miércoles, 23 de octubre de 2013

Genealogía y genocidio


Hay libros que merecen el curioso elogio de ser interminables. Bien sea porque, una vez cerrados, la historia sigue dando vueltas en la mente del lector; sea porque la búsqueda que constituye su eje central termina inconclusa; o sea porque se trata de una obra tan extraordinaria que desearíamos no terminara nunca. Pues bien, La casa de nogal lo es por esos tres motivos.

La mejor foto de la portada que he podido encontrar

Allí se recordaba durante siglos quién estaba loco en la familia, se transmitía la memoria de los niños retrasados que habían muerto sin cumplir los siete años, se sabía de quién era hermano el que había violado a una niña de catorce y la había arrojado a un hoyo más arriba de Popovo polje, y qué bisabuela se había fugado con un turco y por las callejuelas de Esmirna se había bajado las bragas, acostándose con comerciantes franceses y aventureros; se recordaba a todos los bastardos nacidos desde los tiempos en que aquello no era ni ciudad, sino un montón de piedras asomadas al mar...



En el verano de 1989 conocí a Daniela, una chica de Zagreb. Un día estábamos hablando de la vida en nuestros respectivos países, cuando me dijo, con una mirada triste, pero también con la mayor tranquilidad y resignación imaginables: " en mi país va a haber una guerra civil".

Todos recordamos el horror que asoló un rincón de Europa y acaparó a ratos nuestras pantallas en los 90. En un principio, si no recuerdo mal, la prensa se refería al conflicto como la Guerra de los Balcanes. Hoy, sin embargo, el término más preciso es Guerras Yugoslavas, para así distinguirlas de los conflictos que tuvieron lugar en la península de los Balcanes en 1912 y 1913. Cuando, ante la repetición de los genocidios en Europa, historiadores y otros expertos intentaban dar una explicación a lo que estaba ocurriendo, con frecuencia se remontaban a aquellas primeras guerras y al modo en que, con la caída de los imperios otomano y austro-húngaro, había surgido el Reino de Yugoslavia, que unía el Estado de los Eslovenos, Croatas y Serbios con el Reino de Serbia, que a su vez previamente se había anexionado el Reino de Montenegro. Y si esto parece complicado, en realidad lo es mucho más.


La historia de los diferentes pueblos que un día formaron el estado de Yugoslavia es apasionante. Este extraordinario libro, que, digámoslo ya, es una novela monumental y no tiene un ápice de tratado de historia, me ha hecho llenar un poquito las volcánicas lagunas de mi ignorancia. Suele suceder, por lo menos conmigo, que uno ve la vida pasar a su lado, oye nombres y términos que no conoce, lee alguna noticia por aquí, enlaza mal una cosa con otra y ya se cree lo bastante bien informado incluso como para emitir juicios. Apenas era un niño cuando murió Tito. Recuerdo los telediarios llenos de información sobre alguien que debía de ser muy importante, pese a tener nombre de payaso, futbolista o salsero. Recuerdo a los zagrebinos que conocí en EEUU, que se indignaban cuando los americanos se referían a Yugoslavia como un país soviético. Recuerdo que de repente Europa pareció llenarse de pueblos recién nacidos: Bosnia, Herzegovina, Eslovenia. Recuerdo que la gente te preguntaba tú que opinas y que probablemente yo, sin titubeo alguno, respondía pues esto. 

Los funerales de Tito, recordados en Underground de Emir Kusturica. Faltaron Jimmy Carter y, curiosamente, Fidel Castro.

Aquella república que aunaba a pueblos que llevaban generaciones conviviendo y masacrándose con regularidad, que con mano implacable Tito consiguió mantener unida y fuera de la esfera soviética, empezó a desintegrarse tras la muerte de éste. En La casa de nogal, Jergovic no se propone ofrecernos su teoría sobre las raíces del conflicto. Quizá intuye, acertadamente, que nunca se podrá llegar a la verdadera raíz de ese horror, o quizá se niega a aceptar la descorazonadora conclusión de que la causa original es nuestra condición humana. En todo caso, el autor, sabedor de que no va a llegar a ningún lado, se zambulle en esa búsqueda histórica con el ánimo, quizá, de sacar a la luz tanto crímenes como actos nobles de unos y otros , y acercarse un poquito a algo parecido a una reconciliación.

Josip Broz Tito y su esposa Jovanka, fallecida el 20 de octubre de este año

Por tanto, esta novela decepcionará a quienes busquen en ella una "explicación" de las guerras en la antigua yugoslavia, pero cautivará a los amantes de la buenas historias y la gran literatura. En algún blog que he visitado por ahí, comparan esta novela con Cien años de soledad. Es cierto que ambas comparten la narración de tono épico estructurada alrededor de una saga familiar. En La casa de nogal Jergovic, no obstante, sustituye el componente mágico del realismo por el histórico. A mí, como a tantos otros, la novela icono del boom me deslumbró en su momento, pero la verdad es que, recordado García Márquez y recién leído Jergovic, tengo muy claro quién gana hoy en la comparación. Tanto me ha gustado.

Draza Mihailovic, líder de los chetniks, en el juicio que lo condenó a muerte

Martin Amis tiene una novela titulada La flecha del tiempo, que en mi opinión es bastante fallida, en la que nos narra una historia hacia atrás en el tiempo. No se trata exactamente de flashbacks, sino de que la narración avanza, literalmente hacia atrás. La gente trabaja de la tarde a la mañana, se acuesta con la salida del sol, vomitan la comida en el plato, algunos devuelven la vida a los muertos aspirando las balas con el revólver, y cosas así. Jergovic también nos cuenta su historia hacia atrás, pero, afortunadamente, y a diferencia de Amis, no pretende deslumbrarnos con un ejercicio de estilo. Los quince capítulos de que consta la novela son, sencillamente, quince momentos de la historia de Bosnia, que comprenden desde aquellos trágicos años 90 hasta finales del s. XIX,  pasando por la muerte de Tito, de Stalin, la II Guerra Mundial, la caída del Hindenburg, la muerte de Rodolfo Valentino, o la derrota del Imperio Otomano.

El asesinato de Alejandro I de Yugoslavia

La novela se centra en el personaje de Regina Delavale, a quien conocemos en el capítulo inicial, el XV, cuando está al borde la muerte, y cuya vida vamos remontando hasta llegar a los años previos a su gestación y nacimiento. El capítulo final es, pues, el primero, y la historia se detiene aquí porque desaparece Regina y porque, desgraciadamente, todos los libros, incluso éste, deben tener un punto final. Pero esa búsqueda de una respuesta concluyente a la cuestión del origen está condenada al fracaso desde el comienzo, pues, como sucedía en la maravillosa escena final de aquel clásico del cine de los años cincuenta titulado El increíble hombre menguante, cuando llegamos al centro, a la raíz, al núcleo, se abre de nuevo ante nosotros el abismo del infinito.


