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martes, 10 de abril de 2012

Trilogía Transilvana, de Miklós Bánffy (y 3): El reino dividido

¿Pudo haberse evitado la Gran Guerra?
A la Historia le gustan los momentos decisivos, mientras que el historiador tiende a pensar que tales momentos no existen. Éste entiende el devenir de la humanidad como una sucesión de momentos inextricablemente relacionados, mientras que aquélla nos dice, por ejemplo, que la Primera Guerra Mundial comenzó con el maginicidio del heredero al trono del imperio austro-húngaro Francisco Fernando.

Gavrilo Princip, el asesino de los archiduques de Austria

 Princip en el momento de ser arrestado

Sea como sea, sin duda hay una diferencia clara entre aquel "momento decisivo" de la historia y otros más recientes. O quizá no. Puede que simplemente nos falte la perspectiva necesaria. Quién sabe, quizá dentro de unas décadas los terribles atentados terroristas que todos sabemos, que nadie podía imaginar, y que cambiaron el curso de la historia reciente, los veremos poco menos que inevitables. Así, inevitable, es como pensamos ahora que la Europa de los años 1911-1914 veía la Primera Guerra Mundial, por mucho que nadie pudiera prever el asesinato del archiduque. Esta tercera y última parte de la Trilogía Transilvana transcurre entre 1910 y los primeros días de la guerra, y a los legos en historia, como yo, la impresión que nos queda es lo difícil que puede llegar a ser saber cuál es el punto de inflexión a partir del cual una guerra es inevitable.

"Mene, Mene, Tekel, Parsin". La profecía del Libro de Daniel abre la trilogía y da título a sus tres partes. Los húngaros no hicieron caso de la escritura en la pared (El festín de Belsasar, de Rembrandt)

La novela se abre con el encuentro casual y casi fatal entre Bálint y Adrienne, y la inmediata reanudación de su relación. No voy a extenderme en el desarrollo de la vida de estos ni otros personajes, porque poco podrá decir eso a quien no haya leído la primera y segunda parte. Sí diré que en esta tercera parte pocas de esas vidas terminan bien, y Bánffy parece decirnos que el curso de la vida de un ser humano es paralelo al curso de la historia, y, cómo ésta, es inevitable. Lászlo se encierra en la casucha que le queda de su antaño gran patrimonio, se abandona al aguardiente, rechaza cualquier tipo de ayuda, y se lanza en picado hacia su destino, del mismo modo que Hungría se encierra en sí misma, se entretiene en sus trifulcas parlamentarias y cierra los ojos ante el significado y repercusión de los acontecimientos internacionales. Gazsi Kadacsay, que en esta tercera parte destaca como uno de los personajes más interesantes, comprende lo fútil que ha sido no sólo rebelarse contra su destino, sino intentar recuperar el tiempo perdido, esforzarse por adquirir cultura y conocimiento. ¿Para qué?

La región de Torda-Aranyos -que hoy pertenece a Rumanía-, donde sucede gran parte de la novela

Por otra parte, algunos de los diferentes hilos se cierran con giros absolutamente dickensianos, con personajes que aparecen inesperadamente junto al féretro del ser querido, y misteriosos benefactores que no revelan su identidad. Pero a diferencia del maestro inglés, aquí el tono es cada vez más sombrío y, a medida que se acerca el final, con una guerra que se perfila como la más sangrienta de la historia, como el monstruo que lo va a engullir todo, como el abismo en el que se va a hundir el continente, la novela adquiere un tono casi lírico.


