viernes, 7 de abril de 2017

Literatura de buen rollo



No acaba de convencerme lo del buen rollo. Esta expresión ha adquirido un matiz banal y un tanto despectivo que estropea lo que, de otra manera, sería la traducción perfecta de feel good. Un libro feel good, una película feel good es como se llama en inglés a esas obras en las que no hay grandes tragedias ni personajes malos, y de las que salimos alegres, casi felices, y con un sentimiento de reconciliación con el mundo que el propio mundo no tardará en aguarnos. Esa es mi definición, y por supuesto es la correcta, y se equivocan esas listas que incluyen, por ejemplo, Matar un ruiseñor, donde, por muy feliz que sea el final, no olvidemos lo mal que hemos pasado hasta entonces; o las novelas de Harry Potter, pues el mundo con el que el buen rollo nos ha de reconciliar debe ser real, no mágico.

Gamberro entrañable


Los libros de buen rollo, en el sentido menos banal y despectivo posible de la expresión, son patrimonio casi exclusivo de la literatura inglesa, si bien podría hacerse alguna concesión a los suecos. Es natural que la mayoría de los libros de buen rollo pertenezcan al ámbito de lo que se considera literatura infantil, pero es importante subrayar que sólo determinados libros infantiles pueden incluirse en el susodicho género. Así, mientras las historias del osito Winnie Pooh consituyen la sublimación del buen rollo, Alicia en el país de las maravillas es demasiado sofisticado y hasta turbador para hacernos sentir bien. Del mismo modo, las inocentes travesuras de Guillermo el travieso son buen rollo, pero la justiciera crueldad de Roald Dahl, no. Y si cruzamos el charco, podríamos decir que Las aventuras de Tom Sawyer inaguran el buen rollo americano, a diferencia de las de Huckleberry Finn, algo más oscuras y de mayor calado.


Tampoco es de extrañar que la literatura de buen rollo abarque, en su mayor parte, el mundo de la infancia. La adolescencia es, probablemente, el peor mal rollo que se ha inventado, y en la edad adulta ya tenemos los ojos demasiado abiertos y la desconfianza a flor de piel como para creer en la bondad innata del ser humano. Sin embargo, aún quedan algunos libros que, a nuestros años, consiguen que cuestionemos nuestro cinismo y suspicacias. Cuando eso sucede, podemos afirmar que estamos ante una obra maestra del buen rollo, como por ejemplo el clásico Mi familia y otros animales, un libro venerado en Inglaterra como quizá sólo lo esté Sidra con Rosie, otro relato autobiográfico de infancia.

Los protagonistas de The Durrells

De niño cogí una gran manía a este libro. Recuerdo a mi madre estallar en carcajadas mientras lo leía, y supongo que algo edípico en mí me hacía sentir celos del señor Durrell. He tardado muchos años en vencer, en primer lugar, ese resentimiento, y, en segundo lugar, la pereza de leer un libro que no iba a contribuir en nada a mi colección de motivos para el pesimismo. Me ha animado a ello, como habrá sucedido con muchos lectores ingleses, la reciente adaptación de la novela a la televisión. En este caso, tras dos versiones de la BBC, una de 1987 y otra de 2005, la adaptación ha corrido a cargo del canal ITV, con un resultado que no ha satisfecho a los adoradores de la obra de Durrell, y que además se tomaba muchas licencias artísticas, pero tanto a mí como a mis hijos nos pareció la mar de simpatiquillo.

Lo verdaderos Durrell. De izquierda a derecha, Margo, Nancy, Larry, Gerry y Louise

Gerald Durrell nos narra en este libro las vivencias de su familia en la isla de Corfú, durante los cuatro años en que vivieron allí, desde 1935 a 1939. La madre, Louisa Dixie Durrell, viuda desde hacía siete años, decidió que toda la familia fuera a hacer compañía a su hijo mayor, el novelista Lawrence, y su esposa Nancy, que llevaban un tiempo viviendo en la isla. Gerald escribió Mi familia... en 1955, es decir, casi dos décadas después de Corfú, y no tiene reparos en manipular los hechos a su antojo. El libro no pretende ser rigurosamente fiel a los hechos, sino recrear la visión del mundo de un niño de diez años que crece en una familia un poco tarumba y que no deja de maravillarse ante el mundo y sus escarabajos. Por eso, poco importa que en el libro Larry viva con el resto de su familia, que su esposa, sencillamente, no exista, o que la guerra, el motivo que puso fin a su estancia en Corfú, tampoco se mencione.

El inolvidable Stephanides, amigo y mentor de Gerry

Los años que Gerald pasó de niño en Corfú fueron absolutamente idílicos. Imaginemos una isla mediterránea antes de que se hubiera inventado el turismo, y podremos hacernos una idea aproximada. Si además eres, como Durrell, una persona que se siente mejor en compañía de tortugas y sapos que rodeado de otros niños, Corfú, con su benigna fauna, debía de ser un auténtico paraíso. Y para coronar el placer, el niño no tardó en conocer a Theodore Stephanides, un devoto, como él, de las ciencias naturales y un hombre que se relacionaba con Gerry de naturalista a naturalista, sin un ápice de condescendencia. El autor recrea de manera excepcionalmente vívida esa sensación de libertad y arrobo, pero lo que hace grande este libro es, como acostumbra suceder con las obras maestras, el tono que adopta el narrador. Durrell encuentra el punto justo entre la inocencia de un niño deslumbrado por la vida, y la sutil ironía de un adulto conocedor de las debilidades humanas. Sabe recorrer con maestría la línea que separa la una de la otra, y en ningún momento cae en el gran peligro que ambas presentan: de una parte, la cursilería; de otra, el cinismo. Lejos de ello, el narrador nos muestra las excentricidades de su familia con esa seriedad británica que es tan divertida y tan poco resabida. Y es ese estilo y esos impagables diálogos los que, una y otra vez, me hicieron estallar en carcajadas, quizá más sonoras aún que las de mi madre.

