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miércoles, 7 de septiembre de 2022

De noche, bajo el puente de piedra



Nos dice la contraportada que De noche, bajo el puente de piedra es una "historia de historias, relato de relatos". Y seguramente lo es, pero no creo que sea la mejor forma de describir lo que es este libro fundamentalmente: una novela. Formada a base de relatos, sí, cuya relación entre unos y otros, por lo menos al principio, no es del todo obvia, de acuerdo. Pero el poso que nos deja al final es el de Novela. Extraordinaria, bellísima Novela. Con una mayúscula, simplemente porque tampoco es cuestión de ponerse a gritar.

De noche...transcurre en la Praga de finales del siglo XVI y principios del XVII, una época y lugar en los que mi ignorancia se siente como en casa y que resultan ser de lo más interesantes. Praga era a la sazón la capital del Reino de Bohemia, y había sido residencia de varios Emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico. A pesar de ser, pues, territorio de fuerte tradición católica, el protestantismo iba ganando en aceptación, lo cual, unido a otras causas, desembocaría en 1618 en la Guerra de los Treinta Años. Antes de llegar a ella, sin embargo, Praga pasó por un período marcado por la inefable figura de Rodolfo II, Rey de Bohemia y Emperador del Sacro bla bla bla. 

El conocido retrato que hizo Arcimboldo de Rodolfo II

A este Rodolfo no le preocupaban demasiado los asuntos de la corte ni sus ramificaciones religiosas. Sobrino de nuestro Felipe II, Rodolfo era católico, y pasó sus años de formación en España, a pesar de lo cual su reinado se caracterizó por la tolerancia religiosa. Protestantes y, sobre todo, judíos podían vivir sin miedo, hasta el punto de que en aquellos años la vida cultural judía floreció en Praga como no lo había hecho hasta entonces. Baste decir que, a principios del siglo XVIII, en ningún lugar del mundo había tantos judíos como en Praga, donde representaban la cuarta parte de la población. 

A falta de interés en la política, la vida de Rodolfo II giraba en torno a sus grandes pasiones: las artes, la astrología y la alquimia.  Fue mecenas de numerosos artistas y científicos, y algunos de ellos, como Arcimboldo o Bartholomeus Spranger,  Kepler o Tycho Brahe, fueron acogidos en su corte. Tenía una notable colección de obras de arte en la que figuraban varios Durero y Brughel, y un célebre gabinete de curiosidades que incluía leones, tigres, águilas y osos.

Johannes Kepler y Rodolfo II

Muchos historiadores han achacado al aparente desinterés de Rodolfo por las cosas de palacio los desastres de su reinado, el más señalado de los cuales es la ya mencionada Guerra de los Treinta Años. Esa visión, sin embargo, ha cambiado en los últimos años, y ahora historiadores y biógrafos se inclinan por valorar su notable contribución al desarrollo cultural y científico del país, que ven como un factor clave en el desarrollo del Renacimiento en Bohemia. Esa mirada benevolente de los historiadores hacia sus filias se extiende también a sus fracasos políticos, que hoy se consideran más bien un loable intento fallido de crear un imperio cristiano unificado. 

Y diréis, ¿a cuento de qué la vida y milagros de este señor? Pues a cuento de que es uno de los protagonistas de esta soberbia obra literaria que es De noche, bajo el puente de piedra

La calle Rabínská, en el antiguo barrio judío de Praga

Aunque mucho menos conocido, otro de los grandes personajes de la época que se pasean por estas páginas es Mordecai Maisel (Mordejai Meisl en el libro), filántropo, prestamista y líder de la comunidad judía. A lo largo de su vida, el emprendedor Maisel llegó a amasar una inmensa fortuna. Su filantropía le impulsó a realizar obras de caridad, promover la construcción de hospitales, proveer de ropa a los más pobres, contribuir a la construcción de iglesias y sinagogas, y prestar dinero sin intereses a mercaderes en apuros. Es más, con el tiempo Maisel se convirtió de facto en el prestamista oficial de Rodolfo II, a quien prestó grandes cantidades de dinero a cambio de ciertos privilegios y oportunidades de negocio.

Siglos más tarde, Jakob Meisl (a éste le dejo el apellido como en el libro), estudiante de medicina y descendiente del legendario Mordecai, le cuenta todas estas historias a su alumno particular, que es nuestro narrador. En palabras de Meisl, ni los libros ni  los profesores son capaces de explicar los porqués y los cómos de la Historia, pues siempre dejan de lado el factor humano y el lado mágico de la vida. Así, por ejemplo, cuando los rebeldes bohemios perdieron la histórica batalla de Monte Blanco, ello no se debió a que tenían enfrente al conde Tilly ni al pésimo emplazamiento de su artillería, sino a que el caballero Peter Zaruba "no tuvo la sensatez de preguntarle al mesonero que le atendió: ¿cómo puedes ofrecer doce platos semejantes por solo tres gros? ¿Eso, amigo, es económicamente imposible! Y así perdió Bohemia su libertad y cayó en manos de Austria...".

Retrato de Mordecai Maisel

Las vidas de Mordecai y Rodolfo se cruzan en varios momentos, algunos de los cuales nos proporcionan unas páginas maravillosas. Como ya hemos dicho, Mordecai prestó grandes sumas al Rey, pero a estos dos personajes no sólo los unen los lazos económicos, sino que también hay de por medio una historia de amor cuyo origen y razón de ser sólo se nos revela al final del libro.

Estos saltos adelante y atrás en el tiempo, saltos que van desde la época del narrador hasta la infancia de un niño judío muy espabilado, pasando por la juventud de Rodolfo tras su regreso de la corte española y por las maquinaciones del chambelán Philipp Lang (otro personaje histórico que podría estar sacado de una película), dan una gran agilidad al relato y lo impregnan de misterio. A ello contribuyen también las otras grandes dualidades que nutren la historia. Así, De noche... se desliza por esa dimensión que se extiende entre el mundo de los sueños y el de la realidad, juega los conceptos de destino y azar, hace un esqueje entre un rosal y un romero, y toquetea los hilos que unen al mendigo más miserable con el emperador más sacro y más germánico.

Fotograma de El Golem (1920), de Paul Wegener

La novela, pues, está envuelta en lo que los gentiles con escaso conocimiento del misticismo judío podríamos definir como un ambiente cabalístico, que es otra manera de referirse al elemento mágico. De hecho, uno de los numerosos personajes históricos que vemos en la obra es el Rabino Loew, el destacado talmudista a quien la leyenda atribuye la creación del Golem, ese personaje de barro cuya misión era proteger a los judíos de Praga de ataques antisemitas y pogromos. En nuestra historia no hay golems, pero sí fantasmas, profecías, transmigración de almas o perros que hablan, pero mucho ojo, que a nadie se le ocurra hablar de realismo mágico. Por favor. Porque no.

De noche... es también una elegía al antiguo barrio judío de Praga, ciudad natal del autor. Si habéis visitado la ciudad, quizá os haya sucedido como a mí, que busqué en vano esas estrechas y oscuras calles del barrio judío, tan tortuosas ellas, por las que se paseaba el golem de Paul Wegener. Aquel histórico barrio, conocido como Josefov, fue en su mayor parte demolido entre 1893 y 1913, con el fin de hacer sitio a una remodelación de la ciudad al estilo del plan Haussmann que transformó París. De él sólo quedan en pie seis sinagogas, el viejo cementerio y el ayuntamiento judío, todos ellos parte del Museo Judío.

El barrio judío antes de su demolición. Los rincones tan kafkianos como éste ya no existen.

«A punto de concluir el siglo, cuando contaba quince años e iba al instituto —mal estudiante, siempre necesitado de preceptores—, vi por última vez el barrio judío de Praga, que ya no se llamaba así, sino la “ciudad de José”. Aún la recuerdo tal y como era en aquella época, con sus endebles casas apoyadas unas contra otras y casi en ruinas, con agregados laterales y delanteros que hacían las callejuelas aún  más estrechas. Esas callejuelas sinuosas y llenas de recodos que formaban un laberinto en el que me perdía irremisiblemente si no me andaba con cuidado. Oscuros pasadizos, patios sombríos, ventanucos y bóvedas como cuevas en las que los ropavejeros solían ofrecer su mercancía, pozos y cisternas  contaminadas por la enfermedad de Praga, el tifus, y en cada rincón, en cada esquina, una taberna en la que confluía el submundo de la ciudad.» 


Leo Perutz, nacido en Praga en 1882 de familia judía, fue una de esas mentes privilegiadas que fracasan en los estudios. Pese a un historial de resultados académicos mediocres, cuando no de expulsiones y abandonos, nos dejó, por ejemplo, además de libros tan magistrales como el que nos ocupa, fórmulas matemáticas que aún hoy se emplean en el cálculo estadístico. 

