Mostrando entradas con la etiqueta literatura española. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta literatura española. Mostrar todas las entradas

jueves, 28 de septiembre de 2017

Barcelonadas


A diferencia de los designios del Señor, los caminos que nos llevan a emprender una lectura son casi siempre perfectamente escrutables. ¿Qué se puede hacer cuando unos despreciables y estúpidos asesinos causan una masacre en tu ciudad? Miles de personas decidieron salir a la calle y gritar que no tenían miedo; otros, llenar de velas y recuerdos el mosaico de Miró en las Ramblas; y unos pocos, muy ruines y ruidosos, sacar tajada política. Pues bien, a mí no se me ocurrió más que refugiarme en la literatura sobre Barcelona. Podía haber recuperado la inolvidable Últimas tardes con Teresa, a mi juicio la gran novela sobre Barcelona, o haberme puesto de una vez con Vázquez Montalbán, sobre el cual no sé si alguna vez podré opinar. Finalmente, sin embargo, opté por abrir un par o tres de libros que rodaban por casa desde hacía décadas.

El primero de ellos fue La ciudad de los prodigios, de Eduardo Mendoza. Nos cuenta Mendoza en este libro dos historias: una, la del protagonista, Onofre Bouvila, un hombre de origen humilde que, apenas todavía un chaval, deja el pueblo y se va a la ciudad, dispuesto a ganarse la vida, prosperar por los medios que sean necesarios y amasar la fortuna que su padre, indiano fracasado, no pudo conseguir en Cuba. Eran tiempos en que todavía no se había inventado la adolescencia, y uno pasaba de niño a hombre como quien pasa la página del periódico. Por eso puede parecer chocante la edad de Onofre, de tiernos trece años, en el momento en que llega solo a Barcelona y se hospeda en una pensión de mala muerte. Es posible que Mendoza estirara tanto la precocidad del protagonista por exigencias del guión, dado que la historia se sitúa entre las dos exposiciones universales celebradas en Barcelona en 1888 y 1929, un lapso de más de cuarenta años en el que Onofre debe llegar a lo más alto y luego ver qué hace una vez allí.

Un reparto desacertado. Olivier Martínez es un soseras, y a Delfina, una chica que en el libro es descrita como poco agraciada, la interpreta nada menos que Emma Suárez

La segunda historia que nos cuenta es, por supuesto, la de Barcelona a través de los años en que, ya derribadas (cayeron en 1854) las murallas que durante siglos la habían aprisionado, la ciudad empezó a crecer y desarrollarse de manera vertiginosa. La exposición de 1888 debía de servir, pues, para colocar a Barcelona definitivamente en el mapa. Sin embargo, eran aquéllos, como hoy, por desgracia, años convulsos en la condal ciudad. En aquella Barcelona donde miles de obreros se hacinaban en barrios infectos construidos de la noche a la mañana, las ideas comunistas y anarquistas encontraron un caldo de cultivo ideal para su propagación. Y en ese caldo de cultivo, los gérmenes como Onofre Bouvila se movían como pez en el agua. Así, Onofre se dedica a todo tipo de trapicheo hasta que, poco a poco y gracias a algún que otro golpe sonado, se convierte en un respetado rey del hampa barcelonés.

Mendoza combina con absoluta maestría, pues, una suerte de novela picaresca, como es la historia de Onofre, y un retrato fascinante de nuestra querida Barcelona en el que se mezcla desarrollo urbanístico, economía, historia y política.

El Hotel Internacional, construido para la exposición en tan sólo 53 días y derribado al concluir ésta

Onofre, que al principio despierta nuestros instintos paternales, es objeto de un minucioso y profundo retrato psicológico por parte del autor. Podríamos estar ante uno de esos villanos repletos a partes iguales de maldad y grandeza a quienes su insaciable sed de poder condena a errar, miserables, por el mundo. Personalmente, sin embargo, el personaje me ha parecido víctima de ese apabullante retrato, como si, de tan bien que lo llegamos a conocer, se hubiera vuelto incapaz de sorprendernos. Todos sabemos que los personajes malvados siempre son más atractivos que los buenos, pero Onofre peca bien por exceso de maldad, bien por falta de rasgos que lo rediman. Por su parte, el resto de la enorme galería de personajes no tiene desperdicio, desde la familia y los habitantes de la pensión hasta los padres del protagonista, pasando por todos y cada uno de los mafiosos de tres al cuarto con los que se apandilla Onofre, o los prestigiosos y corruptos abogados y empresarios.

La fuente de Canaletas y un quiosco de los que no queda ni uno en Barcelona

No obstante, si hemos de juzgar por el título, La ciudad de los prodigios es, sobre todo, una historia de Barcelona, y en ese sentido, la novela es una gozada. Así, el relato de la construcción de las dos exposiciones, y en particular de la primera, en la que, en buena medida, se terminó de dar forma a la ciudad que hoy conocemos, es excelente. Mendoza se documentó de manera excepcional, y supo volcar esa documentación en el relato de manera que el lector nunca pueda separar los hechos y personajes históricos de los ficticios. Naturalmente, ello hace que la novela tenga bien poco de novela histórica y mucho de posmoderna, con un final que a servidor, que nunca ha logrado terminar un libro de Pynchon, le ha parecido especialmente pynchonesco.

Y a otra cosa, mariposa, que hoy tenemos mucho de que hablar. Verbigracia, de la gran Mercè Rodoreda.


