jueves, 2 de enero de 2014

El zar de la Tercera Roma


Iván IV tras haber matado a su propio hijo, de Ilyá Repin

En la gran plaza de Kremlin los obreros instalaron diecisiete horcas, un enorme caldero lleno de agua colgado encima de un montón de leña y una sartén del tamaño de un hombre; también tensaron unas cuerdas para cortar en dos los cuerpos por frotamiento.

El Grande, El Hermoso, El Sabio... De todos los sobrenombres que los monarcas tienen a su disposición, el que Iván el Terrible eligió le iba que ni pintado, y no sólo por esa cita introductoria tan ilustrativa.
Convencido de ser descendiente directo de César Augusto, Iván IV Vasílievich quería hacer de Rusia la Tercera Roma, tras el Imperio Romano de Occidente y el de Bizancio, y por ello fue el primer gobernante ruso en proclamarse zar ('césar'). Se sentía elegido por Dios para servirle a Él y a su país, y si para cumplir su misión tenía que actuar de manera implacable, así lo haría. Iván sólo se sentiría obligado a responder ante Dios. Nos dice Troyat en esta apasionante biografía:

Para él, escuchar a los demás era dejar de reinar. Su poder no se apoyaba en el pueblo, sino en Dios. Y no veía a Dios como juez, sino como socio. O incluso como cómplice.

No fue hasta la segunda mitad de su reinado cuando empezó a conocérsele como "el Terrible", pero en realidad el adjetivo грозный (groznyi) significa en ruso algo así como "formidable", "amenazador", o más bien, "inspirador de temor", es decir, Iván era terrible como Dios mismo es terrible.

Un moribundo Basilio III bendice a su hijo Iván

Nuestro zar forma parte de esa galería de gobernantes que han pasado a formar parte del imaginario colectivo, no sólo en su país, sino también en todo occidente. Sin embargo, a diferencia de Enrique VIII, María Antonieta o Vlad el Empalador, de cuyas vidas conocemos al menos un detalle que nos permite hablar de ellos como expertos, de Iván el Terrible poca gente sabe más que lo que nos dice su nombre, a saber, que era ruso y terrible.

La Rusia que hoy conocemos, es decir, el país que, aun tras la desintegración de la URSS, sigue siendo un territorio gigantesco, debe en gran medida sus fronteras a Iván IV Vasílievich, que consiguió anexionarse los anhelados janatos tártaros de Kazán y Astracán, así como el inmenso territorio de Siberia. Del mismo modo, si bien nuestro héroe no modernizó el país, que siguió considerablemente retrasado respecto a Europa, sí logró unificarlo bajo su única autoridad, impidiendo así que en el país se consolidara un régimen feudal a manos de los boyardos. Este logro constituye el inicio de la autocracia rusa, que muchos ven aún hoy personificado en Vladimir Putin.


La Catedral de San Basilio, encargada por Iván para conmemorar la conquista de Kazán 

Nuestro héroe heredó el trono a los tres años de edad. Su padre, Basilio III, lo nombró sucesor en su lecho de muerte y en presencia de los boyardos, a los que no les hizo puñetera la gracia obedecer a un mocoso y a su madre, Elena Glinskaya, que sería Regente. Elena, hija de un tránsfuga lituano, era de familia católica y, para colmo de horrores, había sido educada muy " a la alemana", es decir, tenía una cultura y una libertad de costumbres inusitadas en aquella Rusia anclada en el oscurantismo. Pero no era su educación el mayor obstáculo para ser aceptada por los boyardos, sino el menguante poder e influencia de éstos desde tiempos de Iván III, y el rechazo que, por tanto, sentían ante cualquier monarca que no fuera un mero títere en sus manos.

Iván junto a su madre moribunda, en la película de Eisenstein

Elena gobernó como regente durante cinco años más, hasta que murió, posiblemente envenenada por los boyardos. Iván siempre albergó esa sospecha, y algunos análisis recientes sugieren que no iba desencaminado. Nuestro héroe, pues, se quedó huérfano a los ocho años. Desde aquel momento, los boyardos dejaron de lado a Ivancito, ocupados como estaban en pelearse entre ellos y olvidando que, por la cuenta que les traía, al niño también deberían haberle dado jarabe. Iván, por su parte, se dedicó a acumular rencor contra los boyardos, sabedor de que su momento llegaría.

El momento llegó el día que, durante un banquete al que había invitado a los boyardos, los acusó de haber abusado de su juventud y de haber gobernado de manera injusta y cruel. Al príncipe Andrei Shuiski no se le ocurrió nada mejor que reírse de Iván y ningunearlo, y llegó a poner las botas en su cama. Iván, que a la sazón contaba con tan sólo trece años, se la jugó y ordenó su arresto. La jugada le salió bien, los guardias arrestaron a Shuiski y lo lanzaron al patio donde estaban los perros de caza, que lo devoraron vivo. Habemus zar!

Iván conquista la ciudad de Kazán, de A. D. Kivshenko

Cuatro años más tarde, Iván se casaba con Anastasia Románovna y era coronado zar. Desde el primer momento, se mostró como un gobernante implacable, devoto de Dios, entregado a la causa del pueblo ruso, ansioso por la conquista de nuevos territorios en el este y por consolidar una porción de la costa báltica. Rusia debe a Iván, como ya he dicho, la anexión de Kazán, arrebatado a los tártaros, y el mundo entero le debe la icónica Catedral de San Basilio, construida en conmemoración de dicha conquista. No obstante, pese a sus gloriosas conquistas, Henri Troyat nos presenta a lo largo de su extraordinaria biografía un Iván bastante poco heroico que siempre está en segunda fila de batalla, y que no duda en columpiarse posteriormente sobre las gestas de sus generales.