Este tercer volumen, considerablemente más corto que el primero, nos deja de nuevo algunas escenas inolvidables, en las que, a pesar del tono sombrío ya señalado, no falta el humor, casi siempre en forma de farsa. Qué decir, por ejemplo, de Gastón de Orleáns, el Duque de Eu, que recorre Europa con el fin de recabar apoyos para su Liga Antiduelos y que, durante uno de sus parlamentos ante la distinguida aristocracia húngara, que lo aplaude enardecidamente, a punto está de descubrir que su secretario acaba de batirse en un ridículo duelo y ha sido herido por un estúpido asunto de honor. O esa escena en la que un grupo de parlamentarios tiene vetada su entrada al Congreso, e intentan colarse de puntillas por la cocina. O el juicio sumarísimo y ejecución de una garrafa de aguardiente. Por no hablar del provincianismo de esos aristócratas que intentan imitar las maneras inglesas, o ese otro cuyo mayor orgullo es haber sido admitido en el club más exclusivo de Londres, aunque allí todos los camareros le desprecien. Y, como siempre, los momentos álgidos de los grandilocuentes discursos de los personajes están en todo momento punteados por los trémolos del violinista cíngaro Laji Pongrácz.




Otras escenas, en cambio, nos maravillan una vez más por el modo tan sensible y vívido de presentarnos los conflictos personales de los personajes. Una de ellas tiene lugar al principio de la novela, cuando Bálint ve cómo Lili y toda su familia dan por supuesto que la va a pedir en matrimonio y prácticamente lo empujan a ello. Es difícil leer esas páginas sin sufrir por los dos, por el daño que él va a hacer sin quererlo, y por la ofensa que ella va a recibir.

Y podría de nuevo subrayar las bellísimas escenas situadas en los bosques, la compleja relación entre campesinos rumanos y aristocracia húngara, el personaje de la niña que se enamora de un alcoholizado Lászlo a través de las historias sobre su antigua gloria, o detenerme en un recodo e indagar sobre alguno de los personajes y acontecimientos históricos. Pero creo que ya ha quedado claro mi entusiasmo y, sinceramente, a veces uno se cansa de cantar tantas alabanzas. Así que preguntémonos, ¿tiene defectos la novela? El único que se me ocurre es el modo en que Bánffy se acerca en muchas ocasiones al límite de lo que un lector español del siglo XXI puede asimilar sobre la vida parlamentaria budapestina de principios del XX. Y aunque se acerca mucho y en muchas ocasiones, creo que en ninguna ocasión llega a rebasar ese límite.

István Tisza, Primer Ministro húngaro, cuya figura como hombre de paz es reivindicada por Bánffy

Esta trilogía ha sido toda una experiencia literaria, un novelón que me acompañará siempre. Desde luego, no se trata de una lectura tan exigente como la gran trilogía de von Rezzori, ni tan variada como La novela de Ferrara, pero sí es una novela crucial para entender un poco más la historia de Europa y, algo tan importante o más, disfrutar de la buena literatura, con decenas de historias e inolvidables personajes. Han sido 1.600 páginas hundiéndome junto al Imperio Austro-húngaro, páginas que me han atrapado desde la maravillosa escena inicial hasta las desoladoras páginas finales. No revelo nada si digo que el final de la novela no puede ser más trágico: ha estallado la guerra, y las pequeñas grandes penas de las personas se van a fundir en el inmenso dolor de las trincheras, los desplazamientos, las ejecuciones, el gas motaza, las ratas y el barro.

martes, 3 de abril de 2012

Trilogía Transilvana, de Miklós Bánffy (2): Las almas juzgadas


Si te gustó la primera parte...
 Ha pasado un año desde que dejamos a nuestros personajes. Bálint Abády continúa como diputado independiente en el parlamento húngaro, donde su afán por mejorar las condiciones de vida de la población rumana en Transilvania se enfrenta con la corrupción generalizada entre los abogados, notarios y señoritos húngaros de la región, y con la indiferencia del parlamento, que tiene cosas más interesantes de las que ocuparse. La caza, naturalmente, pero también el creciente nacionalismo húngaro, el caos imperante en el parlamento, donde por cuestiones de intereses partidistas el Partido de la Independencia puede verse apoyando a Viena, y la situación internacional.