Si es importante que en todas las guerras haya malos, en una guerra civil lo es más todavía, ¿verdad? Por eso, durante las Guerras de Yugoslavia, se extendió entre occidente la idea, tácitamente aceptada, de que los serbios eran los malos, y cualquiera que se atreviera a sostener que las cosas no eran tan sencillas era inmediatamente criticado, cuando no condenado al ostracismo. (Tengo que reconocer que, para mi vergüenza, yo mismo participé de ese odio a los serbios, y me indigné de que no los expulsaran de por vida de las competiciones internacionales de baloncesto). Son conocidos, por ejemplo, los casos de Peter Handke o de Emir Kusturica. Ambos, Kusturica sobre todo a raíz de su inmensa y polémica película Underground, fueron duramente criticados por ser, lagarto lagarto, pro-serbios. Y aunque en algunos lugares aceptamos que en las guerras civiles todo está muy pero que muy clarito, tenemos que admitir que puede suceder que en otros lugares las cosas sean más complicadas.

Stjepan Filipovic, partisano croata y héroe nacional a títutlo póstumo, momentos antes de ser ahorcado por los nazis

La casa de nogal está poblado por ustachas. El término puede que no nos diga mucho, y sin embargo, estamos hablando de una de las organizaciones más despiadadas y genocidas de todo el siglo XX. Fundada en 1930, funcionó siempre más bien como una organización terrorista de ideología pseudo fascista y ultraconservadora que contó con la bendición de la iglesia católica. Con la anexión de Yugoslavia por las Potencias del Eje, los ustachas, dirigidas por el infame Ante Pavelic, fueron designados por los nazis para gobernar el recién creado Estado Independiente de Croacia, que fue, de hecho, una nación títere del III Reich. Los ustachas aceptaron con entusiasmo la misión de limpiar el país de elementos indeseables, pero, curiosamente, fueron mucho más tolerantes con el Islam que con los ortodoxos, es decir los serbios, a quienes estaban dispuestos a aniquilar. La limpieza étnica viene de muy lejos. Así, en junio de 1941, apenas dos meses después de hacerse con el poder, crearon el campo de concentración de Jasenovac.

Para que os hagáis una idea, ésta es una de las fotos menos crudas del Campo de Jasenovac. 

Auschwitz. Sí. Majdanek. Mauthausen. Dachau. Treblinka. Quien más quien menos, todo el mundo conoce esos nombres. En la historia, Jasenovac se quedó entre las últimas filas del horror, cuando, en realidad, estamos hablando de uno de los mayores campos de exterminio de toda Europa, y donde, si es que en esto puede haber grados, la crueldad humana alcanzó límites tan inimaginables que los oficiales nazis de Auschwitz que lo visitaron salieron horrorizados.

Tras la guerra, los oficiales del campo corrieron distinta suerte. Algunos emigraron a Argentina y fueron posteriormente extraditados; hubo quien, como Ante Pavelic, recibió asilo político en la España de Franco; otros fueron ejecutados al final de la guerra por los partisanos, de alguno se perdió el rastro, y uno de ellos, Vjekoslav Luburic, fue asesinado en 1969 en Carcaixent, Valencia. Sigue siendo un misterio quién ordenó el asesinato.


Fascinante. Espeluznante.

Pero los ustachas son tan sólo una de las muchas caras del horror. Los serbios tenían en los chetniks, con Draza Mihailovic a la cabeza, a su organización paramilitar y asesina. Los Partisanos de Tito, por su parte, pese a haberse ganado cierta aura heroica por su lucha contra las Potencias del Eje, no dudaron también, tanto durante la guerra como tras el fin de ésta, en lanzarse a asesinar a diestro y siniestro a quienes consideraban colaboracionistas.

Y si mi curioseo sobre la historia de Yugoslavia se ha centrado sobre todo en la segunda mitad del pasado siglo, la novela, como ya he dicho, va mucho más allá, y llega, si no recuerdo mal, hasta 1873. Capítulo tras capítulo, los personajes centrales van y vienen hasta que, con su nacimiento, desaparecen, mientras sus incontables historias, algunas de las cuales darían para toda una novela, se entrelazan con los acontecimientos históricos con la misma naturalidad con que para nosotros ciertas noticias son inseparables del lugar donde las recibimos.


De Miljenko Jergovic leí hace unos meses Buick Rivera, una historia donde el conflicto de los Balcanes es tan sólo el telón de fondo de una historia situada en los EEUU. Me pareció una muy buena novela, y por ello me lancé con entusiasmo a la que nos ocupa. Un entusiasmo innecesario, por otra parte, ya que la historia nos atrapa desde la primera línea. Tengo ahora esperándome Los Karivan, que parece compartir algunos aspectos con con La casa... Mejor esperar un poco.

Miljenko Jergovic, bosnio de nacimiento, croata de adopción, tiene, además de pinta de buen tío, una gran cualidad: no es nacionalista. Pues sí, señores, parece ser que fuera de nuestras fronteras, incluso en una tierra como los Balcanes, no sólo hay gente que tiene la habilidad o el coraje de declararse no nacionalista, sino que incluso los demás se lo toleran. Es más, pareceque incluso le creen. Quiero emigrar.

La casa de nogal, en suma, es una de las novelas más impresionantes y que más me han hecho disfrutar en mucho tiempo. Espero que haya quedado claro que el interés de la obra no se limita a su aspecto histórico. Jergovic es un narrador extraordinario, capaz de crear unos personajes tan épicos como verosímiles; capaz de hacernos pasar casi sin darnos cuenta de una historia a otra sin perder jamás el hilo; de recorrer la historia de su país y, lejos de abrumarnos, tenernos completamente absortos, y, siendo difícil elegir, capaz de brindarnos unas úlltimas y orsonwellesianas páginas que son de auténtica antología.


lunes, 7 de octubre de 2013

El humor en los tiempos del NEP


La primera vez que oí hablar de Zóschenko fue cuando estudiaba en la Unión Soviética. En clase de literatura, el primer día el profesor nos preguntó qué autores conocíamos. Mientras le recitábamos toda la lista del XIX, su rostro se iba descomponiendo en sucesivas muecas de desazón. "Sí -dijo-, Turguénev, Gógol, muy bien, pero ¿literatura soviética? ¿No conocéis ningún autor soviético?". Nos quedamos todos en blanco. Si por lo menos en ese momento hubiera preguntado por Pasternak o Bulgákov, podríamos haber salvado nuestra dignidad. Pero cuando preguntó, un tanto airado: "¿Zóschenko? ¿No habéis oído hablar de Zóschenko?", sólo pudimos responder con el más embarazoso y filisteo de los silencios. Mal inicio de curso.


