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viernes, 30 de septiembre de 2022

Elogio de la brevedad, o el escritor goteo

 

A mis alumnos les pido que lean tres libros en inglés a lo largo del curso. Les insisto en que al menos uno de ellos tiene que ser un libro "de verdad", es decir, un libro no abreviado ni adaptado para estudiantes de inglés. Para ello, les doy una lista con algunas recomendaciones, como por ejemplo Rebelión en la granja, que les recomiendo con fervor, Boy, de Roald Dahl, Wonder, o el clásico de novela gráfica Maus. Sin embargo, como al fin y al cabo sólo soy profesor de inglés, y no de literatura, no se me caen los anillos por incluir en esa lista algún bodrio como Los puentes de Madison County, posiblemente la peor novela jamás escrita. 

Pero hay un pequeño problema: ¿qué hacemos con aquellos a los que no les gusta leer, ni en inglés ni en español ni en la lengua de Rosalía? Pues la verdad es que mis dotes de persuasión deben de ser mejores de lo que pensaba, porque el caso es que muchos de ellos acaban haciendo una visita a la biblioteca de la escuela, para buscar o bien una de mis recomendaciones, o bien algo más acorde con sus exigencias. A saber, un libro delgadito y, a ser posible, con la letra bien grande.

Naturalmente, un criterio tan gaseoso tiene que tener consecuencias, la principal de las cuales suele ser el aburrimiento. Porque si no te gusta leer, el libro más corto se te puede hacer interminable. Puedo disculpar esa reacción con El viejo y el mar (sí, esa novela breve es demasiado larga), o Desayuno en Tiffany's (algún día tendré que releerlo; creo que a mí también me aburrió). Más imperdonable me parece que no aprecien La muerte de Iván Ilych (sólo por eso suspendí de curso a esa alumna), mientras que, dados sus gustos, me sorprende que La perla (sin la joven, por favor) suela parecerles más que tolerable.

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Pa' comérselos, tan delgaditos

En todo caso, yo también aprecio la brevedad en la literatura. Es cierto que los novelones de más de 600 páginas, por los que siento predilección, le permiten a uno introducirse durante unos días en el mundo imaginado por el autor, y que, cuando salimos de él, tardamos un tiempo en volver a la realidad, embargados por una mezcla de gustirrinín y vacío anímico parecida a lo que podemos sentir al regreso de un largo viaje. Sin embargo, esa misma extensión de la novela nos obliga a entrar y salir de ese mundo constantemente y hacerlo, con demasiada frecuencia, a destiempo. Así, nos despedimos de Natasha para poner la lavadora, David Copperfield nos avisa de que nos bajamos en la próxima parada, dejamos a Hans Castorp ahí tosiendo y nos vamos al Mercadona. Sólo en muy contadas ocasiones podemos hacer un viaje de ese calibre de un tirón. En mi caso, me ha sucedido únicamente con Obabakoak, cuyas quinientas y pico páginas me zampé un domingo de lluvia, feliz de sacrificar para ello mi sagrada siesta dominical. Eran, claro, años de pisito de soltero, sin pañales ni visitas al parque infantil.

Son obvias, pues, las virtudes de la brevedad: no sólo cumple uno fácilmente con el engorroso trámite impuesto por el profesor de inglés, sino que además nos permite leer un libro entero sin anuncios. 

Oh, esto está muy bien

El mundo está lleno de grandes novelas breves. Ahí están El Gran Gatsby, Bartleby el Escribiente, El Corazón de las Tinieblas, o las ya mencionadas de Orwell, Steinbeck o Tolstoi, entre unas cuantas decenas más. Sin embargo, no se me ocurren muchos novelistas breves. Quien más quien menos, todo escritor que se precie siente en algún momento la necesidad de escribir una GRAAAAN novela, quizá porque intuyen que en ese mundo maravilloso llamado la Posteridad las pagan a tanto el kilo.

Pero haberlos haylos, y uno de ellos es el guatemalteco Eduardo Halfon.

En las últimas semanas, he estado apurando al máximo el tiempo de lectura del que disponía, pues, en cuanto empiezan las clases, con su preparación, sus redacciones, sus reuniones y su estrés, los libros, breves y extensos, buenos y menos buenos, se alargan mucho. Y en ese momento, los libros del señor Halfon me vendrán de perlas, pues sólo en septiembre me he llevado al huerto, sin contar otras lecturas, hasta cinco libros de este autor: Monasterio, Duelo, Signor Hoffman, El Boxeador Polaco y Biblioteca Bizarra, no recuerdo ya en qué orden. No me extenderé sobre ninguno de ellos por dos razones: la primera, en aras de la siempre elogiable brevedad. Y la segunda, porque no sería capaz de hacerlo sin repetirme no una ni dos, sino quizá cinco veces. 

 Signor Hoffman, Eduardo Halfon (Libros del Asteroide)

Eduardo Halfon es uno de esos escritores que han decidido convertir su vida en literatura. En efecto, en estos cinco libros tenemos un narrador llamado Eduardo Halfon que se parece mucho al autor, y los relatos que componen El Boxeador Polaco o los textos, más cercanos al ensayo, de Biblioteca Bizarra, por citar un par de ejemplos, giran, en mayor o menor medida, alrededor de episodios (muy parecidos a los) de la vida del autor. Que esta vida no sea especialmente rica en acontecimientos no es óbice para hacer con ella buena, a veces muy buena, literatura. Tampoco la repetición casi obsesiva de algún episodio, como el modo en que su abuelo consiguió salir vivo de Auschwitz, menoscaba en mi opinión la calidad de su obra. Repetirse bien es un arte. No todo el mundo sabe hacerlo sin provocar un uf otra vez por parte del lector que hojea un ejemplar en la sección de novedades. Vila-Matas sabe. Murakami, con sus gatos y sus platos de fideos con jazz de fondo, no. Y Halfon, en mi opinión, lo hace muy bien (naturalmente, hay opiniones para todo: a David Pérez Vega le gusta tanto como a mí; a Tongoy, ni fu ni fa). 

En otras palabras: leo a Halfon sabiendo lo que me voy a encontrar, porque lo que me voy a encontrar me gusta.

Cómo actuar ante una lluvia torrencial

Tu Rostro Mañana

Los libros del recientemente fallecido Javier Marías, tanto los mejores como los menos logrados, con frecuencia nos presentan también a un narrador muy parecido a Javier Marías, que a lo largo de quinientas o seiscientas páginas nos habla de la traducción, de lo que se cuecen los dones de Oxford, de la imposibilidad de conocer la verdad, y de la pulsión de convertir los secretos inconfesables en historias. Seguro que se os ocurren muchos otros escritores que con un par de obsesiones te llenan media estantería (no, ni Dickens ni Tolstoi; poco XIX hay en ese club). Pero frente a ese tipo de escritor, que no sé si llamar torrencial, tenemos al escritor goteo. Halfon, espécimen perfecto de esta variedad, exprime, nunca mejor dicho, esas tres o cuatro ideas que vertebran la obra de prácticamente cualquier autor, y con el material que otros convertirían en novela de varios domingos y mantita, nos regala cinco o seis gotas que quizá algún día den lugar a una estalagmita.

Desde luego, Halfon no se repite más de lo que lo hace cualquier otro autor. Cambian los títulos, cambian las historias, queda ese aire a "libro de fulanito". Quién sabe, a lo mejor he soltado todo este rollo para descubrir que hay una cosa llamada "estilo personal". 

En definitiva, y por abreviar, me gusta Eduardo Halfon porque habla de su abuelo, de sus viajes, de su casi imposible judáismo, de sus lecturas, de sus cigarrillos, de su emoción ante el nacimiento de su primer hijo, de las visitas que hace a sus tíos, de sus clases en la universidad, de literatura, y porque su nombre me hace pensar en mi tía Alfonsa.

jueves, 19 de marzo de 2015

Esos otros placeres lectores


En las últimas semanas, Norman Manea y Rodrigo Fresán me han proporcionado sendos grandes placeres lectores, eso sí, de muy distinto signo.

Con el rumano Norman Manea, de quien hablé hace ya unos años a raíz de su impresionante El regreso del húligan, el placer ha sido el de la relectura, no de aquella autobiografía novelada, sino de un libro aún más oscuro en todos los sentidos, El sobre negro.


La relectura es un placer, con frecuencia más reivindicado que ejercido, del que existen por lo menos dos tipos. El primero consiste en leer en la madurez aquellas obras que nos marcaron en nuestra cada día más lejana juventud. Como sabéis, este tipo de relectura es un arma de doble filo. Uno puede, evidentemente, redoblar aquel gozo con la ayuda ahora del bagaje que los años, los kilos y otras muchas lecturas le han proporcionado, y descubrir así que aquella obra que tanto lo impresionó guardaba muchos secretos que sólo ahora podemos descubrir. Pero también puede suceder lo contrario, y sorprenderse uno al ver que El viejo y el mar, esa inolvidable novelilla que se zampó con pasión en una tarde, no tenía 100 páginas sino 500.



