jueves, 17 de marzo de 2011

Contrato con Dios, de Will Eisner


Cuando uno echa un vistazo a las ilustraciones de Will Eisner, tiene la sensación de que se reencuentra con un viejo amigo. Cuando menos, su estilo nos resulta muy familiar. Y es que, aunque yo no había leído nada de él, Eisner (1917-2005), que colaboró en todo tipo de publicaciones (llegó a hacer ilustraciones para el Pentágono),  era un dibujante de los de "la vieja escuela". Entre sus creaciones, destaca Wonder Man, que empezó a publicarse unos meses después del primer Superman (y por el que de hecho su editor fue acusado de plagio), y The Spirit, personaje histórico del comic norteamericano.
Nos cuenta Eisner en el prefacio que a finales de los 70, inspirado por artistas gráficos experimentales de los años 30, se propuso crear una obra literaria gráfica "seria", y que fue él quien acuñó el término "novela gráfica", con el fin de intentar venderle el proyecto a una gran editorial. Ninguna se interesó en aquel momento, aunque desde que por fin fue publicada, hace 27 años, no ha dejado de reeditarse.


Contrato con Dios, trilogía formada por el libro que da título al volumen, además de Ansia de vivir y La avenida Dropsie, está basada en recuerdos y experiencias del autor, y nos cuenta la vida en un bloque de pisos del número 55 de una avenida imaginaria del Bronx.
Es un libro extraordinario desde todos los puntos de vista. A nivel artístico, Eisner es sin duda un maestro. Os recomiendo este enlace (en inglés), donde se analiza el carácter innovador de Eisner en la composición de algunas de las mejores páginas de esta obra.
Y en cuanto a la calidad literaria, creo que está a la altura de los mejores escritores norteamericanos del siglo XX.

Eisner, hijo de inmigrantes judíos, retrata con absoluta maestría el crisol de culturas (de momento he conseguido evitar la palabra "multiculturalidad", ¡bien!; a ver si consigo evitar también "novela coral") que ha sido desde siempre la ciudad de Nueva York. No sólo eso, sino que incluye también fabulosas epopeyas históricas, desde la de los judíos que huyeron de los pogromos en Ucrania, hasta la historia de 100 años del Bronx, como hace en la tercera parte de la trilogía.
Algunas historias están sin duda influidas por mi admiradísimo Isaac Bashevis Singer, que retrató como nadie el mundo de los judíos instalados en la Gran Manzana tras el holocausto. Como en las obras del gran escritor nacido en Polonia, está ahí el hasidismo, está la relación devoción-odio del hombre hacia Dios, y está, en resumen, los restos de la cultura y la vida en el shtetl desplazados a un bloque de pisos de Nueva York. Sin ir más lejos, la primera historia, "Contrato con Dios", así como "Izzy. La cucaracha y el sentido de la vida" (ved aquí un interesante análisis de esta historia), obras maestras las dos, podrían haber sido escrita por el mismo Singer.


Otro de los grandes novelistas que, a mi parecer, influyeron en Eisner fue Bellow, sobre todo el de Las Aventuras de Auggie March. En Ansia de Vivir y sobre todo en La Avenida Dropsie tenemos el mundo de los pillos, la vida durante la Ley Seca, la caída y el auge de tanto listillo y tanto ingenuo en la Gran Depresión, la corrupción en todos los estratos de la sociedad, y el poder de la mafia.
Hay que decir que, si bien todas las historias que componen los dos primeros libros de la trilogía son magistrales, el tercero, La Avenida Dropsie, compuesto de una sola historia, que corre a ritmo de vértigo, que nos presenta a una buena decena de personajes inolvidables, y que, como he dicho antes, nos muestra la historia de una calle del Bronx a lo largo de los últimos cien años, es absolutamente maravillosa y una auténtica obra maestra de la novela gráfica.

domingo, 13 de marzo de 2011

Peter the Great, de Robert K. Massie


Los anglosajones saben escribir libros de historia. Los españoles, no. Ésa es la triste verdad. Hace algo más de un año empecé a leer lo que se supone que es la historia de España más accesible y popular, Breve Historia de España, de García de Cortázar, y ahí está el punto de lectura, entre las importaciones de Tartesos y los utensilios de agricultura de la época.
Robert K. Massie, por el contrario, tiene un poder especial: el de convertir a sus lectores en rusófilos empedernidos. Conmigo, la verdad sea dicha, salía con ventaja, ya que a mí la rusofilia me viene de lejos (en otra vida fui un poeta de cuarta fila del círculo de Pushkin).  
¿Cómo lo consigue? Tomen nota de la receta, historiadores patrios: el secreto de Massie consiste en centrarse en un tema o personaje de indudable atractivo, ser prudente en las dosis de erudición, combinar la "gran" Historia con las historias personales, saber aderezar el relato con el punto justo de cotilleos y morbo, y escribir con elegancia, claridad y sin florituras. El resultado: Peter the Great me ha hecho disfrutar de lo lindo en todas y cada una de sus casi 1.000 páginas. Grande grandísimo libro de historia.

