viernes, 28 de noviembre de 2014

El hombre que amaba a los perros



La historia siempre golpea con más fuerza que el presente. Por eso la emoción que debió de sentir Sylvia Ageloff al conocer a Trotski no pudo ser tan grande como la que sentiría cualquiera que, cuarenta años más tarde, conociera a un testigo de primera mano del asesinato de León Davídovich. El presente carece de ímpetu, mientras que el pasado ha tomado una larga carrerilla antes de echársenos encima.

Se me ocurren estas cosas tan profundas tras leer esta apasionante novela de Leonardo Padura (La Habana, 1955). Una novela que, antes de que se me pase el entusiasmo -cosa que dudo- me atreveré a calificar desde este momento como magistral.

 El hombre que amaba a los perros nos cuenta tres historias, narradas en capítulos alternos, que convergen en una playa de Cuba en el año 1977. Las historias son las del exilio de Trotski, la de su asesino, Ramón Mercader, y la del narrador, Iván, un desengañado aspirante a escritor que, tras un debut prometedor, comete al imperdonable error de escribir una obra que no se ajusta a los principios de la revolución.

(Atención: esto no es un spoiler) Clímax de la novela

Uno de los numerosos retos que debió afrontar Padura al escribir esta obra debió de ser calibrar el interés que podría tener la vida del narrador al lado de figuras tan fascinantes como Trotski y Mercader, un interés que, a priori, se nos antoja inferior. Suele ocurrir con los libros narrados a dos o más voces que uno de los narradores flaquee, y que el lector desee acabar el capítulo para volver a escuchar su voz preferida. No así con esta novela, donde el autor consigue hacer del triste y desencantado narrador no sólo un personaje más que interesante, sino además integrarlo perfectamente en la idea central de la novela: el Desengaño, en el sentido más puro de la palabra.

A diferencia del tardío y amargo desengaño de Trotski y Mercader, el de Iván se nos presenta bien pronto, cuando, tras aquel desliz (que por no ser explícitamente revolucionario se convirtió en imperdonablemente antirevolucionario), es castigado con un destierro a lo cubano, es decir, a perder el tiempo en un trabajo absurdo y en la otra punta del país. El destino que le aguardaba allí era el mismo que a tantos subyugados del régimen:

-Prepárate, socio: aquí te vas a hacer un cínico o te van a hacer mierda... Bienvenido a la realidad real.

 Harte fue guardaespaldas de Trotski. Tras su muerte, éste hizo colocar esta placa, sin saber que Harte era un agente soviético que estaba ayudando a preparar su asesinato

El desengaño de Iván, acentuado por una desgracia personal, se nos presenta como un reflejo de aquel desengaño gigantesco que sacudió a varias generaciones de izquierdas aquel infausto o memorable 9 de noviembre del 89, y de todo lo que ocurrió tras la posterior caída de la Unión Soviética. La tragedia del hundimiento del mito, al que siguieron espectaculares cambios de chaqueta, suicidios y ventas de orejeras, no radicó tanto en la derrota como en la constatación de que, tras aquel muro, no había paraíso. No había siquiera un mundo alternativo. Nunca lo había habido. El muro no había hecho más que ocultar una sarta de mentiras. Y a Iván y tantos otros cubanos, no les quedó nada a lo que aferrarse.

La gloriosa Unión Soviética había lanzado ya sus estertores y sobre nosotros empezaban a caer los rayos de la crisis que devastaría el país en los años noventa.

Hasta esta novela, publicada en 2009, Padura era conocido sobre todo por sus novelas policiacas, de las que ignoro el grado de éxito que tuvieron en nuestro país. (De haberlo tenido, sería un mérito impresionante, dado el handicap que supone tener como protagonista a un detective llamado Mario Conde). En cualquier caso, el buen hacer de Padura como autor de novelas policiacas es palpable en El hombre... ¿Cómo, si no, explicar que el lector devore absorto página tras página a medida que se aproxima un desenlace inevitable, sí, dramático, sí, pero, sobre todo, universalmente conocido? Porque esas páginas, sencillamente magistrales, que preceden al momento del crimen consiguen una tensión que uno no experimentaba desde hacía mucho tiempo. Pensándolo mejor, quizá lo de 'universalmente conocido' sea una exageración, como se nos indica en la propia novela, donde el narrador confiesa al misterioso individuo que se pasea por la playa que jamás ha oído el nombre de Ramón Mercader, y que de Trotski apenas tiene un vago recuerdo de lo que la ortodoxia estalinista había establecido como dogma.

Caridad del Río, la ternura hecha carne

Al tiempo que Padura nos lleva de las trincheras de la Sierra de Guadarrama, en nuestra guerra civil, a una cabaña en un bosque ruso donde preparan a futuros agentes secretos, pasando por el periplo de Trotski en su exilio, vamos conociendo a algunos personajes tan odiosos como fascinantes. Entre ellos, y en primer lugar, claro está, tenemos a la despiadada Caridad del Río, madre de Ramón y fanática estalinista, para quien la Causa justificaba cualquier sacrificio humano. La vida de esta mujer merecería una novela por sí sola, aunque lo cierto es que eso podría decirse de prácticamente todos y cada uno de los personajes que pueblan estas páginas. En todo caso, en descargo de Caridad (ironías del santoral), hay que decir, pese a que procedía de una familia más que acomodada, la vida no la trató demasiado bien. Su matrimonio con el próspero empresario Pablo Mercader constituyó una experiencia traumática que le inculcó un odio a su propia clase social que le duraría de por vida, y que la lanzó a los bajos fondos barceloneses, la convirtió en adicta a la morfina y al revolucionismo, y la llevó durante una temporada al manicomio.


Otro de estos  personajes que se nos hace odioso es el siniestro Kotov, es decir Grigoriev, mejor dicho Tom, el hombre de los mil nombres, cuya verdadera identidad era Nahum Eitington. Políglota, de carácter frío y eficiencia chequista, este agente de la NKVD fue el encargado de organizar el asesinato de Trotski. Su misión con Mercader, a quien conoció a través de Caridad, fue la de formar un agente secreto infalible, implacable, y dispuesto a sacrificar cualquier placer con tal de formar parte del glorioso engranaje del sovietismo. Padura crea un personaje apasionante, como lo son todos en esta obra, y cuando uno piensa que, pese a su carácter escurridizo y a sus pasaportes mutantes, ha llegado a conocerlo, llega el deshielo de Khruschov, nos reunimos en un largo epílogo con Mercader, Tom y sus parientas, en el gélido Moscú del 68, y nos volvemos a maravillar con la literatura hecha vida.
Trotski, con Rivera y Ageloff

Y qué decir de Diego Rivera. Nunca he sentido simpatía por el personaje, pero ante un gran artista las simpatías personales y los posibles pecadillos que pudiera cometer son bastante irrelevantes. No obstante, quizá porque recordaba con disgusto el retrato algo babeante que hizo de él Carlos Fuentes en Los años con Laura Díaz, he leído con gran placer y mala leche el nada halagador personaje que ha recreado Padura. Cuando Trotski no tenía adónde ir, pues no había país dispuesto a acoger a esa bomba de relojería, Rivera intercedió por él ante el gobierno de Lázaro Cárdenas y lo acogió generosamente en su casa. Con el tiempo, sin embargo, surgieron las tiranteces, algo que posiblemente se debió más al tamaño de los egos que al romance que tuvo León Davídovich con la señora Kahlo. En cualquier caso, la ruptura fue completa e irreversible, y los Trotski, naturalmente, acabaron por abandonar la Casa Azul del matrimonio pintor. En la nueva casa de Coyoacán, Trotski sufrió en mayo de 1940 un primer intento de asesinato, que resultó misteriosamente chapucero, y en el que se rumoreó que había participado, pistola en mano, Rivera, algo que nunca se ha confirmado.

El asesinato de Trotski es una maravillosa historia de agentes secretos que supera, por su veracidad, a cualquier obra del género, y en ella no podía faltar la mujer ingenua y romántica, utilizada, engañada, despreciada, y cuyo desengaño es posiblemente el más cruel de los muchos que hay en esta historia. Sylvia Ageloff era una trotskista de la cabeza a los pies, y también era una chica poco agraciada por la naturaleza. En París, Tom se las ingenia para presentarle a Mercader, que se hace pasar ante ella como Jacques Mornard, hijo de diplomático belga que vive de oscuros negocios. Mercader-Mornard la seduce y Sylvia se le entrega en cuerpo y alma. Entonces, y de manera agentesecretamente astuta, Mornard consigue que a través de ella Trotski le abra las puertas de su búnker mexicano. Fijaos en esta impresionante foto, donde Ageloff ino se atreve ni a mirar al hombre que la ha utilizado para asesinar al hombre que ella más admiraba en el mundo.


