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viernes, 31 de diciembre de 2021

Restos de una larga temporada

 


Cuatro años de ausencia bloguera dan para muchas lecturas, demasiadas para reseñar, evidentemente, y también siquiera mencionar. Pero si quitamos aquéllas que no nos gustaron, aquéllas que no nos parecieron especialmente memorables, aquéllas que, sencillamente, no recordamos (cuando este blog entró en hibernación, dejé de llevar un registro de todas mis lecturas) y aquéllas que sí nos gustaron pero qué va a decir uno de ellas, pues nos queda una lista que sigue siendo muy larga.

Paréntesis: en estos cuatro años hemos asistido al nacimiento de una expresión que, al principio me pareció completamente estúpida, pero que, a medida que la gente la utiliza más y más, me parece estúpida a secas: lo suyo. Me refiero a frases como "lo suyo es servir primero los langostinos" o "lo suyo es sacar los polvorones del año pasado". Cierro paréntesis.

No obstante, dado que, para bien o para mal, este 2021 ya se acaba, y que todavía está uno tomando carrerilla para escribir entradas que justifiquen este regreso, lo suyo es hacer una de esas listas que le gusta a la gente, tan fáciles de escribir y de leer. Y lo suyo será hacerla con algunos de los libros que más me han gustado.

Nota: añádase a cada una de las siguientes nanoreseñas un "si no recuerdo mal".


La liebre de la Patagonia, de Claude Lanzmann

De Claude Lanzmann hablamos hace muchos años acerca de su impresionante Shoa. Estas memorias se extienden mucho y bien sobre la creación de esa película, pero también sobre su vida, sus amores, sus rencillas, su actividad en el maquis, y su relación con Sartre y Simone de Beauvoir, entre muchos otros.


En la ciudad líquida

Leer a la Rebón autora da tanto gusto como a la traductora. En este libro reflexiona sobre la traducción, sus viajes, sus autores favoritos. Lo leí este verano y me gustó mucho, pero, dada mi cada vez más enclenque memoria y mi propensión a recordar mejor las atmósferas que los datos, no recuerdo mucho más que páginas muy interesantes sobre Ecuador, San Petersburgo, Sergio Pitol y Nabokov. 


El conde de Montecristo

¡Oh! Esto son palabras mayores, esto es literatura al 200%, esto es volver a ser un catorceañero que se pasa el día tumbado leyendo, esto es vivir un libro con esa pasión que creíamos erosionada por los años. Qué gustazo.


Ronda del Guinardó

Una pequeña obra maestra que no me explico cómo no había leído hasta ahora. Juan Marsé nunca tuvo esas ínfulas literarias tan habituales en otros autores, y supongo que eso hace que, desde la distancia, su obra empequeñezca... hasta que la lees.


La tumba de Lenin

Impresionante libro de David Remnick, que asistió como corresponsal a los últimos años de la Unión Soviética. Me gustan los periodistas e historiadores que se mojan en sus opiniones, y este Remnick acaba empapado.


Historia de mis calles

El nombre del autor, tan normalito, me sonaba, pero no habría sabido decir si de columnista de El País, si de autor de libros de viajes, si dramaturgo o qué. Resultó ser un poco de todo, conocido sobre todo por sus novelas policíacas, género que sólo leo si viene de Alemania para arriba (lo siento, pero ver a detectives tomándose carajillos en el Bar Galicia no me pone). También conoció a fondo las entrañas de la editorial Bruguera. Y de eso habla, entre otras muchas cosas, en estas interesantísimas memorias, un excelente retrato de la Barcelona desde la guerra hasta nuestros días. 


La noche de los tiempos

No me cabe duda de que Muñoz Molina es una persona simpática y divertida. Pero me da la sensación de que, cuando escribe, se transforma y se convierte en una persona carente del más mínimo sentido del humor. Desde El invierno en Lisboa, que leí en mis años de universidad, todo lo que he leído de él tiene un aire más bien tristón que melancólico, de cuarentón desencantado de la vida. Es verdad que escribir sobre los prolegómenos de la Guerra Civil, la contienda y sus consecuencias no da pie a chascarrillos, pero creo que se trata de algo más profundo. En todo caso, estas mil páginas me encantaron.


Testamento de juventud, de Vera Brittain

Qué vida tan desdichada y apasionante tuvo esta señora, hija de familia bien, que decidió trabajar como enfermera durante la Primera Guerra Mundial. Y qué bien la narró.



Ellos: memorias de mis padres, de Francine du Plessix Gray

Unos meses, quizá un año o dos, después de esta lectura, al rememorarla se mezcló en mi mente con los libros de Angelika Schrobsdorff, Tú no eres como otras madres y Hombres, ambos extraordinarios también, y ambos, como Ellos..., publicados por Errata Naturae. Evidentemente, no es difícil confundir dos títulos como Hombres y Ellos, mientras que, por su parte, las memorias de su madre, Tú no eres..., tienen no poco en común con algunas páginas del libro que ocupa estas breves líneas. 

