Mostrando entradas con la etiqueta novela gráfica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta novela gráfica. Mostrar todas las entradas

viernes, 30 de diciembre de 2016

Restos de temporada 2016


Parece que fue ayer, el tiempo vuela, no somos nada y por estas entrañables fechas vuelven, como cada año, los restos de temporada. Se trata, una vez más, de esas lecturas que este indolente bloguero no ha querido buscar tiempo para reseñar, aunque este año no están todas las que son. De las que están, algunas han sido grandísimas lecturas, mientras que otras simplemente han cumplido su cometido. Pero, en todo caso, ¿quién soy yo para negarles a unas u otras sus cinco líneas de gloria?


La princesa de hielo, de Camilla Läckberg

 El primero de la cuota de cuatro o cinco thrillers al año. Éste, que, si no me equivoco, es el primero de la señora Läckberg, me gustó mucho. Hace tic en todas las casillas de requisitos para un buen thriller.


Paciencia, de Daniel Clowes.

Éste ha sido, para mí, el año de la novela gráfica. Creo que habrán pasado por mis manos alrededor de treinta obras de este género, si es que puede hablarse de un único género, cuando sólo en el manga nos encontramos ya con una variedad inmensa, como vimos aquí.

Y así, tras la inolvidable lectura de Corto Maltés y alguna que otra más, la primera gran novela gráfica que cayó fue esta Paciencia, de Daniel Clowes.

Las obras de Clowes siempre llegan al límite, esa fina raya que separa la obra perfecta del "se ha pasao". A mi juicio, en esta obra no sobrepasa dicho límite, lo cual nos pone en la difícil situación de juzgar si se trata, en efecto, de una obra perfecta o no. Lamento deciros que no voy a dirimir la cuestión, pero sí os diré que, como casi siempre con Clowes, estamos ante una obra interesantísima, atractiva, que nos propone una nueva versión del viaje al pasado para cambiar el presente.



El lejano país de los estanques, de Lorenzo Silva

Y si leo thrillers, ¿por qué no leo alguno de un autor español? Lorenzo Silva es uno de los más reconocidos autores del género, y al igual que hice con Camilla Läckberg, decidí empezar por la primera novela de la serie con el sargento Bellacqua. Está muy bien escrito y construido, pero algo me dice que gustará más a suecos e islandeses. Esa urbanización mallorquina, esas discotecas en la costa, y esos detectives tan españoles me resultan demasiado familiares. Ya, ya lo sé, soy un cateto.

Eso sí, lo que no tiene desperdicio es lo que nos dice wikipedia: "la novela es una obra maestra en todos los aspectos".


Sigmund Freud, de Ralph Steadman

Pipa en mano, Freud nos mira desde una foto, rostro severo amigo de las preguntas muy, pero que muy personales. Como casi todos los señores severos, Freud tenía un gran sentido del humor, y además dedicó muchísimas páginas a explicar los mecanismos del chiste. De ello trata este libro, que además de recoger las ideas principales de Freud sobre el chiste, nos presenta una colección de momentos y anécdotas significativas de su vida, así como una serie de impresionantes ilustraciones.


Enemigos de la promesa, de Cyril Connolly

Éste es tan sólo uno de los tres volúmenes incluidos en Obra selecta, publicada por Lumen hará ya casi diez años, y que desde entonces esperaba mustia en la estantería. Connolly era uno de esos eruditos de Eton primero y Oxford después, hombre de conocimiento inabarcable que se dedicó a la crítica porque le faltaba ese je ne sais quoi necesario para la ficción. Bueno, no tanto je ne sais quoi como no me acuerdo de quoi, porque ése es precisamente uno de los temas de los que habla en este libro. También nos revela algunas de las nada agradables interioridades de las escuelas privadas británicas de principios de siglo, y habla mucho de literatura.

Fascinante, aunque, en ocasiones, quizá demasiado inteligente para quien esto escribe.


Dzhan, de Andréi Platónov

Platónov es una de mis deudas pendientes con la literatura rusa. En mi defensa puedo alegar que su obra no parece ser la niña de los ojos de nuestros editores, y que la edición en Cátedra de Chevengur, considerada su obra maestra, estaba lastrada por una traducción tan mala que no lo pude terminar.

Esta novelita titulada Dzhan es una pequeña maravilla. Nos cuenta la historia de Chagaev, un turcomano abandonado de niño por su madre en medio del desierto. Años más tarde lo vemos en Moscú, donde se casa con una mujer a la que no conoce, para darle un padre al bebé que está esperando. Su trabajo lo lleva entonces de vuelta al desierto del que procede, con la misión de hacer que el pueblo Dzhan abrace el comunismo. Magistral.


El rastreador, de Jiro Taniguchi

Taniguchi ha escrito auténticas obras maestras, de algunas de las cuales ya hablamos aquí. A su lado, El rastreador es una obra menor. El argumento es un poco rebuscado y difícil de creer, aunque, en principio, podría parecernos bastante más verosímil que el viaje al pasado de Barrio lejano. Pero ya sabemos que en ficción "verosímil" no es lo mismo que "creíble". En todo caso, leer a este maestro es siempre un placer, y sus ilustraciones son una gozada.



Una historia del mundo en 100 objetos, de Neil MacGregor

Un libro de lo más interesante y ameno. MacGregor observa, analiza y describe objetos tan conocidos como la Piedra Rosetta o el Rinoceronte de Durero, aunque en general prefiere centrarse en objetos mucho más"anónimos": unas monedas de la India, un azulejo coreano, unos elefantes de porcelana de Japón, una pipa de los nativos americanos, o incluso una tarjeta de crédito. La verdad es que las observaciones del autor son apabullantes, y uno se queda impresionado con la cantidad de observaciones sociológicas e históricas que es capaz de deducir a partir de un simple objeto. Una forma diferente de aprender historia.



