martes, 8 de marzo de 2022

El Vértigo

 


Cuando uno lee una obra de esas que te absorben, y va tomando notas, y crece la sensación de apabullamiento, no siempre es buena idea, al terminar la lectura, volver al inicio. O quizá sí. El caso es que las primeras páginas nunca son iguales en esa relectura inmediata. Su valor puede haber crecido o puede haber menguado. También puede que te preguntes si no has entendido nada, o si quien no entendió nada fue Evgenia Ginzburg. Pero empecemos por el principio.

Como dice Ginzburg en la primera frase de estas sobrecogedoras memorias, "en realidad, 1937 había comenzado en 1934, y más exactamente el 1 de diciembre de 1934" (ya, no es la primera frase más memorable de la historia de la literatura), o en otras palabras, la Gran Purga, también llamado el Gran Terror, se empezó a desatar con el asesinato de Sergei Kirov, amigo y brazo derecho de Stalin.

El funeral del camarada Kirov

Oficialmente, el asesino de Kirov fue Leonid Nikolayev, un don nadie que, al estilo de Lee Harvey Oswald, un buen día se convirtió en un superhombre capaz de cargarse a la segunda persona más protegida del país. La historia no oficial, la del abrazo del oso georgiano, es bastante más creíble, sobre todo cuando el principal argumento de quienes la niegan es la enorme amistad que unía a Kirov con el Padrecito de los Pueblos.

En todo caso, este asesinato le vino de perlas a Stalin para deshacerse no sólo de todo aquél que pudiera hacerle sombra, sino para poner en marcha la política más represora de la historia hasta aquel momento (luego llegaron los Kim y cosas parecidas). Para ver la señal más clara de ello no hace falta, de nuevo, pasar de la primera página. Cuando recibe una llamada con la orden de presentarse en el cómite regional, Ginzburg nos dice que "el sentimiento de desconfianza con respecto a él [Stalin] lo ocultaba con el mayor cuidado, incluso a mí misma". Y es que la policía del pensamiento ya empezaba a actuar.

Desde el primer momento se supo, o, lo que no es lo mismo, se hizo saber, que el asesino de Kirov era un comunista, o por lo menos alguien que se hacía pasar por tal cuando en realidad era un peligrosísimo agente trotskista. Ello significó que absolutamente nadie estaba a salvo de sospechas, ni siquiera los comunistas con pedigrí proletario afiliados al partido desde antes de la Revolución. De hecho, ellos menos que nadie.

La prisión de Lefortova, en Moscú, donde fue juzgada Evgenia Ginzburg

El arresto de Nikolai Yelvov, compañero de Ginzburg que unos años antes escribió un ensayo que sería criticado por Stalin, hace que el círculo empiece a estrecharse alrededor de la autora. Al fin y al cabo, estaba "relacionada" con Yelvov (habían trabajado juntos), al fin y al cabo, nunca denunció a su compañero (como tampoco hicieron sus acusadores), al fin y al cabo...

En estas primeras páginas, Ginzburg contrapone la crueldad del régimen de terror a la dignidad de los "comunistas auténticos", que deben de ser aquellos que creen que en el paraíso de los trabajadores no se puede arrestar a alguien sin pruebas y que, ante una acusación falsa, la verdad y la justicia prevalecerán. Así, en uno de sus primeros interrogatorios responde a las autoridades:

No tengo culpa de nada (...) Si me imponen una admonición, lucharé hasta que la cancelen.

Las primeras páginas de El vértigo relatan todo el proceso, lento pero implacable, mediante el cual Evgenia Ginzburg de sospechosa pasó a ser culpable, y de ahí a  miembro de un grupo contrarrevolucionario trotskista (no, no me he equivocado en el orden), motivo por el cual fue torturada y condenada a diez años, que se convirtieron en dieciocho, en el Gulag, y que ocupan el resto del libro. Eso es todo, pero estas ochocientas cincuenta páginas de memorias podían haber sido mil doscientas y no perder un ápice de interés. Desfila por ellas una galería de personajes tan grande, que abarca desde verdugos hasta víctimas (una metamorfosis que afectó a miles de personas), desde académicos y científicos hasta prostitutas y asesinos, todos ellos retratados de una manera tan magistral que el conjunto va mucho más allá de ser un fresco de la sociedad bajo Stalin y se convierte en un muestrario de la naturaleza humana en todos sus grados de dignidad, sufrimiento y miseria moral.

La prisión de Butirka, donde Ginzburg permaneció bajo arresto

Como tantos otros comunistas de pro, Ginzburg estaba convencida de que su fe ciega en el comunismo y su carnet del Partido la protegían de cualquier sospecha. Una vez éstas nacen y adquieren pábulo, se convence de que fe y carnet la salvarán de la condena (ésta es la acusación que un editor formulará contra ella más adelante: que sólo se preocupó de las víctimas cuando ella se convirtió en una. Ginzburg lo niega, y en su defensa se remite al capítulo titulado "Mea culpa"). Aún tardará unas páginas en caerse del guindo, pero es interesante observar cómo no toda la sociedad era tan cándida, y cómo hay personas en el 37 capaces de dar lecciones de historia y sentido común a tanta gente de hoy en día que debería leer este libro y prefiere leer twitter. Una de sus compañeras de celda antes del juicio es Nadiezda Derkovskaya, que, como socialrevolucionaria que era, conocía bien tanto las cárceles zaristas como las soviéticas, y que en un momento dado le dice:

Lo siento por usted personalmente, pero no le oculto que estoy contenta de que por fin los comunistas experimenten sobre la propia piel algo de lo que nosotros anunciábamos hace mucho tiempo.

Cuando Derkovskaya, fumadora compulsiva, se queda sin tabaco, Evgenia le ofrece el paquete que ha recibido de su madre. Suspicaz, Derkovskaya pregunta a la secretaria de su Comité Regional si debe aceptar tabaco de una comunista. La respuesta es no. Los cigarrillos se quedan en la mesa y nadie los toca durante toda la noche. 

Permanecí tumbada en el catre central, con los ojos abiertos, y me invadieron los pensamientos más heréticos sobre cuán frágil es el límite entre la rígida honestidad y la más obtusa intolerancia, y sobre cuán sectarias y relativas son todas las ideologías y, en cambio, qué absolutos son los tremendos tormentos que los hombres se infligen recíprocamente.

Ginzburg, su hijo, el futuro escritor Vasili Aksiónov, y su tercer marido, Anton Walter, en Magadán, 1950.

Experimentar las maravillas del régimen en carne propia y en todo su esplendor le abrió los ojos a Evgenia Ginzburg, quien, no obstante, en el momento de escribir El Vértigo, todavía habla de los ya mencionados "comunistas auténticos" que quieran escucharla, y, con los ojos empañados en lágrimas, se alegra de que "en nuestro partido, en nuestro país, reina de nuevo la gran verdad leninista" (estas son las palabras a las que aludía al principio de esta entrada). ¿Recordáis la de mandamases soviéticos que se suicidaron cuando se desintegró la URSS? Pues eso. Parece que es más fácil pasar veinte años en Siberia que aceptar que todo lo que hemos creído era mentira.

Dicho de otra forma, el gulag fue cosa de Stalin, y este libro, en palabras de la autora, no es otra cosa que "una crónica de los tiempos del culto a la personalidad". 

En el tren cargado de periodistas, profesoras y doctoras que la lleva a Kolymá, matan el tedio y el hambre con recitales de poesía. En un momento dado interviene una Olga Orlovskaya. Dice Evgenia:

Me quedé de piedra al oír lo que recitó.

 Stalin, mi sol de oro,

si también me esperase la muerte,

quisiera, como pétalo en el camino,

morir en el camino de mi patria...

(...) Se levantó un clamor terrible. A pesar de todo, por lo menos veinte de la setenta y seis viajeras del séptimo vagón sostuvieron con la testarudez de los maníacos que Stalin no sabía nada de las ilegalidades que se estaban cometiendo en aquellos momentos.

-Son los jueces instructores, esos canallas, quienes lo han inventado todo (...) Hay que escribirle más a él. A Iosif Vissarionovich... Para hacerle saber la verdad. Apenas la conozca, ¿cómo podrá permitir cosas semejantes contra el pueblo?