Añádase a la confusión el hecho de que, al igual que me sucedió con el señor Ledesma o la Schrobsdorff, jamás había oído hablar de esta señora. De hecho, ahora mismo no recuerdo muy bien a qué se dedicaba (¿moda, arte?), así que consulto a la señora wiki y veo que fue escritora y crítica literaria. Es igual. Estas memorias son una joya. Desde la Revolución Rusa (su madre, que estuvo prometida nada menos que con Mayakovski, fue una de las miles de personas que huyeron de los bolcheviques y se instaló en París) hasta el mundo del arte en Nueva York, el libro es (si no recuerdo...), entre otras cosas, una sucesión de puñaladas entre cónyuges que ríete tú del Burton y la Taylor.


Siguiendo mi camino

Mauricio Wiesenthal es uno de los últimos especímenes de una especie en extinción. Un hombre de cultura enciclopédica que ha actuado en cabarets, un espíritu tan inquieto como amante de la tradición, bohemio y refinado, un aventurero nato al que imaginamos pasando las noches junto al fuego de una chimenea. En este maravilloso libro nos habla de las canciones que han marcado su vida. Y después de cada capítulo toca buscar la canción en youtube. Se me hizo muy corto. 

Leed a Wiesenthal. Cualquier cosa que haya escrito.


Cualquier otro día, de Dennis Lehane

Un auténtico novelón situado en los años de la Ley Seca, por el que pululan gángsters, contrabandistas de más o menos monta, policías corruptos, jugadores de béisbol, mujeres fatales, sindicalistas de armas tomar, y políticos sin escrúpulos valga la repugnancia, entre otros. Muy buena.



Moonshadow, de J.M. de Matteis y Jon J. Muth

Y qué mejor que esta maravilla para concluir. Desde el primer momento, se convirtió en uno de mis libros favoritos de todos los tiempos. Moonshadow es eso que llaman una obra de culto, es decir, un libro del que el común de los mortales no ha oído hablar, y que fascina sin medida a casi todo aquél que lo lee. Casi. Porque siempre hay alguien que le tiene que ver los defectos, sin darse cuenta de que éstos lo hacen aún más grande. Que si pedante, que si sentimental, que si demasiado texto, que si irregular. Amargados.

Esa gigantesca esfera de rostro malicioso que veis en la portada es una especie de astro o planeta, y el niño que corre la cortina está a punto de embarcarse en la mayor aventura de todos los tiempos: crecer. Es decir, enamorarse, pasar miedo, ver cómo lo putean, lo secuestran, lo condenan a muerte, conocer a reyes y granujas de bajos fondos, vivir otras vidas, leer a los románticos, sufrir, recordar.

Raro, sí, con monstruos puteros que se tiran pedos y chica hippy secuestrada por un cuerpo celestial que la desposará, entre otros delirios. Pero creedme, todo tiene sentido. De hecho, todo es tan real como la vida misma de quien escribe esto. Y las ilustraciones son para enmarcar. 

En fin, me gustó tanto que me da miedo volver a leerlo.

Y con eso queda dicho todo. ¡Felices lecturas!



viernes, 30 de diciembre de 2016

Restos de temporada 2016


Parece que fue ayer, el tiempo vuela, no somos nada y por estas entrañables fechas vuelven, como cada año, los restos de temporada. Se trata, una vez más, de esas lecturas que este indolente bloguero no ha querido buscar tiempo para reseñar, aunque este año no están todas las que son. De las que están, algunas han sido grandísimas lecturas, mientras que otras simplemente han cumplido su cometido. Pero, en todo caso, ¿quién soy yo para negarles a unas u otras sus cinco líneas de gloria?


La princesa de hielo, de Camilla Läckberg

 El primero de la cuota de cuatro o cinco thrillers al año. Éste, que, si no me equivoco, es el primero de la señora Läckberg, me gustó mucho. Hace tic en todas las casillas de requisitos para un buen thriller.


Paciencia, de Daniel Clowes.

Éste ha sido, para mí, el año de la novela gráfica. Creo que habrán pasado por mis manos alrededor de treinta obras de este género, si es que puede hablarse de un único género, cuando sólo en el manga nos encontramos ya con una variedad inmensa, como vimos aquí.

Y así, tras la inolvidable lectura de Corto Maltés y alguna que otra más, la primera gran novela gráfica que cayó fue esta Paciencia, de Daniel Clowes.