Hablábamos de esta catalana universal y su obra más conocida, La plaça del Diamant, justo hace tres años (cada vez que me autocito y veo el tiempo que ha pasado, me entra un vértigo cósmico). Rodoreda, decía entonces, era en mis años mozos y, si no me equivoco, sigue siéndolo hoy, lectura obligada en la enseñanza secundaria en Cataluña. Sin embargo, una obra como Mirall trencat (Espejo roto, en castellano) está lejos de ser tan accesible para los lectores adolescentes como podía serlo La plaça... De hecho, las dos novelas están escritas en un estilo completamente diferente: mientras que la historia de Colometa se apodera inmediatamente del lector gracias a la voz de la narradora, así como a su lenguaje sencillo y directo, Mirall trencat se nos presenta como una novela sensiblemente más compleja, dadas sus múltiples voces narradoras y su fuerte carga simbólica, y por ende, de lectura más lenta y reflexiva.


Tanto la imagen de entrañable abuelita que tenía la autora como los títulos de sus obras (Aloma, La calle de las Camelias, o la que nos ocupa) dan a la literatura de Mercè Rodoreda un aire de enaguas y visillos que, desde luego, poco pueden atraer a priori a cierto tipo de lectores, en especial, desde luego, a los adolescentes mileniales. Craso error, como casi siempre que dejamos que las impresiones decidan nuestras lecturas, porque detrás de esas enaguas y visillos, que los hay, detrás de esas violetas, de esos armaritos lacados y de esos cojines de cretona, hay un auténtico volcán de pasiones o, si no os gusta esa expresión tan propia de un culebrón, un vertedero de sueños, amores y vanidades, descripción que se ajusta más al descarnado final de la novela. En cualquier caso, estamos ante una literatura que bucea en las miserias del alma humana como el mejor de los rusos, escrita, eso sí, con una sensibilidad exquisita, un lenguaje casi frágil de tan poético que es, y una elegancia propia de esos amantes a la antigua que cantaba el brasileño.

La mansión de los Valladaura, en un fotograma de la adaptación que hizo la televisión de Cataluña

A primera vista, Mirall trencat no es una novela tan barcelonesa como la anterior, en el sentido de que el escenario principal no es tanto la ciudad como la casa familiar y el jardín en los que transcurre la historia y algunos de sus terribles episodios. No obstante, a través de los avatares de los personajes y la casa, Rodoreda sí nos presenta un impresionante retrato de la sociedad y la historia de aquella Barcelona que conocieron nuestros abuelos y sus padres, aquella ciudad que, desde principios del siglo XX fue creciendo entre prosperidad y convulsiones hasta el estallido de la guerra civil. Con los personajes que la pueblan la autora nos muestra de manera soberbia todas las capas de aquella sociedad, desde la más alta burguesía hasta las clases más humildes, que entablaban entre sí las relaciones más indecorosas y, por consiguiente, inquebrantables de que es capaz nuestra débil carne. 

Nos cuenta Mirall trencat la historia de Teresa Goday, hija de una pescatera que, merced a su matrimonio con un decrépito bolsista, entra en ese mundo de la alta burguesía, un detalle que se repite, en mayor o menor medida, en las tres novelas que traigo hoy. Teresa, que tiene un hijo ilegítimo al que criará como si fuera su ahijado, se casa, tras la muerte de su anciano marido, con el diplomático Salvador Valladaura, que vivirá toda su vida anclado en el recuerdo de su amada. Bárbara, que así se llama la pobre, muere al inicio de la novela en un suicidio muy shakespeariano, pero permanece sin embargo como uno de los personajes más enigmáticos de la novela. 

La calle Urgel, irreconocible

Poco a poco, la novela se va erigiendo en una impresionante saga familiar, con todas las miserias, rencores, mentiras y secretos inconfesables que uno pueda imaginar, y, por eso, o a pesar de ello, con un terrible aire de melancolía que no ayuda precisamente a levantar el ánimo, pero que, como lectores, nos hace disfrutar como enanos. El lenguaje de Rodoreda, sutil y poético, que contrasta con la brutalidad de algunas escenas; sus referencias literarias, como la muerte, ya mencionada, de Bárbara, que nos hace pensar en Ofelia, o la relación entre María y Ramón, que nos remite a Cumbres borrascosas; su rico uso de los símbolos, con un jardín también muy bronteano; su sorprendente, pero acertadísima, introducción del elemento sobrenatural en la tercera parte; o el retrato de todos y cada uno de sus personajes, complejos, redondos, humanos y algún sinónimo más, hacen de Mirall trencat una novela extraordinaria, y de la mansión de los Valldaura un pequeño universo humano.


Y mientras todo el mundo conoce, y con justicia, a Rodoreda, me da la impresión de que pocos, más allá del Ebro, han oído hablar de Narcís Oller. Nacido en Valls en 1846 y muerto en Barcelona a la edad de 83 años, Oller es otro de los autores canónicos en la asignatura de literatura catalana. Por ello, y por mi tozudez, rebeldía e ignorancia, me negué en redondo a leerlo en aquellos años de secundaria (aunque, no me preguntéis cómo, siempre me las apañaba para aprobar con notas más que aceptables). En fin, más vale tarde si la dicha es buena, y en este caso lo ha sido y con creces.

Narcís Oller

Oller es un autor decimonónico con todas las de la ley, y La febre d'or tiene ese sabor inconfundible que tienen las grandes novelas europeas del XIX. Situada en los años de 1880 a 1882, esta novela nos presenta un retrato de la locura bursátil que se apoderó de la Bolsa de Barcelona en 1876 hasta su estallido seis años más tarde, es decir, apenas unos años antes del inicio de La ciudad de los prodigios. Aquella locura, que tomó su nombre a posteriori precisamente de la novela de Oller, permitió un gran desarrollo industrial y económico en Cataluña, donde a la burguesía le dio por fundar bancos como quien crea un blog. La febre d'or nos cuenta la historia de Gil Foix, un hombre de extracción humilde que descubre lo fácil que es enriquecerse si se tiene habilidad para comprar y vender en el momento oportuno (recordemos que el marido de Teresa Goday, en Mirall trencat, había construido así su fortuna). Como veis, parece una radiografía de la España del pelotazo, y es que en todas partes y épocas cuecen habas.