Ginzburg, ya libre, con su hijo Vasili, su marido Anton Walter, y Antonina, la niña que adoptó en el Gulag

Pero lo cierto es que la pertinacia de Ginzburg en su fe en el Partido no empequeñece su figura.

Ahora, cuando estoy llegando al final de mi vida, lo sé con toda certeza: Anton Walter tenía razón. En cada corazón late un mea culpa, y sólo hay que saber cuándo prestará oído el hombre a esas dos palabras que resuenan en lo más hondo de su ser. 

Durante las noches de insomnio se oyen muy claramente. Esas noches de insomnio en las que, como dice Pushkin, todos «releemos la vida con horror», y nos estremecemos, y maldecimos. En el insomnio, la conciencia no se consuela por no haber participado directamente en los asesinatos y en las traiciones. Porque no sólo mata el que asesta el golpe, sino los que han avivado su odio. De uno u otro modo. Repitiendo irreflexivamente peligrosas fórmulas teóricas. Levantando en silencio la mano derecha. Escribiendo cobardemente una verdad a medias. Mea culpa… Y creo, cada vez más, que dieciocho años de infierno en la tierra no bastan para una culpa como ésta.“

Una de las primeras ediciones de El Vértigo, en 1967

El sentimiento de culpa de la autora es más fuerte que su sed de venganza. En una sociedad donde nadie estaba a salvo, por muy arriba que estuviera y por muchos terroristas contrarrevolucionarios que hubiera desenmascarado, es natural que Ginzburg tuviera más de una oportunidad de regodearse por el castigo final de algunos de los que contribuyeron a su sufrimiento. Sí puede resultar extraño, sin embargo, que sea tan difícil separar el desprecio del agradecimiento a esas mismas personas. Pero en el Gulag todo era posible. Cuando visita a un moribundo Krivitski, el médico que en una ocasión le salvó la vida, éste ignora que ella está al tanto de su actividad como informador secreto, actividad que condujo, entre otras cosas, a la tercera condena de Anton Walter, el hombre del que Ginzburg se enamoró y con quien acabó casándose.

Y fui a verle. Unos días antes de mi visita había recobrado el habla. Balbuceaba, tartamudeaba, pero podía hablar. No cesaba de hablar, en una nueva acusación. Me reprochaba mi negra ingratitud. Si no fuese por él, ¿habría podido sobrevivir en el Curma? Y ahora, cuando él estaba enfermo, ni siquiera iba a verle. Hasta ahora, veinte días después...

¿Qué podía responderle? Explicarle el motivo de mi negra ingratitud acarrearía un agravamiento de su enfermedad. ¿Callarme, entonces? Imposible. Me producía  una confusa sensación de repugnancia, no sólo por lo que sabía de su pasado, sino también por su aspecto actual. Sus ojos turbios, a punto de nublarse para siempre, destilaban aún astucia y mentira. La boca estaba torcida no sólo por la parálisis, sino también por un odio inmenso...

Adaptación cinematográfica de la novela. Le falta algo de grandeza.

Pese a que Ginzburg en casi todo momento abrazó la vida y celebró la condena a trabajos forzados como una bendición, dado su convencimiento de que la esperaba el paredón (en realidad, en la URSS no había paredón; se disparaba a la nuca del condenado), dieciocho años de infierno no son fáciles de digerir por muy vital que sea tu actitud ante la vida. Y curiosamente es la esperanza la que se le clava en el alma como un punzón, y es en la reclusión donde encuentra la salvación moral.

Las personas que han vivido en el Volga durante la época estaliniana y sin ser encerradas en las prisiones, suelen decirnos a veces que han sufrido más que nosotros. Y, en cierto modo, era verdad. En primer lugar -y esto es lo más importante- nuestra suerte nos ha preservado de  caer en un terrible pecado: el de participar, directa o indirectamente, en los asesinatos, en las persecuciones y en los ultrajes a otras personas. (...) La particularidad de nuestro infierno consistía en que su puerta no estaba coronada por la inscripción del infierno del Dante: "Dejad vuestra esperanza, los que entráis". Al contrario: nosotros teníamos esperanza. No nos enviaban a las cámaras de gas ni a la horca. (...) Es verdad que nuestras probabilidades de vivir eran bastante menos numerosas que las de morir. Pero existían, al menos. Aunque evanescente, vacilante como una pequeña llama en el viento, la esperanza estaba en nosotros. Pero cuando existe la esperanza, existe también el terror.

Su trabajo en el Gulag como enfermera salvó la vida a Evgenia Ginzburg

Sé que esto es un lugar común de las contraportadas, pero podemos abrir este libro por cualquier página y quedarnos enganchados con la prosa sólida, clara y sincera de la autora, y con los hechos casi inimaginables (aunque cada día menos) que describe. La descripción de la vida en el Gulag, los personajes de todos los estratos de la sociedad reunidos en un infierno blanco, el aislamiento de un mundo lejano donde estallaba una guerra muy grande; centenares de anécdotas, detalles, reflexiones, alegrías que eran un paso adelante, tragedias que eran dos atrás; el horror cotidiano y los brotes de esperanza que, pese a lo que diga Ginzburg, no siempre era terrorífica; o el regreso a Moscú, veinte años después, descrito en unas páginas memorables. El Vértigo no es una lectura deprimente. Pero no temáis: tampoco es un canto a la vida. Es un gran libro de memorias, es historia, es verdad y es gran literatura.

Recuerdo el día en que murió Franco, y recuerdo ver a mi madre llorar ante el televisor mientras miles de personas pasaban por la capilla ardiente. Estas son las palabras de Ginzburg al hablar de la muerte de Stalin:

Me desplomé en un asiento, con los dos brazos sobre la mesa. Y prorrumpí en violentos sollozos. Se descargó de pronto, toda mi tensión. No sólo la tensión de los dos últimos meses de espera de la tercera detención, sino también la de dos decenios enteros. En un segundo, todo desfiló ante mis ojos. Todas las torturas y todas las celdas. Todas las hileras de fusilados y las innumerables multitudes martirizadas. Y mi vida, mi propia vida, aniquilada por la voluntad diabólica de aquel hombre. Y mi hijo, mi hijo, que había muerto...

Y allá lejos, en alguna parte, en algún Moscú que ahora me parecía menos irreal, había exhalado su último suspiro el sanguinario ídolo del siglo. Y aquello era el más importante de los acontecimientos para los millones de víctimas que aún conservaban un soplo de vida, para la gran masa de los amigos y de los familiares de éstas... Y también, para cada pequeña vida aislada.

Debo confesarlo: yo no lloraba solamente por aquella gigantesca tragedia histórica. Lloraba, antes que nada, por mí misma. Por lo que aquel hombre había hecho conmigo, con mi alma, con mis hijos, con mi madre.

¡Maldito seas, Kolymá!, el canto del Gulag, compuesto por los presos

miércoles, 2 de febrero de 2022

Releyendo Austerlitz


Una chica que conocí me contó un día que no recordaba nada de su infancia anterior a la edad de diez o doce años. En otra conversación, me dijo que había conocido la pobreza de verdad. Venía de un país que no solemos asociar con la prosperidad de sus habitantes, por lo que no puse este dato en cuestión. Me costaba entender, sin embargo, que alguien no guarde recuerdo alguno de los años que, dicen, nos forman como persona y de los que, por lo menos yo, guardo recuerdos indelebles. Como soy un poco lento, tardé en caer en la cuenta de que se trataba de uno de esos mecanismos de defensa mediante los cuales mandamos al cuarto oscuro de la memoria aquellos recuerdos que son demasiado dolorosos para permitirles que nos acompañen.

Vivir con esa desmemoria debe de ser un estado confuso. Quizá bello también: un estado parecido al entresueño, en el que uno no sabe si está donde creía estar, si es la mañana o la tarde, si, poniéndonos cínicos, a quien abraza es su mujer o su amada, o, algo más poéticos, si vive soñando o sueña que vive.


