martes, 28 de mayo de 2013

Lucky Jim, de Kingsley Amis


Esta novela tiene un defecto grande, enorme, gigantesco, sumamente irritante y absolutamente irredimible: sus críticos, y en especial los de la subespecie "textos de contraportada".
Vamos a ver. Lucky Jim (en español, La suerte de Jim) es una excelente novela que, además, es divertida. Pero eso no quiere decir que su lectura sea una carcajada continua. Significa, simplemente, que tiene escenas que son divertidas, y algunas, incluso, muy divertidas. No obstante, señores críticos, entre una y otra hay páginas, muchas páginas, que no sólo no nos hacen reír, es que ni se lo proponen. Por eso, cuando uno la lee y se acuerda de ese "uproariously funny", ese "devastating fun" o ese "hilarious send-up", es difícil no sentirse como un tonto. De hecho, nos hicieron leer este libro en mi primer año de universidad, y creo que a todos se nos quedó la misma cara de pasmados. Con los años, la segunda inmadurez y la experiencia de haber salido escaldado, esta segunda lectura ha sido mucho más gratificante.

Amis padre e hijo

Kingsley Amis es reverenciado en Inglaterra como uno de los más grandes novelistas del siglo XX, aunque nunca llegó a tener el prestigio de, por ejemplo Graham Greene, que era, en el año en que se publicó Lucky Jim, el autor más respetado del momento. Amis nació en una familia de clase obrera, pero su buen hacer en los estudios acabaron llevándole a Oxford. Allí se afilió al Partido Comunista y conoció a Philip Larkin. Parece ser que, como persona, Amis fue bastante cabroncete: se casó de penalty con su primera mujer, pese a que había arreglado un aborto clandestino del que se echó atrás al temer por su salud. Fue un adúltero empedernido toda su vida. Pasó de ser un gran bebedor a un borrachuzo irrecuperable. También abandonó el comunismo y abrazó una ideología conservadora que ríete tú de Thatcher. Además se declaró antisemita "moderado". De hecho, creo que le sentaba mucho mejor a don Kingsley el papel de británico antieuropeo, xenófobo, abanderado de save the pound y de la privatización de todo lo público, que el de luchador por una sociedad sin clases. Si la hoz y el martillo fue un capricho, un acto de hipocresía o un compromiso posteriormente traicionado lo confirmará la lectura de Koba el temible, que rueda por casa desde hace meses. Koba el temible es el libro que escribió Martin Amis sobre el modo en que los intelectuales británicos -y sobre todo su padre- abrazaron el comunismo haciendo oídos sordos, cuando no justificándolas abiertamente, a las atrocidades cometidas por Stalin y por quienes lo precedieron. Martin no debió de tener una infancia muy fácil y, aparte de Koba, escribió Experience, una suerte de memorias que me propongo buscar, a ver de qué manera salda cuentas con su progenitor.

Fotogramas de la película (1957)

Publicado en 1953, Lucky Jim supuso una pequeña revolución en el mundo de la narrativa inglesa. En primer lugar, algunos la consideran la primera, o una de las primeras, novelas de campus. Y en segundo lugar, con esta novela Kingsley Amis se reveló, al decir de algunos, como el padre de lo que se daría en llamar los "jóvenes airados", esa generación de novelistas y dramaturgos ingleses desencantados con la intelectualmente estéril y hasta asfixiante prosperidad que trajo la posguerra. Existía, sin embargo, otro movimiento, el llamado "The Movement", liderado por el ya mencionado Larkin y del que Amis era también un miembro destacado. The Movement era un movimiento poético que nació como reacción al modernismo y que abogaba por una poesía más sencilla, convencional y tradicional. No cuesta mucho imaginar al protagonista de Lucky Jim abanderando este movimiento y rebelándose contra la poesía artificial y oscura de algunos de sus contemporáneos. En este sentido, compárese al mismo Larkin con Dylan Thomas.

La de Liverpool es la red brick university original

La historia que nos cuenta Lucky Jim es la de un mediocre profesor adjunto desencantado con su trabajo en el Departamento de Historia de una universidad "de ladrillo rojo" de las Midlands. Jim Dixon, especializado en historia medieval, encuentra en la facultad un ambiente arrogante, pretencioso y, con todas sus ambiciones intelectuales, incluso filisteo. Dixon procede del norte de Inglaterra, tierra de salvajes para los que viven al sur de Londres, y es de familia de clase media baja. Jim prefiere la música pop a la clásica, el pub a los salones, y la gente normal a los académicos. En otras palabras, Jim Dixon, al igual quizás que Amis en la Universidad de Gales, es un intruso en el mundo académico, y no le sientan nada bien la toga ni el birrete.
Dixon está atrapado en una no-relación con una mujer posesiva y neurótica, con la que asume, resignado, que acabará casándose. Es posible ver en esa relación algo vampírica de Margaret hacia Jim un paralelismo con el modo en que el endogámico, cuando no incestuoso, siempre sanguijuelesco y lobotomizante mundillo académico idiotiza, a veces con su colaboración, a tantos jóvenes profesores,  con mayor o menor talento, que deciden ingresar en él.
Algunos han querido ver en el libro un cuento de hadas, con su príncipe rana, la princesa, la madrastra y el hada madrina, pero, como muy bien dice David Lodge, el grande de la novela de campus, en su interesantísimo ensayo "Lucky Jim revisited", esa simplificación sería injusta. La historia del triángulo Jim-Margaret-Christine es, pese al carácter algo estereotipado de esta última, bastante más complejo de lo que la etiqueta cuento de hadas nos daría a entender.


En esencia, Lucky Jim nos habla de un antihéroe que se rebela contra la brillante e ilustrada estulticia del mundo académico. A diferencia de otras novelas de los Jóvenes Airados, no estoy tan seguro de que nuestro héroe se rebele contra el destino de su clase. Su discurso de izquierdas no es especialmente sofisticado ("si un hombre tiene diez panes y otro tiene dos...") y, pese a simpatizar abiertamente con la clase trabajadora y detestar la pomposidad de las clases altas, Jim no es precisamente un idealista. Recordemos que su lema personal es "nice things are nicer than nasty things", es decir, las cosas buenas son mejores que las cosas malas. Todo el mundo prefiere tener dinero a no tenerlo. Todos los hombres prefieren una chica guapa a una que no lo es.
No, Jim no se rebela contra el destino de los de su clase social. Y tampoco estoy seguro de que quiera salir de ella. Quizá el verdadero acto de rebeldía de los Jóvenes Airados fue perder los complejos ante los toffs, plantarles cara y ridiculizarlos.


El carácter cómico de Lucky Jim no se debe exclusivamente a los gags, muchos de los cuales son, de hecho, de un humor más simple y "visual" de lo que muchos asocian con el "humor británico". (Sin embargo, como muy bien nos dice Lodge, ese estilo de humor basado en la farsa y en la violación de los códigos de conducta tenía antecedente en Wodehouse, Waugh, dickens y se remontaba a la comedia isabelina). Es sobre todo en el uso del lenguaje que hace Amis donde se muestra el genio cómico de la novela. Con frecuencia Amis va más allá de la simple ironía y nos deleita con perlas de humor negro, con ese sarcasmo tan ofensivo que a los ingleses tan bien se les da, y sobre todo con el brutal contraste entre la vulgar farsa y el lenguaje exquisito que se emplea para narrarla, algo que me ha recordado mucho al inimitable catálogo de frases y citas de Black Adder.