Pedro el Grande, de Valentin Serov

Aparte de medir dos metros, Pedro fue Grande sobre todo por un motivo, a saber, haber sacado a Rusia del medievo y situarla en la Europa del siglo xviii.
En efecto, el país que le dejó su padre el zar Alexis I era todavía la Rusia de los boyardos, dominada en todos los aspectos de la vida por la religión ortodoxa, donde la mujer era propiedad del hombre, y el hombre, a su vez, estaba obligado a llevar barba; una Rusia formada de campesinos (léase siervos), nobleza, con el zar a la cabeza como máxima autoridad, e iglesia, que, a diferencia de la de otros países, no tenía el más mínimo interés en conservar, transmitir, o tan siquiera poseer los tesoros de la cutlura clásica, que rechazaba cualquier influencia extranjera como si fuera el demonio, que se dedicaba a pontificar sobre cuántos dedos había que emplear al santiguarse y que por semejante nimiedad montó, literalmente, un cisma.

La Duma de Boyardos, o un consejo de ministros de la época

Y aparece en escena nuestro Pedro, a quien, desde luego, no le pusieron fácil el acceso al Monomakh, la corona de oro. La rivalidad entre las familias de las dos esposas de Alexis I, los Miloslavsky y los Naryshkin culminó en la rebelión de los streltsy (el cuerpo militar de élite), que se convirtió en un auténtico baño de sangre, del que salió vencedora Sofía, hija de la primera esposa de Alexis. Pedro era hijo de la segunda, Natalia Naryshkina. 
Años más tarde, el descontento por el trato que se les brindaba, y por las innovaciones de un zar que llevaba tres años viajando de incógnito por Europa para aprender a construir barcos, condujo a una nueva rebelión de los streltsy, rebelión que, en este caso, fue su perdición.

La mañana de la ejecución de los streltsy, de Vasily Surikov

La historia de Pedro no tiene desperdicio, desde sus juegos con soldados, armas y hasta regimientos de verdad, hasta sus decretos por los que se prohibían las barbas (aunque luego se podrían lucir, previo pago del correspondiente impuesto sobre barbas), pasando por la Gran Embajada ya mencionada, es decir, los años en que se fue de viaje por Europa para aprender todo lo que no había podido aprender en su odiado Moscú. Se dice, por cierto, que este odio a todo lo que representaba la ciudad, es decir la superstición, la tradición irracional y, en resumen, la oscuridad del espíritu medieval, fue lo que le impulsó años más tarde a fundar, en medio de una inhóspita marisma, la ciudad de San Petersburgo. Historia épica donde las haya.

Sofía Alekséyevna, hija de Alexis I, recluida en el convento de Novodevichy (Iliá Repin)

La Gran Embajada fue el primer paso hacia la apertura de Rusia a occidente. Pedro no sólo adquirió conocimientos de navegación, carpintería, relojería, arquitectura, sino que contrató a expertos en todas las materias para llevarlos a Rusia y que contribuyeran a la modernización del país.

El alzamiento de los streltsy de 1682 (Nikolai Dmitriev-Orengbursky), en el momento en que Natalia Naryshkina muestra al zarévich Iván V a los streltsy, dado que corría el rumor de que había sido asesinado.

Pero el momento decisivo, o quizá habría que decir la época decisiva, en el reinado de Pedro I fue, sin la de la Gran Guerra del Norte, en la que se vieron implicados, entre otros, Dinamarca, las provincias bálticas, Polonia, y sobre todo Rusia y Suecia, el otro gran Imperio de la zona. Vaya pedazo de personaje era también Carlos XII de Suecia. Se merece el solito otro libro entero para él. ¡Qué reyes los de aquellos días, capaz de morir de un disparo en la sien, en la trinchera junto a sus tropas! 

Carlos XII de Suecia, o lo que le pasa a un rey que se empeña en luchar junto a sus tropas.

Capítulo tras capítulo, batalla tras batalla, enmedio de turcos, suecos, tártaros, cosacos, con episodios como el del kalabalik, donde cientos de soldados del ejército turco atacaron al rey de Suecia, que, con un puñado de hombres, se defendió con éxito; o con batallas como la de Poltava, probablemente tan crucial para el destino de Europa como lo fue la de Waterloo, vamos pasando las páginas, una tras otra, fascinados.

Eudoxia Lopukhina, primera esposa de Pedro el Grande, a la que éste despreciaba y acabó por encerrar en un convento, lo que, a todos los efectos, tenía validez como divorcio.

El zar no había cumplido los diecisiete cuando lo casaron con Eudoxia Lopukhina. Por el bien de la sucesión, hijo mío. Vale mamá, ¿puedo ir a jugar ya con mi ejército? Pero ya le habría gustado a Eudoxia que la indiferencia hubiera durado para siempre. Porque diez años más tarde, harto de esa mujer sosa, sumisa y educada en los valores más tradicionales de la vieja Rusia, Pedro la recluyó en un convento. 
La zarina le había dado tres hijos, pero sólo uno de ellos, Alexis, tuvo la mala fortuna de salir adelante.
Con el tiempo, Pedro se casó con Catalina, en otro acto que demuestra la importancia que tenían para Pedro las tradiciones. 

