jueves, 7 de agosto de 2014

Despotricar adelgaza


Curiosa palabra ésta, despotricar, de cuya etimología no se sabe mucho. Parece ser que procede del prefijo des- y de potro, aunque a mí, la verdad, eso no me aclara nada. Hay quien ha sugerido por ahí que el potro podría referirse al inquisitorial e inquisitivo potro de tortura, en el cual hasta el más valiente era capaz de acusar a su madre de haber copulado con Lucifer. No me convence, no le veo el des-. A mí la imagen que me viene a la mente con despotricar es la de un conductor que, tras sufrir una pequeña colisión que le ha abollado el guardabarros derecho, se baja del coche para comprobar los daños y, acto seguido y a pleno pulmón, se acuerda de la madre del otro conductor. Todos hemos visto la escena, ¿verdad? Pues ahora imaginad que en vez de ir en coche van montados en alguna especie de equino, como por ejemplo un potro. Despotricar sería, pues, bajarse del potro con ánimo de ponerse a insultar.


Un día, en mis pretéritos tiempos de espectador de cine, encontrábame yo en el entrañable Mélies, en la calle Villarroel. No recuerdo qué película había ido a ver, pero todavía puedo oír a ese chico con gafas de gruesa montura, camisa de 50 euros exquisitamente vintage, y poderoso flequillo que le ocultaba media cara, que, sentado justo delante de mí, hablaba con un amigo sobre Stranger than Paradise, la obra de Jim Jarmusch que habían proyectado en ese mismo cine unos días antes.

-¿Qué te pareció la de Jarmusch? -le preguntó el amigo.
-Bueno... bien. Correcta.

Minutos más tarde, cuando se apagaron las luces y empezó la proyección, cumplí con mi deber. Quizá recordéis el titular de los periódicos del día siguiente: "Gafapasta estrangulado en sesión de tarde".

Si pensáis que el motivo de mi acto, porque siempre hay un motivo, fue la falta de entusiasmo por la película de Jarmusch, os equivocáis. Aunque en mi opinión Stranger... es la obra de un genio, me parece perfectamente respetable que alguien diga que es un coñazo donde no pasa nada, la gente no habla, y las transiciones entre escenas son interminables. No, el problema no es ése.

Algún memo decidió un día que el paradigma de la democracia es decir eso de "yo no comparto tu opinión, pero la respeto". Para mí es el paradigma de la estupidez, pues representa la negación del argumento y la absoluta cerrazón ante el debate. Las personas y, por ende, los gustos son respetables. Siempre. Las opiniones y las ideas, no. Puedo entender e incluso aceptar que alguien diga que Hamlet, el Quijote o la Odisea son un soberano tostón, o incluso, si me apuráis, toleraré que alguien diga que son malas (aunque me reservaré mi opinión sobre el individuo). El problema, o, mejor dicho, el nefando crimen del gafapasta, fue el uso de esa palabra, "correcta". "Correcto" es lo que le dice un profesor a un alumno, es lo que respondemos cuando nos piden la confirmación de un dato, es lo que contesta un agente inmobiliario cuando le preguntamos si los gastos de escalera están incluidos en el alquiler. Pero decir que una obra, sea literaria, musical, cinematográfica, pictórica o culinaria, es correcta es un acto de intolerable y vomitiva arrogancia que debería estar castigado, si no con la horca, sí con el potro.
¡Burra, más que burra!

Como soy bastante cateto y no poco ignorante, vivo en el convencimiento de que la criba del tiempo unida a la sapiencia de los críticos constituyen una autoridad incuestionable sobre el valor de una obra. Naturalmente, cabe la posibilidad de que no estén todos los que son, pero los que están, desde luego, son. Eso no implica, sin embargo, que no tengamos derecho a criticar dichas obras, y es que el gran arte a veces es soberanamente aburrido. A mí, por ejemplo, la supuestamente genial e incluso divertida Vida del Buscón, de Quevedo, no sólo me parece un peñazo, sino una obra prácticamente ilegible hoy en día. Acepto que es mi incultura lo que me impide disfrutar de la obra, y cualquier crítica que haga de la trama, el estilo o las intenciones del autor tendrán que ser juzgadas bajo esa premisa. Ahora bien, la disfrute o no, la entienda o no, me maraville o no, seré consciente en todo momento de que estoy ante una obra de arte, y no ante un cotilleo de patio de vecinas. Parece obvio, ya lo sé, pero para muchos no lo es.

Me refiero, volviendo de nuevo al cine, a esos espectadores que chasquean la lengua cuando un bueno comete un craso error que le costará la vida, que llaman idiota al novio de la chica cuando cae en la trampa del malo, o que, en definitiva, en la sala de cine se comportan como un crío en un teatro de marionetas (1). Naturalmente, cuando esos espectadores cogen un libro, pasa lo que pasa: critican Madame Bovary porque la señora en cuestión es burra; encuentran, por el contrario, que Anna Karenina es odiosamente perfecta y no les gustaría tenerla como amiga; menosprecian Jane Eyre porque les parece que el señor Rochester es un idiota y un machista ; y piensan que, en el país de las maravillas, Alicia actúa de manera excesivamente crédula.

Juzgar los actos de unos personajes de ficción del mismo modo que juzgaríamos los de nuestro jefe, nuestro primo o nuestra ex es probablemente llegar al nivel más bajo al que puede llegar un lector. Nabokov empleaba un término certero -aunque demasiado benévolo- para describir esa actitud infralectora: puerilidad.

Sí, ya, muchos libros, pero seguro que no has entendido ni uno solo.

En alguna ocasión he hablado de mi afición a la salsa y la timba cubana, estilos de música que, en la pista de baile, no se me dan espantosamente mal, modestia aparte. He realizado varios cursos, y todavía me apunto a alguno de vez en cuando para ir reciclándome. Afortunadamente he aprendido a elegir, porque existe un tipo de profesor, normalmente salido de las mejores escuelas de baile de Cuba, que piensan que cuando un españolito quiere aprender a bailar, necesita antes aprenderse la genealogía de Changó, Yemayá, Ochún y todos los orishas de la religión afrocubana.

Esta irritante actitud tiene también su versión literaria, concretamente en la conocida frase "no se puede entender a Fulano si antes no has leído a Mengano". Por supuesto, la frasecita en cuestión siempre la pronuncia, henchido de vanidad, el lector de Mengano, o por lo menos, el que sabe que Mengano vino antes que Fulano. Es evidente, por tanto, que nunca os encontraréis con alguien que diga "he leído todo Faulkner, pero como no he leído antes a Mark Twain, no me he enterado de nada". Pues bien, recientemente, alguien se llevó las manos a la cabeza porque Muñoz Molina decía en su artículo sabatino de Babelia que, como aquél que dice, acababa de descubrir a Thomas Bernhard. Nuestro Mengano aprovechó la coyuntura para decir que qué barbaridad, cómo es posible, dónde vamos a ir a parar, ¡pero bueno! , si no se ha leído a Bernhard no se puede entender a éste ni a aquél ni al de más allá.

No niego que lo que esta actitud de niñato resabido manifiesta es, en el fondo, absolutamente cierto. Pero, ¿no creéis que el mundo sería un lugar más hermoso para vivir si estos arzobispos de la cronología literaria se limitaran a decir, sencillamente, que "leer a Mengano te ayudará a apreciar mejor a Fulano"? Porque si insistimos en ese "no se puede entender", tendremos que recordar que antes de Mengano también está Zutano, y antes de éste, otro, y otro, y otro. Y la verdad, no a todo lector le apetece remontarse a los textos sumerios para entender a Lucía Etxebarria. Además, entonces yo, que todavía no he leído a Proust, ¿soy capaz de entender algo de lo que ha venido después?


Bueno, ahora ya me he desahogado.
En fin, si he programado esto bien, en el momento de que lo leáis yo estaré en tierras inglesas, con una vista parecida a la de la foto, y en compañía de la familia sanguínea, la política y el señor Thackeray. Así que feliz agosto @ todos.

(1) Sin embargo, para que veáis que no soy tan borde, os confesaré que me parece entrañable que aplaudan cuando el héroe consigue salvar el avión en el último suspiro.

viernes, 25 de julio de 2014

Germanistas con maleta y reporteros con mochila


M. era una amiga que conocí en la universidad. Era una chica de vastísima cultura que, sin embargo, huía siempre del elitismo intelectual. Era una persona apreciada por igual por sus colegas - profesores universitarios y catedráticos- y por el mendigo con el que era capaz de sentarse en un banco a compartir un bocadillo. Era, en pocas palabras, la persona más abierta, cordial y libre de prejuicios que he conocido. Y sin embargo, lejos de pensar que recorrer mundo ensancha la mente, M. odiaba viajar. Todo viaje, según ella, era una huida. A diferencia de los que pensamos que viajar es una manera de aprender y, por ende, ser más felices, M. pensaba que el viaje no es más que un desesperado y vano intento de, a lo sumo, ser menos desgraciados.

