el VI Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes culminó esta apertura de la URSS a la cultura moderna. Se puso fin a la prohibición oficial del jazz e hizo su aparición el rock de los 60. Paradójicamente, pues, con aquel festival empezó el declive de los stilyagi, que, ya creciditos, no tuvieron una generación que siguiera sus pasos. Hoy día, no obstante, se reconoce la enorme influencia que ese movimiento tuvo en las generaciones posteriores, y así lo reconocen muchos de los músicos rusos contemporáneos de mayor renombre.

En 2008 el cineasta Valery Todorovsky dirigió una comedia musical titulada, cómo no, Stilyagi, que en inglés se tradujo como Hipsters, y que fue bastante bien recibida en diferentes festivales de EEUU y Canadá. Todavía no la he visto, pero promete mucho. En esta escena, al ritmo de la canción "то, что надо", ("Lo que hace falta") veréis algunas de las frustraciones de un estiloso en aquella URSS de principios de los 50, y las peligrosas actividades a las que debía dedicarse.


Esta otra escena también nos da una idea de lo que significaba desmarcarse como miembro de un movimiento contracultural. El tema es del grupo Nautilus Pompilius, y el estribillo dice "encadenados por una misma cadena, atados por un mismo objetivo". Si habéis visto The Wall, de Alan Parker, esta escena probablemente os la recuerde.

No, no es la Complutense

En fin, éstas son algunas de las cosas que he aprendido en el curso que acabo de hacer sobre la música en la URSS y Rusia, y estoy todavía tan entusiasmado que quiero compartir con vosotros algunas de las canciones que he descubierto. Continuemos.

El deshielo jrushchoviano no sólo trajo muchachos estilosos; apareció también la figura del bardo, que viene a ser algo bastante parecido a nuestros cantautores. El bardo se consideraba, ante todo, poeta, y la voz, la melodía y la técnica a la guitarra a menudo jugaban un papel secundario en su obra. El gobierno del deshielo, lejos de impulsar la carrera de estos artistas, se limitó a tolerarla. En fin, algo es algo. Los bardos, por lo tanto, debían desarrollar su obra de manera pseudoclandestina, y sus canciones circulaban en discos de fabricación casera y en cintas de casete. 

 Bulat Okudzhava

No hay que deducir de todo ello, no obstante, que estos artistas fueran disidentes o estuvieran todos ejerciendo algún tipo de oposición al régimen. Tomemos como ejemplo a Bulat Okudzhava, uno de los bardos más apreciados y reconocidos. El padre de Okudzhava, un alto miembro del Partido en Georgia, había sido arrestado y ejecutado durante la Gran Purga del 37, mientras que su madre pasó 18 años en el gulag. Nada de ello fue óbice para que Okudzhava fuera un comunista convencido y miembro del Partido desde la rehabilitación de sus padres hasta la desintegración de la URSS.

Aparte de la poesía y el Partido, el otro gran amor de Okudzhava fue el barrio de Arbat, en Moscú, al que dedicó una de sus canciones más conocidas, "Canción del Arbat".

 

Pese a la belleza de sus poemas musicados, la discreta forma de cantar de Okudzhava ha limitado siempre su popularidad más allá de Rusia. Más probable es que el rusófilo de hoy conozca por lo menos el nombre del bardo Vladimir Vysotski. Nacido en el terrorífico 1938 y fallecido en 1980 víctima de su adicción al tabaco, alcohol y drogas, Vysotski es una auténtica leyenda de la música soviética. Al igual que Okudzhava, de quien decía que era su padre espiritual, Vysotski se consideraba ante todo poeta, y sus melodías, como en el caso del georgiano, son también muy sencillas. Vysotski, sin embargo, no tiene nada del lirismo de Okudzhava. Por el contrario, sus letras son desgarradas, irónicas, apasionadas, divertidas, provocadoras, innovadoras, o, por decirlo en una palabra, geniales. Con frecuencia tenían forma de diálogo, podían estar protagonizadas por presidiarios, veteranos de guerra, boxeadores, maridos calzonazos o esposas marujonas, y el uso de argot las hace muy difíciles de traducir. Pero lo que de verdad distingue a Vysotski, no sólo de Okudzhava sino de cualquier otro cantante, es su voz y su inimitable forma de cantar. De él se me hace imposible escoger sólo una canción, así que os voy a poner tres. Si nunca habéis oído a Vysotski, escuchad por lo menos una. La primera se titula "Кони привередливые", más o menos "Caballos caprichosos".