Sin obviar la demonización de que fue víctima Trotski por parte de Stalin, y que Padura tan bien nos explica, a nadie se le oculta que, como personaje clave en la revolución rusa (para envidia del padrecito de los peblos) León Davídovich no fue precisamente un angelito. Pero la victimización a manos de un monstruo como Iósif Vissariónovich es capaz de imbuir de dignidad a todo aquél que, en su ingenuidad, cobardía o debilidad, contribuyó a la entronización del zar rojo, llámese aquél Bujarin, Zinóviev, Kámenev o Trotski. Y hay que decir aquí que, aparte de ser una extrarodinaria novela, El hombre que amaba a los perros es una auténtica fiesta para el lector rusófilo y el interesado en la historia de las revoluciones.

Tal vez el primer error del bolchevismo, debió de pensar Liev Davídovich, fue la radical eliminación de las tendencias políticas que se le oponían: cuando esa política pasó del exterior de la sociedad al interior del Partido, el fin de la utopía había comenzado.

Aparte de su vívido retrato del triste y helado Moscú del Deshielo khrushoviano, o de esas escenas en el campo de entrenamiento para agentes secretos, Padura nos explica el porqué de la estigmatización de Trotski, nos presenta los infames juicios de la Gran Purga y el eco que tuvieron en occidente; relata el modo en que Stalin fue progresivamente estrangulando cualquier minúsculo atisbo de crítica; describe la complacencia de personajes como Malraux, Romain Rolland y Dolores Ibárruri con el estalisnismo, así como la abyección moral en la que se hundió Gorki; y por sus páginas pasan viejos conocidos de este blog como Victor Serge, personajes tan interesantes como Yakov Blumkin, o héroes trágicos como Andreu Nin.

 
 La residencia de Trotski en Büyük Ada, en Turquía

URSS aparte, la recreación de los años del destierro de Trotski, primero en Alma Atá, luego en Turquía, Noruega y finalmente México, no podrían ser más vívidos. Así, este lector se ha deleitado, por ejemplo, con la descripción de la vida de la familia Trotski en la casita junto al lago en Turquía, probablemente los años dorados de su triste exilio. En cuanto a los años mexicanos y la casa de Coyoacán, me sorprendí sobremanera al ver en internet las fotos de aquella casa hoy convertida en museo. En mi visita a México hace ya casi veinte años ni se me pasó por la cabeza ir a ver dicho museo y sin embargo, al ver ese patio, ese dormitorio, esas conejeras, habría jurado que había estado allí. Pero no. Sencillamente, conocía aquella casa como la palma de mi mano gracias al libro de Padura.

Y se acaba el tiempo, y uno se da cuenta de que todavía apenas ha hablado de Mercader. ¡Ups! Bien.

 Que no, que yo no soy Mercader

Es difícil saber hasta qué punto este catalán de familia acomodada caída en la ruina llegó a influir en el curso del siglo XX, pues nadie duda que, de no haber sido él, otro se habría cargado a Trotski. Para implacable, Stalin. Ello no obstante, y pese a la abundante documentación y las numerosas biografías y documentales que se pueden encontrar, Mercader sigue envuelto en un halo de misterio. Por eso, en una novela como ésta, donde el autor se ha documentado lo inimaginable, el resquicio a la imaginación se lo ha brindado este personaje.

Padura nos presenta un joven Mercader noble e idealista, como no podía ser de otra manera. La vida de un revolucionario condenado a matar suele tener unos comienzos de lo más dignos. Al asistir a su progresiva radicalización, es difícil no achacar ésta, en parte, a la figura de la madre, siniestra no sólo por su frialdad, sino también por esos besos ensalivados con los que acostumbra saludar a su hijo. El Mercader joven es una presa relativamente fácil de Kotov, de su madre, del espíritu del tiempo, y de África de las Heras, otro personaje demasiado increíble para ser ficticio.
 África de las Heras

Una de las tareas de todo agente secreto, sea cual sea su ideología, es la obediencia ciega. Sin embargo, en algunos casos la ceguera ocupa el lugar sustantivo, y deja a la obediencia como mero adjetivo. Pero, ¡ay!, cuando uno se tapa los ojos, sucede que a veces separa los dedos y vislumbra aquello que no quiere ver. Esa tentación de separar los dedos no dejó, sugiere Padura, de incordiar a Mercader. Así, en la farsa de los juicios de la Gran Purga, ante la confesión de Yagoda:

Jacques Mornard no pudo evitar sentirse confundido. (...) "Yagoda no confesó por voluntad propia [dijo Mercader]. Todo sonaba a teatro".

Peligrosa falta de ceguera que Tom se encargará de corregir. Y a fe que lo consigue. Cuando, tras haber cometido el asesinato de Trotski, las autoridades mexicanas enfrenten a Mornard con pruebas irrefutables de su verdadera identidad, el falso belga, como un niño al que le pillan con la boca llena de chocolate y se niega a reconocer que haya abierto la caja de bombones, seguirá insistiendo en que él no es quien todos saben que es, y así erre que erre durante sus veinte años de presidio (en los que recibió, entre otras, la visita de Sara Montiel). Los totalitarismos necesitan de la ceguera obstinada, voluntaria y colectiva para triunfar. Por eso, cuando nos quitamos la venda, el desengaño que recibimos nos golpea con la fuerza de varias generaciones.

Padura hace hincapié en el hecho de que su novela es una obra de ficción, si bien está tan documentada y está escrita de un modo tan magistral que el lector llega a creer que incluso la historia de Iván, que sin duda tiene mucho del autor, también es real. Iván, como hemos dicho, es el narrador, un hombre que, sacudido por la tragedia, recuerda, alrededor del cambio de siglo, cómo un día, allá por 1977, conoció, en una playa cubana, a un peculiar señor con un acento español un tanto extraño, que paseaba a dos preciosos borzois o galgos rusos, y que iba seguido a cierta distancia por otro hombre al que se refería como su chófer. Entabla con él algo parecido a la amistad y siguen viéndose con relativa regularidad hasta que, un buen día, el hombre de los borzois desaparece sin dejar rastro. El lector no tarda en intuir que ese misterioso hombre es Mercader, fallecido en Cuba en 1978. Y aquí, la magia de la literatura y el talento de Padura nos llevan a decirnos ¿por qué no pudo suceder así?

Tú eres el Soldado 13 y no tienes piedad, no tienes miedo, no tienes alma. Tú eres un comunista de pies a cabeza, Ramón Mercder.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

El siglo de las luces


Ciertas grandes obras de la literatura son tan grandes que no hace falta leerlas para conocer perfectamente su argumento. Sabido es, por ejemplo, que la obra magna de Proust trata de un niño al que le gustaban mucho las magdalenas. Nuestros políticos y periodistas, pese a no tener la literatura en tanta estima como el fútbol, saben muy bien que Eichman en Jerusalén no es más que un largo proemio para la frase "la banalidad del mal". La broma infinita trata de tenis y de notas al final del libro, mientras que el Decamerón es un estudio del monje desdentado.

La cultura de oídas y frases cogidas al vuelo nos lleva a formarnos imágenes tan erradas que llega a dar vergüenza admitirlas. Pero como yo hace tiempo que superé el miedo al ridículo, no tengo mayor problema en hacerlo: El siglo de las luces trata de un científico loco y romántico que, incomprendido en su Francia natal, emprende un viaje al Caribe, donde por fin gozará de libertad para poner en funcionamiento su gran invención...

... embarazoso, ¿no?

La Máquina

Recuerdo que de este clásico de Carpentier, publicado por primera vez en 1962, se habló mucho 30 años más tarde, a raíz de la película del mismo título realizada en Cuba y que cosechó varios premios internacionales. No sé por qué en aquel momento no me molesté ni en leer una ni en ver la otra, pero supongo que estaba demasiado ocupado buscando algo que hacer con mis días post-estudiantiles mientras, al mismo tiempo, me esforzaba por mantener vivo un amor a distancia. Entre eso y algún texto de contraportada leído por ahí, me había convencido de que sabía muy bien de qué trataba esta novela, algo que confirmaba cada vez que abría el libro, que llevaba más de diez años en casa. La novela empieza de esta guisa:

Esta noche he visto alzarse la Máquina nuevamente. Era, en la proa, como una puerta abierta sobre el vasto cielo que ya nos traía olores de tierra por sobre un Océano tan sosegado, tan dueño de su ritmo, que la nave, levemente llevada, parecía adormecerse en su rumbo, suspendida entre un ayer y un mañana que se trasladaran con nosotros.

Me parece un comienzo maravilloso, y por ello no dejo de preguntarme por qué tardé tanto en leerla, cuando además, en primer lugar, este libro llevaba en casa tanto tiempo y, en segundo lugar, todo lo que he leído de Carpentier siempre me ha apasionado. Supongo que soy un lector bastante errático, por no decir infiel, o incluso promiscuo. Cuando un libro me gusta mucho, evito durante un tiempo volver a leer algo del mismo autor, quizá para no estropear el buen sabor de boca, quizá para que no se mezclen en mi memoria dos historias presumiblemente parecidas. Esto puede parecer una chorrada, pero estoy convencido de que leer El siglo de las luces inmediatamente después de Los pasos perdidos puede producir una sobredosis de barroquismo caribeño.