Sigo pensando que, en líneas generales, tenía razón yo. Viendo mis grandes viajes con la distancia de más de dos décadas, me pregunto, sin embargo, si hoy los emprendería con el mismo afán de disfrutar. La lectura de El Danubio y Fantasmas balcánicos despiertan en todo lector y viajero no sólo unas ganas incontenibles de hacer la mochila y comprar un billete de ida, sino que también le descubren una nueva dimensión al acto de viajar. Así, a la pregunta de qué buscamos en el viaje, hoy probablemente yo respondería de manera muy diferente a como lo hubiera hecho hace quince o veinte años. No se trata simplemente de disfrutar, desde luego, y tampoco exactamente de aprender. Se trata, más bien, de... ¿vivir? ¿Ser? ¿O simplemente, estar? Permitidme que deje las palabras entre interrogantes. No quiero, en homenaje a M., ponerme demasiado trascendental.

¿No os apetece un viajecito?

Dos son las irresistibles tentaciones que se le presentan a cualquiera que vaya a hablar de El Danubio: la geografía y la historia. Soy consciente de que no seré capaz de evitar, si no caer en ellas, cuando menos tropezar, pero intentaré que sean tropiezos bien empleados.

Desde su publicación, allá por 1986, El Danubio se ha convertido en un clásico contemporáneo. Su mezcla de historia, antropología y diario de viaje, vertida en un lenguaje culto, en ocasiones barroco, pero nunca inaccesible, y empapada de principio a fin de la incontenible erudición del autor, deslumbró a la crítica y, me atrevo a aventurar, cambió de manera definitiva nuestro concepto de literatura de viajes. Tanta es su relevancia y tan profundo es su análisis de la Mitteleuropa, que poco importa que el mundo en que se escribió haya dejado de existir. Literalmente. Fijaos si no en la lista de estrellas invitadas: RFA, Austria, Checoslovaquia, Hungría, Yugoslavia, Bulgaria y Rumanía. Casi la mitad de esos estados hoy no son más que historia, y la mayoría de los que quedan están hoy irreconocibles. Pero, como para Magris en este caso la geografía se limita al inmutable Danubio, y como la historia, inabarcable, puede saltar de Napoleón a los nibelungos, de Rudolf Hoess a Virgilio, o del asesinato de Sissí al Sacro Imperio Romano, pues el libro es hoy de tanta o tan poca actualidad como el día en que se publicó.


Los libros de viajes suelen ser de lectura sencilla, pero ya os he dicho que éste no es un libro de viajes al uso. En otras palabras, no es el libro que yo me llevaría en un crucero por el Danubio. Lo que Magris nos ofrece en este libro no es el retrato de un mundo. Es, como todo viaje, una búsqueda:

Al contemplar las aguas jóvenes y sutiles del recién nacido Danubio, me pregunto si, siguiéndolo hasta el delta, entre pueblos y gentes diferentes, nos adentramos en un terreno de sanguinarios encuentros o en el coro de una humanidad, pese a todo, unitaria en la variedad de sus lenguas y sus civilizaciones. 

Magris parece preguntarse si lo que busca es la esencia o, por el contrario, los restos de la Mitteleuropa, aquel mundo forjado a lo largo de los siglos que para el autor se sitúa siempre alrededor de dos ejes con frecuencia antagónicos: el Danubio y el Rin, Austria y Prusia; la vieja guardia representada por los Habsburgo o la modernidad encarnada en Napoleón. Y ante una modernidad tan peculiar como la que trajo el Bonaparte, Magris el germanista reivindica las ideas de Franz Grillparzer, el dramaturgo vienés cuyo nombre aparece una y otra vez a lo largo de la obra. Según Grillparzer:

Napoleón es (...) el símbolo de una época que ve cómo la subjetividad (nacional, revolucionaria, popular) se distancia de la religio de la tradición y provoca, con la nacionalización de las masas, el final del cosmopolitismo setecentista, racionalista y tolerante.

Como veis, la actualidad del libro no podía ser más rabiosa. Pobre Europa, no la mittel sino la de más al süd.


Y es que Magris, ahí donde lo veis, tan civilizado y culto, es un gran provocador, algo que, por otra parte, es lo que debe hacer siempre la cultura. Sus ideas, sus reflexiones y, sobre todo, sus juicios jalonan El Danubio de principio a fin, y no le duelen prendas, por ejemplo, en calificar a Pablo Neruda de "pomposo", algo con lo que cualquier lector de Confieso que he vivido estará de acuerdo. Otro ejemplo bastante más jugoso de este espíritu provocador es el que lo lleva a enfrentar a humanistas y naturalistas. Dice al respecto: 

El demócrata es humanista; el naturalista -incluso si permanece inmune a las inclinaciones pseudonazis perceptibles en el pasado de Lorenz- difícilmente cree en la "religión de la humanidad", porque en ésta descubre una -aunque sea la más evolucionada-  de las formas vivas y considera probablemente, como aquel personaje de Musil, que si Dios se ha hecho hombre, podría o debería hacerse también gato o flor.  (...) [El naturalista] está dispuesto a justificar la ley que sitúa, fatalmente, a un bando contra otro -y el bando, según la constelación histórica, puede ser la ciudad, el partido, la clase, la tribu, la nación, la raza, Occidente o la Revolución mundial-. En el momento de la lucha no valen los principios generales, sino que impera el sentido instintivo de la pertenencia al bando, en nombre del cual es lícito y obligado atacar...

Y por cierto, tan interesante como la comparación en sí es el modo en que ésta surge en la mente del viajero:

En mi viaje encuentro demasiadas veces veces la heráldica águila bicéfala y demasiado poco el águila real o la marina, que vuelan sobre las aguas danubianas; Musil, Francisco José, la Media Luna y el Café Central hacen ensombrecer a los habitantes más antiguos y legítimos de la Mitteleuropa, olmos y hayas jabalíes y garzas.

Magris, pues, no se limita a lo que ve ni a su historia, sino que deja que un detalle, una palabra o un gesto prendan una chispa que encienda conexiones insospechadas entre sus ideas, sus observaciones y su bagaje cultural. 

Aquí no es azul

Decía más arriba que el hecho de que las fronteras de Europa hayan cambiado no le resta a El Danubio un ápice de actualidad. Iría más lejos, sin embargo, y añadiría que, en cierto modo, y dejando de lado la maestría de Magris, es precisamente el haber sido escrito en vísperas de aquel famoso, falso y fukuyamesco "fin de la historia" (toma aliteración) lo que confiere a este libro su carácter de clásico contemporáneo, sin obviar que Magris de hecho intuía algunos de los cambios que se avecinaban, como la caída del comunismo y la disgregación de Yugoslavia. El Danubio, en fin, confirma que las fronteras que traza el hombre siempre serán efímeras, y que las raíces de los pueblos se hunden mucho más hondo de lo que la fecha de una batalla puede indicar.

El libro proporciona una cantidad ingente de hilos que al lector inquieto le entusiasmará seguir, desde autores como Grillparzer, Stifter, Peter Jaros o Jean Paul, las memorias de Rudolf Hoess, el atroz martirio de György Dozsa, el falso zar Franz Fekete, la irlandesa Lola Montez, la abuelita revolucionaria Baba Tonka, y así docenas y docenas de historias, algunas tan anecdóticas como inolvidables (qué decir del cazador que trabaja en un cementerio) que Magris salpica con sus reflexiones sobre la gloria literaria, la estupidez del mal, la vida como carencia y, siempre, el viaje. No me veo con fuerzas para escribir al respecto, pero, para compensar, incluiré una cita más, que os dará una idea de cómo llega a escribir Magris:

El viandante avanza en el atardecer, cada paso le adentra en el crepúsculo y le conduce más allá de la franja inflamada que se apaga. El viajero, escribe Jean Paul, es semejante al enfermo, está en equilibrio entre dos mundos. El camino es largo, aunque sólo nos desplacemos de la cocina a la habitación que contempla occidente y en cuyos cristales se incendia el horizonte, porque la casa es un reino vasto y desconocido y una vida no basta para la odisea entre la habitación de niño, el dormitorio, el pasillo por el que se persiguen los hijos, la mesa del comedor sobre la cual los tapones de las botellas disparan salvas como un piquete de honores  y el escritorio con unos cuantos libros y unos cuantos papeles, que intentan explicar el significado de este ir y venir entre la cocina y el comedor, entre Troya e Itaca.


