Mostrando entradas con la etiqueta ensayo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ensayo. Mostrar todas las entradas

domingo, 30 de julio de 2017

¡Libros, cerveza, cooooca-cola!


Si compráis un mojito en la playa a un vendedor ambulante, probablemente tengáis la ligera sospecha de que el ron no será de la mejor calidad, ¿verdad? En realidad, os conformáis con que os refresque y no os envenene. Pues bien, de igual manera, no seáis muy exigentes con estas minireseñas escritas a vualapluma y que en realidad son bocetos de entradas que no llegaron a ver la luz. Os garantizo que al menos no producen indigestión.


Yo, el Supremo, de Augusto Roa Bastos

Mi intención era dedicar una entrada exclusiva a este novelón. Antes de ello, habría publicado otra entrada anticipatoria en la que no habría más que una pregunta: ¿cuáles son, en vuestra opinión, las obras cumbre de la literatura en español que casi nunca nos vienen a la mente cuando nos hacen esta pregunta? Un poco rebuscado, ya lo sé. Mi intención era demostrar que la obra ganadora era ésta, pues esperaba que nadie la mencionara. Chorradas de bloguero para crear expectación e introducir un poco de novedad.

Luego fue pasando el tiempo, se me comió la pereza, y no me queda ahora más que el grato recuerdo de una lectura impresionante, densa, oscura, de prosa deslumbrante y que en muchas ocasiones me sobrepasa. Ésta era, en realidad, mi segunda lectura de esta novela, aunque no recuerdo si la llegué a terminar la primera vez. Sí recordaba las primeras páginas, desde luego, y sobre todo ese párrafo inicial difícilmente superable. Podría citarlo, desde luego, pero, con las maletas a medio hacer, os animo a que lo descubráis vosotros solitos.

En Yo, el Supremo, Roa Bastos novela la vida de José Gaspar Rodríguez de Francia, dictador de la República del Paraguay desde 1814 hasta 1840, y que, en efecto, se hacía llamar Karaí-Guasú, que en lengua guaraní viene a ser el Supremo. Gran parte de los hechos narrados son, pues, verídicos, y a ratos uno echa de menos un cursillo intensivo previo sobre la historia del Paraguay. Sin embargo, es la técnica literaria, la audacia del autor, y su increíble inventiva lingüística lo que hacen que el lector, que con frecuencia se encuentra perdido, se quede maravillado. Así, en los trozos aburridos, que los hay, uno puede desconectar de la trama, que inevitablemente va unos metros por delante, y no obstante disfrutar. Merecería una trilectura y una reseña algo más apañada.


La casa del malecón, de Yuri Trifónov

También quería continuar la serie de novelitas soviéticas con ésta y alguna más. De buenas intenciones están los blogs llenos.

Lo que más sorprende de esta historia es que la casa del malecón que da título a la obra no es lo que podría parecer. No es la humilde morada donde el narrador creció con su abuelita y cuyo recuerdo, junto con la esperanza de volver a cruzar su umbral, le ha ayudado a seguir adelante en los momentos más difíciles del estalinismo. Nada de eso. En realidad se trata de un edificio con una historia muy peculiar.

Si bien el nombre de Дом на набережной lo popularizó esta novela, el edificio era conocido de todos los moscovitas. Se construyó entre los años 1927 y 1931, y era un bloque de apartamentos de lujo para la élite del gobierno soviético. Se ve que al Padrecito de los Pueblos le gustaba tener a sus colaboradores bien a mano para lo que pudiera surgir. Así, hasta un tercio de sus residentes desaparecieron durante los años del terror. Pasada aquella época, la propia familia del autor se trasladó allí. Y de ahí nace la historia que nos cuenta esta novelita relativamente breve, triste, muy interesante, con unos personajes perfectamente retratados, aunque con un estilo quizá un pelín ampuloso en ocasiones.



The real life of Sebastian Knight, de Vladimir Nabokov

Después de leer Opiniones contundentes, de nuestro amigo Nabokov, no podía dejar de leer alguna de sus novelas, y la biblio de la escuela me ofrecía ésta. Qué puedo decir, todavía estoy por encontrar una novela de este autor que no sea una obra perfecta en su construcción. Aquí encontramos algunos de sus temas predilectos: la búsqueda, el exilio, la crítica de la crítica y el juego de identidades. Una gozada.



Chernobyl prayer, de Svetlana Alexiévich

Tras la inventiva de Nabokov, me apetecía un baño de realidad, con lo deprimente que puede llegar a ser eso.
Este libro es impresionante, me dijo mi mujer en cuanto empezó a leer este libro. Al cabo de un tiempo, cuando me disponía a leerlo yo, le pregunté qué le había parecido. Un poco repetitivo, me respondió, y añadió que lo había dejado a la mitad, lo mismo que le ocurrió a un compañero de mi trabajo.

Traducido al español como Voces de Chernóbil, este libro de la Nobel  de Literatura de 2015 consiste en una serie de testiomonios de personas que sufrieron de manera directa el desastre de la planta nuclear de Chernóbil, en 1986. El primero de esos testimonios, el de la esposa de uno de los primeros bomberos que actuaron en la zona, es, en efecto, impresionante y desgarrador, y el lector piensa que no podrá aguantar muchas páginas con tanto dolor. Sin embargo, más que recrearse en el dolor, con los testimonios recogidos Alexiévich quiere hacer hincapié, sobre todo, en el desconocimiento de las verdaderas consecuencias del desastre a largo plazo, no sólo en lo que respecta al medio ambiente, sino también en la sociedad. En este sentido, hay que destacar que el país que resultó más afectado por la catástrofe no fue Ucrania, donde estaba la planta nuclear, sino Bielorrusia.

Creo que es justo reconocer que sí, que al cabo de un rato la lectura puede hacerse repetitiva. Son, por ejemplo, muchos los personajes que nos hablan de esas patatas y esos nabos tan hermosos y tan lozanos, y que sin embargo tenían prohibido comer. No obstante, se me ocurre que la fuerza de esta obra surge precisamente de dicha acumulación de testimonios y de su valor periodístico. Las voces que escuchamos en estas páginas nunca han sido escuchadas en profundidad. Reporteros y corresponsales de occidente quizá les dieron unos segundos para responder a ¿cómo lo vivió usted?, y científicos de todo el mundo se han interesado en su uso como cobayas. Pero escuchar esas voces era algo que nadie había hecho. En palabras de un profesor universitario:

Apenas hay libros sobre ello. ¿Piensa que es casualidad? Se trata de un episodio que todavía no forma parte de nuestra cultura. Es demasiado traumático. Y nuestra única respuesta es el silencio. Cerramos los ojos, como niños, y pensamos que así nos ocultamos. Algo se está acercando a nosotros desde el futuro, pero es demasiado enorme para nuestra mente.

Más allá de la historia de Chernóbil, este libro nos habla también del desmoronamiento del imperio soviético. ¿Repetitivo? Sin duda, y apabullante.
Human universe, de Brian Cox

La catástrofe de Chernobyl y algunos de los comentarios por parte de los entrevistados acerca del átomo, la radiación y la fusión nuclear, me dieron ganas de profundizar un poquito sobre el estudio de la materia. Podéis reíros.

Este libro vino después de la serie del mismo título de la BBC, la calidad de la cual se da por sentada. El libro, desde luego, es tan interesante como promete, lo cual, en no poca medida, se debe al autor y presentador, físico, profesor y músico, de aspecto y estilo desenfadado, pero embriagado de pasión por su trabajo.

Human universe se ocupa de algunas de las grandes preguntas que se ha estado haciendo el homo desde que se convirtió en sapiens. Nuestro lugar en el universo, nuestro origen, por qué estamos aquí, si hay vida más allá o qué nos depara el futuro son, entre otras, algunas de esas cuestiones. A los que acostumbramos a leer ficción o, a lo sumo, libros de historia o biografías, nos sorprende, creo, el modo de razonar tan lúcido y pragmático que tienen los científicos o, cuando menos, las mentes privilegiadas (a mi lado, desde luego, Cox lo es).

Como libro de divulgación, no hay duda de que Cox cumple con creces, hasta el punto de que ya me he agenciado la New Guide to Science de mi querido Asimov.

¡Vivir!, de Yu hua

A veces me da la impresión de que la mayoría de los lectores conoce muy bien cuáles son sus gustos literarios y que éstos son muy específicos. A uno le gustan los clásicos (léase, las novelas del XIX), a otro la ciencia ficción, a otra la literatura inglesa, y a aquél de allá las biografías. Yo no sabría decir qué tipo de literatura me gusta, ya que esto supondría dejar de lado todas las demás. De hecho, nada me gusta más, de vez en cuando, que romper esa cadena de lecturas en la que un libro nos lleva a otro, y leer algo que, por decirlo de alguna manera, no viene a cuento.

Antes de hacer estupideces como La gran muralla, que mi hijo me infligió hace unas semanas, Zhang Yimou hacía películas maravillosas que el cine Verdi nos permitía disfrutar a los barceloneses (Silvia, cada día añoro más aquellas noches de cine y té que pasamos). Entre ellas, Sorgo rojo, La semilla de crisantemo o ¡Vivir!, la última de las cuales está basada en una novela del autor Yu Hua.

