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jueves, 28 de septiembre de 2017

Barcelonadas


A diferencia de los designios del Señor, los caminos que nos llevan a emprender una lectura son casi siempre perfectamente escrutables. ¿Qué se puede hacer cuando unos despreciables y estúpidos asesinos causan una masacre en tu ciudad? Miles de personas decidieron salir a la calle y gritar que no tenían miedo; otros, llenar de velas y recuerdos el mosaico de Miró en las Ramblas; y unos pocos, muy ruines y ruidosos, sacar tajada política. Pues bien, a mí no se me ocurrió más que refugiarme en la literatura sobre Barcelona. Podía haber recuperado la inolvidable Últimas tardes con Teresa, a mi juicio la gran novela sobre Barcelona, o haberme puesto de una vez con Vázquez Montalbán, sobre el cual no sé si alguna vez podré opinar. Finalmente, sin embargo, opté por abrir un par o tres de libros que rodaban por casa desde hacía décadas.

El primero de ellos fue La ciudad de los prodigios, de Eduardo Mendoza. Nos cuenta Mendoza en este libro dos historias: una, la del protagonista, Onofre Bouvila, un hombre de origen humilde que, apenas todavía un chaval, deja el pueblo y se va a la ciudad, dispuesto a ganarse la vida, prosperar por los medios que sean necesarios y amasar la fortuna que su padre, indiano fracasado, no pudo conseguir en Cuba. Eran tiempos en que todavía no se había inventado la adolescencia, y uno pasaba de niño a hombre como quien pasa la página del periódico. Por eso puede parecer chocante la edad de Onofre, de tiernos trece años, en el momento en que llega solo a Barcelona y se hospeda en una pensión de mala muerte. Es posible que Mendoza estirara tanto la precocidad del protagonista por exigencias del guión, dado que la historia se sitúa entre las dos exposiciones universales celebradas en Barcelona en 1888 y 1929, un lapso de más de cuarenta años en el que Onofre debe llegar a lo más alto y luego ver qué hace una vez allí.

Un reparto desacertado. Olivier Martínez es un soseras, y a Delfina, una chica que en el libro es descrita como poco agraciada, la interpreta nada menos que Emma Suárez

La segunda historia que nos cuenta es, por supuesto, la de Barcelona a través de los años en que, ya derribadas (cayeron en 1854) las murallas que durante siglos la habían aprisionado, la ciudad empezó a crecer y desarrollarse de manera vertiginosa. La exposición de 1888 debía de servir, pues, para colocar a Barcelona definitivamente en el mapa. Sin embargo, eran aquéllos, como hoy, por desgracia, años convulsos en la condal ciudad. En aquella Barcelona donde miles de obreros se hacinaban en barrios infectos construidos de la noche a la mañana, las ideas comunistas y anarquistas encontraron un caldo de cultivo ideal para su propagación. Y en ese caldo de cultivo, los gérmenes como Onofre Bouvila se movían como pez en el agua. Así, Onofre se dedica a todo tipo de trapicheo hasta que, poco a poco y gracias a algún que otro golpe sonado, se convierte en un respetado rey del hampa barcelonés.

Mendoza combina con absoluta maestría, pues, una suerte de novela picaresca, como es la historia de Onofre, y un retrato fascinante de nuestra querida Barcelona en el que se mezcla desarrollo urbanístico, economía, historia y política.

El Hotel Internacional, construido para la exposición en tan sólo 53 días y derribado al concluir ésta

Onofre, que al principio despierta nuestros instintos paternales, es objeto de un minucioso y profundo retrato psicológico por parte del autor. Podríamos estar ante uno de esos villanos repletos a partes iguales de maldad y grandeza a quienes su insaciable sed de poder condena a errar, miserables, por el mundo. Personalmente, sin embargo, el personaje me ha parecido víctima de ese apabullante retrato, como si, de tan bien que lo llegamos a conocer, se hubiera vuelto incapaz de sorprendernos. Todos sabemos que los personajes malvados siempre son más atractivos que los buenos, pero Onofre peca bien por exceso de maldad, bien por falta de rasgos que lo rediman. Por su parte, el resto de la enorme galería de personajes no tiene desperdicio, desde la familia y los habitantes de la pensión hasta los padres del protagonista, pasando por todos y cada uno de los mafiosos de tres al cuarto con los que se apandilla Onofre, o los prestigiosos y corruptos abogados y empresarios.

