domingo, 21 de junio de 2015

La cavilaciones de un doctor sueco


Permitid que os presente al doctor:

Me parece que en este momento nadie en el mundo está tan solo como yo. Yo, el licenciado en medicina Tyko Gabriel Glas, que a veces ayudo a otros pero no he podido nunca ayudarme a mí mismo, y que, a los treinta años cumplidos, nunca he estado junto a una mujer.

 Si además del tono que ya se intuye en esa presentación, os digo que este pequeño gran libro está escrito en forma de diario, quizá penséis que se inscribe en un tipo de subgénero literario que podríamos llamar "literatura de locos" (os dejo que busquéis vosotros los ejemplos). Pero, al igual que suele suceder con los protagonistas de dichas obras, el doctor Glas no está loco. Es más, ni siquiera lo aparenta. De hecho, es un señor de lo más respetable y venerado, cuyos pacientes tienen en él una fe casi religiosa, fe que conduce a uno de ellos, la esposa del pastor Gregorius, a confesarle el tormento que le supone cumplir sus deberes conyugales.

Esa confesión desencadena todos los acontecimientos posteriores, pues Glas, con quijotesco afán, se propone evitarle a la señora Gregorius el suplicio de someterse a su marido. Huelga decir que esto no apunta a un final feliz.

Poster de la película Doctor Glas (1968), de Mai Zetterling

Aunque Glas, como hemos dicho, no está loco, tenemos que aceptar que ser virgen a los treinta y, pese a gozar de una estupenda salud, no tener perspectivas de dejar de serlo no puede ser muy bueno para el equilibrio mental de una persona. En el caso de nuestro protagonista, la abstinencia le ha llevado a una sacralización del sentimiento amoroso, y es que, en cierto sentido, Glas es un romántico radical, de los de o todo o nada:

Después pasó mucho tiempo antes de que yo me diera cuenta de que era un hombre y de que en el mundo hay mujeres. Pero ya estaba endurecido. Una vez por lo menos había sentido una centella de la gran llama, y estaba menos dispuesto que nunca a contentarme con sucedáneos de amor.

Esa centella de la gran llama, la única y casta experiencia del doctor con una mujer, experiencia que a posteriori se vio marcada por la tragedia, tuvo lugar en una lejana noche de San Juan de su temprana adolescencia. Pero esa añoranza de un amor puro y absoluto, con el consiguiente desprecio por todo aquello que considere impuro, se extiende más allá del amor. En primer lugar, Glas desarrolla una auténtica aversión al sexo. Hace unos días oí a mi hija, de ocho años, preguntar a su hermano, de diez, si una mujer puede elegir cuándo se queda embarazada. El mayor bajó la voz y procedió a explicarle las cosas que hacen los mayores. Al cabo de unos momentos, mi hija, con una expresión de franco repelús, se dirigió a mí para preguntarme si mamá y papá también hacemos esas cosas. Y es que el sexo, para alguien que no lo ha experimentado nunca, puede ser muy feo. Glas adopta ante el sexo una actitud parecida a la de una niña de ocho años, aunque sabe racionalizar muy bien ese asco.

¿Por qué la vida de nuestra especie tiene que conservarse, y nuestro deseo saciarse, mediante un órgano que usamos varias veces al día para evacuar impurezas? ¿No podría hacerse mediante un acto dotado de dignidad y de hermosura, a la vez que de profundo goce? Un acto que pudiera realizarse en la iglesia, a la vista de todos, igual que en la tiniebla y la soledad. O en un templo de rosas, al sol, entre canto de coros y la danza de los invitados a las nupcias.


Fotograma de la película de Zetterling

Glas ve en el sexo un instinto incontrolable que denigra y veja a la señora Gregorius, un comportamiento animal que, paradójicamente, al convertirse en tabú, es no sólo bendecido por la iglesia, sino también empleado de manera brutal por uno de sus representantes. La hipocresía de esta sociedad donde todo se justifica por la moralidad hace que Glas se cuestione sus actos pasados y justifique los futuros.

"¡Cuidado, sacerdote! He prometido a esta mujercita, a esta femenina flor de claro pelo sedoso, que la protegería de ti. Cuidado, tu vida está en mis manos, y quiero y puedo hacerte bienaventurado antes de que tú lo pidas. Cuidado, sacerdote, no me conoces, mi conciencia no se parece en nada a la tuya, mi juicio final lo dicto yo, soy de una especie de hombres que ni siquiera sospechas que exista".

A nadie le sorprenderá, pues, que la novela causara gran conmoción y escándalo en Suecia, un país que a la sazón era profundamente religioso y donde tan sólo cuatro antes se había publicado un libro como Jerusalén. Söderberg, no contento con hacer del sacerdote un personaje moralmente reprobable y físicamente repulsivo, toca además asuntos todavía hoy tan controvertidos como el aborto o la eutanasia.

Tiene que llegar, y llegará, el día en que el derecho a morir se considerará mucho más importante e inalienable que el derecho a introducir una papeleta en una urna electoral.

 Estocolmo a principios del s. XX

Hacia el comienzo de la novela, Glas recuerda a una chica que llega desesperada a su consulta suplicándole que la saque del apuro en el que su novio la ha metido. Glas se niega a ello, pero justifica su negativa no por criterios morales, sino simplemente para evitar meterse en líos. Cuando años más tarde, se encuentre de nuevo con aquella chica, hoy señora casada, y con el deforme fruto de aquel embarazo indeseado, no podrá sino reafirmarse en su recién adquirida convicción:

La moral es la opinión que tienen las otras gentes sobre lo que es justo. Pero lo que ahora se discute es mi propia opinión.

La novela bebe, por no decir se emborracha, de Nietzsche y de Dostoievski, de Zaratustra y Raskolnikov, algo que se puede ver en ese diálogo que mantienen sus dos yo, en el que ambos se han quitado el atuendo de ángel y demonio, para quedarse con el disfraz de moral y el de voluntad. La palabra moral, como nos recuerda Glas, viene del latín mos, y significa hábitos o costumbres. ¿De dónde procede, pues, esa autoridad que la moral se arroga? Por su parte, la voluntad, tanto tiempo reprimida, ¿cuánto tiempo más podrá resignarse a ser sometida? Ved cómo explica la señora Gregorius por qué accedió a casarse con el pastor.

Me encerré en mi cuarto a llorar. Siempre me había repugnado un poco, de un modo extraño, y creo que es precisamente eso lo que me decidió a consentir. Nadie me forzó, nadie me persuadió. Pero yo creía que era la voluntad de Dios. Me habían enseñado que la voluntad de Dios consiste siempre en lo más opuesto a nuestra propia voluntad.


 
En un interesantísimo artículo sobre esta obra, Margaret Atwood traza paralelismos entre la historia que nos ocupa y la estructura del romance. Así, la señora Gregorius vendría a ser la doncella secuestrada por un dragón (Atwood habla de un troll), quien a su vez está encarnado en su esposo el pastor. Lógicamente, el papel de caballero al rescate debería recaer en el propio Glas, pero, por suerte, las cosas no son tan sencillas. Puede que, por un momento, Glas se vea a sí mismo como ese héroe que va a salvar a la doncella de las garras del monstruo, pero el propio doctor no tarda en confesarnos una curiosa característica que no sabemos en qué categoría de fetichismo encaja: nuestro héroe sólo es capaz de enamorarse de mujeres que ya están enamoradas de otro. Glas se explica explica esta particularidad suya por el hecho de que el amor transforma a las mujeres y las vuelve radiantes. Renuncia, por tanto, desde el primer momento a la mujer que ama y lo hace en beneficio de otro hombre. En definitiva, mientras algunos tiran por Freud (cuya influencia en la novela es evidente) y aducen una homosexualidad reprimida o mera impotencia para explicar el personaje de Glas, el artículo de Atwood nos da una idea mucho más aproximada de la riqueza y complejidad de esta pequeña maravilla.

Doctor Glas, hierve con la pasión que rebosaba toda la literatura de finales del XIX. Pensándolo bien, quizá el término pasión pueda ser engañoso, y habría que utilizarlo en compañía de radicalismo. Ambos términos, utilizados conjuntamente, describen mejor una época-péndulo marcada en toda Europa por la atracción de los extremos, en la que conviven, por mencionar unos ejemplos, el mesianismo de Tolstoi y el nihilismo dostoievskiano; en Viena, la nostalgia épica de Joseph Roth y la descarada sexualidad de Schnitzler; y en Suecia, la ya mencionada Jerusalén y esta denuncia de la hipocresía de la moral cristiana.

 En suma, una pequeña obra maestra que se lee en una tarde, y que dura mucho más.



Queremos ser amados; a falta de eso, admirados; a falta de esto, odiados y despreciados. Queremos suscitar en los demás alguna especie de sentimiento. El alma aborrece el vacío, y quiere tener contactos a cualquier precio.

jueves, 11 de junio de 2015

Citas de Guermantes


Como en la entrada anterior me quedé con las ganas de incluir citas a porrillo, con ésta no pretendo más que saciar muy ligeramente mis ansias de releer y releer, para luego copiar y copiar, fragmentos, páginas y hasta capítulos. Os advierto, en consecuencia, que lo que encontraréis aquí no son precisamente aforismos. No soy demasiado amigo de esas perlas de ingenio condensadas, a no ser que sean de mi propia cosecha o de la de Oscar Wilde. Además, con el bueno de Marcel esa clase de condensación no es tan habitual, dado que lo suyo era justo lo contrario: si Proust encontraba una perla, la ocultaba en el centro de una madeja de lana, que se ponía entonces a devanar con esmero de artesano, recreándose ahora en el giro de la muñeca, ahora en el tacto de la lana, ahora en la etimología de devanar.

Así que vamos allá.

Proust-narrador nos habla aquí sobre el hada de los nombres.

El hada, sin embargo, se esfuma si nos acercamos a la persona real a que corresponde su nombre, porque entonces el nombre empieza a reflejar a esa persona, y ésta no contiene nada del hada; el hada puede renacer si nos alejamos de la persona, mas si permanecemos cerca de ésta, el hada se muere definitivamente y con ella el nombre, como aquella familia de Lusignan que había de extinguirse el día en que desapareciese el hada Melusina. (página 16 en la edición de Alianza)

Aquí, sobre por qué los nombres tienen esa capacidad de hacernos evocar.

