miércoles, 6 de noviembre de 2013

¿Cuándo se jodió la URSS, vampirito?

Instituto de Lengua Rusa Pushkin

La memoria es un instrumento muy rudimentario y poco fiable. Los recuerdos de nuestra juventud nos llegan hoy tamizados por los años, endulzados por la nostalgia, y distorsionados por el hecho de que la persona que los vivió nos parece hoy prácticamente un extraño. Y han pasado ya 24 años de mi viaje a la Unión Soviética.

Al buscar información sobre algunos hechos que voy a mencionar en esta entrada, me he encontrado con datos que contradicen mis recuerdos. Respecto al rublo de oro, por ejemplo, sólo he encontrado referencias a los tiempos del zar. Y sin embargo, yo estoy convencido de que había algo llamado rublo de oro, que nos benefició enormemente en un momento muy concreto. Asimismo, no he encontrado ninguna referencia a la retirada de los billetes de 50 rublos, que a tanto ahorrador en negro perjudicó, y que nosotros supimos aprovechar para dejar bien alta nuestra reputación como país de pícaros. De la misma manera, el nombre del embajador español que yo recuerdo no se parece nada al que nos indica wikipedia.


A estos datos, supongo que incuestionables, que ponen en evidencia la escasa solvencia de mi memoria, hay que añadir que muchas de las cosas que hicimos parecen, con el recuerdo, haber sido guiadas por una especie de mano de santo. Estoy convencido de que, en los aspectos prácticos de la vida cotidiana, pocas veces me vi en la tesitura de tener que tomar una decisión importante, pues siempre había alguien con más experiencia o más información, que me inidicaba los pasos que había de tomar. Dado que soy un auténtico pardillo, aún me asombro al pensar que no cometí ninguna metedura de pata gorda, no me robaron, no me timaron y no me arrestaron. Bien mirado, sin embargo, podría decirse que esa sensación indica que, en los pocos meses que estuvimos allí, todos conseguimos integrarnos plenamente en aquella vida de privaciones, caótica, bañada de gris y que me empapa de nostalgia cada vez que la recuerdo.
Así que disculpad los más que posibles errores factuales y permitidme que me ponga medio lírico en un par de ocasiones.

Partida
Desde un camino forestal cerca de Premià, a través de los cristales empañados del coche vimos cómo el cielo empezaba a teñirse de rosa sobre el mar. Levantamos el respaldo de los asientos, puse el coche en marcha y fuimos en silencio hasta su casa. Aparqué. Después de un largo silencio, nos dimos un último beso. Entonces, en un susurro prácticamente imperceptible, S. me dijo:
-Te quiero.
En diez días, se iba a vivir a Alemania, donde la esperaba su novio. En una semana, yo me iba a la Unión Soviética, donde me esperaba quién sabe qué. S. había intentado varias veces poner fin a la relación, pero a base de insistir o de poner morritos, yo siempre conseguía que cediera. Quizá mi vida hubiera sido diferente si aquella madrugada le hubiera respondido de otra forma. Pero también podría haber acabado todo diez minutos más tarde, cuando, de vuelta a Barcelona por la N-II, me caía de sueño al volante. Naturalmente, en aquel momento, y a mis 21 años, no pensé en las vueltas que podrían dar nuestras vidas. Así que simplemente, en uno de mis ataques de sinceridad y no sin cierto afán de sacrificio, decidí que lo mejor para los dos era hacer, literalmente, oídos sordos a su declaración.
-Adiós -le dije.

Lo dicho. Apenas una semana más tarde, subía, junto con siete u ocho compañeros de mi clase de ruso, a un avión de las líneas aéreas rumanas que nos había de llevar a Moscú, con escala de día y medio en Bucarest. De las impresiones de aquella brevísima estancia ya dejé constancia al final de esta entrada.

Unión Soviética, 1990
A finales de aquel año, la mayoría de la población de la URSS encaraba cada día como una operación de supervivencia. Los afortunados que tenían una bolsa de plástico salían pertrechados de ella a buscar alguna cola. Dichas colas eran completamente erráticas, aparecían y desaparecían como los ojos del Guadiana, y no era raro que se formara una para comprar, por ejemplo, jabón en una tienda de sombreros. Pero en todo caso, no había error posible en el binomio cola = artículo de primera necesidad que dentro de dos horas se habrá agotado.


No hay sitio aquí para explicar por qué la Unión Soviética que me esperaba se encontraba al borde del colapso. Entre otras muchas razones, es sabido que el país no pudo aguantar el ritmo que Reagan había impuesto a la carrera armamentística. Dentro del país, la corrupción había hecho que muchísimos productos, tanto de lujo como de primera necesidad, no llegaran a entrar en las redes de distribución y pasaran directamente al mercado negro. Era cada vez más evidente la imposibilidad de mantener a la población en la ignorancia respecto a la vida en occidente, y las historias sobre la decadencia moral y la miseria que reinaban en el mundo capitalista hacía décadas que no se las creía nadie. La gente había podido soportar la falta de libertad y la calidad de los artículos de producción soviética mientras las tiendas estaban abastecidas, pero había llegado un momento en que el orgullo de ser una supuesta superpotencia no bastaba para compensar a la población por las privaciones que pasaba. "Libertad, sí, muy bien, pero para comer ¿qué?", oí rezongar a más de un taxista.

No obstante, todo esto era muy reciente. Los acontecimientos, inevitables o no, se habían precipitado con la llegada al poder de Gorbachov, tan denostado en la URSS como admirado en occidente. Así, justo es reconocer que la vida que yo conocí era muy diferente de la que habían vivido los ciudadanos soviéticos hasta hasta hacía pocos años.

Mathias Rust y su avioneta, en plena Plaza Roja

La caída en picado de aquel gigantesco imperio estuvo marcada por sucesos a veces trágicos, otras veces casi ridículos, ocurridos con sorprendente regularidad a lo largo de los sies años del mandato de Gorbachov. El creador de la perestroika llegó a la dirección del PCUS en 1985. Casi lo primero que hizo fue admitir el estancamiento de la economía soviética y poner en marcha una serie de reformas económicas con el fin de reconducir la situación. Un año más tarde tenía lugar el desastre de Chernóbyl, de proporciones colosales, y que ponía en evidencia, entre otras cosas, las terribles consecuencias internacionales de la política de encubrimiento y censura soviéticas.
En 1987 tuvo lugar un incidente aparentemente menor, pero muy representativo de lo que estaba ocurriendo. Un aviador alemán llamado Mathias Rust consiguió burlar las defensas antiaéreas del segundo ejército más poderoso del mundo y aterrizar en la mismísima Plaza Roja. Este incidente le vino de perlas a Gorbachov, que lo aprovechó para deshacerse de su ministro de defensa, del comandante de defensa antiaérea, y depurar el ejército de todo quisqui antiglasnost y antiperestroika que se le había puesto por delante. Hasta 2.000 se cargó el tío.
Un año más tarde, estallaba el conflicto entre Armenia y Azerbaiyán por la región de Nagorno-Karabaj. Las repúblicas se subían a las barbas del Kremlin. Lo impensable se iba convirtiendo en posible, probable e inevitable. Y por fin, en 1989, caía el muro de Berlín.

Primeras impresiones
Llegados a Moscú, lo primero de lo que nos dimos cuenta es que, después de tres años de nueve horas de ruso a la semana, no entendíamos nada. Éramos capaces de traducir notas de prensa de la agencia TASS y fragmentos de discursos del PCUS, por lo que, si hubiera ido a recibirnos el Ministro de Exteriores o el Presidente de este o aquel Sóviet, quizá nos hubiéramos enterado de algo. Pero lo cierto es que en la Escuela de Traductores no nos habían preparado para entender al miliciano que controlaba los pasaportes, al pseudo taxista que nos llevó a la residencia, ni al conserje que nos asignó las habitaciones. De hecho, no sabíamos ni decir "hola". Zdravstvuite es el saludo formal. El informal priviet no lo habíamos oído nunca.


Primeras dos o tres semanas, en las que los ocho o diez españoles vamos descubriendo la ciudad juntos. Extiendes un brazo y el primer conductor que pasa se detiene. Diez rublos al centro. Conductores que guardan los limpiaparabrisas en el interior del coche, y los colocan cuando empieza a llover. Mujeres con dientes de oro. Muchos. Gafas con más pasta que cristal. Desesperada búsqueda de una shapka para mi cabezón; tuve que comprar tres, las dos primeras me dejaban un surco en la frente y me apepinaban la cabeza. Servicio de metro espectacular, columnas con sus capiteles y todo, esculturas y pinturas en las estaciones. En supermercados y librerías, las cajas registradoras son la excepción. Todas las cajeras utilizan ábacos. Y mueven los dedos a una velocidad de vértigo.

Clases
Apenas recuerdo a cuatro de nuestros profesores. En primer lugar, estaba Grigori, a quien ya mencioné aquí. Grigori era nuestro profesor de literatura, y consiguió que por lo menos yo no haya olvidado jamás el nombre de Zóschenko. Sin embargo, más que hablar de autores soviéticos, con él lo que más nos gustaba era oírlo despotricar, dentro de los límites de lo razonable, claro está, contra el sistema. El pobre Grigori, que debía de tener alrededor de 40 años, parecía un hombre prematuramente derrotado por la vida, y sólo ahora, con el régimen soviético tambaleándose, se veía capaz de sacar de dentro toda aquella rabia acumulada. La glasnost había permitido la aparición de publicaciones independientes, y la recién adquirida rebeldía de Grigori se expresaba, por ejemplo, en forma de encendidos elogios a Aргументы и факты, es decir, Argumentos y Hechos, al que definía como el mejor periódico del país. Puede sorprender, en una persona culta, esa admiración por una publicación como ésta:


... pero claro, toda la vida leyendo el Pravda tiene que tener sus consecuencias.

Teníamos también una asignatura de pronunciación, impartida por una profesora joven, guapísima y muy competente; una de conversación, por otra profesora excelente, y una asignatura llamada страноведение (stranovedenie), que consistía en algo así como el estudio de la organización política y administrativa del país, y que era absolutamente soporífera. La impartía un profesor soso y desmotivado que era capaz de dormir a las ovejas. Eso sí, stranovedenie me brindó, en el momento del examen final, un momentito de revancha. Sucedió cuando el profesor, que había decidido hacernos un examen oral, preguntó a R.
La convivencia durante meses en una misma habitación puede tener graves consecuencias para la amistad, y algo de esto hubo entre R y yo. Por eso, no pude evitar el regodeo cuando mi antiguo amigo fue incapaz no ya de responder, sino ni tan siquiera de entender las preguntas del profesor. Éste, sin embargo, debía de sentirse piadoso aquel día, y decidió darle a R una última oportunidad.
-Acércate al mapa.
R así lo hizo.
-A ver, señálame Armenia.
Con titubeante determinación, mi compañero estampó el dedo en mitad de Hungría.
-Hay que estudiar más -dijo el profesor.