Carpentier escribió esta novela en Venezuela, donde pasó catorce años en los que publicó nada menos que El reino de este mundo, Los pasos perdidos y la que nos ocupa. Y entre vudú, remonte de ríos y guillotinas en funcionamiento 24/7, uno es el tema que parece sobrevolar la obra carpenteriana, y éste es la nostalgia -o quizás sería más preciso decir el sueño- de la América in illo tempore. Tanto es así que uno se pregunta si la gran cuestión de fondo no será "¿cuándo se jodió América?". Pero descendamos un par de peldaños desde tales hipótesis y generalizaciones.

Primeras escenas de la película

El siglo de las luces nos sitúa en La Habana alrededor del año 1790. Un próspero comerciante acaba de fallecer, y su hijo Carlos se ve obligado a tomar las riendas de la empresa. En la casona habanera viven también Sofía, hermana de Carlos, y Esteban, un primo huérfano y asmático. Aprovechando que será el albacea de la familia quien se encargue del negocio, los tres jóvenes se entregan a una suerte de orgía intelectual en la que comparten lecturas hasta la madrugada, descubren el mundo desde la biblioteca, representan con desbordado entusiasmo obras teatrales, y exploran cada rincón de la casa, del que vuelven con mapas, relojes, brújulas y todo tipo de artefactos. Esta edénica infancia prolongada se ve sacudida por la llegada de Víctor Hugues, un comerciante marsellés de gran cultura y ansias de conocimiento. La irrupción de Hugues no supone una expulsión del paraíso, pero sí la imposición de orden y luz en las desenfrenadas noches de la casa.

Por resumir un argumento que, de hecho, es bastante sencillo, digamos que poco después llegan al Caribe los aires de la revolución francesa. Se producen revueltas de esclavos en Saint-Domingue, y tanto Víctor Hugues como su amigo y curandero mulato Ogé, por su condición de masones y partidarios de la revolución, se ven en el punto de mira de las autoridades. Entre el caos de las rebeliones y la huida de Víctor, los tres jóvenes acaban separándose, y prácticamente sin saber cómo, Esteban se ve embarcado, junto a Hugues, rumbo a Francia.

Una vez allí, ambos se entregan a la causa de la revolución, pero, mientras Esteban se dedica a la traducción de pasquines y a tareas meramente burocráticas, Víctor Hugues se convierte en un fanático decidido a aniquilar a cualquier posible enemigo de la revolución. Cumplida su misión, Hugues es enviado de vuelta al Caribe, investido de poder y con una insaciable sed de seguir la faena en la isla de Guadalupe. Y ése es el momento que se nos anunciaba en el primer párrafo de la novela, cuando, instalada sobre la proa del barco, llegan al Caribe las luces, la Enciclopedia, la Ilustración; en una palabra, la guillotina. Pero lo que eleva a niveles casi proféticos ese proemio es precisamente la omisión del término "guillotina" y la ausencia total de referentes temporales, que convierten la Máquina en la cruz, la horca, la hoguera o el pelotón de fusilamiento.

Abolición de la esclavitud

El personaje de Victor Hugues sería una creación inmortal de la literatura en lengua castellana si no fuera por el hecho de que nuestro déspota idealista existió. Desconozco hasta qué punto se trataba de un personaje conocido en Francia, pero es innegable que para los lectores hispanohablantes Carpentier hizo todo un trabajo de arqueología documental, y aunque la wikipedia francesa nos brinda bastantes datos al respecto de este señor, sólo Carpentier fue capaz de dotarlo de vida. Personaje arrollador, contradictorio y, para qué negarlo, bastante odioso, a Hugues se le encomendó la abolición de la esclavitud, que asumió con tanto entusiasmo como saña empleó después en la persecución de los supuestos liberados.

Es claro, pues, el tema de la revolución traicionada, y el paralelismo entre la revolución rusa y la francesa, con sus respectivos períodos de Terror, son más que evidentes. No deja, sin embargo, de producir cierta sorpresa que alguien tan entregado a la causa de la revolución cubana como Carpentier saliera airoso de una crítica tan feroz contra los excesos de la revolución, y de un retrato tan certero del revolucionario metamorfoseado en déspota. El caso es que en Cuba nadie se dio por aludido, y si bien podría aducirse que la novela se publicó al principio mismo de la era castrista, lo cierto es que Carpentier fue hasta el final de sus días el escritor estandarte del régimen.

Pero aparte de su vertiente de novela histórica, El siglo de las luces destaca por su cuestionamiento de la idea de que la Luz, es decir, la cultura y el racionalismo, representan nuestra mejor arma contra la barbarie humana. El símbolo de la luz, presente desde el irónico título, es constante a lo largo de la obra. La llegada de Hugues a la casa de los huérfanos, por ejemplo, saca a éstos del mundo de desorden, sombras y polvoriento saber en el que se revolcaban, y los hace abrir las ventanas y saludar al día, sin tener en cuenta lo bien que se vive a veces entre sombras y polvo. En contraste, al desarmar la guillotina, nos dice el narrador:

Había terminado la Máquina en esta isla su tremebundo quehacer. El reluciente y acerado cartabón, colgado por el Investido de Poderes en lo alto de sus montantes, regresaba a su caja. Se llevaban la Puerta Estrecha por la que tantos habían pasado de la luz a la noche sin regreso.

El papel de la luz es asimismo relevante en el cuadro Explosión en una catedral, que juega un papel central en la obra y que no sería exagerado considerar el personaje principal de la obra. Hay quien considera que su simbolismo llega al punto de que se puede identificar derecha e izquierda con Europa y América. Si eso es así, el mensaje del cuadro es muy revelador.


Y es que el tema del retorno al edén, tan evidente en Los pasos perdidos, está también presente en esta novela. Ese edén puede ser el feliz y tenebroso caos de los huérfanos, invadido e iluminado por Hugues, o puede ser, de manera más general en la obra carpentieriana, la América precolombina, cuyo esencia se perdió y algunos buscan en la frondosidad del trópico o, paradójicamente, en la magia del folklore de raíz africana. Aunque quizás la paradoja no esté en el elemento africano sino en la palabra "esencia", como sugiere este interesante fragmento de una entrevista:


Puede decirse que el estilo de la obra, como todo Carpentier, requiere un ligero esfuerzo (lo del barroquismo es ya un tópico; prefiero el término "exuberancia"), pero éste, en cualquier caso, será mucho menor de lo que una primera impresión nos puede hacer pensar. Más compleja es, desde luego, su simbología, aunque todos sabemos que los escritores utilizan los símbolos principalmente para tener entretenidos a los catedráticos de literatura. En todo caso, si a alguien una leve y más que placentera dificultad le supone un obstáculo para la lectura, mejor que lea a Coelho. Total, El siglo de las luces no es más que una novela magistral y una obra maestra de la literatura en lengua española. Y además, con aventuras, sangre, pasión y hasta piratas.

martes, 21 de octubre de 2014

Todos los caminos llevan... (2)

El Enigma, patrón de los buscadores

Hace poco más de dos años celebraba la visita 50.000 a este blog, y lo hacía con esta entrada , en la que daba rienda suelta a mi perplejidad por el uso de google que hacen algunos, y por el inescrutable modo en que el buscador me los envía. Hoy las visitas son 200.000, algo que, orgullo aparte, una vez superada esa perplejidad y aceptado el hecho de que este blog es lo que sus visitantes quiere que sea, hace que me replantee algunas cosas. Verbigracia, me pregunto si, dada la naturaleza de esas búsquedas, no debería cambiar el nombre de mi blog a "El niño vampiro responde".

Los que os pasáis por aquí desde hace tiempo quizá recordéis que los bigotes ocupaban un lugar más que prominente en aquella entrada. Hoy, sin embargo, nuestro velludo atributo facial se ha visto reducido a una sola y miserable búsqueda acerca de los "bigotes de Stalin". Concluyo, pues, que el mostachismo cede el paso al vampirismo, pues, como podréis constatar, no hay en este mundo manifestación cultural o social que no se pueda relacionar, de una u otra forma, con el mundo de los vampiros.

Así que allá vamos. Naturalmente, está garantizada la autenticidad de todas las búsquedas.

Hay por ahí algunos con la poca delicadeza de lanzar a la galaxia google una pregunta que se me antoja un pelín personal:
cuantos años tiene el niño vampiro
¿Te basta con una foto actualizada?


Otros, por su parte, emulando tal vez al bardo y su "soy un truhán, soy un señor", marcan distancias desde el primer momento:
yo no soy vampiro yo no soy robot
 No son pocos los que, a la hora de organizar una fiesta, necesitan un poco de ayuda:
como hacer que venga un vampiro
Y algunos de ellos prefieren andarse sin rodeos:
como invitar a un vampiro gay
¿Quieres subir a tomar un café?

