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martes, 21 de febrero de 2023

El triunfo de la ñoñería


Será porque la estupidez colectiva en la que estamos sumidos ha alcanzado un nivel intolerable de fetidez, será porque la triste y dolorosa situación familiar por la que estoy pasando me hace ver las cosas muy negras, o será porque nunca había visto a mi hijo tan indignado. Será por lo que sea, pero no he podido por menos de recuperar, no sé si excepcionalmente, mi querido blog y lanzar un munchiano grito al mundo.

 Fue precisamente mi hijo quien me dio la noticia. ¡Qué asco!, le oí decir. Y no es para menos: los libros de su infancia, los libros de su autor fetiche, los libros con los que él, sus hermanas y mi mujer y yo pasamos tantas horas tan gratas (ellos los leían y releían, y en nuestros viajes en coche, toda la familia los escuchábamos una y otra vez en aquellas cosas raras llamadas CDs), van a ser "adaptados" a los tiempos que algunos llamarán modernos, y que a mí me parecen puritanos y reaccionarios como hacía décadas que no veía el mundo.

Una joya ahora más valiosa que nunca

 Porque la gracia de Roald Dahl radica, en gran parte, en esa combinación de candidez y mala uva, en la creación de un mundo en el que los malos son feos, en el que la bondad se premia, en el que el egoísmo se castiga, y en el que, a pesar de todo ello, hay sitio para la sorpresa y la magia. Es un mundo que apela a ese anhelo que nos define como seres humanos y que dio lugar a los cuentos folklóricos: el anhelo de justicia. 

Aparte de horas de diversión, el niño encuentra (¿encontraba?) en Dahl consuelo ante las injusticias del mundo. En él veía cómo los poderosos son en el fondo más dignos de pena que de envidia, cómo la belleza externa no vale nada si tu corazón está podrido, y cómo no es el destino lo que marca tu vida, sino tus propias decisiones: está en tus manos ser bruja y buena persona.


Diría uno, pues, que la moralidad del Dahl infantil (luego están sus excelentes relatos no infantiles, pero eso es otra historia, a la cual se une el hecho de que el señor Dahl también tenía sus cosas, y su familia ha tenido que disculparse por ellas) es perfectamente compatible con una sociedad que promueve los valores de la igualdad, la justicia, la libertad y la ética, ¿no? Pues parece que, o bien hay algo en alguno de esos conceptos que rechina con las élites biempensantes, o bien es que utilizamos diccionarios diferentes.

El caso, para ir al grano, es que la editorial Puffin ha decidido reescribir (sí, esa es la palabra) los libros de Dahl con el fin de "retirar" de sus libros (¿no pensáis que este término, "remove" en inglés, es aún más siniestro que "eliminar"?) el lenguaje considerado ofensivo. Y a tal fin, ha contratado, ojo al dato, a "lectores de sensibilidad" para reescribir partes del texto y así asegurarse de que "todo el mundo puede seguir disfrutando de esos libros". 

Enorme

Las primeras víctimas han sido las palabras "gordo" y "feo", que han desaparecido de todas las nuevas ediciones. Así, Augustus Gloop, el golafre de Charlie y la fábrica de chocolate, ya no es gordo sino "enorme". La señora Twit ya no es "ugly and beastly", sino sencillamente "beastly" (desconozco cómo estaba traducido al español).

Pero a veces cambiar o retirar una palabra no es suficiente garantía de que nuestros niños vayan a ser dignos paladines de la ñoñez mundial. A veces hay que explicarles algunas cosas que, de otro modo, podrían conducirles a peligrosísimas conclusiones, y como Dahl no estaba por la labor, pues también hay que añadir tales explicaciones. Así, en Las Brujas, tras informarnos de que, bajo sus pelucas, las brujas son calvas, la nueva edición nos dice amorosamente que "hay muchas razones por las que una mujer puede llevar una peluca, y no hay nada malo en ello". ¿Qué es eso? ¿Oigo vuestras arcadas?

Os voy a lavar la lengua con jabón

Ya sé que nada de esto es nuevo. Mark Twain, Harper Lee y otros han sido víctimas de esta censura. Y sabemos también que gracias a ello desapareció el racismo en los EEUU. Así que admito que esta diatriba puede estar motivada por mis actuales circunstancias personales, y que quizá mañana vea las cosas de otra manera. Pero, joder, reescribir Roald Dahl...







viernes, 7 de abril de 2017

Literatura de buen rollo



No acaba de convencerme lo del buen rollo. Esta expresión ha adquirido un matiz banal y un tanto despectivo que estropea lo que, de otra manera, sería la traducción perfecta de feel good. Un libro feel good, una película feel good es como se llama en inglés a esas obras en las que no hay grandes tragedias ni personajes malos, y de las que salimos alegres, casi felices, y con un sentimiento de reconciliación con el mundo que el propio mundo no tardará en aguarnos. Esa es mi definición, y por supuesto es la correcta, y se equivocan esas listas que incluyen, por ejemplo, Matar un ruiseñor, donde, por muy feliz que sea el final, no olvidemos lo mal que hemos pasado hasta entonces; o las novelas de Harry Potter, pues el mundo con el que el buen rollo nos ha de reconciliar debe ser real, no mágico.

Gamberro entrañable


Los libros de buen rollo, en el sentido menos banal y despectivo posible de la expresión, son patrimonio casi exclusivo de la literatura inglesa, si bien podría hacerse alguna concesión a los suecos. Es natural que la mayoría de los libros de buen rollo pertenezcan al ámbito de lo que se considera literatura infantil, pero es importante subrayar que sólo determinados libros infantiles pueden incluirse en el susodicho género. Así, mientras las historias del osito Winnie Pooh consituyen la sublimación del buen rollo, Alicia en el país de las maravillas es demasiado sofisticado y hasta turbador para hacernos sentir bien. Del mismo modo, las inocentes travesuras de Guillermo el travieso son buen rollo, pero la justiciera crueldad de Roald Dahl, no. Y si cruzamos el charco, podríamos decir que Las aventuras de Tom Sawyer inaguran el buen rollo americano, a diferencia de las de Huckleberry Finn, algo más oscuras y de mayor calado.