Mustafá
El Pushkin era una ciudad vertical. En sus catorce inmensas  plantas vivían todo tipo de nacionalidades, culturas y estilos de vida juntos, pero no revueltos, y en ocasiones los estudiantes tenían que compartir espacio con seres de otro planeta. Así, en nuestra habitación vecina, con baño compartido, teníamos al norcoreano Song, un tipo solitario y discreto, al que era difícil arrancar dos palabras, y al que hoy me comería a preguntas.
En otras habitaciones vivían familias, padre estudiante, madre estudiante, y niño nacido en el Pushkin, como quien dice. Y hablo de habitaciones de 7 u 8 metros cuadrados. Otros tenían allí su negocio, como los vietnamitas, a quienes uno jamás veía por los pasillos del Instituto, y que se dedicaban a proveer de champán y pepsi a toda la residencia
Era imposible, pues, saber qué se escondía tras las puertas de aquellos interminables pasillos, inhóspitos durante el día, por los cuales transitaban incomprensibles y severas señoras de la limpieza, que jamás sonreían, y que probablemente consideraban que su licenciatura en arquitectura o física merecía un reconocimiento profesional mayor.


Entrar en la habitación de Mustafá era penetrar en uno de esos incontables microcosmos, un ambiente perfumado a incienso, con cálidas alfombras, cojines de colores, y, a diferencia de nuestra habitación, alma de hogar. Mustafá era de Uganda, aunque sería más preciso definirlo como ciudadano del Pushkin, y debía de llevar unos cuantos años en el instituto, años que él iba alargando con la excusa, suponíamos, de terminar su tesis doctoral. Como algunos otros estudiantes de países en vías de desarrollo, se había hecho su vida en Moscú. En todo caso, lo más probable era que no volviera nunca a vivir en su país.
A Mustafá nadie podía exponerle directamente las razones de su visita, pues se habría sentido ofendido. Las visitas a su piso se regían por un estricto ritual que consistía en agasajar al visitante con un derroche de hospitalidad africana. Se sentaba uno ante él, que estaba recostado en su cama, y esperaba a que, tras servirle un vaso de vodka, coñac o una copa de champán, le hiciera la primera pregunta.
-¿Cómo va todo, amigo?
-Bien, muy bien.
-Ah, cuánto me alegro. La familia, ¿bien?
Las clases, el frío, mi país... La cortesía se alargaba los minutos que fuera necesario, hasta que por fin Mustafá preguntaba:
-Bien, ¿y qué puedo hacer por ti?
Y sólo entonces respondía uno:
-Quería cambiar dólares.
-Ah, estupendo. ¿Y cuántos quieres cambiar?
No había cantidades pequeñas ni grandes. Quisieras cambiar 200 dólares o 20, Mustafá te agradecía de corazón tu visita, tus dólares, y te hacía sentir como si le estuvieras haciendo un enorme favor al elegirlo como cambista. Ofrecía el mejor cambio de todo el Pushkin, y era capaz de competir con los cambistas de la Lumumba.

Otra vista del Pushkin, con la residencia detrás.

Un día vi la otra cara de Mustafá. Estaba yo, como de costumbre, sentado ante él en un taburete e intercambiando cumplidos mutuos, cuando alguien entró al piso sin llamar. De repente, Mustafá se abalanzó sobre el escritorio, abrió un cajón, sacó un machete y salió disparado hacia la puerta, que yo no podía ver desde donde estaba. Oí unos gritos en una lengua desconocida para mí y a continuación un  portazo. Al cabo de unos segundos mi anfitrión volvió a entrar, algo alterado. Sin embargo, para cuando hubo devuelto el machete al cajón y se hubo recostado de nuevo sobre los cojines, ya había recuperado la compostura.
-Cuánto lamento la interrupción, amigo.
Unos meses más tarde, ya de vuelta en Barcelona, oí que a Mustafá le habían dado una paliza en la calle.

Más impresiones
Gris. No sólo el del cemento. También el del cielo, el de la nieve sucia, el de los abrigos. Las pocas notas de color en las calles eran el rojo de los ubicuos anuncios de Pepsi y, en alguna calle del centro, los colores de, si no recuerdo mal, Esteé Lauder. Gris acentuado en el recuerdo por la escasez de luz y la calidad de los carretes de fotos.


Frío. Recién llegados del setembrino calor barcelonés, nos embutimos en nuestras camisetas térmicas y gayumbos largos. Más adelante, nos acostumbramos, nos limitamos a abrigo, tejanos, shapka y botas y, hasta 15 bajo cero, no se pasaba especialmente mal. El cuerpo se convierte en un termómetro infalible. Salías a la calle, decías hoy debe de hacer menos 10, y acertabas.
Terroríficas leyendas. Historias de apéndices faciales que se congelan y se caen, y de viejas que te ven sin bufanda y se ponen a frotarte la nariz.
Mercados callejeros, donde por fin encontré una shapka de piel de mapache lo bastante grande para mí. Precios de lujo para el bolsillo ruso, abundancia de productos de todo tipo en mercados casi exclusivamente en manos de georgianos, azerbaiyanos y armenios.
Los quioscos de kvas, bebida tradicional rusa omnipresente en los manuales de lengua, siempre cerrados. Nos fuimos sin poder probarlo.

Comida
En el Pushkin había una stolóvaya (cantina) y un pequeño bar. La primera vez que entramos en éste, había en el mostrador un par de latas de pepsi, embutido, pan negro, leche, y tres o cuatro cosas más. No sabíamos entonces que, comparado con lo que vendría más tarde, aquello era el cuerno de la abundancia.
La stolóvaya era un buen sitio para desayunar. Tenían una kasha -una especie de gachas de avena- muy apetitosa, siempre que uno no le hiciera demasiado asco a las cucarachas que se paseaban entre las ollas o incluso por la bandeja. Las comidas que ofrecían a mediodía, a base de patatas, remolacha, carne de ínfima calidad y kéfir, nos permitían quedarnos en la residencia los días de lluvia, resaca y ganas de ahorrar.

Inauguración del primer McDonald's

Apenas unos meses antes de nuestra llegada se había inaugurado el primer y hasta entonces único McDonalds de toda la URSS, sito en la Plaza Pushkin. Las colas para entrar en él podían obligarte a una espera de entre media hora, si ibas un día entre semana por la mañana, a dos o tres horas un sábado por la tarde. En esas ocasiones, la cola se extendía en zigzag por toda la Plaza Pushkin, que no es pequeña precisamente. Naturalmente, había un modo muy sencillo de saltarse la cola: pagarle el correspondiente dinero (uno o dos dólares) al soldado de turno. No había necesidad de actuar con discreción. Se acercaba uno a él, le entregaba el dinero, y pa' dentro. Nadie se enfadaba, nadie se molestaba, todo el mundo lo entendía.

Kéfir, embutido y, para variar, pan blanco

Una vez dentro, podías disfrutar de una experiencia probablemente única en el mundo de los McDonalds: ser atendido por tres jóvenes atentos, sonrientes, radiantes, felices, que te deseaban un buen día y veías que lo decían de corazón. Los precios, aunque baratísimos para el bolsillo occidental, estaban fuera del alcance del ruso medio, y por ello era normal ver a una familia pasarse tres horas compartiendo un batido.

Otra opción para comer pasaba por ir a una cooperativa, una especie de restaurante privado, negocio legal por primera vez desde el NEP gracias a la Ley de Cooperativa de Gorbachov, y donde por 10 rublos uno podía disfrutar de una comida  más que pasable. Estas cooperativas eran muy discretas, uno podía pasar por delante sin saber que allí había comida. En el interior eran casi todo hombres, y se respiraba un ambiente algo raro, como si se esperara de un momento a otro una visita no deseada.

Llegado el invierno, la stolóvaya dejó de servir comidas, y a duras penas tenía kasha para abastecer a todas las cucarachas y los pocos estudiantes que todavía nos acercábamos por allí. En el bar, que extrañamente seguía abierto, no quedaban más que los pósters descoloridos de modelos vietnamitas o búlgaras. Afortunadamente, a estas alturas ya éramos unos veteranos en supervivencia, y cada pocos días nos aprovisionábamos de kefir, uvas, plátanos y avellanas en algún mercado callejero.

Eso sí, cuando apretaba el hambre de verdad, sólo había un sitio. Llegué a zamparme nueve hamburguesas en una tarde.

Diplomacia
A las pocas semanas de haber llegado a Moscú, recibimos una invitación nada menos que de la Embajada de España, para una pequeña presentación y reunión informal. Té y pastitas, vamos.
No sé si esto era parte del convenio con nuestra Escuela Universitaria. La verdad es que, como ya he dicho, al recordar todos estos episodios, tengo la sensación de que había una especie de mano mágica que se encargaba de todo. Probablemente eran las chicas del grupo.
 El señor Embajador y su esposa fueron amibilísimos, nos dieron consejos bastante útiles para la vida en Moscú, y se mostraron muy interesados por nuestros estudios y proyectos. En todo caso, no tardamos en darnos cuenta de que habíamos sobrestimado la importancia de la palabra "informal", porque allí nos presentamos de una guisa que dejaba bastante que desear: muchos tejanos, barba de tres días, zapatillas de deporte y riñoneras que desentonaban un tanto en el salón del embajador. Ninguno de nosotros estaba acostumbrado a tamaña formalidad, por muy informal que fuera ésta. Recuerdo que hubo quien, taza de café en una mano, se peleó con unas extrañísimas pinzas para coger una galleta de la bandeja que la sirvienta sostenía ante él con encomiable paciencia. Tras un violento silencio de más de un minuto, consiguió hacerse con la elusiva galletita, para luego, sin saber qué hacer con ella y con la otra mano ocupada, proceder con gran delicadeza a depositarla sobre su rodilla.