Trabajó en la misma compañía que Kafka, si bien en otra sede, y se relacionó con artistas de la talla de Kokoschka, Brecht o Werfel (de quien un día de estos hablaremos), entre otros. No tuvo, al igual que su imperial personaje, demasiado interés por la religión. Sin embargo, como para los nazis la falta de fe no era un atenuante, nuestro amigo decidió, ante lo que se le venía encima a Europa, trasladarse a Tel Aviv. Poco amigo del sionismo y de cualquier tipo de nacionalismo, no se puede decir que celebrara la creación del estado de Israel. De hecho, nunca llegó a sentirse a gusto aquel país e intentó repetidamente regresar a Austria. No fue hasta 1950 cuando el país que, como veíamos aquí, se consideraba víctima del nazismo le permitió volver y recuperar la ciudadanía austriaca. Pero no encontraría editor para sus cuentos, tildados de excesivamente judíos. 

Una edición en inglés muy bonita

Hay quien ve en la Praga de De noche..., publicado en 1953, una representación alegórica del holocausto y de la vida del autor. Personalmente, pese a haberlo leído dos veces seguidas (y las que vendrán), no he visto tan claramente dicha alegoría. Pero es que este libro tan rico, sugerente y hermoso merece tantas lecturas que vete tú a saber qué encontraré en él la próxima vez.


miércoles, 2 de febrero de 2022

Releyendo Austerlitz


Una chica que conocí me contó un día que no recordaba nada de su infancia anterior a la edad de diez o doce años. En otra conversación, me dijo que había conocido la pobreza de verdad. Venía de un país que no solemos asociar con la prosperidad de sus habitantes, por lo que no puse este dato en cuestión. Me costaba entender, sin embargo, que alguien no guarde recuerdo alguno de los años que, dicen, nos forman como persona y de los que, por lo menos yo, guardo recuerdos indelebles. Como soy un poco lento, tardé en caer en la cuenta de que se trataba de uno de esos mecanismos de defensa mediante los cuales mandamos al cuarto oscuro de la memoria aquellos recuerdos que son demasiado dolorosos para permitirles que nos acompañen.

Vivir con esa desmemoria debe de ser un estado confuso. Quizá bello también: un estado parecido al entresueño, en el que uno no sabe si está donde creía estar, si es la mañana o la tarde, si, poniéndonos cínicos, a quien abraza es su mujer o su amada, o, algo más poéticos, si vive soñando o sueña que vive.


W. G. Sebald era un maestro en ese estilo de entresueño. Como muestra, esta primera, magistral, frase de Austerlitz, que ya desde el primer momento nos sitúa en un escenario de irrealidad e indefinición.

En la segunda mitad de los años sesenta, en parte por razones de estudio, en parte por otras razones para mí mismo no totalmente claras, viajé repetidamente de Inglaterra a Bélgica, a veces para pasar sólo un día y a veces para varias semanas.

En las siguientes líneas, ese escenario de indefinición se acentúa (o se desdibuja) por la acción (u omisión) de las palabras: me parecía, la oscura nave de la estación, esa sensación de estar indispuesto, recuerdo aún mis pasos inseguros, hasta que pasamos la página sobre impronunciables nombres flamencos y pensamientos desagradables, y nos damos de bruces con los ojos de un lemur y un búho, cuya mirada fijamente penetrante el narrador compara a la de algunos pintores y filósofos que, por medio de la contemplación o del pensamiento puros, tratan de penetrar la oscuridad que nos rodea.

Y sigue, creo que me rondaba también por la cabeza la pregunta de si, al caer la verdadera noche, cuando el zoo se cerraba al público, encendían para los habitantes del Nocturama la luz eléctrica...

Yo quiero escribir como Sebald. No soy el único; también muchos escritores de verdad lo han intentado. Claro, a todo el mundo le gusta crear estilo (si es que eso es lo que hizo Sebald), y si no son capaces de ello, retorcer, llevar más lejos el estilo heredado. Pero el estilo tiene que responder a una verdad. Si lo hace, tu apellido se convierte en adjetivo: sebaldiano. Si no, mona se queda. 

Lejos de alaracas estilísticas (algo muy diferente del estilo), Sebald es discreto. Ha encontrado un camino que no sabe muy bien adónde lleva (claro que lo sabe, es un autor magistral y sus libros son obras de ingeniería sencillas y perfectas como las vías romanas, pero permitidme la imagen), y lo que más le gusta es pasearse por él arriba y abajo. Mirad si no estos párrafos iniciales:

En octubre de 1980 viajé de Inglaterra, en donde para entonces yo había vivido durante casi 25 años, en un distrito que estaba casi siempre bajo cielos grises, rumbo a Viena, con la esperanza de que un cambio de lugar me ayudaría a superar una etapa de mi vida particularmente difícil. Sin embargo, en Viena descubrí que los días me resultaban demasiado largos, ahora que no estaban ocupados por mi acostumbrada rutina de escribir y hacer trabajos de jardinería, y literalmente no sabía a dónde dirigirme. Salía temprano cada mañana y caminaba sin rumbo ni objetivo por las calles de la ciudad antigua... (el segundo de los cuatro relatos de Vértigo)

A finales de septiembre de 1970, poco después de ocupar mi cargo en Norwich, conduje hasta Hing-ham en busca de un lugar donde vivir... (De Los Emigrantes) 

En agosto de 1992, cuando los días caniculares se acercaban a su fin, salí a caminar por el distrito de Suffolk, con la esperanza de disipar el vacío que se apodera de mí cada vez que concluyo un tramo largo de trabajo... (Los anillos de Saturno)

Páginas de Austerlitz

Habrá a quien le parezcan repetitivos, que es como decir que los cuentos de hadas son repetitivos porque todos empiezan con érase una vez. Pues el érase una vez de nuestro autor es un dónde y un cuándo algo vagos, seguidos de recuerdo, camino y desplazamiento en busca de no se sabe siempre muy bien qué. Y no sé vosotros, pero a mí esos inicios me parecen maravillosos. 

Es evidente que el tono de esos párrafos nos puede remitir a Proust, pero a mi juicio las similitudes entre uno y otro no van mucho más allá de largos párrafos, constantes digresiones y una escritura cálida y evocadora. Cada uno concibe tiempo e identidad de manera diferente, y basta comparar los títulos para ver qué busca cada uno en sus respectivas obras cumbre.

El despacho de Austerlitz

Pero centrémonos. ¿De qué nos habla Sebald, o, por cerrar esta sebaldiana digresión, de qué nos habla Austerlitz?

Pues de nada nuevo. De hecho, Sebald ya se había ocupado en obras anteriores de los temas alrededor de los cuales gira esta novela, a saber, la identidad, la memoria, la condición de desplazado, la sensación de no pertenencia, o lo que quedó de nuestra humanidad tras los horrores de la Segunda Guerra Mundial. Y a ese respecto, creo haber leído por ahí que dichas obras constituyen una especie de borgiana reescritura continua del mismo texto (Borges era uno de los autores de cabecera de Sebald) que culminaron en la magistral novela que nos ocupa y que, tristemente, es la última que escribió. Personalmente, eso de la borgiana reescritura continua me parece una exageración bastante acertada. Leyendo Vértigo (1990), Los Emigrados (1992) o Los Anillos de Saturno (1994) después de haber leído Austerlitz (2001), uno no puede dejar de sentir que sus obras anteriores son un anticipo de la obra maestra que se avecina. Sin embargo, a diferencia de lo que me ha sucedido cada vez que empiezo a leer a un autor por su mejor obra, con Sebald el resto del camino no se hacía cuesta abajo. 

El Kindertransport. Niños judíos llegan a Londres en 1939

Por lo visto, el germen de Austerlitz fue un documental de la BBC sobre los Kindertransport, como se llamó al traslado a Inglaterra de niños judíos procedentes de Alemania y algunos países vecinos. El documental se centraba en el destino de dos de estas niñas, Lotte y Susi Bechhöfer, hermanas gemelas de tres años, que, al igual que Jacques Austerlitz, fueron acogidas por un pastor bautista galés y su esposa. Las hermanas Bechhöfer crecieron sin saber absolutamente nada de su pasado ni su primera infancia (no pensaríais que la historia que cuento al principio de esta entrada no venía a cuento, ¿verdad?)ni siquiera su verdadero nombre, y sólo de manera muy paulatina y debido a algunas casualidades, empezó Susi a atar cabos y descubrir sus orígenes. No fue hasta su jubilación, en 1987, cuando empezó a investigar en serio. Logró ponerse en contacto con miembros de su familia y supo del terrible destino de su madre: Auschwitz.