No es de extrañar la indignación de aquel entrañable profesor llamado Grigorii. Mijaíl Zóschenko fue, desde la creación de la Unión Soviética, uno de los autores más queridos y populares en el país, popularidad que, sin embargo, apenas si llegó a occidente. Se conoce a Zóschenko sobre todo como autor satírico, aunque, nos dice wikipedia, tal consideración peca de superficial. Zóschenko fue un gran cuentista, y la sátira (palabra que a mí me resulta demasiado fuerte para describir sus relatos) ocupa tan sólo una pequeña parte de su producción. En cualquier caso, es por sus escritos satíricos por los que destaca y con ellos, además, entronca con la gran tradición rusa que va desde Gógol hasta Bulgákov o Ilf y Petrov, por quedarnos en el NEP.

"De la Rusia del NEP nacerá la Rusia socialista"

La mayoría de relatos recogidos en Matrimonio por interés y otros relatos (1923-1955) pertenece a ese periodo de la entonces recién nacida Unión Soviética, en que, a instancias de Lenin, que ya se había dado cuenta del desastre económico que, más que cernirse, asolaba ya a todo el país, decidió llevar a cabo una tímida flexibilización de la política económica. Dicha flexibilización, conocida como el NEP (novaya ekonomícheskaya politika) o "capitalismo de estado", tenía como objetivo estimular la pequeña empresa, mientras el estado seguía controlando la gran industria, la banca y el mercado exterior. Todavía hoy se discute si el balance de esta política económica fue positivo o no, dado que, junto a la nueva prosperidad y el enriquecimiento de pequeños y medianos empresarios y cooperativas, volvieron las grandes desigualdades y un terrible aumento del desempleo. En definitiva, mucho dinero y muy mal repartido, mucho nuevo rico y muchísimos viejos pobres.


Acantilado publicó este volumen en 2005, es de suponer que con escaso éxito, ya que desde entonces no ha vuelto a publicar a este prolífico y excelente autor ruso. Y es que el humor de Zóschenko parece bastante difícil de trasladar al lector español contemporáneo. En primer lugar, está la dificultad de la lengua. En aquellos años no sólo se estaba construyendo un nuevo país, sino también un nuevo hombre. Tan ambiciosos proyectos suponían, evidentemente, una tentación irresistible para cualquiera que quisiera pitorrearse de la tesitura. Pero además, todos sabemos que no hay sociedad nueva sin lengua nueva. Zóschenko juega con estos aspectos en proceso de transformación, donde la lengua de la calle (que en ruso tiene una cantidad de registros que se me antoja muy superior al español) intenta acercarse a la grandilocuencia de los nuevos tiempos con resultados grotescos, y muy difíciles de reflejar en un español de hoy.

Uno de los muchos cuentos sobre Lenin que escribió Zóschenko 

Otro obstáculo para apreciar la comicidad de estos relatos se debe a la que es, probablemente, la seña de identidad de Zóschenko. Nuestro autor recomendaba que sus relatos fueran leídos en voz alta, y parece ser que él mismo ofrecía lecturas públicas en los que el público se desternillaba. Su estilo serio y seco, que contrastaba enormemente con el absurdo de sus historias, así como el modo en que jugaba con los diferentes registros, hacen de nuestro autor una especie de Eugenio (mucho ruso en Rusia) de la época. De hecho, muchos de estos relatos parecen monólogos de un cómico.

Los baños
Queridos ciudadanos, dicen que en América los baños son magníficos.
Allí, por ejemplo, llega un ciudadano...

Caído de la luna
En los últimos dos años la vida ha cambiado mucho.
Y, ante todo, resulta curioso señalar que los robos casi han desaparecido.
La gente se ha vuelto como quien dice...

Europa
A los rusos les encanta hablar mal de su propio país. Que si esto está mal, que si aquello no les gusta. En cambio en Europa, mire usted por dónde, todo es fantástico...

La foto
Este año necesité una foto para un carné. No sé cómo debe ser en otras ciudades, pero en la nuestra, en provincias, retratarse para una foto no es cosa sencilla ni habitual.

De hecho, las características ya mencionadas de oralidad, uso del argot, contraste entre diferentes registros y narración en primera persona dirigida a un lector-oyente, constituyen los rasgos fundamentales del сказ. El skaz es un estilo de narración típicamente ruso, procedente posiblemente de la tradición oral, pero el término en sí se aplicó por primera vez a las obras de Gógol, con quienes Zóschenko y Bulgákov tenían tanto en común.

Casa museo de Mijaíl Zóschenko

Todos los relatos de este volumen de Acantilado son excelentes en su planteamiento y desarrollo, pero, para el lector actual, quizá adolecen en su desenlace de cierta ingenuidad, por lo menos si en ellos buscamos ese humor genial por el que se le recuerda en Rusia. Claro que, bien mirado, en esa ingenuidad radica también parte de su encanto. En cualquier caso, a mi juicio, es el carácter tan popular de este autor lo que hace que, al lector de hoy, Zóschenko le parezca mucho más interesante y agudo que estrictamente divertido. Da la impresión de que Zóschenko quería asegurarse de que todo el mundo, hasta el último mujik, fuera capaz de entender sus relatos, por lo cual hacia el final de éstos cae en la obviedad. En otras palabras, en más de una ocasión el autor nos "explica el chiste". Hoy, en una época tan cínica y listilla como la nuestra, creo que Zóschenko les cortaría el final a muchos de sus relatos.

El carnet de la Unión de Escritores Soviéticos. La diferencia entre comer y morirse de hambre

Pese a su retrato satírico de la joven Unión Soviética, Zóschenko fue durante mucho tiempo el autor favorito de las clases dirigentes, que veían en su obra la denuncia del filisteísmo burgués y la burla del antiguo régimen. Después de la guerra, sin embargo, Stalin decidió que esa burla estaba yendo demasiado lejos, pues parecía que ni siquiera el divino Vladímir Ylich iba a estar a salvo. Así que se acabó lo que se daba. De la noche a la mañana, Zóschenko se convirtió en un decadente propagador de putrefactas ideas apolíticas, por lo que, en 1946, junto con Anna Akhmátova, fue expulsado de la Unión de Escritores Soviéticos. Se le privó de la cartilla de racionamiento, sus libros dejaron de editarse, los teatros cancelaron las representaciones de sus obras, y nuestro autor cayó prácticamente en la indigencia. No fue hasta cuatro meses después de la muerte de Stalin cuando Zóschenko fue admitido de nuevo en la Unión de Escritores.

Aquí podéis leer tres breves y muy interesantes autobiografías que escribió Zóschenko en diversos momentos de su vida

Bulgákov antes de hundirse

Una de las llamadas telefónicas más conocidas de la historia de la literatura es la que hizo Stalin, en abril de 1930, a Mijaíl Bulgákov. El padrecito de los pueblos telefoneó el día después del entierro de Mayakovski, y quieren algunos creer que Stalin, sabedor de que Bulgákov no aguantaba más en el paraíso de los proletarios (célebre es también la carta que le había escrito el escritor, rogándole que le dejara salir del país), quería evitar el suicidio de otro autor, por quien, además, y pese a tratarlo como a un perro, sentía una profunda admiración.

