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viernes, 29 de julio de 2016

A buenas horas, mangas...

Pies descalzos, de Keiji Nakazawa

Hace un tiempo, hablaba yo muy ufano por aquí de cómo, gracias a Jiro Taniguchi, había conseguido vencer mis prejuicios contra el manga, y había descubierto la belleza y la poesía que podía encerrar el género. Subrayaba que la obra de Taniguchi se alejaba de lo que yo conocía como manga, pues en sus obras no encontraba esos rasgos tan infantiles y característicos del cómic japonés. Quien más y quien menos, todos recordamos Heidi, Benji y Oliver, o la para mí detestable Bola de Dragón, y estoy seguro de que no soy el único que se resistía a creer que esos ojos grandes y acuosos y esas bocas abiertas hasta descoyuntarse pudieran ofrecer literatura de la buena. Hoy, cuando hordas lobotomizadas corren por la calle en lo que se ha dado en llamar realidad aumentada, que debe de ser un eufemismo de gilipollez multiplicada, os traigo cuatro obras maestras del manga, cada una de ellas tan extraordinaria como diferente de las demás, y que me han maravillado precisamente por su variedad. Todas ellas confirman lo que en mi ignorancia podía sólo intuir: que el manga es todo un mundo literario por explorar. Y también revelan lo que jamás pude sospechar: que tras unos ojos melosos, parecidos a los que algunos buscan con patético entusiasmo por rincones, jardines y museos, se esconden joyas del cómic.


A los seis años de edad, Keiji Nakazawa vivió la experiencia más atroz que puede vivir un ser humano. Cuando el 6 de agosto de 1945 el Enola Gay lanzó a Little Boy sobre la ciudad de Hiroshima, Nakazawa vio morir a toda su familia, con excepción de su madre y una hermana de unos meses, que falleció al cabo de unas semanas. El horror de los meses que siguieron, las penurias de aquellos años, las terribles consecuencias de aquella barbarie han quedado retratadas en multitud de libros, películas y documentales, por lo que no entraremos en ello aquí.

Tras la muerte de su madre, en 1966, Nakazawa, que ya había iniciado su carrera de mangaka, decidió centrar su obra literaria alrededor de sus recuerdos de la bomba y sus secuelas. El resultado fueron las obras Kuroi Ame ni Utarete (Alcanzado por la lluvia negra), Ore wa Mita (Yo lo vi) y la que nos ocupa, Pies Descalzos, una novela colosal de más de 2.500 páginas que se leen sin descanso, felizmente editada por Debolsillo.

La historia comienza unos días antes del lanzamiento de la bomba, con un Japón entregado a un absurdo optimismo, a un patriotismo trasnochado y a un asfixiante belicismo. El padre de Gen es un pacifista de los pies a la cabeza y, en consecuencia, sumamente crítico con el gobierno del país y la figura del emperador, lo que provoca que la familia tenga que hacer frente a la brutal hostilidad de algunos vecinos. Destaca entre éstos un líder de una asociación vecinal, quien, como esos nazis que en 1945 se convirtieron en comunistas, unos cientos de páginas más adelante se reciclará en pacifista de toda la vida.

Escena recurrente en la novela, extraída de su adaptación al cine

Aparte de un retrato descarnado de las consecuencias inmediatas que tuvo la explosión de la primera bomba atómica, Pies descalzos es sobre todo una crónica de los años posteriores, centrada en los miles de niños que quedaron huérfanos y que hubieron de afrontar cada día como una batalla imposible de ganar. A Hiroshima tardó mucho en llegar cualquier tipo de ayuda o reconstrucción, y la presencia de tropas norteamericanas no tuvo mucho más efecto inmediato en aquellos niños que la introducción de la goma de mascar. También nació entonces un lucrativo negocio en el que algunos médicos japoneses sin escrúpulos, a cambio de dinero, enviaban a los hospitales americanos pacientes afectados por la radiación para que pudieran estudiar sus efectos. Muchos de los supervivientes debían enfrentarse, además, a la ignorancia y prejuicios de gran parte de la población, sobre todo en zonas rurales, que estaba convencida de que el mal de la bomba era contagioso.