Resulta sumamente significativo que uno de los problemas que acucian a Dixon sea la conferencia que, al principio de la novela, el plasta del Profesor Welch le encarga que escriba y pronuncie. Dicha conferencia debe versar sobre uno de los temas favoritos de Welch, y se trata ni más ni menos que de Merrie England, es decir la Alegre Inglaterra, una especie de arcadia que nunca existió y que encarna los valores quintaesencialmente ingleses de la vida en la campiña, el yorkshire pudding, las hazañas de Robin Hood, los tejados de paja o los cuentos de Beatrix Potter, un mundo idílico reflejado todavía hoy en mantelitos y bandejas para el té, y que se situaba entre la Edad Media y la Revolución Industrial. Con la industrialización del país, el crecimiento de las ciudades, el desarrollo del ferrocarril y la primera gran crisis del mundo rural, la Alegre Inglaterra acabó de irse al carajo, y la nostalgia por aquel mundo soñado y perdido se desbocó en la literatura del romanticismo y en la sociedad victoriana. En esta última, los cuentos para niños, así como las ilustraciones que solían acompañarlos, retrataban a la perfección ese añorado mundo pre-industrial. El Profesor Welch, que, recordemos, es catedrático de historia, le pide a Jim que pronuncie un discurso reivindicando esos valores alegremente ingleses, aquel  edén de jardines con fresales y melocotoneros, aquellos salones de té y scones, aquella sociedad de tejones con gafas y comadrejas chaqueteadas, aquellos valores, en suma, entonces amenazados, entre otras cosas, por el gobierno laborista. Pues bien, no os quepa duda de que jamás hubo locomotora traumatizante de vacas, humeante fábrica, mina de carbón ni diabólica spinning-jenny que pusiera fin a Merrie England de manera más bestial y definitiva que  la conferencia que Jim Dixon pronuncia hacia el final de la novela y que, de manera irónica, le ayudará, por fin, a tener suerte y "cosas buenas".

Si no eres capaz de cabrear a nadie con lo que escribes, no vale la pena escribir.


sábado, 18 de mayo de 2013

Tristán e Iseo


Con la lectura de Tristán e Iseo, he llegado a la conclusión de que los clásicos tenían un problema de márketing. Y no se trata sólo de esa vacilación e inconsistencia al darle un nombre a su producto (la conocida Isolda es en la edición de Alianza Iseo, mientras que en otros lugares es Isode, y aún hay más versiones), sino, sobre todo, de que no nos venden lo que nos dicen que nos venden.

Esto es lo que vemos en el envase.


Y esto, lo que nos encontramos al abrirlo:

Drystan & Esyllt, de Jérôme Lereculey

Bien mirado, quizá no se trate tanto de un problema de márketing como de una estafa, pura y llanamente. Porque a ver, uno compra algo pensando que va a leer un peñazo medieval de amor cortés y ciervos asaeteados, y se encuentra con dragones, batallas, gigantes, enanos, reyes cornudos, héroes de incógnito, leprosos, mujeres fatales y hasta el Rey Arturo que pasaba por ahí. En definitiva, uno se siente felizmente estafado.

Esbozar un análisis siquiera mínimamente informado e informativo sobre esta obra es algo que escapa completamente a mi capacidad. Para empezar, los orígenes de la leyenda se remontan desde la neblina de Cornualles hasta las Tierras Altas de Escocia, pasando por mis verdes valles de Gales o las costas de Irlanda y Bretaña. Y no son pocos los que, por el contrario, sitúan dichos orígenes en Persia. Existen además varias versiones de la obra, aunque éstas pueden resumirse en dos tradiciones principales: en primer lugar, las más antiguas, de los franceses Béroult y Thomas de Bretaña, que no nos han llegado completas. Y en segundo lugar, la que surge del Tristán en prosa, escrita a mediados del s. XIII y que dos siglos más tarde proporcionaría a Thomas Malory el material con el que escribió una parte de La muerte de Arturo. A estas versiones se unen dos versiones alemanas, de Eilhart von Oberg y Gottfried von Strassburg, que difieren de las anteriores en muchos aspectos clave. Y por lo visto Chrétien de Troyes también escribió su propia versión, que se perdió.

El trozo de espada encaja, revelando así la identidad de Tristán

Parece, pues, misión casi imposible establecer el origen preciso de la leyenda, dado que ésta, contada en incontables versiones desde tiempo inmemorial y a lo largo y ancho de toda Eurasia, incorpora elementos no sólo celtas, germanos o persas, sino también de la mitología grecolatina. Ahí está, por ejemplo, la historia de Frocín, el enano felón, que revela a los barones el secreto del rey Marcos sin quebrantar su juramento de fidelidad. ¿Cómo? Pues introduciendo la cabeza en un hoyo y gritando el secreto a las raíces un espino blanco, un episodio calcado de la historia del Rey Midas.

No obstante, sí parece ser que existió un príncipe picto llamado Drust, que vivió en Escocia sobre el año 720 d.C., y que al salvar a una princesa de las garras de unos piratas dio origen a la leyenda del Morholt, el gigante que cada cinco años se cobraba de Cornualles el tributo de trescientos jóvenes y otras tantas doncellas.

El enano felón echando harina al suelo (Joseph Bedier, 1927)

Con tantas versiones diferentes de la historia, me da una pereza enorme intentar resumir el argumento. En líneas muy generales, trata, como resulta fácil imaginar, del amor entre Tristán, el héroe matagigantes y cazadragones, e Iseo (Isolda...), hija de los Reyes de Irlanda Anguis e Iseo. Merced a sus gestas, Tristán consigue la mano de la joven Iseo para su señor, el Rey Marcos de Cornualles. Pero en el viaje que los lleva de vuelta a su tierra, Brangel, doncella de Iseo, les da a beber del filtro de amor que la princesa debía beber en el lecho junto a su esposo y que les haría amarse "de suerte que nadie podrá sembrar la discordia entre ellos".

Iseo navegando en busca de Tristán (Evrard d'Espinques)

Pasa lo que pasa y, para intentar arreglar el estropicio, la buena de Brangel, en la noche de bodas de Marcos e Iseo, se acostará con el Rey haciéndose pasar por su señora, en un episodio muy parecido al que vimos en los Nibelungos, cuando Sigfrido decide echarle una manita a Gunter. Como suele suceder en estos casos, el rey siempre es el último en enterarse, y pese a que los enemigos de Tristán se chivan a su majestad continuamente, los dos amantes casi siempre consiguen pergeñar alguna argucia que los saque del apuro. Pero todo, incluso la ingenuidad del rey, tiene un límite.

Iseo, a punto de ser quemada viva (William Russell Flint, 1927)

Sabido es que el Romanticismo tomó la Edad Media como inspiración y motivo, y que centró la búsqueda de su particular grial sobre todo en el género del romance caballeresco, de donde acabaría tomando el nombre. No es de extrañar, por tanto, que la historia de Tristán e Isolda cautivara a los románticos, fascinación que fue más acusada si cabe en el movimiento pre-rafaelita. Esta revitalización de la leyenda culminó en la ópera de Wagner, que se ha convertido para muchos en su primer referente.

La liebestod de Isolda

Aparte de la influencia que tuvo la leyenda sobre la imaginería del Romanticismo, nuestra época actual está en buena medida marcada por el concepto del amor romántico, concepto que se desarrolló en el siglo XIX a partir de romances como el Tristán. Desconozco si existe una definición precisa de ese amor romántico, aunque supongo que es, por poner un ejemplo, aquél donde la incontenible fuerza del amor se opone y triunfa sobre el matrimonio de conveniencia entre dos familias. Sin embargo, uno de los motivos clave, y que parece repetirse de manera invariable en todas las versiones, es que el amor entre Tristán e Iseo, que al principio no se gustan demasiado, nace única y exclusivamente del filtro de amor, la poción mágica que Brangel les da a beber y que los condena a amarse. (En unas versiones, como la de Alianza, Brangel les da a beber del filtro por error, mientras en otras versiones lo hace sin querer queriendo. Asimismo, puede variar la duración de sus efectos, de tres años a toda la eternidad.)

