Una de las cosas más saludables que puede hacer un buen marido cuando está de Rodríguez es ir al cine y, por una vez, comprobar que, al igual que los animales, los coches y los candelabros, también las personas hablan. Así que, animado por los comentarios y elogios de mis alumnos hacia esta película, esta tarde he ido al Verdi, que no pisaba desde hacía ocho años (premio para quien adivine cuántos años tiene el mayor de mis hijos).
Probablemente muchos conozcáis ya la historia de Rodríguez (apreciad ahora en todo su esplendor el sutil doble sentido con el que he titulado la entrada), que es como se conoce a Sixto Rodríguez. Desde que este Searching for Sugar Man ganó premios como el BAFTA y el Oscar al Mejor Documental, la historia de este albañil, hijo de mexicanos y nacido en Detroit, ha ido de boca en boca y de un programa de televisión a otro. Parece que sólo tipos como yo, que consultamos la cartelera de hace diez años antes de sacar un DVD de la biblioteca, no nos habíamos enterado de su existencia. No obstante, y como me consta que no soy el único padre devoto, os contaré, a muy grandes rasgos, de qué va la cosa.
A finales de los 60, Rodríguez, cantautor de extraordinario talento, y a quien los que lo conocían comparaban con Dylan, publicó dos álbumes repletos de grandes canciones que pasaron completamente desapercibidos en el mercado norteamericano. Rodríguez se vio obligado a retirarse de la música y dedicarse a la construcción (en pequeñito, eso sí; instalando tejados y arreglando wáteres). Sin embargo, por esos azares de la vida, uno de esos álbumes viajó hasta Sudáfrica en la maleta de una turista. A los pocos años, Rodríguez se había convertido en un auténtico icono en Sudáfrica, y sus canciones se oían en casas, fiestas, programas de radio y cualquier ocasión en la que hubiera música.
Muchísimo más popular que los Doors o los Stones, Rodríguez fue en aquellos años una especie de símbolo de lucha contra el apartheid, y son varias las generaciones de aquel país que han crecido con su música. Cabe recordar aquí que, durante décadas, Sudáfrica fue un paria en la escena política internacional. Su inhumana política racista hizo que el país se viera aislado, boicoteado y despreciado a lo largo y ancho del planeta. Uno de los efectos menos esperados de las sanciones fue que de un éxito arrollador en la industria discográfica como el de Rodríguez ¡y en lengua inglesa! no se oyó ni hablar fuera de sus fronteras.
A lo largo de los años, Rodríguez llegó a vender medio millón de discos en Sudáfrica. Pero, y aquí viene lo bueno, él no tenía ni idea de ello y, huelga decirlo, no le llegó ni un duro. Su vida, de la que no se sabía absolutamente nada, estaba para los sudafricanos envuelta en misterio, y circulaban varias versiones sobre su muerte. Según una de ellas, se había prendido fuego en el escenario. Según otra no menos dramática, tras un concierto en que lo habían abucheado, se despidió del público y ante ellos se descerrajó un tiro en la sien.
Searching for Sugar Man nos cuenta la historia de dos sudafricanos que, a finales de los 90, se proponen averiguar qué fue en realidad de aquel "cantante maldito", auténtica leyenda de la música. Por lo visto la idea del doumental surgió cuando, en un viaje al país, el director sueco Malik Bendjelloul oyó la historia de boca de uno de ellos. Intrigado, empezó a investigar, escuchó su música y quedó prendado.
El resultado de las investigaciones de unos y la dirección de otro, un documental excelente basado en una historia tan real como increíble. Hay que decir, no obstante, que en algunos momentos ha primado el cine sobre la objetividad: después de consultar ya sabéis dónde, descubre uno que, aunque la película en ningún momento miente, sí omite por lo menos un dato que menoscababa ligeramente el mito que se pretende construir. Pero hecha esa salvedad, tengo que reconocer que Searching for Sugar Man me ha cautivado desde el primer momento y ha llegado a emocionarme. Y sobre todo, ¡qué puñado de grandes canciones!
Tengo que haceros una confesión. A veces, al terminar un libro y ponerme a pensar en la correspondiente reseña, me entra una especie de tembleque. ¿Lo habré entendido, siquiera mínimamente? ¿Meteré la pata si me aventuro a hacer una interpretación personal sin antes contrastarla? Esto que me parece que es lo que el autor quiere decir, ¿no resultará en realidad una memez, dado que he pasado por alto un dato crucial para entender la obra? Son los temores y complejos del diletante de la literatura, que jamás ha leído a Barthes, que nunca se ha molestado en intentar comprender el constructivismo ni el posmodernismo, y que se ha pasado la vida encerrado en un demodé y claudicante yomismo. Por eso, ante el riesgo de convertirme en el hazmerreír de la blogosfera, no pocas veces decido que más vale pasearse por otros blogs, foros, amazones y wikipedias, para así enmendar mi infantil lectura y maquillarla con la opinión y el lugar común socialmente aceptados.
En ocasiones, sin embargo, las sensaciones que nos transmite un libro
son tan poderosas, viscerales e inefables, que uno decide hacer de su
capa un sayo y soltar su opinión con desfachatada chulería. Cuando un
libro nos conquista y confunde como lo ha hecho conmigo Lulu,
uno pierde el miedo al ridículo. Por eso, en esta ocasión he decidido
lanzarme al ruedo como espontáneo, y sólo después de la faena me
dignaré a leer otras opiniones o, sencillamente, la introducción. Así
que valor...
Perdóname, Literatura, por no haber leído a Barthes
Escrito antes de leer otras opiniones
Hace unos días, me di cuenta de que nunca acabaría el libro que estaba leyendo (con el que además cerraba de manera desafortunada una hasta entonces muy exitosa racha de novela inglesa), y había llegado el momento de decirle adiós y empezar otra novela y quizá, quién sabe, otra "temporada". Me encontraba en la biblioteca de la Vila Olímpica, donde, al no ser la mía habitual, pude recorrer las estanterías y arramblar con todo aquello que me llamaba la atención. Entre los nueve libros que cogí, había dos de un autor al que hacía tiempo le tenía echado el ojo: Mircea Cartarescu.
No es un cantautor de los 70, sino un gran esritor
Dentro de lo relativo que puede ser el éxito internacional de un autor rumano, parece que Cartarescu está causando una especie de sensación en la novela europea. Está considerado el mejor autor rumano contemporáneo y, a juzgar por estas dos novelas que he leído, parece haber sabido, como se suele decir, asimilar la tradición, rumiarla y digerirla bien para luego, y esto no se dice tanto, regurgitarla en una nueva forma, personal, coherente y violentamente brillante. Su novelita El ruletista, que quizá reseñe en otro momento, es una joya de apenas sesenta páginas que nos remite al Joseph Roth más alcoholizado y al Nabokov más posmoderno. Y esta Lulu (obsérvese que va sin acento; Lulu parece ser un nombre masculino), obsesiva, enfermiza y aracnofóbica nos hipnotiza tanto como nos repele.
Yo yacía allí, carente de voluntad, era solo un ojo del que colgaba, como un harapo, el resto del cuerpo, un único ojo grande y transparente, clavado en los ocelos de la bestia, fascinado e iluminado por aquel sol salvaje de ocho rayos, por aquel sol criminal con garras de sarcopto.