W. G. Sebald era un maestro en ese estilo de entresueño. Como muestra, esta primera, magistral, frase de Austerlitz, que ya desde el primer momento nos sitúa en un escenario de irrealidad e indefinición.

En la segunda mitad de los años sesenta, en parte por razones de estudio, en parte por otras razones para mí mismo no totalmente claras, viajé repetidamente de Inglaterra a Bélgica, a veces para pasar sólo un día y a veces para varias semanas.

En las siguientes líneas, ese escenario de indefinición se acentúa (o se desdibuja) por la acción (u omisión) de las palabras: me parecía, la oscura nave de la estación, esa sensación de estar indispuesto, recuerdo aún mis pasos inseguros, hasta que pasamos la página sobre impronunciables nombres flamencos y pensamientos desagradables, y nos damos de bruces con los ojos de un lemur y un búho, cuya mirada fijamente penetrante el narrador compara a la de algunos pintores y filósofos que, por medio de la contemplación o del pensamiento puros, tratan de penetrar la oscuridad que nos rodea.

Y sigue, creo que me rondaba también por la cabeza la pregunta de si, al caer la verdadera noche, cuando el zoo se cerraba al público, encendían para los habitantes del Nocturama la luz eléctrica...

Yo quiero escribir como Sebald. No soy el único; también muchos escritores de verdad lo han intentado. Claro, a todo el mundo le gusta crear estilo (si es que eso es lo que hizo Sebald), y si no son capaces de ello, retorcer, llevar más lejos el estilo heredado. Pero el estilo tiene que responder a una verdad. Si lo hace, tu apellido se convierte en adjetivo: sebaldiano. Si no, mona se queda. 

Lejos de alaracas estilísticas (algo muy diferente del estilo), Sebald es discreto. Ha encontrado un camino que no sabe muy bien adónde lleva (claro que lo sabe, es un autor magistral y sus libros son obras de ingeniería sencillas y perfectas como las vías romanas, pero permitidme la imagen), y lo que más le gusta es pasearse por él arriba y abajo. Mirad si no estos párrafos iniciales:

En octubre de 1980 viajé de Inglaterra, en donde para entonces yo había vivido durante casi 25 años, en un distrito que estaba casi siempre bajo cielos grises, rumbo a Viena, con la esperanza de que un cambio de lugar me ayudaría a superar una etapa de mi vida particularmente difícil. Sin embargo, en Viena descubrí que los días me resultaban demasiado largos, ahora que no estaban ocupados por mi acostumbrada rutina de escribir y hacer trabajos de jardinería, y literalmente no sabía a dónde dirigirme. Salía temprano cada mañana y caminaba sin rumbo ni objetivo por las calles de la ciudad antigua... (el segundo de los cuatro relatos de Vértigo)

A finales de septiembre de 1970, poco después de ocupar mi cargo en Norwich, conduje hasta Hing-ham en busca de un lugar donde vivir... (De Los Emigrantes) 

En agosto de 1992, cuando los días caniculares se acercaban a su fin, salí a caminar por el distrito de Suffolk, con la esperanza de disipar el vacío que se apodera de mí cada vez que concluyo un tramo largo de trabajo... (Los anillos de Saturno)

Páginas de Austerlitz

Habrá a quien le parezcan repetitivos, que es como decir que los cuentos de hadas son repetitivos porque todos empiezan con érase una vez. Pues el érase una vez de nuestro autor es un dónde y un cuándo algo vagos, seguidos de recuerdo, camino y desplazamiento en busca de no se sabe siempre muy bien qué. Y no sé vosotros, pero a mí esos inicios me parecen maravillosos. 

Es evidente que el tono de esos párrafos nos puede remitir a Proust, pero a mi juicio las similitudes entre uno y otro no van mucho más allá de largos párrafos, constantes digresiones y una escritura cálida y evocadora. Cada uno concibe tiempo e identidad de manera diferente, y basta comparar los títulos para ver qué busca cada uno en sus respectivas obras cumbre.

El despacho de Austerlitz

Pero centrémonos. ¿De qué nos habla Sebald, o, por cerrar esta sebaldiana digresión, de qué nos habla Austerlitz?

Pues de nada nuevo. De hecho, Sebald ya se había ocupado en obras anteriores de los temas alrededor de los cuales gira esta novela, a saber, la identidad, la memoria, la condición de desplazado, la sensación de no pertenencia, o lo que quedó de nuestra humanidad tras los horrores de la Segunda Guerra Mundial. Y a ese respecto, creo haber leído por ahí que dichas obras constituyen una especie de borgiana reescritura continua del mismo texto (Borges era uno de los autores de cabecera de Sebald) que culminaron en la magistral novela que nos ocupa y que, tristemente, es la última que escribió. Personalmente, eso de la borgiana reescritura continua me parece una exageración bastante acertada. Leyendo Vértigo (1990), Los Emigrados (1992) o Los Anillos de Saturno (1994) después de haber leído Austerlitz (2001), uno no puede dejar de sentir que sus obras anteriores son un anticipo de la obra maestra que se avecina. Sin embargo, a diferencia de lo que me ha sucedido cada vez que empiezo a leer a un autor por su mejor obra, con Sebald el resto del camino no se hacía cuesta abajo. 

El Kindertransport. Niños judíos llegan a Londres en 1939

Por lo visto, el germen de Austerlitz fue un documental de la BBC sobre los Kindertransport, como se llamó al traslado a Inglaterra de niños judíos procedentes de Alemania y algunos países vecinos. El documental se centraba en el destino de dos de estas niñas, Lotte y Susi Bechhöfer, hermanas gemelas de tres años, que, al igual que Jacques Austerlitz, fueron acogidas por un pastor bautista galés y su esposa. Las hermanas Bechhöfer crecieron sin saber absolutamente nada de su pasado ni su primera infancia (no pensaríais que la historia que cuento al principio de esta entrada no venía a cuento, ¿verdad?)ni siquiera su verdadero nombre, y sólo de manera muy paulatina y debido a algunas casualidades, empezó Susi a atar cabos y descubrir sus orígenes. No fue hasta su jubilación, en 1987, cuando empezó a investigar en serio. Logró ponerse en contacto con miembros de su familia y supo del terrible destino de su madre: Auschwitz.

Susi Bechhöfer, hija de judía y oficial nazi

Si bien hay algunas diferencias fundamentales entre la historia de Austerlitz y la de Bechhöfer (la de ésta tiene elementos aún más oscuros), el párrafo anterior resume de manera bastante precisa el argumento de nuestra novela. Pero como acostumbra a suceder en la gran literatura, el argumento es lo de menos. Lo que nos maravilla de Austerlitz es otra cosa. 

No lo vio así, sin embargo, Susi Bechhöfer, quien consideró que la deuda que había contraído Sebald con ella y su trágica historia era demasiado alta para obviarla. Por ello intentó que el autor alemán reconociera su biografía como una de las fuentes del texto, a lo que el editor de Sebald respondió con aquello tan bonito que se decía antes de que llegara la hipertextualidad: es una licencia artística. No obstante, Sebald sí mantuvo contacto con Bechhöfer, pero antes de que pudiera aceptar o no cualquier tipo de reconocimiento bibliográfico, murió en accidente de coche. 

El campo de concentración Theresienstadt

Y después de tantos ámbulos, quizá alguien se estará preguntando qué hace a Austerlitz tan grande. Como si yo pudiera saberlo. Hablaba antes de la creación de un estilo tan personal que ha dado pie a su propio adjetivo. Bien, pero por muy personal e intransferible que sea, el estilo no basta como pasaporte a la gloria literaria. Tampoco la creación de eso que llaman un universo propio. Por eso, dejaré la cuestión en manos de gente que sabe más que yo de esto.

Este interesantísimo artículo, sin ir más lejos, nos da algunas de las claves de la obra de Sebald. Entre ellas, destacaré el concepto de los no-lugares, donde transcurre gran parte de Austerlitz. Los no-lugares son, por citar unos ejemplos, habitaciones de hoteles, bares, transportes colectivos, aeropuertos, salas de espera, es decir, "espacios de anonimato" por lo cuales los protagonistas transitan "de un modo impersonal, sin establecer ningún tipo de conexión afectiva, identitaria o de pertenencia". José Carlos Rodrigo Breto, autor del artículo, relaciona dichos no-lugares, pues, con "la pérdida de identidad y el desarraigo de los personajes", así como con una percepción del tiempo distinta y arbitraria (todos sabemos que el tiempo se detiene en una sala de espera).  