 Os habréis dado cuenta, por las ilustraciones, de que Nakazawa (1939-2012) no era un gran dibujante. Aun reconociendo, como hace Art Spiegelman en la introducción, que esos retratos simples y esos gestos repetitivos (es muy curioso el modo de andar que tienen los personajes cuando están contentos) se inscriben dentro de una tradición, lo cierto es que sus rostros y sus cuerpos no son un alarde de técnica. Es en la creación de personajes y en el impulso vital que los mueve donde verdaderamente brilla el talento de Nakazawa. El dibujo será sencillo, pero el retrato psicológico de todos los personajes, buenos o malos, niños o adultos, resulta, por su energía y humanidad, plenamente convincente.


 Lo que hace de Pies descalzos una obra excepcional es, pues, algo tan obvio como la colección de episodios, claramente autobiográficos, y los personajes que llenan estos dos millares y medio de páginas. Gen, el niño protagonista que tanto comparte con el autor, es un luchador nato, valiente y echao p'alante, que no se achica ni ante los matones del barrio ni ante los miembros de la yakuza. Gen se defiende con uñas y dientes, y con sus mordiscos es capaz de arrancar un dedo al más pintado. Cuando eso no basta, sus puños, pies y cabezazos dirigidos a la zona genital del oponente consiguen que los que le ataquen se queden sin ganas de repetir. El Hiroshima de posguerra que nos muestra Nakazawa era una auténtica jungla.

Sus compañeros de desventuras, casi todos huérfanos de padre y madre, incluyen a dos niñas desfiguradas por la explosión y a un pequeño que Gen adopta como hermano, convencido, la primera vez que lo ve, de que se trata precisamente de él, y que, de algún modo, consiguió sobrevivir a las llamas. Abandonados por completo por la sociedad, que no puede ofrecerles más que una plaza en un sórdido orfanato, los niños deben ingeniárselas para hacerse con algo de dinero y comida, y ponen en marcha varias pequeñas empresas. Todo les sale mal, pero, liderados por Gen y acompañados por los adultos de buen corazón que se encuentran por el camino, se sobreponen una y otra vez en una lucha por vivir y, sobre todo, por que la gente nunca olvide lo qué pasó en  Hiroshima. Pero no es este canto a la vida el único mensaje de la obra.


Escuchando la declaración de rendición del país

Naturalmente, la bomba la lanzaron quienes la lanzaron, pero Nakazawa no escatima críticas hacia su propio país, dominado en aquellos años, como ya hemos dicho antes, por el nacionalismo y el belicismo, ambos tan nocivos ayer, hoy y siempre, como los efectos de la radiación. Tanto Gen como su padre, antes de morir, rechazan de pleno el culto al emperador, considerado un ser divino, a sabiendas de las consecuencias que tendrá para ellos. Debéis ser fuertes y resistentes como la espiga de trigo, les repetía una y otra vez el padre de Gen a sus hijos. Con el horror que hoy nos asalta una semana y otra, y con los tiempos que se avecinan, ese mensaje de dignidad da hoy a este novelón más relevancia que nunca.

No os dejéis engañar por la abundancia de coscorrones: es una gran novela

Nijigahara holograph, de Inio Asano, publicado por Ponent Mon

Hace algunos años (¿es posible que sean 16?), vi una película japonesa titulada Battle Royale. Fui a verla porque en ella actuaba Takeshi Kitano, mi japonés favorito, aunque luego recuerdo que me pareció una película bastante mala. Sin embargo, leyendo hoy algunas de las alabanzas que recibió, debo admitir que, al igual que el manga, quizá ese tipo de películas requiera cierta preparación previa. En todo caso, y a pesar de que el argumento no tiene nada que ver, Nijigahara holograph me ha recordado mucho a esa película. Por decirlo de una manera algo tonta, ambas obras me parecen muy... japonesas.

Observaréis con sólo echar un vistazo que, a diferencia de Nakazawa, Inio Asano es un dibujante excepcional, que ha sabido incorporar con naturalidad la edición digital fotográfica a sus ilustraciones. Ver una obra de Asano es disfrutar de unos personajes cuyo más mínimo gesto está retratado con una sutileza extraordinaria, y de unas escenas en las que el autor juega con la profundidad de campo y saca de foco algunos elementos. Fijaos por ejemplo en las briznas de hierba de la siguiente ilustración.