Susi Bechhöfer, hija de judía y oficial nazi

Si bien hay algunas diferencias fundamentales entre la historia de Austerlitz y la de Bechhöfer (la de ésta tiene elementos aún más oscuros), el párrafo anterior resume de manera bastante precisa el argumento de nuestra novela. Pero como acostumbra a suceder en la gran literatura, el argumento es lo de menos. Lo que nos maravilla de Austerlitz es otra cosa. 

No lo vio así, sin embargo, Susi Bechhöfer, quien consideró que la deuda que había contraído Sebald con ella y su trágica historia era demasiado alta para obviarla. Por ello intentó que el autor alemán reconociera su biografía como una de las fuentes del texto, a lo que el editor de Sebald respondió con aquello tan bonito que se decía antes de que llegara la hipertextualidad: es una licencia artística. No obstante, Sebald sí mantuvo contacto con Bechhöfer, pero antes de que pudiera aceptar o no cualquier tipo de reconocimiento bibliográfico, murió en accidente de coche. 

El campo de concentración Theresienstadt

Y después de tantos ámbulos, quizá alguien se estará preguntando qué hace a Austerlitz tan grande. Como si yo pudiera saberlo. Hablaba antes de la creación de un estilo tan personal que ha dado pie a su propio adjetivo. Bien, pero por muy personal e intransferible que sea, el estilo no basta como pasaporte a la gloria literaria. Tampoco la creación de eso que llaman un universo propio. Por eso, dejaré la cuestión en manos de gente que sabe más que yo de esto.

Este interesantísimo artículo, sin ir más lejos, nos da algunas de las claves de la obra de Sebald. Entre ellas, destacaré el concepto de los no-lugares, donde transcurre gran parte de Austerlitz. Los no-lugares son, por citar unos ejemplos, habitaciones de hoteles, bares, transportes colectivos, aeropuertos, salas de espera, es decir, "espacios de anonimato" por lo cuales los protagonistas transitan "de un modo impersonal, sin establecer ningún tipo de conexión afectiva, identitaria o de pertenencia". José Carlos Rodrigo Breto, autor del artículo, relaciona dichos no-lugares, pues, con "la pérdida de identidad y el desarraigo de los personajes", así como con una percepción del tiempo distinta y arbitraria (todos sabemos que el tiempo se detiene en una sala de espera).  


Se podrían decir muchas más cosas de Austerlitz. No he dicho nada, por ejemplo, del narrador ni del protagonista. También podríamos hablar del uso de las fotografías, del concepto de "arte encontrado", o incluso del diseño, con ese generoso espaciado de líneas que veo en todas las ediciones. Qué decir de todas las referencias históricas, culturales, zoológicas, filosóficas o arquitectónicas que nos ofrecen las contantes y larguísimas digresiones. Por supuesto, podríamos hablar de la vida del autor, apasionante por lo anodina que parecía, y que estuvo marcada, como para toda su generación, por la guerra. Pero como estoy seguro de que habrá una tercera lectura, quizá lo haga entonces.

W. G. Sebald (1944-2001)


miércoles, 13 de octubre de 2021

La octava vida (para Brilka), de Nino Haratischwili


Decíamos ayer (aquí, para más señas) que la literatura georgiana, como la tierra de donde procede, es una perfecta desconocida en occidente. Tanto es así que, en las escasas ocasiones en que nos visita, parece que tiene que hacerlo de incógnito o, cuando menos, de manera indirecta. Verbigracia, la novela de hoy, que no fue escrita en la lengua de (poned aquí el nombre de vuestro georgiano universal favorito), sino en alemán. Pero digo yo que un libro escrito por una georgiana, situado en Georgia, y que nos habla de la historia reciente y no tan reciente del caucásico país, puede calificarse de literatura georgiana sin que nadie se rasgue las vestiduras.

Sin embargo, dados nuestros más que escasos conocimientos de la literatura georgiana, si tuviéramos que inscribir esta novela en la tradición literaria del país y buscar los puntos que la enlazan con otros autores georgianos contemporáneos, acabaríamos viéndonos obligados a hacer como los críticos de los suplementos literarios, es decir, salirnos por la tangente y compararla con Tolstoi. Y es que con una saga familiar de la Europa del este y más de mil páginas, si no se te ocurre el nombre de Tolstoi no eres crítico ni eres ná. 

Nino Haratischwili

Nino Haratischwili tiene un concepto de la Historia bastante diferente de la del gran autor ruso. Para éste, la Historia "es un producto de la contingencia, no sigue una dirección y no se ajusta a un patrón". Haratischwili, por su parte, dice que patrón, tiene un rato, y la compara a un tapiz:

"tú eres un hilo, yo soy un hilo, y juntas somos un pequeño adorno, y al juntarnos con muchos otros hilos damos un dibujo como resultado".

Esta imagen, unida a las extraordinarias (que no fantásticas) coincidencias que salpican la novela, nos acerca a algo bastante parecido al Destino, que siempre se ha llevado a cara de perro con la Contingencia.

La propia autora lo explica más claramente en esta interesante entrevista:

«Me he preguntado en profundidad qué es el destino, qué porcentaje de autodeterminación tenemos, y me gustaría trasladar esa pregunta a los lectores, porque yo no hallo una respuesta definitiva. En esos regímenes es muy limitado. En todos ellos encontramos individuos que luchan por abrir su propio camino, pero en la mayoría, y eso lo puedo percibir todavía en mi generación postsoviética, queda un poso de conformismo, de pensar que no merece la pena el esfuerzo porque no se va a conseguir ningún cambio… es un pensamiento muy soviético: el individuo no cuenta."


Kutaisi

Esta historia cuyos individuos no cuentan comienza cuando Brilka, una niña de 12 años en viaje de estudios a Amsterdam con la escuela, decide escaparse y llegar por su cuenta a Viena. Niza, su tía, que es quien nos narra la historia, será la encargada de encontrarla y devolverla a casa. A Niza, que, como la autora, vive en Berlín y tiene su vida hecha, no le hace ninguna gracia tener que en busca de su díscola sobrina, pero no tiene elección. Este incidente reaviva en la narrador muchos recuerdos (trágicos, por supuesto) de hechos que no ha vivido personalmente, pero que han presidido su vida y la de sus antepasados. Y estos recuerdos, al despertar, se imponen a las reticencias de Niza respecto de su sobrina, y por ello, sabiéndose quizá un hilo más del tapiz familiar, decide contarle a Brilka la historia de su familia. Mediante este recurso narrativo, que se me antoja muy poco tolstoiano, la autora enlaza presente y pasado, confiere naturalidad a la primera persona, y se aleja de cualquier esquema decimonónico.

Así que no, por muchos miles de páginas que tenga, y aunque nos cuenta la historia de una familia que es muy infeliz y lo es de una manera muy particular, La octava vida no es Tolstoi. Y ni falta que le hace: es un libro con el que he disfrutado tanto que hasta me he acordado de que yo antes tenía un blog y en él hablaba de libros con desconocidos.

El título de la novela hace referencia a las vidas de ocho miembros de esta saga familiar. Son ocho extensos capítulos centrados en cada uno de ellos, si bien, como es lógico, las respectivas historias no dejan de cruzarse entre sí. Por supuesto, ninguna de estas historias puede escapar a la Historia (que ya sabemos lo que eso significaba en la URSS) ni puede evitar ser devorado por ésta. 

Kutaisi, en los años 1910-20

Niza, pues, se sumerge en el pasado familiar y emerge en la ciudad de Kutaisi. Estamos en los albores de la Revolución Rusa, cuando Stasia, la bisabuela de la narradora, conoce y se enamora de Simón, teniente de la Guardia Blanca y amigo del padre de ella, reputado maestro chocolatero. Este hombre, próspero empresario y hombre de gran cultura y reconocimiento social, posee una receta mágica para preparar el chocolate a la taza, receta que consiguió unos años antes, durante un viaje que hizo por Europa para aprender de los grandes chocolateros de Viena, París o Budapest. 

