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viernes, 14 de diciembre de 2012

Lecturas medievales


Inmerso de lleno en un festival de epopeyas y gestas, me dije si no iba siendo ya hora de lanzarse desfiladero abajo hacia Roncesvalles, y ver en qué líos anduvieron metidos Roldán, Oliveros, Ganelón y los perversos sarracenos.

Todos habéis visto alguna película de serie B (a veces, incluso A) en la que alguien, normalmente un espía o un perseguido, cruza la frontera de Francia a España y, no bien ha descendido los Pirineos, se encuentra con guitarristas flamencos tocando a la puerta del cortijo, y altivas morenazas con vestido de volantes y bucle pegado a la frente, que, entre baile y baile, atienden a los clientes de una lánguida taberna. Pues bien, digamos que algo parecido ocurre en el Cantar de Roldán, aunque aquí no haya ni un solo toreador.

Podría pensarse que quien escribió el Cantar, o quien transcribió el manuscrito, no tenía muchas nociones de geografía española, y no había visto a un sarraceno (iba a decir moro, como en moros y cristianos; no esperaréis que diga aquí un magrebí) ni en pintura. Yo, sin embargo, me inclino por pensar que estamos ante una versión medieval de lo que hoy en día se conoce como "localización de productos", es decir, la adaptación de un determinado producto a un mercado específico. Porque el Roldán que un anglonormando llamado Turoldus, que a la sazón quizá residía en Oxford, decidió recoger por escrito entre los años 1087 y 1095 distaba en algunos aspectos fundamentales del que se conocía en nuestras tierras. Esto es lo que se puede deducir de la famosa Nota Emilianense, descubierta por Dámaso Alonso en 1950. En dicha Nota, una mera glosa al margen del Códice Emilianense, se ofrece una especie de resumen de la leyenda. A diferencia del texto de Oxford, en la Nota se observa que los añadidos del "flamenco y las sevillanas", así como de algunos personajes como Ganelón, fueron fruto de la imaginación de otros juglares, o quizá del propio Turoldus.

Como muy bien nos indica Martín de Riquer, el populacho español se hubiera descuajeringado de risa ante unos sarracenos con nombres como Falsarón, Esperverís o Blancandrín, que adoran a una Santísima Trinidad formada por Mahumet, Tervagant y Apollin, y ante una ciudad de Córdoba que se encuentra a tan sólo un par de días de camino de los Pirineos. Sin embargo, todos ellos, habréis de convenir, eran topicazos y toques de exotismo irresistibles para los ancestros de nuestros guiris de Lloret.

Ocho escenas del Cantar de Roldán

Este aderezamiento del Cantar con la propia cosecha de cada juglar hizo que, en el imaginario colectivo, se convirtiera en una inolvidable y heroica gesta que marcó el curso de Europa lo que en relidad no fue más que una mera escaramuza sin apenas relevancia ni consecuencias. Del mismo modo, y por citar sólo un par de ejemplos, no hay documentos que atestigüen que Roldán era sobrino de Carlomagno, y parece ser que su inseparable Oliveros nunca existió, por lo menos no en tiempos de Carlomagno. Por tanto, si el Cantar de Roldán es la obra inmortal que es, no se debe a su valor como documento histórico, sino a su calidad literaria. De nuevo nos encontramos ante lo que, cada vez más, se me antoja literatura en estado puro: aquella que era capaz de cautivar a una plebe analfabeta.

La edición del gran erudito y medievalista Martín de Riquer nos regala además interesantísimos comentarios y notas que van de la etimología a los problemas de traducción, pasando por la enorme variedad de armas arrojadizas que existían. Ya la introducción, por su parte, consigue no sólo iluminar y hacer aún más atractiva una obra de por sí fascinante, sino que además, por lo menos con servidor, hace que en todo momento el lector relacione el Cantar, de una forma u otra, con nuestro siglo XXI.   
A modo de ejemplo, de Riquer nos indica que, hacia el año mil, la popularidad de Roldán y el semificticio Oliveros como héroes de la gesta era tan grande que sus nombres eran el último grito en nombres para niños, y se tiene constancia (lo cual indica que probablemente eran cientos, si no miles)de decenas de parejas de hermanitos con estos nombres. ¿Os suena?