Dejemos ahora el apacible Danubio y adentrémonos en una tierra algo más agitada, por lo menos en los últimos tiempos, léase siglos. Decía al principio de esta entrada que, si hoy tuviera de nuevo la posibilidad de coger la mochila y desaparecer dos o tres meses, probablemente me tomaría el viaje con una actitud muy diferente. Lo cierto es que mi último viaje largo, solitario y mochilero lo emprendí con este espíritu. Así, cuando fui a Cuba, no me interesaba lo más mínimo disfrutar de sus espectaculares playas de agua cristalina ni llenar el carrete (Dios mío, ¿tanto tiempo hace?) de fotos que hicieran morir de envidia a mis amigos, sino, sencillamente, conocer a la gente y, más que hablar, dejarles hablar a ellos. Y si así lo hice, ¿por qué no pude escribir un libro como el de Kaplan?


Fantasmas balcánicos fue inicialmente rechazado por hasta catorce editoriales, y cuando por fin se publicó, en 1993, no fue precisamente un éxito de ventas. Sin embargo, estamos ante uno de esos libros de los que puede decirse que, si no lo cambiaron, sí influyeron profundamente en el curso de la historia. Y eso sucedió el día en que se vio a Bill Clinton con el libro en cuestión bajo el brazo. Clinton estaba en aquellos días sopesando la intervención en Bosnia, y cuentan los que conocen a Mr President que el libro jugó un papel relevante en la decisión final de no intervenir. Kaplan, por su parte, niega que ésa fuera su intención y afirma que, de hecho, desde el primer momento se mostró a favor de una intervención armada contra los serbiobosnios. El libro, en cualquier caso, se convirtió gracias a Clinton en todo un éxito de ventas, y del presunto mal uso que se hizo de él Kaplan se benefició no sólo económicamente, sino sobre todo en términos de prestigio e influencia. Y es que desde entonces Kaplan ha pasado de ser un reportero a convertirse en, según algunas publicaciones, uno de los cien pensadores globales (sea eso lo que sea) más importantes, además de ostentar cargos de influencia relativos a seguridad en EEUU.


El olfato  de Kaplan le ha llevado a adelantarse siempre a la noticia, o, por utilizar una imagen más dramática, a meterse en el ojo de la tormenta antes de que ésta estalle. Así, tras su primer libro, sobre la hambruna en Etiopía, publicó Soldados de Dios: con los muyahidines en Afganistán, y se publicó en 1990, es decir, años antes de que muyahidín se convirtiera  en un término de uso cotidiano y cuando Afganistán no era más que una torpeza de la URSS. Y luego vino el que nos ocupa, donde advertía del desastre que se avecinaba en los Balcanes y al que, según el autor, los gobiernos occidentales hacían oídos sordos.

A decir de algunos, ese olfato de reportero y su capacidad de anticiparse a la noticia se le han subido un poco a la cabeza, y parece ser que en obras más recientes abusa de esa imagen y se presenta como una especie de gurú de la política internacional. La verdad, no estoy al corriente de las últimas publicaciones ni declaraciones del señor Kaplan, pero una cosa sí que sé: sean cuales sean los defectos achacables a Fantasmas balcánicos (y le han achacado muchos), el libro no tiene desperdicio. Kaplan nos cuenta en esta obra el viaje que hizo en 1990 por la península de los Balcanes, y que lo llevó de Yugoslavia a Grecia pasando por Albania, Rumanía, Bulgaria y Moldavia. A diferencia de Magris, que viajó en compañía de amigos y, presumo, en primera clase y con maleta, Kaplan emprendió el viaje solo, con mochila, y en trenes y autocares verdaderamente balcánicos.

Rebecca West, autora de Cordero negro, halcón gris

Al igual que con el libro de Magris, la sed de lecturas que despierta Fantasmas... es prácticamente imposible de saciar, y confirmando de nuevo que la buena literatura de viajes es intemporal, se centra en el clásico de Rebecca West, Cordero negro, halcón gris: un viaje al interior de Yugoslavia, un mamotreto de casi mil páginas escrito nada menos que en 1941. Desconocía a esta autora, pero un vistazo a la wiki nos revela una persona absolutamente fascinante, y ese Cordero negro... está en el primer lugar de mi lista para mi inminente viaje anual a Inglaterra.

Otra de las referencias de Kaplan es el libro La guerra en Europa oriental, del no menos apasionante periodista John Reed, de cuyo clásico sobre la Revolución Rusa ya hablamos aquí. Y hay más, desde luego, pero me haría falta algo más que media vida para poder aplacar las ansias de leer que me han entrado con el libro de Kaplan. Y cuando digo que me haría falta algo más, me refiero a que algunos de los libros mencionados parece ser que sencillamente no se han publicado jamás en España. Tal es el caso de La guirnalda de la montaña, un clásico de la literatura serbia escrito por el Príncipe-Obispo de Montenegro, filósofo y poeta Petar II Petrovic Njegos.

Y quizá aún cambiará más

Centrándonos de nuevo en el libro y los viajes de Kaplan, a nadie sorprenderá que Fantasmas balcánicos levante tantas suspicacias entre los habitantes de la península balcánica como entusiasmo entre los legos en balcanismo como yo. Uno de los ejemplos lo tenemos en el infernal campo de exterminio de Jasenovac, al que ya me referí en mi entrada sobre La casa de nogal. Dado que, tanto étnica como lingüísticamente, serbios y croatas son imposibles de distinguir, el método infalible es preguntar cuánta gente murió en Jasenovac. Si te responden que 700.000, tu interlocutor es serbio. 60.000, estás hablando con un croata. 

Uno de los personajes más relevantes en la historia moderna del conflicto entre serbios y croatas fue Aloysius Stepinac, Cardenal y Arzobispo de Zagreb entre 1937 y 1960, excluyendo los cinco años que pasó en prisión. La figura de Stepinac fue tremendamente controvertida, y su juicio, tachado de farsa por el Vaticano, el gobierno británico y organizaciones cristianas y judías, alcanzó repercusión mundial. Durante la guerra, el cardenal había apoyado abiertamente a los ustachas, el movimiento fascista que colaboraba con los nazis y emulaba sus atrocidades con gran entusiasmo. Pero Stepinac contaba en su haber con dos grandes y heroicas virtudes a ojos de occidente: era un furibundo anticomunista, y se mostró siempre en contra de la persecución a los judíos. Sobre las matanzas de serbios, limitaba sus críticas a sus momentos más íntimos. Stepinac fue beatificado por Juan Pablo II y es hoy venerado en su tierra. 

El cardenal Stepinac durante su juicio por colaboración con los nazis, entre otros cargos

Uf, y estamos todavía en la página 20... No tengo fuerzas para siquiera resumir alguna otra de los cientos de historias de las que este libro rebosa. Kaplan combina, a mi juicio de manera soberbia, la historia de los lugares que visita con su devenir mochilero en vagones de tercera, hoteles de supuesto lujo que son nidos de prostitutas, charlas con monjas, políticos, religiosos, chóferes, y la experiencia que le brinda el haber vivido siete años en Grecia. Fascinante es, por ejemplo, recordar la figura de Ali Agca y la posible implicación de las fuerzas de seguridad búlgara en el fallido asesinato de Juan Pablo II; cómo al regreso de China de un antiguo zapatero llamado Ceaucescu los cines rumanos dejaron de proyectar Butch Cassidy and the Sundance Kid (Dos hombres y un destino); la historia de un líder revolucionario macedonio llamado Gotse Delchev; cómo Carol I de Rumanía entró de incógnito en el país sobre el que iba a reinar; y sigue y sigue y sigue, hasta llegar al último capítulo, genial como casi todos, dedicado a Grecia, donde tenemos a Melina Mercuri, a Hemingway y, sobre todo, un nombre que oí mucho durante mi infancia y del que sin embargo hasta ahora no sabía ni papa: Andreas Papandreu.

Andreas Papandreu, en un retrato digno de Kaplan

Kaplan niega el tópico según el cual Grecia es algo así como la cuna de Europa, y afirma que se trata de un país no sólo plenamente balcánico, sino tirando más bien a oriental. Como ya he señalado, Kaplan, además de estar casado con una griega, vivió sus buenos siete años en Grecia, años que coincidieron en buena parte con el mandato de Papandreu. Fueron años en que Grecia se enemistó con buena parte de occidente; en que Papandreu, un niño de papá educado en Harvard que vivió hasta los cuarenta y tantos en campus de los EEUU, se entregó al populismo, cultivó una imagen casi de mafioso, se apoderó de los medios de comunicación, se entregó a una fraternal amistad con Castro, Gadaffi o el antropófago Idi Amin Dada, se cruzó de brazos ante el terrorismo, dado que éste sólo mataba a extranjeros, y llevó a la ruina a la industria del turismo. Como veis, nada que no se pudiera arreglar con una, ¡ay!, cadena humana por la paz alrededor de la Acrópolis. En fin, todo un personaje, este Andreas, digno colofón de esta joya de libro que desde su publicación ha soliviantado a más de un fantasma.

