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miércoles, 13 de octubre de 2021

La octava vida (para Brilka), de Nino Haratischwili


Decíamos ayer (aquí, para más señas) que la literatura georgiana, como la tierra de donde procede, es una perfecta desconocida en occidente. Tanto es así que, en las escasas ocasiones en que nos visita, parece que tiene que hacerlo de incógnito o, cuando menos, de manera indirecta. Verbigracia, la novela de hoy, que no fue escrita en la lengua de (poned aquí el nombre de vuestro georgiano universal favorito), sino en alemán. Pero digo yo que un libro escrito por una georgiana, situado en Georgia, y que nos habla de la historia reciente y no tan reciente del caucásico país, puede calificarse de literatura georgiana sin que nadie se rasgue las vestiduras.

Sin embargo, dados nuestros más que escasos conocimientos de la literatura georgiana, si tuviéramos que inscribir esta novela en la tradición literaria del país y buscar los puntos que la enlazan con otros autores georgianos contemporáneos, acabaríamos viéndonos obligados a hacer como los críticos de los suplementos literarios, es decir, salirnos por la tangente y compararla con Tolstoi. Y es que con una saga familiar de la Europa del este y más de mil páginas, si no se te ocurre el nombre de Tolstoi no eres crítico ni eres ná. 

Nino Haratischwili

Nino Haratischwili tiene un concepto de la Historia bastante diferente de la del gran autor ruso. Para éste, la Historia "es un producto de la contingencia, no sigue una dirección y no se ajusta a un patrón". Haratischwili, por su parte, dice que patrón, tiene un rato, y la compara a un tapiz:

"tú eres un hilo, yo soy un hilo, y juntas somos un pequeño adorno, y al juntarnos con muchos otros hilos damos un dibujo como resultado".

Esta imagen, unida a las extraordinarias (que no fantásticas) coincidencias que salpican la novela, nos acerca a algo bastante parecido al Destino, que siempre se ha llevado a cara de perro con la Contingencia.

La propia autora lo explica más claramente en esta interesante entrevista:

«Me he preguntado en profundidad qué es el destino, qué porcentaje de autodeterminación tenemos, y me gustaría trasladar esa pregunta a los lectores, porque yo no hallo una respuesta definitiva. En esos regímenes es muy limitado. En todos ellos encontramos individuos que luchan por abrir su propio camino, pero en la mayoría, y eso lo puedo percibir todavía en mi generación postsoviética, queda un poso de conformismo, de pensar que no merece la pena el esfuerzo porque no se va a conseguir ningún cambio… es un pensamiento muy soviético: el individuo no cuenta."


Kutaisi

Esta historia cuyos individuos no cuentan comienza cuando Brilka, una niña de 12 años en viaje de estudios a Amsterdam con la escuela, decide escaparse y llegar por su cuenta a Viena. Niza, su tía, que es quien nos narra la historia, será la encargada de encontrarla y devolverla a casa. A Niza, que, como la autora, vive en Berlín y tiene su vida hecha, no le hace ninguna gracia tener que en busca de su díscola sobrina, pero no tiene elección. Este incidente reaviva en la narrador muchos recuerdos (trágicos, por supuesto) de hechos que no ha vivido personalmente, pero que han presidido su vida y la de sus antepasados. Y estos recuerdos, al despertar, se imponen a las reticencias de Niza respecto de su sobrina, y por ello, sabiéndose quizá un hilo más del tapiz familiar, decide contarle a Brilka la historia de su familia. Mediante este recurso narrativo, que se me antoja muy poco tolstoiano, la autora enlaza presente y pasado, confiere naturalidad a la primera persona, y se aleja de cualquier esquema decimonónico.

Así que no, por muchos miles de páginas que tenga, y aunque nos cuenta la historia de una familia que es muy infeliz y lo es de una manera muy particular, La octava vida no es Tolstoi. Y ni falta que le hace: es un libro con el que he disfrutado tanto que hasta me he acordado de que yo antes tenía un blog y en él hablaba de libros con desconocidos.

El título de la novela hace referencia a las vidas de ocho miembros de esta saga familiar. Son ocho extensos capítulos centrados en cada uno de ellos, si bien, como es lógico, las respectivas historias no dejan de cruzarse entre sí. Por supuesto, ninguna de estas historias puede escapar a la Historia (que ya sabemos lo que eso significaba en la URSS) ni puede evitar ser devorado por ésta. 