Encantadoras ediciones de libros para niños

Por eso, cuando días más tarde recibimos otra invitación de la embajada, con motivo del Día de la Hispanidad, para una recepción en uno de los restaurantes de más postín de todo Moscú, nos juramentamos para no caer por segunda vez en el mismo error. Peluquería, ropa planchada, vestidos, alguna corbata y rumbo al restaurante. Allí pudimos constatar que nuestro esfuerzo había sido en vano. Aquella recepción, habitual por otra parte, era una costumbre pensada sobre todo para los Niños de Moscú, aquellos hijos de republicanos que sus padres enviaron a Rusia para salvarlos de los estragos de la Guerra Civil. Estos niños rondaban hoy los 60 años, seguían hablando, en su mayoría, un español impecable, y sufrían, naturalmente, las mismas privaciones que sus vecinos. Para ellos aquella recepción era, pues, un auténtico oasis en medio de la economía soviética. Cada vez que el camarero salía de la cocina con la bandeja de canapés, no podía dar más de dos pasos antes de que se la vaciaran. Llevábamos apenas un mes en Moscú, pero comprendimos perfectamente aquella voracidad.

Comprando libros
Como todo el mundo sabe, en los regímenes comunistas no existe el desempleo. Una de las mejores maneras de observar en qué se ocupaba la población activa era en las librerías.
Dom knigi era una de las mayores librerías del país. A diferencia de otras tiendas del estado, La casa del Libro no estaba desabastecida. Sus enormes estanterías estaban repletas de libros, y uno podía encontrar allí los más de cincuenta volúmenes de las obras completas de Lenin, todos los clásicos del XIX, las ediciones cubanas de Lorca, Machado y Pérez Galdós, y diccionarios bilingües ruso-persa. Si uno sabía buscar, podía adquirir a precio de ganga auténticas joyas. El problema era que esa búsqueda no resultaba fácil. Un mostrador tan largo como la estantería se interponía en todo momento entre cliente y libros. Si uno quería hojear un libro, tenía que pedírselo a una de las incontables dependientas que pululaban por ahí con cara de mala hostia. Como podéis imaginar, había que seleccionar muy bien el libro que queríamos que nos mostraran, dado que nadie se atrevía a pedir su ayuda más de tres veces. Pero un momento, ¿qué es ese ruido? Un creciente rumor recorre la librería. La gente empieza a andar de un lado para otro con rostro expectante. Sin llegar a correr, tres o cuatro sí empiezan a andar a grandes pasos. En algún momento, me consta, ambos pies pierden contacto con el suelo.


En otro rincón de la librería hallo la explicación. Ha llegado una remesa de diccionarios inglés-ruso. La gente se agolpa ante el mostrador, y empiezan a comprarlos a porrillo. Aquél al que le llega el dinero, compra tres o cuatro ejemplares; el que tiene menos, sólo uno. Al cabo de un rato no queda ni un solo diccionario. Pero si os habéis quedado sin uno, no desesperéis. Volved mañana mismo y, a la puerta de la tienda, veréis a los compradores de hoy vendiendo los preciados diccionarios por cuatro o cinco veces su precio.

Red de informadores
En aquella sociedad era fundamental tener un servicio de inteligencia de confianza. Y si no, que se lo digan a los vietnamitas.
Una noche en la que no recuerdo qué estábamos haciendo, llegó alguien de repente con la noticia de que el gobierno acababa de anunciar la retirada inmediata de los billetes de 50 euros. Todos los ciudadanos que tuvieran en casa dinero en billetes de esa denominación podrían cambiarlos en el banco al día siguiente. Naturalmente, había un límite al número de billetes que se podían cambiar, y cualquier cantidad superior sería imposible de justificar. El gobierno quería combatir así la economía sumergida.
Como todos los residentes en el Pushkin, cada uno de nosotros tenía unos buenos cientos de rublos en billetes de 50. ¿Qué hacer? Alguien tuvo la brillante idea de gastárselo inmediatamente, así que, ni cortos ni perezosos, subimos al piso de los vietnamitas, que eran los proveedores oficiosos de champán y que, para su desgracia, jamás se dejaban ver por la sala del televisor. Les compramos unas cuantas docenas de botellas. Debieron de pensar que habían hecho el negocio del año.

Una mañana un compañero llamó a la puerta, nos despertó y dijo algo así como: hoy es el día.
Llevábamos ya varias semanas en el Pushkin y todavía no habíamos pagado el curso. Por culpa de algún malentendido, no estábamos de acuerdo con la cantidad que nos pedían, que se alejaba mucho de lo que nos habían dicho en Barcelona. El consiguiente follón puso en una situación comprometida al departamento de ruso de nuestra universidad y complicó las cosas un poquito más a la próxima quinta. Pero lo cierto es que, en mi caso, si me hubieran dicho que costaba lo que ahora pedían, ni me habría planteado el viaje. Por suerte, nuestro servicio de inteligencia era infalible, como se demostró un par de horas más tarde. Tras rellenar incontables impresos en el banco, descubrimos que, gracias a haberlo pagado aquel día, en que el rublo de oro estaba en su cotización más baja, el curso nos salió por un precio tres veces inferior al que habían pagado los estudiantes más cumplidores. Ahora por fin podíamos faltar a clase con la frente bien alta.

La farándula
Un día llegó al Pushkin un señor del cine. Buscaba sofisticados rostros occidentales para hacer de extras en una película que se iba a titular гангстеры в океане (Gángsters en el océano). Pagaban cuatro duros, pero nos daba la oportunidad de vivir una experiencia nueva y ver de cerca a Anna Samokhina, un bellezón cuyo rostro se podía ver en los carteles de películas que aportaban un poco de color a las calles. El cazatalentos nos pidió una foto en la que saliéramos favorecidos y al día siguiente vino con un autocar a recogernos y llevarnos al estudio.

Anna Samokhina

Los que hayáis estado en un rodaje, sabréis que pocas cosas hay en este mundo más aburridas. Nuestro papel como extras consistía en beber, charlar, fumar y reír con elegancia en el restaurante de un barco, mientras un crooner ruso cantaba Georgia on my mind, de Ray Charles. Debí de oír la cancioncita por lo menos treinta veces aquel día. Mientras tanto, la Samókhina se tumbaba en el sofá con aires de diva agobiada por los aspectos más mundanales del estrellato. 
Terminada la jornada, teníamos muy claro que al día siguiente no volveríamos allí ni locos. No obstante, a la mañana siguiente, a la hora convenida oímos los golpes en la puerta. Los tres chicos que compartíamos habitación estábamos durmiendo con nuestras respectivas. Nos hicimos los sordos y seguimos en la cama, con los ojos bien apretados. Se repitieron los golpes, hasta que al final, alguien abrió la puerta de la habitación. Supongo que, al encontrarse con tres parejas profundamente dormidas en sendas camas, quienquiera que había entrado sintió algo de pudor ante la perspectiva de decirnos "venga, perezosos, al rodaje". Se marchó en silencio, sin dar un triste portazo siquiera.
Hace un par de años, descargué la película. Pasé el cursor adelante y atrás, pero no había ni rastro de la escena en el restaurante y ni un solo acorde de Georgia on my mind. No había quedado nada de aquella escena, ni con nosotros ni con nadie más. Un día entero de rodaje tirado por la borda, nunca mejor dicho. Así, mi gloria cinematográfica se reduce a "yo eché a perder una escena de Gángsters en el océano".
Gangsters en el océano, o mi frustrado pasaporte al estrellato

Tiendas
Este apartado puede resumirse en una foto.


Claro que también podríamos hablar de los almacenes GUM, Principales Tiendas Universales. Ir a los GUM significaba hacer la compra con la mayor comodidad imaginable. Así, en lugar de recorrer uno tras otro todos los supermercados y tiendas estatales del barrio, siempre vacíos, en los GUM uno tenía todas las tiendas vacías juntas.

вечеринки 
Vecherinka significa fiesta, y es una de las primeras palabras que aprendía el residente del Pushkin. Estas fiestas solían celebrarse en la cocina que había en cada planta, por lo que, al caer la tarde, debía uno informarse y preguntar por ahí en qué кухня de las catorce que había era esa noche la fiesta. Éstas empezaban lo bastante tarde como para que no hubiera nadie ya cocinando, pero en la de mi cumpleaños una señora india tuvo que prepararse el curry con bastante ruido de fondo.

Bailando merengue en una de nuestras вечеринки. Esa cocina todavía se llenaría mucho más.

Los latinoamericanos eran los amos de la noche. La inmensa mayoría de ellos no residían ni estudiaban en el Pushkin, sino en la vecina Universidad Patrice Lumumba (hoy Universidad Rusa de la Amistad de los Pueblos). Supongo que las normas en aquella universidad eran bastante más estrictas que en nuestra residencia, donde los milicianos encargados de vigilar la entrada y de que no entrara nadie ajeno al instituto (todos teníamos nuestro carnet) se contentaban con unos pocos rublos para hacer la vista gorda.
A diferencia de la Lumumba, en el Pushkin había muchos estudiantes como nosotros, que no iban a Moscú becados para cinco años, es decir con necesidad de aplicarse en los estudios. A diferencia de ellos, muchos de nosotros, españoles, norteamericanos, italianos y alguna nacionalidad más, veíamos el final de nuestra estancia a la vuelta de unos meses, teníamos nuestros dólares y, sobre todo, muchas ganas de juerga. Este carácter de algunos estudiantes, unido a la permisividad de milicianos y autoridades del instituto hacían del Pushkin un imán para otros estudiantes internacionales, buscavidas soviéticos, y amantes de la fiesta en general. Entre estos últimos destacaban cubanos, venezolanos, colombianos y dominicanos, quienes, huelga decirlo, imprimían a las вечеринки un aire bastante poco eslavo. De hecho, nuestra banda sonora de aquellos meses consiste en La Bilirrubina, que un año después arrasó en España.

¿Qué os decía?

Lógicamente, la permisividad de aquellos corruptibles milicianos no dejaba de entrañar algunos riesgos. Una mañana tras una vecherinka de órdago, llamó alguien a la puerta de nuestra habitación. Al abrir me encontré con Juan el Venezolano, que, sin molestarse en saludar, me preguntó:
-Oye, ¿quién me apuñaló anoche?
 Acto seguido se estiró el cuello de la camiseta para mostrarme el tajo que le recorría el hombro como un desfiladero de película de Spielberg. Recordé a aquel karateka azerbayano con mallas de piel de leopardo, que se había pasado la noche abrazado a la botella de ron y exhibiendo su marcial arte. Le respondí a Juan:
-Yo no.
Naturalmente, ni Juan ni el azerbayano residían en el Pushkin.