Tampoco es de extrañar que la literatura de buen rollo abarque, en su mayor parte, el mundo de la infancia. La adolescencia es, probablemente, el peor mal rollo que se ha inventado, y en la edad adulta ya tenemos los ojos demasiado abiertos y la desconfianza a flor de piel como para creer en la bondad innata del ser humano. Sin embargo, aún quedan algunos libros que, a nuestros años, consiguen que cuestionemos nuestro cinismo y suspicacias. Cuando eso sucede, podemos afirmar que estamos ante una obra maestra del buen rollo, como por ejemplo el clásico Mi familia y otros animales, un libro venerado en Inglaterra como quizá sólo lo esté Sidra con Rosie, otro relato autobiográfico de infancia.

Los protagonistas de The Durrells

De niño cogí una gran manía a este libro. Recuerdo a mi madre estallar en carcajadas mientras lo leía, y supongo que algo edípico en mí me hacía sentir celos del señor Durrell. He tardado muchos años en vencer, en primer lugar, ese resentimiento, y, en segundo lugar, la pereza de leer un libro que no iba a contribuir en nada a mi colección de motivos para el pesimismo. Me ha animado a ello, como habrá sucedido con muchos lectores ingleses, la reciente adaptación de la novela a la televisión. En este caso, tras dos versiones de la BBC, una de 1987 y otra de 2005, la adaptación ha corrido a cargo del canal ITV, con un resultado que no ha satisfecho a los adoradores de la obra de Durrell, y que además se tomaba muchas licencias artísticas, pero tanto a mí como a mis hijos nos pareció la mar de simpatiquillo.

Lo verdaderos Durrell. De izquierda a derecha, Margo, Nancy, Larry, Gerry y Louise

Gerald Durrell nos narra en este libro las vivencias de su familia en la isla de Corfú, durante los cuatro años en que vivieron allí, desde 1935 a 1939. La madre, Louisa Dixie Durrell, viuda desde hacía siete años, decidió que toda la familia fuera a hacer compañía a su hijo mayor, el novelista Lawrence, y su esposa Nancy, que llevaban un tiempo viviendo en la isla. Gerald escribió Mi familia... en 1955, es decir, casi dos décadas después de Corfú, y no tiene reparos en manipular los hechos a su antojo. El libro no pretende ser rigurosamente fiel a los hechos, sino recrear la visión del mundo de un niño de diez años que crece en una familia un poco tarumba y que no deja de maravillarse ante el mundo y sus escarabajos. Por eso, poco importa que en el libro Larry viva con el resto de su familia, que su esposa, sencillamente, no exista, o que la guerra, el motivo que puso fin a su estancia en Corfú, tampoco se mencione.

El inolvidable Stephanides, amigo y mentor de Gerry

Los años que Gerald pasó de niño en Corfú fueron absolutamente idílicos. Imaginemos una isla mediterránea antes de que se hubiera inventado el turismo, y podremos hacernos una idea aproximada. Si además eres, como Durrell, una persona que se siente mejor en compañía de tortugas y sapos que rodeado de otros niños, Corfú, con su benigna fauna, debía de ser un auténtico paraíso. Y para coronar el placer, el niño no tardó en conocer a Theodore Stephanides, un devoto, como él, de las ciencias naturales y un hombre que se relacionaba con Gerry de naturalista a naturalista, sin un ápice de condescendencia. El autor recrea de manera excepcionalmente vívida esa sensación de libertad y arrobo, pero lo que hace grande este libro es, como acostumbra suceder con las obras maestras, el tono que adopta el narrador. Durrell encuentra el punto justo entre la inocencia de un niño deslumbrado por la vida, y la sutil ironía de un adulto conocedor de las debilidades humanas. Sabe recorrer con maestría la línea que separa la una de la otra, y en ningún momento cae en el gran peligro que ambas presentan: de una parte, la cursilería; de otra, el cinismo. Lejos de ello, el narrador nos muestra las excentricidades de su familia con esa seriedad británica que es tan divertida y tan poco resabida. Y es ese estilo y esos impagables diálogos los que, una y otra vez, me hicieron estallar en carcajadas, quizá más sonoras aún que las de mi madre.

Gerald Durrell y sus amigos, en 1936
 
El retrato que el autor nos hace de cada uno de los miembros de su familia puede parecer, de entrada, algo caricaturesco. De hecho, ésa fue la impresión que me dio la versión televisiva. Larry se nos muestra como un arrogante esnob obsesionado con sus historias y novelas; Leslie, como un tarugo que no piensa más que en sus escopetas; Margo, como una adolescente con preocupante tendencia al descarriamiento. Sin embargo, es justo decir que esa caricaturización contribuye en gran medida a la vividez con que vemos el mundo a través de los ojos de Gerry. Y en segundo lugar, es posible que la exageración no sea tal. La innegable obsesión de Gerry con sus bichos es la prueba de que estamos ante una familia de miembros monotemáticos.

La única foto que he podido encontrar de Spiro, aquí con Gerry.

Aparte de Theodore Stephanides, quien de hecho fue un verdadero polímata y un prestigioso poeta, Durrell consigue que personajes como el taxista Spiros hayan pasado a la historia de la literatura universal. Más difícil, y todavía más memorable, es lo que consigue hacer con los animales. Así, el duelo entre Cicely, una mantis, y Geronimo, una salamanquesa, constituye una escena absolutamente épica en la que el autor se detiene a lo largo de varias páginas. Y qué decir del retrato psicológico de la tortuga Achilles, o de las Magenpies, dos urracas a cual más sinvergüenza, o de Roger, el perro que acompaña al joven Gerry en sus paseos y exploraciones por la isla. Tanto es el detalle y el esmero con que Durrell se emplea al describir a los animales que el lector cree conocer a algunos de ellos mejor que a la propia madre o a la hermana del autor.

Un hombre tan encantador como el niño que fue

Mi familia y otros animales es, como decía más arriba, uno de esos libros queridos y hasta adorados por lectores de todo el mundo. Posteriormente, Durrell publicó dos obras más situadas en aquel período, que constituyen la Trilogía de Corfú. Su amor por la naturaleza y, en particular, los animales, no decayó, y de hecho nuestro amigo es tan conocido o más por su actividad como zoólogo y naturalista que por su obra literaria. Sin embargo, el epílogo a esta encantadora novela no fue precisamente lo que Durrell hubiera deseado. Como suele decirse en inglés, este libro "puso Corfú en el mapa", es decir, dictó la sentencia de muerte al paraíso que los Durrell habían conocido. Así lo veía, por lo menos, el propio Durrell, que lamentaría amargamente el modo en que la isla se entregó, sumisa, al turismo de masas. "Nunca regreses a un lugar donde fuiste feliz", cuenta el autor que le dijo una vez su hermano Larry (plagiando a Agatha Christie). Mí no haber estado nunca en Corfú, pero después de leer este gran libro, creo que mi decepción sería mayor aún que la de Gerald Durrell.





domingo, 26 de febrero de 2017

¡Que arda oriente!