El día de Julio, de Beto Hernández

Ésta sí es una obra maestra de las de verdad. Comparado siempre y de manera algo cansina con García Márquez, Hernández nos habla de algo tan sencillo, ja ja, como la vida, y lo hace, una vez más, desde el punto de vista de un pueblo situado en algún lugar entre México y Estados Unidos. A través de los ojos de Julio, vemos pasar la historia del siglo XX, en compañía, como es habitual, de una maravillosa galería de personajes, vulgares algunos, extraordinarios otros, con sitio para alguno terrorífico, y con episodios enigmáticos que parecen sacados de algún sueño lejano que nos suena vagamente. Soberbio.


Introducción a la mitología griega, de Carlos García Gual

Lo malo que tienen los libros tan buenos como éste es que uno aprende demasiado. Nos decimos tengo que seguir, no sé nada de mitología, voy a buscar más libros sobre el tema. Y como al final volvemos a nuestras lecturas habituales, este libro queda como una isla coronada por un volcán en medio del océano.


El cielo sobre Berlín, de Sebastiano y Lorenzo Toma

Un libro curiorísimo. Se trata de una adaptación de la inolvidable película de Wim Wenders situada en el Berlín actual. Los autores, padre e hijo, recogen muchas de las historias y personajes del original, y utilizan personas reales para crear sus preciosas ilustraciones, con uso de la tecnología y a partir de apenas cuatro colores. Indiscutiblemente, está a la altura de la película.


La familia Karnowsky, de Israel Yehoshua Singer

Llevo años esperando que alguien se decida a publicar las obras de Israel Yehoshua Singer, a quien su hermano, el gran Isaac Bashevis, consideraba su maestro. Hasta que la impagable Acantilado hizo realidad mi sueño, la única novela de este Singer publicada en español, Los hermanos Ashkenazi, considerada su obra maestra, llevaba años descatalogada y era, y sigue siendo, prácticamente imposible de encontrar.

La novela que nos ocupa es un auténtico novelón, una gran saga familiar de las que tanto gustan los autores yiddish. Singer nos cuenta los avatares de tres generaciones de una familia que deja Polonia para instalarse en la Alemania de los años 30, y de ahí se ve forzada a emigrar a los Estados Unidos. Una historia narrada con vigor, con unos personajes que saltan de la página, por los que, sin embargo, el lector siente más respeto que cariño, y con una prosa bastante más desprovista de filosofía y angustias religiosas que en las obras del otro Singer. Esperemos que Acantilado recupere más obras de este gran autor.


Dominion, de C.J. Sansom

Con este libro me lo pasé pipa. Tuve que vencer antes el rechazo que me provocan, por norma general, las ucronías, el qué hubiera pasado si, que con frecuencia me parecen más que nada un jueguecito de escritores sin ideas. Cuando están bien planteadas y construidas, sin embargo, como sucede con La conjura contra América, de Philip Roth, o esta Dominion, el resultado es no sólo fascinante sino que, por qué no, incluso tenemos la sensación de estar aprendiendo algo de historia.

La escena inicial, en la que, tras la muerte de Neville Chamberlain, no es Churchill sino Lord Halifax quien le sucede como Primer Ministro, marca ese instante en que entramos en la historia alternativa, y es sencillamente magistral. Nos agarra, nos promete horas de entretenimiento, y no nos suelta hasta habérnoslo demostrado. Un thriller de espionaje de más de seiscientas páginas que se leen en un suspiro. Quizá merecía un desenlace con algo mas de fuerza, pero, en todo caso, un thriller excelente.


La vida de los insectos, de Osamu Tezuka

Y cuando pensaba yo que la cumbre del manga era Taniguchi, me encuentro con Osamu Tezuka. 

Bueno, en realidad a Tezuka ya lo había leído en su impresionante Adolf, pero algo me dice que esa novela, o sus obras biográficas como Buda, magistrales como son, no constituyen, posiblemente, lo más representativo de este autor. Claro que, en un autor tan prolífico como Tezuka, que escribió unas 700 obras y realizó más de 60 películas, sería ridículo hablar de un único estilo representativo.

A Tezuka se le considera el Dios del manga, y servidor es un auténtico y fervoroso devoto de esa fe. En El libro de los insectos humanos nos presenta un personaje tan atractivo como odioso, en una de esas historias en que el lector se indigna con cada una de sus mentiras y traiciones. Pero lo que hace verdaderamente grande a Tezuka, y lo que revolucionó el manga de arriba abajo, son sus ilustraciones. A pesar de que, como podéis ver en la portada, no estamos ante un artista que destaque por su técnica en el dibujo, el uso que hace de las viñetas, o mejor dicho, la absoluta destrucción que inflige a la viñeta tradicional, lo convierte en un mangaka único cuyas creaciones, todavía hoy, casi treinta años después de su muerte, nos resultan frescas, originales, únicas y hasta prodigiosas.


Los frutos amargos del jardín de las delicias, de Monika Zgustova

En el mundo hay demasiados libros. Cuando terminé esta extraordinaria biografía de Bohumil Hrabal, debería haber salido corriendo a la bilioteca y coger todos sus libros. No lo hice, tonto de mí, supongo que porque tenía otra lecturas pendientes. En todo caso, se trata de un gran libro y la verdad es que nos revela a un Hrabal muy diferente del que imaginábamos.