Las obras de Clowes siempre llegan al límite, esa fina raya que separa la obra perfecta del "se ha pasao". A mi juicio, en esta obra no sobrepasa dicho límite, lo cual nos pone en la difícil situación de juzgar si se trata, en efecto, de una obra perfecta o no. Lamento deciros que no voy a dirimir la cuestión, pero sí os diré que, como casi siempre con Clowes, estamos ante una obra interesantísima, atractiva, que nos propone una nueva versión del viaje al pasado para cambiar el presente.



El lejano país de los estanques, de Lorenzo Silva

Y si leo thrillers, ¿por qué no leo alguno de un autor español? Lorenzo Silva es uno de los más reconocidos autores del género, y al igual que hice con Camilla Läckberg, decidí empezar por la primera novela de la serie con el sargento Bellacqua. Está muy bien escrito y construido, pero algo me dice que gustará más a suecos e islandeses. Esa urbanización mallorquina, esas discotecas en la costa, y esos detectives tan españoles me resultan demasiado familiares. Ya, ya lo sé, soy un cateto.

Eso sí, lo que no tiene desperdicio es lo que nos dice wikipedia: "la novela es una obra maestra en todos los aspectos".


Sigmund Freud, de Ralph Steadman

Pipa en mano, Freud nos mira desde una foto, rostro severo amigo de las preguntas muy, pero que muy personales. Como casi todos los señores severos, Freud tenía un gran sentido del humor, y además dedicó muchísimas páginas a explicar los mecanismos del chiste. De ello trata este libro, que además de recoger las ideas principales de Freud sobre el chiste, nos presenta una colección de momentos y anécdotas significativas de su vida, así como una serie de impresionantes ilustraciones.


Enemigos de la promesa, de Cyril Connolly

Éste es tan sólo uno de los tres volúmenes incluidos en Obra selecta, publicada por Lumen hará ya casi diez años, y que desde entonces esperaba mustia en la estantería. Connolly era uno de esos eruditos de Eton primero y Oxford después, hombre de conocimiento inabarcable que se dedicó a la crítica porque le faltaba ese je ne sais quoi necesario para la ficción. Bueno, no tanto je ne sais quoi como no me acuerdo de quoi, porque ése es precisamente uno de los temas de los que habla en este libro. También nos revela algunas de las nada agradables interioridades de las escuelas privadas británicas de principios de siglo, y habla mucho de literatura.

Fascinante, aunque, en ocasiones, quizá demasiado inteligente para quien esto escribe.


Dzhan, de Andréi Platónov

Platónov es una de mis deudas pendientes con la literatura rusa. En mi defensa puedo alegar que su obra no parece ser la niña de los ojos de nuestros editores, y que la edición en Cátedra de Chevengur, considerada su obra maestra, estaba lastrada por una traducción tan mala que no lo pude terminar.

Esta novelita titulada Dzhan es una pequeña maravilla. Nos cuenta la historia de Chagaev, un turcomano abandonado de niño por su madre en medio del desierto. Años más tarde lo vemos en Moscú, donde se casa con una mujer a la que no conoce, para darle un padre al bebé que está esperando. Su trabajo lo lleva entonces de vuelta al desierto del que procede, con la misión de hacer que el pueblo Dzhan abrace el comunismo. Magistral.


El rastreador, de Jiro Taniguchi

Taniguchi ha escrito auténticas obras maestras, de algunas de las cuales ya hablamos aquí. A su lado, El rastreador es una obra menor. El argumento es un poco rebuscado y difícil de creer, aunque, en principio, podría parecernos bastante más verosímil que el viaje al pasado de Barrio lejano. Pero ya sabemos que en ficción "verosímil" no es lo mismo que "creíble". En todo caso, leer a este maestro es siempre un placer, y sus ilustraciones son una gozada.



Una historia del mundo en 100 objetos, de Neil MacGregor

Un libro de lo más interesante y ameno. MacGregor observa, analiza y describe objetos tan conocidos como la Piedra Rosetta o el Rinoceronte de Durero, aunque en general prefiere centrarse en objetos mucho más"anónimos": unas monedas de la India, un azulejo coreano, unos elefantes de porcelana de Japón, una pipa de los nativos americanos, o incluso una tarjeta de crédito. La verdad es que las observaciones del autor son apabullantes, y uno se queda impresionado con la cantidad de observaciones sociológicas e históricas que es capaz de deducir a partir de un simple objeto. Una forma diferente de aprender historia.



El día de Julio, de Beto Hernández

Ésta sí es una obra maestra de las de verdad. Comparado siempre y de manera algo cansina con García Márquez, Hernández nos habla de algo tan sencillo, ja ja, como la vida, y lo hace, una vez más, desde el punto de vista de un pueblo situado en algún lugar entre México y Estados Unidos. A través de los ojos de Julio, vemos pasar la historia del siglo XX, en compañía, como es habitual, de una maravillosa galería de personajes, vulgares algunos, extraordinarios otros, con sitio para alguno terrorífico, y con episodios enigmáticos que parecen sacados de algún sueño lejano que nos suena vagamente. Soberbio.