La incendiaria idea se le atribuye a Lenin, quien en realidad, por una vez, fue mucho más comedido al revelar sus planes. En todo caso, el significado profundo de sus palabras quedó recogido en una inscripción en un cuartel general del ejército bolchevique: "nuestra misión es prender fuego a Oriente". Tratábase, naturalmente, de un fuego metafórico, el de la revolución de los trabajadores y, en este caso, para ser más precisos, la revolución de los pueblos oprimidos contra el imperialismo.

A aquella guerra de estrategia, espionaje, rumores y tinta falsa que el Imperio Ruso y el Británico llevaban librando desde hacía décadas en Asia Central, y que tan bien nos contó el gran Peter Hopkirk en El gran juego, no se le había llegado a poner fin. Con este libro, bastante menos extenso pero igual de fascinante, el historiador británico nos ofrece lo que podría considerarse la segunda parte de aquella historia. Seguimos, pues, con un imperio del zar que sigue empeñado, hasta su definitivo desmoronamiento, en amenazar, de manera directa o indirecta, la frontera del Imperio Británico en la India. En los primeros momentos después de la revolución, parecía que las cosas iban a cambiar, por lo menos de manera temporal. El 2 de marzo de 1919, Lenin, Trotski, Zinoviev y hasta 52 líderes revolucionarios crearon, entre los muros del Kremlin, la Internacional Comunista, que pasaría a ser más conocida como la Commintern. Su objetivo declarado era acabar con todos los gobiernos existentes y sustituirlos por un soviet mundial. Este proceso revolucionario debía comenzar en Alemania, a la sazón derrotada, arruinada y desmoralizada, y luego extenderse como un reguero de pólvora por toda Europa. Parecía, pues, que la cuestión asiática quedaba aparcada.

Delegados del II Congreso de la Comintern. Ahí están Lenin, Karl Radek, Gorki, Bujarin, Zinoviev y, en el centro mismo, M. N. Roy

El proyecto fracasó, a pesar de algún éxito efímero, como el de Hungría, pero entre los dirigentes europeos la sensación predominante no fue tanto de victoria a secas, sino de victoria por los pelos. El propio Lloyd George, el Primer Ministro británico, admitió en un comunicado privado a sus colegas en la Conferencia de Paz de París en 1919:

Existe el peligro de que arrojemos a las masas de población de toda Europa a los brazos de extremistas cuya única idea para la regeneración de la humanidad es la destrucción total del tejido social. Estos hombres han triunfado en Rusia...

En todo caso, la revolución mundial no se materializó, y Lenin se vio obligado a reconsiderar su estrategia. Allí, al ladito, seguía el felino agazapado de Asia, foco constante de tensión, en concreto la India, colonia británica donde Engels, ya en 1882, había augurado una revolución. Lenin siempre había creído que la liberación de los pueblos asiáticos y africanos vendría después de la de Europa. Su razonamiento ahora era que, si las potencias europeas perdían sus colonias, sus economías se verían tan afectadas que la ansiada revolución sería inevitable. "Oriente -declaró- nos ayudará a conquistar occidente". Aquí empieza nuestra historia.

El barón Ungern von Sternberg, reencarnación de Gengis Khan

El gran Peter Hopkirk nos la cuenta con tanta pasión y maestría como en El gran juego, y, una vez más, consigue convertir un complejísimo relato sobre geopolítica en una inolvidable aventura de espías, agentes secretos, científicos que pasaban por ahí y chiflados mesiánicos. Por ello, servidor va a intentar emular al autor y, en lugar de centrarme en los acontecimientos y la cronología, presentaros un par o tres de los grandes protagonistas de esta historia.

Uno de los más fascinantes, misteriosos y terroríficos es, sin duda, el barón Ungern von Sternberg, de quien, por cierto, ya hablé aquí. Nuestro héroe, nacido en Austria, descendía de una familia de rancio linaje aristocrático y militar estonio que se remontaba, según él, hasta el rey Atila. De hecho, Ungern-Sternberg, interesado desde su juventud en las ciencias ocultas y la filosofía y religiones de oriente, se creía la reencarnación de Genghis Kan. En 1908, al frente de un regimiento de cosacos, fue destinado a Mongolia, donde habían estallado las hostilidades entre Mongolia y China. Forjó unos lazos inquebrantables con la cultura y la tierra mongola, se convirtió a budismo lamaísta y dejó que su interés en el ocultismo deviniera una obsesión. Al mismo tiempo, seguía con su gloriosa carrera militar, en la que su fiereza y coraje le hacían temible. Regresó de la Gran Guerra con el torso encorvado por el peso de las medallas y, como feroz antibolchevique que era, con gusto continuó soltando mandobles a diestro y siniestro en la Guerra Civil que siguió a la revolución. Dicen algunos que un sablazo que recibió en la cabeza en esa feroz guerra acabó de volverlo tarumba; otros sostienen que su locura era congénita, mientras unos terceros responden que su sadismo y brutalidad eran de hecho la norma en la guerra entre rojos y blancos.

 El Ejército Rojo y los basmachi, guerreros musulmanes, en la mesa de negociaciones

Hopkirk se centra en el plan que urdió nuestro barón para reconquistar Mongolia, entonces bajo dominio chino, y que pasaba por expulsar de Urga (hoy, Ulan Bator) a los invasores. Se agenció para ello la ayuda de los japoneses, que eran enemigos acérrimos de los bolcheviques y que en Siberia habían apoyado la causa blanca durante la Guerra Civil. El objetivo final de Ungern-Sternberg era, pues, recuperar Mongolia para los mongoles, restaurar al Bogd Khan, el Buda Viviente, en el trono, y proclamar la Gran Mongolia. Una vez conseguido eso, al frente de un ejército cada día mayor, cruzaría Rusia en dirección a Moscú, liberando al pueblo del yugo bolchevique. El spoiler no lo pongo yo, sino la historia: Ungern-Sternberg no consigue su propósito, pero en el camino deja un horripilante reguero de sangre, crucifixiones y bolcheviques asados.