De modo parecido al de Mo Yan en su extraordinaria Sorgo rojo, Yu Hua nos cuenta aquí dos historias: la historia humana y la Historia del país desde la época de la Guerra Civil China. Aunque una y otra transcurren de modo paralelo, el lector asiste de manera directa a las desventuras de Fugui, mientras los acontecimientos históricos son apenas un eco lejano que nos viene desde la otra orilla del río. Poco a poco, sin embargo, los tambores de guerras, grandes saltos adelante y revoluciones inculturales retumban con más fuerza, hasta que su cruel presencia acaba por imponerse en la vida de este pobre Job chino. Una historia sencilla y poderosa, a la que la película del otrora gran Yimou hizo plena justicia.


Man's search for meaning, de Victor Frankl

Luego pensé que tanto llorar y tanto sufrir no servía para nada. En un momento como ése, no quedaba más remedio que pensar en cosas prácticas, tenía que preparar un funeral decente...
... Todos los muertos quieren seguir vivos, así que tú, que estás vivo y coleando, no tienes que morirte. Tu vida te la dieron tus padres -añadí-. Si no la quieres, antes deberías pedirles permiso a ellos.

Viktor Frankl fue neurólogo, psiquiatra y superviviente del holocausto, y si habéis leído este libro, convendréis en que su faceta de superviviente es inseparable de las otras dos. Man's search for meaning (El hombre en busca de sentido) fue publicado en Austria en 1946, y cuesta imaginar el modo en que fue recibido por el público y la crítica en general. Apenas un año después de la catástrofe que ha arrasado Europa, y con un mundo que aún no ha empezado a captar la magnitud de Auschwitz, ¿y aquí una víctima del genocidio nos viene con un mensaje vital y positivo?

A diferencia de otros testimonios sobre la Shoah, Frankl no se detiene en los detalles de los horrores del campo de concentración. Su interés se centra, en primer lugar, en la psicología de los prisioneros en esas condiciones inhumanas, que nos describe de un modo científico sin dejar de ser profundamente humano. En segundo lugar, y como psiquiatra, Frankl se propone dar una respuesta a la pregunta implícita en el título: ¿cuál es el sentido de la vida? Observad, sin embargo, que con el fin de evitar dar pie a elucubraciones metafísicas, la pregunta debería matizarse: cuando uno, como le ocurrió al propio autor, ha perdido a todos sus seres queridos de la manera más cruel imaginable, ¿tiene algún sentido la vida?

Para dar respuesta a dicha pregunta, Frankl recurre a la logoterapia, fundada por él mismo. La voz y las palabras de Frankl son fascinantes, y aunque en más de un momento el lector pueda dudar de la efectividad de dicha terapia, su relevancia e influencia son indiscutibles. Tanto es así que, en ocasiones, mientras estaba leyendo ¡Vivir!, no dejaba de acordarme de esta pequeña joyita. De hecho, las dos citas que habéis visto más arriba no son de Frankl, sino de la novela de Hua.



Y se acabó lo que se daba. Este año voy a una zona diferente de Inglaterra, así que, a la vuelta, espero poder contaros algo interesante. No faltaré a mi cita con las charities, aunque me temo que el Bookbarn me va a quedar demasiado lejos. En todo caso, ¡buen verano y felices lecturas!

viernes, 25 de julio de 2014

Germanistas con maleta y reporteros con mochila


M. era una amiga que conocí en la universidad. Era una chica de vastísima cultura que, sin embargo, huía siempre del elitismo intelectual. Era una persona apreciada por igual por sus colegas - profesores universitarios y catedráticos- y por el mendigo con el que era capaz de sentarse en un banco a compartir un bocadillo. Era, en pocas palabras, la persona más abierta, cordial y libre de prejuicios que he conocido. Y sin embargo, lejos de pensar que recorrer mundo ensancha la mente, M. odiaba viajar. Todo viaje, según ella, era una huida. A diferencia de los que pensamos que viajar es una manera de aprender y, por ende, ser más felices, M. pensaba que el viaje no es más que un desesperado y vano intento de, a lo sumo, ser menos desgraciados.

Sigo pensando que, en líneas generales, tenía razón yo. Viendo mis grandes viajes con la distancia de más de dos décadas, me pregunto, sin embargo, si hoy los emprendería con el mismo afán de disfrutar. La lectura de El Danubio y Fantasmas balcánicos despiertan en todo lector y viajero no sólo unas ganas incontenibles de hacer la mochila y comprar un billete de ida, sino que también le descubren una nueva dimensión al acto de viajar. Así, a la pregunta de qué buscamos en el viaje, hoy probablemente yo respondería de manera muy diferente a como lo hubiera hecho hace quince o veinte años. No se trata simplemente de disfrutar, desde luego, y tampoco exactamente de aprender. Se trata, más bien, de... ¿vivir? ¿Ser? ¿O simplemente, estar? Permitidme que deje las palabras entre interrogantes. No quiero, en homenaje a M., ponerme demasiado trascendental.

¿No os apetece un viajecito?

Dos son las irresistibles tentaciones que se le presentan a cualquiera que vaya a hablar de El Danubio: la geografía y la historia. Soy consciente de que no seré capaz de evitar, si no caer en ellas, cuando menos tropezar, pero intentaré que sean tropiezos bien empleados.

Desde su publicación, allá por 1986, El Danubio se ha convertido en un clásico contemporáneo. Su mezcla de historia, antropología y diario de viaje, vertida en un lenguaje culto, en ocasiones barroco, pero nunca inaccesible, y empapada de principio a fin de la incontenible erudición del autor, deslumbró a la crítica y, me atrevo a aventurar, cambió de manera definitiva nuestro concepto de literatura de viajes. Tanta es su relevancia y tan profundo es su análisis de la Mitteleuropa, que poco importa que el mundo en que se escribió haya dejado de existir. Literalmente. Fijaos si no en la lista de estrellas invitadas: RFA, Austria, Checoslovaquia, Hungría, Yugoslavia, Bulgaria y Rumanía. Casi la mitad de esos estados hoy no son más que historia, y la mayoría de los que quedan están hoy irreconocibles. Pero, como para Magris en este caso la geografía se limita al inmutable Danubio, y como la historia, inabarcable, puede saltar de Napoleón a los nibelungos, de Rudolf Hoess a Virgilio, o del asesinato de Sissí al Sacro Imperio Romano, pues el libro es hoy de tanta o tan poca actualidad como el día en que se publicó.


Los libros de viajes suelen ser de lectura sencilla, pero ya os he dicho que éste no es un libro de viajes al uso. En otras palabras, no es el libro que yo me llevaría en un crucero por el Danubio. Lo que Magris nos ofrece en este libro no es el retrato de un mundo. Es, como todo viaje, una búsqueda:

Al contemplar las aguas jóvenes y sutiles del recién nacido Danubio, me pregunto si, siguiéndolo hasta el delta, entre pueblos y gentes diferentes, nos adentramos en un terreno de sanguinarios encuentros o en el coro de una humanidad, pese a todo, unitaria en la variedad de sus lenguas y sus civilizaciones. 

Magris parece preguntarse si lo que busca es la esencia o, por el contrario, los restos de la Mitteleuropa, aquel mundo forjado a lo largo de los siglos que para el autor se sitúa siempre alrededor de dos ejes con frecuencia antagónicos: el Danubio y el Rin, Austria y Prusia; la vieja guardia representada por los Habsburgo o la modernidad encarnada en Napoleón. Y ante una modernidad tan peculiar como la que trajo el Bonaparte, Magris el germanista reivindica las ideas de Franz Grillparzer, el dramaturgo vienés cuyo nombre aparece una y otra vez a lo largo de la obra. Según Grillparzer:

Napoleón es (...) el símbolo de una época que ve cómo la subjetividad (nacional, revolucionaria, popular) se distancia de la religio de la tradición y provoca, con la nacionalización de las masas, el final del cosmopolitismo setecentista, racionalista y tolerante.

Como veis, la actualidad del libro no podía ser más rabiosa. Pobre Europa, no la mittel sino la de más al süd.


Y es que Magris, ahí donde lo veis, tan civilizado y culto, es un gran provocador, algo que, por otra parte, es lo que debe hacer siempre la cultura. Sus ideas, sus reflexiones y, sobre todo, sus juicios jalonan El Danubio de principio a fin, y no le duelen prendas, por ejemplo, en calificar a Pablo Neruda de "pomposo", algo con lo que cualquier lector de Confieso que he vivido estará de acuerdo. Otro ejemplo bastante más jugoso de este espíritu provocador es el que lo lleva a enfrentar a humanistas y naturalistas. Dice al respecto: 

El demócrata es humanista; el naturalista -incluso si permanece inmune a las inclinaciones pseudonazis perceptibles en el pasado de Lorenz- difícilmente cree en la "religión de la humanidad", porque en ésta descubre una -aunque sea la más evolucionada-  de las formas vivas y considera probablemente, como aquel personaje de Musil, que si Dios se ha hecho hombre, podría o debería hacerse también gato o flor.  (...) [El naturalista] está dispuesto a justificar la ley que sitúa, fatalmente, a un bando contra otro -y el bando, según la constelación histórica, puede ser la ciudad, el partido, la clase, la tribu, la nación, la raza, Occidente o la Revolución mundial-. En el momento de la lucha no valen los principios generales, sino que impera el sentido instintivo de la pertenencia al bando, en nombre del cual es lícito y obligado atacar...