La fuente de Canaletas y un quiosco de los que no queda ni uno en Barcelona

No obstante, si hemos de juzgar por el título, La ciudad de los prodigios es, sobre todo, una historia de Barcelona, y en ese sentido, la novela es una gozada. Así, el relato de la construcción de las dos exposiciones, y en particular de la primera, en la que, en buena medida, se terminó de dar forma a la ciudad que hoy conocemos, es excelente. Mendoza se documentó de manera excepcional, y supo volcar esa documentación en el relato de manera que el lector nunca pueda separar los hechos y personajes históricos de los ficticios. Naturalmente, ello hace que la novela tenga bien poco de novela histórica y mucho de posmoderna, con un final que a servidor, que nunca ha logrado terminar un libro de Pynchon, le ha parecido especialmente pynchonesco.

Y a otra cosa, mariposa, que hoy tenemos mucho de que hablar. Verbigracia, de la gran Mercè Rodoreda.


Hablábamos de esta catalana universal y su obra más conocida, La plaça del Diamant, justo hace tres años (cada vez que me autocito y veo el tiempo que ha pasado, me entra un vértigo cósmico). Rodoreda, decía entonces, era en mis años mozos y, si no me equivoco, sigue siéndolo hoy, lectura obligada en la enseñanza secundaria en Cataluña. Sin embargo, una obra como Mirall trencat (Espejo roto, en castellano) está lejos de ser tan accesible para los lectores adolescentes como podía serlo La plaça... De hecho, las dos novelas están escritas en un estilo completamente diferente: mientras que la historia de Colometa se apodera inmediatamente del lector gracias a la voz de la narradora, así como a su lenguaje sencillo y directo, Mirall trencat se nos presenta como una novela sensiblemente más compleja, dadas sus múltiples voces narradoras y su fuerte carga simbólica, y por ende, de lectura más lenta y reflexiva.


Tanto la imagen de entrañable abuelita que tenía la autora como los títulos de sus obras (Aloma, La calle de las Camelias, o la que nos ocupa) dan a la literatura de Mercè Rodoreda un aire de enaguas y visillos que, desde luego, poco pueden atraer a priori a cierto tipo de lectores, en especial, desde luego, a los adolescentes mileniales. Craso error, como casi siempre que dejamos que las impresiones decidan nuestras lecturas, porque detrás de esas enaguas y visillos, que los hay, detrás de esas violetas, de esos armaritos lacados y de esos cojines de cretona, hay un auténtico volcán de pasiones o, si no os gusta esa expresión tan propia de un culebrón, un vertedero de sueños, amores y vanidades, descripción que se ajusta más al descarnado final de la novela. En cualquier caso, estamos ante una literatura que bucea en las miserias del alma humana como el mejor de los rusos, escrita, eso sí, con una sensibilidad exquisita, un lenguaje casi frágil de tan poético que es, y una elegancia propia de esos amantes a la antigua que cantaba el brasileño.

La mansión de los Valladaura, en un fotograma de la adaptación que hizo la televisión de Cataluña

A primera vista, Mirall trencat no es una novela tan barcelonesa como la anterior, en el sentido de que el escenario principal no es tanto la ciudad como la casa familiar y el jardín en los que transcurre la historia y algunos de sus terribles episodios. No obstante, a través de los avatares de los personajes y la casa, Rodoreda sí nos presenta un impresionante retrato de la sociedad y la historia de aquella Barcelona que conocieron nuestros abuelos y sus padres, aquella ciudad que, desde principios del siglo XX fue creciendo entre prosperidad y convulsiones hasta el estallido de la guerra civil. Con los personajes que la pueblan la autora nos muestra de manera soberbia todas las capas de aquella sociedad, desde la más alta burguesía hasta las clases más humildes, que entablaban entre sí las relaciones más indecorosas y, por consiguiente, inquebrantables de que es capaz nuestra débil carne. 

