sábado, 9 de julio de 2022

Después del Reich, de Giles MacDonogh

 


Hoy inician los aliados las negociaciones. La radio escupe discursos, rebosa de las bellas palabras con las que nuestros ex enemigos se rinden mutuo homenaje. Yo únicamente entiendo que nosotros, los alemanes, estamos perdidos y entregados, somos una colonia. (Una mujer en Berlín)

Las guerras no terminan con la firma de la capitulación del bando perdedor. Continúan cobrándose víctimas de otra manera durante años, y a veces décadas. Si sabremos de eso los españoles.

La Segunda Guerra Mundial no es una excepción a esta regla. No concluyó ni con el suicidio de Hitler en su búnker ni el día en que Wilhelm Keitel firmó la rendición incondicional. Tampoco lo hizo con las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki. Algunos dirán que empezó a acabarse en la Batalla de Stalingrado; otros, que el principio del fin llegó con Pearl Harbor y la consiguiente entrada de los EEUU en guerra; y los de más allá, que el final de verdad llegó casi cuarenta años más tarde con la caída del Muro. Pero viendo cómo está el patio, uno llega a la inevitable conclusión de que llevamos desde los años 30 en una guerra permanente que simplemente cambia de vez en cuando de escenario.

El mariscal de campo Wilhelm Keitel, acompañado de oficiales soviéticos, antes de firmar la rendición incondicional de Alemania

Sea como sea, la Historia necesita fechas, así que daremos por buena la del 8 de mayo de 1945. Poco, muy poco, sucedió aquella noche. Unos señores importantes firmaron un documento que estipulaba quiénes eran vencedores y quiénes vencidos. Y fijaos la relevancia que tiene la fecha que unos países celebran la victoria el 8 de mayo mientras otros lo hacen el 9.

 History

No pasa nada, dirá Giles MacDonogh. Lo verdaderamente importante abarca un periodo que empieza unos años antes (¿cuándo? Véase más arriba) y termina unos años después, en prisiones y patíbulos repartidos por Europa, así como a lo largo de una línea que empezó a dividir el continente en dos partes. Y a eso verdaderamente importante se dedica en este abrumador y apasionante libro al que va a resultar difícil hacer justicia. 

Después del Reich es un recorrido por un espacio y unos años que, hasta cierto punto, han quedado arrinconados y barridos bajo la alfombra de la Historia. Diríase que lo que vino justo antes fue tanto y tan gordo que no había espacio en los libros ni interés en los lectores para culminar el relato con un epílogo que sería cualquier cosa menos feliz.

Compra y venta en las calles de Berlín, octubre de 1945

Pero este epílogo de más de ochocientas páginas da para mucho, y aunque en ningún momento puede ser una lectura alegre, sí va más allá de una mera descripción de barbaridades y tribulaciones colectivas. Leyéndolo, recuerda uno en más de un momento esas viñetas satíricas de los periódicos de antaño, con estereotipos de diferentes países repartiéndose un pastel, sea África, Asia o, en este caso, Alemania. Se horroriza con los testimonios de violación sistemática de mujeres por parte del Ejército Rojo, crimen al que no fue ajeno el ejército aliado. Asiste a esa tragedia tan de nuestro tiempo, la de millones de desplazados, en este caso alemanes, que fueron atacados, humillados y expulsados de países donde llevaban viviendo desde hacía generaciones. Se asombra con el hecho de que la moneda más sólida y fiable de aquellos años no fuera el dólar, la libra ni el franco, sino... el paquete de tabaco. No puede por menos de sonreírse ante el papel de víctima que pretende (¡y consigue!) interpretar Austria. Se sorprende estrechando la mano de un campechano verdugo que tan pronto te sirve una pinta de cerveza como te ahorca. Se siente intrigado con el mito de los Werewölfe, que no eran licántropos sino nazis incapaces de asumir la caída del Reich. Y uno, en definitiva, disfruta como un señor bajito.

 

Soldados soviéticos camino de Viena pasan junto a la casa incendiada de un funcionario nazi

En un continente devastado, sembrado de cadáveres y ciudades arrasadas, quizá la imagen que mejor puede resumir la situación del escenario tras la batalla es la del caos. Un caos que hemos visto en los libros de Primo Levi y en las películas de Rossellini, un caos que hace aún más difícil dar respuesta a la pregunta fundamental que planea sobre el libro de principio a fin: ¿acaso era posible impartir justicia? 

Este libro no pretende excusar a los alemanes, pero no duda en poner en evidencia a los Aliados victoriosos por el modo en que trataron al enemigo en tiempos de paz, pues en la mayoría de los casos no se violó, mató de hambre, torturó o apaleó hasta la muerte a los criminales, sino a mujeres, niños y ancianos. Lo que documento y, a veces, cuestiono aquí es cómo algunos comandantes militares e, incluso, ministros de gobiernos permitieron a mucha gente tomar venganza; y el hecho de que, en muchas ocasiones, al ejercer su venganza, esa gente no mató a los culpables sino a inocentes. Los verdaderos asesinos murieron con demasiada frecuencia en la cama.

Tras la liberación de Dachau, estos reclusos se disponen, pala en mano, a tomarse su venganza. La inminente víctima es probablemente un kapo.

Nos cuenta el autor en el prólogo que, al visitar el monumento a la Primera Guerra Mundial en Berlín, observó que la inscripción había sido eliminada con un cincel. Los alemanes habían perdido el derecho a tener héroes. La conciencia de ser culpables de iniciar la guerra y haber cometido las atrocidades que conocemos llevó al pueblo alemán a aceptar con sorprendente docilidad la culpa colectiva. Se les iba a privar de derechos y de soberanía nacional. 