Introducción a la mitología griega, de Carlos García Gual

Lo malo que tienen los libros tan buenos como éste es que uno aprende demasiado. Nos decimos tengo que seguir, no sé nada de mitología, voy a buscar más libros sobre el tema. Y como al final volvemos a nuestras lecturas habituales, este libro queda como una isla coronada por un volcán en medio del océano.


El cielo sobre Berlín, de Sebastiano y Lorenzo Toma

Un libro curiorísimo. Se trata de una adaptación de la inolvidable película de Wim Wenders situada en el Berlín actual. Los autores, padre e hijo, recogen muchas de las historias y personajes del original, y utilizan personas reales para crear sus preciosas ilustraciones, con uso de la tecnología y a partir de apenas cuatro colores. Indiscutiblemente, está a la altura de la película.


La familia Karnowsky, de Israel Yehoshua Singer

Llevo años esperando que alguien se decida a publicar las obras de Israel Yehoshua Singer, a quien su hermano, el gran Isaac Bashevis, consideraba su maestro. Hasta que la impagable Acantilado hizo realidad mi sueño, la única novela de este Singer publicada en español, Los hermanos Ashkenazi, considerada su obra maestra, llevaba años descatalogada y era, y sigue siendo, prácticamente imposible de encontrar.

La novela que nos ocupa es un auténtico novelón, una gran saga familiar de las que tanto gustan los autores yiddish. Singer nos cuenta los avatares de tres generaciones de una familia que deja Polonia para instalarse en la Alemania de los años 30, y de ahí se ve forzada a emigrar a los Estados Unidos. Una historia narrada con vigor, con unos personajes que saltan de la página, por los que, sin embargo, el lector siente más respeto que cariño, y con una prosa bastante más desprovista de filosofía y angustias religiosas que en las obras del otro Singer. Esperemos que Acantilado recupere más obras de este gran autor.


Dominion, de C.J. Sansom

Con este libro me lo pasé pipa. Tuve que vencer antes el rechazo que me provocan, por norma general, las ucronías, el qué hubiera pasado si, que con frecuencia me parecen más que nada un jueguecito de escritores sin ideas. Cuando están bien planteadas y construidas, sin embargo, como sucede con La conjura contra América, de Philip Roth, o esta Dominion, el resultado es no sólo fascinante sino que, por qué no, incluso tenemos la sensación de estar aprendiendo algo de historia.

La escena inicial, en la que, tras la muerte de Neville Chamberlain, no es Churchill sino Lord Halifax quien le sucede como Primer Ministro, marca ese instante en que entramos en la historia alternativa, y es sencillamente magistral. Nos agarra, nos promete horas de entretenimiento, y no nos suelta hasta habérnoslo demostrado. Un thriller de espionaje de más de seiscientas páginas que se leen en un suspiro. Quizá merecía un desenlace con algo mas de fuerza, pero, en todo caso, un thriller excelente.


La vida de los insectos, de Osamu Tezuka

Y cuando pensaba yo que la cumbre del manga era Taniguchi, me encuentro con Osamu Tezuka. 

Bueno, en realidad a Tezuka ya lo había leído en su impresionante Adolf, pero algo me dice que esa novela, o sus obras biográficas como Buda, magistrales como son, no constituyen, posiblemente, lo más representativo de este autor. Claro que, en un autor tan prolífico como Tezuka, que escribió unas 700 obras y realizó más de 60 películas, sería ridículo hablar de un único estilo representativo.

A Tezuka se le considera el Dios del manga, y servidor es un auténtico y fervoroso devoto de esa fe. En El libro de los insectos humanos nos presenta un personaje tan atractivo como odioso, en una de esas historias en que el lector se indigna con cada una de sus mentiras y traiciones. Pero lo que hace verdaderamente grande a Tezuka, y lo que revolucionó el manga de arriba abajo, son sus ilustraciones. A pesar de que, como podéis ver en la portada, no estamos ante un artista que destaque por su técnica en el dibujo, el uso que hace de las viñetas, o mejor dicho, la absoluta destrucción que inflige a la viñeta tradicional, lo convierte en un mangaka único cuyas creaciones, todavía hoy, casi treinta años después de su muerte, nos resultan frescas, originales, únicas y hasta prodigiosas.


Los frutos amargos del jardín de las delicias, de Monika Zgustova

En el mundo hay demasiados libros. Cuando terminé esta extraordinaria biografía de Bohumil Hrabal, debería haber salido corriendo a la bilioteca y coger todos sus libros. No lo hice, tonto de mí, supongo que porque tenía otra lecturas pendientes. En todo caso, se trata de un gran libro y la verdad es que nos revela a un Hrabal muy diferente del que imaginábamos.