Pero existe, como digo, otro tipo de relectura, y es la que consiste en terminar un libro y acto seguido, o casi, volver a la primera página. Esto no me suele suceder muy a menudo, y cuando ocurre, se debe, como en este caso, no tanto al placer de la lectura como a la perplejidad que nos ha producido el libro en cuestión, y a la necesidad de entenderlo aunque sea un poquitín. Porque El sobre negro plantea al lector un enorme desafío. Yo, en este caso, lo he aceptado y lo he vuelto a aceptar. No sé si he salido airoso, pero sí con la cabeza muy alta.

*   *   *

Rumanía en los años 80 no era lo que se dice un buen sitio para vivir. De hecho, de todo el bloque del este, en aquel momento era probablemente en Rumanía donde la escasez y la miseria eran el mendrugo seco nuestro de cada día. No había vida sino supervivencia, y la esperanza sólo se podía encontrar en el diccionario. Por si eso fuera poco, al igual que en tantos países donde de la noche a la mañana se pasó de una dictadura a la contraria, la amnesia histórica se había encargado de enterrar crímenes y privilegiar a sus responsables.

 (Las fotos de Bucarest son del blog www.atomic-tangerine.com)

Verter un poco de luz sobre esa amnesia general es precisamente lo que se propone el protagonista, Anatol Dominic Vancea Voinov, Tolea para los amigos. Tolea perdió a su padre en oscuras circunstancias cuarenta años atrás. Oficialmente, Marcu Vancea se suicidó, desesperado por la persecución que lo estrangulaba y el infortunio que golpeó a su hijo, Tolea, en un desgraciado accidente de bicicleta. Éste, sin embargo, hoy sospecha que alguien lo empujó al suicidio, y recuerda aquel misterioso sobre negro que recibió su padre días antes de su muerte. Tolea se lanza, pues, a intentar reconstruir aquel episodio, a la vez que recorre un Bucarest sucio, tenebroso y pútrido, donde no se puede sobrevivir sin trapicheos, y donde en cada rostro se puede esconder una cicatriz junto a la ceja, señal definitiva, para Tolea, de que se halla ante un "sustituto".


Ése sería un resumen aproximado del tenue hilo argumental que enhebra la novela, pero El sobre negro esconde mucho más. Quizá sería más preciso decir oculta. O entierra. No: incinera y lanza las cenizas a un vertedero. Nuclear. Dicho de otra forma, Manea no nos lo pone fácil, y es que, como ya señalé al hablar de El retorno del húligan, lo que me gusta de Manea y, sin duda, lo que desespera a muchos lectores, es que es uno de esos autores que parecen escribir exclusivamente para ellos mismos. Así, Manea trufa esta novela de referencias que el lector no sabe por dónde coger. Verbigracia, Macrobio. ¿Qué os parece? ¿Cómo, que no os suena? Pues nos dice la wikipedia que se trata de un escritor romano de cuya vida poco se sabe, pero suponemos que su relevancia viene por el hecho de que el dicho Macrobio es el autor de Comentario al sueño de Escipión, un prolijo comentario a Sobre la república, de Cicerón. O quizá no, quizá se trata de otro Macrobio más ignoto todavía. En cualquier caso, si conseguimos dilucidarlo nos salen luego Baronio, Gerberto y Otón III. Pues bien, con esta incerteza, como quien va en chanclas por un lodazal lleno de bichos con dientes y aguijones, es como se siente el lector en cada página. Un gustazo.


Todos los personajes sin excepción consiguen, dentro de su insondable misterio, captar el interés del lector, que acaba, junto con el propio Tolea, perdiendo la razón y viendo cicatrices en todas las cejas. Probablemente sea el doctor Marga el más enigmático de todos. Marga trabaja en un centro psiquiátrico y vive con holgura. En su juventud fue, junto a otros personajes, compañero de estudios de Tolea y estuvo enamorado de la hermana, quien un buen día conoció a una especie de mesiánico misionero con quien se casó y se fue a vivir a no recuerdo dónde. Eso sucedió poco antes del funesto accidente de bicicleta de Tolea. Años más tarde, el profesor Tolea fue expulsado de la enseñanza por culpa de un escándalo sexual, y, protegido por el propio Marga, recaló como conserje en un hotel bucarestino, lúgubre y sórdido como sólo podía serlo un hotel rumano de medio lujo. Y un buen día, quizá a raíz del brutal suceso que abre la novela, un suceso que conmueve y horroriza a toda la ciudad, Tolea empieza a buscar respuestas, y, de manera un tanto incauta, las acabará buscando en casa de Marga.

 Alegoría de la Prudencia, de Tiziano, es un motivo fundamental en el libro

Desde la crónica del suceso que abre la novela hasta el final, que, como os podéis imaginar, es abierto de par en par, se suceden decenas de pequeñas historias que, a su manera, se van entrelazando. Asistimos a escenas fascinantes como la que tiene lugar entre Tolea y la "sacerdotisa" en ese edificio a las afueras de la ciudad después del terremoto; los retazos del sueño constante que tiene lugar en un avión con una azafata de generosos senos, o la conversación con Tiziano. Y qué decir de esa charla con Venera, que Manea decide repetir. Oímos también hablar del griego Ianuli, un revolucionario casi legendario que abandonó su país para seguir con su lucha en Rumanía, y tenemos, entre otros muchos personajes, a Toma, administrador del piso donde vive Tolea y encargado de redactar informes sobre los vecinos. Todo ello está narrado con constantes y sutiles cambios del punto de vista, de estilo y, por si fuera poco, con escenas que parodian un clásico de la literatura rumana. Sabemos que en el centro hay un nudo un poco tosco que ata unas historias y personajes a otros, pero sabemos también que esas historias son como hilos de diferentes colores, grosor y tamaño y que, además, van a quedar sueltos.

Suponemos que Manea nos ha querido hablar de la violencia ejercida desde el poder, de la libertad, de la humillación, de la cobardía y, sobre todo, de un concepto que se repite de principio a fin: la indiferencia. Así que, si el lector no se empeña en "entenderlo" todo, o, para ser más precisos, si se conforma con entender sólo un poquito, puede disfrutar de una gran novela.



Rodrigo Fresán, por su parte, me ha proporcionado otro gran placer lector, que es el del abandono a mitad de lectura. Bueno, en realidad no he llegado ni a un tercio, pero lo he dejado sin remordimientos y con la conciencia muy tranquila.

A Fresán no sólo lo admiro, sino que lo tengo en un pedestal desde que leí Jardines de Kensington. En aquella novela, la impresionante capacidad de inventiva del autor, sabiamente mezclada con los elementos biográficos, consiguió que obviara esos rasgos de su escritura que más me irritan y que me rindiera a una narración que combinaba estupendamente la fantasía con la historia y la cultura pop. En La parte inventada, sin embargo, Fresán ha dado rienda suelta a sus tics y, desgraciadamente, en esta ocasión, a mi juicio, no hay una narración capaz de redimir ese desenfreno.

La parte inventada es un libro que entusiasma tanto a críticos como a lectores. La opinión de los primeros, en un mundillo donde los desmedidos elogios al colega son parte inexcusable del protocolo, me parece completamente irrelevante y no le pienso dedicar una palabra. En cuanto a los segundos, entiendo perfectamente su entusiasmo, pese a que mí la novela no me ha gustado. Y lo entiendo porque hay un hecho innegable: La parte inventada es un libro muy agradable de leer. Más que agradable, es un libro casi agradecido. El lector que se adentra en esa especie de metaconstrucción literaria no deja de sorprenderse exclamando "¡es verdad!, ¡yo conozco a alguien así!". O "¡sí! ¡cuántas veces he pensado yo lo mismo!". En definitiva, con cada página que leemos, recibimos un piropo del tipo: qué listo eres, lector. No se te escapa una.

Aprovechemos esa pendatería mía de metaconstrucción literaria para resumir la idea principal de la novela.

¿Cómo funciona la mente de un escritor? Ésta es la pregunta que nos encontramos en la contraportada, que continúa de esta guisa: "La parte inventada busca respuesta a esa pregunta adentrándose en la mente de un escritor que trata de escribir su propia historia". Bien. Creo que todos estamos de acuerdo en que la ficción acepta en sus páginas -más todavía, recibe con los brazos abiertos- cualquier tema, siempre que el autor sepa justificar su inclusión en la trama e ir más allá de la mera curiosidad enciclopédica. Allí está Moby Dick, y su morfología ballenera, o, por citar un ejemplo algo más reciente, la ochentera El país del agua, de Graham Swift, que nos describía en detalle el ciclo vital de las anguilas. En suma: todo, absolutamente todo, puede convertirse en literatura. Pero el autor debe ser consciente en todo momento de que esas incursiones, o mejor dicho, excursiones fuera de "lo literario", deben estar subordinadas a la Literatura, y no al revés. En otra palabras, Melville no escribió un libro sobre los diferentes tipos de cetáceos, del mismo modo que la contraportada de El país del agua no rezaba "¿Dónde nacen las anguilas? Ésa es la pregunta que Graham Swift se ha propuesto responder".