Se podrían decir muchas más cosas de Austerlitz. No he dicho nada, por ejemplo, del narrador ni del protagonista. También podríamos hablar del uso de las fotografías, del concepto de "arte encontrado", o incluso del diseño, con ese generoso espaciado de líneas que veo en todas las ediciones. Qué decir de todas las referencias históricas, culturales, zoológicas, filosóficas o arquitectónicas que nos ofrecen las contantes y larguísimas digresiones. Por supuesto, podríamos hablar de la vida del autor, apasionante por lo anodina que parecía, y que estuvo marcada, como para toda su generación, por la guerra. Pero como estoy seguro de que habrá una tercera lectura, quizá lo haga entonces.

W. G. Sebald (1944-2001)


viernes, 31 de diciembre de 2021

Restos de una larga temporada

 


Cuatro años de ausencia bloguera dan para muchas lecturas, demasiadas para reseñar, evidentemente, y también siquiera mencionar. Pero si quitamos aquéllas que no nos gustaron, aquéllas que no nos parecieron especialmente memorables, aquéllas que, sencillamente, no recordamos (cuando este blog entró en hibernación, dejé de llevar un registro de todas mis lecturas) y aquéllas que sí nos gustaron pero qué va a decir uno de ellas, pues nos queda una lista que sigue siendo muy larga.

Paréntesis: en estos cuatro años hemos asistido al nacimiento de una expresión que, al principio me pareció completamente estúpida, pero que, a medida que la gente la utiliza más y más, me parece estúpida a secas: lo suyo. Me refiero a frases como "lo suyo es servir primero los langostinos" o "lo suyo es sacar los polvorones del año pasado". Cierro paréntesis.

No obstante, dado que, para bien o para mal, este 2021 ya se acaba, y que todavía está uno tomando carrerilla para escribir entradas que justifiquen este regreso, lo suyo es hacer una de esas listas que le gusta a la gente, tan fáciles de escribir y de leer. Y lo suyo será hacerla con algunos de los libros que más me han gustado.

Nota: añádase a cada una de las siguientes nanoreseñas un "si no recuerdo mal".


La liebre de la Patagonia, de Claude Lanzmann

De Claude Lanzmann hablamos hace muchos años acerca de su impresionante Shoa. Estas memorias se extienden mucho y bien sobre la creación de esa película, pero también sobre su vida, sus amores, sus rencillas, su actividad en el maquis, y su relación con Sartre y Simone de Beauvoir, entre muchos otros.


En la ciudad líquida

Leer a la Rebón autora da tanto gusto como a la traductora. En este libro reflexiona sobre la traducción, sus viajes, sus autores favoritos. Lo leí este verano y me gustó mucho, pero, dada mi cada vez más enclenque memoria y mi propensión a recordar mejor las atmósferas que los datos, no recuerdo mucho más que páginas muy interesantes sobre Ecuador, San Petersburgo, Sergio Pitol y Nabokov. 


El conde de Montecristo

¡Oh! Esto son palabras mayores, esto es literatura al 200%, esto es volver a ser un catorceañero que se pasa el día tumbado leyendo, esto es vivir un libro con esa pasión que creíamos erosionada por los años. Qué gustazo.


Ronda del Guinardó

Una pequeña obra maestra que no me explico cómo no había leído hasta ahora. Juan Marsé nunca tuvo esas ínfulas literarias tan habituales en otros autores, y supongo que eso hace que, desde la distancia, su obra empequeñezca... hasta que la lees.


La tumba de Lenin

Impresionante libro de David Remnick, que asistió como corresponsal a los últimos años de la Unión Soviética. Me gustan los periodistas e historiadores que se mojan en sus opiniones, y este Remnick acaba empapado.


Historia de mis calles

El nombre del autor, tan normalito, me sonaba, pero no habría sabido decir si de columnista de El País, si de autor de libros de viajes, si dramaturgo o qué. Resultó ser un poco de todo, conocido sobre todo por sus novelas policíacas, género que sólo leo si viene de Alemania para arriba (lo siento, pero ver a detectives tomándose carajillos en el Bar Galicia no me pone). También conoció a fondo las entrañas de la editorial Bruguera. Y de eso habla, entre otras muchas cosas, en estas interesantísimas memorias, un excelente retrato de la Barcelona desde la guerra hasta nuestros días. 


La noche de los tiempos

No me cabe duda de que Muñoz Molina es una persona simpática y divertida. Pero me da la sensación de que, cuando escribe, se transforma y se convierte en una persona carente del más mínimo sentido del humor. Desde El invierno en Lisboa, que leí en mis años de universidad, todo lo que he leído de él tiene un aire más bien tristón que melancólico, de cuarentón desencantado de la vida. Es verdad que escribir sobre los prolegómenos de la Guerra Civil, la contienda y sus consecuencias no da pie a chascarrillos, pero creo que se trata de algo más profundo. En todo caso, estas mil páginas me encantaron.


Testamento de juventud, de Vera Brittain

Qué vida tan desdichada y apasionante tuvo esta señora, hija de familia bien, que decidió trabajar como enfermera durante la Primera Guerra Mundial. Y qué bien la narró.



Ellos: memorias de mis padres, de Francine du Plessix Gray

Unos meses, quizá un año o dos, después de esta lectura, al rememorarla se mezcló en mi mente con los libros de Angelika Schrobsdorff, Tú no eres como otras madres y Hombres, ambos extraordinarios también, y ambos, como Ellos..., publicados por Errata Naturae. Evidentemente, no es difícil confundir dos títulos como Hombres y Ellos, mientras que, por su parte, las memorias de su madre, Tú no eres..., tienen no poco en común con algunas páginas del libro que ocupa estas breves líneas. 

Añádase a la confusión el hecho de que, al igual que me sucedió con el señor Ledesma o la Schrobsdorff, jamás había oído hablar de esta señora. De hecho, ahora mismo no recuerdo muy bien a qué se dedicaba (¿moda, arte?), así que consulto a la señora wiki y veo que fue escritora y crítica literaria. Es igual. Estas memorias son una joya. Desde la Revolución Rusa (su madre, que estuvo prometida nada menos que con Mayakovski, fue una de las miles de personas que huyeron de los bolcheviques y se instaló en París) hasta el mundo del arte en Nueva York, el libro es (si no recuerdo...), entre otras cosas, una sucesión de puñaladas entre cónyuges que ríete tú del Burton y la Taylor.


Siguiendo mi camino

Mauricio Wiesenthal es uno de los últimos especímenes de una especie en extinción. Un hombre de cultura enciclopédica que ha actuado en cabarets, un espíritu tan inquieto como amante de la tradición, bohemio y refinado, un aventurero nato al que imaginamos pasando las noches junto al fuego de una chimenea. En este maravilloso libro nos habla de las canciones que han marcado su vida. Y después de cada capítulo toca buscar la canción en youtube. Se me hizo muy corto. 

Leed a Wiesenthal. Cualquier cosa que haya escrito.


Cualquier otro día, de Dennis Lehane

Un auténtico novelón situado en los años de la Ley Seca, por el que pululan gángsters, contrabandistas de más o menos monta, policías corruptos, jugadores de béisbol, mujeres fatales, sindicalistas de armas tomar, y políticos sin escrúpulos valga la repugnancia, entre otros. Muy buena.



Moonshadow, de J.M. de Matteis y Jon J. Muth

Y qué mejor que esta maravilla para concluir. Desde el primer momento, se convirtió en uno de mis libros favoritos de todos los tiempos. Moonshadow es eso que llaman una obra de culto, es decir, un libro del que el común de los mortales no ha oído hablar, y que fascina sin medida a casi todo aquél que lo lee. Casi. Porque siempre hay alguien que le tiene que ver los defectos, sin darse cuenta de que éstos lo hacen aún más grande. Que si pedante, que si sentimental, que si demasiado texto, que si irregular. Amargados.