Y el nombre de Guermantes de entonces es también como uno de esos globitos en que se ha encerrado oxígeno o algún otro gas: cuando llego a agujerearlo, a hacer salir de él lo que contiene, respiro el aire de Combray de aquel año, de aquel día, mezclado a un olor de espinos blancos agitados por el viento del ángulo de la plaza, precursor de la lluvia... (17)

Sobre el sueño profundo.

Se llama a esto un sueño de plomo, parece que uno mismo se haya convertido, por espacio de algunos instantes después de haber cesado un sueño así, en un simple monigote de plomo. Ya no somos personas. Entonces, ¿cómo es que al buscar uno su pensamiento, su personalidad, como quien busca un objeto perdido, acaba por recobrar su propio yo antes que otro alguno? ¿Por qué cuando empezamos a pensar de nuevo no es entonces la que encarna en nosotros otra personalidad que la anterior? No se ve qué es lo que dicta la elección y por qué, entre los millones de seres humanos que uno podría ser, va a poner precisamente la mano en aquel que era la víspera. ¿Qué es lo que nos guía cuando verdaderamente ha habido interrupción (ya haya sido completo el sueño o los sueños enteramente diferentes de nosotros)? Ha habido verdaderamente muerte. (...) La habitación, desde luego, aunque solamente la hayamos visto una vez, despierta recuerdos de que oenden otros más antiguos. (...) La resurrección en el despertar -después de ese benéfico acceso de enajenación mental que es el sueño- debe de asemejarse, enel fondo, a lo que ocurre cuando se vuelve a encontrar un nombre, un verso, un estribillo olvidados. Y acaso quepa concebir la resurrección del alma allende la muerte como un fenómeno de memoria. (116-117)

Sobre un detalle insignificante.

...añadió, sonriendo al embajador con una pusilanimidad, pero también con una ternura que le hizo alzar los párpados y descubrir los ojos, grandes como un cielo.
Me parecía haber visto aquella mirada, y, sin embargo, sólo de hoy conocía al historiador. De pronto recordé que esa misma mirada la había visto yo en los ojos de un médico brasileño que pretendía curar los ahogos como los que yo padecía con absurdas inhalaciones de esencias de plantas. (300)

Sobre la muerte.

Realmente decimos que la hora de la muerte es incierta, pero cuando lo decimos nos representamos esa hora como situada en un espacio vago y remoto; no pensamos que tenga la menor relación con la jornada comenzada ya y que pueda significar que la muerte -o su primera toma de posesión parcial de nosotros, después de la cual ya no ha de soltarnos- podrá producirse esta misma tarde, tan poco incierta, esta tarde en que el empleo de todas las horas está regulado de antemano. Tiene uno empeño en salir de paseo para alcanzar en un mes el total de aire sano ncesario ha vacilado respecto a la elección del abrigo que debe llevar, del cochero a que llamará; está uno en el coche, tiene por delante toda la jornada corta, porque quiere uno volver a tiempo para recibir a una amiga; quisiéramos que hiciese también buen tiempo a la mañana siguiente, y no se sospecha que la muerte, que caminaba en nosotros en otro plano, en medio de una impenentrable oscuridad, ha escogido precisamente este día para salir a escena, dentro de unos minutos, aproximadamente en el momento en que el coche llegue a los Campos Elíseos. (419)

Sobre el pasado.

El pasado no sólo no es fugaz, sino que no se mueve de un mismo sitio. No es sólo que meses después del comienzo de una guerra puedan actuar eficazmente sobre ella unas leyes votadas sin prisas; no es sólo que quince años después de un crimen que ha quedado sumido en la oscuridad pueda encontrar todavía un magistrado los elementos que habrán de servir para poner en claro ese crimen; al cabo de siglos y siglos, el erudito que estudia en una región apartada la toponimia, las costumbres de los habitantes, podrá captar todavía en ellas tal o cual leyenda anterior, con mucho, al cristianismo, incomprendida ya, si no es que olvidada incluso en tiempos de Heródoto, y que en la denominación dada a una peña en un rito religioso, perdura en medio del presente como una emanación más densa, inmemorial y estable. (555)

Sobre la leche hirviendo.

El que se ha quedado completamente sordo ni siquiera puede hacer calentar a su lado un cacillo con leche sin que tenga que espiar con los ojos, sobre la tapadera ladeada, el reflejo blanco, hiperbóreo, semejante al de una tempestad de nieve, y que es el signo premonitorio al cual es prudente obedecer retirando, como el Señor al detener las aguas, los enchufes eléctricos; porque ya el huevo ascendente y espasmódico de la leche que hierve lleva a cabo su crecida en algunas ebulliciones oblicuas, infla, redondea algunas velas medio zozobradas que había plegado la crema, arroja a la tempestad una de ellas, de nácar, y la interrupción de las corrientes, si se conjura a tiempo la tormenta eléctrica, hará girar todas esas velas sobre sí mismas y las lanzará a la deriva, trocadas en pétalos de magnolia. (101)

Sobre el heroísmo retrospectivo. Y no miro a nadie.

Consideraban a Dreyfus y a sus partidarios como traidores, bien que veinticinco años más tarde, como las ideas habían tenido tiempo de clasificarse y el dreyfusismo de cobrar en la historia cierta elegancia, los hijos, bolchevizantes y valseadores, de esos mismos jóvenes aristócratas habían declarado a los "intelectuales" que les interrogaban que seguramente, de haber vivido en aquel tiempo, hubiesen estado de parte de Dreyfus, sin saber a ciencia cierta mucho más de lo que había sido el affaire ... (533)

Sobre las horas perdidas.

Apenas nos aprovechamos de nuestra vida, dejamos inacabadas en los crepúsculos de estío o en las noches precoces de invierno las horas en que nos había parecido que hubiera podido, sin embargo, estar encerrado un poco de paz o de goce. Pero esas horas no están absolutamente perdidas. Cuando cantan a su vez nuevos momentos de placer que pasarían del mismo modo, tan endebles y lineales, vienen ellas a traerles el basamento, la consistencia de una rica orquestación. Se extienden así hasta una de esas felicidades tipo, que sólo se encuentran de tarde en tarde, pero que siguen existiendo... (527)

Sobre nombres, historia y memoria.

Si el nombre de duquesa de Guermantes era para mí un nombre colectivo, no era sólo en la Historia, por la suma de todas las mujeres que lo habían llevado, sino también a lo largo de mi corta juventud, que había visto ya en esta sola duquesa de Guermantes superponerse tantas mujeres diferentes, desapareciendo cada una de ellas cuando la siguiente había cobrado suficiente consistencia. Las palabras no cambian de significación, durante siglos, tanto como cambian para nosotros los nombres en el espacio de unos años. Nuestra memoria y nuestro corazón no son bastante grandes para poder ser fieles. No tenemos suficiente sitio, en nuestro pensamiento actual, para guardar los muertos al lado de los vivos. Nos vemos obligados a construir sobre lo que ha precedido y que sólo volvemos a encontrar al azar de una excavación del género que... 700

Sobre nuestra vida, hecha de esbozos.

Cuando volví a encontrarme solo en casa, acordándome de que había ido a hacer una excursión a prima tarde con Albertina, de que cenaba pasado mañana en casa de la señora de Guermantes y de que tenía que contestar a una carta de Gllberta, tres mujeres a las que había querido, me dije que neustra vida social está llena, como el estudio de un artista, de esbozos abandonados en los que por un momento habíamos creído poder plasmar nuestra necesidad de un gran amor, pero no pensé en que a veces, si el bosquejo no es demasiado antiguo,  puede ocurrir que volvamos a tomarlo y que hagamos de él una obra completamente diferente, y quizá más importante, inclusive, que la que primeramente habíamos proyectado. (518-9)

Sobre el momento en que el narrador se da cuenta de que las mujeres ven en él a un hombre.

Entonces solamente me percaté de que acababa de producirse en torno a mí (a mí, que hasta ese día -salvo la preparación en el salón de la señora de Swann -había estado acostumbrado en casa de mi madre, en Combray y en París, a los modales, protectores o a la defensiva, de hoscas burguesas que me trataban como a un chiquillo) un cambio de decoración comparable al que introduce de repente a Parsifal en medio de las muchachas-flores. Las que me rodeaban, completamente descotadas (su carne aparecía por los dos lados de una sinuosa rama de mimosa o bajo los anchos pétalos de una rosa), no me saludaron de otro modo que haciendo fluir hacia mí largas miradas acariciadoras, como si sólo la timide les hubiera impedido besarme. (562 )

Sobre qué diferentes somos de nosotros mismos.

La humanidad que frecuentamos y que tan poco se parece a nuestros sueños es, sin embargo, la misma que en las memorias, en las cartas de las gentes notables, hemos visto descrita y que hemos deseado conocer. El viejo más insignificante con quien cenamos es aquel cuya orgullosa carta al príncipe Federico Carlos hemos leído en un libro sobre la guerra del 70. Se aburre uno en la cena porque la imaginación está ausente, y si nos divertimos con un libro es porque en él nos da compañía aquélla. Pero se trata de las mismas personas. Nos gustaría haber conocido a madama de Pompadour, que tan bien protegió a las artes, y nos hubiéramos aburrido a su lado tanto como al lado de las modernas Egerias a cuya casa no nos podemos decidir a volver, de tan mediocres como son. (749)

Sobre la imposibilidad de llegar a conocer a otra persona.

Y así fue ella la primera que me dio la idea de que una persona no está, como yo había creído, clara e inmóvil ante nosotros, con sus cualidades, con sus defectos, sus proyectos, sus intenciones respecto a nosotros (como un jardín que está uno mirando, con todos sus arriates, a través de una verja), sino que es una sombra en que jamás podremos penetrar (...) una sombra en la que podemos alternativamente imaginarnos con tanta verosimilitud que brillan el odio como el amor. (89)

Sobre muchas cosas, todas tristes.