NonNonBa, de Shigeru Mizuki

Otro sorprendente y casi inclasificable manga. Mizuki, con unos retratos cuyos rasgos exagerados e infantiles nos provocan una cierta antipatía inicial, nos cuenta la historia de cómo se convirtió en dibujante. Es, pues, una obra autobiográfica, en la que el autor mezcla sus recuerdos con los cuentos de fantasmas y las supersticiones que oía de su abuela, un personaje inolvidable. Genial y sutil. Y los personajes no se podrían haber retratado de otra forma.


Memorias, de Isaac Asimov

Terminada la lectura de estas memorias, el lector tiene la sensación de conocer perfectamente a Asimov. ¿Es ése el objetivo de unas memorias? No lo sé, pero sí me quedé con la impresión de que el autor es mucho menos interesante que cualquiera de sus creaciones. A veces sucede que las obras más fantásticas, imaginativas y trufadas de increíbles aventuras fueron escritas por personas cuya vida personal no tuvo el más mínimo interés. En honor a la verdad, sin embargo, hay que decir que el propio Asimov, quien, por otra parte, desconoce la falsa modestia, admite desde el primer momento que la suya fue una vida bastante normalita, tirando a aburrida. Su sueño de infancia, nos dice, era tener un pequeño kiosko de prensa en una estación del metro de Nueva York, a ser posible con muy escasos clientes, donde pasarse las horas muertas leyendo.

La lectura y, sobre todo, la escritura fueron las grandes pasiones de su vida, mucho más que cualquier otra pasión humana, y, hasta el fin de sus días, su gran obsesión fue llegar hasta los tropecientos libros escritos. Y tropecientos significa más de quinientos.

El libro, en todo caso, si no apasionante, es de una lectura sencilla, agradable y a ratos hasta entrañable.


Un asesinato musical, de Batya Gur

De esta autora israelí he leído varios de sus thrillers. Como me sucede con los autores del norte de Europa, el escenario de la historia, los paisajes, y las circunstancias políticas e históricas del lugar me atraen tanto, si no más, que el propio misterio (y eso es lo que me temo que juega en contra de Lorenzo Silva). Esta novela, sin embargo, parece un calco de Un asesinato literario (quizá el título debería haberme advertido), y muchas páginas antes del desenlace sabemos cómo va a acabar. Y el escenario, los paisajes y las circunstancias bla bla bla no llegan a compensar.



Los príncipes valientes, de Javier Pérez Andújar

Este tío me cae bien desde que los de siempre la tomaron con él por el pregón de las Fiestas de la Mercè. Su nombre me sonaba, pero apenas sabía nada más de él. El dato, no obstante, fue suficiente para ganarme. Los enemigos de mis enemigos son mis amigos.

En este libro, Andújar nos habla de su infancia a la vera del Besós, de sus lecturas, de la historia de aquellos años a caballo entre la agonía del caudillo y la incipiente y frágil democracia, y de la vida de las familias de obreros que conforman la población mayoritaria en San Adrián del Besós. Todos sabemos que una obra muy localizada en un punto geográfico y en un momento histórico puede ser relevante para un lector en la otra punta del mundo cien años más tarde, pero no sé si esta obra tiene lo que hace falta para conseguirlo. Tampoco sé si eso le importa al autor. En definitiva, lo pasé bien, pero sospecho que se trata de un placer algo efímero.


Cuadernos rusos, de Igort

Qué gran libro y qué mal se le queda a uno el cuerpo. Igort indaga sobre los últimos años en la vida de Anna Politkóvskaya, para lo cual se adentra en la historia de la guerra de Chechenia. Demoledor, deprimente, brutal y con algunas escenas absolutamente inhumanas. Le dan a uno ganas de gritar qué triste es ser ruso.


El pájaro azul, de Takashi Murakami

Y para obras desgarradoras, ésta. Qué queréis que os diga, esta terrible tragedia, que nos deja secos los conductos lacrimales, me ha parecido una obra maestra. Murakami nos relata, con soberbio talento narrativo, gran sensibilidad y nada de sentimentalismo, una historia donde tenemos la muerte de un hijo, un padre enfermo de alzheimer, y un cónyuge en estado vegetativo. Y por increíble que parezca, la sensación que nos invade al final de la lectura es de alegría y ganas de vivir.



Sangre y pertenencia, de Michael Ignatieff

Un libro sobre el nacionalismo y que tiene un cerdo en la portada. Comprenderéis que no pude resistirme. No obstante, no van por ahí los tiros. Ignatieff, en este excelente ensayo escrito a mediados de los 90, analiza seis ejemplos de nacionalismo. No, no habla de tu aldea, que en aquella época era, para el resto del mundo, tan irrelevante como ahora. Aquí tenemos los casos de Ucrania, Yugoslavia, Irlanda del Norte, Kurdistán, Quebec y Alemania, con la entonces reciente unificación. 

Ignatieff distingue entre nacionalismo étnico y cívico, y demuestra por qué ambos términos son antónimos. Está escrito con lucidez y sin amagos de imparcialidad, pues desde el primer momento, el autor, cosmopolita por naturaleza y por elección, se declara favorable al segundo tipo de nacionalismo. 

Los que aborrecemos el nacionalismo a menudo pensamos que sabemos todo lo necesario para justificar nuestra postura. Ignatieff nos demuestra que no.


Hacer cómics, de Scott McCloud

A pesar de lo que diga el título, este libro es mucho más que un manual para dedicarse al cómic. Es una interesantísima introducción al lenguaje de un medio que los recién llegados a menudo no sabemos interpretar. Abarca todos los aspectos de la novela gráfica, desde todos los puntos de vista, y con referencias a un sinfín de obras y autores, de quienes tenemos citas y dibujos a porrillo. McCloud es un tipo bastante modesto, y da la impresión de que no tiene en gran estima sus propias obras. Pero si tienen un ápice de la creatividad, agudeza y desparpajo que muestra aquí, bien vale la pena echarles un vistazo.