Uno pensaría que, para ciertas búsquedas, lo ideal sería dirigirse a Chiquito de la Calzada, o repasar una antología de Eugenio, Gila o Tip y Coll. Pero sólo en este blog podréis encontrar reunidos los miles y miles de
chistes de vampiros caídos del cielo
También se encuentra uno con algún fan obsesionado con las aventuras de Superman, Spiderman, Batman o Iron Man, y se lanza a la búsqueda del superhéroe definitivo:
el niño manpiro
Yo creo que he recibido la visita de algún personaje del pasado:
el vampirismo en los judíos
Pero no sólo de buscadores de vampiros se alimenta este espacio. También puede resultar útil como enciclopedia de cultura popular:
quien es don basurita
O como banco de imágenes:
fotos de niño por un monte
No hay fotografía que no podamos proporcionarte, por muy exigente que seas:
imágenes de traductor de gangosos

 Aquí encontraréis respuesta a todo tipo de preguntas, y no discriminamos por razón de ortografía:
ynvestigar cinco bonbas que rimen
 Naturalmente, como es un blog de literatura, es el lugar ideal para encontrar:
 libros para niños por mudanza
No te preocupes si no eres capaz de afinar mucho tu búsqueda:
algo parecido al kalevala
O quizá seas un destacado académico interesado en profundizar aún más sobre la cumbre del modernismo:
ver lectura ulices
Por otra parte, si lo que necesitas orientación profesional, no dudes en pedirnos consejo:
curso de soldado puta
O quién sabe, puede que tengas problemas matrimoniales. Pues bien, te aseguramos discreción, sea cual sea tu problema:
como cojerme a mi mujer y q c venga
En todo caso, no olvides nunca que aquí tienes un amigo de verdad, no como en otros sitios:
pa amistades falsas traigo billetes
Hasta la próxima. La visita 500.000, si llegamos, tendrá premio, os lo prometo. Y quien encuentre a don Basurita, también.


lunes, 13 de octubre de 2014

Una nueva vieja historia


Chico que se rebela contra las ataduras de una sociedad falsa y materialista. Hombre que desciende a los infiernos y regenera su alma. Anciano que regresa al paisaje de su infancia. En la literatura existen lo que podría denominarse argumentos tipo, algo parecido a lo que nos descubrió Propp al categorizar el cuento tradicional en una serie de esquemas. El lector siempre se encuentra cómodo en estas historias, pues pisa terreno conocido. Ese tipo de historias pocas veces precisan de un alarde de innovación y originalidad, y su mérito consiste en contarnos una vieja historia de manera que nos reconozcamos en ella.  Leer una entrega nueva de estas historias eternas sería, para entendernos, algo así como comer gazpacho, una buena paella y de postre, una rodaja de sandía, con el ruido del mar de fondo.

Quizá ha llegado el momento de añadir uno más a la lista de viejos y conocidos argumentos: hombre de mediana edad viaja a través del tiempo y regresa a su infancia o adolescencia. Ése es el argumento de la estupenda Barrio lejano, tan parecida a Inolvidable (olvidable traducción de Too cool to be forgotten), otra novela gráfica que reseñé en los primeros tiempos de este blog.
En ambas historias, así como en otras parecidas que se han hecho en el cine, el protagonista, sin que sepamos ni nos importe el cómo ni el porqué, viaja a los años de su adolescencia. Una vez superada la lógica incredulidad y el asombro inicial que siente el viajero, es evidente que éste es en todo momento consciente de lo que ha pasado y revive su juventud con sus recuerdos y conocimiento de adulto intactos. Si no, ya ves tú la gracia.

En la novela que nos ocupa, Hiroshi, un hombre de negocios que vive para su trabajo y desatiende a su familia, una mañana se equivoca al tomar el tren y se sorprende camino de su pueblo natal. Al principio achaca el error a la resaca que tiene tras una noche de cogorza. Sin embargo, al mismo tiempo no deja de tener la sensación de que algo lo empuja hacia allí. Una vez en su pueblo natal, se dirige al cementerio donde está enterrada su madre, fallecida más de veinte años atrás. Y allí es donde, mariposa por medio, se obra el prodigio.

Algunas reseñas relacionan la mariposa que aparece en ese y en otro momento clave de la historia con la teoría del caos. A mí me parece que eso no es más que un innecesario intento, por parte de algunos lectores, de dar más profundidad a la historia. Y es que, así como hoy la novela gráfica ya no tiene que pedir perdón a nadie, dentro de ésta, el género del manga todavía es visto por algunos con cierto recelo.


Naturalmente, ese viaje que realizan Hiroshi, en esta novela, y Andy en Inolvidable, es un  viaje que, de un modo algo menos espectacular, realizamos todos nosotros en cierto momento de nuestra vida. Ese momento suele ser a partir de los cuarenta, cuando nuestros hijos empiezan a crecer y nuestros padres empiezan a dejarnos. Por una parte, ese estado en el que hemos vivido tanto tiempo, en el que nos sentíamos protegidos de la muerte por nuestros padres, empieza a tambalearse, y por otra, el descubrimiento de que aquellos rasgos suyos -los que nos irritaban y los que nos confortaban- se repiten en nosotros no puede sino turbarnos. Es entonces, cuando más lejos se encuentran, cuando nos sentimos más cerca que nunca de ellos, y sentimos la necesidad, quizá, de saldar cuentas, hacer preguntas, en fin, todas esas cosas para las que, en cualquier caso, ya es demasiado tarde.

En el mundo de la ficción lo tienen fácil. Al igual que en Inolvidable, Hiroshi tiene un par de cosas que decirle a su padre. Éste abandonó a la familia y destrozó la vida de su madre, y el momento del pasado al que regresa nuestro protagonista es tan sólo unos meses antes de aquel abandono que destrozó a la familia. Mientras Andy, en su viaje al pasado se proponía rechazar aquel primer cigarrillo que lo condenó a ser un fumador empedernido, Hiroshi intentará evitar la huida de su padre. Huelga decir que ambos objetivos son poco más que una excusa para hacer una reflexión sobre la vida, la familia, y sobre si el hombre labra o no su propio destino. Y lo cierto es que, sin grandes alaracas ni pomposas pretensiones, Taniguchi consigue una obra redonda.


Jiro Taniguchi es un reconocido maestro del manga, y aunque a servidor esa palabra, manga, le produce cierta aversión (esas portadas con niñas en minifalda y con ojos más grandes que la cara), pienso seguir con este autor que me ha conquistado.

Y como la entrada se me queda un poquito corta, aprovecho para meter, sin que nadie lo note, cuatro líneas sobre otro par de estupendas novelas gráficas leídas estos días. 


Baru es el pseudónimo del autor francés Hervé Barulea, y Los años Sputnik , un emotivo y entretenido retrato de la infancia en un barrio obrero del norte de Francia. A través de los ojos de Igor, el lector asiste a las brutales peleas entre bandas, al conflicto entre inmigrantes de diversos orígenes, al asco del primer beso y, sobre todo, a los problemas sociales y políticos de la época en una ciudad fea, pobre y donde apenas si llegaba el eco del eco del gran éxito soviético en la carrera espacial.

Uno de los muchos aciertos de Baru es el reconocimiento implícito, al fin, de que, a diferencia de la de nuestros abuelos, la infancia de mi generación no tuvo hitos, ni estuvo marcada por un momento antes y un momento después. No fuimos Jim Hawkins ni Huckleberry Finn. Jamás nos enfrentamos con la muerte, y no perdimos a nuestro padre en circunstancias violentas. Las dictaduras que caían a nuestro alrededor, así como los golpes de estado que intentaban traerlas de nuevo, pasaban a nuestro lado apenas rozándonos. Pasara lo que pasara, la vida seguía rigiéndose por el partido de fútbol con los amigos del barrio, y lo único que podía marcarnos de por vida era fallar un penalti. Así también con los protagonistas de Los años sputnik, donde sólo como lectores adultos podemos comprender las miserias y las pequeñas glorias de ese cura, ese profesor, ese miembro del soviet supremo, o ese revolucionario experto en explosivos.


Adultos. Ésa es la palabra que utilizan mis hijos para hablar de lo que, en mis tiempos, eran "los mayores". Desconozco si se trata de una decisión política(mente correcta) por parte de sus maestros, o una simple moda. A mí me suena fatal, casi pornográfico, pero es que yo soy un pervertido. Sea como sea, el caso es que hay adultos mayores para los que el mundo parece seguir circunscrito a las calles de su barrio. Tal parece ser el caso del protagonista de El caminante, otra novela gráfica de este señor Taniguchi que cada vez me gusta más, y que ha mandado a paseo todos mis prejuicios sobre el manga. No sabría muy bien decir en qué consistían dichos prejuicios, pero os aseguro que estaban muy lejos de esto:

El caminante nos podría recordar a alguna película de Takeshi Kitano a la que le hubieran quitado nudo y desenlace. Y esto no es ninguna crítica, porque las películas de Kitano, con esas bellísimas escenas iniciales, en las que parece que no pasa nada más que la vida, me han proporcionado algunas de mis mejores experiencias cinematográficas.

