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jueves, 19 de febrero de 2015

Bardos, marisoles y rockeros



En 1956, tres años después de la muerte de Stalin, tuvo lugar el histórico discurso de Nikita Jrushchov en el XX Congreso del PCUS, en el que reconocía y denunciaba algunas de las barbaridades cometidas por el Padrecito de los Pueblos. Ese momento marca el inicio de lo que se conoce como la época del deshielo, y que se caracterizó por una relativa liberalización y apertura al exterior. Algunas de las consecuencias inmediatas de dicha liberalización fueron el regreso de cientos de miles, si no millones, de presos políticos que llevaban años pudriéndose en el gulag, así como una notable relajación de la censura y de la represión cultural. 


Salen a la luz entonces los stilyagi, un movimiento contracultural que en realidad había nacido a finales de los 40 y había sido reprimido bajo Stalin. Los stilyagi estaban fascinados con la moda y la música occidentales, sobre todo de Estados Unidos, cuya influencia aumentó cuando, en 1957, el VI Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes culminó esta apertura de la URSS a la cultura moderna. Se puso fin a la prohibición oficial del jazz e hizo su aparición el rock de los 60. Paradójicamente, pues, con aquel festival empezó el declive de los stilyagi, que, ya creciditos, no tuvieron una generación que siguiera sus pasos. Hoy día, no obstante, se reconoce la enorme influencia que ese movimiento tuvo en las generaciones posteriores, y así lo reconocen muchos de los músicos rusos contemporáneos de mayor renombre.

En 2008 el cineasta Valery Todorovsky dirigió una comedia musical titulada, cómo no, Stilyagi, que en inglés se tradujo como Hipsters, y que fue bastante bien recibida en diferentes festivales de EEUU y Canadá. Todavía no la he visto, pero promete mucho. En esta escena, al ritmo de la canción "то, что надо", ("Lo que hace falta") veréis algunas de las frustraciones de un estiloso en aquella URSS de principios de los 50, y las peligrosas actividades a las que debía dedicarse.


Esta otra escena también nos da una idea de lo que significaba desmarcarse como miembro de un movimiento contracultural. El tema es del grupo Nautilus Pompilius, y el estribillo dice "encadenados por una misma cadena, atados por un mismo objetivo". Si habéis visto The Wall, de Alan Parker, esta escena probablemente os la recuerde.

No, no es la Complutense

En fin, éstas son algunas de las cosas que he aprendido en el curso que acabo de hacer sobre la música en la URSS y Rusia, y estoy todavía tan entusiasmado que quiero compartir con vosotros algunas de las canciones que he descubierto. Continuemos.

El deshielo jrushchoviano no sólo trajo muchachos estilosos; apareció también la figura del bardo, que viene a ser algo bastante parecido a nuestros cantautores. El bardo se consideraba, ante todo, poeta, y la voz, la melodía y la técnica a la guitarra a menudo jugaban un papel secundario en su obra. El gobierno del deshielo, lejos de impulsar la carrera de estos artistas, se limitó a tolerarla. En fin, algo es algo. Los bardos, por lo tanto, debían desarrollar su obra de manera pseudoclandestina, y sus canciones circulaban en discos de fabricación casera y en cintas de casete. 

 Bulat Okudzhava

No hay que deducir de todo ello, no obstante, que estos artistas fueran disidentes o estuvieran todos ejerciendo algún tipo de oposición al régimen. Tomemos como ejemplo a Bulat Okudzhava, uno de los bardos más apreciados y reconocidos. El padre de Okudzhava, un alto miembro del Partido en Georgia, había sido arrestado y ejecutado durante la Gran Purga del 37, mientras que su madre pasó 18 años en el gulag. Nada de ello fue óbice para que Okudzhava fuera un comunista convencido y miembro del Partido desde la rehabilitación de sus padres hasta la desintegración de la URSS.

Aparte de la poesía y el Partido, el otro gran amor de Okudzhava fue el barrio de Arbat, en Moscú, al que dedicó una de sus canciones más conocidas, "Canción del Arbat".

 

Pese a la belleza de sus poemas musicados, la discreta forma de cantar de Okudzhava ha limitado siempre su popularidad más allá de Rusia. Más probable es que el rusófilo de hoy conozca por lo menos el nombre del bardo Vladimir Vysotski. Nacido en el terrorífico 1938 y fallecido en 1980 víctima de su adicción al tabaco, alcohol y drogas, Vysotski es una auténtica leyenda de la música soviética. Al igual que Okudzhava, de quien decía que era su padre espiritual, Vysotski se consideraba ante todo poeta, y sus melodías, como en el caso del georgiano, son también muy sencillas. Vysotski, sin embargo, no tiene nada del lirismo de Okudzhava. Por el contrario, sus letras son desgarradas, irónicas, apasionadas, divertidas, provocadoras, innovadoras, o, por decirlo en una palabra, geniales. Con frecuencia tenían forma de diálogo, podían estar protagonizadas por presidiarios, veteranos de guerra, boxeadores, maridos calzonazos o esposas marujonas, y el uso de argot las hace muy difíciles de traducir. Pero lo que de verdad distingue a Vysotski, no sólo de Okudzhava sino de cualquier otro cantante, es su voz y su inimitable forma de cantar. De él se me hace imposible escoger sólo una canción, así que os voy a poner tres. Si nunca habéis oído a Vysotski, escuchad por lo menos una. La primera se titula "Кони привередливые", más o menos "Caballos caprichosos".




En el siguiente vídeo Vysotski interpreta, en un programa de la televisión francesa, una de sus canciones más emblemáticas, "охота на волков"("Cacería de lobos"). Como veréis, pese a que aún no había cumplido los cuarenta, está ya bastante desmejorado, aunque, guitarra en mano, conserva al cantar toda su energía y carisma.

 
 
La siguiente canción, "Balada de la infancia", viene con subtítulos en inglés. Os daréis cuenta, no obstante, de su dificultad y de la cantidad de alusiones a aspectos políticos y sociales de la URSS que  incluso a muchos rusos jóvenes les resultarán hoy difíciles de entender. El vídeo merece la pena verse también por las imágenes, que constituyen un breve y a veces desagradable paseo por las décadas más duras del estalinismo, y que incluye fotos de Vysotski de niño.

