jueves, 28 de abril de 2022

HHhH

 


Estoy librando una batalla perdida. No puedo contar esta historia del modo en que debería ser contada. Me doy de cabeza una y otra vez contra el muro de la Historia.

De los más significados secuaces de Hitler, quizá el menos conocido del gran público sea Reinhard Heydrich. No creo que ello se deba a la dificultad de pronunciar su nombre; al fin y al cabo, a todos nos pronunciar mal los nombres raros. Se trata, más bien, de la ausencia de algún rasgo grotesco que le confiera ese carácter icónico que sí tenía, por ejemplo, Himmler, con su aspecto de roedor eunucoide; Göring, galán y héroe devenido bufón; o el odio hecho rostro de Goebbels, conocido sobre todo por sus epígrafes sobre la repetición de mentiras, acuñados unos años antes de envenenar a sus propios hijos.  

Heydrich, por su parte, era más difícil de caricaturizar. Alto, rubio, ojiazul, fornido y atlético, el Carnicero de Praga, como se le conocía (sus otros motes eran El Verdugo, la Bestia Rubia o, en palabras de Hitler, "el hombre con el corazón de hierro), encarnaba el ideal ario, a pesar de que toda la vida le persiguió el rumor de que tenía sangre judía (lo que, a decir de algunos, explicaba el tamaño de su nariz).


Quizá fue por eso por lo que se distinguió en su encarnizamiento contra los judíos, o quizá simplemente fue porque era un nazi. En todo caso, Heydrich organizó, junto a otros, la Noche de los Cristales Rotos y fue uno de los grandes promotores de la Solución Final. En 1941 fue nombrado Reichsprotektor de Bohemia y Moravia (en realidad, era "vice protector", pero el Protector nominal, Neurath, a quien el Führer consideraba demasiado blandito, tuvo que aceptar un permiso y ceder todo el poder de facto a Heydrich). Su misión, "germanizar a las alimañas checas", acabar con la resistencia y garantizar que nada entorpeciera la producción de armas y motores checos, cruciales para Alemania. 

Heydrich se puso manos a la obra, es decir, proclamó la ley marcial, empezó a fusilar a diestro y siniestro, y aquellos a los que no fusiló los envió a campos de concentración. Tenía además el objetivo a medio plazo de vaciar la región de checos, fuera mediante la expulsión o mediante el exterminio, y así conquistar un poco más de ese tan ansiado Lebensraum. Quizá por un prurito de conservar las formas (ya ves tú, a esas alturas), dejaron al checo Emil Hácha en la presidencia, que hizo lo que se esperaba de él, a saber, ser un títere que se prestó a colaborar con la persecución a los judíos. 

Jan Kubiš y Jozef Gabčík, los héroes de la Operación Antropoide

Tan seguro de su poder y tan encantado de haberse conocido estaba Heydrich que se paseaba por la ciudad en un Mercedes descapotable, a menudo sin siquiera escolta. Eso en griego se llama hybris, y es el paso previo a la némesis, que, como sabéis, suele presentarse con abundancia de sangre. Pues bien, a Heydrich le bajó la némesis el 27 de mayo de 1942, cuando culminó la heroica Operación Antropoide.

HHhH, que narra la gestación, planificación y ejecución del atentado, así como sus secuelas inmediatas, se publicó en 2010. Recuerdo haber visto por todas partes esas cuatro haches, que vienen a significar Himmlers Hirn heißt Heydrich, o sea, "el cerebro de Himmler se llama Heydrich", y haber leído alguna que otra encomiástica crítica. Hoy, terminada su lectura, constato que mi norma de no leer jamás libros escritos por ningún autor que se llame Laurent podría no estar del todo justificada. Porque HHhH es apasionante, y consigue, como hacía El hombre que amaba a los perros, que una novela sobre un acontecimiento histórico que sabemos cómo acaba se lea como un thriller.

Esquema de la planificación del atentado

Hace unas semanas hice un viaje a Praga con mi hija. Para prepararme como a mí me gusta, busqué algún libro relacionado con la ciudad. Parecía una elección fácil, con tanto Kafka, Kundera o Hasek como hay por ahí, pero me apetecía más algo que no hubiera leído y que, por una vez, no tuviera una k. Así que, gugleando por aquí y por allá, me encontré con Gottland, del polaco Mariusz Szczygiel. Prometía mucho: un libro de pequeños ensayos, ensalzado por la crítica, que nos cuenta la historia de ese país (bueno, de Checoslovaquia, más bien) a lo largo del siglo XX. Me acompañó a lo largo de aquellos cuatro días, pero lo abandoné en cuanto volví. Todavía lo tengo por casa, aunque no sé si lo retomaré. No acabó de gustarme precisamente por su estilo tan factual y seco que su enorme carga de sutil ironía no podía paliar.  Le faltaba, en definitiva, el elemento que más he apreciado de HHhH: el narrador, que es el fet diferencial de esta novela.

La masacre de Lidice, el pueblo que el ejército nazi arrasó tras el asesinato de Heydrich

Porque la historia de la literatura está llena de novelas históricas ortodoxas. Y como pocas de ellas pueden superar a Yo, Claudio u Opus Nigrum, por poner un par de ejemplos, Binet, que hasta el libro que nos ocupa no había publicado nada, opta por la decisión más sabia: ni molestarse en intentarlo. Así, nuestro amigo tenía que elegir entre escribir una novela histórica tradicional que por fuerza sería interesante (muy mal tendría que hacerlo para hacer de esta gesta una historia aburrida), pero que aportaría poco más que datos ya conocidos y entretenimiento; o adentrarse en la senda del escritor que escribe sobre lo que escribe, un camino poco hollado en la novela histórica y que le permitiría reflexionar sobre aspectos cruciales del género.

El escenario del atentado

Damos por supuesto, entonces, que el narrador de HHhH es el autor mismo (¿para qué se iba a meter en jueguecitos literarios?), y que sus páginas sobre el proceso de escritura se ajustan bastante a la realidad. Así, mientras conocemos a los héroes Jan Kubiš y Jozef Gabčík, entre muchos otros, y seguimos hasta el último detalle la planificación de la Operación Antropoide, Binet entra y sale de la historia, se queja de lo difícil que esto de la novela histórica, e incluso nos habla de su relación con una mujer checa. Aquí tenéis unos ejemplos:

Por supuesto que podría, quizá debería -para ser como Victor Hugo, por ejemplo- describir en profundidad, a modo de introducción, a lo largo de diez páginas o así, la ciudad de Halle, donde nació Heydrich. Hablaría de las calles, las tiendas, las estatuas... 

En el primer boceto, había escrito: 'se embutió en un uniforme azul'. No sé por qué imaginé que sería azul (...) No estoy seguro de si este escrúpulo tiene mucho sentido en esta fase.

Me pregunto cómo Jonathan Littell, en su novela Las Benévolas, sabe que Blobel tenía un Opel. Si Blobel realmente conducía un Opel, me quito el sombrero ante su impresionante investigación. Pero si es un farol, eso debilita toda la novela...