El dibujo de esta novela, como el de Barrio lejano, es limpio (Los años sputnik tienen un dibujo más bien sucio), exquisitamente detallado, realista, con gran cantidad de calles, caminos y vistas de la ciudad en perspectiva. Del protagonista no sabemos nombre ni profesión, y tampoco qué relación tiene con la joven mujer con la que vive. De él sólo sabemos que es un hombre lleno de curiosidad, mucho tiempo libre, y una incontenible afición por dar paseos. Así que pasea, descubre el placer de observar los pájaros, encuentra y adopta un perro, se cuela en una piscina, ayuda a una viejecita (o señora muy adulta) a llegar a su casa, y se demora caminando bajo un aguacero, entre otros episodios no por aparentemente triviales menos placenteros.

Porque, como con el buen cine japonés, nos hay que confundir la sencillez argumental con la trivialidad. Los episodios de El caminante son cualquier cosa menos triviales. ¿Qué decir del episodio "Colchón de flores de cerezo", donde aparece una misteriosa mujer -si fuera más jovencita, parecería sacada de una novela Murakami- que le cuenta al protagonista su relación con el cerezo? ¿Y de la relación que se establece entre éste y el otro paseante en "El camino largo"? En este episodio, donde no hay más diálogo que el de los zapatos, los trenes y el ruido del bastón, el protagonista camina tras un anciano, al que intenta adelantar en un par de ocasiones. Y parece que no es más que eso... En "Objeto perdido", por su parte, hay unas estudiantes adolescentes, unas corredoras, y unas niñas pequeñas, y una de las primeras se ha dejado el lápiz de labios en un banco del parque. Y así, un episodio tras otro. No, nuestra infancia no estuvo marcada por la trivialidad. Los niños de Los años sputnik viven sus insignificantes hitos como si fuera el último día de sus vidas. Y también así algunos mayores, como el protagonista de El caminante.

Todos los episodios, con bellísimas y estudiadas composiciones, son, pues, poco más que viñetas de vida que el lector puede querer completar, buscarles un profundo mensaje, o recrearse en su insignificancia. Si una lectura que apenas llega a una hora podría correr el riesgo de ser efímera, El caminante será efímera como lo pueden ser los grandes placeres de la vida. Efímeros, sí, pero qué gustito mientras duran.

No todo es zen. Perdiendo el resuello por ver el amanecer.

sábado, 27 de septiembre de 2014

Tristeza inducida


A modo de advertencia, declaro:

- Que me he pasado los últimos veinte años esforzándome con denuedo por convertirme en un cínico redomado.
- Que, en buena medida, lo he conseguido, lo cual, viniendo de donde venía, a saber, una adolescencia enfangada en cursilería pura y dura en vano maquillada como romanticismo, no deja de tener su mérito.
- Que, como una tenia que, al dormirnos, se asoma por nuestra boca, así albergo todavía en mi interior a ese parásito de infame nombre: el sentimental.

Bien.
(Pausa para tomar aliento).

Es sabido que toda lectura está condicionada por factores que van mucho más allá de las páginas del libro. Uno de ellos, posiblemente el más obvio, es la edad: todo lector que ha leído el mismo libro en dos momentos de su vida puede constatar que la relectura nos brinda una obra diferente, y no siempre mejor.

My childhood days bring back sad reflections of happy times spent so long ago ("Carrickfergus", canción popular irlandesa)

Algunos de los libros que leemos, los recordamos años más tarde en las circunstancias precisas en que nos adentramos en sus páginas. El sillón en el que leí El castillo de los Cárpatos es diferente de la mecedora en que viví El amor en los tiempos del cólera, que a su vez no tiene nada que ver con el sofá desvencijado en el que me leí, un domingo y de un tirón, las 500 páginas de Obabakoak. Naturalmente, esto  no puede suceder con todas las lecturas, pero, si uno hace un esfuerzo, es sorprendente los detalles que puede recordar de aquellas horas que pasó con un libro. El señor de las moscas, por ejemplo, lo leí por las tardes, allá en la casa familiar de Cabo de Gata, y lo sé porque recuerdo la luz del sol que entraba por la ventana del dormitorio, mientras los mayores echaban la obligada siesta. En la misma casa, pero en la pérgola, espantando moscas, y también a la hora de la siesta, la playa y el desayuno, sufrí con Winston Smith la ineludible vigilancia del Gran Hermano.


Otras lecturas quedan para siempre asociadas a una canción, a la que en apariencia nada las une, o a un acontecimiento histórico o personal. Así, el ya mencionado Señor de las moscas me trae la música de David Bowie y su Space oddity. Supongo que descubrí ambas al mismo tiempo, y también es posible que esa novela comparta algo de la siniestra epicidad de la canción. Guerra y paz la leí en el balcón de mi piso de Barcelona, durante las últimas semanas de vida de mi padre. No la recuerdo con tristeza, sin embargo, ya que aquellas horas fueron el escaso consuelo en unas semanas tan tristes y duras para la familia.

La plaça del Diamant es una de las novelas más importantes de la literatura catalana del s. XX, y lectura canónica en la enseñanza secundaria en Cataluña. No entraré aquí a discutir si es bueno obligar a los adolescentes a conocer este tipo de obras, o si sería conveniente darles más margen de elección y algo más acorde con sus supuestos intereses. Sí sé que si me la hubieran hecho leer a mí, habría sido un auténtico desperdicio y probablemente jamás me habría vuelto a acercar a Mercè Rodoreda. Desconozco la razón de por qué no nos la hicieron leer, o quizá nos limitamos a leer algunos fragmentos, no lo recuerdo. Pero en todo caso estoy convencido de que yo no hubiera visto en esta obra más que las plúmbeas tribulaciones de una jovencita tímida y bastante sosa en una Barcelona tristona y gris, donde apenas había vida más allá del barrio.


Supongo que ha sido una suerte, pues, haber pospuesto esta canónica obra hasta el momento en que he podido hacer una lectura madura (por mi edad, más que nada). Y digo "supongo" porque, pese a haber sido incapaz de soltar el libro, no se puede decir que lo haya disfrutado, sino que, más bien al contrario, esta novela, sumada a una serie de circunstancias, unas personales y otras no tanto, me ha sumido en una enorme tristeza.

Es triste, qué duda cabe, la historia de Natalia, una chica ingenua, humilde, sin estudios, huérfana de madre, que no siente demasiado cariño por su padre y su madrastra, y que una noche conoce en una fiesta de barrio a un chico apuesto e impetuoso que se propone conquistarla. Natalia se siente atraída por él, pero es su debilidad la que marca su destino. El chico, Quimet, no sólo le anuncia que en un año serán marido y mujer, pese a que ella ya tiene novio, sino que además le ordena que deje su trabajo en una pastelería, y, lo más significativo, le da el nombre por el que a partir de entonces todos la conocerán: Colometa.

Silvia Munt y Lluís Homar como Colometa y Quimet

Tras esa noche en la Plaza del Diamante, las cosas suceden como tienen que suceder y como imaginamos que sucederán. Colometa, sin embargo, no es ni se siente víctima. Tampoco es prisionera de Quimet ni de la sociedad, pese a que, es innegable, aquél, en su frívolo egoísmo y su idealismo con orejeras, y ésta, en su fría impersonalidad, más que marcar el camino que sigue nuestra heroína, la conducen por él, correa en mano, con algún cariñoso silbido y mucho chasquido de labios. Y tampoco sería preciso decir que Colometa acepta, con mayor o menor resignación, el destino que le ha sido impuesto. En inglés existe la expresión to take things in your stride, a menudo traducida como "tomarse las cosas con calma", y cuya traducción literal, "tomar las cosas al paso", se ajusta quizá más a lo que intento decir. Pues algo así es lo que hace nuestra amiga; hablar de calma o aceptación sería, por el contrario, suponer en su actitud un rencor susceptible de convertirse en rebeldía, una rebeldía que, sencillamente, no está ahí.... hasta que estalla.

La grandeza de Rodoreda en esta novela es haber logrado mostrar la riqueza y complejidad de la mente de una persona tan sencilla como Colometa, y haberlo hecho con un monólogo interior transparente y efectivo, con el rico lenguaje de la gente humilde de antaño, con una historia intemporal sobre la búsqueda de la identidad, y con las sombras de Woolf y Joyce como silenciosos padrinos.


¿Dónde están las Colometas de hoy? Hay personas en el mundo que a veces nos parecen de relleno. No tienen opinión, no toman la iniciativa, no se quejan ni se enfadan, y jamás se rebelan. Están ahí porque siempre hay alguien que necesita una esposa, un padre o un empleado. Suponemos que tienen alma y sentimientos porque los vemos hechos a nuestra imagen y semejanza, pero no estaremos seguros de ello hasta que no los veamos correr, dolerse, mesarse los cabellos o reírse a carcajadas. Y mientras buscaba en Séneca consuelo a mi tristeza, me encontré con estas palabras, que, modestia aparte, parecían confirmar las mías:

A algunos nada les gusta como meta, pero abrazan el destino del embotado indolente, de modo que no dudo de la verdad de la aseveración, dicha a modo de oráculo, del máximo de los poetas: 'Es exigua la parte de vida que vivimos'. En verdad, todo el espacio restante no es vida sino tiempo.