NonNonBa, de Shigeru Mizuki

Otro sorprendente y casi inclasificable manga. Mizuki, con unos retratos cuyos rasgos exagerados e infantiles nos provocan una cierta antipatía inicial, nos cuenta la historia de cómo se convirtió en dibujante. Es, pues, una obra autobiográfica, en la que el autor mezcla sus recuerdos con los cuentos de fantasmas y las supersticiones que oía de su abuela, un personaje inolvidable. Genial y sutil. Y los personajes no se podrían haber retratado de otra forma.


Memorias, de Isaac Asimov

Terminada la lectura de estas memorias, el lector tiene la sensación de conocer perfectamente a Asimov. ¿Es ése el objetivo de unas memorias? No lo sé, pero sí me quedé con la impresión de que el autor es mucho menos interesante que cualquiera de sus creaciones. A veces sucede que las obras más fantásticas, imaginativas y trufadas de increíbles aventuras fueron escritas por personas cuya vida personal no tuvo el más mínimo interés. En honor a la verdad, sin embargo, hay que decir que el propio Asimov, quien, por otra parte, desconoce la falsa modestia, admite desde el primer momento que la suya fue una vida bastante normalita, tirando a aburrida. Su sueño de infancia, nos dice, era tener un pequeño kiosko de prensa en una estación del metro de Nueva York, a ser posible con muy escasos clientes, donde pasarse las horas muertas leyendo.

La lectura y, sobre todo, la escritura fueron las grandes pasiones de su vida, mucho más que cualquier otra pasión humana, y, hasta el fin de sus días, su gran obsesión fue llegar hasta los tropecientos libros escritos. Y tropecientos significa más de quinientos.

El libro, en todo caso, si no apasionante, es de una lectura sencilla, agradable y a ratos hasta entrañable.


Un asesinato musical, de Batya Gur

De esta autora israelí he leído varios de sus thrillers. Como me sucede con los autores del norte de Europa, el escenario de la historia, los paisajes, y las circunstancias políticas e históricas del lugar me atraen tanto, si no más, que el propio misterio (y eso es lo que me temo que juega en contra de Lorenzo Silva). Esta novela, sin embargo, parece un calco de Un asesinato literario (quizá el título debería haberme advertido), y muchas páginas antes del desenlace sabemos cómo va a acabar. Y el escenario, los paisajes y las circunstancias bla bla bla no llegan a compensar.



Los príncipes valientes, de Javier Pérez Andújar

Este tío me cae bien desde que los de siempre la tomaron con él por el pregón de las Fiestas de la Mercè. Su nombre me sonaba, pero apenas sabía nada más de él. El dato, no obstante, fue suficiente para ganarme. Los enemigos de mis enemigos son mis amigos.

En este libro, Andújar nos habla de su infancia a la vera del Besós, de sus lecturas, de la historia de aquellos años a caballo entre la agonía del caudillo y la incipiente y frágil democracia, y de la vida de las familias de obreros que conforman la población mayoritaria en San Adrián del Besós. Todos sabemos que una obra muy localizada en un punto geográfico y en un momento histórico puede ser relevante para un lector en la otra punta del mundo cien años más tarde, pero no sé si esta obra tiene lo que hace falta para conseguirlo. Tampoco sé si eso le importa al autor. En definitiva, lo pasé bien, pero sospecho que se trata de un placer algo efímero.


Cuadernos rusos, de Igort

Qué gran libro y qué mal se le queda a uno el cuerpo. Igort indaga sobre los últimos años en la vida de Anna Politkóvskaya, para lo cual se adentra en la historia de la guerra de Chechenia. Demoledor, deprimente, brutal y con algunas escenas absolutamente inhumanas. Le dan a uno ganas de gritar qué triste es ser ruso.


El pájaro azul, de Takashi Murakami

Y para obras desgarradoras, ésta. Qué queréis que os diga, esta terrible tragedia, que nos deja secos los conductos lacrimales, me ha parecido una obra maestra. Murakami nos relata, con soberbio talento narrativo, gran sensibilidad y nada de sentimentalismo, una historia donde tenemos la muerte de un hijo, un padre enfermo de alzheimer, y un cónyuge en estado vegetativo. Y por increíble que parezca, la sensación que nos invade al final de la lectura es de alegría y ganas de vivir.



Sangre y pertenencia, de Michael Ignatieff

Un libro sobre el nacionalismo y que tiene un cerdo en la portada. Comprenderéis que no pude resistirme. No obstante, no van por ahí los tiros. Ignatieff, en este excelente ensayo escrito a mediados de los 90, analiza seis ejemplos de nacionalismo. No, no habla de tu aldea, que en aquella época era, para el resto del mundo, tan irrelevante como ahora. Aquí tenemos los casos de Ucrania, Yugoslavia, Irlanda del Norte, Kurdistán, Quebec y Alemania, con la entonces reciente unificación. 