 Generalato y Estado Mayor del Ejército Austro-Húngaro

Le cuesta arrancar un poco a esta segunda parte, pero una vez lo hace, ya no podemos soltar el libro. Una vez más, las comparaciones con Guerra y Paz son inevitables. Al igual que Tolstoi, Bánffy mezcla aonctecimientos cruciales de la historia de Europa con los melodramáticos vaivenes de la vida de sus personajes. La tormentosa relación entre Abády y Adrienne se consolida en su enfangamiento, y Pál Uzdy, el marido de ésta, malo malísimo de tintes diabólicos, cobra un protagonismo cada vez mayor, hasta que al final vemos que no es tan malo malísimo. Lászlo Gyeroffy, por su parte, se muestra sobradamente capaz de bajar todavía muchos peldaños más en su descenso al infierno. Y acompaña a todos ellos un elenco de personajes secundarios retratados con exquisito detalle y de manera magistral. Desde el primero hasta el último, todos y cada uno de ellos son un mundo en sí mismos,  y al mismo tiempo, una sutil pincelada en este impresionante fresco de un mundo perdido.

 El Castillo de Buchlov, en Moravia

Y como siempre sucede con este tipo de novelas, uno no puede resistir la tentación de ponerse a averiguar algunas cosas más sobre el contexto histórico de la obra. Uno de los personajes históricos más interesantes que rondan por aquí es Alexander Izvolsky. Este diplomático ruso fue el artífice de la alianza entre británicos y rusos, que conduciría a la Triple Entente formada por Francia, Gran Bretaña y Rusia, que años más tarde habría de enfrentarse a la Triple Alianza (el Imperio Alemán, el Austro-Húngaro e Italia) en la Gran Guerra. El episodio más relevante protagonizado por Izvolsky en Las almas juzgadas es uno de secretos diplomáticos y confianza traicionada. Desde tiempo inmemorial, Rusia anhelaba conseguir una salida al Mediterráneo a través de los Dardanelos (el antiguo Helesponto, para entendernos). En 1908, Izvolsky se reunió en el castillo de Buchlov con el ministro de asuntos exteriores austro-húngaro Aehrenthal, y consiguió de éste el compromiso de apoyarse mutuamente en las siguientes conferencias diplomáticas. El Imperio Austro-Húngaro apoyaría el paso libre de la flota rusa a través de los Dardanelos, mientras que Rusia daría su respaldo a la futura anexión de Bosnia por parte de Viena. "Pero de esto, de momento, ni mu, ¿eh?", le dijo Izvolsky a Aehrenthal. Sin embargo, apenas tres semanas después de este acuerdo verbal, Austria anunció la anexión de Bosnia-Herzegovian, y dejó así a Izvolsky a la altura del betún. Esto, además de levantar las suspicacias de Francia y Gran Bretaña, levantó la ira de Serbia, que gritaba indignada "¡esa Bosnia es mía!".

El General Géza Fejérváry, un hombre sencillo

En cuanto a la política nacional en Hungría, nos encontramos en los años del gobierno de Fejérváry. Este general húngaro gozaba de la confianza del emperador Francisco José, quien, harto de que los nacionalistas húngaros bloqueasen el funcionamiento del parlamento, le nombró Primer Ministro. La tensión entre Viena y los nacionalistas húngaros se había exacerbado desde que el emperador expresase su deseo de aumentar el número de reclutas húngaros en el ejército imperial. Los nacionalistas respondieron con exigencias que, de cumplirse, podrían amenazar con romper la unidad del ejército. Una vez ocupado el cargo, una de las primeras decisiones de Fejérváry fue anunciar la implantación del sufragio universal, lo cual no hizo gracia a los nacionalistas húngaros, que temían el aumento de poder de las minorías. A falta del respaldo necesario, y con el parlamento en una situación de bloqueo permanente, Fejérvary presentó su dimisión, pero Francisco José lo volvió a nombrar Primer Ministro un mes más tarde. El bloqueo continuó y el emperador acabó enviando al ejército a disolver el parlamento, como vemos en un interesantísimo episodio narrado desde el punto de vista de Abády. Y esta situación de caos institucional continuó in crescendo, mientras políticos y población seguían cerrando los ojos al mundo exterior.

