miércoles, 27 de abril de 2016

Tren a Pakistán



Un verdadero sij se caracteriza por las cinco kas, como tuvo la gentileza de explicarme aquel sij, cuyo nombre no recuerdo, que conocí en la India. La primera de ellas es el kesh, esto es, el cabello, que, al igual que la barba, nunca se corta y se lleva envuelto en un turbante. Cuando le pregunté por qué él llevaba el pelo corto y la barba afeitada, me informó de que esa tradición depende del gurú al que profeses devoción. No he encontrado ninguna otra fuente de información al respecto, y más bien parece ser que, simplemente, algunos sijs deciden, por cuestiones prácticas, sociales o religiosas, y como sucede con uno de los protagonistas de esta gran novela, dejar de lado esa ka.

La segunda ka es el kara, una pulsera de hierro o acero. Luego viene el kirpan, que en tiempos pretéritos era una espada, pero que hoy, por motivos obvios, se limita por lo general a una pequeña daga. Viene a continuación el kanga, un peine de madera. A medida que me los describía, mi amigo iba mostrándome todos estos artículos. No así, afortunadamente, con el último, el kachehra, unos calzoncillos de algodón.

 Soldados sijs en la Primera Guerra Mundial

En un país como la India, donde la religión, o mejor dicho, las religiones, juegan un papel tan crucial y están tan presentes en cada momento de la vida cotidiana, de entre el fascinante espectáculo que ésta presenta, llama la atención del viajero el aspecto físico de los sijs. Frente a la esbeltez casi escuálida de la mayoría de hindúes y musulmanes, los sijs acostumbran ser grandes, fuertes y orondos, y no sorprende que, pese a que representan apenas un 2% de la población del país, el 20% del ejército indio esté compuesto por sijs. Su reputación belicosa, unida a su impresionante barba y su turbante, les confiere además un aire de majestuosidad que antaño los hacía ideales como guardaespaldas de grandes personalidades políticas. Sin embargo, desde el asesinato de Indira Gandhi a manos de dos de sus guardaespaldas, los sijs tienen muchísimo más difícil el acceso a un trabajo en el campo de la seguridad personal. Todavía se los puede ver, eso sí, como porteros de hoteles de lujo.


Khushwant Singh no era belicoso sino simplemente beligerante, por lo menos en algunas cuestiones, como veremos más abajo. Fallecido en 2014 a la edad de 99 años, Singh fue a lo largo de su vida uno de los escritores indios más prestigiosos, respetados y conocidos a nivel internacional, y se dice de él que tenía un sentido del humor muy fino y socarrón. De su obra leí, hace unos años, Delhi: a novel, cuyas páginas finales, que narran las terribles represalias contra la comunidad sij a raíz del asesinato de Indira Gandhi, recuerdo todavía vívidamente. Por eso mi reencuentro con él en esta magnífica novela que hoy nos ocupa es para mí motivo de gran regocijo.

Hasta 1947, la India, aparte de estar todavía integrada en el Imperio Británico, incluía también los territorios de lo que hoy son Pakistán y Bangladesh. Cuando en junio de aquel año se anunció la fecha de la independencia, el llamado Plan Mountbatten decidió atender también las demandas de la Liga Musulmana de crear un estado musulmán, que estaría situado en esos dos países. (Bangladesh, en realidad, fue Pakistán Oriental hasta su independencia del Occidental en 1971). La creación, así, de dos estados en virtud de la religión profesada por la mayoría de sus habitantes dio lugar a la que fue, indiscutiblemente, la mayor migración humana de la historia. Según el censo de la India de 1951, un total de 7.295.870 personas, entre hindúes y sijs, se establecieron en el país procedentes de Pakistán tras la Partición, mientras una cantidad prácticamente idéntica emprendió el camino inverso. Estamos hablando de 14 millones de desplazados, y huelga decir que un desplazamiento tan descomunal no estuvo exento de tragedia. Según algunos cálculos, hasta dos millones de personas fueron asesinadas en las matanzas entre religiones, y las terribles escenas descritas en la novela son absolutamente verídicas.

Tren cargado de musulmanes rumbo a Pakistán

"Llegaban de Pakistán cargados de refugiados sijs e hindúes, o de la India cargados de musulmanes. Los viajeros iban encaramados al techo de los vagones con las piernas colgando, o subidos a unas literas apretujadas entre los bogies. Algunos iban peligrosamente montados sobre los topes."

Tren a Pakistán no nos habla de los entresijos de aquel complejo proceso político, sino del modo en que la vida en una pequeña comunidad se ve afectada por las decisiones políticas tomadas a miles de kilometros, y de cómo dicha comunidad, donde siempre ha reinado la convivencia, se ve de pronto envenenada por el odio tribal. Como dice el subinspector de policía en su informe al juez del distrito:

Todo bien, de momento. (...) Por la aldea todavía no han pasado refugiados. Estoy convencido de que en Mano Majra ni siquiera saben que los birtánicos se han ido ni que el país se ha dividido en Pakistán e Hinfustán. Algunos conocen a Gandhi...

 Pero antes de adentrarse en el argumento de la obra, hay que señalar alguna curiosidad más acerca de los sijs.

 Gandhi dirigiéndose a una multitud de musulmanes a punto de partir

Aparte de las cinco kas que mencionaba al principio de la entrada, otra característica de esta comunidad religiosa es el apellido Singh, que en el s. XVII el Gurú Gobind Singh ordenó para todos los varones (a las mujeres les impuso Kaur). Si bien dicho apellido, que significa 'león', ha sido adoptado también por otras castas y fes, sigue siendo, con mucha frecuencia, un rasgo que identifica a su portador como miembro de la comunidad sij. Por ello, cuando el personaje de Iqbal llega a Mano Majra, una pequeña aldea poblada por sijs, musulmanes y tan sólo una familia de hindúes, nadie sabe con certeza a qué religión pertenece, pues Iqbal es uno de esos nombres, escasísimos por otra parte, que pueden darse en cualquiera de las tres grandes religiones de la India. Así que nuestro personaje se llama Iqbal Singh, según algunos, y Mohamed Iqbal, según otros... y según convenga a los corruptos representantes de la autoridad y la justicia, que tienen que decidir a qué bando es conveniente que pertenezca el cabeza de turco. Naturalmente, y por si fuera poco, Iqbal, joven trabajador social que ha estudiado en Inglaterra y que llega a Mano Majra, enviado por el Partido, con el objetivo de predicar el comunismo, está afeitado y no lleva turbante. Sólo la presencia o ausencia de prepucio podrá confirmar su fe.

 Camapamento para los desplazados durante la Partición


Construida de manera magistral, la tragedia en Tren a Pakistán tiene dos desencadenantes. El primero de ellos es el asesinato de un hindú a manos de unos bandidos. Iqbal, que llega a la aldea al día siguiente del crimen en el mismo tren que los policías encargados del caso, se va a convertir, pese a ello, en el principal candidato a cabeza de turco, por ser forastero, de religión escurridiza, con estudios en el extranjero y de ideas comunistas.

Pero Iqbal, que, lejos de ser carismático, se nos antoja débil y al mismo tiempo arrogante, es, no obstante, tan sólo uno de entre toda una galería de personajes a cuál más interesante. En apenas 240 páginas, Khushwant Singh consigue, con pasmosa maestría, retratar en unas pocas pinceladas a unos personajes redondos, complejos y muy cercanos a nosotros. Desde Jugga, el gigantesco e irascible bandido sij, hasta Hukum Chand, un juez corrupto, patético y viejo verde, pasando por Meet Singh, el pacífico responsable del templo, o Nooran, la enamorada musulmana de Jugga, todos y cada uno son tan humanos como reconocibles para el lector occidental, por mucho turbante que lleven y por muchas horas que sean capaces de pasar en cuclillas. (Y ahora que caigo, no me viene a la mente ninguna imagen de un sij acuclillado; ¿es posible que algo tan prosaico constituya otra diferencia entre ellos y los hindúes y musulmanes?).