Fuera de aquellas cocinas, las posibilidades de fiesta se reducían hasta niveles norcoreanos. Las discotecas eran en aquel entonces algo prácticamente desconocido, y la idea de salir a tomar algo era tan inconcebible para un ruso como ir a Marte. Había, eso sí, algunos escasísimos bares de divisas, que era como se llamaban, donde pagando en dólares podías tomarte una cerveza, y dos y tres, algo que nos parecía milagroso. Estaban frecuentados, como es de suponer, únicamente por extranjeros, pero en honor a la verdad, eran lugares (hablo en plural aunque de hecho sólo conocí uno) bastante civilizados. Y digo esto porque el otro recurso para buscar un poco de marcha era ir a un hotel.
Juan el Colombiano (también había un Juan el Cubano) ya había intentado impresionarnos a los pocos días de nuestra llegada con una cena que organizó en un hotel cercano al Pushkin. La cena incluía champán a gogó, mucha pepsi, caviar, salmón y espectáculo de striptease, todo ello en un exquisito ambiente de señores barrigones y putas borrachas. El paradigma del refinamiento, si lo comparamos con nuestra visita al Intourist.

El antiguo Hotel Intourist

Su eslogan podía haber sido "somos más que un hotel". Aparte de la agencia de viajes más grande del mundo, el Intourist, fundado en 1929 por Stalin, tenía entre su personal, según wikipedia, agentes del NKVD y, posteriormente, del KGB.
Una de aquellas tardes en que decidíamos buscar un poco de diversión que fuera más allá del ron y la bilirrubina, se nos ocurrió meternos en aquel inmenso y monstruoso edificio que, por lo visto, ya no existe. En la planta baja había una especie de terracita interior la mar de agradable, donde uno podía tomarse un café bastante decente. Un ambiente tranquilo, si no fuera por ese murmullo de fondo que parece proceder del sótano. Un par de nosotros decidimos aventurarnos por pasillos y escaleras, a ver si conseguimos desentrañar el misterio. El murmullo ha ido subiendo de tono hasta convertirse en inconfundibles gritos, risas, cánticos alcoholizados y música a todo trapo. Una puerta con unas escaleras que se precipitan hacia abajo nos revela el origen de aquella orgiástica fanfarria. Humo, ruido salvaje, y decenas de lo que parecían altos ejecutivos alemanes o ingleses saltando sobre las mesas, dando tumbos por la pared o desparramados sobre una silla con una puta en cada pierna. Si los del KGB buscaban el modo de hacer chantaje a gente de pasta, en aquel bar no daban abasto con las fotos.

Vida cultural
Hice lo que pude. Vi alguna que otra obra de teatro entera. Me fui al descanso de El doctor Zhivago, de la que, de todas formas, no entendía nada, para llegar al McDonalds antes de que cerrara. Aguanté la mitad del ballet El maestro y Margarita. Y no sé cómo, me tragué una ópera norcoreana de principio a fin. Era la única oportunidad de ver un espectáculo en el Bolshói. Con subtítulos y todo, como si hiciera falta seguir el argumento. En mi vida he visto semejante bazofia.

Algo estaba cambiando en el país

Algunos conciertos de rock. Al igual que empresas como Pepsi y Marlboro, había artistas que querían ser pioneros en la URSS. Así, fui a ver a Leo Sayer, a quien nos presentaban como una auténtica leyenda de la música. También asistí al concierto de Zucchero en el Kremlin.
Arrasé en librerías, donde me hice con verdaderas joyas, algunas de las cuales he perdido en las siete u ocho mudanzas que he tenido desde entonces. También en Melodia me hice con un buen surtido de LPs. Ya ves tú, qué hago ahora con eso.
Por lo demás, poco cine. En el Festival de Cine Español vi Las cartas de no sé quién, sobre la inmigración.
No recuerdo qué más. No había mucho donde elegir. Y hacía mucho frío. Lo siento.

Últimas impresiones
Todo vacío. Tiendas, bares, supermercados. Vacíos. Borrachos dormidos de pie. Nieve perpetua. Con la Navidad y la llegada del invierno, se van los primeros estudiantes, entre ellos mi chica, que vuelve a un país nuevo. El suyo, la RDA, ha dejado de existir. Alguna vecherinka debe de haberse desmadrado, y ya no permiten las fiestas en las cocinas. Una indolencia oblomoviana se apodera de nosotros. Cuando alguien nos dice que ha estallado la guerra en el Golfo, le respondemos "¿y para eso nos despiertas?" El gozo de poder ayudar a un moscovita que te ha preguntado direcciones. A 20 bajo cero, los rusos siguen diciendo que no hace frío, sino тепло, es decir, templado. Y tienen razón. Rumores de que en aquel restaurante, donde cenaste hace unas semanas, entraron unos tíos con metralletas y se cargaron a no sé quién. Viaje de vuelta en tren. Imposible meter en un avión todos los libros y también las incontables chorradas que hemos comprado. Nos fuimos sin saber que el país tenía los meses contados.

Epílogo
Hace un par de años, en la Plaza Urquinaona, una tarde de sábado de aquéllas en que la gente sube, baja, cruza Pau Claris de uno a otro lado y se apelotona en las estrechas aceras, iba yo con mi mujer y niños abriéndome paso como podía entre el gentío, cuando me encontré de repente con unos ojos que me miraban fijamente. No era una mirada amenazante, sino más bien llena de algo parecido al miedo. Hacía casi veinte años que no nos veíamos, y ahora ahí me tenía, casado, empujando un cochecito de bebé y con dos niños más a mi lado.
S. bajó la mirada y pasó de largo a toda prisa.

¡Que siga la вечеринкa!

miércoles, 23 de octubre de 2013

Genealogía y genocidio


Hay libros que merecen el curioso elogio de ser interminables. Bien sea porque, una vez cerrados, la historia sigue dando vueltas en la mente del lector; sea porque la búsqueda que constituye su eje central termina inconclusa; o sea porque se trata de una obra tan extraordinaria que desearíamos no terminara nunca. Pues bien, La casa de nogal lo es por esos tres motivos.

La mejor foto de la portada que he podido encontrar

Allí se recordaba durante siglos quién estaba loco en la familia, se transmitía la memoria de los niños retrasados que habían muerto sin cumplir los siete años, se sabía de quién era hermano el que había violado a una niña de catorce y la había arrojado a un hoyo más arriba de Popovo polje, y qué bisabuela se había fugado con un turco y por las callejuelas de Esmirna se había bajado las bragas, acostándose con comerciantes franceses y aventureros; se recordaba a todos los bastardos nacidos desde los tiempos en que aquello no era ni ciudad, sino un montón de piedras asomadas al mar...



En el verano de 1989 conocí a Daniela, una chica de Zagreb. Un día estábamos hablando de la vida en nuestros respectivos países, cuando me dijo, con una mirada triste, pero también con la mayor tranquilidad y resignación imaginables: " en mi país va a haber una guerra civil".

Todos recordamos el horror que asoló un rincón de Europa y acaparó a ratos nuestras pantallas en los 90. En un principio, si no recuerdo mal, la prensa se refería al conflicto como la Guerra de los Balcanes. Hoy, sin embargo, el término más preciso es Guerras Yugoslavas, para así distinguirlas de los conflictos que tuvieron lugar en la península de los Balcanes en 1912 y 1913. Cuando, ante la repetición de los genocidios en Europa, historiadores y otros expertos intentaban dar una explicación a lo que estaba ocurriendo, con frecuencia se remontaban a aquellas primeras guerras y al modo en que, con la caída de los imperios otomano y austro-húngaro, había surgido el Reino de Yugoslavia, que unía el Estado de los Eslovenos, Croatas y Serbios con el Reino de Serbia, que a su vez previamente se había anexionado el Reino de Montenegro. Y si esto parece complicado, en realidad lo es mucho más.


La historia de los diferentes pueblos que un día formaron el estado de Yugoslavia es apasionante. Este extraordinario libro, que, digámoslo ya, es una novela monumental y no tiene un ápice de tratado de historia, me ha hecho llenar un poquito las volcánicas lagunas de mi ignorancia. Suele suceder, por lo menos conmigo, que uno ve la vida pasar a su lado, oye nombres y términos que no conoce, lee alguna noticia por aquí, enlaza mal una cosa con otra y ya se cree lo bastante bien informado incluso como para emitir juicios. Apenas era un niño cuando murió Tito. Recuerdo los telediarios llenos de información sobre alguien que debía de ser muy importante, pese a tener nombre de payaso, futbolista o salsero. Recuerdo a los zagrebinos que conocí en EEUU, que se indignaban cuando los americanos se referían a Yugoslavia como un país soviético. Recuerdo que de repente Europa pareció llenarse de pueblos recién nacidos: Bosnia, Herzegovina, Eslovenia. Recuerdo que la gente te preguntaba tú que opinas y que probablemente yo, sin titubeo alguno, respondía pues esto. 

Los funerales de Tito, recordados en Underground de Emir Kusturica. Faltaron Jimmy Carter y, curiosamente, Fidel Castro.

Aquella república que aunaba a pueblos que llevaban generaciones conviviendo y masacrándose con regularidad, que con mano implacable Tito consiguió mantener unida y fuera de la esfera soviética, empezó a desintegrarse tras la muerte de éste. En La casa de nogal, Jergovic no se propone ofrecernos su teoría sobre las raíces del conflicto. Quizá intuye, acertadamente, que nunca se podrá llegar a la verdadera raíz de ese horror, o quizá se niega a aceptar la descorazonadora conclusión de que la causa original es nuestra condición humana. En todo caso, el autor, sabedor de que no va a llegar a ningún lado, se zambulle en esa búsqueda histórica con el ánimo, quizá, de sacar a la luz tanto crímenes como actos nobles de unos y otros , y acercarse un poquito a algo parecido a una reconciliación.

Josip Broz Tito y su esposa Jovanka, fallecida el 20 de octubre de este año

Por tanto, esta novela decepcionará a quienes busquen en ella una "explicación" de las guerras en la antigua yugoslavia, pero cautivará a los amantes de la buenas historias y la gran literatura. En algún blog que he visitado por ahí, comparan esta novela con Cien años de soledad. Es cierto que ambas comparten la narración de tono épico estructurada alrededor de una saga familiar. En La casa de nogal Jergovic, no obstante, sustituye el componente mágico del realismo por el histórico. A mí, como a tantos otros, la novela icono del boom me deslumbró en su momento, pero la verdad es que, recordado García Márquez y recién leído Jergovic, tengo muy claro quién gana hoy en la comparación. Tanto me ha gustado.

