viernes, 25 de enero de 2013

Armando Iannucci, un genio de nuestro tiempo


No soy de los que emplean esta palabra a la ligera, pero este escocés de padre napolitano es lo más parecido a un genio que ha dado la televisión británica, y por ende, mundial, en muchos años.

Ianucci, que es hoy uno de los creadores más influyentes de la BBC, estudió en Oxford y, tras graduarse, abandonó su tesis de doctorado sobre John Milton para dedicarse a la comedia. En sus primeros años, trabajó en la radio con Chris Morris, otro grande de la televisión inglesa y uno de los cómicos más políticamente incorrectos del país. Más tarde, comenzó su larga colaboración con Steve Coogan, otro de los reyes de la comedia británica, y produjeron las diferentes series de Alan Partridge, mi personaje televisivo favorito de todos los tiempos, y cuyas aventuras me sé del derecho y del revés. Partridge es el ejemplo perfecto de humor doloroso.


The Armando Iannucci Shows se emitió por primera vez en la BBC en 2001. Cada uno de los ocho episodios de que constaba giraba alrededor de un tema concreto, como por ejemplo, el Tiempo, el Dinero, La Felicidad o la Imaginación. Con su mezcla de costumbrismo, filosofía y surrealismo, con una imaginación desbordante y siempre con un reparto de excelentes actores, Armando Ianucci, gran admirador de Woody Allen, hace un humor original, en ocasiones incómodo, pero siempre inteligente, por lo que no es de extrañar que sea un perfecto desconocido en nuestro país. Además, no hace imitaciones, que junto con los monólogos seudoingeniosos del graciosete de turno, en camisa blanca de mi esperanza se consideran la forma más elevada de comedia. Triste panorama para un país que ha tenido humoristas de la talla de Gila o Tip y Coll.
Hace un par de años, sin ir más lejos, llegó a nuestros cines la divertidísima sátira política In the loop, dirigida por Ianucci, que fue recibida, creo recordar, con buenas críticas y la indiferencia general del público.


He intentado seleccionar para esta entrada aquellos vídeos donde no es fundamental un dominio del inglés. De hecho, creo que, si bien no todos, la mayoría de ellos se puede seguir perfectamente aunque no se tenga ni idea de la lengua. Este primero os dará una idea de su estilo, que combina el costumbrismo y la sobriedad en la interpretación, con la locura de la idea principal. (No desesperéis, llegad hasta el final y veréis una escena final que a lo mejor os recuerda a algún clásico de nuestra televisión.)

Bienvenidos al universo Ianucci.


Fijaos en el tono tan serio, mesurado y discreto. En otros lugares (y no quiero señalar, sería ya ensañarme) haría falta una interpretación histriónica para indicarle al espectador que esto es comedia. Algo parecido sucedió con The Office, de Ricky Gervais, que llegó a confundir a muchos espectadores ingleses, que, al encontrarse con el programa, pensaban que se trataba de un documental o un reportaje. Desconozco si llegó a emitirse en España (mucho me sorprendería), pero indiscutiblemente supuso una auténtica revolución en la comedia televisiva. En su adaptación a la televisión americana (que me niego a ver, aunque las críticas, incluso desde Inglaterra, han sido muy positivas) tuvo que adaptar el humor para hacerlo más explícito. En todas partes cuecen habas.

Sigamos con nuestro héroe.
¿Os angustia el paso del tiempo? En la primera parte del siguiente vídeo, veréis a unos enfermos terminales que asisten a un cursillo para aprender a maximizar mejor el tiempo que les queda.
Y por favor, no os perdáis la escena del maestro de marionetas, que empieza en 0:44.


Más soluciones prácticas. Si tenéis un problema con la lavadora, llamad al matón cockney.


A continuación, una pareja que busca piso. La agente inmobiliaria les enseña una casa de papel, que, les asegura, es el último grito en diseño japonés.


Este hombre se está muriendo de aburrimiento. Literalmente. Su mujer intenta distraerle de mil maneras diferentes, pero todo es inútil. El doctor advierte que si el paciente vive la misma experiencia dos veces, todos sus órganos internos sufrirán una hemorragia simultánea. Ni siquiera ese viaje tan especial en autobús que le organiza su esposa consigue sacarlo de ese tedio mortal.


Sabido es que cuando un hombre llega a los cuarenta, ya no tiene nada que aportar a la sociedad. No le queda más que ingresar en un asilo para hombres de mediana edad. En la reunión, la monja les suelta verdades como puños. "Nunca más habrá nadie que os encuentre atractivos". "Ninguno de vosotros llegará jamás a ser astronauta". 


¿No tenéis a veces la sensación de estar rodeados de sabelotodos, que jamás dudan de nada y están convencidísimos de estar en posesión de la verdad? ¿No os sorprende que los mecánicos de coches os respondan con tanta soltura y rapidez en una jerga incomprensible? ¿No os resulta extraño que tanta gente sepa tanto de fútbol? Ianucci nos desvela aquí el misterio de tanto conocimiento.


Transcribo parte del diálogo final:

- ¿Qué pensáis de Figo? ¿Creéis que está sobrevalorado?
-Ah, pues... esto... no sé. ¿Qué es Figo?
- Es un... ah sí, es un futbolista, ¿no?
- Y han pagado mil libras por él.
-¡Mil libras por un futbolista! ¡Eso es mucho!
- ¿Y luego se pueden quedar con él?


Y ahora la gloriosa, nunca mejor dicho, escena final.

Estamos en el cielo, donde los muertos gozan de la felicidad eterna. Pero un día los muertos fueron a hablar con Dios. Su felicidad, le dijeron, era tan inmensa que se sentían culpables, y eso estropeaba su felicidad, a lo cual Dios respondió "pues ahora os aguantáis". Entonces uno de los muertos exclamó "¡qué bien! Dios es un borde", y los otros muertos dijeron "ah, tienes razón. La respuesta de Dios ha sido tan patética que la vida aquí ha dejado de ser perfecta, así que ya no tenemos que sentirnos culpables. ¡Hosanna, ya somos dichosos otra vez! ¡Démosle las gracias al Señor con un baile!"

Y empieza así el baile de los muertos. Decidme si esta escena es o no la obra de un GENIO.
 

martes, 22 de enero de 2013

The bridge, un thriller sueco-danés


Menos mal que ahí están Isak Dinesen, Strindberg, Ibsen o Ingmar Bergman, porque si no, cualquiera diría que los escandinavos no saben hacer otra cosa que matar gente e investigar. Pero para qué negarlo, eso de los thrillers se les da muy bien. Hace un año reseñaba la serie danesa The killing, que arrasó en Gran Bretaña y que era tan buena que los americanos decidieron cargársela haciendo su propia versión. Pues bien, parece ser que en el 2012 fue la sueco-danesa The Bridge la que mantuvo a Inglaterra en vilo durante diez semanas.