Gerald Durrell y sus amigos, en 1936
 
El retrato que el autor nos hace de cada uno de los miembros de su familia puede parecer, de entrada, algo caricaturesco. De hecho, ésa fue la impresión que me dio la versión televisiva. Larry se nos muestra como un arrogante esnob obsesionado con sus historias y novelas; Leslie, como un tarugo que no piensa más que en sus escopetas; Margo, como una adolescente con preocupante tendencia al descarriamiento. Sin embargo, es justo decir que esa caricaturización contribuye en gran medida a la vividez con que vemos el mundo a través de los ojos de Gerry. Y en segundo lugar, es posible que la exageración no sea tal. La innegable obsesión de Gerry con sus bichos es la prueba de que estamos ante una familia de miembros monotemáticos.

La única foto que he podido encontrar de Spiro, aquí con Gerry.

Aparte de Theodore Stephanides, quien de hecho fue un verdadero polímata y un prestigioso poeta, Durrell consigue que personajes como el taxista Spiros hayan pasado a la historia de la literatura universal. Más difícil, y todavía más memorable, es lo que consigue hacer con los animales. Así, el duelo entre Cicely, una mantis, y Geronimo, una salamanquesa, constituye una escena absolutamente épica en la que el autor se detiene a lo largo de varias páginas. Y qué decir del retrato psicológico de la tortuga Achilles, o de las Magenpies, dos urracas a cual más sinvergüenza, o de Roger, el perro que acompaña al joven Gerry en sus paseos y exploraciones por la isla. Tanto es el detalle y el esmero con que Durrell se emplea al describir a los animales que el lector cree conocer a algunos de ellos mejor que a la propia madre o a la hermana del autor.

Un hombre tan encantador como el niño que fue

Mi familia y otros animales es, como decía más arriba, uno de esos libros queridos y hasta adorados por lectores de todo el mundo. Posteriormente, Durrell publicó dos obras más situadas en aquel período, que constituyen la Trilogía de Corfú. Su amor por la naturaleza y, en particular, los animales, no decayó, y de hecho nuestro amigo es tan conocido o más por su actividad como zoólogo y naturalista que por su obra literaria. Sin embargo, el epílogo a esta encantadora novela no fue precisamente lo que Durrell hubiera deseado. Como suele decirse en inglés, este libro "puso Corfú en el mapa", es decir, dictó la sentencia de muerte al paraíso que los Durrell habían conocido. Así lo veía, por lo menos, el propio Durrell, que lamentaría amargamente el modo en que la isla se entregó, sumisa, al turismo de masas. "Nunca regreses a un lugar donde fuiste feliz", cuenta el autor que le dijo una vez su hermano Larry (plagiando a Agatha Christie). Mí no haber estado nunca en Corfú, pero después de leer este gran libro, creo que mi decepción sería mayor aún que la de Gerald Durrell.





lunes, 27 de marzo de 2017

I'm still standing


Debo admitir que, metido como estoy en las 700 páginas de vellón, y en ruso, de El primer círculo, de Solzhenitsyn, mi ritmo lector se ha ralentizado hasta poner en peligro mi querido blog. Creo que empecé la gran obra del ruso hace más de cinco semanas, y me dice el kindle que no llevo leído más que el 37%. Así que, con el fin quitar un poco de óxido al blog y mantener sus constantes vitales, qué mejor que publicar un resumen de algunas otras lecturas, de ésas de siempre, de las que no secuestran nuestra capacidad lectora durante tres meses.


El hombre inquieto, de Henning Mankell.

El thriller nórdico habitual de principios de año. Éste es el último en la serie de Kurt Wallander, y no fue demasiado bien recibido por la crítica. Decían algunos que quedan demasiados hilos sueltos al final, que se advierte cierta pereza o cansancio en la escritura de Mankell, y que hay demasiadas coincidencias muy convenientes para la solución del caso y que son demasiado poco creíbles. Esos tres reproches, de hecho, están muy relacionados, y no sé hasta qué punto están justificados. Quizá sea cierto que el autor quería acabar ya con su icónico personaje, y que deja algo de lado la escrupulosa atención al detalle y a la estructura de la novela que le pedimos a un buen thriller. Mankell desvía el foco hacia el declive de Wallander, y a los amantes del thriller eso les parece imperdonable. Quizá sea por eso que a mí, sin llegar a entusiasmarme, sí me gustó, si bien creo que el final del detective, el verdadero final, el definitivo, merecía más páginas que las que le dedica el autor.


The girl on the train, de Paula Hawkins

Otro thriller de lectura compulsiva, que se lee en una o dos tardes, y se olvida todavía más rápido. Una historia que engancha, sí, como se engancha la manga de la chaqueta con el pomo de la puerta, o un chicle a la suela del zapato. Hay autores, y sobre todo, hay miles de lectores que consideran el susodicho enganche una gran virtud, ya sabéis, ese famoso "me atrapó desde la primera línea", lo cual explica el éxito de aquel no sé qué Da Vinci. A mí, qué queréis que os diga, cada día me gustan más los libros que te aburren desde la primera línea.


Sweet caress, de William Boyd

Esto ya es otra cosa. William Boyd vuelve a uno de sus argumentos favoritos, el de contarnos la historia del siglo XX a través de la vida de una persona. Lo hizo en Las nuevas confesiones, que no he leído; lo repitió en Any human heart, que no dejó de irritarme hasta que lo abandoné, y lo ha vuelto a hacer en este Sweet caress, traducido al castellano de manera correcta y pusilánime como Suave caricia. Estamos ante una novela excelente, en la que Boyd consigue lo que, a mi juicio, no conseguía en Any human heart: crear un personaje creíble cuyas andanzas, desventuras y vicisitudes nos interesen. El lector no tiene por qué encariñarse con el personaje, pero sí hay que pedirle a éste que, por lo menos, no nos toque las narices. Y con Amory Clay, la protagonista de esta historia, Boyd da en el clavo.

A través de los ojos y, sobre todo, de la cámara de Amory, nacida en 1908 en una familia aristocrática venida a menos, vemos desde el nacimiento del nazismo en el decadente Berlín de los años 20 hasta la guerra de Vietnam, pasando por el movimiento fascista en Londres o la Segunda Guerra Mundial. Entre la narración de los hechos por la propia Amory tenemos extractos de su diario de 1977, cuando, alejada del mundo en el que siempre ha vivido, la ciudad, los aeropuertos, el peligro, y apenas un puñado de hombres, pasa sus últimos días en una modesta casita de una isla del norte de Escocia.