Esa gigantesca esfera de rostro malicioso que veis en la portada es una especie de astro o planeta, y el niño que corre la cortina está a punto de embarcarse en la mayor aventura de todos los tiempos: crecer. Es decir, enamorarse, pasar miedo, ver cómo lo putean, lo secuestran, lo condenan a muerte, conocer a reyes y granujas de bajos fondos, vivir otras vidas, leer a los románticos, sufrir, recordar.

Raro, sí, con monstruos puteros que se tiran pedos y chica hippy secuestrada por un cuerpo celestial que la desposará, entre otros delirios. Pero creedme, todo tiene sentido. De hecho, todo es tan real como la vida misma de quien escribe esto. Y las ilustraciones son para enmarcar. 

En fin, me gustó tanto que me da miedo volver a leerlo.

Y con eso queda dicho todo. ¡Felices lecturas!



miércoles, 13 de octubre de 2021

La octava vida (para Brilka), de Nino Haratischwili


Decíamos ayer (aquí, para más señas) que la literatura georgiana, como la tierra de donde procede, es una perfecta desconocida en occidente. Tanto es así que, en las escasas ocasiones en que nos visita, parece que tiene que hacerlo de incógnito o, cuando menos, de manera indirecta. Verbigracia, la novela de hoy, que no fue escrita en la lengua de (poned aquí el nombre de vuestro georgiano universal favorito), sino en alemán. Pero digo yo que un libro escrito por una georgiana, situado en Georgia, y que nos habla de la historia reciente y no tan reciente del caucásico país, puede calificarse de literatura georgiana sin que nadie se rasgue las vestiduras.

Sin embargo, dados nuestros más que escasos conocimientos de la literatura georgiana, si tuviéramos que inscribir esta novela en la tradición literaria del país y buscar los puntos que la enlazan con otros autores georgianos contemporáneos, acabaríamos viéndonos obligados a hacer como los críticos de los suplementos literarios, es decir, salirnos por la tangente y compararla con Tolstoi. Y es que con una saga familiar de la Europa del este y más de mil páginas, si no se te ocurre el nombre de Tolstoi no eres crítico ni eres ná. 

Nino Haratischwili

Nino Haratischwili tiene un concepto de la Historia bastante diferente de la del gran autor ruso. Para éste, la Historia "es un producto de la contingencia, no sigue una dirección y no se ajusta a un patrón". Haratischwili, por su parte, dice que patrón, tiene un rato, y la compara a un tapiz:

"tú eres un hilo, yo soy un hilo, y juntas somos un pequeño adorno, y al juntarnos con muchos otros hilos damos un dibujo como resultado".

Esta imagen, unida a las extraordinarias (que no fantásticas) coincidencias que salpican la novela, nos acerca a algo bastante parecido al Destino, que siempre se ha llevado a cara de perro con la Contingencia.

La propia autora lo explica más claramente en esta interesante entrevista:

«Me he preguntado en profundidad qué es el destino, qué porcentaje de autodeterminación tenemos, y me gustaría trasladar esa pregunta a los lectores, porque yo no hallo una respuesta definitiva. En esos regímenes es muy limitado. En todos ellos encontramos individuos que luchan por abrir su propio camino, pero en la mayoría, y eso lo puedo percibir todavía en mi generación postsoviética, queda un poso de conformismo, de pensar que no merece la pena el esfuerzo porque no se va a conseguir ningún cambio… es un pensamiento muy soviético: el individuo no cuenta."


Kutaisi

Esta historia cuyos individuos no cuentan comienza cuando Brilka, una niña de 12 años en viaje de estudios a Amsterdam con la escuela, decide escaparse y llegar por su cuenta a Viena. Niza, su tía, que es quien nos narra la historia, será la encargada de encontrarla y devolverla a casa. A Niza, que, como la autora, vive en Berlín y tiene su vida hecha, no le hace ninguna gracia tener que en busca de su díscola sobrina, pero no tiene elección. Este incidente reaviva en la narrador muchos recuerdos (trágicos, por supuesto) de hechos que no ha vivido personalmente, pero que han presidido su vida y la de sus antepasados. Y estos recuerdos, al despertar, se imponen a las reticencias de Niza respecto de su sobrina, y por ello, sabiéndose quizá un hilo más del tapiz familiar, decide contarle a Brilka la historia de su familia. Mediante este recurso narrativo, que se me antoja muy poco tolstoiano, la autora enlaza presente y pasado, confiere naturalidad a la primera persona, y se aleja de cualquier esquema decimonónico.

Así que no, por muchos miles de páginas que tenga, y aunque nos cuenta la historia de una familia que es muy infeliz y lo es de una manera muy particular, La octava vida no es Tolstoi. Y ni falta que le hace: es un libro con el que he disfrutado tanto que hasta me he acordado de que yo antes tenía un blog y en él hablaba de libros con desconocidos.

El título de la novela hace referencia a las vidas de ocho miembros de esta saga familiar. Son ocho extensos capítulos centrados en cada uno de ellos, si bien, como es lógico, las respectivas historias no dejan de cruzarse entre sí. Por supuesto, ninguna de estas historias puede escapar a la Historia (que ya sabemos lo que eso significaba en la URSS) ni puede evitar ser devorado por ésta. 

Kutaisi, en los años 1910-20

Niza, pues, se sumerge en el pasado familiar y emerge en la ciudad de Kutaisi. Estamos en los albores de la Revolución Rusa, cuando Stasia, la bisabuela de la narradora, conoce y se enamora de Simón, teniente de la Guardia Blanca y amigo del padre de ella, reputado maestro chocolatero. Este hombre, próspero empresario y hombre de gran cultura y reconocimiento social, posee una receta mágica para preparar el chocolate a la taza, receta que consiguió unos años antes, durante un viaje que hizo por Europa para aprender de los grandes chocolateros de Viena, París o Budapest. 

Aparte de la presunta presencia de Tolstoi, críticos y varios blogueros coinciden en que La Octava Vida bebe, por decirlo de una manera cursi, de las fuentes del realismo mágico. Servidor ya pasó el realismo mágico, como uno pasa las paperas y el sarampión, así que no me asustó la posibilidad de exponerme a él, siempre que fuera a pequeñas dosis. Y las dosis son, efectivamente, despreciables. De hecho, sólo se me ocurren dos elementos de esta novela que vagamente se pueden relacionar con el realismo mágico: uno de ellos es la relación que tiene Stasia con los fantasmas de la familia. Pero como todo el mundo sabe, los fantasmas existen, así que ese argumento no me vale. El otro, que sí es más convincente, es esa receta para chocolate a la taza que vuelve loco a quien apenas huela su aroma, y que tiene consecuencias invariablemente nefastas para todo aquél que llega a paladearlo. Este chocolate aparece cada vez que el tapiz necesita cortar un hilo, y es, pues, una de las imágenes recurrentes de la historia. A mi juicio, sin embargo, se trata más de una simple metáfora más o menos conseguida que de un elemento de realismo mágico. En todo caso, yo podría haber prescindido completamente de las descripciones de la preparación del chocolate, que en ocasiones se acercan peligrosamente a aquella cursilada mexicana que en su día, hace ya casi treinta años, tanto nos gustó. Ya sabéis:


La Revolución de 1917 se lleva al teniente Simón a San Petersburgo, y empieza así a tejerse el tapiz, repleto de imágenes de nuestros héroes y su descendencia, así como de una impresionante pléyade de personajes secundarios cuyas vidas se ramifican en incontables historias, la más efímera de las cuales daría para una pequeña novela. Entre los personajes principales tenemos a Kostia, hijo de Stasia y Simón, un bolchevique hasta la médula que al final de sus días tendrá que ver con impotencia lo que acaba haciendo Gorbachov con su soviética unión; a Kitty, su hermana, que tras una experiencia atroz intentará rehacer su vida en el extranjero; tenemos a Christina, hermanastra de Stasia, cuya arrolladora belleza le permitirá codearse con los chacales más destacados del Partido. Entre los secundarios podemos destacar a Alania, el niño bastardo que llegará a ser un poderoso hombre en la sombra; a Misha Eristavi, el estudiante que prepara una "pequeña sublevación cinematográfica"; a Thekla, el verdadero amor de Kostia; a cualquiera de los sufridos pretendientes de su hija y su nieta, o a tantos y tantos otros cuyos nombres hoy, dos meses después de la lectura, no puedo recordar. Entre ellos se reparten un calvario de guerras, traiciones, torturas, mutilaciones, venganzas y todo tipo de altas y bajas pasiones, sin llevar al lector en ningún momento al terreno del melodrama. Sólo en un par de ocasiones la autora se acerca peligrosamente al barranco del sentimentalismo, pero no llega a caer, porque Haratischwili no será Tolstoi, pero tampoco es Isabel Allende.