El puente del título es el Oresund, que conecta la ciudad sueca de Malmö con la capital de Dinamarca. La serie se abre con el hallazgo, justo sobre la línea que separa los dos países, de (lo que parece ser) el cadáver de una mujer. Esa circunstancia, y otras que no revelaré, obliga a que sean un detective danés y una sueca los encargados del caso.


A partir del hallazgo del cadáver, los asesinatos se suceden en lo que, según el asesino, que cuelga algunos de sus crímenes en internet y en vivo, no es sino una denuncia de las injusticias que asuelan la sociedad. El asesino se convierte así, por lo menos durante un tiempo, en una especie de justiciero universal, más todavía cuando, merced al éxito de su chantaje, les perdona la vida a sus víctimas, 

 Como es de rigor en este tipo de thrillers, el mayor atractivo de la serie radica en los dos investigadores y en la extraordinaria interpretación que hacen los respectivos actores, al igual que todo el reparto.
A estas alturas, tenemos que empezar a aceptar que una pareja de detectives de carácter y modo de trabajar radicalmente diferentes, que se ven obligados a compartir caso, ha dejado de ser un cliché para convertirse en un requisito. Qué aburrida sería una serie con dos detectives que, además de ser grandes amigos, están perfectamente compenetrados. Y sin embargo, nuestros dos detectives, aunque no pueden llegar a ser amigos, sí se aprecian mutuamente y trabajan muy bien juntos.


Saga Noren es una detective exasperantemente perfeccionista, escrupulosa cumplidora de las normas, y de una inteligencia prodigiosa. Por si fuera poco, es un pedazo de sueca que le da a uno ganas de salir volando a Benidorm. Sin embargo, la chica es, en palabras de todos los que la conocen, "una tía rara", y todo indica que sufre una forma de autismo. Tanto en su trabajo como en sus relaciones, Saga se rige exclusivamente por la lógica. Así, desconoce las más elementales normas sociales, como la de elogiar el trabajo bien hecho, y es incapaz de decir una sola mentira, aunque la gente se lo implore, por ejemplo una madre que no sabe si volverá a ver a su hija con vida. Cuando la invitan a comer y le preguntan si quiere repetir, dice que no le ha gustado la comida. Cuando quiere echar un polvo, busca a alguien que le guste y le pregunta si le apetece follar.

Por su parte, su colega danés Martin Rohde, es un tío afable y campechano, que sabe que a veces hay que saltarse las normas y, otras veces, mentir. Dichas virtudes no benefician precisamente a su vida familiar, y mientras ésta se desmorona por momentos, Martin se propone enseñar a Saga a ser una persona más normalita e integrada.


Qué voy a decir de la trama. A mi mujer y a mí nos ha enganchado a la pantalla diez noches seguidas (bueno, nueve; no pudimos esperar al día siguiente para ver el último episodio) y ahora nos hemos quedado huérfanos. El modo en que los diferentes hilos de la trama quedan engarzados es soberbio, si bien se bordea en todo momento los límites de la credibilidad. A diferencia de The Killing, donde teníamos dos historias paralelas (la investigación policial y las elecciones a la alcaldía), lo cual la emparentaba en algunos momentos con The Wire, en la serie que nos ocupa la intriga la proporciona no sólo la abundancia de pistas falsas (arenques rojos, se dice en inglés), sino también, el modo en que, paulatinamente, la vida privada de los dos detectives va cobrando importancia en la investigación, y sobre todo, la constante sensación de que la historia no puede acabar bien del todo.



Huelga decir que los americanos han decidido mejorarla. Para ello, le quitarán ese engorro de los subtítulos; presumiblemente, le darán otro final, y situarán la escena inicial en la frontera entre México y EEUU. Por su parte, franceses y británicos producirán The tunnel, que se abrirá con un político que aparece asesinado en mitad del Eurotúnel. (Desgraciadamente, parece que se desmienten los rumores sobre una versión franco-hispana titulada El peaje de la Junquera). Me pregunto cómo solventarán todos estos plagiadores legales el problema lingüístico. Uno de los aspectos de The Bridge que me ha resultado más interesante es el modo en que suecos y daneses son incapaces de hablar la lengua del otro, y aun así se entienden mutuamente a la perfección.

La intro es discreta, elegante, sutil y, en mi opinión, una pequeña maravilla.


El tema principal está interpretado por un grupo danés llamado Choir of young believers. El nombre de la banda como la letra es un tanto pretencioso, y la incomprensible, pseudo-poética letra es abiertamente pomposa, pero si uno no le presta demasiada atención y se concentra en la melodía y las voces, disfrutará de una pieza bella y sugerente. Aquí podéis escucharla al completo.


jueves, 10 de enero de 2013

La saga de Egil Skallagrimsson, de Snorri Sturluson



Un día, a la edad de siete años, Egil estaba jugando con unos niños, cuando uno de ellos hizo trampa. Egil abadonó el juego, fue a su casa, cogió un hacha, volvió y le partió la cabeza hasta los dientes al tramposo. Pues bien, el pequeño Egilito llegó a ser el más grande poeta medieval escandinavo, el fundador, dicen, de la poesía lírica nórdica, y uno de los más grandes escaldos de la época. Los escaldos eran poetas y guerreros de las cortes noruega e islandesa que alcanzaron su mayor esplendor durante la época vikinga. Y vikingo, poeta y guerrero son las palabras que definen a nuestro héroe.

La verdad es que, tras unas pocas epopeyas y otras obras clásicas, pensaba que estaría algo más preparado para enfrentarme a las sagas islandesas, pero nada más lejos de la realidad. La lectura de esta saga, así como la de Eirik el Rojo, me han sorprendido no sólo por su carácter completamente diferente de la literatura que se estilaba más algo más al sur, sino, sobre todo, por la engañosa apariencia de sencillez que las cubre.

El retrato más conocido de Egil, en un manuscrito del s.XVII

Esta aparente sencillez se encuentra, en primer lugar, en su falta de retórica y su carácter directo y prosaico. Los capítulos empiezan con frases del tipo "había un guerrero llamado Kveldulfr que tuvo tres hijos", y pasan a referírsenos las respectivas genealogías, ocupaciones, bodas y milagros. No hay misterios ni sutileza estilística. Todo sucede en estricto orden cronológico, pero la constante aparición de nuevos personajes y la interrupción de historias que no se reanudan hasta diez capítulos más adelante empiezan a complicarle la vida al lector.

Otra de las dificultades es de orden cultural, o, podríamos decir, onomástico: no sólo tenemos multitud de personajes, sino que éstos tienen nombres como Thorir, Throlf, Thorfinn, Thord, Thordis, Thorgerd, Thorstein, por mencionar sólo los que empiezan por Thor. Decidme cuáles son nombres de hombre y cuáles de mujer.