¡Balcanes, allá voy! (aunque sea a bordo de un libro)


sábado, 12 de julio de 2014

Genealogía y otros vicios judíos



En más de una ocasión me han tomado por judío, y la verdad es que yo me siento bastante halagado de que me relacionen con un pueblo al que admiro. Sin embargo, ni yo ni nadie que no sea de origen judío podría jamás hacerse pasar durante mucho tiempo por lo que no es. Cuando dos judíos se encuentran (y esto no es un chiste), se preguntan el apellido. Cualquier apellido que se te ocurra, la otra persona, el judío de verdad, lo conocerá, y, probablemente, conocerá a alguien más con ese apellido. La pregunta será entonces si tu familia puede estar emparentada con aquella otra, y, de no ser así, cuál es la historia de tus padres y abuelos. En definitiva, la mentira no te durará ni dos minutos.

Dos son los factores que explican esta pasión judía por la genealogía. Uno de ellos tiene que ver con el hecho de que el pueblo judío no es sólo una comunidad religiosa, sino también un grupo étnico. Todavía hoy en día existen personas cuyos orígenes, afirman, se remontan a las tribus de sacerdotes (los kohanim, de donde deriva el apellido Cohen) y levitas mencionadas en la Biblia.

Daniel Mendelsohn

El segundo factor es más reciente: la tragedia que sacudió al  pueblo judío en el siglo pasado. El genocidio y los desplazamientos, la pérdida de contacto con seres queridos y el exterminio de familias enteras impulsaron, con los años, la creación de numerosas agencias genealógicas, que ayudaron a algunos a reencontrar a sus familiares, o el triste rastro que quedó de ellos. Y también, sin duda, fueron muchos los que en ese momento descubrieron su relación con personas cuya existencia desconocían hasta entonces.

(Se me ocurre, no obstante, que puede haber otro factor que la wikipedia no menciona, a saber, los requisitos que tiene que cumplir cualquiera que desee emigrar a Israel y que consisten, en pocas palabras, en demostrar sus orígenes judíos hasta tres generaciones de antepasados.)

Naturalmente, en la era internet tal afición por rastrear los orígenes ha experimentado un crecimiento espectacular, y aunque dicho crecimiento se extiende a otras comunidades aparte de la judía, en ésta, por los motivos mencionados, tiene especial relevancia. Son probablemente cientos las páginas web dedicadas a escarbar, por ejemplo, en la historia de los millones de víctimas de la Shoah, y así, cualquier persona de origen judío que desee averiguar qué fue de sus familiares lo tiene hoy más fácil que nunca.


Un ejemplo memorable de esta búsqueda lo tenemos en Los hundidos, de Daniel Mendelsohn. Leí este libro hace seis o siete años, si no más, y a diferencia de tantas otras lecturas que vienen y se van, lo recuerdo de manera absolutamente vívida. El título completo de la obra es Los hundidos. En busca de seis entre los seis millones, y esos seis, huelga decirlo, son aquellos miembros de su familia que perecieron en el genocidio. Uno no necesita excusas ni motivos para emprender semejante búsqueda, pero es fácil entender que, en este caso, la escena inicial del libro, escena que el autor tuvo que vivir más de una vez durante su infancia, lo marcara y convirtiera esa búsqueda en, más que una obligación, un destino ineludible.

La escena en cuestión nos mostraba, si no recuerdo mal, a los padres del autor recibiendo las visitas, a mediados de los años sesenta, en su casa de Estados Unidos, de tíos, tías y primos lejanos, supervivientes de la masacre de Bolekhow. En un momento dado, el pequeño Daniel entraba en la sala donde estaban hablando los mayores, y entonces algunos de éstos, apenas lo veían, estallaban en lágrimas, al ver en él el vivo retrato del tío-abuelo Shmiel. Del tío Shmiel sólo quedaban algunas cartas, unas pocas fotos, y la frase repetida en susurros, "el tío Shmiel y su mujer tenían cuatro hijas preciosas, fueron violadas y luego los mataron a todos."

Adam Kulberg, primo lejano del autor, con la carta que le informaba de que toda su familia había sido asesinada

Los hundidos es la crónica de la búsqueda de la memoria de Shmiel, su esposa y sus cuatro hijas, todos ellos asesinados en el holocausto. Acompañado de tres de sus hermanos, Mendelsohn emprendió esa dolorosa búsqueda, que, aparte del rastreo documental, lo llevó a recorrer ciudades, pueblos y shtetl de Polonia y Ucrania, y a lugares tan alejados como Israel o Australia. Como sabéis lo que os pasáis por aquí desde hace tiempo, siento una especial debilidad por este tipo de historias donde se entrelazan la Historia con mayúscula y la investigación personal, como sucedía en El orientalista o en la también excelente Orígenes, de Amin Malouf, y esta obra de Mendelsohn está a la altura de las mejores.

Recopilando información de todo tipo de fuentes, Mendelsohn intenta atar unos cabos que se habían ido deshilachando en la memoria de las generaciones y que podían aparecer de repente en la otra punta del mundo. A lo largo de la obra, el autor nos cuenta los pasos que está dando tanto entre archivos y álbumes como en la red, y es imposible no lanzarse a consultar en las pausas de la lectura algunos de los enlaces que nos proporciona. A ratos, Mendelsohn imprime a la investigación un ritmo de novela negra, y, como en ese tipo de historia, el lector tiene la sensación de descubrir pistas insospechadas y hacer hallazgos inverosímiles al tiempo que el propio autor. En este sentido, son inolvidables las desesperadas cartas que Shmiel, a medida que siente la inminencia del desastre, envía a sus familiares en América, o, por mencionar otro ejemplo, cuando descubrimos que Shmiel emigró a EEUU a principios de siglo, y por la fatalidad del inimaginable destino, decidió volver a Ucrania. La historia es de por sí absolutamente fascinante, y el modo en que, a través de fotografías, cartas, documentos y, sobre todo, en el clímax de la crónica, las conversaciones con aquellos vecinos que lo conocieron, el autor reconstruye de una manera asombrosamente vívida las vidas de su tío-abuelo, su mujer y cuatro hijas, me conmovió, me apasionó y, como veis, me dejó huella.

El guetto de Bolekhow

El autor alterna la crónica de la búsqueda con capítulos dedicados a la interpretación de pasajes de la Biblia. A algunos lectores estos capítulos les parecen indigestibles. A mí, que me gusta lo raro, me resultaron sencillamente apasionantes. El jugo que sabe sacar el autor no sólo a pasajes oscuros o poco conocidos, sino incluso a aquéllos que todo el mundo conoce, verbigracia, las primeras líneas del Génsesis, me recordó a Michel Tournier, un autor al que no leo desde hace siglos, pero que en su tiempo me reveló evidencias para mí ocultas tanto de la Biblia como de Pinocho. Ahí es nada. Es cierto, en honor a la verdad, que Mendelsohn, crítico, ensayista y verdadero erudito, disfruta haciendo gala de su sapiencia, y que la exégesis que lleva a cabo a veces puede resultar excesiva, pero, como ya he dicho en alguna otra ocasión, a mí me gustan los autores que de vez en cuando me recuerdan mis limitaciones culturales. En definitiva, uno de los libros más impresionantes que he leído en muchos años y que me están entrando unas incontenibles ganas de releer.



La genealogía, si bien el más perdonable, no es el único vicio del pueblo judío. De hecho, como nos demuestra Isaac Bashevis Singer en todas sus novelas, ni siquiera el judío más devoto y ortodoxo está a salvo de las asechanzas del maligno, que acosan por igual a judíos y gentiles.

(Os confieso que al principio, esta entrada iba a estar dedicada únicamente a la última novela de Singer que he leído, pero con el primer párrafo ya me he liado con otras historias, se me ha ido el santo al cielo, y he acabado hablando del libro de Mendelsohn, que, pensándolo bien, quizá no tenga mucho en común con La casa de Jampol.)

La historia en La casa de Jampol transcurre bien entrada la segunda mitad del s. XIX, una época convulsionada por recientes revoluciones, y en la que se avistaban en el horizonte revoluciones y convulsiones aún mayores. La principal de todas, y la que marca el devenir de aquella Polonia donde transcurre la historia, nos la señala el autor en la frase que abre la novela:

Después del fracaso de la rebelión de 1863, muchos nobles polacos fueron ahorcados.

Entre ellos, nada menos que la familia del Capitán Nemo, quien, en la versión inicial de 20.000 leguas..., era un noble polaco cuya familia había sido asesinada por los rusos en dicha rebelión. Sin embargo, la posterior alianza de Francia con la Rusia zarista hizo que el editor de Verne se inclinara por no revelar las raíces de la misantropía de Nemo. Pero bueno, no sigamos desvariando.

1861. Tropas rusas acampadas en plena Varsovia

La rebelión fracasada cuyo recuerdo abre la novela es conocida en la historia como el Levantamiento de Enero, y fue una revolución por parte de los jóvenes polacos, a los que luego se unieron los nobles, que tuvo como detonante el reclutamiento forzoso en el ejército ruso. Una de las consecuencias de la derrota de los insurgentes fue, aparte de las ejecuciones y los miles de deportados a Siberia, la confiscación de más de mil seiscientas tierras y propiedades de la nobleza polaca. Entre ellas estaba la casa del conde Jampolski, que da título a la novela.