Y por cierto, tan interesante como la comparación en sí es el modo en que ésta surge en la mente del viajero:

En mi viaje encuentro demasiadas veces veces la heráldica águila bicéfala y demasiado poco el águila real o la marina, que vuelan sobre las aguas danubianas; Musil, Francisco José, la Media Luna y el Café Central hacen ensombrecer a los habitantes más antiguos y legítimos de la Mitteleuropa, olmos y hayas jabalíes y garzas.

Magris, pues, no se limita a lo que ve ni a su historia, sino que deja que un detalle, una palabra o un gesto prendan una chispa que encienda conexiones insospechadas entre sus ideas, sus observaciones y su bagaje cultural. 

Aquí no es azul

Decía más arriba que el hecho de que las fronteras de Europa hayan cambiado no le resta a El Danubio un ápice de actualidad. Iría más lejos, sin embargo, y añadiría que, en cierto modo, y dejando de lado la maestría de Magris, es precisamente el haber sido escrito en vísperas de aquel famoso, falso y fukuyamesco "fin de la historia" (toma aliteración) lo que confiere a este libro su carácter de clásico contemporáneo, sin obviar que Magris de hecho intuía algunos de los cambios que se avecinaban, como la caída del comunismo y la disgregación de Yugoslavia. El Danubio, en fin, confirma que las fronteras que traza el hombre siempre serán efímeras, y que las raíces de los pueblos se hunden mucho más hondo de lo que la fecha de una batalla puede indicar.

El libro proporciona una cantidad ingente de hilos que al lector inquieto le entusiasmará seguir, desde autores como Grillparzer, Stifter, Peter Jaros o Jean Paul, las memorias de Rudolf Hoess, el atroz martirio de György Dozsa, el falso zar Franz Fekete, la irlandesa Lola Montez, la abuelita revolucionaria Baba Tonka, y así docenas y docenas de historias, algunas tan anecdóticas como inolvidables (qué decir del cazador que trabaja en un cementerio) que Magris salpica con sus reflexiones sobre la gloria literaria, la estupidez del mal, la vida como carencia y, siempre, el viaje. No me veo con fuerzas para escribir al respecto, pero, para compensar, incluiré una cita más, que os dará una idea de cómo llega a escribir Magris:

El viandante avanza en el atardecer, cada paso le adentra en el crepúsculo y le conduce más allá de la franja inflamada que se apaga. El viajero, escribe Jean Paul, es semejante al enfermo, está en equilibrio entre dos mundos. El camino es largo, aunque sólo nos desplacemos de la cocina a la habitación que contempla occidente y en cuyos cristales se incendia el horizonte, porque la casa es un reino vasto y desconocido y una vida no basta para la odisea entre la habitación de niño, el dormitorio, el pasillo por el que se persiguen los hijos, la mesa del comedor sobre la cual los tapones de las botellas disparan salvas como un piquete de honores  y el escritorio con unos cuantos libros y unos cuantos papeles, que intentan explicar el significado de este ir y venir entre la cocina y el comedor, entre Troya e Itaca.


Dejemos ahora el apacible Danubio y adentrémonos en una tierra algo más agitada, por lo menos en los últimos tiempos, léase siglos. Decía al principio de esta entrada que, si hoy tuviera de nuevo la posibilidad de coger la mochila y desaparecer dos o tres meses, probablemente me tomaría el viaje con una actitud muy diferente. Lo cierto es que mi último viaje largo, solitario y mochilero lo emprendí con este espíritu. Así, cuando fui a Cuba, no me interesaba lo más mínimo disfrutar de sus espectaculares playas de agua cristalina ni llenar el carrete (Dios mío, ¿tanto tiempo hace?) de fotos que hicieran morir de envidia a mis amigos, sino, sencillamente, conocer a la gente y, más que hablar, dejarles hablar a ellos. Y si así lo hice, ¿por qué no pude escribir un libro como el de Kaplan?


Fantasmas balcánicos fue inicialmente rechazado por hasta catorce editoriales, y cuando por fin se publicó, en 1993, no fue precisamente un éxito de ventas. Sin embargo, estamos ante uno de esos libros de los que puede decirse que, si no lo cambiaron, sí influyeron profundamente en el curso de la historia. Y eso sucedió el día en que se vio a Bill Clinton con el libro en cuestión bajo el brazo. Clinton estaba en aquellos días sopesando la intervención en Bosnia, y cuentan los que conocen a Mr President que el libro jugó un papel relevante en la decisión final de no intervenir. Kaplan, por su parte, niega que ésa fuera su intención y afirma que, de hecho, desde el primer momento se mostró a favor de una intervención armada contra los serbiobosnios. El libro, en cualquier caso, se convirtió gracias a Clinton en todo un éxito de ventas, y del presunto mal uso que se hizo de él Kaplan se benefició no sólo económicamente, sino sobre todo en términos de prestigio e influencia. Y es que desde entonces Kaplan ha pasado de ser un reportero a convertirse en, según algunas publicaciones, uno de los cien pensadores globales (sea eso lo que sea) más importantes, además de ostentar cargos de influencia relativos a seguridad en EEUU.


El olfato  de Kaplan le ha llevado a adelantarse siempre a la noticia, o, por utilizar una imagen más dramática, a meterse en el ojo de la tormenta antes de que ésta estalle. Así, tras su primer libro, sobre la hambruna en Etiopía, publicó Soldados de Dios: con los muyahidines en Afganistán, y se publicó en 1990, es decir, años antes de que muyahidín se convirtiera  en un término de uso cotidiano y cuando Afganistán no era más que una torpeza de la URSS. Y luego vino el que nos ocupa, donde advertía del desastre que se avecinaba en los Balcanes y al que, según el autor, los gobiernos occidentales hacían oídos sordos.

A decir de algunos, ese olfato de reportero y su capacidad de anticiparse a la noticia se le han subido un poco a la cabeza, y parece ser que en obras más recientes abusa de esa imagen y se presenta como una especie de gurú de la política internacional. La verdad, no estoy al corriente de las últimas publicaciones ni declaraciones del señor Kaplan, pero una cosa sí que sé: sean cuales sean los defectos achacables a Fantasmas balcánicos (y le han achacado muchos), el libro no tiene desperdicio. Kaplan nos cuenta en esta obra el viaje que hizo en 1990 por la península de los Balcanes, y que lo llevó de Yugoslavia a Grecia pasando por Albania, Rumanía, Bulgaria y Moldavia. A diferencia de Magris, que viajó en compañía de amigos y, presumo, en primera clase y con maleta, Kaplan emprendió el viaje solo, con mochila, y en trenes y autocares verdaderamente balcánicos.

Rebecca West, autora de Cordero negro, halcón gris

Al igual que con el libro de Magris, la sed de lecturas que despierta Fantasmas... es prácticamente imposible de saciar, y confirmando de nuevo que la buena literatura de viajes es intemporal, se centra en el clásico de Rebecca West, Cordero negro, halcón gris: un viaje al interior de Yugoslavia, un mamotreto de casi mil páginas escrito nada menos que en 1941. Desconocía a esta autora, pero un vistazo a la wiki nos revela una persona absolutamente fascinante, y ese Cordero negro... está en el primer lugar de mi lista para mi inminente viaje anual a Inglaterra.

Otra de las referencias de Kaplan es el libro La guerra en Europa oriental, del no menos apasionante periodista John Reed, de cuyo clásico sobre la Revolución Rusa ya hablamos aquí. Y hay más, desde luego, pero me haría falta algo más que media vida para poder aplacar las ansias de leer que me han entrado con el libro de Kaplan. Y cuando digo que me haría falta algo más, me refiero a que algunos de los libros mencionados parece ser que sencillamente no se han publicado jamás en España. Tal es el caso de La guirnalda de la montaña, un clásico de la literatura serbia escrito por el Príncipe-Obispo de Montenegro, filósofo y poeta Petar II Petrovic Njegos.

Y quizá aún cambiará más

Centrándonos de nuevo en el libro y los viajes de Kaplan, a nadie sorprenderá que Fantasmas balcánicos levante tantas suspicacias entre los habitantes de la península balcánica como entusiasmo entre los legos en balcanismo como yo. Uno de los ejemplos lo tenemos en el infernal campo de exterminio de Jasenovac, al que ya me referí en mi entrada sobre La casa de nogal. Dado que, tanto étnica como lingüísticamente, serbios y croatas son imposibles de distinguir, el método infalible es preguntar cuánta gente murió en Jasenovac. Si te responden que 700.000, tu interlocutor es serbio. 60.000, estás hablando con un croata. 

Uno de los personajes más relevantes en la historia moderna del conflicto entre serbios y croatas fue Aloysius Stepinac, Cardenal y Arzobispo de Zagreb entre 1937 y 1960, excluyendo los cinco años que pasó en prisión. La figura de Stepinac fue tremendamente controvertida, y su juicio, tachado de farsa por el Vaticano, el gobierno británico y organizaciones cristianas y judías, alcanzó repercusión mundial. Durante la guerra, el cardenal había apoyado abiertamente a los ustachas, el movimiento fascista que colaboraba con los nazis y emulaba sus atrocidades con gran entusiasmo. Pero Stepinac contaba en su haber con dos grandes y heroicas virtudes a ojos de occidente: era un furibundo anticomunista, y se mostró siempre en contra de la persecución a los judíos. Sobre las matanzas de serbios, limitaba sus críticas a sus momentos más íntimos. Stepinac fue beatificado por Juan Pablo II y es hoy venerado en su tierra. 