El segundo desencadenante de la tragedia es la misteriosa llegada de un tren a Mano Majra. Pronto descubrimos que ese tren viene de Pakistán y está cargado de cadáveres de sijs. En la aldea no saben cómo reaccionar, y ni siquiera tras semejante atrocidad levantan la mano contra los musulmanes, pero sí empieza a hablarse de la necesidad de 'evacuarlos', siquiera de manera temporal. Desde ese momento, la gran protagonista de la novela es la tensión que se respira, que va en aumento, y que, de esos rumores iniciales acerca de matanzas al otro lado de la frontera, se ha convertido en una presencia insoportable que anuncia un desenlace que sospechamos ineludible. Poco a poco, la maquinaria de la mentira se compincha con los propagadores de odio, mientras en una escenas llenas de simbolismo, Hukum Chand, el juez, encoñado con una prostituta, observa con melancólica indolencia las peleas de las salamanquesas que se arrastran por las paredes.

 Calcuta. Tras la matanza, es la hora de los buitres

La literatura india no abunda en los catálogos de nuestras editoriales. Más allá de Rushdie y algún que otro fenómeno de ventas algo efímero, como Arundhati Roy, la literatura de ese inmenso país es una perfecta desconocida para el lector español. Por eso es tan de agradecer la publicación de una obra como ésta, tan diferente del realismo mágico de Rushdie y del exotismo de Roy. Tren a Pakistán sorprende, de hecho, por un estilo que se nos antoja muy occidental, con unos personajes, insisto, alejados de ese misticismo que algunos siempre buscan en una novela india. En ese sentido, vale la pena escuchar lo que el autor nos dice a través de Iqbal:

La India sufre de estreñimiento por haberse emppapado de tantas tonterías. Tomemos como ejemplo la religión. Para los hindúes, significa poco más que las castas y las vacas sagradas. Para los musulmanes, circuncidarse y comer carne kosher. Para los sijs, llevar el pelo largo y odiar al muslmám. Para los cristianos, hinduismo con salacot. Para los farsi, adorar el fuego y alimentar a os buitres. (...) Y el yoga... ¡El yoga, especialmente, esa maravillosa máquina de hacer dólares! Ponte cabeza abajo. Siéntate con las piernas cruzadas y, con la nariz, hazte cosquillas en el ombligo. Controla todos tus sentidos. Haz que las mujeres se corran hasta que griten "¡basta!" y tú puedas decir "la siguiente, por favor" sin abrir los ojos. Y esa cháchara sobre la reencarnación... De hombre en buey, en mono, en escarabajo. (...) Nosotros somos del misterioso Oriente. Dejémonos de hechos, la fe basta. 

Como veis, Khushwant Singh, ateo recalcitrante en un país donde la religión, valga la redundancia, es sagrada, no deja títere con cabeza. Sin embargo, pese al interés que puede tener, esa intrusión del autor no se justifica del todo en el conjunto de la obra. Tren a Pakistán no es una novela sobre la percepción que en occidente se tiene de la India. Su alcance va mucho más allá. En sus páginas, sólo los nombres de los personajes nos recuerdan que no estamos leyendo una historia sobre persecución y genocidio en Europa. O quizá es al contrario: nos demuestran que estamos ante un espejo de nuestras propias masacres. Pues no. Ni lo uno ni lo otro. El desenlace de la novela, extraordinario, nos saca de nuestro error. Singh no escribió sobre países, fronteras, colonialismo, odio o religión, sino sobre ese tema tan viejo que es el alma humana.

Caravanas de sijs emigrando al Punjab Oriental, en octubre de 1947


Aquí podéis ver un impresionante -y durísimo- documento gráfico de la Partición.

Y aquí podréis leer sobre el veto a los sijs en el campo de la seguridad personal.

miércoles, 13 de abril de 2016

Estrellas errantes, o quizá errabundas, o...



Las estrellas no caen, tan sólo vagan en busca de su destino.

La expresión yiddish blondzen no significa exactamente errar, sino algo así como "vagar en busca del camino perdido". En español, como en inglés, no existe un verbo completamente equivalente, así que para el título de Blondzende shtern tendremos que dar por buenos tanto wandering como errantes. El matiz de la frase que al principio de la historia Leibel le dice a su amada es, no obstante, muy significativo.

Valga esta pedante puntualización también para la editorial que decidiere, en el inminente centenario de la muerte de Sholem Aleichem, recuperar su novela cumbre. Así lo hizo Penguin en 2009, con motivo del 150 aniversario, y no le ha ido tan mal. En español, si no me equivoco, este libro sólo se ha publicado en Argentina, y de eso hace ya casi medio siglo. Por algún motivo que se me escapa, nuestros editores habidos y habientes han decidido que Aleichem, uno de los padres fundadores de la literatura yiddish moderna y, en cualquier caso, el hombre que terminó de dignificarla y la universalizó, no merece la atención del lector español.

Besarabia, 1920. El texto en yiddish dice: "así nos llevaba Shaye a la guardería"


Estrellas errantes comienza con dos escándalos familiares. Reizel y Leibel, las jóvenes y errabundas estrellas, han desaparecido de sus casas sin dejar rastro. La una se ha llevado su candor y su primorosa voz; y el otro, el dinero que el contable de su adinerado padre guardaba en el dormitorio. Al correr la noticia, el pequeño shtetl de Holeneshti, en la rumana región de Besarabia, se queda conmocionada. No parece tratarse, además, de una simple locura pasajera de dos adolescentes, y algunos sospechan incluso que puede tratarse de un secuestro, pues esta desaparición coincide con la partida de la compañía de teatro que a lo largo de las últimas noches ha encandilado a propios y extraños en el misérrimo poblado, y que se había interesado por incorporar a Reizel a su compañía. Comienza así una historia que nos lleva de la Besarabia de principios del siglo XX al Nueva York de antes de la Primera Guerra Mundial, pasando por Lvov, Viena o Londres (ruta casi idéntica a la que siguió el propio Aleichem cuando emigró a América huyendo de los pogromos), y que nos cuenta un pedazo de la historia de la diáspora judía tan interesante como increíble.

El interior del Grand Theatre, la primera sala construida específicamente para el teatro yiddish

Cabe imaginar que si, además de su gran talento literario, Aleichem hubiera tenido la capacidad de vislumbrar, siquiera vagamente, lo que iba a deparar el futuro, nos hubiera narrado la vida de personas como los Warner Brothers, Irving Berlin, Louis B. Mayer, o la familia Gershwin. Todos ellos, hijos de humildes trabajadores manuales judíos, huyeron con sus familias de los pogromos que los amenazaban en Rusia, Polonia, Hungría o Rumanía y recalaron en los Estados Unidos, donde con el tiempo acabaron creando Broadway y Hollywood, y transformando el mundo del espectáculo como nadie había hecho hasta entonces. Pero en aquellos tiempos, el cine estaba todavía en su primera fase de desarrollo. El verdadero espectáculo de masas era el teatro, y, dentro de la comunidad judía, el teatro yiddish gozaba de una popularidad e influencia que hoy nos cuesta imaginar, con multitudes agolpadas en las salas y unos actores principales convertidos en estrellas veneradas con locura.

 El rey Lear judío

En su origen, las obras yiddish incluían desde piezas satíricas para ser representadas durante la fiesta de Purim hasta canciones seculares, pasando por mascaradas o canto religioso. Esto siguió sin cambiar demasiado hasta que, en 1876, el poeta Abraham Goldfaden, al que habían encargado que ofreciera un recital de sus poemas en un jardín de la ciudad de Jassy, en Rumanía, extendió el programa inicial y lo convirtió en un vodevil. Pues bien, aquella actuación ha pasado a la historia como la primera representación de teatro yiddish profesional. Poco a poco, algunos autores, a remolque de la Haskalah (el movimiento ilustrado que, en los siglos XVIII y XIX abogó por la integración del pueblo judío en las sociedades en que vivían, así como por una modernización y secularización de sus costumbres) fueron explorando temas y estilos más sofisticados y profundos,y adaptando obras clásicas para el público judío. Aunque dicho movimiento abogaba también por la erradicación del yiddish en favor del hebreo, el impulso de su vertiente intelectual favoreció lo que se conoce como el Renacimiento Yiddish, en el que destacaba la figura de Aleichem.

