jueves, 22 de septiembre de 2016

El corazón perdido de Asia

 
Colin Thubron emprendió este viaje en la primavera de 1992, apenas unos meses después de que las repúblicas centroasiáticas se independizaran de Moscú. Ha transcurrido desde entonces casi un cuarto de siglo, y, dados los enormes cambios que ha vivido la zona, lo primero que se le ocurre a este lector es que cualquier guía de viajes le será de más utilidad en el muy hipotético caso de visitar alguna de esas repúblicas que conforman el Turkestán. Por suerte, la utilidad no figura entre mis 100 primeras razones para leer.

Fuera del escenario donde tienen lugar, las revoluciones que triunfan ponen el mundo patas arriba, despiertan temor y esperanza a partes iguales, y son recibidas por muchos con muestras de gran júbilo. No así con la caída de un imperio por sí solo. Cuando esto sucede, puede que se froten las manos las cuatro compañías que esperan sacar tajada de entre los escombros, pero lo más habitual suele ser ver asomar por el horizonte grises nubarrones de incertidumbre. Thubron comenzaba su viaje preguntándose por el camino que seguirían aquellas cinco repúblicas: ¿se lanzarían de lleno al -en palabras del autor- horno del islamismo? ¿O se refundarían en un nuevo pastiche comunista? La bajada de la marea soviética las había dejado desnudas y sin toalla, y su destino ahora sólo podía concebirse a la sombra del Islam, Moscú, Turquía u Occidente.

Ashkhabad en los años 20

Pero Colin Thubron no es politólogo, sino viajero, y El corazón perdido de Asia no es un ensayo sobre geopolítica, sino un libro de viajes. Así, las reflexiones del autor pronto dejan paso a lo que esperamos de este tipo de libros: en primer lugar, que no tenga el síndrome de Obélix, ya sabéis, ese recurso facilón de tantos autores y su "están locos estos...". Y en segundo lugar, impresiones, personas, anécdotas, descripciones e historia. Una historia que, por cierto, todavía se deja llevar por la inercia de tantas décadas, como descubre Thubron al encontrar por casualidad, en la recepción del hotelucho donde se aloja, una hoja con todos sus movimientos escrupulosamente anotados. Pero afortunadamente, la cosa no pasa de ahí.


Estamos, como veis, en la misma tierra que visitamos hace unas semanas en esa maravilla de Peter Hopkirk titulada El Gran Juego. Turkmenistán es la primera de las nuevas repúblicas a la que llega Thubron, quien a la sazón estaba ya más que curtido en viajes por otras zonas de oriente. Supongo que todavía se escriben libros de viajes que nos cantan las maravillas naturales, las delicias gastronómicas y la vibrante vida cultural del país en cuestión, pero desde luego Thubron no serviría para un libro así. Fijaos lo que ve desde el avión que lo lleva a Ashkhabad:


Milla tras milla el único color era un horrible platino que respiraba hambruna, hecho no de arena sino de la arcilla pulverizada de los imperios que se habían desintegrado en su polvo.


Thubron proviene de una familia acomodada. Es hijo de un padre militar y una madre que tenía entre sus ancestros al poeta John Dryden. Estudió en Eton y, como dato más que curioso, añadiré que es hermano de una hija de Rod Stewart. Como suena. A pesar de, debido a, o sin relación con ello, a nuestro viajero le gusta escribir con los labios cubiertos de barro reseco y un escorpión en la bota mientras, sentado en el suelo, espera un desvencijado autocar que lo llevará a las ruinas de un fuerte asaltado un siglo atrás por los rusos. Más tarde, en el asiento de atrás, intentará dormir la mona de los trece vasos de vodka que las normas de cortesía le obligaron ayer a aceptar. Por eso nos entusiasma su prosa a los que no hemos llegado quizá a tanto en nuestros viajes, pero sí nos hemos acercado.

El Mar de Aral, por llamarlo de alguna manera

Después de Turkmenistán vienen las otras cuatro repúblicas, a saber, Uzbekistán, Tayikistán, Kazajistán y Kirguizistán, nombres que, juntitos, antaño tanta gracia nos hacían. En todos ellos, el autor hace lo mismo: hablar con la gente, emborracharse por imperativo cultural, ahuyentar las cucarachas de su habitación del hotel, y patearse ruinas de templos, fuertes, mausoleos, ciudades y cementerios mientras un paciente y dicharachero taxista dormita en el coche. Sin embargo, pese a que este patrón se repite varias veces, y a las similitudes que presentan estos países que nunca hasta ahora fueron tales, en ningún momento tenemos la sensación de repetición. Cada persona tiene una historia diferente que contar. Cada pueblo, cada tribu y cada etnia, también.

 Dushanbe, capital de Tayikistán

El lenguaje de Thubron es preciso, bello e incluso lírico, pero a ratos también puede ser crudo, descarnado y, algunos dirían, ofensivo e inaceptable. Como yo tampoco me la cojo con papel de fumar, he disfrutado de párrafos como el siguiente, el primero de dos páginas en las que nos acerca de forma tan somera como apasionante a la historia de la región:

Durante dos mil años Asia Central fue la cuna del terror, donde una implacable fila de razas bárbaras esperaba su turno para empujar a la anterior al fondo de la historia. Cualquiera que fuera el impulso de sus salvajes oleadas -bien la erosión de sus tierras de pasto o sus épocas de efímera unidad-, todas llevaban el mismo sello de movilidad fantasmal y crueldad.

Hace dos milenios y medio, los misteriosos escitas de Heródoto, -salvajes arios cuya patria era el caballo- bullían fuera del alcance de la civilización, como un espantoso protoplasma de todo lo que vendría después...

Samarcanda, 1910. Niños judíos y su profesor

Y los continuos saltos del pasado más remoto al momento actual no pueden ser más oportunos. En 1992 el fundamentalismo islámico no se percibía como la amenaza global que es hoy, pero para alguien tan viajado como Thubron, el germen era ya evidente. Por ello, ante el vacío ideológico y de poder que el comunismo había dejado en la región, la cuestión es lo bastante preocupante como para que más de una vez surja la cuestión del papel que podría jugar el extremismo en aquellas repúblicas en pañales. Lo cierto es que la situación no podía parecer más propicia.

Con la llegada del comunismo las hermandades se hicieron clandestinas. El Islam oficial fue brutalmente persrguido y decenas de miles de religiosos fueron ejecutados. Stalin cerró 26.000 mezquitas, y, en 1989 sólo quedaban ochenta en todo Uzbekistán. Pero bajo esta fina capa de culto institucionalizado, cuyos líderes fueron obligados a un compromiso con Moscú, crecía un movimiento de multitud de mullahs no oficiales y hombres santos. En lugar de las mezquitas controladas, los centros de culto más fervorosos fueron entonces los sepulcros de venerados sufíes, objeto de secreto peregrinaje. Este Islam furtivo provocó paranoia en Moscú. Los comunistas buscaban por todas partes la maligna influencia de las redes sufíes, y el KGB no conseguía infiltrarse.

La palabra clave en esta historia es sufí. El sufismo es la denominación que recibe la rama mística del Islam, y sus practicantes, como vemos en el párrafo anterior, se agrupan en hermandades. Está extendido por toda Asia Central y, aunque caigamos en una simplificación escandalosa, podría decirse que el sufismo se caracteriza por una búsqueda más personal de Dios, por la meditación, y (disculpad la cacofonía de ismos) por alejarse del dogmatismo y la tendencia al extremismo que pueden darse en el chiismo y el sunismo, donde, por supuesto, no lo ven con buenos ojos.


Sufíes de Asia Central meditando

Si a ello le añadimos las características que nos presenta Thubron en el siguiente párrafo, podemos explicarnos por qué los locos asesinos de hoy no provienen de Tashkent, Bujara o Dushanbe.

Asia Central siempre ha tenido una corriente de apostasía. Los uzbecos introdujeron restos de chamanismo en la ortodoxia suní de su vida como sedentarios, y, bajo la superficie de sus ciudades-caravana, hubo durante siglos un infierno palpitante de demonios persas. A siete metros bajo el suelo de la mezquita de Atari vi las piedras de un templo del fuego del zoroastrismo; y el fuego, me dijeron, todavía es portado, como un recuerdo ancestral, a la cabeza de algunos séquitos nupciales musulmanes. Con una punzada de sospecha recordé entonces cómo, unos años antes, vi en Jerusalén a los últimos de una secta de sufíes bujariotas, que veían a Dios a través de la contemplación de las llamas.