-¡Qué guapo es! ¿Y cómo se llama?
-Roldán.
-¡Uy! Pues ahora tenéis que ir a por un Oliveros.

 Qué poco hemos cambiado, qué marujones hemos sido siempre.

 Carlomagno llorando a Roldán

El carácter de obra recitada me ha parecido mucho más palpable en este Cantar que en otras, de tal modo que uno visualiza perfectamente esa plaza del pueblo abarrotada, llena de gente harapienta que se permite un lujo al año y olvida por un par de horas el arado, bebiendo las palabras de ese señor que traía un poco de entretenimiento. En ocasiones un mismo párrafo, con ligeras variaciones, se repite tres y hasta cuatro veces, para que lo oigan de todos los lados. Se advierte también que los gustos populares han cambiado muy poco en los últimos mil años, y lo que a la gente de verdad le gustaba no eran las florituras literarias, si no la acción. Kiarostami está muy bien, pero la gente prefiere Chuck Norris. Así, la historia del Cantar de Roldán, como tantas otras epopeyas, es de una gran sencillez: una traición, una batalla y una derrota, pero, una vez más, en esta sencillez radica su encanto y su fascinación. Buenos y malos, siniestros planes, envidiosos hijos bastardos, armaduras, lorigas, olifantes, descuartizamientos y muchos, muchísimos sesos reventados.


Nos dice Montanelli que tenía la sensación de que su Historia de Roma había terminado de un modo un tanto precipitado, y que por ello se decidió a explicar con más sosiego la caída del Imperio Romano y la transición a la Edad Media. Para ello, nos explica, se agenció a Roberto Gervaso, antiguo alumno suyo moldeado a su gusto, quien, hoy reconocido escritor y periodista, en esta obra parece haber sido poco más que el zapador personal de su maestro. Porque Historia de la Edad Media es Montanelli en estado puro, es decir, una narración clara, amena y apasionante de una época confusa, caótica y, probablemente, de las peor conocidas por el gran público.

La verdad es que a veces da gusto ser un completo ignorante sólo por el placer que produce salir de esa ignorancia de la mano de Montanelli. Pues yo, como muchos otros, tenía una visión de la caída del Imperio Romano en la que la ciudad de Roma, tras un interminable asedio por parte de los bárbaros Alarico y compañía, se hundía por fin y era saqueada por aquellos paganos barbudos. Pero resulta que no, que el proceso tuvo más de gradual integración de vándalos, alanos, godos (los visi y los ostros), o longobardos entre la población, ejército e instituciones romanas, que de ataque y derribo fulminante.

Ahí está, sin ir más lejos, la historia de Estilicón, una de las más memorables del libro. Este hijo de vándalo y romana, uno de los más valientes y leales soldados del ejército romano, llegó a general, puesto que ocupó durante veinte años. Tanta era su influencia que el emperador decidió emperentarse con él, casándolo con su sobrina. Sin embargo, sus orígenes bárbaros, su profesión del arrianismo (la herética doctrina cristiana que sostenía que Jesús era hijo de Dios, pero no Dios en sí mismo), así como el hecho de que hasta en cuatro ocasiones (y de manera un tanto sospechosa, es cierto) dejara escapar con vida a Alarico, lo convirtieron en la víctima ideal de envidias, rumores, sospechas y falsas acusaciones. Condenado a muerte de manera precipitada y traicionera, Estilicón aceptó el castigo con exquisitos valor y nobleza, fiel al Imperio Romano hasta el final.


¡Que responda el acusado!