Catalina I, de Jean-Marc Nattier. De hija de campesino a emperatriz.

Catalina era hija de un campesino lituano, probablemente de extracción católica. Cuando su padre murió, fue acogida por Ernst Gluck, pastor luterano. La chica creció, se desarrolló y, según se dice, la señora del pastor, curándose en salud, la animó a casarse con un soldado sueco que pasaba por allí. Según otras fuentes, de hecho llegaron a casarse. El caso es que toda la familia Gluck fue apresada por los rusos, aunque el mariscal Sheremetev aceptó la propuesta del pastor, hombre culto y de lenguas, y lo envió a Moscú para a servir al zar como intérprete. La chica, no obstante, entró a formar parte del servicio doméstico de Sheremetev, uno de los hombres de confianza del zar. Así que un día los dos se vieron, se gustaron y ocurrió lo que tenía que ocurrir.

Carlos XII y Mazeppa tras la batalla de Poltava, de Gustav Cederström. Mazeppa, atamán de los cosacos, cambiaba de bando con una facilidad pasmosa.

La historia de Alexis es de auténtico culebrón. Cabe imaginar que el chico, educado por su madre, no veía con muy buenos ojos al hombre que con tanta crueldad trataba a ésta y que acabaría por arrancarlo de sus brazos para siempre. Así, desde el primer momento, Alexis parecía destinado a ser más un rival de su padre que un sucesor. A ello contribuyó en gran medida la educación que se le proporcionó, primero a cargo de su madre y posteriormente de boyardos y sacerdotes, así como las amistades de que se rodeó. En honor a la verdad, sin embargo, al joven zarévich la corona no le atraía demasiado. Al contrario de su padre, Alexis era un hombre de inquietudes intelectuales, aficionado a la lectura y a la vida contemplativa, y no dado en absoluto a la acción. 
Se casó con la princesa alemana Carlota Cristina, y aunque al principio todo fue bien, Alexis no tardó en entregarse a la bebida y maltratar verbalmente a Carlota. Cuando esta murió, tras su segundo parto, Alexis dejó de ocultar su relación con Afrosina, prisionera finlandesa que había entrado en el servicio doméstico de su profesor. ¡Caramba, como está el servicio! solían exclamar las zarinas. 

Pedro I interroga a su hijo el zarevich Alexis (N. N. Ge) sobre quién le ayudó a escapar con su amante a a Viena y pedir protección al emperador Austriaco. 

En vista de que el heredero al trono se tomaba su glorioso destino a la ligera, Pedro decidió darle un ultimátum. O aprendes a comportarte como corresponde a un zarévich, o te aparto de la sucesión. Craso error. Alexis se dijo la ocasión la pintan calva y decidió renunciar a la corona.
No tan rápido, respondió Pedro, que empezó a sospechar de su hijo y de sus malas amistades. ¿Cómo se puede renunciar al trono con tanta facilidad? ¿Qué estarían tramando? Así que decidió darle un segundo ultimátum a su hijo. O te ganas la corona, o te haces monje. Eso ya le hizo menos gracia a Alexis. No había otra solución: coge a tu chica y pon pies en polvorosa. 
Los agentes de Pedro comenzaron entonces a seguir la pista del zarévich en una investigación, persecución y ejercicio de persuasión que no tendría nada que envidiar a la caza de disidentes por parte del KGB. Las consecuencias de esta aventura, para los implicados y para aquéllos a quienes Alexis se vio obligado a implicar, fueron desde fatales hasta funestas, pasando por horrorosas, monstruosas y atroces.
Y con este asunto liquidado, Pedro pudo dedicarse de lleno a concluir la guerra contra Suecia, proclamarse Emperador de todas las Rusias, dejar a la iglesia ortodoxa sin poder terrenal, y administrar su gigantesco imperio. 

Pedro el Grande en su lecho de muerte, de Ivan Nitkin

Y apenas he contado nada. Este libro es una maravilla. ¿Por qué no podemos tener historiadores así en España?
Afortunadamente, me está esperando otra Grande, Catalina II, de Henri Troyat. Y ya estoy pidiendo en amazon Nicolás y Alejandra, del mismo Massie. Y menos Real, pero igual de fascinante, pronto les hincaré el diente a la biografía de Tolstoy, de A.N. Wilson, y a los años mozos de Stalin, de Simon Sebag Montefiore.

lunes, 7 de marzo de 2011

Un hombre que duerme, de Georges Perec

Cuando una novela está escrita en segunda persona, sabes que el protagonista no muere al final. Naturalmente, esa falta de intriga sobre el desenlace repercute en el tedio que nos produce la lectura. A veces, ese tedio es absolutamente irredimible (pienso ahora en la indescriptiblemente pretenciosa La Montaña del Alma, de Gao Xinjian, o en La Sra. Caldwell habla con su hijo, de Cela, infumable desde que la empiezas hasta que la abandonas -no se conoce el caso de que alguien la haya podido acabar). En otras ocasiones, el tedio se erige en uno de los protagonistas de la historia, como sucede con El hombre que duerme, mi primer Perec, autor que, a juzgar por esta novela, sabe como pocos transformar el tedio en fascinación. Tanto es así que fue terminarla y volverla a leer.