Bárbara, de Osamu Tezuka

Otra obra maestra de Tezuka. Si el personaje femenino de El libro de los insectos humanos era detestable, el de este libro, Bárbara, es mucho más ambiguo. Bárbara, jovencita descocada y alcohólica, entra para  quedarse en la vida del protagonista y narrador, un escritor de gran éxito y prestigio que se halla en la cima de su carrera. Naturalmente, esa cima está en una montaña que por el otro lado se precipita al abismo. Profunda pero ágil reflexión sobre la creación, el arte, la inspiración y los demonios que atormentan al artista. Una auténtica gozada.


La cursiva es mía, de Nina Berberova

Interesantísimas memorias de una escritora rusa no excesivamente conocida y muy poco prolífica. Creo que merecerá una reseña.

Y por este año se acabó lo que se daba. ¡Feliz Año Nuevo y más felices lecturas!




jueves, 13 de octubre de 2016

Terrorismo serbio en Toronto


Cuando la historia de los Balcanes, sacudida tantas veces por la violencia y el odio más acerbo, estalla, la metralla llega a los rincones más insospechados del planeta. Así, en 1977, el asesinato en Chicago de Dragisa Kasikovic a manos de la policía secreta de Tito destapó los planes para una campaña de atentados contra simpatizantes del líder yugoslavo entre la comunidad serbocroata de Estados Unidos y Canadá. Kasikovic era el editor del periódico anticomunista Sloboda (Libertad), y tanto él como Ivanka, la hija de nueve años de su prometida, fueron asesinados de manera brutal. Él recibió 64 cuchilladas y la niña 58, en lo que era tan sólo uno más de una larga serie de asesinatos de disidentes ordenados por el mariscal.

Peter Bunjevac, exiliado serbio, feroz anticomunista y miembro de la organización Libertad para la patria serbia, planeó la ya mencionada campaña de atentados con bombas en venganza por la muerte de Kasikovic. Pero mientras preparaban el material explosivo, éste les estalló en las manos a él y a dos colaboradores. Los tres murieron en el acto. Su mujer recibió la noticia en Yugoslavia, adonde había regresado junto con sus hijas, huyendo de su marido y sus peligrosas amistades. Una de esas dos hijas era Nina, que en esta excelente novela gráfica llamada Patria nos cuenta no sólo cómo una niña de apenas cuatro años vivió aquellos hechos, sino también, de manera sucinta y clarísima, gran parte de la historia de Yugoslavia.
 

Esta combinación de la historia personal, que nos lleva de la autora hasta sus bisabuelos, con la historia del país e, incluso, con observaciones antropológicas sobre los orígenes y la cultura de los pueblos serbio y croata, es sin duda una de las grandes virtudes de esta obra, y es en este sentido que Patria se puede comparar, como muchos han hecho, con Persépolis, de Marjana Satrapi. A servidor le encanta que le den cucharaditas de historia, como esos trocitos de queso nos ofrecen en el súper. Si te gusta, pues lo compras, o, en mi caso, investigas un poquito la historia de esos trocitos de queso.

Uno de los personajes más interesantes del periodo de postguerra en Yugoslavia es sin duda Milovan Djilas. Miembro destacado del movimiento partisano durante la guerra, Milas fue, por tanto, compañero de Tito, quien, sin embargo, lo relegó del mando de las fuerzas partisanas en Montenegro debido a sus errores durante el levantamiento y, sobre todo, por sus "errores izquierdistas". Interesante concepto, pardiez, que se refiere, simplificando horrores, a la brutalidad contra la población por parte de los comunistas de Tito. ¿Tito contra Tito? Pues sí, parece ser que la estrategia de actuar de manera implacable contra todo aquél contrario al movimiento partisano fue contraproducente (no me lo explico) y en Montenegro, responsabilidad de Djilas, condujo a un mayor apoyo a los chetniks, el movimiento liderado por Draza Mihailovic, que apoyaban a las fuerzas del Eje. En resumen, Tito destituyó a Djilas por haber obedecido a Tito.

 Milovan Djilas, en sus años de prisionero político (1933-36)

Ello no obstante, Djilas siguió siendo un miembro destacado del Partido Comunista Yugoslavo y del gobierno, del que llegó a ser vicepresidente. Es más, en 1953 tenía todos los números para convertirse en el nuevo presidente, pero una serie de artículos publicados en Borba, el diario oficial de la Liga de Comunistas de Yugoslavia, en los que señalaba la aparición de una nueva clase privilegiada, compuesta, sorpresa sorpresa, por miembros del Partido y militares de alto rango, provocó su expulsión del Comité Central. A partir de ese momento, Djilas fue a más, denunciando el régimen totalitario de su país o apoyando la Revolución húngara del 56. Pasó unos cuantos años en prisión donde, por una de estas maravillosas casualidades de la vida, se dedicó a traducir el Paraíso perdido de John Milton, el libro que servidor está leyendo en este momento y que Djilas vertió al serbocroata en unos cuantos rollos de papel higiénico.

Djilas se convirtió en el héroe de los abuelos de Nina, veteranos del movmiento partisano, quienes, por descontado, no se atrevían a mencionar su nombre por miedo a las represalias. Todo esto nos lo cuenta la autora en el fascinante capítulo "Los años de la disidencia", donde desde una Yugoslavia donde las niñas cantan al ritmo de Abba o Boy George, un flashback nos lleva a esos años de posguerra en los que su abuela, fanática, siniestra y, probablemente, el personaje más interesante de la obra, nos habla precisamente de esa clase de nuevos ricos que denunció Djilas y de la época de terror que se instauró en el país, con ejecuciones sumarias en una asfixiante atmósfera de delación.