Con Montanelli uno se entera de una vez de cómo la Iglesia fue convirtiéndose paulatinamente en la autoridad más poderosa de toda Europa, de qué era aquello de los Imperio de Oriente y Occidente, o de cómo nació el canto gregoriano. El lector paseará por una Roma que de gloriosa capital del imperio ha pasado a ser casi un arrabal de apenas 25.000 almas, asolado por pestes, hambre y bandidos. Hay capítulos dedicados a Atila, Gala Placidia, Justiniano, Carlomagno y Mahoma. La sección dedicada al nacimiento y expansión del Islam no tienen desperdicio, aunque, de seguir hoy vivo, Montanelli se estaría jugando el pellejo. Esta irreverencia, no obstante, no conoce límites, y hay que decir que don Indro se despacha a gusto con la descripción que nos hace de la interminable sucesión, salvo honrosas excepciones, de papas puteros, ladrones y golafres, y que hizo del papado una institución sumida en la corrupción más abyecta imaginable. Esta decadencia alcanzó su punto álgido con el juicio al Papa Formoso.

Formoso llegó al pontificado tras una carrera repleta de polémicas, acusaciones y excomuniones , es decir, nada fuera de lo normal. Lo bueno llegó seis meses después de su muerte, cuando Esteban VI, sucesor de su sucesor (no duraban mucho), decidió exhumar el cadáver y someterlo a juicio. En lo que ha pasado a la historia como el Concilio Cadavérico, revistieron el cadáver de Formoso de sus ornamentos papales, lo sentaron (con mucho cuidado, eso sí) en el trono y se procedió al juicio. Tras presentar una pobre defensa, Formoso fue declarado culpable. Se declaró nula su elección y todas sus ordenaciones como Papa.

El saqueo de Roma por Alarico

Como ya sucedía con el anterior libro de Montanelli, sería imposible hacer un resumen del resumen. Tal condensación de datos, sin embargo, no deja de tener consecuencias. En un par de ocasiones, el lector se siente aturdido ante la sucesión de emperadore, papas y reyes que se matan unos a otros. Pero entonces el bueno de don Indro nos dice:

El lector probablemente se haya perdido en este caos. Consuélese pensando que toda Europa también se había perido en él.

 Esta Historia de la Edad Media, una más en la larga serie de libros de historia que escribió este gran peiodista (a ver si deBolsillo se anima a ir publicando más) nos abre el apetito para lanzarnos de una vez a por Gibbon, y recrearse con más tranquilidad en aquellos apasionantes siglos.
En suma, diversión a raudales con el mejor Montanelli. Se dice que una buena novela ha de atrapar al lector desde la primera línea. Don Indro abre este libro de historia con el capítulo "Los hunos a la vista":

La historia de Europa empieza en China.



Todo esto me sonaba, pero no llegaba a hacerme una idea  de cómo era en realidad. Ya sabéis, esa historia de que los trovadores se enamoraban de una dama, que podía perfectamente ser una respetable señora casada, y se ponían a escribirle canciones a go-gó, sin esperar de ella más que una sonrisa cada dos meses, y que de esta guisa nació el amor cortés. Y resulta que sí, que era exactamente así.

Pero empecemos por aclarar algunos conceptos. Trovador y juglar pueden parecer lo mismo, pero no lo son. El trovador escribía canciones (nunca "poemas" ni "poesía") que podían clasificarse en tensones, coplas, descorts o sirventeses, entre otros. Por su parte, el juglar era quien las interpretaba. Naturalmente, existían los cantautores, es decir aquéllos que "trovaban" con gran arte y donaire, y que un día, quizá, decidían "ajuglararse" (¡qué maravillosos verbos!).

Un día a alguien, probablemente al trovador Uc de Sant Circ, se le ocurrió recoger todas las hermosas canciones que conocía. Nacieron así los cancioneros, en los que el compilador no sólo recogía canciones, sino que también ofrecía un esbozo biográfico de sus autores. El candor de estos apuntes biográficos no tiene precio, y lo que este encantador y divertidísimo libro nos ofrece es precisamente la colección de todas  las "Vidas" de aquellos trovadores de lengua provenzal. Algunas de estas vidas son tan breves como ésta:

Aimeric de Sarlat fue del Peirigord, de un rico burgo que se llama Sarlat. Y se hizo juglar. Y fue muy sutil en decir y en entender, y llegó a trovador; pero sólo hizo una canción.