... me veía obligado a no decirle lo que pensaba de su estado, a callarle mi inquietud. No hubiera podido hablarle de ello con más confianza que a una extraña. Acababa de restituirme los pensamientos, los pesares que desde mi niñez le había confiado para siempre. Aún no se había muerto. Yo estaba solo ya. Y hasta las alusiones que mi abuela había hecho a los Guermantes, a Molière, a nuestras conversaciones en torno al cogollito, cobraban una apariencia falta de apoyo, sin causa, fantástica, porque salían de la nada de este mismo ser que acaso no existiría ya mañana, para el que ya no tendrían ningún sentido, de la nada -incapaz de concebirlas- que mi abuela sería bien pronto. (417)

Y todavía me quedarían citas para diez entradas así.

jueves, 4 de junio de 2015

El mundo de Guermantes



No se puede ser delgado y llamarse Leopoldo. Si no me creéis, pronunciad lentamente el nombre, recreaos en esas orondas oes, la primera de las cuales se alarga a lo largo de la ele hasta dejarse caer con todo su peso sobre ese do final, como si lo hiciera, agotado tras subir diez escalones, sobre un mullido sofá, y veréis que, sencillamente, todos los Leopoldos tienen problemas de sobrepeso. Naturalmente, no faltan los ejemplos en sentido contrario, es decir, nombres que es imposible imaginar asociados a un cuerpo robusto y musculoso. ¿Cómo? ¿Seguís dudando? Decidme entonces: ¿ha habido acaso, a lo largo de la historia, un solo campeón de halterofilia llamado Agapito?

El misterio de los nombres, que el narrador compara con un hada ("a veces, escondida en el fondo de su nombre, el hada se transforma al capricho de la vida de nuestra imaginación que la nutre") forma parte, como las propias hadas, de un mundo mágico donde, en el caldero de una hechicera, bullen Freud y la onomástica. Así, el nombre de Guermantes, que conserva en español la misma rimbombante sonoridad que le suponemos en francés, despierta en el narrador unas imágenes y evocaciones inconfundiblemente nobles, impregnadas del olor de los primeros recuerdos, y como ellos, borrosas.
No sé, desde luego, qué forma se recortaba ante mis ojos en este nombre de Guermantes cuando mi nodriza -que sin duda ignoraba, tanto como yo lo ignoro hoy, en honor de quién había sido compuesta- me berzaba [maravilloso e inexistente verbo] con la antigua canción: Gloria a la Marquesa de Guermantes, o cuando, años más tarde, el viejo mariscal de Guermantes, llenando de orgullo a mi niñera, se detenía en los Campos Elíseos diciendo: "¡Qué chico más guapo!", y sacaba de una bombonera de bolsillo una pastilla de chocolate.

 La condesa Greffulhe, modelo principal de Oriana de Guermantes

Nuestro narrador y su familia se han trasladado a un apartamento situado en el mismo edificio que los Guermantes. El influjo que, a través del nombre y su hada, ejerce la duquesa de Guermantes sobre nuestro héroe se traduce en una obsesión amorosa que lo lleva a seguirla y acecharla, sabedor de que la misión de entrar, como hizo con Albertina, en el "círculo", es ahora tarea doblemente difícil.
Todos los días, ahora, por cierto en el momento en que la señora de Guermantes desembocaba por lo alto de la calle, distinguía aún su elevada estatura, aquel rostro de clara mirada bajo una cabellera ligera, cosas todas por las que estaba yo allí; pero en desquite, algunos segundos más tarde, cuando, habiendo apartado los ojos en otra dirección porque pareciese que no esperaba este encuentro que había venido a buscar, los alzaba hacia la duquesa en el momento en que llegaba al mismo nivel de la calle que ella, lo que entonces veía eran unas huellas rojas, que no sabía si se debían a la acción del aire o a la caparrosa, en un semblante desagradable que, con un gesto muy seco y distante de la amabilidad de la noche de  Fedra, respondía al saludo que yo le dirigía cotidianamente con expresión de sorpresa y que no parecía agradarle.

Mi experiencia personal confirma que las mujeres encuentran siempre la manera de descubrir si cuando nos vieron paseando al perro alrededor de su casa, que está a dos horas de camino de la nuestra, se trató verdaderamente de un encuentro casual o no.

Quizá recordéis, de la entrada anterior, la cita al respecto de que "nuestro amor no lleva el nombre del ser querido". Lejos, pues, del tópico del amor que nos elige, el narrador, como hemos visto, prefiere erigirse en su propio Cupido. Así, también aquí, nuestro héroe, al que le cuesta tanto vivir sin amor como entregarse a una sola mujer y no otra, se convence a sí mismo de que la divina elegancia y el sencillo refinamiento de Oriana merecen convertirse en blanco de sus flechas. Si prestamos atención, nos daremos cuenta de que el resultado de un amor basado en estas premisas ha de ser, por fuerza, un tanto peculiar.
Así y todo, al cabo de unos días en que el recuerdo de las dos muchachitas luchó con varia suerte por el dominio de mis ideas amorosas con el de la señora de Guermantes, fue éste, como por sí mismo, el que acabó por renacer más a menudo, mientras que sus competidores se eliminaban por sí solos; sobre él fue sobre quien acabé por haber transferido, voluntariamente aún, en suma, y como por elección y por gusto, todos mis pensamientos de amor.

"Ideas amorosas", "pensamientos de amor", y una "transferencia voluntaria" de éstos últimos.  Estooo, ¿y nada de "sentimientos"? Es cierto que más adelante sí nos dice que "tiene" amor a la señora de Guermantes. Y no es menos cierto que las fantasías por las que se deja llevar entonces son, por la parte que nos toca, tan divertidas como embarazosas:
Tenía yo verdadero amor a la señora de Guermantes. La mayor dicha que hubiese podido pedir a Dios habría sido que hiciera abatirse sobre ella todas las calamidades, y que, arruinada, desacreditada, despojada de todos los privilegios que me separaban de ella, sin tener ya casa en que habitar ni gente que consintiera en saludarla, viniese a pedirme asilo (...) toda una novela puramente de aventuras, estéril y falta de verdad, en que la duquesa, reducida a la miseria, venía a implorarme a mí que, a consecuencia de circunstancias inversas, había llegado a ser rico y poderoso.

A la izquierda, el capitán Alfred Dreyfus. A la derecha, el caso Dreyfus
 
Hay quien dice que la fascinación del narrador con los nombres y la toponimia obedece a una búsqueda de un rasgo de inmortalidad en la nobleza. Para el narrador, los nombres están atados a su tierra de origen, y pudiera ser que ve en ellos el vínculo que nos une a ésta y, en consecuencia, perdurará tras nosotros. Esto me hace pensar en mi propio apellido, de origen escocés y tan inusual que lleva décadas al borde de la desaparición, y que mis profesores, engañados por su ortografía, se empeñaban en pronunciar como si fuera catalán. Pero, anécdotas aparte, recordemos que no estamos en un mundo globalizado, donde el apellido ya no nos puede indicar la nacionalidad, sino en el de Guermantes, donde lo que el apellido nos indica es la clase social.

 Dicha fascinación por los nombres, que no se manifiesta sólo en relación con los duques, es, en todo caso, constante a lo largo de la obra y empuja al narrador en esa suerte de investigación con el fin, diríase, de constatar si una mujer llamada Oriana de Guermantes es digna de los pensamientos de amor de nuestro héroe.
La señora de Guermantes se había sentado. Su nombre, como estaba acompañado de su título, añadía a su persona física su ducado, que se proyectaba en torno suyo y hacía reinar el frescor umbrío y dorado de los bosques de los Guermantes en medio del salón, en derredor del taburete en que estaba sentada ella. A mí lo único que me extrañaba era que la semejanza no fuese más legible en el rostro de la duquesa, que nada tenía de vegetal, y en el que a lo sumo las pecas de las mejillas -que parecía que hubieran debido estar blasonadas con el nombre de los Guermantes- eran efecto, pero no imagen, de largas galopadas al aire libre.

 Uno de mis grandes fracasos amorosos tenía un nombre con preciosos ecos poéticos. Terminó para mí del mismo modo que nos cuenta el narrador quinientas páginas más adelante:
Los Guermantes, después de haber defraudado a la imaginación porque se asemejaban más a sus semejantes que a su propio nombre...

(Probablemente "se parecían" habría sido más afortunado que "se asemajaban a sus semejantes")

 La constatación del falso retrato que el nombre le había llevado a formarse de los duques se refleja también en la caída final de éstos del pedestal. Los Guermantes, y en especial Oriana, son el perfecto retrato de la hipocresía, la doble moral y el filisteísmo de una clase social que se columpia en su rancio abolengo, un abolengo que el devenir del tiempo, "mil años" dice un personaje, ha denigrado y vaciado de significado. ¿Siente el narrador nostalgia del Antiguo Régimen, que no conoció? Lo dudamos, aunque no siempre es fácil conciliar sus ideas progresistas con su decepción ante la vulgaridad de la nobleza.
El duque y la duquesa de Guermantes consideraban como un deber más esencial que los -descuidados bastante a menudo, cuando menos por uno de ellos- de la caridad, de la castidad, de la piedad y de la justicia, el más inflexible de no hablar apenas a la princesa de Parma como no fuese en primera persona.

The stranger, de Orson Welles. "Karl Marx no era alemán, era judío"

En un mundo tan tranquilo y placentero como el de Guermantes, donde la mayor preocupación que uno podía tener era cómo tener entretenida a nuestra querida tras sustituirla por otra, o qué hacer si a ese molesto tío nuestro, por despecho, le daba por morirse la noche que queremos asistir a una fiesta, no resulta del todo fácil imaginar la conmoción que causó el asunto Dreyfus. Hasta ahora, tanto en Por el camino de Swann como en A la sombra de las muchachas en flor, se han hecho referencias aisladas a este caso, que efectivamente convulsionó al país y cuyas consecuencias a nivel mundial posiblemente llegan hasta hoy. Pero es en El mundo de Guermantes donde el caso del capitán Alfred Dreyfus, injustamente acusado de traición, sin llegar a cobrar protagonismo, sí es central en la obra, al introducir el telón de fondo del antisemitismo.
No va usted descaminado, si es que quiere instruirse -me dijo el señor de Charlus después de haberme hecho esas preguntas acerca de Bloch-, en tener entre sus amigos a algunos extranjeros.
Respondí que Bloch era francés.
-¡Ah! -dijo el señor de Charlus-. ¡He creído que era judío!

Como en una sociedad sacudida por una revolución, donde sólo hay dos bandos y es obligatorio tomar partido, durante un tiempo, Francia, y la parte que más nos ocupa, el mundo de Guermantes, se dividió entre dreyfusistas y antis. Unos y otros dejan de invitarse a sus fiestas, de hablarse y hasta de saludar, y se producen escenas verdaderamente infames, como la humillación pública de Bloch.