 

La muerte de Vysotski sigue envuelta en cierto misterio, aunque lo más probable es que fuese víctima de sí mismo, de sus malas compañías, y de su frenética actividad entre narcóticos y conciertos. Con motivos de los Juegos Olímpicos de Moscú, la distribución de drogas y alcohol estaba en aquellos días fuertemente controlada por las autoridades, y algunas noches los alaridos del cantante, en su desesperación, se podían oír por todo el edificio donde vivía. Rodeado de buitres y médicos sin escrúpulos que se enriquecieron a su costa, Vysotski murió, oficialmente, de un infarto de miocardio. Su muerte apenas mereció una brevísima nota en la prensa, pero a su funeral, en un Moscú tomado por las tropas, asistieron centenares de miles de personas, tantas, que los eventos olímpicos de aquel día registraron una asistencia notablemente menor que otros días.




 Imágenes del multitudinario funeral de Vysotski

 Pero la vida seguía, también para los bardos. Apenas un par de años tras la muerte de Vysotski, hacía su aparición Aleksandr Rosenbaum, un gran músico de estilo completamente diferente al de los bardos que hemos visto. La música de Rosenbaum, que posee una gran técnica como guitarrista y compositor, se caracteriza, observaréis, por melodías mucho más complejas y originales. Sus letras son también poéticas y con frecuencia bastante deprimentes, y destaca como músico de chanson, que en Rusia es un género que se asocia con presidiarios, gángsteres, delincuentes y personas de baja estofa. La siguiente canción, "гоп стоп", que significa algo así como "Atraco callejero", versa (si no la he entendido mal) sobre un par de gángsters de la mafia judía de Odesa que se cargan a una amante infiel.



Rosenbaum es un pacifista convencido, y no pocos de sus temas tienen como motivo los desastres de la guerra. Esta bella y tristísima canción se titula "Чёрный тюльпан" ("Tulipán negro"), que es como llamaban a los ataúdes que llegaban a Rusia con los cadáveres de los muchachos que morían en Afganistán. Las imágenes corresponden a la película La novena compañía, de Fyodor Bondarchuk.




Otra corriente dentro de la música soviética es la conocida con el curioso nombre de Эстрада ("Estrada"). Aquí ya no hablamos de cantautores, sino de intérpretes de cancioncillas cómodas, agradables, en absoluto reivindicativas, y que, uno imaginaría, contarían con el visto bueno del régimen. La Эстрада y sus figuras recuerdan mucho la música con que nos deleitaban nuestras queridas Concha Velasco o Marisol, y comprenderéis que no me entusiasme tanto como para colgar más que un par de vídeos. No obstante, dentro de esta corriente hay auténticas maravillas como ésta, titulada "Течëт река волга" ("Fluye el Volga"), interpretada por Liudmila Zykina. Cuenta la historia de una adolescente y sus románticos sueños, que un día se hace mayor. Disfrutad de una melodía y una voz bellísimas, dignas de un aria de Puccini.


Decía que uno podría pensar que estos artistas y sus canciones tan poco reivindicativas estarían bien vistas por el régimen. Al fin y al cabo, ¿a quién le puede molestar una cancioncilla como la siguiente? Pues con este vídeo y otros parecidos llegó el escándalo. Observadlo bien a ver si encontráis pruebas de la actividad antisoviética de Larisa Mondrus.

 La escandalosa Larisa Mondrus
 
No, no se trata del peinado ni de la longitud de la falda. Si no lo habéis encontrado, seguid leyendo.

Estamos a mediados de la década de los 60. Los años de Jrushchov al frente de la URSS han quedado atrás, y su sucesor, el cejisevero Brezhnev, tiene un concepto diferente (¿o podríamos decir "gélido"?) de lo que debía ser la música y la cultura en general. Por ello, una de las primeras medidas que toma al respecto es rodearse de un excelente equipo de censores, encabezado por el temido Serguéi Lapin. A partir de ese momento, cantar al amor y a la felicidad se hace sospechoso, por lo menos cuando las causas de esa felicidad son simplemente las cartas que nos trae el cartero o los pajaritos con su pío pío, y no el carné del Partido o el orgullo de ser miembro del Komsomol. Pero había otro motivo algo menos confesable, y era el feroz antisemitismo de Lapin. Así, a muchísimas de las estrellas de la Эстрада, sobre todo a las de origen judío, se las empezó a estrangular, de manera figurada, al impedirles tanto la grabación de álbumes como la actuación en conciertos, al tiempo que los artistas como Lenin manda triunfaban con canciones de marcado tono político y patrioteril.


Leónid Brezhnev. Con él volvió el hielo

La censura brezhneviana alcanzaba también a la terminología. Por ello, dado que el término rock era demasiado occidental y decadente, los grupos "oficiales" de esa música que quizá en las pesadillas de Lapin pudiera llamarse rock recibían el nombre de ВИА (VIA), que son las siglas de de Agrupación Vocálico-Instrumental.

Permitid ahora que os muestre el horror, pues se trata de un horror bastante divertido. En 1972 la ВИА Samotsvety lanzó "Мой адрес Советский Союз", es decir "Mi dirección es la Unión Soviética", una entrañable cancioncita que retrata el quehacer diario del ciudadano soviético. Su pegajoso -más que pegadizo- estribillo reza: "mi dirección no es un número ni una calle; mi dirección es la Unión Soviética", y es todo un clásico del rock... perdón, del ВИА oficial soviético. Se trata, para entendernos, de una especie de "Que viva España" en el que se sustituyen las castañuelas por la hoz y el martillo. Pero qué queréis que os diga, yo me quedo con Manolo Escobar.
El vídeo, de todas formas, es interesante por determinados conceptos, como se decía en mi época. A los componentes de las VIA sólo se les permitía vestir traje, ropas folklóricas o uniforme militar. No sé en cuál de las tres categorías entra la ropa que veréis en el vídeo. Pero fijaos, sobre todo, en el estatismo casi hierático de todos los músicos. Eso de moverse por el escenario, y no digamos ya hacer aspavientos como un sucio capitalista, no gustaba ni un pelo a las autoridades. De ahí que Larisa Mondrus, en el vídeo que habéis visto más arriba fuera, durante mucho tiempo, la primera y última cantante que osó bailar al son de su propia música.

Ojo, que el que se mueva...

Ahora, un poco de cine.