Mientras que otras pueden ocupar varias páginas. En la mayoría de las ocasiones, la "vida" concluye con el primer verso de la canción que el juglar procedía a intepretar:

...y se elegantizó mucho, y entonces hizo esta canción que oiréis, que dice:
Había dejado de cantar por la pena y el dolor


Hace unos años leí la descomunal La novela de Genji, escrita en Japón por Murasaki Shikibu un par de siglos antes que los tensones y sirventeses que nos ocupan. Genji es una absoluta, apabullante e interminable obra maestra en la que, aparte de las intrigas de la corte, se nos cuentan, sobre todo, decenas de historias de amor, del amor entre un hombre y una mujer, con todos sus matices, absurdos, ideales, engaños, rencores y sueños. Pero, se me antoja, la señora Shikibu se dejó un tipo de amor fundamental, y creó así un hueco que, en el otro lado del mundo, trovadores y damas se encargarían de llenar: el amor inmaduro, adolescente (o seáse, infantil), el amor idealizado hasta el ridículo, ese amor que mis cuarenta y tantos tacos y este descreído siglo XXI me impiden recordar sin cinismo.

Quizá exagero un poco, pero lo cierto es que, al leer las vidas y "razós" (es decir, "razones", que también constituían el Cancionero, y que eran una especie de exégesis de las canciones) de estos trovadores, no he dejado de acordarme de los líos del instituto, de mis saltos al cielo por haberla pillado mirándome, de mis descensos al infierno por haberla visto hablando con otro, de ésta que ya no se habla con aquélla porque la susodicha le ha felicitado a ése por su cumple antes que ella.

Porque uno imaginaba que la vida sexual en la Edad Media sería bruta, sucia, animal, sin tonterías ni tiempo para el "foreplay", y sin embargo:

... pero una vez, cuando se despedía, él la besó en el cuello y ella se lo toleró amorosamente, y él vivió mucho tiempo con gran alegría por aquel placer.

A mí la alegría por el placer de ver una teta en una peli de Esteso y Pajares no me llegaba a una semana.

Y hay escenas todavía más subidas de tono:

...pero yo le oí decir a ella, cuando ya era monja, que si él hubiese ido a verla, le hubiera concedido placer hasta el punto que le hubiera consentido que le tocara la pierna desnuda con el reverso de la mano.

Escuela de trovadores, tapiz del s. XV

Sin embargo, la pasión que arrebataba a estos trovadores podía en ocasiones alcanzar tintes macabros que nada tienen que envidiar al juicio del papa Formoso, como nos demuestra la historia de Guilhem de la Tor:

Y ocurrió que ella se murió, por lo que él tuvo tanta tristeza que enloqueció, y creía que se fingía muerta para separarse de él. Así que la dejó diez días y diez noches en la tumba. Y cada noche iba a la tumba, la sacaba fuera y contemplaba su rostro, besándola y abrazándola, y le rogaba que le hablase, y le dijese si estaba muerta o viva...

Y de éstas todavía hay más, como la historia de Guillem de Cabestany, cuyo corazón un noble muy celoso le hizo arrancar para dárselo bien guisado a su señora esposa, objeto de las canciones de Guillem.

La mayoría de las historias, no obstante, tienen un aire vodevilesco, de juegos, líos y enredos, que nos recuerdan al Decamerón y que, como dice Martín de Riquer, "inauguran la narrativa breve románica y (...) ocupan un lugar primordial en la historia de la novela moderna."

"... Era muy gallarda, instruida, amable y hermosa; y tuvo grandes deseos de prestigio y de que se hablara de ella lejos y cerca, y de tener amistad y familiaridad con las damas y los hombres importantes..."

jueves, 20 de septiembre de 2012

Historias a la romana


Siempre me ha gustado la prosaica y muy verosímil explicación de la leyenda de Rómulo y Remo, según la cual los dos gemelos no fueron amamantados por una loba sino por una puta (también llamada lupa en latín; de ahí nuestro lupanar). Montanelli, sin embargo, no va tan lejos, y nos dice que si los muchachos del barrio la llamaban loba era debido a su "carácter salvajino" y las muchas infidelidades que le propinaba al bueno de su marido. Informaos por ahí y veréis, no obstante, que la polémica sobre el honor de la señora Acca Laurentia no está del todo cerrada.