Kutaisi, en los años 1910-20

Niza, pues, se sumerge en el pasado familiar y emerge en la ciudad de Kutaisi. Estamos en los albores de la Revolución Rusa, cuando Stasia, la bisabuela de la narradora, conoce y se enamora de Simón, teniente de la Guardia Blanca y amigo del padre de ella, reputado maestro chocolatero. Este hombre, próspero empresario y hombre de gran cultura y reconocimiento social, posee una receta mágica para preparar el chocolate a la taza, receta que consiguió unos años antes, durante un viaje que hizo por Europa para aprender de los grandes chocolateros de Viena, París o Budapest. 

Aparte de la presunta presencia de Tolstoi, críticos y varios blogueros coinciden en que La Octava Vida bebe, por decirlo de una manera cursi, de las fuentes del realismo mágico. Servidor ya pasó el realismo mágico, como uno pasa las paperas y el sarampión, así que no me asustó la posibilidad de exponerme a él, siempre que fuera a pequeñas dosis. Y las dosis son, efectivamente, despreciables. De hecho, sólo se me ocurren dos elementos de esta novela que vagamente se pueden relacionar con el realismo mágico: uno de ellos es la relación que tiene Stasia con los fantasmas de la familia. Pero como todo el mundo sabe, los fantasmas existen, así que ese argumento no me vale. El otro, que sí es más convincente, es esa receta para chocolate a la taza que vuelve loco a quien apenas huela su aroma, y que tiene consecuencias invariablemente nefastas para todo aquél que llega a paladearlo. Este chocolate aparece cada vez que el tapiz necesita cortar un hilo, y es, pues, una de las imágenes recurrentes de la historia. A mi juicio, sin embargo, se trata más de una simple metáfora más o menos conseguida que de un elemento de realismo mágico. En todo caso, yo podría haber prescindido completamente de las descripciones de la preparación del chocolate, que en ocasiones se acercan peligrosamente a aquella cursilada mexicana que en su día, hace ya casi treinta años, tanto nos gustó. Ya sabéis:


La Revolución de 1917 se lleva al teniente Simón a San Petersburgo, y empieza así a tejerse el tapiz, repleto de imágenes de nuestros héroes y su descendencia, así como de una impresionante pléyade de personajes secundarios cuyas vidas se ramifican en incontables historias, la más efímera de las cuales daría para una pequeña novela. Entre los personajes principales tenemos a Kostia, hijo de Stasia y Simón, un bolchevique hasta la médula que al final de sus días tendrá que ver con impotencia lo que acaba haciendo Gorbachov con su soviética unión; a Kitty, su hermana, que tras una experiencia atroz intentará rehacer su vida en el extranjero; tenemos a Christina, hermanastra de Stasia, cuya arrolladora belleza le permitirá codearse con los chacales más destacados del Partido. Entre los secundarios podemos destacar a Alania, el niño bastardo que llegará a ser un poderoso hombre en la sombra; a Misha Eristavi, el estudiante que prepara una "pequeña sublevación cinematográfica"; a Thekla, el verdadero amor de Kostia; a cualquiera de los sufridos pretendientes de su hija y su nieta, o a tantos y tantos otros cuyos nombres hoy, dos meses después de la lectura, no puedo recordar. Entre ellos se reparten un calvario de guerras, traiciones, torturas, mutilaciones, venganzas y todo tipo de altas y bajas pasiones, sin llevar al lector en ningún momento al terreno del melodrama. Sólo en un par de ocasiones la autora se acerca peligrosamente al barranco del sentimentalismo, pero no llega a caer, porque Haratischwili no será Tolstoi, pero tampoco es Isabel Allende.

La Plaza Yereván de Tiflis, 1917

El relato fluye, el tiempo pasa, pero siempre sabemos en qué momento preciso de la Historia nos encontramos. Aparte de los grandes acontecimientos que abrían aquellos telediarios de antaño, como guerras, congresos del PCUS, y la muerte a plazos de la gerontocracia soviética, la narradora va salpicando el relato con referencias a algunos de los hitos de la cultura popular del siglo XX, cuyos ecos llegaban, a pesar de todo, a la pequeña ciudad de Kutaisi: el año en que se estrenó Porgy and Bess, el del combate de Muhammad Ali contra George Foreman o el de la publicación de un álbum de Lou Reed. Y así, entre cantos de occidente y gritos desde Moscú, desfila ante nosotros buena parte de la historia de la Unión Soviética, desde su violenta concepción hasta su relativamente (piénsese en lo que podría haber sido) plácida y lenta agonía, marcada aquí y allá por conflictos en unas repúblicas que no veían la hora de mandar a Marx y Lenin a tomar un café.