Pero Sweet caress tiene algo que la hace especialmente atractiva para los mataos como yo que tenemos ínfulas literarias. ¿No os habéis pasado alguna vez por un mercado de artículos de segunda mano y os habéis parado a mirar los puestos de fotos antiguas? Se trata de fotos hoy absolutamente anónimas, adquiridas por vaciapisos tras el fallecimiento del propietario de un inmueble. ¿Verdad que es imposible, al verlas, no preguntarse por la vida de esas personas, por su historia, su descendencia, si estarán vivos todavía y decirse hay que ver, tanta felicidad, tanta ilusión (son fotos familiares, no hay momentos tristes) para luego acabar en un mercado polvoriento, a diez fotos por un euro? Pues lo que hizo Boyd fue adquirir a lo largo de los años ese tipo de fotos, y construir con ellas su historia. No las compró al azar, una idea quizá aún más atractiva, sino que, con la historia ya construida en su cabeza, sabía muy bien lo que estaba buscando. Y con esta novela, lo borda.


La casa dorada de Samarcanda, de Hugo Pratt

Quiso la casualidad que leyera esta maravilla justo después de terminar Setting the east ablaze, de Peter Hopkirk. No debía sorprenderme, dado el asiático título, pero aún así, tras haber pasado tantas horas leyendo sobre Enver Pachá (cuya legendaria muerte Pratt nos presenta "en directo"), el ejército bolchevique o el emirato de Bujara, entre tantos otros, volver a encontrarme esos escenarios en las gloriosas viñetas de Pratt provoca algo parecido a la emoción. Más aún cuando Corto nos habla de Alamut, del cual ya hablamos por aquí, o de los adoradores del diablo, que tan bien nos describía aquí Kurban Said, o de Kipling y su Gran Juego, que nos remite de nuevo a Hopkirk; cada página de este libro consigue eso tan difícil en la literatura como es conseguir que un viejo amigo nos abra una nueva puerta.
Este es un Corto en el que, a diferencia de La balada del mar salado, Pratt se introduce en el subconsciente de su héroe. Nos presenta sus sueños y sus alucinaciones, y con ello consigue que veamos en la sorprendente introducción de su doble algo mucho más profundo que un mero truco para crear confusión entre sus enemigos. Gran Juego, aventuras a porrillo, psicología y una auténtica gozada de lectura.

En fin. Se acabó lo poquito que se daba. Si el señor Solzhenitsyn me lo permite, espero recuperar pronto mi ritmo publicador. Dura vida la del bloguero amateur.


domingo, 26 de febrero de 2017

¡Que arda oriente!



La incendiaria idea se le atribuye a Lenin, quien en realidad, por una vez, fue mucho más comedido al revelar sus planes. En todo caso, el significado profundo de sus palabras quedó recogido en una inscripción en un cuartel general del ejército bolchevique: "nuestra misión es prender fuego a Oriente". Tratábase, naturalmente, de un fuego metafórico, el de la revolución de los trabajadores y, en este caso, para ser más precisos, la revolución de los pueblos oprimidos contra el imperialismo.

A aquella guerra de estrategia, espionaje, rumores y tinta falsa que el Imperio Ruso y el Británico llevaban librando desde hacía décadas en Asia Central, y que tan bien nos contó el gran Peter Hopkirk en El gran juego, no se le había llegado a poner fin. Con este libro, bastante menos extenso pero igual de fascinante, el historiador británico nos ofrece lo que podría considerarse la segunda parte de aquella historia. Seguimos, pues, con un imperio del zar que sigue empeñado, hasta su definitivo desmoronamiento, en amenazar, de manera directa o indirecta, la frontera del Imperio Británico en la India. En los primeros momentos después de la revolución, parecía que las cosas iban a cambiar, por lo menos de manera temporal. El 2 de marzo de 1919, Lenin, Trotski, Zinoviev y hasta 52 líderes revolucionarios crearon, entre los muros del Kremlin, la Internacional Comunista, que pasaría a ser más conocida como la Commintern. Su objetivo declarado era acabar con todos los gobiernos existentes y sustituirlos por un soviet mundial. Este proceso revolucionario debía comenzar en Alemania, a la sazón derrotada, arruinada y desmoralizada, y luego extenderse como un reguero de pólvora por toda Europa. Parecía, pues, que la cuestión asiática quedaba aparcada.

Delegados del II Congreso de la Comintern. Ahí están Lenin, Karl Radek, Gorki, Bujarin, Zinoviev y, en el centro mismo, M. N. Roy

El proyecto fracasó, a pesar de algún éxito efímero, como el de Hungría, pero entre los dirigentes europeos la sensación predominante no fue tanto de victoria a secas, sino de victoria por los pelos. El propio Lloyd George, el Primer Ministro británico, admitió en un comunicado privado a sus colegas en la Conferencia de Paz de París en 1919:

Existe el peligro de que arrojemos a las masas de población de toda Europa a los brazos de extremistas cuya única idea para la regeneración de la humanidad es la destrucción total del tejido social. Estos hombres han triunfado en Rusia...

En todo caso, la revolución mundial no se materializó, y Lenin se vio obligado a reconsiderar su estrategia. Allí, al ladito, seguía el felino agazapado de Asia, foco constante de tensión, en concreto la India, colonia británica donde Engels, ya en 1882, había augurado una revolución. Lenin siempre había creído que la liberación de los pueblos asiáticos y africanos vendría después de la de Europa. Su razonamiento ahora era que, si las potencias europeas perdían sus colonias, sus economías se verían tan afectadas que la ansiada revolución sería inevitable. "Oriente -declaró- nos ayudará a conquistar occidente". Aquí empieza nuestra historia.