Las cosas empezaron a torcerse para Iván y, sobre todo, para los boyardos, en 1553, cuando el zar cayó gravemente enfermo. Convencidos de que su señor tenía los días contados, los boyardos empezaron de nuevo a intrigar por la sucesión. Iván redactó un testamento en el que señalaba como sucesor a su hijo Dmitri, de apenas unos meses de edad. Mientras una facción de los boyardos aceptaba someterse a la última voluntad de su zar, otra facción se inclinaba por entregar el poder a Vladimir Andréyevich, príncipe de Staritsa y primo hermano de Iván. Pero inesperadamente, Iván se recuperó y, de manera todavía más inesperada, no tomó medida alguna contra los boyardos traidores, sino que aceptó de aparente buen grado sus temblorosas manifestaciones de alegría por su recuperación. Es posible que, durante su enfermedad, las súplicas de Iván a Dios hubiesen sido acompañadas por promesas de buena conducta (que, naturalmente, habría que esperar un tiempo antes de romper). De todos modos, a partir de ese momento, Iván el Terrible nunca volvió a tener plena confianza en nadie.

Los oprichniki dando una lección a un boyardo y su familia

Las atrocidades que llegaría a cometer Iván IV a lo largo de su vida incluían empalamientos, descuartizamientos, desollamientos, personas asadas vivas, destripadas por osos, prisioneros quemados vivos y todavía me guardo alguna de excesivo mal gusto. Su abogado defensor alegaría hoy enajenación mental transitoria provocada por un profundo trauma. Porque Iván no siempre fue Terrible. Si bien es cierto que de niño mostraba gran afición por torturar bichos, su carácter se había atemperado relativamente gracias a la influencia de la zarina, Anastasia Romanovna. Así, el día en que la zarina murió, de manera repentina e inesperada, algo se rompió definitivamente en el alma de Iván. Al igual que con su madre, el zar sospechó que su esposa había sido envenenada (en su gran película sobre el personaje, Eisenstein señala directamente a Eufosina, tía del zar y madre de Vladimir Andréyevich), lo cual probablemente terminó de desquiciar a Iván.

Aparte de sus conquistas, otro ejemplo del gran legado de Iván a la posteridad es la oprichnina, que puede considerarse precursora del KGB. Fue sobre todo debido a los desmanes de los oprichniki que Iván aterrorizó al pueblo ruso a lo largo de las dos décadas siguientes. La oprichnina era su guardia personal, que constaba de 6.000 mercenarios, quienes según Troyat procedían de las clases más bajas, aunque otros historiadores sostienen que en su origen estaba formada por miembros de la nobleza.

Los oprichniki, de Nikolai Nevrev

Los orígenes de esta guardia personal (en realidad, el término oprichnina también se refiere al territorio donde esta guardia tenía carta blanca para actuar) hay que buscarlos principalmente en los estragos que la Guerra Livona causó en la economía rusa. El descontento llevó al príncipe Andrei Kurbski, hombre de confianza de Iván, a desertar y pasarse a las tropas lituanas. Eisenstein, por su parte, achaca la traición de Kurbski a su ambición por convertirse en zar. (Hay que recordar, al hablar de la película de Eisenstein, que en los años 40, en el apogeo del estalisnismo, la figura de Iván IV estaba siendo objeto de revisión por los historiadores soviéticos con el fin de hacer de él un gran líder del pueblo ruso, comparable en grandeza al Padrecito de los Pueblos. Stalin, naturalmente, sentía gran admiración por Iván Vasílievich). Iván nunca perdonó a Kurbski su traición, y ambos se entregaron a una vitriólica relación epistolar que no tiene desperdicio, y que en ocasiones se asemeja a un foro político de internet:

... Y ahora callo, porque ya dijo Salomón que no hay que gastar palabras para dirigirse a los tontos, y tú eres uno de ellos.

A lo que el otro responde:

Deberías avergonzarte de escribir como una vieja y enviar una carta tan mal redactada en un país donde no faltan buenos conocedores de la gramática, la retórica...

Y así, una carta tras otra. En todo caso, la traición de Kurbski afectó sobremanera a Iván, que abandonó Moscú con destino desconocido, para, un mes más tarde, anunciar su abdicación en una carta al pueblo, en la que acusaba a los boyardos y a la iglesia de haber traicionado a Rusia. No queda claro si todo fue una astuta jugada de Iván, o si fue mera casualidad, pero el resultado no pudo ser mejor para el zar: al pueblo le entró el cangueli y partieron multitudes en peregrinación a la residencia del zar en Alexandrova Sloboda para implorarle que regresara. Iván accedió, con la condición de recortar todavía más los privilegios de los boyardos y de la iglesia, y de gozar él mismo de un poder absolutamente ilimitado. El pueblo, enemistado desde hacía tiempo con los boyardos, dijo que sí a todo, sin saber la que se le venía encima. Era el comienzo de la verdadera autocracia en Rusia.

Nikolai Cherkassov, el Iván de Eisenstein...

Uno de los episodios más negros del reinado de Iván IV fue la masacre de la ciudad de Nóvgorod. Los habitantes de esta ciudad, conquistada por Iván III, abuelo de nuestro amigo, añoraban su independencia, que, merced al comercio con Lituania y Suecia, les había permitido convertirse en una gran y próspera ciudad. Este descontento de la ciudad hacía sospechar al zar, cuya paranoia aumentaba por momentos, que se estaba gestando alguna traición, por lo que encargó del caso a la oprichnina. Sn entrar en detalles sobre las atrocidades que cometieron los oprichniki, baste decir que Nóvgorod, una de las ciudades más antiguas de Rusia, y la tercera más grande en aquella época, nunca volvió a recuperarse de aquel golpe.

... y Piotr Mamónov, el de Lungin. Poeta, rockero e impresionante actorazo

Aparte de su crueldad, Iván IV parecía tener un insaciable apetito sexual. Antes de ser coronado zar, ya había poseído a cientos de mujeres, y su voracidad continuó a lo largo de toda su vida. Llegó a tener ocho esposas diferentes, pero sólo dos de sus hijos llegaron a la edad adulta. Uno de ellos era Fiódor, que sufría una discapacidad mental y que aún así llegó a ser coronado zar, aunque el poder de facto lo tuviera su ministro Boris Godunov. Con Fiódor se extinguió la dinastía de los Rurik. El otro, el mayor, era Iván Ivánovich, quien, aunque nunca llegó al trono, era de hecho el primero en la línea de sucesión.