¿Cómo se piden las cosas? "Pido al Gobierno de la URSS que me ordene con toda urgencia abandonar las fronteras de la URSS"

Durante esa breve conversación, sucedió que, de buenas a primeras, Stalin le dijo a nuestro autor:

¿Y bien? ¿Quizá convenga que se marche usted al extranjero? ¿De verdad tan harto está de nosotros?

A lo que un Bulgákov suspicaz y comprensiblemente acobardado respondió:

He reflexionado mucho al respecto y he comprendido que un escritor ruso no puede vivir fuera de sun país...

No volvieron a hablar jamás, pese al "ya quedaremos" de Stalin, y Bulgákov se pasó el resto de su vida dándose con una piedra en la espinilla y gritándose "¡burro, burro, más que burro!".

Bulgákov, poco antes de morir

Como ya he mencionado más arriba, los años del NEP trajeron una relativa prosperidad que hizo pensar a algunos que eso del comunismo puro y duro tenía los días contados. Quizá fue esta esperanza, mezclada con su desprecio por el régimen y con su intención de convertirse en un escritor odioso al gobierno, lo que en 1925 animó a Bulgákov a escribir la obra. No contento con ello, una vez quedó claro que su publicación era rechazada, la volvió a escribir en una adaptación para el teatro. Vana esperanza, la de Mijaíl. La representación de la obra se canceló y el manuscrito fue confiscado por la policía secreta. La censura soviética no pudo impedir que la obra circulara en samizdat, pero para su publicación legal en la URSS, Corazón de perro tuvo que esperar más de 60 años. Eso sí, en ese momento, 1987, esta despiadada sátira se convirtió en todo un fenómeno cultural.

 y el Nuevo Hombre Soviético se hizo carne

Como señalaba más arriba, la Revolución no trajo consigo sólo la creación de un nuevo estado y una nueva sociedad. El aspecto crucial, más ambicioso y, a ojos de hoy, grotesco, de aquel proyecto era, sencillamente, la creación de un nuevo hombre, conocido como el Nuevo Hombre Soviético. Decía Trotsky en Literatura y Revolución:”La especie humana, el perezoso Homo sapiens, ingresará otra vez en la etapa de la reconstrucción radical y se convertirá en sus propias manos en el objeto de los más complejos métodos de la selección artificial y del entrenamiento psicofísico (léase lavados de cerebro y campos de reeducación). El hombre logrará su meta (...) para crear un tipo sociobiológico superior, un superhombre (Übermensch), si se quiere”. ¿Os recuerda a algo? Trotsky es también el autor de la nada rimbombante afirmación de que “bajo el comunismo un hombre medio podría llegar a ser un Marx, un Aristóteles o un Goethe, y por encima de tales picos, cumbres aún mayores”. Quizá se refería al pico que acabó abriéndole su insigne cabeza.

Corazón de perro es un regalo para los ilustradores

Corazón de perro es una evidente sátira del Nuevo Hombre Soviético, así como una demoledora crítica de la ingeniería social (volvemos a las palabras de Trotsky) tan propia de aquel sistema. Todo comienza con un chucho callejero al que un vil cocinero, concretamente el cocinero de la cantina de los empleados del Soviet Central de Economía Nacional, acaba de escaldar con agua hirviendo. Sharik es un chucho con conciencia de clase, pues sabe distinguir entre camaradas, ciudadanos y señores. Naturalmente considera a los últimos la categoría superior, y lamenta que su destino esté en manos de los primeros.

Entre todos los proletarios, los porteros son la gentuza más abominable. Son los desechos de la humanidad, la categoría más baja.

Por fortuna para nuestro amigo, ese mismo día es recogido por un elegante caballero que lo engatusa con una salchicha. El elegante caballero, que resulta ser un eminente científico, se lleva a Shárik a su casa, donde, al cabo de unos días de observación, le implanta una glándula pituitaria y unos testículos humanos. El resultado, que debería ser un ser superior, poseedor además de la tan anhelada eterna juventud, no es sino un tiparraco zafio, sucio, violento y vengativo, un bolchevique hasta la médula que abomina ahora de su salvador por ser un repugnante burgués.

Ha nacido una estrella
(fotograma de la adaptación de Corazón de perro para la televisión soviética)

La desafortunada metamorfosis del perro en revolucionario de pro se debe a que, según se nos explicará más adelante, las partes humanas se habían extraído de un proletario borracho. No puede extrañar, por tanto, que se acusara a la obra de respirar "un desprecio infinito hacia el orden soviético". Las desventuras del atribulado científico Preobrazhenski y su ayudante Bormenthal, así como la integración del chucho Shárik, reconvertido en un revolucionario Poligraf Poligrafovich Sharikov, en la sociedad soviética, nos brindan momentos de un humor absurdo con aire de farsa. Apenas un año después de su publicación en la URSS, Vladimir Bortko hizo una adaptación para la televisión soviética. La siguiente escena, que en realidad no existe en la novela, os dará una idea bastante aproximada de esta sátira llena de absurdo.


Bulgákov evidentemente no escribió esta obra con la misma ambición y tesón que dedicó más tarde a El maestro y margarita. Corazón de perro no aspira a ser una obra maestra de la literatura, y sin embargo lo es: una obra maestra de la sátira, un brillante ejemplo de la literatura como arma y como desahogo, y una muestra de que nada como la burla es capaz de tocarle las perrunas gónadas al tirano.

Y mientras tanto, el Nuevo Hombre Soviético siguió su evolución natural, brindándonos una generación tras otra de Aristóteles y Goethes. Algunos expertos, sin embargo, consideran que el ciudadano de los últimos años de la URSS pertenecía ya a otra especie claramente diferenciada, y fue un autor soviético, Aleksandr Zinóviev, quien, a principios de los 80, bautizó a dicha especie con el acertado nombre de homo sovieticus, cuyos principales rasgos se describen aquí. Puede resultar curioso que la wikipedia rusa no tenga entradas para el Nuevo Hombre Soviético ni para el Sovieticus, pero más curioso es que Zinóviev, tras la caída de la URSS, se convirtió en el más leninista de todos los estalinistas habidos y por haber. Quién sabe si el mismo Bulgákov, de haber vivido más, habría sido capaz de tamaña evolución.


miércoles, 25 de septiembre de 2013

El libro de Davidcito


Cuando el evangelista dijo aquello tan famoso de que en el principio fue el verbo, consiguió una de las mejores primeras frases de la literatura. Y a pesar de que ese logos se preste a diferentes interpretaciones, el hecho es que, para el ser humano, en el principio de todo siempre está la lengua, con sus verbos, sus adjetivos y sus conjunciones copulativas.