El barón Ungern von Sternberg, reencarnación de Gengis Khan

El gran Peter Hopkirk nos la cuenta con tanta pasión y maestría como en El gran juego, y, una vez más, consigue convertir un complejísimo relato sobre geopolítica en una inolvidable aventura de espías, agentes secretos, científicos que pasaban por ahí y chiflados mesiánicos. Por ello, servidor va a intentar emular al autor y, en lugar de centrarme en los acontecimientos y la cronología, presentaros un par o tres de los grandes protagonistas de esta historia.

Uno de los más fascinantes, misteriosos y terroríficos es, sin duda, el barón Ungern von Sternberg, de quien, por cierto, ya hablé aquí. Nuestro héroe, nacido en Austria, descendía de una familia de rancio linaje aristocrático y militar estonio que se remontaba, según él, hasta el rey Atila. De hecho, Ungern-Sternberg, interesado desde su juventud en las ciencias ocultas y la filosofía y religiones de oriente, se creía la reencarnación de Genghis Kan. En 1908, al frente de un regimiento de cosacos, fue destinado a Mongolia, donde habían estallado las hostilidades entre Mongolia y China. Forjó unos lazos inquebrantables con la cultura y la tierra mongola, se convirtió a budismo lamaísta y dejó que su interés en el ocultismo deviniera una obsesión. Al mismo tiempo, seguía con su gloriosa carrera militar, en la que su fiereza y coraje le hacían temible. Regresó de la Gran Guerra con el torso encorvado por el peso de las medallas y, como feroz antibolchevique que era, con gusto continuó soltando mandobles a diestro y siniestro en la Guerra Civil que siguió a la revolución. Dicen algunos que un sablazo que recibió en la cabeza en esa feroz guerra acabó de volverlo tarumba; otros sostienen que su locura era congénita, mientras unos terceros responden que su sadismo y brutalidad eran de hecho la norma en la guerra entre rojos y blancos.

 El Ejército Rojo y los basmachi, guerreros musulmanes, en la mesa de negociaciones

Hopkirk se centra en el plan que urdió nuestro barón para reconquistar Mongolia, entonces bajo dominio chino, y que pasaba por expulsar de Urga (hoy, Ulan Bator) a los invasores. Se agenció para ello la ayuda de los japoneses, que eran enemigos acérrimos de los bolcheviques y que en Siberia habían apoyado la causa blanca durante la Guerra Civil. El objetivo final de Ungern-Sternberg era, pues, recuperar Mongolia para los mongoles, restaurar al Bogd Khan, el Buda Viviente, en el trono, y proclamar la Gran Mongolia. Una vez conseguido eso, al frente de un ejército cada día mayor, cruzaría Rusia en dirección a Moscú, liberando al pueblo del yugo bolchevique. El spoiler no lo pongo yo, sino la historia: Ungern-Sternberg no consigue su propósito, pero en el camino deja un horripilante reguero de sangre, crucifixiones y bolcheviques asados.

 El Barón Sangriento, visto por Hugo Pratt en Corto Maltés en Siberia

Un año antes de que el Barón Sangriento, como se le conocía, pusiera en marcha su gran proyecto de reconquista, en 1920 tenía lugar el II Congreso de la Internacional Comunista, en el que se abordó de manera directa, entre otros, la forma de propagar la revolución en Asia. Entre los delegados asiáticos se encontraba un joven y espigado revolucionario indio llamado Manabendra Nath Roy, nombre falso con el que pasó a la historia. Roy, que sentía un odio visceral por Gran Bretaña, había empezado a desarrollar una prometedora carrera como terrorista, hasta que, perseguido por las autoridades, se vio obligado a huir del país y, tras pasar por Japón, China y los Estados Unidos, acabó recalando en México, donde, junto con el agente de la Comintern Mikhail Borodin, fundó el primer partido comunista fuera de Rusia.

En abril de 1920, Roy asistió al congreso de la Comintern invitado personalemente por Lenin, quien, al verlo, se sorprendió por su  juventud, pues esperaba un sabio y barbudo hombre de oriente. No sería ésa la única sorpresa que se llevó el padre de la revolución, pues al poco de haber comenzado el congreso, Roy tuvo la osadía de cuestionar el análisis de Lenin sobre el problema colonial. El camaraderil duelo se resolvió sometiendo la cuestión a voto. Ganaron las tesis de Lenin, pero el prestigio de aquel audaz jovenzuelo subió como la espuma.

 Manabendra Nath Roy

Zinoviev se apuntó con entusiasmo a avivar el fuego que debía prender en Asia, y no se le ocurrió otra cosa mejor que llamar a los pueblos musulmanes a la yihad contra los opresores imperialistas, léase los británicos. Ese llamamiento, huelga decirlo, era cuando menos imprudente, y los propios musulmanes no tardarían en ver cómo la dictadura del proletariado cobraba un aspecto de lo más colonialista. Antes de ello, sin embargo, la mecha fue prendiendo. El despiece del Imperio Otomano por parte de los aliados encendió aún más los ánimos de los musulmanes, entre los que además empezaban a correr rumores de que los británicos tenían la intención de abolir el Califato. La tensión que se mascaba en Delhi se acentuó todavía más cuando Gandhi decidió apoyar a los musulmanes por medio de una campaña masiva de no-cooperación.

La masacre de Amritsar (de la película Gandhi). Leña para el fuego asiático

Dicha campaña llevó a Moscú la esperanza de que por fin la revolución había llegado a la India. Roy, sin embargo, no se fiaba ni un pelo de su compatriota el Mahatma, a quien, lejos de revolucionario, consideraba un absoluto reaccionario. Cuando en 1921, en la India, una turba furiosa prendió fuego a una comisaría y mató a veintidós oficiales británicos, Gran Bretaña se encontró al borde del precipicio. ¡La ocasión la pintan calva!, cuentan que exclamaron al unísono todos los soviets al tiempo que se frotaban las manos. Pero aquel acto de violencia fue rechazado de manera inequívoca por Gandhi, que decidió poner fin a su campaña y dio así un respiro a unas autoridades británicas a las que no les llegaba la camisa al cuello. Moscú se enfureció ante la irrepetible oportunidad perdida, y Roy contribuyó al mal rollo con un "ya os lo había dicho" y un artículo en el que apuntaba a que, de haber existido un partido indio revolucionario, otro gallo hubiera cantado.