Los habitantes de Novgorod huyen ante la llegada de los oprichniki

Zar y zárevich eran uña y carne. Iván Ivánovich sentía admiración hacia su padre, y éste estaba más que orgulloso de su hijo, que además de ser culto y valiente, había heredado su exquisita sensibilidad. Era entrañable verlos a los dos juntos deleitándose con las torturas de sus víctimas, y cuentan algunos cronistas que se intercambiaban las amantes. Parece ser que la última tortura que presenciaron en mutua compañía fue la de Eliseo Bomelius, proveedor oficial de venenos de la corte, a quien asaron vivo. Poco después, el zárevich hizo un comentario fuera de lugar sobre el modo en que Iván llevaba a cabo la guerra contra Polonia y, luego, otro comentario a destiempo que Iván oyó por ahí terminó por agriar la relación. Así, un mal día, Iván se encontró con su nuera en una sala de su residencia. Elena Sheremeteva se había ganado el cariño de su esposo y, hasta entonces, la aprobación de Iván, que no era precisamente un suegro fácil y que había forzado a su hijo a encerrar a sus anteriores esposas en un convento. Al ver a Elena de una guisa que él consideraba impropia de una futura zarina, la golpeó con tanta violencia que, según Troyat, le provocó un aborto. Cuando el zárevich quiso afearle la conducta, Iván, paranoico perdido, creyó ver un conato de rebelión, y con su cetro le atizó un mandoble en toda la cabeza. Iván Ivánovich murió cinco días más tarde.

El zar meditando junto al lecho de muerte de su hijo, de Viacheslav Schwarz

En sus últimos años, deprimido, atemorizado por las consecuencias para su alma que iba tener en el Juicio Final su vida de iniquidad, a Iván no se le ocurrió otra cosa mejor que hacer que una lista de todas las personas que había ordenado matar a lo largo de su vida. Es de suponer que en esa lista sólo tenían cabida las víctimas cuyos nombres era capaz de recordar, dado que la susodicha apenas llegaba a unos 3.700. Huelga decir que allí no están, por ejemplo, las decenas de miles de víctimas de la masacre de Novgorod.

He aquí una muestra del retrato psicológico que hace Troyat de este Iván aterrorizado y desquiciado.

Había unificado el país pese a la oposición de los boyardos. ¿Habría conseguido ese resultado glorioso de no haberse librado de sus peores enemigos mediante la tortura? ¿Qué importancia tenían unos miles de cadáveres martirizados frente a todos los pueblos, todas las tierras conquistadas para Rusia? Pero con Dios nunca se sabe. Después de haberle respaldado siempre, el Altísimo era capaz de reprocharle, en el último momento, la hecatombe de Nóvgorod, o sus matrimonios excesivos, o el asesinato del zárevich. Este último acto de violencia podía ser la gota de sangre que desbordara el vaso. No, no, porque Dios también era responsable de la muerte de su hijo, Cristo. Había dejado que Jesús muriea en la cruz. Dios y el zar, ambos asesinos de sus hijos, estaban destinados a entenderse.


Vasnetsov hizo el retrato más conocido de Iván el Terrible

A lo largo de la historia ha habido numerosos personajes de una crueldad sin límites que se han convertido en verdaderos héroes nacionales y, aún hoy, no han pérdido un ápice de esa aura gloriosa. Así, por ejemplo, no son pocos los rumanos que consideran que el sadismo de Vlad el Empalador no era mayor que el de otros gobernantes de la época, y que, por el contrario, fue esa mano dura la que salvó al país, e incluso a Europa, de las garras del turco. También en Rusia, del terrible Iván a menudo se han dejado de lado sus desmanes para centrarse en su gran legado: la modernización (muy relativa) del país, con un nuevo código de leyes; la creación del Zemski Sobor, el primer parlamento ruso; y la fundación de un gran estado transcontinental, multiétnico y pluriconfesional. Esta benevolencia con el déspota no se da sólo en la sociedad y entre los historiadores, sino que parece ser que también en los cuentos folklóricos la figura de Iván suele aparecer como un benefactor de los oprimidos. Supongo que nada de esto puede sorprendernos hoy, en un mundo en que son tantos los que prefieren olvidar los crímenes de los dictadores de ayer y reivindicarlos por sus supuestas buenas obras.


Iván murió durante una partida de ajedrez

Llevo unos días sumido en una fiebre por Iván el Terrible que está poniendo en peligro mi matrimonio.

Cariño, ¿qué podemos ver esta noche?
Iván el Terrible, de Eisenstein.
Cariño, ¿qué podemos ver esta noche?
La segunda parte de Iván el Terrible, de Eisenstein.
Cariño, ¿qué podemos ver esta noche?
El zar, una película rusa de 2009 sobre... Iván el Terrible.
Cariño, ¿puedo cerrar estas treinta ventanas que tienes abiertas en internet?
Sólo las que no sean sobre Iván el Terrible.