Pues bien, en lugar de escribir un libro en el que, además de disfrutar de una obra literaria, nos introducimos en la mente de un escritor, Fresán ha decidido que el presunto viajecito por su mente vale, por sí solo, el esfuerzo de tragarse casi 600 páginas. Ya lo sé, quién me manda a mí, con lo clarito que lo decía la contraportada. Para una vez que ésta no engaña...

Dicho eso, insisto en que La parte inventada es un libro sumamente agradable de leer, del mismo modo que puede ser agradable conectarse a facebook diez minutos al día o pasearse por el mundo bloguero. Algunos ejemplos: ¿verdad que a todos nos gustan las listas? Pues en este libro tenéis listas a mansalva, listas a gogó, listas a troche y moche, listas a diestro y siniestro, listas a porrillo, listas a tutiplén. Disfrutad de una pequeña selección de las cuestiones que preocupan a El Niño, una lista que ocupa casi cinco páginas:

"¿Por qué Superman parece hacer el mismo esfuerzo -la misma tensión de músculos, su ceño fruncido- a la hora de levantar un automóvil o alterar a empujones la órbita de todo un planeta...?

(...) ¿Quién es el culpable de que haya tantos Sugus de color rojo y tan pocos de color verde en los paquetes de caramelos surtidos?

(...) ¿A qué se debe que haya agujeros en el queso? 

(...) ¿Es la aureola rodeando el cráneo de Jesucristo la representación gráfica de la poderosa migraña causada por la corona de espinas?

Yo una vez publiqué en facebook "¿por qué es imposible encontrar huevos blancos en el supermercado?". Conseguí seis o siete "me gusta" y un par de amigos aportaron sendos comentarios la mar de ingeniosos.

Otras de las reflexiones que pasan por "la mente de un escritor" no se ajustan tan bien a facebook, pero serían estupendas para un blog literario o para una columna de suplemento dominical:

Porque para demasiadas personas los libros se usan y se gastan y qué sentido tiene conservarlos. Ocupan tanto lugar, hay que sostenerlos y pesan, son tan sucios y, aunque no se diga en voz alta, los libros son demasiado baratos para ser algo bueno y provechoso, se susurra. (...) Y, sí, es para ellos que se ha inventado el status del libro electrónico donde -¡aleluya y eureka!- se ha conseguido hacer comulgar a la televisión con la impresión: para descargar y no cargar, para adquirir y acumular y no abrir ni pasar página. Y para que -tan satisfechos de que dos mil títulos puedan ser levantados por una sola mano- los libros no estén todo el tiempo ahí, a la vista, recordando con su atronador silencio todo lo que no se ha leído ni se leerá.

Leer es muy bonito y los libros huelen muy bien. Y esta prédica a los conversos le ocupa a Fresán otras cuantas decenas de páginas.

Como vemos, el nivel de exigencia al lector es muy bajo. ¡Cómo añoré en más de un momento a Manea llamándome idiota! En La parte inventada, al lector poco avisado quizá le impresione al principio el uso de las fuentes, con cambios constantes de Arial a American Typewriter, así como los incontables paréntesis y asteriscos, por lo que puede que más de uno piense que está ante una novela de estructura altamente sofisticada. Pero no os engañéis: al igual que tantas páginas y listas de este libro, los cambios de fuente, los asteriscos y las crucecitas son completamente superfluos e irrelevantes. Siempre es la misma voz la que nos habla, una voz de profesor universitario medio rebelde y aspirante a viejo cascarrabias, y siempre lo hace, en otro de los pecados imperdonables de esta novela, completamente desprovista del menor atisbo de ironía. Y como yo también tengo derecho a repetirme, insisto: esta novela gusta tanto porque lo poco que tiene que ofrecer al lector (o lo mucho que me he perdido en el resto del libro) se lo da perfectamente hervidito, cortadito, mascadito y hasta bien digeridito. Leed al respecto unas pocas líneas sobre los Karma, una familia de pijos filisteos ignorantes materialistas.

"Penélope (...) ha descubierto (...) que su capacidad de concentración por más de uno o dos minutos es nula, que no les importa cómo empieza y cómo transcurre y cómo terminará la película, que se puede empezar y terminar una historia en cualquier momento".

"Y una de las pocas órdenes del mundo exterior que los Karma obedecen sin resistencias ni quejas es, ya se dijo, la de jamás pasarse  de los ciento cuarenta caracteres para hablar o escribir. Para los Karma, escribir más de ciento cuarenta caracteres es casi como escribir una novela".

"Una joven Karma se acerca a Penélope y le confía que 'Yo he leído un libro, pero no fue una buena experiencia. Así que ya no repetí. Fue casi traumático".

Si no os ha quedado claro el tipo de familia que son los Karma, no os preocupéis. Hay cincuenta páginas así. Y contando. Fue en ese momento (página 150) donde lo dejé. Sé que se me puede reprochar que critique una novela que no he terminado, pero por eso mismo no he querido dedicarle una entrada entera. Admito también la posibilidad de que en las 400 páginas restantes la cosa pueda animarse un poco. De hecho, al hojearlas me ha parecido entender que hay un asesinato, y parece ser que entra en acción otro personaje y todo. No obstante, yo soy de los que piensan que, a partir de cierto momento, el libro que nos falla pierde todo derecho a mejorar.

Así que ya sabéis, si tenéis ganas de halagar vuestro ego y, para qué negarlo, pasar unos ratos bastante entretenidos, La parte inventada es vuestro libro. Yo me esperaré a que se publique la trilogía completa, con La parte revisada y La parte editada.

viernes, 28 de noviembre de 2014

El hombre que amaba a los perros



La historia siempre golpea con más fuerza que el presente. Por eso la emoción que debió de sentir Sylvia Ageloff al conocer a Trotski no pudo ser tan grande como la que sentiría cualquiera que, cuarenta años más tarde, conociera a un testigo de primera mano del asesinato de León Davídovich. El presente carece de ímpetu, mientras que el pasado ha tomado una larga carrerilla antes de echársenos encima.

Se me ocurren estas cosas tan profundas tras leer esta apasionante novela de Leonardo Padura (La Habana, 1955). Una novela que, antes de que se me pase el entusiasmo -cosa que dudo- me atreveré a calificar desde este momento como magistral.

 El hombre que amaba a los perros nos cuenta tres historias, narradas en capítulos alternos, que convergen en una playa de Cuba en el año 1977. Las historias son las del exilio de Trotski, la de su asesino, Ramón Mercader, y la del narrador, Iván, un desengañado aspirante a escritor que, tras un debut prometedor, comete al imperdonable error de escribir una obra que no se ajusta a los principios de la revolución.

(Atención: esto no es un spoiler) Clímax de la novela

Uno de los numerosos retos que debió afrontar Padura al escribir esta obra debió de ser calibrar el interés que podría tener la vida del narrador al lado de figuras tan fascinantes como Trotski y Mercader, un interés que, a priori, se nos antoja inferior. Suele ocurrir con los libros narrados a dos o más voces que uno de los narradores flaquee, y que el lector desee acabar el capítulo para volver a escuchar su voz preferida. No así con esta novela, donde el autor consigue hacer del triste y desencantado narrador no sólo un personaje más que interesante, sino además integrarlo perfectamente en la idea central de la novela: el Desengaño, en el sentido más puro de la palabra.

A diferencia del tardío y amargo desengaño de Trotski y Mercader, el de Iván se nos presenta bien pronto, cuando, tras aquel desliz (que por no ser explícitamente revolucionario se convirtió en imperdonablemente antirevolucionario), es castigado con un destierro a lo cubano, es decir, a perder el tiempo en un trabajo absurdo y en la otra punta del país. El destino que le aguardaba allí era el mismo que a tantos subyugados del régimen:

-Prepárate, socio: aquí te vas a hacer un cínico o te van a hacer mierda... Bienvenido a la realidad real.

 Harte fue guardaespaldas de Trotski. Tras su muerte, éste hizo colocar esta placa, sin saber que Harte era un agente soviético que estaba ayudando a preparar su asesinato

El desengaño de Iván, acentuado por una desgracia personal, se nos presenta como un reflejo de aquel desengaño gigantesco que sacudió a varias generaciones de izquierdas aquel infausto o memorable 9 de noviembre del 89, y de todo lo que ocurrió tras la posterior caída de la Unión Soviética. La tragedia del hundimiento del mito, al que siguieron espectaculares cambios de chaqueta, suicidios y ventas de orejeras, no radicó tanto en la derrota como en la constatación de que, tras aquel muro, no había paraíso. No había siquiera un mundo alternativo. Nunca lo había habido. El muro no había hecho más que ocultar una sarta de mentiras. Y a Iván y tantos otros cubanos, no les quedó nada a lo que aferrarse.

La gloriosa Unión Soviética había lanzado ya sus estertores y sobre nosotros empezaban a caer los rayos de la crisis que devastaría el país en los años noventa.