 Mishcha Elman, modelo del personaje Grisha Stelmach, interpretando Kol Nidrei

Tras el asesinato en 1881 de Alejandro II a manos de los revolucionarios, el posterior recorte de libertades en el Imperio Ruso bajo el nuevo zar supuso un duro golpe para este teatro apenas recién nacido. Al poco tiempo de llegar al poder, Alejandro III prohibió las representaciones teatrales en yiddish, dada la imposibilidad de controlar los posibles focos de rebelión en una lengua que las fuerzas del orden no entendían. En consecuencia, Goldfaden y su troupe, junto a muchos otros, se vieron forzados a emigrar, y el hueco que dejaron fue ocupado por titiriteros que representaban obras de ínfima calidad. Éstos lograron salvar la prohibición gracias al ardid de denominar su teatro judío-alemán, que es precisamente el término que, en la novela que nos ocupa, utiliza Shchupak al referirse a su compañía, que, con esas obras simplonas y vulgares con las que Goldfaden había intentado acabar, deslumbra al shtetl de Holeneshti.

El mundo del shtetl, trasladado a Nueva York

Si Estrellas errantes hubiera sido escrita unos años antes, Holeneshti habría sido el escenario principal y casi único de la novela. Pero la primera década del siglo XX, época de cambios cruciales en todo el mundo, supuso un punto de inflexión para el shtetl, el yiddish y los judíos de la Europa oriental. Como dice Dan Miron en su fascinante e iluminador postfacio:

Mientras las historias anteriores habían retratado el shtetl de Europa oriental como un organismo social relativamente cohesionado, la nueva novela lo presentaba en un proceso de disolución y reformulación social y cultural bajo unas circunstancias completamente nuevas. Así, en lugar de limitarse geográficamente a una pequeña aldehuela judía o a una ciudad mediana de provincias situada en el corazón de la Zona de Asentamiento judío de Ucrania, la novela abarca todo el mundo askenazí en aquella era de grandes movimientos migratorios.

Del mismo modo, la elección de Holeneshti permite a Aleichem retratar ese mundo de titiriteros y sus ramplonas representaciones, pues sólo en un pueblo pequeño, remoto e inculto podía todavía triunfar ese tipo de teatro que Goldfaden había conseguido superar y que Aleichem tanto despreciaba. Al respecto de ese tipo de teatro, nos dice el narrador que sus producciones menores eran:

dramones sentimentales y tragedias mediocres con títulos tan poco habituales como 'Shminder Begetz en el Auto de fe' o 'Arráncate la blusa para mí', (...) mientras que sus piezas más intelectuales y literarias se titulaban 'Hinke-Pinke', 'La nuez de Shlyme', 'Salto en la cama' o 'Velvele come mermelada'.

Pero este conflicto entre el nuevo teatro, serio y de calidad, y el teatro popular tiene más de una dimensión. Así, una de las cuestiones centrales del libro tiene algo que ver con el habitual conflicto
 entre el judío "primitivo" y el "sofisticado", o, desde el punto de vista opuesto, el judío "puro" y el "asimilado". Al llegar a Viena, Holtzman observa que los judíos vieneses no son realmente judíos.

[Judíos] que no necesitan del auténtico teatro yiddish, judíos que corren a escuchar a Sonnenthal o se contentan con un cabaret o una tabernucha donde la gente se reúne para beber cerveza, fumar y escuchar a alguien cantar canciones tan vulgares como Chava o Todos los viernes por la noche, y luego aplauden y se relamen los dedos, a judíos como ésos habría que colgarlos de un árbol o fusilarlos (...) [Holtzman] y su nuevo socio decidieron escupir sobre esa Viena tan refinada y regresar a las provincias, a los pueblos de Galitzia, Bukovina o Rumanía, donde los judíos no habían probado el fruto del Árbol de la Sabiduría, y donde el público todavía se congregaba para ver a los actores judíos del mismo modo que correr a ver un oso, un elefante o un mono.

Es fácil advertir en esta cita cierta ambigüedad en el juicio de Holtzman, como también la hay en Aleichem, que se debate entre la esencia de la cultura yiddish y su apertura al mundo no judío.



Muchos críticos han señalado que Estrellas errantes es una novela un tanto imperfecta. Habría que matizar ese adjectivo. Gloriosamente imperfecta, podríamos decir. O épicamente imperfecta. Si los juzgamos por sus respectivas mejores novelas, no cabe duda, por ejemplo, de que, como novelista, nuestro autor era sensiblemente inferior a otro grande de las letras yiddish, Der Níster. Aleichem ha pasado a la historia sobre todo por sus relatos, y en concreto los que sirvieron de base a El violinista en el tejado. Sus escasas novelas breves, como Menajem Mendel, son de hecho muy poco novelescas, se caracterizan por la acumulación de episodios de la misma índole y en ellas, en palabras de Miron, el dinamismo del lenguaje suple al de la trama. Pese a que Aleichem era un gran lector y admirador de los grandes clásicos rusos, en Estrellas errantes, como en sus otras novelas, la trama adolece de una escasez de esos momentos dramáticos que hacen subir, bajar, girar y revolcarse a la historia, y que tanto caracterizan a la literatura rusa de la época. Da la sensación, más bien, de que, para echar a rodar la novela, el autor se sirve tan sólo del impulso de los capítulos iniciales y del cebo de la conclusión a la que todo parece llevarnos. Aleichem, que quería escribir una gran novela, sólo consiguió narrar una gran historia, trufada, eso sí, de personajes memorables.

Funeral de Zigmund Mogulesko, venerado actor que inspiró el personaje de Leo Rafalesco

Aleichem era un soberbio retratista, y su talento en esa faceta algunos lo han comparado con el de Dickens. Por ello puede sorprender que los personajes centrales, Leo Rafalesco (nombre artístico de Leibel Rafalovitch) y Rosa Spivak (Reizel), parezcan estar un tanto desdibujados. Leo, de hecho, es un auténtico soseras. Su momento álgido como personaje es al principio de la novela, cuando está aún en la edad del pavo. A partir de ese momento y de la separación de Rosa, Leo se convierte en un pelele del que todos se aprovechan. Su incapacidad para decir no, o ya para reaccionar a cualquier estímulo, lo lleva a aceptar con la mayor indiferencia el amor de una rubia despampanante, que se lo come a besos mientras él, alelado, está pensando en su amorcito. Sólo en el teatro es capaz de cobrar vida, y sólo al final de la novela, al cabo de diez años desde que las dos estrellas perdieron el rumbo, encuentra de nuevo su propia voz. En lo que respecta al escenario, Leo decide, de manera significativa, que:

 No se hable más. A partir de ahora, Rafalesco ya no interpretaría más papel que el de Uriel Acosta. Era su decisión final. No más operetas. No más melodramas. No más obras de Purim. ¡Se acabó! ¡Se acabó!