Pese a que en España el musical nunca ha gozado de gran popularidad, recordaréis cómo durante el franquismo se perpetraron a mansalva esos bodrios seudocostumbristas con Joselito o los ya mencionados Escobar y Marisol, que tenían como objetivo, aparte del encumbramiento de tan patrios artistas, hacernos creer que vivíamos en el mejor de los mundos posibles. La calidad de nuestros por fortuna escasos musicales no ha mejorado con la democracia, y aún se me cae el alma al suelo cada vez que recuerdo la megataquillera El otro lado de la cama. Por otra parte, tanto en la Unión Soviética como en la Rusia de hoy, la afición a los musicales ha sido siempre enorme y, como podéis juzgar por los dos primeros vídeos de esta entrada, de una calidad que aquí ya nos gustaría. Y al hablar de musicales rusos, hay que hablar de Aleksandr Zatsepin. Es poco probable que su nombre os diga nada, y ésa fue, de hecho, la gran ambición nunca realizada de este gran compositor: llegar a triunfar en occidente. Zatsepin es uno de los compositores rusos de música popular de mayor renombre, y en mi opinión tiene poco que envidiar a músicos de la talla de Burt Bacharach o Ennio Morricone. Personalmente, estoy absolutamente convencido de que, de haber tenido un poco más de suerte y no haber tropezado con los impedimentos que le pusieron Brezhnev y compañía, hoy su nombre estaría entre los grandes compositores de Hollywood.


Zatsepin en su estudio de grabación, el más moderno de su época en toda la URSS

Esta divertida escena pertenece a la comedia Iván Vasílievich cambia de profesión (1972), basada en una obra de Mijaíl Bulgákov, y que tuvo un éxito arrollador (y eso significa decenas de millones de espectadores, que se dice pronto). Cuenta la historia de un ingeniero que inventa una máquina del tiempo. Por uno de esos accidentes, la máquina transporta a uno de los personajes a la corte de Iván el Terrible, y a éste, a la URSS del 73. Zatsepin, autor de toda la banda sonora, lo borda aquí con una melodía moderna pero perfectamente anclada en la tradición de los cosacos. No os perdáis esas coletas-helicópteros del final.


La siguiente escena es bastante peculiar. Pertenece al musical televisivo en dos partes titulado 31 de junio, basado en una historia de J.B. Priestley del mismo título, y cuya banda sonora también corrió a cargo de Zatsepin. En cuanto oigáis las primeras notas pensaréis "qué poco ruso suena esto", y lo cierto es que la banda sonora causó sensación -o incluso conmoción- entre todos los espectadores y un soponcio a las autoridades. Por ello, y por la posterior huida a los Estados Unidos de uno de los actores, la película fue retirada el día después de su estreno.

Una vez más, y qué curioso es esto, la historia trata de viajes en el tiempo, con unos protagonistas que se mueven entre el siglo XII y el XXI. No os sorprenderá demasiado, por tanto, esa fotografía sobre la chimenea en una corte medieval. Y es que en general, fuera de contexto, la escena causa, cuando menos, confusión. Quizá os cueste, por ejemplo, tomaros en serio a ese galán rubio, de nombre nada menos que Aleksandr Godunov, que por cierto es quien, con su huida a América, provocó un incidente diplomático entre los dos países. También la coreografía es de lo más llamativo, pero al mismo tiempo tiene un noséqué muy acertado y atractivo. En todo caso, el magnetismo que la escena tiene para mí se debe al rostro entre glacial y sensual de Natalia Trubnikova, a la impresionante voz de Tatiana Antsiferova, y a la potente melodía, que se me antoja muy en la línea de Donna Summer o Bonnie Tyler.


Cualquier ruso que me lea, me acusará poco menos que de sacrilegio si no hablo con cierto detenimiento de la auténtica diosa de la música pop rusa de las últimas décadas, Alla Pugachova. Pese a sus 250 millones de discos vendidos, lo que la convierte en una de las artistas que más discos ha vendido en solitario en toda la historia, es difícil hacerse una idea aproximada de la relevancia y la influencia que ha tenido Pugachova en la música rusa a lo largo de los últimos cuarenta años. De hecho, no se me ocurre ningún artista nuestro que se le pueda comparar en cuanto a popularidad y que, al mismo tiempo, goce de respeto y admiración por parte de jóvenes, mayores, obreros, políticos e intelectuales. Julio Iglesias puede ser más popular, pero sólo se lo toman en serio los horteras; Joan Manuel Serrat goza de respeto universal, pero su obra es mucho menos festiva y dicharachera que la de Pugachova.

 Alla Pugachova 

Mi problema con Pugachova es que, sencillamente, no me entusiasman sus canciones, sobre todo sus grandes e inmortales éxitos, que, por simpáticos y agradables que sean, emanan un aire de eterna ranciedad. No obstante, sería absurdo negar su gran talento como cantante. Esta escena pertenece a la película Ironía del destino, una comedia romántica para la televisión, y Pugachova presta su voz a la actriz Barbara Brylska para una canción muy bonita y melancólica, "По улице моей" ("Por mi calle").



Sabido es que, desde sus primeros días, la ciudad de San Petersburgo siempre tuvo un carácter abierto a Occidente y una mentalidad (permitidme los clichés y las generalizaciones) más "progresista"que la oscura y monacal Moscú. No es de extrañar, pues, que fuera allí donde nació el rock ruso. Y es que, junto con los bardos, la Estrada y el musical, el otro gran hito en la historia de la música popular soviética lo constituye la creación, en 1981, del Ленинградский Pок-Kлуб, es decir, del Club de Rock de Leningrado.

Esta institución se concibió como algo parecido a las conocidas Casas de la Cultura, o a la Unión de Compositores Soviéticos. Probablemente el camarada Brezhnev pensaba que era preferible fundar una institución donde pudiera tener controlada a la juventud más melenuda, antes que dejarlos corretear y conspirar por los callejones. Recordemos asimismo que tan sólo un año antes se habían celebrado los Juegos Olímpicos, y que la proximidad de Leningrado a Finlandia hacía ya imparable la influencia cultural de occidente. Y así nació este histórico local, que, como es natural, desde el primer día estuvo controlado por el KGB y en el que se prohibió la entrada a los grupos más radicales del momento.