Sólo por sus dibujos este libro sería una joya, y da lo mismo que tras una primera lectura nos quedemos bastante confundidos por lo que respecta al argumento. Nijigahara holograph es una historia complejísima, donde poco a poco, sin más indicaciones de cómo ni cuándo, se nos van proporcionando pistas que sólo tras una segunda lectura empezaremos a lograr descifrar. Servidor, sin ir más lejos, tras la relectura ha entendido más o menos hasta la mitad, pero después me he quedado tan confuso que voy a sacar a colación otra obra que no tiene nada que ver con ésta. Se trata de El grito silencioso, de Kenzaburo Oé. Considerada una de las obras cumbres del Nobel japonés, el título original de esa novela, Fútbol en el primer año de la era Man'en, deja bastante a las claras la confusión que nos espera. Lo leí, lo disfruté y reconozco que no entendí nada. Algo parecido a Nijigahara...


Nos cuenta este libro una historia de extrema violencia entre niños (supongo que de ahí el parecido que le encuentro con Battle Royale y El grito silencioso) en la que se mezclan elementos de cuento de hadas y terror psicológico. Es difícil establecer el punto de partida en esta historia cíclica, que se abre con un adolescente visitando en el hospital a su moribundo padre adoptivo. Para complicar un poquito las cosas, de buenas a primeras nos encontramos con un flashback. De ahí en adelante, la historia presente se desarrolla de manera paralela a lo que sucedió hace once años, y el punto de vista cambiará constantemente de un personaje a otro. Por otra parte, en lo que se refiere a los personajes, y pese a los excelentes retratos de Asano, hay que prestar gran atención a los detalles para no confundir a algunos de ellos. Éste tiene las cejas más pobladas, ése nunca apura el afeitado, y aquélla tiene un modo peculiar de llevarse una taza a los labios.

Uno de los desencadenantes de las muchas tragedias que tienen lugar en la historia parece ser Arie, una niña que cuenta una leyenda acerca de un monstruo que habita en el túnel que hay detrás de la escuela, y a la que, para hacerla callar de una vez, sus compañeros lanzan a un pozo de ésos que tanto le gustan a Murakami. A partir de ese momento, tenemos una historia de iniciación al vacío de la vida, con grandes dosis de incesto, acoso escolar, cajitas mágicas y fuerte tensión sexual. Me declaro fan de Asano.

No es un personaje de Inio Asano. Es Inio Asano.



El hombre sin talento, de Yoshiharu Tsuge

La portada de este libro podría sugerir que estamos ante la obra de todo un enfant terrible del manga. Pero no. No exactamente.

Nacido en 1937, Yoshiharu Tsuge creció en el Japón de la posguerra. Su juventud estuvo marcada por los problemas económicos, su tendencia a la depresión, un intento de suicidio cuando, a los 20 años, su novia lo abandonó, y el temprano diagnóstico de eritrofobia, es decir, el miedo a sonrojarse. A los 18 años, dicha enfermedad se le había agudizado tanto que a Tsuge le resultaba doloroso el mero contacto con otras personas, por lo que se plantea dedicarse a un trabajo solitario como el de dibujante de mangas. Se va malganando la vida con publicaciones y otros pequeños trabajos hasta que en 1966 se consagra con El pantano y Chiiko, pese a lo cual continúan sus penurias económicas. Decide por ello sacarse una licencia de anticuario y, al mismo tiempo, compra y vende cámaras de segunda mano. Tras la publicación en 1987 del libro que os presento, se retira y no ha vuelto a publicar nada desde entonces. Tan fuerte es su anhelo de alejarse del mundanal ruido que sólo en contadísimas ocasiones ha permitido la traducción de sus obras. De hecho, ésta es la única obra de Tsuge traducida al español, y nadie muy cómo consiguió Gallo Nero los derechos, pero esta publicación es desde luego motivo de celebración para los amantes de la gran literatura.


De musiliano título, El hombre sin talento se me antoja una obra muy europea. En ella nos encontramos con un personaje central que nos recuerda al arquetipo de hombre afectado del síndrome Bartleby, que tan bien describió Vila-Matas. Sukego Sukegawa, el protagonista, es un dibujante de cómics que, pese a los reproches de su mujer, deja su trabajo, con el que iban tirando, y se dedica a intentar ganarse la vida con otras actividades menos corrompidas. A Sukego, pese a lo que diga el título, no le falta talento, y de hecho descubre que algunos de sus primeros cómics se han convertido en piezas de coleccionista. El problema es que considera que el mercantilismo ha embrutecido el trabajo del artista.

¡Fuera piedras!