En el siguiente vídeo Vysotski interpreta, en un programa de la televisión francesa, una de sus canciones más emblemáticas, "охота на волков"("Cacería de lobos"). Como veréis, pese a que aún no había cumplido los cuarenta, está ya bastante desmejorado, aunque, guitarra en mano, conserva al cantar toda su energía y carisma.

 
 
La siguiente canción, "Balada de la infancia", viene con subtítulos en inglés. Os daréis cuenta, no obstante, de su dificultad y de la cantidad de alusiones a aspectos políticos y sociales de la URSS que  incluso a muchos rusos jóvenes les resultarán hoy difíciles de entender. El vídeo merece la pena verse también por las imágenes, que constituyen un breve y a veces desagradable paseo por las décadas más duras del estalinismo, y que incluye fotos de Vysotski de niño.

 

La muerte de Vysotski sigue envuelta en cierto misterio, aunque lo más probable es que fuese víctima de sí mismo, de sus malas compañías, y de su frenética actividad entre narcóticos y conciertos. Con motivos de los Juegos Olímpicos de Moscú, la distribución de drogas y alcohol estaba en aquellos días fuertemente controlada por las autoridades, y algunas noches los alaridos del cantante, en su desesperación, se podían oír por todo el edificio donde vivía. Rodeado de buitres y médicos sin escrúpulos que se enriquecieron a su costa, Vysotski murió, oficialmente, de un infarto de miocardio. Su muerte apenas mereció una brevísima nota en la prensa, pero a su funeral, en un Moscú tomado por las tropas, asistieron centenares de miles de personas, tantas, que los eventos olímpicos de aquel día registraron una asistencia notablemente menor que otros días.




 Imágenes del multitudinario funeral de Vysotski

 Pero la vida seguía, también para los bardos. Apenas un par de años tras la muerte de Vysotski, hacía su aparición Aleksandr Rosenbaum, un gran músico de estilo completamente diferente al de los bardos que hemos visto. La música de Rosenbaum, que posee una gran técnica como guitarrista y compositor, se caracteriza, observaréis, por melodías mucho más complejas y originales. Sus letras son también poéticas y con frecuencia bastante deprimentes, y destaca como músico de chanson, que en Rusia es un género que se asocia con presidiarios, gángsteres, delincuentes y personas de baja estofa. La siguiente canción, "гоп стоп", que significa algo así como "Atraco callejero", versa (si no la he entendido mal) sobre un par de gángsters de la mafia judía de Odesa que se cargan a una amante infiel.



Rosenbaum es un pacifista convencido, y no pocos de sus temas tienen como motivo los desastres de la guerra. Esta bella y tristísima canción se titula "Чёрный тюльпан" ("Tulipán negro"), que es como llamaban a los ataúdes que llegaban a Rusia con los cadáveres de los muchachos que morían en Afganistán. Las imágenes corresponden a la película La novena compañía, de Fyodor Bondarchuk.


Otra corriente dentro de la música soviética es la conocida con el curioso nombre de Эстрада ("Estrada"). Aquí ya no hablamos de cantautores, sino de intérpretes de cancioncillas cómodas, agradables, en absoluto reivindicativas, y que, uno imaginaría, contarían con el visto bueno del régimen. La Эстрада y sus figuras recuerdan mucho la música con que nos deleitaban nuestras queridas Concha Velasco o Marisol, y comprenderéis que no me entusiasme tanto como para colgar más que un par de vídeos. No obstante, dentro de esta corriente hay auténticas maravillas como ésta, titulada "Течëт река волга" ("Fluye el Volga"), interpretada por Liudmila Zykina. Cuenta la historia de una adolescente y sus románticos sueños, que un día se hace mayor. Disfrutad de una melodía y una voz bellísimas, dignas de un aria de Puccini.


