sábado, 26 de marzo de 2011

Catalina la Grande, de Henri Troyat


No se le puede pedir más a un libro. Historia, biografía, y culebrón, con asesinatos de emperadores, zarinas crueles y caprichosas, sexagenarias cepillándose a tiernos mancebos, bebés encarcelados, zares con fimosis, cosacos que afirman ser el zar que todos creían muerto, amantes convertidos en celestinos de su antiguo amor...

"Lacayos, ponedme un poco de colorete"

A Catalina, cuyo verdadero nombre era Sofía Augusta Federica de Anhalt-Zerbst, la vida le cambió a sus tiernos 15 años, cuando la emperatriz Isabel la hizo llevar a Rusia para ver si le convenía como esposa a Pedro Ulrico de Holstein Gottorp, ahijado de su hermana Ana y nieto de Pedro el Grande. No se puede decir que se gustaran, o desde luego ella no se llevó una gran impresión con Pedro Ulrico, quien, por lo visto, aparte de sufrir cierto retraso mental, no había sido muy agraciado por la naturaleza en ningún otro aspecto.

Pedro III de Rusia

Se casaron, pero la noche de bodas el heredero al trono dejó a la desposada esperando en el lecho nupcial y llegó horas más tarde borracho como una cuba. Las noches siguientes los ardores de Catalina tampoco pudieron apagarse, pues Pedro se dedicó a jugar con sus soldaditos de madera en la cama. Pedro, que sufría de fimosis, procuraba compensar su fracaso matrimonial inventándose conquistas y alardeado de ellas ante Catalina, que siguió siendo virgen muchos años después de casarse.

Desde el primer momento de su llegada a Rusia, Catalina, por cuyas venas no corría ni una gota de sangre rusa, se volcó en su nuevo papel de futura emperatriz de todas las Rusias. No sólo se dedicó de lleno a aprender la lengua, sino que además se convirtió a la fe ortodoxa, dándole así un disgusto monumental a su padre, al que vio por última vez el día que salió de su casa. Todo lo contrario de Pedro, quien nunca se consideró ruso, vivía obsesionado con la ora aliada ora enemiga Prusia y soñaba con el día en que, coronado emperador, podría germanizar a gusto su imperio. Es de imaginar quién de los dos se ganó con más facilidad las simpatías de la corte y del pueblo.

Y pronto empezó el desfile de amantes, o como se los denominaba, "favoritos". El primero de ellos fue Sergéi Saltykov, del que se dice que fue el padre de Pablo, pese a que Pedro en ningún momento se dio por aludido y se consideró padre del futuro Pablo I. El tiempo pareció darle la razón, ya que Pablo salió tan feúcho, infantil y germanófilo como Pedro.

Pablo I, otro que murió asesinado 

La lista de amantes es larga y la diferencia de edad nunca fue un problema. De hecho, Catalina pasó sus últimos años, ajada, obesa y desdentada, en compañía de un taimado y retorcido favorito, Platón Zúbov, casi 40 años más joven que ella, y a quien, salvo ella, todos odiaban. Lo odiaba sobre todo uno de los favoritos más insignes de Catalina, Grigori Potemkin. Se daba la circunstancia de que Potemkin, que llegó a ser uno de los hombres más poderosos y que más hizo por ensanchar las fronteras de Rusia por el sur, se había cansado, como les pasaba a todos, de cumplir cada noche en la cama de la emperatriz. Ella, siempre generosa con sus amantes, a quienes regalaba, al final de su relación, joyas, tierras y miles de campesinos, decidió encargar a Potemkin, se supone que de manera tácita, de proporcionarle nuevos favoritos. Y parece ser que siempre daba en el clavo. El problema fue que Platón Zúbov iba por su cuenta, de manera que Potemkin perdió gran parte de la influencia que tenía en la corte.

Grigori Potemkin, irresistible

A la muerte de Isabel, Pedro accedió al trono, pero un golpe de estado urdido por el círculo de Catalina y que al final tuvo que llevarse a cabo de manera un tanto precipitada lo destronó a los 6 meses. Su asesinato unos días más tarde por Alexei Orlov, hermano de Grigori, otro de los grandes hombres en la vida de la zarina, fue un jarro de agua fría sobre la reputación de la recién coronada Catalina, cuya participación en el crimen, un accidente según Orlov, nunca se ha podido demostrar.