Aunque sé que haberlos haylos, y seguramente a patadas, no se me ocurren ahora muchos escritores que en su obra hayan jugado con la lengua hasta el punto de crear una nueva. Tenemos a Anthony Burgess, al que luego volveremos, que mezcló el vocabulario ruso y el inglés en La naranja mecánica, su obra más conocida. Tenemos en Orwell, al que también regresaremos, el concepto de la neolengua, si bien ésta, aparte de los grandes eslóganes del tipo "la guerra es la paz" y demás, no llega a desarrollarse en 1984. Suele ser más habitual que el autor no haga sino reflejar una variante de la lengua, como podía hacer Dickens con sus cockneys o Faulkner con el inglés de los negros americanos.
Se trata de un juego, éste de inventar lenguas, que, naturalmente, tiene sus límites. Éstos los suele imponer la paciencia del lector, que no siempre está dispuesto a seguirle el juego al autor, por lo cual la creatividad en ese sentido suele ser de corto alcance. Cuando uno se pasa, corre el riesgo de que le salga Finnegan's Wake.
La gran dificultad inicial, y también, en mi opinión, uno de los grandes atractivos de The book of Dave es la lengua. Aquí tenéis una muestra del mokni, la lengua creada por Will Self :


Naturalmente, no es todo el libro así, pero sí gran parte de los diálogos. En lo que concierne al vocabulario, divertidísimo por cierto, hay un glosario al final del libro, aunque yo recomiendo ir descubriendo el significado de los términos poco a poco y por uno mismo. En cualquier caso, por muy intimidatorio que pueda resultar esta lengua a primera vista, el mokni no es más que la transcripción fonética de una variante muy extendida del inglés, hablada en el sureste de Inglaterra y llamada "estuary English". Dentro del amplio espectro que engloba este inglés de estuario, el mokni (mock + Cockney) vendría a ser una variante más bien extrema, muy parecida al inglés hablado por Ali G, aunque sin los jamaicanismos de éste.

Ali G profundizando en el feminismo: "¿Quiénes son mejores, los hombres o las mujeres?"

Divertida distopía, diatriaba paranoica, The Book of Dave es, desde el primer momento, una inmensa burla. El tono bíblico del título nos remite a El libro de Daniel, de Ezequiel o de Mormón, con la diferencia de que Dave es un diminutivo. Imaginad un libro bíblico titulado El libro de Paco, y os haréis una idea de por dónde van los tiros.

El libro avanza a lo largo de dos narraciones en capítulos alternos. Una está situada en el futuro, un futuro post-apocalíptico, en el que la ciudad de Londres, tras haber sido anegada por las aguas, ha sido reconstruida y se llama ahora New London. Los protagonistas principales de la historia, sin embargo, viven en la pequeña isla de Ham, es decir, lo que un día fue Hampstead, y se les conoce como hamsters. Tanto en Ham como en el resto del reino se profesa el culto a Dave, del que no voy a revelar los detalles, pero sí diré que estamos en una sociedad rígida, oscurantista, fanatizada y violenta, donde tiene lugar una cruenta lucha entre diversas facciones heréticas e integristas. Pese a encontrarnos en el futuro, el apocalipsis nos ha hecho retroceder varios siglos. No hay electricidad, vivimos de lo que nos da la tierra, y para recolectar huevos de gaviota, nos desplazamos de isla en isla en hidropedal.


La otra narración transcurre durante las últimas décadas del pasado siglo, y nos cuenta la historia de Dave, un taxista de Londres malcasado con Michelle, a quien no inspira más que pena y asco. Dave  considera que sus derechos sobre su hijo Carl son pisoteados desde el momento en que Michelle y él se separan, y cae en una terrible depresión. Empieza a tener serios problemas mentales, y en ese momento empieza a grabar sus desvaríos, paranoias y delirios de grandeza en unas láminas de metal con el fin de legarle su pensamiento, basado en el odio y el rencor, a su hijo. Esta parte de la historia, situada en el presente y con un lenguaje "normal" es, lógicamente, bastante más accesible que la otra. Sin embargo, los saltos adelante y atrás que da el autor se combinan de manera soberbia con la narración en el futuro para ocultar, revelar, intrigar y dejar pasmado a este lector. Y qué difícil es hacer eso a lo largo de 500 páginas.
Dave, un personaje megalómano, ridículo y bastante repulsivo, es una gran creación del autor. El lector recorre con él la ciudad en diferentes momentos de los 80, los 90 y los 00 (?), asiste a la gradual caída de este chalado a la locura más grotesca, y es testigo de cómo entre su mente paranoica, las conversaciones con los pasajeros del taxi y la fantasía del autor, se va forjando esa religión del futuro.

El libro de Davidcito (mi insatisfactoria traducción; Davidcito suena a diminutivo de niño; Dave, no) es absolutamente deslumbrante, y consigue eso que muchos autores intentan y pocos alcanzan: crear un mundo propio, un universo cerrado, complejo, surrealista a la vez que verosímil, perfectamente coherente (o casi; la verdad es que, por citar un ejemplo, la historia del matrimonio entre Dave y Michelle no llega a resultar convincente), en el que el lector, tras el arduo esfuerzo que ha supuesto entrar en él, que ha sido como abrir el inmenso portón de piedra de un templo gigantesco, se sienta ahora en una inmensa y desolada sala a dejarse llevar por la imaginación de Self, y de ahí no lo saca nadie.

Porque tan difícil como crear un universo deslumbrante, debe de ser para el escritor saber llevar a buen puerto a ese lector que a mitad del libro está ya encandilado, pero que ha realizado un esfuerzo agotador para llegar hasta allí. Así, en ese punto el lector se detiene y dice: "vale, me has dejado de piedra, cómo escribes, macho, pero ¿ahora qué? ¿Qué vas a hacer con esto?" Y Self, sin perder en ningún momento el control sobre la historia, nos sorprende todavía más y, en ocasiones, nos deja perplejos con su habilidad para hacer encajar todas las piezas. Y además, que no se me olvide, nos hace reír. En esta gigantesca burla de la religión, la ruta de un taxi, por ejemplo, se ha convertido en canto religioso; los sacerdotes se cubren de viejas matrículas de coche, a cuya interpretación se entregan los más sabios exégetas; y eso por no hablar de la forma que tienen de saludarse los hamsters.


La mayor crítica que se puede hacer a Davidcito, y que se le ha hecho, va dirigida a la que es precisamente su mayor virtud: su efectismo. Es evidente que Self se propone deslumbrar al lector, y algunos críticos le reprochan que, tras ese efectismo, el libro carece de la sustancia necesaria que recompense el esfuerzo. Suponiendo que esto último sea así, a mi juicio, un lector que ha estado enganchado y se ha divertido durante 500 páginas no necesita más recompensa ni más sustancia. Muchos autores se proponen deslumbrar y no lo consiguen, mientras otros (pienso por ejemplo en Heller con Trampa-22) han entrado en el canon gracias a libros repetitivos y muchos menos sustanciosos y divertidos que éste. No ha lugar la crítica. ¡Pum!