Quedarían a merced de los Aliados hasta que sus conquistadores hubiesen decidido qué hacer con ellos. Y, entretanto, no podrían protestar por el trato que se les daba.

 Entre estos presos que celebran la liberación, vemos al de la pala de la foto anterior

 En Gran Bretaña, al principio fue fácil respaldar esas intenciones, pues estaban en la línea de lo que desde hacía tiempo se conocía como vansittartismo. El vansittartismo, llamado así por Robert Gilbert Vansittart, diplomático británico y feroz germanófobo, era una doctrina que sostenía que, desde el siglo XIX, la agresiva política militar de Alemania había contado con el apoyo incondicional de la población, y abogaba, por tanto, por una Alemania permanentemente desmilitarizada y aislada políticamente para evitar futuras agresiones.

En mayor o menor medida, esta germanofobia continúa vigente en el Reino Unido. 

It's high time we stopped mentioning the war | Comedy | The Guardian

Una amiga inglesa de mi edad me dijo un día que jamás pisaría Alemania, por lo que hicieron en la guerra. Recuerdo algunos ingleses, alumnos míos de español, algo mayores, que decían cosas parecidas. ¿Se puede justificar esa actitud? Bueno, es difícil explicarle a alguien que vivió el Blitz en sus carnes que su germanofobia es un poco exagerada.

Pero no nos desviemos, que me conozco.

Otro acto de venganza tras la liberación de Dachau

El odio a Alemania y la sed de venganza contra el país se manifestó también al otro lado del Atlántico, donde Henry Morgenthau Jr., Secretario del Tesoro, presentó a Roosevelt un programa (las hojas de ruta todavía no existían) para la Alemania post-capitulación. El Plan Morgenthau, como dio en llamarse, ilustraba perfectamente el escenario que se le presentaba a Alemania: desmilitarización total, partición de Alemania "en cuatro estados de naturaleza casi totalmente agraria", desmantelamiento de la industria en la cuenca del Ruhr, y restitución y reparaciones en forma de trabajos forzados o confiscación de todo tipo de bienes fuera del país, entre otros. El plan fue presentado en 1944 y recibió el apoyo del presidente Roosevelt. Finalmente no se implementó, si bien su influencia, aunque fuera debida al rechazo que provocó, se hizo notar.

Soldados americanos ejecutando sumariamente a guardianes de Dachau. 

Se ha dicho miles de veces que la Historia la escriben los vencedores. Como muestra, un par de botones. En febrero de 1944, cuando ya se atisbaba el fin de la guerra, Churchill dijo ante la Cámara de los Comunes: "La rendición incondicional significa que los vencedores tienen carta blanca. (...) Si algo nos constriñe es nuestra propia conciencia de la civilización".

Puede que algunos consideren que las dos frases se contradicen mutuamente, pero es que en caliente se dicen muchas cosas. Unos meses más tarde, Roosevelt soltó lo siguiente: "hay que enseñar al pueblo alemán su responsabilidad por la guerra, y durante mucho tiempo deberían tener sólo sopa para desayunar, sopa para comer y sopa para cenar." Unos meses más tarde, media Alemania habría sido feliz simplemente con sopa para merendar.

Grupo de asalto soviético a punto de tomar el Reichstag

Mientras tanto, Francia y la URSS iban también a intentar sacar tajada. Francia exigía sanciones ejemplares para Alemania y reparaciones a gran escala en forma de carbón y coque. Al mismo tiempo, y pese al escasamente glorioso papel que jugó su ejército, buscaba su reconocimiento como gran potencia. Uno piensa en ese tipo que, cuando la pelea ha terminado, llega agitando el puño y gritando ¿dónde está, que lo mato?

Stalin, por su parte, "quería mantener las fronteras occidentales de Rusia tal como las había fijado el pacto de 1939 que él mismo había rubricado con Hitler". Debe de ser eso que llaman desnazificar.

El Teniente Coronel Felix L. Sparks intenta detener la matanza

Pero en ese sentido, el que esté libre de pecado ya sabe lo que tiene que hacer. El historiador Raoul Hilberg, por ejemplo, cuestiona la nobleza de la que los Aliados invistieron a posteriori sus objetivos: "la liberación de los supervivientes fue casi por entero un subproducto de la victoria. Los Aliados podían armonizar con su esfuerzo de guerra todo tipo de denuncias contra los alemanes, pero no estaban dispuestos a desviarse de sus objetivos militares para liberar a los judíos". Desde luego, no lo estaba la Unión Soviética, donde aún se recordaban los pogromos del Imperio Ruso y todavía estaba por llegar el Complot de los Médicos.

Ningún ruso me ha reprochado hasta ahora la persecución de los alemanes contra los judíos (Una mujer en Berlín)

Durante varios meses, el grito "¡que vienen los rusos!" se oyó de uno al otro confín de Europa, a veces con alegría, más frecuentemente con espanto. Con el ejército alemán en retirada, el avance soviético desde el este era imparable. Los rusos iban liberando ciudades, lo que en la jerga del ejército rojo quiere decir robar, saquear y violar salvajemente a toda mujer que se les pusiera por delante. 

Soldados del Ejército Rojo acosando a una mujer Alemana en Leipzig, 1945

Una de estas atrocidades tuvo lugar en octubre de 1944, en Nemmersdorf (hoy, Mayakóvskoye), donde los soviéticos violaron y asesinaron a decenas de personas. Hubo matanzas mayores, pero pocas alcanzaron la crueldad de aquella, que posteriormente fue explotada por el Ministerio de Propaganda de Goebbels. Los testimonios hablan de víctimas crucificadas sobre la puerta del granero, y las fotos que no publico muestran niños con el cráneo reventado. Naturalmente, no todo el mundo acepta la veracidad de dichas fotos y testimonios. Pero en cualquier caso, fuera o no exagerada y aprovechada por Goebbels, la matanza ocurrió, y en no poca medida contribuyó a ella el célebre escritor y periodista Iliá Ehrenburg. 