Sin trabajo y con una esposa y un niño siempre a punto de llorar que mantener, Sukego tiene que hacer algo para llevar el pan a casa, por lo que no se le ocurre nada mejor que vender piedras que encuentra en el lecho del río. Esto, que puede parecer una estupidez, es en realidad un arte centenario en Japón. El suiseki es una piedra que, por su forma y color, nos recuerda a un paisaje natural. Es fundamental que la piedra no haya sufrido manipulación alguna, y en las subastas que se celebran se pueden llegar a pagar fuertes cantidades de dinero. La torpeza de Sukego al elegir el río, donde no hay más que piedras vulgares, hunde el negocio. Inasequible al desaliento, de manera parecida a Menajem Mendel, de Sholem Aleichem, Sukegu se embarca en otros proyectos, pero todos acaban fracasando.


El hombre sin talento se encuadra en el género del gekiga. Este término, acuñado en 1957 por Yoshihiro Tatsumi, nació como alternativa al manga. Tradicionalmente, este último, con los dibujos sencillos de Nakazawa y otros, iba dirigido a los niños, mientras que el gekiga, que quiere decir algo así como "dibujos dramáticos" se dirigía a un público adulto, contaba historias más "serias" y tenía un dibujo más realista. Algunos comparan el gekiga con el término novela gráfica, que surgió en contraposición a cómic. Sea como sea, la obra que nos ocupa es una novela apasionante y enigmática, compuesta de seis episodios aparentemente sencillos, pero que el lector no sabe muy bien cómo enlazar.

El arte del suiseki

La historia que se nos cuenta no es sólo la de Sukego, sino la de todo aquél que tiene la sensación de estar en un mundo que, bien hostil, bien altanero, rueda hacia delante como una apisonadora, sin importarle si podemos o no seguir su paso. Sukego es un perdedor que, a la vista de lo que le ofrece la nueva sociedad, aquélla que impulsó el milagro económico de Japón entre las décadas de los 60 y los 80, se empeña en seguir siendo un perdedor. Es un marginado que sólo tolera la compañía de bichos raros como él, que debe soportar el desprecio de su esposa y hasta comerse los fideos que le sirve una camarera que, un momento antes, con sus propias manos, ha... Bueno, no entremos en detalles.

Esta joya termina con el capítulo "Esfumarse", donde nos encontramos con la historia del poeta Seigetsu, y que es, por sí solo, una pequeña obra maestra. Como ya he dicho más arriba, El hombre sin talento el único gekiga de Tsuge traducido al español. Hay sitio para los sueños.

Adolf, de Osamu Tezuka

Osamu Tezuka es el último de los grandes autores que he descubierto en este paseo por el mundo del manga.

Adolf es una obra igual de monumental que Pies descalzos, aunque de extensión bastante menor (sólo 1.200 páginas). Se trata de una apasionante mezcla de thriller político y melodrama, y parte de una teoría, muy extendida hasta hace poco, acerca de los orígenes judíos del Führer. Hablamos de ello, muy por encima, con motivo de Hitler, de Ian Kershaw, donde el autor descartaba dicha teoría. Tezuka, sin embargo, construye con ella una interesante trama de espionaje alrededor de los documentos secretos que probarían el origen semita de Hitler, y sitúa dicha trama en el Japón de antes y durante la guerra.

 Refugiados judíos en Kobe

El título hace referencia a tres Adolfs diferentes. Uno, el infame; dos, Adolf Kaufmann, hijo de madre japonesa y padre diplomático nazi en Japón; tres, Adolf Kamil, judío residente también en Japón, y amigo de la infancia de Kaufmann. Alemania y Japón estaban unidos por su odio al comunismo, oficializado en el Pacto Antikomintern de 1936, al que luego se unieron España, Italia y Hungría. La cooperación entre Japón y Alemania, sin embargo, nunca llegó todo lo lejos que el gobierno de Hitler hubiera deseado. En primer lugar, cuando Alemania invadió la Unión Soviética, no pudo recibir el apoyo de su socio, dado que Japón había firmado un tratado de no agresión con Moscú. Y en segundo lugar, Japón se negó en todo momento a perseguir a los judíos.
La ciudad de Kobe, que es, junto con Berlín, el escenario principal de Adolf, acogía en aquella época a la mayor comunidad judía de Japón. En su apoyo a la comunidad judía, el gobierno nipón no actuaba por motivos morales, sino más bien al contrario, influido por la propaganda antisemita de los Protocolos de Sión. Los judíos tienen poder y riqueza, pensaban, y si somos hábiles, podemos aprovecharnos de ello y, de paso, granjearnos el favor de los EEUU. En 1938 el consejo de ministros firmó la prohibición de expulsar a los judíos. En consecuencia, y pese a ser aliado de Alemania, durante los años siguientes Japón se convirtió en un refugio seguro del holocausto.