Intentando ahogar a los autores del atentado

Un participante en un forum de internet expresa la opinión de que Max Aue, el protagonista (...) de Las benévolas, "suena a verdad porque refleja su época". ¿Cómo? ¡No! Suena a verdad (para algunos lectores que se dejan engañar fácilmente) porque refleja nuestra época: un nihilista post-moderno, básicamente (...) De repente, lo veo todo claro: Las Benévolas es simplemente Houellebeq en plan nazi.

Como os habréis imaginado, me sentí un tanto preocupado por la publicación de la novela de Jonathan Littell, y por su éxito (...) Lo estoy leyendo en este momento, y cada página me hace sentir la imperiosa necesidad de escribir algo al respecto...

El diálogo en el capítulo anterior es un ejemplo perfecto de las dificultades a las que me enfrento. Desde luego, Flaubert no tuvo esos problemas con Salammbó, porque nadie transcribió las conversaciones de Amílcar, padre de Aníbal.

Esto es lo que pienso: inventarse un personaje con el fin de entender los hechos históricos es como fabricar pruebas.

Mi historia tiene muchos agujeros como novela. Pero en una novela al uso, es el novelista quien decide dónde tienen que estar esos agujeros. Y como soy un esclavo de mis escrúpulos, soy incapaz de tomar esa decisión.

(Todos los párrafos son traducción mía)

El Mercedes de Heydrich después del atentado

Por lo visto, esa presencia constante del autor molesta a algunos lectores, que no toleran esas intromisiones (¿tú te imaginas, dirán, a Waltari interrumpiendo la historia del egipcio para decir "jo, qué difícil es escribir sobre algo que ocurrió hace tres mil años"?), o, quién sabe, quizá consideran que el problema es que quien rompe las normas es un advenedizo como Binet.

Personalmente, es esa frescura y esa cercanía lo que más me ha gustado de HHhH. Binet, como he dicho más arriba, no se propuso escribir una obra maestra, y eso siempre se agradece. Escribe sin pomposidad; sus reflexiones, bien formuladas, no vuelan demasiado alto y su modestia no fingida hace pensar más en un bloguero que en un novelista o historiador. 

El asedio en la Catedral de San Cirilo, cuya cripta los nazis intentaron inundar para hacer salir a los autores del atentado

Curiosamente, del atentado contra Heydrich sabemos más que de otros atentados mucho más recientes cometidos en la presunta era de la información. De él se han hecho varias películas (doña Wiki menciona hasta ocho), entre ellas Antropoide, que vi en cuanto terminé el libro y que me pareció muy buena, con grandes actores, fiel a los hechos, y además filmada en Praga. Aquí tenéis una escena.


No hay viajes suficientes para tanto libro. Uno de mis objetivos al ir a Praga era visitar Terezin, la ciudad convertida en gueto y campo de concentración de la que nos hablaba Sebald en Austerlitz. Lo visitamos y a mi hija le impresionó tanto como a mí. Sin embargo, si hubiera leído este libro antes del viaje, habríamos tenido que añadir a la lista de castillos, catedrales, barrios judíos y casas danzantes unos cuantos lugares por los que el turista no avisado suele pasar de largo. De hecho, existen varios tours especializados en esta historia. Una de las visitas obligadas es, por supuesto, la catedral de San Cirilo y Metodio, donde Kubis, Gabcik y compañía se refugiaron durante varios días, hasta que fueron traicionados por un compañero de misión. Allí fueron sitiados por más de 700 hombres de las SS, que llegaron a emplear mangueras con el fin de ahogarlos. Todo conduce a un final épico como merece esta historia.

Placa conmemorativa a los héroes de la Operación Antropoide

En definitiva, una historia apasionante, un asesinato estupendo y un gran libro.


martes, 8 de marzo de 2022

El Vértigo

 


Cuando uno lee una obra de esas que te absorben, y va tomando notas, y crece la sensación de apabullamiento, no siempre es buena idea, al terminar la lectura, volver al inicio. O quizá sí. El caso es que las primeras páginas nunca son iguales en esa relectura inmediata. Su valor puede haber crecido o puede haber menguado. También puede que te preguntes si no has entendido nada, o si quien no entendió nada fue Evgenia Ginzburg. Pero empecemos por el principio.

Como dice Ginzburg en la primera frase de estas sobrecogedoras memorias, "en realidad, 1937 había comenzado en 1934, y más exactamente el 1 de diciembre de 1934" (ya, no es la primera frase más memorable de la historia de la literatura), o en otras palabras, la Gran Purga, también llamado el Gran Terror, se empezó a desatar con el asesinato de Sergei Kirov, amigo y brazo derecho de Stalin.

El funeral del camarada Kirov

Oficialmente, el asesino de Kirov fue Leonid Nikolayev, un don nadie que, al estilo de Lee Harvey Oswald, un buen día se convirtió en un superhombre capaz de cargarse a la segunda persona más protegida del país. La historia no oficial, la del abrazo del oso georgiano, es bastante más creíble, sobre todo cuando el principal argumento de quienes la niegan es la enorme amistad que unía a Kirov con el Padrecito de los Pueblos.

En todo caso, este asesinato le vino de perlas a Stalin para deshacerse no sólo de todo aquél que pudiera hacerle sombra, sino para poner en marcha la política más represora de la historia hasta aquel momento (luego llegaron los Kim y cosas parecidas). Para ver la señal más clara de ello no hace falta, de nuevo, pasar de la primera página. Cuando recibe una llamada con la orden de presentarse en el cómite regional, Ginzburg nos dice que "el sentimiento de desconfianza con respecto a él [Stalin] lo ocultaba con el mayor cuidado, incluso a mí misma". Y es que la policía del pensamiento ya empezaba a actuar.

Desde el primer momento se supo, o, lo que no es lo mismo, se hizo saber, que el asesino de Kirov era un comunista, o por lo menos alguien que se hacía pasar por tal cuando en realidad era un peligrosísimo agente trotskista. Ello significó que absolutamente nadie estaba a salvo de sospechas, ni siquiera los comunistas con pedigrí proletario afiliados al partido desde antes de la Revolución. De hecho, ellos menos que nadie.

La prisión de Lefortova, en Moscú, donde fue juzgada Evgenia Ginzburg

El arresto de Nikolai Yelvov, compañero de Ginzburg que unos años antes escribió un ensayo que sería criticado por Stalin, hace que el círculo empiece a estrecharse alrededor de la autora. Al fin y al cabo, estaba "relacionada" con Yelvov (habían trabajado juntos), al fin y al cabo, nunca denunció a su compañero (como tampoco hicieron sus acusadores), al fin y al cabo...

En estas primeras páginas, Ginzburg contrapone la crueldad del régimen de terror a la dignidad de los "comunistas auténticos", que deben de ser aquellos que creen que en el paraíso de los trabajadores no se puede arrestar a alguien sin pruebas y que, ante una acusación falsa, la verdad y la justicia prevalecerán. Así, en uno de sus primeros interrogatorios responde a las autoridades:

No tengo culpa de nada (...) Si me imponen una admonición, lucharé hasta que la cancelen.