 El Barón Sangriento, visto por Hugo Pratt en Corto Maltés en Siberia

Un año antes de que el Barón Sangriento, como se le conocía, pusiera en marcha su gran proyecto de reconquista, en 1920 tenía lugar el II Congreso de la Internacional Comunista, en el que se abordó de manera directa, entre otros, la forma de propagar la revolución en Asia. Entre los delegados asiáticos se encontraba un joven y espigado revolucionario indio llamado Manabendra Nath Roy, nombre falso con el que pasó a la historia. Roy, que sentía un odio visceral por Gran Bretaña, había empezado a desarrollar una prometedora carrera como terrorista, hasta que, perseguido por las autoridades, se vio obligado a huir del país y, tras pasar por Japón, China y los Estados Unidos, acabó recalando en México, donde, junto con el agente de la Comintern Mikhail Borodin, fundó el primer partido comunista fuera de Rusia.

En abril de 1920, Roy asistió al congreso de la Comintern invitado personalemente por Lenin, quien, al verlo, se sorprendió por su  juventud, pues esperaba un sabio y barbudo hombre de oriente. No sería ésa la única sorpresa que se llevó el padre de la revolución, pues al poco de haber comenzado el congreso, Roy tuvo la osadía de cuestionar el análisis de Lenin sobre el problema colonial. El camaraderil duelo se resolvió sometiendo la cuestión a voto. Ganaron las tesis de Lenin, pero el prestigio de aquel audaz jovenzuelo subió como la espuma.

 Manabendra Nath Roy

Zinoviev se apuntó con entusiasmo a avivar el fuego que debía prender en Asia, y no se le ocurrió otra cosa mejor que llamar a los pueblos musulmanes a la yihad contra los opresores imperialistas, léase los británicos. Ese llamamiento, huelga decirlo, era cuando menos imprudente, y los propios musulmanes no tardarían en ver cómo la dictadura del proletariado cobraba un aspecto de lo más colonialista. Antes de ello, sin embargo, la mecha fue prendiendo. El despiece del Imperio Otomano por parte de los aliados encendió aún más los ánimos de los musulmanes, entre los que además empezaban a correr rumores de que los británicos tenían la intención de abolir el Califato. La tensión que se mascaba en Delhi se acentuó todavía más cuando Gandhi decidió apoyar a los musulmanes por medio de una campaña masiva de no-cooperación.

La masacre de Amritsar (de la película Gandhi). Leña para el fuego asiático

Dicha campaña llevó a Moscú la esperanza de que por fin la revolución había llegado a la India. Roy, sin embargo, no se fiaba ni un pelo de su compatriota el Mahatma, a quien, lejos de revolucionario, consideraba un absoluto reaccionario. Cuando en 1921, en la India, una turba furiosa prendió fuego a una comisaría y mató a veintidós oficiales británicos, Gran Bretaña se encontró al borde del precipicio. ¡La ocasión la pintan calva!, cuentan que exclamaron al unísono todos los soviets al tiempo que se frotaban las manos. Pero aquel acto de violencia fue rechazado de manera inequívoca por Gandhi, que decidió poner fin a su campaña y dio así un respiro a unas autoridades británicas a las que no les llegaba la camisa al cuello. Moscú se enfureció ante la irrepetible oportunidad perdida, y Roy contribuyó al mal rollo con un "ya os lo había dicho" y un artículo en el que apuntaba a que, de haber existido un partido indio revolucionario, otro gallo hubiera cantado.

Una de las primeras promociones de la Universidad Comunista del Este

Los soviéticos, por su parte, se habían estado preparando para tal eventualidad. Y qué mejor manera de hacerlo que creando la Universidad Comunista del Este, donde los alumnos estudiaban asignaturas sobre la organización y propaganda del partido, o teoría y tácticas de la revolución del proletariado. En sus escasos veinte años de existencia, la Universidad licenció a alumnos tan excelsos como el propio Roy, Deng Xiaoping o Ho Chi Min. La misión de las primeras promociones era infiltrarse, crear células revolucionarias y establecer contacto con los movimientos nacionalistas. Y probablemente ése fue el error de Roy: los grupos nacionalistas indios odiaban a los bolcheviques más aún que a los británicos y, por lo tanto, no querían que nadie los relacionara con el comunismo. Su propia guerra, la de la independencia, ya la ganarían ellos solos. La historia les dio la razón y se la quitó a Roy, que perdió el prestigio y suerte tuvo de escapar con vida. Poniéndonos metafóricos, podría decir que el fuego de la revolución quemó sus últimas cartas.

La insurrección de Cantón. La revolución que Stalin instigó en China le salió por la culata

El coronel Frederick Marshman Bailey es uno de esos personajes cuyas aventuras, de haber sido fruto de la ficción, el personal habría tachado de inverosímiles. Os contaré simplemente una de ellas y ya me diréis. Sucedió cuando Bailey se encontraba en Tashkent, intentando averiguar las intenciones del nuevo gobierno bolchevique, sobre todo en lo que concernía a sus planes para Afganistán y la India. Descubrió que había llegado a Tashkent un grupo de revolucionarios indios que se dedicaba a diseminar propaganda antibritánica y se proponía, con apoyo bolchevique, ganarse el favor de Amanullah, el nuevo rey de Afganistán. Amanullah había sucedido a su padre Habibullah, quien, además de aguantar la presión del Imperio Otomano y mantenerse neutral durante la Gran Guerra, había mostrado su firme rechazo a la revolución rusa y a cualquier tipo de contacto con los bolcheviques. Habibullah murió asesinado, no se sabe por quién, durante una cacería y el maleable Amanullah accedió al trono.