Cráneo afectado por enfermedad de Paget. Se cree que la fealdad de Egil pudo deberse a esta dolencia

Esto, acompañado de numerosos paralelismos entre las vidas de personajes del mismo nombre, sin duda representa un festival para el lector enamorado de elaborar esquemas, diagramas y árboles genealógicos al tiempo que va leyendo, pero para el lector conformista y gandul resulta un tanto abrumador. En consecuencia, lo mejor, por lo menos en mi caso, es admitir que no somos Borges y que aun así, o precisamente por eso, la mejor manera de disfrutar de esta lectura es dando rienda suelta a nuestra ingenuidad y superficialidad lectora. Concentrémonos en la anécdota, el detalle, el episodio concreto, y dejemos para más adelante, o para nunca, la visión de conjunto. Perdámonos de vez en cuando en la enciclopedia, recreémonos en la Historia, en este rey, en aquella batalla, en la refinada barbarie de Egil, y gozaremos, una vez más, de un clásico que nos rejuvenece como lectores. Qué me decís, por ejemplo,  de esta escena:

"Egil se dio cuenta de que no podía continuar [bebiendo]; se levantó entonces y cruzó el pasillo hasta donde estaba Armód; le puso las manos sobre los hombros y le empujó hacia atrás, contra la pared. Egil descargó entonces un gran vómito, que cayó sobre la cara de Armód, en los ojos, la nariz y la boca; le cayó por el pecho, y Armód quedó sin respiración; y cuando recuperó el aliento, vomitó también."

A mí, la verdad, lo que me desarmó fue la reacción de los presentes:

"Y todos los hombres de Armód que estaban allí dijeron que Egil era un miserable, y que era un malvado por lo que había hecho, que debería haber salido afuera si quería vomitar, en vez de dar el espectáculo en la sala." 

Naturalmente, alguien de la exquisita sensibilidad poética de Egil no podía dejar pasar la ocasión, así que, aún tambaleante, y quitándose de los labios los restos de vómito con el dorso de la mano, se sentó y recitó un poema sobre el episodio:

.... hay testigos
de que caminar aún puedo,
por tu asilo, con mi esputo;
(...) a Armód, de cerveza
vómito cayó en las barbas.

Egil en su duelo con Berg-Onund, de Johannes Flintoe

Y este pringao, nunca mejor dicho, de Armód tuvo el privilegio de inspirar todavía otro poema a nuestro héroe, quien, cuando estaba a punto de rebanarle el pescuezo, se enternece ante los ruegos de su mujer e hija y accede a perdonarle la vida:

Se aprovecha el rufián
del ruego de la esposa,
al que al combate acude
no temo, y también de su hija;
no pensaréis que debe
pagar por el convite
de mejor modo el vate,
partiré en largo viaje.

Entonces, Egil le cortó la barba desde el mentón; luego le arrancó el ojo con el dedo, de forma que lo dejó colgando sobre la mejilla; luego, Egil y sus compañeros se marcharon.

Tras estas reveladoras pinceladas sobre el carácter de Egil, pasemos a su descripción física:

"Frente ancha, cejas espesas, nariz corta pero extremadamente ancha, barbilla ancha y larga, mentón muy ancho al igual que la mandíbula, cuello macizo y hombros más anchos que los de cualquier hombre, pelo gris como de lobo, y  espeso, aunque se había quedado pronto calvo; mientras estaba allí entado como arriba se escribió, bajaba una ceja hasta la barbilla, y la otra subía hasta la raíz de los cabellos; Egil era cetrino, con ojos negros".


Tras la muerte de su hermano Thorolf, un furioso y amenazador Egil acepta del rey Ethelstan una ajorca de oro que éste le ofrece sobre la punta de su espada. El poderoso movimiento de cejas de Egil ha pasado a la historia de la literatura.

Me diréis que no es el arquetipo del guaperas nórdico. Cierto. Y es que, por decirlo de una manera clara, los personajes de La saga de Egil Skallagrimsson se pueden dividir entre feos y guapos. Los feos son Kveld-Ulf, su hijo Skalla-Grim, y el hijo de éste, Egil. Éstos son, y cito de la introducción, "feos, morenos, con tendencia a la calvicie, violentos y valerosos". Asimismo, tanto Skallagrim como Egil ponen constantemente de manifiesto su tacañería y su apego a las riquezas.

En el lado de los guapos están los dos Thórolf, el hermano de Skallagrim y el hermano de Egil. Ambos comparten el nombre, pero también muchas características personales. Los dos son, y sigo citando, "extremadamente apuestos, nobles y valerosísimos guerreros, pero no exageradamente violentos; no desdeñan las riquezas -un vikingo no podría hacerlo- pero tampoco son avariciosos ni mezquinos."

Como nos dice Enrique Bernárdez en su completísima y fascinante introducción, en todo esto puede verse una doble rama familiar: unos descendientes de noruegos de pura cepa, y otros de origen probablemente lapón. Propio de éstos es el ser morenos y, para los cánones noruegos de belleza, feos. Pero también, y mucho más importante, los lapones son los brujos. Y la brujería de Egil es muy oportuna para arreglar las chapuzas que hacen otros:

"El hijo del campesino intentó seducirla, pero ella no accedió; entonces decidió grabar runas de amor, pero no sabía, y las que grabó fueron las que causaron la enfermedad"

La curación de Helga por parte de Egil revela una influencia directa del Nuevo Testamento. No sólo eso, sino que además tanto Kveld-Ulf como Skalla-Grim o su hijo Egil son capaces de hacer predicciones que se cumplen fatalmente. Sin embargo, en un rasgo más propio de la brujería que de los evangelios, los tres tienen mucho de  berserkir.

Las famosas piezas de ajedrez de las Islas Hébridas datan del s. XII. En  ellas se ven berserkir mordiendo su escudo poseídos por la furia

Existe en inglés la expresión "go berserk", que significa algo así como desquiciarse, volverse loco y agresivo. Descubro, pues, en la saga, que dicha expresión procede del islandés, donde literalmente quiere decir "(portador de) una camisa de piel de oso". Los berserkers eran una especie de cuerpo especial de luchadores, una casta guerrera que se caracterizaba por la incontrolable furia y violencia con la que luchaban, así como por su resistencia, cuando no invulnerabilidad, al hierro y al fuego. Hoy en día se especula con que estos guerreros entraban en estado de trance mediante la ingestión de hongos alucinógenos, grandes cantidades de alcohol, o quizá la violencia era consecuencia de una enfermedad, como alguna forma de epilepsia. En cualquier caso, con los berserkers uno no se metía. Y cuidadito con distraerse siquiera un segundo:


Thrand dice: "Ahora verás, Thorstein, si tengo miedo a tus amenazas."
Entonces, Thrand se sentó para atarse los zapatos, y Thorstein alzó el hacha y golpeó con fuerza sobre el cuello de Thrand, de tal forma que la cabeza quedó colgando sobre el pecho..."