El padre de Nina también fue, paradójicamente, admirador del comunista Djilas. Sus torpes intentos de revolución contra el gobierno y de apoyo a Djilas lo llevaron a la cárcel y, posteriormente, al exilio. Aunque fue en el exilio donde Peter Bunjevac se radicalizó, al entrar en contacto con la red de exiliados serbios, partidarios de la monarquía y, por ende, acérrimos enemigos del comunismo, lo cierto es que parecía desde su infancia condenado a una vida de violencia. Testigo de horribles atrocidades, hijo de un maltratador que moriría en los hornos de un campo de concentración y de una madre que murió poco después de tuberculosis, el jovencito Peter desahogaba su rabia torturando gatos y quemándolos vivos.

Estamos en otro interesantísimo capítulo, "Infancia", donde Bunjevac nos narra no sólo los primeros años de su padre, sino también los orígenes de serbios y croatas. Frente a los que piensan (pensábamos) que ambos pueblos se profesaban un odio ancestral que se perdía en la noche de los tiempos, nos dice la autora que, hasta el siglo XX, son poquísimos los conflictos documentados entre unos y otros. Estamos ante dos pueblos en esencia idénticos, a los que sólo unas pocas pero cruciales influencias externas convirtieron en enemigos irreconciliables. La primera de estas influencias es, desde luego, la iglesia. Mientras Croacia se volvió hacia Roma, Serbia se dio la vuelta hacia Grecia y Constantinopla. "A medida que la brecha entre la religión católica y la ortodoxa aumentaba, también aumentaron las diferencias entre serbios y croatas". Estas diferencias siguieron acrecentándose, como resultado de las invasiones por parte del Imperio Bizantino, Venecia, Austria y los imperios austro-húngaro y otomano. Y como suele suceder, el nacionalismo hace el resto. Se borra el origen común y se exalta la diferencia. ¿Os suena?



Cuando la madre de Nina recibe en Yugoslavia la noticia de la muerte de su padre, no puede llorar, entre otras razones porque su propia madre le prohíbe tajantemente mencionar su nombre o expresar pena por su muerte. Los dibujos que acompañan los años de la autora en Yugoslavia hasta llegar a ese momento nos muestran unas fotos de familia tristísimas, con dos niñas a las que se les pide que sonrían mientras oyen tras la puerta los gritos de su abuela insultando al padre, a ese padre que les ha permitido regresar a su país, pero que se ha quedado con su hermano como rehén.

Padre y patria son palabras hermanas. Quizá algún psicólogo podría partir de ahí para explicar el complejo de edipo que sufren algunos de nuestros políticos, pero por hoy ya basta. Impresionante dramón familiar y memorable lección de historia.


viernes, 29 de julio de 2016

A buenas horas, mangas...

Pies descalzos, de Keiji Nakazawa

Hace un tiempo, hablaba yo muy ufano por aquí de cómo, gracias a Jiro Taniguchi, había conseguido vencer mis prejuicios contra el manga, y había descubierto la belleza y la poesía que podía encerrar el género. Subrayaba que la obra de Taniguchi se alejaba de lo que yo conocía como manga, pues en sus obras no encontraba esos rasgos tan infantiles y característicos del cómic japonés. Quien más y quien menos, todos recordamos Heidi, Benji y Oliver, o la para mí detestable Bola de Dragón, y estoy seguro de que no soy el único que se resistía a creer que esos ojos grandes y acuosos y esas bocas abiertas hasta descoyuntarse pudieran ofrecer literatura de la buena. Hoy, cuando hordas lobotomizadas corren por la calle en lo que se ha dado en llamar realidad aumentada, que debe de ser un eufemismo de gilipollez multiplicada, os traigo cuatro obras maestras del manga, cada una de ellas tan extraordinaria como diferente de las demás, y que me han maravillado precisamente por su variedad. Todas ellas confirman lo que en mi ignorancia podía sólo intuir: que el manga es todo un mundo literario por explorar. Y también revelan lo que jamás pude sospechar: que tras unos ojos melosos, parecidos a los que algunos buscan con patético entusiasmo por rincones, jardines y museos, se esconden joyas del cómic.


A los seis años de edad, Keiji Nakazawa vivió la experiencia más atroz que puede vivir un ser humano. Cuando el 6 de agosto de 1945 el Enola Gay lanzó a Little Boy sobre la ciudad de Hiroshima, Nakazawa vio morir a toda su familia, con excepción de su madre y una hermana de unos meses, que falleció al cabo de unas semanas. El horror de los meses que siguieron, las penurias de aquellos años, las terribles consecuencias de aquella barbarie han quedado retratadas en multitud de libros, películas y documentales, por lo que no entraremos en ello aquí.

Tras la muerte de su madre, en 1966, Nakazawa, que ya había iniciado su carrera de mangaka, decidió centrar su obra literaria alrededor de sus recuerdos de la bomba y sus secuelas. El resultado fueron las obras Kuroi Ame ni Utarete (Alcanzado por la lluvia negra), Ore wa Mita (Yo lo vi) y la que nos ocupa, Pies Descalzos, una novela colosal de más de 2.500 páginas que se leen sin descanso, felizmente editada por Debolsillo.