Hasta esta novela, publicada en 2009, Padura era conocido sobre todo por sus novelas policiacas, de las que ignoro el grado de éxito que tuvieron en nuestro país. (De haberlo tenido, sería un mérito impresionante, dado el handicap que supone tener como protagonista a un detective llamado Mario Conde). En cualquier caso, el buen hacer de Padura como autor de novelas policiacas es palpable en El hombre... ¿Cómo, si no, explicar que el lector devore absorto página tras página a medida que se aproxima un desenlace inevitable, sí, dramático, sí, pero, sobre todo, universalmente conocido? Porque esas páginas, sencillamente magistrales, que preceden al momento del crimen consiguen una tensión que uno no experimentaba desde hacía mucho tiempo. Pensándolo mejor, quizá lo de 'universalmente conocido' sea una exageración, como se nos indica en la propia novela, donde el narrador confiesa al misterioso individuo que se pasea por la playa que jamás ha oído el nombre de Ramón Mercader, y que de Trotski apenas tiene un vago recuerdo de lo que la ortodoxia estalinista había establecido como dogma.

Caridad del Río, la ternura hecha carne

Al tiempo que Padura nos lleva de las trincheras de la Sierra de Guadarrama, en nuestra guerra civil, a una cabaña en un bosque ruso donde preparan a futuros agentes secretos, pasando por el periplo de Trotski en su exilio, vamos conociendo a algunos personajes tan odiosos como fascinantes. Entre ellos, y en primer lugar, claro está, tenemos a la despiadada Caridad del Río, madre de Ramón y fanática estalinista, para quien la Causa justificaba cualquier sacrificio humano. La vida de esta mujer merecería una novela por sí sola, aunque lo cierto es que eso podría decirse de prácticamente todos y cada uno de los personajes que pueblan estas páginas. En todo caso, en descargo de Caridad (ironías del santoral), hay que decir, pese a que procedía de una familia más que acomodada, la vida no la trató demasiado bien. Su matrimonio con el próspero empresario Pablo Mercader constituyó una experiencia traumática que le inculcó un odio a su propia clase social que le duraría de por vida, y que la lanzó a los bajos fondos barceloneses, la convirtió en adicta a la morfina y al revolucionismo, y la llevó durante una temporada al manicomio.


Otro de estos  personajes que se nos hace odioso es el siniestro Kotov, es decir Grigoriev, mejor dicho Tom, el hombre de los mil nombres, cuya verdadera identidad era Nahum Eitington. Políglota, de carácter frío y eficiencia chequista, este agente de la NKVD fue el encargado de organizar el asesinato de Trotski. Su misión con Mercader, a quien conoció a través de Caridad, fue la de formar un agente secreto infalible, implacable, y dispuesto a sacrificar cualquier placer con tal de formar parte del glorioso engranaje del sovietismo. Padura crea un personaje apasionante, como lo son todos en esta obra, y cuando uno piensa que, pese a su carácter escurridizo y a sus pasaportes mutantes, ha llegado a conocerlo, llega el deshielo de Khruschov, nos reunimos en un largo epílogo con Mercader, Tom y sus parientas, en el gélido Moscú del 68, y nos volvemos a maravillar con la literatura hecha vida.
Trotski, con Rivera y Ageloff

Y qué decir de Diego Rivera. Nunca he sentido simpatía por el personaje, pero ante un gran artista las simpatías personales y los posibles pecadillos que pudiera cometer son bastante irrelevantes. No obstante, quizá porque recordaba con disgusto el retrato algo babeante que hizo de él Carlos Fuentes en Los años con Laura Díaz, he leído con gran placer y mala leche el nada halagador personaje que ha recreado Padura. Cuando Trotski no tenía adónde ir, pues no había país dispuesto a acoger a esa bomba de relojería, Rivera intercedió por él ante el gobierno de Lázaro Cárdenas y lo acogió generosamente en su casa. Con el tiempo, sin embargo, surgieron las tiranteces, algo que posiblemente se debió más al tamaño de los egos que al romance que tuvo León Davídovich con la señora Kahlo. En cualquier caso, la ruptura fue completa e irreversible, y los Trotski, naturalmente, acabaron por abandonar la Casa Azul del matrimonio pintor. En la nueva casa de Coyoacán, Trotski sufrió en mayo de 1940 un primer intento de asesinato, que resultó misteriosamente chapucero, y en el que se rumoreó que había participado, pistola en mano, Rivera, algo que nunca se ha confirmado.

El asesinato de Trotski es una maravillosa historia de agentes secretos que supera, por su veracidad, a cualquier obra del género, y en ella no podía faltar la mujer ingenua y romántica, utilizada, engañada, despreciada, y cuyo desengaño es posiblemente el más cruel de los muchos que hay en esta historia. Sylvia Ageloff era una trotskista de la cabeza a los pies, y también era una chica poco agraciada por la naturaleza. En París, Tom se las ingenia para presentarle a Mercader, que se hace pasar ante ella como Jacques Mornard, hijo de diplomático belga que vive de oscuros negocios. Mercader-Mornard la seduce y Sylvia se le entrega en cuerpo y alma. Entonces, y de manera agentesecretamente astuta, Mornard consigue que a través de ella Trotski le abra las puertas de su búnker mexicano. Fijaos en esta impresionante foto, donde Ageloff ino se atreve ni a mirar al hombre que la ha utilizado para asesinar al hombre que ella más admiraba en el mundo.


Sin obviar la demonización de que fue víctima Trotski por parte de Stalin, y que Padura tan bien nos explica, a nadie se le oculta que, como personaje clave en la revolución rusa (para envidia del padrecito de los peblos) León Davídovich no fue precisamente un angelito. Pero la victimización a manos de un monstruo como Iósif Vissariónovich es capaz de imbuir de dignidad a todo aquél que, en su ingenuidad, cobardía o debilidad, contribuyó a la entronización del zar rojo, llámese aquél Bujarin, Zinóviev, Kámenev o Trotski. Y hay que decir aquí que, aparte de ser una extrarodinaria novela, El hombre que amaba a los perros es una auténtica fiesta para el lector rusófilo y el interesado en la historia de las revoluciones.

Tal vez el primer error del bolchevismo, debió de pensar Liev Davídovich, fue la radical eliminación de las tendencias políticas que se le oponían: cuando esa política pasó del exterior de la sociedad al interior del Partido, el fin de la utopía había comenzado.

Aparte de su vívido retrato del triste y helado Moscú del Deshielo khrushoviano, o de esas escenas en el campo de entrenamiento para agentes secretos, Padura nos explica el porqué de la estigmatización de Trotski, nos presenta los infames juicios de la Gran Purga y el eco que tuvieron en occidente; relata el modo en que Stalin fue progresivamente estrangulando cualquier minúsculo atisbo de crítica; describe la complacencia de personajes como Malraux, Romain Rolland y Dolores Ibárruri con el estalisnismo, así como la abyección moral en la que se hundió Gorki; y por sus páginas pasan viejos conocidos de este blog como Victor Serge, personajes tan interesantes como Yakov Blumkin, o héroes trágicos como Andreu Nin.

 
 La residencia de Trotski en Büyük Ada, en Turquía

URSS aparte, la recreación de los años del destierro de Trotski, primero en Alma Atá, luego en Turquía, Noruega y finalmente México, no podrían ser más vívidos. Así, este lector se ha deleitado, por ejemplo, con la descripción de la vida de la familia Trotski en la casita junto al lago en Turquía, probablemente los años dorados de su triste exilio. En cuanto a los años mexicanos y la casa de Coyoacán, me sorprendí sobremanera al ver en internet las fotos de aquella casa hoy convertida en museo. En mi visita a México hace ya casi veinte años ni se me pasó por la cabeza ir a ver dicho museo y sin embargo, al ver ese patio, ese dormitorio, esas conejeras, habría jurado que había estado allí. Pero no. Sencillamente, conocía aquella casa como la palma de mi mano gracias al libro de Padura.

Y se acaba el tiempo, y uno se da cuenta de que todavía apenas ha hablado de Mercader. ¡Ups! Bien.

 Que no, que yo no soy Mercader

Es difícil saber hasta qué punto este catalán de familia acomodada caída en la ruina llegó a influir en el curso del siglo XX, pues nadie duda que, de no haber sido él, otro se habría cargado a Trotski. Para implacable, Stalin. Ello no obstante, y pese a la abundante documentación y las numerosas biografías y documentales que se pueden encontrar, Mercader sigue envuelto en un halo de misterio. Por eso, en una novela como ésta, donde el autor se ha documentado lo inimaginable, el resquicio a la imaginación se lo ha brindado este personaje.

Padura nos presenta un joven Mercader noble e idealista, como no podía ser de otra manera. La vida de un revolucionario condenado a matar suele tener unos comienzos de lo más dignos. Al asistir a su progresiva radicalización, es difícil no achacar ésta, en parte, a la figura de la madre, siniestra no sólo por su frialdad, sino también por esos besos ensalivados con los que acostumbra saludar a su hijo. El Mercader joven es una presa relativamente fácil de Kotov, de su madre, del espíritu del tiempo, y de África de las Heras, otro personaje demasiado increíble para ser ficticio.
 África de las Heras

Una de las tareas de todo agente secreto, sea cual sea su ideología, es la obediencia ciega. Sin embargo, en algunos casos la ceguera ocupa el lugar sustantivo, y deja a la obediencia como mero adjetivo. Pero, ¡ay!, cuando uno se tapa los ojos, sucede que a veces separa los dedos y vislumbra aquello que no quiere ver. Esa tentación de separar los dedos no dejó, sugiere Padura, de incordiar a Mercader. Así, en la farsa de los juicios de la Gran Purga, ante la confesión de Yagoda:

Jacques Mornard no pudo evitar sentirse confundido. (...) "Yagoda no confesó por voluntad propia [dijo Mercader]. Todo sonaba a teatro".