Calman Jacoby, un respetado comerciante, decide escribir a San Petersburgo y solicitar al nuevo  propietario, un general y duque ruso, que le arriende la propiedad. Para su sorpresa, la fortuna le sonríe y, a partir de ese momento, con su capacidad de trabajo y su habilidad para los negocios, Calman consigue crear un pequeño imperio. Pero a diferencia de El imperio de Kalman el lisiado, más centrado en el antiheroico protagonista, Singer da más protagonismo a la progenie de este otro Calman, formada por sus cuatro hijas y, con su estilo sencillo y maestría narrativa, sigue sus diferentes y tortuosos caminos, con el telón de fondo de un país sometido, una violencia dormida, y el torbellino de ideas e ideologías que entonces empezaron a gestarse. Nos dice el autor en la nota previa:

Todas las ideas espirituales e intelectuales que han triunfado en nuestros tiempos tienen su origen en el mundo de aquel tiempo, y así ocurre con el socialismo y el nacionalismo, el sionismo y el asimilacionismo, el nihilismo y el anarquismo, la igualdad de derechos de la mujer, el ateísmo, la debilitación de los vínculos familiares, el amor libre, e incluso el fascismo, en sus rudimentos.

Algunos de los sublevados de 1863

La literatura yiddish no suele ocuparse de los grandes nombres de la historia, aquéllos que trillan las sendas que seguimos los pobres mortales. Tiende, más bien, a centrar su atención en esos pobres mortales a los que tanto las sendas como las ideas les vienen dadas, y a contarnos el modo en que se rebelan contra éstas, se adaptan o se pierden en el caos. Y de caos se puede tildar sin duda esa segunda mitad del s. XIX.

El Levantamiento de Enero tuvo lugar 30 años después de la Revolución de los Cadetes, y no fue el último, pues en 1905 un imperio ruso en caída libre todavía tuvo que enfrentarse al pueblo polaco en la Insurrección de Lodz. Pero, insurrecciones aparte, el verdadero caos, como muy bien nos recuerdan las palabras de Singer, flotaba en el ambiente, en esa marabunta de espectros que recorría Europa. Los nombres de Nechayev y Bakunin, el de Karakozov (el primer revolucionario ruso que atentó contra la vida del zar) o el de Chernishevski, novelista y revolucionario; el colonialismo europeo en África, los eternos ecos de la revolución en Francia y la reciente guerra franco-prusiana, entre muchos otros, aparecen en las páginas como los lejanos relámpagos de una tormenta en el horizonte.

Sin embargo, como suele suceder en los libros de Singer, y quizá (no he leído tanto como para poder afirmarlo) en toda la literatura yiddish, tanto los personajes como los hechos históricos parecen ser herramientas en manos del autor para dar forma a la cuestión central y eterna, que viene a ser, en apariencia, el judaísmo, y en realidad, la relación del hombre con un Dios que se ha desentendido de su creación.

Un grupo de judíos jasídicos en Cracovia

Veíamos en La familia Máshber que el judaísmo estaba a merced tanto de la persecución étnica en forma de pogromos como del fanatismo dentro mismo de la comunidad. En La casa de Jampol los peligros que acechan al pueblo judío no vienen por ese lado sino, más bien, por el progreso de occidente. En palabras de un personaje de la novela, Wallenberg, un judío convertido al catolicismo:

Es absurdo vivir en Polonia y hablar una jerga germánica, como el yiddish, y más ridículo todavía vivir en la segunda mitad del siglo XIX y comportarse como si uno viviera en la Antigüedad. (...) He viajado por Turquía y Egipto, y puedo decirle que ni siquiera los beduinos son tan salvajes como nuestros asideos.

 Dejando de lado la cuestionable elección por parte del traductor del término asideo en lugar de jasídico, la caracterización de ese movimiento religioso como fanático y retrógrado es tan sólo una de las acusaciones que los judíos "occidentalistas" hacen a una parte de su pueblo.

¿No le parece raro que los judíos lituanos se hayan dedicado tanto al estudio, en tanto que los judíos polacos apenas se interesan en adquirir conocimientos científicos?

La tensión entre ambas corrientes es una constante a lo largo de la novela, y podemos decir que también en este sentido las palabras de Singer respecto a las ideas espirituales de nuestros tiempos se ven hoy confirmadas, pues son muchos los israelíes que tienen una opinión igual de negativa sobre el judaísmo ultra-ortodoxo, que tanto debe al jasidismo.

Judíos jasídicos en acción. Un vídeo casero, una canción yiddish muy hermosa y una voz increíble

Pero decíamos que el peligro proviene, sobre todo, del progreso de occidente, y de hecho, el fantasma de un siniestro personaje (no es el Carlos que pensáis) recorre la novela de principio a fin.

-... Los judíos han de convertirse en polacos de cabo a rabo. De lo contrario, seremos expulsados, como en los tiempos del Faraón.
-Los polacos también están esclavizados.
-Éste es otro asunto.
-Los fuertes quieren dominar a los débiles -dijo Ezriel, un poco dubitativo acerca de la pertinencia de su observación.
-Mucho me temo que así sea. En Inglaterra se ha publicado recientemente un libro que hace furor en el mundo científico. Según parece, sostiene la teoría de que la vida no es más que una constante lucha para sobrevivir, y que tan sólo los más fuertes triunfan.

La grandeza de Singer radica en que uno no sabe muy bien si el autor utiliza el conflicto espiritual y la batalla de ideas como mero escenario para desarrollar un impresionante novelón que muchos han comparado con Los Buddenbrook, o si, por el contrario, las vicisitudes de la saga familiar, con sus miembros atormentados, atribulados y, en ocasiones, depravados, no son más que una excusa para para presentar dichos conflictos y batallas.

Con un escritor tan grande como Singer, autor de novelones como El mago de LublinLa familia Moskat o la que para mí es una auténtica obra maestra, Sombras sobre el Hudson, es posible que La casa de Jampol dé la impresión de ser una novela secundaria en su bibliografía. Pero no os engañéis: La casa de Jampol es Singer en estado puro, un libro donde un puñado de personajes más reales que la vida misma nos muestran nuestras ambiciones, nuestros miedos, nuestra insignificancia, y la enorme fuerza que, en nuestra ingenuidad, le otorgamos a nuestra frágil esperanza.

Y la saga continúa con Los herederos. Ya estoy frotándome las manos.

I'm a Yiddish man in New York


viernes, 20 de junio de 2014

Entusiasmo y melancolía de la revolución


Los bolcheviques, socialistas, mencheviques y anarquistas, entre otros, que pusieron fin a siglos de zarismo lo tuvieron más fácil que aquellos guillotineros que, un siglo antes, habían acabado con la monarquía francesa: sabían que era posible.

No obstante, el camino que tuvieron que recorrer fue largo. Uno de los muchos momentos clave de ese camino fue el atentado que en 1881 acabó con la vida del zar Alejandro II. Este zar fue posiblemente el más liberal que hubo y, entre otras reformas emprendidas, había abolido la pena de muerte y puesto fin a la servidumbre de la gleba. Su magnicidio tuvo como consecuencia un apretón de tuercas a la autocracia por parte del nuevo zar Alejandro III, que por otra parte quizá fuera lo que buscaban quienes tiraron una bomba a los pies de su padre. El brutal atentado había sido perpetrado por un grupo llamado Voluntad del Pueblo, uno de cuyos miembros era Nikolái Kibálchich, experto en explosivos y pariente lejano de Víctor Lvóvich Kibálchich, más conocido en la posteridad como Víctor Serge. Pero no nos adelantemos tanto.

Ejecución de los miembros de Voluntad del Pueblo

La revolución se había ido gestando a lo largo de la segunda mitad del s. XIX, con el impulso de las ideas de Marx, Herzen y otros, y para la segunda década del XX ya estaba bien madura. No así en el año 1905, que, por lo demás, fue uno de los más agitados de aquel larguísimo parto revolucionario. De hecho, lo que ocurrió aquel año ha quedado en la historia con el nombre de Revolución Rusa de 1905. Fue la primera que hubo y se saldó con unas concesiones huecas por parte del zar para que todo siguiera como estaba. Nos lo cuenta así Serge, en su libro Vida temprana de Stalin:

El 17 de octubre de 1905 una huelga general espontánea obliga al zar Nikolai II a conceder a su pueblo un régimen constitucional cuasiparlamentario y libertades democráticas... A estos días de alegría les siguen días de sangre; y es entonces cuando la reacción, tras haberse recuperado, gracias a la fidelidad del grueso del ejército, reprime despiadadamente las insurrecciones, hace pedazos el levantamiento de Moscú, hace arrestar al Soviet, es decir al Consejo de diputados obreros de San Petersburgo, presidido por el joven revolucionario llamado León Trotsky que acaba de decretar la jornada de ocho horas...