El cardenal Stepinac durante su juicio por colaboración con los nazis, entre otros cargos

Uf, y estamos todavía en la página 20... No tengo fuerzas para siquiera resumir alguna otra de los cientos de historias de las que este libro rebosa. Kaplan combina, a mi juicio de manera soberbia, la historia de los lugares que visita con su devenir mochilero en vagones de tercera, hoteles de supuesto lujo que son nidos de prostitutas, charlas con monjas, políticos, religiosos, chóferes, y la experiencia que le brinda el haber vivido siete años en Grecia. Fascinante es, por ejemplo, recordar la figura de Ali Agca y la posible implicación de las fuerzas de seguridad búlgara en el fallido asesinato de Juan Pablo II; cómo al regreso de China de un antiguo zapatero llamado Ceaucescu los cines rumanos dejaron de proyectar Butch Cassidy and the Sundance Kid (Dos hombres y un destino); la historia de un líder revolucionario macedonio llamado Gotse Delchev; cómo Carol I de Rumanía entró de incógnito en el país sobre el que iba a reinar; y sigue y sigue y sigue, hasta llegar al último capítulo, genial como casi todos, dedicado a Grecia, donde tenemos a Melina Mercuri, a Hemingway y, sobre todo, un nombre que oí mucho durante mi infancia y del que sin embargo hasta ahora no sabía ni papa: Andreas Papandreu.

Andreas Papandreu, en un retrato digno de Kaplan

Kaplan niega el tópico según el cual Grecia es algo así como la cuna de Europa, y afirma que se trata de un país no sólo plenamente balcánico, sino tirando más bien a oriental. Como ya he señalado, Kaplan, además de estar casado con una griega, vivió sus buenos siete años en Grecia, años que coincidieron en buena parte con el mandato de Papandreu. Fueron años en que Grecia se enemistó con buena parte de occidente; en que Papandreu, un niño de papá educado en Harvard que vivió hasta los cuarenta y tantos en campus de los EEUU, se entregó al populismo, cultivó una imagen casi de mafioso, se apoderó de los medios de comunicación, se entregó a una fraternal amistad con Castro, Gadaffi o el antropófago Idi Amin Dada, se cruzó de brazos ante el terrorismo, dado que éste sólo mataba a extranjeros, y llevó a la ruina a la industria del turismo. Como veis, nada que no se pudiera arreglar con una, ¡ay!, cadena humana por la paz alrededor de la Acrópolis. En fin, todo un personaje, este Andreas, digno colofón de esta joya de libro que desde su publicación ha soliviantado a más de un fantasma.

¡Balcanes, allá voy! (aunque sea a bordo de un libro)


sábado, 12 de julio de 2014

Genealogía y otros vicios judíos



En más de una ocasión me han tomado por judío, y la verdad es que yo me siento bastante halagado de que me relacionen con un pueblo al que admiro. Sin embargo, ni yo ni nadie que no sea de origen judío podría jamás hacerse pasar durante mucho tiempo por lo que no es. Cuando dos judíos se encuentran (y esto no es un chiste), se preguntan el apellido. Cualquier apellido que se te ocurra, la otra persona, el judío de verdad, lo conocerá, y, probablemente, conocerá a alguien más con ese apellido. La pregunta será entonces si tu familia puede estar emparentada con aquella otra, y, de no ser así, cuál es la historia de tus padres y abuelos. En definitiva, la mentira no te durará ni dos minutos.

Dos son los factores que explican esta pasión judía por la genealogía. Uno de ellos tiene que ver con el hecho de que el pueblo judío no es sólo una comunidad religiosa, sino también un grupo étnico. Todavía hoy en día existen personas cuyos orígenes, afirman, se remontan a las tribus de sacerdotes (los kohanim, de donde deriva el apellido Cohen) y levitas mencionadas en la Biblia.

Daniel Mendelsohn

El segundo factor es más reciente: la tragedia que sacudió al  pueblo judío en el siglo pasado. El genocidio y los desplazamientos, la pérdida de contacto con seres queridos y el exterminio de familias enteras impulsaron, con los años, la creación de numerosas agencias genealógicas, que ayudaron a algunos a reencontrar a sus familiares, o el triste rastro que quedó de ellos. Y también, sin duda, fueron muchos los que en ese momento descubrieron su relación con personas cuya existencia desconocían hasta entonces.

(Se me ocurre, no obstante, que puede haber otro factor que la wikipedia no menciona, a saber, los requisitos que tiene que cumplir cualquiera que desee emigrar a Israel y que consisten, en pocas palabras, en demostrar sus orígenes judíos hasta tres generaciones de antepasados.)

Naturalmente, en la era internet tal afición por rastrear los orígenes ha experimentado un crecimiento espectacular, y aunque dicho crecimiento se extiende a otras comunidades aparte de la judía, en ésta, por los motivos mencionados, tiene especial relevancia. Son probablemente cientos las páginas web dedicadas a escarbar, por ejemplo, en la historia de los millones de víctimas de la Shoah, y así, cualquier persona de origen judío que desee averiguar qué fue de sus familiares lo tiene hoy más fácil que nunca.


Un ejemplo memorable de esta búsqueda lo tenemos en Los hundidos, de Daniel Mendelsohn. Leí este libro hace seis o siete años, si no más, y a diferencia de tantas otras lecturas que vienen y se van, lo recuerdo de manera absolutamente vívida. El título completo de la obra es Los hundidos. En busca de seis entre los seis millones, y esos seis, huelga decirlo, son aquellos miembros de su familia que perecieron en el genocidio. Uno no necesita excusas ni motivos para emprender semejante búsqueda, pero es fácil entender que, en este caso, la escena inicial del libro, escena que el autor tuvo que vivir más de una vez durante su infancia, lo marcara y convirtiera esa búsqueda en, más que una obligación, un destino ineludible.

La escena en cuestión nos mostraba, si no recuerdo mal, a los padres del autor recibiendo las visitas, a mediados de los años sesenta, en su casa de Estados Unidos, de tíos, tías y primos lejanos, supervivientes de la masacre de Bolekhow. En un momento dado, el pequeño Daniel entraba en la sala donde estaban hablando los mayores, y entonces algunos de éstos, apenas lo veían, estallaban en lágrimas, al ver en él el vivo retrato del tío-abuelo Shmiel. Del tío Shmiel sólo quedaban algunas cartas, unas pocas fotos, y la frase repetida en susurros, "el tío Shmiel y su mujer tenían cuatro hijas preciosas, fueron violadas y luego los mataron a todos."

Adam Kulberg, primo lejano del autor, con la carta que le informaba de que toda su familia había sido asesinada

Los hundidos es la crónica de la búsqueda de la memoria de Shmiel, su esposa y sus cuatro hijas, todos ellos asesinados en el holocausto. Acompañado de tres de sus hermanos, Mendelsohn emprendió esa dolorosa búsqueda, que, aparte del rastreo documental, lo llevó a recorrer ciudades, pueblos y shtetl de Polonia y Ucrania, y a lugares tan alejados como Israel o Australia. Como sabéis lo que os pasáis por aquí desde hace tiempo, siento una especial debilidad por este tipo de historias donde se entrelazan la Historia con mayúscula y la investigación personal, como sucedía en El orientalista o en la también excelente Orígenes, de Amin Malouf, y esta obra de Mendelsohn está a la altura de las mejores.

Recopilando información de todo tipo de fuentes, Mendelsohn intenta atar unos cabos que se habían ido deshilachando en la memoria de las generaciones y que podían aparecer de repente en la otra punta del mundo. A lo largo de la obra, el autor nos cuenta los pasos que está dando tanto entre archivos y álbumes como en la red, y es imposible no lanzarse a consultar en las pausas de la lectura algunos de los enlaces que nos proporciona. A ratos, Mendelsohn imprime a la investigación un ritmo de novela negra, y, como en ese tipo de historia, el lector tiene la sensación de descubrir pistas insospechadas y hacer hallazgos inverosímiles al tiempo que el propio autor. En este sentido, son inolvidables las desesperadas cartas que Shmiel, a medida que siente la inminencia del desastre, envía a sus familiares en América, o, por mencionar otro ejemplo, cuando descubrimos que Shmiel emigró a EEUU a principios de siglo, y por la fatalidad del inimaginable destino, decidió volver a Ucrania. La historia es de por sí absolutamente fascinante, y el modo en que, a través de fotografías, cartas, documentos y, sobre todo, en el clímax de la crónica, las conversaciones con aquellos vecinos que lo conocieron, el autor reconstruye de una manera asombrosamente vívida las vidas de su tío-abuelo, su mujer y cuatro hijas, me conmovió, me apasionó y, como veis, me dejó huella.