El Tapiz de Tristán, que se puede ver un día al año en la Abadía de WIenhausen. Aquí vemos la historia hasta el fatídico momento en que Tristán e Iseo beben del filtro de amor

Probablemente, las palabras "romance" y "romántico" son unas de las más maltratadas de la historia. Al respecto de las infraliterarias "novelas románticas", dice un personaje en una novela que he leído recientemente:

Me refiero a que no son romances, ¿verdad? No en el sentido estricto de la palabra. Son simplemente versiones bastardas de la novela sentimental de cortejo y matrimonio que empezó con Pamela, de Richardson. (...) El verdadero romance es una forma narrativa anterior a la novela. Está llena de aventuras y coincidencias y sorpresas y maravillas, y tiene muchos personajes que están perdidos o encantados, o que van por ahí buscándose unos a otros, o el Grial, o algo así. Y a menudo, claro está, se enamoran...

Sabias palabras, pardiez, que además de definir perfectamente el tipo de obra que es el Tristán, acentúan esa discrepancia entre lo que se supone el origen del romaticismo y esa cosa llamada "amor romántico". Personalmente, se me ocurren pocas ideas menos "románticas" que dos amantes que se enamoran tras beber un filtro de amor. En ese sentido, el Tristán parece estar más cerca de la ciencia-ficción que del siglo de Goethe, Byron, Pushkin y compañía. ¿Dónde está la grandeza del amor si en realidad es el resultado de la ingesta de un brebaje?

Trsitán loco, de Dalí

Nos dice Alicia Yllera en la excelente introducción que el filtro es precisamente lo que confiere al amor entre nuestros sufridos amantes los rasgos que lo distinguen del amor cortés. Evidentemente, lo que atraía a los románticos de la historia de Tristán e Iseo no era tanto la naturaleza de su amor como la visión del amor como condena, así como el destierro social que sufren nuestros héroes por su relación, y el inevitable fatal desenlace al que ésta los conduce.
Iseo se lamenta ante el cadáver de su amado

Los ecos de la historia se multiplican sin cesar a lo largo de los siglos, y en más de un momento, tenemos la sensación de estar leyendo otro libro. Hay un episodio en el que Iseo, con la excusa de que no se quiere mojar al cruzar un río, se sube a caballo sobre un Tristán disfrazado de malato (leproso). Luego jura a su marido el Rey que él y ese malato que la ha ayudado a cruzar el río han sido los únicos hombres que ha habido jamás entre sus piernas, un ejemplo de ingenio y engaño que nos recuerda, por ejemplo, al Decamerón. Otros episodios, como el de la trampa con harina para que los amantes se delaten por sus huellas, son claramente folclóricos, como lo es también el cabello dorado que unas golondrinas traen al rey. Y qué decir de los árboles que nacen de las tumbas de los amantes y enlazan sus ramas. La impresionante carga simbólica, folclórica e histórica de la obra producen, una vez más, una lectura tan fascinante como amena.

En fin, cualquier estudio de la leyenda de Tristán e Iseo está condenado a perderse en infinitas ramificaciones por allí donde la literatura se funde con la antropología, la historia y la psicología. El bloguero diletante siente un vértigo acongojante ante la idea de intentar abrir por ahí un camino más o menos desbrozado, y por ello prefiere limitarse a una advertencia al lector: si no quieres pasártelo pipa con las mil y una aventuras de una obra que ha marcado buena parte de la literatura, la música y el arte universales, más te vale no leer este libro. Sería como beber del filtro de amor que condenó a Tristán e Iseo (o Isolda).

Ilustración de Vitali Volovich

domingo, 5 de mayo de 2013

Un mundo aparte, de Gustaw Herling-Grudzinski


La literatura del horror, aquélla que salió de los campos de concentración nazis, de los horrores de la guerra, o del gulag soviético, constituye un género en sí mismo. Cuando reseñé, hace ya tiempo, La noche, de Elie Wiesel, me pregunté hasta qué punto se puede juzgar la calidad literaria de una obra cuyo valor principal es su calidad de testimonio; una obra que, por muy bien escrita que esté, no sería nada si lo que nos contara no fuera la verdad de la experiencia. No llegué a ninguna conclusión, pero me apetecía repetir mis sesudas reflexiones.

Dicho lo cual, añadiré que con Un mundo aparte, la respuesta está clara: además de ser un impresionante documento, y estar extraordinaramente bien escrito, va más allá del libro de testimonio o de historia, y, como dice Semprún en el prólogo, este libro "es literatura. Lleva el sello, la firma, la huella que no traiciona a un verdadero escritor. No solamente es sincero y auténtico en lo que se refiere al contenido histórico (...). Es auténtico también con respecto a las formas de la literatura, a los valores, orales y culturales de una relación transparente, compleja y rica con la literatura".

La típica "foto del autor" en la Unión Soviética

A principios de 1939, La Unión Soviética entró en negociaciones con Gran Bretaña, Francia, Polonia y Rumanía con el fin de establecer una alianza contra la Alemania nazi. Las negociaciones fracasaron cuando la Unión Soviética exigió derecho de tránsito para sus tropas a través de los territorios polaco y rumano. Como un amante despechado, los rusos firmaron entonces el Pacto Ribbentrop-Molotov, el infame tratado de no agresión entre nazis y soviéticos. Una semana después de la firma del tratado, el ejército del Tercer Reich invadía Polonia desde el norte, sur y oeste. El este se lo dejaban a la Unión Soviética, que el 17 de agosto invadió y se anexionó esos territorios. Más de 200.000 polacos fueron capturados y hechos prisioneros de guerra. En 1940 Herling-Grudzinski, que formaba parte de una organización de la resistencia polaca y luchaba contra los alemanes, fue arrestado por la NKVD y enviado a Siberia por espionaje.

Un barracón de mujeres en un campo de trabajo

Publicado en Gran Bretaña diez años antes que Un día en la vida de Iván Denisovich, Un mundo aparte fue uno de los primeros libros sobre el gulag. Al igual que la obra de Solzhenitsin, este libro fue denostado por los prosoviéticos y democráticamente censurado, por el daño que podía causar a los comunistas, en países como Italia o Francia, donde no se publicó hasta 1985. La sombra de Sartre era alargada. La dignidad, muy corta.

Ser enterrado en vida con suficiente aire para respirar y alargar tu agonía, ser lanzado a un pozo y vivir de los huesos roídos que te lanzan de vez en cuando, tal era la vida de los prisioneros del gulag. De hecho, creo que me quedo corto, dado que además de ese suplicio, los presos tenían que dejarse la vida trabajando un mínimo de doce horas al día, a una temperatura que en invierno no subía de -30º, y vestidos con harapos. No sorprenderá que las referencias a Apuntes de la casa muerta sean constantes. De hecho, cada capítulo se abre con una cita del libro de Dostoievski, evidenciando así, si es que hacía falta, que ochenta años y una revolución más tarde, nada había cambiado en Rusia.

Los niños del gulag, hijos de traidores a la patria

La vida -por decirlo así- en el campo estaba regida por una combinación del refinado sadismo soviético (condenas a diez años que el último día de cumplimiento son prorrogadas otros diez) y la brutalidad más animal. En la jerarquía del gulag, el preso político sólo estaba por encima del moribundo, ese que ya no sirve para trabajar y que, desahuciado, es enviado al Mortuorio, un barracón donde ya no se les obliga a trabajar, y se les deja pudrirse entre escorbuto, pelagra y simple inanición. Por encima de los presos políticos estaban los delincuentes comunes, de los cuales sólo unos pocos, los que demuestren ser reincidentes y completamente inservibles para la vida en libertad, alcanzan la categoría de urka. Éstos, junto con los bezprizornys, delincuentes menores de edad, formaban "la más temible de las semilegales mafias rusas".