Es difícil convertirse en fundamentalista si adoras a los elementos. La herejía nos salvará.

El haloxylon, una presencia constante

No obstante, no hay que inferir de ello que la vida entre diferentes religiones y numerosas etnias fuera una balsa de aceite. En Bujara, la comunidad judía, que había dominado la banca y los bazares, ahora apenas podía mantenerse. No hablaban hebreo, desconocían su propia historia y, poco a poco, iban abandonando el país.

Tenían las ventanas barradas, pero la hostilidad hacia ellos todavía era silenciosa, pensaba el zapatero. Más al noroeste, en Jiva, el antisemitismo se había vuelto tan feroz que todos habían huido, mientras al este, en el valle de Fergana, su presencia era cada vez más ominosa.

En el momento de escribir esto, la comunidad judía de Uzbekistán está condenada a desaparecer. También los rusos, después de décadas siendo la lengua y cultura dominantes, sufrían ahora el cambio de tornas.

Los uzbecos antes aprendían ruso. Ahora sacan a sus niños de la escuelas rusas y los llevan a escuelas uzbecas. Ahora son ellos los que mandan. (...) Pero el prejuicio nos empieza a dar miedo. Cuando voy al mercado ahora, me venden los peores trozos de carne o, simplemente, hacen como si no me vieran. Piensan que soy rusa. Ese rechazo antes no se daba, no de manera tan abierta...


 Skobelev, hoy llamada Fergana, en Uzbekistán

En relación con ello, una de las cuestiones más interesantes a lo largo de todo el libro es la del nacionalismo, de la que Thubron nos ofrece diversos puntos de vista y, en consecuencia, ninguna conclusión definitiva. Shukrat, uzbeco, sueña con Turania, la Gran Turquía resucitada en forma de federación que englobara a uzbecos, kazajos, kirguises y turcomanos (los tayikos son de origen persa).

Hace cien años nadie aquí se sentía tayiko, uzbeco o kirguís. Todos eran miembros de su familia y musulmanes. No importaban las fronteras. La cruzabas montado en tu camello e intercambiabas un saludo. (...) ¡Todas esas demarcaciones fueron obra de Stalin, Brezhnev, Gorbachov! ¡Yo no soy chovinista! Mi mujer es tayika, son un pueblo iraní, y estamos casados. ¡La Gran Turquía no tiene nada que ver con el chovinismo! ¡Nada! ¡Es una hermandad!

Pero a continuación asaltó sus estanterías en busca de libros sobre Asia Central, mientras atribuía toda su civilización a Turquía, esgrimiendo referencias ocultas y proponiendo teorías estrafalarias. Las culturas china, persa y árabe se derrumbaban ante su avance. Los sogdianos no existían. Bactria desaparecía. Imperios enteros eran enrollados como una alfombra y arrinconados. La historia se resolvía en un réquiem por una maravillosa Turania perdida.

 El lago Issyk Kul, en Kirguistán

Palabras sorprendentemente cercanas a la situación en la que vivimos algunos. No sé si es curioso o inevitable, pero sí parece un hecho que el nacionalismo es para algunos la mejor herramienta para resolver la falta de identidad nacional. ¿Acaso esa falta es una carencia y no una virtud? ¿Cuántos conflictos ha creado la falta de identidad nacional a lo largo de la historia? ¿Cuántas masacres? Por triste que resulte, la situación que Thubron nos ha descrito a través de Shukrat parece, pues, la consecuencia lógica de lo que oye de labios de Gelia:

La gente ahora está confundida. Ayer un alumno me dijo "mi padre es ucraniano, mi madre es tártara, ¿y yo qué soy? Supongo que ruso," y no le supe responder. (...) En cuanto a estos musulmanes, no sienten de verdad ninguna identidad. Se hacen llamar uzbecos o tayikos, pero eso no significa gran cosa para ellos. Antes eran soviéticos y ya está. Todos teníamos esta idea de que éramos un pueblo, de que acabaríamos mezclados unos con otros. Y ahora no nos queda nada.

"Crearemos nuestro propio sistema", dice más adelante otro profesor refiriéndose al modelo de Islam que deberían seguir. Y añade:

De momento, como ve, no tenemos una identidad como nación. La clave es la historia, y la nuestra nos la quitaron los soviéticos. Nos vendieron un hatajo de cuentos bolcheviques, sin nada referente a nosotros. En la escuela secundaria, donde doy clases, los libros de texto dedicaban sólo dos líneas a Tamerlán, el conquistador del mundo. ¡Dos líneas! Y para describirlo como un canalla.

 Un rincón del desierto de Karakalpakstán

Parece mentira cuántas cosas en común tenemos españoles y uzbecos, ¿no? En fin, opto por dejarme en el teclado decenas de datos, ideas, anécdotas e historias que hacen de este libro una lectura apasionante. Entre ellas, un Dushanbe al borde la guerra civil, la búsqueda de los últimos hablantes de sogdiano, la visita a lo que fue una colonia de mennonitas alemanes en el janato de Jiva, el espantoso destino del Príncipe Bekovich, o el modo en que Kazajistán se quedaba paralizado todas las semanas cuando por la televisión daban Los ricos también lloran. Sí, la misma que medio paralizaba España también. 

Como ya he señalado más arriba, Thubron no se propone conseguir que vayamos corriendo al armario, hagamos la mochila y nos tiremos a la carretera. Como sabemos los que nos hemos movido un poquito, eso que algunos, con no poco esnobismo, llaman viajar de verdad puede ser muy duro. Dormir en camas infestadas de parásitos, ocultar el signo de dólar que llevamos tatuado en el rostro, hacer de tripas corazón para no ofender a un humilde anfitrión que, con esa carne reseca y ese yogur cortado, nos ofrece todo lo que tiene; todo eso provoca en el viajero una sensación contradictoria, entre el orgullo de vivir experiencias intensas, y la nostalgia por nuestro hogar. La magistral pluma de Thubron nos provoca la nostalgia contraria.

Es extraño. Llegas de noche a una ciudad y, al mirar desde el balcón del hotel las calles glaseadas de luz, de un aspecto más secreto y seductor del que tendrán por el día, te preguntas cómo conseguirás descifrarla. Pero llegada la mañana, el enigma se resuelve con profana celeridad. Unas horas de paseo bastan para situar las avenidas principales, entablar un par de conversaciones y revelar el estado de ánimo de la ciudad, y cuando vuelves al hotel, ves que ya no está nadando perdido en un mar de luces y posibilidades, sino anclado, gris y feo, en la esquina de las calles Gógol y Krasin.


miércoles, 7 de septiembre de 2016

Pedazo Siberiada


 Nos dice la morfología que el sufijo -ada indica "acción propia de alguien o algo" y que tiene connotaciones despectivas. Tenemos de ello numerosos ejemplos, como canallada, burrada o putada. Más específico es el uso de este sufijo con determinados gentilicios. Así, todos sabemos qué es una españolada o una americanada, y es curioso que ambos términos se utilicen sobre todo al hablar de cine. Supongo que si españolada cada vez se dice menos se debe a que la calidad de nuestro cine ha mejorado, y a que la era dorada de suecas en bikini y españoles calvos y aceitunados en calzoncillos pronto será un -grato o no- recuerdo completamente ajeno a las nuevas generaciones.

La palabra americanada también se refiere al cine, pero puede describir tanto una película de estudiantes en celo, una comedia romántica protagonizada por dos maniquíes, o la historia de un lobo solitario experto en artes marciales capaz de derrotar él solito a todo el ejército chino. Por su parte, una francesada es una película donde la gente habla y come. Podríamos seguir con italianada y alguna más, y preguntarnos por qué no existen las inglesadas, pero creo que ya es suficiente.

Los Solomin

Es poco probable, sin embargo, que Andrei Konchalovski estuviera pensando en esas connotaciones cuando decidió filmar Siberiada (1979). Más bien, el sufijo -ada aquí nos remite a la epopeya, es decir al conjunto de poemas que forman la tradición de un pueblo, o al conjunto de hechos gloriosos dignos de ser cantados épicamente. Siberiada es, pues, heredera de la Ilíada, o de otros poemas épicos menos conocidos como La Francíada de Ronsard, o La Cristíada, de Diego de Hojeda.