(Con Lulu se aprende mucho de la morfología de la araña)
A muy grandes rasgos, Lulu nos cuenta, si lo he entendido bien, no la caída, sino la estancia en el infierno de Victor. Hoy escritor de éxito, Victor parece sufrir de esquizofrenia, y nos habla desde una especie de sanatorio en las montañas, adonde ha ido a convalecer e intentar recuperarse. El escenario le hace recordar el viaje escolar que hizo con sus compañeros de instituto justo hace 17 años, la mitad de su vida, a una residencia en el campo. Allí tuvo lugar una experiencia que le marcó o, quizá (y aquí me arriesgo) le hizo a su vez recordar otra experiencia, aún más traumática, que sufrió antes aún de que pudiera recordar y se formara su yo.
Poco más puede decirse de la trama. Es, sin embargo, el lenguaje y el estilo de Cartarescu lo que hace de esta lectura una obra excepcional. Con su escritura oscura, obsesiva, esquizoide, con sus continuas referencias al horror de la mente aprisionada en el horror del cuerpo, es difícil no reconocer en Victor al adolescente atormentado que fuimos, que siente repulsión ante lo que llaman vida, un adolescente que en la lectura no busca consuelo, sino la confirmación de sus pesadillas; que anhela descender todavía más en el infierno, degradarse, humillar su cuerpo, arrastrar su indignidad humana por el fango, sabedor de que en él está la semilla de un genio que un día será recordado por el Libro. El arte no será nuestra salvación, ni siquiera el último reducto de nuestra dignidad, pero no hay nada más, ni aquí ni en ninguna parte.
Siento aquí un trauma antiguo, engañoso, escondido bajo miles de capas de piel, cegador como la perla entre las lenguas de la ostra. Cuanto más me ensaño con él, más me espanta la idea de que no corto un tumor, sino un órgano vital, como si el texto fuera mi verdadera vida y yo mismo, tan solo una ilusión.
Como veis, el libro es una paja mental en toda regla, donde a la soledad y al horror ante la vida y ante el propio cuerpo, se unen el tema de nuestra doble naturaleza, masculina y femenina, y la amputación de una de ellas, así como el símbolo de la araña y su presa atrapada, inmovilizada y devorada viva.
Y llega el final, y uno no sabe cómo interpretarlo. ¿Se trata de un final tan prosaico como parece? ¿Debemos ampliar nuestros conocimientos de medicina teratológica? O, por el contrario, ¿se trata sólo de palabras? ¿Me pierdo algo muy evidente? ¿O no hace falta que le dé tantas vueltas?
El título original. No me digáis que esa portada no es para confundir
Escrito después de leer otras opiniones
Quizá debería haber hecho este experimento de reseña-antes y reseña-después con otro libro. Para mi desazón, parece que más o menos he "entendido" el libro. Tras haberme paseado por otros blogs, parece que, por lo menos, no he metido la pata de manera escandalosa. Por lo visto, a veces los libros, incluso aquellos tan extraordinarios como Lulu, nos cuentan lo que creemos que nos cuentan, y es una tontería buscarle tres pies al gato.
Me siento un poco decepcionado, la verdad. ¿Conmigo mismo, o con los otros lectores de esta obra? No lo sé. ¿Esperaba quizá que mi reseña fuera tan aventurada y absurda que diera pie a una profunda reflexión sobre el papel del lector como creador? ¿Quizá pretendía con este juego simplemente humillarme? ¿O lo que lamento es que los demás hayan hecho lo mismo que yo y se hayan quedado en la lectura más obvia?
Enmienda, o acelerada contrareflexión final
El caso es que, pensándolo bien, al pasearme por esos otros blogs no he encontrado tan sólo la confirmación de mis impresiones, sino que también, y como sucede con los buenos libros, me he puesto a darle vueltas otra vez. Y como hoy me he propuesto no hacer trampa, no voy a modificar lo que he escrito más arriba y presentar mis nuevas ocurrencias como evidentes. A lo hecho, pecho.
Varios blogs citan la primera línea del siguiente párrafo:
Si la escritura es, como dicen, una terapia, si puede curar, debería poder hacerlo ahora. Voy a emborronar una página tras otra, voy a utilizar las hojas como vendas impregnadas no de tinta, sino de lo que mi vieja herida supura. Quizá, finalmente, todo se empape en ellas y, a medida que se vuelvan más y más purulentas, más burbujeantes, yo mismo me vaya vaciando de veneno.
Si de ahí damos un salto a la última palabra del libro, nos damos cuenta de que quizá sí hay esperanza. Quizá el infierno en la tierra es temporal. Es cierto que no se conoce el caso de insecto alguno que, una vez atrapado en seda, paralizado y cubierto de jugos digestivos, haya conseguido escapar de los mortales quelíceros, pero no debemos..... Bueno, como veis ahora soy yo el de la paja mental. Pero es que Lulu se lo merece.
Afortunadamente, la gran literatura no consiste sólo en obras maestras escritas por genios de las letras. ¿Os imagináis qué aburrido sería no leer otra cosa que Homero, Sófocles, Dante, Shakespeare, Goethe, Tolstoi, Joyce o Faulkner, uno tras otro sin descanso? Ése es el problema de las colecciones de grandes clásicos, y el motivo por el que fracasan los absurdos intentos de quienes intentan culturizarse leyendo las 500 obras fundamentales de la literatura mundial. Sencillamente, si la gran literatura consistiera exclusivamente en obras maestras resultaría un coñazo.
Esto de los genios me lleva a pensar en lo curioso de la clasificación y las distintas categorías dentro de la "Gran Literatura". No tengo ni idea de cómo se podría definir el genio, pero sí parece que parece ser considerado como tal, se debe cumplir ciertos requisitos. Uno de ellos es el de haber creado una obra caracterizada por la monumentalidad, léase libros muy largos, como hicieron Tolstoi, Proust o Mann. Otro, el de haber creado, o en su defecto, haber llevado al extremo, un nuevo tipo de escritura, lo cual podría aplicarse a Cervantes, Faulkner, Nabokov, o (pongámonos serios y añadamos el artículo indeterminado) una Woolf, un Sterne o un Pushkin. Joyce, evidentemente, cumple los dos y además nos permite entrever otra de las condiciones del genio, a saber, la complejidad. Si eres difícil, ganas puntos para la categoría de Genio. Por eso Chéjov suele ir en otro pelotón, el de los Grandes Escritores, también conocidos como Maestros, donde posiblemente también Dickens también se sienta más a gusto.
Leeré a este genio el día que sus fans dejen de cargarme
Y por último, en el genio juega un papel determinante la imaginación, a ser posible, con un toque oscuro, en otras palabras, Kafka o Borges. La imaginación, además, nos acerca a algunos genios más recientes y precoces. Porque algunos escritores queman etapas y alcanzan la categoría de genio sin haber pasado por la de grande. No hay nada que objetar, dado que el reglamento así lo permite. No obstante, estos escritores han de saber que quedan sujetos al veredicto del tiempo. En otras palabras, David Foster Wallace, Roberto Bolaño y Haruki Murakami no tienen de momento plaza fija en el olimpo, aunque el primero juega con la ventaja de que no estaba muy bien de la cabeza, algo muy apreciado por la Academia de los Genios.
El pelotón de los "grandes" da cabida a todos esos escritores que son muy muy muy buenos y que, sin embargo, no encajan en el grupo de los genios. Y aunque aquéllos suelen situarse por debajo de éstos, yo, la verdad, los veo a ambos en lo alto de dos podios diferentes, digamos los 800 m y los 5.000 m. Es decir, aunque uno no considere que Wilde, Austen, o el ya mencionado Chéjov sean genios de la literatura, no hay motivo para situarlos por debajo de los que sí lo son.