De lo que se entera uno leyendo La febre d'or: Barcelona tuvo un hipódromo nada menos que en Can Tunis

Creo no ir muy desencaminado si aventuro que, al escribir La ciudad de los prodigios, Mendoza tuvo bastante presente la novela de Oller. Hemos visto, por ejemplo, cómo el escenario de ésta es el punto de partida de La ciudad... Nos encontramos una vez más con un hombre que deja atrás sus orígenes humildes a base de medrar o, en el caso de Bouvila, a través del crimen. Y Mendoza, que siembra su novela de referencias literarias de todo tipo, da a su protagonista femenina principal el mismo nombre que tiene la heroína de La febre d'or: Delfina.

     

Sería interesante comparar estas dos Delfinas, la descastada anarquista de Mendoza y la vaporosa e idealista de Oller, tan diametralmente opuestas a primera vista, pero tan próximas la una a la otra en el fondo. Igualmente interesante resulta la comparación entre el protervo Onofre y el bobalicón de Gil. Como ya he señalado más arriba, en el arte, como en la historia, los malos siempre son más resultones. En este caso, no obstante, el personaje del bolsista Gil Foix se me antoja más redondo que el del hampón Onofre. Carente este último de rasgo redentor alguno, podríamos decir que toma el camino más directo que le ofrece la novela, y una vez lo enfila, nada lo aparta de él. Gil, por su parte, deambula de aquí para allá, al vaivén de lo que quieran hacer con él los buitres de los que se rodea. Sueña, tropieza, se convierte en el hazmerreír de la burguesía vieja, siempre desdeñosa de estos advenedizos a los que jamás aceptará completamente (qué poco han cambiado algunas cosas en Cataluña), y nos brinda un episodio inolvidable, como es el de sus andanzas por París con una fulana de altos vuelos.

El Bolsín de Barcelona, uno de los escenarios de la novela. Hoy es una escuela de arte

Oller, cuya obra literaria recibió elogios de autores como Galdós o Zola, es un pequeño regalo para el lector que gusta del realismo y al que ya se le empiezan a acabar los franceses y los rusos, y no tiene bastante con Clarín o el ya mencionado don Benito. No obstante, hay que decir que, juzgando por esta obra, a Oller a veces le pierde la moralina, en especial en el tramo final de la novela. Pero bueno, también los más grandes moralizaban, y  por otra parte, algunos pensamos que la resolución de una novela es su parte menos importante. Como sucede con las entradas de blog.

Qué bonita es Barcelona sin banderas

viernes, 1 de julio de 2016

Rebajas de verano


¡Ya están aquí y vienen más refrescantes que nunca! Cinco reseñas de saldo, con hasta un 80% menos de palabras, para que vayas menos cargado y disfrutes más de la playa.


The children act, de Ian McEwan, traducido al español como La ley del menor.

Flojito, flojito. McEwan parece haber escrito esta novelita con desgana, como quien cumple un trámite. A primera vista, uno diría que le falta pasión, pero, bien mirado, la pasión no suele ser lo que hace grandes las grandes novelas de este autor, sino un encomiable afán de meter el dedo donde más duele y hacerlo con elegancia. La elegancia está presente aquí, una elegancia sosa, monótona y predecible, una elegancia de oficinista de la city. Y eso que el argumento tenía potencial: una juez que se enfrenta al caso de un menor que necesita tratamiento médico urgente, pero cuyos padres se niegan a ello por motivos religiosos.

Quizá presintiendo el desarrollo anodino que iba a tener una historia escrita con ánimo de burócrata, McEwan intenta darle un poco de vidilla contándonos las desventuras matrimoniales de su señoría. Pero ni por ésas.


La larga marcha, de Rafael Chirbes.

Mi primer Chirbes. Tarde, lo sé. Todo lo contrario de La ley del menor. Una obra escrita con el corazón, el estómago, el alma o los cojones. O con todo a la vez. La historia de dos generaciones: la que salía de una guerra que había vivido, sufrido o librado, y la de sus hijos. Gran cantidad de personajes a cual más interesante. Sin buenos ni malos. Chirbes trata a sus lectores como gente adulta. Personajes que saltan de la página. Lenguaje rico y preciso dentro de su sencillez. Atmósfera de tristeza sin desesperación. La historia de nuestros abuelos. Sueños que presentíamos iban a acabar rotos.


The ice princess, de Camilla Läckberg.

Aunque ya lo he dicho unas cuantas veces, la verdad es que estos thrillers norteños van la mar de bien para desconectar. Tres o cuatro al año no hacen daño. Y ésta me gustó mucho.



El hombre sonriente, de Henning Mankell.

Todos los años caen una o dos de Mankell. Sin embargo, a diferencia de la de Läckberg, ésta me pareció flojita, con el argumento cogido por los pelos y demasiadas concesiones a la inverosimilitud. Se sostiene con apuros hasta la parte final, donde acaba por desmoronarse.



Lluvia de verano, de Ahmet Hamdi Tanpinar.