Los adioses de Bloch, desplegando apenas en el rostro de la marquesa una lánguida sonrisa, no le arrancaron una palabra, y no le tendió la mano. Esta escena puso a Bloch en el colmo del asombro, pero como era testigo de ella un círculo de personas en torno suyo, no pensó que pudiera prolongarse sin inconveniente para él y, por obligar a la marquesa, la mano que no venían a tomarle se la tendió él mismo. La señora de Villeparisis se molestó. Pero sin duda, con importarle dar una satisfacción inmediata al archivero y al clan antidreyfusista, quería, sin embargo, guardar miramientos al provenir; se contentó con bajar los párpados y entornar los ojos.
-Me parece que está dormida -dijo Bloch al archivero, que, sintiéndose sostenido por la marquesa, adoptó una expresión indignada-. ¡Adiós, señora! -gritó.
La marquesa hizo el ligero movimiento de labios de una moribunda que quisiera abrir la boca, pero cuya mirada ya no reconoce a nadie. Después se volvió, desbordante de una vida que vuelve a encontrarse, al marqués de Argencourt...

El duque de Guiche, amigo de Proust y modelo de Roberto Saint-Loup

Veíamos en Un amor de Swann cómo éste renunciaba a su clase social y se entregaba a una cocotte. Proust nos describía entonces con su pasmosa maestría la sensación de extrañeza y alienación de Swann al entrar en el mundo de Odette y el salón de los Verdurin. Una vez más, y por motivos que explicaré más abajo, no pude sentirme más identificado con las palabras del autor. Creo, además, que ésta es una sensación que, de una manera u otra, todos hemos experimentado. ¿Qué es tener relaciones con otra persona si no entrar en un mundo totalmente desconocido? Podemos haber probado ya sus labios, podemos haber ido aún más lejos y creer por ello que hemos alcanzado ese soñado estado de intimidad, pero ¿quién nos asegura que el lavabo de casa de sus padres estará limpio? Pese a estar felizmente casado, no puedo dejar de añorar esa sensación de aventura, de dejarse llevar y traer, de ser presentado a personas que nos abrazan y que tardaremos meses en saber quiénes son. También Swann disfrutaba de esa sensación que, como ya he señalado en un par de ocasiones, refleja una idea que se repite a lo largo de la obra: la atracción por una clase social sensiblemente inferior, idea que el presente volumen desarrolla todavía más en el mito de la santa-puta.

La víctima -no se me ocurre otro término- de este mito en el sentido griego y en el de fantasía o, simplemente, mentira, es en este caso Roberto Saint-Loup, amigo del narrador, entregado en cuerpo, alma y bolsillo a Raquel, una actriz con aspiraciones literarias.

No sé si se formulaba a sí mismo su convicción de que aquella mujer era de una esencia superior a todo, pero lo que sé es que (...) por ella era capaz de sufrir, de ser dichoso, acaso de matarse. (...) Si no se casaba con ella era porque un instinto práctico le hacía sentir que en el momento en que ella ya no tuviese nada que esperar de él le dejaría o, por lo menos, viviría a su antojo. (...) Claro está que la pasión genérica llamada amor debía obligarle -como hace con todos los hombres- a creer a ratos que su querida le amaba. Pero prácticamente sentía que ese amor que ella le tenía no era óbice para que si seguía con él fuese por su dinero, y que el día en que ya no tuviese que esperar nada más de él se apresuraría (víctima de las teorías de sus amigos literatos, y aun queriéndole, pensaba él) a dejarlo.

Lo de puta no viene por su afición a ser mantenida, sino porque cuando, tras una larga y apasionada descripción que hace Saint-Loup de sus celestiales virtudes, se la presenta a nuestro narrador, éste se encuentra a "Raquel-cuando-el-señor", una prostituta a la que conoció en un burdel.

Me hacía yo cargo de todo lo que una imaginación humana puede poner tras un pedacito de cara como era la de aquella mujer, con tal de que sea la imaginación la que primero la ha conocido, e inversamente en qué míseros elementos materiales y desprovistos de todo valor, inestimables, podía descomponerse lo que era el fin de tantos ensueños si, por el contrario, hubiera sido conocido eso mismo de una manera opuesta, con el conocimiento más trivial. Comprendía que lo que me había parecido que no valía veinte francos cuando me lo habían ofrecido por veinte francos en la casa de compromiso, donde no era para mí más que una mujer deseosa de ganarse esos veinte francos, puede valer más de un millón, más que la familia, más que todas las situaciones codiciadas, si se ha empezado por imaginar en ello un ser desconocido, curioso de conocer, difícil de apresar, de conservar. Sin duda era la misma cara fina y menuda la que veíamos Roberto y yo. Pero habíamos llegado a ella por los dos caminos opuestos que no se comunicarán nunca, y jamás veríamos la misma luz de esa cara.

O, en otras palabras:
...comparaba yo para mis adentros cuántas otras mujeres por las que viven, sufren y se matan los hombres, pueden ser en sí mismas o para otros lo que Raquel era para mí. La idea de que pudiera sentir nadie una curiosidad dolorosa respecto de su vida me dejaba estupefacto. Yo hubiera podido enterar a Roberto de no pocas dormidas de ella, que a mí me parecían la cosa más indifierente del mundo. A él, en cambio, ¡cómo le habrían apenado! ¡Y qué no habría dado por conocerlas, sin conseguirlo!

Y uno recuerda, con menos dolor que vergüenza, esos amargos reproches, que afortunadamente nunca salieron de mi cabeza, en que yo le decía a ella: ¡me niegas a mí, que te amo con locura, lo que sí le das a ése, que hoy te posee y mañana presume de ello en el bar!

Se eleva la nobleza

Evidentemente, el mito de la santa-puta, así como la atracción de la clase inferior, se inscriben dentro de la cuestión de pertenencia a un círculo social, cuestión que, como podéis juzgar por mi insistencia, constituye uno de los ejes centrales de este, no sé si idílico, pero sí apasionante mundo de los Guermantes.

Yo nunca me he codeado con marqueses, duques ni princesas. Y ya no recuerdo la última vez que me invitaron a un salón. No obstante, como muchos de vosotros, sé muy bien en qué consiste eso de los círculos sociales. La palabra círculo, de hecho, es engañosa, ya que sugiere la imagen de una sala donde se han formado diferentes corros en virtud de determinadas afinidades. En realidad, la gracia de estos presuntos círculos es que no están en un único salón, sino que se mueven en diferentes planos. Imaginad, pues, una especie de globos enormes volando, sea por el mundo de Guermantes, sea por vuestra ciudad. Uno puede ver que hay globos que vuelan más alto que el nuestro, mientras que otros apenas logran despegar y prácticamente se arrastran por el lodo. Vislumbramos de los primeros quizá alguna sombra, así como una que otra cabecita que se asoma y se digna a mirar con desdén hacia nuestro globo. De los segundos, los que se arrastran, podemos verlo todo, pero preferimos no mirar, no vaya a ser que se nos contagie su vulgaridad. Hay quien está muy feliz en su globo, hay quien implora que le lancen una cuerda por la que trepar hasta uno más alto, hay quien ha sido empujado fuera del suyo y ahora, como en las películas, se agarra desesperado al borde de la cesta, y hay, por último, quien, como yo, jamás se encontraría a gusto en ninguno de ellos. El círculo social más alto del que yo en mis tiempos tenía constancia era el de los pijos. Éstos llevaban ropa cara, iban a esquiar los fines de semana, y cuando se sacaban el carnet, sus papás les compraban un Golf. La mayoría de mis amigos, por el contrario, se ubicaban en lo que por aquel entonces se conocía como progres. Odiábamos la ropa de marca, que no nos podíamos permitir; algún fin de semana íbamos de camping, y heredábamos el Simca 1200 familiar. Por debajo de nosotros estaban los heavies, que vestían tejanos sucios, los fines de semana se emborrachaban con calimocho, y se colaban en el metro. (Mi gran problema, que explica por qué nunca me he sabido integrar en ningún grupito, era que me gustaba la música heavy y las niñas pijas). Podía ocurrir que una pija se liara con un greñas con camiseta de Iron Maiden, pero a la larga sabíamos que:
Dados los principios que sustentaban francamente no sólo Oriana, sino la señora de Villeparisis, a saber, que la nobleza no cuenta para nada, que es ridículo preocuparse del rango, que la riqueza no constituye la felicidad, que sólo la inteligencia, el corazón, el talento tienen importancia, los Courvoisier podían esperar que, en virtud de esta educación que había recibido de la marquesa, Oriana se casaría con cualquiera que no perteneciese al gran mundo, con un artista, un criminal reincidente, un vagabundo, un librepensador, y que entraría definitivamente en la categoría de lo que los Courvoisier llamaban "los descarriados". (...) Pero en el momento mismo en que se había tratado de encontrar un marido para Oriana, no eran ya los principios sustentados por la tía y la sobrina los que habían dirigido el sesgo de las cosas; había sido el misterioso "genio de la familia".

El Chateau de Guermantes, del que Proust sólo tomó el nombre

Sospecho que, dentro de En busca del tiempo perdido, este El mundo de Guermantes marca el momento en que algunos lectores abandonan esta fabulosa empresa lectora en la que se han embarcado. El lector apresurado, menos aún el devorador de libros, no tolera fácilmente que gran parte de estas casi 800 páginas se le vaya en fiestas y salones. En mi caso, la impaciencia me la ha causado en primer lugar el propio disfrute de la lectura, y en segundo lugar, ver el siguiente volumen, Sodoma y Gomorra, esperándome en la estantería, y yo diría que guiñándome el ojo y hasta levantándose la falda. El caso es que, una vez más, escribiendo esta entrada, me encuentro con tres fichas tan repletas de notas, signos de admiración, adjetivos como "sublime" y todos sus sinónimos, y decenas de wow, que, incapaz de reprimirme, he decidido  preparar otra entrada únicamente con algunas de las decenas de citas que quisiera incluir.

En todo caso, lector apresurado, tengo buenas noticias para ti: en El mundo de Guermantes, suceder, lo que se dice suceder, sí sucede algo. Muere alguien.

Iba a decir que se han escrito pocas páginas más bellas sobre la muerte que las que nos regala el narrador al respecto de su abuela. Pero es que los ecos de esa muerte en el siguiente volumen, en el que llevo ya días enfrascado, son, si cabe, más bellos, conmovedores y estremecedores. De momento, no obstante, os dejo con tres citas sacadas de este Guermantes.