Novela cumbre de la "literatura Bartleby", se nos dice en la contraportada. Bueno, pues ya tenemos un nuevo género literario. Para mí, sin embargo, la novela pertenece a otro género, casi tan viejo como la literatura misma, y uno de mis favoritos. Se trata, cómo no, de la "novela de puntas dobladas", aunque también está influida por la "novela de párrafos marcados con lápiz". Porque al cansino cliché sobre la maestría y el genio que el lector encontrará en cada página, en cada párrafo, en cada línea y en cada palabra, Un hombre que duerme está bastante cerca de hacerle justicia. 


Un estudiante de sociología decide un buen día no levantarse de la cama, no ir a hacer el examen, y no contestar a las llamadas de sus amigos. ¿Qué lo mueve a tomar esa decisión de apartarse de la vida, de, por así decirlo, dejar de hacer y quedarse en el ser, o más exactamente, en el mirar? No sabemos exactamente de dónde le viene la revelación, si es que ha tenido alguna, o cuál ha sido la gota que ha colmado el vaso, aunque nos da la impresión de que "ha visto la luz."
Con un dominio de la ironía y la paradoja pasmoso, el autor nos muestra esta visión desde las primeras líneas:

Apenas cierras los ojos, la aventura del sueño comienza. A la penumbra conocida de la buhardilla, volumen oscuro cortado por detalles...

Así entramos en una descripción de la oscuridad, donde, con un detallismo agotador, nos sumimos en una negritud casi absoluta, repleta de formas intuidas, líneas verticales y horizontales, volúmenes y superficies.

...como si, más precisamente aún, la contracción que ejerces sobre el trazo de tus cejas cuando cierras los ojos tuviera el efecto de modificar la inclinación del plano en relación con tu cuerpo...

Nos introducimos en un mundo inundado de banalidad y materialidad, un mundo en el que nuestro cuerpo es una pieza más. Así, nos hemos despertado convertidos en nosotros mismos, y esta revelación de nuestra banal monstruosidad o monstruosa banalidad nos la trae inevitablemente el eco de Kafka.

Lo que te perturba, lo que te conmueve, lo que te da miedo, pero que a veces te entusiasma, no es lo repentino de tu metamorfosis, es, al contrario, justamente el sentimiento vago y pesado de que no se trata de una metamorfosis, de que nada ha cambiado, de que siempre has sido así, incluso aunque no lo supieras hasta hoy...

Pasado un tiempo, el protagonista visita a sus padres en el campo, visita que ni reconforta ni deja de reconfortar al protagonista. Apenas habla con ellos y los ve sólo en las comidas. Tan sólo la naturaleza le ofrece... ¿el qué?

He ahí la naturaleza que te invita y te ama (...) El paisaje te inspira poco, la paz campestre no te onmueve (...) Sólo te fascina de vez en cuando un insecto, una piedra, una hoja caída, un árbol: a veces permaneces horas mirando un árbol, describiéndolo, analizándolo (...) Te parece que podrías pasarte la vida ante un árbol, sin agotarlo, sin comprenderlo, porque no hay nada que comprender, sólo que mirar...

El ojo es otro de los protagonistas de la novela, algo que hay que relacionar con el punto de vista elegido por Perec. El punto de vista lo es todo. Su elección no puede ser gratuita. No se puede elegir la segunda persona para pretender dar más enjundia a la historia, ni con fines experimentales, porque lo único que conseguirás será quedar como un pomposo pedante y aburrir a todo el personal. Pero en esta novela, donde los papeles de observador y observado, lector y leído, ojo y mundo se intercambian de principio a fin, la segunda persona se antoja inevitable. En otras, no llega ni a fuego de artificio.

No eres más que un ojo. Un ojo inmenso y fijo que lo ve todo, tanto tu cuerpo arrellanado como a ti mismo, observador observado, como si se hubiese girado completamente en su órbita y te contemplase sin decir nada, a ti, al interior de ti...

Y así sigue lo que tiene de historia esta historia. Hasta que, hacia el final,

En un día como éste, algo más tarde o más temprano, todo vuelve a empezar, todo continúa.

Como ya he dicho, en cuanto terminé el libro volví a leerlo desde el principio. Y ahora que escribo esta reseña y vuelvo sobre los párrafos marcados, sobre las páginas con las puntas dobladas, y sobre lo que no marqué, me maravilla más y más esta novela. Perec es capaz de reflejar con absoluta maestría la paradoja sobre la imposibilidad de llegar a otro ser humano, a pesar de que (o precisamente por ello) hemos salido de nosotros mismos para observarnos. Perec nos habla de la vacuidad del ser humano en la gran urbe, la banalidad de todo lo que nos rodea y la banalidad de cualquier intento de rebelión, la banalidad de cualquier reflexión, de cualquier sentimiento sobre la banalidad. 