Mi descubrimiento de este año. Tanpinar (1901-1962) está considerado el mayor escritor turco del siglo XX. Creo recordar que su nombre aparecía una y otra vez en la obra Estambul, de Orhan Pamuk, lo cual no es de sorprender, dado que, bajo una apariencia de historias de amor, la gran protagonista de su novela más conocida, Paz, es la propia ciudad. En esta novelita que nos ocupa, se nos narra la relación de un escritor y una misteriosa joven que se presenta en su jardín una tarde de lluvia. Suceden muy pocas cosas, pero hasta llegar hasta aquí han tenido lugar terribles tragedias. La escritura de Tanpinar, de quien dicen que está muy influido por Proust, es magistral y delicada, como una obra de orfebrería, y las imágenes de un Estambul difuminado por la lluvia se han quedado conmigo para siempre.



La pequeña comunista que no sonreía nunca, de Lola Lafon.

Peino las suficientes canas como para recordar el nombre de Nadia Comaneci, que tanto se oyó en aquel verano de 1976. En los Juegos Olímpicos de Montreal, una niña de un país remoto habitado por lobos y salvajes consiguió por primera vez en la historia un 10 en las pruebas de gimnasia. Aquella niña no sólo marcó la historia de Rumanía, sino que cambió para siempre aquel deporte. Comaneci tenía catorce años. A partir de entonces, la gimnasia femenina ya no volvería a estar dominada por mujeres.

La historia de lo que sucedió a continuación en la vida de Nadia y de su país es fascinante, y ha conseguido mantener mi atención hasta la última página, a pesar de que, a mi juicio, esta novela (sí) de Lola Lafon es una obra fallida desde la primera página. Lafon se ha propuesto escribir una suerte de biografía ficcionalizada, al estilo de lo que hizo Carrère con su impresionante Limónov. Lo de biografía ficcionalizada o ficticia es una forma de decir que nos están contando una biografía, y al mismo tiempo se están defendiendo ante cualquier posible dato erróneo. Esto es así y el lector debe aceptarlo tanto le guste como si no. El problema es que, mientras Carrère nos convence plenamente con su ficción, la novela de Lafon está lastrada por un plateamiento erróneo, en el que, de modo explícito, nos advierte, antes de empezar, de que ha respetado lugares, fechas y hechos, pero se ha inventado todo lo demás. Mi gozo en un pozo. Y cuando nos ofrece extractos de sus ficticias conversaciones telefónicas con Comaneci, no sólo sabemos que dichas conversaciones son falsas, sino que además, y esto es lo imperdonable, suenan falsas. Utiliza además Lafon un estilo retórico y efectista que me ha parecido de lo más forzado e irritante.

Con todo, la historia de Comaneci, su relación con sus compañeras de equipo, su entrenador, su manipulación por parte de Ceaucescu, su relación con el hijo de éste, o su huida del país son tan interesantes que uno se deja llevar por la historia hasta el final.


Menajem Mendel, de Sholem Aleichem.

Mendel deja atrás a su mujer y se va a buscar fortuna. En sus cartas, le cuenta a su esposa sus ideas, sus proyectos, su puesta en  marcha y sus fracasos. Y vuelta a empezar. Mendel no se rinde ni ante la adversidad, ni ante los reproches de su mujer, que sabe que nada bueno saldrá de la fantasiosa e ingenua cabeza de su marido. Los capítulos alternan las cartas de Mendel y las respuestas de su esposa. No es, pues, especialmente sofisticada como novela, y su esquema llega a hacerse un tanto repetitivo, pero por otra parte, se trata de una lectura bastante divertida y un estupendo retrato de la vida en el shtetl dentro de la zona de asentamiento de los judíos en la época del tardío Imperio Ruso.




Little Wilson and Big God, de Anthony Burgess.

Anthony Burgess es uno de esos nombres que nos suenan, y, si preguntas por ahí, alguien te dirá que ha leído La naranja mecánica o Poderes terrenales, que son, de hecho, dos obras magistrales. Pero en algún momento alguien tendrá que dar un puñetazo en la mesa y reivindicar su figura como lo que fue: un escritor genial, absolutamente único, probablemente uno de los más grandes autores ingleses del siglo XX. Un buen lugar para acercarse a su obra serían sus memorias, y probablemente es mejor empezar por el segundo tomo, titulado en español Ya viviste lo tuyo. Comenzaba éste poco después de que le diagnosticaran un tumor cerebral incurable, momento a partir del cual Burgess empezó a escribir frenéticamente. Quizá fuera incurable el tumor, pero no acabó con él hasta varias décadas, muchas novelas, alguna que otra sinfonía, muchas borracheras y más de una pelea tabernera más tarde.

Yo no me metería con él

En uno de mis veranos ingleses conseguí hacerme con el primer volumen (bendito Bookbarn), que es también apasionante y divertido de principio a fin, con sólo algunos altibajos. Burgess nos habla aquí de su infancia, evidentemente; de su Mánchester natal, de aquellos años donde la posguerra se solapó con el auge de los totalitarismos en Europa, de la pérdida de su fe católica, de sus años en España, donde su imprudencia al llamar en público "cabrón" al caudillo lo llevó a la cárcel; de su ignominioso e hilarante paso por el ejército, del nacimiento de su primera vocación, la música, o de sus clases de literatura en Malasia. Y la lista podría seguir. Nos regala escenas divertidísimas, como cuando le rechazan su primera novela porque, dice el editor, "no parece una primera novela, aunque sí sería buena como segunda novela".

Dado que Burgess nunca rehuyó el enfrentamiento físico, es evidente que no le daba miedo la polémica. Así, habla con vehemencia de sus fobias literarias y políticas, y no tiene reparos en contarnos alguna experiencia sexual que hoy, desde luego, no estaría bien vista por el público lector. Burgess es uno de esos escritores que, en baja forma, nos divierte y entretiene. Y aquí está en plena forma.