Draza Mihailovic, líder de los chetniks, en el juicio que lo condenó a muerte

Martin Amis tiene una novela titulada La flecha del tiempo, que en mi opinión es bastante fallida, en la que nos narra una historia hacia atrás en el tiempo. No se trata exactamente de flashbacks, sino de que la narración avanza, literalmente hacia atrás. La gente trabaja de la tarde a la mañana, se acuesta con la salida del sol, vomitan la comida en el plato, algunos devuelven la vida a los muertos aspirando las balas con el revólver, y cosas así. Jergovic también nos cuenta su historia hacia atrás, pero, afortunadamente, y a diferencia de Amis, no pretende deslumbrarnos con un ejercicio de estilo. Los quince capítulos de que consta la novela son, sencillamente, quince momentos de la historia de Bosnia, que comprenden desde aquellos trágicos años 90 hasta finales del s. XIX,  pasando por la muerte de Tito, de Stalin, la II Guerra Mundial, la caída del Hindenburg, la muerte de Rodolfo Valentino, o la derrota del Imperio Otomano.

El asesinato de Alejandro I de Yugoslavia

La novela se centra en el personaje de Regina Delavale, a quien conocemos en el capítulo inicial, el XV, cuando está al borde la muerte, y cuya vida vamos remontando hasta llegar a los años previos a su gestación y nacimiento. El capítulo final es, pues, el primero, y la historia se detiene aquí porque desaparece Regina y porque, desgraciadamente, todos los libros, incluso éste, deben tener un punto final. Pero esa búsqueda de una respuesta concluyente a la cuestión del origen está condenada al fracaso desde el comienzo, pues, como sucedía en la maravillosa escena final de aquel clásico del cine de los años cincuenta titulado El increíble hombre menguante, cuando llegamos al centro, a la raíz, al núcleo, se abre de nuevo ante nosotros el abismo del infinito.


Si es importante que en todas las guerras haya malos, en una guerra civil lo es más todavía, ¿verdad? Por eso, durante las Guerras de Yugoslavia, se extendió entre occidente la idea, tácitamente aceptada, de que los serbios eran los malos, y cualquiera que se atreviera a sostener que las cosas no eran tan sencillas era inmediatamente criticado, cuando no condenado al ostracismo. (Tengo que reconocer que, para mi vergüenza, yo mismo participé de ese odio a los serbios, y me indigné de que no los expulsaran de por vida de las competiciones internacionales de baloncesto). Son conocidos, por ejemplo, los casos de Peter Handke o de Emir Kusturica. Ambos, Kusturica sobre todo a raíz de su inmensa y polémica película Underground, fueron duramente criticados por ser, lagarto lagarto, pro-serbios. Y aunque en algunos lugares aceptamos que en las guerras civiles todo está muy pero que muy clarito, tenemos que admitir que puede suceder que en otros lugares las cosas sean más complicadas.

Stjepan Filipovic, partisano croata y héroe nacional a títutlo póstumo, momentos antes de ser ahorcado por los nazis

La casa de nogal está poblado por ustachas. El término puede que no nos diga mucho, y sin embargo, estamos hablando de una de las organizaciones más despiadadas y genocidas de todo el siglo XX. Fundada en 1930, funcionó siempre más bien como una organización terrorista de ideología pseudo fascista y ultraconservadora que contó con la bendición de la iglesia católica. Con la anexión de Yugoslavia por las Potencias del Eje, los ustachas, dirigidas por el infame Ante Pavelic, fueron designados por los nazis para gobernar el recién creado Estado Independiente de Croacia, que fue, de hecho, una nación títere del III Reich. Los ustachas aceptaron con entusiasmo la misión de limpiar el país de elementos indeseables, pero, curiosamente, fueron mucho más tolerantes con el Islam que con los ortodoxos, es decir los serbios, a quienes estaban dispuestos a aniquilar. La limpieza étnica viene de muy lejos. Así, en junio de 1941, apenas dos meses después de hacerse con el poder, crearon el campo de concentración de Jasenovac.

Para que os hagáis una idea, ésta es una de las fotos menos crudas del Campo de Jasenovac. 

Auschwitz. Sí. Majdanek. Mauthausen. Dachau. Treblinka. Quien más quien menos, todo el mundo conoce esos nombres. En la historia, Jasenovac se quedó entre las últimas filas del horror, cuando, en realidad, estamos hablando de uno de los mayores campos de exterminio de toda Europa, y donde, si es que en esto puede haber grados, la crueldad humana alcanzó límites tan inimaginables que los oficiales nazis de Auschwitz que lo visitaron salieron horrorizados.

Tras la guerra, los oficiales del campo corrieron distinta suerte. Algunos emigraron a Argentina y fueron posteriormente extraditados; hubo quien, como Ante Pavelic, recibió asilo político en la España de Franco; otros fueron ejecutados al final de la guerra por los partisanos, de alguno se perdió el rastro, y uno de ellos, Vjekoslav Luburic, fue asesinado en 1969 en Carcaixent, Valencia. Sigue siendo un misterio quién ordenó el asesinato.


Fascinante. Espeluznante.

Pero los ustachas son tan sólo una de las muchas caras del horror. Los serbios tenían en los chetniks, con Draza Mihailovic a la cabeza, a su organización paramilitar y asesina. Los Partisanos de Tito, por su parte, pese a haberse ganado cierta aura heroica por su lucha contra las Potencias del Eje, no dudaron también, tanto durante la guerra como tras el fin de ésta, en lanzarse a asesinar a diestro y siniestro a quienes consideraban colaboracionistas.

Y si mi curioseo sobre la historia de Yugoslavia se ha centrado sobre todo en la segunda mitad del pasado siglo, la novela, como ya he dicho, va mucho más allá, y llega, si no recuerdo mal, hasta 1873. Capítulo tras capítulo, los personajes centrales van y vienen hasta que, con su nacimiento, desaparecen, mientras sus incontables historias, algunas de las cuales darían para toda una novela, se entrelazan con los acontecimientos históricos con la misma naturalidad con que para nosotros ciertas noticias son inseparables del lugar donde las recibimos.


De Miljenko Jergovic leí hace unos meses Buick Rivera, una historia donde el conflicto de los Balcanes es tan sólo el telón de fondo de una historia situada en los EEUU. Me pareció una muy buena novela, y por ello me lancé con entusiasmo a la que nos ocupa. Un entusiasmo innecesario, por otra parte, ya que la historia nos atrapa desde la primera línea. Tengo ahora esperándome Los Karivan, que parece compartir algunos aspectos con con La casa... Mejor esperar un poco.

Miljenko Jergovic, bosnio de nacimiento, croata de adopción, tiene, además de pinta de buen tío, una gran cualidad: no es nacionalista. Pues sí, señores, parece ser que fuera de nuestras fronteras, incluso en una tierra como los Balcanes, no sólo hay gente que tiene la habilidad o el coraje de declararse no nacionalista, sino que incluso los demás se lo toleran. Es más, pareceque incluso le creen. Quiero emigrar.

La casa de nogal, en suma, es una de las novelas más impresionantes y que más me han hecho disfrutar en mucho tiempo. Espero que haya quedado claro que el interés de la obra no se limita a su aspecto histórico. Jergovic es un narrador extraordinario, capaz de crear unos personajes tan épicos como verosímiles; capaz de hacernos pasar casi sin darnos cuenta de una historia a otra sin perder jamás el hilo; de recorrer la historia de su país y, lejos de abrumarnos, tenernos completamente absortos, y, siendo difícil elegir, capaz de brindarnos unas úlltimas y orsonwellesianas páginas que son de auténtica antología.


lunes, 7 de octubre de 2013

El humor en los tiempos del NEP


La primera vez que oí hablar de Zóschenko fue cuando estudiaba en la Unión Soviética. En clase de literatura, el primer día el profesor nos preguntó qué autores conocíamos. Mientras le recitábamos toda la lista del XIX, su rostro se iba descomponiendo en sucesivas muecas de desazón. "Sí -dijo-, Turguénev, Gógol, muy bien, pero ¿literatura soviética? ¿No conocéis ningún autor soviético?". Nos quedamos todos en blanco. Si por lo menos en ese momento hubiera preguntado por Pasternak o Bulgákov, podríamos haber salvado nuestra dignidad. Pero cuando preguntó, un tanto airado: "¿Zóschenko? ¿No habéis oído hablar de Zóschenko?", sólo pudimos responder con el más embarazoso y filisteo de los silencios. Mal inicio de curso.


No es de extrañar la indignación de aquel entrañable profesor llamado Grigorii. Mijaíl Zóschenko fue, desde la creación de la Unión Soviética, uno de los autores más queridos y populares en el país, popularidad que, sin embargo, apenas si llegó a occidente. Se conoce a Zóschenko sobre todo como autor satírico, aunque, nos dice wikipedia, tal consideración peca de superficial. Zóschenko fue un gran cuentista, y la sátira (palabra que a mí me resulta demasiado fuerte para describir sus relatos) ocupa tan sólo una pequeña parte de su producción. En cualquier caso, es por sus escritos satíricos por los que destaca y con ellos, además, entronca con la gran tradición rusa que va desde Gógol hasta Bulgákov o Ilf y Petrov, por quedarnos en el NEP.

"De la Rusia del NEP nacerá la Rusia socialista"

La mayoría de relatos recogidos en Matrimonio por interés y otros relatos (1923-1955) pertenece a ese periodo de la entonces recién nacida Unión Soviética, en que, a instancias de Lenin, que ya se había dado cuenta del desastre económico que, más que cernirse, asolaba ya a todo el país, decidió llevar a cabo una tímida flexibilización de la política económica. Dicha flexibilización, conocida como el NEP (novaya ekonomícheskaya politika) o "capitalismo de estado", tenía como objetivo estimular la pequeña empresa, mientras el estado seguía controlando la gran industria, la banca y el mercado exterior. Todavía hoy se discute si el balance de esta política económica fue positivo o no, dado que, junto a la nueva prosperidad y el enriquecimiento de pequeños y medianos empresarios y cooperativas, volvieron las grandes desigualdades y un terrible aumento del desempleo. En definitiva, mucho dinero y muy mal repartido, mucho nuevo rico y muchísimos viejos pobres.


Acantilado publicó este volumen en 2005, es de suponer que con escaso éxito, ya que desde entonces no ha vuelto a publicar a este prolífico y excelente autor ruso. Y es que el humor de Zóschenko parece bastante difícil de trasladar al lector español contemporáneo. En primer lugar, está la dificultad de la lengua. En aquellos años no sólo se estaba construyendo un nuevo país, sino también un nuevo hombre. Tan ambiciosos proyectos suponían, evidentemente, una tentación irresistible para cualquiera que quisiera pitorrearse de la tesitura. Pero además, todos sabemos que no hay sociedad nueva sin lengua nueva. Zóschenko juega con estos aspectos en proceso de transformación, donde la lengua de la calle (que en ruso tiene una cantidad de registros que se me antoja muy superior al español) intenta acercarse a la grandilocuencia de los nuevos tiempos con resultados grotescos, y muy difíciles de reflejar en un español de hoy.