Mención aparte merece uno de los personajes.

El sádico sexual Laventri Beria, el "Pequeño Gran Hombre", con el Generalísimo al fondo

En un estado totalitario, por definición, no existe la vida privada. Todo pertenece al estado, que es un modo de decir, todo pertenece al Generalísimo y sus compinches. Y es en la imbricación de la Historia (o el Poder) con las historias (o los súbditos) donde brilla especialmente el talento narrativo de la autora. Aunque, bien mirado, cuando se trata de un monstruo como Lavrenti Beria, esa imbricación quizá no resulte tan difícil.

Beria, a quien en la novela conocemos como el Pequeño Gran Hombre, y que, como el Padrecito de los Pueblos, era georgiano, fue el jefe de la policía soviética y del NKVD, o sea, uno de los personajes más siniestros del siglo XX, responsable, entre otras lindezas, de la masacre de Katyn. Pero aunque le encantaba matar, no era ésa su única afición. Se le atribuyen centenares de violaciones, y se dice que los límites de su depravación están aún por conocerse. En 2003, durante unas obras en la embajada de Túnez en Moscú, situada en la antigua mansión de Beria, aparecieron huesos humanos. 

Si el ciudadano soviético vivía con el miedo al golpe en la puerta en mitad de la noche, al coche negro, a que su vecino o compañero de trabajo le hiciera el vacío, inequívoca señal de la inminente condena, las mujeres, además, (inclúyase aquí a las niñas), vivían con el terror de que Beria se fijara en ellas. Nuestro Pequeño Gran Hombre gustaba de salir en su coche a la caza de mujeres, a las que secuestraba, invitaba gentilmente a cenar, y luego violaba. Y esta afición juega un papel muy importante en nuestra novela.

Tiflis, 1947. Fotografía de Robert Capa

En la entrevista que menciono más arriba, la autora señala que tenía la intención inicial de contar la historia de una familia durante el final de la era soviética. Pero, como todos sabemos, la Historia tiene esas cosas: se da uno cuenta de que este personaje no se entiende sin aquella invasión, esa invasión no se entiende sin esa boda, esa boda no se entiende sin esa matanza, y esa matanza no se entiende sin aquel encuentro fortuito. Y así, en un afán de iluminar cada retazo del tapiz, Haratischwili se tuvo que remontar en el tiempo hasta recalar en un comienzo que, forzosamente, será arbitrario.

Yo, la verdad, le habría dado permiso para remontarse otro siglo, porque esta novela tiene todo lo que me gusta: muchas páginas, Historia, crueldad y nombres raros.

En definitiva, un novelón con el que me lo he pasado pipa.




domingo, 24 de febrero de 2013

El caballero de la piel de tigre, de Shota Rustaveli


Entre los libros que el barbero y el cura encontraron en la biblioteca de Alonso Quijano, faltaba la obra cumbre de la literatura georgiana. Y uno lo lamenta, porque ¡cuánto hubiera disfrutado nuestra gloria nacional con las andanzas de Avtandil y Tariel penando por sus amadas Tinatín y Nestan, o con el solitario Pridón, por tierras de Arabia, el Indostán o Jatai! Pero aunque aquel reino caucásico había recibido el nombre de Iberia por parte de griegos y romanos, la verdad es que el contacto cultural entre aquellos iberos y los habitantes de un lugar de La Mancha no era, por aquel entonces, especialmente estrecho.


Ruta militar georgiana, a su paso junto al Monte Kazbek.