La casa, de Paco Roca.

Maravilloso. Paco Roca está tocado por la gracia en esta historia sencilla y universal. Y algo muy importante: pese a que las novelas gráficas están cada día más presentes en mi índice de lecturas, es con Roca con quien realmente aprecio ese lenguaje especial que caracteriza a este género. Cada viñeta está donde tiene que estar y ocupa el espacio que debe ocupar. Con Roca uno aprende a disfrutar de la composición, y se da cuenta de toda la reflexión que hay tras cada dibujo. Observad si no esa primera página y veréis cuánto nos dice esa viñeta final que se repite.

lunes, 7 de marzo de 2016

De envidia y panderetas


Dicen que la envidia es nuestro pecado nacional. Yo dudo que dicho pecado sea patrimonio exclusivo de nuestro país, pero sí creo que los españoles manifestamos nuestra envidia de una manera muy sui generis. Un español que se abre camino hacia el éxito es admirado, pero cuando lo alcanza, sobre todo si ese éxito cruza los Pirineos, es denigrado, en primer lugar, por un pueblo que no tolera que nadie, a base de esfuerzo, consiga salir de la mediocridad; y en segundo lugar, por una prensa que necesita de esas figuras para advertirnos de los peligros de desmarcarse del rebaño.
No sé si el caso de Joselito es mera envidia, o es más bien lo que viene después, que es ese descanso aliviado que se toma la envidia cuando el ídolo se ha hundido en el olvido y se ha arruinado por completo. Y no lo sé porque, al igual que casi todos vosotros, no viví la caída de Joselito, cuyo nombre oí por primera vez de labios de mi abuela, quien un día me dijo con gran emoción "hoy dan en la tele una película de Joselito, un niño que canta como los ángeles". Cantaba, debería haber dicho, porque por aquel entonces la voz angelical había abandonado a nuestro héroe, que desde hacía ya unos años era un juguete roto.


En cualquier otro país, la vida de José Jiménez Fernández, en lugar de servir de carnaza para el siniestro pimpampum al ídolo caído, hace tiempo que habría sido recuperada por algún escritor o cineasta que, con un poquito de talento, hubiera podido hacer de ella lo que es: una historia conmovedora, indignante, universal y, sin embargo, increíble. ¿No es acaso increíble que ese niño nacido en una humildísima familia jienense llegara a convertirse en un fenómeno mundial? ¿Que fuera invitado por el presidente de los Estados a visitarlo en su rancho? ¿Que viviera en directo la revolución cubana y que, en el transcurso de aquel acontecimiento histórico, pasara dos meses junto al Che y Fidel Castro? ¿Que llegara a compartir mesa con Frank Sinatra? Un personaje así es el sueño de todo creador, y no cuesta imaginar lo que Philip Roth o Norman Mailer hubieran podido hacer con él.
Pero en España, tristemente, en demasiadas ocasiones preferimos aliviar nuestras miserias mofándonos de la desgracia ajena y solazándonos con su ridículo, cuando en realidad estamos proyectando en él nuestros miedos y complejos. Celebramos la caída del ruiseñor porque quién le manda traficar con drogas. Y así, tranquilizados por sentirnos superiores a quien lo tuvo todo, nos podemos entregar a lo que de verdad nos gusta. Nos reímos de Joselito porque, decimos, representa esa España franquista de pandereta y chorizo, pese a que, por increíble que parezca, y a diferencia de tantos artistas hoy respetados, nuestro héroe no actuó jamás para el caudillo ni se hizo una sola foto con él. Lo despreciamos porque sus películas son atroces, que lo son, probablemente, pero no más que las de Elvis. ¿Quién es el cateto, pues?

Siempre se ha rumoreado, aunque el propio Joselito lo niega, que los buitres que se apoderaron de la figura del pequeño ruiseñor y, sobre todo, de los beneficios que éste producía, intentaron a toda costa alargar esa infancia tan rentable. En todo caso, cuando las hormonas de la adolescencia se acabaron de adueñar del cuerpecito malnutrido de nuestro héroe, Joselito dejó de tener ningún valor comercial. Entre todos lo abandonaron y el solito se esfumó.


Pues bien, al final no ha sido Philip Roth, sino un ilustrador y dibujante de tebeos (como él mismo se define) español el que ha recuperado la figura legendaria de Joselito para dignificarla, quitarle de encima las varias capas de caspa que los españoles le hemos echado encima y, de paso, crear una excelente, entretenidísima y, más que original, revolucionaria novela gráfica que (ya puestos, por qué no echar mano del tópico) hará las delicias de los amantes del género.


Supermán Joselito en audiencia con Juan XXIII

José Pablo García ha decidido contarnos la vida de Joselito a través de un repaso a toda la historia de la novela gráfica. Y es que, como podéis ver en las ilustraciones, esta obra destaca por la enorme variedad de registros y estilos en su trazo y composición. Aquí están las historietas de Bruguera, está el manga, está Tintín, está El Corto Maltés, está Jack Kirby, están Roberto Alcázar y Pedrín, está David Mazzucchelli, están las estampas conocidas como aleluyas (yo también ignoraba este nombre, pese a que uno las reconoce al instante), y así, aseguran quienes las han contado, hasta cuarenta referencias a diferentes estilos y autores. Dice García que esta variedad de registros era la mejor forma de narrar la vida de alguien tan camaleónico como Joselito, que de querubín pasó, según la poco contrastada información de un prestigioso periodista, a mercenario, de mercenario a traficante de drogas, y de camello a efímera estrella resucitada en uno de tantos lamentables realities con los que nos gusta idiotizarnos.