Pero volviendo al principio, para el lector, afortunadamente no todo son genios y grandes, sino que también hay un grupo a menudo más divertido, el de los escritores excelentes, tambien conocidos como excelentes escritores. ¿Que quiénes son? Pues todos los que son más que buenos sin llegar a grandes. Mejor os pongo un ejemplo, que me estoy cansando de mis propias chorradas.
Este señor se llama David Lodge y no es un genio, sino tan sólo un excelente escritor, y, como veis en la foto, es incapaz de poner un gesto completamente severo sin que se le escape una sonrisa. Influido enormemente por Kingsley Amis y Graham Greene, Lodge está considerado el maestro actual de la novela de campus, un tipo de novela que en la literatura española apenas se cultiva (¿por qué seráaaa?), pero que en Inglaterra constituye prácticamente un género en sí misma. En su forma actual, la novela de campus es sobre todo una novela cómica en la que se parodia o satiriza la vida universitaria, y más concretamente, la vida del profesor universitario. La Campus trilogy, compuesta por Changing Places (en español, Intercambios), Small world(El mundo es un pañuelo) y Nice work (Buentrabajo), se centra sobre todo en la ficticia universidad de Rummidge y, a través de unos cuantos personajes muy divertidos y, sobre todo, de una escritura precisa, una estructura impecable, un gran conocimiento de la tradición novelísitica inglesa, y un tono culto al tiempo que desenfadado -algo que siempre nos gusta definir como "muy british"-, nos muestra ese lado tan poco decoroso de la institución universitaria.
Lodge ha escrito otras novelas de campus aparte de esta trilogía, pero estas tres, que giran en torno a la evolución tanto profesional como personal, a lo largo de unos quince años, de una serie de personajes entrañables, son, aunque de lectura independiente, una evidente unidad.
No cabe duda de que Lodge sabe muy bien de lo que habla. Nacido en Londres en el seno de una familia católica (dicen que este dato es muy importante cuando hablas de autores británicos), este antiguo saxofonista trabajó como profesor universitario en la Universidad de Birmingham durante más de 20 años. Muchos piensan (y algunos se han sentido ofendidos por ello) que con la ficticia Rummidge, una ciudad gris, fea, sin apenas vida cultural, y, a priori, el último lugar donde cualquier profesor querría trabajar, el autor estaba haciendo un retrato nada halagüeño de Birmingham, a la que tradicionalmente se ha descrito como una ciudad gris, fea, sin apenas... De hecho, Lodge ha tenido que defenderse en más de una ocasión de críticas parecidas y lo hizo de manera brillante en su artículo "Fact and fiction in the novel", publicado dentro de El arte de la ficción. En él, venía a decir algo tan elemental como que el escritor utiliza facts, es decir, elementos de la realidad tales como lugares, personas y frases para crear fiction. Quizá el hecho de que, incluso en Inglaterra, algo tan elemental escape al entendimiento de muchos nos ayude a explicar la inexistencia de una novela de campus hispana. Porque mira que aquí hay material para una parodia.
En cualquier caso, sería equivocado pensar que David Lodge, o la novela de campus en general, se sirve del campus como un microcosmos en el que se refleja la sociedad moderna. El campus es un mundo cerrado en sí mismo, cuyos habitantes, ocupados en cosas con frecuencia muy pero que muy alejadas de la docencia, viven completamente ajenos al mundo más allá de su departamento. Hablar de la universidad, ya sabéis, es utilizar términos como endogamia, elitismo, esnobismo y, exagerando un poco, mundos paralelos. De ahí su fascinación y de ahí su ridículez.
¿Alguna vez os habéis preguntado de dónde vienen los ingleses?
Para alguien que tiene una opinión como la que tengo yo sobre la universidad española, y que no quiero hacer demasiado explícita porque seguro que sería injusto, resulta un consuelo ver que en todas partes cuecen habas (de hecho, las baked beans son el alimento básico de los universitarios ingleses). Es decir, que el enchufismo, el politiqueo y el imperio de los mediocres convertidos en catedráticos no son características exclusivas de la universidad española. Así, los retratos de los personajes, personajillos y personajetes que pueblan los departamentos de inglés en Lodge, tan ácidos y divertidos como realistas, nos resultan sumamente familiares. Todo aquél que haya conocido mínimamente el mundo universitario coincidirá en que nuestros departamentos de Humanidades (en ciencias es más difícil dar el pego) están, en mayor o menor medida, poblados por algunos perfectos inútiles. Conozco personalmente a algún que otro farsante incapaz de pronunciar una frase en inglés sin varias faltas, que está dando clase de ****** nada menos que en el Departamento de Inglés de la *******. Prefiero no explicar cómo llegó hasta allí.
Changing Places, que en su día fue estuvo nominada al Booker Prize, nos presenta dos vidas que se cruzan o, mejor dicho, se intercambian. El profesor Swallow va a la Universidad de Euphoria, en Florida, a ocupar durante un semestre la plaza de Morris Zapp, quien a su vez, pasará el mismo periodo de tiempo en la universidad de Rummidge, ocupando la plaza de Swallow. La Universidad de Rummidge representa una de esas universidades de "ladrillo rojo" creadas a principios del s. XX en las seis principales ciudades industriales de Inglaterra. Algún término tenían que acuñar los dones de oxbridge para distinguirse de aquellos proletarios arribistas que no tenían ni para un claustro gótico. Por su parte, la universidad de Euphoria está probablemente inspirada en la de Berkeley, en California, y a lo largo de Changing places es escenario de revueltas estudiantiles (estamos a finales de los 60) que acaban extendiéndose a Rummidge también.
La novela, repleta desde la primera página de momentos absolutamente brillantes, juega con los estereotipos del inglés sexualmente reprimido y el americano informal y liberado. En la obra de Lodge abundan las referencias literarias, y la gente que sabe de esto diría algo así como que su intención es recrear dichas obras desde un prisma contemporáneo. Si esto es así, la verdad es que Lodge muestra esas referencias de manera bastante explícita: el subtítulo de esta novela es un dickensiano A tale of two campuses.
El molinero, el mercader, la comadre y otros se van de conferencia
Small world, la segunda parte de la trilogía, nos muestra ese aspecto del mundo académico que se centra en los viajes, las conferencias, las publicaciones y las críticas de las críticas. Small world se abre con un divertido paralelismo entre los peregrinos de Chaucer y los conferenciantes de hoy en día. El subtítulo Un romance académico nos vuelve a indicar por dónde van los tiros, aunque el "romance", como dice uno de sus personajes (al que ya cité en otra entrada) es:
... una forma narrativa anterior a la novela. Está llena de aventuras y coincidencias y sorpresas y maravillas, y tiene muchos personajes que están perdidos o encantados, o que van por ahí buscándose unos a otros, o el Grial, o algo así. Y a menudo, claro está, se enamoran...
El personaje central, llamado Persse (remedo de Percival), busca por esas salas de conferencias de Dios a su amada Angelica, mientras otros se baten en duelo por una plaza en el Santo Chollo de la Unesco. Las referencias son la búsqueda del Santo Grial y la mastodóntica La Reina Hada, de Sir Edmund Spenser. Como veis, a Lodge no le gusta dárselas de enigmático, y tanto los títulos como los nombres de los personajes son más que reveladores (tenemos, por ejemplo, un Arthur Kingfisher, o una Sybil Maiden). Y aun así, es todo un gozo ver el ingenio del autor para recrear esos conceptos y engarzarlos en una historia que recorre los cinco continentes a un ritmo frenético y que es mucho más que interesante y amena: es una novela extraordinaria que sencillamente se lee de un tirón.