En más de una ocasión, el narrador ha aludido a la soledad del ser humano y la imposibilidad de llegar a conocer a otra persona. Cuánto más cruel se nos antoja, por tanto, la frase que abre este fragmento:
 En las enfermedades es cuando nos damos cuenta de que no vivimos solos, sino encadenados a un ser de un reino diferente, del que nos separan abismos, que no nos conoce y del que es imposible que nos hagamos entender: nuestro cuerpo. Si nos encontramos a un bandido cualquiera en un camino, quizá lleguemos a hacerle sensible a su interés personal, ya que no a nuestra desdicha. Pero pedir clemencia a nuestro cuerpo es discurrir ante un pulpo, para el que nuestras palabras no pueden tener más sentido que el ruido del agua y con el que nos espantaría que nos condenasen a vivir.

Quizá los que habéis perdido a un ser querido tras una enfermedad, hayáis visto en dicha enfermedad a un ser malvado, que inflige dolor a su víctima de manera gratuita. Yo sí lo vi así cuando el cáncer se llevó a mi padre. Pero Proust es capaz de darle la vuelta al tópico más manido y escribir párrafos como éste:
Es raro que esas grandes enfermedades, como la que al fin acababa de herirla en pleno rostro, no elijan en mucho tiempo domicilio en el enfermo antes de matarlo, y que durante ese período no se den a conocer a él suficientemente aprisa, como un vecino o un inquilino afable y entrometido. Es un terrible conocimiento, no tanto por los sufrimientos de que es causa como por la extraña novedad de las restricciones definitivas que impone a la vida. Se ve uno morir, en ese caso, no en el instante mismo de la muerte, sino desde meses, a veces desde años antes, desde que la enfermedad ha venido espantosamente a habitar en nosotros. La enferma traba conocimiento con el extraño a quien oye ir y venir por su cerebro. No le conoce de vista, claro está, pero de los ruidos que le oye hacer regularmente deduce sus costumbres. ¿Es un malhechor? Una mañana ya no lo oye. Se ha ido. ¡Ah, si fuera para siempre! A la noche ha vuelto. ¿Qué propósitos son los suyos?

Y por último, algo tan sencillo como hermoso:
La vida, al retirarse, acababa de arrastrar consigo las desilusiones del vivir. Una sonrisa parecía posada en los labios de mi abuela. En aquel lecho fúnebre, la muerte, com el escultor de la Edad Media, la había tendido bajo la apariencia de una doncellita.

miércoles, 20 de mayo de 2015

A la sombra de las muchachas en flor


Lo triste es que la gente tenga que estar muy enferma o haberse roto una pierna para disfrutar de la ocasión de leer En busca del tiempo perdido
 Robert Proust

El título de la obra magna de Proust pesa mucho, y probablemente ha dado lugar a discusiones sobre la naturaleza de una búsqueda que el propio narrador, al hablar de la inutilidad de la memoria voluntaria como herramienta para recuperar el pasado, condena irremisiblemente al fracaso. También es probable que otros hayan indagado sobre el significado preciso de ese "perdido", tan ambiguo en francés como en español: ¿Perdido como las llaves, o malgastado como la juventud?

Quizá en otro momento servidor se haga las pertinentes reflexiones al respecto. Hoy, sin embargo, saco a colación el título, que, osado yo, me atrevo a sugerir que es algo engañoso, por lo menos en lo que llevo leído hasta ahora. En efecto, uno puede pensar -y no le faltan razones- que el título En busca del tiempo perdido es revelador de una obra cimentada sobre la memoria, el recuerdo y el pasado. Pero si ésos son los cimientos de esta catedral literaria, lo lógico sería pensar que no es hacia ellos adonde apuntan las agujas de sus torres. Así, se me ocurre que, si bien podría decirse, sin temor a exagerar, que ésta es una novela acerca de todo, no lo es tanto sobre el recuerdo como sobre la percepción.

Los Campos Elíseos. Por ahí andarán el narrador y Gilberta

Somos lo que percibimos, y eso determina el modo en que entendemos el arte, las personas, las palabras (este aspecto está mucho más desarrollado en el tercer volumen, donde el narrador habla de las contradicciones entre el nombre de Guermantes y el portador de dicho nombre) y, por supuesto, los rostros. Cuando era niño, cursé los ocho años de primaria en cuatro escuelas diferentes, y en cada una de ellas volví a encontrarme con los compañeros de la anterior. Así lo explica Proust:

Porque estéticamente hablando, el número de tipos humanos es harto limitado para que no goce uno, sea cualquiera el sitio a donde se vaya, del placer de encontrarse con gente conocida, sin tener siquiera necesidad de ir a buscarla, como hacía Swann con los cuadros antiguos. Y así, ya en los primeros días que pasamos en Balbec tuve ocasión de encontrarme con Legrandin, con el portero de los Swann y con la misma señora de Swann, convertidos, respectivamente, en un mozo de café, en un extranjero de paso, que no volví a ver, y en un bañero.

Al igual que en Por el camino de Swann, el tema de la percepción está estrechamente relacionado con la relatividad, y de nuevo nos encontramos al respecto con un párrafo tan maravilloso como aquél de las torres que parecían moverse mientras el narrador las observaba desde un carruaje en movimiento. En este caso, el narrador, que se pasa las horas muertas mirando la línea del mar en Balbec, donde contemplará una y otra vez a las muchachas en flor, se sirve de unas flores, una mariposa y un barco.

.. me daba perfecta cuenta, con satisfacción de botánico, de que era imposible encontrar juntas especies más raras que las de estas flores tempranas que interrumpían en este momento, delante de mí, la línea del mar formando leve valladar que parecía hecho con rosales de Pensilvania que sirven de exorno a un jardín puesto en la brava ribera marina; a través de esos rosales se ve toda la extensión de océano que recorre un steamer deslizándose lentamente por la raya hrizontal que va de tallo a tallo de rosal, y tan despacio marcha el barco, que esta mariposa que se quedó entre los pétalos de una flor que ya dejó atrás el navío puede esperar tranquilamente a que sólo la separe de la flor siguiente una parcela azul para echarse a volar en la seguridad de que llegará antes que el vapor.

 El puente de Argenteuil, de Claude Monet. ¿Es éste el estilo de Elstir?

No puedo resistirme a incluir otro sublime fragmento, que tiene lugar cuando el narrador viaja en tren hacia Balbec. En este párrafo veréis mucho más que una hermosa descripción de un atardecer, mucho más que el contraste entre el cielo oscuro de levante y el encarnado poniente. Proust, sencillamente, nos está describiendo una revolución en el mundo del arte. 
Cobró vida, el cielo se fue pintando de encarnado y yo pegué los ojos al cristal para verlo mejor, porque sabía que ese color tenía relación con la profunda vida de la Naturaleza; pero la vía cambió de dirección, el tren dio vuelta, y en el marco de la ventana vino a sustituir a aquel escenario matinal un poblado nocturno con los techos azulados de luna y con un lavadero lleno del ópalo nacarino de la noche, todo abrigado por un cielo tachonado de estrellas; y ya me desesperaba de haber perdido mi franja de cielo rosa, cuando volví a verla, roja ya, en la ventanilla de enfrente, de donde se escapó en un recodo de la vía; así que pasé el tiempo en correr de una a otra ventanilla para juntar y recomponer los fragmentos intermitentes y opuestos de mi hermosa aurora escarlata y versátil y llegar a poseerla en visión total y cuadro continuo.

En Balbec conoce el narrador al pintor Elstir, quien, al decir de los entendidos, representa probablemente a un pintor impresionista inspirado en Monet, Manet o Whistler, a quien, de hecho, se hacen muchas referecencias en este segundo libro. Servidor, sin embargo, a tenor de la descripción que hace el narrador de su estilo pictórico, intuye algo más cercano al cubismo. Mi teoría se ve reforzada por la referencia que hace el narrador a la fotografía, cuya aparición la historia del arte señala como una de las causas principales del movimiento cubista. Juzgad vosotros mismos.

Desde la época en que Elstir comenzó a pintar hemos visto muchas de esas llamadas "admirables" fotografías de paisajes y ciudades. Si se intenta precisar qué es lo que denominan admirable en este caso los aficionados, se echará de ver que tal epíteto se suela aplicar a una imagen rara de una cosa conocida, imagen distinta de las que vemos de ordinario, imagen singular y sin embargo real (...) Precisamente el esfuerzo de Elstir para no exponer las cosas tal y como sabía que eran, sino con arreglo a esas ilusiones ópticas que forman nuestra visión inicial, le había llevado cabalmente a poner de relieve alguna de esas leyes de perspectiva, que entonces chocaban más porque el arte era el que primero las revelaba.

 ¿O más bien éste? (Paisaje cubista, de André Derain)

Y a todo esto, ¿qué hay de las muchachas en flor?

Esta novela, que, como ya hemos dicho, trata de absolutamente todo, es, evidentemente, también la crónica de la educación sentimental de nuestro innombrado héroe. Así, mientras Por el camino de Swann nos mostraba a un narrador que paseaba como un gato en celo por calles y caminos, y cuya experiencia del amor, por consiguiente, le llegaba tan sólo al pobre de manera indirecta, a través de Swann y su relación con Odette, en A la sombra de las muchachas en flor, como era de esperar, nuestro héroe vive de primera mano ese extraño y cruel rito de paso del ser humano consistente en la sed de contacto con otro cuerpo, sed que, a falta de algo mejor, es capaz de saciarse con su propia obsesión. Y si no estáis de acuerdo es que no habéis sido adolescentes.

Mis primeros amores eran víctimas. Cuando me fijaba en una chica, el proceso que tenía lugar dentro de mí partía de un enamoramiento súbito y enfermizo, seguido de un largo período de persecución y acoso a distancia, para por último declararle mi amor eterno a la chica, que normalmente tenía el generoso detalle de preguntarme mi nombre antes de rechazarme. De acuerdo, exagero un poco... pero muy poquito. En todo caso, si hubiera leído esta novela hace treinta años, otro gallo hubiera cantado, pues habría aprendido del narrador, quien, pese a seguir una estrategia de acoso y derribo muy parecida a la mía, da ese paso más que los cobardes no damos, e intenta por todos los medios a su alcance que las muchachas en flor se fijen en él. Y el gran paso que da es, sencillamente, el de entrar en el círculo de la persona amada.