Peligrosa falta de ceguera que Tom se encargará de corregir. Y a fe que lo consigue. Cuando, tras haber cometido el asesinato de Trotski, las autoridades mexicanas enfrenten a Mornard con pruebas irrefutables de su verdadera identidad, el falso belga, como un niño al que le pillan con la boca llena de chocolate y se niega a reconocer que haya abierto la caja de bombones, seguirá insistiendo en que él no es quien todos saben que es, y así erre que erre durante sus veinte años de presidio (en los que recibió, entre otras, la visita de Sara Montiel). Los totalitarismos necesitan de la ceguera obstinada, voluntaria y colectiva para triunfar. Por eso, cuando nos quitamos la venda, el desengaño que recibimos nos golpea con la fuerza de varias generaciones.

Padura hace hincapié en el hecho de que su novela es una obra de ficción, si bien está tan documentada y está escrita de un modo tan magistral que el lector llega a creer que incluso la historia de Iván, que sin duda tiene mucho del autor, también es real. Iván, como hemos dicho, es el narrador, un hombre que, sacudido por la tragedia, recuerda, alrededor del cambio de siglo, cómo un día, allá por 1977, conoció, en una playa cubana, a un peculiar señor con un acento español un tanto extraño, que paseaba a dos preciosos borzois o galgos rusos, y que iba seguido a cierta distancia por otro hombre al que se refería como su chófer. Entabla con él algo parecido a la amistad y siguen viéndose con relativa regularidad hasta que, un buen día, el hombre de los borzois desaparece sin dejar rastro. El lector no tarda en intuir que ese misterioso hombre es Mercader, fallecido en Cuba en 1978. Y aquí, la magia de la literatura y el talento de Padura nos llevan a decirnos ¿por qué no pudo suceder así?

Tú eres el Soldado 13 y no tienes piedad, no tienes miedo, no tienes alma. Tú eres un comunista de pies a cabeza, Ramón Mercder.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

El siglo de las luces


Ciertas grandes obras de la literatura son tan grandes que no hace falta leerlas para conocer perfectamente su argumento. Sabido es, por ejemplo, que la obra magna de Proust trata de un niño al que le gustaban mucho las magdalenas. Nuestros políticos y periodistas, pese a no tener la literatura en tanta estima como el fútbol, saben muy bien que Eichman en Jerusalén no es más que un largo proemio para la frase "la banalidad del mal". La broma infinita trata de tenis y de notas al final del libro, mientras que el Decamerón es un estudio del monje desdentado.

La cultura de oídas y frases cogidas al vuelo nos lleva a formarnos imágenes tan erradas que llega a dar vergüenza admitirlas. Pero como yo hace tiempo que superé el miedo al ridículo, no tengo mayor problema en hacerlo: El siglo de las luces trata de un científico loco y romántico que, incomprendido en su Francia natal, emprende un viaje al Caribe, donde por fin gozará de libertad para poner en funcionamiento su gran invención...

... embarazoso, ¿no?

La Máquina

Recuerdo que de este clásico de Carpentier, publicado por primera vez en 1962, se habló mucho 30 años más tarde, a raíz de la película del mismo título realizada en Cuba y que cosechó varios premios internacionales. No sé por qué en aquel momento no me molesté ni en leer una ni en ver la otra, pero supongo que estaba demasiado ocupado buscando algo que hacer con mis días post-estudiantiles mientras, al mismo tiempo, me esforzaba por mantener vivo un amor a distancia. Entre eso y algún texto de contraportada leído por ahí, me había convencido de que sabía muy bien de qué trataba esta novela, algo que confirmaba cada vez que abría el libro, que llevaba más de diez años en casa. La novela empieza de esta guisa:

Esta noche he visto alzarse la Máquina nuevamente. Era, en la proa, como una puerta abierta sobre el vasto cielo que ya nos traía olores de tierra por sobre un Océano tan sosegado, tan dueño de su ritmo, que la nave, levemente llevada, parecía adormecerse en su rumbo, suspendida entre un ayer y un mañana que se trasladaran con nosotros.

Me parece un comienzo maravilloso, y por ello no dejo de preguntarme por qué tardé tanto en leerla, cuando además, en primer lugar, este libro llevaba en casa tanto tiempo y, en segundo lugar, todo lo que he leído de Carpentier siempre me ha apasionado. Supongo que soy un lector bastante errático, por no decir infiel, o incluso promiscuo. Cuando un libro me gusta mucho, evito durante un tiempo volver a leer algo del mismo autor, quizá para no estropear el buen sabor de boca, quizá para que no se mezclen en mi memoria dos historias presumiblemente parecidas. Esto puede parecer una chorrada, pero estoy convencido de que leer El siglo de las luces inmediatamente después de Los pasos perdidos puede producir una sobredosis de barroquismo caribeño.

Carpentier escribió esta novela en Venezuela, donde pasó catorce años en los que publicó nada menos que El reino de este mundo, Los pasos perdidos y la que nos ocupa. Y entre vudú, remonte de ríos y guillotinas en funcionamiento 24/7, uno es el tema que parece sobrevolar la obra carpenteriana, y éste es la nostalgia -o quizás sería más preciso decir el sueño- de la América in illo tempore. Tanto es así que uno se pregunta si la gran cuestión de fondo no será "¿cuándo se jodió América?". Pero descendamos un par de peldaños desde tales hipótesis y generalizaciones.

Primeras escenas de la película

El siglo de las luces nos sitúa en La Habana alrededor del año 1790. Un próspero comerciante acaba de fallecer, y su hijo Carlos se ve obligado a tomar las riendas de la empresa. En la casona habanera viven también Sofía, hermana de Carlos, y Esteban, un primo huérfano y asmático. Aprovechando que será el albacea de la familia quien se encargue del negocio, los tres jóvenes se entregan a una suerte de orgía intelectual en la que comparten lecturas hasta la madrugada, descubren el mundo desde la biblioteca, representan con desbordado entusiasmo obras teatrales, y exploran cada rincón de la casa, del que vuelven con mapas, relojes, brújulas y todo tipo de artefactos. Esta edénica infancia prolongada se ve sacudida por la llegada de Víctor Hugues, un comerciante marsellés de gran cultura y ansias de conocimiento. La irrupción de Hugues no supone una expulsión del paraíso, pero sí la imposición de orden y luz en las desenfrenadas noches de la casa.

Por resumir un argumento que, de hecho, es bastante sencillo, digamos que poco después llegan al Caribe los aires de la revolución francesa. Se producen revueltas de esclavos en Saint-Domingue, y tanto Víctor Hugues como su amigo y curandero mulato Ogé, por su condición de masones y partidarios de la revolución, se ven en el punto de mira de las autoridades. Entre el caos de las rebeliones y la huida de Víctor, los tres jóvenes acaban separándose, y prácticamente sin saber cómo, Esteban se ve embarcado, junto a Hugues, rumbo a Francia.

Una vez allí, ambos se entregan a la causa de la revolución, pero, mientras Esteban se dedica a la traducción de pasquines y a tareas meramente burocráticas, Víctor Hugues se convierte en un fanático decidido a aniquilar a cualquier posible enemigo de la revolución. Cumplida su misión, Hugues es enviado de vuelta al Caribe, investido de poder y con una insaciable sed de seguir la faena en la isla de Guadalupe. Y ése es el momento que se nos anunciaba en el primer párrafo de la novela, cuando, instalada sobre la proa del barco, llegan al Caribe las luces, la Enciclopedia, la Ilustración; en una palabra, la guillotina. Pero lo que eleva a niveles casi proféticos ese proemio es precisamente la omisión del término "guillotina" y la ausencia total de referentes temporales, que convierten la Máquina en la cruz, la horca, la hoguera o el pelotón de fusilamiento.

Abolición de la esclavitud

El personaje de Victor Hugues sería una creación inmortal de la literatura en lengua castellana si no fuera por el hecho de que nuestro déspota idealista existió. Desconozco hasta qué punto se trataba de un personaje conocido en Francia, pero es innegable que para los lectores hispanohablantes Carpentier hizo todo un trabajo de arqueología documental, y aunque la wikipedia francesa nos brinda bastantes datos al respecto de este señor, sólo Carpentier fue capaz de dotarlo de vida. Personaje arrollador, contradictorio y, para qué negarlo, bastante odioso, a Hugues se le encomendó la abolición de la esclavitud, que asumió con tanto entusiasmo como saña empleó después en la persecución de los supuestos liberados.