Uno de los muchos cuentos sobre Lenin que escribió Zóschenko 

Otro obstáculo para apreciar la comicidad de estos relatos se debe a la que es, probablemente, la seña de identidad de Zóschenko. Nuestro autor recomendaba que sus relatos fueran leídos en voz alta, y parece ser que él mismo ofrecía lecturas públicas en los que el público se desternillaba. Su estilo serio y seco, que contrastaba enormemente con el absurdo de sus historias, así como el modo en que jugaba con los diferentes registros, hacen de nuestro autor una especie de Eugenio (mucho ruso en Rusia) de la época. De hecho, muchos de estos relatos parecen monólogos de un cómico.

Los baños
Queridos ciudadanos, dicen que en América los baños son magníficos.
Allí, por ejemplo, llega un ciudadano...

Caído de la luna
En los últimos dos años la vida ha cambiado mucho.
Y, ante todo, resulta curioso señalar que los robos casi han desaparecido.
La gente se ha vuelto como quien dice...

Europa
A los rusos les encanta hablar mal de su propio país. Que si esto está mal, que si aquello no les gusta. En cambio en Europa, mire usted por dónde, todo es fantástico...

La foto
Este año necesité una foto para un carné. No sé cómo debe ser en otras ciudades, pero en la nuestra, en provincias, retratarse para una foto no es cosa sencilla ni habitual.

De hecho, las características ya mencionadas de oralidad, uso del argot, contraste entre diferentes registros y narración en primera persona dirigida a un lector-oyente, constituyen los rasgos fundamentales del сказ. El skaz es un estilo de narración típicamente ruso, procedente posiblemente de la tradición oral, pero el término en sí se aplicó por primera vez a las obras de Gógol, con quienes Zóschenko y Bulgákov tenían tanto en común.

Casa museo de Mijaíl Zóschenko

Todos los relatos de este volumen de Acantilado son excelentes en su planteamiento y desarrollo, pero, para el lector actual, quizá adolecen en su desenlace de cierta ingenuidad, por lo menos si en ellos buscamos ese humor genial por el que se le recuerda en Rusia. Claro que, bien mirado, en esa ingenuidad radica también parte de su encanto. En cualquier caso, a mi juicio, es el carácter tan popular de este autor lo que hace que, al lector de hoy, Zóschenko le parezca mucho más interesante y agudo que estrictamente divertido. Da la impresión de que Zóschenko quería asegurarse de que todo el mundo, hasta el último mujik, fuera capaz de entender sus relatos, por lo cual hacia el final de éstos cae en la obviedad. En otras palabras, en más de una ocasión el autor nos "explica el chiste". Hoy, en una época tan cínica y listilla como la nuestra, creo que Zóschenko les cortaría el final a muchos de sus relatos.

El carnet de la Unión de Escritores Soviéticos. La diferencia entre comer y morirse de hambre

Pese a su retrato satírico de la joven Unión Soviética, Zóschenko fue durante mucho tiempo el autor favorito de las clases dirigentes, que veían en su obra la denuncia del filisteísmo burgués y la burla del antiguo régimen. Después de la guerra, sin embargo, Stalin decidió que esa burla estaba yendo demasiado lejos, pues parecía que ni siquiera el divino Vladímir Ylich iba a estar a salvo. Así que se acabó lo que se daba. De la noche a la mañana, Zóschenko se convirtió en un decadente propagador de putrefactas ideas apolíticas, por lo que, en 1946, junto con Anna Akhmátova, fue expulsado de la Unión de Escritores Soviéticos. Se le privó de la cartilla de racionamiento, sus libros dejaron de editarse, los teatros cancelaron las representaciones de sus obras, y nuestro autor cayó prácticamente en la indigencia. No fue hasta cuatro meses después de la muerte de Stalin cuando Zóschenko fue admitido de nuevo en la Unión de Escritores.

Aquí podéis leer tres breves y muy interesantes autobiografías que escribió Zóschenko en diversos momentos de su vida

Bulgákov antes de hundirse

Una de las llamadas telefónicas más conocidas de la historia de la literatura es la que hizo Stalin, en abril de 1930, a Mijaíl Bulgákov. El padrecito de los pueblos telefoneó el día después del entierro de Mayakovski, y quieren algunos creer que Stalin, sabedor de que Bulgákov no aguantaba más en el paraíso de los proletarios (célebre es también la carta que le había escrito el escritor, rogándole que le dejara salir del país), quería evitar el suicidio de otro autor, por quien, además, y pese a tratarlo como a un perro, sentía una profunda admiración.

¿Cómo se piden las cosas? "Pido al Gobierno de la URSS que me ordene con toda urgencia abandonar las fronteras de la URSS"

Durante esa breve conversación, sucedió que, de buenas a primeras, Stalin le dijo a nuestro autor:

¿Y bien? ¿Quizá convenga que se marche usted al extranjero? ¿De verdad tan harto está de nosotros?

A lo que un Bulgákov suspicaz y comprensiblemente acobardado respondió:

He reflexionado mucho al respecto y he comprendido que un escritor ruso no puede vivir fuera de sun país...

No volvieron a hablar jamás, pese al "ya quedaremos" de Stalin, y Bulgákov se pasó el resto de su vida dándose con una piedra en la espinilla y gritándose "¡burro, burro, más que burro!".

Bulgákov, poco antes de morir

Como ya he mencionado más arriba, los años del NEP trajeron una relativa prosperidad que hizo pensar a algunos que eso del comunismo puro y duro tenía los días contados. Quizá fue esta esperanza, mezclada con su desprecio por el régimen y con su intención de convertirse en un escritor odioso al gobierno, lo que en 1925 animó a Bulgákov a escribir la obra. No contento con ello, una vez quedó claro que su publicación era rechazada, la volvió a escribir en una adaptación para el teatro. Vana esperanza, la de Mijaíl. La representación de la obra se canceló y el manuscrito fue confiscado por la policía secreta. La censura soviética no pudo impedir que la obra circulara en samizdat, pero para su publicación legal en la URSS, Corazón de perro tuvo que esperar más de 60 años. Eso sí, en ese momento, 1987, esta despiadada sátira se convirtió en todo un fenómeno cultural.

 y el Nuevo Hombre Soviético se hizo carne

Como señalaba más arriba, la Revolución no trajo consigo sólo la creación de un nuevo estado y una nueva sociedad. El aspecto crucial, más ambicioso y, a ojos de hoy, grotesco, de aquel proyecto era, sencillamente, la creación de un nuevo hombre, conocido como el Nuevo Hombre Soviético. Decía Trotsky en Literatura y Revolución:”La especie humana, el perezoso Homo sapiens, ingresará otra vez en la etapa de la reconstrucción radical y se convertirá en sus propias manos en el objeto de los más complejos métodos de la selección artificial y del entrenamiento psicofísico (léase lavados de cerebro y campos de reeducación). El hombre logrará su meta (...) para crear un tipo sociobiológico superior, un superhombre (Übermensch), si se quiere”. ¿Os recuerda a algo? Trotsky es también el autor de la nada rimbombante afirmación de que “bajo el comunismo un hombre medio podría llegar a ser un Marx, un Aristóteles o un Goethe, y por encima de tales picos, cumbres aún mayores”. Quizá se refería al pico que acabó abriéndole su insigne cabeza.

Corazón de perro es un regalo para los ilustradores

Corazón de perro es una evidente sátira del Nuevo Hombre Soviético, así como una demoledora crítica de la ingeniería social (volvemos a las palabras de Trotsky) tan propia de aquel sistema. Todo comienza con un chucho callejero al que un vil cocinero, concretamente el cocinero de la cantina de los empleados del Soviet Central de Economía Nacional, acaba de escaldar con agua hirviendo. Sharik es un chucho con conciencia de clase, pues sabe distinguir entre camaradas, ciudadanos y señores. Naturalmente considera a los últimos la categoría superior, y lamenta que su destino esté en manos de los primeros.

Entre todos los proletarios, los porteros son la gentuza más abominable. Son los desechos de la humanidad, la categoría más baja.

Por fortuna para nuestro amigo, ese mismo día es recogido por un elegante caballero que lo engatusa con una salchicha. El elegante caballero, que resulta ser un eminente científico, se lleva a Shárik a su casa, donde, al cabo de unos días de observación, le implanta una glándula pituitaria y unos testículos humanos. El resultado, que debería ser un ser superior, poseedor además de la tan anhelada eterna juventud, no es sino un tiparraco zafio, sucio, violento y vengativo, un bolchevique hasta la médula que abomina ahora de su salvador por ser un repugnante burgués.

Ha nacido una estrella
(fotograma de la adaptación de Corazón de perro para la televisión soviética)

La desafortunada metamorfosis del perro en revolucionario de pro se debe a que, según se nos explicará más adelante, las partes humanas se habían extraído de un proletario borracho. No puede extrañar, por tanto, que se acusara a la obra de respirar "un desprecio infinito hacia el orden soviético". Las desventuras del atribulado científico Preobrazhenski y su ayudante Bormenthal, así como la integración del chucho Shárik, reconvertido en un revolucionario Poligraf Poligrafovich Sharikov, en la sociedad soviética, nos brindan momentos de un humor absurdo con aire de farsa. Apenas un año después de su publicación en la URSS, Vladimir Bortko hizo una adaptación para la televisión soviética. La siguiente escena, que en realidad no existe en la novela, os dará una idea bastante aproximada de esta sátira llena de absurdo.


Bulgákov evidentemente no escribió esta obra con la misma ambición y tesón que dedicó más tarde a El maestro y margarita. Corazón de perro no aspira a ser una obra maestra de la literatura, y sin embargo lo es: una obra maestra de la sátira, un brillante ejemplo de la literatura como arma y como desahogo, y una muestra de que nada como la burla es capaz de tocarle las perrunas gónadas al tirano.