La historia comienza unos días antes del lanzamiento de la bomba, con un Japón entregado a un absurdo optimismo, a un patriotismo trasnochado y a un asfixiante belicismo. El padre de Gen es un pacifista de los pies a la cabeza y, en consecuencia, sumamente crítico con el gobierno del país y la figura del emperador, lo que provoca que la familia tenga que hacer frente a la brutal hostilidad de algunos vecinos. Destaca entre éstos un líder de una asociación vecinal, quien, como esos nazis que en 1945 se convirtieron en comunistas, unos cientos de páginas más adelante se reciclará en pacifista de toda la vida.

Escena recurrente en la novela, extraída de su adaptación al cine

Aparte de un retrato descarnado de las consecuencias inmediatas que tuvo la explosión de la primera bomba atómica, Pies descalzos es sobre todo una crónica de los años posteriores, centrada en los miles de niños que quedaron huérfanos y que hubieron de afrontar cada día como una batalla imposible de ganar. A Hiroshima tardó mucho en llegar cualquier tipo de ayuda o reconstrucción, y la presencia de tropas norteamericanas no tuvo mucho más efecto inmediato en aquellos niños que la introducción de la goma de mascar. También nació entonces un lucrativo negocio en el que algunos médicos japoneses sin escrúpulos, a cambio de dinero, enviaban a los hospitales americanos pacientes afectados por la radiación para que pudieran estudiar sus efectos. Muchos de los supervivientes debían enfrentarse, además, a la ignorancia y prejuicios de gran parte de la población, sobre todo en zonas rurales, que estaba convencida de que el mal de la bomba era contagioso.


 Os habréis dado cuenta, por las ilustraciones, de que Nakazawa (1939-2012) no era un gran dibujante. Aun reconociendo, como hace Art Spiegelman en la introducción, que esos retratos simples y esos gestos repetitivos (es muy curioso el modo de andar que tienen los personajes cuando están contentos) se inscriben dentro de una tradición, lo cierto es que sus rostros y sus cuerpos no son un alarde de técnica. Es en la creación de personajes y en el impulso vital que los mueve donde verdaderamente brilla el talento de Nakazawa. El dibujo será sencillo, pero el retrato psicológico de todos los personajes, buenos o malos, niños o adultos, resulta, por su energía y humanidad, plenamente convincente.


 Lo que hace de Pies descalzos una obra excepcional es, pues, algo tan obvio como la colección de episodios, claramente autobiográficos, y los personajes que llenan estos dos millares y medio de páginas. Gen, el niño protagonista que tanto comparte con el autor, es un luchador nato, valiente y echao p'alante, que no se achica ni ante los matones del barrio ni ante los miembros de la yakuza. Gen se defiende con uñas y dientes, y con sus mordiscos es capaz de arrancar un dedo al más pintado. Cuando eso no basta, sus puños, pies y cabezazos dirigidos a la zona genital del oponente consiguen que los que le ataquen se queden sin ganas de repetir. El Hiroshima de posguerra que nos muestra Nakazawa era una auténtica jungla.

Sus compañeros de desventuras, casi todos huérfanos de padre y madre, incluyen a dos niñas desfiguradas por la explosión y a un pequeño que Gen adopta como hermano, convencido, la primera vez que lo ve, de que se trata precisamente de él, y que, de algún modo, consiguió sobrevivir a las llamas. Abandonados por completo por la sociedad, que no puede ofrecerles más que una plaza en un sórdido orfanato, los niños deben ingeniárselas para hacerse con algo de dinero y comida, y ponen en marcha varias pequeñas empresas. Todo les sale mal, pero, liderados por Gen y acompañados por los adultos de buen corazón que se encuentran por el camino, se sobreponen una y otra vez en una lucha por vivir y, sobre todo, por que la gente nunca olvide lo qué pasó en  Hiroshima. Pero no es este canto a la vida el único mensaje de la obra.


Escuchando la declaración de rendición del país

Naturalmente, la bomba la lanzaron quienes la lanzaron, pero Nakazawa no escatima críticas hacia su propio país, dominado en aquellos años, como ya hemos dicho antes, por el nacionalismo y el belicismo, ambos tan nocivos ayer, hoy y siempre, como los efectos de la radiación. Tanto Gen como su padre, antes de morir, rechazan de pleno el culto al emperador, considerado un ser divino, a sabiendas de las consecuencias que tendrá para ellos. Debéis ser fuertes y resistentes como la espiga de trigo, les repetía una y otra vez el padre de Gen a sus hijos. Con el horror que hoy nos asalta una semana y otra, y con los tiempos que se avecinan, ese mensaje de dignidad da hoy a este novelón más relevancia que nunca.

No os dejéis engañar por la abundancia de coscorrones: es una gran novela

Nijigahara holograph, de Inio Asano, publicado por Ponent Mon

Hace algunos años (¿es posible que sean 16?), vi una película japonesa titulada Battle Royale. Fui a verla porque en ella actuaba Takeshi Kitano, mi japonés favorito, aunque luego recuerdo que me pareció una película bastante mala. Sin embargo, leyendo hoy algunas de las alabanzas que recibió, debo admitir que, al igual que el manga, quizá ese tipo de películas requiera cierta preparación previa. En todo caso, y a pesar de que el argumento no tiene nada que ver, Nijigahara holograph me ha recordado mucho a esa película. Por decirlo de una manera algo tonta, ambas obras me parecen muy... japonesas.

Observaréis con sólo echar un vistazo que, a diferencia de Nakazawa, Inio Asano es un dibujante excepcional, que ha sabido incorporar con naturalidad la edición digital fotográfica a sus ilustraciones. Ver una obra de Asano es disfrutar de unos personajes cuyo más mínimo gesto está retratado con una sutileza extraordinaria, y de unas escenas en las que el autor juega con la profundidad de campo y saca de foco algunos elementos. Fijaos por ejemplo en las briznas de hierba de la siguiente ilustración.