El urka es toda una institución en el campo, el segundo cargo más alto después del jefe de guardia; es él quien decide sobre el valor y la corrección de pensamiento de los miembros de su brigada; a menudo se le encomiendan funciones de la máxima responsabilidad, asignándole, en caso de necesidad, un ayudante (...), por sus manos pasan todos los "capullitos", muchachos no iniciados en el sexo, recién llegados antes de que acaben enlas camas de los jefes oficiales (...). Se trata de hombres que piensan en la libertad con la misma repulsión y el mismo miedo con que nosotros pensamos en el campo.

Soy espía inglés, francés, americano, japonés, italiano, alemán, y de algún otro país...

El libro es una amalgama de memorias, ensayo, historia y relatos, aunque estos últimos están siempre basados en  hechos reales. Hay episodios espeluznantes, como "Caza nocturna"; donde el autor es testigo de una violación en grupo, y de la posterior relación de dependencia, casi de idolatría, que se establece entre la víctima y el líder del grupo.
En todos los episodios, los retratos de los prisioneros son excelentes y sus historias, desgarradoras. Una de ellas es la del prestiogioso actor Mijaíl Stepánovich V:

Había en él la humildad de un hombre educado para obedecer y respetar cualquier poder: la disciplina de un ciudadano modelo. Incluso cuando me contaba que lo habían detenido en 1937 por acentuar exageradamente en una película la nobleza de un boyardo de Iván el Terrible, no se permitió esbozar una sola sonrisa, ni siquiera la más leve, y en su rostro se dibujaba la misma gravedad que si relatase un auténtico crimen. "Han hecho lo correcto, Gustaw Yosífovich -repetía-, han hecho lo correcto."

Niños trabajando en la Prisión de Solovki (1933), que Solzhenitsin llamó "la madre del Gulag"

Una de las historias más estremecedoras es sin duda la de Mijaíl Alekséivich Kóstylev, un comunista hasta la médula. Para su mal, Kóstylev descubrió un buen día la literatura, y tras conocer a Flaubert, Musset o Constant, "descuidó sus estudios, se saltó varias reuniones del partido, [y] se encerró en sí mismo."

Caí enfermo de añoranza de algo indefinido -me decía mientras acariciaba con la mano sana su angulosa cabeza rapada-, respiré un aire diferente, como alguien que, sin saberlo, había vivido ahogándose durante toda su vida.

Esta afición por la literatura extranjera lo lleva al arresto y a dar con sus huesos en el campo de Yértsevo. Kóstylev es una de las incontables víctimas de la revolución traicionada, uno de tantos miles de entusiastas idealistas y devotos marxistas cuya fidelidad fue recompensada por el Partido con la tortura, las palizas, la confesión ficticia, el exilio siberiano y la muerte en vida. Pero Kóstylev, como el inolvidable Rishik de El caso Tuláyev, es más fuerte que ellos. No está dispuesto a entregarles su trabajo ni su sudor, y para ello esta dispuesto a... El capítulo dedicado a él se titula "La mano en el fuego".


La suerte de Herling-Grudzinski cambió el día que Hitler le obligó a Stalin a quitarse la venda de los ojos. Con la invasión de Rusia, de la noche a la mañana los alemanes pasaban de ser aliados a enemigos, y un mes más tarde decenas de miles de prisioneros polacos se veían favorecidos, en virtud del Acuerdo Sikorski-Mayski, con la amnistía. Esta amnistía, no obstante, fue muy sui generis, y de hecho en muchos casos no llegó a aplicarse. Cuando Grudzinski se dio cuenta de que, en su caso, el acuerdo se convertía en agua de borrajas, decide, junto a un grupo de prisioneros polacos, iniciar una huelga de hambre con el fin de forzar a la dirección del campo. La huelga de hambre, huelga decirlo, implica también la negativa a trabajar.

La negativa a trabajar se castiga con el fusilamiento instantáneo, sin juicio; en algunos campos se desnuda por completo al preso y se lo deja a la intemperie hasta que da su brazo a torcer o bien hasta que muere.
Una de entre los millones de historias del gulag

Probablemente a Grudzinski lo salvó su condición de polaco, así como el nerviosismo y desconcierto que el inicio de la Guerra Ruso-Alemana habían sembrado entre los oficiales soviéticos. Encerrado en la celda de aislamiento, se negó a abandonar la huelga de hambre hasta que se le permitiera escribir una carta al representante de Polonia ante el gobierno soviético. Se lo jugó todo a una carta y le salió bien. Tras dos años en el gulag, le permitieron abandonar el campo (el término liberación tendría aquí unas connotaciones casi sarcásticas). Se despide de sus compañeros, a los que sabe que jamás volverá a ver con vida.

Yo me sentía fatal. Dante no sabía que no existe en el mundo sufrimiento mayor que experimentar la dicha ante los desdichados, que comer en presencia de los hambrientos. Los abracé en silencio.

Y todavía queda su regreso a la sociedad, su relación con una estalinista de pro que le dice que su experiencia es mentira yque en la URSS no se hacen esas cosas, y su integración en uno de los regimientos formados por los antiguos presos polacos.
Un mundo aparte es apasionante y estremecedor de principio a fin, y el epílogo, en el que el autor nos narra su encuentro en la Roma liberada con un antiguo compañero de barracón, es tristísimo, desolador y magistral. Como documento histórico, este libro no tiene precio, pero son escenas como ésta lo que hacen de él una gran obra literaria.


miércoles, 24 de abril de 2013

Anábasis, de Jenofonte



En las primeras páginas de esa despatarrante novela titulada Las aventuras del buen soldado Svejk, se encuentra uno con un mapa donde se lee: "La anábasis de Svejk". En él vemos una línea recta, y la leyenda indica que ésa es la ruta que debería haber tomado el bravo y afable soldado. En la otra ruta - un garabato que viene, va, sube, baja y se retuerce, y que es la que siguió el héroe- están marcados los puntos donde, por ejemplo,  "a Svejk lo ayudó una anciana muy maternal", o donde "Svejk durmió en un pajar en alegre compañía". Pero las similitudes entre el soldado checo y Jenofonte van, a mi juicio, un poquito más allá de la complicada ruta que siguieron en sus respectivas anábasis.


Nos dice Carlos Varias en la introducción que, de anábasis, la Anábasis tiene más bien poco. Jenofonte tituló su diario Kíroi anabasis, es decir, "subida o marcha tierra adentro de Ciro". Dicha marcha apenas ocupa un puñado de páginas, las que tarda en morir Ciro en la batalla de Cunaxa. El resto consiste en el descenso desde Cunaxa hasta el Mar Negro, y en el viaje que siguió la costa del Mar Negro hasta llegar a Tracia. De haber sido más escrupuloso, Jenofonte hubiera debido dar a su obra el título Anábasis, katábasis y parábasis, título sin mucho gancho y que, por suerte, se quedó en lo que conocemos. El otro título con el que se la conoce, Expedición de los diez mil, es, pues, bastante más adecuado.

Tumba de Artajerjes II en Persépolis

De familia acomodada, discípulo de Sócrates, y de ideas políticas autoritarias, Jenofonte era, ya en los tiempos clásicos, un militar a la antigua usanza. Este veterano de las Guerras del Peloponeso tenía un carácter autoritario que le acercaba más al concepto de gobierno espartano o persa que a la democracia ateniense, a la que no veía con buenos ojos. Por ello se dejó convencer fácilmente por su amigo Próxeno para enrolarse en el ejército que un aspirante al trono persa estaba reclutando.