Dos semanas escribiendo esta entrada, y todavía me pierdo de enlace en enlace, leyendo más y más sobre el personaje y su tiempo. Y tengo la sensación de que no he dicho nada, ¡con todo lo que hay para contar! No he dicho nada de los hombres que rodeaban a Iván, como por ejemplo el odioso Maliuta Skuratov, líder de los oprichniki y una especie de Dzerzhinsky de la época. Tampoco he hablado de sus rivales, como del transilvano Esteban Báthory, que además de ser un personaje la mar de interesante, era tío de Isabel Báthory, la mayor asesina en serie de la historia, y de quien quizá hable en otra ocasión. No he mencionado más que de pasada a Bomelius, el envenenador y astrólogo holandés que acabó quejándose al zar de que le tenía frito. Tampoco he hablado de la relación de Iván con Isabel I de Inglaterra, con quien quería llevar esas relaciones un poco más allá de lo meramente comercial (según parece, encargó al viajero y explorador Anthony Jenkinson que sondeara con discreción a su Majestad. Una especie de "pregúntale si sale con alguien"; para entendernos). Y apenas he mencionado de pasada las películas de Eisenstein y de Lungin. Cuatro palabras sobre ellas:

La de Eisenstein, rodada en plena guerra y con los alemanes invadiendo el país, tenía el beneplácito, naturalmente, de Stalin, gran admirador de la figura de Iván. Estaba concebida como una trilogía, pero la realización de la tercera parte se detuvo cuando se anunció que la segunda no se iba a estrenar: no le había gustado al Padrecito de los pueblos. Este Iván el Terrible me ha parecido extraordinario, como casi todo lo que hizo este director. Escenas bellísimas, gran música de Prokofiev, interpretaciones entrañablemente histriónicas por parte de todo el reparto ("¡Oh, muero envenenada!"), y cada fotograma, una obra de arte. Eisenstein dio una gran relevancia al personaje de Efrosinia Staritsa, que apenas aparece en el libro de Troyat, e incluso se tomó la licencia poética de alterar los hechos históricos con el fin de dar un mayor dramatismo a la muerte de Vladímir, hijo de Efrosinia.


Por su parte, la versión de Pável Lungin se centra sobre todo en la relación entre Iván y el metropolita Felipe, quien osó plantar cara al déspota y acabó como podemos imaginar. Realizada en 2009, El Zar es, obviamente, muchísimo más realista, desde todos los puntos de vista, que la de Eisenstein. Los personajes, desde el zar hasta el último campesino, son absolutamente creíbles en su papel: sucios, andrajosos, con el pelo grasiento y enmarañado y los dientes podridos. Las escenas de violencia son francamente desagradables; la ambientación, impecable; la fidelidad a la historia, yo diría que absoluta. En conjunto, se trata de una película muy... bastante... Hm, es difícil describirla, dado que las atrocidades más espantosas e inhumanas cometidas por los oprichniki son un juego de niños al lado de los subtítulos de esta versión. Gajes de internet, supongo. Pero también supongo que si, a pesar de ellos, he disfrutado tanto con la película, es porque ésta es excelente.


En resumen, un Troyat extraordinario como siempre, perfectamente acompañado por el maestro Eisenstein y por Lungin, un director al que no conocía, y que hace honor al fascinante personaje de Iván el Terrible.

martes, 31 de diciembre de 2013

Feliz 2014


Mientras termino de perpetrar una entrada absolutamente terrible, os regalo esta estupenda versión del Auld Lang Syne y os deseo un feliz año nuevo lleno de buenas lecturas y mucha guaracha.

jueves, 19 de diciembre de 2013

Restos de temporada 2013 (1)

A veces es porque son demasiado buenos; otras, porque son, si no malos, sí susceptibles de caer en el olvido; las más de las veces por falta de tiempo, ese embustero eufemismo que sustituye a la pereza; el caso es que parece que cuanto más leo, menos reseño. Tampoco estoy seguro de que eso sea algo malo. Pero como soy de los que piensan que, así como todo matao tiene derecho a sus quince minutos de gloria, del mismo modo todo libro, por muchos méritos que tenga o deje de tener, merece también sus dos líneas de reseña, aquí van los restos de temporada de este año (primera parte).


El sombrero del cura, de Emilio de Marchi. De Marchi (1851-1901) está considerado como el creador del giallo, un tipo de novela policiaca que, en lugar de centrarse en la resolución de un misterio, explora las repercusiones sociales que tiene un crimen en una pequeña comunidad. La obra gozó en su época de gran popularidad y la nueva editorial Ginger Ape ha tenido un gran acierto al recuperarla. Todo un descubrimiento.


Reportajes, de Joe Sacco. Sacco es uno de los más grandes autores de reportajes gráficos, y su excelente, celebrada y controvertida Notas al pie de Gaza ya la reseñé aquí. Reportajes se basa en una serie de ídems escritos hace unos años. Son todos ellos muy interesantes, pero lo mejor es la lectura crítica, y nada benévola, que el propio autor hace hoy de estos reportajes.


La vida para principiantes, del polaco Slawomir Mrozek. Estos relatos son geniales, divertidísimos y, desgraciadamente, se leen en un ratito.


Asesinos sin rostro, de Henning Mankell. Los thrillers de este tío siempre vienen bien para descongestionarnos de lecturas más enjundiosas. Estos días me he acordado mucho de esta novela, dado que parte de la acción sucede en Sudáfrica, con un plan para llevar a cabo un magnicidio en un país con un Mandela recientemente liberado y un Frederik de Klerk hostigado por los afrikáners.


De repente llaman a la puerta, de Etgar Keret. Otro libro de relatos absolutamente genial. Keret es todo un fenómeno social en Israel, y en estas historias se muestra como un escritor de una imaginación desbocada.


Cuerpos extraños, de Cynthia Ozick. Jamás había oído hablar de esta señora, hasta las entradas que le dedicó Óscar. Este libro es una especie de revisitación, como decimos los pedantes, de The Americans, de Henry James, pero se disfruta igual de bien sin haber leído dicha novela.


Las hermanas Makioka, de Junichiro Tanizaki. Pedazo de novela, comparable a una película de Yasujiro Ozu. Poética, lenta, centrada en la familia y en la contemplación de los cerezos en flor, todo muy respetable y muy contenido en apariencia, pero hirviendo bajo esa superficie con un conflicto entre el mundo de ayer, que no se quiere ir, y el nuevo, que no acaba de llegar. Tiene, así, cierto aire que nos recuerda a esas grandes novelas centroeuropeas situadas en la decadencia del Imperio Austro-húngaro. Apasionante.


La muñeca rusa, de Juan Miguel Contreras. El autor de este libro, antiguo librero y creador del blog El caimán sincopado, creó la Internazional samizdat para poder publicar esta estupenda novela, que espero un día poder reseñar como Dios manda. De momento, estoy disfrutando de su segundo libro, Cardiopatías.