Es claro, pues, el tema de la revolución traicionada, y el paralelismo entre la revolución rusa y la francesa, con sus respectivos períodos de Terror, son más que evidentes. No deja, sin embargo, de producir cierta sorpresa que alguien tan entregado a la causa de la revolución cubana como Carpentier saliera airoso de una crítica tan feroz contra los excesos de la revolución, y de un retrato tan certero del revolucionario metamorfoseado en déspota. El caso es que en Cuba nadie se dio por aludido, y si bien podría aducirse que la novela se publicó al principio mismo de la era castrista, lo cierto es que Carpentier fue hasta el final de sus días el escritor estandarte del régimen.

Pero aparte de su vertiente de novela histórica, El siglo de las luces destaca por su cuestionamiento de la idea de que la Luz, es decir, la cultura y el racionalismo, representan nuestra mejor arma contra la barbarie humana. El símbolo de la luz, presente desde el irónico título, es constante a lo largo de la obra. La llegada de Hugues a la casa de los huérfanos, por ejemplo, saca a éstos del mundo de desorden, sombras y polvoriento saber en el que se revolcaban, y los hace abrir las ventanas y saludar al día, sin tener en cuenta lo bien que se vive a veces entre sombras y polvo. En contraste, al desarmar la guillotina, nos dice el narrador:

Había terminado la Máquina en esta isla su tremebundo quehacer. El reluciente y acerado cartabón, colgado por el Investido de Poderes en lo alto de sus montantes, regresaba a su caja. Se llevaban la Puerta Estrecha por la que tantos habían pasado de la luz a la noche sin regreso.

El papel de la luz es asimismo relevante en el cuadro Explosión en una catedral, que juega un papel central en la obra y que no sería exagerado considerar el personaje principal de la obra. Hay quien considera que su simbolismo llega al punto de que se puede identificar derecha e izquierda con Europa y América. Si eso es así, el mensaje del cuadro es muy revelador.


Y es que el tema del retorno al edén, tan evidente en Los pasos perdidos, está también presente en esta novela. Ese edén puede ser el feliz y tenebroso caos de los huérfanos, invadido e iluminado por Hugues, o puede ser, de manera más general en la obra carpentieriana, la América precolombina, cuyo esencia se perdió y algunos buscan en la frondosidad del trópico o, paradójicamente, en la magia del folklore de raíz africana. Aunque quizás la paradoja no esté en el elemento africano sino en la palabra "esencia", como sugiere este interesante fragmento de una entrevista:


Puede decirse que el estilo de la obra, como todo Carpentier, requiere un ligero esfuerzo (lo del barroquismo es ya un tópico; prefiero el término "exuberancia"), pero éste, en cualquier caso, será mucho menor de lo que una primera impresión nos puede hacer pensar. Más compleja es, desde luego, su simbología, aunque todos sabemos que los escritores utilizan los símbolos principalmente para tener entretenidos a los catedráticos de literatura. En todo caso, si a alguien una leve y más que placentera dificultad le supone un obstáculo para la lectura, mejor que lea a Coelho. Total, El siglo de las luces no es más que una novela magistral y una obra maestra de la literatura en lengua española. Y además, con aventuras, sangre, pasión y hasta piratas.

viernes, 6 de enero de 2012

En busca de Klingsor, de Jorge Volpi

Creo haber leído en algún sitio que la Segunda Guerra Mundial es la guerra sobre la que más libros se han escrito, seguida de la Guerra Civil española. Curiosamente, no obstante la abrumadora cantidad de información que tenemos sobre aquella contienda, hay un episodio que, aunque conocido, ha pasado relativamente desapercibido, pese a que marcó, o mejor dicho, estuvo a punto de torcer, el curso de la historia. Se trata del atentado contra Hitler que tuvo lugar el 20 de julio de 1944. En este atentado fallido, último de una larga lista, el Führer apenas sufrió unos rasguños. El plan, conocido como Operación Valkiria (que era, en realidad, el nombre del plan de acción aprobado por el propio Hitler para una hipotética situación de emergencia), organizado por el coronel Stauffenberg y otros oficiales de la Wehrmacht, falló por una serie de malditas casualidades (un maletín mal colocado, una inoportuna llamada telefónica) y porque fue llevado a cabo de manera algo improvisada y chapucera. Naturalmente, la venganza de Hitler fue implacable. Algunas de las ejecuciones fueron filmadas (se dice que para uso y disfrute del dictador) e incluso se vejó la dignidad de los cadáveres.
En busca de Klingsor se abre con el Führer regodeándose con las filmaciones arriba mencionadas, y nos presenta en seguida al narrador, Gustav Links, un eminente matemático arrestado y juzgado por su implicación en el complot. Tras contarnos cómo se libró milagrosamente de compartir el destino de los otros implicados, gracias a una bomba aliada que destruyó la sala donde se celebraba el juicio y se llevó por delante al juez (todo esto verídico; se trataba del infame juez Roland Freisler, a quien veremos luego en acción) que estaba a punto de condenarlo a muerte, Links inicia su narración el día posterior a la caída del muro de Berlín. Así, el largo flashback que viene a continuación se presenta, a partes casi iguales, como las memorias de un conspirador contra el Führer, una interesantísima reflexión sobre la imposibilidad de llegar a conocer la verdad de los hechos (construida a partir del teorema de Gödel o la paradoja de Epiménides), y una crónica sobre aquel frustrado magnicidio.
Aquí tenéis unas imágenes de algunos de los acusados, del juicio y, sobre todo, del juez Roland Freisler, furibundo nazi y vergüenza de la raza humana, valga la repugnancia.


En busca de Klingsor se puede leer también como una novela de espionaje. Bien al principio nos encontramos con Francis P. Bacon, físico alistado en el ejército norteamericano, a quien, tras los juicios de Núremberg, se le encomienda la misión de indagar y tratar de averiguar la identidad de Klingsor, supuesto asesor científico del Führer y que gozaba del favor de toda la comunidad científica. Nadie ha visto a Klingsor, nadie sabe quién es, y se rumorea que en realidad nunca existió.
Serán Links y Bacon quienes lleven el peso de la historia, pero siempre desde el punto de vista de Links, que nos refiere lo que oyó de boca de Bacon, con quien colaboró durante un tiempo. La novela está perfectamente estructurada, no sólo en el aspecto temporal, sino sobre todo por el modo en que Volpi ha conseguido armonizar la teoría cuántica (como lo oís) con la elección de los diversos puntos de vista. Aunque soy lego en casi cualquier asunto científico, si lo he entendido bien, uno de los corolarios de la teoría de la relatividad es que es imposible medir con precisión el universo que nos rodea porque estamos inmersos en él. Yendo aún más lejos, incluso por mucho que nos alejemos de la materia observada, por ejemplo el átomo, la acción necesaria para llevar a cabo la observación afectará al objeto de estudio. O algo así. (Y si no, me corregís). El autor integra perfectamente estas teorías en la estructura y la trama de la novela, y lo hace de una manera no sólo clara, sino apasionante.

Carta de Einstein a Roosevelt, donde le informa de los últimos avances en física nuclear y de su posible aplicación militar

Otro episodio que hoy apenas se recuerda es la carrera nuclear que tuvo lugar en aquellos años entre el Tercer Reich por un lado, y Gran Bretaña y EEUU por otro. Alemania nunca estuvo realmente cerca de conseguir una bomba nuclear, debido, sobre todo, ironías del destino, a la limpieza étnica que había llevado a cabo. Naturalmente, los más brillantes de los científicos que se vieron obligados a exiliarse acabaron desarrollando la bomba atómica para los aliados. Sin embargo, aun sabiendo que no conseguirían desarrollar la bomba, Hitler (o más bien, alguno de sus colaboradores más lúcidos) tenía la esperanza de acercarse lo suficiente a su objetivo como para estar en condiciones de negociar una salida airosa. Jorge Volpi (¡qué barbaridad! no he mencionado su nombre hasta ahora; breve presentación: nacido en México, excelente novelista) nos lleva a hacer un fascinante recorrido por algunos de los entresijos de esa desigual carrera nuclear y consigue que incluso lectores como yo, de ignorancia enciclopédica en el tema de la física, seamos incapaces de soltar el libro.

Sin bigote, joven abogado

Con bigote, gran escritor.

¿Y qué o quién es Klingsor? ¿De dónde sale el nombre? La verdad es que éste aspecto de la novela me ha resultado un poco abrumador. Klingsor es uno de los personajes de la ópera Parsifal, de Wagner, y, en mi opinión, el modo en que Links intenta establecer paralelismos entre la investigación llevada a cabo por Bacon y la obra wagneriana no consigue cuajar del todo y resulta, a la postre, un tanto confuso. Pero a todos nos gusta de vez en cuando ver que el autor es más listo que nosotros, ¿verdad?
Porque la verdad es que Volpi entrelaza con una maestría pasmosa ficción y realidad, de una manera muy parecida a como lo hizo Fresán en Jardines de Kensington. Una vez más, ha sido colosal el trabajo de documentación por parte del autor, que parece sentirse a sus anchas en la historia de la fisión del átomo. Y extraordinario es también el modo de presentar narración, intriga, ciencia e historia de una forma tan amena y en una novela tan inteligente.