Decía que uno podría pensar que estos artistas y sus canciones tan poco reivindicativas estarían bien vistas por el régimen. Al fin y al cabo, ¿a quién le puede molestar una cancioncilla como la siguiente? Pues con este vídeo y otros parecidos llegó el escándalo. Observadlo bien a ver si encontráis pruebas de la actividad antisoviética de Larisa Mondrus.

 La escandalosa Larisa Mondrus
 
No, no se trata del peinado ni de la longitud de la falda. Si no lo habéis encontrado, seguid leyendo.

Estamos a mediados de la década de los 60. Los años de Jrushchov al frente de la URSS han quedado atrás, y su sucesor, el cejisevero Brezhnev, tiene un concepto diferente (¿o podríamos decir "gélido"?) de lo que debía ser la música y la cultura en general. Por ello, una de las primeras medidas que toma al respecto es rodearse de un excelente equipo de censores, encabezado por el temido Serguéi Lapin. A partir de ese momento, cantar al amor y a la felicidad se hace sospechoso, por lo menos cuando las causas de esa felicidad son simplemente las cartas que nos trae el cartero o los pajaritos con su pío pío, y no el carné del Partido o el orgullo de ser miembro del Komsomol. Pero había otro motivo algo menos confesable, y era el feroz antisemitismo de Lapin. Así, a muchísimas de las estrellas de la Эстрада, sobre todo a las de origen judío, se las empezó a estrangular, de manera figurada, al impedirles tanto la grabación de álbumes como la actuación en conciertos, al tiempo que los artistas como Lenin manda triunfaban con canciones de marcado tono político y patrioteril.


Leónid Brezhnev. Con él volvió el hielo

La censura brezhneviana alcanzaba también a la terminología. Por ello, dado que el término rock era demasiado occidental y decadente, los grupos "oficiales" de esa música que quizá en las pesadillas de Lapin pudiera llamarse rock recibían el nombre de ВИА (VIA), que son las siglas de de Agrupación Vocálico-Instrumental.

Permitid ahora que os muestre el horror, pues se trata de un horror bastante divertido. En 1972 la ВИА Samotsvety lanzó "Мой адрес Советский Союз", es decir "Mi dirección es la Unión Soviética", una entrañable cancioncita que retrata el quehacer diario del ciudadano soviético. Su pegajoso -más que pegadizo- estribillo reza: "mi dirección no es un número ni una calle; mi dirección es la Unión Soviética", y es todo un clásico del rock... perdón, del ВИА oficial soviético. Se trata, para entendernos, de una especie de "Que viva España" en el que se sustituyen las castañuelas por la hoz y el martillo. Pero qué queréis que os diga, yo me quedo con Manolo Escobar.
El vídeo, de todas formas, es interesante por determinados conceptos, como se decía en mi época. A los componentes de las VIA sólo se les permitía vestir traje, ropas folklóricas o uniforme militar. No sé en cuál de las tres categorías entra la ropa que veréis en el vídeo. Pero fijaos, sobre todo, en el estatismo casi hierático de todos los músicos. Eso de moverse por el escenario, y no digamos ya hacer aspavientos como un sucio capitalista, no gustaba ni un pelo a las autoridades. De ahí que Larisa Mondrus, en el vídeo que habéis visto más arriba fuera, durante mucho tiempo, la primera y última cantante que osó bailar al son de su propia música.

Ojo, que el que se mueva...

Ahora, un poco de cine.

Pese a que en España el musical nunca ha gozado de gran popularidad, recordaréis cómo durante el franquismo se perpetraron a mansalva esos bodrios seudocostumbristas con Joselito o los ya mencionados Escobar y Marisol, que tenían como objetivo, aparte del encumbramiento de tan patrios artistas, hacernos creer que vivíamos en el mejor de los mundos posibles. La calidad de nuestros por fortuna escasos musicales no ha mejorado con la democracia, y aún se me cae el alma al suelo cada vez que recuerdo la megataquillera El otro lado de la cama. Por otra parte, tanto en la Unión Soviética como en la Rusia de hoy, la afición a los musicales ha sido siempre enorme y, como podéis juzgar por los dos primeros vídeos de esta entrada, de una calidad que aquí ya nos gustaría. Y al hablar de musicales rusos, hay que hablar de Aleksandr Zatsepin. Es poco probable que su nombre os diga nada, y ésa fue, de hecho, la gran ambición nunca realizada de este gran compositor: llegar a triunfar en occidente. Zatsepin es uno de los compositores rusos de música popular de mayor renombre, y en mi opinión tiene poco que envidiar a músicos de la talla de Burt Bacharach o Ennio Morricone. Personalmente, estoy absolutamente convencido de que, de haber tenido un poco más de suerte y no haber tropezado con los impedimentos que le pusieron Brezhnev y compañía, hoy su nombre estaría entre los grandes compositores de Hollywood.