Aparte de la presunta presencia de Tolstoi, críticos y varios blogueros coinciden en que La Octava Vida bebe, por decirlo de una manera cursi, de las fuentes del realismo mágico. Servidor ya pasó el realismo mágico, como uno pasa las paperas y el sarampión, así que no me asustó la posibilidad de exponerme a él, siempre que fuera a pequeñas dosis. Y las dosis son, efectivamente, despreciables. De hecho, sólo se me ocurren dos elementos de esta novela que vagamente se pueden relacionar con el realismo mágico: uno de ellos es la relación que tiene Stasia con los fantasmas de la familia. Pero como todo el mundo sabe, los fantasmas existen, así que ese argumento no me vale. El otro, que sí es más convincente, es esa receta para chocolate a la taza que vuelve loco a quien apenas huela su aroma, y que tiene consecuencias invariablemente nefastas para todo aquél que llega a paladearlo. Este chocolate aparece cada vez que el tapiz necesita cortar un hilo, y es, pues, una de las imágenes recurrentes de la historia. A mi juicio, sin embargo, se trata más de una simple metáfora más o menos conseguida que de un elemento de realismo mágico. En todo caso, yo podría haber prescindido completamente de las descripciones de la preparación del chocolate, que en ocasiones se acercan peligrosamente a aquella cursilada mexicana que en su día, hace ya casi treinta años, tanto nos gustó. Ya sabéis:


La Revolución de 1917 se lleva al teniente Simón a San Petersburgo, y empieza así a tejerse el tapiz, repleto de imágenes de nuestros héroes y su descendencia, así como de una impresionante pléyade de personajes secundarios cuyas vidas se ramifican en incontables historias, la más efímera de las cuales daría para una pequeña novela. Entre los personajes principales tenemos a Kostia, hijo de Stasia y Simón, un bolchevique hasta la médula que al final de sus días tendrá que ver con impotencia lo que acaba haciendo Gorbachov con su soviética unión; a Kitty, su hermana, que tras una experiencia atroz intentará rehacer su vida en el extranjero; tenemos a Christina, hermanastra de Stasia, cuya arrolladora belleza le permitirá codearse con los chacales más destacados del Partido. Entre los secundarios podemos destacar a Alania, el niño bastardo que llegará a ser un poderoso hombre en la sombra; a Misha Eristavi, el estudiante que prepara una "pequeña sublevación cinematográfica"; a Thekla, el verdadero amor de Kostia; a cualquiera de los sufridos pretendientes de su hija y su nieta, o a tantos y tantos otros cuyos nombres hoy, dos meses después de la lectura, no puedo recordar. Entre ellos se reparten un calvario de guerras, traiciones, torturas, mutilaciones, venganzas y todo tipo de altas y bajas pasiones, sin llevar al lector en ningún momento al terreno del melodrama. Sólo en un par de ocasiones la autora se acerca peligrosamente al barranco del sentimentalismo, pero no llega a caer, porque Haratischwili no será Tolstoi, pero tampoco es Isabel Allende.

La Plaza Yereván de Tiflis, 1917

El relato fluye, el tiempo pasa, pero siempre sabemos en qué momento preciso de la Historia nos encontramos. Aparte de los grandes acontecimientos que abrían aquellos telediarios de antaño, como guerras, congresos del PCUS, y la muerte a plazos de la gerontocracia soviética, la narradora va salpicando el relato con referencias a algunos de los hitos de la cultura popular del siglo XX, cuyos ecos llegaban, a pesar de todo, a la pequeña ciudad de Kutaisi: el año en que se estrenó Porgy and Bess, el del combate de Muhammad Ali contra George Foreman o el de la publicación de un álbum de Lou Reed. Y así, entre cantos de occidente y gritos desde Moscú, desfila ante nosotros buena parte de la historia de la Unión Soviética, desde su violenta concepción hasta su relativamente (piénsese en lo que podría haber sido) plácida y lenta agonía, marcada aquí y allá por conflictos en unas repúblicas que no veían la hora de mandar a Marx y Lenin a tomar un café.

Mención aparte merece uno de los personajes.

El sádico sexual Laventri Beria, el "Pequeño Gran Hombre", con el Generalísimo al fondo

En un estado totalitario, por definición, no existe la vida privada. Todo pertenece al estado, que es un modo de decir, todo pertenece al Generalísimo y sus compinches. Y es en la imbricación de la Historia (o el Poder) con las historias (o los súbditos) donde brilla especialmente el talento narrativo de la autora. Aunque, bien mirado, cuando se trata de un monstruo como Lavrenti Beria, esa imbricación quizá no resulte tan difícil.

Beria, a quien en la novela conocemos como el Pequeño Gran Hombre, y que, como el Padrecito de los Pueblos, era georgiano, fue el jefe de la policía soviética y del NKVD, o sea, uno de los personajes más siniestros del siglo XX, responsable, entre otras lindezas, de la masacre de Katyn. Pero aunque le encantaba matar, no era ésa su única afición. Se le atribuyen centenares de violaciones, y se dice que los límites de su depravación están aún por conocerse. En 2003, durante unas obras en la embajada de Túnez en Moscú, situada en la antigua mansión de Beria, aparecieron huesos humanos. 

Si el ciudadano soviético vivía con el miedo al golpe en la puerta en mitad de la noche, al coche negro, a que su vecino o compañero de trabajo le hiciera el vacío, inequívoca señal de la inminente condena, las mujeres, además, (inclúyase aquí a las niñas), vivían con el terror de que Beria se fijara en ellas. Nuestro Pequeño Gran Hombre gustaba de salir en su coche a la caza de mujeres, a las que secuestraba, invitaba gentilmente a cenar, y luego violaba. Y esta afición juega un papel muy importante en nuestra novela.

Tiflis, 1947. Fotografía de Robert Capa

En la entrevista que menciono más arriba, la autora señala que tenía la intención inicial de contar la historia de una familia durante el final de la era soviética. Pero, como todos sabemos, la Historia tiene esas cosas: se da uno cuenta de que este personaje no se entiende sin aquella invasión, esa invasión no se entiende sin esa boda, esa boda no se entiende sin esa matanza, y esa matanza no se entiende sin aquel encuentro fortuito. Y así, en un afán de iluminar cada retazo del tapiz, Haratischwili se tuvo que remontar en el tiempo hasta recalar en un comienzo que, forzosamente, será arbitrario.

Yo, la verdad, le habría dado permiso para remontarse otro siglo, porque esta novela tiene todo lo que me gusta: muchas páginas, Historia, crueldad y nombres raros.

En definitiva, un novelón con el que me lo he pasado pipa.




miércoles, 18 de mayo de 2016

Fausto


Ando estos días viendo la cuarta temporada de la excelente serie francesa Engrenages. En estos primeros episodios, el villano es un revolucionario que quiere destruir el sistema. Mientras preparan un atentado, su compañero se inquieta por la posibilidad de que en las oficinas donde lo van a llevar a cabo haya en el momento del ataque señoras de la limpieza.

-No quiero que haya víctimas -insiste.
-¡Ya son víctimas! -le responde nuestro malo, refiriéndose, naturalmente, al cruel modo en que el sistema capitalista las esclaviza.

Todos conocemos a alguien así, alguien que considera, por ejemplo, que el terrorismo no es un problema serio, pues al fin y al cabo, dicen, más gente muere en accidentes de tráfico. Es éste un razonamiento no muy diferente del de Mefistófeles ante el lamento de Fausto por su amada Margarita, alma inocente y bondadosa, condenada en prisión.

-No es la primera.

Parece que por mucho que haya mejorado su eficacia, la naturaleza del mal no ha cambiado mucho en los dos últimos siglos. De hecho, la primera característica que me ha llamado la atención de este agente del mal es lo normalito que parece, mucho más de lo que cabe esperar de alguien con el nombre de Mefistófeles. Lejos de toda pompa, pretensión y, si me permitís, endiosamiento, nuestro demonio, pudiendo presentarse ante Fausto en forma de bíblica serpiente, funesto gato negro o macho cabrío de falo hiperbólico, elige hacerlo encarnado en un lanoso perro de aguas. ¿Es por ello que en ningún momento logra inspirar temor alguno en su víctima y no merece más que su desprecio? Antes de contestar habría que empezar distinguiendo, pues Satanás sólo hay uno, pero demonios los hay a patadas.

Fausto y Mefistófeles, de Wilhelm Koller

Los clásicos son esos libros de los que creemos saberlo todo sin haberlos leído, y que invariablemente nos sorprenden cuando, un buen día, por fin condescendemos a que nos cuenten esa historia pendiente. Todos sabemos del pacto de Fausto con el diablo, pero los términos no son tan conocidos. En primer lugar, cabe señalar que en la parte compradora no figura el mismísimo Satán, sino tan sólo uno de sus ministros, con lo cual el escalofrío de horror que podía uno sentir ante semejante idea se atenúa un poco. El propio Fausto, que ya antes de este encuentro había declarado

no me afligen escrúpulos ni dudas
ni me dan miedo infierno ni demonio,

 no tiene muchos reparos al comprometer su alma por toda la eternidad, y tan sólo plantea una pequeña objeción cuando Mefistófeles le pide que lo firme con sangre.