 El castillo de Bonchida, de la familia Bánffy

Mención aparte merece el tratamiento que el autor hace de su tierra. La familia Bánffy, que era, desde el siglo XV, una de las dinastías húngaras de más rancio abolengo, estaba establecida en Transilvania, voivodato (maravillosa palabra) del Reino de Hungría desde el año 1003. Con el Tratado de Trianon de 1920, Transilvania pasó a pertenecer a Rumanía, mientras Hungría, que se había visto desgajada por todos lados, perdía así más del 70% de lo que hasta entonces era su territorio. Cabe imaginar lo que aquello supuso para el orgullo de una población que apenas diez años antes había formado parte de un imperio. Bánffy, como muchos otros, vio con tristeza cómo su tierra natal se separaba de su país, por lo que, durante los años siguientes, desde su cargo de Ministro de Asuntos Exteriores, dedicaría grandes e inútiles esfuerzos diplomáticos en las negociaciones con Rumanía para renegociar los términos de aquel tratado. En 1943, viajó a Bucarest para tratar de persuadir al gobierno rumano para firmar la paz por separado con los aliados, pero las negociaciones se rompieron precisamente por desavenencias sobre el futuro estatus de la Transilvania septentrional. Dos años más tarde, en venganza por esta traición, el ejército alemán, batiéndose ya en retirada, incendió el castillo de la familia Bánffy, que hoy está en proceso de restauración.



Algunas vistas de la antigua Kolozsvár (hoy, Cluj Napoca), ciudad natal de Bánffy, que en 1920 pasó a formar parte de Rumanía.

Es evidente que la novela está permeada de principio a fin de un sentimiento de nostalgia. Al igual que otros autores que han retratado ese mundo, como Roth, Zweig o Musil, esa nostalgia no cae en la idealización. No era aquél un mundo perfecto. Es más, era bastante mejorable, pero era el mundo en el que crecieron esos autores, y que desapareció para siempre. Tanto en la primera parte de la trilogía como en esta Las almas juzgadas, el autor dedica numerosos párrafos a largas, detalladas, preciosas y evocadoras descripciones de su tierra. Bánffy se se recrea en esas escenas de caza, en esos amaneceres neblinosos y esos crepúsculos púrpureos, en esa infinidad de matices que pueden cobrar las hojas de endrinos, alerces o alisos u otros árboles de nombre para mí hasta ahora totalmente desconocidos. La pasión por recrear ese mundo perdido lo lleva a esmerarse también en la descripción de las ropas, las telas, los tipos de carroza o los caballos, y, aunque sé que a muchos estas escripciones les espantan, tengo que decir que no sólo no se hacen tediosas en ningún momento, sino que son toda una gozada, debido a la sencillez, maestría, sensibilidad y pasión de Bánffy. Es sobre todo en esos momentos cuando se hace más palpable el carácter casi elegiaco de esta gran novela.

martes, 20 de marzo de 2012

Trilogía Transilvana, de Miklós Bánffy (1): Los Días Contados



Los días contados eran los del Imperio Austro-Húngaro, naturalmente. Aquella unión monárquica creada tras la derrota de Austria en la Guerra Austro-Prusiana dio lugar en 1867 a un imperio cuyo nombre todavía hoy infunde respeto, el respeto de la grandeza que se hundió antes de enterarse de que ya no era grande. Los que de vez en cuando os pasáis por aquí sabéis de mi fascinación por la cultura y la historia de Europa Central. Probablemente no soy el único al que las palabras Imperio Austro-Húngaro le cautivan tanto como Prusia o Galitzia. Tanto, que me gustaría esbozar aquí una somera cronología de la creación de este imperio, pero, aparte de la falta de espacio y sobre todo de conocimientos, me resultaría harto difícil dada la larguísima concatenación de acontecimientos históricos y los maravillosos vericuetos por los que nos gustaría perdernos. ¿Nos remontamos a las invasiones turcas? ¿Nos recreamos en aquel maravilloso juguete llamado el Sacro Imperio Germánico? ¿Nos detenemos en la vida del periodista, agitador, Presidente de Hungría, fugitivo y conferenciante Lajos Kossuth, e intentamos hacernos una idea de la relevancia mundial que llegó a tener? Quizá en otro momento.