La vida de Joselito, aunque a algunos no les guste admitirlo, forma parte de nuestra historia, y su figura, la de un chico humilde al que el éxito devoró, no por vieja y conocida deja de ser relevante. Con Las aventuras de Joselito, José Pablo García nos ha contado esta historia arquetípica de un modo absolutamente nuevo, pero no es eso, en mi opinión, lo más importante, sino, cómo ha conseguido, por medio del arte, devolver a Joselito la dignidad que le negamos. Respeto.

 Y cómo cantaba el jodío

martes, 27 de marzo de 2012

Las calles de arena, de Paco Roca


"Hoy es la última oportunidad que te doy. Si quieres vivir en la luna, será sin mí. ¿Entiendes?"

La vida es absurda. Mejor dicho, ¡la vida podría ser tan sencilla si no nos empeñáramos en hacerla absurda con nuestra estupidez! Esto ya lo han dicho jefes indios, locos sabios, ascetas, Budas y Kalil Gibranes a lo largo de los siglos, pero yo me quedo con el modo en que lo dice Paco Roca.
Un joven de apenas treinta años, enamorado de los cómics, olvida una importante cita que tenía con su novia para ir al banco y firmar la hipoteca del piso que van a comprar. Cuando ella lo llama al móvil, el chico se encuentra  hojeando Tintín en el Tibet en una librería, de donde sale comprando un modelo a escala natural de Corto Maltés. En su prisa por llegar al banco decide tomar un atajo a través del Barrio Viejo. Una vez dentro, se encuentra con calles que tuercen interminablemente, escaleras que suben y bajan, y constantes bifurcaciones, y naturalmente, se pierde. Anochece y llega al Hotel La Torre, donde decide pasar la noche. No tarda en descubrir que ha llegado a un mundo dominado por el absurdo...


...pero por el absurdo de lo normal, de lo cotidiano, de lo que apenas nos llama la atención en nuestros amigos, familiares o en nosotros mismos. El absurdo modo en que vivimos, prisioneros de nuestras propias cadenas, que arrastramos gustosa y resignadamente. Así también los personajes de Las Calles de Arena, que, todo hay que decirlo, aparte de metafóricos son absolutamente entrañables. Tenemos al hombre que se pasa la vida preparándolo todo con tanta meticulosidad que jamás pasa a la acción. Tenemos a otro que se la pasa preparándose para la muerte. Tenemos al hombre inmortal cuya propia inmortalidady la cantidad infinita de tiempo le provocan pereza y desidia, y no hace otra cosa que coleccionar recuerdos. Tenemos a la mujer enamorada de un hombre al que nunca ha visto y que desprecia al que está a su lado y la ama. Y unos pocos más. Y tenemos, por supuesto, al protagonista, hombre sin nombre, que se ve en la tesitura de atarse también las cadenas de la sociedad y hacer lo que se espera que haga, o de, por el contrario, renunciar a un trabajo estable, una esposa responsable y una larga y duradera hipoteca, y seguir en la luna. Todos ellos viven atrapados en un absurdo eterno al que se condenan ellos mismo por el miedo al paso del tiempo.
Y mientras continuamos resignados a nuestra impotencia frente al tiempo, nuestro doppelgänger se apropia de nuestro destino y se larga a otra dimensión a hacer todo aquello que tendríamos que estar haciendo nosotros. ¿Quień tiene la culpa de que yo a mis 43 años siga siendo un autor inédito, cuyo máximo logro literario es un claudicante blog? Y mientras tanto por ahí anda Vila-Matas, disfrutando de un éxito que no le pertenece.


En las numerosísimas reseñas que se pueden encontrar de esta obra, son constantes las referencias a Borges, Cortázar, Poe, Dostoievski, Carroll y Kafka, entre otros. Sí, todos los que están son, empezando por el borgiano título que nos remite a "El Libro de Arena", o la genial cita de Carroll que abre el libro. He encontrado, sin embargo, pocas menciones a las referencias visuales, y no olvidemos que hablamos de una novela gráfica. Pues bien, a mí el mundo de las imágenes de Roca se me ofrece de un modo mucho más personal y subjetivo que el literario, y seguramente meteré la pata si digo que ese hotel monstruoso me recuerda a la Babel de Brueghel el Viejo...



...o que esas calles sinuosas con escaleras en los sitios más inopinados me traen a la mente los dibujos de Escher, un Escher, no obstante, mucho más angustioso precisamente por ser lógico y coherente. 


Tampoco he podido dejar de pensar en After Hours, aquella inolvidable y hoy casi olvidada película de Scorsese, cuyo título en España fue traducido de manera infame como ¡Jo, qué noche!.


 Y yo diría que he visto hasta a Amélie... 