«Los alemanes no son seres humanos [...] No debemos hablar más. No debemos emocionarnos. Debemos matar. Si no has matado al menos un alemán en un día, has derrochado ese día [...] Si no puedes matarlo con una bala, mátalo con una bayoneta. Si tu sector del frente está tranquilo, o estás esperando para un gran ataque, mata un alemán mientras tanto. Si dejas un alemán vivo, él matará a un ruso, violará a una rusa. Si ya has matado a un alemán, mata a otro. Nada nos es más grato que un montón de cadáveres de alemanes. No cuentes los días. No cuentes los kilómetros. Cuenta solamente el número de alemanes que has matado. Mata al alemán, es lo que te pide tu abuela. Mata al alemán, es lo que te pide tu hijo. Mata al alemán, es lo que te pide tu patria. No lo olvides. No lo dejes pasar. Mata.»

Masacre de Nemmersdorf

Ehrenburg publicó estas incendiarias líneas en un panfleto titulado "Guerra", pero, como suele suceder con las cosas feas que hacían los soviéticos, muchos lo ponen en duda. No fue eso lo que dijo Ehrenburg, aseguran, sino que se trata de una burda manipulación por parte de los nazis, explicación que todavía hoy esgrime el invasor de turno ante las acusaciones de masacres de civiles. ¡Qué harían los sátrapas sin el comodín Goebbels!


 Después del libro de MacDonogh, he leído Una mujer en Berlín, testimonio anónimo de la vida en el Berlín tomado por los rusos, hoy convertido en un clásico. Cuando se publicó por primera vez en Alemania, en 1959, el libro cosechó tan acerbas críticas que su autora se negó a publicarlo otra vez mientras viviera. ¿Y a qué se debían esas críticas? Pues a que el libro enfrentaba a la sociedad con uno (en realidad, varios) de sus grandes tabúes: las violaciones en masa que sufrieron las alemanas durante aquellas semanas, a raíz de las cuales se calcula que nacieron 150.000 y 200.000 bebés "rusos". Por si eso fuera poco, desafiaba dicho tabú con un tono no sólo desapasionado, sino a veces incluso humorístico. Añádase a ello que el anonimato de ese título (compárese, por ejemplo, con El Diario de Ana Frank) dejaba bien a las claras que no se trataba de una historia personal, sino de una tragedia colectiva. En 1959 apenas habían transcurrido quince años desde aquel horror. Quizá la sociedad alemana no estaba preparada para reconocer su parte de sufrimiento.

A pesar de todo, las tres estuvimos muy divertidas, nos fuimos superando una y otra vez en lo relativo a los chistes sobre violaciones (Una mujer en Berlín)

 Adolf Hitler Nazi Germany Berlin World War II

Abril de 1945. La Cancillería del Reich. Hitler ve cerca el fin.

 Tras la cena desacostumbradamente opulenta me sentía apasionada y con ganas de travesuras. Pero por la noche me encontré de nuevo fría como el hielo en los brazos de Gerd. Me alegré cuando me dejó. Estoy echada a perder para el hombre (...) Si yo estaba de buen humor y me ponía a contar historias de las que nos tocó vivir durante las últimas semanas, entonces se montaba una buena, con muchas voces. Gerd: "Os habéis vuelto desvergonzadas como las perras, todas aquí en esta casa." (Una mujer en Berlín)


 Pero el Ejército Rojo no se dedicó sólo a violar, sino que se entregaron a la rapiña a todos los niveles. Así, tras el paso de los rusos apenas quedó un reloj en Berlín, tanta era la fascinación que aquellos objetos causaban a los soldados. Lo mismo sucedió con gramófonos o bicicletas, que no habían montado nunca. Aparte de objetos de uso personal, también arrasaron con las camas de hospital y con los raíles del tren, así como con monumentos e industrias y, ya puestos, debieron de pensar, con científicos, a los que secuestraban por decenas y se llevaban a la URSS.

En Praga, ciudadanos alemanes obligados por la Guardia Revolucionaria a desmantelar las barricadas

Mientras los berlineses, y sobre todo las berlinesas, sufrían entre las ruinas de sus casas, los millones de alemanes que vivían en otros lugares de Europa pagaban también su participación en la culpa colectiva.

Más civiles alemanes en tareas de reconstrucción

En un escenario político en el que la vileza está tan cerca de la heroicidad, uno de los personajes más interesantes es Edvard Beneš, el presidente de Checoslovaquia. Fue precisamente el gobierno en el exilio de Beneš quien organizó la Operación Antropoide, de la que hablábamos aquí. Dicha operación garantizaba a Beneš un merecido lugar en el Salón de la Fama de la Guerra. Lástima que luego decidiera estropearlo con sus vengativos decretos.


La humillación pública de los ciudadanos alemanes fue sólo una parte de la venganza.

Ya vimos en HHhH  cómo las gastaron los alemanes en Checoslovaquia. Por ello, es fácil entender que, al cambiar las tornas, la situación no se caracterizaría por una voluntad de reconciliación. "¡Ay, ay, ay, tres veces ay para los alemanes!, ¡vamos a liquidaros!", exclamó Beneš muy a lo Ehrenburg en una emisión de radio. De hecho, los Decretos de Beneš, que es como se conocen, resultan difícil de diferenciar de las Leyes Antijudías. Así, con el apoyo del Ejército Rojo y la vista gorda de los Aliados occidentales, se adoptaron medidas tales como las siguientes: los alemanes sólo podían salir a la calle en determinados momentos del día; estaban obligados a portar brazaletes blancos que, a veces, tenían estampada una "N", de la palabra checa Nemec, "alemán"; se les prohibía utilizar el transporte público o caminar por las aceras, y otras medidas por el estilo. Y, si una cosa ha demostrado la Historia, es que cuando estas decisiones están inscritas en un marco legal, las consecuencias prácticas son infinitamente más violentas.