La indiferencia es inútil. Puedes querer o no querer, ¡qué más da! Jugar o no jugar una partida de pinball, alguien, de todas formas, introducirá una moneda de veinte céntimos en la ranura de la máquina. Creerás que comiendo cada día lo mismo realizas un gesto decisivo. Pero tu rechazo es inútil. Tu neutralidad no quiere decir nada. Tu inercia es tan vana como tu cólera.

Y me dejo tantas ideas en el tintero...

Apenas sabía nada de Perec. Sabía de El secuestro, pero no podía sentirme menos interesado por esa novela escrita en francés sin la letra e y traducida al español sin la a. No estoy seguro de que semejante desafío ni otros jueguecitos me puedan llegar a interesar. Tengo, sin embargo, en algún rincón de mi casa La vida: instrucciones de uso, considerada por muchos su obra cumbre y a la cual, sin lugar a dudas, voy a dar una oportunidad. Y ahora, a buscar por las bibliotecas otras obras de Perec que, como la que nos ocupa, está recuperando la editorial Impedimenta.

viernes, 25 de febrero de 2011

Stitches. Una infancia muda, de David Small

Hermanos,
en el principio, fue el silencio. 

Me siento bíblico, mira por dónde.

No sé si será casualidad, pero si bien muchas de las novelas gráficas que he dado en leer últimamente parecen ser, ante todo, un ajuste de cuentas con el pasado del autor, en Stitches esta especie de catarsis, en el sentido más freudiano de la palabra, es llevada al extremo. Así, en uno de los momentos clave de la historia, vemos al protagonista en su encuentro con el psicólogo que le revelará la horrible y sencilla verdad que ningún niño puede concebir. Y ante la condena, una vez más, sólo a través del acto de creación puede el artista encontrar su salvación.
Sí, el psicólogo es el conejo de Alicia, y Alicia es un referente significativo en Stitches.
David Small, Alex Robinson, Dominique Goblet, Alison Bechdel, David B... ¿Por qué se presta tan bien la novela gráfica a esta función terapéutica? Se me ocurre que es debido a la diferencia fundamental que existe entre la palabra y el dibujo, a saber, que el segundo es el reino del niño. Los recuerdos del niño torturado, aterrorizado, olvidado, nos llegan más directamente en forma de dibujo, y el artista nos entrega así un sufrimiento más puro que el que nos podría dar la traducción a la palabra. Porque en Stitches, a David no lo persiguen las palabras, sino el silencio, el ajeno y el propio, el voluntario y el irremediable. Lo acosan las imágenes, lo aterroriza el feto en un frasco de formol.

Small nos habla de su infancia, que por cierto no le envidio. Nos muestra de ella un manojo de momentos, tristes, oscuros, solitarios, en los que la risa no aparece por ningún lado. El espíritu infantil, sin embargo, rebelde que encuentra fuerza en la resignación, ese espíritu nunca llega a ser aplastado completamente, probablemente porque nunca conoció otra cosa que el infierno. Y esta palabra nos trae de nuevo los ecos bíblicos de la historia, una historia en la que el niño paga la culpa de los padres, y éstos, la de los suyos, y donde sólo nos queda esperar que se detenga en él la maldición. Porque, de verdad, la historia es dura. Mirad otra viñeta,
una de las pocas ocasiones en que el trazo suelto y casi descuidado de Small se esmera en el realismo.
Historia dura y difícil de resumir sin revelar demasiado a sus posibles lectores. 
La culpa, nuestra culpa, la culpa de nuestros padres, y el rencor, la locura, y siempre las mentiras. Mentirijillas y mentiras superlativas, imposibles de aguantar, de decir y de escuchar. Imposible para un padre cargar con esa mentira. Mucho menos, con la otra, la que hay detrás, aún más espantosa.

Feliz lectura.