El guetto de Bolekhow

El autor alterna la crónica de la búsqueda con capítulos dedicados a la interpretación de pasajes de la Biblia. A algunos lectores estos capítulos les parecen indigestibles. A mí, que me gusta lo raro, me resultaron sencillamente apasionantes. El jugo que sabe sacar el autor no sólo a pasajes oscuros o poco conocidos, sino incluso a aquéllos que todo el mundo conoce, verbigracia, las primeras líneas del Génsesis, me recordó a Michel Tournier, un autor al que no leo desde hace siglos, pero que en su tiempo me reveló evidencias para mí ocultas tanto de la Biblia como de Pinocho. Ahí es nada. Es cierto, en honor a la verdad, que Mendelsohn, crítico, ensayista y verdadero erudito, disfruta haciendo gala de su sapiencia, y que la exégesis que lleva a cabo a veces puede resultar excesiva, pero, como ya he dicho en alguna otra ocasión, a mí me gustan los autores que de vez en cuando me recuerdan mis limitaciones culturales. En definitiva, uno de los libros más impresionantes que he leído en muchos años y que me están entrando unas incontenibles ganas de releer.



La genealogía, si bien el más perdonable, no es el único vicio del pueblo judío. De hecho, como nos demuestra Isaac Bashevis Singer en todas sus novelas, ni siquiera el judío más devoto y ortodoxo está a salvo de las asechanzas del maligno, que acosan por igual a judíos y gentiles.

(Os confieso que al principio, esta entrada iba a estar dedicada únicamente a la última novela de Singer que he leído, pero con el primer párrafo ya me he liado con otras historias, se me ha ido el santo al cielo, y he acabado hablando del libro de Mendelsohn, que, pensándolo bien, quizá no tenga mucho en común con La casa de Jampol.)

La historia en La casa de Jampol transcurre bien entrada la segunda mitad del s. XIX, una época convulsionada por recientes revoluciones, y en la que se avistaban en el horizonte revoluciones y convulsiones aún mayores. La principal de todas, y la que marca el devenir de aquella Polonia donde transcurre la historia, nos la señala el autor en la frase que abre la novela:

Después del fracaso de la rebelión de 1863, muchos nobles polacos fueron ahorcados.

Entre ellos, nada menos que la familia del Capitán Nemo, quien, en la versión inicial de 20.000 leguas..., era un noble polaco cuya familia había sido asesinada por los rusos en dicha rebelión. Sin embargo, la posterior alianza de Francia con la Rusia zarista hizo que el editor de Verne se inclinara por no revelar las raíces de la misantropía de Nemo. Pero bueno, no sigamos desvariando.

1861. Tropas rusas acampadas en plena Varsovia

La rebelión fracasada cuyo recuerdo abre la novela es conocida en la historia como el Levantamiento de Enero, y fue una revolución por parte de los jóvenes polacos, a los que luego se unieron los nobles, que tuvo como detonante el reclutamiento forzoso en el ejército ruso. Una de las consecuencias de la derrota de los insurgentes fue, aparte de las ejecuciones y los miles de deportados a Siberia, la confiscación de más de mil seiscientas tierras y propiedades de la nobleza polaca. Entre ellas estaba la casa del conde Jampolski, que da título a la novela.

Calman Jacoby, un respetado comerciante, decide escribir a San Petersburgo y solicitar al nuevo  propietario, un general y duque ruso, que le arriende la propiedad. Para su sorpresa, la fortuna le sonríe y, a partir de ese momento, con su capacidad de trabajo y su habilidad para los negocios, Calman consigue crear un pequeño imperio. Pero a diferencia de El imperio de Kalman el lisiado, más centrado en el antiheroico protagonista, Singer da más protagonismo a la progenie de este otro Calman, formada por sus cuatro hijas y, con su estilo sencillo y maestría narrativa, sigue sus diferentes y tortuosos caminos, con el telón de fondo de un país sometido, una violencia dormida, y el torbellino de ideas e ideologías que entonces empezaron a gestarse. Nos dice el autor en la nota previa:

Todas las ideas espirituales e intelectuales que han triunfado en nuestros tiempos tienen su origen en el mundo de aquel tiempo, y así ocurre con el socialismo y el nacionalismo, el sionismo y el asimilacionismo, el nihilismo y el anarquismo, la igualdad de derechos de la mujer, el ateísmo, la debilitación de los vínculos familiares, el amor libre, e incluso el fascismo, en sus rudimentos.

Algunos de los sublevados de 1863

La literatura yiddish no suele ocuparse de los grandes nombres de la historia, aquéllos que trillan las sendas que seguimos los pobres mortales. Tiende, más bien, a centrar su atención en esos pobres mortales a los que tanto las sendas como las ideas les vienen dadas, y a contarnos el modo en que se rebelan contra éstas, se adaptan o se pierden en el caos. Y de caos se puede tildar sin duda esa segunda mitad del s. XIX.

El Levantamiento de Enero tuvo lugar 30 años después de la Revolución de los Cadetes, y no fue el último, pues en 1905 un imperio ruso en caída libre todavía tuvo que enfrentarse al pueblo polaco en la Insurrección de Lodz. Pero, insurrecciones aparte, el verdadero caos, como muy bien nos recuerdan las palabras de Singer, flotaba en el ambiente, en esa marabunta de espectros que recorría Europa. Los nombres de Nechayev y Bakunin, el de Karakozov (el primer revolucionario ruso que atentó contra la vida del zar) o el de Chernishevski, novelista y revolucionario; el colonialismo europeo en África, los eternos ecos de la revolución en Francia y la reciente guerra franco-prusiana, entre muchos otros, aparecen en las páginas como los lejanos relámpagos de una tormenta en el horizonte.

Sin embargo, como suele suceder en los libros de Singer, y quizá (no he leído tanto como para poder afirmarlo) en toda la literatura yiddish, tanto los personajes como los hechos históricos parecen ser herramientas en manos del autor para dar forma a la cuestión central y eterna, que viene a ser, en apariencia, el judaísmo, y en realidad, la relación del hombre con un Dios que se ha desentendido de su creación.

Un grupo de judíos jasídicos en Cracovia

Veíamos en La familia Máshber que el judaísmo estaba a merced tanto de la persecución étnica en forma de pogromos como del fanatismo dentro mismo de la comunidad. En La casa de Jampol los peligros que acechan al pueblo judío no vienen por ese lado sino, más bien, por el progreso de occidente. En palabras de un personaje de la novela, Wallenberg, un judío convertido al catolicismo:

Es absurdo vivir en Polonia y hablar una jerga germánica, como el yiddish, y más ridículo todavía vivir en la segunda mitad del siglo XIX y comportarse como si uno viviera en la Antigüedad. (...) He viajado por Turquía y Egipto, y puedo decirle que ni siquiera los beduinos son tan salvajes como nuestros asideos.

 Dejando de lado la cuestionable elección por parte del traductor del término asideo en lugar de jasídico, la caracterización de ese movimiento religioso como fanático y retrógrado es tan sólo una de las acusaciones que los judíos "occidentalistas" hacen a una parte de su pueblo.

¿No le parece raro que los judíos lituanos se hayan dedicado tanto al estudio, en tanto que los judíos polacos apenas se interesan en adquirir conocimientos científicos?

La tensión entre ambas corrientes es una constante a lo largo de la novela, y podemos decir que también en este sentido las palabras de Singer respecto a las ideas espirituales de nuestros tiempos se ven hoy confirmadas, pues son muchos los israelíes que tienen una opinión igual de negativa sobre el judaísmo ultra-ortodoxo, que tanto debe al jasidismo.

Judíos jasídicos en acción. Un vídeo casero, una canción yiddish muy hermosa y una voz increíble

Pero decíamos que el peligro proviene, sobre todo, del progreso de occidente, y de hecho, el fantasma de un siniestro personaje (no es el Carlos que pensáis) recorre la novela de principio a fin.

-... Los judíos han de convertirse en polacos de cabo a rabo. De lo contrario, seremos expulsados, como en los tiempos del Faraón.
-Los polacos también están esclavizados.
-Éste es otro asunto.
-Los fuertes quieren dominar a los débiles -dijo Ezriel, un poco dubitativo acerca de la pertinencia de su observación.
-Mucho me temo que así sea. En Inglaterra se ha publicado recientemente un libro que hace furor en el mundo científico. Según parece, sostiene la teoría de que la vida no es más que una constante lucha para sobrevivir, y que tan sólo los más fuertes triunfan.

La grandeza de Singer radica en que uno no sabe muy bien si el autor utiliza el conflicto espiritual y la batalla de ideas como mero escenario para desarrollar un impresionante novelón que muchos han comparado con Los Buddenbrook, o si, por el contrario, las vicisitudes de la saga familiar, con sus miembros atormentados, atribulados y, en ocasiones, depravados, no son más que una excusa para para presentar dichos conflictos y batallas.

Con un escritor tan grande como Singer, autor de novelones como El mago de LublinLa familia Moskat o la que para mí es una auténtica obra maestra, Sombras sobre el Hudson, es posible que La casa de Jampol dé la impresión de ser una novela secundaria en su bibliografía. Pero no os engañéis: La casa de Jampol es Singer en estado puro, un libro donde un puñado de personajes más reales que la vida misma nos muestran nuestras ambiciones, nuestros miedos, nuestra insignificancia, y la enorme fuerza que, en nuestra ingenuidad, le otorgamos a nuestra frágil esperanza.

Y la saga continúa con Los herederos. Ya estoy frotándome las manos.