Su majestad Gunnhild, entre hachas, borrachos y un gato negro

Como veis, es todo un gustazo perderse uno a su antojo por los senderos antropo-etimológicos que nos muestra este libro. Y todavía no he hablado de la Historia. En líneas muy generales, esta saga nos habla de la colonización de Islandia por parte del clan familiar de Kveld-Ulf, que huía de las injusticias cometidas hacia él por parte del Rey Harald de Noruega. Una vez ahí, el viejo se retira a una granja, mientras sus hijos crecen, se reproducen y "salen a vikingo" (maravillosa expresión). Se nos narra, entre muchas otras historias, la invasión vikinga de Inglaterra, el regreso de Egil a Noruega, su relación con el rey Eric Hacha Sangrienta y el modo en que la esposa de éste, Gunnhild, instiga a su marido a matar a Egil. La historia de esta señora, envuelta en misterio, no tiene desperdicio, desde su controvertido parentesco hasta su muerte asesinada en una turbera, pasando por su reputación de bruja o el falso hallazgo de su momia en 1835.

Uno de los momentos álgidos de la obra es, sin lugar a dudas, la lectura  del poema elegiaco "La irreparable pérdida de los hijos", que compone Egil tras la muerte de su hijo Bödvar. El poema se extiende a lo largo de casi cinco páginas, y es bellísimo, tanto por la originalidad de sus imágenes como por la sencillez del tema o la altísima complejidad formal de la lengua (irremediablemente perdida en la traducción).

La lengua se resiste
a alzarse en mi boca,
no puedo levantar
la balanza del verso,
no encuentro placer
en el néctar de Odín,
no es fácil que surja
de su hogar en mi pecho

... Mi linaje ya se hunde
en la decadencia,
es un bosque repleto
de árboles caídos;
hondo dolor sufre
quien saca del lecho
al pariente querido
y lo lleva a su tumba

... Compensación, dicen
que nunca se logra
por el hijo muerto;
queda engendrar sólo
otro hijo más
que diga la gente
que era igual de bueno
que el hermano perdido...

Egil con el cadáver de su hijo Bödvar

En fin, una vez más me encuentro con un clásico cuya lectura me confunde un poco, y que hay que dejar madurar unas semanas. Y ahora que me pongo a escribir la entrada, me faltan teclas para contaros todo lo que esta obra tiene que ofrecer. ¡Pero si ni siquiera he dicho nada del autor! Bueno, al que le interese, que lo busque aquí, o aún mejor, acá, que los ingleses siempre son más generosos al dar información.

Uno de los aspectos más interesantes (y son muchos) de esta saga es la llegada del cristianismo a tierras islandesas, el modo en que durante un tiempo convivió con la mitología nórdica, y la forma en que adoptó algunos de los ritos paganos. Uno de éstos era la festividad de Jol (o Yule), que coincide con el solsticio de invierno, es decir nuestra Navidad, y en la que era ya costumbre hacer regalos.

Por otra parte, cuando Egil y su hermano van a Inglaterra a ofrecerse como mercenarios, el rey Ethelstan el Creyente les pide que acepten el bautismo preliminar, una especie de trámite rapidito que permitía a los cristianos hacer tratos con los paganos. Este bautismo preliminar (o prima signatio) consistía en hacer la señal de la cruz sobre el pagano que la recibía, para así limpiarlo de los malos espíritus. Ofrecía la ventaja de que no suponía ningún compromiso por parte del pagano para adoptar el cristianismo.

El camino al Fiordo de Borg, uno de los muchos que Egil exploró

En conclusión, una vez uno se hace al estilo, La saga de Egil Skallagrimsson es una lectura apasionante, como lo es el carácter ambivalente de Egil, exquisito poeta y salvaje vikingo, y lo que su personaje representa como conflicto y síntesis de dos mundos. Estos dos mundos serían, por una parte, uno de nobles guerreros, y por otra, uno de campesinos tacaños y apegados a la tierra; uno, el mundo de Odín, dios del guerrero vikingo, y otro, el de Thor, dios del campesino; dios aristocrático frente a dios popular. Así, mientras Egil, al mismo tiempo campesino y vikingo, parece representar la unión ( o la ruptura) de estos dos mundos, su hijo Thorstein será solamente campesino, cristiano y buen creyente. Y además guapo.

lunes, 31 de diciembre de 2012

Restos de temporada 2012



Duro sino el del bloguero aplicado: ¡tanto leído, tanto por reseñar! De modo que, un año más, me toca paliar lo mejor que pueda la injusticia de haber dejado pasar por mis manos un buen puñado de libros y no haberles dedicado ni una sola línea.
El motivo de no haberlo hecho, aparte de la falta de tiempo, es que algunos de ellos eran demasiado buenos y otros demasiado fáciles de olvidar. Me congratulo de no haber leído nada este año que me haya parecido verdaderamente malo. Y es que, con el tiempo, uno aprende a elegir bien sus lecturas.

Tierra inalcanzable, de Czeslaw Milosz

Prometo que algún día le dedicaré una entrada como se merece a este gran poeta. En los primeros días del blog ya hice un intento de reseña sobre una antología muy parecida a ésta, pero en catalán. A principios de año adquirí esta excelente edición, que me leí de una sentada y pronto volveré a hacerlo.

Como suele suceder con las antologías de un poeta, los primeros versos suelen ser un poco torpones, a veces incluso plúmbeos. Pero bien pronto, con sus poemas escritos durante la guerra, llegamos a lo bueno, una impresionante visión del conflicto y el horror que marcaron el siglo, una reflexión sobre la culpa, y no recuerdo qué más.

Michael Kolhaas, de Heinrich von Kleist

Heinrich von Kleist, excelente reportero. O por lo menos a mí me ha recordado mucho al García Márquez de Relato de un náufrago, o al Capote de True blood. En Michael Kolhaas von Kleist novela, de manera sorpredentemente objetiva y desapasionada en un autor romántico, un caso real que tuvo lugar en Sajonia en el siglo XVI, y que retrata la lucha por la justicia del individuo frente al poder.

Emilio, los chistes y la muerte, de Fabio Morábito

Este libro de Morábito fue una gratísima sorpresa. Este autor mexicano de origen italiano (de hecho aprendió el español a los quince años) narra aquí una excelente historia con unos personajes muy bien retratados, una historia inteligente y conmovedora, y un estilo sencillo y muy cuidado. A mi juicio, el desenlace de la historia es lo más flojo. El autor buscaba una imagen simbólica del paso de la infancia a la edad adulta, pero el resultado es demasiado confuso y rebuscado. No obstante, dejando de lado ese defecto, se trata de una lectura muy entretenida e interesante que me zampé en una mañana.