En Small world, Lodge se maneja perfectamente en la descripción no sólo del mundo académico sino también en el de la crítica literaria, que juega un papel fundamental en la novela. A modo de curiosidad, señalaré que el personaje de Morris Zapp habla del campus global, y sostiene que "hoy en día (estamos en 1979; la novela fue escrita en 1984) ya no es necesario ir al campus para adquirir conocimiento", y que la vida académica ha experimentado una revolución sin precedentes merced a tres avances tecnológicos: "jet-travel, direct dialling telephones and the xerox machine."
Lodge hablando sobre su obra y el rodaje de Nice work para la BBC
La tercera parte, Nice work, también nominada al Booker, vuelve de nuevo a jugar con el contraste entre dos mundos. Vic Wilcox es director de una fábrica dedicada a la ingeniería industrial, y por una de esas gilipolleces que se les ocurren a veces a los políticos (en Inglaterra también), se ve obligado a participar en una especie de programa de acercamiento entre el mundo universitario y el industrial. Esto llevará a este tipo algo zafio, materialista y machista a relacionarse con una profesora universitaria jovencita, de izquierdas, feminista y, naturalmente, muy atracativa. No os dejéis asustar por el lugar común. Se trata, una vez más, de una novela amena, divertida y más compleja de lo que parece a primera vista. Las referencias literariasnos llevan, en este caso, a lo que se dio en llamar la novela industrial, y más concretamente Tiempos difíciles, de Dickens, y Norte y Sur, de Elizabeth Gaskell. El resultado, una novela redonda, impecable, divertida como todas, y con personajes a veces al borde del estereotipo, pero a los que Lodge nunca permite que caigan en él.
En suma, la típica obra escrita por alguien que de genio literario no tiene nada. David Lodge, el pobre, no llega más que a excelente escritor.
Reírse de Phil Collins ayuda a prevenir ciertos tipos de cáncer
... y no sólo literaria. En el mundo hay personas que saben hacer de su mala leche un medio de vida, y aunque hay quien dice que eso es tan sólo un modo de ocultar su mediocridad, yo creo que ganarse la vida con la mala baba es mucho más complicado de lo que parece. La mala leche (también mala uva o mala baba) es, en manos de quien sabe dirigirla, un arma demoledora y, en ocasiones, todo un arte.
La mala leche que yo admiro no tiene nada que ver con la mala follá granaína, ni, por supuesto, con el insulto vulgar, la imitación sosa, las referencias a la promiscuidad de la madre o a la cornamenta paterna. La buena mala leche se ejerce tanto con ánimo de ridiculizar, humillar y hacer daño como de divertir a los presentes, y somos muchos los que sabemos apreciar el dardo certero, el sarcasmo cruel y la ofensa gratuita pero ingeniosa. Son éstos bombones al que algunos paladares, entre los que por supuesto incluyo el mío, no pueden resistirse. Por eso triunfan los Ristos. Por eso servidor prefiere Alfonso Guerra a Zapatero, South Park a Los Simpson, y algún personaje más a quien no mencionaré (no quiero generar mala leche contra mí mismo) antes que a cualquier santurrón papagáyico.
Anne Robinson es tan odiosa que verla humillada de esta manera es un gozo para el espíritu. La presentadora española no le llegaba a la suela de los zapatos.
En internet la mala leche ocupa un puesto no sé si dominante, pero sí desde luego muy significativo, del cual el mundo bloguero no queda al margen. Hay por ahí unas bitácoras de gran éxito, cimentado en la mala leche tanto del administrador como de los visitantes, que vamos allí a recrearnos, sobre todo, en las corrosivas críticas que se hacen de aquellas obras que no han gustado al administrador en cuestión, o, sencillamente, en el modo en que señalan, como el niño al emperador, las gilipolleces en que incurren con frecuencia algunos personajetes de las letras. En cualquier caso, para muchos, la crítica despiadada se deja leer mejor que el elogio (desde luego, es también más fácil de hacer y da más posibilidades a la creatividad).
Céline y su loro parecen sacados de la novela de Gibbons
Bien utilizada, la mala leche en la literatura suele ser un recurso inagotable e infalible. Hace un par de semanas reseñaba la gran novela Lucky Jim, de Kingsley Amis, y cerraba la reseña con una foto y una cita del autor que corrobora la importancia que tiene el ánimo de ofender en la creación literaria.
A veces este ánimo se desboca y se convierte en puro odio, lo cual no impide que de ella salga alguna obra maestra. Me viene a la mente Viaje al fondo de la noche, pero seguro que a vosotros se os ocurren muchas más.
En ocasiones, el autor es capaz de ocultar su mala baba, haciéndola brotar de un personaje concreto. Eso sería lo que sucede, por ejemplo, con Ignatius Reilly en La conjura de los necios. En esa genial novela, a diferencia de lo que sucede con la de Céline, el lector no tiene la sensación de que sea el malogrado Toole el que está en guerra contra el mundo. Pues bien, algo parecido nos encontramos en algunas de las novelas que he leído recientemente.
La serie de Lucía, de E. F. Benson, de las que Impedimenta ha publicado Reina Lucía y Mapp y Lucía, ha sido uno de mis mayores placeres lectores recientes y me he zampado las dos novelas, que deben de ocupar setecientas y pico páginas, en menos de una semana. Ambas son un ejemplo perfecto del uso literario de la mala baba. Es difícil imaginar una mayor densidad de rencillas, rencores, celos, envidias, dardos envenenados, cortes de manga mentales y bombas de relojería que la que tenemos en Reina Lucía.
Los habitantes de Riseholme, un pintoresco pueblecito de Sussex donde vive gente acomodada, no tienen trabajo conocido, y en consecuencia están todo el día ocupadísimos, observando o, directamente, espiando el ir y venir de sus vecinos, realizando cursillos de yoga y organizando veladas musicales. No hay momento más glorioso en la vida de los habitantes de Riseholme que cuando se es el primero en enterarse de un cotilleo. Del mismo modo, no hay mayor humillación que ser el último en enterarse. Emmeline Lucas, Lucía para los pocos amigos, es la reina indiscutible del pueblo, pero su poder absoluto no se debe a sus superficiales conocimientos literarios, ni a su habilidad para interpretar una única pieza al piano, ni en su dominio de diez palabras del italiano. Lucía reina gracias a su incontenible vanidad, su hipócrita humildad, su desmedido orgullo, y sobre todo, su desbordante mala leche. Y lo mejor de su mala leche es el modo en que se contagia al lector, que se solivianta con las sucias tretas exhibidas por Lucía para apropiarse de los hallazgos de Daisy Quantock, y se solaza como pocas veces cuando la reina se ve humillada. En Reina Lucía, los poquísimos personajes que no son odiosos son risibles, grotescos o, sencillamente, patéticos, y nosotros nos lo pasamos bomba con ellos.
Nigel Hawthorne como Georgie Pillson, el admirador casi incondicional de Lucía, en la adaptación que hizo la televisión británica.