I'm a Yiddish man in New York


miércoles, 27 de marzo de 2013

De cómo Arnold Bennett sobrevivió al tiempo

Como buen licenciado en filología inglesa, jamás había oído hablar de Arnold Bennett. Por eso, cuando Elena me invitó a participar en el Arnold Bennett Bloggers Assembly, pensé que se había hecho un lío y que había confundido Matthew Arnold con Alan Bennett. No tardé en salir de mi habitual inopia y descubrir que Bennett fue, en su día, el escritor más famoso del mundo (BBC dixit). Y sin embargo, tras haber leído tres de sus obras (breves ensayos tan sencillos como intresantes), no dejo de tener la sensación de que Bennett no encajó del todo en su época. O quizá sí, y donde no encajó fue en la literatura de su época. Que no es lo mismo.

Pero empecemos, por qué no, por el retrato del hombre a quien tantos acabamos, como quien dice, de descubrir.

El gesto de las manos, así como los hombros ligeramente alzados en una postura un tanto forzada, nos muestran a un hombre que quiere estar orgulloso de lo que ha conseguido. El rostro, sin embargo, me revela a alguien que no acaba de tomarse demasiado en serio, como si esa mejilla derecha, que en casi todas las fotos aparece levemente inflamada, ocultara una postura "tongue in cheek", es decir, de broma. Bien pudiera ser que, apasionado lector como era de Marco Aurelio, a la hora de posar fuera consciente de que "un instante más, y habrás olvidado todo; otro, y todos te habrán olvidado". Así, el conjunto parece decir "me olvidarán por mucho tiempo, sí, pero un día, no tan lejano, un admirable grupo de blogueros organizarán un encuentro para homenajearme."

Y cuánta razón tenía. Porque vaya si cayó en el olvido. Y el homenaje ya rueda.

Bennett era, para qué negarlo, un hombre chapado a la antigua (intentemos olvidar por un momento las connotaciones negativas de la expresión), por lo menos en lo que respecta a la literatura. De ello lo acusaba Virginia Woolf, que lo definía como uno de "la vieja guardia" (y qué cercanas nos parecen esas rencillas y descalificaciones, ¿verdad?). Y la verdad es que, atendiendo a las recomendaciones de Bennett en su El gusto literario: cómo formarlo, uno entiende de dónde venía el término con que doña Virginia se refería a Bennett. Aquí lo tenemos dirigiéndose a lector (en mi traducción):

Sólo tiene usted una restricción. Debe empezar con un reconocido clásico y evitar las obras modernas. 

No obstante, continúa:

El motivo de ello no implica un menosprecio de la época actual en beneficio de los tiempos pasados. De hecho, es importante, si en última instancia desea adquirir un gusto amplio y católico, prevenirse contra la opinión, demasiado extendida, de que nada moderno llegará jamás a ser comparable a los clásicos.

A modo de observación, señalaré que uno nunca deja de aprender la lengua inglesa, y descubre que "catholic", aparte de papista, significa, referido a una persona, "de amplios gustos e intereses".

Elizabeth Barrett Browning

A continuación recomienda a sus aspirantes a lectores con gusto que empiecen a formarse el mismo con poesía narrativa, en concreto con Aurora Leigh, de Elizabeth Barrett Browning, ya que, aduce, es una novela "mejor que cualquiera de las escritas por Charlotte Brontë o George Eliot". Bennett era un hombre de juicios contundentes.

Aparte de no ser del gusto de la Woolf, Bennett no acababa de apreciar una obra tan (aparentemente) demoledora para todo aquel mundo clásico como fue el Ulysses de Joyce, del que, pese a apreciar algunos de sus fragmentos, dijo que cualquiera podría escribir sobre:

"el día más diario posible", si se contaba con "suficiente tiempo, papel, capricho infantil y obstinación".

Para ser justos, hubo quien las dijo mayores sobre Ulysses.

Y así, intentando adoptar el estilo de nuestro homenajeado, creo haberle demostrado, apreciado lector, que no había un ápice de exageración en mi anterior afirmación al respecto de la antigüedad de la chapa de Mr Bennett. Y a estas alturas, '¿Cómo?', estará usted preguntándose sin duda, '¿acaso está usted criticando al autor que, según nos habían conducido a pensar, había de recomendarnos encarecidamente?' Y su impaciencia ante tamaña aparente contradicción estará perfectamente justificada. Pues es de rigor admitir que quizá debiera haber comenzado advirtiendo que en esa chapa tan antigua precisamente radica todo el encanto y una parte nada despreciable del valor literario del señor Bennett. De todos es sabido que 'anticuado' y 'clásico' son dos caras de la misma moneda, y nuestro héroe parece así ofrecer una de ellas a Mrs Woolf y su nueva guardia, y otra al lector contemporáneo.

Epícteto, autor de cabecera de Bennett

Efetivamente, el estilo de Bennett, quizá debido a la "convicción de su clasicismo" se revela hoy irresistiblemente moderno. Se trata de un estilo victorianamente refinado, bajo el que es evidente un tono sincero a la vez que irónico, que no deja de recordarnos a su admirado Thomas de Quincey, incluido, cómo no, en su lista de "Escritores en prosa: no imaginativos" (es decir, no ficción), imprescindibles para formarse un buen gusto literario. Uno se pregunta, no obstante, cuáles serían los motivos para omitir de esa lista, "creo que justificadamente", a Oscar Wilde, y relegarlo al nivel de Richard Jebb, Stirling Maxwell o P.G.Hamerton. Cuánta razón tiene Bennett en La máquina humana al achacar a la pasión la mayor parte de los errores del ser humano.

La pasión (el corazón) es responsable de todos los crímenes. 

Porque es sin duda la pasión por la literatura lo que lleva al autor a emitir juicios que hoy (qué fácil) sabemos erróneos.

La fama de los autores clásicos la crean, originalmente, y la mantienen unos pocos apasionados (...) y es gracias a estos pocos apasionados que el renombre del genio literario se mantiene vivo de una generación a otra. Nunca dejan de trabajar. Siempre están redescubriendo el genio.

Wilde no lo era

Creo que no me equivoco si digo que muchos, al leer obras como El gusto literario o Cómo vivir con 24 horas al día, han pensado en los libros de autoayuda que hoy proliferan por los escaparates de las librerías. También creo que no soy el único que considera dichas obras (las de autoayuda) el paradigma de la infraliteratura, que no sólo parten de una premisa tan idiota como la de "léeme y verás cómo te autoayudo", sino que además están escritos en un estilo empalagoso, cuando no sencillamente cursi. También los editores contemporáneos han querido ver en Bennett una especie de profeta del autoayudismo y le han infligido portadas como ésta:


tan llenas de espiritualidad que son para salir huyendo.

Personalmente, yo no veo en ellas ni rastro de auténtico autoayudismo. Ni hoy ni entonces. En primer lugar (y disculpad el rápido y superficial resumen de estas tres obras), Cómo vivir..., por ejemplo, se me antoja mucho más una reflexión sobre el papel de la cultura en una sociedad en la que cada vez eran más los ciudadanos que tenían un trabajo de oficina de 9 a 5, es decir, gente con medios, tiempo libre, y acceso a una cultura que antaño sólo estaba al alcance de la aristocracia, que un catálogo de consejos para aprovechar mejor el tiempo. El tema principal de la obra, pues, sería en qué medida puede "la cultura", sea lo que sea lo que entendamos por ella, contribuir a la plena realización del ser humano. Curiosamente, Bennett parece contradecir en esta obra la premisa principal de El gusto literario:

No es un crimen no amar la literatura. No es señal de imbecilidad. Los mandarines de la literatura ordenan la ejecución inmediata del desgraciado individuo que no comprende, por ejemplo, la influencia de Wordsworth sobre Tennyson. Pero al hacerlo, pecan de insolentes. ¿Qué dirían, me pregunto, si se les pidiera que explicaran las influencias de Chaikovski en la Sinfonía Patética? (Cómo vivir con 24 horas al día)

Haciendo cola para el teatro. Londres a principios del s. XX

Por su parte, El gusto literario se aleja de la corriente de autoayuda en el hecho de que, como se dice en inglés, el autor predica a los conversos. Estoy bastante convencido de que Bennett, al escribir este libro, que no es sino una reflexión sobre por qué leemos, pensaba en sus lectores como amantes de la literatura con un gusto ya bastante... ¿refinado? ¿o, por el contrario, católico?, y era consciente de que sólo algún que otro despistado buscaría en este libro ayuda para llenar sus estanterías. 


Finalmente, La máquina humana desarrolla algunas ideas apuntadas en Cómo vivir..., y se revela como una obra profundamente humanista en un tiempo en que el dinero se había convertido en el centro del universo. Hablamos de 1925, apenas unos años después de la mayor conflagración que el mundo había conocido, y cuatro antes del trágico final de aquella época de falsa abundancia.

Los hombres se interesan por cualquier criatura mortal salvo ellos mismos. Tienen la costumbre de no sentir el debido aprecio por sí mismos, y esa costumbre es responsable del noventa por ciento del aburrimiento y la desesperanza que hay en el planeta.

Pocas cosas me sorprenderían menos, en la vida social, que la aparición de algún movimiento anti-lujo, la formación de una liga o asociación entre la clase media (el único lugar en que abunda el intelecto), cuyos miembros se aliarían para elevarse por encima de las grandes, tontas, feas, banales y tediosas actividades relacionadas con el lujo.