El Rey, de Donald Barthelme

Debí de comprar este libro hace casi veinte años, en el Círculo de lectores, y este año, finalmente, le llegó el turno.
Barthelme es uno de los autores más emblemáticos del posmodernismo, que servidor nunca ha tenido muy claro lo que significa, pero cree que es algo así como escribir "raro", cierto tono irreverente cuando no humorístico, vacilar de erudición, metaliteratura a mansalva, y saltarse las normas tradicionales. Pues sí, Barthelme es muy posmodernista.
La novela es, en verdad, muy divertida, aunque desde la primera línea el lector se da cuenta de que gran parte de ese humor se pierde en la traducción. El uso del inglés artúrico en pleno siglo XX es, desde luego, muchísimo más chocante en la versión original.
En cuanto a la historia, Barthelme le da la vuelta al clásico de Twain Un yanqui en la corte del Rey Arturo (aunque toda similitud termine ahí). Así, en este caso tenemos a los Caballeros de la Mesa Redonda, además de caballeros de todos los colores, en plena Segunda Guerra Mundial. Excelente obra de un autor apenas conocido en nuestro país.

El cuento de los siete mendigos, de Rabí Najmán de Bratslav

Este rabino fue el nieto de Baal Shem Tov, el fundador del hasidismo. Tuvo una vida dedicada a la espiritualidad, marcada por el estudio de la Cábala y la Torah, y por unos incuestionables delirios de mesianismo.
Confieso que de esta obra no recuerdo mucho; es una de esas historias clásicas con mucho de misticismo y una estructura de cuento popular, cargada de simbología, sorprendentemente fácil de leer y de gran interés... si te pilla en el momento adecuado.

El invierno del dibujante, de Paco Roca

Ahora que los españoles estamos tan orgullosos de nuestros autores de novela gráfica, Paco Roca rinde homenaje en esta obra a los clásicos del cómic, o mejor dicho, del tebeo. A aquellos autores que no podían permitirse filigranas, porque bastante les costaba terminar a tiempo la plana para ganarse sus cuatro duros. Unos auténticos obreros del tebeo que los de mi generación, como Zapico, recordamos con inmenso cariño.

Arrugas, de Paco Roca

Tierna, divertida, inteligente: bu bodita. Otra gran obra de Paco Roca.

Silencio Sepulcral, de Arnaldur Indridason

No sé si lo he dicho ya en otra ocasión, pero me gusta leer novela negra de vez en cuando para deintoxicarme de obras más sesudas. Y la verdad es que las dos novelas que he leído de Indridason son impecables en su género, cumplen todos los requisitos y no tienen ni un cliché de más. Muy buena.


Situada en la Primera Guerra Mundial, esta primera parte de, según creo, una trilogía es entretenida, aunque no me pareció especialmente memorable. Algunas de los personajes y las escenas son un tanto estereotípicas, y no me parece que aporte demasiado a la novela gráfica.


La segunda parte la disfruté mucho más, dado que estaba situada en la Rusia de los días de la Revolución y la leí poco después de El orientalista, y de ver Reds.

Mi abuelo llegó esquiando, de Daniel Katz

Más Revolución Rusa, con este clásico moderno de la literatura finesa. Un libro agradable, divertido, interesante, y que vale la pena leer.

Cartas a Stalin, de Mijaíl Bulgákov y Evgeni Zamiatin

El plural debería aplicarse sólo a Bulgákov, que le escribió numerosas cartas al padrecito de los pueblos, implorándole que le dejara salir del país. En estas cartas vemos a un Bulgákov que se va hundiendo poco a poco en un humillante servilismo al tiempo que pierde completamente el juicio. Stalin, que era un declarado admirador de su obra, no le contestó nunca.
Zamiatin, por su parte, se lo jugó todo a una carta, valga la metáfora. Con eso, con mucho coraje y con el apoyo de Gorki, consiguió que Stalin accediera y le permitiera abandonar el país. La carta que le escribió es impresionante y hace que el lector grite "¡pero qué haces, loco!"
El faro, de Paco Roca

Una interesante obra menor de Paco Roca.

Curso de literatura europea, de Vladimir Nabokov

Le sobra lo de "europea". De hecho, todo lo que escribió Nabokov, sea ficción o ensayo, puede considerarse un curso de literatura. Este clásico, en concreto, es sobre todo, un curso de lectura.
Si este libro es una joya no lo es sólo por el lúcido, siempre original, valiente y en ocasiones implacable análisis que hace de las obras que nos presenta. Lo es también porque nos enseña a apreciar la belleza. Para Nabokov la literatura es bella o no es literatura. ¿Mensaje? ¿Realismo? ¿Convincente retrato de una época? ¿Denuncia? ¿Emoción? Nada de ello da valor a una obra de arte si ésta no es bella. La belleza es el mensaje, la arquitectura de la obra es lo que emociona, y los detalles, ¡¡¡los detalles!!!, son su vida.
A veces uno lee blogs por ahí donde se dicen cosas como a mí Ana Karenina no me gustó porque es una sosa, y demás tonterías del mismo calibre. Pues bien, Nabokov define de la manera más precisa y exacta esa infantil forma de leer: pueril. ¿Se puede calificar de manera más certera? Otelo es una chorrada, porque nadie puede ser tan celoso y al mismo tiempo tan crédulo. ¡Cállate, no seas pueril! 


Las marismas, de Arnaldur Indridason

Igual de recomendable que la otra.

La abadesa de Crewe, de Muriel Spark

Como les sucede a muchos lectores que pillan esta novelita sin saber muy bien de qué va, esta Spark me desconcertó mucho más de lo habitual. Trata de un convento donde la abadesa tiene micrófonos por todas partes para espíar a las monjas, y donde tienen lugar un par de líos. Es una novela tan inteligente como es habitual en esta autora, y muy divertida también, con ese sentido del humor que es mucho más divertido al recordarlo que al leerlo. El problema, sin embargo, es que Spark en este caso pecó de falta de ambición, al ceñirse a una sátira sobre el caso Watergate, sátira de la que, además, el lector desinformado no es consciente.

Dublinés, de Alfonso Zapico

No he leído todavía, y subrayo el todavía, la biografía de Joyce que escribió Richard Ellmann, pero esta gran novela gráfica de Alfonso Zapico sin duda le debe mucho. Un retrato fascinante de una época, de una familia, de una generación de escritores, y una imagen, que yo desconocía, de Joyce como borrachín, putero y sablista.