Amanullah Khan

Amanullah tenía prisa por hacer cosas y, apenas había alcanzado el poder, no se le ocurrió otra cosa mejor que invadir el Punjab, con lo que dio comienzo la llamada Tercera Guerra Anglo-Afgana. Los ingleses respondieron ipso-facto y, con el uso de la aviación, armada de bombas y ametralladoras, tuvieron suficiente con unas pocas semanas para destrozar al ejército afgano. Parece ser que Amanullah había fundado demasiadas esperanzas tanto en la población india, que, según sus cálculos, se iba a alzar en armas contra los británicos, como en los bolcheviques, de quien esperaba recibir apoyo moral y material. No ocurrió ni lo uno ni lo otro, pero Amanullah supo arreglárselas lo bastante bien como para llegar a un acuerdo satisfactorio con los británicos y seguir flirteando con los bolcheviques.

Frederick Marshman Bailey, agente de los servicios de inteligencia británicos

Desde Tashkent, tanto Bailey como el gobierno bolchevique observaban con atención los movimientos y tejemanejes de Amanullah con británicos y con Moscú. Todos eran conscientes de que un Afganistán encamado con los bolcheviques sería una amenaza letal para la India británica, pero Bailey también sabía que, en aquel momento, hubiera sido muy sencillo para el ejército británico expulsar a los bolcheviques de Tashkent y de toda Asia Central. Qué giro hubiera tomado la historia, nunca lo sabremos, En todo caso, Bailey, desencantado ante la inacción de su gobierno y temiendo por su vida, decidió huir de Tashkent.

Enver Pasha, en los tiempos en que le dijo a Lenin: yo te consigo la India y tú me ayudas a recuperar Turquía.

Para un ciudadano británico perseguido por la Cheka, huir de una ciudad controlada por los bolcheviques e intentar entrar en Bujara, regida por un emir feroz antobolchevique que, como todos los emires, consideraba que todo extranjero era un espía, era una misión suicida. Así que nuestro héroe, ni corto ni perezoso, tras adoptar diferentes identidas, entre ellas la de prisionero de guerra austriaco, se infiltró nada menos que en la Cheka, es decir, entre sus propios perseguidores, con la misión de capturar a un peligroso espía británico, léase, él mismo. Y el relato que hace Hopkirk de este episodio es tan magistral que me niego a daros más detalles. ¿Cómo será el relato que el propio Bailey hizo en su libro Misión en Tashkent?

El comisario Borodin con Chiang Kai Shek


Bailey, Roy o el Barón Sangriento son sólo tres de los muchísimos personajes fascinantes, cuando no increíbles, que nos encontramos en estas páginas. Si tuviera más tiempo y ganas de escribir, os hablaría un poquito de Paul Nazarov, un geólogo ruso que se convirtió en el líder de una operación para acabar con el poder de los bolcheviques en Asia Central, que acabó escapando a través de las montañas, donde fue emparedado vivo en una cabaña, y que nos contó sus aventuras en este libro.  Podría hablaros de Georges Agabekov, agente de la Cheka y desertor por amor, de quien Hopkirk apenas se ocupa, pero cuya vida daría para toda una novela. O de Mijaíl Borodin, agente de la Comintern que intentó exportar la revolución proletaria a China. O del Comisario Osipov, oficial del ejército rojo que decidió echar a los bolcheviques de Tashkent matándolos uno a uno para hacerse él solito con el poder. O qué decir de Chiang Kai Shek, cuya historia y la del Kuomintang Hopkirk nos relata de manera tan clara que servidor por fin la entiende. Y no podemos olvidarnos de Enver Pasha, cuyas aventuras, no por más conocidas dejan de ser igual de fascinantes que todas las demás. En fin, de todos ellos y unos cuantos más se ocupa este maravilloso libro. ¿He dicho alguna vez que me parece imperdonable que sólo haya un libro de Hopkirk traducido al español?

"Hopkirk no fue un historiador de sillón" (del obituario de The Times)

viernes, 4 de noviembre de 2016

El paraíso perdido


Seis fichas con notas he llenado con este libro. Y muchas, muchas horas. Y las que me esperan ahora para preparar una entrada medio decente. Son cosas que pasan cuando te da por leer un clásico de aquí te espero, escrito en una lengua que nunca existió y, por si fuera poco, intentar que no quede ninguna frase por entender, si no captando toda su profundidad, sí por lo menos identificando sujeto y predicado.

No sé hasta qué punto son accesibles las traducciones al español de este clásico. ¿Habrán intentado los traductores conservar la extraña gramática miltoniana, o, por el contrario, habrán optado por desgongorizar invocaciones, peroratas y exortaciones, y ofrecer al lector un texto elegante pero relativamente sencillo? Si alguien tiene experiencia u opinión al respecto, se lo agradeceré.

 Los ángeles acaídos explorando el infierno, de Gustavo Doré

A diferencia de otros clásicos de obligada pero cada vez más difícil lectura, que por ello son objeto de "traducciones" a una lengua moderna, el inglés de Milton se me antoja extraordinariamente complicado de suavizar. Pocos estudiantes ingleses leen hoy el texto original de Los cuentos de Canterbury, con su extraña mezcla de francés y anglosajón que se nos antoja impronunciable, cuando, en realidad, su lectura no precisa más que una edición bien anotada y un poquito de determinación. Asimismo, cabe imaginar (y lamentar) que llegará el día en que el propio Shakespeare necesitará de adaptaciones a un inglés contemporáneo para ser medianamente comprensible por las futuras generaciones de lectores. La relativa dificultad del bardo, sin embargo, se limita al vocabulario, fácilmente adaptable, o a las alusiones, probablemente más oscuras con cada siglo que pasa. Pero la dificultad de El paraíso perdido no se debe al paso del tiempo. Así, mientras que la lengua de Shakespeare no presentaba dificultad alguna a los espectadores que abarrotaban The Globe para asistir al estreno mundial de El rey Lear, el lector actual puede consolarse con la convicción de que los primeros lectores de Milton (que de hecho vino al mundo poco antes de que Shakespeare muriera) necesitaron de tanto tiento, paciencia y ganas de reordenar palabras como ha necesitado servidor.

 Satanás observa a los ángeles ascender al cielo, de John Martin

Lo que hace del inglés de esta obra una lengua sensiblemente complicada es el modo en que Milton latinizó la gramática. Ya en tiempos de Shakespeare la gramática inglesa era, en lo esencial, la misma que hoy, pero nuestro autor optó por cambiar el orden de las palabras, dejando los sujetos en suspenso hasta el final. Únanse a ello las infinitas alusiones tanto a los clásicos como a la política del momento, así como el vocabulario a ratos erudito, a ratos arcaico, y tenemos como resultado una lectura densa, lenta, exigente, pero también rica, relajada y sosegada, con permiso de Satanás.

