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domingo, 21 de junio de 2015

La cavilaciones de un doctor sueco


Permitid que os presente al doctor:

Me parece que en este momento nadie en el mundo está tan solo como yo. Yo, el licenciado en medicina Tyko Gabriel Glas, que a veces ayudo a otros pero no he podido nunca ayudarme a mí mismo, y que, a los treinta años cumplidos, nunca he estado junto a una mujer.

 Si además del tono que ya se intuye en esa presentación, os digo que este pequeño gran libro está escrito en forma de diario, quizá penséis que se inscribe en un tipo de subgénero literario que podríamos llamar "literatura de locos" (os dejo que busquéis vosotros los ejemplos). Pero, al igual que suele suceder con los protagonistas de dichas obras, el doctor Glas no está loco. Es más, ni siquiera lo aparenta. De hecho, es un señor de lo más respetable y venerado, cuyos pacientes tienen en él una fe casi religiosa, fe que conduce a uno de ellos, la esposa del pastor Gregorius, a confesarle el tormento que le supone cumplir sus deberes conyugales.

Esa confesión desencadena todos los acontecimientos posteriores, pues Glas, con quijotesco afán, se propone evitarle a la señora Gregorius el suplicio de someterse a su marido. Huelga decir que esto no apunta a un final feliz.

Poster de la película Doctor Glas (1968), de Mai Zetterling

Aunque Glas, como hemos dicho, no está loco, tenemos que aceptar que ser virgen a los treinta y, pese a gozar de una estupenda salud, no tener perspectivas de dejar de serlo no puede ser muy bueno para el equilibrio mental de una persona. En el caso de nuestro protagonista, la abstinencia le ha llevado a una sacralización del sentimiento amoroso, y es que, en cierto sentido, Glas es un romántico radical, de los de o todo o nada:

Después pasó mucho tiempo antes de que yo me diera cuenta de que era un hombre y de que en el mundo hay mujeres. Pero ya estaba endurecido. Una vez por lo menos había sentido una centella de la gran llama, y estaba menos dispuesto que nunca a contentarme con sucedáneos de amor.

Esa centella de la gran llama, la única y casta experiencia del doctor con una mujer, experiencia que a posteriori se vio marcada por la tragedia, tuvo lugar en una lejana noche de San Juan de su temprana adolescencia. Pero esa añoranza de un amor puro y absoluto, con el consiguiente desprecio por todo aquello que considere impuro, se extiende más allá del amor. En primer lugar, Glas desarrolla una auténtica aversión al sexo. Hace unos días oí a mi hija, de ocho años, preguntar a su hermano, de diez, si una mujer puede elegir cuándo se queda embarazada. El mayor bajó la voz y procedió a explicarle las cosas que hacen los mayores. Al cabo de unos momentos, mi hija, con una expresión de franco repelús, se dirigió a mí para preguntarme si mamá y papá también hacemos esas cosas. Y es que el sexo, para alguien que no lo ha experimentado nunca, puede ser muy feo. Glas adopta ante el sexo una actitud parecida a la de una niña de ocho años, aunque sabe racionalizar muy bien ese asco.

¿Por qué la vida de nuestra especie tiene que conservarse, y nuestro deseo saciarse, mediante un órgano que usamos varias veces al día para evacuar impurezas? ¿No podría hacerse mediante un acto dotado de dignidad y de hermosura, a la vez que de profundo goce? Un acto que pudiera realizarse en la iglesia, a la vista de todos, igual que en la tiniebla y la soledad. O en un templo de rosas, al sol, entre canto de coros y la danza de los invitados a las nupcias.


Fotograma de la película de Zetterling

Glas ve en el sexo un instinto incontrolable que denigra y veja a la señora Gregorius, un comportamiento animal que, paradójicamente, al convertirse en tabú, es no sólo bendecido por la iglesia, sino también empleado de manera brutal por uno de sus representantes. La hipocresía de esta sociedad donde todo se justifica por la moralidad hace que Glas se cuestione sus actos pasados y justifique los futuros.