Al igual que esas obras, este soberbio y bellísimo filme no se centra en las gestas de un héroe determinado. Konchalovski prefiere ceder todo el protagonismo a Yelán, un pequeñísimo y remoto pueblo siberiano donde el modo de vida apenas ha cambiado en los últimos siglos y que parece, por tanto, encontrarse más allá del tiempo. Entre las familias que viven en Yelán a principios del siglo XX se encuentran los acomodados Solomin y los paupérrimos Ustyuzhanin. Ambas familias se odian, y este odio se extiende a los hijos, Kolia Ustyuzhanin y Nastia Solomina.


Afanasii, construyendo el camino a través de la taiga


El padre de Kolia, antaño el mejor cazador de la región, lleva años enfrascado en la sisífica tarea de construir un camino a través de la taiga en la dirección que marca la estrella más brillante en el cielo. Su hijo sobrevive a base de robar comida del granero de los Solomin, hasta que Nastia decide castigarlo con una cruel humillación. La llegada en ese momento de Rodión, un revolucionario fugitivo de la justicia, causa una enorme impresión a Kolia, y no hace falta decir de qué modo cambiará la vida en la aldea cuando, con inevitable retraso, lleguen hasta Yelán los latigazos de la revolución.

 Andréi Konchalovski y su hermano Nikita Mijalkov

Tal sería, a grandes rasgos, la primera de las cuatro partes en que está dividida la película, si bien algunas de esas partes están a su vez divididas en diferentes episodios. Todo ello está ensamblado con imágenes extraídas de documentales sobre la historia de la URSS, en las que, a un ritmo frenético, vemos pasar la revolución rusa, la Primera Guerra Mundial, la muerte de Lenin, la colectivización, la industrialización o la Segunda Guerra Mundial, que nos llevan a la segunda parte de la película, situada en los años 60, época en que se descubrieron inmensas reservas de petróleo en Siberia.

Cuenta Konchalovski en la interesantísima entrevista del material adicional que, a mediados de los 70, Goskinó (Comisión estatal soviética para el cine) le propuso que hiciera una película sobre los obreros de los pozos petrolíferos, para lo cual le proporcionarían recursos económicos casi ilimitados. Konchalevski aceptó el encargo y filmó una obra maestra en la que, sí, aparecen trabajadores de pozos petrolíferos...

 Anastasia, de niña a mujer...

Volvamos a Yelán.

Por esta vida de miseria y dos metros de nieve se pasean ciervos y osos que entran y salen a placer de la vivienda de los Ustyuzhanin, donde mora también el personaje mítico del Abuelo Eterno y a ratos vemos fugazmente a una misteriosa mujer medio salvaje. Los primeros veinte minutos pueden resultar un tanto confusos, dada la naturalidad con que pasan por dicha vivienda personajes de lo más variopinto con un protagonismo más bien limitado (sin ir más lejos, el cazador mongol que veis en la portada). Sin embargo, a medida que pasan los minutos la historia se va centrando en lo que Konchalovski nos quiere contar, a saber, y en palabras de la revista Pantalla Soviética, "una película poética sobre el paso del tiempo, sobre las personas, sobre el lugar del hombre en la historia, y los grandes cambios que se están produciendo en nuestra patria". Que es bastante más que la vida en los pozos, pero Siberiada es aún mucho más que eso.

... a revolucionaria...

Dándole vueltas junto al guionista al asunto del petróleo, Konchalovski empezó a preguntarse por el significado de éste. ¿Se trata de un objetivo o un recurso? Esta es una pregunta menos tonta de lo que parece, y que en cualquier caso enlaza sutilmente con ese camino de troncos que está abriendo Afanasii, el padre de Kolia. Afanasii sigue la estela de la estrella más brillante para construir un camino que lleve a cualquier lugar fuera de Yelán. Cuando Kolia regrese, años más tarde, como representante de la revlución, para convencer a los aldeanos de la bondad de las inminentes excavaciones, les comunicará que el camino que van a construir es el que inició su padre.

-¡Pero si es el que lleva a la Loma del Diablo! -replica uno de los aldeanos.

 En la Loma del Diablo

La Loma del Diablo es una zona pantanosa donde los gases infectos que manan de la tierra hacen que todo aquél que se adentre tenga alucinaciones, pierda la memoria, acabe volviéndose loco y nos regale escenas inolvidables. Esta metáfora del camino representa, en palabras del propio Konchalovski, el comunismo: un camino que construimos para alcanzar el cielo y que nos conduce directamente al infierno.

El mundo es ahora de los Solomin


 Nos dice Konchalovski que concibió la estructura interna de la película alrededor de lo que él denomina "rimas" internas, es decir ciertos motivos e imágenes que se van repitiendo a lo largo del filme pero que van cambiando de sentido. Pese a que él no la menciona, la rima más evidente es esa escena tan hermosa que nos muestra a un personaje que abre las puertas de la aldea y sale corriendo en dirección al río, escena que vemos una y otra vez pero que nunca se repite. En una ocasión se trata de Rodión, el revolucionario, intentando escapar de las tropas del zar; en otra, de Nastia, que deja el pueblo para hacer la revolución; de Alexéi huyendo de Spiridon o Taya, que espera el regreso de su amado. Siempre es una escena como ésta la que cierra cada uno de los episodios, los cuales, a su vez, muestran otro tipo de rima interna. Todos ellos nos presentan a alguien que llega a la aldea y a alguien que se va. Y el que se va volverá, pero convertido en alguien diferente.

 El Abuelo Eterno

Nadie que haya visto Siberiada, pues, diría que trata de trabajadores de pozos petrolíferos. Es evidente que los temas centrales son mucho más poéticos y profundos. Menos evidentes son, sin embargo, algunas de las ideas que rondaban la cabeza de Konchalovski por aquel entonces y que se plasmaron de forma muy sutil en la pantalla. Así, cuando Afanasii tala un gigantesco árbol en su camino hacia la estrella, su hijo Kolia oye un extraño coro de lamentaciones.

-Son sus compañeros -le dice su padre, refiriéndose al resto de los árboles.

Luego añade: "andamos sobre lo vivo, cortamos lo que vive, vivimos de lo vivo", un concepto, el de la Tierra como un organismo vivo, que enlaza con las ideas de Vladimir Vernadsky, que culminarían, en los años 70, en la formulación de la Hipótesis Gaia. También podríamos hablar de la escena final, que no es una concesión facilona y sentimental, sino una referencia a las ideas del filósofo ruso Nikolái Fiódorovich Fiódorov, o del interesante concepto de la noosfera, desarrollado también por Vernadsky. Cuánto petróleo se le puede sacar a esta película, ¿verdad?

Una "rima" con la escena que veis más arriba

Mención aparte merece la banda sonora, a cargo de Eduard Artémiev. Cualquiera que haya visto algunas de las grandes obras de Nikita Mijalkov (hermano de Konchalovski), Andréi Tarkovski o el propio Konchalovski reconocerá el inconfundible estilo de este compositor de música electrónica. El tema central de Siberiada combina las canciones populares rusas con unos teclados muy a lo Vangelis y unas melodías que nos recuerdan a los Pink Floyd de "Shine on you crazy diamond" o Dark side of the moon. A ver qué os parece. El primero es el más lírico y tradicional.



Y éste es el tema central. Si no queréis un spoiler, paradlo en 4:00.


Tanto en el cine como en televisión, Siberiada suele proyectarse en dos partes, debido a su largo metraje (275 minutos). Pero aquí me fallan las cuentas. Si el primer DVD dura una hora y cuarenta minutos, y el segundo otro tanto, o bien yo soy muy tonto o se me han perdido 75 minutos. De acuerdo, es posible que la carátula incluya la duración del material adicional, pero ¿también wikipedia? En todo caso, y metrajes aparte, no puedo imaginarme muchos placeres mayores que una tarde en el cine viendo esta película desde el principio hasta el final. Sin descanso.

El camino de Afanasii Ustyuzhanin a través de la taiga

viernes, 19 de agosto de 2016

Rusos saltando verjas


Leemos a Dostoievski en nuestra tardía adolescencia. A los veintipocos todavía estamos a tiempo sacarle a sus libros ese jugo vital que nos emborracha. Esperemos, sin embargo, a la madurez y descubriremos algo un tanto extraño: la graduación etílica ha descendido, de alguna manera el libro se ha desbravado. Pero lo que ha perdido en efervescencia lo ha ganado en sabor.