Iván VI, zar a los dos meses de edad

Uno de los personajes más trágicos, no sólo de esta historia, sino de toda la historia de los zares, es sin duda Iván VI, o Ivanushka, como se le conocía popularmente. Coronado a los dos meses de edad, fue depuesto al cabo de unos meses por Isabel y encarcelado de por vida. Se le conocía en prisión como "el prisionero sin nombre", dado que se intentó desde el primer momento mantener el secreto sobre su identidad. Encerrado a los 12 años en la fortaleza de Shlusselberg, estaba completamente aislado del resto del mundo, apenas se le permitía ver la luz del sol, y había órdenes de que no se le enseñara a leer y escribir. Cabe imaginar que fue a través de sus carceleros, tan prisioneros como él, como aprendió a leer y descubrió quién era, a pesar de que, como es más que comprensible, su salud mental estaba desde hacía años irremediablemente dañada.

Miróvich frente al cadáver de Iván VI, de Tvorozhnikov

Las órdenes que había dado Isabel, a saber, que bajo ningún concepto se le entregara a nadie con vida, aunque se presentara un documento firmado por la emperatriz misma, habían sido confirmadas por Catalina. Y así, el día en que un iluminado subteniente de la fortaleza llamado Vasily Mirovich descubrió la identidad del sin nombre, decidió acabar con el reinado de Catalina y reinstaurar a un auténtico ruso descendiente de zares. Cuando por fin logró entrar en su celda, se encontró con el cadáver de Ivanushka. Sus guardianes habían cumplido la orden.


Pugachov, de enjaulado...

Otro personaje que cualquier aficionado a la literatura rusa reconocerá es Pugachov, el cosaco rebelde que desencadena los acontecimientos en La Hija del Capitán, de Pushkin. Pugachov aprovechó el descontento de los campesinos, que vivían en condiciones de esclavitud, así como de los cosacos, que se sentían despreciados, y, haciéndose pasar por Pedro III, que estaba en la tumba desde hacía unos cuantos años, encabezó una rebelión que acabó con el cabecilla paseado en jaula por Moscú y condenado a ser descuartizado y luego decapitado. Catalina, sin embargo, se apiadó de él y se saltó el descuartizamiento.

...a icono del comunismo

Y como me pasa siempre con libros como éste, podría seguir escribiendo y escribiendo, porque, una vez más, este libro no tiene desperdicio.

Henri Troyat

Henri Troyat (1911-2007) era nieto del cáucaso, ruso de nacimiento y francés de adopción. Su familia tuvo la prudencia de salir de Rusia antes de que las cosas se pusieran chungas del todo, y tras un periplo bastante ajetreado, recaló en París. Escribió alrededor de 100 libros. Ganó el Goncourt con su primera novela, Día Falso, pero es conocido sobre todo por sus libros de historia y sus biografías, entre las que destacan las de los grandes zares y los clásicos de la literatura rusa del siglo XIX.

Entierro de Henri Troyat en Moscú

Cada página de este libro se lee como un novelón. Como ya me lamentaba en mi reseña de Peter the Great, ¿por qué no podemos tener historiadores así en España? ¿Dónde están nuestros Orlando Figes, Simon Sebag Montefiore, Robert K. Massie, Antonia Fraser, Henri Troyat, Simon Schama...? ¿Tienen los nuestros un concepto mal entendido de lo que es cultura? ¿Es debido a nuestro provincianismo? ¿O simplemente es que a los españoles la única historia que nos interesa es la de la guerra civil? Recuerdo los tebeos de Zipi y Zape; para ese par de diablillos estudiar historia significaba aprenderse la lista de los reyes godos. Desgraciadamente, esa mentalidad continúa en nuestro país de catetos, perpetuada por maestros de primaria, profesores de secundaria y catedráticos de universidad. Si algo es entretenido, es trivial y frívolo. Sólo el aburrimiento eleva el alma. ¡País!