El cercano oriente, de Isaac Asimov. Asimov es uno de esos genios a los que el mundo se les hace pequeño. No sólo fue el escritor de ciencia-ficción que todos conocemos, sino que escribió también una Historia Universal, cada una de cuyas páginas no tiene desperdicio. En este volumen, nos habla de asirios, sumerios, acadios, y lo leí en plena fiebre de epopeyas. En concreto, me acompañó en la lectura del Gilgamesh.


Bajo una estrella cruel, de Heda Margolius Kovály. Salir de Guatemala y meterse en Guatepeor (o Guateigualdemala, si preferís), léase, del nazismo al estalinismo. La vida de una judía huida de un campo de concentración en la Praga de finales de la guerra y los años posteriores. Salvadores convertidos en verdugos.


La muerte salió cabalgando de Persia, de Péter Hajnoczy. Menudo tipo, el húngaro éste. Un alcohólico crónico que murió antes de los 40 y que parece que escribió este librito en estado de ebriedad. Y no le salió nada mal.


El caballo negro, de Borís Savínkov. Entrañable terrorista que se ganó el cariño de Maugham y Picasso, entre muchos otros intelectuales de la época, Savínkov nos cuenta en forma de diario las tribulaciones de un grupo de revolucionarios bolcheviques comprensiblemente reconvertidos en antirrevolucionarios viscerales. Asesinatos a gogó y la guerra civil rusa vista desde bambalinas.


Thoreau. La vida sublime, de Maximilien Le Roy y A. Dan. Creo que éste ha sido el año Thoreau, por su aniversario o algo así. Esta novela gráfica nos da una somera, pero intensa, visión del filósofo, eremita y pananarquista norteamericano.


La promesa de Kamil Modracek, de Jiri Kratochvil. Impresionante, divertida, original y genial novela de este autor checo.


Pizzeria Kamikaze, de Etgar Keret. Después de leer la ya mencionada De repente llaman a la puerta, esperaba otra gran colección de relatos de este autor israelí. Pero en esta pizzería, escrita anteriormente, me he encontrado con muchas buenas ideas echadas a perder por la excesiva verborrea del autor. A veces hasta la imaginación más poderosa requiere un poco de contención si no quiere convertirse en pasto exclusivo de veinteañeros colocados. Eso sí, extraordinaria la historia sobre el pueblo situado a las puertas del infierno.


A la caza del amor, de Nancy Mitford. Leí esta obra en una racha de autores británicos con mala leche, y la verdad es que, pese a los grandes elogios que ha recibido, me ha dejado un poco frío. No sé si se debe a su mezcla de sátira social y biografía, centrada sobre todo en su hermana, pero me ha parecido que la autora no tenía muy claro adónde quería llegar.


El fiel Ruslán, de Gueorgui Vladímov. La figura del perro como personaje central e incluso narrador goza de larga tradición en la literatura universal. En la rusa, además, ya nos brindó la genial Corazón de perro. En esta novela de Vladímov, el chucho en cuestión se queda desconcertado el día en que, por algún motivo inexplicable, los campos del gulag abren las puertas y dejan salir a los presos. Y a partir de ese momento, nuestro amigo no sabe qué hacer con su vida.


North and South, de Elizabeth Gaskell. Llevaba este libro años rondando por casa, y no fue hasta que leí la genial trilogía de campus de David Lodge, y en concreto la tercera parte, Nice work, que decidí que había llegado el momento. Literatura industrial con garantía inglesa del XIX.


The film club, de David Gilmour. Un planteamiento mucho más interesante que la obra en sí. Propuse esta lectura a mis alumnos, muchos de los cuales son profesores de secundaria. En ella, el autor, que no tiene nada que ver con el guitarrista de Pink Floyd, se enfrenta al problema de su hijo, drogata a punto de dejar los estudios colgados, y no se le ocurre otra cosa que permitirle al susodicho que haga lo que quiera y deja la escuela, pero con dos condiciones: dejar de meterse, y sentarse a ver, junto a su padre, crítico de cine, tres películas a la semana. El modo en que se puede educar a un hijo por medio de clásicos del cine resulta más que atractivo; el problema es que el libro no trata de eso.


Jane Eyre, de Charlotte Brontë. Reader, I read it.


Limónov, de Emmanuel Carrère. Uno de los libros del año. Jamás había oído hablar de este tío, que es todo un personaje en Rusia. En esta especie de biografía (Carrère se cura en salud diciendo que es una obra de ficción), el autor nos lleva a un paseo por el tiempo, desde los años dorados de la URSS hasta su crisis y caída, pasando por la Guerra de los Balcanes. De un tirón.


No vendrá el diluvio tras  nosotros, de Joseph Brodsky. Y tanto aparecía Brodsky en el libro de Carrère, que el nene no pudo resistirse y rescató de su biblioteca esta antología del gran poeta y Nobel ruso. No es lo que se dice un libro fácil.


Nuestro pan de cada día, de Predrag Matvejevic. Fascinante viaje por tahonas, pueblos milenarios, clásicos de la literatura, refraneros y etimología.


Any human heart, de William Boyd. Menuda decepción. Boyd no es un gran autor, pero hasta ahora, todo lo que había leído de él me había entretenido y hasta interesado. Esta novela, traducida al español como Las aventuras de un hombre cualquiera, gozó de gran éxito en Inglaterra y la verdad es que el planteamiento es, a priori, bastante atractivo: una especie de historia del siglo XX paralela a la vida de un hombre, supuestamente vulgar y corriente, que vivió de cerca sus mayores acontecimientos históricos.
Cuando has leído 100 páginas y piensas "a ver si al llegar a la guerra la cosa se anima un poco" es que algo no marcha. Abandonada por aburrida.