Una de las primeras promociones de la Universidad Comunista del Este

Los soviéticos, por su parte, se habían estado preparando para tal eventualidad. Y qué mejor manera de hacerlo que creando la Universidad Comunista del Este, donde los alumnos estudiaban asignaturas sobre la organización y propaganda del partido, o teoría y tácticas de la revolución del proletariado. En sus escasos veinte años de existencia, la Universidad licenció a alumnos tan excelsos como el propio Roy, Deng Xiaoping o Ho Chi Min. La misión de las primeras promociones era infiltrarse, crear células revolucionarias y establecer contacto con los movimientos nacionalistas. Y probablemente ése fue el error de Roy: los grupos nacionalistas indios odiaban a los bolcheviques más aún que a los británicos y, por lo tanto, no querían que nadie los relacionara con el comunismo. Su propia guerra, la de la independencia, ya la ganarían ellos solos. La historia les dio la razón y se la quitó a Roy, que perdió el prestigio y suerte tuvo de escapar con vida. Poniéndonos metafóricos, podría decir que el fuego de la revolución quemó sus últimas cartas.

La insurrección de Cantón. La revolución que Stalin instigó en China le salió por la culata

El coronel Frederick Marshman Bailey es uno de esos personajes cuyas aventuras, de haber sido fruto de la ficción, el personal habría tachado de inverosímiles. Os contaré simplemente una de ellas y ya me diréis. Sucedió cuando Bailey se encontraba en Tashkent, intentando averiguar las intenciones del nuevo gobierno bolchevique, sobre todo en lo que concernía a sus planes para Afganistán y la India. Descubrió que había llegado a Tashkent un grupo de revolucionarios indios que se dedicaba a diseminar propaganda antibritánica y se proponía, con apoyo bolchevique, ganarse el favor de Amanullah, el nuevo rey de Afganistán. Amanullah había sucedido a su padre Habibullah, quien, además de aguantar la presión del Imperio Otomano y mantenerse neutral durante la Gran Guerra, había mostrado su firme rechazo a la revolución rusa y a cualquier tipo de contacto con los bolcheviques. Habibullah murió asesinado, no se sabe por quién, durante una cacería y el maleable Amanullah accedió al trono.

Amanullah Khan

Amanullah tenía prisa por hacer cosas y, apenas había alcanzado el poder, no se le ocurrió otra cosa mejor que invadir el Punjab, con lo que dio comienzo la llamada Tercera Guerra Anglo-Afgana. Los ingleses respondieron ipso-facto y, con el uso de la aviación, armada de bombas y ametralladoras, tuvieron suficiente con unas pocas semanas para destrozar al ejército afgano. Parece ser que Amanullah había fundado demasiadas esperanzas tanto en la población india, que, según sus cálculos, se iba a alzar en armas contra los británicos, como en los bolcheviques, de quien esperaba recibir apoyo moral y material. No ocurrió ni lo uno ni lo otro, pero Amanullah supo arreglárselas lo bastante bien como para llegar a un acuerdo satisfactorio con los británicos y seguir flirteando con los bolcheviques.

Frederick Marshman Bailey, agente de los servicios de inteligencia británicos

Desde Tashkent, tanto Bailey como el gobierno bolchevique observaban con atención los movimientos y tejemanejes de Amanullah con británicos y con Moscú. Todos eran conscientes de que un Afganistán encamado con los bolcheviques sería una amenaza letal para la India británica, pero Bailey también sabía que, en aquel momento, hubiera sido muy sencillo para el ejército británico expulsar a los bolcheviques de Tashkent y de toda Asia Central. Qué giro hubiera tomado la historia, nunca lo sabremos, En todo caso, Bailey, desencantado ante la inacción de su gobierno y temiendo por su vida, decidió huir de Tashkent.

Enver Pasha, en los tiempos en que le dijo a Lenin: yo te consigo la India y tú me ayudas a recuperar Turquía.

Para un ciudadano británico perseguido por la Cheka, huir de una ciudad controlada por los bolcheviques e intentar entrar en Bujara, regida por un emir feroz antobolchevique que, como todos los emires, consideraba que todo extranjero era un espía, era una misión suicida. Así que nuestro héroe, ni corto ni perezoso, tras adoptar diferentes identidas, entre ellas la de prisionero de guerra austriaco, se infiltró nada menos que en la Cheka, es decir, entre sus propios perseguidores, con la misión de capturar a un peligroso espía británico, léase, él mismo. Y el relato que hace Hopkirk de este episodio es tan magistral que me niego a daros más detalles. ¿Cómo será el relato que el propio Bailey hizo en su libro Misión en Tashkent?

El comisario Borodin con Chiang Kai Shek


Bailey, Roy o el Barón Sangriento son sólo tres de los muchísimos personajes fascinantes, cuando no increíbles, que nos encontramos en estas páginas. Si tuviera más tiempo y ganas de escribir, os hablaría un poquito de Paul Nazarov, un geólogo ruso que se convirtió en el líder de una operación para acabar con el poder de los bolcheviques en Asia Central, que acabó escapando a través de las montañas, donde fue emparedado vivo en una cabaña, y que nos contó sus aventuras en este libro.  Podría hablaros de Georges Agabekov, agente de la Cheka y desertor por amor, de quien Hopkirk apenas se ocupa, pero cuya vida daría para toda una novela. O de Mijaíl Borodin, agente de la Comintern que intentó exportar la revolución proletaria a China. O del Comisario Osipov, oficial del ejército rojo que decidió echar a los bolcheviques de Tashkent matándolos uno a uno para hacerse él solito con el poder. O qué decir de Chiang Kai Shek, cuya historia y la del Kuomintang Hopkirk nos relata de manera tan clara que servidor por fin la entiende. Y no podemos olvidarnos de Enver Pasha, cuyas aventuras, no por más conocidas dejan de ser igual de fascinantes que todas las demás. En fin, de todos ellos y unos cuantos más se ocupa este maravilloso libro. ¿He dicho alguna vez que me parece imperdonable que sólo haya un libro de Hopkirk traducido al español?