El número 13 de la Calle Rubinstein en su época dorada

En el ЛРК se dieron a conocer la mayoría de las grandes bandas de rock ruso de los 80 y los 90, e incluso de unas pocas que aun hoy sigue en activo. Los nombres de Kino, Zoopark, Televizor, Akvarium o DDT se dieron a conocer en ese histórico club. Vamos con algunos de ellos.

Fundado en 1972, Akvarium es uno de los grupos más veteranos de la música rusa, y su líder, Boris Grebenshikov, está considerado el "abuelo del rock ruso". Esta canción, titulada "Ciudad de oro", forma parte de la banda sonora de la película Assa, compuesta en su totalidad por Akvarium. Mirad qué cosa más bonita.



He hablado ya de Vysotski y de Pugachova los amos, respectivamente, de la canción de autor y del pop rusos. Pues bien, también el rock ruso tiene su leyenda y se llama Viktor Tsoi, líder del grupo Kino y fallecido a los 28 años en un accidente de coche que conmocionó a todo el país. El Muro de Tsoi, en el moscovita barrio del Arbat, y que podéis ver en la primera foto de esta entrada, sigue siendo lugar de peregrinación de sus seguidores.

Tsoi -que, como podéis deducir por su apellido, no era de origen ruso sino coreano- revolucionó el rock soviético por su estilo potente e innovador así como por el contenido político de sus letras. Su primera grabación, realizada en su apartamento, circuló en casetes de mano en mano primero por Leningrado y luego por todo el país. Con la llegada de Gorbachov al poder, Tsoi y su banda, Kino, se encontraron con muchos menos obstáculos y su popularidad pudo por fin despegar de manera espectacular. Sus conciertos se hicieron multitudinarios y en ellos empezaron a verse por primera vez en Rusia los mecheros encendidos.

Viktor Tsoi, líder del grupo Kino

Tsoi no sólo era admirado como músico, sino también muy querido por las masas por ser, pese a que sus maneras en el escenario puedan apuntar en otro sentido, un chico de lo más sencillo y modesto que, incluso en la cúspide de su fama, seguía con su trabajo en el cuarto de la caldera de un bloque de pisos. Era, en fin, una de esas personas que caen bien a todo el mundo. La siguiente es la escena final de Assa, y la canción, "Перемен" ("Cambios"), se convirtió en todo un himno para una juventud cada día más harta y más necesitada de libertad.


Otro de los grupos que, como Akvarium, dieron sus primeros pasos en el ЛРК y siguen aún hoy en activo es DDT, que es como decir el grupo de Yuri Shevchuk. Desde su fundación en 1980 hasta la llegada de Gorbachov, DDT se movió entre el círculo de músicos más o menos "oficiales" y la clandestinidad. Pero en 1984, tras la grabación de su álbum Periferia, pasaron a engrosar una lista negra y empezaron a ser vigilados por el KGB hasta que, sencillamente, la banda fue prohibida, con lo que su música llegó a todos los rincones del país.

En sus letras, Shevchuk utiliza unos símbolos tan primordiales como las estaciones del año, el agua o las tormentas. En esta estupenda canción, Shevchuk canta a la lluvia, que es precisamente la traducción del título, "Дождь". Un aguacero primaveral da lugar a una riada torrencial que arrasa con lo que encuentra y brinda así la posibilidad de una renovación.


Shevchuk es una de las figuras más contestatarias e incómodas en el régimen putinista. En esta casi legendaria reunión del presidente con algunas figuras de la cultura, Shevchuk, con mucha educación y sutileza y no poco desparpajo, se atrevió a decirle cuatro cositas a Putin. No hay subtítulos, pero el lenguaje corporal es tan elocuente que no hacen falta. De todas formas, si os interesa, aquí tenéis (en inglés) la transcripción completa de la entrevista. A partir del minuto uno, Shevchuk habla de libertad. En el minuto dos se observan ciertos signos de impaciencia en Putin. Justo antes de responder a Shevchuk, en el minuto 3:40, éste le hace entrega de un papel que ha escrito con sus colegas en el que le expresan su opinión de lo que está pasando en el país. A Putin no le hace gracia.

Todavía hoy los rusos no se ponen de acuerdo sobre quién ganó el debate. Sí quedaron claras las maneras chulescas del presidente, quien, cuando Shevchuk le empieza a plantear la pregunta, le espeta "disculpe, ¿cómo se llama usted?", como si Shevchuk se hubiera colado allí y su presencia no contara con el beneplácito del propio Putin. Shevchuk no ha vuelto jamás a ser invitado por Putin.


Venga, más.
La verdad es que, lógicamente, a medida que se acorta la distancia en el tiempo, más me cuesta dar una visión general como he intentado hacer al principio. Puede decirse que, a partir de la desintegración de la URSS, el rock ruso se diversificó como nunca antes, y, que entonces, más que hablar de influencia de la música occidental, sería más correcto hablar del rock ruso como parte de esa música. No obstante, insisto, nos falta (o por lo menos me falta a mí) la perspectiva que me permita ver ciertas líneas comunes entre los muchísimos grupos surgidos a lo largo de estos años. Parece ser que durante las últimas dos décadas no han dejado de oírse voces que afirman que, cual si se tratara de La Novela, el rock ruso ha llegado a su fin. El uso y abuso de internet, así como la banalización de la música en fenómenos de masas como el Festival de Eurovisión y la televisión basura, no ofrecen un futuro muy halagüeño, es cierto. Pero también es cierto que de catastrofistas está la historia llena.

Así que, a la espera de lo que nos traigan los próximos años, os dejo con un par o tres de las canciones que más me han gustado y que ejemplifican de maravilla la gran variedad de la música rusa contemporánea (aunque las tres tienen ya unos años).

Esta canción, "Делфины" ("Delfines") es del grupo Mumiy Troll, originario de Vladivostok y que, como veréis, hacen una música que suena muy occidental. Tienen unas letras prácticamente incomprensibles y el cantante, Ilya Lagutenko, aparte de tener una sonrisa siniestra y andrógina, tiene una forma algo peculiar de cantar.
Veréis qué bien suena esto.