Miklós Bánffy (1873-1950)

La historia del redescubrimiento de este clásico nos resulta familiar. Miklós Bánffy, nacido apenas seis años después del Compromiso de 1867, en virtud del cual se fundaba el Imperio, fue un noble, escritor y político que llegó a ocupar el cargo de Ministro de Asuntos Exteriores y que tuvo una vida apasionante reflejada en sus muy prometedoras memorias The Phoenix Land (todavía inéditas en español). En su faceta de Ministro, intentó sacar al país del segundo desastre que se cernía sobre él (el primero fue el Tratado de Trianon, por el que perdió gran parte de su territorio), para lo cual viajó a Bucarest a intentar persuadir al tirano Antonescu para que abandonaran el Eje, y rumanos y húngaros firmaran la paz con los Aliados. Parece ser que tuvo más éxito como novelista y dramaturgo, pues gozó en su día de gran prestigio en su país, y formó parte de la elite cultural húngara. Fue Director del Teatro Nacional Húngaro, y consiguió que por primera vez se interpretara la música de Bartok en Budapest. Con la llegada del comunismo, sus obras fueron prohibidas, y no fue hasta 1982 cuando el régimen se reblandeció un poco y pudo volver a publicarse. Su éxito internacional, sin embargo, tuvo que esperar hasta 1999, medio siglo tras su muerte, cuando su hija tradujo esta trilogía al inglés y le abrió, entre excelentes críticas, el camino al mercado anglosajón, favorecido además por la consolidada recuperación de otro húngaro como Márai, o el Nobel a Imre Kertész un par de años más tarde.

Aquellos emperadores y sus severos bigotes

Los Días Contados es la primera parte de esta trilogía, y hay que decir que es todo un novelón al que no le falta de nada. Desde la primera escena, absolutamente magistral, hasta el final, trágico, romántico, balzaquiano y, naturalmante, abierto, uno no deja de pasar las páginas embobado y, a ratos, agradablemente confundido ante la apabullante cantidad de personajes. Muchos de esos personajes y sus respectivas historias aparecen ya en la, como digo, genial escena inicial. En ella vemos a Bálint Abády, uno de los tres protagonistas principales, dirigiéndose en un viejo simón a una fiesta con baile que se va a celebrar en uno de esos palacetes de la nobleza húngara. A medida que se acerca, lo adelantan otros simones, carrozas, faetones y landós, lo que permite a Abády lanzar una mirada y a duras penas un saludo a sus ocupantes, mientras el autor nos los va presentando y narrándonos sus respectivas historias.


Abády acaba de volver del extranjero, donde ha estado al frente de misiones diplomáticas, y ahora entre todos lo convencen para dedicarse a la política en una Hungría donde las tensiones externas e internas crecen cada día. El resentimiento hacia lo que se percibe como un desequilibrio entre los dos reinos que conforman el imperio es cada vez mayor. Resulta curioso, en este sentido, y sumamente revelador, que una de las principales reivindicaciones sea que en el ejército se instaure la voz de mando en húngaro. Por otra parte, el desequilibrio más claro se daba en la propia Hungría, donde rumanos, eslovacos, serbios, rutenos o croatas, entre otros, veían sus derechos lingüísticos pisoteados en beneficio del húngaro, lengua mayoritaria aunque hablada por poco más del 50 % de la población. A diferencia de Austria, que proclamaba la igualdad de las diferentes lenguas, comunidades y culturas del Imperio, en Hungría los no húngaros eran prácticamente ciudadanos de segunda. Tanto es así que nuestro protagonista, húngaro de la cabeza a los pies, verá cómo en Budapest le miran por encima del hombro por proceder de esa tierra de lobos y osos como es Transilvania. 