Uriel Acosta en el Grand Theatre de Nueva York (1904),

Y aquí hay que hacer un pequeño inciso para decir cuatro cosas sobre ese señor. Uriel Acosta nació a finales del s. XVI en Portugal, en el seno de una familia de judíos conversos. Descontento con el catolicismo, Acosta comenzó a interesarse por la fe de sus antepasados, aunque de manera clandestina. Es decir, que de converso pasó a lo que entrañablemente se conocía como marrano. Al sentirse perseguido por la Inquisición, se fue con su familia a Amsterdam, a la sazón un santuario de libertad religiosa, y que pronto se convertiría en el centro de la diáspora sefardí. Dedicado de pleno al estudio del judaísmo, Acosta observó con disgusto que los rabinos se centraban en cuestiones puramente rituales y legalistas que tenían escaso fundamento bíblico. La publicación de su libro Un examen de las tradiciones de los fariseos constituyó un escándalo en la comunidad judía. El libro fue quemado en público y Acosta fue excomulgado. Tras huir a Hamburgo, volver posteriormente a Amsterdam, pedir perdón y hacer propósito de enmienda, Acosta se vio incapaz de reprimir su propia naturaleza racionalista. No se contentó con sus críticas al judaísmo, sino que llegó a afirmar que toda religión es un invento de los hombres. Como castigo por hereje, recibió treinta y nueve latigazos en la sinagoga portuguesa de Amsterdam. A continuación, le obligaron a tumbarse a la puerta de la sinagoga y dejar que toda la congregación pasase por encima de él. Humillado de esta manera tan inhumana, Acosta acabó suicidándose. Dos siglos más tarde, el autor alemán Karl Gutzkow escribió la obra teatral que, interpretada por Adolf von Sonnenthal, encandila a Leo hasta el punto de negarse a interpretar otro papel.

Sonnenthal en la Enciclopedia Judía

La sombra de Acosta, al mismo tiempo hereje, mártir y precursor de Spinoza, se extiende de principio a fin sobre Estrellas errantes. El dilema y la tragedia que representa este personaje son los mismos que observamos en tantas obras de la literatura yiddish. Se trata del conflicto que enfrenta la libertad del individuo y su identidad como judío. En esta ocasión, no obstante, el foco apunta al conflicto del artista judío y su identidad en un mundo hostil, y éste, digámoslo aunque sea de pasada, es probablemente el tema central de la novela. Dice Meyer Stelmach a su buen amigo al respecto de Rosa Spivak:

Después de todo, somos judíos en un mundo cristiano. Pero eso no la convenció. Un gentil es un gentil y un judío es un judío. A mí me encanta ser judío, de verdad, con todo mi corazón. Me encanta el teatro judío, la comida judía, como sabes, me encanta el yiddish, tengo un hogar judío, y mi mujer, que Dios le dé larga vida, es una mujer kosher, mis hijos, a Dios gracias, son judíos, y más allá de eso, debo insistir en que, si mi Grisha fuera al barrio judío y pisara un escenario judío o entrara en una sinagoga, sería el final, lo perderíamos todo, ya no sería el héroe de la comunidad. ¡Se acabó Grisha Stelmach! Y lo mismo le pasaría a Rosa Spivak. Mientras esté entre gentiles, aunque todos sepan que es judía, los judíos ricos irán corriendo a oírla cantar. Pero si hiciera el tonto y actuara sólo para judíos, dirían: '"¿qué? Así que eres de los nuestros, ¿qué tienes de especial?" Al final conseguimos convencerla para que al menos se pusiera un tupido velo y que nadie la reconociera.

Si fuera judío, me atrevería a bromear sobre lo retorcido del razonamiento. Por otra parte, también Rafalesco reflexiona sobre la condición del artista judío.

Muchas cosas quedaron claras. Existían escuelas donde podías aprender a  ser actor, pero no había ninguna para judíos. Existían filántropos que entregaban fortunas al mundo de las artes, pero no había nacido ninguno para los judíos. No teníamos escuelas para artistas judíos, ni profesores, ni textos, ni alfabetos, ni filántropos, ni arte. Teníamos teatros, actores, talento, grandes y brillantes estrellas cuya luz llegaba lejos, mucho más allá del escenario judío, hasta la nación de los gentiles. Y a veces sucedía que éstos oían hablar de una de estas estrellas. Se llegaban hasta el teatro judío, se sonreían mutuamente y se pegaban a esa estrella hasta seducirla para que se fuera con ellos, y así ésta se perdía por siempre para el escenario judío.

Escena de una opereta yiddish, género muy popular en Europa oriental y denostado por Aleichem

El otro personaje central es, en teoría, Rosa Spivak, la amada de Leo. Si como hemos dicho, Leo es, durante la mayor parte de la obra, un soso algo pánfilo, Rosa se nos muestra como una chica más espabilada y ambiciosa. Aleichem quiso retratar en ella la nueva mujer judía. Ya no había sitio en la literatura yiddish para la "hija judía", modosita, obediente y que se casa con quien elijan sus padres.

No amo a nadie, ¡a nadie! Hago lo que me apetece en cada momento, lo que me dicta el capricho. Las preocupaciones de los demás son un chiste para mí. La tragedia ajena, un juego.

Rosa, a quien Aleichem da ojos de gitana, toma las riendas de su propia vida, aun a sabiendas del precio que tendrá que pagar. El problema es que casi toda la información acerca de Rosa se nos muestra de forma indirecta, bien sea a través de otros personajes o mediante el recurso facilón del intercambio epistolar. Miron sugiere que ello se debe a que Aleichem, conocedor en profundidad del mundo del teatro yiddish, apenas tenía unas vagas nociones del mundo de la música profesional al que Rosa se dedica. A mí la explicación no me convence, y me inclino a pensar que Aleichem nunca llegó a tomar la medida a la novela larga. Esto se puede observar al final de la novela, con un desenlace impecable desde el punto de la trama, pero empobrecido, una vez más, por el recurso del intercambio de cartas.

Escena de la adaptación al teatro de Estrellas errantes

Dejemos de lado, pues, a nuestros enamorados, y señalemos que la verdadera grandeza de esta novela radica, en primer lugar, en su impresionante galería de personajes secundarios, muchos de los cuales son mucho más complejos e interesantes que los principales. Qué decir,  por ejemplo, del sinvergüenza secuestrador devenido empresario Hotzmach / Holtzman, primero irritante, luego entrañable, finalmente trágico. O de la enamoradiza celestina Breyndele Kozak. O la tontaina y maquinadora Henrietta Schwalb. O todos esos empresarios teatrales, artistas y buitres que sobrevuelan todo lo que huela a dinero.

En segundo lugar, por supuesto, está la manera en que Aleichem consigue narrar, a través de tantas historias personales, la emigración de los judíos de Europa oriental a tierras americanas, así como la descripción de ese mundo depauperado pero lleno de sueños en el que vivían. Para el propio Aleichem, la relación con América fue siempre algo ambivalente. Por una parte, el escritor sentía admiración por una tierra que daba acogida y permitía prosperar al recién llegado. No olvidemos que nuestro autor llegó a Nueva York apenas un año después del pogromo de Kiev, y tres del de Kishinev, en Besarabia.

América es, Dios la bendiga, una tierra de libertad, más libre incluso que Londres. Aquí cada uno hace lo que quiere. Llegada la Pascua, uno se va a la sinagoga, otro se va a trabajar en una tienda. En Yom Kippur o Kol Nidre, uno llora en el Ya'ales, otro va a un baile, baile de Yom Kippur, se llama. Un grupo de jóvenes se reúnen y, con su cerveza y sus salchichas de cerdo, hacen las paces con el viejo Dios de los judíos por Sus malas acciones, por Sus decretos y Sus pogromos, y Le cantan las cuarenta, para que no se olvide hasta el próximo Kol Nidre. ¡Si hablamos de un país libre, aquí es donde puede hacer lo que quieras!


 Víctimas del pogromo de Kishinev

Aleichem, comparado en ocasiones, como hemos visto, con Dickens, llegó a América con grandes esperanzas. Era ya un escritor respetado y querido en Europa oriental, y ahora quería triunfar en el teatro yiddish, que en Nueva York era un género ya plenamente consolidado. De hecho, el Grand Theatre y el People's Theatre, de Jacob Adler y Boris Tomashefsky respectivamente, ambos, al igual que Aleichem, nacidos en Ucrania, gozaban ya de un prestigio y una calidad muy superior a la que tenía el teatro yiddish en Europa. Se recibió a Aleichem con gran expectación, pero algunos comentarios un tanto condescendientes por parte de éste predispusieron al público en su contra. Su estreno simultáneo con sendas obras en aquellas dos grandes salas fue un fracaso en toda regla. Apenas unos meses después, deprimido y humillado, Aleichem regresó a Europa. La experiencia, no obstante, le fue de gran utilidad cuando, dos años más tarde, empezó a escribir Estrellas errantes, donde incorporó una escena muy parecida a la que le había tocado sufrir en persona.