Hacía tiempo que le tenía echado el ojo a las novelas del autor valenciano, pero fue el entusiasmo de la entrada de littleEmily la que me acabó de decidir. Paco Roca es ahora el autor de modaa raíz del estreno de la película Arrugas, basado en otra obra suya. En Las calles de arena, cuyo estilo, según dicen, tiene muy poco que ver con sus obras anteriores, se revela como un artista de desbordante imaginación, muchas cosas que contar, gran talento para contarlas, y un sentido del humor sencillo pero efectivo (ese vampiro siempre con una tirita en la cara, que se queja: "es irritante afeitarse sin poder verse en el espejo"). Como digo, ésta es la primera obra suya que leo, pero sin duda vendrán más. La verdad es que con autores como éste y Alfonso Zapico, la novela gráfica en nuestro país tiene un futuro esplendoroso.


sábado, 20 de noviembre de 2010

La ofensa, de Ricardo Menéndez Salmón

Después de leer La ofensa, y como hago casi siempre antes de escribir una reseña, me he paseado por la red para leer otros blogs y ver qué les había parecido a los demás esta novela. Salvo alguna pequeña discrepancia, bastante bien argumentada por cierto, casi todo el mundo parece estar de acuerdo en que nos hallamos ante una gran novela o, cuando menos, ante un autor que está dejando ya de ser una promesa para convertirse en uno de nuestros mejores narradores.
La ofensa, al igual que Derrumbe, es una novela muy corta, de apenas 140 páginas de letra bastante grande. En ella se nos narra la vida y tribulaciones de Kurt Crüwell, un sastre alemán que de la noche a la mañana se ve enrolado en el ejército nazi, se despide para siempre de su novia, judía, se convierte en el favorito de su superior, asciende a cabo y participa en la invasión de Francia. Allí, en un pueblo llamado Mieux, será testigo de una horrible matanza que lo condena a una extraña enfermedad: una absoluta insensibilidad.
Del desarrollo de esta enfermedad, de su tratamiento a cargo de un médico francés, Lasalle, y una enfermera británica, Ermelinde, nos habla la segunda parte, mientras que en la tercera vemos cómo se cierra el círculo que se abre con aquella cámara que filma la masacre, y cómo el pasado atrapa a Kurt y le hace rendir cuentas.
Se dice que la novela hace referencia a El corazón de las tinieblas de Conrad. Efectivamente, en un interesante juego de espejos, nuestro personaje central, Kurt, que se derrumba o, casi literalmente, se desintegra en su humanidad ante la masacre del pueblo de Mieux, comparte (casi) el nombre del personaje conradiano responsable de"el horror, el horror". La novela se sitúa, así, en el centro de esta dualidad inocencia-maldad. Del mismo modo, cobran gran relevancia otros temas conradianos como la carga de la culpa y el anhelo e imposibilidad de su expiación.
A mí La ofensa me ha parecido irregular. La primera parte está muy bien narrada, y tanto el estilo como la historia me han recordado al Joseph Roth de La Marcha Radetzky. Hay alguna inconsistencia, como por ejemplo, la ignorancia por parte de Kurt del futuro que le espera a su novia. No había alemán en 1939, y menos aún si tenía una relación con una judía, que no supiera lo que tarde o temprano le iba a suceder a ésta. Esta inconsistencia, sin embargo, no chirría demasiado dada la poca relevancia de Rachel, la novia del protagonista. Más discutible puede parecer el giro final de la novela.
Evidentemente, el autor no tiene la intención de contar una historia verosímil, sino que está utilizando una imagen simbólica. Así, aunque haya ido demasiado lejos al utilizar la casualidad, aunque el reencuentro final de Kurt con su antiguo superior, en el momento preciso de la proyección de la película, resulte del todo inverosímil, todo ello no importa, se nos sugiere, porque no estamos sino frente a una imagen que resume una de las ideas centrales de la novela. ¿Y cuál es esta idea? Toda su vida, Kurt se ha dejado arrastrar,  por la familia, por los acontecimientos, por la vida, por su sensibilidad; acepta y cumple, callado; no cuestiona; nunca toma las riendas. Y en la escena final, no sabemos hasta qué punto es consciente de que se dirige al reencuentro con su pasado, aunque esa consciencia haría más "disculpable" la casualidad. Menéndez Salmón (¿cómo querrá este señor que lo llamen?), parece plantearnos cuestiones sobre la fatalidad, sobre nuestro destino y el modo en que lo buscamos al tiempo que intentamos eludirlo. Aun así, da la sensación de que el autor "se ha pasado". En cualquier caso, estas ideas me parecen más interesantes que el concepto del "cuerpo" como frontera entre nosotros y el mundo, concepto en el que se centra la segunda parte de la novela.
Otra cosa que no acaba de convencerme es el papel del narrador, aunque supongo que aquí intervienen mis gustos personales. Me parece que el punto de vista no está del todo conseguido. Por lo menos, a mí no me acaban de gustar esas intrusiones del autor, y a uno le da la sensación de que Menéndez Salmón no ha sabido trazar una línea clara entre autor y narrador. La enfermedad, a la que el médico francés que lo trata, Lasalle, se refiere como "la metáfora", impulsa al autor quitarle el micro al narrador y ofrecernos párrafos cargados de filosofía. A mi juicio, esos párrafos sobran. Una novela puede "ser filosófica" sin recurrir a tantas preguntas retóricas y un tanto pretenciosas. Coincido con la crítica citada anteriormente en que estos párrafos parecen dirigidos a halagar el ego del lector. También le sobran a la novela unos kilitos de retórica, con esas repeticiones entre lapidarias y de político discurseando.
Con todo, y pese a sus imperfecciones, La ofensa es una novela recomendable, entretenida, con anhelo de profundidad, e interesante tanto en sí misma como en la trayectoria de un novelista que, para mí, todavía tiene que dar lo mejor de sí.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Derrumbe, de Ricardo Menéndez Salmón