[No obstante] la primera Revolución rusa fue una prodigiosa llamarada. Produjo, por millares, combatientes, héroes, ideólogos, políticos, fanáticos, aventureros. Todos los nombres que entraron en la historia unos doce años más tarde ya entonces figuraron en un buen lugar excepto el de José Dzhugashvili. En el Cáucaso, sin embargo, la tormenta tuvo tal violencia que arrasó con todo durante algunos momentos y la revolución gobernó el país, con excepción de algunos islotes. 

La repentina y brevísima desaparición de la censura permitió la aparición de decenas de publicaciones como ésta

En aquella época, Leonid Andréyev era ya un autor consagrado y tremendamente popular, gracias a sus relatos y novelas cortas, entre los que destaca Los siete ahorcados. Sus novelas más largas, sin embargo, parecen estar hoy prácticamente olvidadas, incluso esta extraordinaria y apasionada, sin dejar de ser apasionante, Sashka Zheguliov. Injusticias de la historia y del mundo editorial, porque decidme si unas primeras líneas como éstas no merecen una buena edición (la que he leído, de Espasa, no es mala, más bien todo lo contrario, pero tiene una de las portadas más feas de la historia de la literatura):

... Triste y tierno, amado por todos a causa de su belleza y de la pureza de sus pensamientos, unos labios sedientos bebieron su sangre y pereció muy joven, de una muerte solitaria y terrible. Fue enterrado junto a los criminales y asesinos, cuya suerte había compartido por propia voluntad; murió maldito de los hombres y nadie puso una cruz sobre su tumba desconocida. (...) ¿Quién iba a cerrar los ojos de un asesino? Quedarán abiertos, mirando dóciles a las tinieblas, hasta el gran día del juicio supremo...

Un Andréyev melancólico

La novela consta de dos partes. La primera se titula "Sashka Pogodin", y en ella tenemos a un chico prometedor, de buena familia, cuyo padre, militar de alto rango, murió siendo él niño, y cuyas madre y hermana lo adoran. Sasha, no obstante, tiene un espíritu melancólico, insatisfecho y desarraigado. De haber nacido en otra época y lugar, Sasha quizá hubiera sido un eremita, un marinero embarcado en una novela de Conrad, o, por qué no, un poeta ruso romántico amigo de los duelos. Pero en la época en que vive, la Rusia del XIX, su carácter sombrío y su corazón avejentado se avienen muy bien no sólo con el creciente descontento social sino, sobre todo, con la bíblica maldición de los hijos que cargan con la culpa de los padres.

Sasha Pogodin no tuvo nunca eso que se llama serenidad de la infancia. Siendo, como era, un niño semejante a los demás, su memoria no conservaba ningún recuerdo de ese sentimiento particular de quietud, de impecabilidad, de alegría serena que está íntimamente ligado con el sentimiento de la vida. Se diría que no había nacido como los otros niños, sino que había depertado de un sueño: un viejo que se durmiera con el alma hastiada y cargada de pecados y se despertara niño, habiendo olvidado lo que fue antes.

Andréyev en una foto familiar bastante inusual para la época

La segunda parte, "Sashka Zheguliov", marca el inicio por parte del protagonista de su vida como agitador. Pero antes, un poquito más de historia.

La abortada revolución de 1905 difiere de la exitosa del 17 en un aspecto fundamental: mientras la segunda tuvo como escenario casi exclusivo la ciudad de Petrogrado, la primera se extendió por vastas zonas del Imperio, y en ella jugó un papel destacado el campesinado. Que una fracasara y la otra triunfara nos dice mucho sobre estrategia revolucionaria. Al respecto de esas revueltas campesinas, nos dice la wiki:

La situación económica de los campesinos era insostenible. Sin embargo, carecían de una dirección unificada, y sostenían un abanico de objetivos tan numeroso como las facciones existentes. Los levantamientos se multiplicaron durante todo el año, alcanzando máximos a principios de verano y en otoño, y culminando en noviembre. Los arrendatarios reivindicaban menores tasas, los asalariados mayores sueldos, y los propietarios mayores terrenos. Las actividades incluían la ocupación de tierras —acompañada a veces de violencia e incendios—, saqueo de latifundios y la caza y tala ilegales en los bosques.

Fue uno de los escritores más fotogénicos de la historia

Y es a ese saqueo y a esos incendios a lo que entrega Sashka su juventud y su alma, hasta que por fin atrapamos los acontecimientos anunciados en la primera página. Ése es el núcleo del argumento. No cabe duda, pues, de que el valor literario de Sashka Zheguliov no radica precisamente en su trama, que, como hemos visto, podría resumirse en "de niño a terrorista y de terrorista a cadáver".

¡Protesto, señoría! El bloguero incurre en un juicio de valor al utilizar el término "terrorista". Mi cliente es un revolucionario.

Se acepta la protesta. Señor bloguero, limítese a los hechos.

Así lo haré, señoría. ¿Dónde estaba? Ah, sí, hablaba sobre el argumento de la obra y el término para calificar al personaje central. La palabra 'terrorista' aparece en numerosas ocasiones, y el mismo Sasha se ofrece ante "el Comité" a realizar un acto terrorista contra la vida del gobernador. Más tarde, cuando ya es jefe de su propia banda, uno de sus seguidores le dice:

Saludo muy profundamente a todos los asesinos... Vago por Rusia buscando asesinos y cuando encuentro uno me arrodillo ante él. Acepta, pues, tú también mi saludo, Alexandr Iványch.

Andréyev y Gorki

La novela es un interesantísimo retrato psicológico de un hombre que se enfrenta a su destino burgués y, bajo la influencia del espíritu de los tiempos, se une a una lucha para la que no está hecho. Su propia madre, que lo sobreprotege, lo sacó de la escuela militar, sabedora de que no era lo suyo. El conflicto central no es, pues, la lucha contra el poder, sino el acto violento primero que Sasha debe cometer: aniquilar su propia naturaleza reflexiva para convertirse en un hombre de acción, un hombre capaz de matar. Sasha debe renunciar a su madre para vengarse de su padre

"El padre se avergonzó entonces delante de mí, delante de los soldados", pensó Sasha apretando los dientes. "¡No, excelencia, yo no soy un cobarde; soy otra cosa, y lo voy a probar! Por mis venas corre sangre de usted, mi mano no es menos pesada que la suya, y va usted a convencerse ello...

Leonid Andréyev abrazó con entusiasmo la Revolución de Febrero, pero en cuanto los bolcheviques empezaron a apropiarse de ésta y de todo lo demás, sabiamente puso pies en polvorosa y se fue a Finlandia, desde donde se dedicó a escribir manifiestos dirigidos al mundo entero denunciando los excesos de Lenin y sus esbirros. Murió en la indigencia a la edad de 48 años.


Andréyev había tenido como mentor a Gorki, quien también había empezado su carrera con breves ensayos y relatos que lo catapultaron a la fama. Gorki fue durante décadas uno de los escritores estandarte de la revolución, pero, al igual que Andréyev, Mayakovski y tantos otros que en un primer momento se entregaron a ella con incontenible entusiasmo, no tardó en desencantarse e incluso renegar de la causa. Este desencanto le llegó bien pronto, cuando su periódico Nóvaya Zhizhn fue cerrado por los bolcheviques en diciembre de 1917. Gorki publicó entonces una serie de ensayos titulados Pensamientos inoportunos, en los que calificaba a Lenin de tirano y lo comparaba con el zar.

El grupo literario moscovita Sredá. Sentados, a la izquierda, Gorki y Andréyev

Por si tamañas desavenencias con el padre de la revolución no bastaran para romper cualquier vínculo con ésta, en 1921 su amigo el poeta Nikolai Gumiliov fue arrestado por la cheka en Petrogrado. Gorki, que se encontraba también en la ciudad, viajó inmediatamente a Moscú para interceder por su amigo. Consiguió una orden de liberación firmada por el mismísimo Lenin, pero a su regreso a Petrogrado se encontró con que Gumiliov ya había sido fusilado. Poco más tarde, a Gorki se le diagnóstico una tuberculosis, gracias a la cual pudo disfrazar de viaje de salud su exilio a Italia. En Sorrento, Gorki vivió varios años de penuria económica, y, pese a que visitó su país en varias ocasiones, no fue hasta principios de la década de los 30 cuando volvió definitivamente a la URSS.

No parecen estar del todo claros los motivos que lo impulsaron a regresar, máxime cuando la revolución bolchevique que él tanto había criticado se había convertido en algo todavía peor. Un malicioso Solzhenitsin achacó el regreso a que Gorki echaba de menos el dinero y la fama. Lo más probable es que Stalin le hiciera una oferta que no pudo rechazar, y que incluía el palacete de un millonario exiliado y un par de dachas. A cambio, el regreso del venerado escritor se convirtió en un extraordinario éxito propagandístico para el Padrecito de los pueblos, que además lo tenía así bien amarrado.