Quizá no era el título indicado para levantarme el ánimo. Esos estoicos.

Según doña Wiki, "los estoicos proclamaron que se puede alcanzar la libertad y la tranquilidad tan sólo siendo ajeno a las comodidades materiales, la fortuna externa, y dedicándose a una vida guiada por los principios de la razón y la virtud". No sorprende, pues, que la combinación más habitual de estoicamente acostumbren ser verbos como aguantar, resistir, soportar y esperar. La reacción de Colometa ante los acontecimientos tanto felices como trágicos de su vida parece obedecer así a la escuela fundada por Zenón de Citio, y más concretamente, a las palabras de su máximo representante, Séneca.

¿Cómo puede uno así obedecer al dios y aceptar de buen ánimo cuanto sucede, no quejándose del destino y dando una favorable interpretación a sus circunstancias, si se agita a la menor punzada de placer o dolor?

Más serio de lo que parece

Nos dicen que lo que define a un clásico es su capacidad de dirigirse a un lector a través de los siglos como si estuviera hablando ante él. En ese sentido, y en esta época rotunda y exitosamente cínica, pocas palabras tienen más validez que las del filósofo cordobés al hablar de las redes sociales:

¡A cuántos les cuesta sangre su elocuencia y preocupación cotidiana por ostentar ingenio! (...) ¡A cuántos no les queda libertad, rodeados por la multitud de su clientela!

Libertad. Colometa, insistimos, no es víctima ni prisionera. Antes al contrario, es libre. Por lo menos a la manera de los estoicos:

La libertad no la da otra cosa que la despreocupación por la suerte. Entonces surgirá ese bien que no tiene precio, la tranquilidad de la mente puesta a salvo, además de la altura de miras, el enorme gozo inmutable que viene del conocimiento de la verdad, y la afabilidad y expansión del alma, en las cuales se deleitará, no porque sean buenas, sino porque proceden de su propio bien.


My boyhood friends and my old relations have all passed on now like the melting snow

Y mientras Colometa encarnaba a un Séneca sin dinero ni elocuencia; mientras en aquella Barcelona del 37 los jóvenes se despedían de sus madres, hermanas y novias, y se preparaban para ir al frente, las televisiones de medio mundo mostraban a un hombre vestido de naranja arrodillado a los pies de un monstruo que le iba a cortar la cabeza como a un animal, ufanándose de su odio, del horror que nos iba a hacer sentir, y de la admiración y envidia de cientos, tal vez miles de locos que querrán emularlo y que intentarán empequeñecer las grandes atrocidades del s. XX. La víctima era un trabajador humanitario y padre de familia que murió el mismo día en que vi el episodio "Noches en Balligrant", de la gran serie Boardwalk Empire. Los hijos, la muerte, la infancia y los probables recuerdos de ésta en las horas, días y semanas antes de que el enmascarado levantara el cuchillo, se unieron a mi diamantina melancolía en la maravillosa y tristísima escena final de este episodio, al ritmo del clásico popular irlandés "Carrickfergus".


La versión en la serie era de Loudon Wainwright, y es la que me habría gustado poner aquí. A más de un irlandés le parece anatema que un americano entone este himno, pero a mí me emociona tanto o más que la versión de Van Morrison. Podéis difrutarla y juzgar aquí. "Carrickfergus" cuenta la eterna historia de un hombre que recuerda su infancia, sus amigos, su amor, y sus sueños. Al final de la canción se confiesa enfermo y a las puertas de la muerte, y pide a los jóvenes que lo entierren.

¡Quién estuviera
en Carrickfergus
y pasar aquellas noches 
en Balligrant!

Cruzaría
el más profundo océano,
el más profundo océano 
para encontrar a mi amada...

martes, 9 de septiembre de 2014

Libros y millas, por caridad

The Cobb, en Lyme Regis

Decía el sabio que "el viajar es un placer que nos suele suceder". A mí, como a casi todos, este placer me sucede todos los veranos, y pese al riesgo de enrutinarse (© Batboy) que uno corre al vacacionar siempre en el mismo sitio, debo decir que, de momento, sigo descubriendo siempre algo nuevo. El año pasado os hablé aquí de mi ruta habitual por la pérfida Albión. Este año dicha ruta se ramificó por aquí y por allá, e incluso se extendió hasta Londres, donde pude constatar que la capital de la Albión ya no es lo que era, en el buen sentido de la expresión.

Y es que a los ingleses, y en particular a los londinenses, se les achacan muchas cosas, empezando por su carácter frío y cerrado. Por lo menos eso dicen mis alumnos, sobre todo los que jamás han salido de España. Debe de ser por eso que las mamás del colegio de mis hijos le dicen a mi mujer:

-Tú eres muy simpática y muy abierta. No pareces inglesa.

Para añadir a continuación:

-Tu marido, en cambio, sí que parece inglés.

Pues bien, tendrán que cambiar de tópico, porque hacía tiempo que no me encontraba con gente tan amable y educada. Quizá sea que los papeles se invierten, y allí donde un españolito espera encontrar una sonrisa dispuesta a detenerse cinco minutos y estudiar nuestro mapa, por ejemplo en un ejecutivo que sale corriendo de la estación de Waterloo, podemos dar las gracias si no nos apartan de una patada. Por otra parte, allí donde el gruñido y el escupitajo no nos sorprenderían, por ejemplo, y sin ánimo de ofender, en cajeros, guardias de seguridad o conductores de autobús, el londinense es atento, servicial y nos regala una sonrisa.

Otros de los inevitables lugares comunes al hablar de Inglaterra es la calidad de su comida, algo que critican en especial los turistas que buscan en Chinatown el restaurante más tirado de precio. Debe de ser que he tenido suerte con la familia de mi mujer, porque en pocos sitios como tan bien como allí.

La Garganta de Cheddar, en las colinas Mendip, Somerset

Es decir, gente amable y buena comida. ¿Qué más se puede pedir? Pues buen tiempo, porque cuando brilla el sol, Inglaterra parece un lugar casi idílico. En verano, el esplendor de la omnipresente hierba puede llegar a deslumbrar, y la gentileza de las colinas proporciona unas vistas espectaculares de una campiña no por domesticada menos bucólica. No obstante, por muy domesticada que esté la naturaleza, en Inglaterra uno siempre la tiene cerca, y eso es algo de lo que pocos urbanitas españoles puede presumir. En su manifestación más macabra, las diferencias se presentan en la carretera: en Gran Bretaña no veréis jamás un perro atropellado pudriéndose al sol durante semanas. Los arcenes de las carreteras ingleses, por el contrario, rebosan de zorros y tejones imprudentes. Por suerte, estos animales es también fácil verlos vivos, dado que son visitantes bastante asiduos de los jardines caseros. Y mientras la caza del zorro dejó de ser legal hace unos años, hoy el objetivo son los tejones, víctimas tanto de campañas sanitarias como de dueños de perros de pelea que buscan sparring para su entrañable mascota.

Como la familia de mi esposa está desperdigada entre Somerset, Gloucesterhisre, Hampshire y Londres, al coche de alquiler le sacamos rendimiento, algo que, además, es un auténtico lujo para alguien como nosotros, que en España vivimos estupendamente sin automóvil. Y hablando de automóviles, en Inglaterra está arrasando la moda de pintar dos franjas que atraviesan el coche desde el morro hasta el trasero, pero a mí lo que me hizo gracia fue esto que me encontré en el pueblo:

¿Llegará a ponerse de moda?

Ya os conté que el año pasado encontré las huellas de Robert Louis Stevenson en Bristol, me dejé seducir por el ubicuo Laurie Lee en las Cotswold, y volví a pasear una vez más por la campiña que rodea la casa de Jane Austen. Decidí que este verano también intentaría, en la medida de lo posible, encontrar el lado literario de los sitios que visitara y así, una mis primeras excursiones paleontólogo-literarias tuvo lugar cuando llevé a mi hijo mayor a Charmouth, en busca de fósiles. Charmouth, que forma parte del Patrimonio de la Humanidad, se encuentra en la costa sur del país, conocida, por la abundancia de fósiles (no sé qué diantres voy a hacer con tantas belemnitas), como Costa Jurásica. Su vertiente literaria le viene de su proximidad, dos millas al oeste, con Lyme Regis, y otras dos al este, con Chesil Beach.