Huelga decir que Davidcito nos remite a algunas de las grandes distopías de la literatura. Es difícil, en primer lugar, no ver en el libro ecos de Rebelión en la granja. Es inevitable, al enfrentarse al vocabulario inventado por Self, pensar en el lenguaje creado por la violenta pandilla de La Naranja mecánica. El escenario, así como la crueldad, de esa sociedad nos puede recordar a El señor de las moscas. Pero sobre todo, y aunque no he encontrado en las reseñas de este libro ninguna referencia a El mito del eterno retorno, este libro me ha hecho pensar constantemente en esa gran obra de Mircea Eliade. En ese librito tan breve como fascinante, el genial rumano profundizaba en el significado del rito y de la ceremonia como herramienta para revivir la era mítica. Como creo que ya ha quedado claro, Self, con su retrato de una religión que ha ritualizado los actos más banales de la vida de su fundador, se pitorrea de ritos, ceremonias y demás actos vacuos sacralizados por un irreflexivo fanatismo, valga la repugnancia. También hay, es evidente, una reflexión sobre el origen y la validez moral de las doctrinas religiosas, así como un irreverente paralelismo con el Antiguo y el Nuevo Testamento. Y Self, gracias al poder de la imaginación y el sentido del humor, consigue todo esto sin caer en polémicas, ofensas ni blasfemias.

El retrato más icónico de Eliade

Cualquiera que haya pasado más de dos semanas seguidas en Inglaterra conocerá a Will Self. Este interesantísimo personaje escribe desde hace años artículos para los periódicos más prestigiosos, y es invitado habitual a programas de televisión de todo tipo. Es la prueba viviente de que, cuando se tiene talento, inteligencia y coherencia, uno puede salir por la tele sin convertirse en eso que algunos tanto odiamos: un "escritor mediático". En el caso de Self, mantener la dignidad es aún más difícil, porque el tío, para ser sinceros, no cae bien. Es más, parece ser una de esas personas que cultivan su antipatía (lo cual, a su vez, hace que a mí me caiga de puta madre). Aquí lo podéis ver en una especie de duelo con Paul Merton, un presentador genial, pero tan arrogante como Self y posiblemente más ingenioso. 

 
Room 101. Los invitados confinan a la orwelliana habitación sus fobias personales

Esa habilidad para caer mal se debe, como digo, a su evidente arrogancia, que a veces lo lleva incluso a los malos modos (en un momento de la segunda parte de Room 101, el duelo con Merton echa chispas). El físico no le ayuda, y recientemente fue detenido por la policía bajo sospecha de pederastia cuando se encontraba paseando... con su hijo. Self, a quien un psicólogo informó de que tiene una personalidad esquizoide, ha vivido una vida al límite. A los nueve años, aparte de un lector voraz, era un niño inseguro y confundido, que se hacía quemaduras con cigarrillos y se cortaba con cuchillos; a los doce años estaba tan enganchado a Ballard y Philip K. Dick como a la marihuana; y a los dieciocho era ya un heroinómano hecho y derecho. En 1997, el periódico The Observer lo envió a cubrir la campaña de John Major, y poco después tuvo que despedirlo cuando lo pillaron dándose un chute en el avión del Primer Ministro. ¿No os parece sencillamente admirable?


De Self apenas se han publicado en nuestro país cuatro libros que no han tenido mucho éxito. Sigue siendo, pues, pese a los esfuerzos de Anagrama, un autor para nosotros prácticamente desconocido. No obstante, dado que su última novela, Umbrella, fue finalista del Man Booker Prize en 2012, no sería del todo descabellado que lo tradujeran. Si es así, tengo ganas de ver quién es el traductor que se atreve con The book of Dave.

martes, 10 de septiembre de 2013

Escanciando recuerdos


La época victoriana no existió. Y la Revolución Industrial fue un invento. Que lo sepáis.
Lejos por igual de Londres y del industrioso norte industrial, en los albores del siglo XX la vida para los habitantes de las colinas Cotswold no difería mucho de la vivían sus ancestros mil años antes. Los días en el pueblo de Slad no se regían por las sirenas de una fábrica ni la hora de cierre de las oficinas, sino por las supersticiones, la campana de la iglesia, la luz del sol, la oscuridad del bosque, y la vida del squire, el señorito del pueblo, cuya mansión y banquetes excitaban siempre la febril imaginación de la plebe. En aquella tierra, apenas inglesamente escarpada, el ferrocarril era un prodigio del que algunos habían oído hablar, pero nadie había visto; los vehículos a motor que empezaban a pasearse ni siquiera despertaban el suficiente interés como para que los niños corrieran tras ellos, y tan sólo una vez al año, el pueblo se subía a bordo de una charabanc y se iban todos de excursión a Weston-super-Mare.
   
El pueblecito de Slad, en Gloucestershire, a principios del siglo pasado

Como ya comentaba en mi anterior entrada, Sidra con Rosie (1959) es uno de esos libros que todo inglés conoce. En cuanto uno menciona los nombres de Stroud (una pequeña ciudad situada a tres kilómetros de Slad) o las colinas Cotswold, no hay quisqui que inmediatamente no asocie ese nombre con este maravilloso libro que, de hecho, es lectura habitual en la educación secundaria. ¿Os acordáis de Platero y yo, cuando Platero era Platero y yo era yo? Pues Sidra con Rosie vendría a jugar en el imaginario inglés un papel parecido, aunque para niños un pelín más creciditos.


 Una de las preciosas ilustraciones de John Ward para la primera edición

Curiosamente, la fama de Laurie Lee no ha llegado nunca a España. Y digo curiosamente porque muchos son los lazos que unen a Lee con nuestro país. Sin ir más lejos, nuestro autor llegó a España en plena Guerra Civil, dispuesto a luchar contra las tropas de Franco. Sin embargo, por suerte para la literatura y para el caudillo, su epilepsia, así como cierta torpeza como combatiente (nada más entrar fue arrestado por los republicanos y acusado de espionaje) no le dejaron llegar muy lejos. Pero en realidad el idilio de Lee con España había comenzado unos años antes, concretamente en 1933, año en que conoció a una señora llamada Sophie Rogers, que se había mudado a Slad desde Buenos Aires, que ya es mudarse. Dos años después de ese encuentro, Lee partía hacia Vigo y, al poco, tras atravesar una España al borde del precipicio, llegaba desde allí hasta la bella Almuñécar. En sus obras As I walked out one midsummer morning (1969) y A moment of war (1991), que completan la trilogía autobiográfica, Lee rememoraba las experiencias de aquellos dos viajes a nuestro país. Y todo había empezado, recordó siempre, con el escaso puñado de palabras en español que le había enseñado Sophie.
  