Fue a raíz de alguna entrevista con Menéndez Salmón, leída por ahí, que me decidí a leer algo de este señor. Parecía un tipo interesante, inteligente, alguien a quien le interesa bien poco la fama y mucho la literatura. Así que en cuanto vi este libro en la biblio, cortito, de Seix Barral, me dije "a por él".
En su primera parte, Derrumbe parece ser un thriller, aunque no muy al uso. Nos encontramos con un despiadado asesino en serie, y con un detective sagaz, culto, y en plena crisis matrimonial. Hasta aquí, lo normal. También hay un grupo pseudo-terrorista, Los Arrancadores, que se dedica a ir sembrando el terror por medio de sabotajes tales como introducir agujas en los alimentos, carece de reivindicaciones políticas y no persigue otro objetivo que el de sembrar el terror. No obstante, el estilo de esta primera parte no es el habitual en lo que sería un thriller convencional. La intercalación de breves escenas, el hábil cambio de punto de vista; el magistral uso de la elipsis; el lenguaje, a ratos poético, a ratos crudo, así como el tono retórico, nos indican que se trata de otra cosa.
La segunda parte de la novela es la que, por lo menos a mí, más me desconcierta. No porque sea confusa o esté mal escrita, sino porque me pregunto si el autor no habrá ido demasiado lejos al dar rienda suelta a su imaginación. En Promenadia, la ciudad imaginaria creada por Menéndez Salmón, se encuentra Corporama, un parque temático sobre el cuerpo humano, construido sobre un gigantesco modelo, cuyas entrañas pueden recorrer los vsitantes, conocido popularmente como El Hermafrodita. Es allí donde tres jóvenes, Menezes, cultísimo niño de papá rico, y los gemelos Humberto y Hugo, conciben el primero de sus sabotajes. Ahora dejamos de lado el thriller policial y entramos en una historia de jóvenes con demasiado tiempo, demasiado dinero, asqueados de la sociedad y resueltos a llevar a cabo una hecatombe e irse al infierno con los demás.
La tercera parte recupera a Manila, el inspector, y a Mortenblau, el asesino en serie. El título de esta tercera parte, "Padres sin hijos", es bien elocuente. Parece ser ésta una reflexión sobre el dolor de ser padre, sobre los tenues, o casi inexistentes, vínculos que unen a padres e hijos. Manila, Valdivia (uno de los personajes centrales, que aparece en la segunda parte) y el mismo Mortenblau nos muestran diferentes aspectos de este vacío emocional y de este abismo generacional que separa a unos y otros.
Paz. Paz. Paz, es todo lo que uno de los padres puede implorar al final, sabedor de que sólo hay una forma ancestral y terrible de encontrarla.
No sé si Derrumbe es una "gran" novela. En esto de la grandeza siempre hay grados. Es, desde luego, muy interesante, original, arriesgada, y además se lee de un tirón, cosa que no siempre sucede con las novelas cortas. A mí me ha descubierto a un autor al que pienso seguir leyendo, y cuya novela anterior, La ofensa, la tengo ya esperando en una pila de libros.

domingo, 30 de mayo de 2010

Mañana en la batalla piensa en mí

He aquí lo que escribí leído un tercio de esta novela:
"¿Es Mañana ... una gran novela?
Marías es una persona culta, pedante, pomposa y narcisista. Muchos grandes escritores son así. El problema con esta novela es que narrador y personajes no son otra cosa que Javier Marías.
La historia no es gran cosa, aunque tampoco tiene por qué serlo. El autor se ha propuesto contar una historia a través de unos pocos mimbres (una muerte inesperada, sus repercusiones para quienes la rodean y quien asistió a esa muerte), y lo consigue. Me recuerda el estilo a Ian McEwan, y cabe recordar que es lugar común hablar del estilo británico de Marías. Pero insisto, el problema es que esta novela no es otra cosa que Javier Marías (y me atrevería a decir que más el articulista que el novelista) de principio a fin.
¿Es creíble un narrador que, pese a ser guionista de cine y televisión, dedica incontables líneas a despotricar contra el mundillo literario de novelstas envidiosos, críticos frustrados, editores cobardes y catedráticos gandules?..."
Una vez terminada la lectura, no me duelen prendas en reconocer que me equivoqué en mi apresurado juicio, influido, desde luego, por mi antipatía por Marías el personaje.
Mañana... es una novela de lectura apasionante, imposible de dejar. Profunda, culta e inteligente, una novela sobre la necesidad de contar, sobre el acto de contar. Poniéndonos shakespearianos, podríamos emular a Marías y decir que el narrador que ha narrado ha "done the deed", ha cometido el acto. La inanidad de la vida, o mejor dicho, de nuestras vidas, o de manera aún más precisa, de lo vivido; la indiferencia del tiempo y su negra espalda; la confrontación o la complicidad entre azar y destino; estas son algunas de las ideas desarrolladas en la novela.
Magistrales sus páginas finales, donde el autor va recogiendo, como las piedrecitas que fue tirando por el camino, largas citas anteriores.
Naturalmente, no es una novela perfecta. Me reafirmo en lo dicho anteriormente: Marías no parece capaz de crear diferentes voces, y así, los personajes más relevantes, desde Ruibérriz, Deán o el Solitario, hablan exactamente igual que Víctor Francés (es decir, Javier Marías).
Tampoco el humor es uno de sus fuertes. La larga escena del Solitario intenta ser divertida. Quizá lo hubiera sido si Marías hubiera conseguido crear en la figura del Rey un personaje creíble. A mi juicio no lo es.
En resumen, aunque es un libro leído con casi veinte años de retraso (leí Todas las almas y Corazón tan blanco cuando se publicaron;  no me gustó el título Mañana... y ahí interrumpí, hasta ahora, mi relación con Marías) reconozco en él a un gran narrador. Pero en cuanto a originalidad, sentido del humor, capacidad de renovación, y creación de un estilo propio que asimile a grandes narradores pasados y presentes, Marías sigue por detrás de nuestro monumento vivo a la literatura, Enrique Vila-Matas.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...