sábado, 12 de febrero de 2011

The Deportees, de Roddy Doyle

Roddy Doyle es una especie de icono en Irlanda. Se le considera uno de los autores que mejor retratan la Irlanda de nuestros días, los cambios sociales que han tenido lugar desde finales de los 80, así como la vida de su clase media-baja. He leído algunas novelas suyas y he visto varias películas basadas en otras y sí, de acuerdo, está bien. Pero este libro...¡ay!
The Deportees es una serie de ocho relatos que giran alrededor del tema de la inmigración en Irlanda. Nos dice el autor en el prefacio que en casi todas las historias nos encontramos con que alguien nacido en Irlanda conoce a alguien nacido fuera de Irlanda. Vamos, que podríamos llamarlo un libro de encuentros. Ah, y además, debido a que los escribió para una publicación semanal, las historias están organizadas en secciones de 800 palabras. Bueno, pues con esas dos premisas, ¡cualquiera se resiste a leerlo! 
Pero hay más. Nos confiesa Doyle que como tenía tanta presión para entregarlas en el plazo asignado, apenas tenía tiempo para revisar, o siquiera para planificar la escritura, y que por eso observaremos que algunos personajes desaparecen sin más, y que hay unas cuantas incoherencias.
Bueno. Pues el resultado no puede sorprender a nadie: The Deportees es malo. Muy malo. De las ocho historias, pueden llegar a salvarse dos: la primera, que no es más que un remake, escrito con relativa solvencia, de la película Adivina quién viene a cenar esta noche (no sé si con cierto descaro, o al estilo Francisco Rico diciendo que nunca ha fumado, el caso es que Doyle no cree necesario mencionar la concidencia absoluta de título y argumento); y la historia "New Boy", sobre un niño africano, refugiado, que en su país fue testigo del asesinato de su padre y que ahora tiene que enfrentarse a los matones de la clase. No es nada del otro jueves, pero el retrato y la voz del niño están logrados, consigue mantener la tensión, y está bien resuelta. 
El resto de historias, sin embargo, son malísimas. En la historia "The Deportees", secuela de la exitosísima The Commitments, tenemos de nuevo a Jimmy Rabbitte creando un grupo musical. Doyle lo intenta, pero la historia no tiene gracia. No nos hacen gracia las fobias musicales del protagonista, y el resto de personajes, muy variados, muy variopintos, muy extravagantes, no son más que caricaturas. Y ese recurso de juntar gente muy rara para hacer gracia lo hemos visto tantas veces que ya cansa.
Otras historias están basadas en buenas ideas. El aparato para medir la "irlandesidad" podía haber dado para una historia divertida e interesante. Pero realmente parece que Doyle la escribió de un tirón y no la revisó ni una sola vez. Confusa, absurda, tediosa, parece a ratos un boceto para una historia que el autor escribirá cuando tenga más tiempo.
Lo mismo sucede en "Home to Harlem". El argumento básico de la historia es muy interesante y se podría haber escrito una buena novela. Desgraciadamente, le sucede lo mismo que al resto del libro, a saber, que el señor Doyle piensa que su experiencia y sus ocurrencias bastan para escribir una buna historia. Y no.
The Deportees es una mancha negrísima en la bibliografía de Roddy Doyle.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Notas al Pie de Gaza, de Joe Sacco

Tiene este libro un par de características que lo hacen único. En primer lugar, está escrita por un maltés. Y en segundo lugar, es la primera novela gráfica de reportaje periodístico que servidor ha leído (aunque no he leído las anteriores del señor Sacco).
Notas al Pie de Gaza nos cuenta la historia, olvidada cual simple nota a pie de página, de las matanzas de Khan Younis y Rafah, cuando, en 1956, cientos de palestinos indefensos fueron fusilados o apaleados hasta la muerte por el ejército israelí. Al mismo tiempo, nos describe la situación actual en Gaza, siempre desde el punto de vista de un extranjero. Y por último, nos sitúa en los escenarios de las matanzas durante el tiempo en que estuvo allí el periodista, otro personaje más, para así mostrarnos el proceso de recopilación de datos y testimonios que llevarán a la obra final. Éstos son los tres pilares sobre los que está construida la obra. Una obra impresionante, por cierto.

Joe Sacco no engaña a nadie. Su postura no es imparcial: simpatiza abiertamente con la causa palestina. Y partiendo de ahí, dejando desde un principio las cosas bien claras, la novela es, como ya he dicho, un ejercicio de periodismo de investigación. Con el fin de determinar exactamente qué sucedió, Sacco no sólo consulta (y nos los muestra en parte) documentos oficiales del ejército israelí, de la ONU, entrevistas con militares israelíes y documentos del Ministerio de Asuntos Exteriores de Israel. También, y de manera abrumadora, entrevista a decenas y decenas, si no centenares, de testimonios y víctimas de los sucesos. Tenemos aquí a familiares de los asesinados, e incluso personas a quienes se dio por muertas y que milagrosamente lograron sobrevivir. Asimismo, Sacco se ve obligado a rechazar muchísimos testimonios que él mismo considera razonablemente creíbles, pero que adolecen de cierta incoherencia al contrastarlos con los de otros testigos.


Uno de los aspectos más interesantes del libro es la reación de los palestinos cuando, una y otra vez, el autor les explica su proyecto. En la inmensa mayoría de los casos, la reacción es de indignación. ¿A quién le puede interesar lo que sucedió hace 50 años? ¡Mira lo que está pasando ahora! ¡Mira cómo vivimos! ¿Por qué te remontas al 56? La respuesta de Sacco, que de hecho es una de sus premisas, es que si la historia es un continuo, lo es mucho más en el caso de Oriente Medio, donde las noticias de hoy, como nos dice en la página 5, podrían ser las noticias de hace una semana, un mes, un año o 50.


Desde el punto de vista de las ilustraciones, la obra me ha parecido absolutamente extraordinaria. El estilo de Sacco es realista, con impresionante destreza en el retrato, predilección por los dibujos a vista de pájaro, y gran creatividad en la composición de las viñetas (disculpad mi ignorancia en cuanto a terminología de dibujo). También destaca su gusto por las escenas abigarradas de personajes y con infinidad de detalles, aunque me imagino que es difícil retratar de otra manera los campamentos de refugiados.