Las primeras páginas de El vértigo relatan todo el proceso, lento pero implacable, mediante el cual Evgenia Ginzburg de sospechosa pasó a ser culpable, y de ahí a  miembro de un grupo contrarrevolucionario trotskista (no, no me he equivocado en el orden), motivo por el cual fue torturada y condenada a diez años, que se convirtieron en dieciocho, en el Gulag, y que ocupan el resto del libro. Eso es todo, pero estas ochocientas cincuenta páginas de memorias podían haber sido mil doscientas y no perder un ápice de interés. Desfila por ellas una galería de personajes tan grande, que abarca desde verdugos hasta víctimas (una metamorfosis que afectó a miles de personas), desde académicos y científicos hasta prostitutas y asesinos, todos ellos retratados de una manera tan magistral que el conjunto va mucho más allá de ser un fresco de la sociedad bajo Stalin y se convierte en un muestrario de la naturaleza humana en todos sus grados de dignidad, sufrimiento y miseria moral.

La prisión de Butirka, donde Ginzburg permaneció bajo arresto

Como tantos otros comunistas de pro, Ginzburg estaba convencida de que su fe ciega en el comunismo y su carnet del Partido la protegían de cualquier sospecha. Una vez éstas nacen y adquieren pábulo, se convence de que fe y carnet la salvarán de la condena (ésta es la acusación que un editor formulará contra ella más adelante: que sólo se preocupó de las víctimas cuando ella se convirtió en una. Ginzburg lo niega, y en su defensa se remite al capítulo titulado "Mea culpa"). Aún tardará unas páginas en caerse del guindo, pero es interesante observar cómo no toda la sociedad era tan cándida, y cómo hay personas en el 37 capaces de dar lecciones de historia y sentido común a tanta gente de hoy en día que debería leer este libro y prefiere leer twitter. Una de sus compañeras de celda antes del juicio es Nadiezda Derkovskaya, que, como socialrevolucionaria que era, conocía bien tanto las cárceles zaristas como las soviéticas, y que en un momento dado le dice:

Lo siento por usted personalmente, pero no le oculto que estoy contenta de que por fin los comunistas experimenten sobre la propia piel algo de lo que nosotros anunciábamos hace mucho tiempo.

Cuando Derkovskaya, fumadora compulsiva, se queda sin tabaco, Evgenia le ofrece el paquete que ha recibido de su madre. Suspicaz, Derkovskaya pregunta a la secretaria de su Comité Regional si debe aceptar tabaco de una comunista. La respuesta es no. Los cigarrillos se quedan en la mesa y nadie los toca durante toda la noche. 

Permanecí tumbada en el catre central, con los ojos abiertos, y me invadieron los pensamientos más heréticos sobre cuán frágil es el límite entre la rígida honestidad y la más obtusa intolerancia, y sobre cuán sectarias y relativas son todas las ideologías y, en cambio, qué absolutos son los tremendos tormentos que los hombres se infligen recíprocamente.

Ginzburg, su hijo, el futuro escritor Vasili Aksiónov, y su tercer marido, Anton Walter, en Magadán, 1950.

Experimentar las maravillas del régimen en carne propia y en todo su esplendor le abrió los ojos a Evgenia Ginzburg, quien, no obstante, en el momento de escribir El Vértigo, todavía habla de los ya mencionados "comunistas auténticos" que quieran escucharla, y, con los ojos empañados en lágrimas, se alegra de que "en nuestro partido, en nuestro país, reina de nuevo la gran verdad leninista" (estas son las palabras a las que aludía al principio de esta entrada). ¿Recordáis la de mandamases soviéticos que se suicidaron cuando se desintegró la URSS? Pues eso. Parece que es más fácil pasar veinte años en Siberia que aceptar que todo lo que hemos creído era mentira.

Dicho de otra forma, el gulag fue cosa de Stalin, y este libro, en palabras de la autora, no es otra cosa que "una crónica de los tiempos del culto a la personalidad". 

En el tren cargado de periodistas, profesoras y doctoras que la lleva a Kolymá, matan el tedio y el hambre con recitales de poesía. En un momento dado interviene una Olga Orlovskaya. Dice Evgenia:

Me quedé de piedra al oír lo que recitó.

 Stalin, mi sol de oro,

si también me esperase la muerte,

quisiera, como pétalo en el camino,

morir en el camino de mi patria...

(...) Se levantó un clamor terrible. A pesar de todo, por lo menos veinte de la setenta y seis viajeras del séptimo vagón sostuvieron con la testarudez de los maníacos que Stalin no sabía nada de las ilegalidades que se estaban cometiendo en aquellos momentos.

-Son los jueces instructores, esos canallas, quienes lo han inventado todo (...) Hay que escribirle más a él. A Iosif Vissarionovich... Para hacerle saber la verdad. Apenas la conozca, ¿cómo podrá permitir cosas semejantes contra el pueblo?

Ginzburg, ya libre, con su hijo Vasili, su marido Anton Walter, y Antonina, la niña que adoptó en el Gulag

Pero lo cierto es que la pertinacia de Ginzburg en su fe en el Partido no empequeñece su figura.

Ahora, cuando estoy llegando al final de mi vida, lo sé con toda certeza: Anton Walter tenía razón. En cada corazón late un mea culpa, y sólo hay que saber cuándo prestará oído el hombre a esas dos palabras que resuenan en lo más hondo de su ser. 

Durante las noches de insomnio se oyen muy claramente. Esas noches de insomnio en las que, como dice Pushkin, todos «releemos la vida con horror», y nos estremecemos, y maldecimos. En el insomnio, la conciencia no se consuela por no haber participado directamente en los asesinatos y en las traiciones. Porque no sólo mata el que asesta el golpe, sino los que han avivado su odio. De uno u otro modo. Repitiendo irreflexivamente peligrosas fórmulas teóricas. Levantando en silencio la mano derecha. Escribiendo cobardemente una verdad a medias. Mea culpa… Y creo, cada vez más, que dieciocho años de infierno en la tierra no bastan para una culpa como ésta.“

Una de las primeras ediciones de El Vértigo, en 1967

El sentimiento de culpa de la autora es más fuerte que su sed de venganza. En una sociedad donde nadie estaba a salvo, por muy arriba que estuviera y por muchos terroristas contrarrevolucionarios que hubiera desenmascarado, es natural que Ginzburg tuviera más de una oportunidad de regodearse por el castigo final de algunos de los que contribuyeron a su sufrimiento. Sí puede resultar extraño, sin embargo, que sea tan difícil separar el desprecio del agradecimiento a esas mismas personas. Pero en el Gulag todo era posible. Cuando visita a un moribundo Krivitski, el médico que en una ocasión le salvó la vida, éste ignora que ella está al tanto de su actividad como informador secreto, actividad que condujo, entre otras cosas, a la tercera condena de Anton Walter, el hombre del que Ginzburg se enamoró y con quien acabó casándose.