Los hermanos Karamázov es la última novela que escribió Dostoievski, y parece ser que tenía lista en su cabeza una segunda parte, centrada ésta en las andanzas de Aliosha. La historia prometía, pues en ella, según su esposa, nos hubiéramos reencontrado, veinte años más tarde, con un Aliosha que "ya no es joven, sino un hombre maduro, que ha vivido un complejo drama espiritual con Liza Jojlakova" y se ha convertido en un revolucionario, y con un Mitia que regresa del presidio. Por desgracia, el autor no vivió para escribirla.


Gesto desafiante, Mitia. Manos religiosamente cruzadas sobre el regazo, Aliosha. Elegante levita, Iván. Viejo horrible, Fiódor.

La influencia que tuvo esta novela en autores posteriores es incuestionable, y desde entonces está considerada una de las mayores obras literarias de todos los tiempos. Y como yo no soy nadie para decir lo contrario de lo que dijeron Kafka, Freud o Einstein, pues no lo diré. De hecho, ni siquiera lo pienso. Los hermanos Karamázov es una novela grandiosa en muchos sentidos. Para empezar, por su ambición: Dostoievski se propuso escribir una obra maestra, una novela descomunal que sintetizara todo su pensamiento y que, al mismo tiempo, permitiera a la humanidad entrever un camino de esperanza. Sus personajes, por otra parte, si bien son menos complejos de lo que cabría pedirle a una obra maestra, sí se erigen como inolvidables arquetipos. Y por mencionar tan sólo un argumento más en favor de la grandiosidad de esta novela, podríamos hablar, y hablaremos, de la profundidad de sus ideas, algunas de las cuales seguirán siendo relevantes en los siglos venideros.

En otro sentido, sin embargo, sí me atrevo a afirmar que, desde un punto de vista estrictamente literario, Los hermanos Karamázov es, digámoslo así, menos grande. Creo que no soy el único que piensa así, y de hecho es un lugar común, al hablar de nuestro autor, la desfavorable comparación con Tolstoi o Turguéniev en términos de "calidad de escritura". Vamos, que, al decir de algunos, Dostoievski no escribía tan bien como otros. Veamos por qué.

La juerga de Mitia y Grúshenka, en versión de Alice Neel

El defecto principal que le achacaban a Dostoievski sus contemporáneos era lo que ellos consideraban un estilo poco cuidado. Por otra parte, todos alababan su capacidad para captar los diferentes registros del habla popular y de la sutileza con que la utilizaba para caracterizar a sus personajes. El segundo aspecto es difícil, si no imposible, de apreciar en una traducción. En cuanto al primero, posiblemente sea cierto, si bien, contradiciendo al poeta romántico, Dostoievski siempre distinguió entre verdad y belleza. Y no cabe duda de que su misión en la literatura era descubrir aquélla, por mucho que se ocultara en lo más recóndito de un ruso.

En consecuencia, no sería del todo injusto señalar cierta falta de sofisticación en la historia que se nos cuenta. Dicho de otra forma, aparte del esfuerzo estrictamente necesario para deglutir 1.100 páginas, Dostoievski no hace trabajar al lector de manera sobrehumana. Por ejemplo, en todo momento sabemos lo que piensan todos los personajes, porque ellos mismos nos lo dicen. Con alguna fascinante y genial excepción, el autor tiende a explicar más que a sugerir, y apenas hay oportunidad para la reflexión seguida de descubrimiento, más allá de lo que nos encontramos en la página siguiente. Sabemos también cuáles son las ideas que más preocupan al autor, porque las pone una y otra vez en boca de esos mismos personajes. Así, el lector tiene la impresión de que Dostoievski hace firmar un contrato a sus personajes y les da instrucciones precisas del papel que deben interpretar. No diré que carecen de vida, porque, al contrario, desbordan vitalidad. Pero, utilizando esa imagen que tanto gusta a los escritores, sí podríamos decir que, en este caso, los personajes no se rebelan ni hacen las maletas y se van a vivir por su cuenta, sino que se quedan siempre a las órdenes de don Fiódor.

No quiero decir con esto, sin embargo, que los personajes sean pesos muertos que lastren la novela. Antes al contrario, Mitia, Grúshenka, Iván, o, entre los secundarios, Sneguiriov, Kolia e incluso el oficial polaco, son creaciones extraordinarias e inolvidables. Dostoievski consigue aquí retratar unos personajes vivos, reconocibles, arquetípicos sin dejar de ser reales, y, en algunos casos, enormemente complejos. Los retrata de manera magistral, pero hay que subrayar la palabra "retrato", pues, como si se tratara de un cuadro, la personalidad de la mayoría de ellos está congelada en el lienzo y apenas si evolucionan. Esta falta de evolución se advierte, sin ir más lejos, en el padre, si bien, por su función en la historia, eso sería perdonable. Menos perdonable es el personaje de Aliosha, de  escandalosa sosez y santidad inverosímil. Alguien podría argüir que los hermanos de Aliosha, el calavera Mitia y el culto Iván, sí experimentan una transformación espiritual a lo largo de la novela, pero yo creo que, en realidad, lo que ambos muestran es una versión más extrema del mismo yo inicial.

 El hermano Karamázov

Sorprende, pues, el hecho de que Dostoievski quisiera centrar en Aliosha aquella segunda parte que nunca fue. Si en la versión cinematográfica de 1958 la Metro le dio el papel de Mitia a Yul Brynner, no se debía a la calvicie de éste, sino a que su carisma y talento casaban perfectamente con el personaje más poderoso de la novela. Por el contrario, podían permitirse confiar un personaje tan soso y plano como Aliosha a un entonces desconocido William Shatner.

Pero si el juerguista, sinvergüenza, violento y mujeriego Mitia es el personaje más atractivo y carismático, posiblemente sea Iván el más complejo y atormentado. Dostoievski regaló a Iván una de las ideas centrales de la obra, citada desde entonces en incontables ocasiones. Hablamos, naturalmente, de "si Dios no existe, entonces todo está permitido", que Dostoievski formula de una manera más atractiva y sugerente:

Iván Fiódorovich declaró de modo solemne, durante una discusión, que en toda la tierra no existe absolutamente nada que obligue a los hombres a amar a sus semejantes, que no existe ninguna ley natural que lleve al hombre a amar a la humanidad, y que si hasta ahora ha habido amor en la tierra ello no se debe a ninguna ley natural, sino tan sólo a que la gente creía en su inmortalidad.

En unos tiempos en que la idea de Dios lleva a unos hombres a justificar, más que nunca antes, el asesinato del resto de la humanidad, las palabras de Iván suenan hoy tristemente irónicas. En cualquier caso, en sus pecadoras palabras lleva Iván la penitencia. Cuando, cerca del final, le confiese Smerdiákov las consecuencias que tuvieron para él esas palabras, nuestro personaje no podrá soportar el sentimiento de culpa y caerá en la locura. Mucho antes de ello, no obstante, nos proporciona uno de los pasajes más enigmáticos y fascinantes de la obra, y que, paradójicamente, revela una vez más cierta debilidad narrativa por parte de Dostoievski.

La leyenda del Gran Inquisidor, de Vladimir Gorbachov

"El gran inquisidor", obra de Iván, que se refiere a ella como un poema, es en realidad una genial parábola en la que se narra el retorno de Cristo a la Tierra, en concreto a Sevilla, en tiempos de la Inquisición. Ocupa apenas veinte páginas, pero lo cierto es que son de lo mejorcito de la novela. Cristo es apresado por la Santa Inquisición y condenado a morir en la hoguera. Hasta aquí, nadie se sorprenderá. Lo bueno viene después, cuando el gran Inquisidor lo visita en su celda para explicarle por qué la Iglesia ya no necesita al Mesías. Verás, le dice:

Para el hombre no hay preocupación más constante y atormentadora que la de buscar cuanto antes, siendo libres, ante quién inclinarse. Pero lo que el hombre busca es inclinarse ante algo que sea indiscutible, tanto, que todos los hombres lo acepten de golpe y unánimemente. Pues la tribulación de estas lamentables criaturas no estriba sólo en buscar aquello ante lo cual yo u otro podamos inclinarnos, sino en buscar una cosa en la que crean todos y a la que todos reverencien, todos juntos, sin falta. Esta necesidad de comunión en el acatamiento constituye el tormento principal de cada individuo, así como la humanidad en su conjunto desde el comienzo de los siglos.