Lyme Regis os sonará a todos los que hayáis leído La mujer del teniente francés. Si sólo habéis visto  la película, reconoceréis The Cobb, como se conoce al rompeolas, pues allí sucede una de las escenas clave. El autor de la novela, John Fowles, se mudó a Lyme Regis a los 50 años, y su pasión por el lugar, donde pasó el resto de su vida, lo convirtió en su habitante más insigne. También Jane Austen eligió el pueblo para algunas escenas de Persuasión y Northanger Abbey.
Aunque Lyme Regis es un paraíso para los buscadores de amonites, alguien me dijo que el pueblo en sí no tiene nada de especial, si bien dicha afirmación es probablemente un ejemplo de comedimiento británico. De hecho, las hordas de turistas que visitan el lugar en busca de amonites o a mojarse en el rompeolas no hacen mucho caso de esas advertencias, para irritación del bueno de Fowles. A mí, qué queréis que os diga, también me hacía mucha ilusión visitar el lugar, pero cuando uno lleva la familia a cuestas es difícil justificar una excursión para ver el escenario de una novela, por lo que me quedé con las ganas. Pero bueno, ya tengo una excusa para visitarlo el año que viene: los amonites.

La playa de Chesil

En Chesil Beach, por otra parte, es más fácil reconocer los ecos literarios. Hablamos, naturalmente, de la novela de Ian McEwan, On Chesil Beach, traducida al español como En la playa de Chesil. A nadie (quiero decir a mí) se le ocurre al leer una novela con ese título que la playa en cuestión pueda tener nada de especial. Sin embargo, Chesil es una maravilla geográfica, un tómbolo que discurre a lo largo de casi 30 kilómetros de playa. McEwan se metió en una polémica cuando reveló que se había llevado algunas piedras de la playa para ponerlas en su mesa de trabajo mientras escribía la novela. Más tarde, cuando ya les hubo sacado toda la inspiración posible y las autoridades le amenazaron con una multa de 2.000 libras, las devolvió. La visita a este lugar también tendrá que esperar al año que viene.

E igual que le ocurre a Dorohty tras visitar el país de Oz, sólo después de haber recorrido carreteras de ladrillo amarillo o negro asfalto, se da uno cuenta de lo que tiene en el jardín de su casa. Así, años y años pasando al lado de aquella placa, jamás me había parado a leerla. Este verano lo hice y descubrí que en la última casa, en la linde del bosque, de ese pequeñito pueblo al norte de Wells moró el escritor Edward Montague Compton MacKenzie. Sí, ya sé que en España es un perfecto desconocido, y que aparte de la mención que hace de él Axel Munthe en su maravillosa La historia de San Michele, es difícil que nadie se haya encontrado jamás con su nombre. Pero lo cierto es que este prolífico autor escocés en su día gozó de bastante éxito en Gran Bretaña, donde hace unos años hubo una simpática y bastante popular (hasta siete temporadas) serie de televisión titulada Monarch of the glen, que estaba basada en una de sus novelas.

Sir Edward Montague Compton MacKenzie, a la izquierda, con los duques de York

No descubro nada nuevo si digo que Inglaterra es, en muchos sentidos, un auténtico paraíso para los lectores. Como ya comentasteis algunos en mi entrada sobre la biblioteca más pequeña del mundo , en Inglaterra al libro se le respeta. Tanto es así que a la entrada de algunos edificios es normal que haya una librería donde los residentes se sirvan de lecturas, costumbre que se podría comparar con el agua bendita a la entrada de la iglesia. Además de ese respeto reverencial a la palabra escrita, el lector tiene en el Reino Unido incontables placeres al alcance de la mano. Por mencionar sólo unos poquitos, los paisajes donde se sitúan las obras de las Brönte, Austen, Dylan Thomas, o los poetas románticos apenas han cambiado, y las casas donde vivieron están abiertas al público; uno puede ver representada una obra de Shakespeare en una réplica exacta de The Globe situada prácticamente en el mismo lugar que el original; las calles, pasillos y aulas de Oxford y Cambridge resuenan con las pisadas de centenares de autores que pasaron  por allí; en la campiña de Wessex, región que ha adoptado el nombre que Hardy le dio, se tiene la sensación de que tras aquel roble nos vamos a encontrar con Judas el Oscuro; y, en fin, si uno se pone a enumerar autores y novelas que habitan las calles de Londres nos pueden dar aquí las tantas.

No soy el único. Botín de otro bloguero tras un saqueo de las charity shops

Pero para el lector compulsivo Inglaterra esconde también un tesoro no tan conocido: las charity shops, es decir esas tiendas administradas por voluntarios y nutridas de las donaciones del respetable, que tienen como finalidad recaudar fondos para una buena causa. De ellas, en España todos conocemos Oxfam, aunque yo no he visitado ninguna de sus tiendas aquí y desconozco si son un buen lugar para adquirir libros baratos. En Inglaterra, insisto, uno puede encontrar auténticas joyas por un precio, pues eso, de caridad.
Este año he tirado de las charity porque el peregrinaje a The Bookbarn no resultó tan fructífero como en otras ocasiones. Supongo que se debió a que llegué una hora antes de que cerraran, y, francamente, hace falta un poquito más de tiempo para cerner un millón de libros y encontrar la pepita de oro. No obstante, me hice, entre otros, con los siguientes:

The fall and rise of Reginald Perrin, de David Knobbs, esa historia que recordaba de mi infancia como una comedia hilarante y que resulta ser de un humor bastante amargo.

- Little Wilson and big God, la primera parte de las memorias de Anthony Burgess, un genio nunca debidamente reconocido. Hace años leí la apasionante segunda parte, y me quedé con la imagen de un erudito con maneras de estibador marsellés. Su infancia y juventud prometen.

- The seven pillars of wisdom, que narra las memorias de T.E. Lawrence, el de Arabia, en la Rebelión Árabe contra los otomanos. Este libro era mencionado en varias ocasiones en el libro de Robert Kaplan Fantasmas balcánicos. Desgraciadamente, mi búsqueda de Black lamb and grey falcon fue infructuosa.

Y todos por una libra.

¡Qué catedral ni que...! A mí déjame con Roald dahl

Por su hermosa y conocidísima catedral, Wells tiene el rango de ciudad y el honor de ser la más pequeña de Gran Bretaña. Hay que decir que se trata de una ciudad bastante aburrida, en la que, aparte del cine, los pubs y los conciertos en la Catedral,  poco más se puede hacer. Perdón, me equivoco: también se puede comprar libros.
La High Street de Wells no tendrá más de ciento cincuenta metros. Pues bien, en ese pequeño tramo uno puede encontrar seis o siete charities (Cancer Research, British Heart Foundation, Save the Children, y otros), y si se aventura allende la zona turística (es decir, si camina veinte metros más), encontrará todavía un par más. Algunas de las piezas que me cobré:

- Jerusalem, del gran historiador Simon Sebag Montefiore, de quien hace un tiempo leí su fascinante biografía de Stalin.
-
  Nicholas and Alexandra, del no menos grande Robert K. Massie. Se me cae la baba sólo de pensar cómo va a contar la historia del último de los zares quien tan bien contó la de Pedro el Grande.

Y no contento con ello, aprovechando el bueno tiempo, fui en dos ocasiones al mercadillo de los miércoles, donde, todo a una libra, compré:

-What am I doing here, viajes y reflexiones de Bruce Chatwin. Y es que, por culpa de Magris y Kaplan, creo que voy a entrar en una fase de libros de viajes.

- La vida nueva, de Dante, que nunca está de más tener en casa.

- The lost heart of Asia, de Colin Thubron, viajes por las exrepúblicas asiáticas soviéticas. De este autor tengo esperando desde hace años En Siberia.

- Attila the Hun, de John Man, una biografía también muy prometedora.

Las cuevas de Wookey Hole, a cinco minutos de Wells

Cada vez que vamos a Hampshire, pasamos junto a Stonehenge. Por lo visto, desde hace tiempo se habla de construir una carretera alternativa que no estropee el paisaje. No sé, la verdad es que la actual pasa a una distancia bastante respetuosa del monumento y proporciona una perspectiva que, si bien es prosaica y poco espiritual, no deja de ser original y a veces hermosísima. El problema, pues, en mi caso, es que lo he visto tantas veces que me daría una enorme pereza pagar y hacer cola para, al fin y al cabo, sufrir un severo anticlímax. De todas formas, este año, al volver a Somerset, gracias al sol de la tarde y a la caravana que había en la carretera, pudimos recrearnos en una vista preciosa, muy parecida a ésta.


Este año me dije que era una vergüenza pasar veinte veranos viendo Glastonbury Tor en el horizonte desde casa de la suegra, y no haberla visitado ni una sola vez. Así que al coche y en veinte minutos llegamos a ese pueblo tan bonito lleno de hippies y druidas. Glastonbury Tor es una colina coronada con una torre medieval, mencionada en las leyendas artúricas y relacionada con la mitología celta que en alguna otra ocasión ya ilustré con una foto. Hay que hacer hincapié en que la Tor es la colina y no la torre en sí, pues la palabra, que viene del inglés antiguo, significa precisamente "peñón" o "colina".

Glastonbury también tiene su ración de charities y librerías de viejo, pero con un excesivo predominio de temas esotéricos. Ello no obstante, en la Oxfam del lugar encontré un libro del que jamás había oído hablar, pero que, a priori, tiene todo lo que me interesa:

- Nine suitcases, de Béla Zsolt, las memorias de un judío húngaro durante la persecución nazi.