Señala muy acertadamente José C. Vales, el traductor, en el prólogo a Mapp y Lucía, que lo sorprendente de estas novelas es que en ellas no pasa nada. Se trata, efectivamente, de una serie de episodios hilvanados uno tras otro en los que se decriben los vanidosos jueguecitos de estos insoportables pijos de Sussex. En Mapp y Lucía (que no es la segunda en la serie original; no sé por qué Impedimenta ha decidido publicarlas en este orden) nos encontramos con una Lucía que acaba de enviudar y que decide cambiar de aires y pasar un verano en el pueblecito costero de Tilling. Y allí el lector hará un descubrimiento espectacular: existe una persona más odiosa todavía que Lucía, y es Elizabeth Mapp. De hecho, Mapp es tan detestable que el lector acaba cogiendo un gran cariño a Lucía, que se erige en un personaje con algo parecido a principios y sentido ético. Esta segunda novela gira alrededor del duelo entre la nueva reina de Tilling, Lucía, y la destronada Mapp, y es igual de divertida que la primera.
Y del Sussex de pijos ociosos maquinando vengancitas en la encantadora campiña inglesa, pasamos al Sussex de los páramos apestosos, las plantas ponzoñosas y las familias embrutecidas por siglos de relaciones incestuosas.
En ocasiones, no hay nada mejor que abrir una obra sobre la que se tienen ciertas expectativas, y ver que dichas expectativas no se cumplen en absoluto. Así, enfrascado como estaba en esta fase de novela cómica británica, en la que he leído la "Trilogía de Campus", de David Lodge, seguido de Lucky Jim, para pasar después a las ya mencionadas de Lucía, llegué a La hija de Robert Poste esperando encontrarme de nuevo con una variación sobre el mismo tema, es decir una comedia de costumbres con mucho ingenio y algo de crítica social, pero, al igual que las obras de Benson, una novela bastante inofensiva. Anything but.
Flora es una niña pija y mimada cuyos papás acaban de morir. Vaya incordio, ahora tendrá que buscarse la vida de algún modo. ¿Trabajando? Quita, quita. Lo que Flora quiere es acumular vivencias y material para, a los 50 años, poder escribir una obra como Persuasión, porque ella es que admira mucho a Jane Austen. Así que se pone a escribir cartas a sus parientes lejanos para ver si alguno se apiada de ella y así ella les puede hacer el honor de aceptar su hospitalidad. Y de este modo recala en Cold Comfort Farm, ya que la tía Judith se siente obligada a intentar reparar una antigua afrenta que le hicieron al padre de Flora.
Los personajes en la adaptación de la BBC
Soy un gran admirador de las obras de Thomas Hardy; no he leído mucho a D.H. Lawrence, y con la señora Mary Webb no tengo el gusto. Menciono estos tres autores porque se supone que es de ellos sobre todo de quienes se pitorrea Stella Gibbons en esta gran novela. Lo bueno de la mala leche es que para disfrutar de ella no tenemos que coincidir con la opinión de quien la emplea. Por ello puedo dejar de lado mi admiración por Hardy y admitir que su ruralismo bíblico se presta bastante bien a la sátira. En La hija de Robert Poste tenemos, efectivamente, personajes que parecen sacados de una de esas granjas del ficticio Wessex hardiano. Ahí está Adam, cuya vida gira alrededor de sus vacas y que en lugar de utilizar agua y jabón para lavar las ollas se sirve de zarzales. Ahí tenemos al predicador Amos, que empieza sus sermones de esta guisa:
-¡Ah, miserables, que sois todos unos miserables! ¡Gusanos rastreros!
Y que continúa así:
...Sabéis lo que se siente cuando os quemáis una mano al sacar una empenada del horno o cuando os quemáis con una cerilla cuando estáis encendiendo uno de esos diabólicos cigarrillos... Sí, sí... Quema y se siente un punzante dolor, ¿a que sí? Y entonces corréis para poner un poco de mantequilla en la quemadura y mitigar el dolor. ¡Ah, pero...! -aquí, una impresionante pausa valorativa-, ¡en el infierno no habrá mantequilla!
Si este pasaje os parece una parodia del Retrato del artista adolescente de Joyce, probablemente estéis en lo cierto. Gibbons se ríe tanto de los clichés de la novela rural como de las corrientes intelectuales y literarias de principios de siglo. Freud, Joyce o el cine expresionista, la señora Gibbons no deja títere con cabeza.
Se dispusieron a ver una película sobre la vida japonesa (...). La película duraba una hora y tres cuartos, y contenía únicamente doce primeros planos de nenúfares perfectamente inmóviles en un estanque lleno de verdín, así como cuatro suicidios, todos realizados con extraordinaria lentitud.
Ian McKellen como Amos, el predicador chalado
Asimismo, las referencias a Cumbres borrascosas son constantes, pero me da aquí la impresión de que su burla no es tanto de Emily Brönte como, de nuevo, la ociosidad de los intelestuales que los lleva a elucubrar teorías fantásticas sobre la autoría de las obras de las Brönte. Ejemplo de ello es el personaje de Mybug, que se supone inspirado en D.H. Lawrence, y que afirma que el autor de las obras de las hermanas Brönte fue el hermano Branwell, que escribía para poder comprar ginebra para la borrachuza de Anne. Parece ser también que el personaje de Ada, la abuela loca encerrada en su habitación y que se ha pasado la vida gritando "vi algo sucio en la leñera", no está inspirado en Jane Eyre sino en un personaje de una obra de Mary Webb.
La hija de Robert Poste llega a desconcertar, pese a que desde el primer momento la autora deja muy claras sus intenciones. El prefacio está dedicado a un tal Tony, en quienes muchos han visto una burla de Hugh S. Walpole, paradigma del escritor amanerado e intelectualoide. Le dice Gibbons:
Porque tus libros no son precisamente... de humor. Son más bien registros de intensas luchas espirituales, representadas en los agrestes escenarios de lagos, glaciares o pantanos. Tus personajes son intemporales y elementales, agitados como pajuelas en océanos de pasión.
Y a continuación añade que para ayudar a esas personas que "no siempre están seguras de si una frase es literatura o bien una simple estupidez", en este libro ha procedido a indicar los pasajes que considera más elegantes y literarios con uno, dos o tres asteriscos. El siguiente pertenece a la categoría más alta:
Desde los infraestratos entretejidos y petrificados de subconsciente, los pensamientos del viejo Adam Lambsbreath emergieron en lenta filtración hacia la confusa consciencia del vaquerizo; no como una parte integral y plena de su ser consciente. sino más bien como una emanación impalpable o una aportación crepuscular de la esfera vital...
A Virginia no le hizo gracia la novela de Gibbons. No todo el mundo sabe apreciar la mala leche
Como decía antes, la novela, pese a las advertencias de la autora, llega a desconcertar y está tan bien escrita que no sorprende, como he podido constatar en alguna que otra reseña escrita sin mala leche, que algunos lectores se la tomen muy en serio. En mi caso, no acabo de entender el porqué del futurismo de la obra: La hija de Robert Poste, publicada en 1932, está situada a finales de los años 40 del pasado siglo. Hay referencias a una guerra anglonicaragüense de 1946, hay teléfonos con imagen incorporada, y se habla de Clark Gable como aquel actor, "no sé si se acuerdan", de hace veinte años.
En resumen, una gozada de lectura, una sátira brutal que le tocó las narices a muchos intocables de la época, y, por lo tanto, un tipo de literatura siempre necesaria. Os dejo con otra típica estampa de la vida rural en Sussex:
Es el registro familiar; la abuela lo hace todos los años. Verás... todos nosotros, los Starkadder, somos una gente algo... problemática. Nos tiramos los unos a los otros a los pozos. (...) Es difícil llevar la cuenta. Así que una vez al año la abuela baja y hace una reunión, que llamamos el Recuento, y ella nos cuenta a todos, para ver cuántos de nosotros nos hemos muerto en el último año.