"Hopkirk no fue un historiador de sillón" (del obituario de The Times)

domingo, 5 de febrero de 2017

Memorias de Bergman y Berberova



Hablar de los géneros en la literatura es ante todo una cuestión de expectativas. Todos tenemos bastante claro qué le pedimos a un libro de aventuras, a un thriller o a una novela histórica. Del mismo modo, pensaría uno que al abrir un libro de memorias lo hacemos sabiendo muy bien lo que nos vamos a encontrar: recuerdos de la infancia, retratos familiares, pequeños traumas y primeras veces. Hasta que uno ha leído unos cuantos y se da cuenta de que el de las memorias es uno de los géneros más amplios y variados de la literatura.

En ocasiones, el memorante se limita a hablar de su época y las personas con las que se codeó, mientras él mismo permanece en las sombras y sigue siendo un desconocido para el lector. Eso era lo que sucedía con las por otra parte fascinantes memorias de Victor Serge, de las que hablé aquí. En otras ocasiones, el autor bucea mucho más allá de sus propios recuerdos y trepa a las ramas del árbol familiar, como hacía Amos Oz en su maravillosa y trágica Una historia de amor y oscuridad. György Faludy optaba por mostrarnos en Días felices en el infierno la vitalidad, sed de experiencias y capacidad de resistencia del individuo en una sociedad totalitaria, mientras que Arthur Koestler, en uno de los libros de memorias más grandes que he leído, se centraba tanto en su historia personal como en la de todo el siglo XX. Unas memorias totales.


 La cursiva es mía, de Nina Berberova
En tiempos de Iván el Terrible, un tal Kara Aul llegó a Moscovia, quizá por obligación, procedente de la ciudad negra tártara. Fue bautizado y no regresó al reino tártaro. Ignoro qué hicieron sus descendientes durante los doscientos años que transcurrieron hasta el día en que Catalina II donó la propiedad a Yuri. También ignoro por qué motivo recibió sus tierras, sus medallas y sus anillos de gentilhombre. Había pocos objetos en su mansión, todos databan del siglo pasado y no aparecían huellas del anterior. Por el desván, en completo desorden y cubiertos por telas de araña, rodaban antiguos miriñaques, álbumes encuadernados de terciopelo, un globo terráqueo, una colección completa de la revista El mensajero de Europa y una multitud de flores de azahar, símbolo de la pueza, que adornaban la cabeza de las novias de la nobleza el día de su boda.
En las primeras páginas de La cursiva es mía, Nina Berberova nos regala párrafos tan interesantes como éste. Esta escritora rusa nacida en 1901 no fue una autora muy prolífica, y su obra, de la que sólo he leído estas excelentes memorias, no acostumbra figurar entre la de los grandes nombres de la literatura rusa. Berberova fue, en todo caso, protagonista en primera línea y cronista excepcional del exilio ruso tras la Revolución que llevó a miles de intelectuales, nobles y militares a huir del país y recalar en Berlín y, con más frecuencia, en París. De dicho exilio ya nos habló Nabokov en Habla, memoria, donde, como solía ser el caso con el amigo de los lepidópteros, nos hablaba sobre todo de sí mismo.



Nuestra autora de hoy, sin embargo, no tenía quizá un concepto tan alto de sí misma, y por eso, sin dejar de lado el aspecto más privado de un libro de este tipo, dedicó numerosas y brillantes páginas a los círculos literarios en los albores de la Unión Soviética y a sus posteriores compañeros de exilio. Por estas páginas, pues, pasan y nos sorprenden Alexander Kerenski, Nikolai Gumiliov, Maxim Gorki, Andrei Bieli, Ivan Bunin, Nabokov y, sobre todo, Vladislav Khodasievich, a quien servidor no conocía y que, por lo visto, aparte de ser durante años el marido de Berberova, está considerado uno de los grandes de la poesía rusa del siglo XX.

Contrasta este tipo de memorias, que mantiene un atinado equilibrio entre lo personal y lo público, con Linterna mágica, el libro en el que Ingmar Bergman se desnuda y, por continuar con la metáfora, nos planta sus partes íntimas a un palmo de la cara.


Cuando vemos una película de Allen, Truffaut, Kaurismaki o Almodóvar, por mencionar sólo unos pocos, no es difícil hacerse una idea bastante aproximada de la personalidad del director. En algunos casos, naturalmente, esa personalidad se revela de manera más pronunciada que en otros, pero más allá del estilo personal de cada uno, más allá de eso que los amigos de los clichés llaman el sello o el poso vital, hay unos tics, unas obsesiones y hasta un cierto olor que nos dice mucho de la persona que ha creado esa obra. Sin embargo, obras como El séptimo sello, Persona o El silencio nos pueden sugerir, entre el sopor y el arrobo, que este sueco moreno y de rostro alargado era cualquier cosa menos un tipo alegre. Y apenas poco más. Lo que es seguro es que después de leer este libro, no se nos va a escapar un suspiro del estilo "ah, ojalá hubiera conocido a don Ingmar en persona". Al mismo Bergman, sin ir más lejos, no le gusta demasiado lo que recuerda.
No reconozco a la persona que era yo hace cuarenta años. Mi desagrado es tan grande y el mecanismo de rechazo ha funcionado con tanta eficiacia, que difícilmente puedo vislumbrar la imagen. A este respecto, las fotografías no ayudan demasiado. Solamente nos muestran una persona disfrazada, alguien bien atrincherado. Si me sentía atacado respondía mordiendo como un perro asustado. No confiaba en nadie. Estaba dominado por una sexualidad que me obligaba a incesantes infidelidades y acciones compulsivas, torturado constantemente por el deseo, el miedo, la angustia y la mala conciencia.