Zatsepin en su estudio de grabación, el más moderno de su época en toda la URSS

Esta divertida escena pertenece a la comedia Iván Vasílievich cambia de profesión (1972), basada en una obra de Mijaíl Bulgákov, y que tuvo un éxito arrollador (y eso significa decenas de millones de espectadores, que se dice pronto). Cuenta la historia de un ingeniero que inventa una máquina del tiempo. Por uno de esos accidentes, la máquina transporta a uno de los personajes a la corte de Iván el Terrible, y a éste, a la URSS del 73. Zatsepin, autor de toda la banda sonora, lo borda aquí con una melodía moderna pero perfectamente anclada en la tradición de los cosacos. No os perdáis esas coletas-helicópteros del final.

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La siguiente escena es bastante peculiar. Pertenece al musical televisivo en dos partes titulado 31 de junio, basado en una historia de J.B. Priestley del mismo título, y cuya banda sonora también corrió a cargo de Zatsepin. En cuanto oigáis las primeras notas pensaréis "qué poco ruso suena esto", y lo cierto es que la banda sonora causó sensación -o incluso conmoción- entre todos los espectadores y un soponcio a las autoridades. Por ello, y por la posterior huida a los Estados Unidos de uno de los actores, la película fue retirada el día después de su estreno.

Una vez más, y qué curioso es esto, la historia trata de viajes en el tiempo, con unos protagonistas que se mueven entre el siglo XII y el XXI. No os sorprenderá demasiado, por tanto, esa fotografía sobre la chimenea en una corte medieval. Y es que en general, fuera de contexto, la escena causa, cuando menos, confusión. Quizá os cueste, por ejemplo, tomaros en serio a ese galán rubio, de nombre nada menos que Aleksandr Godunov, que por cierto es quien, con su huida a América, provocó un incidente diplomático entre los dos países. También la coreografía es de lo más llamativo, pero al mismo tiempo tiene un noséqué muy acertado y atractivo. En todo caso, el magnetismo que la escena tiene para mí se debe al rostro entre glacial y sensual de Natalia Trubnikova, a la impresionante voz de Tatiana Antsiferova, y a la potente melodía, que se me antoja muy en la línea de Donna Summer o Bonnie Tyler.

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Cualquier ruso que me lea, me acusará poco menos que de sacrilegio si no hablo con cierto detenimiento de la auténtica diosa de la música pop rusa de las últimas décadas, Alla Pugachova. Pese a sus 250 millones de discos vendidos, lo que la convierte en una de las artistas que más discos ha vendido en solitario en toda la historia, es difícil hacerse una idea aproximada de la relevancia y la influencia que ha tenido Pugachova en la música rusa a lo largo de los últimos cuarenta años. De hecho, no se me ocurre ningún artista nuestro que se le pueda comparar en cuanto a popularidad y que, al mismo tiempo, goce de respeto y admiración por parte de jóvenes, mayores, obreros, políticos e intelectuales. Julio Iglesias puede ser más popular, pero sólo se lo toman en serio los horteras; Joan Manuel Serrat goza de respeto universal, pero su obra es mucho menos festiva y dicharachera que la de Pugachova.

 Alla Pugachova 

Mi problema con Pugachova es que, sencillamente, no me entusiasman sus canciones, sobre todo sus grandes e inmortales éxitos, que, por simpáticos y agradables que sean, emanan un aire de eterna ranciedad. No obstante, sería absurdo negar su gran talento como cantante. Esta escena pertenece a la película Ironía del destino, una comedia romántica para la televisión, y Pugachova presta su voz a la actriz Barbara Brylska para una canción muy bonita y melancólica, "По улице моей" ("Por mi calle").