¿Eres mi madre?, de Alison Bechdel. De esta autora había leído Fun home, sobre su relación con su padre. El libro no era precisamente fun, pero sí muy interesante. En ¿Eres mi madre? nos habla del periodo de creación de aquella novela y de su relación con la madre. La erudición de la autora a ratos me hacía sentirme como un auténtico ignorante.


Los forajidos del Misisipí, de Allan Pinkerton. Al fundador de la celebérrima agencia de detectives le dio por escribir las crónicas de algunos de sus casos más sonados, con fines más bien de marketing que literarios. Y sin embargo, este libro, uno de los muchos que escribió, tiene tanta frescura, acción y tiroteos que puede decirse que, sin darse cuenta, ni mucho menos proponérselo, el señor Pinkerton renovó el imaginario del western y sentó las bases de la literatura de detectives moderna.


Buick Rivera, de Miljenko Jergovic. Como sabemos, la guerra de Yugoslavia no empezó en 1991, y probablemente tampoco acabó en el 1999. De hecho, siguió librándose en otros escenarios. Jergovic la traslada al medio oeste americano, en las inesperadas relaciones entre dos ex-compatriotas cuyos caminos se juntan un buen día. Aunque difícilmente podía el autor escribir algo tan grande como La casa de nogal, si me decidí a leer esa maravillosa novela fue gracias a esta excelente Buick Rivera. Pocos personajes, pocos escenarios, todo ello muy teatral, buena historia y logrado final. ¿Qué más quieres, Baldomero?


miércoles, 4 de diciembre de 2013

Por qué nos gusta Cartarescu


Creo no pecar de hiperbólico si afirmo que, en el ámbito de la literatura europea actual, Mircea Cartarescu es el puto amo. Huelga decir que eso no significa que sea el mejor, dado que, en literatura, hablar del más mejor siempre es una memez. Quizá sea menester, por tanto, explicar de qué hablamos cuando hablamos del puto amo, máxime tratándose de alguien discreto y modesto como Cartarescu, a quien, pese a esa mirada hipnótica, ese aire de bohemio atormentado, y ese abrumador prestigio internacional, hay que creer cuando se sacude los elogios de encima:

No vivo como un escritor y no me siento un escritor. Me siento tan sólo un hombre muy libre y, como el precio de la libertad es el más alto, muy triste. Trataré de seguir viviendo. No sé si alguna vez volveré a escribir algo ni me preocupa saberlo. No me gustaría quedar internado en el asilo de la historia de la literatura.

Éste es el Cartarescu de Lulu y El ruletista

Escritores que convierten en arte todo lo que escriben hay muchos. Casi cualquier página de, por poner tres ejemplos, Nabokov, Faulkner o Borges vale más que toda la obra de muchos otros. Sin embargo, en estos escritores es palpable la intención de crear arte; en cada una de sus líneas vemos el fruto de horas de trabajo combinado con el don, innato o no, de la palabra, para crear una prosa bella, un estilo único y una obra inmortal.

Pero eso no es así con todos los grandes escritores. Existe otro tipo de escritor, tocado también por la gracia de las musas, que es capaz de cautivarnos con una prosa sencillamente sencilla y natural de manera natural (no confundir con prosa sencilla y natural). Son escritores que, evidentemente, pulen su escritura como el que más, y que, a diferencia de tantos grandes grandísimos, consiguen una sencillez inocente que parece decirnos "no quiero crear arte, sino tan sólo contarte una historia". En fin, yo me entiendo.

Sinceramente, me vienen a la cabeza muy pocos nombres dentro de esta categoría, tan pocos como dos. El primero de ellos es W.G. Sebald, cuya escritura, que algunos definen como hipnótica, es capaz de atrapar al lector con frases de una sencillez que desarma.


Muchos autores afirman que con sus obras se dirigen al lector, a un solo e hipotético lector, y sin embargo este lector, el menda, no deja de tener la sensación de que en realidad sus páginas hablan a un público. Pues bien, de los dos escritores que, y aquí podéis moriros de envidia, escriben única y exclusivamente para mí, uno es -era- Sebald.

El otro es 1/2 Cartarescu, concretamente la mitad que ha escrito la desternillante Las bellas extranjeras, o la que nos ocupa, Por qué nos gustan las mujeres. Esta mitad de Cartarescu tiene muy poco que ver con la otra mitad, la que escribe sobre adolescentes atormentados en el infierno de sus hormonas, sobre la fisiología de los arácnidos o sobre devotos del suicidio. En el Cartarescu digamos, más lyncheano, el humor nunca está completamente ausente, si bien la atmósfera de pesadilla reinante en obras como Lulu o El ruletista lo cubre casi por completo, y uno difícilmente sale de esas impresionantes y angustiosas lecturas diciendo qué bien me lo he pasado.

Pero el Cartarescu ligeresa parece, sencillamente, otro escritor. Las bellas extranjeras, que reseñé aquí para Librosyliteratura, es uno de los libros más divertidos que he leído en mucho tiempo, y el relato que da título a la obra me hizo reír a mandíbula batiente en más de una ocasión.

Y éste, el de Por qué nos gustan las mujeres. Mejor rollo

De las cuatro obras que he leído de Cartarescu, esta Por qué nos gustan... es posiblemente, no, indiscutiblemente, la más floja, pero con este autor sucede algo parecido a lo de Woody Allen: sus obras menos logradas están muy por encima de las mejores de otros autores. Este libro de Cartarescu es en realidad, pásmense, la recopilación de artículos y relatos que el autor escribió para una serie de revistas, sobre todo Elle. Bueno, quizá aquí me esté dejando llevar por mi ignorancia y mis prejuicios y no sea consciente de que la susodicha revista es no sólo una publicación más que digna, sino todo un estandarte de la vanguardia literaria. ¿Y por qué no? También conocí, tiempo atrás, gente que compraba el Playboy porque encontraba en él artículos muy interesantes.