Y fui a verle. Unos días antes de mi visita había recobrado el habla. Balbuceaba, tartamudeaba, pero podía hablar. No cesaba de hablar, en una nueva acusación. Me reprochaba mi negra ingratitud. Si no fuese por él, ¿habría podido sobrevivir en el Curma? Y ahora, cuando él estaba enfermo, ni siquiera iba a verle. Hasta ahora, veinte días después...

¿Qué podía responderle? Explicarle el motivo de mi negra ingratitud acarrearía un agravamiento de su enfermedad. ¿Callarme, entonces? Imposible. Me producía  una confusa sensación de repugnancia, no sólo por lo que sabía de su pasado, sino también por su aspecto actual. Sus ojos turbios, a punto de nublarse para siempre, destilaban aún astucia y mentira. La boca estaba torcida no sólo por la parálisis, sino también por un odio inmenso...

Adaptación cinematográfica de la novela. Le falta algo de grandeza.

Pese a que Ginzburg en casi todo momento abrazó la vida y celebró la condena a trabajos forzados como una bendición, dado su convencimiento de que la esperaba el paredón (en realidad, en la URSS no había paredón; se disparaba a la nuca del condenado), dieciocho años de infierno no son fáciles de digerir por muy vital que sea tu actitud ante la vida. Y curiosamente es la esperanza la que se le clava en el alma como un punzón, y es en la reclusión donde encuentra la salvación moral.

Las personas que han vivido en el Volga durante la época estaliniana y sin ser encerradas en las prisiones, suelen decirnos a veces que han sufrido más que nosotros. Y, en cierto modo, era verdad. En primer lugar -y esto es lo más importante- nuestra suerte nos ha preservado de  caer en un terrible pecado: el de participar, directa o indirectamente, en los asesinatos, en las persecuciones y en los ultrajes a otras personas. (...) La particularidad de nuestro infierno consistía en que su puerta no estaba coronada por la inscripción del infierno del Dante: "Dejad vuestra esperanza, los que entráis". Al contrario: nosotros teníamos esperanza. No nos enviaban a las cámaras de gas ni a la horca. (...) Es verdad que nuestras probabilidades de vivir eran bastante menos numerosas que las de morir. Pero existían, al menos. Aunque evanescente, vacilante como una pequeña llama en el viento, la esperanza estaba en nosotros. Pero cuando existe la esperanza, existe también el terror.

Su trabajo en el Gulag como enfermera salvó la vida a Evgenia Ginzburg

Sé que esto es un lugar común de las contraportadas, pero podemos abrir este libro por cualquier página y quedarnos enganchados con la prosa sólida, clara y sincera de la autora, y con los hechos casi inimaginables (aunque cada día menos) que describe. La descripción de la vida en el Gulag, los personajes de todos los estratos de la sociedad reunidos en un infierno blanco, el aislamiento de un mundo lejano donde estallaba una guerra muy grande; centenares de anécdotas, detalles, reflexiones, alegrías que eran un paso adelante, tragedias que eran dos atrás; el horror cotidiano y los brotes de esperanza que, pese a lo que diga Ginzburg, no siempre era terrorífica; o el regreso a Moscú, veinte años después, descrito en unas páginas memorables. El Vértigo no es una lectura deprimente. Pero no temáis: tampoco es un canto a la vida. Es un gran libro de memorias, es historia, es verdad y es gran literatura.

Recuerdo el día en que murió Franco, y recuerdo ver a mi madre llorar ante el televisor mientras miles de personas pasaban por la capilla ardiente. Estas son las palabras de Ginzburg al hablar de la muerte de Stalin:

Me desplomé en un asiento, con los dos brazos sobre la mesa. Y prorrumpí en violentos sollozos. Se descargó de pronto, toda mi tensión. No sólo la tensión de los dos últimos meses de espera de la tercera detención, sino también la de dos decenios enteros. En un segundo, todo desfiló ante mis ojos. Todas las torturas y todas las celdas. Todas las hileras de fusilados y las innumerables multitudes martirizadas. Y mi vida, mi propia vida, aniquilada por la voluntad diabólica de aquel hombre. Y mi hijo, mi hijo, que había muerto...

Y allá lejos, en alguna parte, en algún Moscú que ahora me parecía menos irreal, había exhalado su último suspiro el sanguinario ídolo del siglo. Y aquello era el más importante de los acontecimientos para los millones de víctimas que aún conservaban un soplo de vida, para la gran masa de los amigos y de los familiares de éstas... Y también, para cada pequeña vida aislada.

Debo confesarlo: yo no lloraba solamente por aquella gigantesca tragedia histórica. Lloraba, antes que nada, por mí misma. Por lo que aquel hombre había hecho conmigo, con mi alma, con mis hijos, con mi madre.

¡Maldito seas, Kolymá!, el canto del Gulag, compuesto por los presos

miércoles, 2 de febrero de 2022

Releyendo Austerlitz


Una chica que conocí me contó un día que no recordaba nada de su infancia anterior a la edad de diez o doce años. En otra conversación, me dijo que había conocido la pobreza de verdad. Venía de un país que no solemos asociar con la prosperidad de sus habitantes, por lo que no puse este dato en cuestión. Me costaba entender, sin embargo, que alguien no guarde recuerdo alguno de los años que, dicen, nos forman como persona y de los que, por lo menos yo, guardo recuerdos indelebles. Como soy un poco lento, tardé en caer en la cuenta de que se trataba de uno de esos mecanismos de defensa mediante los cuales mandamos al cuarto oscuro de la memoria aquellos recuerdos que son demasiado dolorosos para permitirles que nos acompañen.

Vivir con esa desmemoria debe de ser un estado confuso. Quizá bello también: un estado parecido al entresueño, en el que uno no sabe si está donde creía estar, si es la mañana o la tarde, si, poniéndonos cínicos, a quien abraza es su mujer o su amada, o, algo más poéticos, si vive soñando o sueña que vive.


W. G. Sebald era un maestro en ese estilo de entresueño. Como muestra, esta primera, magistral, frase de Austerlitz, que ya desde el primer momento nos sitúa en un escenario de irrealidad e indefinición.

En la segunda mitad de los años sesenta, en parte por razones de estudio, en parte por otras razones para mí mismo no totalmente claras, viajé repetidamente de Inglaterra a Bélgica, a veces para pasar sólo un día y a veces para varias semanas.

En las siguientes líneas, ese escenario de indefinición se acentúa (o se desdibuja) por la acción (u omisión) de las palabras: me parecía, la oscura nave de la estación, esa sensación de estar indispuesto, recuerdo aún mis pasos inseguros, hasta que pasamos la página sobre impronunciables nombres flamencos y pensamientos desagradables, y nos damos de bruces con los ojos de un lemur y un búho, cuya mirada fijamente penetrante el narrador compara a la de algunos pintores y filósofos que, por medio de la contemplación o del pensamiento puros, tratan de penetrar la oscuridad que nos rodea.