Fausto es un hombre sediento de vida y ahíto de saber. Goza de gran prestigio como erudito, y a él se dirigen los estudiantes en busca de guía. Pero todo ese conocimiento no le ha procurado felicidad ni alegría alguna, y ahora, encerrado en su estudio y rodeado de paredes cubiertas de polvorientos libros que se le vienen encima, lamenta su destino en unos versos poderosos y fascinantes:

Se aleja y cede, el día ha terminado;
allí acude y fomenta nueva vida.
¡Si unas alas del suelo me elevaran
para acercarme a él cada vez más!
En el fulgor perenne del ocaso
yo veía a mis pies el mundo quieto,
las cimas con fulgor, en paz los valles,
el río plateado vuelto de oro.
No estorbaría a tal vuelo divino
el monte fiero, lleno de barrancos;
y ya el mar, con sus tibias ensenadas,
se abriría a mis ojos admirados.
Pero el dios Sol parece hundirse al fin;
despierta sólo nueva turbación;
me apresuro a beber su luz eterna;
ante mí, el día, tras de mí, la noche;
sobre mí, el cielo, abajo, el oleaje.
Hermoso sueño, en tanto el sol se escapa.
¡Ay, no será tan fácil que se añadan
a las alas del alma otras del cuerpo!

El pacto de Fausto con Mefistófeles, de Julius Nisle

Goethe salpica esta romántica solemnidad con el toque de humor que proporciona la vulgaridad burguesa de su discípulo Wagner, que se presenta en mitad de la declamación con su gorro de dormir y batín, y le pide a su maestro que le instruya.

¿Leía una tragedia griega, acaso?
Querría entender algo de esas artes,
pues, hoy día, resulta provechoso.
Se pondera a menudo que un actor
a un predicador puede aleccionar.

A lo que un Fausto incontenible replica:

Si no lo sientes, no lo lograrás;
si no brota del alma, y con fluidez
de fuerza original, somete, firme,
el corazón de todos los oyentes, 
¡no, ya puedes quedarte bien sentado!
¡Haz un pegote, guisa sobras de otros
festines, y reaviva las mezquinas
llamas de tu poquito de cenizas!
Admiración de niños y de monos
tendrás, si le va bien al paladar;
pero nunca darás alma a las almas
si no empieza saliéndote del alma.

Es en estas primeras escenas y en estos versos de Fausto donde Goethe señala cuál es el tema principal de su obra, que no es otra que la búsqueda de la Verdad, que algunos podrían llamar, por qué no, la Salvación, la Iluminación o ese je ne sais quoi al que tan dados eran los poetas románticos. El problema, por supuesto, es determinar la naturaleza de esa Verdad que buscamos, y dónde podemos encontrarla. Conocemos a Fausto en el momento de su vida en que constata con amargura que el camino hacia la verdad no pasa por el conocimiento. ¿Dónde buscar, pues? Invoca entonces al Espíritu de la Tierra, que le responde de esta guisa:

¿Eres tú quien, rodeado de mi aliento,
tiembla en lo más profundo de la vida,
gusano amedrentado, acurrucado?
(...) Te asemejas tan sólo a aquel Espíritu
que comprendes, ¡no a mí!
 
 El maravilloso Prólogo en el Cielo

Las reflexiones de Fausto sobre la raíz de su desesperación y el camino de su salvación, si es que éste existe, son apasionantes, y resto de la obra no vuelve a alcanzar esa intensidad poética hasta el final. Tras plantear el duelo entre Saber y Naturaleza, Fausto, que no deja de buscar una vía en la alquimia y la brujería, reivindica la Acción frente a la Palabra. No una palabra cualquiera, por cierto, sino esa Palabra que, en el principio, era, y que abre el evangelio de San Juan. Y es en ese herético momento cuando el perro de agua inicia su grotesca transformación.

Pero, ¿qué es lo que veo?
¿Puede ser una cosa natural?
¿Es sombra?, ¿es realidad?
¡Cómo se alarga, cómo se hincha el perro!
¡Se eleva con violencia;
no es figura de perro!
¿Qué fantasma he metido en esta casa!
Parece un hipopótamo
de ojos de fuego y dientes espantosos.
¡Serás mío, seguro!


Mefistófeles se ha apostado con Dios que es capaz de perder a Fausto, apuesta que el Altísimo acepta de buen grado.

MEFISTÓFELES
Permíteme, si logro mi objetivo,
que cante a voz en cuello mi victoria.
El polvo morderá, para mi gozo,
como mi tía, la serpiente célebre.

EL SEÑOR
Podrás venirme a ver con libertad:
nunca odié a los demonios como tú.
De todos los espíritus que niegan, 
el pícaro es quien menos me molesta.

Una vez se han cerrado los cielos y dispersado los Arcángeles, nuestro campechano demonio dice para sí:

De vez en cuando, es bueno ver al Viejo;
y me guardo con él de regañar.
Es un Señor tan grande, es muy bonito
que hable hasta con el diablo, tan humano.

 Los prodigios de Mefistófeles en la escena de la bodega

Este tono socarrón del demonio es uno de sus rasgos más definidos, y contribuye a dar a la obra un aire de comedia que no deja de sorprender en esta trágica historia de... Margarita, pues tal es el nombre de la candorosa joven que el nuevo Fausto se promete conquistar. El trato que ha hecho con Mefistófeles es el siguiente:

Si a un instante le digo alguna vez:
¡Detente, eres tan bello!,
puedes atarme entonces con cadenas;
y acepto hundirme entonces de buen grado;
puede doblar entonces la campana,
y libre quedarás de mi servicio:
¡párese allí el reloj con sus agujas!
¡puede acabar el tiempo para mí!

Una eternidad de esclavitud al servicio de Satanás a cambio de un orgasmo del espíritu. Dícese también Romanticismo.

Uno no vende su alma al diablo todos los días, pero, como ya he señalado antes, nuestro Fausto, al firmar el diabólico contrato, no nos da la impresión de sentirse en un punto a partir del cual no hay vuelta atrás. Es más, a lo largo de toda la obra las referencias a la eternidad son más bien escasas, hasta el punto de que el lector no llega a tener conciencia de lo que se está jugando Fausto. Tenemos así un pacto con el Diablo relativamente desprovisto de horror por los siglos de los siglos, y, abundando un poco más en ello, podríamos afirmar que el propio Mefistófeles está bastante lejos de representar el Mal Absoluto. Algo torpe en su misión, carente de ingenio y nada dado a la grandilocuencia, este demonio tiene muy poco en común con otros retratos del Maligno que podáis haber visto, y uno se pregunta si el Mal en esta obra no es más un rasgo consustancial del hombre que algo realmente provocado por un ángel caído. De ser así, el término agente del mal cobraría más sentido, pues el demonio se convierte en una suerte de mediador entre el Mal Absoluto, que suponemos encarnado en el auténtico Satanás, y el individuo. En otras palabras, Mefistófeles no es más que un mero intermediario al que se le ha encargado que busque un cuerpo huésped para alojar a un diabólico parásito. Sí, a mí también me recuerda a alguna película de ciencia ficción, pero quizá nos estemos alejando peligrosamente de ese diálogo inicial entre Dios y nuestro demonio.

 Fausto y Mefistófeles ligando en el jardín

Inseparable de la reflexión sobre el camino que debe elegir el hombre para alcanzar la Verdad, hay en Fausto también una feroz y constante crítica a la iglesia. Con el fin de conquistar a Margarita (Gretchen, en otras ediciones), Mefistófeles oculta en los aposentos de la doncella un cofrecillo lleno de joyas. Cuando su madre las descubre, decide, muy pía ella, entregárselas a la Iglesia. Mefistófeles se queja de ello amargamente, pero con su habitual socarronería:

Me daría ahora mismo a los demonios
si no fuera yo mismo otro demonio.

(...) La Iglesia tiene buena digestión;
se ha comido países
sin empacharse nunca;
la Iglesia nada más, señoras mías,
podría digerir un bien injusto.
(...) y sin dar más las gracias
que si fuera una espuerta de avellanas;
les prometió los premios celestiales
y ellas quedaron muy edificadas.

Huelga decir que el papel de la Iglesia en la obra no es hacer de contrapunto al demonio.

Del mismo modo que Fausto se nos antoja indiferente a su propio destino, vemos a Margarita debatiéndose entre su amor por Fausto y los preceptos de su moral cristiana, un debate que pocas veces conduce a buen puerto. Naturalmente, nuestro héroe acaba conquistando a Margarita y es la causa de su tragedia, pero al tiempo que los acontecimientos se cuecen lentamente, cual en la olla de alguna de las brujas que pululan por la obra, Goethe nos habla de muchas más cosas.