Ignatieff distingue entre nacionalismo étnico y cívico, y demuestra por qué ambos términos son antónimos. Está escrito con lucidez y sin amagos de imparcialidad, pues desde el primer momento, el autor, cosmopolita por naturaleza y por elección, se declara favorable al segundo tipo de nacionalismo. 

Los que aborrecemos el nacionalismo a menudo pensamos que sabemos todo lo necesario para justificar nuestra postura. Ignatieff nos demuestra que no.


Hacer cómics, de Scott McCloud

A pesar de lo que diga el título, este libro es mucho más que un manual para dedicarse al cómic. Es una interesantísima introducción al lenguaje de un medio que los recién llegados a menudo no sabemos interpretar. Abarca todos los aspectos de la novela gráfica, desde todos los puntos de vista, y con referencias a un sinfín de obras y autores, de quienes tenemos citas y dibujos a porrillo. McCloud es un tipo bastante modesto, y da la impresión de que no tiene en gran estima sus propias obras. Pero si tienen un ápice de la creatividad, agudeza y desparpajo que muestra aquí, bien vale la pena echarles un vistazo.



Bárbara, de Osamu Tezuka

Otra obra maestra de Tezuka. Si el personaje femenino de El libro de los insectos humanos era detestable, el de este libro, Bárbara, es mucho más ambiguo. Bárbara, jovencita descocada y alcohólica, entra para  quedarse en la vida del protagonista y narrador, un escritor de gran éxito y prestigio que se halla en la cima de su carrera. Naturalmente, esa cima está en una montaña que por el otro lado se precipita al abismo. Profunda pero ágil reflexión sobre la creación, el arte, la inspiración y los demonios que atormentan al artista. Una auténtica gozada.


La cursiva es mía, de Nina Berberova

Interesantísimas memorias de una escritora rusa no excesivamente conocida y muy poco prolífica. Creo que merecerá una reseña.

Y por este año se acabó lo que se daba. ¡Feliz Año Nuevo y más felices lecturas!




lunes, 21 de diciembre de 2015

Restos de temporada 2015




Corroído por la impaciencia, a la espera del momento en que yo mismo me dé un empujoncito y termine de una vez mi última entrada Proustiana, aquí os dejo, de momento, unas más que brevísimas impresiones del resto de mis lecturas, en las que incluyo las buenas, las malas y las regulín. No sé si este año puedo hacer algún tipo de balance, porque al lado de don Marcel todo empequeñece, qué se le va a hacer. Hasta el número de lecturas es sensiblemente menor que otros años, algo que, por otro parte, me preocupa muy poco. Más me preocupa, sin embargo, la tendencia a olvidar todo aquello que no reseño inmediatamente, así como los límites de mi paciencia, que cada vez me parecen más próximos. ¿O quizá no debería preocuparme?


Red earth and pouring rain, de Vikram Chandra

Comencé el año lector con mal pie. Este libro lo compré durante mi lejano viaje a la India, y llevaba, por lo tanto, sus buenos veinte años esperándome en la estantería. La verdad es que esta historia narrada en parte por un mono gramático empieza bien, muy bien, hasta que se mete por caminos y vericuetos que no recuerdo muy bien, precisamente porque no me engancharon. Y es que, como ya os he dicho, cada vez tengo menos paciencia. Cosas de la edad. No obstante, releyendo resúmenes de su argumento y elogiosas críticas, no descarto darle otra oportunidad.
 
Luego vino una pequeña racha Turguéniev, con Rudin,


Mumu,

y Primer amor.


Leí las tres en ruso, lo cual tiene su lado bueno y su lado malo. Por una parte está el gozo y el orgullo de leer a un clásico ruso en el original y entender el setenta y cuatro por ciento. Por otra parte, ese ventiséis por ciento que se queda por ahí no deja de resquemarnos. Naturalmente, la única manera de reducir el procentaje es seguir dale que te pego con el ruso. Se intentará.

Por tanto, tengo poco que decir de estas novelas. De ellas, la que me ha dejado un recuerdo más vivo es sin duda Rudin, la más extensa de las tres y la primera que publicó el autor. Turguéniev nos presenta en esta historia a un personaje muy interesante, acerca del cual el lector no acaba nunca de formarse un juicio claro. Rudin es uno de esos abundantes ejemplos en la literatura rusa de "hombre superfluo", lleno de ideas y planes, pero prisionero de su incapacidad para llevarlos a cabo. Se le ha comparado con Pechorin, el protagonista de Un héroe de nuestro tiempo, y lo cierto es que tanto el personaje como algunos aspectos de la trama nos recuerdan a la gran obra de Lérmontov. Ese setenta y cuatro por ciento lo disfruté hasta la última centésima.