Comenzada la Primera Guerra Mundial, un Aleichem pobre y enfermo, que llevaba tiempo sobreviviendo gracias a la ayuda de amigos y admiradores, regresó a los Estados Unidos, donde firmó un contrato con un periódico, lo cual le garantizaba unos pequeños ingresos fijos. La muerte de su hijo en Europa, a quien no habían dejado entrar en el país por la tuberculosis que sufría, terminó de hundir a Aleichem, que moría también de tuberculosis un año más tarde. Quizá como irónico símbolo del destino del artista judío, Aleichem, abucheado diez años antes, congregó en su funeral a más de cien mil neoyorquinos.

Funeral de Sholem Aleichem, en Nueva York.


Os dejo unos enlaces (en inglés, por supuesto). Uno, sobre la vida y obra de Sholem Aleichem, y los otros, como muestra de la pasión que aún hoy sigue despertando el teatro yiddish.

jueves, 31 de marzo de 2016

El hombre y el oso


El amor por la naturaleza, como todos los amores, puede derivar en pasión, convertirse en obsesión, rebajarse a fanatismo y acabar en locura.

Timothy Treadwell era un chico normal, de familia de clase media, bueno en los estudios, excelente nadador, que un día se juntó con gente poco recomendable y empezó a darle a la bebida y las drogas. El problema se agravó cuando en un casting para hacer de camarero en la serie Cheers quedó por detrás de Woody Harrelson. Hundido en la depresión, Treadwell estuvo a punto de morir por una sobredosis de heroína. En ese momento, un amigo lo convenció de que hiciera un viaje a Alaska para alejarse del ruido y el mundanal vicio. Treadwell le hizo caso y en Alaska tuvo su primer encuentro con un oso grizzly, experiencia que, según él mismo, le salvó del mundo de las drogas y le reveló su destino. Por fin sabía para qué había venido al mundo.

Moriré por estos animales. Moriré por estos animales. Moriré por estos animales.

Treadwell pasó hasta trece veranos en el alaskeño (?) Parque Nacional de Katmai, y con sus documentales, entrevistas y charlas en los colegios, se hizo famoso tras labrarse una reputación como excéntrico ecologista, intrépido aventurero y, por supuesto, amante de los osos, de los que se consideraba, frente a la presunta incompetencia de las autoridades, el verdadero ángel guardián. Finalmente, Treadwell murió devorado por un oso. Con estas premisas, su inmenso talento y las grabaciones de Treadwell, Herzog nos narra una de sus inquietantes incursiones en el alma humana.


 En mis años más radicalmente ecológicos, yo ponía la vida de una foca o un lobo por encima de la de quienes los matan. Hoy, aunque sigo despreciando la caza o las corridas de toros, creo que he aprendido a ver las cosas en su justa medida. Algunos llaman a eso madurar; otros, hacerse conservador. La obsesión de Treadwell por los osos, como suele suceder con los que llevan la defensa de la naturaleza hasta el fanatismo, se fue manifestando en una creciente suspicacia hacia los humanos que desembocó en paranoia y hasta odio. Un momento muy revelador acerca de este comportamiento paranoico tiene lugar cuando Treadwell contempla, oculto y desde la distancia, a un grupo de hombres que ha venido a observar a los osos, sus osos. Estos observadores son conscientes de que están en "territorio Treadwell", y de hecho en otra toma vemos que nuestro protagonista, si bien sigue manteniendo respecto a ellos la distancia que debería mantener ante los osos, por lo menos ya no se oculta. Cuando los observadores se han ido, nuestro héroe nos muestra una inscripción que han dejado grabada en un tronco: hi Timothy, see you next year. Y según Treadwell, ese saludo no es nada menos que una amenaza. A continuación, nos enseña un "smiley" que han dibujado en una roca. Los ojos de este smiley, nos dice Treadwell, lo miran con odio.



En el documental sólo conocemos al Treadwell veraniego, como si, al igual que los osos, pasara largas temporadas hibernando. Presumiblemente, durante el resto del año se dedicaba a editar sus vídeos (llegó a grabar hasta cien horas) y a la concienciación social sobre los presuntos problemas del oso. Hay que hacer hincapié en la palabra presuntos porque el oso grizzly en Alaska no está en absoluto en situación de peligro. Treadwell afirmaba que estaba solo en la lucha contra la caza furtiva, (también afirmaba que pasaba los veranos completamente solo con los osos, aunque parece ser que eso era una mentirijilla para ayudar a construir su propia leyenda) pero los oficiales del parque afirman que nunca había habido un solo caso de furtivismo en la zona. Asimismo, frente a su reivindicación como defensor de los osos, el director del museo Alutiiq responde en el documental que Treadwell hizo más daño que bien a los grizzlies. "Intentó ser un oso", dice, "intentó comportarse como un oso, y los que vivimos en la isla, sabemos que eso no se hace, no puedes invadir su territorio". Al hacer que los osos se acostumbren a la presencia humana, añade, Treadwell en realidad ayudaba a los cazadores furtivos. Esta actitud irresponsable la hemos visto muchas veces, por ejemplo cuando supuestos defensores de los animales liberan cientos de visones en un habitat que no es el suyo, lo cual podrá ser bueno para su propio ego, siempre por encima del bien y del mal, pero es funesto para el equilibrio ecológico.

Jewel Palovak observa a Herzog, que escucha la grabación de la muerte de Treadwell

Cualquiera que conozca a Werner Herzog, director de Fitzcarraldo, Aguirre, la cólera de Dios o El enigma de Kapasr Hauser, sabrá perfectamente, aunque no la haya visto, que Grizzly Man no es una película sobre osos. Es más, me atrevería a afirmar que ni siquiera es una película sobre Timothy Treadwell. O no sólo. Más bien es una reflexión sobre la relación del hombre con la naturaleza, sobre la percepción, equivocada o no, que tenemos de ésta, así como una historia sobre uno más de esos hombres que encuentran en el mundo salvaje un refugio contra la sociedad, o, de manera algo más perturbadora, buscan refugiarse de sí mismos, personajes límite que tanto fascinan al director alemán.

 Lo único que queda de él son sus grabaciones. Y cuando vemos a esos animales disfrutando de ser ellos mismos, en su gracia y su ferocidad, una idea se vuelve cada vez más clara. No se trata tanto de una mirada a la naturaleza como a nuestro interior, a nuestra propia naturaleza. Y para mí, eso es lo que da valor a su vida y su muerte. 

Amie Huguenard, compañera de Treadwell, frente al oso que probablemente los mató

Leyendo las críticas de esta excelente película, uno se pregunta si no somos un tanto cínicos al calificar a Treadwell de loco e irresponsable. En primer lugar, es absurdo no reconocer el mérito de haber sobrevivido trece veranos junto a estas criaturas. El grizzly de Alaska es, junto con el oso polar, el oso más grande del mundo. Un macho grande fácilmente puede pesar 600 kilos y, si se pone de pie, llega casi a los tres metros de altura. Se trata, en definitiva, de uno de los depredadores terrestres más poderosos que existen. Treadwell, sin embargo, se acerca a ellos, los espanta si advierte intenciones hostiles, y llega a acariciar a los oseznos. Algunas de las imágenes grabadas por Treadwell, como la impresionante pelea entre dos machos, son dignas de los mejores profesionales de la BBC, y no cabe duda de que pocas personas han logrado pasar tanto tiempo tan cerca de estos osos. Además, como señala Herzog, aquel año, en lugar de partir al final del verano, Treadwell se quedó hasta entrado octubre. El oso que lo mató había llegado a esa zona del parque hacía poco tiempo, no "conocía" a Treadwell, estaba hambriento y necesitaba acumular grasa para el invierno, que estaba ya muy próximo. Podría decirse, pues, que Treadwell murió más por un descuido o por un exceso de cofianza, que por un comportamiento suicida.