Todo empezó cuando Darío II de Persia dejó el trono a su hijo Artajerjes II. El hermano de éste, Ciro, conocido como Ciro el Joven -diferente de Ciro el Grande-, quien ya en vida de su padre se había sentido ninguneado, decidió enfrentarse a su hermano y arrebatarle el trono, para lo cual reclutó un ejército de 12.600 griegos (cifra redondeada a la baja) y 50.000 bárbaros, léase no griegos. Jenofonte consultó con su maestro y amigo Sócrates si debía o no alistarse en ese ejército de mercenarios, pero éste le dijo que mejor lo consultara con el oráculo. 

Un hoplita espartano

La historia de esta expedición tiene bastante poco de gloriosa, y si uno se introduce en ella en busca de los nobles valores y el heroísmo que conoce de otros clásicos griegos, va por bastante mal camino. Homero llevaba siglos enterrado, su obra era ya considerada una joya de la literatura, y los mercenarios al servicio de Jenofonte eran capaces de citar fragmentos de ella, pero no de emular a sus héroes. La Anábasis es una historia de mercenarios, y los mercenarios no luchan por una Helena ni persiguen la gloria eterna. Todos querían dinero, tierras y resarcirse de la ruina que habían traído las Guerras del Peloponeso.

Un grupo de ejércitos se unen para luchar, pero no saben contra quién. De hecho, el mismo Jenofonte nos dice que él tampoco conocía los planes de Ciro y que había sido engañado. Afortunadamente, una noche tuvo un oportuno sueño que le reveló la imperiosa necesidad de luchar al lado de Ciro y derrotar a Artajerjes. A la mañana siguiente, Jenofonte se erige en líder de facto y arenga a las tropas. Es interesante señalar que el carácter mercenario y heterogéneo de éstas implicaba que Ciro apenas tuviera poder alguno sobre su ejército, que era en realidad un conjunto de generales cada uno al mando de sus propios hombres. 


A las primeras de cambio, Ciro cae mortalmente herido, y los pocos griegos que se enteran de ello, se miran como diciendo "y ahora, ¿qué hacemos?" Lo mismo le pasó a Artajerjes. ¿Qué hago yo ahora con ese ejército descabezado? Los griegos apenas habían sufrido bajas y librar una batalla con ellos habría sido una carnicería para ambos bandos. Así, tras exigirles la rendición incondicional y obtener un nones por respuesta, el rey persa invita amablemente a los griegos a salir del país. A lo largo de la primera parte del viaje los acompaña a ratos, los vigila, y engaña y ejecuta a unos cuantos generales. Una vez salen del país, les espera toda una odisea, entre tribus bárbaras, puertos de montaña y las cumbres nevadas de Armenia, donde cientos de guerreros perderán la vista, cegados por la nieve, y orejas, narices y dedos de pies y manos, congelados por un frío para el que no estaban equipados.

Los emisarios de Artajerjes negociando con Clearco (gracias a Ioannes Ensis por permitirme utilizar sus excelentes ilustraciones)

La Anábasis tiene un incalculable valor histórico. Está considerado el primer diario de la historia, y el relato de la expedición es prácticamente exacto tanto en lo que se refiere a la ruta seguida como a la duración del viaje. Pero volvamos a las odiosas comparaciones. En Homero uno encuentra un lenguaje bellísimo, unas imágenes eternas y universales, y un descomunal talento poético, pero, por muchas veces que leamos la Ilíada, no aprendemos en ella cómo era la vida en un ejército griego. Jenofonte nos presenta ese mundo con una vividez insuperable, y aunque, insisto, en el libro no se guerrea tanto como uno podría imaginar, la vida de petate, tiendas, emboscadas, privaciones, escaramuzas, miedos, saqueos, traiciones y arengas salta de la página y nos engulle de un bocado.

 ¡El mar, el mar!

La referencia que hacía al principio de la entrada a la inmortal obra de Jaroslav Hasek no viene a cuento sólo por el uso de la palabra anábasis. Lo que une a Jenofonte con Svejk es la visión tan poco heroica de la guerra. Naturalmente, Hasek escribió una farsa (una farsa genial, por si no lo había dicho), mientras que Jenofonte se tomaba a sí mismo muy en serio. Tanto como para referirse en todo momento a sí mismo en tercera persona. Sin embargo, por muy en serio que se tomara el ateniense, es difícil no sonreír ante lo grotesco de alguna de las escenas. A ratos, los soldados de uno y otro bando parecen pasar más tiempo intentando asustarse mutuamente que clavándose espadas. Aquellas macabras descripciones homéricas de sesos reventados y cuerpos partidos por la mitad son reemplazadas aquí por un bando corriendo detrás del otro, hasta que el otro se detiene, se da la vuelta, se lanza al ataque, grita más fuerte y espanta a los primeros.

Muy hasekiano es también el siguiente episodio. Jenofonte era un hombre muy pío, y jamás tomaba una decisión sin antes consultarlo con los dioses. Era menester, para tal fin, realizar los sacrificios de rigor, para así poder leer los augurios en las entrañas de las víctimas. En una ocasión, estos augurios no le son propicios, por lo que decide volver a consultarlo, con los mismos resultados.

-Oh dioses, ¿conseguiremos pronto víveres?
-No.
-Espera, que sacrifico tres bueyes. ¡Oh, deidades!, ¿cuándo encontraremos comida?
-Por aquí no hay.
-A ver si con un par de bueyes más y veinte lechones. ¡Oh todopoderosos...!

A causa de esto, los soldados estaban enojados, pues en efecto, se agotaron los víveres que habían traído consigo...


Uno de los momentos inmortales que han pasado a la historia de la literatura es cuando, tras atravesar  Armenia y dejar atrás Asia Menor, los Diez Mil divisan por fin la costa, y, al célebre grito de "thalassa, thalassa!", ¡el mar, el mar!, llegan a la sorprendida ciudad griega de Trapezonte. A nuestros amigos les va bastante bien en esa ciudad, donde los habitantes les proporcionan mercado (es decir, les venden todo lo que necesitan). Todavía tendrían que suceder muchas cosas, en los siglos venideros, en esa ciudad para que su nombre (Trapezunte, Trapezonte, Trebisonda, o Trapisonda) adquiriera los significados que tiene hoy, "bulla, riña, alboroto" o "embrollo, enredo". 

En algún momento se ha utilizado el término "reportaje" para referirse a este libro. Y creo que no van desencaminados quienes así piensan. La odisea de estos hombres nos lleva todavía en un apasionante periplo por tierras míticas, hostiles, desoladas, ricas, con tribus legendarias, salvajes, sumisas. Conocemos las costumbres de colcos, cálibes, paflagones, tinos; visitamos Cerasunte, en el Mar Negro, y allí probamos por primera vez las cerezas; saqueamos Metrópoli, capital del pueblo de los mosinecos; pasamos junto a un misterioso montículo, y descubrimos que eso es todo lo que queda de Nínive, la mítica y poderosa capital asiria. Y todo ello, con la escritura sencilla, clara y también envanecida, para qué negarlo, de ese gran reportero llamado Jenofonte. 

El buen soldado Svejk en su peculiar anábasis


miércoles, 10 de abril de 2013

Ruido de fondo, de Don Delillo


En alguna ocasión he lamentado el error que he cometido con algunos autores, al leer en primer lugar su obra maestra y luego las demás. La consecuencia es que éstas, por muy buenas que sean, inevitablemente nunca llegan a la altura de aquélla. Me sucedió con Sebald y Austerlitz, o con Murakami y la Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. Sin embargo, con Delillo acerté al leer en primer lugar Underworld, que según muchos es su obra cumbre. Creo que si hubiera empezado con Ruido de fondo (1985), no me habría atrevido a embarcarme luego en una obra suya de 900 páginas. Y lo que me habría perdido. Y no, no es que Ruido de fondo no me haya gustado, es que...