 Acca Laurentia, escultura de Jacopo della Quercia 

El reto de resumir la historia de Roma en unos pocos centenares de páginas, de una manera clara y amena que nos mantenga horas y horas atentos a las correrías de Silas, Agripinas, Marciales o Salustios lo superó Montanelli con creces. El absurdo reto de hacer un resumen del resumen, ni se me pasa por las meninges aceptarlo. Sencillamente, este libro es una maravilla por las razones ya mencionadas y porque, además, consigue algo que pocos libros (bueno, tampoco he leído tantos al respecto) habían conseguido: que este lector entienda lo que le cuentan y, cuando no entiende algo, se debe probablemente a que no es tan importante. Por fin, casi treinta años después de terminar secundaria, puedo decir algo sobre los etruscos, Aníbal, los idus de marzo, o ver un cuadro del rapto de las sabinas y saber de qué me están hablando.

El picassiano rapto de las sabinas

Huelga decir que entender no es lo mismo que absorber. Una vez hemos terminado esta aventura de más de mil años, pocos datos concretos podemos recordar. La gran virtud de este libro, sin embargo, es que consigue como pocos que el lector se lance a por otros relacionados con el tema. Verbigracia:
  

Me uno al coro de lectores e historiadores que, a lo largo de la historia, han lamentado la pérdida de casi la mitad de los libros de que constaban los Anales originalmente. Estos libros perdidos cubrían la vida y milagros nada menos que de Calígula y Claudio (aunque sí se salvaron las páginas correspondientes a los últimos años de Claudio), y cabe imaginar que habrían sido de lo más jugoso. Porque lo que hace Tácito con Tiberio tiene un mérito enorme.
Y es que existen los tiranos depravados y los tiranos monacales. Tiberio, que ocupa casi la mitad de lo que ha sobrevivido de la obra, pertenece a la segunda categoría. En las páginas de Tácito vemos fascinados cómo este personaje soso, oscuro y austero ("taciturno y casto", en palabras de Montanelli), instauró un régimen de terror, delaciones y persecución que ríete tú de Stalin. Sin embargo, resulta interesante contrastar los Anales con la opinión de Montanelli, quien nos dice que en sus primeros años Tiberio dirigió el imperio con "equidad y tino" y dejó las arcas del estado repletas, pero, como les sucedió a otros, ha pasado a la historia a través de los rencorosos retratos de Tácito y Suetonio.


Un personaje relativamente "menor" (léase, no llegó a imperar) fue Germánico, sobrino de Tiberio. Este gran líder militar nos brinda unas páginas absolutamente inolvidables, en las que se nos relata cómo las tropas romanas se adentraron en el bosque de Teutoburgo y, allí, entre tinieblas y esqueletos, consiguieron recuperar las águilas imperiales que Publio Quintilio Varo había perdido unos años antes en una ignominiosa derrota a manos de los germanos. Se sospecha que Germánico, muy popular y querido por el pueblo, murió envenenado por órdenes de su tío, pero, en cualquier caso, el crimen ha prescrito.


Así es el bosque de Teutoburgo, y así lo imagina uno leyendo a Tácito.

Si Tiberio era el tirano monacal, Nerón, junto con Calígula, Gadaffi, Mao Zedong y otros, se disputa el título de Tirano más Depravado de la Historia.
Estoy seguro de no ser el único que no puede pensar en Nerón sin que le venga a la mente la imagen del inolvidable Peter Ustinov en Quo Vadis. Según los historiadores, Nerón dejó tras de sí un caudaloso reguero de atrocidades, aunque hoy se piensa que no todas las acusaciones son ciertas. Es un hecho que hizo matar a su madre, que quemaba vivos a los de la secta de los cristianos para tener luz en sus fiestas nocturnas en el jardín; que mató a su su esposa Popea, embarazada, de una patada en el vientre; o que se encaprichó de un jovencito llamado Sporo, al que hizo castrar para poder casarse con él. Pero, en su defensa, hay que decir que, aunque el incendio de Roma le fue muy bien para renovar la ciudad y hacerse sitio para un palacio, no está demostrado que se pusiera a tocar la lira mientras la ciudad ardía.