Sólo por sus dibujos este libro sería una joya, y da lo mismo que tras una primera lectura nos quedemos bastante confundidos por lo que respecta al argumento. Nijigahara holograph es una historia complejísima, donde poco a poco, sin más indicaciones de cómo ni cuándo, se nos van proporcionando pistas que sólo tras una segunda lectura empezaremos a lograr descifrar. Servidor, sin ir más lejos, tras la relectura ha entendido más o menos hasta la mitad, pero después me he quedado tan confuso que voy a sacar a colación otra obra que no tiene nada que ver con ésta. Se trata de El grito silencioso, de Kenzaburo Oé. Considerada una de las obras cumbres del Nobel japonés, el título original de esa novela, Fútbol en el primer año de la era Man'en, deja bastante a las claras la confusión que nos espera. Lo leí, lo disfruté y reconozco que no entendí nada. Algo parecido a Nijigahara...


Nos cuenta este libro una historia de extrema violencia entre niños (supongo que de ahí el parecido que le encuentro con Battle Royale y El grito silencioso) en la que se mezclan elementos de cuento de hadas y terror psicológico. Es difícil establecer el punto de partida en esta historia cíclica, que se abre con un adolescente visitando en el hospital a su moribundo padre adoptivo. Para complicar un poquito las cosas, de buenas a primeras nos encontramos con un flashback. De ahí en adelante, la historia presente se desarrolla de manera paralela a lo que sucedió hace once años, y el punto de vista cambiará constantemente de un personaje a otro. Por otra parte, en lo que se refiere a los personajes, y pese a los excelentes retratos de Asano, hay que prestar gran atención a los detalles para no confundir a algunos de ellos. Éste tiene las cejas más pobladas, ése nunca apura el afeitado, y aquélla tiene un modo peculiar de llevarse una taza a los labios.

Uno de los desencadenantes de las muchas tragedias que tienen lugar en la historia parece ser Arie, una niña que cuenta una leyenda acerca de un monstruo que habita en el túnel que hay detrás de la escuela, y a la que, para hacerla callar de una vez, sus compañeros lanzan a un pozo de ésos que tanto le gustan a Murakami. A partir de ese momento, tenemos una historia de iniciación al vacío de la vida, con grandes dosis de incesto, acoso escolar, cajitas mágicas y fuerte tensión sexual. Me declaro fan de Asano.

No es un personaje de Inio Asano. Es Inio Asano.



El hombre sin talento, de Yoshiharu Tsuge

La portada de este libro podría sugerir que estamos ante la obra de todo un enfant terrible del manga. Pero no. No exactamente.

Nacido en 1937, Yoshiharu Tsuge creció en el Japón de la posguerra. Su juventud estuvo marcada por los problemas económicos, su tendencia a la depresión, un intento de suicidio cuando, a los 20 años, su novia lo abandonó, y el temprano diagnóstico de eritrofobia, es decir, el miedo a sonrojarse. A los 18 años, dicha enfermedad se le había agudizado tanto que a Tsuge le resultaba doloroso el mero contacto con otras personas, por lo que se plantea dedicarse a un trabajo solitario como el de dibujante de mangas. Se va malganando la vida con publicaciones y otros pequeños trabajos hasta que en 1966 se consagra con El pantano y Chiiko, pese a lo cual continúan sus penurias económicas. Decide por ello sacarse una licencia de anticuario y, al mismo tiempo, compra y vende cámaras de segunda mano. Tras la publicación en 1987 del libro que os presento, se retira y no ha vuelto a publicar nada desde entonces. Tan fuerte es su anhelo de alejarse del mundanal ruido que sólo en contadísimas ocasiones ha permitido la traducción de sus obras. De hecho, ésta es la única obra de Tsuge traducida al español, y nadie muy cómo consiguió Gallo Nero los derechos, pero esta publicación es desde luego motivo de celebración para los amantes de la gran literatura.


De musiliano título, El hombre sin talento se me antoja una obra muy europea. En ella nos encontramos con un personaje central que nos recuerda al arquetipo de hombre afectado del síndrome Bartleby, que tan bien describió Vila-Matas. Sukego Sukegawa, el protagonista, es un dibujante de cómics que, pese a los reproches de su mujer, deja su trabajo, con el que iban tirando, y se dedica a intentar ganarse la vida con otras actividades menos corrompidas. A Sukego, pese a lo que diga el título, no le falta talento, y de hecho descubre que algunos de sus primeros cómics se han convertido en piezas de coleccionista. El problema es que considera que el mercantilismo ha embrutecido el trabajo del artista.

¡Fuera piedras!

Sin trabajo y con una esposa y un niño siempre a punto de llorar que mantener, Sukego tiene que hacer algo para llevar el pan a casa, por lo que no se le ocurre nada mejor que vender piedras que encuentra en el lecho del río. Esto, que puede parecer una estupidez, es en realidad un arte centenario en Japón. El suiseki es una piedra que, por su forma y color, nos recuerda a un paisaje natural. Es fundamental que la piedra no haya sufrido manipulación alguna, y en las subastas que se celebran se pueden llegar a pagar fuertes cantidades de dinero. La torpeza de Sukego al elegir el río, donde no hay más que piedras vulgares, hunde el negocio. Inasequible al desaliento, de manera parecida a Menajem Mendel, de Sholem Aleichem, Sukegu se embarca en otros proyectos, pero todos acaban fracasando.