Los 80 están de moda. Desconozco si será cosa sólo de mi generación, y si quizá dentro de unos años tendremos el correspondiente revival noventero con sus orgullosas reivindicaciones nostálgicas. Probablemente, pero sospecho que la década de los 80 marcó el mundo y la época que hoy vivimos de manera más acusada que los años que vinieron antes y después. Ahí está, verbigracia, la noticia de la muerte de Thatcher, que, más de 20 años después del final de su mandato, ha sacudido medios de información, foros y blogs. 

Puede que se deba a que los que tuvimos la suerte o la desgracia de vivir nuestra adolescencia en aquella época, somos la primera generación que, al mismo tiempo que gozamos de una perspectiva histórica lo bastante amplia como para analizarla, tenemos a nuestra disposición esto de internet para compartir recuerdos y opiniones. En cualquier caso, los 80 siguen aquí y la nostalgia es una enfermedad  que se está extendiendo descontroladamente. Uno recuerda los nombres de aquéllos que cambiaron la historia, recuerda los dibujos animados, los grupos musicales, algún que otro acontecimiento deportivo, pero tengo la impresión de que un aspecto de aquellos días ha quedado en segundo plano: los 80 estuvieron dominados por un miedo universal a la hecatombe nuclear. Ruido de fondo no tiene como trasfondo una catástrofe exactamente de ese tipo, pero sí tiene en ese pánico al desastre de consecuencias inimaginables uno de sus ejes centrales.

Chernobyl

Mi problema con esta novela puede deberse a que, tonto de mí, no leí el texto de contraportada, que, como bien sabéis, suele darnos información valiosísima para afrontar la novela que tenemos en las manos. Lo hice, un tanto perplejo, una vez concluida la lectura, y entonces me encontré con que lo que acababa de leer era, en palabras del propio Delillo, una comedia. ¡Acabáramos!

Pues puede que sí, me dije. Es verdad que la idea de que un escape tóxico produzca sensaciones de dejà vu es sencillamente genial (y hay muchas ideas igual de brillantes), y puede  que esos irritantes diálogos entre el protagonista y su esposa, repletos de non sequitur, y donde parece que cada uno va por su lado, fueran más por la comedia que por la profundidad. Bien, es posible que lo leyera en el "modo" equivocado. Pero aun así.

 La sombra de Ruido de fondo es alargada

Cabe la posibilidad de que Ruido de fondo fuera en su día tan original y divertida, tan llena de imágenes icónicas y grandes revelaciones, que se haya convertido desde entonces en fuente de referencia e inspiración para novelistas, guionistas y directores de cine norteamericanos. Porque la sensación de dejà vu fue la que yo tuve constantemente a lo largo de la novela. Tenemos, en primer lugar, eso que ya tiene un nombre reconocido por todos: una familia disfuncional. ¿Os suena? Una especie de casa de locos, donde se amontonan hijos de los anteriores matrimonios de ambos, una casa donde cada loco va con su tema. Tenemos dos chicas preadolescentes que han perdido hace tiempo todo rastro de la infancia, y un chico de catorce años que cada vez que habla suelta un discurso nihilista. Tenemos también la presencia ubicua de la televisión, y en especial de la publicidad, los eslóganes comerciales y las noticias. No falta la obsesión consumista, el miedo al desastre ecológico y, sobre todo, el pánico a la muerte como idea central de la obra, combinado con la arrogancia de la clase media norteamericana: "soy ciudadano americano de clase acomodada, no vivo en una caravana ni en un suburbio de Bangladesh. Por lo tanto, a mí no me pueden afectar los grandes desastres". En definitiva, es posible que esto en su día fuera el no va más en originalidad, pero las ideas han sido tan pirateadas que hoy parece más bien una colección de lugares comunes. A la obra se le ven las costuras, y al autor, las intenciones.

Nieve en la pantalla. El ruido de fondo en español se llama en realidad ruido blanco.

¿Significa eso que Ruido de fondo me ha parecido mala? Desde luego que no. Dudo que Delillo sea capaz de escribir nada "malo". De hecho, el final de la novela, con la resolución que toma el narrador y protagonista, así como los giros que da la historia en ese momento, son magistrales; el diálogo que mantiene el narrador con las monjas es de lo mejor que he leído en una novela en mucho tiempo, y nos encontramos con muchas frases inolvidables (ahí va una: "la muerte es impar"). Pero sí creo que esta obra ha envejecido mal. Sin duda, cuando una novela define una época es inevitable (es más: es lógico y, para el autor, hasta deseable)  que sus ideas se reflejen en otras obras posteriores, es decir, que otros autores picoteen de ella. Pero si la novela en cuestión es una obra maestra, sobrevive a ese picoteo. A mí me habían vendido Ruido de fondo como una obra maestra, o al menos como una "gran novela" (ay, esto de los grados) y no lo es. Yo a una gran novela le pido algo más que buenas ideas, algo más que oficio para presentarlas, algo más que un acertado retrato de una época. La sociedad norteamericana está obsesionada con el consumismo, la tele, y el miedo a la muerte. Vale. ¿Y?

No sé muy bien qué le pido yo exactamente a una gran novela, pero sí sé lo que no le permito: no le permito que me irrite y, sobre todo, no le tolero que me oculte hasta el último momento que se trata de una comedia. Porque me hace sentirme como un tonto.

jueves, 4 de abril de 2013

Una lectura primeriza de Ulysses

Desde hace unos días, soy miembro de un club bastante selecto. He de decir que la pertenencia a este club no me llena de un especial orgullo, pues el ingreso en él no tiene demasiado mérito. El club, como ya habréis imaginado, es el llamado "Yo he leído Ulysses".
He descubierto que dentro del club hay diferentes categorías, aunque el modo en que éstas están organizadas todavía no lo entiendo muy bien. No he averiguado, por ejemplo, cuál es la categoría VIP ni cuál la de menor rango, si es que las hay; de hecho parece que se puede pertenecer a más de una a la vez. Yo, por ejemplo, tengo un carnet donde dice "no entendí ni papa", que es bastante fácil de conseguir. También tengo otro que reza "he disfrutado como un enano", aunque éste no te lo conceden tan fácilmente. Ahora estoy en trámites de que me entreguen uno donde ponga "lo voy a leer otra vez".

Como todas las grandes obras, el Ulysses sólo tenía un comienzo posible

Tonterías aparte, la verdad es que la lectura del Ulysses me ha dejado, como no podía ser de otra manera, con multitud de preguntas. Sin embargo, estas preguntas no se refieren a la trama, ni al estilo, ni al autor, ni a la revolución literaria que supuso esta obra. Las preguntas que me surgían son del tipo:

¿Puede un lector completar la lectura de una obra de mil páginas cuando en la 200 ya se ha perdido completamente?
Más interesante todavía me resulta ésta: ¿se puede disfrutar de una obra de la que no hemos entendido ni papa?

El Ulysses es para muchos lectores un "reto", una de esas obras que "hay que leer", y suele estar en las listas de propósitos para el nuevo año de muchos lectores. Parece que uno no puede considerarse lector si antes no ha tachado en su lista la obra de Joyce. Algo parecido sucede con el turista que cree que no puede irse de Barcelona sin haber visitado el Museo Picasso, o dejar Vienna sin haber asistido a un concierto de Mozart, cuando en realidad no le gusta el arte abstracto y aborrece la música clásica. ¿Y para qué te metes? Del mismo modo, del Ulysses, aunque no todos lo hayan leído, sí se sabe lo suficiente como para que nadie se sienta embaucado.
¿Y qué es lo que sabemos del Ulysses antes de leerlo? Sabemos que se trata de una obra "muy difícil", y que ha desanimado a los lectores más intrépidos. Sabemos también que en ella Joyce desarrolló (que no inventó) el flujo de conciencia y lo llevó hasta sus penúltimas consecuencias. Sabemos que la obra fue tildada, en muchos círculos, de obscena. Sabemos que está situada en Dublín, que transcurre a lo largo de veinticuatro horas, y que nos narra los acontecimientos, muchos de ellos aparentemente banales, de varios personajes. Y sabemos, finalmente, que hay un paralelismo entre la estructura de esta obra y La Odisea de Homero.