Éste es el contexto histórico en el que se desarrolla esta historia, que es, como digo, un gran melodrama. Kaufmann y Kamil son, como ya he señalado, grandes amigos. Kaufmann se niega a obedecer a su padre cuando éste le prohibe acercarse a Kamil, y se rebela ante los insultos que le dedica a él y a todos los judíos. El único modo de educar a este niño como Dios manda es enviarlo a Alemania, y que ingrese en la AHS, a saber, la Adolf Hitler School. Podéis imaginar que los caminos de Kaufmann y Kamil volverán a cruzarse, pero no hasta qué punto.

El entrañable Tezuka en acción

Por otra parte, hay un personaje que, a diferencia de los tres Adolfs, no debería estar destinado a convertirse en el centro de esta trama, pero el manga, como la vida, es así. Sohei Toge es un periodista japonés que en 1936 se encuentra en Berlín para cubrir los Juegos Olímpicos. Un día recibe una llamada de su hermano, que le informa de que tiene para él algo de enorme importancia. Pero al día siguiente, la competición se alarga más de lo esperado y Toge llega tarde a la cita. Cuando por fin llega, se encuentra con que su hermano ha sido brutalmente asesinado. Más tarde, al poner el caso en manos de la policía, descubrirá que ha desaparecido todo rastro de él. Quizá os parezca un comienzo de novela muy convencional. Si es así, os pido un pequeño esfuerzo más para que leáis el último párrafo.

Adolf es, merecidamente, una obra de culto. La trama es interesante y nos lleva por vericuetos desacostumbrados en un thriller convencional. El melodrama nos conmueve, si bien, de manera acertada, Tezuka nos ahorra las escenas más melodramáticas precisamente donde más las esperamos. Los personajes son complejos, redondos y, de nuevo, en absoluto predecibles. Pero Adolf es, sobre todo, un grandísimo alegato antibelicista y una inapelable condena a esa forma de la estupidez llamada racismo.


lunes, 13 de octubre de 2014

Una nueva vieja historia


Chico que se rebela contra las ataduras de una sociedad falsa y materialista. Hombre que desciende a los infiernos y regenera su alma. Anciano que regresa al paisaje de su infancia. En la literatura existen lo que podría denominarse argumentos tipo, algo parecido a lo que nos descubrió Propp al categorizar el cuento tradicional en una serie de esquemas. El lector siempre se encuentra cómodo en estas historias, pues pisa terreno conocido. Ese tipo de historias pocas veces precisan de un alarde de innovación y originalidad, y su mérito consiste en contarnos una vieja historia de manera que nos reconozcamos en ella.  Leer una entrega nueva de estas historias eternas sería, para entendernos, algo así como comer gazpacho, una buena paella y de postre, una rodaja de sandía, con el ruido del mar de fondo.

Quizá ha llegado el momento de añadir uno más a la lista de viejos y conocidos argumentos: hombre de mediana edad viaja a través del tiempo y regresa a su infancia o adolescencia. Ése es el argumento de la estupenda Barrio lejano, tan parecida a Inolvidable (olvidable traducción de Too cool to be forgotten), otra novela gráfica que reseñé en los primeros tiempos de este blog.
En ambas historias, así como en otras parecidas que se han hecho en el cine, el protagonista, sin que sepamos ni nos importe el cómo ni el porqué, viaja a los años de su adolescencia. Una vez superada la lógica incredulidad y el asombro inicial que siente el viajero, es evidente que éste es en todo momento consciente de lo que ha pasado y revive su juventud con sus recuerdos y conocimiento de adulto intactos. Si no, ya ves tú la gracia.

En la novela que nos ocupa, Hiroshi, un hombre de negocios que vive para su trabajo y desatiende a su familia, una mañana se equivoca al tomar el tren y se sorprende camino de su pueblo natal. Al principio achaca el error a la resaca que tiene tras una noche de cogorza. Sin embargo, al mismo tiempo no deja de tener la sensación de que algo lo empuja hacia allí. Una vez en su pueblo natal, se dirige al cementerio donde está enterrada su madre, fallecida más de veinte años atrás. Y allí es donde, mariposa por medio, se obra el prodigio.