Beneš, aclamado a su llegada a Pilsen en 1945

"...Una mujer auxiliar de la Wehrmacht fue lapidada y ahorcada; otro miembro de la SS fue colgado de una farola por los pies y quemado. Muchos testigos dieron fe de cómo se colgó y quemó a alemanes como 'antorchas vivientes', y no sólo a soldados sino también a chicos y chicas jóvenes..."

Los Decretos venían acompañados del Programa de Kosice. En dicha ciudad, ya liberada por el ejército soviético, se trazaron algunas de las principales líneas políticas, económicas y sociales que determinarían el futuro del país. En líneas generales, este programa, elaborado por el Partido Comunista de Checoslovaquia y definido con la siniestra combinación de palabras "programa de revolución nacional y democrática",  ponía al país de cara al este, de donde vendrían las instrucciones, las órdenes y, dos décadas más tarde, los tanques. Asimismo, subrayaba la culpa colectiva de los partidos de derechas, así como de las poblaciones alemana y húngara por la ocupación nazi de Checoslovaquia.


 Alemanes a la espera de ser expulsador de Checoslovaquia. Esas esvásticas en la frente...

Algunas de las medidas del Programa de Kosice eran el establecimiento de un sistema político basado en el Frente Nacional del que se excluía a la oposición, restricciones a la propiedad privada, la desnaturalización de los ciudadanos alemanes y húngaros residentes en el país, y la formación del ejército checoslovaco sobre los principios del Ejército Rojo, con la introducción de oficiales de propaganda. Ahí es nada.

Alemanes de los Sudetes obligados a ver los cadáveres de mujeres judías que murieron de hambre.

Para hacernos una idea de la magnitud de las expulsiones y los desplazamientos, baste decir que para el año 1947 los americanos habían recibido casi un millón y medio de solicitudes de alemanes checos para asentarse en su zona, con otros casi 800.000 acogidos por la URSS. Huelga decir que, aparte del drama humano, las consecuencias económicas para el país fueron desastrosas. Mientras tanto, la minoría suaba era expulsada de Hungría, y Rumanía y Yugoslavia se deshacían también de sus ciudadanos alemanes. 

 Königsberg Castle before World War I

El Castillo de Königsberg, en una foto anterior a la I Guerra Mundial

Con los desplazamientos de estos millones de ciudadanos, el mapa de Europa iba variando. Hoy la ciudad de Kaliningrado aparece en las noticias debido a la decisión de Lituania de aplicar sanciones a las mercancías rusas que pasen por su territorio. Y es que, si miráis el mapa, veréis que Kaliningrado es un enclave ruso que se encuentra entre Polonia y Lituania. Hasta 1945 se llamaba Königsberg, y había sido siempre una ciudad alemana. En aquel año fue destruida y anexionada por el Ejército Rojo, que a continuación utilizó a los civiles como mano de obra esclava antes de expulsarlos al año siguiente. También cayó Danzig, hoy Gdansk, si bien en este caso la ciudad fue reintegrada a Polonia, y sus ciudadanos varones de entre dieciséis y cincuenta y cinco años, enviados a trabajos forzados a la URSS.

 Albert Pierrepoint, con cara de no haber ahorcado a nadie en su vida

El concepto de culpa colectiva, como vemos, condenó a millones de inocentes. Y los verdaderos culpables no siempre recibieron el castigo que merecieron. Sin embargo, sí se intentó al menos. Hubo sumarios, juicios y condenas, y hasta el día de hoy cualquiera que estuviera implicado en las atrocidades nazis ha corrido el riesgo de ser obligado a responder de sus actos (aquí una noticia del 28 de junio de este mismo año). Con aquellas sentencias se consiguió dar a la retribución un aspecto más parecido a la justicia que a la mera venganza. No obstante, dado que la mayoría de las ejecuciones se llevó a cabo por medio de la horca y no el fusilamiento, se hizo necesaria la participación de un verdugo. Entra entonces en escena Albert Pierrepoint, hijo y sobrino de verdugos, quien, hasta su nombramiento como verdugo oficial, había combinado el trabajo en su tienda de verduras con su actividad como verdugo asistente. 

Josef Kramer e Irma Grese

Tras la liberación del campo de Bergen-Belsen y el proceso a los oficiales, Pierrepoint fue enviado a Hamelin, donde ejecutó a once de los condenados a muerte. Entre ellos estaba la infame Irma Grese, también conocida como "La hiena de Auschwitz" o "La bestia bella". Más adelante, entre 1948 y 1949 Pierrepoint llegó a ejecutar a más de doscientas personas, aunque no tuvo el "privilegio" de encargarse de los condenados en Nuremberg. Por algún motivo, ese trabajo recayó en un verdugo americano que, por lo visto, era bastante menos eficaz en la tarea. 


Irma Grese, con unos kilos menos, se dirige a su cita con Albert Pierrepoint

Otro de los insignes ejecutados del señor Pierrepoint fue William Joyce, más conocido como Lord Haw Haw. Joyce, miembro desde 1932 de la Unión Británica de Fascistas de Oswald Mosley y nacionalizado alemán en 1940, se hizo famoso por sus retransmisiones radiofónicas, que siempre empezaban con las palabras "Germany calling, Germany calling!". Sus retransmisiones, que contaban con el apoyo del Ministerio de Propaganda nazi, tenían como primer objetivo desmoralizar a las tropas norteamericanas, británicas, canadienses y australianas, así como a la población del Reino Unido. 