El hombre sin talento se encuadra en el género del gekiga. Este término, acuñado en 1957 por Yoshihiro Tatsumi, nació como alternativa al manga. Tradicionalmente, este último, con los dibujos sencillos de Nakazawa y otros, iba dirigido a los niños, mientras que el gekiga, que quiere decir algo así como "dibujos dramáticos" se dirigía a un público adulto, contaba historias más "serias" y tenía un dibujo más realista. Algunos comparan el gekiga con el término novela gráfica, que surgió en contraposición a cómic. Sea como sea, la obra que nos ocupa es una novela apasionante y enigmática, compuesta de seis episodios aparentemente sencillos, pero que el lector no sabe muy bien cómo enlazar.

El arte del suiseki

La historia que se nos cuenta no es sólo la de Sukego, sino la de todo aquél que tiene la sensación de estar en un mundo que, bien hostil, bien altanero, rueda hacia delante como una apisonadora, sin importarle si podemos o no seguir su paso. Sukego es un perdedor que, a la vista de lo que le ofrece la nueva sociedad, aquélla que impulsó el milagro económico de Japón entre las décadas de los 60 y los 80, se empeña en seguir siendo un perdedor. Es un marginado que sólo tolera la compañía de bichos raros como él, que debe soportar el desprecio de su esposa y hasta comerse los fideos que le sirve una camarera que, un momento antes, con sus propias manos, ha... Bueno, no entremos en detalles.

Esta joya termina con el capítulo "Esfumarse", donde nos encontramos con la historia del poeta Seigetsu, y que es, por sí solo, una pequeña obra maestra. Como ya he dicho más arriba, El hombre sin talento el único gekiga de Tsuge traducido al español. Hay sitio para los sueños.

Adolf, de Osamu Tezuka

Osamu Tezuka es el último de los grandes autores que he descubierto en este paseo por el mundo del manga.

Adolf es una obra igual de monumental que Pies descalzos, aunque de extensión bastante menor (sólo 1.200 páginas). Se trata de una apasionante mezcla de thriller político y melodrama, y parte de una teoría, muy extendida hasta hace poco, acerca de los orígenes judíos del Führer. Hablamos de ello, muy por encima, con motivo de Hitler, de Ian Kershaw, donde el autor descartaba dicha teoría. Tezuka, sin embargo, construye con ella una interesante trama de espionaje alrededor de los documentos secretos que probarían el origen semita de Hitler, y sitúa dicha trama en el Japón de antes y durante la guerra.

 Refugiados judíos en Kobe

El título hace referencia a tres Adolfs diferentes. Uno, el infame; dos, Adolf Kaufmann, hijo de madre japonesa y padre diplomático nazi en Japón; tres, Adolf Kamil, judío residente también en Japón, y amigo de la infancia de Kaufmann. Alemania y Japón estaban unidos por su odio al comunismo, oficializado en el Pacto Antikomintern de 1936, al que luego se unieron España, Italia y Hungría. La cooperación entre Japón y Alemania, sin embargo, nunca llegó todo lo lejos que el gobierno de Hitler hubiera deseado. En primer lugar, cuando Alemania invadió la Unión Soviética, no pudo recibir el apoyo de su socio, dado que Japón había firmado un tratado de no agresión con Moscú. Y en segundo lugar, Japón se negó en todo momento a perseguir a los judíos.
La ciudad de Kobe, que es, junto con Berlín, el escenario principal de Adolf, acogía en aquella época a la mayor comunidad judía de Japón. En su apoyo a la comunidad judía, el gobierno nipón no actuaba por motivos morales, sino más bien al contrario, influido por la propaganda antisemita de los Protocolos de Sión. Los judíos tienen poder y riqueza, pensaban, y si somos hábiles, podemos aprovecharnos de ello y, de paso, granjearnos el favor de los EEUU. En 1938 el consejo de ministros firmó la prohibición de expulsar a los judíos. En consecuencia, y pese a ser aliado de Alemania, durante los años siguientes Japón se convirtió en un refugio seguro del holocausto.


Éste es el contexto histórico en el que se desarrolla esta historia, que es, como digo, un gran melodrama. Kaufmann y Kamil son, como ya he señalado, grandes amigos. Kaufmann se niega a obedecer a su padre cuando éste le prohibe acercarse a Kamil, y se rebela ante los insultos que le dedica a él y a todos los judíos. El único modo de educar a este niño como Dios manda es enviarlo a Alemania, y que ingrese en la AHS, a saber, la Adolf Hitler School. Podéis imaginar que los caminos de Kaufmann y Kamil volverán a cruzarse, pero no hasta qué punto.

El entrañable Tezuka en acción

Por otra parte, hay un personaje que, a diferencia de los tres Adolfs, no debería estar destinado a convertirse en el centro de esta trama, pero el manga, como la vida, es así. Sohei Toge es un periodista japonés que en 1936 se encuentra en Berlín para cubrir los Juegos Olímpicos. Un día recibe una llamada de su hermano, que le informa de que tiene para él algo de enorme importancia. Pero al día siguiente, la competición se alarga más de lo esperado y Toge llega tarde a la cita. Cuando por fin llega, se encuentra con que su hermano ha sido brutalmente asesinado. Más tarde, al poner el caso en manos de la policía, descubrirá que ha desaparecido todo rastro de él. Quizá os parezca un comienzo de novela muy convencional. Si es así, os pido un pequeño esfuerzo más para que leáis el último párrafo.

Adolf es, merecidamente, una obra de culto. La trama es interesante y nos lleva por vericuetos desacostumbrados en un thriller convencional. El melodrama nos conmueve, si bien, de manera acertada, Tezuka nos ahorra las escenas más melodramáticas precisamente donde más las esperamos. Los personajes son complejos, redondos y, de nuevo, en absoluto predecibles. Pero Adolf es, sobre todo, un grandísimo alegato antibelicista y una inapelable condena a esa forma de la estupidez llamada racismo.


Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...