Algunas reseñas relacionan la mariposa que aparece en ese y en otro momento clave de la historia con la teoría del caos. A mí me parece que eso no es más que un innecesario intento, por parte de algunos lectores, de dar más profundidad a la historia. Y es que, así como hoy la novela gráfica ya no tiene que pedir perdón a nadie, dentro de ésta, el género del manga todavía es visto por algunos con cierto recelo.


Naturalmente, ese viaje que realizan Hiroshi, en esta novela, y Andy en Inolvidable, es un  viaje que, de un modo algo menos espectacular, realizamos todos nosotros en cierto momento de nuestra vida. Ese momento suele ser a partir de los cuarenta, cuando nuestros hijos empiezan a crecer y nuestros padres empiezan a dejarnos. Por una parte, ese estado en el que hemos vivido tanto tiempo, en el que nos sentíamos protegidos de la muerte por nuestros padres, empieza a tambalearse, y por otra, el descubrimiento de que aquellos rasgos suyos -los que nos irritaban y los que nos confortaban- se repiten en nosotros no puede sino turbarnos. Es entonces, cuando más lejos se encuentran, cuando nos sentimos más cerca que nunca de ellos, y sentimos la necesidad, quizá, de saldar cuentas, hacer preguntas, en fin, todas esas cosas para las que, en cualquier caso, ya es demasiado tarde.

En el mundo de la ficción lo tienen fácil. Al igual que en Inolvidable, Hiroshi tiene un par de cosas que decirle a su padre. Éste abandonó a la familia y destrozó la vida de su madre, y el momento del pasado al que regresa nuestro protagonista es tan sólo unos meses antes de aquel abandono que destrozó a la familia. Mientras Andy, en su viaje al pasado se proponía rechazar aquel primer cigarrillo que lo condenó a ser un fumador empedernido, Hiroshi intentará evitar la huida de su padre. Huelga decir que ambos objetivos son poco más que una excusa para hacer una reflexión sobre la vida, la familia, y sobre si el hombre labra o no su propio destino. Y lo cierto es que, sin grandes alaracas ni pomposas pretensiones, Taniguchi consigue una obra redonda.


Jiro Taniguchi es un reconocido maestro del manga, y aunque a servidor esa palabra, manga, le produce cierta aversión (esas portadas con niñas en minifalda y con ojos más grandes que la cara), pienso seguir con este autor que me ha conquistado.

Y como la entrada se me queda un poquito corta, aprovecho para meter, sin que nadie lo note, cuatro líneas sobre otro par de estupendas novelas gráficas leídas estos días. 


Baru es el pseudónimo del autor francés Hervé Barulea, y Los años Sputnik , un emotivo y entretenido retrato de la infancia en un barrio obrero del norte de Francia. A través de los ojos de Igor, el lector asiste a las brutales peleas entre bandas, al conflicto entre inmigrantes de diversos orígenes, al asco del primer beso y, sobre todo, a los problemas sociales y políticos de la época en una ciudad fea, pobre y donde apenas si llegaba el eco del eco del gran éxito soviético en la carrera espacial.

Uno de los muchos aciertos de Baru es el reconocimiento implícito, al fin, de que, a diferencia de la de nuestros abuelos, la infancia de mi generación no tuvo hitos, ni estuvo marcada por un momento antes y un momento después. No fuimos Jim Hawkins ni Huckleberry Finn. Jamás nos enfrentamos con la muerte, y no perdimos a nuestro padre en circunstancias violentas. Las dictaduras que caían a nuestro alrededor, así como los golpes de estado que intentaban traerlas de nuevo, pasaban a nuestro lado apenas rozándonos. Pasara lo que pasara, la vida seguía rigiéndose por el partido de fútbol con los amigos del barrio, y lo único que podía marcarnos de por vida era fallar un penalti. Así también con los protagonistas de Los años sputnik, donde sólo como lectores adultos podemos comprender las miserias y las pequeñas glorias de ese cura, ese profesor, ese miembro del soviet supremo, o ese revolucionario experto en explosivos.