La última alocución de un audiblemente borracho Lord Haw Haw, 30 de abril de 1945

Su segundo objetivo era conseguir un acuerdo de paz entre aliados y nazis que dejara a éstos en el poder. Curiosamente, dado que en sus boletines informaba sobre el hundimiento de barcos y el derribo de aviones del ejército británico, muchos ciudadanos de este país escuchaban sus boletines con la esperanza de averiguar algo acerca del destino de sus seres queridos.

Lord Haw Haw, herido y arrestado por las tropas británicas

Ironías del destino, la popularidad de su programa y de su voz fue su condena. Joyce había huido junto a su mujer y estaba refugiado en una posada cercana a la frontera danesa. Un día vio a unos oficiales británicos buscando leña, y se ofreció a ayudarles. Les dijo en francés dónde podían encontrar algunos leños, y luego añadió unas palabras para sí en inglés. En ese momento, uno de los oficiales reconoció su voz. Cuando Joyce se llevó la mano al bolsillo para mostrarles su pasaporte falso, el oficial le disparó a la pierna.

 
Göring, uno de los que, a su manera, escapó a la justicia
 
 Se hace tarde y estoy cansado, así que voy a dejarme muchas cosas en el tintero. Pero os aseguro que el resto no tiene desperdicio: la vida en una Alemania en la que los americanos tenían prohibido confraternizar con los alemanes. La aparición de una nueva clase privilegiada desde el momento en que se pone fin a esa prohibición: alemanes que trabajan para los americanos. La campaña del editor judío británico Victor Gollancz contra la severidad del castigo al pueblo alemán. Los entresijos de los juicios de Nuremberg. Las maquinaciones de la URSS para ocupar puestos estratégicos con los llamados "moscovitas", es decir, comunistas alemanes que volvían de su exilio en la URSS, entre ellos el siniestro Walter Ulbricht, de quien ya hablé aquí. El nuevo objetivo prioritario de los EEUU: combatir el comunismo. La creación de la Stasi y la Juventud Libre Alemana, siguiendo los modelos de la Gestapo y las Juventudes Hitlerianas. La tensión entre las diferentes zonas ocupadas, y las primeras señales de una división del país. La apertura de las puertas de la OTAN a Alemania. La creación de la RDA y el inicio de la Guerra Fría...

Dresden, 1946.

Mientras esperaba bajo la lluvia al tranvía para el regreso, hablé con una pareja de refugiados, hombre y mujer, que llevan dieciocho días huidos. Venían de Checoslovaquia, traían noticias terribles. "El checo le quita al alemán la camisa y le azota con el rebenque", dice el hombre. Y la mujer, cansada, sentencia: "No nos podemos quejar. Nos lo hemos buscado". (Una mujer en Berlín)

Refugiados alemanes, civiles y militares, expulsados de Polonia y Checoslovaquia, se agolpan en la estación de tren  de Berlín.

Después del Reich es una lectura apasionante, larga e intensa, pero en absoluto agotadora. Giles MacDonogh consigue con este libro eso tan difícil que es escribir para el experto en Historia, para el bloguero diletante, y para el lector que simplemente quiere complementar sus conocimientos de la Historia con el lado menos conocido de esta.

Icónica imagen de la derrota. Hans Georg Henke, artillero de 16 años, al ser arrestado por el ejército americano. 

domingo, 5 de junio de 2022

El ángel de Múnich

Ahora que este blog va despacio, vamos a contar obviedades: el nazismo y todo lo que lo rodeó son un filón para la literatura. Personalmente, he de confesar que a algunas de las innumerables obras a que ha dado lugar les tengo cierta rabia. Me refiero en concreto a aquellas que lucen la palabra Auschwitz en el título, que no son pocas: La bibliotecaria de Auschwitz, El violín de Auschwitz, El tatuador de Auschwitz, El maestro de Auschwitz, El farmaceútico de Auschwitz...). Que alguna estará bien, seguro, pero el uso de ese comodín siniestro y facilón llena de pereza a este vampiro.

Otro tipo de obras que han proliferado a lo largo de las décadas son las que especulan con una historia alternativa, es decir, ese género, por llamarlo de alguna manera, del qué hubiera pasado si. Aquí sí encontramos obras notables, desde La conjura contra América (lectura muy disfrutada) hasta El hombre en el castillo (lectura pendiente), pasando por Eso no puede pasar aquí (lectura interruptus), entre, imagino, un par de decenas más.

Angela Maria Raubal, Geli

En los últimos años se han publicado una serie de obras que se inscriben en la novela histórica, aunque, como vimos en HHhH, no siempre se someten a la ortodoxia del género. De la de Binet ya hablamos hace unas semanas. En otro momento hablaré de La desaparición de Josef Mengele. Hoy voy a hablar de El ángel de Múnich, un apasionante thriller histórico.

Hay que agradecerle a Massimi, de entrada, que nos ahorre la palabra 'Hitler' en el título (y mira que habría sido fácil) y opte por el nombre de la capital bávara, que tanto nos puede hacer pensar en la Oktoberfest como en unas Olimpiadas. En fin, el ángel de Múnich se llamaba Angela Maria Raubal, Geli para los amigos y para su tío el Führer. En realidad Geli era hija de la hermanastra de Hitler, lo cual no sé hasta qué punto convertía en acceptable la relación que se rumoreaba mantenían los dos. Pero al margen de los rumores, es indudable que la suya fue mucho más que una relación entre tío y sobrina. De hecho, Hitler declaró más tarde que Geli fue la única mujer a la que amó.