Nos cuenta Mirall trencat la historia de Teresa Goday, hija de una pescatera que, merced a su matrimonio con un decrépito bolsista, entra en ese mundo de la alta burguesía, un detalle que se repite, en mayor o menor medida, en las tres novelas que traigo hoy. Teresa, que tiene un hijo ilegítimo al que criará como si fuera su ahijado, se casa, tras la muerte de su anciano marido, con el diplomático Salvador Valladaura, que vivirá toda su vida anclado en el recuerdo de su amada. Bárbara, que así se llama la pobre, muere al inicio de la novela en un suicidio muy shakespeariano, pero permanece sin embargo como uno de los personajes más enigmáticos de la novela. 

La calle Urgel, irreconocible

Poco a poco, la novela se va erigiendo en una impresionante saga familiar, con todas las miserias, rencores, mentiras y secretos inconfesables que uno pueda imaginar, y, por eso, o a pesar de ello, con un terrible aire de melancolía que no ayuda precisamente a levantar el ánimo, pero que, como lectores, nos hace disfrutar como enanos. El lenguaje de Rodoreda, sutil y poético, que contrasta con la brutalidad de algunas escenas; sus referencias literarias, como la muerte, ya mencionada, de Bárbara, que nos hace pensar en Ofelia, o la relación entre María y Ramón, que nos remite a Cumbres borrascosas; su rico uso de los símbolos, con un jardín también muy bronteano; su sorprendente, pero acertadísima, introducción del elemento sobrenatural en la tercera parte; o el retrato de todos y cada uno de sus personajes, complejos, redondos, humanos y algún sinónimo más, hacen de Mirall trencat una novela extraordinaria, y de la mansión de los Valldaura un pequeño universo humano.


Y mientras todo el mundo conoce, y con justicia, a Rodoreda, me da la impresión de que pocos, más allá del Ebro, han oído hablar de Narcís Oller. Nacido en Valls en 1846 y muerto en Barcelona a la edad de 83 años, Oller es otro de los autores canónicos en la asignatura de literatura catalana. Por ello, y por mi tozudez, rebeldía e ignorancia, me negué en redondo a leerlo en aquellos años de secundaria (aunque, no me preguntéis cómo, siempre me las apañaba para aprobar con notas más que aceptables). En fin, más vale tarde si la dicha es buena, y en este caso lo ha sido y con creces.

Narcís Oller

Oller es un autor decimonónico con todas las de la ley, y La febre d'or tiene ese sabor inconfundible que tienen las grandes novelas europeas del XIX. Situada en los años de 1880 a 1882, esta novela nos presenta un retrato de la locura bursátil que se apoderó de la Bolsa de Barcelona en 1876 hasta su estallido seis años más tarde, es decir, apenas unos años antes del inicio de La ciudad de los prodigios. Aquella locura, que tomó su nombre a posteriori precisamente de la novela de Oller, permitió un gran desarrollo industrial y económico en Cataluña, donde a la burguesía le dio por fundar bancos como quien crea un blog. La febre d'or nos cuenta la historia de Gil Foix, un hombre de extracción humilde que descubre lo fácil que es enriquecerse si se tiene habilidad para comprar y vender en el momento oportuno (recordemos que el marido de Teresa Goday, en Mirall trencat, había construido así su fortuna). Como veis, parece una radiografía de la España del pelotazo, y es que en todas partes y épocas cuecen habas.

De lo que se entera uno leyendo La febre d'or: Barcelona tuvo un hipódromo nada menos que en Can Tunis

Creo no ir muy desencaminado si aventuro que, al escribir La ciudad de los prodigios, Mendoza tuvo bastante presente la novela de Oller. Hemos visto, por ejemplo, cómo el escenario de ésta es el punto de partida de La ciudad... Nos encontramos una vez más con un hombre que deja atrás sus orígenes humildes a base de medrar o, en el caso de Bouvila, a través del crimen. Y Mendoza, que siembra su novela de referencias literarias de todo tipo, da a su protagonista femenina principal el mismo nombre que tiene la heroína de La febre d'or: Delfina.