Tampoco lo es hoy. De hecho, desde que Jasón y los argonautas llegaron a la Cólquide y se llevaron de allí el vellocino de oro, aquella tierra, Georgia y su cultura son para la mayoría de nosotros unas perfectas desconocidas, y a veces uno podría pensar que la mayor contribución georgiana a la humanidad fue Stalin. De hecho, fue precisamente leyendo la biografía del joven monstruo cuando por primera vez oí hablar de este clásico y de su autor, Rustaveli, entre otros oscuros nombres de poetas probablemente jamás traducidos a nuestra lengua. Esta obra, no obstante, sí se ha publicado en nuestro país, en ediciones muy contadas, y si no me equivoco, nunca en una traducción directa. En todas las bibliotecas públicas de la provincia de Barcelona sólo hay un ejemplar (el que tengo ahora en mis manos), incluido en una de esas impagables colecciones de Círculo de Lectores, y de la que, sencillamente, no existe foto de portada en google.

Y todo ese rollo lo suelto porque, una vez más, me maravilla y me deprime ver que unas obras tan sencillas, tan universales, tan hermosas y entretenidas como ésta desaparecen de catálogos, librerías y bibliotecas y se convierten en exquisitos manjares para cuatro eruditos y algún vampiro que pasa por allí. (No obstante, en la red sí está disponible. Aquí lo podéis leer en inglés)


Rustaveli en un fresco del Monasterio de la Cruz, en Jerusalén


Poco se sabe de Shota Rustaveli, aparte de lo que él mismo cuenta en esta obra. Para empezar, no sabemos su nombre, dado que Rustaveli significa o bien propietario o bien hombre de Rustavi, una ciudad al sur del país. Vivió en el siglo XII, y se piensa que fue ministro o tesorero (con perdón) en la corte de la reina Tamara de Georgia. Hizo una peregrinación a Jerusalén y allí, siglos más tarde, se descubrió un fresco en el Monasterio de la Cruz con su retrato.

Uno de los castillos de la Reina Tamara

A la reina Tamara precisamente está dedicada la obra, y, como suele suceder, uno se pone a investigar por ahí, luego por allá, una cosa lleva a la otra y acaba como tiene que acabar: perdiéndose uno por las carreteras secundarias de la historia. Esta Tamara es una figura cuya relevancia en Georgia va más allá de la historia. Su padre, Jorge III, era de los que sabían dejarlo todo atado y bien atado, y oliéndose las dificultades que tendría una mujer al frente del reino, decidió coronarla sin abdicar él, es decir reinar junto a su hija. De este modo, pensaba, consolidaría el poder de la heredera cuando él ya no estuviera. La jugada le salió bien, y, tras seis años de correinado (?), a la muerte de Jorge, Tamara heredó un reino fuerte que supo mantener así, si bien tuvo que hacer ciertas concesiones a la aristocracia. Extendió las fronteras del imperio, lo convirtió en un bastión cristiano contra el islam, contribuyó de manera decisiva a la fundación del Imperio de Trebisonda, y tuvo la buena idea de morirse antes de que llegaran las invasiones mongol y jorezmita (¿no os digo que se aprende mucho haciendo esto?) y le bajaran los humos a ese pequeño reino del Cáucaso.

Ilustración de Mihaly Zichy para la Tamara de Lérmontov

En occidente, y durante el romanticismo, la figura de Tamara se convirtió en un símbolo de la sensualidad oriental, y el gran poeta ruso Lermontov, un enamorado del Cáucaso, en su obra Tamara convertía a nuestra amiga en una devoradora de hombres.

La otra Tamara, junto a su padre, Jorge III, en un fresco restaurado del Monasterio de Betania

Frente a esta distorsión del personaje, en Georgia, en el siglo XIX, también se romantizó la figura de Tamara, pero por el lado pío. Tamara, que de hecho ya había sido canonizada por la iglesia ortodoxa, se convirtió así en una figura venerada por los georgianos, que veían en ella el símbolo de la época de mayor gloria y esplendor del país, un triste contraste con la Georgia anexionada al Imperio Ruso.

Avtandil al encuentro de un siempre lloroso Tariel (esa piel es de leopardo, a mí no me engañan). Al fondo, el sol y la luna.

El libro que nos ocupa, como buen clásico de la literatura medieval, es, en apariencia, sencillísimo, y nos habla de caballeros andantes que se pasan el día llorando por sus amadas, a las que tienen que abandonar quién sabe por cuánto tiempo para salir en busca de sus amados, léase, otro caballero andante tan noble, valeroso y apuesto como ellos. El primero es Avtandil; el segundo, Tariel. Cuando el uno encuentra al otro, parte casi al instante en busca de la amada de éste, presa la pobre de unos espíritus malignos. Y así, en esa continua búsqueda, mientras degüellan bichos a diestro y siniestro, nuestros héroes se encuentran con piratas, grutas llenas de incalculables tesoros, y algún otro caballero de triste y melancólica figura. Pero bajo esta tierna sencillez argumental se oculta una obra de gran calado filosófico y profundamente humanista.