Adultos. Ésa es la palabra que utilizan mis hijos para hablar de lo que, en mis tiempos, eran "los mayores". Desconozco si se trata de una decisión política(mente correcta) por parte de sus maestros, o una simple moda. A mí me suena fatal, casi pornográfico, pero es que yo soy un pervertido. Sea como sea, el caso es que hay adultos mayores para los que el mundo parece seguir circunscrito a las calles de su barrio. Tal parece ser el caso del protagonista de El caminante, otra novela gráfica de este señor Taniguchi que cada vez me gusta más, y que ha mandado a paseo todos mis prejuicios sobre el manga. No sabría muy bien decir en qué consistían dichos prejuicios, pero os aseguro que estaban muy lejos de esto:

El caminante nos podría recordar a alguna película de Takeshi Kitano a la que le hubieran quitado nudo y desenlace. Y esto no es ninguna crítica, porque las películas de Kitano, con esas bellísimas escenas iniciales, en las que parece que no pasa nada más que la vida, me han proporcionado algunas de mis mejores experiencias cinematográficas.

El dibujo de esta novela, como el de Barrio lejano, es limpio (Los años sputnik tienen un dibujo más bien sucio), exquisitamente detallado, realista, con gran cantidad de calles, caminos y vistas de la ciudad en perspectiva. Del protagonista no sabemos nombre ni profesión, y tampoco qué relación tiene con la joven mujer con la que vive. De él sólo sabemos que es un hombre lleno de curiosidad, mucho tiempo libre, y una incontenible afición por dar paseos. Así que pasea, descubre el placer de observar los pájaros, encuentra y adopta un perro, se cuela en una piscina, ayuda a una viejecita (o señora muy adulta) a llegar a su casa, y se demora caminando bajo un aguacero, entre otros episodios no por aparentemente triviales menos placenteros.

Porque, como con el buen cine japonés, nos hay que confundir la sencillez argumental con la trivialidad. Los episodios de El caminante son cualquier cosa menos triviales. ¿Qué decir del episodio "Colchón de flores de cerezo", donde aparece una misteriosa mujer -si fuera más jovencita, parecería sacada de una novela Murakami- que le cuenta al protagonista su relación con el cerezo? ¿Y de la relación que se establece entre éste y el otro paseante en "El camino largo"? En este episodio, donde no hay más diálogo que el de los zapatos, los trenes y el ruido del bastón, el protagonista camina tras un anciano, al que intenta adelantar en un par de ocasiones. Y parece que no es más que eso... En "Objeto perdido", por su parte, hay unas estudiantes adolescentes, unas corredoras, y unas niñas pequeñas, y una de las primeras se ha dejado el lápiz de labios en un banco del parque. Y así, un episodio tras otro. No, nuestra infancia no estuvo marcada por la trivialidad. Los niños de Los años sputnik viven sus insignificantes hitos como si fuera el último día de sus vidas. Y también así algunos mayores, como el protagonista de El caminante.

Todos los episodios, con bellísimas y estudiadas composiciones, son, pues, poco más que viñetas de vida que el lector puede querer completar, buscarles un profundo mensaje, o recrearse en su insignificancia. Si una lectura que apenas llega a una hora podría correr el riesgo de ser efímera, El caminante será efímera como lo pueden ser los grandes placeres de la vida. Efímeros, sí, pero qué gustito mientras duran.

No todo es zen. Perdiendo el resuello por ver el amanecer.