     

Sería interesante comparar estas dos Delfinas, la descastada anarquista de Mendoza y la vaporosa e idealista de Oller, tan diametralmente opuestas a primera vista, pero tan próximas la una a la otra en el fondo. Igualmente interesante resulta la comparación entre el protervo Onofre y el bobalicón de Gil. Como ya he señalado más arriba, en el arte, como en la historia, los malos siempre son más resultones. En este caso, no obstante, el personaje del bolsista Gil Foix se me antoja más redondo que el del hampón Onofre. Carente este último de rasgo redentor alguno, podríamos decir que toma el camino más directo que le ofrece la novela, y una vez lo enfila, nada lo aparta de él. Gil, por su parte, deambula de aquí para allá, al vaivén de lo que quieran hacer con él los buitres de los que se rodea. Sueña, tropieza, se convierte en el hazmerreír de la burguesía vieja, siempre desdeñosa de estos advenedizos a los que jamás aceptará completamente (qué poco han cambiado algunas cosas en Cataluña), y nos brinda un episodio inolvidable, como es el de sus andanzas por París con una fulana de altos vuelos.

El Bolsín de Barcelona, uno de los escenarios de la novela. Hoy es una escuela de arte

Oller, cuya obra literaria recibió elogios de autores como Galdós o Zola, es un pequeño regalo para el lector que gusta del realismo y al que ya se le empiezan a acabar los franceses y los rusos, y no tiene bastante con Clarín o el ya mencionado don Benito. No obstante, hay que decir que, juzgando por esta obra, a Oller a veces le pierde la moralina, en especial en el tramo final de la novela. Pero bueno, también los más grandes moralizaban, y  por otra parte, algunos pensamos que la resolución de una novela es su parte menos importante. Como sucede con las entradas de blog.

Qué bonita es Barcelona sin banderas

sábado, 27 de septiembre de 2014

Tristeza inducida


A modo de advertencia, declaro:

- Que me he pasado los últimos veinte años esforzándome con denuedo por convertirme en un cínico redomado.
- Que, en buena medida, lo he conseguido, lo cual, viniendo de donde venía, a saber, una adolescencia enfangada en cursilería pura y dura en vano maquillada como romanticismo, no deja de tener su mérito.
- Que, como una tenia que, al dormirnos, se asoma por nuestra boca, así albergo todavía en mi interior a ese parásito de infame nombre: el sentimental.

Bien.
(Pausa para tomar aliento).

Es sabido que toda lectura está condicionada por factores que van mucho más allá de las páginas del libro. Uno de ellos, posiblemente el más obvio, es la edad: todo lector que ha leído el mismo libro en dos momentos de su vida puede constatar que la relectura nos brinda una obra diferente, y no siempre mejor.

My childhood days bring back sad reflections of happy times spent so long ago ("Carrickfergus", canción popular irlandesa)

Algunos de los libros que leemos, los recordamos años más tarde en las circunstancias precisas en que nos adentramos en sus páginas. El sillón en el que leí El castillo de los Cárpatos es diferente de la mecedora en que viví El amor en los tiempos del cólera, que a su vez no tiene nada que ver con el sofá desvencijado en el que me leí, un domingo y de un tirón, las 500 páginas de Obabakoak. Naturalmente, esto  no puede suceder con todas las lecturas, pero, si uno hace un esfuerzo, es sorprendente los detalles que puede recordar de aquellas horas que pasó con un libro. El señor de las moscas, por ejemplo, lo leí por las tardes, allá en la casa familiar de Cabo de Gata, y lo sé porque recuerdo la luz del sol que entraba por la ventana del dormitorio, mientras los mayores echaban la obligada siesta. En la misma casa, pero en la pérgola, espantando moscas, y también a la hora de la siesta, la playa y el desayuno, sufrí con Winston Smith la ineludible vigilancia del Gran Hermano.


Otras lecturas quedan para siempre asociadas a una canción, a la que en apariencia nada las une, o a un acontecimiento histórico o personal. Así, el ya mencionado Señor de las moscas me trae la música de David Bowie y su Space oddity. Supongo que descubrí ambas al mismo tiempo, y también es posible que esa novela comparta algo de la siniestra epicidad de la canción. Guerra y paz la leí en el balcón de mi piso de Barcelona, durante las últimas semanas de vida de mi padre. No la recuerdo con tristeza, sin embargo, ya que aquellas horas fueron el escaso consuelo en unas semanas tan tristes y duras para la familia.