Crónicas de Jerusalén, de Guy Delisle

Si todavía no te has estrenado con Guy Delisle, este libro te encantará. Por el contrario, si, como a mí, te maravilló Pyongyang o te entretuvieron las Crónicas birmanas, creo que tras la lectura de Crónicas de Jerusalén no podrás quitarte de encima una pesada sensación de dejà vu.
Al igual que en sus anteriores obras, Delisle se trasladó a su residencia temporal, en este caso Jerusalén, acompañando a su mujer, coordinadora de Médicos sin Fronteras, y sus hijas. Pasaron allí un año, (durante el cual tuvo lugar la Operación Plomo Fundido) y eso es lo que Delisle nos cuenta aquí.
¿Tiene un autor la obligación de ser fiel a su público? ¿Y ser fiel significa repetir la fórmula una y otra vez? Por otra parte, ¿la repetición de una fórmula es justificable cuando estamos ante una denuncia (como hace Joe Sacco), mientras que el tono desenfadado de Delisle la tolera peor? No sé muy bien cómo responder a estas preguntas, pero me inclino a pensar que la fórmula se le empieza a agotar al autor. Además, ese tono de constante sorpresa e incredulidad del cronista funciona estupendamente en Corea del Norte, y bastante bien en China o Birmania. Pero en Israel, que culturalmente es una sociedad occidental, ya es más difícil de justificar. 
Sin embargo, y para ser justos, hay que decir que, en cualquier caso, se trata de una lectura amena, interesante, y que hará disfrutar de lo lindo al que todavía no haya leído Pyongyang.

¡Feliz año y prósperas lecturas!

lunes, 24 de diciembre de 2012

A child's Christmas in Wales, de Dylan Thomas


Cuatro líneas deprisa y corriendo (me hacía gracia publicar esto el día de Nochebuena) sobre esta joyita que me regaló hace un par de años mi suegra (galesa, para más señas), y que me leí dos veces el otro día en el metro camino de Antilla. Una a la ida y otra a la vuelta.

A veces parece que todo autor que se precie tiene la obligación de escribir por lo menos un cuento de Navidad, costumbre tristemente alentada además por periódicos y suplementos culturales. Sin embargo, a bote pronto y sin ganas de exprimirme mucho los sesos, a este lector no se le ocurren más que el Cuento de Navidad de Dickens y el de Auggie Wren que escribió Auster. Pues bien, si a vosotros os sucede lo mismo, ya podéis añadir a la lista esta maravilla llamada La Navidad de un niño en Gales.

El poeta Dylan Thomas nos regala en esta historia un retrato personalísimo, ergo universal, de cómo vivía él la Nochebuena y la Navidad en su tierra natal. A diferencia de los cuentos que ya he mencionado, y de la práctica habitual en el cine, en la historia de Thomas no se nos habla del espíritu navideño, y nadie se redime por una buena acción. La Navidad de un niño en Gales es un cuento de imaginación infantil desbocada, donde los gatos son jaguares, y uno puede encontrarse con dos hipopótamos por la calle. En aquellos tiempos, nos dice Thomas, Gales era una tierra donde todavía había lobos, los niños cazaban osos, y él y sus amigos salían a cantar villancicos y acababan encontrándose con un fantasma o apagando un incendio con bolas de nieve.


La historia parece narrada a modo de diálogo entre el poeta y unos niños, aunque la presencia de éstos es poco más que una excusa para contestar sus preguntas y corregir sus afirmaciones. "Pues el año pasado nevó". No, pero mira, antes la nieve no caía del cielo, sino que brotaba de los campos y crecía en los tejados y en las ramas de los árboles.

Preciosos y divertidísimos son los retratos familiares. "¿Pero había Tíos en casa? En casa siempre había Tíos?". Y pasa a describirnos esos tíos que encienden puros, tosen, se miran y remiran los puros como esperando a que exploten, mientras las tías se sientan muy tiesas al borde la silla, sin saber muy bien qué hacer.

"¿Y los regalos?" Pues había regalos útiles, que eran guantes, calcetines, bufandas, pasamontañas que te regalaban las tías y que rascaban tanto que te preguntabas cómo a las tías les podía quedar algo de piel.
"Háblanos de los regalos inútiles", que son los que de verdad nos gustan. Juguetes, dulces, y cigarrillos de chocolate que te ponías a fumar en la calle hasta que una anciana te reñía y entonces te lo comías.

La casa natal de Dylan Thomas, donde vivió hasta los 19 años. Hoy está convertida en hotel, tras haber sido restaurada a su estado de 1914, cuando la adquirió la familia Thomas. No hay televisión, pero ofrece al huésped juegos de cartas, fonograma y periódicos de la época.

En este brevísimo relato, los recuerdos y la fantasía del niño Thomas nos regalan imágenes tan bellas como la del petirrojo muerto, retratos tan originales como la de los carteros, escenas tan chocantes como la del encuentro de Thomas con su doble y otras tan geniales como la de los dos señores que, fumando en pipa calle abajo, llegan hasta el mar y se meten en el agua hasta que sólo se ve el humo de las pipas saliendo del agua.
Thomas era un poeta genial que llevaba la lengua al límite, con palabras arcaicas, y numerosísimos compuestos y verbos sustantivados. Sin embargo, consigue convertir ese complejo lenguaje poético en un discurso infantil, ingenuo y bellísimo, que en esta edición viene acompañado de las bellísimas ilustraciones de Edward Ardizzone, uno de los grandes.

Y si queréis disfrutar de esta maravillosa historia en la voz del mismo Dylan Thomas, aquí tenéis. Feliz Navidad a todos.

viernes, 14 de diciembre de 2012

Lecturas medievales


Inmerso de lleno en un festival de epopeyas y gestas, me dije si no iba siendo ya hora de lanzarse desfiladero abajo hacia Roncesvalles, y ver en qué líos anduvieron metidos Roldán, Oliveros, Ganelón y los perversos sarracenos.

Todos habéis visto alguna película de serie B (a veces, incluso A) en la que alguien, normalmente un espía o un perseguido, cruza la frontera de Francia a España y, no bien ha descendido los Pirineos, se encuentra con guitarristas flamencos tocando a la puerta del cortijo, y altivas morenazas con vestido de volantes y bucle pegado a la frente, que, entre baile y baile, atienden a los clientes de una lánguida taberna. Pues bien, digamos que algo parecido ocurre en el Cantar de Roldán, aunque aquí no haya ni un solo toreador.

Podría pensarse que quien escribió el Cantar, o quien transcribió el manuscrito, no tenía muchas nociones de geografía española, y no había visto a un sarraceno (iba a decir moro, como en moros y cristianos; no esperaréis que diga aquí un magrebí) ni en pintura. Yo, sin embargo, me inclino por pensar que estamos ante una versión medieval de lo que hoy en día se conoce como "localización de productos", es decir, la adaptación de un determinado producto a un mercado específico. Porque el Roldán que un anglonormando llamado Turoldus, que a la sazón quizá residía en Oxford, decidió recoger por escrito entre los años 1087 y 1095 distaba en algunos aspectos fundamentales del que se conocía en nuestras tierras. Esto es lo que se puede deducir de la famosa Nota Emilianense, descubierta por Dámaso Alonso en 1950. En dicha Nota, una mera glosa al margen del Códice Emilianense, se ofrece una especie de resumen de la leyenda. A diferencia del texto de Oxford, en la Nota se observa que los añadidos del "flamenco y las sevillanas", así como de algunos personajes como Ganelón, fueron fruto de la imaginación de otros juglares, o quizá del propio Turoldus.