Es fácil, al leer a Bennett, olvidar que leemos obras escritas hace un siglo. La marca del clásico.

viernes, 30 de noviembre de 2012

El muro de Berlín, de Frederick Taylor


Me gusta pensar que la caída del muro tuvo una influencia directa en mi vida personal. Durante mi estancia en la Unión Soviética, adonde llegué diez meses después de aquel histórico 9 de noviembre, conocí a una chica de la República Democrática Alemana, país al que le quedaban, oficialmente, dos semanas de vida. Los de aquella parte del mundo nos parecían a los españoles una curiosa combinación entre (y perdón por el topicazo) la seriedad y eficiencia germanas y la ingenuidad, en muchos aspectos, de los regímenes comunistas "de toda la vida". Recuerdo que Eva (llamémosla así) y sus amigas, que contaban de veinte años para arriba, tenían la habitación de aquella residencia de estudiantes adornada con pósters de galanes al estilo Patrick Swayze, por quienes suspiraban cuales adolescentes en plena edad del pavo. Parecía que intentaran recuperar una adolescencia de la que no hubieran podido disfrutar en su momento.

Eva aprendió a conducir en uno de éstos

Tenían asimismo un sentido del humor un tanto ramplón, aunque inocente, que me parecía poco propio de universitarios procedentes de una potencia económica y cultural como Alemania. Naturalmente, el país en el que habían nacido, aquella "otra Alemania" que ya no existía, nunca había sido una potencia económica, y mucho menos cultural, y sus éxitos se limitaban a un buen puñado de medallas olímpicas siempre vistas desde occidente con chistes facilones y justificada suspicacia.

Eva y yo tuvimos una relación que duró algo más de dos años. Fue mi primera relación verdaderamente seria, aunque probablemente no cambió tanto mi vida como la suya. Hasta el día en que cayó el muro, ella sabía perfectamente cuál era el rumbo que iba a seguir su vida. Tenía un novio desde los diecisiete años, con el que ya estaba prometida, y sabía también cuál iba a ser su trabajo por el resto de sus días. No les costaría mucho conseguir un piso del estado, de 30 m2, y con paciencia y unos años de espera, adquirir un Trabant con el que saldrían de excursión los domingos.
En fin, si se había venido abajo el telón de acero, ¿por qué no iba a desmoronarse también ese futuro tan perfectamente planificado y organizado?

La historia de la genial Uno, dos, tres, de Billy Wilder, empieza el infausto 13 de agosto de 1961

Durante nuestra relación, oí bastantes historias sobre la vida tras el muro, pese a que era un tema sobre el que a ella no le gustaba demasiado hablar. Intuí, por ejemplo, que en aquel paraíso comunista, como sucede hoy en Cuba, había una casta de privilegiados, constituida por aquellos que tenían alguien al otro lado, que les enviaba divisas, ropa y productos de occidente. También constaté que eran ciertas las historias acerca de emisiones de radio oídas con el volumen al mínimo, y de inesperadas llamadas a la puerta que obligaban a apagar rápidamente la tele y disimular. En cuanto a la severidad de sus leyes, me bastaba el ejemplo de su hermana, que había pasado dos años en la cárcel por haber robado un ramo de flores.

11 de noviembre. La cara que se les quedó a los soldados de la RDA

Para los de mi generación, que no habíamos vivido guerras, que no habíamos visto al hombre en la luna, ni cómo asesinaban a Kennedy, la caída del muro de Berlín, así como el baile de dominó por toda Europa del Este que lo sucedió, nos permitió por primera vez ver en directo cómo cambiaba el curso de la historia.

El libro de Frederick Taylor, fascinante y a ratos abrumador, nos cuenta mucho más que la historia del muro, y resulta difícil resumirlo, dada la enorme cantidad de información que nos proporciona referida a la historia de Berlín, Prusia, la República de Weimar, las dos Alemanias y, naturalmente, la Guerra Fría. Prefiero, por ello, centrarme en algunos aspectos que me han llamado la atención y en otros muchos que me ha emocionado recordar.

1950. Recogiendo chatarra para construir el socialismo

En aquel Berlín, que a la conclusión de la guerra había quedado dividido en cuatro secciones, durante muchos años hubo libre circulación de ciudadanos entre el sector occidental y el oriental. Eso dio lugar a situaciones bastante difíciles de sostener a la larga, como por ejemplo, el que muchos berlineses residentes en el sector oriental, los llamados cruzafronteras, fueran a trabajar al occidental, y cobraran su sueldo en marcos occidentales, de mucho más valor que los soviéticos. Así, por motivos económicos y, huelga decirlo, políticos, se empezó a fastidiar lo más posible a los cruzafronteras, con un acoso constante por parte de las autoridades.

Walter Ulbricht o el repelús hecho carne

Empezaron a pasar los años, y el régimen de Wilhelm Pieck iba apretando las tuercas. Así, en 1952 el siniestro Walter Ulbricht, secretario del Partido Socialista y el que de verdad cortaba el bacalao en el gobierno, anunció que el país iba a llevar a cabo una "implementación sistemática del socialismo". Se llevó a cabo una subida de impuestos,  las horas de trabajo aumentaron en un 10%, se favoreció a la industria pesada en detrimento de la de bienes de consumo (lo que bien pronto condujo a la escasez en las tiendas), y se intentó estrangular a lo poco que quedaba de clase media (Dios mío, ¡acabo de descubrir que Rajoy es marxista!). La consecuencia inmediata, aparte del descontento general, fue un aumento en el número de ciudadanos que abandonaban el país para irse a occidente, tendencia que, desde el final de la guerra, no había hecho sino crecer.

Los rusos pacificando la situación

El 16 de junio de 1953, trescientos obreros de la construcción iniciaron una huelga que en seguida se convirtió en general y que sacó a las calles a decenas de miles de personas. Las protestas se fueron intensificando y los manifestantes abarrotaron la zona de los miniserios. La represión, con la inestimable colaboración de los tanques soviéticos, no tardó en llegar. En los enfrentamientos murieron, según Taylor, más de dos mil ciudadanos (en wikipedia esta cifra es sensiblemente inferior), mientras que doscientos fueron ejecutados y mil cuatrocientos encarcelados de por vida. Tal fue la brutalidad del régimen que incluso Bertold Brecht se vio obligado a escribir un poema al respecto.

15 de agosto de 1961. Las obras de construcción del muro van a buen ritmo

Durante los años siguientes, el goteo de ciudadanos de Berlín oriental hacia el otro lado de la frontera se convirtió en un chorro de agua a presión, y la situación volvió insostenible. Por ello, y aunque pilló a todos por sorpresa, poco puede extrañar que las autoridades finalmente decidieran cerrar la frontera (la construcción del muro en sí tardaría un poco en llegar). Eso sí, Ulbricht se aseguró de mantenerlo en secreto hasta el último momento, y de tener a todo su equipo de gobierno amablemente retenido en una fiesta hasta anunciarles la medida. Por si las moscas...



Muchos de nosotros tenemos una imagen de un Berlín oriental cerrado a cal y canto a los visitantes, pero eso no era del todo así. Ese tipo de restricciones afectaron sobre todo a los berlineses occidentales, a quienes, desde 1962 se les prohibió la entrada en la ciudad excepto en periodo navideño (entrañable, ¿no?), y eso aún con reservas. Al resto de ciudadanos, fueran alemanes de la RFA no residentes en Berlín o, sobre todo, de otros países, se les impusieron restricciones y la  obligación de solicitar un visado, pero, en líneas generales, sí se les permitía la entrada, a condición, claro está, de que respetaran el límite de estancia y por la noche volvieran a su infierno capitalista. De hecho, uno de aquellos visitantes fue nada menos que Ronald Reagan, futuro ganador incontestable de la carrera armamentística, que años más tarde contribuiría de manera decisiva al hundimiento de la URSS. Reagan, acompañado de su mujer, se paseó durante una hora por Berlín oriental un par de años antes de convertirse en presidente, y poco podían imaginar los guardias que revisaron su pasaporte que estaban ante el futuro presidente de los EEUU, el que un día ningunearía a su presidente al exigir al líder de otro país que derribase el muro.

"Señor Gorbachov, ¡derribe este muro!"

La construcción de un muro que partiera en dos una ciudad tan antigua como Berlín dio lugar a situaciones tan grotescas como inhumanas. Una de las más infames fue la que tuvo lugar en la famosa Bernauer Strasse. La división de la ciudad pasaba justo por esta calle, de manera que la entrada al edificio se encontraba en el este, y la fachada posterior, en el oeste. Los habitantes del inmueble, pues, vivían en el sector soviético, pero si querían envenenar sus pulmones con efluvios imperialistas, no tenían más que asomarse a la ventana. Bromas aparte, se vivieron escenas tan espeluznantes como éstas.


Uno de los aciertos de Taylor al escribir este libro es el equilibrio entre el material histórico y político, y la historias humanas. En sus casi tres décadas de existencia, el muro de Berlín fue el escenario de incontables historias de todo tipo, y es sin duda el aspecto humano el que nos da la medida de aquella locura convertida en vida cotidiana.

El problema de la Bernauer Strasse se solucionó tapiando las ventanas

Dejando de lado a Ulbricht o Khrushov, y centrándonos en estos nombres "pequeños" de la historia del muro, uno de los primeros es, sin duda, el de Hagen Koch. Koch fue el soldado que trazó, con aire desafiante y a la vista de los soldados occidentales que lo miraban indignados, la línea blanca que separaba, en el histórico paso fronterizo Checkpoint Charlie, un país de otro. Tras la caída del muro, fue el encargado de organizar el desmantelamiento de éste y su posterior venta.