Whiteway Colony, la colonia tolstoyana de Stroud 

Y tan interesantes como la relación de Lee con nuestro país son los vínculos, más o menos tenues, más o menos fuertes, que lo unen con escritores universales o con rinconcillos cotswoldianos.
En 1931, Lee se fue a vivir a la Whiteway Colony, de nuevo cerca de Stroud (si cuando digo que las Cotswold son un tesoro...), una colonia tolstoyana fundada por un cuáquero. La comunidad de los cuáqueros, que nació en Inglaterra, si bien ha tenido siempre un carácter claramente minoritario, parece gozar de una  relativa buena salud en este rincón del mundo. El que escribe ha visitado su congregación en Nailsworth y ha apuntado en su lista de lugares por conocer esta antigua colonia tolstoyana, que todavía hoy intenta regirse por principios anarquistas un poco pasados por agua. Parece ser, no obstante, que el espíritu tolstoyano del lugar estaba desde el principio un tanto desvirtuado, y así lo confirmó el mismísimo Mahatma Gandhi en su visita de 1909.

De excursión con la charabanc

Sidra con Rosie está estructurada alrededor de diferentes aspectos y motivos de la infancia y adolescencia del autor. Los títulos de algunos de ellos son "Primera luz", "Primeros nombres", "La escuela del pueblo", "La cocina", "Los tíos" o "Madre". Esta estructura deja de lado la cronología, lo que permite a Lee saltar, por ejemplo, a los últimos años de la vida de su madre y, dos episodios más tarde, volver al momento en que ésta salvaba de la muerte a su pequeño Laurie cuando ya lo estaban velando. Estos saltos adelante y atrás son continuos, y subrayan el interés de Lee no tanto por describirnos su desarrollo como poeta ni su camino a la edad adulta, sino por hablarnos de una época que se acaba, de un mundo que languidece, de un ánimo en estado de asombro perpetuo.

Lee, ante la casa donde creció

Todos los episodios son inolvidables, pero es difícil no destacar "Muerte pública, asesinato privado", cuyo título, sí, parece desentonar un poco del resto, y, sobre todo, "Primer mordisco a la manzana", de carácter también bastante explícito. La grandeza de este libro bellísimo reside tanto en su lenguaje poético como en su irresistible tono de nostalgia. La atracción que sigue ejerciendo en miles de lectores no se debe a las hermosas descripciones de Slad, ni a los magistrales retratos de los personajes, sino, sobre todo, al sabor de la infancia perdida treinta años antes y recuperada ahora en sus páginas. Y uno que no ha leído a Proust se pregunta si eran necesarios los siete volúmenes del francés machacando la madalena, cuando Lee, en tan sólo doscientas páginas, nos hace revivir nuestros primeros dieciocho años de vida de manera tan vívida que, al cerrar el libro, el lector se sorprende del vello en sus brazos.

Las primeras páginas de Sidra con Rosie, en la voz de Kenneth Brannagh

No hay en esta botella de sidra idealización alguna de la infancia. Al igual que en tantos otros lugares del mundo, en las Cotswold un niño vivía al lado de la muerte, que es como ese vecino plasta que se presenta cuando menos te lo esperas, pero qué le vas a hacer, tampoco lo vas a echar. Uno podía morirse, uno podía matarse, a un aventurero enriquecido podían matarlo por fanfarrón y a un niño podía comérselo un cerdo. Como suele ser habitual, para que alguien escriba unas hermosas páginas en las que convierte la violencia en belleza, alguien antes tiene que haber pagado el pato. La literatura es cruel.
Los dos episodios que he destacado anteriormente han hecho que en alguna ocasión se levante más de una biempensante ceja, al considerar que los acontecimientos descritos en Sidra... no son apropiados para la juventud, que, como ya he dicho, estudia esta obra en la escuela. Como casi todas las cejas biempensantes, creo que se equivocan, pero es cierto que uno de los dos episodios nos conduce hacia un desenlace que se insinúa brutal y muy desagradable.
  

La historia que nos cuenta Sidra con Rosie nos la han contado antes muchos autores, pero pocos tan bien como Lee. Es difícil alcanzar tan gran poder de evocación con una escritura tan contenida e incluso discreta. Da la impresión de que Lee, quien, aunque la historia de la literatura lo niegue, ante todo se consideraba poeta, sabe que lo que la palabra precisa te da, te lo puede quitar un inoportuno signo de exclamación. No hay retórica, pues, en esta sidra. No hay lamento. No hay tono elegíaco por aquella vida, tantos años oculta en el valle, que despertó el día que estalló la guerra y volvió a acostarse al día siguiente, cuando sus hombres, entre ellos el padre del autor, hubieron partido a luchar. Las cosas tenían que ser así, porque así habían sido siempre.

Sin embargo, a ese sueño ya interrumpido le quedaban de hecho pocos años. Como sabemos, el mundo moderno nace cuando muere la Primera Guerra Mundial. También así en Slad, donde apenas hubo todavía tiempo para que el squire invitara a todo el pueblo a un banquete de celebración del Día de la Paz. Poco después, las hermanas de Lee encontraban marido, el autobús empezaba a acortar las distancias, el squire demostraba que también era mortal, y los pocos viejos que quedaban decidían seguirlo. Y así:

We began to shrug off the valley and look more to the world, where pleasures were more anonymous and tasty. They were coming fast, and we were ready for them.

(Empezamos a sacudirnos de encima el valle y a mirar más hacia el mundo, donde los placeres eran más anónimos y sabrosos. Se acercaban rápido, y todos estábamos listos para ellos.)


Nota: la elección del título de esta entrada ha sido una decisión muy dura. A lo largo de mi vida, he tenido más de una discusión con amigos míos, traductores reputados, diplomados y masterizados, que se empeñaban en que para "escanciar" es menester que haya un metro y medio de distancia entre botella y recipiente, o séase, que sólo se escancia la sidra y nada más. Me costó lo mío sacarlos de su error, y convencerles de que cuando se preparan el desayuno, escancian leche en un cuenco. Es más, sospecho que para sus adentros no acaban de reconocer su error. Por ello, no dejo de tener remordimientos de conciencia, cuando pienso que al relacionar el "escanciando" del título con la sidra del libro estoy contribuyendo a perpetuar el error de mis amigos y de tanta otra gente. No obstante, la imagen me ha parecido poética y en consonancia con el espíritu del libro, así que al final he decidido no dejarme influir por las posibles interpretaciones erróneas del verbo, y arrostrar las espantosas pesadillas que, a buen seguro, van a atormentar mi sueño.
Y tras esta nota tan pedante, me voy a escanciar un café.


  

jueves, 29 de agosto de 2013

Viñetas de otro verano inglés


A ningún viajero le gusta saber que no queda en el planeta rincón por hollar, paisaje por descubrir, playa por tuitear ni tribu amazónica por infectar. Sin embargo, a todos los lectores nos encanta pensar que por allá donde vayamos probablemente habrá pasado ya algún escritor que habrá convertido ese café, esa iglesia, esa ciudad y sus habitantes en materia literaria. Paradojas del lector viajero.