La plaça del Diamant es una de las novelas más importantes de la literatura catalana del s. XX, y lectura canónica en la enseñanza secundaria en Cataluña. No entraré aquí a discutir si es bueno obligar a los adolescentes a conocer este tipo de obras, o si sería conveniente darles más margen de elección y algo más acorde con sus supuestos intereses. Sí sé que si me la hubieran hecho leer a mí, habría sido un auténtico desperdicio y probablemente jamás me habría vuelto a acercar a Mercè Rodoreda. Desconozco la razón de por qué no nos la hicieron leer, o quizá nos limitamos a leer algunos fragmentos, no lo recuerdo. Pero en todo caso estoy convencido de que yo no hubiera visto en esta obra más que las plúmbeas tribulaciones de una jovencita tímida y bastante sosa en una Barcelona tristona y gris, donde apenas había vida más allá del barrio.


Supongo que ha sido una suerte, pues, haber pospuesto esta canónica obra hasta el momento en que he podido hacer una lectura madura (por mi edad, más que nada). Y digo "supongo" porque, pese a haber sido incapaz de soltar el libro, no se puede decir que lo haya disfrutado, sino que, más bien al contrario, esta novela, sumada a una serie de circunstancias, unas personales y otras no tanto, me ha sumido en una enorme tristeza.

Es triste, qué duda cabe, la historia de Natalia, una chica ingenua, humilde, sin estudios, huérfana de madre, que no siente demasiado cariño por su padre y su madrastra, y que una noche conoce en una fiesta de barrio a un chico apuesto e impetuoso que se propone conquistarla. Natalia se siente atraída por él, pero es su debilidad la que marca su destino. El chico, Quimet, no sólo le anuncia que en un año serán marido y mujer, pese a que ella ya tiene novio, sino que además le ordena que deje su trabajo en una pastelería, y, lo más significativo, le da el nombre por el que a partir de entonces todos la conocerán: Colometa.

Silvia Munt y Lluís Homar como Colometa y Quimet

Tras esa noche en la Plaza del Diamante, las cosas suceden como tienen que suceder y como imaginamos que sucederán. Colometa, sin embargo, no es ni se siente víctima. Tampoco es prisionera de Quimet ni de la sociedad, pese a que, es innegable, aquél, en su frívolo egoísmo y su idealismo con orejeras, y ésta, en su fría impersonalidad, más que marcar el camino que sigue nuestra heroína, la conducen por él, correa en mano, con algún cariñoso silbido y mucho chasquido de labios. Y tampoco sería preciso decir que Colometa acepta, con mayor o menor resignación, el destino que le ha sido impuesto. En inglés existe la expresión to take things in your stride, a menudo traducida como "tomarse las cosas con calma", y cuya traducción literal, "tomar las cosas al paso", se ajusta quizá más a lo que intento decir. Pues algo así es lo que hace nuestra amiga; hablar de calma o aceptación sería, por el contrario, suponer en su actitud un rencor susceptible de convertirse en rebeldía, una rebeldía que, sencillamente, no está ahí.... hasta que estalla.

La grandeza de Rodoreda en esta novela es haber logrado mostrar la riqueza y complejidad de la mente de una persona tan sencilla como Colometa, y haberlo hecho con un monólogo interior transparente y efectivo, con el rico lenguaje de la gente humilde de antaño, con una historia intemporal sobre la búsqueda de la identidad, y con las sombras de Woolf y Joyce como silenciosos padrinos.


¿Dónde están las Colometas de hoy? Hay personas en el mundo que a veces nos parecen de relleno. No tienen opinión, no toman la iniciativa, no se quejan ni se enfadan, y jamás se rebelan. Están ahí porque siempre hay alguien que necesita una esposa, un padre o un empleado. Suponemos que tienen alma y sentimientos porque los vemos hechos a nuestra imagen y semejanza, pero no estaremos seguros de ello hasta que no los veamos correr, dolerse, mesarse los cabellos o reírse a carcajadas. Y mientras buscaba en Séneca consuelo a mi tristeza, me encontré con estas palabras, que, modestia aparte, parecían confirmar las mías:

A algunos nada les gusta como meta, pero abrazan el destino del embotado indolente, de modo que no dudo de la verdad de la aseveración, dicha a modo de oráculo, del máximo de los poetas: 'Es exigua la parte de vida que vivimos'. En verdad, todo el espacio restante no es vida sino tiempo.