El tema de los círculos sociales es constante a lo largo de la obra, y en no pocas ocasiones -como veremos en otro momento- observamos en algunos personajes la poderosa atracción de lanzarse sin red a un círculo sensiblemente inferior al nuestro. No es éste el caso del narrador con Gilberta, la primera de esas floridas muchachas. Gilberta es hija de Swann y Odette, y su relación con el narrador, que empezó con un encuentro fugaz en el camino de Méseglise en el que ya se advertía el carácter borde de la niña, está revestida, en apariencia, de esa inocencia que caracteriza nuestros amores infantiles, donde las cosas parecen suceder porque sí y terminar de un modo también arbitrario cuando no inexplicable. Y digo que esa inocencia es aparente, porque entre unos retozos en el parque, nos encontramos con escenas como ésta:
Ella escondió la carta detrás del cuerpo, y yo le eché las dos manos por el cuello, alzando las trenzas, que aún llevaba colgando, bien porque estuviera todavía en edad de eso, bien porque su madre quisiera hacerla pasar por más niña, con objeto de rejuvencerse ella; nos agarramos. Yo hice por traerla hacia mí; ella se resistía y se le pusieron los carrillos encendidos por el esfuerzo, rojos y redondos cual cerezas; se reía como si le hiciese cosquillas; yo la tenía bien enlazada con mis piernas, lo mismo que un arbusto al que se quiere trepar; y en medio de aquella gimnasia que yo hacía, sin que se acelerara apenas la sofocación que me causaba el ejercicio muscular y el ardor del juego, se escapó mi placer como unas cuantas gotas sudor arrancadas por el esfuerzo, y sin que me quedase ni siquiera tiempo de saborearlo; en seguida cogí la carta. Entonces Gilberta me dijo bondadosamente:
-Bueno, si usted quiere, podemos pelear aún otro poco.

¿Cómo se os ha quedado el cuerpo?


  Alfred Agostinelli, a la derecha, junto a su padre y hermano. Agostinelli, secretario de Proust y uno de sus grandes amores, fue también uno de los modelos para el personaje de Albertina

Ya vimos en Por el camino de Swann que el narrador y yo fuimos el mismo niño, pero en A la sombra..., como dos especies animales que evolucionan a partir de una misma rama, nuestros caminos se empiezan a separar. Así, mientras el adolescente que yo fui se quedó muy atrás en cuanto a madurez sentimental, el narrador desarrolla bien pronto cierto desapego un tanto cínico que yo tardé décadas en adquirir. Y es que, por utilizar el lenguaje de los traductores, se echa de ver cómo nuestro héroe no se engaña al respecto del amor eterno y la presunta y absurda unión de dos almas.

De modo -por lo menos así discurría yo entonces- que siempre está uno separado de los demás seres; cuando se está enamorado tenemos conciencia de que nuestro amor no lleva el nombre del ser querido, de que podrá renacer en lo futuro, y acaso pudo haber nacido en el pasado, para otra mujer y no para aquélla.

Cruel revelación ésta, no sólo en lo que respecta al amor sino también al lector. ¡Esa identificación con el narrador no era, pues, eterna! Al contrario, cuando su amigo Bloch lo lleva a un burdel veo con horror cómo el narrador recibe el hervor que a mí me faltaba, y que le permite desarrollar ese distanciamiento cínico que tanto me habría ayudado y que, aun así, me veo incapaz de calificar como bendito (pues no acabo de decidir si de verdad lo hubiera deseado así para mí). Claro que poco puede uno esperar que el amor sea eterno, cuando ni siquiera lo es el yo.

Como nuestra vida es muy poco cronológica y entrevera tantos anacronismos en el sucederse de los días, yo a menudo vivía en horas más viejas que las del ayer o el anteayer, en horas de mi antiguo amor por Gilberta. Y entonces me daba pena no verla, cual me ocurría en aquellos tiempos pasados. El yo que la quiso, sustituido ahora casi enteramente por otro, volvía a surgir, y más bien al conjuro de una cosa nimia que de una importante.

La playa de Cabourg, modelo de Balbec, llena de muchachas en flor

Probablemente todos hemos experimentado alguna vez en la vida esa extraña y perturbadora sensación que resulta de mirar fijamente a alguien a quien conocemos bien -y diría yo que es condición imprescindible que la persona observada no nos mire a los ojos- y ver cómo ese rostro familiar cambia de repente. La nariz toma otro perfil, los ojos dejan de sernos familiares, y la boca adopta un gesto que nunca le habíamos visto. Es como si todos los rasgos se hubieran separado por un brevísimo instante para recomponerse de un modo que queremos pensar es imperfecto, hasta que se nos ocurre que quizá sea ése, más vulnerable y envejecido, el verdadero aspecto de un rostro que hasta entonces tan bien creíamos conocer. ¿No se os ocurre que es más que probable que haya quien sea capaz de utilizar ambos "modos de ver" a voluntad? De ser así, podríamos sospechar que radica ahí, más que en el dominio del pincel, el genio de un pintor. Eso sí, de lo que no me cabe duda es que Proust sí poseía esa capacidad, y que no la aplicaba tan sólo a los rostros sino, como ya hemos visto, a los paisajes, a los sonidos, a los sabores, a los sentimientos y, desde luego, a la percepción. El personaje de Albertina, que viene a sustituir a Gilberta en la contemplación amorosa del narrador, nos brinda este colosal párrafo, que, pese a su densa carga filosófica, es claro como el agua.

Prácticamente podía tenerse la certidumbre de que Albertina y aquella joven que iba a entrar en casa de su amiga eran la misma persona. Pero, a pesar de todo, mientras que las innumerables imágenes que más adelante me ofreció la morena jugadora de golf, por diferentes que fuesen unas de otras, se superponen (porque sé que todas son suyas), y cuando remonto el curso de mis recuerdos me es posible, tras esa cobertura de identidad, pasar y repasar, como por un camino de comunicación interior, por todas esas imágenes sin salir de la misma persona; en cambio, si quiero remontarme hasta la muchacha que vi yendo con mi abuela, necesito dejar ese camino y salir al aire libre. Estoy convencido de que es Albertina la que encuentro, la misma que se paraba a menudo, entre todas sus amigas, en aquel paseo en que sus figuras se alzaban sobre la línea del horizonte marino; pero todas esas imágenes siguen separadas de la otra, porque no puedo conferirle retrospectivamente una identidad que no tenía en el momento que me saltó a la vista; y a pesar de todo lo que pueda asegurarme el cálculo de probabilidades, lo cierto es que a esa joven de las mejillas llenas, que me miró atrevidamente al doblar la esquina de la calle y de la playa, y que yo me figuré que podría quererme, no la he vuelto a ver nunca, en el sentido estricto de la frase "volver a ver".

Hay quien gusta de resumir hasta el extremo el argumento de las grandes obras de la literatura. Pues bien, con Proust, que a uno se le antoja totalmente imposible de resumir, lo cierto es que, bien mirado, lo tienen muy fácil. Porque, se preguntará el amante de las novelas con acontecimientos, ¿qué sucede realmente en A la sombra...? Pues, aparte de, como ya hemos señalado, todo, en realidad, suceder, lo que se dice suceder, sucede muy poco. Tenéis resúmenes en la wiki.




En otro momento tendremos que decir algo de la larga sombra de nuestro autor sobre la historia de la literatura. De momento, y para concluir, me permito citar una frase genial de Swann que demuestra la influencia de Proust hasta en el mismísimo Forges.

 -Odette, el príncipe de Agrigento, que está conmigo en mi despacho, pregunta si puede venir a ponerse a tus pies. ¿Qué le digo?

miércoles, 6 de mayo de 2015

Will Eisner y las reglas del juego


Las reglas del juego son dos: dinero y apariencia. El dinero te ayuda a mantener las apariencias, y la apariencia es fundamental para ganar dinero. Y si ésas son las reglas, ¿cuál es el juego? Abraham Kayn lo dice muy claro en el prólogo:

Nunca hemos sido mejores que nuestros vecinos, así que aceptamos que la única forma de mejorar era mediante el matrimonio.

¿Y por qué no? Todas las historias que oíamos de pequeños nos transmitían este mensaje. Da igual que fuera la historia, la Biblia o los cuentos de hadas, siempre ocurría lo mismo. Un gran rey o noble ofrecía la mano de su bella hija a un joven (de las clases bajas) que había realizado una gran hazaña. Generación tras generación, aceptamos esto como verdadero. Sin duda, para la gente normal se trataba de un sueño, porque el resto de formas de ascender socialmente eran más difíciles.

(...) Para nosotros, el matrimonio era, por lo tanto, un juego.

Hay mucho que ganar, sin duda, en ese juego. Y mucho que perder. Pero si pierdes, no te puedes quejar: conocías las reglas.

 Pero en Las reglas del juego, además del peligroso e hipócrita juego del ascenso social mediante el matrimonio, Eisner nos habla de un tema frecuente en su obra, como es la inmigración judía a los EEUU, su integración y su historia a la par del crecimiento y desarrollo del país. En ese sentido, la novela que nos ocupa tiene bastante en común con la magistral Contrato con Dios, que reseñé aquí. Sin embargo, en aquélla, el espacio se limitaba a un bloque de edificios, mientras que Las reglas del juego no tiene un escenario tan concreto, y de hecho sucede a ratos bien lejos de Nueva York. La Gran Manzana, no obstante, sigue siendo la Meca de todo emprendedor, o mejor dicho, de todo aquél que desee ser alguien en este mundo. Y en Nueva York, como en algún que otro lugar, los jetas pueden llegar bastante más lejos que los emprendedores.

Eisner nos muestra los avatares de la vida de tres familias judías de diferente origen y fortuna, desde finales del s. XIX hasta los años 50 del siglo pasado. Los Arnheim descienden de los muchos judíos alemanes que emigraron a los EEUU a mediados del siglo XIX. Gracias a su dedicación y talento para los negocios, Moses Arnheim creó un pequeño imperio en la industria textil y llegó a acumular tanta riqueza que se codeaba con los príncipes del comercio y la banca judeoalemana, como los Straus, los Lehman, los Goldman, los Loeb o los Guggenheim. ¿Os suenan? Este imperio fue heredado por su hijo Isidore, Izzy, que supo estar a la altura de su padre, si bien fracasó en la educación de sus hijos, Conrad y Alex. Conrad, niño mimado, sinvergüenza y vividor, es el gran protagonista de la novela, mientras que el fracasado Alex ofrece el contrapunto, al estilo de Hombre rico, hombre pobre.