Y mientras tanto, el Nuevo Hombre Soviético siguió su evolución natural, brindándonos una generación tras otra de Aristóteles y Goethes. Algunos expertos, sin embargo, consideran que el ciudadano de los últimos años de la URSS pertenecía ya a otra especie claramente diferenciada, y fue un autor soviético, Aleksandr Zinóviev, quien, a principios de los 80, bautizó a dicha especie con el acertado nombre de homo sovieticus, cuyos principales rasgos se describen aquí. Puede resultar curioso que la wikipedia rusa no tenga entradas para el Nuevo Hombre Soviético ni para el Sovieticus, pero más curioso es que Zinóviev, tras la caída de la URSS, se convirtió en el más leninista de todos los estalinistas habidos y por haber. Quién sabe si el mismo Bulgákov, de haber vivido más, habría sido capaz de tamaña evolución.


miércoles, 25 de septiembre de 2013

El libro de Davidcito


Cuando el evangelista dijo aquello tan famoso de que en el principio fue el verbo, consiguió una de las mejores primeras frases de la literatura. Y a pesar de que ese logos se preste a diferentes interpretaciones, el hecho es que, para el ser humano, en el principio de todo siempre está la lengua, con sus verbos, sus adjetivos y sus conjunciones copulativas.

Aunque sé que haberlos haylos, y seguramente a patadas, no se me ocurren ahora muchos escritores que en su obra hayan jugado con la lengua hasta el punto de crear una nueva. Tenemos a Anthony Burgess, al que luego volveremos, que mezcló el vocabulario ruso y el inglés en La naranja mecánica, su obra más conocida. Tenemos en Orwell, al que también regresaremos, el concepto de la neolengua, si bien ésta, aparte de los grandes eslóganes del tipo "la guerra es la paz" y demás, no llega a desarrollarse en 1984. Suele ser más habitual que el autor no haga sino reflejar una variante de la lengua, como podía hacer Dickens con sus cockneys o Faulkner con el inglés de los negros americanos.
Se trata de un juego, éste de inventar lenguas, que, naturalmente, tiene sus límites. Éstos los suele imponer la paciencia del lector, que no siempre está dispuesto a seguirle el juego al autor, por lo cual la creatividad en ese sentido suele ser de corto alcance. Cuando uno se pasa, corre el riesgo de que le salga Finnegan's Wake.
La gran dificultad inicial, y también, en mi opinión, uno de los grandes atractivos de The book of Dave es la lengua. Aquí tenéis una muestra del mokni, la lengua creada por Will Self :


Naturalmente, no es todo el libro así, pero sí gran parte de los diálogos. En lo que concierne al vocabulario, divertidísimo por cierto, hay un glosario al final del libro, aunque yo recomiendo ir descubriendo el significado de los términos poco a poco y por uno mismo. En cualquier caso, por muy intimidatorio que pueda resultar esta lengua a primera vista, el mokni no es más que la transcripción fonética de una variante muy extendida del inglés, hablada en el sureste de Inglaterra y llamada "estuary English". Dentro del amplio espectro que engloba este inglés de estuario, el mokni (mock + Cockney) vendría a ser una variante más bien extrema, muy parecida al inglés hablado por Ali G, aunque sin los jamaicanismos de éste.

Ali G profundizando en el feminismo: "¿Quiénes son mejores, los hombres o las mujeres?"

Divertida distopía, diatriaba paranoica, The Book of Dave es, desde el primer momento, una inmensa burla. El tono bíblico del título nos remite a El libro de Daniel, de Ezequiel o de Mormón, con la diferencia de que Dave es un diminutivo. Imaginad un libro bíblico titulado El libro de Paco, y os haréis una idea de por dónde van los tiros.

El libro avanza a lo largo de dos narraciones en capítulos alternos. Una está situada en el futuro, un futuro post-apocalíptico, en el que la ciudad de Londres, tras haber sido anegada por las aguas, ha sido reconstruida y se llama ahora New London. Los protagonistas principales de la historia, sin embargo, viven en la pequeña isla de Ham, es decir, lo que un día fue Hampstead, y se les conoce como hamsters. Tanto en Ham como en el resto del reino se profesa el culto a Dave, del que no voy a revelar los detalles, pero sí diré que estamos en una sociedad rígida, oscurantista, fanatizada y violenta, donde tiene lugar una cruenta lucha entre diversas facciones heréticas e integristas. Pese a encontrarnos en el futuro, el apocalipsis nos ha hecho retroceder varios siglos. No hay electricidad, vivimos de lo que nos da la tierra, y para recolectar huevos de gaviota, nos desplazamos de isla en isla en hidropedal.


La otra narración transcurre durante las últimas décadas del pasado siglo, y nos cuenta la historia de Dave, un taxista de Londres malcasado con Michelle, a quien no inspira más que pena y asco. Dave  considera que sus derechos sobre su hijo Carl son pisoteados desde el momento en que Michelle y él se separan, y cae en una terrible depresión. Empieza a tener serios problemas mentales, y en ese momento empieza a grabar sus desvaríos, paranoias y delirios de grandeza en unas láminas de metal con el fin de legarle su pensamiento, basado en el odio y el rencor, a su hijo. Esta parte de la historia, situada en el presente y con un lenguaje "normal" es, lógicamente, bastante más accesible que la otra. Sin embargo, los saltos adelante y atrás que da el autor se combinan de manera soberbia con la narración en el futuro para ocultar, revelar, intrigar y dejar pasmado a este lector. Y qué difícil es hacer eso a lo largo de 500 páginas.
Dave, un personaje megalómano, ridículo y bastante repulsivo, es una gran creación del autor. El lector recorre con él la ciudad en diferentes momentos de los 80, los 90 y los 00 (?), asiste a la gradual caída de este chalado a la locura más grotesca, y es testigo de cómo entre su mente paranoica, las conversaciones con los pasajeros del taxi y la fantasía del autor, se va forjando esa religión del futuro.

El libro de Davidcito (mi insatisfactoria traducción; Davidcito suena a diminutivo de niño; Dave, no) es absolutamente deslumbrante, y consigue eso que muchos autores intentan y pocos alcanzan: crear un mundo propio, un universo cerrado, complejo, surrealista a la vez que verosímil, perfectamente coherente (o casi; la verdad es que, por citar un ejemplo, la historia del matrimonio entre Dave y Michelle no llega a resultar convincente), en el que el lector, tras el arduo esfuerzo que ha supuesto entrar en él, que ha sido como abrir el inmenso portón de piedra de un templo gigantesco, se sienta ahora en una inmensa y desolada sala a dejarse llevar por la imaginación de Self, y de ahí no lo saca nadie.

Porque tan difícil como crear un universo deslumbrante, debe de ser para el escritor saber llevar a buen puerto a ese lector que a mitad del libro está ya encandilado, pero que ha realizado un esfuerzo agotador para llegar hasta allí. Así, en ese punto el lector se detiene y dice: "vale, me has dejado de piedra, cómo escribes, macho, pero ¿ahora qué? ¿Qué vas a hacer con esto?" Y Self, sin perder en ningún momento el control sobre la historia, nos sorprende todavía más y, en ocasiones, nos deja perplejos con su habilidad para hacer encajar todas las piezas. Y además, que no se me olvide, nos hace reír. En esta gigantesca burla de la religión, la ruta de un taxi, por ejemplo, se ha convertido en canto religioso; los sacerdotes se cubren de viejas matrículas de coche, a cuya interpretación se entregan los más sabios exégetas; y eso por no hablar de la forma que tienen de saludarse los hamsters.


La mayor crítica que se puede hacer a Davidcito, y que se le ha hecho, va dirigida a la que es precisamente su mayor virtud: su efectismo. Es evidente que Self se propone deslumbrar al lector, y algunos críticos le reprochan que, tras ese efectismo, el libro carece de la sustancia necesaria que recompense el esfuerzo. Suponiendo que esto último sea así, a mi juicio, un lector que ha estado enganchado y se ha divertido durante 500 páginas no necesita más recompensa ni más sustancia. Muchos autores se proponen deslumbrar y no lo consiguen, mientras otros (pienso por ejemplo en Heller con Trampa-22) han entrado en el canon gracias a libros repetitivos y muchos menos sustanciosos y divertidos que éste. No ha lugar la crítica. ¡Pum!

Huelga decir que Davidcito nos remite a algunas de las grandes distopías de la literatura. Es difícil, en primer lugar, no ver en el libro ecos de Rebelión en la granja. Es inevitable, al enfrentarse al vocabulario inventado por Self, pensar en el lenguaje creado por la violenta pandilla de La Naranja mecánica. El escenario, así como la crueldad, de esa sociedad nos puede recordar a El señor de las moscas. Pero sobre todo, y aunque no he encontrado en las reseñas de este libro ninguna referencia a El mito del eterno retorno, este libro me ha hecho pensar constantemente en esa gran obra de Mircea Eliade. En ese librito tan breve como fascinante, el genial rumano profundizaba en el significado del rito y de la ceremonia como herramienta para revivir la era mítica. Como creo que ya ha quedado claro, Self, con su retrato de una religión que ha ritualizado los actos más banales de la vida de su fundador, se pitorrea de ritos, ceremonias y demás actos vacuos sacralizados por un irreflexivo fanatismo, valga la repugnancia. También hay, es evidente, una reflexión sobre el origen y la validez moral de las doctrinas religiosas, así como un irreverente paralelismo con el Antiguo y el Nuevo Testamento. Y Self, gracias al poder de la imaginación y el sentido del humor, consigue todo esto sin caer en polémicas, ofensas ni blasfemias.

El retrato más icónico de Eliade

Cualquiera que haya pasado más de dos semanas seguidas en Inglaterra conocerá a Will Self. Este interesantísimo personaje escribe desde hace años artículos para los periódicos más prestigiosos, y es invitado habitual a programas de televisión de todo tipo. Es la prueba viviente de que, cuando se tiene talento, inteligencia y coherencia, uno puede salir por la tele sin convertirse en eso que algunos tanto odiamos: un "escritor mediático". En el caso de Self, mantener la dignidad es aún más difícil, porque el tío, para ser sinceros, no cae bien. Es más, parece ser una de esas personas que cultivan su antipatía (lo cual, a su vez, hace que a mí me caiga de puta madre). Aquí lo podéis ver en una especie de duelo con Paul Merton, un presentador genial, pero tan arrogante como Self y posiblemente más ingenioso. 