De muy distinto signo fue el destino de Conrad Schumann, aquel soldado de la RDA que, al tercer día de haberse cerrado la frontera, y mientras se reforzaban las alambradas, se dio cuenta de la que se le venía encima y dijo pies para qué os quiero. El momento de su huida fue inmortalizado, y la imagen se covirtió en un auténtico icono en Berlín occidental.

 Peter Fechter agonizando junto al muro

Uno de los personajes más siniestros de aquella Alemania era, como ya he señalado, Walter Ulbricht. Ulbricht, comunista hardcore, fue el responsable del levantamiento del muro y de las medidas que autorizaban a los guardias a emprender la caza del hombre con cualquiera que intentara evadirse saltando el muro o atravesando el Spree a nado. Tenían la orden de disparar a matar.
La constante tensión en la frontera alcanzó niveles casi intolerables cuando en agosto de 1962, Rudi Arnstadt, guardia fronterizo de Alemania Oriental, fue muerto por un guardia de Berlín Occidental. Era la quinta muerte de un guardia oriental en poco tiempo, y el régimen naturalmente las aprovechaba para añadir gloriosos mártires a la causa socialista. Como curiosidad, os diré que Hans Plüschke, el guardia que mató a Arnstadt, fue asesinado en 1998 de un disparo en el ojo, la misma herida con la que él había acabado con Arnstadt. Su asesino nunca ha sido capturado.

Soldados de Alemania Oriental recogiendo el cuerpo sin vida de Fechter

Pocos días después de la muerte de Arnstadt tuvo lugar una de las historias más escalofriantes de la historia del muro, protagonizada por un joven de 18 años llamado Peter Fechter, mientras intentaba escapar a occidente junto a un amigo. Para aquel entonces, los guardias ya tenían orden de disparar a matar, y en este caso las cumplieron. El amigo de Flechter consiguió huir, pero él quedó malherido junto al muro, desangrándose a la vista de todos. El ejército americano no se atrevió a intervenir, dado que se podría haber considerado violación del territorio y las consecuencias podrían haber sido gravísimas, mientras que desde el lado oriental un fallo en la cadena de mando retrasó el rescate de Fechter más de una hora. Peter Fechter murió desangrado.

Aquí, el de Günter Liftin, a quien asesinaron a tiros mientras cruzaba el río a nado

Las ansias de libertad de los berlineses orientales se juntaron con las ganas de los occidentales de tocarle las narices al régimen de Ulbricht, por lo que en seguida se organizaron grupos de ayuda a los que querían huir. Los métodos de huida iban desde túneles hasta camiones que arrasaban con cualquier barrera que se les metiera por delante, coches que pasaban por debajo de la misma (método que sólo pudo emplearse una vez), o incluso globos. Estos grupos no tardaron en convertirse en un negocio por el que llegaban a pagarse muchos miles de marcos (de los buenos), como los que pagó la cadena norteamericana NBC. El resultado de esa inversión fue el documental El túnel, que ganó varios premios Emmy y que se adelantó varias décadas a la reality TV

Todos los de mi generación sabemos decir "solidaridad" en polaco

Al leer este libro, en ocasiones se me ponía la piel de gallina al volver a ver aquellos nombres con los que crecí y que, sin entonces darme cuenta, estaban contribuyendo a cambiar la historia. Reagan, Thatcher, Juan Pablo II y Lech Walesa, entre muchos otros, sin olvidar al pueblo, naturalmente, fueron los artífices de la caída de los regímenes comunistas de Europa del Este. Hay que reconocer, no obstante, que Reagan y Thatcher, por ejemplo, tuvieron la suerte de enfrentarse, en el punto álgido de aquella carrera armamentista, a una Unión Soviética en imparable crisis económica y gobernada por unos líderes decrépitos que se les morían antes de que pudieran aprenderse sus nombres. Parecía que ya no quedaban líderes como el basto y pueblerino Jrushchov, o como su sucesor, Leónidas Brezhnev, que gobernó el país sus buenos 18 años. A Brezhnev lo sucedió Yuri Andropov, que apenas duró unos meses, y a éste, un Chernenko que paseaba personalmente sus restos mortales por el Kremlin. En 1985 llegó Gorbachov, querido en occidente y bastante denostado en su país, y se convirtió en el primer presidente de la Unión Soviética nacido después de la Revolución de Octubre. Gorbi tomó las riendas de un país en graves apuros económicos que no podía permitirse seguir apoyando económicamente a una RDA al borde de la bancarrota. Además, el reformismo de Gorbachov era incompatible con la línea dura de Honecker.

 La embajada de la RFA, tomada por refugiados de Alemania del Este

A pesar de que, en retrospectiva, la caída del muro nos parece hoy inevitable, en aquellos días era absolutamente inconcebible. Se me ocurre que nos cuesta muy poco investir de normalidad al infierno, sea propio o, como en este caso, ajeno, pero más todavía nos cuesta, pasado el tiempo, recuperar la memoria de ese infierno. Y no me refiero sólo a los años de falsa gloria del régimen, cuando parecía que el muro iba a quedarse para siempre, sino incluso a aquellos días de noviembre del 89.

En el segundo 0:24 un periodista le pregunta cuándo entrarán en vigor las medidas. Después de consultar sus papeles, dice "a ver, estooo... pues... que yo sepa, desde este momento"

Pero las causas de la caída del muro, como digo, no fueron sólo externas. Las arcas de la RDA estaban vacías, y su deuda exterior era astronómica. Cada vez crecía más el descontento entre la población, a la que, naturalmente, desde hacía ya mucho tiempo no se le podía ocultar el nivel de vida que disfrutaban sus vecinos. Sin embargo, y curiosamente, la puntilla a la RDA se la dieron precisamente los países satélite. Empezó Hungría, cuyo ministro de exteriores, ante la pregunta de un periodista, declaró que si 60.000 refugiados de Alemania del Este se presentaran en la frontera con Hungría, "los dejarían pasar sin más". Los alemanes orientales entendieron el mensaje: si no puedes saltar el muro, rodéalo. Como no había restricciones para desplazarse a los países "amigos", miles y miles de ciudadanos de la RDA se subieron a trenes, autocares y coches, y se fueron a esos países, en concreto a Hungría y Checoslovaquia (¡qué antiguo suena ya ese nombre!), desde donde luego podían fácilmente cruzar a occidente.  

Circulan en la red incontables vídeos, tanto sobre la historia del muro como simplemente sobre su caída. Estos dos me han parecido un poco diferentes del resto. Este primero tiene cierto candor de proyecto de estudiante. En él veréis resumidos los últimos días del muro. 


Con el segundo os haréis una idea muy aproximada de cómo se vivió en Berlín Este aquella noche histórica.

La embajada de la RFA en Budapest, y poco después la de Praga, se vieron prácticamente asaltadas por miles de refugiados. Tuvo lugar  entonces una crisis diplomática de proporciones considerables, que de milagro no derivó en una crisis sanitaria. El muro era ya insostenible, y sin embargo, nadie podía imaginar todavía lo que estaba a punto de pasar.

El 9 de noviembre, Gunter schabowski, portavoz del nuevo gobierno de  la RDA (habían obligado a Honecker a presentar la dimisión), se disponía a dar una rueda de prensa cuando le pasaron una nota que apenas tuvo tiempo de leer. En esa rueda de prensa, un confuso y titubeante Schabowski anunció por error que a partir de ese momento los ciudadanos podían viajar al extranjero sin ningún tipo de restricción. Nos gustaría pensar que la caída del muro se debió a un simle error humano, pero el hecho es que, en cualquier caso, las medidas iban a entrar en vigor al día siguiente. El error sólo adelantó en un día aquel momento esperado años y años por millones de alemanes del este.


Y de postre me regalé esta extraordinaria autobiografía gráfica del autor checo Peter Sis sobre la cual escribiré cuatro líneas. 
Sis nació con la Guerra Fría y creció con el muro. En este libro nos describe esa experiencia, una vida donde las cosas son prohibidas u obligatorias. 
El libro, cuyo título completo es El muro. Crecer tras el telón de acero, y que combina la narración en tercera persona, la crónica y el diario, es un pequeño prodigio de creatividad e imaginación. Aquí tenéis al autor hablando del libro.


Tras el serio estudio de Frederick Taylor, esta historia resulta el complemento perfecto para la historia del muro: ligerito, agradable y personal.

En 1968 se inició en Checoslovaquia una tímida apertura que permitió al autor cumplir uno de sus sueños: viajar a Inglaterra. Aquella apertura acabó, como todos sabemos, con los tanques soviéticos recorriendo las calles de Praga, y el mundo de Sis y sus compatriotas volvió a ser gris.


Sis, que parece ser que nació con un lápiz en la mano, es además un apasionado de la música. Cabe recordar, en este sentido, que el rock, que en occidente tan poco tardó en convertirse en un inmenso negocio, para la gente que vivía tras el telón de acero conservó durante mucho más tiempo aquel aura de libertad en su sentido más pleno. En esta segunda ilustración tenéis a los Beach Boys en el histórico concierto que ofrecieron en Praga en 1969. 
En una sociedad amordazada y encadenada por el totalitarismo más brutal, sólo los garabatos y el rock nos salvarán.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...