Esta primera parte del Fausto es de una riqueza casi inagotable, y no he hablado aquí más que de los tres o cuatro aspectos e ideas más evidentes. En la obra, repleta de inolvidables imágenes y enigmáticas alusiones, hay escenas que parecen fuera del alcance de este lector, como esa obra dentro de una obra, titulada "Sueño de la noche de Walpurgis", y que aun así tienen un enorme magnetismo. Otras, brusca y confusamente enlazadas entre sí, tienen el efecto de realzar el aire oscuro y mágico del conjunto. Me he dejado en el tintero escenas tan interesantes como son el "Preludio en el teatro", el "Prólogo en el cielo", o la imagen de ese maravilloso ratón rojo que se escapa de la boca de la pareja de baile de nuestro héroe. Fausto es una obra sorprendente, fascinante, compleja y misteriosa, pero también, según los entendidos, de una claridad diáfana si la comparamos con la segunda parte, a la que Goethe se entregó en cuerpo y alma, je je, durante los últimos años de su vida. Veremos.

Un hipopótamo de ojos de fuego y dientes espantosos

¡No soy como los dioses! Bien lo noto;
como el gusano soy, que escarba el polvo
y se nutre de polvo, y la pisada
del caminante entierra y aniquila.
¿No es polvo lo que en esa alta pared,
en cien estanterías, me sofoca?
¿los trastos, que, con tal cacharrería
me abruman en un mundo de polillas?
¿Puedo encontrar aquí lo que me falta?
¿Quizá voy a leer en tantos libros
que el hombre en todas partes se atormenta,
y ha habido uno feliz acá y allá?
¿Por qué sonríes, hueca calavera?
¿Tu seso, como el mío, se extravió
buscando el claro día, y en la sombra
erró triste con ansias de verdad?

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Érase una vez el Cáucaso


A lo largo de nuestra vida lectora, nuestra razón de leer sufre diversos cambios. Es evidente que a los cuarenta años no buscamos en los libros lo mismo que a los veinte o a los diez. De niños, queremos ante todo entretenimiento y diversión. En la tardía adolescencia, cuando nuestra capacidad de aguante y una sed de conocimiento no exenta de pedantería están en su punto álgido, muchos buscamos algún tipo de iluminación intelectual o, dicho de otra forma, una fuente de citas. Son esos años en que vemos los libros leídos como muescas en el revólver y, así, nos tragamos lo que nos echen, sin importarnos la extensión o el disfrute. De hecho, a veces, cuanto más aburrido sea el libro, más tenemos la sensación de estar en una vía de aprendizaje y purificación. (Sólo así se explica que pudiera acabar Una meditación, de Juan Benet). Hoy, desde mis largos cuarenta, y como ya he dicho en alguna ocasión, hace ya tiempo que me interesa más cómo me cuentan una historia que la propia historia en sí. Pero al igual que me sucedió hace cuatro días con Corto Maltés, con ciertas novelas uno vuelve brevemente a esos años en que las páginas de un libro nos absorbían con una historia de amor en la que el amor es lo que menos cuenta, una historia que es de amistad, de odio, de crueldad, de entrega, y de hombres y mujeres al borde de ese precipicio que es la antesala de la vida adulta, cuando dejamos de tragar lo que nos dan y tenemos que decidir qué vamos a hacer tragar a los demás.

 Bakú a principios del siglo XX

Eso es lo que sucede con Alí y Nino. Durante su lectura, uno recuerda esa idea, no por manida menos cierta, de que uno lee para viajar, para conocer otros mundos y épocas, para meterse en la piel de personajes que saltan de una encrucijada a otra y hacer de ellos un modelo que nos guíe en las encrucijadas de nuestra vida, para encontrar un sabio que nos explique el mundo, o para descubrir por adelantado algunos de los placeres y horrores que nos vamos a encontrar en este valle.
Ésas son, en fin, algunas de las ideas que uno creía olvidadas junto a la crema antiespinillas y que le vuelven a la cabeza con libros como éste.

 Las ediciones en inglés de Alí y Nino, así como la que publicó Debate en España en el año 2000, tienen el innecesario y engañoso subtítulo de Una historia de amor. (No sé si el título original también era así, aunque con la historia de la controvertida autoría de la novela, bastante misterio y polémica tenemos). Parece que algunos, por razones de márketing, han intentado vendernos este libro como lo que no es. Y no es una versión caucásica de Romeo y Julieta. No creáis tampoco a los que dicen que éste es un libro donde ellos encontrarán guerra y aventuras, y ellas, un apasionado romance que vence todos los obstáculos de la vida  y que hará que se le salten las lagrimillas. No los creáis porque aparte de machistas son unos embusteros. Este libro es, sencillamente, una extraordinaria historia de iniciación situada en un contexto de conflicto militar, político, cultural y religioso en una zona del mundo remota, pero clave, y en un momento de la historia cuyas consecuencias aún resuenan: 1917. Bakú, capital petrolera del mundo.

 Bakú. Pozos petrolíferos de los hermanos Nobel


Dicen que un buen libro presenta su idea central en las primeras líneas. Si esto es así, el primer párrafo de la novela, con el profesor discurriendo sobre los límites geográficos de Europa, Asia y Transcaucasia en particular, no podría ser más revelador. De esta guisa concluye dicho párrafo:

Así que en cierto modo depende de cómo os comportéis vosotros, niños, que nuestra ciudad haya de pertenecer a la avanzada Europa o a la atrasada Asia.

Alí Khan Shirvanshir, estudiante de familia noble musulmana, está enamorado de Nino Kipiani, princesa georgiana, y decidido a casarse con ella. Islam frente a cristianismo, sí, pero sobre todo, oriente frente a occidente. Observad el siguiente párrafo, ya en el meollo de la historia, y decidme si se le puede pedir más actualidad a esta historia:

... y como va a ser todo muy distinto, no necesitamos mendigar el favor de nadie. Gane quien gane esta guerra, saldrá débil del combate, cubierto de muchas heridas, y entonces nosotros, que no estamos débiles ni heridos, podremos exigir en lugar de pedir. Somos un país islámico, chiíta, y de la casa Romanov y de la casa Osman esperaremos lo mismo: independencia en todas las cosas que nos conciernen. Cuanto más débiles sean las potencias después de la guerra, más cerca estaremos de la libertad. Esta libertad brotará de nuestras fuerzas intactas, de nuestro dinero y de nuestro petróleo. Porque no lo olvidéis: el mundo nos necesita a nosotros más que nosotros al mundo.
 Enver Pashá, en un periódico inglés de la época

Muchos  explican la triste situación del mundo actual a partir de la fundación del estado de Israel o, remontándose más atrás, a raíz del movimiento sionista liderado por Herzl, pero lo cierto es que el fanatismo asesino podía perfectamente haber tomado el camino del Cáucaso:

Estaría bien asesinar a todos los rusos del país. Y no sólo a los rusos.  A todos los extranjeros, que hablan de modo distinto, rezan de modo distinto y piensan de modo distinto. En el fondo es lo que queremos todos, pero sólo yo me atrevo a decirlo. ¿Y después? Por mí puede gobernar Feth Alí. Aunque prefiero a Enver. Pero antes, el exterminio.

Hay que señalar, no obstante, que el autor huye de todo maniqueísmo. En las primeras páginas, Nino le expresa a Alí sus recelos ante su compromiso y su temor a que él la obligue a ponerse el velo y a pasarse las horas encerrada en un harén. Cuando el estallido de la Gran Guerra amenaza a su relación, el temor se hace aún mayor, y la propia Nino advierte:

¡Pobre de ti si me raptas!

Sin embargo, el acto que Alí comete y que, de manera paralela a los acontecimientos históricos, desencadena el principio de la tragedia, un acto noble y, sin embargo, despojado de cualquier tipo de heroísmo, lo causa la inesperada traición cometida por Nachararyan, armenio y cristiano.

 Bakú, a finales del s. XIX

El verdadero conflicto, pues, no es simplemente una guerra entre religiones, sino que tiene otras dos vertientes mucho más marcadas. Una es el conflicto personal de Alí, dividido entre su fidelidad a su fe y su amor por Nino. En realidad, Alí no parece especialmente fervoroso en su devoción, y su fe con frecuencia se confunde con el orgullo por su estirpe y con su amor a la ciudad de Bakú. En cuanto a su amor por Nino, no cabe duda de que es sincero, si bien en ella Alí parece amar sobre todo a la mujer independiente, culta y libre. Pero no hay que ver en ello un rechazo explícito de la fe islámica ni una rendición a los encantos occidentales. Más bien, se revela aquí el anhelo por parte del autor de una sociedad abierta y multicultural, a pesar de que Said (damos aquí por buena la teoría más aceptada al respecto de la autoría) fue un judío convertido al islamismo, en el que encontró un baluarte tanto contra el bolchevismo como contra la decadencia moral de Occidente. He dicho a pesar de, y no sé si debería ser debido a.