El uniforme de húsar las vuelve loquitas

 Son incontables las historias que se nos narran en las casi 700 páginas de esta primera parte. Entre ellas destacan, por supuesto, los amores imposibles entre condes y señoras casadas víctimas de un marido despiadado, militares sinvergüenzas agobiados por las deudas de juego que intentan agenciarse a una rica heredera, y por supuesto, el descenso a los infiernos de Lászlo Gyeroffy, el primo de Balint que estaba llamado a ser gran músico y... tampoco hay que revelar demasiado. A veces uno puede perderse en los entresijos y tejemanejes de Parlamento, oposición y corona, aunque lo que nos queda claro es que 1904-05 fueron años muy convulsos en la política de Hungría.

Orquesta militar del ejército austro-húngaro. Así se pierde un imperio.

Bánffy tiene esa escritura clara y sencilla que es tan difícil de conseguir, y que puede ocultar a veces su finísima ironía. Nos describe relaciones apasionadas y tormentosas sin caer en ningún momento en el sentimentalismo. Combina de forma sutil los diferentes puntos de vista, y sólo muy de vez en cuando nos muestra el suyo propio, el punto de vista del momento en el que escribe. Pero el autor húngaro destaca sobre todo por su retrato psicológico. Bánffy nos muestra unos personajes de tradición muy tolstoiana, pero a través de unos retratos tamizados por el desencanto, cuando no la desesperanza, de los años 30 del siglo pasado. Las imperfecciones del héroe no son consecuencia de una noble pasión imposible de refrenar, como le podía pasar a Pierre Bezukhov, sino que son resultado de esa vena cínica y calculadora que hasta el hombre más idealista puede ocultar dentro de sí. Es innegable que el amor de Abády por Adrienne es sincero, noble y apasionado, y, sin embargo, sus desesperados intentos por beneficiársela, que lo llevan a urdir astutos planes, no tienen nada que envidiar a los de servidor de ustedes o cualquiera de sus amigotes en sus años mozos. 


Por su parte, la nobleza  húngara, como le había pasado a la rusa, se había encerrado en su mundo de carreras y bailes, y no veía la que se le venía encima. Era un mundo, aquél que terminó con la Gran Guerra, que cada vez se nos hace más extraño y difícil de imaginar, con figuras como la del "primer bailarín", una especie de galán encargado de animar las grandes fiestas, dirigir los bailes y asegurarse de no había fémina que se quedara con las ganas de bailar, o con instituciones como los Tribunales de Honor, que regulaban los duelos. En uno de los párrafos más significativos, citado también en el excelente prólogo de Mercedes Monmany (y añadamos de paso que la traducción de Éva Cserháti y Antonio Manuel Fuentes Gaviño es impecable), nos dice el narrador:
"Entre los miembros de la alta sociedad de Budapest, sólo unos pocos se dedicaban en cuerpo y alma a la política. Había otros asuntos más importantes, o al menos igual de importantes. Por ejemplo, la competición hípica, que era tan interesante y apasionante como la cacería otoñal. Para convocar el Parlamento, una reunión de partidos o al comité del casino, en verano había que tener en cuenta la caza de la perdiz, en septiembre la del ciervo, a principios de invierno la del faisán, y en primavera los días de carrera, para poder intercalar las asambleas entre estos acontecimientos..."
En otros lugares que yo me sé, las fechas de las elecciones suelen estar condicionadas por el calendario de liga.
En definitiva, me lo he pasado tan bien con este libro como la nobleza húngara se lo pasaba en sus fiestas con alcohol, baile, apuestas y violinistas cíngaros. ¡Y todavía me quedan dos volúmenes más!

Caerán imperios, pero la buena música sobrevivirá
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