Parece ser que Milton no sabía muy bien lo que iba a escribir, y tan sólo tenía claro que sería una obra maestra. ¿De qué género? Pues al principio, y hablamos de su tierna juventud, dudó entre una épica a la altura de Homero, Virgilio o Tasso, o una tragedia que nada tuviera que envidiar a Esquilo, Sófocles o Eurípides. Antes de cumplir los veinte, ya se había inclinado por la primera, y se propuso escribir una épica que abarcara todo el tiempo y el espacio. No, ambición no le faltaba. Para el tema de la obra, nuestro poeta estuvo durante un tiempo calibrando centrarla en Inglaterra, y durante un tiempo consideró que las guerras sajonas podrían darle bastante jugo. Sin embargo, Milton, hombre de mundo y, como hemos visto, con una amplitud de miras universal, acabó considerando, en primer lugar, que centrar su épica en Inglaterra sería un tanto provinciano; en segundo lugar, que el rey Arturo era un personaje demasiado fabuloso para una épica seria; y en tercer lugar, le entraron los escrúpulos antimonárquicos. ¿Qué relevancia habría tenido una épica del rey Arturo tras la Guerra Civil Inglesa de 1642?



No se sabe con certeza en qué momento decidió centrar su poema en el pecado original, pero parece ser que mientras rumiaba sobre una épica arturiana, preparaba una tragedia sobre el tema. Sin embargo, le costaba imaginar la infinita extensión del universo, desde el cielo hasta el infierno, dentro de los límites de un escenario. Así que poco a poco, la balanza se fue inclinando hacia una épica sobre el más universal de los temas. Fueron, como vemos, una concepción y un parto lentos y largos, muy acordes con el ritmo de lectura que esta impresionante obra exige.

El propio autor nos habla de ello en el libro IX:

 Since first this Subject for Heroic Song [ 25 ]
Pleas'd me long choosing, and beginning late;
Not sedulous by Nature to indite
Warrs , hitherto the onely Argument
Heroic deem'd, chief maistrie to dissect
With long and tedious havoc fabl'd Knights [ 30 ]
In Battels feign'd; the better fortitude
Of Patience and Heroic Martyrdom
Unsung; or to describe Races and Games,
Or tilting Furniture, emblazon'd Shields,
Impreses quaint , Caparisons and Steeds; [ 35 ]
Bases and tinsel Trappings, gorgious Knights
At Joust and Torneament; then marshal'd Feast
Serv'd up in Hall with Sewers, and Seneshals;
The skill of Artifice or Office mean,
Not that which justly gives Heroic name [ 40 ]
To Person or to Poem
Este asunto me agradó siempre para un canto heroico, fijé mi elección hace mucho tiempo y lo comencé muy tarde.  La Naturaleza no me ha dotado de suficiente aptitud para referir los combates, mirados hasta aquí como el único asunto digno de un poema heroico.  ¡Qué obra maestra la de relatar largamente el enojoso estrago de fabulosos caballeros en batallas fingidas, mientras que nadie se ocupa de un valor más noble, de la paciencia, de la constancia sublime del martirio!  Describir carreras y juegos, aprestos bélicos, escudos blasonados, divisas ingeniosas, caparazones y lujosos arneses, ricas gualdrapas y toda la pompa caballeresca de las justas y torneos; y luego los banquetes magníficos servidos bajo bóvedas suntuosas por coperos y senescales!  En cuanto a mí, no creo que esa habilidad del arte, consagrada a una obra mezquina, pueda dar fama justa y heroica al autor o al poema.
 
Satanás, el Pecado y la Muerte, de William Blake

Con lo cual viene a decirnos que los temas tradicionales de la épica no le convencían del todo. En todo caso, Milton ha elegido el momento cumbre de la obra para hablarnos de sus intenciones poéticas, pues nos acercamos, ya en el libro IX, al momento en que Satanás tienta a Eva.

Como es sabido, la Biblia no nos ofrece muchos detalles de estos episodios que han marcado el devenir de la humanidad. Semejante vacío es, desde luego, un regalo divino para cualquiera con un mínimo de imaginación que desee presentarnos un cuadro de dichos episodios. En lo que respecta a la escena que conduce al momento del pecado, los miltonianos Adán y Eva deciden, a instancia de ésta y pese a los recelos de aquél, ocuparse de su jardincito por separado. Antes de ello, Adán, que ha sido advertido de que el Maligno puede estar rondando por ahí, le expresa sus temores a Eva. Añade que Satanás actúa movido por la envidia, y sospecha que de todos sus placeres, ninguno excita tanto dicha envidia como el placer conyugal. Más que esta referencia al sexo, me parece interesante la motivación que busca Adán para el comportamiento de Satanás: la envidia.

 Satanás cede ante Gabriel

Y de hecho, parece una observación acertada, pues el Satanás que vemos en este momento en el Paraíso (el Edén parece ser un barrio del primero) se nos antoja un personaje melancólico, afligido, consciente del error que cometió. Sólo si consigue que el hombre caiga como cayó él, podrá aliviar el dolor que le produce la envidia.

Pues sólo en la destrucción encuentro alivio
a mis implacables pensamientos. (libro IX 129-30)

Esos implacables pensamientos los tenemos, por ejemplo, al principio del libro IV, con Satanás lamentando su error, y reconociendo que Dios no merecía su ingratitud.

Till Pride and worse Ambition threw me down [ 40 ]
Warring in Heav'n against Heav'ns matchless King:
Ah wherefore! he deservd no such return
From me, whom he created what I was
In that bright eminence, and with his good
Upbraided none; nor was his service hard. [ 45 ]
What could be less then to afford him praise,
The easiest recompence, and pay him thanks,
How due! yet all his good prov'd ill in me,
And wrought but malice (libro IV)

Me perdieron el orgullo y la más perversa ambición, al hacer en el cielo la guerra contra el monarca sin par que domina en él. ¡Ah!, ¿por qué fui tan insentsato? ¿Debía yo corresponder así a quien me puso en tan sublime altira, a quien jamás me echó en cara sus beneficios? ¿Tan dura era su servidumbre? ¿Qué menos podía yo hacer que tributarle alabanzas, siendo tan merecidas, y mostrarle una gratitud, que tan justa era? 