 Un Treadwell delirante mandando a tomar por saco a las autoridades que intentan restringir su actividad

 Por otra parte, y contrariamente a lo que nos quiere dar a entender, no puede decirse que Treadwell llegara a interactuar con los osos. A lo sumo, éstos lo toleran, lo observan con curiosidad y quizá recelan de él, asombrados de que algo que parece comestible no salga huyendo al verlos. Pero por mucho que nuestro héroe les declare su amor eterno e incondicional, los osos se empeñan en no corresponderle.

Los seres humanos, sobre todo los que amamos a los animales, tendemos a proyectar en éstos las cualidades de nosotros mismos que nos parecen más admirables: la lealtad, la amistad, el amor filial o el sentido de la justicia, entre otras. Cualquier vídeo en el que veamos a un animal salvaje mostrar algo parecido a nuestras virtudes más nobles se convierte en viral de inmediato, y todos decimos entonces qué malas somos las personas y qué bondadosos e inocentes los animales. En ese esquema tan simple no cabe la realidad, que nos mostraría a depredadores devorando a su presa mientras ésta aún patalea; a orcas que matan a un ballenato para luego no comerse más que una aleta, a machos rivales de leones, tigres u osos matando a las crías de las hembras con las que quieren aparearse, o a prácticamente cualquier especie animal cometiendo actos que, entre los humanos, nos parecerían de una crueldad indescriptible. Naturalmente, los animales no son crueles... como tampoco son "buenos". Eso es lo que algunos amigos de los animales, como Timothy Treadwell, son incapaces de ver. Cuando unos lobos matan a una cría de zorro, un Treadwell desconsolado acaricia el cadáver de éste mientras le dice "te quise mucho, gracias por dejarme ser tu amigo".

No puedo dejar de pensar en que, en el rostro de todos los osos que Treadwell filmó, no puedo hallar ni rastro de solidaridad, de comprensión, de piedad. No veo más que la sobrecogedora indiferencia de la naturaleza. Ese supuesto mundo secreto de los osos, sencillamente, no existe, y esa mirada vacía no me revela más que un aburrido interés en la comida. Sin embargo, para Treadwell este oso era un amigo, un salvador.

En otras palabras, el oso Yogui no existe. Estos bichos matan.



Timothy Treadwelly Amie Huguenard, unos días antes de morir


Una de las escenas más inolvidables de la película es aquella en la que vemos a Herzog, de espaldas, escuchando la grabación que, de manera casual, recogió el ataque del oso a Herzog y su acompañante, a los que devoró. Jewel Palovak, antigua amiga y compañera de Treadwell lo observa sobrecogida. Al concluir, Herzog le pide que no escuche jamás esa grabación. Es más, le dice, debería destruirla. Ella le responde que así lo hará. No llegó a hacerlo, sino que decidió guardarla en una caja de seguridad en un banco. Desconozco si antes de eso alguien hizo una copia, pues es muy fácil encontrar supuestas grabaciones del horroroso ataque. Siempre me niego a ver vídeos de muertes, en primer lugar por respeto a la víctima, y en segundo lugar, por respeto a mi propia sensibilidad. Sin embargo, equivocadamente, pensé que una cinta de audio no podría ser tan perturbadora. Pues lo es. Y ni siquiera sé si es auténtica. 

Tráiler oficial de Grizzly Man

En definitiva, película fascinante. Herzog en estado puro.

Si Dios existe, estará muy orgulloso de mí. Si viera cómo los quiero... Es una buena obra... Moriré por estos animales. Antes no tenía vida. Ahora tengo una vida. (Timothy Treadwell)

Creo que el común denominador del universo no es la armonía sino el caos, la hostilidad y el asesinato. (Werner Herzog)


lunes, 21 de marzo de 2016

Claudio, de tonto a Dios



La proclamación de Claudio como emperador es uno de esos momentos en que la historia cede el paso a la farsa. En los momentos de caos y confusión que siguieron al asesinato de Calígula, un aterrorizado Claudio se escondió en el palacio del emperador. A sus escasos treinta años, el hijo de Druso el Mayor había visto los suficientes asesinatos de amigos y familiares como para olerse lo peor en una situación como aquélla. Hasta ese momento, se había salvado del veneno y el puñal gracias a su tartamudeo y cojera, que le habían ganado la fama de retrasado y, por lo tanto, de inofensivo. De hecho, en más de una ocasión recibe el consejo de cultivar esa imagen de idiotez como la mejor defensa posible. Ahora, tras el asesinato de su sobrino el emperador, Claudio, de manera comprensible, piensa que la guardia pretoriana viene a por él. El pobre no sabe dónde meterse y se oculta tras unas cortinas. Allí lo encuentra un soldado llamado Grato, que, entre risas, informa a su superior de que ha encontrado con la persona indicada para suceder al emperador. "¡Soltadme!", grita Claudio, "¡no quiero ser emperador! ¡Larga vida a la república!". Pero de convencerlo se ocupa no sólo Mesalina, sino también el propio Grato, que, con una sonrisita burlona, le dice que no se ponga así, que ya se acostumbrará, y que:

-No es una vida tan mala la de emperador.

Un emperador romano, de Sir Lawrence Alma-Tadema. Grato, un guardia pretoriano, descubre a Claudio tras las cortinas y lo proclama emperador

Esta proclamación tiene lugar al final de Yo, Claudio. Antes de ello, entre motines, batallas, intrigas palaciegas y asesinatos a porrillo, hemos asistido al auge y caída de tres emperadores, pero el verdadero conflicto, como hemos visto en la escena descrita arriba, es el que se produce con el fin de la República Romana y el nacimiento del Imperio, de la mano de Augusto. Claudio, que siempre quiso mantenerse al margen, que no anheló otra cosa que vivir tranquilo estudiando y escribiendo libros de historia, y que siempre fue un hombre de fuertes convicciones republicanas, se ve obligado a aceptar un puesto radicalmente contrario a sus principios. Y si el libro empieza con un tono irónico ("Yo, Tiberio Claudio Druso Nerón Germánico Esto-lo-otro-y-lo-de-más-allá"), el final no lo es menos. Como aquellos pobres diablos que, en lo alto de la cruz, aún eran capaces de ver el lado brillante de la vida, nuestro héroe se consuela pensando que, como emperador, sus libros llegarán a muchos más lectores.

Uno de los dos colosales Barcos de Nemi, que Calígula mandó construir. Recuperados del lago por órdenes de Mussolini, fueron destruidos durante la II Guerra Mundial

Yo, Claudio está considerada no sólo una de las mejores novelas inglesas del siglo XX, sino un hito en la novela histórica, género cuya definición precisa constituye uno de esos debates eternos en la historia de la literatura. Algunos dicen que es novela histórica cualquiera que transcurra como mínimo cincuenta años antes de ser escrita, mientras que otros arguyen que su rasgo esencial es una visión realista o costumbrista de la época recreada. A este respecto, una de las definiciones que más me ha gustado es la que sugiere que "el objetivo de la ficción histórica no es mostrar al lector cómo era la vida exactamente en un periodo determinado de la historia (...). [En una novela histórica] el autor no centra su obra en la recreación de una época, sino en la trama, con el fin de ayudarnos a entender las diferencias entre entonces y ahora, y en unos personajes que consigan trascender el tiempo y hablarnos desde su propia perspectiva de una forma que el lector actual pueda entender. Una definición de ficción histórica literaria es, pues, la de una 'ficción situada en el pasado pero que hace hincapié en cuestiones relevantes en el momento actual.'"