El Día de Ashura
¡Persia! ¿Debería quedarme aquí? ¿Entre eunucos y príncipes, derviches y locos? ¿Construir carreteras asfaltadas, crear ejércitos, ayudar a que Europa entrar un poco más en el interior de Asia?
 El conflicto de Alí se manifiesta sobre todo durante su estancia en Teherán, y en particular, en su participación en la ashura, el homenaje que los chiítas rinden a su mártir Hussein y durante el cual algunos se azotan, se flagelan brutalmente y se hacen cortes con machetes. La otra vertiente es mucho más prosaica y sucia: dinero y petróleo.

 La ejecución de los 26 Comisarios de Bakú, de Isaak Brodsky

Como ya he señalado más arriba, Bakú, antes de la Gran Guerra, era la capital mundial del petróleo. Era por ello todo un caramelo para las grandes potencias, desde un Imperio Otomano ya en clara decadencia hasta Gran Bretaña, pasando, por descontado, por la rusia de Nicolás II, de la que a la sazón Azerbaiyán formaba parte hasta su efímera independencia, capítulo perfectamente narrado en la novela. No es de extrañar, pues, que, junto a Alí, Nino, los Shirvanshir y los Kipiani, surjan constantemente en la novela nombres como los hermanos Nobel, Enver Pashá, el último gran líder de los otomanos; el Gran Duque Nicolás Nikoláievich, tío del zar y gobernador en el Cáucaso; o, por escoger uno al azar, el más que interesante Stepán Shaumian. Ante la posibilidad de que los musulmanes deban unirse a los armenios en su lucha contra los rusos, nos dice un personaje:

¿Quiénes son estos rusos? Un hatajo harapiento, anarquistas, ladrones. Su líder se llama Stepán Shaumián y es armenio. Un anarquista armenio y un nacionalista armenio se pondrán de acuerdo mucho más rápidamente que un nacionalista musulmán y un nacionalista armenio.

En efecto, Shaumián fue uno de los dirigentes del movimiento bolchevique en el Cáucaso, y, desde los altos cargos que ejerció, estuvo implicado en matanzas étnicas en retribución por el genocidio armenio. La llegada de los ingleses, que tiene lugar hacia el final de la novela y significó el fin de los 26 Comisarios de Bakú,  estuvo provocada por el propio Shaumián, que rechazó la ayuda británica para combatir a los otomanos, y que al final perdió la vida ante un pelotón de fusilamiento, a la espera de un telegrama que llegó tarde. Todo esto es sólo un pedacito de una historia complejísima y confusa que la maestría de Kurban Said nos deja lamer y nos invita a saborear con más deleite. Y bien vale la pena hacerlo...

Shusha, otro escenario de la novela. Aquí, en 1920, destruida tras el pogromo contra la población armenia

... porque historia, política, cultura y ficción se entrelazan de manera brillante en las páginas de Said, y cuanto más se pone uno a tirar de cada hilo, más se pasa las horas yendo de un enlace a otro. Cuando el armenio Nachararyan intenta mediar entre las dos familias para favorecer el matrimonio de Alí y Nino, ésta le narra a su amado las conversaciones en las que el armenio recuerda a los Kipiani los lazos que unen a musulmanes y cristianos, a Azerbaiyán y Georgia. En una de dichas conversaciones, surge el nombre del poeta Ilia Chavchavadze, bisabuelo de Nino, y uno se acuerda entonces de aquella magistral biografía del joven Stalin, en la que se nos hablaba del papel que jugó el poeta nacional georgiano en la vida y obra del futuro dictador, y de las sospechas sobre éste acerca del asesinato de su mentor.

 Griboyédov, quinto por la izquierda, en la firma del Tratado de Turkmanchái

Otra de estas escalofriantes y apasionantes historias que abundan en estas páginas es la del escritor ruso Griboyédov, el autor de El mal de la razón
Días después encontraron trozos de piel a las afueras de Teherán. Y una cabeza mordisqueada por los perros. Eso fue todo lo que quedó de Aleksander Griboyédov
Griboyédov, cuya esposa, hija del príncipe Chavchavadze, se llamaba precisamente Nino, era el embajador ruso en Persia. El Tratado de Turkmanchái, de 1828, en virtud del cual Persia cedía a Rusia el control de Armenia, Azerbaiyán y otros territorios del sur del Cáucaso, desató la ira del pueblo, que, enfurecido, sitió, atacó y saqueó la embajada, mató a toda la legación, y se ensañó en particular con Griboyédov, cuyo cuerpo acabó como hemos visto. La buena noticia es que Nikita Mikhalkov va a rodar una serie televisiva sobre Griboyédov, en la cual defenderá su tesis de que el autor ruso no fue linchado por una turba de musulmanes enloquecidos, sino que se trató de un complot organizado por los británicos. Dejando de lado las dotes detectivescas de un cineasta respecto a un crimen cometido hace dos siglos, Mikhalkov detrás de una cámara siempre es motivo de celebración. En todo caso, especulaciones aparte, la obra, si se lleva a cabo, está destinada a provocar controversia, dadas las actuales relaciones entre Rusia y las repúblicas caucásicas; la propia figura de Griboyédov, popular entre los armenios, pero no así entre los azeríes; las ideas políticas de Mikhalkov, ferviente defensor de Vladimir Putin, así como el hecho de que la presencia de los rusos en esa región a lo largo del XIX, como vemos desde el primer momento en Alí y Nino, siempre estuvo considerada por los rusos como una misión "civilizadora". Por si eso fuera poco, Mikhalkov se ha propuesto rodar en Nagorno-Karabakh, territorio disputado por Armenia y Azarbaiyán que se proclamó república independiente en 1991 y cuyo estatus como tal no ha sido reconocido por ningún estado hasta ahora.


Alí y Nino, del director Asif Kapadia


Más cine. Hace ya más de tres años (¡hay que ver cómo pasa...!), hablaba aquí de ese apasionante libro titulado El orientalista, en una entrada que prácticamente coincidía con la publicación de Alí y Nino en Libros del Asteroide. Recuerdo que os hablaba entonces también de la palabra "serialidad", acuñada por mi padre. Pues bien, hoy, otra de esas casualidades de la bloguería, esta entrada coincide con el inminente estreno de la película del mismo título, rodada en el mismo Bakú, y que llegará al Festival de Sundance en enero de 2016. Pura serialidad.

 La "estatua móvil" de Alí y Nino, en Batumi (Georgia)

 En definitiva, y volviendo al libro: venganzas, sangre, política, petróleo, guerras religiosas, fanatismo, matanzas, y una ventana abierta a las raíces de tantos conflictos actuales. Todo eso es Alí y Nino. Bueno, y también tiene un poquito de amor.

viernes, 16 de noviembre de 2012

Cantar de los nibelungos


En mis ya lejanos tiempos de aficionado al fútbol, uno de mis primeros héroes fue el rubio e iracundo centrocampista alemán del Barça Bernd Schuster. Recuerdo que, en el incontenible y a menudo absurdo afán de hallar sinónimos que tienen todos los periodistas, José María García se refería al jugador indistintamente como el teutón o el nibelungo. Nibelungo, qué maravillosa palabra me parecía, sin tener ni idea de lo que quería decir. Hoy me sigue pareciendo igual de maravillosa, tanto como las diferentes teorías sobre su etimología y su significado preciso.

Sigfrido forjando su espada, en un fotograma de Los nibelungos, de Fritz Lang

La complejidad sobre su procedencia y significado se constata en este Cantar, donde el término se refiere en primer lugar a un reino, el de los nibelungos, donde reinaba un rey, Nibelungo, con dos hijos llamados Schilbungo y Nibelungo (menos mal que luego llegó el cristianismo y su santoral, para arreglar todo eso), que mueren a manos de Sigfrido. Sólo luego pasa el término a referirse también a los burgundios.

Sigurd, el Sigfrido original

Pero si interesante es la historia del sobrenombre de Schuster, qué os voy a decir de la historia de este clásico. El Cantar de los nibelungos tiene sus orígenes en la historia, la tradición oral y la mitología nórdicas, es decir, de Escandinavia e Islandia, así como en hechos históricos de los siglos V y VI. De Islandia procede, por ejemplo, la Saga Volsunga, considerada una versión arcaica de la obra que nos ocupa, mientras que , por otra parte, los hechos históricos que el autor utiliza para la historia son ni más ni menos que las invasiones bárbaras que tuvieron lugar en Europa en la época aludida. En concreto, se remite a la derrota de los burgundios por el general romano Flavio Aecio, quien tuvo en sus manos la vida de Atila y se la perdonó para no desequilibrar la balanza entre hunos y visigodos.