Por su parte, la familia Ober es de aquellos judíos alemanes que decidieron dejar la gran ciudad y buscar su fortuna en las pequeñas poblaciones del oeste. Así Abner Ober, hijo del trapero Chaim, pasó de regentar una tienda de confecciones a ofrecer préstamos a los granjeros, para llegar así a convertirse en un acaudalado y respetado banquero. Como otros judíos alemanes, Abner es muy consciente de ciertas cosas. En la entrevista que ofrece a un periodista local, éste le dice:

-Ah...se forjó una buena reputación por su honestidad... Esto... poco habitual en los judíos.
-¡Depende de qué judíos esté hablando, señor!
-Por favor, no pretendía ofenderle... Ya sabe a cuáles me refiero... A los que vienen de Rusia... y...
-¡Ah, ellos!

Esta conciencia de clase entre los propios judíos es otro de los temas que subyacen en la obra, y se trata de una actitud todavía hoy muy habitual en el propio Israel. Así, durante la década de los 30 y la guerra mundial, cuando la fundación de la familia Arnheim propone ayudar a los judíos perseguidos y masacrados en Europa, Conrad se permite bromear:

-Cualquier cosa menos que los haga miembros del clud de campo, ¿eh?

Los Kayn representan a esos judíos de origen humilde, léase, de la Europa del este, cuya única esperanza de ascender en la escala social es mediante un buen matrimonio. Estamos en los años 50, y Aron Kayn es un bohemio que vive para la poesía. Un día conoce a Rose, la rebelde hija de Eva Arnheim. Eva, la bellísima segunda esposa de Conrad, procede de una familia judeoalemana arruinada, los Krause, y tiene muy claro que su objetivo en la vida es formar parte de la alta sociedad.



Al igual que en Contrato con Dios, o quizá de modo más acentuado aquí, la historia que se nos narra nos remite a las grandes sagas familiares de Isaac Bashevis Singer. Uno conoce a un puñado de personajes aparentemente respetables, que viven entregados a su trabajo y a la familia, pero en seguida se da cuenta de que no hay que rascar mucho para ver las miserias que se ocultan tras esas sagradas apariencias. Y dichas miserias brindan a Eisner la oportunidad de regalarnos todo un dramón, con villanos sin escrúpulos, secuestros, alguna que otra violación, un par de muertes horriblemente trágicas, y la desoladora constatación de que todo, absolutamente todo, se puede comprar con dinero, aunque nada, absolutamente nada, está completamente a salvo de la crueldad del destino.



Will Eisner está considerado uno de los maestros de la novela gráfica, cuando no su máximo representante. Aparte de su talento puramente literario, que yo insisto en comparar con Singer o Bellow, su destreza y creatividad al componer cada página ha sentado cátedra y ha influido tanto en los artistas posteriores, que a veces el lector no percibe la maestría de la composición. Esta novela, sin embargo, ha recibido algunas críticas por el modo en que el autor a veces delega en el texto escrito lo que debería expresarse de manera gráfica. Puede que sea cierto, y que Eisner haya recurrido en exceso a largos párrafos para narrar lo que en otras obras expresaba mediante imágenes. Quizá ello se deba a la más que respetable edad que tenía al escribir esta obra (84 años) o, sencillamente, a que los trapos sucios de los Arnheim y los Ober le interesaban más que la historia de sus auges y caídas. En cualquier caso, se mire como se mire, Las reglas del juego es una novela estupenda.


Will Eisner (1917-2005)

miércoles, 22 de abril de 2015

Por el camino de Swann



Nadie llega virgen a las grandes obras de la literatura. Cualquiera que se acerque por primera vez al Quijote sabe, por muy joven que sea, de los molinos, Dulcinea y la llana sensatez de Sancho. El atrevido que se lance a por el Ulises es consciente de que no va a entender nada y, muy probablemente, no terminará la novela. Y todo aquél, como yo, que decide que por fin ha llegado el día de buscar el tiempo perdido, sabe que se trata de una gran saga con frases muy largas y protagonizada por una melancólica magdalena.

Y claro, así, después de la lectura viene el problema del "y ahora, ¿qué digo?". ¿Voy a tener la osadía de comentar una obra que, según los expertos consultados, es una de las mayores maravillas jamás escritas? Por suerte, el autor nos lo pone fácil, porque, contrariamente a lo que uno podría pensar, la lectura de Proust no necesita de 'preparación' alguna, y al igual que el joven matrimonio que quiere tener un niño se equivoca al esperar el momento propicio, pues éste nunca llegará, y el momento presente puede ser tan bueno como el futuro, si no mejor, dado que mañana ella puede encontrar un nuevo trabajo que requiera de todo su tiempo y energías, o él puede perder el suyo y entrar en una depresión que le induzca a pensar que traer una criatura a este mundo es el acto de mayor crueldad que el ser humano pueda perpetrar; así no hay un momento ideal para acometer esta obra, sino que, con cada minuto que posterguemos su lectura se va añadiendo un granito más al montoncito de arena de un precioso tiempo perdido y, éste sí, absolutamente irrecuperable. Apuntaos un punto si en esa frase tan absurda habéis detectado un lamentable remedo del estilo proustiano.

 Esto es todo lo que yo sabía de Proust hasta ahora

Al escribir sus grandes obras, algunos autores se dirigen al gran público. Otros se decantan por un público más selecto. No faltan los que van aún más lejos y escriben, sencillamente, para los críticos. Existen también aquéllos que, con algo más de vanidad, sólo piensan en la posteridad, mientras que, por el contrario, hay quien escribe con la intención de reafirmar, cuestionar, provocar o aniquilar el espíritu de la época. Proust, por su parte, y esto quizá os sorprenda, escribió Por el camino de Swann pensando únicamente y exclusivamente en el Niño Vampiro. Y a las pruebas me remito. Las siguientes líneas, por ejemplo, están basadas en un triste anticlímax de mi temprana madurez, el día que comprendí que llevaba años empeñado en convertirme en un idiota y que, para mi desgracia, lo había conseguido.

Y con esa cazurrería intermitente que le volvía en cuanto ya no se sentía desgraciado y que rebajaba el nivel de su moralidad, se dijo para sí: "¡Cada vez que pienso que he malgastado los mejores años de mi vida, que he deseado la muerte y he sentido el amor más grande de mi existencia, todo por una mujer que no me gustaba, que no era mi tipo!".

Pero antes, mucho antes de aquel desengaño por el amor malgastado, había sido la soledad y la angustia por el amor anhelado, en un episodio para el que Proust se inspiró en mis callejeos adolescentes de horas y horas acompañado de mi perra y buscando ni yo sabía qué.

Miraba tercamente el tronco de un árbol lejano, detrás del cual podría surgir la moza para venir adonde yo estaba: el horizonte escrutado seguía desierto; caía la noche, y sin esperanza ya, fijaba yo mi atención, como para aspirar las criaturas que pudiera ocultar, en ese suelo estéril, en esa tierra exhausta; y ahora pegaba no de gozo, sino de rabia, a los árboles del bosque de Roussainville, aquellos árboles que no servían de refugio a ningún ser vivo, como si fueran árboles pintados en un panorama, porque sin poder resignarme a volver a casa antes de abrazar a la mujer de mis deseos, no tenía más remedio que emprender el camino de vuelta a Combray, diciéndome a mí mismo que cada vez disminuían las probabilidades de que la casualidad me la pusiera al paso. ¿Y me habría atrevido acaso a hablarle si la hubiera encontrado? Creo que me hubiera tomado por un loco; yo no creía que existieran verdaderamente fuera de mí los deseos que formaba durante aquellos paseos y que no lograban realización, ni creía que los demás pudieran participar de ellos. Se me aparecían tan sólo como creaciones puramente subjetivas, impotentes e ilusorias de mi temperamento.

 Illiers, el Combray de Proust, en 1971 pasó a llamarse Illiers-Combray

El genio del artista consiste en convertir lo que en mi vida fueron momentos de un carácter vulgar y anodino no ya en poesía, sino en belleza. Pero afortunadamente, Proust no se limitó a tomar de mi vida sólo aquellos episodios susceptibles de adquirir una poética solemnidad. Me consuela saber que también le inspiré algunos momentos divertidos. Es sabido, por ejemplo, que para la descripción de esta señora (la tía del pianista en casa de los Verdurin), Proust tomó como modelo un alumno de mi clase de inglés:

Como era muy ignorante y tenía miedo de no hablar bien, pronunciaba a propósito de una manera confusa, creyendo que así, si soltaba alguna palabra mal pronunciada, iría difuminada en tal vaguedad, que no se distinguiría claramente; de modo que su conversación no pasaba de un indistinto gargajeo, de donde surgían de vez en cuando las pocas palabras en que tenía confianza.

 En algunos momentos, Marcel, que es como le gusta que lo llame, intentó que el modelo que le proporcioné no fuera del todo evidente. Fijaos en este fragmento a propósito de Swann y el monóculo:

La primera vez que se lo vio puesto, Odette no pudo contener su alegría: "Para un hombre, digan lo que quieran, no hay nada más chic. ¡Qué bien estás así, pareces un verdadero gentleman! No te falta más que un título".

Muy pocos saben que esta anécdota está vagamente inspirada en un compañero mío de universidad que se compró un estuche de violoncelo para darse un aire bohemio y pasearse con él por las terrazas de los bares. Y así, aunque quizá otro en mi lugar se hubiera indignado, o incluso habría acusado al bueno de Marcel de plagio, apenas os puedo dar cuenta del placer que ha supuesto para mí ver, página tras página, y me atrevería a decir que línea tras línea, sentimientos, experiencias, observaciones o ideas que a veces recordaba y otras veces descubría, pero que siempre habían estado ahí, en lo más recóndito de mi memoria. No de la inteligente, sino de la otra.

Proust tocando una serenata a Jeanne Pouquet, uno de los modelos para Gilberta Swann

La obra gira alrededor del concepto de memoria involuntaria, y es aquí donde entra en acción la célebre magdalena. Pero dejemos que lo explique el propio Marcel:

A decir verdad, yo hubiea podido contestar a quien me lo preguntara que en Combray había otras cosas, y que Combray existía a otras horas. Pero como lo que yo habría recordado de eso serían cosas venidas  por la memoria voluntaria, la memoria de la inteligencia, y los datos que ella da respecto al pasado no conservan de él nada, nunca tuve gana de pensar en todo lo demás de Combray. En realidad, aquello estaba muerto para mí.