¿Puede haber palabras más relevantes para el siglo que había de venir, e incluso para hoy? El Inquisidor le señala a Cristo que su gran pecado fue rechazar las tres tentaciones de Satanás.

Tú conocías, tú debías conocer, forzosamente, este secreto fundamental de la naturaleza humana, pero rechazaste la única bandera, absolutamente la única, que se te ofreció para obligar a todo el mundo a que se inclinara ante ti sin discusión: la bandera del pan terrenal, que rechazaste en nombre de la libertad y del pan del cielo. Contempla lo que hiciste luego. ¡Otra vez, en nombre de la libertad!...

Mitia humillando a Sneguiriov, el padre de Iliusha. Pese a no ser especialmente relevante en la trama, ésta es una de las escenas más icónicas de la novela. Veréis otra versión más abajo


"El gran Inquisidor" justificaría por sí solo la lectura de Los hermanos Karamázov. Pero entonces, ¿por qué digo que este episodio genial revela las flaquezas narrativas del autor? Pues simplemente por el modo en que se nos ofrece, en una conversación entre Iván y Aliosha. Como ya he apuntado antes, en esta novela las ideas van de boca en boca. Y cuando ese medio no está disponible, como sucede con la historia de Zosima, se convierten en memorias... basadas en conversaciones. ¿Qué otra forma podría haber empleado Dostoievski para referir esta historia? No lo sé, pero el constante recurso a la conversación como vehículo de ideas revela un estilo algo pobre, eso sí, compensado de sobra con la profundidad de las mismas y el vigor de los personajes.

Por otra parte, se me ocurre que en ello radica el atractivo que esta obra tiene para los lectores jóvenes y algo atormentados. El lector joven, por lo menos este lector, que un día fue joven, lee a Dostoievski como Dostoievski escribía, con pasión, ebrio ante las ideas que se atropellan en la página, ante esos personajes que conoce de su barrio, de su escuela, de su trabajo, y con la angustiosa sensación de que podríamos morir antes de terminar la obra, por lo que todo refinamiento estilístico no sería sino un obstáculo en nuestra desesperada carrera por llegar a la Verdad. El propio narrador deja claro su respeto por el espíritu arrebatado y hasta irracional, léase ruso, de los jóvenes,  frente al "exceso de reflexión", o séase, la europeidad, de la sobrevalorada madurez.

Sólo pediría al lector que no se apresure demasiado a reírse del puro corazón de mi joven. Por lo que a mí respecta, no sólo no tengo el propósito de pedir perdón por él ni de disculpar y justificar la ingenuidad de su fe por sus pocos años, por ejemplo, o por haber realizado con poco éxito sus estudios, etc., sino que procederé hasta al revés, y declaro firmemente que siento sincero respeto por la naturaleza de sus sentimientos. No hay duda de que otro joven, más circunspecto con las impresiones de su corazón, capaz ya de amar con calor, pero sin arrebatos, con inteligencia en exceso razonadora teniendo en cuenta la edad, si bien fiel (y, por esto, barata), un joven así, digo, habría evitado lo que pasó al mío; pero la verdad es que en ciertos casos es más honroso dejarse llevar por una pasión, aunque poco razonable, inspirada por un gran amor, que resistirla a todo trance. Tanto más en la juventud, pues es de pco fiar y poco es lo que vale un joven que sea constantemente en exceso reflexivo, ¡tal es mi opinión!
 
Por ello, no puede resultar curioso que, en una novela de más de mil páginas que transcurre casi exclusivamente en una pequeña ciudad de provincias, apenas haya descripciones. Desde luego, Dostoievski no es Turguéniev, y el lector joven con frecuencia valora la pasión en detrimento de la belleza artística. Nuestro autor sustituye, pues, los abedules por esas conversaciones de barra de bar que de nuevo apelan irresistiblemente a nuestro apasionado, atormentado e inmaduro amigo...

... que recuerda cómo, de su primera lectura, treinta años atrás, se le clavaron dos imágenes en la memoria. Una era la escena final, tan tierna y esperanzadora. La otra era la de una ciudad pequeña y oscura, llena de casas rodeadas de huertos, por cuyas calles deambulaban por la noche los personajes en busca de fulano, huyendo de mengano, y saltando furtivamente la verja del huerto de zutano. He comprobado que dicha imagen no se alejaba mucho de la realidad, y aunque quizá no se salten tantas verjas como recordaba, toda la intriga detectivesca de la segunda parte sí gira alrededor de uno de esos saltos furtivos, concretamente aquél cuya escena crucial Dostoievski oculta con un tupido velo en forma de línea de puntos.

Aliosha, o la santidad hecha Karamázov

Podríamos preguntarnos si es necesario para el desarrollo de la novela que se mantenga al lector en la incertidumbre al respecto del autor del crimen, o si, por el contrario, estamos ante un mero truco para crear cierta intriga en una obra que, hasta ese momento, no parecía apuntar hacia ningún tipo de misterio. Personalmente, no veo qué necesidad había de iniciar una intriga detectivesca, e incluso creo que hubiera sido un acierto presentarle los hechos al lector y dejar que el desarrollo ulterior de la trama contrastara con lo que sabíamos (o hubiéramos sabido) respecto a la muerte del padre. Creo que ese conocimiento por parte del lector habría enriquecido las ya de por sí interesantes conversaciones que tienen lugar entre Aliosha y Mitia, Iván o Smerdiákov antes de que se celebre el juicio. En ellas, la intriga sobre si lo hizo o no lo hizo actúa como distracción y rebaja la intensidad del debate.

Los Karamázov manga

Dostoievski era un eslavófilo de pro, y para él las ideas que llegaban de Europa (cientificismo, socialismo, liberalismo) conducían a la degradación de la humanidad y suponían una amenaza para el alma rusa, profundamente tradicional, espiritual y de ortodoxo cristianismo. Naturalmente, nadie como Iván podía representar estas ideas tan nocivas:

He de hacerte una confesión -comenzó Iván-: nunca he podido comprender cómo es posible amar al prójimo. Es precisamente a nuestro prójimo a quien es imposible amar; quizá podamos amar sólo a quienes están distantes.

Se trata, como veis, de una de esas ideas que alguno de nosotros podría haber hecho, acodado en la barra, a la persona que tuviera a su lado. Y esto no es una crítica sino, de nuevo, un ejemplo de cómo Dostoievski se dirige al joven perdido que fuimos un día. En todo caso, nuestro autor siente demasiado respeto por Iván como para hacer de él un progre ingenuo. Reserva ese papel, por ejemplo, a Kolia, un chavalín de trece años al que es fácil imaginar hoy con la camiseta del Che y el pañuelo palestino:

 -¿Acaso ha leído usted a Voltaire? -concluyó Aliosha.
-No, no es que lo haya leído... De todos modos, he leído Cándido, en una traducción rusa... en una vieja y abominable traducción (...)
-¿Y lo ha comprendido?
-Oh, sí, todo... es decir... ¿por qué piensa que podía no haberlo comprendido? Desde luego, contiene muchas indecencias... Yo desde luego, estoy en condiciones de comprender que se trata de una novela filosófica y escrita para exponer una idea... -se embrolló ya por completo Kolia-. Yo soy socialista, Karamázov, soy un socialista incorregible -soltó de pronto sin que viniera a cuento.
-¿Socialista? -Aliosha se sonrió-. ¿Cuándo ha tenido usted tiempo para ello? Según me dijo, sólo tiene usted trece años, ¿no es cierto?
Kolia se sintió mortificado.
-En primer lugar. no son trece, sino catorce...



 Algo más digno es el papel que Dostoievski reserva a Rakitin, quien, pese a ser el personaje por quien Dostoievski muestra mayor antipatía, sabe defender sus ideas progresistas sin caer en el ridículo.

...si Dios no existe, el hombre es el señor de la tierra, del universo. ¡Magnífico! Pero, ¿cómo será virtuoso, sin Dios? ¡Esa es la cuestión! Siempre vuelvo a lo mismo. Pues, ¿a quién amará, en este caso, el hombre? ¿A quién manifestará su agradecimiento, a quién elevará un himno? Rakitin se ríe. Rakitin dice que es posible amar a la humanidad aunque no exista Dios. Bueno, ese títere mocoso puede afirmarlo así, pero yo no lo puedo comprender. A Rakitin le es difícil vivir: "Vale más que te preocupes (me decía hoy) de que se amplíen los derechos civiles del hombre o de que no suban los precios de la carne; de este modo, tu amor por la humanidad resultará más comprensible y más próximo que por medio de filosofías".