A todos nos gusta leer. A todos nos gusta viajar. Y por eso leer viajando es la hostia, y viajar leyendo ya ni os cuento. A veces, sin embargo, los dos placeres, en lugar de sumar, se multiplican, dando lugar a una experiencia que queda para siempre en nuestra memoria. En mi caso, aunque he viajado mucho y leo bastante, esa feliz combinación indisociable no se ha dado tanto como desearía. He disfrutado muchísimo de los viajes y he disfrutado muchísimo de los libros, pero casi siempre han sido dos experiencias paralelas. Recuerdo, por ejemplo, que en mi viaje a Marruecos leí Middlemarch, de George Eliot, el Pickwick, de Dickens, y la Regeneration Trilogy, de Pat Barker, pero no tengo ni idea de qué leí cuando visité Polonia, México o Bolivia (aunque probablemente sí recuerdo los libros; simplemente en mi memoria no están asociados a aquellos viajes).
En definitiva, esa experiencia lectora casi mística en mi caso se ha dado en las contadas ocasiones en que he dado con el libro acertado, único, para el viaje; ése, y no otro, en el que las calles, paisajes y personas que me rodeaban se fundieron con las palabras, escenarios y personajes de las páginas.
Me pregunto cómo habrá envejecido esta novela, pero sospecho que no muy bien. Wolfe la publicó en el 87, pero a España no llegó hasta dos años más tarde. En casa la compró mi padre, y aquel verano me la llevé conmigo a los EEUU. Tenía yo en aquel entonces 20 años y salía por primera vez de casa, como quien dice. Iba a Estados Unidos para trabajar dos meses en un campamento de verano y pasar luego un mes viajando. Cualquiera que haya visitado Nueva York puede dar fe de que la ciudad causa una impresión difícil de describir. Se trata de un lugar donde uno se siente en casa desde el primer momento, pues en NY nadie es extraño, y tenemos la sensación de que todo nos resulta familiar, de tantas veces que lo hemos visto en la pantalla. No deja de acompañarnos la extraña sensación de que estamos en una película en la que todo es real. Pues bien, imaginad la impresión que le causó a un pardillo de 20 años llegar a la ciudad, en aquel taxi conducido por un vietnamita más ocupado en mostrar el dedo y gritar fuck you! a todo quisqui que en mirar por dónde iba. Hélas, llegados a nuestro destino, vi cómo mis amigos entraban en aquel albergue de la calle 88, lleno de chicos y chicas de todo el mundo, mientras a mí, cosas de la organización, me metían en otro taxi y me despachaban zumbando a la Estación Central, en la calle 42, donde tenía que comprar un billete para ir a las Montañas Catskill (para mí entonces, el culo del estado de Nueva York) y pedirle al conductor del autocar que me dejara bajar en el Red Apple Restaurant (descubro al escribir esto que dicho restaurante era toda una institución en la zona, y que cerró hace unos años), desde donde tenía que llamar al campamento para que me vinieran a recoger. Era de noche ya cuando salió el autocar.
¡Vengan a buscarme, por favor!
Luego me resarcí de aquella triste llegada interruptus a la Gran Manzana, y, después de que me medio-expulsaran del primer campamento y antes de que me asignaran el segundo, pasé tres semanas pateándome la ciudad, los museos, asistiendo a una misa en Harlem, a conciertos en Central Park y saliendo cada noche con gente distinta que conocí en el youth hostel. De lo que viví en el primer campamento, dirigido por un ex-marine de 70 y pico años, y en el siguiente, un campamento cristiano, podría escribir una entrada bastante extensa. Pero lo importante es que, afortunadamente, entre cabañas con nombres indios, lagos, ciervos, mapaches, mofetas y algún que otro oso negro, en todo momento estuve acompañado por las 900 páginas del libro de Tom Wolfe.
La Nueva York que conocí. Creo que no la cambiaría por la de hoy.
En mi campamento trabajábamos con lo que se llamaba "underprivileged children", es decir, niños de familias desestructuradas del Bronx y Harlem, principalmente. Alguno que otro de aquellos niños crecía solo, abandonado por uno de sus progenitores y malviviendo con el otro, drogadicto. Otros eran capaces de hablar del tiroteo en que alguien se cargó a su tío como aquí podemos hablar del partido del domingo. En definitiva, aunque no era la norma y posiblemente la gran mayoría procedían simplemente de familias sin recursos, para todos ellos la violencia formaba, de alguna u otra forma, parte de sus vidas. Y durante mes y medio, ese mundo del que venían, el del Bronx cuando era el Bronx (hoy la cosa ha cambiado mucho y para bien, dicen), ese crisol de razas, y esa forma de hablar ("yo yo yo, mira!" en inglés en el original) me los encontraba tanto en la página del libro como al levantar la vista de él. El mundo de los yuppies no llegué a conocerlo tan de cerca.
Uno de los campamentos en los que trabajé
Decía antes que no sé cómo habrá envejecido La hoguera de la vanidades. Para los que no lo conozcáis, os diré simplemente que durante un par o tres de años fue EL libro de Nueva York, o, cuando menos, el libro que mejor reflejaba aquel fenómeno social que a finales de los 80 alcanzaba su clímax, aquel mundo, el de los yuppies (qué antigua suena la palabra), que se creyeron por un tiempo los Amos del Universo. El protagonista (¿Sherman?, escribo esto de memoria) es un agente de bolsa que lo ha conseguido todo, que está en la cima y bla bla bla, pero un día se pierde con el coche y acaba en lo más profundo del Bronx, donde se mete en un buen lío, momento a partir del cual empieza su caída. Contada así, no es una historia demasiado original, pero la verdad es que el libro está muy bien escrito, y que reflejaba a la perfección la relación entre las distintas capas de la sociedad en aquella época y lugar. Cuando un libro es tan escrupulosamente fiel a un momento preciso de la historia, pueden suceder dos cosas: que alcance la intemporalidad, o que su grandeza sea completamente efímera. ¿Habrá ardido esta obra junto a aquellas vanidades tan ochenteras?
Años más tarde, emprendí un viaje desde México a Colombia. No sé si fue en Oaxaca o en San Cristóbal donde conocí a una chica norteamericana que estaba leyendo un libro enorme, con una portada bastante bonita y con un título muy curioso. La chica se deshizo en elogios hacia el libro, y como parecía saber de lo que hablaba, en cuanto lo encontré en una librería me hice con él.
La larga noche de los pollos blancos transcurre entre Guatemala, donde lo empecé a leer y, creo recordar, Nueva York. Es una novela extraordinaria, una especie de thriller político mezclado con la historia de Guatemala, una exploración de las relaciones familiares y una historia de amor.
Puede parecer cutre, pero el servicio es más eficiente que en otro país que yo me sé
Recuerdo la emoción que me producía leer los capítulos situados, por ejemplo, en el lago Atitlán, en Chichicastenango (¡Chichi, Chichi!, gritaban los conductores en la estación de autobuses), Huehuetenango (¡Huehue, Huehue!), ciudad de Guatemala (¡Guate, Guate!) o Antigua, sitios que yo acababa de visitar hacía apenas unos días. Ciudad de Guatemala es posiblemente la única ciudad del mundo donde he pasado miedo. Salí una tarde a dar un paseo y aunque no vi nada ni nadie sospechoso (en realidad no vi nada, la ciudad estaba sumida en una oscuridad casi absoluta), podía respirarse el peligro. Me volví al hotel y a las 8 ya estaba encerrado en mi habitación con el señor Goldman, quien confirmó lo fundados que eran mis temores. Tampoco es que en el hotel se respirara mucha seguridad. Corrían por él hordas de adolescentes con las hormonas a flor de piel que parecían buscar una habitación vacía para entrar a hacer vete tú a saber qué.