Lo que viene ahora sí que os sonará mucho más ruso. Se trata del grupo Liubé, procedentes de Liuberski, Moscú. Su líder, Nikolái Rastorguyev, gusta de actuar ataviado con uniforme militar, y en sus canciones, influidas, entre otros, por el folklore y la chanson rusas, canta a la estepa, a los abedules, a los caballos, y a todo aquello que puede representar a su madre patria. No os sorprenderá la enorme admiración que se profesan mutuamente Rastorguyev y Putin.
En este caso, la canción "Конь" ("Caballo") habla de un paseo a caballo por el campo ruso. Servidor, que está vacunado contra todo tipo de nacionalismo, confiesa que, con esta melodía, esas voces y ese escenario (Crimea, nada menos), le entran ganas de hacer algo que nunca ha hecho: enarbolar una bandera. Rusa, por supuesto. La vacuna contra la hoz y el martillo es aún más fuerte.


¿Y qué me decís de esta maravilla titulada "Небо Лондона" ("Cielo de Londres"), de la cantante Zemfira? Impresionante voz y una melodía preciosa y casi perfecta, a la que, a mi juicio, sólo le sobra la última nota...


... y que me viene de perlas para despedirme.

martes, 31 de diciembre de 2013

Feliz 2014


Mientras termino de perpetrar una entrada absolutamente terrible, os regalo esta estupenda versión del Auld Lang Syne y os deseo un feliz año nuevo lleno de buenas lecturas y mucha guaracha.

lunes, 29 de julio de 2013

De Rodríguez


Una de las cosas más saludables que puede hacer un buen marido cuando está de Rodríguez es ir al cine y, por una vez, comprobar que, al igual que los animales, los coches y los candelabros, también las personas hablan. Así que, animado por los comentarios y elogios de mis alumnos hacia esta película, esta tarde he ido al Verdi, que no pisaba desde hacía ocho años (premio para quien adivine cuántos años tiene el mayor de mis hijos).


Probablemente muchos conozcáis ya la historia de Rodríguez (apreciad ahora en todo su esplendor el sutil doble sentido con el que he titulado la entrada), que es como se conoce a Sixto Rodríguez. Desde que este Searching for Sugar Man ganó premios como el BAFTA y el Oscar al Mejor Documental, la historia de este albañil, hijo de mexicanos y nacido en Detroit, ha ido de boca en boca y de un programa de televisión a otro. Parece que sólo tipos como yo, que consultamos la cartelera de hace diez años antes de sacar un DVD de la biblioteca, no nos habíamos enterado de su existencia. No obstante, y como me consta que no soy el único padre devoto, os contaré, a muy grandes rasgos, de qué va la cosa.



A finales de los 60, Rodríguez, cantautor de extraordinario talento, y a quien los que lo conocían comparaban con Dylan, publicó dos álbumes repletos de grandes canciones que pasaron completamente desapercibidos en el mercado norteamericano. Rodríguez se vio obligado a retirarse de la música y dedicarse a la  construcción (en pequeñito, eso sí; instalando tejados y arreglando wáteres). Sin embargo, por esos azares de la vida, uno de esos álbumes viajó hasta Sudáfrica en la maleta de una turista. A los pocos años, Rodríguez se había convertido en un auténtico icono en Sudáfrica, y sus canciones se oían en casas, fiestas, programas de radio  y cualquier ocasión en la que hubiera música. 


Muchísimo más popular que los Doors o los Stones, Rodríguez fue en aquellos años una especie de símbolo de lucha contra el apartheid, y son varias las generaciones de aquel país que han crecido con su música. Cabe recordar aquí que, durante décadas, Sudáfrica fue un paria en la escena política internacional. Su inhumana política racista hizo que el país se viera aislado, boicoteado y despreciado a lo largo y ancho del planeta. Uno de los efectos menos esperados de las sanciones fue que de un éxito arrollador en la industria discográfica como el de Rodríguez ¡y en lengua inglesa! no se oyó ni hablar fuera de sus fronteras.



A lo largo de los años, Rodríguez llegó a vender medio millón de discos en Sudáfrica. Pero, y aquí viene lo bueno, él no tenía ni idea de ello y, huelga decirlo, no le llegó ni un duro. Su vida, de la que no se sabía absolutamente nada, estaba para los sudafricanos envuelta en misterio, y circulaban varias versiones sobre su muerte. Según una de ellas, se había prendido fuego en el escenario. Según otra no menos dramática, tras un concierto en que lo habían abucheado, se despidió del público y ante ellos se descerrajó un tiro en la sien.


Searching for Sugar Man nos cuenta la historia de dos sudafricanos que, a finales de los 90, se proponen averiguar qué fue en realidad de aquel "cantante maldito", auténtica leyenda de la música. Por lo visto la idea del doumental surgió cuando, en un viaje al país, el director sueco Malik Bendjelloul oyó la historia de boca de uno de ellos. Intrigado, empezó a investigar, escuchó su música y quedó prendado.



El resultado de las investigaciones de unos y la dirección de otro, un documental excelente basado en una historia tan real como increíble. Hay que decir, no obstante, que en algunos momentos ha primado el cine sobre la objetividad: después de consultar ya sabéis dónde, descubre uno que, aunque la película en ningún momento miente, sí omite por lo menos un dato que menoscababa ligeramente el mito que se pretende construir. Pero hecha esa salvedad, tengo que reconocer que Searching for Sugar Man me ha cautivado desde el primer momento y ha llegado a emocionarme. Y sobre todo, ¡qué puñado de grandes canciones!


martes, 22 de enero de 2013

The bridge, un thriller sueco-danés


Menos mal que ahí están Isak Dinesen, Strindberg, Ibsen o Ingmar Bergman, porque si no, cualquiera diría que los escandinavos no saben hacer otra cosa que matar gente e investigar. Pero para qué negarlo, eso de los thrillers se les da muy bien. Hace un año reseñaba la serie danesa The killing, que arrasó en Gran Bretaña y que era tan buena que los americanos decidieron cargársela haciendo su propia versión. Pues bien, parece ser que en el 2012 fue la sueco-danesa The Bridge la que mantuvo a Inglaterra en vilo durante diez semanas.

El puente del título es el Oresund, que conecta la ciudad sueca de Malmö con la capital de Dinamarca. La serie se abre con el hallazgo, justo sobre la línea que separa los dos países, de (lo que parece ser) el cadáver de una mujer. Esa circunstancia, y otras que no revelaré, obliga a que sean un detective danés y una sueca los encargados del caso.