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Sabido es que, desde sus primeros días, la ciudad de San Petersburgo siempre tuvo un carácter abierto a Occidente y una mentalidad (permitidme los clichés y las generalizaciones) más "progresista"que la oscura y monacal Moscú. No es de extrañar, pues, que fuera allí donde nació el rock ruso. Y es que, junto con los bardos, la Estrada y el musical, el otro gran hito en la historia de la música popular soviética lo constituye la creación, en 1981, del Ленинградский Pок-Kлуб, es decir, del Club de Rock de Leningrado.

Esta institución se concibió como algo parecido a las conocidas Casas de la Cultura, o a la Unión de Compositores Soviéticos. Probablemente el camarada Brezhnev pensaba que era preferible fundar una institución donde pudiera tener controlada a la juventud más melenuda, antes que dejarlos corretear y conspirar por los callejones. Recordemos asimismo que tan sólo un año antes se habían celebrado los Juegos Olímpicos, y que la proximidad de Leningrado a Finlandia hacía ya imparable la influencia cultural de occidente. Y así nació este histórico local, que, como es natural, desde el primer día estuvo controlado por el KGB y en el que se prohibió la entrada a los grupos más radicales del momento.

El número 13 de la Calle Rubinstein en su época dorada

En el ЛРК se dieron a conocer la mayoría de las grandes bandas de rock ruso de los 80 y los 90, e incluso de unas pocas que aun hoy sigue en activo. Los nombres de Kino, Zoopark, Televizor, Akvarium o DDT se dieron a conocer en ese histórico club. Vamos con algunos de ellos.

Fundado en 1972, Akvarium es uno de los grupos más veteranos de la música rusa, y su líder, Boris Grebenshikov, está considerado el "abuelo del rock ruso". Esta canción, titulada "Ciudad de oro", forma parte de la banda sonora de la película Assa, compuesta en su totalidad por Akvarium. Mirad qué cosa más bonita.

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He hablado ya de Vysotski y de Pugachova los amos, respectivamente, de la canción de autor y del pop rusos. Pues bien, también el rock ruso tiene su leyenda y se llama Viktor Tsoi, líder del grupo Kino y fallecido a los 28 años en un accidente de coche que conmocionó a todo el país. El Muro de Tsoi, en el moscovita barrio del Arbat, y que podéis ver en la primera foto de esta entrada, sigue siendo lugar de peregrinación de sus seguidores.

Tsoi -que, como podéis deducir por su apellido, no era de origen ruso sino coreano- revolucionó el rock soviético por su estilo potente e innovador así como por el contenido político de sus letras. Su primera grabación, realizada en su apartamento, circuló en casetes de mano en mano primero por Leningrado y luego por todo el país. Con la llegada de Gorbachov al poder, Tsoi y su banda, Kino, se encontraron con muchos menos obstáculos y su popularidad pudo por fin despegar de manera espectacular. Sus conciertos se hicieron multitudinarios y en ellos empezaron a verse por primera vez en Rusia los mecheros encendidos.

Viktor Tsoi, líder del grupo Kino

Tsoi no sólo era admirado como músico, sino también muy querido por las masas por ser, pese a que sus maneras en el escenario puedan apuntar en otro sentido, un chico de lo más sencillo y modesto que, incluso en la cúspide de su fama, seguía con su trabajo en el cuarto de la caldera de un bloque de pisos. Era, en fin, una de esas personas que caen bien a todo el mundo. La siguiente es la escena final de Assa, y la canción, "Перемен" ("Cambios"), se convirtió en todo un himno para una juventud cada día más harta y más necesitada de libertad.

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Otro de los grupos que, como Akvarium, dieron sus primeros pasos en el ЛРК y siguen aún hoy en activo es DDT, que es como decir el grupo de Yuri Shevchuk. Desde su fundación en 1980 hasta la llegada de Gorbachov, DDT se movió entre el círculo de músicos más o menos "oficiales" y la clandestinidad. Pero en 1984, tras la grabación de su álbum Periferia, pasaron a engrosar una lista negra y empezaron a ser vigilados por el KGB hasta que, sencillamente, la banda fue prohibida, con lo que su música llegó a todos los rincones del país.