El pastor Edvard Vergerus, inspirado en el padre del autor

La lectura de Linterna mágica ha ido seguida de la película Fanny y Alexander, la última de sus grandes obras, que apenas recordaba ya. Quizá le habría sacado más jugo si hubiera cambiado el orden, dado que es más fácil reconocer la imagen en la página que la cita en el celuloide. No obstante, el carácter autobiográfico de la película, de todos conocido, es tan marcado que no resulta difícil rastrear los acontecimientos y personajes que inspiraron tantas escenas. En las primeras páginas, por ejemplo, nos encontramos con una de las escenas más impactantes de la película, aquélla en que el obispo, padrastro de Alexander, azota a éste sádicamente y lo humilla obligándolo a besarle la mano. Así nos habla Bergman de su propio padre:
Mi hermano lo pasó aún peor. Muchas veces mi madre se sentaba en su cama para curarle la espalda en la que los latigazos habían levantado la piel y marcado sanguinolentas estrías. Como yo aborrecía a mi hermano y temía sus violentos arrebatos de mal genio, sentía una gran satisfacción cuando lo castigaban tan severamente.
Terminada la tanda de azotes, había que besar la mano de mi padre. Inmediatamente se comunicaba el perdón y el peso del pecado caía a tierra dando paso a la liberación y a la misericordia. 
Ingmar, por los años en que intentaba reventarle la cabeza a su hermano

A juzgar por la escena en que Ingmar golpea a su hermano en la cabeza con una garrafa de cristal y éste le arrea un guantazo que le hace saltar dos dientes, podría parecer que el odio entre hermanos que menciona el autor era más pronunciado de lo habitual en familias no del todo bien avenidas. Pero en realidad ambos niños estaban unidos no sólo por lazos fraternales, sino sobre todo por el odio al padre.

Nada más diferente de la relación de Berberova con su padre, a quien adoraba y al que, tras su exilio, sólo pudo volver a ver una vez.
Antes de la Segunda Guerra Mundial, [mi padre] realizó una corta carrera cinematográfica. En 1935, el realizador cinematográfico Kozíntsev se le acercó y le dijo: "Le necesitamos; necesitamos a un hombre como usted". "¿A mí?", pregntó mi padre. "No tengo experiencia ni talento". "Pero, con su barba, su cuello almidonado y su manera de andar, posee usted el estilo que necesitamos", le contestaron. "En Leningrado sólo quedan dos o tres personas de su clase. Ayer contratamos a una". Así fue como mi padre interpretó su primer papel, el de un hombre del antiguo régimen, al que liquidan al final de la película.
En 1937, en una calle sucia y maloliente próxima al bulervar Sebastopol (...) fui a dar con una reducida célula comunista que organizaba  proyecciones de películas soviéticas. (...) Me indicaron el lugar y la hora de la proyección de una de esas películas, pero me comunicaron que para poder comprar una entrada era necesario ingresar en la célula comunista y pagar la cotización anual. Lo hice en el acto. El día establecido, me encontré en una gran sala oscura, entre otros miembros de la célula que se hallaban muy exaltados.
El exilio literario ruso en Berlín, 1923. Entre ellos, Berberova, Khodasevich, Bely y Muratov

A continuación, Berberova nos describe una ridícula escena en la que un cerdo contrarrevolucionario intenta sabotear los planes de Lenin para sanear el presupuesto de Rusia. Un marinero analfabeto consigue reducirlo y arrestarlo, entre las ovaciones y los gritos de venganza por parte de los espectadores.
Ya en el exterior, le permitían detenerse un instante, en la entrada del Banco Estatal, para contemplar el canal Catalina y el horizonte de San Petersburgo encapotado por la lluvia. Su mirada recayó en mí, sentada en la sala parisina. Se lo llevaban, escoltado, y nunca más volvía  verle. ¡Qué reencuentro, tras una separación de quince años! No todo el mundo puede gozar de la felicidad proporcionada por un encuentro semejante al nuestro, antes de separarse para siempre...

 Nina Berberova y Vladislav Khodasievich

La belleza de momentos como éste abundan en La cursiva es mía. Bergman, por su parte, reserva todo lirismo para las inolvidables páginas finales, en las que hace revivir a su madre para preguntarle todo aquello que en su día no pudo o no quiso.
Tengo que preguntarle algo importante, madre. Hace años, creo que fue en el verano de 1980, yo estaba sentado en mi silla en el cuarto de trabajo de Farö, el tiempo estaba lluvioso, una de esas lluvias serenas de verano que duran todo el día y terminan por no existir. Yo leía y escuchaba la lluvia. En ese instante sentí que usted estaba cerca de mí, a mi lado, podía extender la mano y coger la suya. No fue que me hubiera quedado dormido, lo sé seguro, ni siquiera fue una experiencia extraterrenal. Sabía que usted estaba conmigo, en la habitación. ¿O fue una ilusión? No acabo de entenderlo, ¡ahora tengo que preguntarle!
Ante la respuesta negativa de su madre, un Bergman desesperado insiste:
Nos hicimos amigos, ¿no nos hicimos amigos? ¿No invalidamos el viejo reparto de papeles madre e hijo y nos hicimos amigos? ¿Hablamos con sinceridad y confianza? ¿No fue así? ¿Llegué a entender su vida, estuve siquiera cerca de entenderla? ¿O no fue más que una ilusión lo de nuestra amistad? No, no crea que estoy embrollándome, aplastado por los reproches que me hago a mí mismo...

La linterna mágica, en Fanny y Alexander

No obstante, como digo, estas emotivas páginas contrastan fuertemente con todo el resto, donde Bergman nos demuestra su talento para la infidelidad y donde, a primera vista, el amor no juega un papel demasiado importante. Ved lo que nos dice acerca del escándalo fiscal en el que estuvo implicado y al que dedica unas cuantas páginas. Habla el hombre de familia:
No sé cómo reaccionaron mis otros hijos, teníamos poco contacto, por no decir ninguno. La mayoría pertenecía además a grupos izquierdistas y, por lo que después he podido saber, pensaron que su padre se lo tenía bien merecido.
Claro que tampoco puede decirse que Berberova derrochara un apasionado amor por la familia, por lo menos en su juventud.
En aquella época, yo quería a muchas personas y me gustaban muchas cosas, pero también era capaz de sentir odio. Detestaba, en particular, todo cuanto oliera a "nido", a espíritu familiar, a maternidad. Calentarse junto a alguien, acurrucarse contra él, buscar refugio se me antojaba repugnante y humillante.
Como si se tratara de una película llena de escenas desagradables, en ocasiones al lector de Linterna mágica le cuesta no apartar con asco la vista de la página, como cuando el autor nos describe en detalle su primera paja, nos narra cómo se quedó una noche encerrado en el depósito de cadáveres, donde yacía el cuerpo de una hermosa joven, o nos cuenta que un día se cagó en la cama, episodio que relata, por cierto, con gran maestría. El libro lo saqué de la biblio, pero no pude reprimirme de escribir en el margen ¡aaajjjj! (En lápiz, por supuesto).