Avtandil encuentra a Tariel moribundo junto a un tigre y un león, de Mihaly Zichy

A primera vista, El caballero de la piel de tigre, que en realidad puede que se trate de una piel de pantera, parece fundir los valores del amor cortés y la literatura medieval con un paganismo precristiano, donde se adora al sol, la luna y demás astros. Georgia fue, junto con Armenia, uno de los primeros países en convertirse al cristianismo. Hasta ese momento, habían convivido el zoroastrismo y el mitraísmo, caracterizado este último por el culto al sol. Y ciertamente, en este libro, prácticamente no hay estrofa donde no aparezca el sol. Tariel, que es el caballero en cuestión, después de cargarse a los jinetes del rey Rosteván, despierta en éste una incontenible añoranza por volver a verlo:

He encontrado un caballero de aire extraño y maravilloso;
los rayos que de él emanaban llegaban a los confines de la tierra...

Pero también su hermano jurado, Avtandil, es el sol:

De la mano le lleva, como al astro radiante,
Tariel, al verlo, exclamó que era igual al sol.

Tariel fue a su encuentro, los dos semejantes a soles,
a la luna, al cielo sin nubes, inundando de rayos la llanura;
a su lado, ni el áloe merece ser un árbol,
recordaban a los siete planetas. ¡Por qué buscar otra imagen!

Aparte del sol, hay, como ya habéis visto, una serie de símbolos y motivos, poderosos y primordiales, que se repiten sin cesar a lo largo de la obra. Así, a la luna y los planetas (los siete planetas de la época eran la luna, Venus, Mercurio, el sol, Marte, Júpiter y Saturno, y puede que estuvieran relacionados con los siete niveles de iniciación del mitraísmo), hay que añadir el cuervo y el león (primero y cuarto niveles de iniciación), la rosa, el cristal, el ciprés, el áloe, la perla, o el fuego. Pero curiosamente, en una obra tan repleta de motivos religiosos, dedicada a una reina que combatió contra los reinos musulmanes colindantes, y que fue escrita en plena época de las cruzadas, no hay, si la memoria no me falla, ni un sólo símbolo cristiano. Y por el contrario, el Corán sí se menciona en repetidas ocasiones. Nos dice este erudito y fascinante artículo que la obra está fuertemente influida por el islam, y más concretamente, por el sufismo. Mis conocimientos del sufismo no llegan muy allá. Tampoco los del neoplatonismo, otra de las bases filosóficas del poema. En cualquier caso, no es de extrañar que el poema no fuera visto con buenos ojos por la iglesia, y que ésta, como se nos informa en el prólogo, todavía en el s. XVIII se dedicara a mandar quemar ejemplares de la obra.

Avtandil, Tariel y Pridón, de Tamara Abakelia. No son la Santísima Trinidad. ¿Quizá las tres grandes religiones monoteístas?

Escrita más o menos al mismo tiempo que el Cantar de los Nibelungos y las obras de Chétien de Troyes, El caballero... nos narra una búsqueda. Como si del Grial se tratara, nuestros héroes emprenden una búsqueda continua, donde no importa tanto qué se busca como el hecho de buscar. Nos encontramos ante una obra arraigada en el humanismo del islam medieval -anterior al de la Europa renacentista-, y que abarca fuentes que van desde España hasta China. Se cita, por ejemplo, a Ibn Ezra, el gran poeta judío español, que escribía en árabe, y cuya poesía, aparte de estar imbuida de un fuerte componente homoerótico habitual también en sus contemporáneos musulmanes y más que evidente en El caballero..., invita al hombre a buscar en su interior y apartarse de la vanidad de la gloria mundana. El objetivo del caballero es, pues, hallar las fuentes últimas del conocimiento, incalculable tesoro oculto en una gruta. Así, mientras cristianos y musulmanes guerreaban, Rustaveli abogaba por la reflexión, la búsqueda de Dios en nuestro interior, y

yo canto aquí a un amor terrenal en su caminar hacia la carne,
quien sin lujuria lo imita, languidece y desfallece.