En sus letras, Shevchuk utiliza unos símbolos tan primordiales como las estaciones del año, el agua o las tormentas. En esta estupenda canción, Shevchuk canta a la lluvia, que es precisamente la traducción del título, "Дождь". Un aguacero primaveral da lugar a una riada torrencial que arrasa con lo que encuentra y brinda así la posibilidad de una renovación.


Shevchuk es una de las figuras más contestatarias e incómodas en el régimen putinista. En esta casi legendaria reunión del presidente con algunas figuras de la cultura, Shevchuk, con mucha educación y sutileza y no poco desparpajo, se atrevió a decirle cuatro cositas a Putin. No hay subtítulos, pero el lenguaje corporal es tan elocuente que no hacen falta. De todas formas, si os interesa, aquí tenéis (en inglés) la transcripción completa de la entrevista. A partir del minuto uno, Shevchuk habla de libertad. En el minuto dos se observan ciertos signos de impaciencia en Putin. Justo antes de responder a Shevchuk, en el minuto 3:40, éste le hace entrega de un papel que ha escrito con sus colegas en el que le expresan su opinión de lo que está pasando en el país. A Putin no le hace gracia.

Todavía hoy los rusos no se ponen de acuerdo sobre quién ganó el debate. Sí quedaron claras las maneras chulescas del presidente, quien, cuando Shevchuk le empieza a plantear la pregunta, le espeta "disculpe, ¿cómo se llama usted?", como si Shevchuk se hubiera colado allí y su presencia no contara con el beneplácito del propio Putin. Shevchuk no ha vuelto jamás a ser invitado por Putin.


Venga, más.
La verdad es que, lógicamente, a medida que se acorta la distancia en el tiempo, más me cuesta dar una visión general como he intentado hacer al principio. Puede decirse que, a partir de la desintegración de la URSS, el rock ruso se diversificó como nunca antes, y, que entonces, más que hablar de influencia de la música occidental, sería más correcto hablar del rock ruso como parte de esa música. No obstante, insisto, nos falta (o por lo menos me falta a mí) la perspectiva que me permita ver ciertas líneas comunes entre los muchísimos grupos surgidos a lo largo de estos años. Parece ser que durante las últimas dos décadas no han dejado de oírse voces que afirman que, cual si se tratara de La Novela, el rock ruso ha llegado a su fin. El uso y abuso de internet, así como la banalización de la música en fenómenos de masas como el Festival de Eurovisión y la televisión basura, no ofrecen un futuro muy halagüeño, es cierto. Pero también es cierto que de catastrofistas está la historia llena.

Así que, a la espera de lo que nos traigan los próximos años, os dejo con un par o tres de las canciones que más me han gustado y que ejemplifican de maravilla la gran variedad de la música rusa contemporánea (aunque las tres tienen ya unos años).

Esta canción, "Делфины" ("Delfines") es del grupo Mumiy Troll, originario de Vladivostok y que, como veréis, hacen una música que suena muy occidental. Tienen unas letras prácticamente incomprensibles y el cantante, Ilya Lagutenko, aparte de tener una sonrisa siniestra y andrógina, tiene una forma algo peculiar de cantar.
Veréis qué bien suena esto.


Lo que viene ahora sí que os sonará mucho más ruso. Se trata del grupo Liubé, procedentes de Liuberski, Moscú. Su líder, Nikolái Rastorguyev, gusta de actuar ataviado con uniforme militar, y en sus canciones, influidas, entre otros, por el folklore y la chanson rusas, canta a la estepa, a los abedules, a los caballos, y a todo aquello que puede representar a su madre patria. No os sorprenderá la enorme admiración que se profesan mutuamente Rastorguyev y Putin.
En este caso, la canción "Конь" ("Caballo") habla de un paseo a caballo por el campo ruso. Servidor, que está vacunado contra todo tipo de nacionalismo, confiesa que, con esta melodía, esas voces y ese escenario (Crimea, nada menos), se le despierta la vena más rusófila.


¿Y qué me decís de esta maravilla titulada "Небо Лондона" ("Cielo de Londres"), de la cantante Zemfira? Impresionante voz y una melodía preciosa y casi perfecta, a la que, a mi juicio, sólo le sobra la última nota...


... y que me viene de perlas para despedirme.

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