"¡Cuidado, sacerdote! He prometido a esta mujercita, a esta femenina flor de claro pelo sedoso, que la protegería de ti. Cuidado, tu vida está en mis manos, y quiero y puedo hacerte bienaventurado antes de que tú lo pidas. Cuidado, sacerdote, no me conoces, mi conciencia no se parece en nada a la tuya, mi juicio final lo dicto yo, soy de una especie de hombres que ni siquiera sospechas que exista".

A nadie le sorprenderá, pues, que la novela causara gran conmoción y escándalo en Suecia, un país que a la sazón era profundamente religioso y donde tan sólo cuatro antes se había publicado un libro como Jerusalén. Söderberg, no contento con hacer del sacerdote un personaje moralmente reprobable y físicamente repulsivo, toca además asuntos todavía hoy tan controvertidos como el aborto o la eutanasia.

Tiene que llegar, y llegará, el día en que el derecho a morir se considerará mucho más importante e inalienable que el derecho a introducir una papeleta en una urna electoral.

 Estocolmo a principios del s. XX

Hacia el comienzo de la novela, Glas recuerda a una chica que llega desesperada a su consulta suplicándole que la saque del apuro en el que su novio la ha metido. Glas se niega a ello, pero justifica su negativa no por criterios morales, sino simplemente para evitar meterse en líos. Cuando años más tarde, se encuentre de nuevo con aquella chica, hoy señora casada, y con el deforme fruto de aquel embarazo indeseado, no podrá sino reafirmarse en su recién adquirida convicción:

La moral es la opinión que tienen las otras gentes sobre lo que es justo. Pero lo que ahora se discute es mi propia opinión.

La novela bebe, por no decir se emborracha, de Nietzsche y de Dostoievski, de Zaratustra y Raskolnikov, algo que se puede ver en ese diálogo que mantienen sus dos yo, en el que ambos se han quitado el atuendo de ángel y demonio, para quedarse con el disfraz de moral y el de voluntad. La palabra moral, como nos recuerda Glas, viene del latín mos, y significa hábitos o costumbres. ¿De dónde procede, pues, esa autoridad que la moral se arroga? Por su parte, la voluntad, tanto tiempo reprimida, ¿cuánto tiempo más podrá resignarse a ser sometida? Ved cómo explica la señora Gregorius por qué accedió a casarse con el pastor.

Me encerré en mi cuarto a llorar. Siempre me había repugnado un poco, de un modo extraño, y creo que es precisamente eso lo que me decidió a consentir. Nadie me forzó, nadie me persuadió. Pero yo creía que era la voluntad de Dios. Me habían enseñado que la voluntad de Dios consiste siempre en lo más opuesto a nuestra propia voluntad.


 
En un interesantísimo artículo sobre esta obra, Margaret Atwood traza paralelismos entre la historia que nos ocupa y la estructura del romance. Así, la señora Gregorius vendría a ser la doncella secuestrada por un dragón (Atwood habla de un troll), quien a su vez está encarnado en su esposo el pastor. Lógicamente, el papel de caballero al rescate debería recaer en el propio Glas, pero, por suerte, las cosas no son tan sencillas. Puede que, por un momento, Glas se vea a sí mismo como ese héroe que va a salvar a la doncella de las garras del monstruo, pero el propio doctor no tarda en confesarnos una curiosa característica que no sabemos en qué categoría de fetichismo encaja: nuestro héroe sólo es capaz de enamorarse de mujeres que ya están enamoradas de otro. Glas se explica explica esta particularidad suya por el hecho de que el amor transforma a las mujeres y las vuelve radiantes. Renuncia, por tanto, desde el primer momento a la mujer que ama y lo hace en beneficio de otro hombre. En definitiva, mientras algunos tiran por Freud (cuya influencia en la novela es evidente) y aducen una homosexualidad reprimida o mera impotencia para explicar el personaje de Glas, el artículo de Atwood nos da una idea mucho más aproximada de la riqueza y complejidad de esta pequeña maravilla.

Doctor Glas, hierve con la pasión que rebosaba toda la literatura de finales del XIX. Pensándolo bien, quizá el término pasión pueda ser engañoso, y habría que utilizarlo en compañía de radicalismo. Ambos términos, utilizados conjuntamente, describen mejor una época-péndulo marcada en toda Europa por la atracción de los extremos, en la que conviven, por mencionar unos ejemplos, el mesianismo de Tolstoi y el nihilismo dostoievskiano; en Viena, la nostalgia épica de Joseph Roth y la descarada sexualidad de Schnitzler; y en Suecia, la ya mencionada Jerusalén y esta denuncia de la hipocresía de la moral cristiana.