El derrotista, de Harvey Pekar

Muy buena novela gráfica de un autor que desconocía, aunque su estilo nos resulta tan familiar como el de Will Eisner. Pekar nos cuenta aquí su vida y su camino de adolescente mamporrero a señor dibujante.


De profundis, de Oscar Wilde

Wilde escribió esta obra durante su reclusión en la cárcel de Reading, a donde fue condenado por conducta indecente. Haciendo acto de contrición y dirigiéndose a su compañero de indecencias, don Óscar escribió un libro maravilloso, profundo y estremecedor. Preparo entrada sobre ésta y otras obras escritas desde la trena.



El prisionero del Cáucaso, de León Tolstoi

Lo mejor del kindle es el acceso fácil y gratuito a centenares de clásicos en lengua original. Y en ruso, Tolstoi es de los autores más accesibles, máxime si se trata de una de sus historias breves. El título de esta obra fue utilizado primero por Pushkin, que centró su poema en la historia de amor entre el prisionero y la chica caucasiana. Tolstoi, por su parte, nos habla más del choque entre culturas, y percibe el Cáucaso, como vimos en mi entrada anterior, como una tierra de salvajes necesitada de que Rusia tenga el detalle de civilizarla. Incorrecciones políticas aparte, se trata de un relato inolvidable, que no ha perdido un ápice de popularidad ni, desde luego, de relevancia. El reciente conflicto checheno dio ocasión a Vladimir Makanin, hace unos años, a publicar un relato con el mismo título.


 The fall of the stone city, de Ismail Kadaré

Las novelas de Kadaré se mueven entre la ficción, la historia reciente de Albania, y lo onírico, y ésta no es una excepción. Trata, entre otras cosas, de las vueltas de tortilla que da el totalitarismo en esos momentos cruciales de la historia, y es una novelita fascinante que nos deja, como acostumbra Kadaré, con esa sensación de que sólo una relectura nos ayudará a penetrar hasta el verdadero meollo.


La saga del Rey Harald, de Snorri Sturlusson

No todas las sagas vikingas son igual de amenas. Algunas pueden hacerse francamente farragosas, y sólo su interés histórico las salva para el lector actual. Ésta, sin embargo, es de las que nos hacen disfrutar. Reyes llamados Harald y reyes llamados Harold en un libro de gran interés para entender la historia de... Inglaterra.



Pasaje de las sombras, de Arnaldur Indridason

Con Indridason siempre me lo paso pipa, y esta novela no es una excepción. Si la memoria no me falla, estamos de nuevo ante un asesinato que tuvo lugar hace muchos años, lo que parece un rasgo común de muchas de las novelas del islandés.



The secret history, de Procopio

Literatura bizantina. Ahí es nada. Me atrajo este autor desde que leí las constnates referencias que Asimov hacía a él en su historia de Constatinopla. Esperaba, la verdad, unas descripciones más detalladas de los desmanes y la depravación del emperador Justiniano y su señora Teodora. Con todo, uno aprende, y la historia vuelve a cobrar vida ahora mismo, cuando estoy leyendo a Gibbon y su Decadencia y caída del imperio romano.


Por amor a Judit, de Meir Shalev

Tenía muy buenas referencias sobre este autor israelí, considerado uno de los grandes, pero la verdad es que tuve que hacer un gran esfuerzo para terminar esta novela. Si es que la terminé, que ya ni me acuerdo. Parece que el realismo mágico no prende en Oriente Medio. Tras un interesante comienzo, la historia de esta mujer y sus amores, junto con las excentricidades y leyendas del resto de personajes, todos ellos repletos de buen rollo, se me hizo tediosa, tediosa.


El misterioso caballero del libro sagrado, de Antón Dochev

Un ejemplo perfecto de lo que pasa cuando leemos una novela única y no pasamos a reseñarla inmediatamente. Se queda ahí, en el fondo de la memoria, donde sus rescoldos humean durante un tiempo hasta que se apagan y acaban convertidos en ceniza. Pero va, intentemos reavivarlos. ¿Qué es lo que hace de esta novela algo único? Pues que está escrita por un autor búlgaro. Aparte de eso, el trasfondo histórico, con las persecuciones de herejes en la Europa del siglo XIII, con un monje bastante sádico y un narrador que tiene un plazo de quince días para contar la historia, es muy interesante, aunque quizá habría agradecido un ritmo más sosegado.


Mister Wonderful, de Daniel Clowes

Una novelita que se lee en un suspiro. Historia sencillita y relativamente conmovedora, en la que lo verdaderamente destacable son las ilustraciones. El formato es más ancho que alto, con el juego que eso da.