Todavía me acompañó el libro cuando fui a la selva a ver los quetzales (en la cabaña, y dentro de mi mosquitera, había más especies de insectos que en toda la península ibérica, y algunos de ellos, del tamaño de palomas), o cuando en el camión que me llevó a Uspantán conocí a un antiguo guerrillero. ¿Nos habíamos visto antes? Estuve a punto de preguntarle si conocía a Francisco Goldman.
Un año más tarde, hallábame yo una noche tomando el fresco en la terraza de mi hotel en Varanasi, frente al Ganges, cuando un chico italiano se me acercó:
-Perdona, ¿eres español?
Entonces caí. El año anterior, él, yo y unos pocos mochileros más habíamos cruzado en una camioneta la frontera entre México y Guatemala. De hecho, habíamos pasado luego un par de días juntos. En fin, una de esas casualidades de la vida mochilera.
Dicen que la India transforma a todo aquél que la visita. Si conocéis a alguien que haya estado allí, coincidiréis en que volvió muy místico y vestido de una forma mu rara. Y desde luego, con unos cuantos kilos de menos. Pero esa transformación también se debe a que, a diferencia de lugares como Nueva York o Buenos Aires, si viajas solo a la India, pasas mucho tiempo solo. Allí conocí a gente que me confesó que en dos meses habían leído más libros que en toda su vida.
El llamado choque cultural, que hace que algunos viajeros no aguanten allí más de unos días (en mi caso, viajé con un amigo que se volvió a España al cabo de una semana), se debe más a la pobreza que a la cultura (que también). Uno puede (o podía; espero que la situación haya mejorado algo) salir del Hotel Taj Majal, el más lujoso de Mumbai, tras visitar su excelente librería, y cien metros más allá, encontrarse con un bebé cubierto de moscas y llorando al lado de su madre, tendida en el suelo y aparentemente muerta.
Toda una aventura subirse a uno de esos autobuses. Reducen la velocidad, pero no se paran.
Hijos de la Medianoche es un libro que releeré pronto. Cuenta la historia de un chico nacido justo en el momento en que la India conseguía la independencia y me pareció una maravilla, pero aparte de eso, apenas recuerdo nada de él. Me quedan en la memoria un puñado de escenas y sobre todo ese ambiente, esas historias y esos personajes que parecían entrar y salir del libro. Recuerdo la descripción de aquellos minúsculos talleres y tiendas, amontonados unos sobre otros, donde la gente trabaja, come y duerme, situados en Mumbai, Delhi o Varanasi, en callejones con un palmo de barro y orín, con infinitos recovecos y pasajes donde, cómo no, solían encontrarse los albergues más populares. Recuerdo, por poner otro ejemplo, leer las páginas sobre los parsis y su costumbre de dejar que los buitres se coman a los muertos, a quienes dejan en las Torres del Silencio, en Mumbai. Ah, me dije semanas más tarde, ahora entiendo qué era aquel sitio que fui a visitar y en el que no se podía entrar. Era una tarde de monzón, y yo, perdido en algún lugar cerca del Himalaya, donde debí de leer casi 200 páginas de un tirón, volví momentáneamente a la fascinante ciudad de Mumbai. Es curiosa la relación del viajero con Mumbai. Llega uno y piensa que está en el paradigma de ciudad del tercer mundo. Dos meses y medio después de vagar por el país, vuelve a la ciudad y se siente como en Nueva York. Pero en fin, todo esto, que daría para otra entrada, sucedió hace ya muuucho tiempo.
La India, como digo, permite -exige- muchas lecturas, sobre todo si uno pasa allí diez semanas. Son muchas ciudades y pueblos donde no hay absolutamente nada que hacer por la noche, muchas pensiones y hoteles donde no hay más huéspedes que el menda, muchos viajes larguísimos en tren, y muchas horas de espera en las estaciones. Como curiosidad, diré que me había preparado para el viaje con Pasaje a la India, una gran novela que, sin embargo, no me ayudó demasiado a hacerme una idea de lo que me iba a encontrar allí. Por eso, una vez en Mumbai, me compré Malgudi Days, un libro de relatos de R.K. Narayan, uno de los grandes de las letras indias. A diferencia del libro de Rushdie, que leí a continuación, los relatos de Narayan no transcurren en la, no me cansaré de insistir, maravillosa Mumbai, sino en la pequeña ciudad ficticia de Malgudi. Pese a que ésta se encuentra en el sur, adonde no fui, la experiencia de recorrer el Rajastán, Maharashtra o Uttar Pradesh tras haber leído esas historias fue igual de intensa que la posterior lectura de Hijos de la Medianoche. Algunos libros más tarde, le tocó el turno a V.S. Naipaul, que escribió una excelente trilogía de ensayos sobre la India titulados An area of darkness, India: a wounded civilization, e India: a million mutinies now. Los tres son una joya, tanto si conocéis el país como si no, pero hay que decir que Naipaul, que es de Trinidad, aunque de origen indio, es tremendamente crítico con la tierra de sus ancestros. En cualquier caso, estos tres libros los leí hacia el final del viaje, y me ayudaron a entender un poco mejor todo lo que estaba viendo, oliendo, oyendo, comiendo, tocando, respirando, expectorando... El tercer y más voluminoso volumen de la trilogía lo terminé, tras una lectura frenética, en el avión que me trajo a Barcelona de vuelta de uno de mis viajes más inolvidables.
Esta novela tiene un defecto grande, enorme, gigantesco, sumamente irritante y absolutamente irredimible: sus críticos, y en especial los de la subespecie "textos de contraportada".
Vamos a ver. Lucky Jim (en español, La suerte de Jim) es una excelente novela que, además, es divertida. Pero eso no quiere decir que su lectura sea una carcajada continua. Significa, simplemente, que tiene escenas que son divertidas, y algunas, incluso, muy divertidas. No obstante, señores críticos, entre una y otra hay páginas, muchas páginas, que no sólo no nos hacen reír, es que ni se lo proponen. Por eso, cuando uno la lee y se acuerda de ese "uproariously funny", ese "devastating fun" o ese "hilarious send-up", es difícil no sentirse como un tonto. De hecho, nos hicieron leer este libro en mi primer año de universidad, y creo que a todos se nos quedó la misma cara de pasmados. Con los años, la segunda inmadurez y la experiencia de haber salido escaldado, esta segunda lectura ha sido mucho más gratificante.