El caso es que, aunque estos relatos estaban, a priori, dirigidos a mujeres, en realidad, y como ya he dicho, los escribió para mí. Fijaos si no, los que, como yo, en vuestra juventud no os comíais un rosco, en este maravilloso párrafo:

Ahora pienso en Ester, con la que no me acosté nunca, una circunstancia que evoca la menuda pero tan intensa pregunta: ¿qué significa tener una mujer? Porque en realidad no has tenido decenas de mujeres con las que has hecho el amor, y en cambio sientes que nunca has poseído a ninguna más plenamente, más extáticamente, que a la pobrecilla que te ha lanzado una mirada en un trolebús abarrotado y a la que desde entonces nunca más has vuelto a ver.

Habla de mí. Yo era el rey de los trolebuses.


Don Mircea ha declarado en alguna ocasión que estas historias no son autobiográficas. Tal declaración resulta innecesaria en una época en que ni un solo escritor admite el carácter autobiográfico de la mayoría de sus obras. No sé si esta actitud general se debe a la precaución, para evitarse líos, o más bien a un deseo de fardar de imaginación. En todo caso, a nuestro autor no le duelen prendas en reconocer los orígenes de algunos de sus ejemplos más notables de desbordante fantasía. Así, en el relato sobre D., nos dice:

Más tarde, al narrar sueños en mis libros, me aproveché en innumerables oaciones, miserablemente, de una fisura en la ley de propiedad intelectual -la ausencia de copyright de los sueños- para robarle las más encantadoras y mejor trabadas visiones, los decorados más místicos, los tránsitos más discretos de lo real a lo irreal y part way back. De ella fue el sueño con el palacio de mármol invadido por las mariposas en Orbitor (...), e igualmente suyo es el sueño del inmenso recinto-cripta por el que Maria deambula durante semanas enteras sobre losas dulces de calcedonia y malaquita.

De acuerdo, es muy posible que también este párrafo sea completamente inventado, uno de esos casos en que la ficción construye una realidad basada en una ficción (seguro que esto tiene un nombre), pero de lo que no me cabe duda es que, por ejemplo, la anécdota central del relato "Con las orejas gachas", de tan surrealista y absurda que es, tiene que ser auténtica. En este relato, el narrador nos presenta a  Rodica, de quien nos dice:

Tenía también una particularidad notable. Cada dos o tres palabras decía, sin que se supiera por qué ni respecto a qué, "con las orejas gachas". Esta frase parecía salpicarlo todo, de manera imprevisible. (...) Habíamos empezado a hablar de poesía, en la terraza pobremente iluminada, de mis recientes lecturas de Ezra Pound, en concreto; yo le estaba leyendo unos versos (aquéllos de la aparición de unos rostros en una estación de metro) a lo que ella, mirando directamente al jarro de cerveza, me había respondido: "¡Sí... con las orejas gachas!", pero nos habíamos hecho amigos...


Zaraza, de Cristian Vasile, tema central de uno de los relatos

Y con tonterías como ésta, este escritor crea un puñado de relatos absolutamente redondos. El conjunto de la obra, no obstante, no está a la altura de otras del autor, pero a mí sinceramente me ha entusiasmado. Cartarescu sólo flojea cuando se pone solemne, como en los relatos "¿Quien soy yo?" y "Queremos con un cerebro de niño", así como en la historia que da título al libro, una larga lista de porques bastante divertidos y sorprendentes, que, lamentablemente, no se puede quitar de encima el tufillo paternalista de dicho título. El resto de relatos, no obstante, impecables, soberbios, sencillos, divertidos, en el estilo característico de un autor que en unos libros te lanza al pozo de tu peor pesadilla, y en otros te encandila con cuatro chorradas escritas para Elle. Eso es ser el puto amo.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Ruslán y Liudmila



Existen pocos países que sientan una devoción tan absoluta por un autor nacional como la que sienten los rusos por Pushkin. No se puede comparar esta devoción con la gloria de esos profetas llamados Cervantes, Shakespeare, Twain o Balzac en sus respectivas tierras, pues siempre habrá algún español que se enorgullezca de no haber leído el Quijote, o un inglés que piense que Shakespeare es un muermo. Pushkin, pues, de quien se dice que renovó, o, yendo aún más lejos, fundó la lengua literaria rusa, hizo en realidad algo mucho más difícil: unir a crítica y lectores a lo largo de dos siglos, y contando, en el elogio más superlativo a toda su obra.

Es habitual que, al hablar de Alexandr Serguéyevich, en primer lugar se recuerde que murió en un duelo, y en segundo lugar, se lamente que sólo se hable ruso en Rusia, pues eso, dicen, nos priva de apreciar los versos de nuestro bardo en todo su esplendor. No sorprende, por tanto, que su popularidad fuera de Rusia se deba más a sus relatos, algunos tan conocidos como "La dama de picas", sus novelas en prosa, como La hija del capitán, o a su gran novela en verso Eugenio Oneguin, en la que argumento, personajes y el espíritu del romanticismo compensan la pérdida de la magia del verso ruso. No nos paramos a pensar que poco contribuye a la popularidad de Pushkin la ignominiosa ausencia de obras como Ruslán y Liudmila en nuestro mercado editorial. En efecto, si los datos no me engañan, no existe ni una sola traducción de esta obra al español.

Frontispicio de la primera edición

El Pushkin que escribió Ruslán y Liudmila era poco más que un mozalbete lenguaraz, mujeriego, amante de la juerga, y con el descaro del niñato que, además de pertenecer a la alta aristocracia, tiene una formación humanística que ya quisiera para sí más de un catedrático de nuestras universidades. En el Liceo Imperial de Tsárskoye Seló, nuestro héroe no hizo sino consolidar su conocimiento de los clásicos que ya había iniciado desde niño en la inmensa bilioteca de su padre. Y como no sólo de Virgilio, Dante y Byron vive el poeta, su abuela materna, una humilde campesina, le había abierto desde la cuna la imaginación a la magia de los cuentos populares rusos.