La publicación de la obra, en 2009, fue todo un acontecimiento literario, y fue elegida Mejor Novela Gráfica por The Observer, así como uno de los cien mejores libros, según Publishers Weekly. Como es fácil de imaginar, tratándose de Oriente Medio, la publicación no ha estado exenta de controversia, y se le han hecho las críticas que cabía imaginar. No obstante, a mí personalmente me ha parecido que es un libro que cualquiera interesado en el tema, sea cual sea su postura (casi: fanáticos abstenerse), encontrará interesante y podrá disfrutar de 4 ó 5 horas de muy buena lectura.  
Os dejo aquí el enlace a Newsnight Review, de BBC2, donde comentaron la obra.



lunes, 7 de febrero de 2011

Memorias de Ultratumba, de François René de Chateaubriand

Concluida la lectura de estas Memorias, cualquier otra lectura que he iniciado me ha parecido un pecado. Tengo la sensación de que hay que saborear bien a Chateaubriand, digerirlo con cuidado y delectación, y no estropear el regusto del caviar con helado barato. Este prolongación del saboreo se puede hacer de varias formas: volviendo a leerla desde el principio (pero hay tantos libros que se amontonan en la estantería), releyendo las páginas marcadas (lo cual en este caso significa prácticamente volver a leerlo en su totalidad), o perderse en las ramificaciones históricas y literarias de la obra (podríamos ir desde Racine a Rousseau, pasando por Torquato Tasso, Silvio Pellico, Benjamin Constant, el Duque de Saint-Simon, Madame de Staël o Tocqueville).
Me temo, sin embargo, que, de momento, cualquier lectura relacionada con el tema nos sabrá a poco, por lo que servidor ha decidido limitarse a algunas incursiones en la enciclopedia.
Pero, ¿cómo hacer una reseña de Memorias de Ultratumba, pardiez? ¿Cómo reseñar casi 2.800 páginas de tan exquisita calidad literaria, páginas rebosantes de la intensísima, quizá a su pesar, vida del autor, que tras su paso por el regimiento de caballería, su viaje a los nacientes Estados Unidos, su naufragio al regresar a Europa y su paso por la indigencia, llegó a ser una de las personas más influyentes en la Europa del siglo XIX, se codeó con papas, reyes y emperadores, y que además y sobre todo, tenía para escribir el talento de los elegidos?
Me niego. Me rindo. Me declaro insolvente.

Bueno, venga, que no se diga. Si al fin y al cabo esto no lo lee casi nadie.
François René de Chateuabriand, hijo de un noble venido a menos, creció en un castillo medio en ruinas en Bretaña, rodeado de robledales, halcones y cuervos. Pedigrí de romántico no le faltaba. Ved, si no, este retrato suyo, quizá el más conocido.
Era el de Chateaubriand un romanticismo bastante sui generis, todo hay que decirlo. Devoción a la iglesia católica y defensa a casiultranza de la legitimidad monárquica no son las características habituales del espíritu romántico. Es más bien en su desencanto de la vida, en su melancolía, en sus descripciones de la naturaleza, sea en el Nuevo Mundo, en su Bretaña natal, o en los Alpes suizos; en su introspección, así como en la arrebatadora pasión con que defiende sus convicciones, pasión que en este caso tan bien marida con su absoluta indiferencia por la vida, donde, dicen, nace el romanticismo francés, que continuarían Hugo o Stendhal.
Tienen estas memorias bien poco de confesión, aunque es imposible desligarlas del modelo de las Confesiones de Rousseau, a quien Chateaubriand no deja de referirse. Sin embargo, ya nos advierte el autor en las primeras páginas que él no irá más allá de lo que permita el buen gusto. No soy un santo, admite don François, pero revelarnos sus pecadillos no es el objetivo de su obra. Es decir, quien busque descubrir algún comportamiento innoble de don François (persona, para qué nos vamos a engañar, sobrada de falsa modestia), o asomarse a su vida sentimental, tendrá que poner bastante de su parte. Aun así, no es difícil llegar a ciertas conclusiones, a saber, que su mujer, descrita en la Enciclopedia Británica como "insípida", con quien se casó por no contrariar a sus padres, y de quien se pasaba lustros separado, llegó a tener unos cuernos como los de un óryx cimitarra. La pasión, la devoción al fair sex, se las reservaba el autor para Madame de Beaumont, Madame de Custine, la inglesa Charlotte, y, sobre todo, la beldad Madame de Récamier, anfitriona de uno de los salones literarios de más ringorrango de la época.