Tiberio, retirado de la mundanal Roma y entregado a la voluptuosidad en su villa de Capri

Pues bien, Yo, Claudio fue publicada en 1934, cuando Hitler llevaba un año en la cancillería; Mussolini, doce como dictador, y en la Unión Soviética Stalin se afianzaba como caudillo. A lo largo de la historia de la humanidad no han faltado tiranos, sátrapas y genocidas, pero no cabe duda de que en los años treinta, y sobre todo a partir de la publicación de estas novelas, era difícil que nadie estableciera un paralelismo entre estos dictadores y aquellos divinos emperadores. ¿Culto al líder? ¿Juicios farsa? ¿Grandes purgas? ¿Ejércitos de informadores? Lo siento, dictadores estrella del siglo XX, pero todo eso estaba ya más que inventado antes de que llegarais vosotros. Y si, como novela histórica, Yo Claudio servía de reflejo de su época a los lectores de aquella década fatídica, como obra maestra de la literatura nos habla también directamente a nosotros, como hará con los lectores de siglos venideros. Por fortuna, la gran literatura no caduca. Por desgracia, el ser humano no aprende.

Entrada a la cueva de la Sibila en Cumas

La novela empieza con un recurso clásico y poderoso: la profecía de la Sibila. El narrador, un Claudio irónico, como hemos visto, anciano y que tiene ya presentimientos de muerte, recuerda la visita que dieciocho años atrás hizo a la Sibila en Cumas. La Sibila vaticina el destino del Imperio en unos versos enigmáticos, como debe ser, pero que dejan entrever un atisbo de lo que se avecina, y despiertan ya el interés del lector por ver qué va a pasar con esos "peludos", pues tal es el origen etimológico de la palabra "césar". A diferencia del resto del libro, inspirado principalmente en la obra de Suetonio, este episodio es fruto exclusivamente de la imaginación de Graves, que se sirvió de este artificio para enmarcar la narración. Parte de ese marco narrativo es también la elección del griego para escribir estas memorias. Nos dice Claudio que el griego siempre será la lengua literaria del mundo y que si Roma, como predice la Sibila, acabará pudriéndose, ¿no se pudrirá el latín con ella? Desconozco en qué lengua escogió expresarse en sus copiosas y desparecidas obras el verdadero Claudio, pero la ficción de hacerlo en el griego de Shakespeare le permite a nuestro narrador explicarnos el significado y etimología de términos del latín, algo que no habría tenido ningún sentido si estuvieran escritas en esta lengua.

 John Hurt, un Calígula depravado y cobarde

 El verdadero

Malcolm McDowell, un Calígula despiadado

Así, aprendemos, como ya hemos visto, que césar significa una cabeza cubierta de pelo, o que Cayo Julio César Augusto Germánico recibió el sobrenombre de Calígula porque de niño, cuando acompañaba en expediciones militares a su padre Germánico, gustaba de calzarse las botas (caligas) de los legionarios.

Anécdotas lingüísticas aparte, leer estas dos fantásticas novelas es una experiencia literaria inolvidable, del mismo modo que debió de ser inolvidable ver en su momento la mítica adaptación que la BBC hizo en 1976. Servidor, por desgracia, era demasiado pequeñajo en aquella época para ver tanta depravación, y en mi recuerdo el rostro de Derek Jacobi está indisolublemente asociado desde entonces a la voz de mi madre diciendo "¿qué haces levantado? ¡a la cama ya!". Con aquella serie, toda España se aprendió la sucesión de emperadores desde Augusto a Nerón, lo cual nos devuelve al debate sobre la ficción histórica, de la que se dice también que debe entretener e ilustrar. En ese sentido, el mérito de Graves es haber dado vida -vida eterna, además- a personajes habitualmente marmóreos. Suetonio y Tácito, por nombrar a los más conocidos, han narrado las vidas de algunos de estos personajes, y sus descripciones, las de Suetonio en particular, son memorables, pero la distancia entre historiador e historiado era imposible de obviar. Al meterse en la piel de Claudio, Graves salva esa distancia y nos narra en primera persona y desde el ojo del huracán todos aquellos hechos que habitualmente nos refería la Historia. Y esto, que hoy parece obvio, antes no lo era.

Caractaco, rey de los britanos, apresado y exhibido en Roma. Tras su noble discurso ante Claudio, éste le concede la libertad

Según el autor, la obra comenzó a gestarse la noche en que, tras leer a Suetonio, la figura de Claudio se le apareció en un sueño exigiéndole que escribiera su verdadera historia. (Claro que, en otro momento, Graves dijo que la había escrito con el único fin de ganar dinero). Y aunque no se nos oculta ninguno de los defectos de Claudio, es evidente que Yo, Claudio tiene mucho de reivindicación de la figura del emperador. Pero más allá del retrato de Claudio, personalmente, y como he señalado más arriba, creo que Graves nos habla del siglo XX, de tiranías, de despotismo, de la brutalidad del poder, de la indefensión del pueblo frente a ese poder, de la absoluta soledad del poderoso y, sobre todo, de la dificultad que el buen gobernante tiene para regir el país con estricta fidelidad a sus principios.

 Messalina (1881), de Peder Severin Kroyer

En lo que se refiere a la soledad del poderoso, sólo un personaje es capaz de aliviar ese sentimiento hasta el final de la vida de nuestro héroe. Claudio, rechazado por su familia desde niño y objeto de burla por parte de todos, encuentra cariño en su admirado hermano Germánico y su primo Póstumo, y respeto en el filósofo Atenodoro, su tutor, que despierta en él el amor por la historia y el anhelo de la república. Pero cuando el pequeño Claudio lo conoce, Atenodoro es ya un anciano, y Germánico y Póstumo serán víctimas de conjuras que hacen hervir la sangre al lector. Las sucesivas esposas de Claudio, por su parte, no le provocan más que asco, disgustos o indiferencia, y la única a la que de verdad creee amar es la pérfida Mesalina, cuya reputación de ninfómana recalcitrante y aficionada a endulzar elvino ajeno es cuestionada hoy por la historia. Sólo una persona comprende, respeta y estima a Claudio hasta el fin de sus días: la prostituta Calpurnia. En ella Graves crea uno de esos personajes secundarios que bien valdrían una obra entera por sí mismos.

 Claudio, moribundo, recuerda su encuentro con la Sibila

¿Y qué hay de la religión? Al fin y al cabo, hablamos de Claudio, el dios. La religión, siempre inseparable del poder, lo era también en Roma, y más aún desde el momento en que se divinizó a Augusto. No obstante, el lector observa en estos romanos, mucho menos locos de lo que aseguran algunos, una actitud absolutamente pragmática e incluso racional hacia la religión. Como nos recuerda Isaac Asimov en El Imperio Romano, (de la imprescindible Historia Universal, en Alianza):

Las religiones oficiales de Grecia y Roma por igual estaban prácticamente muertas por la época del Imperio. Las clases superiores realizaban los ritos (...) de una manera mecánica y distraída.

El propio Claudio nos dice:

Fue por esta época cuando empecé a interesarme por la cuestión de las nuevas religiones y cultos. Cada año llegaba a Roma algún nuevo dios para satisfacer las necesidades de los inmigrantes, algo a lo que yo no tenía objeción alguna. (...) El descubrimiento de que la religión es un producto comercial como el aceite, los higos o los esclavos se hizo en Roma durante los últimos años de la República.

 Una de las costumbres de los druidas descritas por Claudio

A pesar de ello, el fanatismo religioso es uno de los temas centrales de Claudio, el dios.

 Parece haber demasiada religión en el ambiente. Es una mala señal. Me recuerda a lo que dijiste cuando hicimos decapitar a aquel idiota místico, Juan el Bautista: "el fanatismo religioso es la forma más peligroso de locura". 