 Pero sólo Iván es digno de cuestionar de verdad las ideas profundamente religiosas del autor, quiero decir, de Aliosha. Aquí nos plantea uno de los dilemas centrales no sólo de la novela, sino de la propia fe.

... lo único que sé es que el dolor existe y no hay culpables, que una cosa se desprende de otra de manera directa y sencilla, que todo fluye y se equilibra, pero esto no es más que un absurdo euclidiano, yo lo sé y no puedo estar de acuerdo en vivir ateniéndome a él. ¿Qué me importa a mí que no haya culpables y que yo lo sepa? Lo que necesito yo es que se castigue; de lo contrario, me destruiré a mí mismo. Y que el castigo se aplique no en el infinito, en algún tiempo y en algún lugar imprecisos, sino aquí, en la tierra, y que yo mismo lo vea. He tenido fe, quiero ver por mí mismo, y si cuando llegue la hora ya he muerto, que me resuciten, pues si todo ocurre sin mí, resultará demasiado ofensivo. No he sufrido yo para estercolar con mi ser, con mis maldades y sufrimientos. la futura armonía a alguien. Quiero ver con mis propios ojos cómo la cierva yace junto al león y cómo el acuchillado se levanta y abraza a su asesino. Quiero estar presente cuando todos, de súbito, se enteren del porqué las cosas han sido como han sido.

Aliosha escucha con atención las palabras de Iván, como hace con todos los demás. De hecho, el papel del Karamázov más joven no va mucho más allá del de receptor de ideas y confidencias. Para mí no hay duda de que estamos ante el personaje más débil de la novela, no sólo por su escasa fuerza, sino porque su función se solapa con la del stárets Zosima. Es sabido que Dostoievski vertió gran parte de sus vivencias en Los hermanos Karamázov, desde el nombre de Aliosha, que era el nombre de su hijo fallecido a los tres años, hasta la epilepsia que lo mató, pasando por el personaje del stárets, basado en Ambrosio de Optina, a quien conoció en el monasterio adonde se dirigió, desolado, tras la muerte de su hijo. Sin embargo, el protagonismo que Zosima tiene en la primera parte del libro no se corresponde con su importancia real en la historia, y el autor podría haber utilizado ese material para darle un poco más de empaque al propio Aliosha. De todas formas, hay que reconocer que la historia relativa a la inesperada y temprana putrefacción de su cadáver y a la pestilencia que emana de él es sencillamente genial, además de un ejemplo perfecto de cómo sugerir ideas sin necesidad de recurrir al diálogo.

¿Por qué Yul tira de la oreja a Sneguiriov, y no de la barba?

Y por hoy se acabó. Nos encantan los artesanos de la literatura, pero leer a Dostoievski nos hace más jóvenes. Los hermanos Karamázov es una obra colosal y colosalmente imperfecta, y por eso nos gusta tanto. Os dejo con algunas citas y un resumen más análisis de la obra muy curioso y divertido, aunque sólo apto para hablantes muy competentes de inglés.

Aquí, Iván pregunta al Diablo acerca de los tormentos del infierno:

¿Qué tormentos? ¡Ah, no me lo preguntes! Antes los había de la clase que quisieras, pero ahora todo es cargar la mano sobre los morales, sobre los remordimientos de conciencia" y esas zarandajas. Esto también ha venido de vosotros, de vuestra "suavización de costumbres". ¿Y quién crees que ha salido ganando? Pues los únicos que han salido ganando son los sinvergüenzas, porque de dónde van a sentir ellos remordimientos de conciencia, si ni conciencia tienen. Los que han pagado el pato, en cambio, han sido las personas decentes, las que no han perdido del todo la conciencia y el honor... Eso es lo que pasa cuando se emprenden reformas sobre un terreno sin preparar y aun copiadas de instituciones extranjeras. ¡Son pura calamidad! Serían preferibles las calderas de antaño.

Éste es el narrador, una figura algo misteriosa. (Recuerdo que mi primera lectura de esta obra venía con un prólogo de Pere Gimferrer que empezaba con la pregunta ¿quién es el narrador de Los hermanos Karamázov?).
En la mayor parte de los casos, la gente, incluso la mala gente, es mucho más ingenua y bondadosa de lo que nosotros nos figuramos. Sí, y nosotros también lo somos. 
Iliusha moribundo

A continuación, el stárets Zosima citando a un doctor al que conoció.

Yo decía, amo a la humanidad, pero me admiro de mí mismo: cuanto más quiero a la humanidad en general, tanto menos quiero a los hombres en particular, es decir, por separado, como simples personas. 

Éste es, desde luego, Iván:

Pienso que si el diablo no existe y, por tanto, ha sido creado por el hombre, ése lo ha creado a su imagen y semejanza. 

Y por último, Aliosha evoca sus conversaciones con Zosima. Puro Dostoievski:

Madrecita, gotita de sangre mía, en verdad, cada persona ante todos, por todos y por todo es culpable, sólo que la gente no lo sabe; si lo supiera ¡enseguida tendríamos el paraíso! 

Y lo prometido es deuda. Los hermanos Karamázov, analizado en Thug Notes (Notas de Matones).



viernes, 29 de julio de 2016

A buenas horas, mangas...

Pies descalzos, de Keiji Nakazawa

Hace un tiempo, hablaba yo muy ufano por aquí de cómo, gracias a Jiro Taniguchi, había conseguido vencer mis prejuicios contra el manga, y había descubierto la belleza y la poesía que podía encerrar el género. Subrayaba que la obra de Taniguchi se alejaba de lo que yo conocía como manga, pues en sus obras no encontraba esos rasgos tan infantiles y característicos del cómic japonés. Quien más y quien menos, todos recordamos Heidi, Benji y Oliver, o la para mí detestable Bola de Dragón, y estoy seguro de que no soy el único que se resistía a creer que esos ojos grandes y acuosos y esas bocas abiertas hasta descoyuntarse pudieran ofrecer literatura de la buena. Hoy, cuando hordas lobotomizadas corren por la calle en lo que se ha dado en llamar realidad aumentada, que debe de ser un eufemismo de gilipollez multiplicada, os traigo cuatro obras maestras del manga, cada una de ellas tan extraordinaria como diferente de las demás, y que me han maravillado precisamente por su variedad. Todas ellas confirman lo que en mi ignorancia podía sólo intuir: que el manga es todo un mundo literario por explorar. Y también revelan lo que jamás pude sospechar: que tras unos ojos melosos, parecidos a los que algunos buscan con patético entusiasmo por rincones, jardines y museos, se esconden joyas del cómic.


A los seis años de edad, Keiji Nakazawa vivió la experiencia más atroz que puede vivir un ser humano. Cuando el 6 de agosto de 1945 el Enola Gay lanzó a Little Boy sobre la ciudad de Hiroshima, Nakazawa vio morir a toda su familia, con excepción de su madre y una hermana de unos meses, que falleció al cabo de unas semanas. El horror de los meses que siguieron, las penurias de aquellos años, las terribles consecuencias de aquella barbarie han quedado retratadas en multitud de libros, películas y documentales, por lo que no entraremos en ello aquí.

Tras la muerte de su madre, en 1966, Nakazawa, que ya había iniciado su carrera de mangaka, decidió centrar su obra literaria alrededor de sus recuerdos de la bomba y sus secuelas. El resultado fueron las obras Kuroi Ame ni Utarete (Alcanzado por la lluvia negra), Ore wa Mita (Yo lo vi) y la que nos ocupa, Pies Descalzos, una novela colosal de más de 2.500 páginas que se leen sin descanso, felizmente editada por Debolsillo.

La historia comienza unos días antes del lanzamiento de la bomba, con un Japón entregado a un absurdo optimismo, a un patriotismo trasnochado y a un asfixiante belicismo. El padre de Gen es un pacifista de los pies a la cabeza y, en consecuencia, sumamente crítico con el gobierno del país y la figura del emperador, lo que provoca que la familia tenga que hacer frente a la brutal hostilidad de algunos vecinos. Destaca entre éstos un líder de una asociación vecinal, quien, como esos nazis que en 1945 se convirtieron en comunistas, unos cientos de páginas más adelante se reciclará en pacifista de toda la vida.