(...) Considero muy razonable la creencia céltica de que las almas de los seres perdidos están sufriendo cautiverio en el cuerpo de un ser inferior, un animal, un vegetal o una cosa inanimada, perdidas para nosotros hasta el día, que para muchos nunca llega, en que suceda que pasamos al lado del árbol, o que entramos en posesión del objeto que las sirve de cárcel. Entonces se estremecen, nos llaman, y en cuanto las reconocemos se rompe el maleficio. Y liberadas por nosotros, vencen a la muerte y tornan a vivir en nuestra compañía.

Así ocurre con nuestro pasado. Es trabajo perdido el querer evocarlo, e inútiles todos los afanes de nuestra inteligencia. Ocúltase fuera de sus dominios y de su alcance, en un objeto material (en la sensación que ese objeto material nos daría) que no sospechamos.

Y todos, incluso los que jamás lo han leído, saben cuál es ese objeto y cuál esa sensación. Continuaría con mucho gusto la cita en ese punto (...y de pronto el recuerdo surge...), pero es que citaría con gusto cada frase de este libro.

Así, la magdalena despierta la memoria involuntaria, y ésta nos lleva a los días de Combray, a revivir la infancia del narrador y recuperar recuerdos del lector. La belleza de la escritura y el poder de evocación de esta novela que nos abruman a cada momento no tienen punto de comparación con nada de lo que yo haya leído antes. Pero una novela no alcanza las cimas del canon sólo a base de una linda y poderosa colección de recuerdos. Para ello hace falta más chicha. La maestría de Proust consiste precisamente en revestir historia, política, filosofía, arte, psicología y todas las grandes ideas de la época de un lenguaje rico, sutil y complejo que consigue entrarnos por todos los sentidos. Por el camino de Swann es, en definitiva, eso que debería ser la literatura: una obra eterna que es, ante todo, una novela de su tiempo.

Entre las ideas que riegan este Camino, es evidente, en primer lugar, la influencia de Freud, que ya había publicado La interpretación de los sueños y había desarrollado sus teorías sobre la asociación libre de ideas. También hay ecos, muy vagos y que no sé si más adelante se volverán más sonoros, del caso Dreyfuss, ecos que nos recuerdan la figura de Charles Ephrussi, crítico de arte de origen judío que se convirtió en una de las víctimas colaterales del antisemitismo desatado a raíz del célebre caso. Ephrussi fue uno de los modelos que inspiraron a Proust el personaje de Swann, y destacó además por ser un inveterado japonista, uno de aquellos numerosos enamorados del arte nipón que tanta influencia tuvo en Francia, como, por otra parte, puede observarse en la novela, donde son constantes las referencias a elementos decorativos japoneses.

Otra idea quizá menos obvia o quizá, simplemente, fruto de mi imaginación es la de la relatividad del tiempo y el espacio, idea einsteniena que es también una de los rasgos esenciales del modernismo en el que se inscribe la novela. Fijaos en este maravilloso fragmento, en el que el narrador, durante un viaje en carruaje, se entretiene contemplando el juego del escondite que los campanarios de Martinville parecen jugar con él. Pide entonces papel y lápiz y se pone a escribir:

"Solitarios, surgiendo de la línea horizontal de la llanura, como perdidos en campo raso, se elevaban hacia los cielos las dos torres de los campanarios de Martinville. Pronto se vieron tres: porque un campanario rezagado, el de Vieuxvicq, los alcanzó y con una atrevida vuelta se plantó frente a ellos. Los minutos pasaban; íbamos a prisa y, sin embargo, los tres campanarios estaban allá lejos, delante de nosotros, como tres pájaros al sol inmóviles, en la llanura. Luego, la torre de Vieuxvicq se apartó, fue alejándose, y los campanarios de Martinville se quedaron solos, iluminados por la luz del poniente, que, a pesar de la distancia, veía yo jugar y sonreír en el declive de su tejado. (...) De cuando en cuando uno de ellos se apartaba, para que los otros dos pudieran vernos un momento más; pero el camino cambió de dirección, y ellos, virando en la luz como tres pivotes de oro, se ocultaron a mi vista. Un poco más tarde, cuando estábamos cerca de Combray y ya puesto el sol, los vi por última vez desde muy lejos: ya no eran más que tres flores pintadas en el cielo, encima de la línea de los campos. Y me trajeron a la imaginación tres niñas de leyenda, perdidas en una soledad, cuando ya ba cayend la noche; mientras que nos alejábamos al galope, las vi buscarse tímidamente, apelotonarse, ocultarse una tras otra hasta no formar en el cielo rosado más que una sola mancha negra, resingada y deliciosa, y desaparecer en la soledad."

La relatividad del espacio, la voluntad del artista impuesta sobre la realidad de los hechos, un estudio sobre la percepción, el desarrollo de la vocación literaria, y sobre todo una descripción poética, evocadora y sensual. Cada párrafo de Proust, aparte de bellísimo, es a la vez de una densidad y ligereza pasmosas.


Los paperolles, anotaciones añadidas por el autor en lecturas posteriores del manuscrito. Consistían en tiras de papel que se podían sumar a otras y alcanzar hasta un metro de longitud


Uno de los incontables momentos sublimes de la obra, un momento en el que se entrelazan de manera soberbia algunas de las ideas de la novela y la evocación poética y sensual del lenguaje de Proust, tiene lugar en una fiesta en la que Swann vuelve a oír un fragmento de una sonata de Vinteuil. Estamos en la segunda parte de la novela, Unos amores de Swann, donde se nos narra la relación entre Swann y Odette, que tiene lugar antes de que naciera el narrador y, por lo tanto, años antes de los acontecimientos descritos en la primera parte. Vinteuil es un músico desconocido para Swann, pero no para el lector, que ha sido ya testigo de su triste final. Swann, al principio de esta segunda parte, reconoce un pasaje de una sonata suya, un fragmento que para él representa la cima de la belleza y la sensibilidad musical, y el pasaje en cuestión se convierte en símbolo de su amor por Odette. Ya sabéis, "están tocando nuestra canción". Cuando, pasado un tiempo y varios altibajos en la relación, en la fiesta mencionada Swann vuelve a oír el pasaje de Vinteuil, se produce en él el tipo de reacción que, de haber sabido escribir, nos habría descrito uno de los perros de Pavlov.

Y antes de que Swann tuviera tiempo de comprender y de decirse que era la frase de la sonata de Vinteuil y que no había que escuchar, todos los recuerdos del tiempo en que Odette estaba enamorada de él, que hasta aquel día lograra mantener invisibles en lo más hondo de su ser, engañados por aquel brusco rayo del tiempo del amor y creyéndose que había tornado, se despertaron, se remontaron de un vuelo, cantándole locamente, sin compasión para su infortunio de entonces, las olvidadas letrillas de la felicidad...

La música ha dejado de ser bella por sí; su belleza se la proporciona ahora el recuerdo de Odette. Los efectos de la música sobre el alma de Swann ocupan entonces cuatro páginas más, a las que no les sobra ni una palabra. Pero entonces el significado de la melodía -y su efecto sobre el recuerdo- parece volver a desdoblarse:

Por primera vez el pensamiento de Swan saltó en un arranque de piedad y cariño hacia aquel Vinteuil, aquel hermano sublime, que tanto debió de sufrir. ¿Cómo sería su vida? ¿De qué dolores debió sacar aquella fuerza de Dios, aquella ilimitada potencia de crear? 

Ya he dicho que el lector ha sido testigo, cientos de páginas antes, del sufrimiento de Vinteuil. En estas páginas, pues, merced a una sonata de violín, narrador, personaje y lector se funden en la experiencia del tiempo recobrado, el tiempo presente y el tiempo anticipado. En otras palabras, de la mano de Proust y Swann, el lector consigue recordar el futuro. O algo así. No soy Proust y no sé expresarlo, pero en un libro que deslumbra y embelesa a cada página este fragmento me ha deslumbrado y embelesado como pocas veces lo ha conseguido un libro.

En definitiva, mientras otros autores sólo pueden, en sus mejores momentos, llegar a escribir obras maestras, Proust escribió En busca del tiempo perdido. Enfrascado estoy ya en A la sombra de las muchachas en flor, que, como observaréis por el título, también está inspirado en mi escasamente memorable adolescencia. Sólo Proust podrá convertir en oro literario tantos momentos olvidables.

Punto final.

Junto a su madre, Jeanne Weil, y su hermano Robert
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Mención aparte merece la edición de Alianza. El volumen que he leído es una de esas joyas de la editorial, de la serie Biblioteca 30 aniversario, con la tapa dura, cinta de lectura y biografía al final con impresionante álbum de fotos. La traducción de éste y, creo, los dos siguientes volúmenes, corrió a cargo de Pedro Salinas, y el resto, de Consuelo Berges. Desconozco cuántas traducciones se han hecho al español de esta obra, aunque dada la magnitud de la obra, dudo que hayan sido más de un puñado. Gran poeta, Salinas brilla en su traducción, aunque hay que decir que no estoy del todo convencido de que esta versión deba ser absolutamente intocable, como sí parecieron pensar los de Alianza.

Es cierto que, con ciertas obras, una traducción "de la época" puede ser preferible a una más contemporánea. Así, en una novela como ésta, sobre el tiempo y el recuerdo, quizá ese tono ligeramente anticuado acentúe un tanto su carácter poético y melancólico. Podemos, por tanto, aceptar palabras como pistache en lugar de nuestro hoy familiar pistacho, accionan en vez de actúan, como diríamos hoy ("nuestras pasiones no accionan sobre nosotros más que en segundo lugar"); o incluso podemos pensar que la traducción al español de los nombres propios -Francisca, Leoncia, Gilberta- da cierto sabor añejo al texto. Más discutible es, probablemente, hablar de un duro ("mamá me ponía en la mano un duro"), pero lo que me ha provocado franca irritación son los constantes laísmos, leísmos y loísmos, a cual de ellos más chirriante: "Empezaba a serla difícil", "los sugería que", "habíale yo olvidado". Y yo que, tonto de mí, pensaba que leísmo y loísmo eran mutuamente excluyentes: si alguien dice "ya le he comprado", ¿por qué va a decir "lo regalé un libro"? Pues evidentemente me equivocaba. En definitiva, Salinas era un gran poeta y traductor, pero tenía un serio problema con los pronombres.Y así, mi pregunta es, ¿piensan los de Alianza que dicha masacre pronominal reviste la obra de un aroma entrañable y castizo, o sencillamente, ni se han dado cuenta?

Afortunadamente, Proust es tan grande que vence al tiempo, conquista la eternidad y derrota al laísmo.


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