Amis padre e hijo
Kingsley Amis es reverenciado en Inglaterra como uno de los más grandes novelistas del siglo XX, aunque nunca llegó a tener el prestigio de, por ejemplo Graham Greene, que era, en el año en que se publicó Lucky Jim, el autor más respetado del momento. Amis nació en una familia de clase obrera, pero su buen hacer en los estudios acabaron llevándole a Oxford. Allí se afilió al Partido Comunista y conoció a Philip Larkin. Parece ser que, como persona, Amis fue bastante cabroncete: se casó de penalty con su primera mujer, pese a que había arreglado un aborto clandestino del que se echó atrás al temer por su salud. Fue un adúltero empedernido toda su vida. Pasó de ser un gran bebedor a un borrachuzo irrecuperable. También abandonó el comunismo y abrazó una ideología conservadora que ríete tú de Thatcher. Además se declaró antisemita "moderado". De hecho, creo que le sentaba mucho mejor a don Kingsley el papel de británico antieuropeo, xenófobo, abanderado de save the pound y de la privatización de todo lo público, que el de luchador por una sociedad sin clases. Si la hoz y el martillo fue un capricho, un acto de hipocresía o un compromiso posteriormente traicionado lo confirmará la lectura de Koba el temible, que rueda por casa desde hace meses. Koba el temible es el libro que escribió Martin Amis sobre el modo en que los intelectuales británicos -y sobre todo su padre- abrazaron el comunismo haciendo oídos sordos, cuando no justificándolas abiertamente, a las atrocidades cometidas por Stalin y por quienes lo precedieron. Martin no debió de tener una infancia muy fácil y, aparte de Koba, escribió Experience, una suerte de memorias que me propongo buscar, a ver de qué manera salda cuentas con su progenitor.
Fotogramas de la película (1957)
Publicado en 1953, Lucky Jim supuso una pequeña revolución en el mundo de la narrativa inglesa. En primer lugar, algunos la consideran la primera, o una de las primeras, novelas de campus. Y en segundo lugar, con esta novela Kingsley Amis se reveló, al decir de algunos, como el padre de lo que se daría en llamar los "jóvenes airados", esa generación de novelistas y dramaturgos ingleses desencantados con la intelectualmente estéril y hasta asfixiante prosperidad que trajo la posguerra. Existía, sin embargo, otro movimiento, el llamado "The Movement", liderado por el ya mencionado Larkin y del que Amis era también un miembro destacado. The Movement era un movimiento poético que nació como reacción al modernismo y que abogaba por una poesía más sencilla, convencional y tradicional. No cuesta mucho imaginar al protagonista de Lucky Jim abanderando este movimiento y rebelándose contra la poesía artificial y oscura de algunos de sus contemporáneos. En este sentido, compárese al mismo Larkin con Dylan Thomas.
La de Liverpool es la red brick university original
La historia que nos cuenta Lucky Jim es la de un mediocre profesor adjunto desencantado con su trabajo en el Departamento de Historia de una universidad "de ladrillo rojo" de las Midlands. Jim Dixon, especializado en historia medieval, encuentra en la facultad un ambiente arrogante, pretencioso y, con todas sus ambiciones intelectuales, incluso filisteo. Dixon procede del norte de Inglaterra, tierra de salvajes para los que viven al sur de Londres, y es de familia de clase media baja. Jim prefiere la música pop a la clásica, el pub a los salones, y la gente normal a los académicos. En otras palabras, Jim Dixon, al igual quizás que Amis en la Universidad de Gales, es un intruso en el mundo académico, y no le sientan nada bien la toga ni el birrete.
Dixon está atrapado en una no-relación con una mujer posesiva y neurótica, con la que asume, resignado, que acabará casándose. Es posible ver en esa relación algo vampírica de Margaret hacia Jim un paralelismo con el modo en que el endogámico, cuando no incestuoso, siempre sanguijuelesco y lobotomizante mundillo académico idiotiza, a veces con su colaboración, a tantos jóvenes profesores, con mayor o menor talento, que deciden ingresar en él.
Algunos han querido ver en el libro un cuento de hadas, con su príncipe rana, la princesa, la madrastra y el hada madrina, pero, como muy bien dice David Lodge, el grande de la novela de campus, en su interesantísimo ensayo "Lucky Jim revisited", esa simplificación sería injusta. La historia del triángulo Jim-Margaret-Christine es, pese al carácter algo estereotipado de esta última, bastante más complejo de lo que la etiqueta cuento de hadas nos daría a entender.
En esencia, Lucky Jim nos habla de un antihéroe que se rebela contra la brillante e ilustrada estulticia del mundo académico. A diferencia de otras novelas de los Jóvenes Airados, no estoy tan seguro de que nuestro héroe se rebele contra el destino de su clase. Su discurso de izquierdas no es especialmente sofisticado ("si un hombre tiene diez panes y otro tiene dos...") y, pese a simpatizar abiertamente con la clase trabajadora y detestar la pomposidad de las clases altas, Jim no es precisamente un idealista. Recordemos que su lema personal es "nice things are nicer than nasty things", es decir, las cosas buenas son mejores que las cosas malas. Todo el mundo prefiere tener dinero a no tenerlo. Todos los hombres prefieren una chica guapa a una que no lo es.
No, Jim no se rebela contra el destino de los de su clase social. Y tampoco estoy seguro de que quiera salir de ella. Quizá el verdadero acto de rebeldía de los Jóvenes Airados fue perder los complejos ante los toffs, plantarles cara y ridiculizarlos.
El carácter cómico de Lucky Jim no se debe exclusivamente a los gags, muchos de los cuales son, de hecho, de un humor más simple y "visual" de lo que muchos asocian con el "humor británico". (Sin embargo, como muy bien nos dice Lodge, ese estilo de humor basado en la farsa y en la violación de los códigos de conducta tenía antecedente en Wodehouse, Waugh, dickens y se remontaba a la comedia isabelina). Es sobre todo en el uso del lenguaje que hace Amis donde se muestra el genio cómico de la novela. Con frecuencia Amis va más allá de la simple ironía y nos deleita con perlas de humor negro, con ese sarcasmo tan ofensivo que a los ingleses tan bien se les da, y sobre todo con el brutal contraste entre la vulgar farsa y el lenguaje exquisito que se emplea para narrarla, algo que me ha recordado mucho al inimitable catálogo de frases y citas de Black Adder.
Resulta sumamente significativo que uno de los problemas que acucian a Dixon sea la conferencia que, al principio de la novela, el plasta del Profesor Welch le encarga que escriba y pronuncie. Dicha conferencia debe versar sobre uno de los temas favoritos de Welch, y se trata ni más ni menos que de Merrie England, es decir la Alegre Inglaterra, una especie de arcadia que nunca existió y que encarna los valores quintaesencialmente ingleses de la vida en la campiña, el yorkshire pudding, las hazañas de Robin Hood, los tejados de paja o los cuentos de Beatrix Potter, un mundo idílico reflejado todavía hoy en mantelitos y bandejas para el té, y que se situaba entre la Edad Media y la Revolución Industrial. Con la industrialización del país, el crecimiento de las ciudades, el desarrollo del ferrocarril y la primera gran crisis del mundo rural, la Alegre Inglaterra acabó de irse al carajo, y la nostalgia por aquel mundo soñado y perdido se desbocó en la literatura del romanticismo y en la sociedad victoriana. En esta última, los cuentos para niños, así como las ilustraciones que solían acompañarlos, retrataban a la perfección ese añorado mundo pre-industrial. El Profesor Welch, que, recordemos, es catedrático de historia, le pide a Jim que pronuncie un discurso reivindicando esos valores alegremente ingleses, aquel edén de jardines con fresales y melocotoneros, aquellos salones de té y scones, aquella sociedad de tejones con gafas y comadrejas chaqueteadas, aquellos valores, en suma, entonces amenazados, entre otras cosas, por el gobierno laborista. Pues bien, no os quepa duda de que jamás hubo locomotora traumatizante de vacas, humeante fábrica, mina de carbón ni diabólica spinning-jenny que pusiera fin a Merrie England de manera más bestial y definitiva que la conferencia que Jim Dixon pronuncia hacia el final de la novela y que, de manera irónica, le ayudará, por fin, a tener suerte y "cosas buenas".
Si no eres capaz de cabrear a nadie con lo que escribes, no vale la pena escribir.