A partir del hallazgo del cadáver, los asesinatos se suceden en lo que, según el asesino, que cuelga algunos de sus crímenes en internet y en vivo, no es sino una denuncia de las injusticias que asuelan la sociedad. El asesino se convierte así, por lo menos durante un tiempo, en una especie de justiciero universal, más todavía cuando, merced al éxito de su chantaje, les perdona la vida a sus víctimas, 

 Como es de rigor en este tipo de thrillers, el mayor atractivo de la serie radica en los dos investigadores y en la extraordinaria interpretación que hacen los respectivos actores, al igual que todo el reparto.
A estas alturas, tenemos que empezar a aceptar que una pareja de detectives de carácter y modo de trabajar radicalmente diferentes, que se ven obligados a compartir caso, ha dejado de ser un cliché para convertirse en un requisito. Qué aburrida sería una serie con dos detectives que, además de ser grandes amigos, están perfectamente compenetrados. Y sin embargo, nuestros dos detectives, aunque no pueden llegar a ser amigos, sí se aprecian mutuamente y trabajan muy bien juntos.


Saga Noren es una detective exasperantemente perfeccionista, escrupulosa cumplidora de las normas, y de una inteligencia prodigiosa. Por si fuera poco, es un pedazo de sueca que le da a uno ganas de salir volando a Benidorm. Sin embargo, la chica es, en palabras de todos los que la conocen, "una tía rara", y todo indica que sufre una forma de autismo. Tanto en su trabajo como en sus relaciones, Saga se rige exclusivamente por la lógica. Así, desconoce las más elementales normas sociales, como la de elogiar el trabajo bien hecho, y es incapaz de decir una sola mentira, aunque la gente se lo implore, por ejemplo una madre que no sabe si volverá a ver a su hija con vida. Cuando la invitan a comer y le preguntan si quiere repetir, dice que no le ha gustado la comida. Cuando quiere echar un polvo, busca a alguien que le guste y le pregunta si le apetece follar.

Por su parte, su colega danés Martin Rohde, es un tío afable y campechano, que sabe que a veces hay que saltarse las normas y, otras veces, mentir. Dichas virtudes no benefician precisamente a su vida familiar, y mientras ésta se desmorona por momentos, Martin se propone enseñar a Saga a ser una persona más normalita e integrada.


Qué voy a decir de la trama. A mi mujer y a mí nos ha enganchado a la pantalla diez noches seguidas (bueno, nueve; no pudimos esperar al día siguiente para ver el último episodio) y ahora nos hemos quedado huérfanos. El modo en que los diferentes hilos de la trama quedan engarzados es soberbio, si bien se bordea en todo momento los límites de la credibilidad. A diferencia de The Killing, donde teníamos dos historias paralelas (la investigación policial y las elecciones a la alcaldía), lo cual la emparentaba en algunos momentos con The Wire, en la serie que nos ocupa la intriga la proporciona no sólo la abundancia de pistas falsas (arenques rojos, se dice en inglés), sino también, el modo en que, paulatinamente, la vida privada de los dos detectives va cobrando importancia en la investigación, y sobre todo, la constante sensación de que la historia no puede acabar bien del todo.



Huelga decir que los americanos han decidido mejorarla. Para ello, le quitarán ese engorro de los subtítulos; presumiblemente, le darán otro final, y situarán la escena inicial en la frontera entre México y EEUU. Por su parte, franceses y británicos producirán The tunnel, que se abrirá con un político que aparece asesinado en mitad del Eurotúnel. (Desgraciadamente, parece que se desmienten los rumores sobre una versión franco-hispana titulada El peaje de la Junquera). Me pregunto cómo solventarán todos estos plagiadores legales el problema lingüístico. Uno de los aspectos de The Bridge que me ha resultado más interesante es el modo en que suecos y daneses son incapaces de hablar la lengua del otro, y aun así se entienden mutuamente a la perfección.

La intro es discreta, elegante, sutil y, en mi opinión, una pequeña maravilla.


El tema principal está interpretado por un grupo danés llamado Choir of young believers. El nombre de la banda como la letra es un tanto pretencioso, y la incomprensible, pseudo-poética letra es abiertamente pomposa, pero si uno no le presta demasiada atención y se concentra en la melodía y las voces, disfrutará de una pieza bella y sugerente. Aquí podéis escucharla al completo.


miércoles, 3 de octubre de 2012

Armenia en prosa y en verso, de Ósip Mandelstam


En Eriván y en Echmiadzín
la gran montaña se bebió todo el aire,
habrá que seducirla con una ocarina,
tentarla con una flauta, para que la nieve se funda
en la boca.

He buscado infructuosamente la versión original de estos versos, para ver si el poeta habla de una ocarina, o si, como sospecho, se trata en realidad de un duduk. Descubrí este instrumento hace ya unos cuantos años en una de mis peregrinaciones a la tienda etnomusic. Allí vi un día un CD de un músico llamado Djivan Gasparyan, que tocaba un instrumento llamado el duduk. Este milenario instrumento, también llamado tziranapogh ("cuerno de albaricoque"), es uno de los símbolos nacionales armenios por excelencia. A primera vista, se trata de una simple flauta, pero su sonido, bastante más grave y dulce que el de ésta, lo acerca más al clarinete. Suena así:


Mandelstam cumplió su anhelo de viajar a Armenia gracias a las expediciones literarias que organizaba el poder soviético, a fin de que los escritores pudieran constatar el florecimiento económico de las diferentes repúblicas, así como la implantación y desarrollo del socialismo. El poeta se sentía atraído hacia aquella tierra, más que por la envidiable prosperidad soviética, por los aspectos culturales y religiosos, que hacían del país un oasis de cristiandad y cultura clásica en medio de un - según su punto de vista- páramo de barbarie y salvajismo. Mandelstam nadaba así contracorriente en medio del fervor orientalista de aquellos años. Quién mejor, pues, para cantar al último bastión europeo en oriente.

Y diste la espalda, con dolor y vergüenza,
a las ciudades barbudas de Oriente;
y ahora yaces en lecho cegador
y te moldean la máscara mortuoria.

Los asirios y sus recias barbas eran, para Mandelstam, un símbolo de barbarie y totalitarismo.