Y la lectura de esta gran novela me sumió en una breve pero intensa fiebre por la Operación Valkiria que culminó con la película de 2008 del mismo título.
La verdad es que, en lo que respecta al guión y la fidelidad histórica, Operación Valkiria es impecable. Te atrapa desde el primer momento, el tratamiento de los personajes es verosímil, no cae en la sensiblería, el maniqueísmo ni la idealización de Stauffenberg (Tom Cruise), y la tensión va en aumento hasta el final. El trabajo de todos los actores es excelente, empezando por Tom Cruise, quien, por mucho que se tienda a ridiculizarlo por su vida personal, a mí siempre me ha parecido muy buen actor. Se echa en falta, quizá, una dirección algo más personal y ambiciosa. Parece que el director, Bryan Singer, se conformó con tener un reparto de lujo, muchísimos medios y un excelente guión, y no quiso arriesgarse a estropearlo imprimiéndole un estilo algo más definido y original, como sí hizo en aquella inolvidable Sospechosos Habituales. Pero en suma, esta película, pese a concentrarse sólo en uno de los varios ejes desarrollados en la novela, ha resultado ser un complemento perfecto a la apasionante En Busca de Klingsor.

viernes, 23 de diciembre de 2011

Jardines de Kensington, de Rodrigo Fresán


Hay una generación de escritores hispanoamericanos, en la que se encuentran, por citar unos nombres, César Aira, Juan Villoro, Rodrigo Fresán, Rodrigo Rey Rosa o Jorge Volpi, que goza hoy de gran prestigio entre los autores en lengua española. Quizá con el paso del tiempo estamos empezando a ver a Roberto Bolaño como, no sólo la figura más destacada de dicha generación, sino también su alma mater; desde luego, los ecos de su influencia son de largo alcance, y además se trata del único que ha logrado, de manera póstuma, un mayor reconocimiento y popularidad en otros mercados (o dicho de otra manera, tiene a sus difuntos pies a mercado, público y crítica anglosajona). Me da la impresión, sin embargo, de que no son pocos los lectores de mi generación (es decir, de los que mamamos del boom) que se miran a estos escritores con cierto recelo, cuando no rencor, como diciendo "por muy bien que escribáis, nunca seréis tan buenos como ah mi adorado Garcíamárquezcortázarfuentesdonosovargasllosa." Confieso que yo mismo me he acercado a ellos con mucha prudencia, y en algún caso he salido escaldado, como cuando, espoleado por los elogios de Bolaño a Juan Villoro, decidí darle a éste una oportunidad (= un libro) y, sencillamente, no pude con él. 


Otro de los autores elogiadísimos por Bolaño es el argentino Rodrigo Fresán. Así que el otro día en la biblioteca, huérfano de lecturas como estaba tras La novela de Ferrara, me cogí este libro suyo junto a otros cinco de otros variopintos autores y géneros, me senté a hojearlos y a ver qué pasaba. Y como nada sienta tan bien como soltar un cliché con convicción, aquí va éste: Jardines de Kensington me enganchó desde la primera página y ya no lo pude dejar. Esta novela, sencillamente, me ha deslumbrado.

La estatua de Peter Pan en Kensington Gardens, erigida con nocturnidad, nunca dejó de desagradar a Barrie, porque, según él, no mostraba al diablo que Peter lleva dentro

Simplificando mucho, se podría decir que Jardines... narra la vida de J.M. Barrie, el autor de Peter Pan, desde el punto de vista de Peter Hook (así se llama, nada menos, el narrador), ficticio autor de literatura infantil y creador de la saga de Jim Yang. Desde el primer momento queda claro el paralelismo no sólo entre los dos personajes, Peter Pan y Yang, sino entre sus autores, así como, algo menos obvio, las dos épocas en que transcurre la historia, la época victoriana y los 60. 
Peter Hook, hijo de un matrimonio que formó un grupo de música tan olvidable como curioso (el padre se empeñó en reivindicar, en pleno esplendor de la beatlemanía, los valores victorianos a través de su música), crece, huérfano desde su más tierna, en una enorme residencia llamada Neverland, es decir la residencia que Barrie creó con su imaginación. Así, más que un paralelismo entre las dos vidas, lo que tenemos es el haz y el reverso de la misma. (Naturalmente, a Neverland le corresponde un siniestro Alwaysland). Este juego de diferentes perspectivas tiene un tono decididamente oscuro: la historia principal tiene lugar a lo largo de una noche, y Hook no se dirige al lector, sino, gran acierto de Fresán, a Keiko Kai, un niño que lo acompaña en unas circunstancias que no voy a revelar aquí.
Es cierto que la elección de los nombres, de tan significativa que es, peca de obvio. Peter Hook es, huelga decirlo, resultado de unir Peter Pan y el Capitán Garfio (Hook), mientras que Jim Yang, el niño eterno que atraviesa el tiempo en una cronocilceta, representa el yin y el yang. Sin embargo, aunque los nombres quizá nos sugieran más de lo necesario, eso no resta ni un ápice de interés y profundidad a la novela.
Se han escrito y filmado numerosas recreaciones del mito de Peter Pan, y quiero dejar claro que ésta no es una más. Fresán es muy consciente de que lo que está haciendo va mucho más allá. Así, ha cogido el mito, lo ha estudiado, desmontado, ha analizado sus  componentes y los ha vuelto a combinar con una fórmula distinta. El resultado es una apasionante reflexión sobre la infancia, la inocencia, el peso del pasado, la familia, la culpa, la imaginación y la lectura como salvación, la escritura, la muerte, la gloria efímera y la condena de la eternidad... con momentos inolvidables, como el encuentro entre Yang y Peter Pan, una escena brevísima, pero de una increíble fuerza y maravillosamente perturbadora.

Tres de los hermanos Llewelyn Davies, objeto de la devoción de Barrie

Sorprende no sólo el impresionante trabajo de documentación que ha llevado a cabo Fresán, y que resulta en un fascinante relato de la vida de Barrie, sino también que en una obra que debe tanto a una biografía real, destaque de la manera que lo hace la fabulosa imaginación del autor. Esto se debe, a mi juicio, no sólo a la brillantez de los elementos claramente ficticios, sino sobre todo al magistral uso de la voz narradora. En efecto, otro de los grandes aciertos literarios del autor ha sido la elección de un narrador como Hook, complejo, oscuro y plenamente consciente de ser una especie de alter ego mutante  de Barrie, con el interesante foco que un personaje así nos ofrece sobre el aún más interesante autor de Peter Pan

Barrie y su San Bernardo Porthos

No voy a extenderme aquí sobre Barrie, porque desde luego su vida merece mucho más espacio. Sí señalaré, no obstante, que hoy nos cuesta imaginar la popularidad de la que llegó a gozar (llegó a ser nombrado Caballero del Reino), las amistades que llegó a cultivar (George Bernard Shaw, Chesterton, A.A. Milne, Arthur Conan Doyle, P.G. Woodehouse, Robert Louis Stevenson -a quien nunca llegó a conocer en persona-, o incluso a la actual reina Isabel II o su hermana Margaret, a las que, de niñas, les contaba cuentos), la expectación que levantaban los estrenos de sus obras teatrales, lo prolífico que llegó a ser, y el nivel de vida del que le permitió disfrutar su obra más conocida. Su vida estuvo marcada, además de por la muy temprana muerte de su hermano David, por la relación que mantuvo con la familia Llewelyn Davies, relación que dio lugar, entre secretos, pecadillos, traumas, frustraciones y un amor desmedido, al libro que cambió la vida de Barrie y de todos los Llewelyn Davies. Todo ello y más, narrado con maestría por Fresán en esta, insisto, gran obra de ficción.

domingo, 10 de abril de 2011

La literatura nazi en América, de Roberto Bolaño

Recomendable tanto para acreditados bolañeros como para novatos en el bolañismo, este libro hará las delicias de niños y mayores.
De engañoso título, que nos hace pensar en un ensayo, La literatura nazi..., escrito a modo de diccionario de autores, no es sino una galería de escritores americanos ficticios, a cual más nazi, con una sinopsis de sus obras y, sobre todo, sus vidas, a veces pintorescas, otras anodinas, por esos mundos de Adolf.