Adán poniendo nombre a los animales, de William Blake


Sin embargo, un arrepentimiento sincero es imposible, incluso aunque se ganara con él el perdón divino, pues su orgullo, ambición y vanidad le llevarían a volver a caer.

But say I could repent and could obtaine
By Act of Grace my former state; how soon
Would higth recall high thoughts, how soon unsay [ 95 ]
What feign'd submission swore: ease would recant
Vows made in pain, as violent and void.

Y sobre todo, lo que viene a continuación:

 For never can true reconcilement grow
Where wounds of deadly hate have peirc'd so deep

(Pues jamás podrá nacer una reconciliación sincera
allí donde tan hondo han llegado las heridas de un odio mortal)

Este libro IV es tan interesante como el XI, o los dos primeros, o el último, o... la verdad es que todos son una gozada. En el IV, en todo caso, Satanás visita por primera vez el Paraíso. Para ser más precisos, se cuela como un vulgar caco, tras saltar el muro. Una vez allí, toma la forma de un cormorán, símbolo de la rapacidad humana, y se sienta en lo alto del árbol del bien y del mal. Todo está listo para la entrada en escena de nuestros primeros padres, y la verdad es que, con su belleza y casi celestial perfección dejan a Satanás patitieso.

 O Hell! what doe mine eyes with grief behold,
Into our room of bliss thus high advanc't
Creatures of other mould, earth-born perhaps, [ 360 ]
Not Spirits, yet to heav'nly Spirits bright
Little inferior; whom my thoughts pursue
With wonder, and could love, so lively shines
In them Divine resemblance, and such grace
The hand that formd them on thir shape hath pourd

"Sólo ligeramente inferiores a los espíritus celestiales", dice, para añadir a continuación que la felicidad de la parejita tiene las horas contadas.

 Ah gentle pair, yee little think how nigh
Your change approaches, when all these delights
Will vanish and deliver ye to woe,
More woe, the more your taste is now of joy

Además de advertir a Eva del peligro que acecha entre la exuberancia del paraíso, Adán reflexiona en sus palabras a su compañera sobre la incuestionable bondad del Creador, tan generoso para con ellos dos, que nada han hecho para merecerlo, y a quienes tan sólo se les exige que no prueben del fruto del Árbol del Conocimiento.

Sole partner and sole part of all these joyes,
Dearer thy self then all; needs must the Power
That made us, and for us this ample World
Be infinitly good, and of his good
As liberal and free as infinite, [415]
That rais'd us from the dust and plac't us here
In all the¡is happiness, who at his hand
Have nothing merited, nor can performe
Aught whereof hee hath need, hee who requires
From us no other service then to keep [420]
This one, this easie charge, of all the Trees
In Paradise that bear deliciuous Fruit
So various, not to taste that onely Tree
Of knowledge

y ahora viene lo interesante

planted by the Tree of Life,
So neer grows Death to Life, what ere Death is, [425]
Som dreadful thing no doubt

(Plantado junto al Árbol de la Vida,
tan cerca de la Vida está la Muerte, sea ésta lo que sea,
algo sin duda terrible)



Satanás pensando "acabo de encontrar el disfraz perfecto"

No sé si porque el hombre es como es, o es la Iglesia la que es, el caso es que con frecuencia se ha relacionado el conocimiento adquirido por Adán y Eva con el sexo y, más concretamente, con la vergüenza que de repente les produce su cuerpo desnudo, algo de lo que hablaremos más adelante. Pero, ¿no es acaso más crucial para la condición humana la conciencia de la muerte? Si el hombre es el único animal que sabe que va a morir, ¿podemos decir que el pecado nos sacó de un estado animal? La Iglesia, por su parte, siempre prefirió verlo por el lado del sexo: el hombre es el único animal que puede -y debe- controlar el impulso de la carne.

Veamos qué sucede en los instantes anteriores y posteriores al pecado.

Se acerca el momento, y Adán nos regala unas palabras que, una vez descifradas, me parece que resumen a la perfección la gran contradicción acerca del libre albedrío y el conocimiento por parte de Dios de todo lo que va a suceder. Ya sabéis, si Dios sabe que voy a pecar, ¿tengo la libertad de no hacerlo?

O Woman, best are all things as the will
Of God ordain'd them, his creating hand
Nothing imperfet or deficient left [ 345 ]
Of all that he Created, much less Man,
Or aught that might his happie State secure,
Secure from outward force; within himself
The danger lies, yet lies within his power:
Against his will he can receave no harme. [ 350 ]
But God left free the Will, for what obeyes
Reason, is free, and Reason he made right

Que viene a ser algo así como "somos perfectos, PERO tenemos libre albedrío". No me digáis que no tiene jugo. Y aún se le podría sacar más si, por ejemplo, quisiéramos ver en esas palabras una crítica a la monarquía. Milton, como hemos dicho más arriba, era un furibundo antimonárquico y aplaudió la ejecución de Carlos I. En Paradise Lost, sin embargo, que es vista por muchos como el relato de una guerra civil celestial, entre el monarca y el revolucionario parece (nótese la cursiva) tomar parte por el reino de aquél, si bien no le duelen prendas en describir y adjetivar a este Dios de forma no siempre halagüeña. En el libro II, sin ir más lejos, y si bien son los ángeles caídos quienes hablan, se describe a Dios como "el Torturador".

Rafael advierte a Adán y Eva, de William Blake

Pero sigamos con la escena cumbre. Nuestros amigos se han separado, y la serpiente se ha dicho "ésta es la mía". Se aproxima a la débil hembra y empieza a engatusarla. Eva, que será pecadora pero no es idiota, le expresa el temor que le infunde la prohibición divina, a lo que la serpiente replica de esta guisa:

O Sacred, Wise, and Wisdom-giving Plant,
Mother of Science, Now I feel thy Power [ 680 ]
Within me cleere, not onely to discerne
Things in thir Causes, but to trace the wayes
Of highest Agentsdeemd however wise.
Queen of this Universe, doe not believe
Those rigid threats of Death; ye shall not Die: [ 685 ]
How should ye? by the Fruit? 