La Plaza Yereván de Tiflis, 1917

El relato fluye, el tiempo pasa, pero siempre sabemos en qué momento preciso de la Historia nos encontramos. Aparte de los grandes acontecimientos que abrían aquellos telediarios de antaño, como guerras, congresos del PCUS, y la muerte a plazos de la gerontocracia soviética, la narradora va salpicando el relato con referencias a algunos de los hitos de la cultura popular del siglo XX, cuyos ecos llegaban, a pesar de todo, a la pequeña ciudad de Kutaisi: el año en que se estrenó Porgy and Bess, el del combate de Muhammad Ali contra George Foreman o el de la publicación de un álbum de Lou Reed. Y así, entre cantos de occidente y gritos desde Moscú, desfila ante nosotros buena parte de la historia de la Unión Soviética, desde su violenta concepción hasta su relativamente (piénsese en lo que podría haber sido) plácida y lenta agonía, marcada aquí y allá por conflictos en unas repúblicas que no veían la hora de mandar a Marx y Lenin a tomar un café.

Mención aparte merece uno de los personajes.

El sádico sexual Laventri Beria, el "Pequeño Gran Hombre", con el Generalísimo al fondo

En un estado totalitario, por definición, no existe la vida privada. Todo pertenece al estado, que es un modo de decir, todo pertenece al Generalísimo y sus compinches. Y es en la imbricación de la Historia (o el Poder) con las historias (o los súbditos) donde brilla especialmente el talento narrativo de la autora. Aunque, bien mirado, cuando se trata de un monstruo como Lavrenti Beria, esa imbricación quizá no resulte tan difícil.

Beria, a quien en la novela conocemos como el Pequeño Gran Hombre, y que, como el Padrecito de los Pueblos, era georgiano, fue el jefe de la policía soviética y del NKVD, o sea, uno de los personajes más siniestros del siglo XX, responsable, entre otras lindezas, de la masacre de Katyn. Pero aunque le encantaba matar, no era ésa su única afición. Se le atribuyen centenares de violaciones, y se dice que los límites de su depravación están aún por conocerse. En 2003, durante unas obras en la embajada de Túnez en Moscú, situada en la antigua mansión de Beria, aparecieron huesos humanos. 

Si el ciudadano soviético vivía con el miedo al golpe en la puerta en mitad de la noche, al coche negro, a que su vecino o compañero de trabajo le hiciera el vacío, inequívoca señal de la inminente condena, las mujeres, además, (inclúyase aquí a las niñas), vivían con el terror de que Beria se fijara en ellas. Nuestro Pequeño Gran Hombre gustaba de salir en su coche a la caza de mujeres, a las que secuestraba, invitaba gentilmente a cenar, y luego violaba. Y esta afición juega un papel muy importante en nuestra novela.

Tiflis, 1947. Fotografía de Robert Capa

En la entrevista que menciono más arriba, la autora señala que tenía la intención inicial de contar la historia de una familia durante el final de la era soviética. Pero, como todos sabemos, la Historia tiene esas cosas: se da uno cuenta de que este personaje no se entiende sin aquella invasión, esa invasión no se entiende sin esa boda, esa boda no se entiende sin esa matanza, y esa matanza no se entiende sin aquel encuentro fortuito. Y así, en un afán de iluminar cada retazo del tapiz, Haratischwili se tuvo que remontar en el tiempo hasta recalar en un comienzo que, forzosamente, será arbitrario.

Yo, la verdad, le habría dado permiso para remontarse otro siglo, porque esta novela tiene todo lo que me gusta: muchas páginas, Historia, crueldad y nombres raros.

En definitiva, un novelón con el que me lo he pasado pipa.




sábado, 21 de octubre de 2017

Eso es todo, amigos



El ciclo de vida de las libélulas, desde la fase de huevo hasta la muerte en edad adulta, abarca de seis meses a seis o siete años, nos dice wikipedia. Los alces viven algo más de veinte años, mientras que los elefantes pueden alcanzar los sesenta. Y digo yo, ¿y los blogs?

Y ya que estamos con las preguntas retóricas, aquí viene otra: ¿por qué hay gente que escribe blogs? Bien, ésta la puedo contestar. En mi caso, todo empezó con un blog que había por ahí, con el que en ocasiones me entretenía y con frecuencia me indignaba, hasta que, tras repetidas visitas, un buen día me dije, "oye, yo puedo hacerlo mejor". Fue un parto así de fácil.

Bueno. Ya veis por dónde van los tiros hoy. Y aunque no quiero ponerme estupendo ni sentimental, ni, por supuesto, pretender que esto tiene la más mínima importancia, sí que es cierto que hay un puñadito de personas que me siguen con relativo interés, y como yo siempre he lamentado que algunos de mis blogs favoritos languidecieran en su abandono sin una triste palabra de despedida, pues aquí viene la mía.


Me lo he pasado bien escribiendo este blog, y, como he dicho en más de una ocasión, el proceso de redacción de las entradas me hacía reflexionar y, sobre todo, disfrutar mucho más de los libros. Pero si voy a colgarme yo mismo una medalla, no será por la discutible calidad de lo que pueda haber escrito, sino por otros motivos. El más importante de ellos es no haber hecho enemigos... creo. En efecto, no me he dejado llevar por mis fobias ni por el tuit del día, y he conseguido preservar este blog como un espacio libre de malos rollos. Si conocierais mi cuenta personal de facebook y supierais la cantidad de gente que me ha eliminado de su lista de amigos, veríais que esto tiene un mérito enorme.

Tampoco he dedicado demasiado tiempo a poner a bajar de un burro libros y autores que no me han gustado. ¿Para qué? (No obstante, sí me habría gustado dedicarle cuatro líneas al fenómeno Karl Ove Knausgard). Por el contrario, creo que he conseguido transmitir un poquito de la pasión que algunas obras me han hecho sentir, y si eso ha llevado a otros a asomarse a esas obras, podré presumir de haber plantado unas cuantas semillitas por ahí.

Pero un blog proporciona muchas otras satisfacciones. En la que considero la época más feliz de éste que leéis, se formó una pequeña, muy pequeña, comunidad de blogueros que nos seguíamos mutuamente. Cada uno esperaba la publicación del otro, y allí entrábamos no sólo a comentar, sino a hacer algo tan aparentemente sencillo como charlar sobre libros, que, como sabéis, es ese tipo de conversación que tan difícil es tener con amigos o compañeros de trabajo. Poco a poco, por desgracia, de aquella comunidad de blogueros uno abandonó, otro desapareció y un tercero convirtió sus entradas en un acontecimiento anual. Mientras tanto, el niño vampiro seguía su camino, inasequible al desaliento, sí, pero sintiéndose un poco más solo.


Es sin duda la relación personal que, de manera paradójica, nos proporciona internet, la que brinda al bloguero sus mayores satisfacciones. Así, a alguno (o mejor dicho, a alguna) de vosotros, os he conocido en persona, y con otros me he escrito y todavía me escribo. Además, he tenido también la satisfacción de recibir gratos comentarios de un conocido escritor, la gratitud del autor de un libro que reseñé, mensajes de algunas traductoras, y libros regalados por editoriales, no para que los reseñe, sino en agradecimiento por alguna entrada que les gustó. Será poca cosa, me diréis, pero para alguien como yo, cuya vida social lleva años en franca decadencia, por no decir en la UCI, esas cosas me han alegrado el día más de una vez. De hecho, uno de mis proyectos más locos, y que a veces lamento no haber llevado a cabo, era invitar a todo aquel que quisiera a pasarse un domingo, día de mercadillo librero, por el Tres Tombs, el bar que hay justo al lado del Mercado de Sant Antoni, para tomarse una cerveza y charlar. A ratos imaginaba que podría allí nacer una entrañable cofradía de lectores y amigos, mientras que en mis fases de lucidez me aterrorizaba la visión de tres bichos raros como yo sentados en silencio alrededor de una cerveza, evitando mirarnos a los ojos. Al final se impuso la lucidez... ¿o quizá la cobardía?