Cómo se manejaba el dragón de la película de Lang

El poema en su forma escrita se perdió hacia el siglo XVI, pero en el XVIII se descubrieron diversos manuscritos escritos cinco siglos antes. Sin embargo, la historia hunde sus raíces mucho antes, y como ya he señalado más arriba, procede -o, por lo menos, tiene versiones casi paralelas- de las sagas nórdicas. En la forma definitiva con que hoy se conoce, el poema se ha alejado del odinesco mundo de vikingos y dragones, y se ha instalado en una corte medieval, donde tenemos las consabidas dulces doncellas y los nobles y gallardos caballeros cristianos.



Sigfrido mata al dragón. Muy sepia, pero, por lo demás, buena calidad

Es fácil, no obstante, reconocer en Sigfrido a Sigurd, el héroe nórdico original de las sagas islandesas, que mata al dragón y se convierte en invulnerable tras bañarse en su sangre. Pero existe también otra teoría acerca del origen de Sigfrido, que relaciona a éste con Arminio, el caudillo germano que infligió a Roma la humillante derrota en el Bosque de Teutoburgo, y que nos recordaba Tácito en sus Anales.

La sencillez casi inocente de la historia produce ternura, un sentimiento que luego se revela de lo más engañoso. Sigfrido, leyenda viva por haber matado un dragón y haberse hecho (casi) invulnerable tras bañarse en su sangre, se presenta en la corte de los burgundios, dispuesto a casarse con Krimilda, de quien tiene muy buenas referencias. No está dispuesto a aceptar un no por respuesta. Por su parte, Gunter, rey de los burgundios y hermano de Krimilda, también tiene ganas de encontrar una ricahembra, y decide que la fortunada será Brunilda, la feroz reina de Islandia. Sigfrido le ayuda a conquistarla a cambio de la mano de Krimilda, que aceptará encantada. Empero, esos apaños entre colegas se revelerán fatales,

La catedral de Worms, escenario de la fatal discusión entre Krimilda y Brunilda

No voy a insistir otra vez en lo sencillos de leer y amenos que son los clásicos, pero sí haré hincapié en otro aspecto de estas epopeyas que a veces obviamos: el retrato psicológico y la complejidad de sus personajes. Los héroes del Cantar de los nibelungos son personas de carne y hueso que tienen cosas mejores que hacer que encasillarse en un papel de por vida. ¿Quién puede reconocer en esa fiera diabólica y sanguinaria de la segunda parte a la tierna y virginal Krimilda de la primera? ¿Cómo puede el mezquino y traicionero Hagen de Trónege mostrar un comportamiento tan noble a medida que se acerca su fin? Otros no cambian, pero su retrato está a la altura de cualquier personaje shakespeariano, como por ejemplo Gunter, el rey débil y timorato que se sabe traidor y se atormenta por ello.

"Vaya chasco", se dijo Gunter (cuadro de Johann Heinrich Füssli)

Entre descripciones de tesoros, comitivas, banquetes, y justas, disfrutamos de escenas inolvidables. Una de ellas es, sin lugar a dudas, la de la noche de bodas de Gunter y Brunilda. El pobre rey de Burgundia ha necesitado la ayuda de Sigfrido para vencer a Brunilda, la invencible y despiadada reina de Islandia, en el duelo al que ésta le reta si quiere su mano. Así, Sigfrido se ha servido de su capa mágica, que lo vuelve invisible, para ayudar a Gunter en las tres pruebas de fuerza de que constaba el desafío. Vencida, Brunilda se ve obligada a desposarse con, hablemos claro, tan patético personaje y trasladarse con él a Worms. Llegada la noche de bodas, sin embargo, Brunilda se niega a dejarse desflorar por Gunter y lo deja colgado. No, no es una metáfora. Le ata las manos, lo cuelga del techo, y se echa a dormir.
Una Brunilda para La Walkiria de Wagner

Al día siguiente, Sigfrido ve la cara de apaleado de su amigo, que le confía sus penas. Tranqui, que esto lo arreglo yo, le dice Sigfrido el matadragones. ¿Para qué están los amigos?

Con tal de que no te propases, habló aquí el rey, con mi querida esposa, estoy de acuerdo en lo demás.

Y dicho y hecho, esa noche Sigfrido se hace pasar por Gunter, se acuesta con Brunilda, la doma y le quita su anillo y su cinturón, con lo que la reina pierde su fuerza sobrenatural y se convierte en una amorosa y leal esposa. El autor no es más explícito en los detalles de esa singular lucha, y la escena se nos presenta de un modo algo ambiguo. No nos queda claro, por ejemplo, si Gunter es del todo consciente de lo bajo que ha caído, pero la simbología del anillo y el cinturón sugieren que Sigfrido se la ha dado con queso.


La muerte de Sigfrido, de Julius Schnorr von Carolsfeld

Ese anillo y ese cinturón serán los desencadenantes de la tragedia, mujer contra mujer, entre Krimilda y Brunilda, cuando la primera se jacta de que su adorado Sigfrido poseyó a la reina de Burgundia antes que su propio marido. El anillo y cinturón que Brunilda reconoce son la prueba que no engaña. Brunilda decide que Sigfrido debe morir, y le encarga el trabajo a Hagen de Trónege, quien consigue con engaños sonsacarle a Krimilda el punto vulnerable del matadragones y príncipe de Xanten. La muerte de Sigfrido, por la espalda y con engaños, se convirtió en paradigma de traición. Siglos más tarde, esa misma traición, la dolchstosslegende o leyenda de la puñalada en el espalda, sirvió a los nazis para acusar a los judíos de la derrota en la I Guerra Mundial y los males de Alemania en general.

Por supuesto, no fue sólo la dolchstosslegende lo que aprovecharon los nazis para sus siniestros fines. Como todos sabemos, la historia de Sigfrido y Krimilda, años antes utilizada por Wagner para la creación de su gran ciclo operístico, se convirtió para el nacionalsocialismo en el tarro de las esencias germánicas, en una especie de mítica época dorada de la raza aria.

Hagen a punto de lanzar al río el tesoro de los nibelungos

La obra está dividia en dos partes, y hasta ahora sólo he hablado de la primera, conocida como "La muerte de Sigfrido". La segunda nos narra "La venganza de Krimilda", y en ella, como ya he dicho antes, vemos a una Krimilda implacable y, en efecto, vengativa, y a un Hagen leal a su señor y valiente hasta el final. Pero hay más personajes, entre los que destacan algunos clásicos de los libros de historia como Teodorico el Grande y Atila.
Atila, rey de los hunos, el azote de Dios. Bueno, pues según el Cantar, tampoco había para tanto. Es más, en lugar de un salvaje despiadado y bárbaro, nos encontramos con un señor de lo más razonable y conciliador, que pide cortésmente la mano de la viuda Krimilda, y que es capaz de llorar a moco tendido junto a Teodorico, al ver a sus soldados muertos y a su señora cortada en pedacitos.
La presencia de Atila y Teodorico el Grande nos sitúa la obra en su verdadero contexto histórico de los siglos V y VI, aunque debían pasar todavía muchos siglos para que la obra fuese por fin recogidoa por escrito. Se cree que su anónimo autor fue un eclesiástico del siglo XII residente en la corte de Wolfger de Erla, en una zona del Danubio entre Passau y Viena.

Atila no consigue que Krimilda olvide a Sigfrido

Como veis, la historia, sobre todo en su segunda parte, no es especialmente compleja. Con su revelador y conciso título, "La venganza de Krimilda" avanza en un sencillo crescendo que cada vez es más tenso merced a los constantes anuncios de grandes tragedias que hace el narrador. Sí, amigos, el autor del Cantar fue también el inventor del spoiler, y la verdad es que el uso que le daba era sumamente efectivo. Y así, como muy bien se nos ha ido advirtiendo, la historia acaba en una verdadera masacre con la que el lector se lo pasa pipa.


Y tan entusiasmado estaba yo con la obra, que en cuanto vi en la biblio la versión que hizo Fritz Lang en 1924 de la obra me puse a dar saltos de gozo. La verdad es que, en el momento en que escribo esto, todavía no he acabado de verla. Son dos películas de más de dos horas cada una, y, después de llegar a casa a las diez y cenar, mi cuerpo sólo puede aguantar una dosis bastante limitada de cine mudo. Pero que nadie me malinerprete: al igual que el libro, la película de Lang es una maravilla, y cada uno de sus fotogramas, con algunos de los cuales he ilustrado esta entrada, es de una abrumadora y casi insultante belleza. Así que aquí tenéis una muestra de esos fotogramas, y aquí, la peli enterita (DESGRACIADAMENTE, LA PRIMERA HA SIDO ELIMINADA Y LA SEGUNDA NO TIENE MÁS QUE PURA PROPAGANDA NAZI). A disfrutar.



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