Escena recurrente en la novela, extraída de su adaptación al cine

Aparte de un retrato descarnado de las consecuencias inmediatas que tuvo la explosión de la primera bomba atómica, Pies descalzos es sobre todo una crónica de los años posteriores, centrada en los miles de niños que quedaron huérfanos y que hubieron de afrontar cada día como una batalla imposible de ganar. A Hiroshima tardó mucho en llegar cualquier tipo de ayuda o reconstrucción, y la presencia de tropas norteamericanas no tuvo mucho más efecto inmediato en aquellos niños que la introducción de la goma de mascar. También nació entonces un lucrativo negocio en el que algunos médicos japoneses sin escrúpulos, a cambio de dinero, enviaban a los hospitales americanos pacientes afectados por la radiación para que pudieran estudiar sus efectos. Muchos de los supervivientes debían enfrentarse, además, a la ignorancia y prejuicios de gran parte de la población, sobre todo en zonas rurales, que estaba convencida de que el mal de la bomba era contagioso.


 Os habréis dado cuenta, por las ilustraciones, de que Nakazawa (1939-2012) no era un gran dibujante. Aun reconociendo, como hace Art Spiegelman en la introducción, que esos retratos simples y esos gestos repetitivos (es muy curioso el modo de andar que tienen los personajes cuando están contentos) se inscriben dentro de una tradición, lo cierto es que sus rostros y sus cuerpos no son un alarde de técnica. Es en la creación de personajes y en el impulso vital que los mueve donde verdaderamente brilla el talento de Nakazawa. El dibujo será sencillo, pero el retrato psicológico de todos los personajes, buenos o malos, niños o adultos, resulta, por su energía y humanidad, plenamente convincente.


 Lo que hace de Pies descalzos una obra excepcional es, pues, algo tan obvio como la colección de episodios, claramente autobiográficos, y los personajes que llenan estos dos millares y medio de páginas. Gen, el niño protagonista que tanto comparte con el autor, es un luchador nato, valiente y echao p'alante, que no se achica ni ante los matones del barrio ni ante los miembros de la yakuza. Gen se defiende con uñas y dientes, y con sus mordiscos es capaz de arrancar un dedo al más pintado. Cuando eso no basta, sus puños, pies y cabezazos dirigidos a la zona genital del oponente consiguen que los que le ataquen se queden sin ganas de repetir. El Hiroshima de posguerra que nos muestra Nakazawa era una auténtica jungla.

Sus compañeros de desventuras, casi todos huérfanos de padre y madre, incluyen a dos niñas desfiguradas por la explosión y a un pequeño que Gen adopta como hermano, convencido, la primera vez que lo ve, de que se trata precisamente de él, y que, de algún modo, consiguió sobrevivir a las llamas. Abandonados por completo por la sociedad, que no puede ofrecerles más que una plaza en un sórdido orfanato, los niños deben ingeniárselas para hacerse con algo de dinero y comida, y ponen en marcha varias pequeñas empresas. Todo les sale mal, pero, liderados por Gen y acompañados por los adultos de buen corazón que se encuentran por el camino, se sobreponen una y otra vez en una lucha por vivir y, sobre todo, por que la gente nunca olvide lo qué pasó en  Hiroshima. Pero no es este canto a la vida el único mensaje de la obra.


Escuchando la declaración de rendición del país

Naturalmente, la bomba la lanzaron quienes la lanzaron, pero Nakazawa no escatima críticas hacia su propio país, dominado en aquellos años, como ya hemos dicho antes, por el nacionalismo y el belicismo, ambos tan nocivos ayer, hoy y siempre, como los efectos de la radiación. Tanto Gen como su padre, antes de morir, rechazan de pleno el culto al emperador, considerado un ser divino, a sabiendas de las consecuencias que tendrá para ellos. Debéis ser fuertes y resistentes como la espiga de trigo, les repetía una y otra vez el padre de Gen a sus hijos. Con el horror que hoy nos asalta una semana y otra, y con los tiempos que se avecinan, ese mensaje de dignidad da hoy a este novelón más relevancia que nunca.

No os dejéis engañar por la abundancia de coscorrones: es una gran novela

Nijigahara holograph, de Inio Asano, publicado por Ponent Mon

Hace algunos años (¿es posible que sean 16?), vi una película japonesa titulada Battle Royale. Fui a verla porque en ella actuaba Takeshi Kitano, mi japonés favorito, aunque luego recuerdo que me pareció una película bastante mala. Sin embargo, leyendo hoy algunas de las alabanzas que recibió, debo admitir que, al igual que el manga, quizá ese tipo de películas requiera cierta preparación previa. En todo caso, y a pesar de que el argumento no tiene nada que ver, Nijigahara holograph me ha recordado mucho a esa película. Por decirlo de una manera algo tonta, ambas obras me parecen muy... japonesas.

Observaréis con sólo echar un vistazo que, a diferencia de Nakazawa, Inio Asano es un dibujante excepcional, que ha sabido incorporar con naturalidad la edición digital fotográfica a sus ilustraciones. Ver una obra de Asano es disfrutar de unos personajes cuyo más mínimo gesto está retratado con una sutileza extraordinaria, y de unas escenas en las que el autor juega con la profundidad de campo y saca de foco algunos elementos. Fijaos por ejemplo en las briznas de hierba de la siguiente ilustración.


Sólo por sus dibujos este libro sería una joya, y da lo mismo que tras una primera lectura nos quedemos bastante confundidos por lo que respecta al argumento. Nijigahara holograph es una historia complejísima, donde poco a poco, sin más indicaciones de cómo ni cuándo, se nos van proporcionando pistas que sólo tras una segunda lectura empezaremos a lograr descifrar. Servidor, sin ir más lejos, tras la relectura ha entendido más o menos hasta la mitad, pero después me he quedado tan confuso que voy a sacar a colación otra obra que no tiene nada que ver con ésta. Se trata de El grito silencioso, de Kenzaburo Oé. Considerada una de las obras cumbres del Nobel japonés, el título original de esa novela, Fútbol en el primer año de la era Man'en, deja bastante a las claras la confusión que nos espera. Lo leí, lo disfruté y reconozco que no entendí nada. Algo parecido a Nijigahara...


Nos cuenta este libro una historia de extrema violencia entre niños (supongo que de ahí el parecido que le encuentro con Battle Royale y El grito silencioso) en la que se mezclan elementos de cuento de hadas y terror psicológico. Es difícil establecer el punto de partida en esta historia cíclica, que se abre con un adolescente visitando en el hospital a su moribundo padre adoptivo. Para complicar un poquito las cosas, de buenas a primeras nos encontramos con un flashback. De ahí en adelante, la historia presente se desarrolla de manera paralela a lo que sucedió hace once años, y el punto de vista cambiará constantemente de un personaje a otro. Por otra parte, en lo que se refiere a los personajes, y pese a los excelentes retratos de Asano, hay que prestar gran atención a los detalles para no confundir a algunos de ellos. Éste tiene las cejas más pobladas, ése nunca apura el afeitado, y aquélla tiene un modo peculiar de llevarse una taza a los labios.

Uno de los desencadenantes de las muchas tragedias que tienen lugar en la historia parece ser Arie, una niña que cuenta una leyenda acerca de un monstruo que habita en el túnel que hay detrás de la escuela, y a la que, para hacerla callar de una vez, sus compañeros lanzan a un pozo de ésos que tanto le gustan a Murakami. A partir de ese momento, tenemos una historia de iniciación al vacío de la vida, con grandes dosis de incesto, acoso escolar, cajitas mágicas y fuerte tensión sexual. Me declaro fan de Asano.

No es un personaje de Inio Asano. Es Inio Asano.



El hombre sin talento, de Yoshiharu Tsuge

La portada de este libro podría sugerir que estamos ante la obra de todo un enfant terrible del manga. Pero no. No exactamente.