Avtandil junto a un manantial de montaña, de Sergo Kobuladze

Rustaveli es un héroe nacional en Georgia, y en su honor se han nombrado las más importantes avenidas, estaciones, teatros y premios nacionales. Pero curiosamente, del mismo modo que el cristianismo parece estar ausente en esta obra, la historia de El caballero... no sucede en Georgia, sino, como se ha mencionado más arriba, en Arabia, India, China y Persia. Aunque después de todo, quizá ello no resulte tan curioso en alguien tan leído y tan viajado como Rustaveli: humanismo y nacionalismo no suelen ir de la mano.
Probablemente fue de Persia de donde la obra recibió la mayor influencia cultural, literaria y, como ya hemos visto, religiosa. En esta estrofa, por ejemplo, aparecen los deves, procedentes del zoroastrismo persa:

Encontré cavernas vacías que los gigantescos deves habitaban;
yo los cortaba, los atravesaba, en vano se me resistían,
mas ellos mataron a mis esclavos mal protegidos por las cotas;
el destino siguió hiriéndome, alcanzándome con su rayo.


Los dos héroes en busca de aventuras, en una ilustración de Tseretliseuli del s. XVII

Más adelante, nos encontramos con los kachs, magos desprovistos de carne, hostiles a los humanos, y personajes habituales en los cuentos populares georgianos. Hay que señalar, no obstante, que el papel que juegan en la obra estos seres fantásticos es muy limitado. El tema principal, como ya hemos dicho, es la exaltación de los valores caballerescos, tales como el valor, la lealtad y el amor cortés, si bien, respecto a este último, se observa una vez más la influencia de Persia, y más concretamente, de Las mil y una noches. Porque el amor cortés será muy bonito, pero Avtandil, que, al contrario del dermoatigrado Tariel, no deja de tener su lado práctico, sabe que, a veces, uno ha de olvidarse de su amada, hacer de tripas corazón, y ceder ante los avances amorosos de una señora algo ajada (¡que además se llama Fatmán!) que le puede ayudar en su misión.

Fatmán con Avtandil saborea la dicha hasta el alba,
el caballero, sin deseo alguno, enlaza a su cuello el cuello de cristal,
muere pensando en Tinatín, furtivamente se estremece;
su corazón, otra vez salvaje, se une a las fieras.

Avtandil derrama en secreto lágrimas que llegan al mar,
en los negros remolinos de sus ojos bogan navíos de azabache,
dice: "Vedme, amantes felices, privado de la hechicera rosa;
como un cuervo sobre el estiércol, yo, el ruiseñor, se posa".

Las lágrimas fluyen de sus ojos, capaces de ablandar el suelo;
la rosaleda de sus mejillas pone un dique al bosque de azabache.
Fatmán está llena de gozo cual bello pájaro que se alegra:
cuando el cuervo encuentra la rosa, se cree ruiseñor.

Qué maravillas se escribían en el siglo XII. Y si ése ha sido, probablemente, el único momento en que asoma el cinismo, imaginaos la belleza de las 1.484 cuartetas restantes, donde se unen la lírica, la épica y hasta el existencialismo.

El destino trata al hombre como Dios a las tempestades,
tan pronto el sol brilla como la ira del cielo truena.
Antes, la desgracia me poseía, ahora en fiesta la cambio...

Nada es más dulce para el hombre que el azabache con el cristal,
que junto al ciprés, en el jardín el áloe regado en árbol se convierta,
que dé alegría a quien lo vea y tristeza al ausente...


Una lectura, en definitiva, fácil de leer, difícil de hallar, bellísima, fascinante, y que, al escribir estas líneas, me cautiva más a cada momento. 

La sangre con sus lágrimas mezcladas trazan canales en sus mejillas.
Él dijo: "El sol ya no está allá para que repose mi cabeza,
 mi corazón de diamante lo ha rayado una negra pestaña,
¡oh mundo! Ya no gozaré de alegría hasta que vuelva a verla.

La suerte que antaño, plantado en el Edén en árbol me convirtió,
hoy me hiere con su lanza y con su espada me desgarra.
Ha atrapado mi corazón en la trampa de fuego de la eterna llama,
ahora sé que este mundo no es más que una mentira y una patraña.

Os dejo con este precioso vídeo y el Coro de Rustavi, tierra, según una de las dos teorías al respecto, de donde procedía Rustaveli.


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