Como muy bien nos indica Martín de Riquer, el populacho español se hubiera descuajeringado de risa ante unos sarracenos con nombres como Falsarón, Esperverís o Blancandrín, que adoran a una Santísima Trinidad formada por Mahumet, Tervagant y Apollin, y ante una ciudad de Córdoba que se encuentra a tan sólo un par de días de camino de los Pirineos. Sin embargo, todos ellos, habréis de convenir, eran topicazos y toques de exotismo irresistibles para los ancestros de nuestros guiris de Lloret.

Ocho escenas del Cantar de Roldán

Este aderezamiento del Cantar con la propia cosecha de cada juglar hizo que, en el imaginario colectivo, se convirtiera en una inolvidable y heroica gesta que marcó el curso de Europa lo que en relidad no fue más que una mera escaramuza sin apenas relevancia ni consecuencias. Del mismo modo, y por citar sólo un par de ejemplos, no hay documentos que atestigüen que Roldán era sobrino de Carlomagno, y parece ser que su inseparable Oliveros nunca existió, por lo menos no en tiempos de Carlomagno. Por tanto, si el Cantar de Roldán es la obra inmortal que es, no se debe a su valor como documento histórico, sino a su calidad literaria. De nuevo nos encontramos ante lo que, cada vez más, se me antoja literatura en estado puro: aquella que era capaz de cautivar a una plebe analfabeta.

La edición del gran erudito y medievalista Martín de Riquer nos regala además interesantísimos comentarios y notas que van de la etimología a los problemas de traducción, pasando por la enorme variedad de armas arrojadizas que existían. Ya la introducción, por su parte, consigue no sólo iluminar y hacer aún más atractiva una obra de por sí fascinante, sino que además, por lo menos con servidor, hace que en todo momento el lector relacione el Cantar, de una forma u otra, con nuestro siglo XXI.   
A modo de ejemplo, de Riquer nos indica que, hacia el año mil, la popularidad de Roldán y el semificticio Oliveros como héroes de la gesta era tan grande que sus nombres eran el último grito en nombres para niños, y se tiene constancia (lo cual indica que probablemente eran cientos, si no miles)de decenas de parejas de hermanitos con estos nombres. ¿Os suena?

-¡Qué guapo es! ¿Y cómo se llama?
-Roldán.
-¡Uy! Pues ahora tenéis que ir a por un Oliveros.

 Qué poco hemos cambiado, qué marujones hemos sido siempre.

 Carlomagno llorando a Roldán

El carácter de obra recitada me ha parecido mucho más palpable en este Cantar que en otras, de tal modo que uno visualiza perfectamente esa plaza del pueblo abarrotada, llena de gente harapienta que se permite un lujo al año y olvida por un par de horas el arado, bebiendo las palabras de ese señor que traía un poco de entretenimiento. En ocasiones un mismo párrafo, con ligeras variaciones, se repite tres y hasta cuatro veces, para que lo oigan de todos los lados. Se advierte también que los gustos populares han cambiado muy poco en los últimos mil años, y lo que a la gente de verdad le gustaba no eran las florituras literarias, si no la acción. Kiarostami está muy bien, pero la gente prefiere Chuck Norris. Así, la historia del Cantar de Roldán, como tantas otras epopeyas, es de una gran sencillez: una traición, una batalla y una derrota, pero, una vez más, en esta sencillez radica su encanto y su fascinación. Buenos y malos, siniestros planes, envidiosos hijos bastardos, armaduras, lorigas, olifantes, descuartizamientos y muchos, muchísimos sesos reventados.


Nos dice Montanelli que tenía la sensación de que su Historia de Roma había terminado de un modo un tanto precipitado, y que por ello se decidió a explicar con más sosiego la caída del Imperio Romano y la transición a la Edad Media. Para ello, nos explica, se agenció a Roberto Gervaso, antiguo alumno suyo moldeado a su gusto, quien, hoy reconocido escritor y periodista, en esta obra parece haber sido poco más que el zapador personal de su maestro. Porque Historia de la Edad Media es Montanelli en estado puro, es decir, una narración clara, amena y apasionante de una época confusa, caótica y, probablemente, de las peor conocidas por el gran público.

La verdad es que a veces da gusto ser un completo ignorante sólo por el placer que produce salir de esa ignorancia de la mano de Montanelli. Pues yo, como muchos otros, tenía una visión de la caída del Imperio Romano en la que la ciudad de Roma, tras un interminable asedio por parte de los bárbaros Alarico y compañía, se hundía por fin y era saqueada por aquellos paganos barbudos. Pero resulta que no, que el proceso tuvo más de gradual integración de vándalos, alanos, godos (los visi y los ostros), o longobardos entre la población, ejército e instituciones romanas, que de ataque y derribo fulminante.

Ahí está, sin ir más lejos, la historia de Estilicón, una de las más memorables del libro. Este hijo de vándalo y romana, uno de los más valientes y leales soldados del ejército romano, llegó a general, puesto que ocupó durante veinte años. Tanta era su influencia que el emperador decidió emperentarse con él, casándolo con su sobrina. Sin embargo, sus orígenes bárbaros, su profesión del arrianismo (la herética doctrina cristiana que sostenía que Jesús era hijo de Dios, pero no Dios en sí mismo), así como el hecho de que hasta en cuatro ocasiones (y de manera un tanto sospechosa, es cierto) dejara escapar con vida a Alarico, lo convirtieron en la víctima ideal de envidias, rumores, sospechas y falsas acusaciones. Condenado a muerte de manera precipitada y traicionera, Estilicón aceptó el castigo con exquisitos valor y nobleza, fiel al Imperio Romano hasta el final.


¡Que responda el acusado!

Con Montanelli uno se entera de una vez de cómo la Iglesia fue convirtiéndose paulatinamente en la autoridad más poderosa de toda Europa, de qué era aquello de los Imperio de Oriente y Occidente, o de cómo nació el canto gregoriano. El lector paseará por una Roma que de gloriosa capital del imperio ha pasado a ser casi un arrabal de apenas 25.000 almas, asolado por pestes, hambre y bandidos. Hay capítulos dedicados a Atila, Gala Placidia, Justiniano, Carlomagno y Mahoma. La sección dedicada al nacimiento y expansión del Islam no tienen desperdicio, aunque, de seguir hoy vivo, Montanelli se estaría jugando el pellejo. Esta irreverencia, no obstante, no conoce límites, y hay que decir que don Indro se despacha a gusto con la descripción que nos hace de la interminable sucesión, salvo honrosas excepciones, de papas puteros, ladrones y golafres, y que hizo del papado una institución sumida en la corrupción más abyecta imaginable. Esta decadencia alcanzó su punto álgido con el juicio al Papa Formoso.