Entonces, si tantas satisfacciones me da el blog, ¿por qué lo dejo? Quizá se deba, como decía al principio, a que un blog tiene, como los ciempiés y los tejones, su propio ciclo vital. Quizá, a que uno tiene su propio estilo al hablar de libros, y, dado que dicho estilo tiene sus limitaciones, al cabo de ocho años se empezaba a hacer difícil sacudirse de encima esa sensación de "te estás repitiendo". La verdad es que cada vez se me hacía más cuesta arriba ponerme siquiera a pensar en empezar una entrada. Corría, pues, el peligro de hundirme lentamente en mi propio desánimo y agotamiento, de ir posponiendo una y otra vez la siguiente entrada hasta emprenderla con desgana y al final, inevitablemente, ver un resultado que me dejaría más insatisfecho y desanimado aún. No. Más vale una retirada digna a tiempo.

Imagino que hay otros blogueros que se ponen a escribir y no hay quien los pare, y a algunos incluso les sale bien. A servidor, sin embargo, si no se ha pasado previamente unas cuantas horas buscando información, opiniones, historia y fotos, le sale un churro, francamente. Y al final eso cansa. Quizá he sido víctima de mi propio afán de currarme tanto las entradas. Publicar con regularidad implica muchas horas frente a la pantalla, muchas horas intentado descifrar la letra minúscula de mis propias notas, y muchas horas releyendo y corrigiendo entradas. Pues bien: esas horas las voy a pasar ahora leyendo, paseando, escuchando música, o visitando exposiciones (David Bowie y De Chirico en una sola semana, ¿qué os parece?). O quién sabe, quizá, torero yo, aproveche para recuperar fuerzas y volver más adelante.

Un abraz@ a todos.


jueves, 28 de septiembre de 2017

Barcelonadas


A diferencia de los designios del Señor, los caminos que nos llevan a emprender una lectura son casi siempre perfectamente escrutables. ¿Qué se puede hacer cuando unos despreciables y estúpidos asesinos causan una masacre en tu ciudad? Miles de personas decidieron salir a la calle y gritar que no tenían miedo; otros, llenar de velas y recuerdos el mosaico de Miró en las Ramblas; y unos pocos, muy ruines y ruidosos, sacar tajada política. Pues bien, a mí no se me ocurrió más que refugiarme en la literatura sobre Barcelona. Podía haber recuperado la inolvidable Últimas tardes con Teresa, a mi juicio la gran novela sobre Barcelona, o haberme puesto de una vez con Vázquez Montalbán, sobre el cual no sé si alguna vez podré opinar. Finalmente, sin embargo, opté por abrir un par o tres de libros que rodaban por casa desde hacía décadas.

El primero de ellos fue La ciudad de los prodigios, de Eduardo Mendoza. Nos cuenta Mendoza en este libro dos historias: una, la del protagonista, Onofre Bouvila, un hombre de origen humilde que, apenas todavía un chaval, deja el pueblo y se va a la ciudad, dispuesto a ganarse la vida, prosperar por los medios que sean necesarios y amasar la fortuna que su padre, indiano fracasado, no pudo conseguir en Cuba. Eran tiempos en que todavía no se había inventado la adolescencia, y uno pasaba de niño a hombre como quien pasa la página del periódico. Por eso puede parecer chocante la edad de Onofre, de tiernos trece años, en el momento en que llega solo a Barcelona y se hospeda en una pensión de mala muerte. Es posible que Mendoza estirara tanto la precocidad del protagonista por exigencias del guión, dado que la historia se sitúa entre las dos exposiciones universales celebradas en Barcelona en 1888 y 1929, un lapso de más de cuarenta años en el que Onofre debe llegar a lo más alto y luego ver qué hace una vez allí.

Un reparto desacertado. Olivier Martínez es un soseras, y a Delfina, una chica que en el libro es descrita como poco agraciada, la interpreta nada menos que Emma Suárez

La segunda historia que nos cuenta es, por supuesto, la de Barcelona a través de los años en que, ya derribadas (cayeron en 1854) las murallas que durante siglos la habían aprisionado, la ciudad empezó a crecer y desarrollarse de manera vertiginosa. La exposición de 1888 debía de servir, pues, para colocar a Barcelona definitivamente en el mapa. Sin embargo, eran aquéllos, como hoy, por desgracia, años convulsos en la condal ciudad. En aquella Barcelona donde miles de obreros se hacinaban en barrios infectos construidos de la noche a la mañana, las ideas comunistas y anarquistas encontraron un caldo de cultivo ideal para su propagación. Y en ese caldo de cultivo, los gérmenes como Onofre Bouvila se movían como pez en el agua. Así, Onofre se dedica a todo tipo de trapicheo hasta que, poco a poco y gracias a algún que otro golpe sonado, se convierte en un respetado rey del hampa barcelonés.

Mendoza combina con absoluta maestría, pues, una suerte de novela picaresca, como es la historia de Onofre, y un retrato fascinante de nuestra querida Barcelona en el que se mezcla desarrollo urbanístico, economía, historia y política.

El Hotel Internacional, construido para la exposición en tan sólo 53 días y derribado al concluir ésta

Onofre, que al principio despierta nuestros instintos paternales, es objeto de un minucioso y profundo retrato psicológico por parte del autor. Podríamos estar ante uno de esos villanos repletos a partes iguales de maldad y grandeza a quienes su insaciable sed de poder condena a errar, miserables, por el mundo. Personalmente, sin embargo, el personaje me ha parecido víctima de ese apabullante retrato, como si, de tan bien que lo llegamos a conocer, se hubiera vuelto incapaz de sorprendernos. Todos sabemos que los personajes malvados siempre son más atractivos que los buenos, pero Onofre peca bien por exceso de maldad, bien por falta de rasgos que lo rediman. Por su parte, el resto de la enorme galería de personajes no tiene desperdicio, desde la familia y los habitantes de la pensión hasta los padres del protagonista, pasando por todos y cada uno de los mafiosos de tres al cuarto con los que se apandilla Onofre, o los prestigiosos y corruptos abogados y empresarios.

La fuente de Canaletas y un quiosco de los que no queda ni uno en Barcelona

No obstante, si hemos de juzgar por el título, La ciudad de los prodigios es, sobre todo, una historia de Barcelona, y en ese sentido, la novela es una gozada. Así, el relato de la construcción de las dos exposiciones, y en particular de la primera, en la que, en buena medida, se terminó de dar forma a la ciudad que hoy conocemos, es excelente. Mendoza se documentó de manera excepcional, y supo volcar esa documentación en el relato de manera que el lector nunca pueda separar los hechos y personajes históricos de los ficticios. Naturalmente, ello hace que la novela tenga bien poco de novela histórica y mucho de posmoderna, con un final que a servidor, que nunca ha logrado terminar un libro de Pynchon, le ha parecido especialmente pynchonesco.

Y a otra cosa, mariposa, que hoy tenemos mucho de que hablar. Verbigracia, de la gran Mercè Rodoreda.


Hablábamos de esta catalana universal y su obra más conocida, La plaça del Diamant, justo hace tres años (cada vez que me autocito y veo el tiempo que ha pasado, me entra un vértigo cósmico). Rodoreda, decía entonces, era en mis años mozos y, si no me equivoco, sigue siéndolo hoy, lectura obligada en la enseñanza secundaria en Cataluña. Sin embargo, una obra como Mirall trencat (Espejo roto, en castellano) está lejos de ser tan accesible para los lectores adolescentes como podía serlo La plaça... De hecho, las dos novelas están escritas en un estilo completamente diferente: mientras que la historia de Colometa se apodera inmediatamente del lector gracias a la voz de la narradora, así como a su lenguaje sencillo y directo, Mirall trencat se nos presenta como una novela sensiblemente más compleja, dadas sus múltiples voces narradoras y su fuerte carga simbólica, y por ende, de lectura más lenta y reflexiva.