15 comentarios:

  1. Aunque el título de tu blog es completamente disuasorio, para mi sorpresa leo esta estupenda reseña de un libro que no conocía y que apunto ya mismo en mi lista de pendientes.

    ResponderEliminar
  2. Bienvenido al blog, Ricardo.
    Pues sí, este libro es una pequeña joya, imprescindible para cualquier rusófilo (tras un rápido vistazo a tu blog, me parece que entras en esa categoría).
    Oye, ¿de verdad te parece tan malo el título de mi blog?
    Un saludo.

    ResponderEliminar
  3. No es que me parezca malo, sino que me puso en guardia por si se trataba de una hemorragia de estupideces góticas que tanto abundan en la red. Por suerte, apenas leído el primer párrafo de este artículo se disiparon los temores. Luego seguí leyendo y..., te aviso que mi inquilinato en tu blog va para largo.

    ResponderEliminar
  4. La verdad es un libro que no tiene desperdicio. Me fascinó, como todas las historias de monarcas, lleno de intrigas, pasiones, muertes.
    Fabuloso.

    ResponderEliminar
  5. Gracias por participar.
    Suscribo cada una de tus palabras.
    Un saludo.

    ResponderEliminar
  6. saludos niño vampiro, me parece exelente la reseña que haces de esta obra y bien condimentada con las litografias de emilian pugachov. y para rematar, una buena reflexion sobre el sopor que los docentes imprimen a la historia..una lastima y felicidades por tu blog.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias, botswein. Un placer leerte por aquí.

      Eliminar
  7. Todas tus reseñas están hechas de un modo minucioso y hasta "profesional". Me encantan. Pero ya he desistido de intentar convencerte de que leas mis novelas y me des tu opinión. Es una pena aunque no puedo explicarte hasta qué punto, que luego todo se sabe.

    En fin, gracias igualmente por descubrirme nuevos autores y por seguir currándote esto de las reseñas tanto como lo haces. Estoy releyendo a Rezzory, a quien descubrí gracias a ti. Es una joya literaria. Su estilo me maravilla.

    Un abrazo, niño.

    ResponderEliminar
  8. Gracias por tus palabras, Amelia. Y no desistas ni desesperes. Lo prometido es deuda, aunque llegue con retraso. No sé si te dije que ya me había leído algunos capítulos de tu novela. No te he comentado nada, pero lo haré.
    ¡Releyendo a Rezzori! Qué envidia me das.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  9. No desisto, tendría que hacerlo pero no puedo.

    Y ya tengo bastantes opiniones de lectores que son quienes realmente te pueden decir si, al leerte, experimentaron algo parecido a lo que tú querías lograr. Sin embargo, para mejorar lo que escribo, me gustaría tener la opinión de alguien con un criterio diferente a un lector "en blanco". Me gustaría conocer también esa otra perspectiva que me falta. Intento seguir aprendiendo pero ahí me he estancado.

    Y ya he comprobado la mala leche con la que algunos "críticos" emprenden esa tarea pero tú "criticas" de otra forma. Por eso me gustan tanto sus reseñas. Además de por tu estilo. Pero no te persigo, si algún día sacas tiempo para leer alguna de mis noveles, avísame.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  10. Amigos, no se pierdan ninguna de las novelas del gran Henri Troyat. Maravilloso escritor que junto a Maurice Druon -por suerte ambos fallecieron de muy ancianos- son considerados los mejores escritores contemporáneos de Francia. Maravillosos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. La verdad es que no he prestado mucha atención al Troyat novelista, pese a que algunos de sus títulos son bastante sugerentes. Si lo hace la mitad de bien como novelista que como historiador, tienen que ser muy recomendables. Así qu gracias por la recomendación.
      Y en cuanto a Druon, confieso mi ignorancia e intentaré ponerle remedio pronto.
      Un saludo.

      Eliminar
  11. Tengo tres libros de Henri Troyat, no encuentro esteeeeeeee, este autor es lo máximooooo!!!!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. No sé desde dónde escribes, pero en casadellibro.com lo puedes encontrar fácilmente. Suerte.

      Eliminar

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...