Algunos de los motivos más populares de esos cuentos están ya presentes desde el mismo prólogo, que se nos antoja más bien una dedicatoria a ese mundo mágico de cabañas sobre patas de gallina, baba-yagas viajando en sus morteros, lobos, rusalkas y un gato atado con una cadena a un roble, al que da vueltas y vueltas, y le cuenta al poeta la historia que viene a continuación...

La imagen más emblemática del Ruslán

Digamos de entrada que el поэмa ruso abarca un terreno diferente del poema español. Un поэмa es una larga narración en verso, mientras que lo que nosotros solemos entender como "poema", en la lengua de Putin suele llamarse стихи, es decir, versos. Pushkin fue un genio en ambas formas, pero, volviendo a la difiucltad de traducir poesía, es cierto que la belleza, el ritmo, la creatividad y la sorprendente sencillez de sus versos sólo la pueden disfrutar al cien por cien los hablantes nativos.

Los pechenegos masacrando a las huestes de Sviatoslav I de Kiev

Así pues, dividido en seis cantos, Ruslán y Liudmila es el primer поэмa de Pushkin y está considerado un cuento de hadas épico. La historia, situada en esa fascinante época que fue la Rus de Kiev y durante el reinado de Vladimir el Grande, se abre en el palacio de éste, donde se celebra la boda de Liudmila con el gallardo y apuesto guerrero Ruslán. El matrimonio, sin embargo, no puede tener peor comienzo, pues justo cuando Ruslán, arma en ristre, se dispone a consumarlo, una extraña presencia llena la habitación y entre rayos y centellas se lleva a Liudmila y deja a nuestro héroe con dos palmos de... narices. No es de extrañar que, aparte de las críticas que cuestionaban su estilo y temática, la obra fuera recibida entre acusaciones de obscenidad.
Con la desaparición de la dulce y virginal Liudmila, comienza la aventura de Ruslán y otros tres guerreros llamados Rogday, Ratmir y Farlaf, y comienza, sobre todo, la aventura del lector. Una vez más, nos encontramos con un clásico aparentemente soso y dulzón, valga la contradicción, y que en realidad es un polvorín de magia, acción, fantasía y un surrealismo que llega a ser casi grotesco.

La bruja Naina se aparece a Farlaf

Pushkin se inspiró para esta obra en, por decirlo en una palabra, todo. Todo lo que había leído, desde los clásicos griegos y latinos hasta la literatura rusa contemporánea, pasando por las obras de Byron o Voltaire, sale a relucir en esta extraordinaria parodia, porque, en esencia, eso es lo que es. Lo que más destaca en ella, no obstante, es la parodia de las obras de caballerías, sobre todo del Orlando Furioso. Este tipo de obras, con caballeros andantes, doncellas prisioneras y perversos brujos, gozaba de cierta popularidad en la literatura de la época, pero Pushkin añadió algo hasta entonces inédito en esos tristes intentos de épica pergeñados por sus contemporáneos rusos: el humor. Ruslán y Liudmila está preñado de humor, ironía y autoparodia desde el primer hasta el último verso, y, como suele suceder con las grandes obras clásicas, es una obra de lectura fácil, apasionada e, insisto, divertida.

Preciosas escenas de la versión cinematográfica de la obra, de 1972

La incontenible fuerza visual del Ruslán ha creado imágenes inmortales que todo ruso conoce. Una de ellas es esa cabeza gigante que Ruslán se encuentra en un campo de batalla. Sorprendido, pero no mucho, el héroe le mete la lanza por el agujero de la nariz para hacerle cosquillas. A continuación escucha maravillado su trágica historia y jura venganza. Otra de esas imágenes emblemáticas podría ser cualquiera de las intervenciones de Chernomor, el perverso mago enano. Desde su entrada en escena, cuando una fila de sirvientes negros entra en el dormitorio de Liudmila transportando sobre unos cojines la barba de Chernomor, tras la cual aparece su dueño, hasta el impagable duelo entre Ruslán y el enano, con éste volando por los aires y el héroe agarrado a su barba, y que podéis ver en la primera ilustración de esta entrada, pasando por Ruslán llevándoselo metido en su faltriquera, esta obra rebosa imágenes icónicas en la cultura rusa.

Vladimir el Grande, Gran Príncipe de Kiev

Aparte de toda la historia de la literatura occidental y rusa, la otra gran fuente de inspiración en esta obra de fantasía es, curiosamente, la historia. Así, por ejemplo, los nombres de muchos de los personajes están sacados de la Historia del estado ruso, de Karamzin, del mismo modo que algunos de los hechos narrados tienen una incuestionable base histórica. Entre éstos destaca el asedio a la ciudad de Kiev por parte de los pechenegos, que tuvo lugar en repetidas ocasiones hacia finales del primer milenio. Los pechenegos eran un pueblo seminómada que hablaba una lengua emparentada con el turco, y que habían ido avanzando desde Asia central hasta  Bulgaria, Hungría y Ucrania. Sus enfrentamientos con la Rus fueron constantes, y se dice que tras matar a Sviatoslav I de Kiev, padre de Vladimir I, personaje del Ruslán, se hicieron un cáliz con su cráneo. La escena final del poema se centra en la lucha de Ruslán contra los pechenegos que asedian la ciudad.

Pushkin recitando ante Derzhavin

Hablaba más arriba del Pushkin que escribió Ruslán y Liudmila, que era un hombre muy diferente del hombre que escribió el epílogo, varios años más tarde. El joven poeta apasionado, amante del vino, del juego, de la risa y de las mujeres se ha convertido en un hombre maduro, con no menos pasión pero sí con la carga del desencanto encima. Pushkin, que siempre combinó su innata rebeldía con su proximidad al zar, y a quien de hecho el zar mismo protegía y censuraba, había visto a algunos de sus amigos ejecutados o exiliados por haber tomado parte en la Revuelta Decembrista de 1825. Ahora, lejos de los salones de Petersburgo, donde antaño deslumbrara a todo el mundo literario y sedujera a todo el mundo femenino, desde una curva del Cáucaso, triste y solo el poeta recuerda a la última rubia que vino a probar el asiento de atrás.



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