martes, 21 de septiembre de 2010

Mil grullas, de Yasunari Kawabata

Sorprende esta novela en su inicio por su lenguaje directo, sin tapujos, y por lo desagradable de algunas imágenes. Sin embargo, al mismo tiempo, nos escontramos con el escritor sutil y, diríase ahora, minimalista que ya conocemos, el Kawabata de la sublimación del momento por la belleza.
Mil Grullas, que ocupa poco más de 140 páginas de lectura aparentemente ligera, es no obstante un libro de lectura lenta. Kawabata despoja la escritura de todo aquello que sea superfluo, y nos queda entonces un libro de frases densas y pesadas, a la vez que de una sencillez pasmosa. Una narración que, a pesar de su abundante diálogo y sus brevísimos párrafos que, de una pincelada, describen un gesto, un olor o detalle de un kimono, debemos leer a ritmo de ceremonia del té.
Y la ceremonia del té es la metáfora central del libro. Sirva como consuelo para el lector (como yo) profano en la materia, que el personaje central de la novela está lejos de ser un experto en dicho ritual:
Kikuji no sabía nada de las flores para acompañar el té (...). Para el té de la mañana, sin embargo, le pareció que la campanilla era apropiada.
He dicho al principio que esta novela sorprende por su lenguaje directo a la vez que sutil, valga la paradoja. De hecho, la novela es sutilmente brutal. Kikuji, el protagonista, ve cómo Chikako, una suerte de bruja que tuvo una relación con su difunto padre, hace de Celestina y le sugiere que se case con la bella Inamura, ofrecimiento que ella considera irrechazable, pero que él no acepta. Kikuji no tardará en acostarse con la señora Ota, por quien su padre abandonó a Chikako, al tiempo que comienza a verse atraido por Fumiko, la hija de Ota. Como se puede ver, esto es más que un culebrón. Y enmedio de todo esto, la ceremonia del té, con sus tazas, tazones, colores y flores.
Esta maravillosa novela trata así el tema de la culpa, y parece referirse a la maldición bíblica de los hijos pagando la culpa de los padres. Y donde hay culpa, se implora perdón y se busca la redención, redención que sólo puede llegar con la muerte o, más concretamente, con el sacrificio.
Las tazas de té, que en sus 300 años de vida han visto tanta pasión y tanta muerte, guardan la marca indeleble de esta culpa que heredamos. Las tazas, la culpa, se pueden hacer añicos, pero ¿una marca en el pecho?
Metempsicótica novela para pensar, saborear y sobre todo disfrutar. Genial Kawabata.

sábado, 18 de septiembre de 2010

País de Nieve, de Yasunari Kawabata

Como dice el viejo chiste, "me encanta jugar a póquer y perder..." Es la segunda vez que leo País de Nieve y, como en la primera ocasión, he disfrutado de una escritura bellísima, al tiempo que me he quedado con la sensación de haber apreciado tan sólo una fracción de esa belleza. 
Kawabata no es un autor fácil. De hecho, la literatura japonesa, por motivos culturales y lingüísticos obvios, no es una literatura "fácil" (si es que alguna lo es). El lector que se acerque a Kawabata sin haber leído otros autores japoneses, o sin haber visto nada de Ozu, Mizoguchi o Kitano, debe de sentirse muy perdido. Cuando menos, a los que hemos tenido la suerte de disfrutar de esos genios no nos sorprenderán tanto los silencios, la formalidad casi monárquica entre miembros de la misma familia, el carácter casi sagrado del teatro kabuki o la ceremonia del té. Y probablemente eso sea solo una parte del bagaje cultural necesario para apreciar esta novela u otras en todo su esplendor. Pero cuando el esplendor resplandece como... y no termino esta frase porque me saldrá cursi.
La aprehensión de la belleza es precisamente uno de los temas centrales de la novela. Otro parece ser el "esfuerzo inútil", concepto que de forma sutil aparece una y otra vez. La historia comienza en un tren que se dirige a través de la noche hacia el país de la nieve, y en ese vagón casi vacío Shimamura, el protagonista, ve, en el hueco que acaba de hacer en el vaho de la ventana, el reflejo del ojo de una pasajera, reflejo que a ratos se divide en dos planos y superpone la luz de una bombilla sobre el ojo. Naturalmente, Shimamura y Yoko, la pasajera, acompañada de Yukio, un joven a punto de morir al que ella está cuidando, se bajan en la misma estación, un balneario de montaña donde él va a descansar y a visitar a Komako, una geisha con la que en una anterior visita inició una relación.
El resto de la novela desarrolla la relación entre Shimamura y Komako, relación que se ve complicada, sin embargo, por el hecho de que ambos son los vértices de sendos triángulos amorosos: Shimamura-Komako-Yoko, y Komako-Yoko-Yukio.
Maravilla la forma en que se nos cuenta tanto en tan pocas páginas, y de una forma tan poética. Da la sensación en todo momento de que bajo la nieve del pueblo, y bajo la gelidez de los personajes, hay un fuego latente que de forma metafórica y literal amenaza con arrasarlo todo. Sólo Komako, con sus continuas borracheras, es capaz de dar salida a ese fuego. Pero en última instancia, cabe preguntarse si tanto la contención y frialdad de Shimamura, al cabo hombre casado, y la pasión de Komako son las dos caras de la misma moneda, el "esfuerzo inútil":
Tot i saber que ella l'estimava, no deixava de veure la seva vida com un esforç bell però inútil que l'arrossegava a ell cap a una mena de buit.
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