Vaya par de bigotes

Con Stalin uno siempre debe pensar lo peor, aun a riesgo de quedarse corto. Fueran cuales fuesen los métodos de persuasión que utilizó Iósif Vissariónovich, lo cierto es que, a diferencia de otros centenares de escritores, Gorki, como símbolo de la revolución y como emblema del realismo socialista, le resultaba a Stalin mucho más útil vivo que muerto. Por lo menos durante un tiempo.

Como ejemplo de la utilidad de Gorki para el régimen, nuestro autor, tras su visita al campo de concentración de Solovki, donde decenas de miles de prisioneros se dejaron la vida en la construcción del canal que une el mar Blanco con el Báltico, se puso a elogiar las condiciones de trabajo y la labor del Gulag como reformador de ciudadanos díscolos y desagradecidos. Muchos aún hoy se preguntan cómo alguien que había sido tan crítico con los excesos del bolchevismo fue capaz de rebajarse de ese modo, pero el caso es que se rebajó, y lo hizo en compañía de otros escritores de gran prestigio en la época. Lo cierto es que la imagen pública de Gorki en sus últimos años es la de un auténtico pelele en manos de Stalin, y cuando éste se cansó de su juguete, se lo cargó, sin miramientos, pero sí con gran disimulo. Ésa es la teoría más aceptada, y, a mi juicio, la prueba irrefutable la tenemos a la cabeza del féretro de Gorki.
Funeral de Gorki, con Stalin y Molotov a la cabeza del cortejo fúnebre

La fibra sensible del pueblo siempre se emocionará mucho menos con Bach que con los sencillos acordes de "Bella ciao" o "Comandante Che Guevara". Algo parecido sucede con La madre, que también transcurre en aquel turbulento 1905. ¿Cómo se explica que esta novela siga siendo hoy casi venerada, mientras que Sashka yace en el olvido? A mi juicio, aunque la novela de Andréyev no llegue al nivel artístico que pueda tener la música de Bach, sí es superior a la obra de Gorki. De hecho, probablemente el mismo Gorki estaría de acuerdo con esa afirmación. Es más, la saludaría con orgullo, porque antes que una expresión del alma o el divino acto de la creación de belleza, Don Máximo consideraba la escritura un acto moral y político con el que se podía cambiar el mundo. Para que vinieran los Bely y los Nabokov con su arte y sus florituras retóricas ya habría tiempo más tarde. Ahora tenemos una revolución que organizar. Y así fue cómo La madre, que -sin que sirva esto de crítica- tiene el nivel artístico de "Comandante...", consiguió en su momento, y quizá aún hoy, emocionar al pueblo.


El principal problema que tiene La madre para un lector actual es su carácter evangelizador, y está bien lejos de mi intención (¿por qué voy con tanto cuidado hoy?) el uso de dicho adjetivo con sentido peyorativo. En esta novela, Gorki puso en práctica las ideas de Lunacharsky al respecto de la religión,  ideas conocidas como la "construcción de Dios" o "evangelismo literario", y que venían a decir que, si bien la religión es el opio del pueblo y una herramienta de sometimiento, cultiva al mismo tiempo la emoción, los valores morales, los anhelos y otros aspectos de la vida importantes para la sociedad. Afirmaban Lunacharsky y los suyos que el marxismo era demasiado mecánico y determinista con respecto al ser humano, y que por sí solo nunca llegaría a inspirar a las masas. Consideraban que el pueblo necesitaba de la religión para funcionar. Por eso, proponían que el culto a Dios fuera reemplazado por una nueva religión que adorase a la humanidad y retuviera muchos de los aspectos del culto religioso.

Vera Baranovskaya, la Madre en la película de Vsevolod Pudovkin

Aunque a Lenin le escandalizó la idea, a Gorky le convenció, y decidió escribir... Un momento. ¿No sería quizá don Máximo quien inspiró a Lunacharsky? Porque la verdad es que La madre fue publicada en 1906, mientras que el futuro Comisario de Instrucción no publicó sus ideas hasta unos años más tarde. Parece que las fechas no me cuadran, así que achacaremos las coincidencias al ya mencionado espíritu de la época y al espectro que recorría Europa. En cualquier caso, el carácter evangelizador de la obra queda bien patente, y los paralelismos entre escenas de la novela y pasajes o escenas del Nuevo Testamento son casi incontables. Los héroes son comparados a ángeles o apóstoles, lo que tiene lugar el Primero de Mayo es una "procesión", y muchos de los actos de Pelageya Vlasova nos remiten a momentos de la vida de Cristo. Incluso la vemos lavándole los pies a un menesteroso.

La madre fue una novela fundamental en su época, y contribuyó, en la medida que lo pueda hacer la literatura, al gran cambio que se avecinaba. Dejando de lado la calidad literaria, este tipo de obras siempre merece una lectura y siempre tienen mucho que ofrecer. La gran virtud de esta novela es, sin duda, el retrato de una época y una sociedad, y más concretamente, el retrato de los parias de la tierra. Al mismo tiempo, uno de sus grandes defectos, y esto a nadie le sorprenderá, es la simplificación de los personajes, algo por otra parte necesario para que esos mismos parias, humillados, ofendidos y analfabetos, se imbuyan de espíritu revolucionario.

 Con ese mismo lenguaje sofisticado les contaba a los obreros la historia acerca de cómo, en distintos países, el pueblo intentaba mejorar sus condiciones de vida. A la madre le gustaba escuchar su discurso, sacando de sus palabras una extraña sensación: que el enemigo más astuto del pueblo, el que lo engañaba con más crueldad y frecuencia, eran unas personas bajitas, panzudas, de rostros enrojecidos, desvergonzadas y avaras, pícaras y crueles.

Gorki preocupado por la salud dental de Vladimir Ilich. El otro, Alexander Bogdanov, un tipo de lo más interesante

La obra, que como ya hemos dicho, destaca por un lirismo proletario que consigue hacer hermosa la miseria,

Caminaba en silencio, arañando con su mirada los rostros de la gente como si buscara algo. el perro andaba todo el día tras él, con su esponjosa y baja cola.

...con voz sorda que evocaba tristeza, los ojos cerrados y abriendo mucho la boca, se ponía a aullar alguna canción. Sonidos desagradables y melancólicos saltaban confusos de su boca junto con las migas de pan; el cerrajero cantaba, atusándose con sus gruesos dedos los pelos de la barba y bigote.

se resiente, por otra parte, de ese lenguaje acartonado, panfletario y cursilón que utilizan los personajes, un lenguaje que, no obstante, y a tenor de lo que oímos hoy en ciertos movimientos políticos, es absolutamente realista. Qué me decís de esta madre que, hasta ayer analfabeta, hoy acosada por los gendarmes, se pone a gritar:

¡Pueblo, reúne todas tus fuerzas en una fuerza única!


De Víctor Serge hablé en una ocasión, a propósito de su impresionante novela El caso Tuláyev. Aquella lectura me dejó con unas ganas enormes de leer sus Memorias de un revolucionario, y cuál no fue mi alborozo cuando el verano pasado encontré el libro en cuestión, en una librería de segunda mano en Bristol, por el módico precio de 2.50 libras.

Como género literario, se me ocurre que unas memorias son diferentes de una autobiografía. Mientras en esta última el autor aspira a ofrecernos una visión global de los acontecimientos que han hecho de él la persona que es, en la primera el memoriante acostumbra a narrarnos una faceta determinada de su vida o, lo que es casi lo mismo, narrarnos su vida desde un prisma concreto. En este caso, Víctor Serge nos cuenta su vida como revolucionario, y todo -o mejor dicho, lo poco- que no está directamente relacionado con la revolución, queda al margen de la historia. De hecho, si tuviéramos que encontrarle un defecto a estas memorias, quizá podríamos decir que adolece de excesiva proximidad. El lector está tan metido en asambleas, congresos, interrogatorios, disturbios, o los meollos de la Primera, Segunda y Tercera Internacional (¡y cuánto se puede equivocar uno si piensa que esas páginas son aburridas!) que a veces, pero sólo a veces, se echa de menos un poco de perspectiva, salir del pellejo de Serge, de la Sala de Congresos, y mirar alrededor. Y se siente esa necesidad no porque la lectura nos agote, sino porque, paradójicamente, el autor de estas memorias no deja de parecernos un fascinante desconocido.