Y sigue, creo que me rondaba también por la cabeza la pregunta de si, al caer la verdadera noche, cuando el zoo se cerraba al público, encendían para los habitantes del Nocturama la luz eléctrica...

Yo quiero escribir como Sebald. No soy el único; también muchos escritores de verdad lo han intentado. Claro, a todo el mundo le gusta crear estilo (si es que eso es lo que hizo Sebald), y si no son capaces de ello, retorcer, llevar más lejos el estilo heredado. Pero el estilo tiene que responder a una verdad. Si lo hace, tu apellido se convierte en adjetivo: sebaldiano. Si no, mona se queda. 

Lejos de alaracas estilísticas (algo muy diferente del estilo), Sebald es discreto. Ha encontrado un camino que no sabe muy bien adónde lleva (claro que lo sabe, es un autor magistral y sus libros son obras de ingeniería sencillas y perfectas como las vías romanas, pero permitidme la imagen), y lo que más le gusta es pasearse por él arriba y abajo. Mirad si no estos párrafos iniciales:

En octubre de 1980 viajé de Inglaterra, en donde para entonces yo había vivido durante casi 25 años, en un distrito que estaba casi siempre bajo cielos grises, rumbo a Viena, con la esperanza de que un cambio de lugar me ayudaría a superar una etapa de mi vida particularmente difícil. Sin embargo, en Viena descubrí que los días me resultaban demasiado largos, ahora que no estaban ocupados por mi acostumbrada rutina de escribir y hacer trabajos de jardinería, y literalmente no sabía a dónde dirigirme. Salía temprano cada mañana y caminaba sin rumbo ni objetivo por las calles de la ciudad antigua... (el segundo de los cuatro relatos de Vértigo)

A finales de septiembre de 1970, poco después de ocupar mi cargo en Norwich, conduje hasta Hing-ham en busca de un lugar donde vivir... (De Los Emigrantes) 

En agosto de 1992, cuando los días caniculares se acercaban a su fin, salí a caminar por el distrito de Suffolk, con la esperanza de disipar el vacío que se apodera de mí cada vez que concluyo un tramo largo de trabajo... (Los anillos de Saturno)

Páginas de Austerlitz

Habrá a quien le parezcan repetitivos, que es como decir que los cuentos de hadas son repetitivos porque todos empiezan con érase una vez. Pues el érase una vez de nuestro autor es un dónde y un cuándo algo vagos, seguidos de recuerdo, camino y desplazamiento en busca de no se sabe siempre muy bien qué. Y no sé vosotros, pero a mí esos inicios me parecen maravillosos. 

Es evidente que el tono de esos párrafos nos puede remitir a Proust, pero a mi juicio las similitudes entre uno y otro no van mucho más allá de largos párrafos, constantes digresiones y una escritura cálida y evocadora. Cada uno concibe tiempo e identidad de manera diferente, y basta comparar los títulos para ver qué busca cada uno en sus respectivas obras cumbre.

El despacho de Austerlitz

Pero centrémonos. ¿De qué nos habla Sebald, o, por cerrar esta sebaldiana digresión, de qué nos habla Austerlitz?

Pues de nada nuevo. De hecho, Sebald ya se había ocupado en obras anteriores de los temas alrededor de los cuales gira esta novela, a saber, la identidad, la memoria, la condición de desplazado, la sensación de no pertenencia, o lo que quedó de nuestra humanidad tras los horrores de la Segunda Guerra Mundial. Y a ese respecto, creo haber leído por ahí que dichas obras constituyen una especie de borgiana reescritura continua del mismo texto (Borges era uno de los autores de cabecera de Sebald) que culminaron en la magistral novela que nos ocupa y que, tristemente, es la última que escribió. Personalmente, eso de la borgiana reescritura continua me parece una exageración bastante acertada. Leyendo Vértigo (1990), Los Emigrados (1992) o Los Anillos de Saturno (1994) después de haber leído Austerlitz (2001), uno no puede dejar de sentir que sus obras anteriores son un anticipo de la obra maestra que se avecina. Sin embargo, a diferencia de lo que me ha sucedido cada vez que empiezo a leer a un autor por su mejor obra, con Sebald el resto del camino no se hacía cuesta abajo. 

El Kindertransport. Niños judíos llegan a Londres en 1939

Por lo visto, el germen de Austerlitz fue un documental de la BBC sobre los Kindertransport, como se llamó al traslado a Inglaterra de niños judíos procedentes de Alemania y algunos países vecinos. El documental se centraba en el destino de dos de estas niñas, Lotte y Susi Bechhöfer, hermanas gemelas de tres años, que, al igual que Jacques Austerlitz, fueron acogidas por un pastor bautista galés y su esposa. Las hermanas Bechhöfer crecieron sin saber absolutamente nada de su pasado ni su primera infancia (no pensaríais que la historia que cuento al principio de esta entrada no venía a cuento, ¿verdad?)ni siquiera su verdadero nombre, y sólo de manera muy paulatina y debido a algunas casualidades, empezó Susi a atar cabos y descubrir sus orígenes. No fue hasta su jubilación, en 1987, cuando empezó a investigar en serio. Logró ponerse en contacto con miembros de su familia y supo del terrible destino de su madre: Auschwitz.

Susi Bechhöfer, hija de judía y oficial nazi

Si bien hay algunas diferencias fundamentales entre la historia de Austerlitz y la de Bechhöfer (la de ésta tiene elementos aún más oscuros), el párrafo anterior resume de manera bastante precisa el argumento de nuestra novela. Pero como acostumbra a suceder en la gran literatura, el argumento es lo de menos. Lo que nos maravilla de Austerlitz es otra cosa. 

No lo vio así, sin embargo, Susi Bechhöfer, quien consideró que la deuda que había contraído Sebald con ella y su trágica historia era demasiado alta para obviarla. Por ello intentó que el autor alemán reconociera su biografía como una de las fuentes del texto, a lo que el editor de Sebald respondió con aquello tan bonito que se decía antes de que llegara la hipertextualidad: es una licencia artística. No obstante, Sebald sí mantuvo contacto con Bechhöfer, pero antes de que pudiera aceptar o no cualquier tipo de reconocimiento bibliográfico, murió en accidente de coche. 

El campo de concentración Theresienstadt

Y después de tantos ámbulos, quizá alguien se estará preguntando qué hace a Austerlitz tan grande. Como si yo pudiera saberlo. Hablaba antes de la creación de un estilo tan personal que ha dado pie a su propio adjetivo. Bien, pero por muy personal e intransferible que sea, el estilo no basta como pasaporte a la gloria literaria. Tampoco la creación de eso que llaman un universo propio. Por eso, dejaré la cuestión en manos de gente que sabe más que yo de esto.