Algunas de estas verdades sobre el Ulysses merecen de mi parte una matización. Empecemos con las menores. ¿Qué hay del flujo de conciencia? Pues que es tan sólo uno más de los muchos flujos que discurren por la obra. En Ulysses los personajes cagan, mean, se hacen pajas, vomitan, se sacan los mocos y menstrúan. De ahí la obscenidad. Y esta irreverencia escatológica no es más que una muestra de una irreverencia mucho mayor: la de la literatura misma, la del concepto de cultura. Es ahí, mucho más que en su estilo, donde radica el carácter llámese innovador, radical, rupturista o visionario de la obra. Puede decirse que, entre muchísimas otras cosas, el Ulysses representa la cúspide de la desacralización de la tradición literaria. Es el modernismo, dicen.

Algunos dicen que el Ulysses es esto

En cualquier caso, la obra nos muestra por lo menos dos tipos de flujo de conciencia completamente diferentes entre sí. En el primero de ellos la voz del personaje se mezcla con la narración, descripción y diálogo, y el resultado, así, no difiere demasiado de lo que hicieron otros autores como Sterne, Poe, o incluso Chéjov y Tolstoi. En el conocidísimo monólogo final de Molly Bloom, por otra parte, nos encontramos con un stream of consicousness puro y duro, en el que la corriente del lenguaje, sin un solo punto ni una sola coma, con sus recuerdos, a veces inconexos, y sus asociaciones de ideas, arrastra al lector en un torrente imparable y fascinante.

¿Qué hay de los paralelismos con La Odisea? Están ahí, supongo, aunque hace muy bien Declan Kiberd en su brillante introducción al advertirnos de que la búsqueda de dichos paralelismos es (o fue) más un juego de eruditos que otra cosa. "¡Anda, mira! Aquí hay un eco de Circe. Y ésta es la Escila" "¡Yo he encontrado a Telémaco!". Hoy se pueden encontrar todos esos ecos en la red. A algunos lectores les divierte mucho ese tipo de juegos que los modernos llaman "guiños". A mí no. Y por otra parte, ¿no se dice de incontables novelas que son una recreación de los temas universales y primigenios presentes en la obra de Homero?

¿Pero es que ningún otro famoso lo ha leído? Os reto a que lo encontréis

Y finalmente, ¿es verdaderamente tan difícil como dicen? Sí y no. Porque cuando una obra es tan extremadamente compleja que el lector no se entera de nada, tiene lugar una reacción química que la convierte en una lectura de lo más fluida y sencilla. Sencillamente, nos dejamos llevar, que es lo mejor que se puede hacer cuando la corriente es demasiado fuerte para nadar contra ella.

Naturalmente, exagero un poco (pero muy poquito) cuando digo que no me he enterado de nada. Algunas escenas son relativamente fáciles de seguir, por lo menos en términos de qué está pasando y quién es este personaje. Como ya he señalado, las primeras ciento y pico páginas siguen un camino narrativo más o menos "tradicional". Llega, sin embargo, un momento en que el intrépido lector se pregunta: ¿dónde te has metido, imprudente? Yo, que me consideraba lo bastante "maduro" para abordar esta obra, ¿lo estaba?

Dibujo de Leopold Bloom por Joyce

Hacía mucho tiempo que este libro figuraba entre mis propósitos de lectura para el nuevo año (sí, yo también), pero fue Nabokov, con el apasionante análisis que hace de la obra en su Curso de literatura europea, que leí hace unos meses, quien me dio el empujoncito definitivo para meterme de lleno en esta lectura. Y cuando al final lo hice, tomé antes un par de decisiones que han sido cruciales en el placer que me ha proporcionado. La primera de ellas era simplemente la de seguir adelante en todo momento,  por muy perdido que estuviera. ¿Por qué tomé esa decisión, cuando ya hace tiempo que perdí el miedo a abandonar libros, por muy obras maestras que sean? No lo sé, la verdad. Quizá a veces las recomendaciones entusiastas surten resultado.

La segunda era no utilizar en ningún momento una "guía de lectura" de ésas que ayudan al lector a saber qué esta pasando. Habría sido muy fácil ir a wikipedia (o volver al libro de Nabokov) y ver dónde estaba situada la escena que estaba leyendo y qué ocurría en ella. Pero, la verdad, me habría sentido bastante tonto recurriendo a alguien para que me interpretara lo que estaba leyendo, y la lectura se habría vuelto mucho más pesada. Como señalo en el título, la mía ha sido una lectura primeriza, y en éstas, en mi opinión, el lector debe enfrentarse a la obra con lo puesto. ¿Que no he entendido nada? Es posible, pero he conseguido algo de lo que no todos pueden presumir: he disfrutado desde la primera hasta la última página, he sido testigo del momento en que la literatura cambió para siempre, y lo he hecho de un modo parecido a como lo hizo un lector cualquiera en 1922; me he sumergido en una obra con incontables y, todavía hoy, sorprendentes recursos estilísticos y, sobre todo, en la que el autor despliega una creatividad lingüística infinita; y por último, he experimentado el inmenso placer de sentirme sometido y humillado por una inteligencia superior. Sí, leer el Ulysses tiene algo de sado-masoquismo.

En la o las lecturas segundonas que llegaren, y que llegarán,  ya habrá tiempo para consultar esas guías. Quizá la película también pueda ayudar.

Ulysses (1967), de Joseph Strick


Y si andáis un poco justos de tiempo, aquí tenéis una versión condensada. El Ulysses en cinco minutos


miércoles, 27 de marzo de 2013

De cómo Arnold Bennett sobrevivió al tiempo

Como buen licenciado en filología inglesa, jamás había oído hablar de Arnold Bennett. Por eso, cuando Elena me invitó a participar en el Arnold Bennett Bloggers Assembly, pensé que se había hecho un lío y que había confundido Matthew Arnold con Alan Bennett. No tardé en salir de mi habitual inopia y descubrir que Bennett fue, en su día, el escritor más famoso del mundo (BBC dixit). Y sin embargo, tras haber leído tres de sus obras (breves ensayos tan sencillos como intresantes), no dejo de tener la sensación de que Bennett no encajó del todo en su época. O quizá sí, y donde no encajó fue en la literatura de su época. Que no es lo mismo.

Pero empecemos, por qué no, por el retrato del hombre a quien tantos acabamos, como quien dice, de descubrir.

El gesto de las manos, así como los hombros ligeramente alzados en una postura un tanto forzada, nos muestran a un hombre que quiere estar orgulloso de lo que ha conseguido. El rostro, sin embargo, me revela a alguien que no acaba de tomarse demasiado en serio, como si esa mejilla derecha, que en casi todas las fotos aparece levemente inflamada, ocultara una postura "tongue in cheek", es decir, de broma. Bien pudiera ser que, apasionado lector como era de Marco Aurelio, a la hora de posar fuera consciente de que "un instante más, y habrás olvidado todo; otro, y todos te habrán olvidado". Así, el conjunto parece decir "me olvidarán por mucho tiempo, sí, pero un día, no tan lejano, un admirable grupo de blogueros organizarán un encuentro para homenajearme."

Y cuánta razón tenía. Porque vaya si cayó en el olvido. Y el homenaje ya rueda.