 
Room 101. Los invitados confinan a la orwelliana habitación sus fobias personales

Esa habilidad para caer mal se debe, como digo, a su evidente arrogancia, que a veces lo lleva incluso a los malos modos (en un momento de la segunda parte de Room 101, el duelo con Merton echa chispas). El físico no le ayuda, y recientemente fue detenido por la policía bajo sospecha de pederastia cuando se encontraba paseando... con su hijo. Self, a quien un psicólogo informó de que tiene una personalidad esquizoide, ha vivido una vida al límite. A los nueve años, aparte de un lector voraz, era un niño inseguro y confundido, que se hacía quemaduras con cigarrillos y se cortaba con cuchillos; a los doce años estaba tan enganchado a Ballard y Philip K. Dick como a la marihuana; y a los dieciocho era ya un heroinómano hecho y derecho. En 1997, el periódico The Observer lo envió a cubrir la campaña de John Major, y poco después tuvo que despedirlo cuando lo pillaron dándose un chute en el avión del Primer Ministro. ¿No os parece sencillamente admirable?


De Self apenas se han publicado en nuestro país cuatro libros que no han tenido mucho éxito. Sigue siendo, pues, pese a los esfuerzos de Anagrama, un autor para nosotros prácticamente desconocido. No obstante, dado que su última novela, Umbrella, fue finalista del Man Booker Prize en 2012, no sería del todo descabellado que lo tradujeran. Si es así, tengo ganas de ver quién es el traductor que se atreve con The book of Dave.

martes, 10 de septiembre de 2013

Escanciando recuerdos


La época victoriana no existió. Y la Revolución Industrial fue un invento. Que lo sepáis.
Lejos por igual de Londres y del industrioso norte industrial, en los albores del siglo XX la vida para los habitantes de las colinas Cotswold no difería mucho de la vivían sus ancestros mil años antes. Los días en el pueblo de Slad no se regían por las sirenas de una fábrica ni la hora de cierre de las oficinas, sino por las supersticiones, la campana de la iglesia, la luz del sol, la oscuridad del bosque, y la vida del squire, el señorito del pueblo, cuya mansión y banquetes excitaban siempre la febril imaginación de la plebe. En aquella tierra, apenas inglesamente escarpada, el ferrocarril era un prodigio del que algunos habían oído hablar, pero nadie había visto; los vehículos a motor que empezaban a pasearse ni siquiera despertaban el suficiente interés como para que los niños corrieran tras ellos, y tan sólo una vez al año, el pueblo se subía a bordo de una charabanc y se iban todos de excursión a Weston-super-Mare.
   
El pueblecito de Slad, en Gloucestershire, a principios del siglo pasado

Como ya comentaba en mi anterior entrada, Sidra con Rosie (1959) es uno de esos libros que todo inglés conoce. En cuanto uno menciona los nombres de Stroud (una pequeña ciudad situada a tres kilómetros de Slad) o las colinas Cotswold, no hay quisqui que inmediatamente no asocie ese nombre con este maravilloso libro que, de hecho, es lectura habitual en la educación secundaria. ¿Os acordáis de Platero y yo, cuando Platero era Platero y yo era yo? Pues Sidra con Rosie vendría a jugar en el imaginario inglés un papel parecido, aunque para niños un pelín más creciditos.


 Una de las preciosas ilustraciones de John Ward para la primera edición

Curiosamente, la fama de Laurie Lee no ha llegado nunca a España. Y digo curiosamente porque muchos son los lazos que unen a Lee con nuestro país. Sin ir más lejos, nuestro autor llegó a España en plena Guerra Civil, dispuesto a luchar contra las tropas de Franco. Sin embargo, por suerte para la literatura y para el caudillo, su epilepsia, así como cierta torpeza como combatiente (nada más entrar fue arrestado por los republicanos y acusado de espionaje) no le dejaron llegar muy lejos. Pero en realidad el idilio de Lee con España había comenzado unos años antes, concretamente en 1933, año en que conoció a una señora llamada Sophie Rogers, que se había mudado a Slad desde Buenos Aires, que ya es mudarse. Dos años después de ese encuentro, Lee partía hacia Vigo y, al poco, tras atravesar una España al borde del precipicio, llegaba desde allí hasta la bella Almuñécar. En sus obras As I walked out one midsummer morning (1969) y A moment of war (1991), que completan la trilogía autobiográfica, Lee rememoraba las experiencias de aquellos dos viajes a nuestro país. Y todo había empezado, recordó siempre, con el escaso puñado de palabras en español que le había enseñado Sophie.
  
Whiteway Colony, la colonia tolstoyana de Stroud 

Y tan interesantes como la relación de Lee con nuestro país son los vínculos, más o menos tenues, más o menos fuertes, que lo unen con escritores universales o con rinconcillos cotswoldianos.
En 1931, Lee se fue a vivir a la Whiteway Colony, de nuevo cerca de Stroud (si cuando digo que las Cotswold son un tesoro...), una colonia tolstoyana fundada por un cuáquero. La comunidad de los cuáqueros, que nació en Inglaterra, si bien ha tenido siempre un carácter claramente minoritario, parece gozar de una  relativa buena salud en este rincón del mundo. El que escribe ha visitado su congregación en Nailsworth y ha apuntado en su lista de lugares por conocer esta antigua colonia tolstoyana, que todavía hoy intenta regirse por principios anarquistas un poco pasados por agua. Parece ser, no obstante, que el espíritu tolstoyano del lugar estaba desde el principio un tanto desvirtuado, y así lo confirmó el mismísimo Mahatma Gandhi en su visita de 1909.

De excursión con la charabanc

Sidra con Rosie está estructurada alrededor de diferentes aspectos y motivos de la infancia y adolescencia del autor. Los títulos de algunos de ellos son "Primera luz", "Primeros nombres", "La escuela del pueblo", "La cocina", "Los tíos" o "Madre". Esta estructura deja de lado la cronología, lo que permite a Lee saltar, por ejemplo, a los últimos años de la vida de su madre y, dos episodios más tarde, volver al momento en que ésta salvaba de la muerte a su pequeño Laurie cuando ya lo estaban velando. Estos saltos adelante y atrás son continuos, y subrayan el interés de Lee no tanto por describirnos su desarrollo como poeta ni su camino a la edad adulta, sino por hablarnos de una época que se acaba, de un mundo que languidece, de un ánimo en estado de asombro perpetuo.

Lee, ante la casa donde creció

Todos los episodios son inolvidables, pero es difícil no destacar "Muerte pública, asesinato privado", cuyo título, sí, parece desentonar un poco del resto, y, sobre todo, "Primer mordisco a la manzana", de carácter también bastante explícito. La grandeza de este libro bellísimo reside tanto en su lenguaje poético como en su irresistible tono de nostalgia. La atracción que sigue ejerciendo en miles de lectores no se debe a las hermosas descripciones de Slad, ni a los magistrales retratos de los personajes, sino, sobre todo, al sabor de la infancia perdida treinta años antes y recuperada ahora en sus páginas. Y uno que no ha leído a Proust se pregunta si eran necesarios los siete volúmenes del francés machacando la madalena, cuando Lee, en tan sólo doscientas páginas, nos hace revivir nuestros primeros dieciocho años de vida de manera tan vívida que, al cerrar el libro, el lector se sorprende del vello en sus brazos.

Las primeras páginas de Sidra con Rosie, en la voz de Kenneth Brannagh

No hay en esta botella de sidra idealización alguna de la infancia. Al igual que en tantos otros lugares del mundo, en las Cotswold un niño vivía al lado de la muerte, que es como ese vecino plasta que se presenta cuando menos te lo esperas, pero qué le vas a hacer, tampoco lo vas a echar. Uno podía morirse, uno podía matarse, a un aventurero enriquecido podían matarlo por fanfarrón y a un niño podía comérselo un cerdo. Como suele ser habitual, para que alguien escriba unas hermosas páginas en las que convierte la violencia en belleza, alguien antes tiene que haber pagado el pato. La literatura es cruel.
Los dos episodios que he destacado anteriormente han hecho que en alguna ocasión se levante más de una biempensante ceja, al considerar que los acontecimientos descritos en Sidra... no son apropiados para la juventud, que, como ya he dicho, estudia esta obra en la escuela. Como casi todas las cejas biempensantes, creo que se equivocan, pero es cierto que uno de los dos episodios nos conduce hacia un desenlace que se insinúa brutal y muy desagradable.
  

La historia que nos cuenta Sidra con Rosie nos la han contado antes muchos autores, pero pocos tan bien como Lee. Es difícil alcanzar tan gran poder de evocación con una escritura tan contenida e incluso discreta. Da la impresión de que Lee, quien, aunque la historia de la literatura lo niegue, ante todo se consideraba poeta, sabe que lo que la palabra precisa te da, te lo puede quitar un inoportuno signo de exclamación. No hay retórica, pues, en esta sidra. No hay lamento. No hay tono elegíaco por aquella vida, tantos años oculta en el valle, que despertó el día que estalló la guerra y volvió a acostarse al día siguiente, cuando sus hombres, entre ellos el padre del autor, hubieron partido a luchar. Las cosas tenían que ser así, porque así habían sido siempre.

Sin embargo, a ese sueño ya interrumpido le quedaban de hecho pocos años. Como sabemos, el mundo moderno nace cuando muere la Primera Guerra Mundial. También así en Slad, donde apenas hubo todavía tiempo para que el squire invitara a todo el pueblo a un banquete de celebración del Día de la Paz. Poco después, las hermanas de Lee encontraban marido, el autobús empezaba a acortar las distancias, el squire demostraba que también era mortal, y los pocos viejos que quedaban decidían seguirlo. Y así:

We began to shrug off the valley and look more to the world, where pleasures were more anonymous and tasty. They were coming fast, and we were ready for them.

(Empezamos a sacudirnos de encima el valle y a mirar más hacia el mundo, donde los placeres eran más anónimos y sabrosos. Se acercaban rápido, y todos estábamos listos para ellos.)


Nota: la elección del título de esta entrada ha sido una decisión muy dura. A lo largo de mi vida, he tenido más de una discusión con amigos míos, traductores reputados, diplomados y masterizados, que se empeñaban en que para "escanciar" es menester que haya un metro y medio de distancia entre botella y recipiente, o séase, que sólo se escancia la sidra y nada más. Me costó lo mío sacarlos de su error, y convencerles de que cuando se preparan el desayuno, escancian leche en un cuenco. Es más, sospecho que para sus adentros no acaban de reconocer su error. Por ello, no dejo de tener remordimientos de conciencia, cuando pienso que al relacionar el "escanciando" del título con la sidra del libro estoy contribuyendo a perpetuar el error de mis amigos y de tanta otra gente. No obstante, la imagen me ha parecido poética y en consonancia con el espíritu del libro, así que al final he decidido no dejarme influir por las posibles interpretaciones erróneas del verbo, y arrostrar las espantosas pesadillas que, a buen seguro, van a atormentar mi sueño.
Y tras esta nota tan pedante, me voy a escanciar un café.


  
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