Al igual que nos sucede cuando releemos un libro, uno no visita dos veces el mismo sitio. Aunque el billete de avión nos diga que volvemos a aquella ciudad que ya recorrimos el año pasado o hace tres lustros, a poco que observemos, veremos que el lugar ya no es exactamente el mismo, y que nosotros, el viajero, ya no somos aquél.
Y es que una de las ventajas de tener media familia desperdigada por Inglaterra y tres niños con los que hacer la obligada ronda de visitas es que, inevitablemente, uno vuelve, verano tras verano, a los mismos lugares, y se da cuenta de lo poco que los conoce. El redescubrimiento que de ellos hace el viajero puede venir por la vía poética, religiosa o filosófica, pero también, por qué no, puede llegar de un modo bastante más prosaico, como me ha ocurrido a mí.

El Puente Suspendido de Clifton, en Bristol

Parte de la familia de mi mujer vive en Bristol, donde debo de haber estado más de veinte veces. Siempre me había parecido una ciudad fea, mal diseñada, incómoda, aburrida y con bien poco que ofrecer al turista. Atravesarla en coche es una pesadilla que apenas se ve aliviada por las vistas de la estación de Temple Meads, y hacerlo a pie, si bien nos permite disfrutar del espectacular puerto y el barrio de Clifton, requiere botas de alpinismo. Ríete tú de las siete colinas de Roma.

La ciudad tuvo su época de esplendor en los siglos XVII y XVIII, con el tráfico de esclavos. La abolición de la esclavitud a finales del XIX, así como la guerra con Francia en 1793, marcan el inicio del declive de su actividad comercial. Bristol se revela incapaz de competir con la industria del norte del país.

La estación de Temple Meads en los años 60

En la Segunda Guerra Mundial, las fuerzas de la Luftwaffe destruyeron gran parte de la ciudad, y la podría parecer que la reconstrucción que se llevó a cabo en los años 60, caracterizada por arquitectura brutalista y espantosos bloques de oficinas, tenía como finalidad rematar la faena que iniciaron los bombarderos alemanes. En fin, ése es el Bristol que yo conocía, hasta que este verano nos invitaron a hacer una visita a la ciudad a bordo de un autobús turístico. Mi experiencia con ese tipo de visita no era especialmente positiva, dado que ya había hecho una en mi propia ciudad (de nuevo, la suerte o desgracia de tener familia extranjera). En Barcelona, y aquí me vuelve a salir la vena antipatriótica, me había encontrado con una guía grabada donde, sorpresa sorpresa, nos informaban de la altura de los edificios y las fechas de construcción. En Bristol, por el contrario, nos encontramos con unos guías amenos, campechanos, inasequibles al desaliento ante la sosez de los pasajeros, y que no sé si nos descubrieron el lado oculto de la ciudad, pero desde luego nos hicieron ver la ciudad con otros ojos, y hasta nos dieron ganas de bajar y explorar la ciudad. Que sigue siendo fea, sí, pero con mucha belleza interior.

El histórico Llandoger Trow antes de la guerra.

El Llandoger Trow hoy

Prometo que en el próximo viaje me escaparé de los niños para tomarme una pinta en el Llandoger Trow, el pub donde se cuenta que Daniel Defoe conoció a Alexander Selkirk, inmortalizado luego como Robinson Crusoe, o que sirvió de inspiración a Robert Louis Stevenson para el Admiral Benbow Inn, de La isla del tesoro.

Este verano, Bristol fue escenario del Gromit Unleashed, es decir "Gromit sin correa", una exposición pública orgnizada con el fin de recaudar fondos para el Hospital de Niños de Bristol. En esta ciudad es donde se encuentran los estudios Aardman Animations, cuna de los geniales personajes de Wallace y Gromit. La exposición consistía en 80 esculturas de Gromit diseñadas por otros tantos artitas, y distribuidas por toda la ciudad. Nada glorioso, nada pretencioso, nada de "mira qué importantes somos", sino simplemente una excusa perfecta y desenfadada para que miles de turistas exploraran la ciudad mientras intentaban fotografiarse con todas las esculturas.







Otro de los escenarios habituales de mis veranos ingleses es el condado de Somerset, donde vive otra parte de la familia. Allí nos alojamos en un pequeñísimo pueblo a las afueras de Wells, ciudad famosa por su catedral y por la confusión de su nombre con Gales (Wales). Seguro que los lectores de Palencia me entienden. Wells forma parte del circuito tres en uno que lleva a los turistas a visitar en el mismo día Wells, Bath y Glastonbury. Esta última, aparte de por su festival de música, es conocida también por el número de hippies y druidas que la habitan. Ello se debe, sin duda, a que nos encontramos en tierras artúricas, y es que el monumento más conocido de esta ciudad es Glastonbury Tor, que se identifica con el Avalon de la leyenda de Arturo. La casa de mi suegra se encuentra en las Mendip Hills, y, a pesar del "spite wall" (un muro para joder el panorama) que un vecino se niega a derribar, desde ella se ve la torre en una vista parecida a ésta.


Vicar's Close, en Wells, es la calle residencial más antigua de Europa

La bonita ciudad de Nailsworth, donde desde hace unos años pasamos también unos días todos los veranos, no es especialmente conocida. Sin embargo, cuando uno dice que se encuentra en las colinas Cotswolds, y apenas a unos kilómetros de Stroud, los ingleses inmediatamente responden "ah ya, Laurie Lee". 


Laurie Lee es toda una institución en Inglaterra, mientras que en nuestro país es un perfecto desconocido cuya novela emblema, Sidra con Rosie, está, si no me equivoco, descatalogada desde hace años. Hablaré en otro momento de esa novela, y por ahora me limitaré a señalar que las Cotswolds son un lugar precioso, donde los turistas extranjeros prácticamente no existen, y que tiene ciudades y parajes que bien vale la pena visitar. De hecho, toda la región está designada Área de Destacada Belleza Natural.

Cirencester, la ciudad más grande del Dsitrito de Cotswold

El último de los lugares a los que vuelvo todos los veranos está situado en un pueblecito de Hampshire, en la arquetípica campiña inglesa. Estamos en territorio Jane Austen. 

Una hermosa vista al levantarse

Casas con tejado de paja, graneros reconvertidos en viviendas, jardines enormes con sus huertos y sus pequeñas granjas, vida rural llena de paz y armonía, este pueblecito de Hampshire es, para los amantes de la vida en el campo, un lugar idílico. Aquí la familia de mi mujer vive en una casa de no sé cuántos siglos, pero, a juzgar por los porrazos que me doy con las vigas de madera del techo, data de antes de que el homo sapiens diera el estirón. Es una casa algo incómoda, sí, pero absolutamente preciosa.


Y lo mejor de todo es que uno puede salir de paseo, cruzar prados, campos, bosques, y, tras encontrarse con un partido de criquet, llegar a la casa de Jane Austen. Para qué seguir.

En fin,  que no quedarán rincones por hollar, pero los que me toca pisar, ¡qué bien hollados están!

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