Quizá no era el título indicado para levantarme el ánimo. Esos estoicos.

Según doña Wiki, "los estoicos proclamaron que se puede alcanzar la libertad y la tranquilidad tan sólo siendo ajeno a las comodidades materiales, la fortuna externa, y dedicándose a una vida guiada por los principios de la razón y la virtud". No sorprende, pues, que la combinación más habitual de estoicamente acostumbren ser verbos como aguantar, resistir, soportar y esperar. La reacción de Colometa ante los acontecimientos tanto felices como trágicos de su vida parece obedecer así a la escuela fundada por Zenón de Citio, y más concretamente, a las palabras de su máximo representante, Séneca.

¿Cómo puede uno así obedecer al dios y aceptar de buen ánimo cuanto sucede, no quejándose del destino y dando una favorable interpretación a sus circunstancias, si se agita a la menor punzada de placer o dolor?

Más serio de lo que parece

Nos dicen que lo que define a un clásico es su capacidad de dirigirse a un lector a través de los siglos como si estuviera hablando ante él. En ese sentido, y en esta época rotunda y exitosamente cínica, pocas palabras tienen más validez que las del filósofo cordobés al hablar de las redes sociales:

¡A cuántos les cuesta sangre su elocuencia y preocupación cotidiana por ostentar ingenio! (...) ¡A cuántos no les queda libertad, rodeados por la multitud de su clientela!

Libertad. Colometa, insistimos, no es víctima ni prisionera. Antes al contrario, es libre. Por lo menos a la manera de los estoicos:

La libertad no la da otra cosa que la despreocupación por la suerte. Entonces surgirá ese bien que no tiene precio, la tranquilidad de la mente puesta a salvo, además de la altura de miras, el enorme gozo inmutable que viene del conocimiento de la verdad, y la afabilidad y expansión del alma, en las cuales se deleitará, no porque sean buenas, sino porque proceden de su propio bien.


My boyhood friends and my old relations have all passed on now like the melting snow

Y mientras Colometa encarnaba a un Séneca sin dinero ni elocuencia; mientras en aquella Barcelona del 37 los jóvenes se despedían de sus madres, hermanas y novias, y se preparaban para ir al frente, las televisiones de medio mundo mostraban a un hombre vestido de naranja arrodillado a los pies de un monstruo que le iba a cortar la cabeza como a un animal, ufanándose de su odio, del horror que nos iba a hacer sentir, y de la admiración y envidia de cientos, tal vez miles de locos que querrán emularlo y que intentarán empequeñecer las grandes atrocidades del s. XX. La víctima era un trabajador humanitario y padre de familia que murió el mismo día en que vi el episodio "Noches en Balligrant", de la gran serie Boardwalk Empire. Los hijos, la muerte, la infancia y los probables recuerdos de ésta en las horas, días y semanas antes de que el enmascarado levantara el cuchillo, se unieron a mi diamantina melancolía en la maravillosa y tristísima escena final de este episodio, al ritmo del clásico popular irlandés "Carrickfergus".


La versión en la serie era de Loudon Wainwright, y es la que me habría gustado poner aquí. A más de un irlandés le parece anatema que un americano entone este himno, pero a mí me emociona tanto o más que la versión de Van Morrison. Podéis difrutarla y juzgar aquí. "Carrickfergus" cuenta la eterna historia de un hombre que recuerda su infancia, sus amigos, su amor, y sus sueños. Al final de la canción se confiesa enfermo y a las puertas de la muerte, y pide a los jóvenes que lo entierren.

¡Quién estuviera
en Carrickfergus
y pasar aquellas noches 
en Balligrant!

Cruzaría
el más profundo océano,
el más profundo océano 
para encontrar a mi amada...

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