Geli, entre Goebbels y Hitler
 
El 19 de septiembre de 1931 fue hallado el cuerpo sin vida de Geli en el apartamento que compartía con su tío. Aparentemente, se trataba de un suicidio. La joven se había matado de un disparo al corazón. Y es aquí donde comienza el misterio de un caso que, sin duda, podría haber cambiado el curso de la historia. De la mano del comisario Siegfried Sauer y el comisario adjunto Helmut Forster (los apellidos reales de los investigadores, si bien el autor no pudo averiguar los nombres de pila y tuvo que inventárselos), Fabiano Massimi se embarca en una investigación a gran escala, buceando entre miles de páginas y testimonios (aquí tenéis como ejemplo una interesante muestra extraída de las páginas de Flight from Terror, de Otto Strasser) a sabiendas de que su trabajo será tan fructífero como el de los que han investigado los crímenes de Jack el Destripador.

El apartamento del Führer en Prinzregentenplatz 16, Munich. Aquí sucedió todo.

El rumor principal a que dio pie la muerte de una chica que todos describían como alegre y llena de vitalidad era, evidentemente, el de que fue Hitler quien la asesinó o hizo asesinar. Es un hecho constatado que tía y sobrino tuvieron una fuerte discusión la noche del 18 de septiembre, como también lo es que el cadáver de Geli tenía la nariz rota y que la pistola que acabó con su vida era propiedad del Führer. El escándalo, como veis, estaba servido, a tan sólo dieciséis meses de las elecciones generales que Hitler aprovecharía para hacerse con el poder absoluto. Imaginad qué habría pasado si un escándalo de esta magnitud hubiera sido investigado como merecía. Y aunque parece difícil imaginar un delito de mayor gravedad para la carrera de un dictador en potencia que un asesinato, es probable que, de ser ciertas algunas de las especulaciones, lo que de verdad aterrorizaba a los jerifaltes nazis y amenazaba con acabar con su líder en la trena fuese no tanto el crimen como las filias de Adolf. Al fin y al cabo, un asesinato se puede disfrazar de accidente, pero otras cosas... no. 


Hitler: los años desaparecidos, de Ernst Hanfstaengl, una de las fuentes principales de la novela 
 
En sus notas finales, el autor expresa su esperanza de que la novela haga justicia a la vida de Geli.  Lo cierto es que la Historia no lo ha hecho. Como señala Ron Rosembaum en este interesantísimo artículo, donde podéis leer prácticamente todo lo que sabe del caso, Geli Raubal es apenas una nota a pie de página en la biografía de Hitler y su muerte ha merecido escasos libros o películas. La investigación del asesinato se inició el sábado posterior al hallazgo de su cadáver y se cerró ese mismo día por la tarde. Esto huele un poco, debió de pensar el que dio la orden, así que se reabrió el lunes por la mañana y se volvió a cerrar por la tarde. Alguien manejó muchos hilos, o los hilos justos, para silenciar el caso y, por si eso fuera poco, casi todas las personas que poseían información crucial al respecto fueron implacablemente eliminadas.

UN ASUNTO MISTERIOSO: LA SOBRINA DE HITLER SE SUICIDA, publicado en el Münchner Post, el principal periódico anti-nazi de Múnich

Una de esas víctimas colaterales fue Fritz Gerlich, el valiente periodista que desde el primer momento se opuso a Hitler. Gerlich investigó el caso en profundidad hasta que, en marzo de 1933, cuando estaba a punto de publicar el resultado en su semanario Der Gerade Weg (El Camino Recto), un grupo de camisas pardas entró en su redacción y, tras apalizarlo y requisar  todos sus documentos y manuscritos, lo arrestaron e internaron en el campo de Dachau, donde fue asesinado al cabo de un año durante La Noche de los Cuchillos Largos.  El mismo destino tuvo Bernhard Stempfle, el cura nazi que ayudó a Hitler a redactar Mein Kampf. Stempfle también sabía demasiado sobre la relación entre Geli y su tío. 

Emil Maurice, el chófer de Hitler, con quien Geli tuvo una relación. Para colmo, este inveterado nazi resultó tener ascendencia judía

El manto de silencio se ha mantenido a lo largo de la décadas, y la petición en  1992 de Hans Horváth, un historiador aficionado, de que se exhumaran los restos de Geli no fue bien recibida. Señala Rosembaum, mencionado en el párrafo anterior, que no podía ser de otra manera en un país que llevaba décadas intentando lavar su pasado y que hasta aquel año estaba presidido por un antiguo miembro del Partido Nazi.

En palabras de Goebbels, Geli es como una esfinge del Belvedere, en Viena

Como he dicho antes, estamos hablando de un thriller con todas las de la ley que no tiene nada que envidiar a los grandes del género. Pero además de la investigación, con todos los elementos del mejor cine negro, El Ángel de Múnich cuenta con el atractivo de presentarnos a algunos de los personajes principales de aquella negra época. Así, todos los capitostes nazis se pasan por estas páginas como Pedro por su casa, incluido el mismísimo AH. Hay que recordar que, en aquel momento, Hitler no era todavía la figura sagrada, venerada e intocable en que se convertiría, sino nada más que el líder de un partido político, por lo que verlo respondiendo de manera melodramática a las preguntas de un investigador no requiere un gran esfuerzo de la imaginación. Menos aún si tenemos en cuenta que sus palabras, como la de los otros personajes, están en su gran mayoría extraídas de memorias, cartas, diarios y otros documentos.

Yo amaba a Geli -prosiguió Adolf Hitler, que parecía encontrar fuerza y convicción con cada nueva frase-. Y ella me amaba a mí. Era la única mujer con la que habría podido casarme. Ahora -concluyó con la voz rota-, mi esposa será Alemania.