Serge y su compañera durante un tiempo, la anarcoindividualista Rirette Maitrejean

Cuando uno lee novelones como El caso Tuláyev o unas memorias tan extraordinarias como éstas, surge la inevitable pregunta de por qué el nombre de Serge es apenas una nota a pie de página, poco más que un "su nombre me suena, sí". Sólo en los últimos tiempos parece que se ha recuperado cierto interés por esta figura que, en mi opinión, es insoslayable en cualquier historia del siglo XX. La explicación de este desconocimiento o desinterés, como ya señalaba en la reseña de Tuláyev, es muy sencilla: Serge representa la conciencia de la revolución, o, por decirlo de otra manera, el revolucionario eterno, aquél que se convierte en un incordio cuando la revolución se aburguesa y los salvadores del pueblo se convierten en tiranos.

Resumir estas apasionantes memorias es tarea poco menos que imposible, a menos que las reduzcamos a su idea más básica, a saber, que la nueva sociedad justa, libre e igualitaria que la revolución iba a traer nació traicionada, envenenada, corrompida, podrida o, sencillamente, muerta. Y no os quejéis de la abundancia de adjetivos, porque Serge es bastante más severo que yo. Pero en cualquier caso, dejémonos de microresúmenes y extendámonos un poquito.

Nombres. Hay muchos. Cientos. Quizá más de mil. Están todos apretujados en las once páginas de letra canija que ocupa el índice onomástico. En ellas vemos que las referencias más abundantes son, siguiendo el orden alfabético, a los anarquistas, Bukharin, la Internacional Comunista, Lenin, la Oposición Obrera, Stalin, Trotski y Zinoviev.

El cadáver de Jules Bonnot

La carrera revolucionaria de Serge empezó en el anarquismo, donde se codeó con personas tan interesantes como Albert Libertad o Rirette Maitrejean, mujer de una rara belleza, con la que mantuvo una relación. Como editor del periódico L'Anarchie, inicialmente apoyó de manera pública a la Banda de Bonnot, lo cual, pese a no estar él implicado en ninguno de sus crímenes, le costó cinco años de cárcel, al negarse a dar información a la policía. Esta Banda de Bonnot era la representante oficial del anarquismo ilegalista (leyendo este libro, uno descubre múltiples variedades del anarquismo), y el final que tuvo su líder, Jules Bonnot, y que tan bien nos cuenta Serge, es de película. Un Serge entrado en razón nos describe el ilegalismo como "suicidio colectivo".

Como les sucedió a tantos entusiastas de la revolución comunista, a Serge la venda se le cayó de los ojos apenas un par de horas después de haber cruzado la frontera. Y sucedió de una forma que se me antoja muy a lo Rebelión en la granja, cuando los hambrientos centinelas del ejército rojo, que han respondido con indiferencia y hastío a los "¡saludos, camarada!" y vivas a la revolución de los recién llegados, le consiguen al autor un ejemplar del Severnaya kommuna, órgano del soviet de Petrogrado.

Jamás se nos había pasado por la cabeza que el concepto de revolución se pudiera separar del de libertad.

Y sin embargo, en ese periodicucho de una única hoja grisácea con letras impresas en un pálido rosa, Zinoviev lo decía bien clarito en su artículo "El monopolio del poder". Serge cita de memoria:

Nuestro Partido gobierna en solitario......... no permitiremos que nadie............las falsas libertades democráticas que exigen los contrarrevolucionarios.......
  
Zinoviev, o el destino de todos los que hicieron la revolución 

En aquel entonces, poco podía imaginar su fin el propio Zinoviev. Tras su ejecución, veinte años más tarde, nos dice Serge:

Comprendí, y así lo escribí de inmediato, que eso marcaba el comienzo del exterminio de toda la vieja generación de revolucionarios.

Y en efecto, la muerte de Zinoviev, Kámenev y otros no era más que el comienzo de la Gran Purga, una masacre por entregas que en 1919, en aquel puesto fronterizo, un Serge aún idealista, pero ya suspicaz, era incapaz de concebir. Más cómodo era volver a ponerse la venda, aunque fuera sólo sobre un ojo.

Intentamos justificarlo por el estado de excepción y los peligros mortales.

Y adelante. Una vez en Rusia, Serge se unió a los bolcheviques, "sin renunciar al pensamiento o al sentido crítico", bien vale la pena subrayarlo. Era consciente de los enormes defectos del bolchevismo, empezando por su intolerancia así como su tendencia a la burocratización y el centralismo. No obstante, también parecían ser los únicos con la energía suficiente para coger la sartén por el mango. Serge albergaba esa esperanza tan conocida y repetida a lo largo de un siglo, esa promesa según la cual cuando la época difícil haya pasado, ya recuperaremos la libertad y la democracia. Al respecto de los bolcheviques, Serge no se engañaba, y sabía muy bien con qué clase de personas estaba tratando. Mantenía estrechos vínculos con los círculos mencheviques y los anarquistas, que los ponían a parir, y el mismo Gorki le había advertido de las carnicerías que estaban redescubriendo los comisarios. 
  
      
Uno de los muchos libros que escribió Serge

 Los crecientes desmanes de la infausta checa, así como la épica y frustrada Rebelión de Kronstadt, acabaron con cualquier resto de fe en los bolcheviques que pudiera tener Serge o muchos otros. La rebelión, de la que Serge nos ofrece una fascinante crónica, terminó en una matanza mutua entre rebeldes y soldados rojos, y con miles de marinos enviados al Campo de Prisioneros de Solovki, aquél que años más tarde visitaría Gorki. También terminó con la esperanza de conseguir algo parecido a la libertad: jamás volvió a haber una rebelión en regla en toda la historia de la URSS.

Un momento histórico, el ejército rojo al asalto de Kronstadt

He hablado más arriba de cómo el lector, en algún momento, echa de menos algo de aire fresco. En este sentido son absolutamente impagables las páginas que dedica a su deportación en Oremburgo, una ciudad de los Urales mucho más asiática que rusa, que se consideraba la antesala de Siberia, y que en aquella época padecía una terrible hambruna. Allí llegó Serge acompañado de su hijo Vlady, mientras su mujer Liuba, incapaz de sobreponerse al terror constante, entraba y salía de instituciones psiquiátricas. En Oremburgo pasó Serge un par de años mientras Stalin deliberaba qué hacer con él. Su condición de medio extranjero (no lo he dicho hasta ahora, pero Serge, hijo de exiliados rusos antizaristas, nació y se crió en Bélgica), unida a la presión de ciertas figuras políticas y literarias de renombre internacional, consiguieron que al final Stalin le concediera la libertad y lo mandara a freír espárragos. A sus manuscritos no les dejaron cruzar la frontera.

Oremburgo, adonde Serge fue deportado.

 Como es habitual en este tipo de libros, en el que cada página es memorable y donde, por mucho que Serge se sumerja en los tejemanejes de las incontables corrientes revolucionarias, el interés no decae en ningún momento, se me hace imposible seguir adentrándome en cada uno de los personajes o episodios. La mayoría de ellos merecerían una entrada por sí solos, como su relación con Trotski, sus retratos de Lenin o Bukharin, o su arresto, interrogatorio y reclusión en celda de aislamiento en la Lubyanka, aquel siniestro cuartel de irás y no volverás. Es imposible asimismo no destacar la estrecha relación que unió al autor con España, así como las numerosas páginas que dedica, por ejemplo, a la triste historia de Andreu Nin, a Salvador Seguí, o a Julián Gorkin, con quien trabó amistad y, una vez exiliado en México, colaboró en una frustrada reformulación del socialismo revolucionario.

En 1947, en México D.F.,  Serge subió a un taxi y se murió. Al ser un apátrida, ningún cementerio podía acoger sus restos, por lo que al final fue enterrado como "republicano español".

A la izquierda, Serge, a bordo del Paul Lemerle, el barco que en 1941 lo llevó a México

Con toda autobiografía o libro de memorias, el lector debe poner en cuestión algunas de las cosas que lee, y es evidente que Memorias de un revolucionario no es una excepción. No cabe duda de que Serge tenía un altísimo concepto de sí mismo y apenas si reconoce errores en su vida. Hay quien ha observado contradicciones entre lo que cuenta en estas memorias y algunos de sus escritos anteriores, no tanto en lo que se refiere a la veracidad de los acontecimientos como en lo que afecta a sus ideas políticas. Una buena biografía de Serge sería muy iluminadora y, posiblemente, resultaría aún más interesante que sus propias memorias, de por sí apasionantes. Hace un año la estadounidense Susan Weissman publicó Victor Serge: a biography, pero, por lo que he podido leer por ahí, parece ser que el libro no está a la altura y que la autora se remite con excesiva frecuencia a la obra que nos ocupa.

Sólo cabe, por tanto, esperar (eso sí, bien sentados) que se sigan recuperando algunas de las muchísimas obras que publicó Serge. Mientras tanto, no me cansaré de insistir en que para cualquier persona interesada en el devenir del pensamiento revolucionario, así como en algunos de los momentos cruciales en la historia del siglo XX, estas Memorias de un revolucionario son una auténtica joya.



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