El jardinero de Sarajevo, de Miljenko Jergovic

Excelentes relatos del gran autor bosnio, que, no obstante, me gusta (aún) más en su faceta de novelista. Breves escenas y pequeñas instantáneas que condensan toda la tragedia de una tierra que sólo ahora parece empezar a conocer la paz.


Swan song, de Edmund Crispin

Cuando servidor tiene un gatillazo lector con un autor que me "debería" gustar, tiendo a achacarlo a una lectura deslavazada o a haber elegido un mal momento. Quizá fue eso lo que me sucedió con este libro. En todo caso, fue una pequeña decepción. No le pillé la gracia, y el interés del misterio me pareció bastante limitado.


Jerusalén. Un retrato de familia, de Boaz Yakin y Nick Bertozzi

Esto sí. Palabras mayores. Novelaza gráfica, historia épica, personajes que saltan de la página, escenas desgarradoras. Tres euritos me costó esta joya en el Mercado de San Antoni, y me proporcionó unas cuantas horas de gran placer. 


Dangling man, de Saul Bellow

Me dio la impresión de estar leyendo una versión desechada de Herzog. Boceto de obra maestra, pues, lo cual significa que es muy recomendable, pero que tampoco hay que hacerse excesivas ilusiones.


Años de vértigo, de Philipp Blom

¿Qué mejor libro para acompañar mi lectura de Proust? Blom nos hace aquí un retrato de los grandes cambios sociales, artísticos, científicos o económicos que se obraron en occidente en los años previos a la Gran Guerra, y lo hace tan bien y uno aprende tanto sobre tantas cosas que al final no habrá más remedio que dedicarle una entrada. Si lo hago, será una de esas entradas que me obligan a pasarme días enteros investigando y paladeando el gustito que dejó la lectura.


Gone girl, de Gillian Flynn

Todo lo que le pide uno a un thriller. Empezar a leer y no poder soltar el libro. No es gran literatura, desde luego, pero, en su género, cumple con creces.


El camino blanco, de John Connolly

 Y todo lo que me dio Gone girl (en español, Perdida), me lo negó Connolly. Demasiada brujería, demasiados fantasmas y, con tantos personajes cuyas historias se han ido narrando en libros anteriores, demasiada sensación de estar en una fiesta donde todos se lo pasan muy bien menos tú, que no conoces a nadie.


We were the Mulvaneys, de Joyce Carol Oates

Este novelón me sirvió para estrenarme con Oates, algo que, dada la ingente producción de esta autora, resulta paradójicamente difícil. Y fue un estreno muy feliz, porque se trata de una novela excelente. La historia de una familia ejemplar y envidiada que un día queda marcada por la tragedia, momento a partir del cual comienza su lenta pero irremisible caída. Magistral retrato de la familia, institución que, manque Tolstoi diga lo contrario, un día puede ser feliz y al siguiente hundirse en la desgracia.


La balada del norte, de Alfonso Zapico

No debería estar permitido publicar el primer tomo de esta obra sin tener el segundo ya en la imprenta. La revolución de Asturias, narrada por el gran Zapico. Gran historia y mejores personajes. Extraordinaria.


Bring up the bodies, de Hilary Mantel

Una de mis grandes lecturas del verano fue Wolf Hall. Pues bien, ésta es la segunda parte, y es más interesante aún, si cabe. El lector ya está familiarizado con el estilo de Mantel, y puede aquí disfrutar de la perfidia de Ana Bolena, sabedor del fin que le espera. Thomas Cromwell sigue haciendo de las suyas en la corte de Enrique VIII, maquinando, manipulando y de la hipocresía haciendo virtud. Una gozada.


Vientos de cuaresma, de Leonardo Padura

Me apetecía otro thriller, y me incliné por el cubano Padura, consciente de que ninguno de sus libros se acercará a esa maravilla titulada El hombre que amaba a los perros. El detective Mario Conde, encoñado entre pista y pista.


My life, de Benvenuto Cellini

Menudo personaje fue Cellini, y qué libro de memorias tan grande nos dejó. Si no me he lanzado a escribir la reseña ha sido, como de costumbre, por miedo a empezar a explorar esa época y no salir de ahí nunca. El poder de los Médici, el cariño de los papas, las técnicas de escultura, los mandobles y estocadas que el autor arreaba a todo aquél que se ganara su desprecio, junto con la arrolladora personalidad del autor y su entrañable falsa modestia, hacen de este libro una lectura no siempre fluida, pero sí absolutamente memorable.

Y se acabó lo que se daba. Si no nos leemos antes de Nochevieja, os deseo a todos una feliz Navidad y unas prósperas lecturas.


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