Ay, Reina del Universo, chiquilla, no te creas esas mentiras. No vas a morir.


it gives you Life
To Knowledge, By the Threatner? look on mee,
Mee who have touch'd and tasted, yet both live,
And life more perfet have attaind then Fate
Meant mee, by ventring higher then my Lot. [ 690 ]
Shall that be shut to Man, which to the Beast
Is open? or will God incense his ire
For such a petty Trespass, and not praise
Rather your dauntless vertue, whom the pain
Of Death denounc't, whatever thing Death be, [ 695 ]
Deterrd not from atchieving what might leade
To happier life, knowledge of Good and Evil;

Mírame a mí, que también probé del fruto, y no sólo no morí, signifique lo que signifique eso de morir, sino que además todo me ha ido muy bien desde entonces. Haz lo que te digo y verás cómo Dios estará orgulloso de tu valor y tu iniciativa.

Of good, how just? of evil, if what is evil
Be real, why not known, since easier shunnd?
God therefore cannot hurt ye, and be just; [ 700 ]
Not just, not God; 

Si el mal existe, ¿por qué no conocerlo, para así mejor evitarlo?

 Añadamos un poco de color: La mujer, el hombre y la serpiente.

Atención: spoiler. Eva cae en la tentación.

Lo que sucede a partir de ese momento no tiene desperdicio, y algunas escenas sorprenden por su carácter cinematográfico.

Thus Eve with Countnance blithe her storie told;
But in her Cheek distemper flushing glowd.
On th' other side, Adam, soon as he heard
The fatal Trespass don by Eveamaz'd,
Astonied stood and Blank, while horror chill [ 890 ]
Ran through his veins, and all his joynts relax'd;
From his slack hand the Garland wreath'd for Eve
Down drop'd, and all the faded Roses shed:
Speechless he stood and pale, till thus at length
First to himself he inward silence broke. [ 895 ]

¿Verdad que podéis ver le rostro de Adán congelado por el horror ante la revelación de Eva? ¿Y qué me decís de ese ramo de flores que se le cae de las manos?

Luego pasa lo que tiene que pasar, y Adán acaba probando del fruto también, pero atención, que lo hace por amor a Eva. Milton adelantándose siglo y medio al Romanticismo.

El primer efecto del fruto es la lujuria, y no os perdáis lo que Adán le dice a continuación a Eva:

 I the praise [ 1020 ]
Yeild
thee, so well this day thou hast purvey'd.
Much pleasure we have lost, while we abstain'd
From this delightful Fruit, nor known till now
True relish, tasting; if such pleasure be
In things to us forbidden, it might be wish'd, [ 1025 ]
For this one Tree had bin forbidden ten.

En otras palabras, ¡esto es una maravilla! ¿Por qué hemos tardado tanto en pecar? ¡Si tanto placer hay en lo prohibido, desearía que por este árbol prohibido hubiera diez más!

Pues sí, todos sabemos que el sexo en pecado da mucho más gustirrinín.

Pero como si se tratara de una resaca de champán y martini, al despertar de su noche de vicio han perdido todo vestigio de inocencia, y les invade la vergüenza.

 Satanás ocupando el trono del infierno

Cada línea de este libro es una joya, y está lleno de reflexiones tan interesantes que me podría estar citando línea tras línea. Pero la verdad es que con lo dicho hasta ahora, el lector que no haya leído El Paraíso perdido debe de estar haciéndose una idea muy equivocada de lo que es esta obra. ¿Adán y Eva? ¿Dónde está aquí la épica? Pues épica hay, de verdad, y mucha. Impresionantes batallas entre ángeles y demonios, caídas  del cielo al infierno atravesando todo un infinito, y escenas arquetípicas de todos los grandes poemas épicos.

En el libro II, por ejemplo, tenemos a los demonios entretenidos en sus juegos atléticos y competiciones musicales, mientras Satanás se va de viaje en una misión de reconocimiento, una escena que os podría recordar a Homero. En el libro V, vemos al ángel mensajero, Rafael, que llega al campamento militar de los ángeles con una noticia que todos intuyen de gran relevancia. Dejan lo que están haciendo y se levantan para oír lo que tiene que decir.

Like Maia's son he stood, [ 285 ]
And shook his Plumes, that Heav'nly fragrance filld
The circuit wide. Strait knew him all the Bands
Of Angels under watch; and to his state,
And to his message high in honour rise;
For on Som message high they guessd him bound.


Podríamos hablar también del final de este libro V. En él, Rafael narra a Adán y Eva la rebelión contra el poder de Dios que encabezó Satanás, y les refiere cómo Abdiel, seguidor de Satanás, se negó a seguir adelante con la rebelión y fue el único de sus seguidores que al final se mantuvo fiel a Dios. Satanás le ordena entonces que se marche y que informe a Dios de su decisión de gobernarse ellos mismos y medir sus fuerzas contra Él. No hace falta señalar que, en esta primera parte del libro, la actitud de Milton hacia Satanás es, cuando menos, ambivalente. La interpretación política de fragmentos como éste está fuera de toda duda, y no sorprende que muchos hayan visto en ellos una reivindicación de la figura de Satanás. Mucho menos ambivalente, desde luego, es esa misma actitud en la segunda mitad del libro, donde queda más patente la intención declarada del autor al escribir este libro: justificar los caminos de Dios.

Paradise lost es un libro infinito, y por tanto aquí no he hablado más que de una fracción de todas las imágenes, ideas y reflexiones de todo tipo que plantea. Y naturalmente, comentar un libro infinito es agotador. Leerlo, una gozada. Así que, por hoy, basta. Os dejo, eso sí, con los maravillosos versos finales, con Adán y Eva echando la vista atrás, al paraíso que abandonan por siempre jamás. Obra divina.

They looking back, all th' Eastern side beheld
Of Paradise, so late thir happie seat,
Wav'd
over by that flaming Brand, the Gate
With dreadful Faces throng'd and fierie Armes:
Som
natural tears they drop'd, but wip'd them soon; [ 645 ]
The World was all before them, where to choose
Thir
place of rest, and Providence thir guide:
They hand in hand with wandring steps and slow,
Through Eden took thir solitarie way.

Algunas lágrimas naturales derramaron, pero pronto las enjugaron;
El Mundo entero pasó delante de ellos, para elegir
su lugar de descanso, y a la Providencia como guía:
Con pasos errantes y lentos, de la mano,
a través del Edén tomaron su camino solitario. (XII 645-649)
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