Uno de los grandes aciertos de Massimi es que no se encorseta en ninguno de los dos géneros que dan forma a esta obra. Es novela histórica cuando tiene que serlo, y es thriller cuando toca. Y al decir thriller quiero decir giros inesperados a cada momento, investigadores que se enfrentan a su doble, y persecuciones que culminan en lo alto del campanario. ¿Que eso, al decir de algunos, quita credibilidad a la investigación histórica y le da a algunas escenas finales un aire demasiado peliculero? Pues a mí, plim, debe de pensar Massimi. 
 
Y como yo he disfrutado de lo lindo con esta lectura, pues a mí también plim.

Cuando Hitler llegó al poder, el mundo ganó un genocida y perdió al artista que pintó esto. 

jueves, 28 de abril de 2022

HHhH

 


Estoy librando una batalla perdida. No puedo contar esta historia del modo en que debería ser contada. Me doy de cabeza una y otra vez contra el muro de la Historia.

De los más significados secuaces de Hitler, quizá el menos conocido del gran público sea Reinhard Heydrich. No creo que ello se deba a la dificultad de pronunciar su nombre; al fin y al cabo, a todos nos pronunciar mal los nombres raros. Se trata, más bien, de la ausencia de algún rasgo grotesco que le confiera ese carácter icónico que sí tenía, por ejemplo, Himmler, con su aspecto de roedor eunucoide; Göring, galán y héroe devenido bufón; o el odio hecho rostro de Goebbels, conocido sobre todo por sus epígrafes sobre la repetición de mentiras, acuñados unos años antes de envenenar a sus propios hijos.  

Heydrich, por su parte, era más difícil de caricaturizar. Alto, rubio, ojiazul, fornido y atlético, el Carnicero de Praga, como se le conocía (sus otros motes eran El Verdugo, la Bestia Rubia o, en palabras de Hitler, "el hombre con el corazón de hierro), encarnaba el ideal ario, a pesar de que toda la vida le persiguió el rumor de que tenía sangre judía (lo que, a decir de algunos, explicaba el tamaño de su nariz).


Quizá fue por eso por lo que se distinguió en su encarnizamiento contra los judíos, o quizá simplemente fue porque era un nazi. En todo caso, Heydrich organizó, junto a otros, la Noche de los Cristales Rotos y fue uno de los grandes promotores de la Solución Final. En 1941 fue nombrado Reichsprotektor de Bohemia y Moravia (en realidad, era "vice protector", pero el Protector nominal, Neurath, a quien el Führer consideraba demasiado blandito, tuvo que aceptar un permiso y ceder todo el poder de facto a Heydrich). Su misión, "germanizar a las alimañas checas", acabar con la resistencia y garantizar que nada entorpeciera la producción de armas y motores checos, cruciales para Alemania. 

Heydrich se puso manos a la obra, es decir, proclamó la ley marcial, empezó a fusilar a diestro y siniestro, y aquellos a los que no fusiló los envió a campos de concentración. Tenía además el objetivo a medio plazo de vaciar la región de checos, fuera mediante la expulsión o mediante el exterminio, y así conquistar un poco más de ese tan ansiado Lebensraum. Quizá por un prurito de conservar las formas (ya ves tú, a esas alturas), dejaron al checo Emil Hácha en la presidencia, que hizo lo que se esperaba de él, a saber, ser un títere que se prestó a colaborar con la persecución a los judíos. 

Jan Kubiš y Jozef Gabčík, los héroes de la Operación Antropoide

Tan seguro de su poder y tan encantado de haberse conocido estaba Heydrich que se paseaba por la ciudad en un Mercedes descapotable, a menudo sin siquiera escolta. Eso en griego se llama hybris, y es el paso previo a la némesis, que, como sabéis, suele presentarse con abundancia de sangre. Pues bien, a Heydrich le bajó la némesis el 27 de mayo de 1942, cuando culminó la heroica Operación Antropoide.

HHhH, que narra la gestación, planificación y ejecución del atentado, así como sus secuelas inmediatas, se publicó en 2010. Recuerdo haber visto por todas partes esas cuatro haches, que vienen a significar Himmlers Hirn heißt Heydrich, o sea, "el cerebro de Himmler se llama Heydrich", y haber leído alguna que otra encomiástica crítica. Hoy, terminada su lectura, constato que mi norma de no leer jamás libros escritos por ningún autor que se llame Laurent podría no estar del todo justificada. Porque HHhH es apasionante, y consigue, como hacía El hombre que amaba a los perros, que una novela sobre un acontecimiento histórico que sabemos cómo acaba se lea como un thriller.

Esquema de la planificación del atentado

Hace unas semanas hice un viaje a Praga con mi hija. Para prepararme como a mí me gusta, busqué algún libro relacionado con la ciudad. Parecía una elección fácil, con tanto Kafka, Kundera o Hasek como hay por ahí, pero me apetecía más algo que no hubiera leído y que, por una vez, no tuviera una k. Así que, gugleando por aquí y por allá, me encontré con Gottland, del polaco Mariusz Szczygiel. Prometía mucho: un libro de pequeños ensayos, ensalzado por la crítica, que nos cuenta la historia de ese país (bueno, de Checoslovaquia, más bien) a lo largo del siglo XX. Me acompañó a lo largo de aquellos cuatro días, pero lo abandoné en cuanto volví. Todavía lo tengo por casa, aunque no sé si lo retomaré. No acabó de gustarme precisamente por su estilo tan factual y seco que su enorme carga de sutil ironía no podía paliar.  Le faltaba, en definitiva, el elemento que más he apreciado de HHhH: el narrador, que es el fet diferencial de esta novela.