La nostalgia de la cultura clásica, según sus propias palabras, fue lo que empujó al poeta a emprender este viaje. Mandelstam, junto con Anna Akhmatova, era el mayor representante de la corriente poética llamada acmeísmo. La palabra acmé, de origen griego, y que nos trae ecos de los explosivos que el coyote empleaba para cargarse al correcaminos, significa de hecho "cumbre, zénit", y los acmeístas querían expresar con ella esa nostalgia de una cultura clásica y universal. Este grupo poético, estrechamente relacionado con el simbolismo, abogaba por la claridad de exposición y la expresión directa a través de imágenes. Huelga decir -y si no, ahí están los poemarios Tristia y Cuadernos de Voronezh- que esa claridad de exposición no tiene nada que ver con la claridad de significado: a excepción de sus poemas sobre Armenia, la poesía de Mandelstam es de las más complejas que se puedan leer.

 "Este es el único país en el que respetan la poesía: matan por ella"

De familia judía, Mandelstam se convirtió al cristianismo para así poder estudiar en la universidad de San Petersburgo, de la que los judíos estaban excluidos. Así, aunque su conversión fue obligada, creo no equivocarme si digo que Mandelstam tenía bastante más de cristiano que de judío. El cristianismo fue, precisamente, otro de los aspectos que le impulsaron a realizar aquel viaje. Armenia, que fue el primer país que adoptó el cristianismo como religión oficial, está perpetuamente unida al Antiguo Testamento, siendo el Monte Ararat, allí donde Noé perdió el Arca, el mayor símbolo nacional. Ha querido el sádico destino que dicho símbolo sólo lo puedan ver los armenios desde el otro lado de la frontera que los separa de Turquía, país que perpetró contra ellos el genocidio olvidado del siglo XX, un genocidio cuyas huellas, quince años después de la matanza, todavía estaban frescas.

Así conocí el espanto
que nace del alma misma,
en Shushá, ciudad carnívora
de Nagorni Karabaj.

Miles de ventanas muertas
asiman por todas partes
y el capullo del trabajo
yace vacío, enterrado.

Las casas muestran, impúdicas,
su cuerpo rosa desnudo,
y sobre ellas se nubla
la peste de azul oscuro.

 Un oficial turco muestra un pedazo de pan a los refugiados armenios

Acantilado ha decidido publicar juntos el Viaje a Armenia y los poemas que aquel país le inspiraron. Para ello han considerado necesario que desaparezca de la portada el título de uno de los libros más conocidos del poeta. Quizá pensaron que se trataba de un título un tanto engañoso, que nos puede llevar a pensar en un libro de viajes al uso, a saber, la crónica de un viaje y las impresiones que éste puede despertar en un poeta. En realidad, Viaje a Armenia es eso, mucho más que eso y, en más de una ocasión, todo lo contrario.
Así, al lado de episodios como "Seván", "Ashot Ovanesián " o "Ashtarak", tenemos otros con títulos como "Los franceses" o "En torno a los naturalistas". Mandelstam parece prescindir de cualquier tipo de estructura. Abre el libro in media res, nos describe gentes, ruinas, salta hacia atrás en el tiempo para hablar de sus días en Moscú y su compañero de piso, o se pone a hablarnos del impresionismo o del modo en que los estudios sobre la evolución que habían llevado a cabo Lamarck, Darwin y Pallas pretenden subvertir la verdad poética. Y no hace falta decir que el lector en ningún momento deja de recordar que lo que está leyendo no es el libro de un viajero, sino el de un poeta. Un poeta que, a decir de muchos, está entre los más grandes del siglo XX. Unas citas casi al azar:
El profesor Jachaturián, con una cara de piel estiradísima como la de un águila, bajo la cual se marcaban todos los músculos y tendones numerados y subtitulados en latín, ya se paseaba por el muelle con su levita negra de corte otomano.
Toda la isla está sembrada de huesos amarillentos, como en Homero: restos de los picnics piadosos de las gentes del lugar.


Sobre la mesa se desplegaba una espléndida sintaxis de flores campestres revueltas, de alfabetos distintos, gramaticalmente incorrectas, como si todas las formas preescolares de la existencia vegetal se hubieran fundido en un sonoro poema de antlogía.
Cuando yo era pequeño, por puro amor propio tonto, por falso orgullo, nunca iba a buscar bayas ni me agachaba para recoger setas. Más que las setas me gustaban las piñas góticas y las bellotas hipócritas, enfundadas en sus menudas capuchas de monje. Yo acariciaba las piñas. Ellas se erizaban bajo mi mano.
...donde los hortelanos cultivan planteles de coles que parecen proyectiles con mechas verdes. Estas bombas de col, de color verde pálido, amontonadas en abundancia escandalosa, me recordaban vagamente la pirámide de cráneos de la aburrida pintura de Vereschagin.
Nadezhda Mandelstam, que memorizó la obra poética de su marido para evitar su pérdida.

Los poemas que cierran el libro son, como he señalado más arriba, bastante más accesibles que los de otros libros de Mandelstam y, en este caso, constituyen, de manera más acusada que el propio Viaje a Armenia, un verdadero diario de viaje. De hecho, Mandelstam empezó a componerlos en Armenia, mientras que el Viaje..., curiosamente, lo terminó dos años más tarde, en Moscú, rememorando sus emociones en tranquilidad.
Habla punzante del valle Ararat, gato salvaje: habla de Armenia, lengua rapaz de ciudades de arcilla,habla de adobes hambrientos.(...)
Yo amo a este pueblo que vive a puro esfuerzo,
que computa cada año como un siglo,
que da a luz, que duerme, que grita,
aprisionado contra la tierra.
Tu oído fronterizo acoge todo sonido;
ocre, ocre, ocre,
en la maldita profundidad de mostaza.
En 1933, el mismo año de la publicación del Viaje, Mandelstam escribía el famoso poema sobre Stalin, con el que firmó su sentencia de muerte. Ésta tardó en llegar cinco años más, unos años de exilio permanente, constantes arrestos, prohibición de trabajar, frío y hambre. Nadezhda, su esposa, autora de Contra Toda Esperanza, uno de los retratos más desoladores del Gran Terror y de los últimos años de vida del poeta, nos cuenta hacia el final del libro que
para Mandelstam la llegada a Armenia significó la vuelta al seno materno: al lugar donde todo había empezado, a la tierra de los padres, a las fuentes, a la fuente. Después de un largo silencio, fue en Armenia dnde recuperó los versos, y ya no le abandonaron nunca más...
El valle de Ararat

Una vez más, me veo obligado a comentar algunos aspectos negativos de la edición. Si bien la traducción de Helena Vidal es, por lo general, excelente, máxime teniendo en cuenta que Mandelstam es uno de esos poetas "difíciles", la edición no parece haber pasado por una revisión demasiado rigurosa. Tenemos alguna expresión poco afortunada, como "recuerdo con agradecimiento" en lugar de "con gratitud"; alguna intolerable falta de ortografía, como "girones"; y algún que otro catalanismo, como "lampistas" por "fontaneros", o, uno que detesto especialmente, el uso de "explicar" en lugar de "contar" ("no explicaba nada del viaje en avión"). No obstante, y salvando estos detalles, la prosa y el verso de Mandelstam, así como la iluminadora introducción de Gueorgui Kubatián, hacen de este libro una pequeña maravilla de esas que nos llevan de la última página otra vez a la primera.