Tuve en B.U.P. una de las peores profesoras de historia de la ídem, y de la Revolución Francesa no recuerdo más que jacobinos, girondinos, Robespierre o los sans-culottes, palabras que nos lanzaba sin molestarse siquiera en decirnos quiénes eran los buenos y los malos. Memorias... ha contribuido a llenar algunas de mis numerosísimas lagunas históricas. Y algo más interesante, vemos cómo la actitud de Chateaubriand ante la Revolución lo aleja una vez más del estereotipo de escritor romántico, que celebró jubiloso la caída de la monarquía y la toma del poder por parte del pueblo. Chateaubriand, que con el tiempo se haría monárquico hasta la médula, vivió el comienzo de la Revolución con relativa indiferencia, escapándose al teatro y haciendo planes para su viaje a América. Por el contrario la época del Terror, que afectó directamente a su familia, le hizo sentir desde aquel momento verdadero horror por cualquier movimiento revolucionario. Así, hacia el final del libro, en su análisis de los movimientos sansimonianos, fourieristas, falansterianos y otros, el autor anticipa de manera pasmosamente certera algunos de los monstruosos totalitarismos que se iban a abatir sobre Europa en el siglo XX. La imagen de Chateaubriand, por tanto, ha sido con frecuencia, y por parte de los sectarios de siempre, asociada a la Europa más feudal y reaccionaria. Sin ir más lejos, Jean Paul Sartre, cuenta Simone de Beauvoir en sus memorias, orinó sobre la tumba de nuestro autor. Sin duda, Chateaubriand lo habría vivido como un triunfo póstumo y se habría sentido orgulloso del heroico acto de semejante personaje.


Las ideas políticas de Chateaubriand, a quien muchos consideran un puente entre el Antiguo Régimen y la República, no se ajustan a ningún molde, principalmente porque están guiadas en todo momento por la coherencia y la lealtad a sus principios, algo que se aviene muy mal con la ideología. Nuestro autor era profundamente monárquico, pero eso no le impedía ver la torpeza de Carlos X, a quien defendió tanto como criticó, ni le quitó el convencimiento de que la monarquía tenía los días contados y que el futuro de nuestra sociedad había que buscarlo en la república. Más fuerte que sus ideas monárquicas era su anhelo de una sociedad libre, y más poderoso que este anhelo era su oposición a una sociedad igualitaria, en el sentido más radical del término. Su convicción de la superioridad moral del cristianismo, y de que sólo éste pueda conducir a una sociedad libre, se reflejó en el libro El Genio del Cristianismo, que causó sensación en la época y que impresionó tanto a Napoleón que éste lo nombró secretario de la embajada francesa en Roma.
Este idilio entre el emperador y nuestro amigo no iba a durar mucho. El secuestro en el extranjero, la farsa de juicio y la inmediata ejecución del Duque de Enghien, todo ello basado en una serie de rumores, envidias y falsas acusaciones, conmocionó a toda Europa e hizo que Chateaubriand dimitiera de su puesto, se centrara en su carrera literaria, y escribiera un durísimo artículo contra Bonaparte. Y al general convertido en cónsul convertido en emperador convertido en tirano, personaje cuya grandeza Chateaubriand, pese a todo, es incapaz de negar, le dedica más de 400 páginas que, como todo el resto del libro, se nos hacen cortas.


Y eso es sólo el primer volumen, del que apenas os he contado nada. Vienen luego otras más de 1.300 páginas en las que, como el mismo autor nos advierte, se produce al principio un cierto anticlímax. Después de relatarnos hechos de la vida de Napoleón como la campaña de Rusia, el exilio en Elba, los Cien Días, Waterloo y el destierro en Santa Elena, las Memorias se centran en duquesas, marquesas, disquisiciones literarias, declaraciones de intenciones y... ¿aburrido? Persevera, lector de las Memorias. Ha decaído el ritmo, y tardará unas cuantas páginas en recuperarlo. Pero ten por seguro que pronto tendremos a monsieur, mal que le pese, cortando el bacalao en palacio, codeándose de nuevo con reyes usurpadores, reyes legítimos en el exilio, príncipes herederos, maquiavélicos medradores; lo tendremos haciendo una crónica en directo del cólera que llegó a París; lo tendremos haciendo de correo entre París, Praga, Ratisbona y Roma, describiendo las aldehuelas en las que se ve obligado a hacer parada; narrando la Revolución de julio, la nueva caída de un rey...

Tras todo esto, quizá dé la impresión de que la grandeza de esta obra reside en su valor como testimonio histórico. Nada más lejos de la realidad. Es la escritura de Chateaubriand lo que hace inolvidable esta lectura. Nunca he leído a nadie que escriba con tanta elegancia, con tanta pasión, o que sea capaz de utilizar tantos registros poéticos y narrativos sin caer jamás en la cursilería o en la pomposidad. Uno va marcando párrafos, doblando los picos de las páginas, y se da cuenta de que le habría sido más fácil marcar las que no quiere releer. Así pues, que nadie se equivoque: las Memorias de Ultratumba son grandísima Literatura.

He intentado, al escribir esta reseña, no caer en los lugares comunes que tan ciertos habrían sido en esta ocasión. No, tampoco caeré ahora. Pero eso sí:
¡Cuánto me va a doler devolver este libro a la biblioteca!
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