La masacre de Lidice, el pueblo que el ejército nazi arrasó tras el asesinato de Heydrich

Porque la historia de la literatura está llena de novelas históricas ortodoxas. Y como pocas de ellas pueden superar a Yo, Claudio u Opus Nigrum, por poner un par de ejemplos, Binet, que hasta el libro que nos ocupa no había publicado nada, opta por la decisión más sabia: ni molestarse en intentarlo. Así, nuestro amigo tenía que elegir entre escribir una novela histórica tradicional que por fuerza sería interesante (muy mal tendría que hacerlo para hacer de esta gesta una historia aburrida), pero que aportaría poco más que datos ya conocidos y entretenimiento; o adentrarse en la senda del escritor que escribe sobre lo que escribe, un camino poco hollado en la novela histórica y que le permitiría reflexionar sobre aspectos cruciales del género.

El escenario del atentado

Damos por supuesto, entonces, que el narrador de HHhH es el autor mismo (¿para qué se iba a meter en jueguecitos literarios?), y que sus páginas sobre el proceso de escritura se ajustan bastante a la realidad. Así, mientras conocemos a los héroes Jan Kubiš y Jozef Gabčík, entre muchos otros, y seguimos hasta el último detalle la planificación de la Operación Antropoide, Binet entra y sale de la historia, se queja de lo difícil que esto de la novela histórica, e incluso nos habla de su relación con una mujer checa. Aquí tenéis unos ejemplos:

Por supuesto que podría, quizá debería -para ser como Victor Hugo, por ejemplo- describir en profundidad, a modo de introducción, a lo largo de diez páginas o así, la ciudad de Halle, donde nació Heydrich. Hablaría de las calles, las tiendas, las estatuas... 

En el primer boceto, había escrito: 'se embutió en un uniforme azul'. No sé por qué imaginé que sería azul (...) No estoy seguro de si este escrúpulo tiene mucho sentido en esta fase.

Me pregunto cómo Jonathan Littell, en su novela Las Benévolas, sabe que Blobel tenía un Opel. Si Blobel realmente conducía un Opel, me quito el sombrero ante su impresionante investigación. Pero si es un farol, eso debilita toda la novela...

Intentando ahogar a los autores del atentado

Un participante en un forum de internet expresa la opinión de que Max Aue, el protagonista (...) de Las benévolas, "suena a verdad porque refleja su época". ¿Cómo? ¡No! Suena a verdad (para algunos lectores que se dejan engañar fácilmente) porque refleja nuestra época: un nihilista post-moderno, básicamente (...) De repente, lo veo todo claro: Las Benévolas es simplemente Houellebeq en plan nazi.

Como os habréis imaginado, me sentí un tanto preocupado por la publicación de la novela de Jonathan Littell, y por su éxito (...) Lo estoy leyendo en este momento, y cada página me hace sentir la imperiosa necesidad de escribir algo al respecto...

El diálogo en el capítulo anterior es un ejemplo perfecto de las dificultades a las que me enfrento. Desde luego, Flaubert no tuvo esos problemas con Salammbó, porque nadie transcribió las conversaciones de Amílcar, padre de Aníbal.

Esto es lo que pienso: inventarse un personaje con el fin de entender los hechos históricos es como fabricar pruebas.

Mi historia tiene muchos agujeros como novela. Pero en una novela al uso, es el novelista quien decide dónde tienen que estar esos agujeros. Y como soy un esclavo de mis escrúpulos, soy incapaz de tomar esa decisión.

(Todos los párrafos son traducción mía)

El Mercedes de Heydrich después del atentado

Por lo visto, esa presencia constante del autor molesta a algunos lectores, que no toleran esas intromisiones (¿tú te imaginas, dirán, a Waltari interrumpiendo la historia del egipcio para decir "jo, qué difícil es escribir sobre algo que ocurrió hace tres mil años"?), o, quién sabe, quizá consideran que el problema es que quien rompe las normas es un advenedizo como Binet.

Personalmente, es esa frescura y esa cercanía lo que más me ha gustado de HHhH. Binet, como he dicho más arriba, no se propuso escribir una obra maestra, y eso siempre se agradece. Escribe sin pomposidad; sus reflexiones, bien formuladas, no vuelan demasiado alto y su modestia no fingida hace pensar más en un bloguero que en un novelista o historiador. 

El asedio en la Catedral de San Cirilo, cuya cripta los nazis intentaron inundar para hacer salir a los autores del atentado

Curiosamente, del atentado contra Heydrich sabemos más que de otros atentados mucho más recientes cometidos en la presunta era de la información. De él se han hecho varias películas (doña Wiki menciona hasta ocho), entre ellas Antropoide, que vi en cuanto terminé el libro y que me pareció muy buena, con grandes actores, fiel a los hechos, y además filmada en Praga. Aquí tenéis una escena.


No hay viajes suficientes para tanto libro. Uno de mis objetivos al ir a Praga era visitar Terezin, la ciudad convertida en gueto y campo de concentración de la que nos hablaba Sebald en Austerlitz. Lo visitamos y a mi hija le impresionó tanto como a mí. Sin embargo, si hubiera leído este libro antes del viaje, habríamos tenido que añadir a la lista de castillos, catedrales, barrios judíos y casas danzantes unos cuantos lugares por los que el turista no avisado suele pasar de largo. De hecho, existen varios tours especializados en esta historia. Una de las visitas obligadas es, por supuesto, la catedral de San Cirilo y Metodio, donde Kubis, Gabcik y compañía se refugiaron durante varios días, hasta que fueron traicionados por un compañero de misión. Allí fueron sitiados por más de 700 hombres de las SS, que llegaron a emplear mangueras con el fin de ahogarlos. Todo conduce a un final épico como merece esta historia.

Placa conmemorativa a los héroes de la Operación Antropoide

En definitiva, una historia apasionante, un asesinato estupendo y un gran libro.


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