Hablar sobre la escritura de Bolaño es rendirse a los lugares comunes de la gran literatura. Vamos con uno: Bolaño fue un escritor adelantado a su tiempo. Cierto. En algunos casos eso puede ser una bendición para la gloria literaria póstuma, y en otros, una penitencia. Para el segundo caso, se me ocurre, por ejemplo, el nombre de Anthony Burgess. El genial escritor mancuniano, de haber vivido hoy, sería un superventas de prestigio, una suerte de Murakami con más imaginación, sentido del humor y desfachatez. Pero el destino ha querido que, aparte de sus incondicionales, no sean hoy muchos los que pueden añadir algo al "sí hombre, el de La Naranja mecánica, de Kubrick". 
No pasará eso, sospecho, con Bolaño. Creo que el genio de sus novelas, que hoy nos maravilla, seguirá vigente muchos años. Momento de traer otro lugar común: Bolaño es un faro que iluminará el camino a seguir a las generaciones posteriores. Cierto. Y esto es así porque todavía estamos como unos tontos buscando las claves para interpretar a Bolaño.
Leyendo reseñas sobre cualquier libro de nuestro autor, uno se da cuenta de que con frecuencia el reseñador, más que hablar del libro, habla de sí mismo o, como voy a hacer yo, se sale por la tangente. Nos llama la atención la ausencia de ciertas cuestiones habituales en las reseñas, tales como "¿por qué este personaje actúa así?" o "aquí la intención del autor es", y en lugar de ello, nos vemos dando vueltas alrededor de la obra, sin saber muy bien cómo entrar en ella. 
Creo que era en El gaucho insufrible donde Bolaño se reía de la devoción del público hacia Pérez-Reverte. "Nos gusta porque se entiende", venía a decir, como sólo sabía decirlo él, es decir, sin un ápice de pedantería. Dudo que Bolaño quisiera escribir novelas que no se entienden, pero sí afirmó en alguna entrevista que la novela "tradicional", léase decimonónica, con una introducción, un nudo y un desenlace, con sus porqués, sus causas y sus consecuencias, y con desarrollo temporal lineal (aunque se camufle con saltos hacia atrás o hacia delante) estaba acabada (lo cual, insistía, no quería decir que no fuera a seguir escribiéndose y vendiéndose con gran éxito). Y es por eso que casi todas esas características están en mayor o menor medida ausentes de las novelas de Bolaño.
Todo ello no quiere decir que no tengamos algunas de esas claves, de las que hablaba antes, para aproximarnos a la obra de Bolaño (hecha la salvedad de que para disfrutarla no se precisan claves ni otras zarandajas). ¿Cuáles son esas claves? Pues llegó el momento de salirse por la tangente:  en La literatura nazi... , amén del germen de ideas más explotadas en obras posteriores (por ejemplo la búsqueda de poetas olvidados o el planeado secuestro de dinosaurios literarios), tenemos algunos de los motivos recurrentes en Bolaño, a saber, la pasión devenida violencia por la literatura, los poetas malditos que anhelan crear el arte más efimero imaginable, una narración que de un párrafo al siguiente se desplaza de un rincón a otro del mundo, personajes al margen de la sociedad que son también escritores al margen de la literatura, un Bolaño que hacia el final se va quitando la máscara de narrador para ponerse la de personaje, una burla del mundillo literario, una historia de detectives y matones, y mucho muchísimo sentido del humor. 
Intensa, ágil, entretenida, original, divertida, y con el sello Bolaño de genialidad. Una gozada de lectura. 

lunes, 4 de abril de 2011

El reino de este mundo, de Alejo Carpentier




Qué triste debe de ser la vida del crítico literario. Porque con este libro, aunque parezca mentira, a algunos no se les ocurrió nada mejor que iniciar una discusión bizantina sobre la diferencia entre el realismo mágico y lo real maravilloso. Hace falta tener atrofiada la capacidad de disfrute para dedicar artículos, libros y tesis doctorales a semejante debate. 

Y todo a raíz del prólogo del autor, clásico entre los prólogos, de lectura tan obligada como interesante, en el que decía:

Esto se me hizo particularmente evidente durante mi permanencia en Haití, al hallarme en contacto cotidiano con algo que podríamos llamar lo real maravilloso. Pisaba yo una tierra donde millares de hombres ansiosos de libertad creyeron en los poderes licantrópicos de Mackandal, a punto de que esa fe colectiva produjera un milagro el día de su ejecución (...) A cada paso hallaba lo real maravilloso. Pero pensaba, además, que esa presencia y vigencia de lo real maravilloso no era privilegio único de Haití, sino patrimonio de la América entera, donde todavía no se ha terminado de establecer, por ejemplo, un recuento de cosmogonías. Lo real maravilloso se encuentra a cada paso en las vidas de hombres que inscribieron fechas en la historia del Continente y dejaron apellidos aún llevados: desde los buscadores de la Fuente de la Eterna Juventud, de la áurea ciudad de Manoa, hasta ciertos rebeldes de la primera hora o ciertos héroes modernos de nuestras guerras de independencia de tan mitológica traza como la coronela Juana de Azurduy. Siempre me ha parecido significativo el hecho de que, en 1780, unos cuerdos españoles, salidos de Angostura, se lanzaran todavía a la busca de El Dorado...


No me acaba de quedar claro que el objetivo de Carpentier fuera fundar un estilo o un género literario, así que, ante la duda, queda declarado inocente. 




El reino de este mundo es, en cualquier caso, una novela redonda, un pequeño (por su extensión) prodigio literario, una obra prácticamente perfecta en la que se nos narran los hechos principales de la Revolución Haitiana, así como el papel que jugaron en ella protagonistas principales y secundarios. Recordemos aquí que la de Haití, tras la de los EEUU, fue la segunda revolución en tierras americanas de una colonia europea. Hay que subrayar, sin embargo, que no estamos ante una novela histórica propiamente dicha. Más bien, Carpentier utilizó el escenario de antes, durante y después de la revolución, para hablar de ya veremos qué. Y lo hizo mediante un magistral uso del tiempo narrativo, dando toda una lección de literatura, ejecutando saltos de doce años al tiempo que se demora en la descripción de la grupa de un caballo. Soberbio.

Nos asegura el autor que tanto los acontecimientos narrados como los personajes, desde el primero hasta el último, se ajustan a la verdad histórica. Entre estos personajes destacan, por supuesto, Ti Noel, esclavo e hilo conector de las cuatro partes en que se divide la novela, así como Mackandal, esclavo rebelde instigador de la primera rebelión de esclavos, quien, pese a morir en la primera parte, sigue siendo un personaje fundamental en la historia hasta la última página. La escena de la ejecución de Mackandal es otro ejemplo de literatura de alto octanaje, y de cómo se reconcilia lo real con lo maravilloso.


Por otro lado, entre los personajes más conocidos por la posteridad, está el fascinante Henri Christophe, que de reputado cocinero llegó a convertirse en héroe de la Revolución, presidente y, más adelante, autoproclamado primer rey de Haití. En la novela, sin embargo, tiene el personaje más bien poco de héroe y mucho de monstruo, y se nos antoja que estamos ante uno de los primeros caudillos, supremos y patriarcas que tanto abundan en la literatura hispanoamericana.



Otro de estos personajes Históricos, con mayúscula, es ni más ni menos que la hermanísima Paulina Bonaparte, que viajó a Francia acompañando a su marido, el general Leclerc, enviado por su cuñado para sofocar la rebelión en la isla. Paulina, que a primera vista se nos antoja una calientabraguetas (no se me ocurre nada más fino), es sin embargo, y por otros motivos, un personaje especialmente importante en la novela. A medio caballo entre la América "maravillosa" y la Europa "racional", Paulina parece representar al racionalismo ateo y cartesiano consagrado en la Revolución francesa, buscando, como nos recordaba el autor en el fragmento citado anteriormente, aquel consabido El Dorado que sus lecturas europeas le habían hecho imaginar. 


Y a todo esto, ¿de qué trata El reino de este mundo? De la libertad, la revolución, la condición humana, la magia de la fe, la identidad, las ansias de poder; el vudú, el papel del hombre humilde en el curso de la historia, y sobre todo, de América, de la creación de la identidad hispanoamericana. Desde la primera escena, inolvidable, con ese lenguaje rico, poético, visual, tropical y calderoniano (y que, lamentablemente, seguirá hasta el fin de los tiempos con el sambenito de "barroco"), hasta la última página, un pequeño grandísimo libro.
Y para concluir, qué menos que citar el párrafo final del prólogo de Carpentier, que quizá influyó más que la propia novela en la literatura hispanoamericana posterior, y que curiosamente es omitido en mi edición de Seix Barral:


Sin habérmelo propuesto de modo sistemático, el texto que sigue ha respondido a este orden de preocupaciones. En él se narra una sucesión de hechos extraordinarios, ocurridos en la isla de Santo Domingo, en determinada época que no alcanza el lapso de una vida humana, dejándose que lo maravilloso fluya libremente de una realidad estrictamente seguida en todos sus detalles. Porque es menester advertir que el relato que va a leerse ha sido establecido sobre una documentación extremadamente rigurosa que no solamente respeta la verdad histórica de los acontecimientos, los nombres de los personajes –incluso secundarios-, de lugares y hasta de calles, sino que oculta, bajo su aparente intemporalidad, un minucioso cotejo de fechas y de cronologías. Y sin embargo, por tal dramática singularidad de los acontecimientos, por la fantástica apostura de los personajes que se encontraron, en determinado momento, en la encrucijada mágica de la Ciudad del Cabo, todo resulta maravilloso en una historia imposible de situar en Europa, y que es tan real, sin embargo, como cualquier suceso ejemplar de los consignados, para pedagógica edificación, en los manuales escolares. ¿Pero qué es la historia de América toda sino una crónica de lo real-maravilloso?
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