Este interesantísimo artículo, sin ir más lejos, nos da algunas de las claves de la obra de Sebald. Entre ellas, destacaré el concepto de los no-lugares, donde transcurre gran parte de Austerlitz. Los no-lugares son, por citar unos ejemplos, habitaciones de hoteles, bares, transportes colectivos, aeropuertos, salas de espera, es decir, "espacios de anonimato" por lo cuales los protagonistas transitan "de un modo impersonal, sin establecer ningún tipo de conexión afectiva, identitaria o de pertenencia". José Carlos Rodrigo Breto, autor del artículo, relaciona dichos no-lugares, pues, con "la pérdida de identidad y el desarraigo de los personajes", así como con una percepción del tiempo distinta y arbitraria (todos sabemos que el tiempo se detiene en una sala de espera).  


Se podrían decir muchas más cosas de Austerlitz. No he dicho nada, por ejemplo, del narrador ni del protagonista. También podríamos hablar del uso de las fotografías, del concepto de "arte encontrado", o incluso del diseño, con ese generoso espaciado de líneas que veo en todas las ediciones. Qué decir de todas las referencias históricas, culturales, zoológicas, filosóficas o arquitectónicas que nos ofrecen las contantes y larguísimas digresiones. Por supuesto, podríamos hablar de la vida del autor, apasionante por lo anodina que parecía, y que estuvo marcada, como para toda su generación, por la guerra. Pero como estoy seguro de que habrá una tercera lectura, quizá lo haga entonces.

W. G. Sebald (1944-2001)


viernes, 31 de diciembre de 2021

Restos de una larga temporada

 


Cuatro años de ausencia bloguera dan para muchas lecturas, demasiadas para reseñar, evidentemente, y también siquiera mencionar. Pero si quitamos aquéllas que no nos gustaron, aquéllas que no nos parecieron especialmente memorables, aquéllas que, sencillamente, no recordamos (cuando este blog entró en hibernación, dejé de llevar un registro de todas mis lecturas) y aquéllas que sí nos gustaron pero qué va a decir uno de ellas, pues nos queda una lista que sigue siendo muy larga.

Paréntesis: en estos cuatro años hemos asistido al nacimiento de una expresión que, al principio me pareció completamente estúpida, pero que, a medida que la gente la utiliza más y más, me parece estúpida a secas: lo suyo. Me refiero a frases como "lo suyo es servir primero los langostinos" o "lo suyo es sacar los polvorones del año pasado". Cierro paréntesis.

No obstante, dado que, para bien o para mal, este 2021 ya se acaba, y que todavía está uno tomando carrerilla para escribir entradas que justifiquen este regreso, lo suyo es hacer una de esas listas que le gusta a la gente, tan fáciles de escribir y de leer. Y lo suyo será hacerla con algunos de los libros que más me han gustado.

Nota: añádase a cada una de las siguientes nanoreseñas un "si no recuerdo mal".


La liebre de la Patagonia, de Claude Lanzmann

De Claude Lanzmann hablamos hace muchos años acerca de su impresionante Shoa. Estas memorias se extienden mucho y bien sobre la creación de esa película, pero también sobre su vida, sus amores, sus rencillas, su actividad en el maquis, y su relación con Sartre y Simone de Beauvoir, entre muchos otros.


En la ciudad líquida

Leer a la Rebón autora da tanto gusto como a la traductora. En este libro reflexiona sobre la traducción, sus viajes, sus autores favoritos. Lo leí este verano y me gustó mucho, pero, dada mi cada vez más enclenque memoria y mi propensión a recordar mejor las atmósferas que los datos, no recuerdo mucho más que páginas muy interesantes sobre Ecuador, San Petersburgo, Sergio Pitol y Nabokov. 


El conde de Montecristo

¡Oh! Esto son palabras mayores, esto es literatura al 200%, esto es volver a ser un catorceañero que se pasa el día tumbado leyendo, esto es vivir un libro con esa pasión que creíamos erosionada por los años. Qué gustazo.


Ronda del Guinardó

Una pequeña obra maestra que no me explico cómo no había leído hasta ahora. Juan Marsé nunca tuvo esas ínfulas literarias tan habituales en otros autores, y supongo que eso hace que, desde la distancia, su obra empequeñezca... hasta que la lees.


La tumba de Lenin

Impresionante libro de David Remnick, que asistió como corresponsal a los últimos años de la Unión Soviética. Me gustan los periodistas e historiadores que se mojan en sus opiniones, y este Remnick acaba empapado.


Historia de mis calles

El nombre del autor, tan normalito, me sonaba, pero no habría sabido decir si de columnista de El País, si de autor de libros de viajes, si dramaturgo o qué. Resultó ser un poco de todo, conocido sobre todo por sus novelas policíacas, género que sólo leo si viene de Alemania para arriba (lo siento, pero ver a detectives tomándose carajillos en el Bar Galicia no me pone). También conoció a fondo las entrañas de la editorial Bruguera. Y de eso habla, entre otras muchas cosas, en estas interesantísimas memorias, un excelente retrato de la Barcelona desde la guerra hasta nuestros días. 


La noche de los tiempos

No me cabe duda de que Muñoz Molina es una persona simpática y divertida. Pero me da la sensación de que, cuando escribe, se transforma y se convierte en una persona carente del más mínimo sentido del humor. Desde El invierno en Lisboa, que leí en mis años de universidad, todo lo que he leído de él tiene un aire más bien tristón que melancólico, de cuarentón desencantado de la vida. Es verdad que escribir sobre los prolegómenos de la Guerra Civil, la contienda y sus consecuencias no da pie a chascarrillos, pero creo que se trata de algo más profundo. En todo caso, estas mil páginas me encantaron.


Testamento de juventud, de Vera Brittain

Qué vida tan desdichada y apasionante tuvo esta señora, hija de familia bien, que decidió trabajar como enfermera durante la Primera Guerra Mundial. Y qué bien la narró.



Ellos: memorias de mis padres, de Francine du Plessix Gray

Unos meses, quizá un año o dos, después de esta lectura, al rememorarla se mezcló en mi mente con los libros de Angelika Schrobsdorff, Tú no eres como otras madres y Hombres, ambos extraordinarios también, y ambos, como Ellos..., publicados por Errata Naturae. Evidentemente, no es difícil confundir dos títulos como Hombres y Ellos, mientras que, por su parte, las memorias de su madre, Tú no eres..., tienen no poco en común con algunas páginas del libro que ocupa estas breves líneas. 

Añádase a la confusión el hecho de que, al igual que me sucedió con el señor Ledesma o la Schrobsdorff, jamás había oído hablar de esta señora. De hecho, ahora mismo no recuerdo muy bien a qué se dedicaba (¿moda, arte?), así que consulto a la señora wiki y veo que fue escritora y crítica literaria. Es igual. Estas memorias son una joya. Desde la Revolución Rusa (su madre, que estuvo prometida nada menos que con Mayakovski, fue una de las miles de personas que huyeron de los bolcheviques y se instaló en París) hasta el mundo del arte en Nueva York, el libro es (si no recuerdo...), entre otras cosas, una sucesión de puñaladas entre cónyuges que ríete tú del Burton y la Taylor.