Glastonbury Tor se ve a muchas millas a la redonda debido a que se encuentra en medio de los Somerset Levels, algo así como los llanos de Somerset. Al norte de Wells, y de hecho prácticamente en el escarpado jardín de mi suegra, empiezan las Mendip Hills, unas colinas en las que no abundan los fósiles pero sí monedas y artefactos romanos y anglosajones, aparte de una escurridiza pantera negra que regularmente llena las portadas del periódico local. Una hora y pico de carretera hacia el norte y llegamos a casa del suegro.

Minchinhampton, otro pintoresco pueblecito de las Cotswolds

Me gusta creer que mi entrada del verano pasado no cayó en saco roto, y que la sorprendente cantidad de turistas españoles que encontré este año en Nailsworth viajó hasta allí siguiendo mi estela y la de Laurie Lee. Como ya os comenté en aquella entrada, Nailsworth es una ciudad pequeña, bonita, tranquila, y un lugar ideal para explorar las Cotswolds. Pero además, Nailsworth también tiene su librería, sus charity shops y una pequeñísima y excelente librería de viejo. En esta última, compré:

- King Harald's saga, una preciosa edición de Penguin Classics para seguir con mi exploración de las sagas vikingas.

Pero también encontré algo más difícil de hallar que cualquier fósil:

- Men in prison, del viejo conocido de este blog, el imprescindible Victor Serge. Sé que es imposible que este libro esté a la altura de El caso Tuláyev, pero es que hay lecturas que a uno le dejan con unas insaciables ganas de más.


En la charity Emmaus, de precios insultantes, encontré los siguientes, entre otros:

- Black dogs, de Ian McEwan, que ya he leído y quizá reseñe un día de éstos.

- Rubicon, de Tom Holland, y es que la historia de Roma da para tantas lecturas.

- A time of gifts, de Patrick Leigh Fermor, otro recorrido Danubio abajo, como el de Magris, pero nada menos que a pie y en 1933. Entusiasmado por este autor antes de haberlo leído, gracias a las constantes referencias en el libro de Kaplan.

- The last summer, novelita de Boris Pasternak en Penguin Modern Classics. Una joyita de edición que me llevé por 50 peniques (lo mismo que casi todos los demás).

- The fall of the stone city, de Ismail Kadaré. Nuevecito.

- Waiting for the dark, waiting for the light, de Ivan Klíma, una novela de este autor checo situada en el antes y el después de la caída del muro.

Arlington Row, en Bibury

Volvemos del Cotswold Wildlife Park, una especie de zoo en el que, a diferencia de los zoos habituales, los animales tienen sitio para moverse. El recinto de los rinocerontes, por ejemplo, ocupa un área casi tan grande como todo el zoo de Barcelona. Aunque estamos cansados, el lujo de disfrutar de un coche nos permite pararnos en un pueblecito minúsculo y pintoresco, que por la mañana nos ha sorprendido por la abrumadora presencia de turistas japoneses. Aparcamos y nos bajamos del coche. El pueblecito en cuestión se llama Bibury, y por figurar en el interior de los pasaportes británicos, resulta que es el pueblo más fotografiado del mundo. Vaya chorrada, ¿no? El caso es que es verdaderamente bonito, y la afluencia de turistas japoneses se debe, por lo visto, a que allí se alojó el Emperador Hirohito en su viaje por Europa. Una de las mayores atracciones de Bibury es Arlington Row, donde se pueden ver las casas habitadas más antiguas de Inglaterra. Una Inglaterra de postal, sí, y de cine, pero también un lugar ideal para descansar y pasear junto al río.

¿Empapelaríais así una habitación?

Cuando era pequeño, tenía un disco en formato sencillo con el cuento de "El lobo y los siete cabritillos", y me pasaba las horas muertas escuchándolo una y otra vez en el picú (uy, qué manera de revelar mi edad) de mis tíos. Hoy los tiempos han cambiado, y aunque mis niños no entenderían que me pudiera entusiasmar haciendo rodar 30 veces al día el Cinexin para ver a Pluto y Goofy dándose porrazos, lo de escuchar una y otra vez historias en el CD sí forma parte ya de su educación literaria. No sé si este tipo de audiolibros es muy frecuente en España; en Inglaterra, donde el mercado de libros de audio es vastísimo, son algo muy habitual. Y si además entre los narradores uno se encuentra con actores como Stephen Fry, pues para qué vamos a seguir.

Stephen Fry leyendo a Roald Dahl

Así, puedo enorgullecerme y me enorgullezco de que mis hijos no tienen PSPs ni reproductores de DVD, y que en los viajes que hacemos en coche se quedan calladitos, embelesados, escuchando, por ejemplo, historias de Los Cinco, de Enid Blyton; The enormous crocodile, de Roald Dahl, con la voz del ya mencionado Fry en una interpretación divertidísima; "El soldadito de plomo", con Stephen Mangan (gran actor y frecuente colaborador de Armando Iannucci), o al autor Michael Morpurgo leyendo su historia "This morning I met a whale". ¿He dicho que los niños se quedaban calladitos? Pues teníais que haber visto a los mayores.

Una de las consecuencias de mi pillaje legal en las charities es que, cuando llegamos a Londres, no nos quedaba sitio en las maletas para más libros. No me quedó, pues, más remedio que hacer el turista. La verdad es que, aunque he estado siete u ocho veces en Londres, ésta ha sido la primera en que, por decirlo de alguna manera, me he apropiado de la ciudad. Y con eso quiero decir, sencillamente, que la he hecho mía, que he conseguido hacerme un mapa mental y verla como un todo, más que como una serie de monumentos aislados. Hemos tenido la fortuna de alojarnos en la casa de la bisabuelastra de los niños (mi esposa tiene una familia un tanto complicada), un lugar maravilloso situado en Belsize Park y a cinco minutos de Primrose Hill. Un par de fotos de la casita:


Y aparte de callejear por el Londres más fotogénico y vocinglero, hubo también momentos para el recogimiento espiritual. Hace unos años asistí a un servicio religioso en la sinagoga de Belsize Square, y este año el desafío era hacer lo mismo con los niños, de 9, 7 y 5 años, tarea nada fácil cuando, por si fuera poco, más de la mitad del servicio se oficia  en hebreo. Belsize Square Synagogue, fundada en 1939 por refugiados y exiliados de Alemania, es una sinagoga única en el Reino Unido, ya que es completamente independiente tanto de movimientos ortodoxos como reformistas. El servicio acostumbra combinar el sermón del rabino con preciosos cantos litúrgicos. No se eluden las cuestiones más peliagudas del judaísmo en la actualidad ni se evitó en esta ocasión la actual situación en Gaza. Mi hijo mayor se aburrió como una ostra, la mediana recibió junto a otras niñas la bendición, y la pequeña se quedó dormida en primera fila, casi a los pies del rabino.

Paseo desde Primrose Hill hasta Piccadilly. Un aplauso por mi hija pequeña

Cuando uno lo pasa tan bien en Inglaterra y se desenvuelve sin ningún problema, es inevitable quedarse con una impresión quizá algo irreal del país. Supongo que por suerte, yo ya tengo la experiencia de haber vivido allí unos años, y sé que, cuando acaba el verano y empieza uno a trabajar, los pequeños inconvenientes de la vida cotidiana se convierten en obstáculos muy grandes. No obstante, el contraste entre un país donde la administración es amable y, sobre todo, razonable, y un país de pandereta donde prima el enchufismo y el ciudadano no tiene ningún derecho ante los organismos públicos, puede llegar a ser abrumador. Y este año el contraste ha sido tan duro que, por primera vez en muchos años, nos planteamos volver a Inglaterra. Dejad que os ponga un par de ejemplos: cuando viví en Mánchester, trabajé por cuenta propia unos meses, pero mi ignorancia y mi pereza hicieron que descuidara el pago del correspondiente impuesto. Cuando recibí la multa, envié una carta a la administración explicándoles el caso y pidiéndoles que fueran comprensivos. Y lo fueron. ¿Podéis imaginar algo remotamente parecido en España, donde, si te equivocas al entregar un documento en una oficina, arrugan el morro y te dicen "esto qué es", al tiempo que lo sujetan como si fuera papel higiénico usado?

Otro ejemplo podemos encontrarlo en el transporte público. En Londres, los niños menores de 10 años (o 12, ahora no recuerdo) no pagan. Pasan y ya está. ¿A que parece fácil? No para TMB, el transporte metropolitano de Barcelona, donde uno tiene que enviar fotocopias, solicitudes, ese documento prehistórico y franquista llamado libro de familia y, por supuesto, la tasa de 36 euros por niño, para que, al cabo de un mes, tengan el detalle de enviarte la tarjeta infantil. La administración pública en Gran Bretaña está al servicio del ciudadano; en España está al servicio de la burocracia.

Podría seguir con muchísimos más ejemplos, muchos de ellos sobre asuntos bastante más graves, pero qué os voy a contar que vosotros no sepáis ya. Y la entrada sobre un verano tan estupendo no merece acabar con un tono amargo. Así que ¡salud, leche fresca y caridad!



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