Tanto la imagen de entrañable abuelita que tenía la autora como los títulos de sus obras (Aloma, La calle de las Camelias, o la que nos ocupa) dan a la literatura de Mercè Rodoreda un aire de enaguas y visillos que, desde luego, poco pueden atraer a priori a cierto tipo de lectores, en especial, desde luego, a los adolescentes mileniales. Craso error, como casi siempre que dejamos que las impresiones decidan nuestras lecturas, porque detrás de esas enaguas y visillos, que los hay, detrás de esas violetas, de esos armaritos lacados y de esos cojines de cretona, hay un auténtico volcán de pasiones o, si no os gusta esa expresión tan propia de un culebrón, un vertedero de sueños, amores y vanidades, descripción que se ajusta más al descarnado final de la novela. En cualquier caso, estamos ante una literatura que bucea en las miserias del alma humana como el mejor de los rusos, escrita, eso sí, con una sensibilidad exquisita, un lenguaje casi frágil de tan poético que es, y una elegancia propia de esos amantes a la antigua que cantaba el brasileño.

La mansión de los Valladaura, en un fotograma de la adaptación que hizo la televisión de Cataluña

A primera vista, Mirall trencat no es una novela tan barcelonesa como la anterior, en el sentido de que el escenario principal no es tanto la ciudad como la casa familiar y el jardín en los que transcurre la historia y algunos de sus terribles episodios. No obstante, a través de los avatares de los personajes y la casa, Rodoreda sí nos presenta un impresionante retrato de la sociedad y la historia de aquella Barcelona que conocieron nuestros abuelos y sus padres, aquella ciudad que, desde principios del siglo XX fue creciendo entre prosperidad y convulsiones hasta el estallido de la guerra civil. Con los personajes que la pueblan la autora nos muestra de manera soberbia todas las capas de aquella sociedad, desde la más alta burguesía hasta las clases más humildes, que entablaban entre sí las relaciones más indecorosas y, por consiguiente, inquebrantables de que es capaz nuestra débil carne. 

Nos cuenta Mirall trencat la historia de Teresa Goday, hija de una pescatera que, merced a su matrimonio con un decrépito bolsista, entra en ese mundo de la alta burguesía, un detalle que se repite, en mayor o menor medida, en las tres novelas que traigo hoy. Teresa, que tiene un hijo ilegítimo al que criará como si fuera su ahijado, se casa, tras la muerte de su anciano marido, con el diplomático Salvador Valladaura, que vivirá toda su vida anclado en el recuerdo de su amada. Bárbara, que así se llama la pobre, muere al inicio de la novela en un suicidio muy shakespeariano, pero permanece sin embargo como uno de los personajes más enigmáticos de la novela. 

La calle Urgel, irreconocible

Poco a poco, la novela se va erigiendo en una impresionante saga familiar, con todas las miserias, rencores, mentiras y secretos inconfesables que uno pueda imaginar, y, por eso, o a pesar de ello, con un terrible aire de melancolía que no ayuda precisamente a levantar el ánimo, pero que, como lectores, nos hace disfrutar como enanos. El lenguaje de Rodoreda, sutil y poético, que contrasta con la brutalidad de algunas escenas; sus referencias literarias, como la muerte, ya mencionada, de Bárbara, que nos hace pensar en Ofelia, o la relación entre María y Ramón, que nos remite a Cumbres borrascosas; su rico uso de los símbolos, con un jardín también muy bronteano; su sorprendente, pero acertadísima, introducción del elemento sobrenatural en la tercera parte; o el retrato de todos y cada uno de sus personajes, complejos, redondos, humanos y algún sinónimo más, hacen de Mirall trencat una novela extraordinaria, y de la mansión de los Valldaura un pequeño universo humano.


Y mientras todo el mundo conoce, y con justicia, a Rodoreda, me da la impresión de que pocos, más allá del Ebro, han oído hablar de Narcís Oller. Nacido en Valls en 1846 y muerto en Barcelona a la edad de 83 años, Oller es otro de los autores canónicos en la asignatura de literatura catalana. Por ello, y por mi tozudez, rebeldía e ignorancia, me negué en redondo a leerlo en aquellos años de secundaria (aunque, no me preguntéis cómo, siempre me las apañaba para aprobar con notas más que aceptables). En fin, más vale tarde si la dicha es buena, y en este caso lo ha sido y con creces.

Narcís Oller

Oller es un autor decimonónico con todas las de la ley, y La febre d'or tiene ese sabor inconfundible que tienen las grandes novelas europeas del XIX. Situada en los años de 1880 a 1882, esta novela nos presenta un retrato de la locura bursátil que se apoderó de la Bolsa de Barcelona en 1876 hasta su estallido seis años más tarde, es decir, apenas unos años antes del inicio de La ciudad de los prodigios. Aquella locura, que tomó su nombre a posteriori precisamente de la novela de Oller, permitió un gran desarrollo industrial y económico en Cataluña, donde a la burguesía le dio por fundar bancos como quien crea un blog. La febre d'or nos cuenta la historia de Gil Foix, un hombre de extracción humilde que descubre lo fácil que es enriquecerse si se tiene habilidad para comprar y vender en el momento oportuno (recordemos que el marido de Teresa Goday, en Mirall trencat, había construido así su fortuna). Como veis, parece una radiografía de la España del pelotazo, y es que en todas partes y épocas cuecen habas.

De lo que se entera uno leyendo La febre d'or: Barcelona tuvo un hipódromo nada menos que en Can Tunis

Creo no ir muy desencaminado si aventuro que, al escribir La ciudad de los prodigios, Mendoza tuvo bastante presente la novela de Oller. Hemos visto, por ejemplo, cómo el escenario de ésta es el punto de partida de La ciudad... Nos encontramos una vez más con un hombre que deja atrás sus orígenes humildes a base de medrar o, en el caso de Bouvila, a través del crimen. Y Mendoza, que siembra su novela de referencias literarias de todo tipo, da a su protagonista femenina principal el mismo nombre que tiene la heroína de La febre d'or: Delfina.

     

Sería interesante comparar estas dos Delfinas, la descastada anarquista de Mendoza y la vaporosa e idealista de Oller, tan diametralmente opuestas a primera vista, pero tan próximas la una a la otra en el fondo. Igualmente interesante resulta la comparación entre el protervo Onofre y el bobalicón de Gil. Como ya he señalado más arriba, en el arte, como en la historia, los malos siempre son más resultones. En este caso, no obstante, el personaje del bolsista Gil Foix se me antoja más redondo que el del hampón Onofre. Carente este último de rasgo redentor alguno, podríamos decir que toma el camino más directo que le ofrece la novela, y una vez lo enfila, nada lo aparta de él. Gil, por su parte, deambula de aquí para allá, al vaivén de lo que quieran hacer con él los buitres de los que se rodea. Sueña, tropieza, se convierte en el hazmerreír de la burguesía vieja, siempre desdeñosa de estos advenedizos a los que jamás aceptará completamente (qué poco han cambiado algunas cosas en Cataluña), y nos brinda un episodio inolvidable, como es el de sus andanzas por París con una fulana de altos vuelos.

El Bolsín de Barcelona, uno de los escenarios de la novela. Hoy es una escuela de arte

Oller, cuya obra literaria recibió elogios de autores como Galdós o Zola, es un pequeño regalo para el lector que gusta del realismo y al que ya se le empiezan a acabar los franceses y los rusos, y no tiene bastante con Clarín o el ya mencionado don Benito. No obstante, hay que decir que, juzgando por esta obra, a Oller a veces le pierde la moralina, en especial en el tramo final de la novela. Pero bueno, también los más grandes moralizaban, y  por otra parte, algunos pensamos que la resolución de una novela es su parte menos importante. Como sucede con las entradas de blog.

Qué bonita es Barcelona sin banderas
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