 En suma, una pequeña obra maestra que se lee en una tarde, y que dura mucho más.



Queremos ser amados; a falta de eso, admirados; a falta de esto, odiados y despreciados. Queremos suscitar en los demás alguna especie de sentimiento. El alma aborrece el vacío, y quiere tener contactos a cualquier precio.

viernes, 1 de febrero de 2013

Jerusalén, de Selma Lagerlöf


Tras mi breve periplo por los clásicos, me apetecía leer algo banal y, a ser posible, de rabiosa actualidad. Así que cuando en la biblio vi este libro, publicado en 1901, de una escritora sueca, y basado en la historia del éxodo a la Ciudad Santa de una comunidad rural sueca, me dije "esto es justo lo que andaba buscando".
Hay libros, como la Historia de Heródoto, que requieren una larga y pesada digestión, y cuya reseña, si llega, se hará esperar. Pero hay otros libros que nos empujan al ordenador apenas los hemos terminado, para intentar transmitir un poco del entusiasmo que nos han inspirado. Jerusalén, con el que he disfrutado horrores, es uno de esos libros.


De Selma Lagerlöf (1858-1940) no sabía más que lo que nos cuenta la contraportada de esta edición: sueca y primera  mujer en ganar el Nobel de literatura. Luego averigua uno que esta escritora fue en su día no sólo una autora de gran éxito, sino también una de las figuras más relevantes del movimiento feminista y por el sufragio femenino. Entre otras obras, escribió El maravilloso viaje de Nils Holgersson, un libro inspirado por los cuentos infantiles de Kipling, y que ha gozado de la admiración de autores como Kenzaburo Oé o el filósofo Karl Popper.
En 1900, Lagerlöf realizó un viaje a Jerusalén, donde visitó la Colonia Americana (fascinante documento fotográfico en el enlace). La historia de esta colonia, que sirvió de inspiración para esta novela, es muy interesante, y bien merece unas pocas líneas. 

Horatio Spafford, fundador de la Colonia Americana de Jerusalén

En 1873, el transatlántico Ville du Havre colisionó en su travesía hacia Europa con un barco británico. El Ville du Havre se hundió en apenas unos minutos, llevándose consigo la vida de 226 personas. Entre las víctimas, se encontraban las cuatro hijas de Anna y Horatio Spafford. Anna se salvó, y su marido, que no estaba a bordo del barco, se reencontró con ella en Inglaterra. Volvieron a su ciudad, Chicago, e intentaron rehacer sus vidas, pero Horatio siempre pensó que aquella tragedia era un castigo divino. Tuvieron dos hijas más, y un niño que murió de escarlatina. En 1881 partió de Chicago un grupo de trece adultos y tres niños rumbo a Palestina, donde los Spafford pensaban que hallarían consuelo a su desgracia. 

La noticia del naufragio del Ville du Havre

En Jerusalén, fundaron una comunidad filantrópica, con la convicción de que con el trabajo se aceleraría el Segundo Advenimiento de Jesús. La comunidad fue siempre vista con enorme recelo por las autoridades, en especial por el consulado norteamericano, mientras que contaban con el respeto y apoyo de las comunidades judía y musulmana.
En un viaje a Chicago, Anna conoció a Olaf Henrik Larsson, el líder de la Iglesia Evangélica Sueca. El resultado de ese encuentro fue el éxodo de 55 habitantes de un pueblo sueco a Jerusalén, adonde llegaron en 1896 para unirse a la colonia. 

Esos son los hechos históricos, y vaya por delante que el interés de Jerusalén no deriva de ellos, sino que se trata de gran literatura. En otras palabras, un novelón de agárrate y no te menees.