Siguiendo mi camino

Mauricio Wiesenthal es uno de los últimos especímenes de una especie en extinción. Un hombre de cultura enciclopédica que ha actuado en cabarets, un espíritu tan inquieto como amante de la tradición, bohemio y refinado, un aventurero nato al que imaginamos pasando las noches junto al fuego de una chimenea. En este maravilloso libro nos habla de las canciones que han marcado su vida. Y después de cada capítulo toca buscar la canción en youtube. Se me hizo muy corto. 

Leed a Wiesenthal. Cualquier cosa que haya escrito.


Cualquier otro día, de Dennis Lehane

Un auténtico novelón situado en los años de la Ley Seca, por el que pululan gángsters, contrabandistas de más o menos monta, policías corruptos, jugadores de béisbol, mujeres fatales, sindicalistas de armas tomar, y políticos sin escrúpulos valga la repugnancia, entre otros. Muy buena.



Moonshadow, de J.M. de Matteis y Jon J. Muth

Y qué mejor que esta maravilla para concluir. Desde el primer momento, se convirtió en uno de mis libros favoritos de todos los tiempos. Moonshadow es eso que llaman una obra de culto, es decir, un libro del que el común de los mortales no ha oído hablar, y que fascina sin medida a casi todo aquél que lo lee. Casi. Porque siempre hay alguien que le tiene que ver los defectos, sin darse cuenta de que éstos lo hacen aún más grande. Que si pedante, que si sentimental, que si demasiado texto, que si irregular. Amargados.

Esa gigantesca esfera de rostro malicioso que veis en la portada es una especie de astro o planeta, y el niño que corre la cortina está a punto de embarcarse en la mayor aventura de todos los tiempos: crecer. Es decir, enamorarse, pasar miedo, ver cómo lo putean, lo secuestran, lo condenan a muerte, conocer a reyes y granujas de bajos fondos, vivir otras vidas, leer a los románticos, sufrir, recordar.

Raro, sí, con monstruos puteros que se tiran pedos y chica hippy secuestrada por un cuerpo celestial que la desposará, entre otros delirios. Pero creedme, todo tiene sentido. De hecho, todo es tan real como la vida misma de quien escribe esto. Y las ilustraciones son para enmarcar. 

En fin, me gustó tanto que me da miedo volver a leerlo.

Y con eso queda dicho todo. ¡Felices lecturas!



miércoles, 13 de octubre de 2021

La octava vida (para Brilka), de Nino Haratischwili


Decíamos ayer (aquí, para más señas) que la literatura georgiana, como la tierra de donde procede, es una perfecta desconocida en occidente. Tanto es así que, en las escasas ocasiones en que nos visita, parece que tiene que hacerlo de incógnito o, cuando menos, de manera indirecta. Verbigracia, la novela de hoy, que no fue escrita en la lengua de (poned aquí el nombre de vuestro georgiano universal favorito), sino en alemán. Pero digo yo que un libro escrito por una georgiana, situado en Georgia, y que nos habla de la historia reciente y no tan reciente del caucásico país, puede calificarse de literatura georgiana sin que nadie se rasgue las vestiduras.

Sin embargo, dados nuestros más que escasos conocimientos de la literatura georgiana, si tuviéramos que inscribir esta novela en la tradición literaria del país y buscar los puntos que la enlazan con otros autores georgianos contemporáneos, acabaríamos viéndonos obligados a hacer como los críticos de los suplementos literarios, es decir, salirnos por la tangente y compararla con Tolstoi. Y es que con una saga familiar de la Europa del este y más de mil páginas, si no se te ocurre el nombre de Tolstoi no eres crítico ni eres ná. 

Nino Haratischwili

Nino Haratischwili tiene un concepto de la Historia bastante diferente de la del gran autor ruso. Para éste, la Historia "es un producto de la contingencia, no sigue una dirección y no se ajusta a un patrón". Haratischwili, por su parte, dice que patrón, tiene un rato, y la compara a un tapiz:

"tú eres un hilo, yo soy un hilo, y juntas somos un pequeño adorno, y al juntarnos con muchos otros hilos damos un dibujo como resultado".

Esta imagen, unida a las extraordinarias (que no fantásticas) coincidencias que salpican la novela, nos acerca a algo bastante parecido al Destino, que siempre se ha llevado a cara de perro con la Contingencia.

La propia autora lo explica más claramente en esta interesante entrevista:

«Me he preguntado en profundidad qué es el destino, qué porcentaje de autodeterminación tenemos, y me gustaría trasladar esa pregunta a los lectores, porque yo no hallo una respuesta definitiva. En esos regímenes es muy limitado. En todos ellos encontramos individuos que luchan por abrir su propio camino, pero en la mayoría, y eso lo puedo percibir todavía en mi generación postsoviética, queda un poso de conformismo, de pensar que no merece la pena el esfuerzo porque no se va a conseguir ningún cambio… es un pensamiento muy soviético: el individuo no cuenta."


Kutaisi

Esta historia cuyos individuos no cuentan comienza cuando Brilka, una niña de 12 años en viaje de estudios a Amsterdam con la escuela, decide escaparse y llegar por su cuenta a Viena. Niza, su tía, que es quien nos narra la historia, será la encargada de encontrarla y devolverla a casa. A Niza, que, como la autora, vive en Berlín y tiene su vida hecha, no le hace ninguna gracia tener que en busca de su díscola sobrina, pero no tiene elección. Este incidente reaviva en la narrador muchos recuerdos (trágicos, por supuesto) de hechos que no ha vivido personalmente, pero que han presidido su vida y la de sus antepasados. Y estos recuerdos, al despertar, se imponen a las reticencias de Niza respecto de su sobrina, y por ello, sabiéndose quizá un hilo más del tapiz familiar, decide contarle a Brilka la historia de su familia. Mediante este recurso narrativo, que se me antoja muy poco tolstoiano, la autora enlaza presente y pasado, confiere naturalidad a la primera persona, y se aleja de cualquier esquema decimonónico.

Así que no, por muchos miles de páginas que tenga, y aunque nos cuenta la historia de una familia que es muy infeliz y lo es de una manera muy particular, La octava vida no es Tolstoi. Y ni falta que le hace: es un libro con el que he disfrutado tanto que hasta me he acordado de que yo antes tenía un blog y en él hablaba de libros con desconocidos.

El título de la novela hace referencia a las vidas de ocho miembros de esta saga familiar. Son ocho extensos capítulos centrados en cada uno de ellos, si bien, como es lógico, las respectivas historias no dejan de cruzarse entre sí. Por supuesto, ninguna de estas historias puede escapar a la Historia (que ya sabemos lo que eso significaba en la URSS) ni puede evitar ser devorado por ésta. 