Bennett era, para qué negarlo, un hombre chapado a la antigua (intentemos olvidar por un momento las connotaciones negativas de la expresión), por lo menos en lo que respecta a la literatura. De ello lo acusaba Virginia Woolf, que lo definía como uno de "la vieja guardia" (y qué cercanas nos parecen esas rencillas y descalificaciones, ¿verdad?). Y la verdad es que, atendiendo a las recomendaciones de Bennett en su El gusto literario: cómo formarlo, uno entiende de dónde venía el término con que doña Virginia se refería a Bennett. Aquí lo tenemos dirigiéndose a lector (en mi traducción):

Sólo tiene usted una restricción. Debe empezar con un reconocido clásico y evitar las obras modernas. 

No obstante, continúa:

El motivo de ello no implica un menosprecio de la época actual en beneficio de los tiempos pasados. De hecho, es importante, si en última instancia desea adquirir un gusto amplio y católico, prevenirse contra la opinión, demasiado extendida, de que nada moderno llegará jamás a ser comparable a los clásicos.

A modo de observación, señalaré que uno nunca deja de aprender la lengua inglesa, y descubre que "catholic", aparte de papista, significa, referido a una persona, "de amplios gustos e intereses".

Elizabeth Barrett Browning

A continuación recomienda a sus aspirantes a lectores con gusto que empiecen a formarse el mismo con poesía narrativa, en concreto con Aurora Leigh, de Elizabeth Barrett Browning, ya que, aduce, es una novela "mejor que cualquiera de las escritas por Charlotte Brontë o George Eliot". Bennett era un hombre de juicios contundentes.

Aparte de no ser del gusto de la Woolf, Bennett no acababa de apreciar una obra tan (aparentemente) demoledora para todo aquel mundo clásico como fue el Ulysses de Joyce, del que, pese a apreciar algunos de sus fragmentos, dijo que cualquiera podría escribir sobre:

"el día más diario posible", si se contaba con "suficiente tiempo, papel, capricho infantil y obstinación".

Para ser justos, hubo quien las dijo mayores sobre Ulysses.

Y así, intentando adoptar el estilo de nuestro homenajeado, creo haberle demostrado, apreciado lector, que no había un ápice de exageración en mi anterior afirmación al respecto de la antigüedad de la chapa de Mr Bennett. Y a estas alturas, '¿Cómo?', estará usted preguntándose sin duda, '¿acaso está usted criticando al autor que, según nos habían conducido a pensar, había de recomendarnos encarecidamente?' Y su impaciencia ante tamaña aparente contradicción estará perfectamente justificada. Pues es de rigor admitir que quizá debiera haber comenzado advirtiendo que en esa chapa tan antigua precisamente radica todo el encanto y una parte nada despreciable del valor literario del señor Bennett. De todos es sabido que 'anticuado' y 'clásico' son dos caras de la misma moneda, y nuestro héroe parece así ofrecer una de ellas a Mrs Woolf y su nueva guardia, y otra al lector contemporáneo.

Epícteto, autor de cabecera de Bennett

Efetivamente, el estilo de Bennett, quizá debido a la "convicción de su clasicismo" se revela hoy irresistiblemente moderno. Se trata de un estilo victorianamente refinado, bajo el que es evidente un tono sincero a la vez que irónico, que no deja de recordarnos a su admirado Thomas de Quincey, incluido, cómo no, en su lista de "Escritores en prosa: no imaginativos" (es decir, no ficción), imprescindibles para formarse un buen gusto literario. Uno se pregunta, no obstante, cuáles serían los motivos para omitir de esa lista, "creo que justificadamente", a Oscar Wilde, y relegarlo al nivel de Richard Jebb, Stirling Maxwell o P.G.Hamerton. Cuánta razón tiene Bennett en La máquina humana al achacar a la pasión la mayor parte de los errores del ser humano.

La pasión (el corazón) es responsable de todos los crímenes. 

Porque es sin duda la pasión por la literatura lo que lleva al autor a emitir juicios que hoy (qué fácil) sabemos erróneos.

La fama de los autores clásicos la crean, originalmente, y la mantienen unos pocos apasionados (...) y es gracias a estos pocos apasionados que el renombre del genio literario se mantiene vivo de una generación a otra. Nunca dejan de trabajar. Siempre están redescubriendo el genio.

Wilde no lo era

Creo que no me equivoco si digo que muchos, al leer obras como El gusto literario o Cómo vivir con 24 horas al día, han pensado en los libros de autoayuda que hoy proliferan por los escaparates de las librerías. También creo que no soy el único que considera dichas obras (las de autoayuda) el paradigma de la infraliteratura, que no sólo parten de una premisa tan idiota como la de "léeme y verás cómo te autoayudo", sino que además están escritos en un estilo empalagoso, cuando no sencillamente cursi. También los editores contemporáneos han querido ver en Bennett una especie de profeta del autoayudismo y le han infligido portadas como ésta:


tan llenas de espiritualidad que son para salir huyendo.

Personalmente, yo no veo en ellas ni rastro de auténtico autoayudismo. Ni hoy ni entonces. En primer lugar (y disculpad el rápido y superficial resumen de estas tres obras), Cómo vivir..., por ejemplo, se me antoja mucho más una reflexión sobre el papel de la cultura en una sociedad en la que cada vez eran más los ciudadanos que tenían un trabajo de oficina de 9 a 5, es decir, gente con medios, tiempo libre, y acceso a una cultura que antaño sólo estaba al alcance de la aristocracia, que un catálogo de consejos para aprovechar mejor el tiempo. El tema principal de la obra, pues, sería en qué medida puede "la cultura", sea lo que sea lo que entendamos por ella, contribuir a la plena realización del ser humano. Curiosamente, Bennett parece contradecir en esta obra la premisa principal de El gusto literario:

No es un crimen no amar la literatura. No es señal de imbecilidad. Los mandarines de la literatura ordenan la ejecución inmediata del desgraciado individuo que no comprende, por ejemplo, la influencia de Wordsworth sobre Tennyson. Pero al hacerlo, pecan de insolentes. ¿Qué dirían, me pregunto, si se les pidiera que explicaran las influencias de Chaikovski en la Sinfonía Patética? (Cómo vivir con 24 horas al día)

Haciendo cola para el teatro. Londres a principios del s. XX

Por su parte, El gusto literario se aleja de la corriente de autoayuda en el hecho de que, como se dice en inglés, el autor predica a los conversos. Estoy bastante convencido de que Bennett, al escribir este libro, que no es sino una reflexión sobre por qué leemos, pensaba en sus lectores como amantes de la literatura con un gusto ya bastante... ¿refinado? ¿o, por el contrario, católico?, y era consciente de que sólo algún que otro despistado buscaría en este libro ayuda para llenar sus estanterías. 


Finalmente, La máquina humana desarrolla algunas ideas apuntadas en Cómo vivir..., y se revela como una obra profundamente humanista en un tiempo en que el dinero se había convertido en el centro del universo. Hablamos de 1925, apenas unos años después de la mayor conflagración que el mundo había conocido, y cuatro antes del trágico final de aquella época de falsa abundancia.

Los hombres se interesan por cualquier criatura mortal salvo ellos mismos. Tienen la costumbre de no sentir el debido aprecio por sí mismos, y esa costumbre es responsable del noventa por ciento del aburrimiento y la desesperanza que hay en el planeta.

Pocas cosas me sorprenderían menos, en la vida social, que la aparición de algún movimiento anti-lujo, la formación de una liga o asociación entre la clase media (el único lugar en que abunda el intelecto), cuyos miembros se aliarían para elevarse por encima de las grandes, tontas, feas, banales y tediosas actividades relacionadas con el lujo.

Es fácil, al leer a Bennett, olvidar que leemos obras escritas hace un siglo. La marca del clásico.
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