 Este entrañable personaje nos sirve de perfecto enlace para comentar el siguiente libro de romanos que me dio por leer.


Aunque el libro rodaba por casa desde hacía años (desconozco por completo de dónde salió), confieso que no tenía ni idea de quién era Lucano ni de qué trataba Farsalia. Además, la editorial Gredos es tan seria e impone tanto respeto que, al coger uno de sus libros, uno se siente como un estudiante de filología clásica en el último año de doctorado, que, cuando sus amigos lo llaman y le dicen "eh, ¿te vienes a tomar una birra con Salinger, Lovecraft y Boris Vian?", él responde, un tanto avergonzado, "no puedo, he quedado con Lucano". Pero en cuanto abre el libro y se introduce en la excelente introducción, vive la rédundance, de Antonio Holgado Redondo, se disipan sus temores. Dice la primera línea:

La vida de Marco Anneo Lucano tuvo las mismas características de un fuego fatuo: brevedad y fulgor.


El cordobés Lucano, sobrino de Séneca, tuvo, efectivamente, una juventud fulgurante que lo llevó, a sus tiernos 22 añitos, a codearse con el mismísimo Nerón, de quien era amigo íntimo. Para su desgracia, Nerón trataba a sus amigos íntimos como si fueran su madre. Y si además, como nos cuenta Tácito, un celoso "Nerón trataba de aminorar la fama de sus poemas y le había prohibido publicarlos, llevado por una rivalidad sin sentido", pues a nadie sorprenderá el final de nuestro autor. Curiosamente, Farsalia se abre con unas alabanzas de Nerón tan hiperbólicas que los críticos aún no se ponen de acuerdo sobre si el texto estaba escrito con intención irónica, y Lucano se estaba burlando de algunos rasgos físicos del emperador, o si no se trataba más que de un elogio protocolario.

Farsalia, también conocida como De Bello Civili, o Sobre la Guerra Civil, nos narra las luchas entre Julio César y las fuerzas del senado romano desde el momento en que aquél cruza el Rubicón, y que alcanzaron su momento culminante en la batalla de Farsalia. Montanelli se refiere a la obra con su habitual severidad, y la califica de "retórica y mediocre". Hombre, no nos engañemos: Lucano no era Virgilio, de acuerdo, pero es innegable que esta obra es interesantísima, que su influencia a lo largo de la historia ha sido enorme, y que contiene escenas verdaderamente memorables. Y desde luego, no todo el mundo es capaz de escribir una obra así a los 22 años.

La muerte de Catón, vista por Jean-Paul Leurens. La mayoría de artistas prefirió retratar el momento después

Ni César, que cuando no está guerreando tiene la sensación de estar perdiendo el tiempo, ni Pompeyo el Magno, a quien le sobraban años y grasa, y le faltaba vigor. Lucano detestaba tanto el Imperio como su personificación en César (o Nerón), y, a su pesar, veía a Pompeyo tan sólo como una especie de mal menor. Sus constantes elogios al Magno parecen más movidos por la buena voluntad que por la convicción, y en cualquier caso no compensan por las debilidades de un hombre tristón que, sombra de lo que fue, sencillamente, era incapaz de enfrentarse a César. Con Pompeyo y con el resto de personajes, Lucano se destaca por sus excelentes retratos psicológicos.
El único que de verdad emerge de la obra como un hombre lleno de dignidad, orgullo e integridad es Catón, quien prefirió quitarse la vida antes que vivir en el imperio de César. Catón era estoico, y aunque los romanos no necesitaban serlo para clavarse una espada en el vientre, quizá el estoicismo le ayudó a Catón a sacarse los intestinos él mismo tras fallar en el harakiri.