Os dejo una generosa sesión de duduk, con el gran Gasparyan en concierto.


martes, 6 de marzo de 2012

Leningrad Cowboys go America, de Aki Kaurismaki


"Yo hago el cine que me da la gana" es algo que le gusta decir a todo director que se precie. A mi me gustaría encontrar a alguno que dijera "yo hago el cine que me obligan a hacer". Se ganarían con ello mi eterna admiración. Porque de Almodóvar, Spielberg, Scorsese, incluso Allen o Loach, la verdad, no me lo creo. El que no es esclavo de su productor, lo es de su prestigio, del público, o de unos amos aún más tiránicos: su propia filmografía y su estilo. En este sentido, es verdad que algunos directores son un pelín más sinceros y dicen que hacen el cine que le gusta a la gente, aunque no nos revelan si ellos mismos pagarían por ver sus propias películas.


En mi menguante (hasta que los niños crezcan un poco) conocimiento del cine actual, se me ocurren muy pocos nombres de directores que puedan afirmar sin rubor "que hacen el cine que les da la gana", que, a mi modo de entender, significa que no les preocupa (por lo menos no excesivamente; el mundo es el que es) la taquilla, la crítica o la posteridad. Estos directores son el japonés Takeshi Kitano, autor de algunas de las películas más hermosas que he visto en mi vida, el italiano Moretti, el norteamericano Jim Jarmusch, y el finlandés Aki Kaurismaki.
De este último he visto apenas tres películas, a cual mejor. Nubes pasajeras, excelente, y Un hombre sin pasado, magistral, y la que nos ocupa. Leningrad Cowboys go America fue, en realidad, una de las primeras que hizo, en 1989, y la que le reportó fama mundial. Bueno, con el cine finlandés, lo de fama mundial es siempre relativo. En fin, mirad la escena inicial y decidme si no es absolutamente genial. (Y no os preocupéis por vuestro nivel de finés; hablan poco y lo más importante es en inglés)


A partir de ahí, comienza una atípica versión del sueño americano a la finlandesa. Y es que el argumento no puede ser más sencillo: los chicos que veis en esta escena inicial deciden partir a los Estados Unidos en busca de éxito. Una vez allí, con más moral que el Alcoyano, no pararán hasta conseguirlo.
Tras aprender inglés en el avión, llegan a su destino y se ponen a dar bolos aquí y allá. Nadie siente demasiado entusiasmo por ellos, y los dueños de los locales se los quitan de encima augurándoles en gran éxito en México. Viajan acompañados por el ataúd que contiene el cuerpo congelado de uno de sus miembros, ese que habéis visto en la escena inicial. Camino de la frontera, van alternando éxitos sonados en pequeños locales con fracasos que arruinan al empresario que les da una oportunidad.
La banda al completo actúa en todo momento, sobre el escenario y fuera de él, como un solo personaje. No ha lugar a matices ni individualidades. Son un bloque homogéneo y sin fisuras. Sin embargo, el representante de la banda, que no se separa de su abrigo de piel ni en mitad del desierto, es un tirano que los explota sin piedad y les roba sus escasas ganancias. Hay un tercer personaje que los sigue desde Finlandia escondido en el avión. Se trata del tonto del pueblo, un pobre diablo con tan poco pelo que vive atormentado por no poder hacerse un tupé como Dios manda.


Los Leningrad Cowboys, que en ningún momento se separan del ataúd con el cuerpo de uno de sus miemrbos, el que habéis visto en la escena inicial, cantan lo que le echen, desde canciones cosacas hasta corridos mexicanos, pasando por country, aunque no todo el mundo sabe apreciar su arte.


 La letra de esta canción es absolutamente hilarante, mezclando la imaginería de la América profunda y la Rusia soviética. El estribillo dice tal que así:

Es un vaquero de Leningrado
que cría ganado en las escaleras (?),
ponle otro vaso de vodka
porque quiere beber para olvidar

Desconocía la amistad de Jarmusch y Kaurismaki, pero en cierto modo la imaginaba. Es difícil que dos directores tan apartados del cine convencional no sientan una simpatía mutua. Aquí tenéis el cameo de Jarmusch en la película.


Road movie, musical, parodia de géneros, caricatura de estereotipos, delirio juerguista y, sobre todo, el cine que le da la gana hacer a Kaurismaki, un cine despojado de artificios y pretenciosidad.
Aunque no tiene mucho sentido hablar de spoilers en una película como ésta, aquí queda esta ADVERTENCIA: la que vais a ver es la escena final.


No es la primera vez en la historia que sucede. Una banda ficticia aparece en una película y tiene tal éxito que la banda cobra vida y echa a andar. En este caso, además, no lo olvidemos, hablamos de músicos de un notable talento.
Los Leningrad Cowboys, a quienes en España apenas conocen más que quienes hayan tenido la suerte de ver esta película, han llegado a actuar en galas de MTV, y sus conciertos en Helsinki, Belgrado o Berlín son absolutamente multitudinarios. Es difícil resistirse, en especial, a sus ANTOLÓGICAS actuaciones (y ojo, que servidor no se prodiga en el uso de mayúsculas) junto a los Coros del Ejército Ruso, una combinación que produce un espectáculo que me faltan palabras para describir. Sólo puedo decir: qué divertida puede llegar a ser la vida a veces.


Y de propina, otra del mismo concierto, con la que se me saltan las lágrimas ante semejante derroche de alegría de vivir y esos destellos de una paz y armonía universales.


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