Nacido en 1937, Yoshiharu Tsuge creció en el Japón de la posguerra. Su juventud estuvo marcada por los problemas económicos, su tendencia a la depresión, un intento de suicidio cuando, a los 20 años, su novia lo abandonó, y el temprano diagnóstico de eritrofobia, es decir, el miedo a sonrojarse. A los 18 años, dicha enfermedad se le había agudizado tanto que a Tsuge le resultaba doloroso el mero contacto con otras personas, por lo que se plantea dedicarse a un trabajo solitario como el de dibujante de mangas. Se va malganando la vida con publicaciones y otros pequeños trabajos hasta que en 1966 se consagra con El pantano y Chiiko, pese a lo cual continúan sus penurias económicas. Decide por ello sacarse una licencia de anticuario y, al mismo tiempo, compra y vende cámaras de segunda mano. Tras la publicación en 1987 del libro que os presento, se retira y no ha vuelto a publicar nada desde entonces. Tan fuerte es su anhelo de alejarse del mundanal ruido que sólo en contadísimas ocasiones ha permitido la traducción de sus obras. De hecho, ésta es la única obra de Tsuge traducida al español, y nadie muy cómo consiguió Gallo Nero los derechos, pero esta publicación es desde luego motivo de celebración para los amantes de la gran literatura.


De musiliano título, El hombre sin talento se me antoja una obra muy europea. En ella nos encontramos con un personaje central que nos recuerda al arquetipo de hombre afectado del síndrome Bartleby, que tan bien describió Vila-Matas. Sukego Sukegawa, el protagonista, es un dibujante de cómics que, pese a los reproches de su mujer, deja su trabajo, con el que iban tirando, y se dedica a intentar ganarse la vida con otras actividades menos corrompidas. A Sukego, pese a lo que diga el título, no le falta talento, y de hecho descubre que algunos de sus primeros cómics se han convertido en piezas de coleccionista. El problema es que considera que el mercantilismo ha embrutecido el trabajo del artista.

¡Fuera piedras!

Sin trabajo y con una esposa y un niño siempre a punto de llorar que mantener, Sukego tiene que hacer algo para llevar el pan a casa, por lo que no se le ocurre nada mejor que vender piedras que encuentra en el lecho del río. Esto, que puede parecer una estupidez, es en realidad un arte centenario en Japón. El suiseki es una piedra que, por su forma y color, nos recuerda a un paisaje natural. Es fundamental que la piedra no haya sufrido manipulación alguna, y en las subastas que se celebran se pueden llegar a pagar fuertes cantidades de dinero. La torpeza de Sukego al elegir el río, donde no hay más que piedras vulgares, hunde el negocio. Inasequible al desaliento, de manera parecida a Menajem Mendel, de Sholem Aleichem, Sukegu se embarca en otros proyectos, pero todos acaban fracasando.


El hombre sin talento se encuadra en el género del gekiga. Este término, acuñado en 1957 por Yoshihiro Tatsumi, nació como alternativa al manga. Tradicionalmente, este último, con los dibujos sencillos de Nakazawa y otros, iba dirigido a los niños, mientras que el gekiga, que quiere decir algo así como "dibujos dramáticos" se dirigía a un público adulto, contaba historias más "serias" y tenía un dibujo más realista. Algunos comparan el gekiga con el término novela gráfica, que surgió en contraposición a cómic. Sea como sea, la obra que nos ocupa es una novela apasionante y enigmática, compuesta de seis episodios aparentemente sencillos, pero que el lector no sabe muy bien cómo enlazar.

El arte del suiseki

La historia que se nos cuenta no es sólo la de Sukego, sino la de todo aquél que tiene la sensación de estar en un mundo que, bien hostil, bien altanero, rueda hacia delante como una apisonadora, sin importarle si podemos o no seguir su paso. Sukego es un perdedor que, a la vista de lo que le ofrece la nueva sociedad, aquélla que impulsó el milagro económico de Japón entre las décadas de los 60 y los 80, se empeña en seguir siendo un perdedor. Es un marginado que sólo tolera la compañía de bichos raros como él, que debe soportar el desprecio de su esposa y hasta comerse los fideos que le sirve una camarera que, un momento antes, con sus propias manos, ha... Bueno, no entremos en detalles.

Esta joya termina con el capítulo "Esfumarse", donde nos encontramos con la historia del poeta Seigetsu, y que es, por sí solo, una pequeña obra maestra. Como ya he dicho más arriba, El hombre sin talento el único gekiga de Tsuge traducido al español. Hay sitio para los sueños.

Adolf, de Osamu Tezuka

Osamu Tezuka es el último de los grandes autores que he descubierto en este paseo por el mundo del manga.

Adolf es una obra igual de monumental que Pies descalzos, aunque de extensión bastante menor (sólo 1.200 páginas). Se trata de una apasionante mezcla de thriller político y melodrama, y parte de una teoría, muy extendida hasta hace poco, acerca de los orígenes judíos del Führer. Hablamos de ello, muy por encima, con motivo de Hitler, de Ian Kershaw, donde el autor descartaba dicha teoría. Tezuka, sin embargo, construye con ella una interesante trama de espionaje alrededor de los documentos secretos que probarían el origen semita de Hitler, y sitúa dicha trama en el Japón de antes y durante la guerra.

 Refugiados judíos en Kobe

El título hace referencia a tres Adolfs diferentes. Uno, el infame; dos, Adolf Kaufmann, hijo de madre japonesa y padre diplomático nazi en Japón; tres, Adolf Kamil, judío residente también en Japón, y amigo de la infancia de Kaufmann. Alemania y Japón estaban unidos por su odio al comunismo, oficializado en el Pacto Antikomintern de 1936, al que luego se unieron España, Italia y Hungría. La cooperación entre Japón y Alemania, sin embargo, nunca llegó todo lo lejos que el gobierno de Hitler hubiera deseado. En primer lugar, cuando Alemania invadió la Unión Soviética, no pudo recibir el apoyo de su socio, dado que Japón había firmado un tratado de no agresión con Moscú. Y en segundo lugar, Japón se negó en todo momento a perseguir a los judíos.
La ciudad de Kobe, que es, junto con Berlín, el escenario principal de Adolf, acogía en aquella época a la mayor comunidad judía de Japón. En su apoyo a la comunidad judía, el gobierno nipón no actuaba por motivos morales, sino más bien al contrario, influido por la propaganda antisemita de los Protocolos de Sión. Los judíos tienen poder y riqueza, pensaban, y si somos hábiles, podemos aprovecharnos de ello y, de paso, granjearnos el favor de los EEUU. En 1938 el consejo de ministros firmó la prohibición de expulsar a los judíos. En consecuencia, y pese a ser aliado de Alemania, durante los años siguientes Japón se convirtió en un refugio seguro del holocausto.


Éste es el contexto histórico en el que se desarrolla esta historia, que es, como digo, un gran melodrama. Kaufmann y Kamil son, como ya he señalado, grandes amigos. Kaufmann se niega a obedecer a su padre cuando éste le prohibe acercarse a Kamil, y se rebela ante los insultos que le dedica a él y a todos los judíos. El único modo de educar a este niño como Dios manda es enviarlo a Alemania, y que ingrese en la AHS, a saber, la Adolf Hitler School. Podéis imaginar que los caminos de Kaufmann y Kamil volverán a cruzarse, pero no hasta qué punto.

El entrañable Tezuka en acción

Por otra parte, hay un personaje que, a diferencia de los tres Adolfs, no debería estar destinado a convertirse en el centro de esta trama, pero el manga, como la vida, es así. Sohei Toge es un periodista japonés que en 1936 se encuentra en Berlín para cubrir los Juegos Olímpicos. Un día recibe una llamada de su hermano, que le informa de que tiene para él algo de enorme importancia. Pero al día siguiente, la competición se alarga más de lo esperado y Toge llega tarde a la cita. Cuando por fin llega, se encuentra con que su hermano ha sido brutalmente asesinado. Más tarde, al poner el caso en manos de la policía, descubrirá que ha desaparecido todo rastro de él. Quizá os parezca un comienzo de novela muy convencional. Si es así, os pido un pequeño esfuerzo más para que leáis el último párrafo.

Adolf es, merecidamente, una obra de culto. La trama es interesante y nos lleva por vericuetos desacostumbrados en un thriller convencional. El melodrama nos conmueve, si bien, de manera acertada, Tezuka nos ahorra las escenas más melodramáticas precisamente donde más las esperamos. Los personajes son complejos, redondos y, de nuevo, en absoluto predecibles. Pero Adolf es, sobre todo, un grandísimo alegato antibelicista y una inapelable condena a esa forma de la estupidez llamada racismo.


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