La llanura de Farsalia

Nos señala Holgado que Farsalia, concebida al modo de la Eneida de Virgilio, difiere de ésta en un aspecto fundamental. Mientras la Eneida nos narra la fundación de Roma muchos siglos atrás, Lucano canta una batalla ocurrida apenas unas décadas antes. Uno podría pensar que, en consecuencia, Lucano prefirió hacer una crónica a la manera de Tácito, en lugar de un poema épico, como hizo Virgilio. Sin embargo, no es así, y el libro de Lucano rebosa retórica por los cuatro costados. Además, Lucano no tiene inconveniente en inventarse los hechos si así le conviene al poema. Porque eso es Farsalia, un poema épico inspirado en una batalla crucial en el curso de la historia, y en ese sentido apenas difiere de la Eneida. La diferencia a la que me refería radica en que, a diferencia de la obra de Virgilio y de sus personajes, juguetes de los dioses, en Farsalia tenemos personajes movidos por sus pasiones y debilidades como personas, sobre cuyos actos los dioses poco tienen que decir. 

La huida de Pompeyo, de Jean Fouquet
Como ya he dicho, el libro contiene escenas memorables. Una de ellas tiene lugar en el libro VI: Sexto, hijo de Pompeyo, quiere saber qué les va a deparar la batalla, y, ya en Tesalia, visita a la bruja Erichtho. Ésta, muy amablemente y con el fin de poder revelarle su porvenir, se agencia el cadáver de un soldado muerto y...
...por fin, se lleva con una cuerda al cuello el cuerpo elegido y, con un garfio prendido a los fúnebres lazos, por riscos y peñas arrastra al mísero cadáver destinado a volver a la vida (...) Entonces, lo primero, llena de sangre hirviente el pecho, tras abrirlo con nuevas heridas, limpia de podre las médulas y le suministra copiosamente virus lunar. A éste se mezcla todo lo que ha producido la naturaleza en parto monstruoso: no faltó la espuma de perros hidrófobos, ni las vísceras del lince, ni la vértebra nodal de la dura hiena (...) Cuando, tras pronunciar estas palabras, levantó su cabeza y su boca espumeante, ve allí en pie la sombra del cadáver echado en tierra, temerosa de los miembros sin vida y del odioso confinamiento de su antigua prisión. Le da pavor introducirse en un pecho y en unas entrañas abiertas...

Aunque nunca pasó de ser un personaje secundario, la fascinante figura de Erichtho (también Ericto y Erictón) ha protagonizado celebérrimos cameos en la literatura universal. Su siguiente aparición fue en La Divina Comedia y, posteriormente, en la segunda parte del Fausto de Goethe. Además, sirvió de clara inspiración a Shakespeare para las brujas de Macbeth y, dicen algunos, a Mary Shelley para la creación de su monstruo.

Erichtho, de John Hamilton

Farsalia es una obra inconclusa, que termina de manera brusca en el libro X. Curiosamente, el desenlace de la gran batalla tiene lugar en el VII, después de la aparición de Erichtho. Tras la derrota de Pompeyo, como había predicho la bruja, quizá Lucano pensaba concluir la obra con su otra predicción, a saber, el asesinato de César. Entre ambas muertes, la del Magno, presenciada por su horrorizada esposa, y la de César, a la que no llegamos, Lucano nos regaló todavía unas páginas extraordinarias, entre ellas, las que relatan la huida de Pompeyo, el reecuentro con su mujer, y su cobarde asesinato llevado a cabo por el eunuco Potino y ordenado por el niño rey Ptolomeo XIII, en un intento de congraciarse con el futuro emperador de Roma.

César contemplando la cabeza de Pompeyo, de Giambattista Tiepolo

Implicado junto a su tío Séneca en la Conjura de Pisón, Lucano fue obligado por Nerón a suicidarse. Su  muerte nos la describe así Tácito:



A continuación ordena el asesinato de Anneo Lucano. Éste, cuando se fue desangrando, empezó a notar que se le enfriaban los pies y las manos y que la vida se le retiraba poco a poco de las extremidades mientras que su pecho aún estaba caliente y conservaba la conciencia; entonces, recordando un poema que había compuesto en el que narraba que un soldado herido moría de una muerte parecida, recitó aquellos mismos versos y ésas fueron sus últimas palabras
.
Los versos en cuestión comienzan así:

Una mano de hierro, al trabar en la popa sus garfios atenazantes, enganchó a Lícides...

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