Son palabras de que Graves pone en boca de Salomé, aunque podría haberlas pronunciado el propio Claudio. Éste, que ya se vio obligado a olvidar sus principios al aceptar ser proclamado emperador, y que en todo momento se ha negado en redondo a que lo divinicen, reacciona de un modo resignado y burlón cuando le informan de que en Inglaterra, en el templo dedicado a Augusto en Colchester, ahora lo adoran a él:

Así que por eso me siento tan raro. ¡Me he convertido en un dios!

Añádase a todo ello el conflicto entre judíos y griegos en Alejandría, por el plan de Calígula de erigir templos a sí mismo en las sinagogas, y que condujo a algunos de los primeros pogromos de la historia; la detallada descripción del druidismo y algunas de sus prácticas más bárbaras, así como la determinación de Claudio de erradicarlo; la ya mencionada divinización del caudillo; la aparición de un loco al que llaman el Mesías, los ecos de cuya fama y devoción popular llegan hasta Roma; o, más allá de la religión, la cuestión de quién es un ciudadano romano de pleno derecho y quién no; la corrupción en la concesión de monopolios; o la borrosa línea que separa la política de las carreras de cuadrigas, y veremos que la relevancia de esta obra tranquila y genial se extiende hasta tiempos y lugares muy cercanos.

 Recreación del Templo de Claudio, en Colchester, Inglaterra

 Tanto Yo, Claudio como Claudio, el dios son lo que en inglés se llama long-seller, libros que no han dejado de reeditarse y venderse desde su publicación. Al tratarse de libros de ficción, he intentado no caer en la tentación de recrearme en los acontecimientos históricos, algo que además me habría tenido perdido durante semanas, y me he limitado a incluir algunas fotografías al respecto. De hecho, aunque sería un crimen dejar de lado el talento literario del autor, uno podría, si quisiera, leer estas dos novelas como si se trataran de libros de historia, tanta es la fidelidad de Graves a los hechos. Éste es el gran logro de don Robert, crear una obra de ficción fascinante y amena, en la que la ficción juega de hecho un papel muy pequeño. Dar vida a incontables personajes hasta entonces pétreos y momificados (¡qué gran escena, por poner un ejemplo, el último encuentro entre Tiberio y Livia!), presentar de manera clara un periodo complejo y crucial de la historia, y lograr que el resultado sea tan fresco hoy como cuando se publicó hace ochenta años, es algo que sólo está al alcance de los maestros. Y hoy que la novela histórica vive una especie de auge, uno se pregunta...




lunes, 7 de marzo de 2016

De envidia y panderetas


Dicen que la envidia es nuestro pecado nacional. Yo dudo que dicho pecado sea patrimonio exclusivo de nuestro país, pero sí creo que los españoles manifestamos nuestra envidia de una manera muy sui generis. Un español que se abre camino hacia el éxito es admirado, pero cuando lo alcanza, sobre todo si ese éxito cruza los Pirineos, es denigrado, en primer lugar, por un pueblo que no tolera que nadie, a base de esfuerzo, consiga salir de la mediocridad; y en segundo lugar, por una prensa que necesita de esas figuras para advertirnos de los peligros de desmarcarse del rebaño.
No sé si el caso de Joselito es mera envidia, o es más bien lo que viene después, que es ese descanso aliviado que se toma la envidia cuando el ídolo se ha hundido en el olvido y se ha arruinado por completo. Y no lo sé porque, al igual que casi todos vosotros, no viví la caída de Joselito, cuyo nombre oí por primera vez de labios de mi abuela, quien un día me dijo con gran emoción "hoy dan en la tele una película de Joselito, un niño que canta como los ángeles". Cantaba, debería haber dicho, porque por aquel entonces la voz angelical había abandonado a nuestro héroe, que desde hacía ya unos años era un juguete roto.


En cualquier otro país, la vida de José Jiménez Fernández, en lugar de servir de carnaza para el siniestro pimpampum al ídolo caído, hace tiempo que habría sido recuperada por algún escritor o cineasta que, con un poquito de talento, hubiera podido hacer de ella lo que es: una historia conmovedora, indignante, universal y, sin embargo, increíble. ¿No es acaso increíble que ese niño nacido en una humildísima familia jienense llegara a convertirse en un fenómeno mundial? ¿Que fuera invitado por el presidente de los Estados a visitarlo en su rancho? ¿Que viviera en directo la revolución cubana y que, en el transcurso de aquel acontecimiento histórico, pasara dos meses junto al Che y Fidel Castro? ¿Que llegara a compartir mesa con Frank Sinatra? Un personaje así es el sueño de todo creador, y no cuesta imaginar lo que Philip Roth o Norman Mailer hubieran podido hacer con él.
Pero en España, tristemente, en demasiadas ocasiones preferimos aliviar nuestras miserias mofándonos de la desgracia ajena y solazándonos con su ridículo, cuando en realidad estamos proyectando en él nuestros miedos y complejos. Celebramos la caída del ruiseñor porque quién le manda traficar con drogas. Y así, tranquilizados por sentirnos superiores a quien lo tuvo todo, nos podemos entregar a lo que de verdad nos gusta. Nos reímos de Joselito porque, decimos, representa esa España franquista de pandereta y chorizo, pese a que, por increíble que parezca, y a diferencia de tantos artistas hoy respetados, nuestro héroe no actuó jamás para el caudillo ni se hizo una sola foto con él. Lo despreciamos porque sus películas son atroces, que lo son, probablemente, pero no más que las de Elvis. ¿Quién es el cateto, pues?

Siempre se ha rumoreado, aunque el propio Joselito lo niega, que los buitres que se apoderaron de la figura del pequeño ruiseñor y, sobre todo, de los beneficios que éste producía, intentaron a toda costa alargar esa infancia tan rentable. En todo caso, cuando las hormonas de la adolescencia se acabaron de adueñar del cuerpecito malnutrido de nuestro héroe, Joselito dejó de tener ningún valor comercial. Entre todos lo abandonaron y el solito se esfumó.


Pues bien, al final no ha sido Philip Roth, sino un ilustrador y dibujante de tebeos (como él mismo se define) español el que ha recuperado la figura legendaria de Joselito para dignificarla, quitarle de encima las varias capas de caspa que los españoles le hemos echado encima y, de paso, crear una excelente, entretenidísima y, más que original, revolucionaria novela gráfica que (ya puestos, por qué no echar mano del tópico) hará las delicias de los amantes del género.


Supermán Joselito en audiencia con Juan XXIII

José Pablo García ha decidido contarnos la vida de Joselito a través de un repaso a toda la historia de la novela gráfica. Y es que, como podéis ver en las ilustraciones, esta obra destaca por la enorme variedad de registros y estilos en su trazo y composición. Aquí están las historietas de Bruguera, está el manga, está Tintín, está El Corto Maltés, está Jack Kirby, están Roberto Alcázar y Pedrín, está David Mazzucchelli, están las estampas conocidas como aleluyas (yo también ignoraba este nombre, pese a que uno las reconoce al instante), y así, aseguran quienes las han contado, hasta cuarenta referencias a diferentes estilos y autores. Dice García que esta variedad de registros era la mejor forma de narrar la vida de alguien tan camaleónico como Joselito, que de querubín pasó, según la poco contrastada información de un prestigioso periodista, a mercenario, de mercenario a traficante de drogas, y de camello a efímera estrella resucitada en uno de tantos lamentables realities con los que nos gusta idiotizarnos.


La vida de Joselito, aunque a algunos no les guste admitirlo, forma parte de nuestra historia, y su figura, la de un chico humilde al que el éxito devoró, no por vieja y conocida deja de ser relevante. Con Las aventuras de Joselito, José Pablo García nos ha contado esta historia arquetípica de un modo absolutamente nuevo, pero no es eso, en mi opinión, lo más importante, sino, cómo ha conseguido, por medio del arte, devolver a Joselito la dignidad que le negamos. Respeto.

 Y cómo cantaba el jodío

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