Jerusalén a principios del s. XX

La primera parte de la novela sucede en un pequeño pueblo de la región sueca de Dalecarlia. Desde el primer momento, la autora deja claro que lo que está contando es mucho más que una historia: está creando un mito. Y en este mito, la leyenda negra familiar que abre la historia actúa como el pecado original, por el que pagarán los hijos de los hijos y los hijos de éstos.
La vida en el pueblo de Nas (con un circulito encima de la a) transcurre como lo ha hecho durante generaciones, pero una serie de acontecimientos anuncia una época de cambios, lo cual en el mundo rural equivale al armagedón. La posterior llegada al pueblo de una especie de visionario llamado Hellgum termina por convulsionar la vida del lugar. Los que abrazan la nueva fe anunciada por Hellgum deciden vender sus posesiones, dejar atrás familia, amigos, enamorados y lo que haya que dejar, y partir hacia Jerusalén.

 El pueblo de Nas, donde transcurre la primera parte de la novela, en 1900

No es eso tarea fácil, evidentemente, y menos en el siglo XIX. Pero las dificultades que se les presentan a nuestros héroes no son de orden logístico. Más bien, se enfrentan a algunas de las cuestiones fundamentales que definen al ser humano, tales como la fe, la fatalidad o la moral.
¿A quién debe lealtad el hombre? ¿A Dios? ¿A sus sentimientos? ¿O a sus principios, entendiendo por éstos la familia, la tierra y la tradición? Este apabullante conflicto de lealtades se revela irresoluble, y el error de nuestra decisión final se convierte necesariamente en traición. 
Pero ojo al dato, que la penitencia que sucede a la traición y que ha de conducirnos a la redención no nos aporta ni un ápice de alivio. Antes al contrario, surge un nuevo dilema: si aceptar el castigo (que con frecuencia tiene más de maldición mítica que de castigo divino) o rebelarnos.

 El Valle de Hinnom, la Gehena, donde el fuego eterno pasó de quemar niños sacrificados a Moloch a quemar basuras

Ay, como veis, no he podido evitar ponerme trascendental, pero lo verdad es que la señora Lagerlöf sabe plantear todas estas cuestiones de una manera irresistible, con un estilo entre bíblico y folletinesco, unos personajes mucho más profundos de lo que puede dar a entender la simplicidad de sus ideas, y unos recursos narrativos que anticipan el modernismo. La obra se publicó en dos volúmenes, y parece ser que la segunda parte no fue tan bien recibida como la primera. Es cierto que esta segunda parte se acerca mucho más al folletín, y es probable que, al estar situada en Jerusalén, no le resultara tan atractiva al público sueco. A mi juicio, sin embargo, la estructura de la novela en su conjunto, situando la escena del naufragio, donde se introduce algunos personajes clave, hacia la mitad del libro, es impecable, y el tono levemente folletinesco es percibido por el lector como un pecadillo de lo más venial.

 La Puerta de Damasco, c. 1900

 La comunidad espiritual, mientras permanece en Dalecarlia, se nos presenta como una secta de fanáticos iluminados. Una vez en Jerusalén, sin embargo, quizá al estar bajo la influencia de la Colonia Americana, ese fanatismo encuentra su salida en el trabajo más que en la ortodoxia. La Tierra Prometida nunca puede ser el paraíso y, sorpresa sorpresa, el Señor no nos puso en este mundo para que seamos felices.
Los personajes ven en cada acontecimiento la voluntad inescrutable de Dios, y su pasión les hace tener constantes visiones del Cristo, que antes se paseaba por los bosques de Dalecarlia y ahora lo hace por las calles de Jerusalén. Sin embargo, del mismo modo que la historia se erige en mito, asistimos a una desmitificación de lo divino, como cuando la protagonista principal comprueba, para su decepción, que su Cristo (o mejor dicho, uno de sus Cristos) no es sino un derviche giróvago, o que la infernal Gehena no es más que un pestilente vertedero. No obstante, la autora se cuida mucho de emitir juicios, y en ningún momento se percibe una ridiculización del sentimiento religioso.
En fin, al reflexionar sobre esta lectura me vienen ideas y más ideas, a cual más profunda y pomposa, y me podría extender un buen rato con ellas, pero ninguna de ellas haría justicia a este gran libro.



Recuerdo que hace bastantes años -debió de ser en 1996, cuando se estrenó-, vi la película titulada Jerusalén, del cineasta danés Bille August, basado en esta novela. Apenas recordaba nada de ella, aparte de que me gustó mucho. Sigue teniendo muy buena pinta.

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