Formoso llegó al pontificado tras una carrera repleta de polémicas, acusaciones y excomuniones , es decir, nada fuera de lo normal. Lo bueno llegó seis meses después de su muerte, cuando Esteban VI, sucesor de su sucesor (no duraban mucho), decidió exhumar el cadáver y someterlo a juicio. En lo que ha pasado a la historia como el Concilio Cadavérico, revistieron el cadáver de Formoso de sus ornamentos papales, lo sentaron (con mucho cuidado, eso sí) en el trono y se procedió al juicio. Tras presentar una pobre defensa, Formoso fue declarado culpable. Se declaró nula su elección y todas sus ordenaciones como Papa.

El saqueo de Roma por Alarico

Como ya sucedía con el anterior libro de Montanelli, sería imposible hacer un resumen del resumen. Tal condensación de datos, sin embargo, no deja de tener consecuencias. En un par de ocasiones, el lector se siente aturdido ante la sucesión de emperadore, papas y reyes que se matan unos a otros. Pero entonces el bueno de don Indro nos dice:

El lector probablemente se haya perdido en este caos. Consuélese pensando que toda Europa también se había perido en él.

 Esta Historia de la Edad Media, una más en la larga serie de libros de historia que escribió este gran peiodista (a ver si deBolsillo se anima a ir publicando más) nos abre el apetito para lanzarnos de una vez a por Gibbon, y recrearse con más tranquilidad en aquellos apasionantes siglos.
En suma, diversión a raudales con el mejor Montanelli. Se dice que una buena novela ha de atrapar al lector desde la primera línea. Don Indro abre este libro de historia con el capítulo "Los hunos a la vista":

La historia de Europa empieza en China.



Todo esto me sonaba, pero no llegaba a hacerme una idea  de cómo era en realidad. Ya sabéis, esa historia de que los trovadores se enamoraban de una dama, que podía perfectamente ser una respetable señora casada, y se ponían a escribirle canciones a go-gó, sin esperar de ella más que una sonrisa cada dos meses, y que de esta guisa nació el amor cortés. Y resulta que sí, que era exactamente así.

Pero empecemos por aclarar algunos conceptos. Trovador y juglar pueden parecer lo mismo, pero no lo son. El trovador escribía canciones (nunca "poemas" ni "poesía") que podían clasificarse en tensones, coplas, descorts o sirventeses, entre otros. Por su parte, el juglar era quien las interpretaba. Naturalmente, existían los cantautores, es decir aquéllos que "trovaban" con gran arte y donaire, y que un día, quizá, decidían "ajuglararse" (¡qué maravillosos verbos!).

Un día a alguien, probablemente al trovador Uc de Sant Circ, se le ocurrió recoger todas las hermosas canciones que conocía. Nacieron así los cancioneros, en los que el compilador no sólo recogía canciones, sino que también ofrecía un esbozo biográfico de sus autores. El candor de estos apuntes biográficos no tiene precio, y lo que este encantador y divertidísimo libro nos ofrece es precisamente la colección de todas  las "Vidas" de aquellos trovadores de lengua provenzal. Algunas de estas vidas son tan breves como ésta:

Aimeric de Sarlat fue del Peirigord, de un rico burgo que se llama Sarlat. Y se hizo juglar. Y fue muy sutil en decir y en entender, y llegó a trovador; pero sólo hizo una canción.

Mientras que otras pueden ocupar varias páginas. En la mayoría de las ocasiones, la "vida" concluye con el primer verso de la canción que el juglar procedía a intepretar:

...y se elegantizó mucho, y entonces hizo esta canción que oiréis, que dice:
Había dejado de cantar por la pena y el dolor


Hace unos años leí la descomunal La novela de Genji, escrita en Japón por Murasaki Shikibu un par de siglos antes que los tensones y sirventeses que nos ocupan. Genji es una absoluta, apabullante e interminable obra maestra en la que, aparte de las intrigas de la corte, se nos cuentan, sobre todo, decenas de historias de amor, del amor entre un hombre y una mujer, con todos sus matices, absurdos, ideales, engaños, rencores y sueños. Pero, se me antoja, la señora Shikibu se dejó un tipo de amor fundamental, y creó así un hueco que, en el otro lado del mundo, trovadores y damas se encargarían de llenar: el amor inmaduro, adolescente (o seáse, infantil), el amor idealizado hasta el ridículo, ese amor que mis cuarenta y tantos tacos y este descreído siglo XXI me impiden recordar sin cinismo.

Quizá exagero un poco, pero lo cierto es que, al leer las vidas y "razós" (es decir, "razones", que también constituían el Cancionero, y que eran una especie de exégesis de las canciones) de estos trovadores, no he dejado de acordarme de los líos del instituto, de mis saltos al cielo por haberla pillado mirándome, de mis descensos al infierno por haberla visto hablando con otro, de ésta que ya no se habla con aquélla porque la susodicha le ha felicitado a ése por su cumple antes que ella.

Porque uno imaginaba que la vida sexual en la Edad Media sería bruta, sucia, animal, sin tonterías ni tiempo para el "foreplay", y sin embargo:

... pero una vez, cuando se despedía, él la besó en el cuello y ella se lo toleró amorosamente, y él vivió mucho tiempo con gran alegría por aquel placer.

A mí la alegría por el placer de ver una teta en una peli de Esteso y Pajares no me llegaba a una semana.

Y hay escenas todavía más subidas de tono:

...pero yo le oí decir a ella, cuando ya era monja, que si él hubiese ido a verla, le hubiera concedido placer hasta el punto que le hubiera consentido que le tocara la pierna desnuda con el reverso de la mano.

Escuela de trovadores, tapiz del s. XV

Sin embargo, la pasión que arrebataba a estos trovadores podía en ocasiones alcanzar tintes macabros que nada tienen que envidiar al juicio del papa Formoso, como nos demuestra la historia de Guilhem de la Tor:

Y ocurrió que ella se murió, por lo que él tuvo tanta tristeza que enloqueció, y creía que se fingía muerta para separarse de él. Así que la dejó diez días y diez noches en la tumba. Y cada noche iba a la tumba, la sacaba fuera y contemplaba su rostro, besándola y abrazándola, y le rogaba que le hablase, y le dijese si estaba muerta o viva...

Y de éstas todavía hay más, como la historia de Guillem de Cabestany, cuyo corazón un noble muy celoso le hizo arrancar para dárselo bien guisado a su señora esposa, objeto de las canciones de Guillem.

La mayoría de las historias, no obstante, tienen un aire vodevilesco, de juegos, líos y enredos, que nos recuerdan al Decamerón y que, como dice Martín de Riquer, "inauguran la narrativa breve románica y (...) ocupan un lugar primordial en la historia de la novela moderna."

"... Era muy gallarda, instruida, amable y hermosa; y tuvo grandes deseos de prestigio y de que se hablara de ella lejos y cerca, y de tener amistad y familiaridad con las damas y los hombres importantes..."

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