Kutaisi, en los años 1910-20

Niza, pues, se sumerge en el pasado familiar y emerge en la ciudad de Kutaisi. Estamos en los albores de la Revolución Rusa, cuando Stasia, la bisabuela de la narradora, conoce y se enamora de Simón, teniente de la Guardia Blanca y amigo del padre de ella, reputado maestro chocolatero. Este hombre, próspero empresario y hombre de gran cultura y reconocimiento social, posee una receta mágica para preparar el chocolate a la taza, receta que consiguió unos años antes, durante un viaje que hizo por Europa para aprender de los grandes chocolateros de Viena, París o Budapest. 

Aparte de la presunta presencia de Tolstoi, críticos y varios blogueros coinciden en que La Octava Vida bebe, por decirlo de una manera cursi, de las fuentes del realismo mágico. Servidor ya pasó el realismo mágico, como uno pasa las paperas y el sarampión, así que no me asustó la posibilidad de exponerme a él, siempre que fuera a pequeñas dosis. Y las dosis son, efectivamente, despreciables. De hecho, sólo se me ocurren dos elementos de esta novela que vagamente se pueden relacionar con el realismo mágico: uno de ellos es la relación que tiene Stasia con los fantasmas de la familia. Pero como todo el mundo sabe, los fantasmas existen, así que ese argumento no me vale. El otro, que sí es más convincente, es esa receta para chocolate a la taza que vuelve loco a quien apenas huela su aroma, y que tiene consecuencias invariablemente nefastas para todo aquél que llega a paladearlo. Este chocolate aparece cada vez que el tapiz necesita cortar un hilo, y es, pues, una de las imágenes recurrentes de la historia. A mi juicio, sin embargo, se trata más de una simple metáfora más o menos conseguida que de un elemento de realismo mágico. En todo caso, yo podría haber prescindido completamente de las descripciones de la preparación del chocolate, que en ocasiones se acercan peligrosamente a aquella cursilada mexicana que en su día, hace ya casi treinta años, tanto nos gustó. Ya sabéis:


La Revolución de 1917 se lleva al teniente Simón a San Petersburgo, y empieza así a tejerse el tapiz, repleto de imágenes de nuestros héroes y su descendencia, así como de una impresionante pléyade de personajes secundarios cuyas vidas se ramifican en incontables historias, la más efímera de las cuales daría para una pequeña novela. Entre los personajes principales tenemos a Kostia, hijo de Stasia y Simón, un bolchevique hasta la médula que al final de sus días tendrá que ver con impotencia lo que acaba haciendo Gorbachov con su soviética unión; a Kitty, su hermana, que tras una experiencia atroz intentará rehacer su vida en el extranjero; tenemos a Christina, hermanastra de Stasia, cuya arrolladora belleza le permitirá codearse con los chacales más destacados del Partido. Entre los secundarios podemos destacar a Alania, el niño bastardo que llegará a ser un poderoso hombre en la sombra; a Misha Eristavi, el estudiante que prepara una "pequeña sublevación cinematográfica"; a Thekla, el verdadero amor de Kostia; a cualquiera de los sufridos pretendientes de su hija y su nieta, o a tantos y tantos otros cuyos nombres hoy, dos meses después de la lectura, no puedo recordar. Entre ellos se reparten un calvario de guerras, traiciones, torturas, mutilaciones, venganzas y todo tipo de altas y bajas pasiones, sin llevar al lector en ningún momento al terreno del melodrama. Sólo en un par de ocasiones la autora se acerca peligrosamente al barranco del sentimentalismo, pero no llega a caer, porque Haratischwili no será Tolstoi, pero tampoco es Isabel Allende.

La Plaza Yereván de Tiflis, 1917

El relato fluye, el tiempo pasa, pero siempre sabemos en qué momento preciso de la Historia nos encontramos. Aparte de los grandes acontecimientos que abrían aquellos telediarios de antaño, como guerras, congresos del PCUS, y la muerte a plazos de la gerontocracia soviética, la narradora va salpicando el relato con referencias a algunos de los hitos de la cultura popular del siglo XX, cuyos ecos llegaban, a pesar de todo, a la pequeña ciudad de Kutaisi: el año en que se estrenó Porgy and Bess, el del combate de Muhammad Ali contra George Foreman o el de la publicación de un álbum de Lou Reed. Y así, entre cantos de occidente y gritos desde Moscú, desfila ante nosotros buena parte de la historia de la Unión Soviética, desde su violenta concepción hasta su relativamente (piénsese en lo que podría haber sido) plácida y lenta agonía, marcada aquí y allá por conflictos en unas repúblicas que no veían la hora de mandar a Marx y Lenin a tomar un café.

Mención aparte merece uno de los personajes.

El sádico sexual Laventri Beria, el "Pequeño Gran Hombre", con el Generalísimo al fondo

En un estado totalitario, por definición, no existe la vida privada. Todo pertenece al estado, que es un modo de decir, todo pertenece al Generalísimo y sus compinches. Y es en la imbricación de la Historia (o el Poder) con las historias (o los súbditos) donde brilla especialmente el talento narrativo de la autora. Aunque, bien mirado, cuando se trata de un monstruo como Lavrenti Beria, esa imbricación quizá no resulte tan difícil.

Beria, a quien en la novela conocemos como el Pequeño Gran Hombre, y que, como el Padrecito de los Pueblos, era georgiano, fue el jefe de la policía soviética y del NKVD, o sea, uno de los personajes más siniestros del siglo XX, responsable, entre otras lindezas, de la masacre de Katyn. Pero aunque le encantaba matar, no era ésa su única afición. Se le atribuyen centenares de violaciones, y se dice que los límites de su depravación están aún por conocerse. En 2003, durante unas obras en la embajada de Túnez en Moscú, situada en la antigua mansión de Beria, aparecieron huesos humanos. 

Si el ciudadano soviético vivía con el miedo al golpe en la puerta en mitad de la noche, al coche negro, a que su vecino o compañero de trabajo le hiciera el vacío, inequívoca señal de la inminente condena, las mujeres, además, (inclúyase aquí a las niñas), vivían con el terror de que Beria se fijara en ellas. Nuestro Pequeño Gran Hombre gustaba de salir en su coche a la caza de mujeres, a las que secuestraba, invitaba gentilmente a cenar, y luego violaba. Y esta afición juega un papel muy importante en nuestra novela.

Tiflis, 1947. Fotografía de Robert Capa

En la entrevista que menciono más arriba, la autora señala que tenía la intención inicial de contar la historia de una familia durante el final de la era soviética. Pero, como todos sabemos, la Historia tiene esas cosas: se da uno cuenta de que este personaje no se entiende sin aquella invasión, esa invasión no se entiende sin esa boda, esa boda no se entiende sin esa matanza, y esa matanza no se entiende sin aquel encuentro fortuito. Y así, en un afán de iluminar cada retazo del tapiz, Haratischwili se tuvo que remontar en el tiempo hasta recalar en un comienzo que, forzosamente, será arbitrario.

Yo, la verdad, le habría dado permiso para remontarse otro siglo, porque esta novela tiene todo lo que me gusta: muchas páginas, Historia, crueldad y nombres raros.

En definitiva, un novelón con el que me lo he pasado pipa.




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