 La danza de la muerte, escena de El séptimo sello. Bergman nos cuenta una divertida anécdota

Podría decirse que en Bergman el dolor nace de su propia experiencia familiar, religiosa y personal, mientras que Berberova, que se nos antoja una persona más capaz de saborear el placer, fue víctima de su tiempo. No se extiende mucho la autora sobre la Revolución, pero da la impresión de ser una de tantos millones que vieron traicionada su esperanza en un futuro mejor para Rusia. 
Nadia trabaja ahora en la Checa -dijo tranquilamente mirándome con simpatía- Se pasea con una cazadora de cuero y lleva revólver. El otro día me la encontré por la calle y me dijo que había que fusilar a la gente como yo, y eso es precisamente lo que se empeñan en hacer.
Más tarde, una Berberova indignada nos habla de la monstruosidad en que acabó convertida la Revolución, y cruza los dedos ante la fundada sospecha de un futuro de negacionismo y apología de aquellos crímenes.
Durante los años comprendidos entre 1950 y 1960, en la Unión Soviética se tenía la costumbre de escribir que los emigrados "tenían miedo" de las masas y que el concepto de pueblo revolucionario les hacía temblar. No creo que Bunin, Záitsev, Tsvetáieva, Rémizov y Jodásievich temieran a las masas. En cambio, sí tenían miedo, y no sin razón, de los burócratas de la vida literaria. Esos servidores del régimen, que también hacían las veces de críticos literarios, se apoderaron poco a poco de Tierra virgen roja, convirtieron Na Postu en una herramienta de propaganda, contribuyeron a la clausura de LEF ("Frente de izquierda"), el periódico de Maiakovski; enviaron a Pilniak a presidio y provocaron su muerte, arruinaron la vida de Voronski, mataron a Mandelstam, a Kliúiev, a Bábel y a muchos otros y acabaron por perecer en las purgas estalinistas. Hay que confiar en que nadie les rehabilite.
Pero ni las penurias, ni la guerra, ni la soledad e incomprensión por parte de una intelectualidad que apoyaba a Stalin consiguieron acabar con el sentimiento vital  de esta pequeña y frágil mujer.


 Andrei Bely, momentos antes de uno de sus ataques

 No obstante, como he señalado más arriba, es la descripción del París del exilio ruso  y los retratos de sus protagonistas lo que da su verdadero valor a estas memorias. Las pinceladas que nos proporciona en ocasiones corroboran lo que ya sabíamos, como la tosquedad de Gorki, mientras que en otras ocasiones nos sorprenden, como al hablar de la grosería de Bunin. Entre estas sorpresas destaca Andréi Bely, autor de Petersburgo, considerada una de las obras maestras del siglo XX, y uno de los personajes más grotescos que se pasean por estas páginas.
De repente, en su imaginación excitada por el vino, todos los comensales se convirtieron en un círculo de enemigos que esperaban su muerte, no creían en su santidad y acogían su sacrificio con sonrisas irónicas. Si histeria iba en aumento. (...) Le condujeron hasta la puerta. Quise estrecharle la mano para decirle, soimplemente, que, en mi opinión, era y seguiría siendo uno de los grandes escritores de nuestra época y que guardaría el recuerdo de nuestros encuentros como un tesoro. Al ver i intención de acercarme a él, Bely fue presa de una agitación violenta, echó la cabeza haca atrás y se dispuso a saltar como una pantera...
 

Ambos libros confluyen en un momento, y es el auge del nazismo, con el que tuvieron una relación radicalmente opuesta. Berberova vivió en persona la entrada del ejército alemán en París, y vio cómo la segunda esposa de Khodasievich era arrestada y deportada.
Los hombres ya habían sido detenidos en otoño, pero hasta entonces l situación no había afectado a las mujeres. Olga solía decir que no se llevarían a las mujeres ni a los ancianos. Detenían a todo elmundo, a jóvenes y a viejos, con o sin estrella.
El relato que sigue, con Berberova corriendo de un lado a otro para intentar ayudar a Olga, es estremecedor, y termina con la conversación que mantiene con un oficial de las SS.
¿Es una mujer casada?
-No, viuda.
-¿Era judío el marido?
-No, ario.
-¿Hay documentos?
-Sí, sería fácil demostrarlo.
-Pero, ¿ella es judía?
-Se convirtió al cristianismo.
-No es un problema de religión, sino de raza.
-¿Qué significa eso?
-Significa que esa mujer puede volver a casarse y abrazar de nuevo la fe judaica.
-Tiene cincuenta años.
Aquí, reflexionó un instante.
-No -dijo-, imposible hacer nada. Si su marido aún viviera, sería distinto.
Posteriormente, en el capítulo "El cuaderno negro", su diario escrito durante la guerra, Berberova nos narra el interrogatorio al que fue sometida por la sección rusa de la Gestapo, y de nuevo tenemos un impagable retrato de la emigración rusa.
Tengo cuidado con los rusos de París. Son gente de extrema derecha,oscuros patanes,de edad avanzada, que forman la verdadera "generación olvidada" de la emigración. Entre ellos hay antiguos funcionarios de "la corte de Su Majestad Imperial" y del ministerio del Interior,ex miembros de la Unión del Pueblo Ruso, ex gobernadores que lograron salvarse de la Revolución, antiguos cuadros políticos de organizaciones paramilitares y bandas armadas. Ahora era "su turno", no el nuestro.
Más adelante, en un París liberado, Berberova es testigo de la humillación pública de una joven acusada de haber sido amante de un alemán.


 Todos hemos visto las fotos, pero el vídeo es impactante

Suecia no participó en la guerra, pero el nazismo si tocó muy de cerca a nuestro amigo, que a los dieciséis años se fue de intercambio a Alemania, a casa de un pastor protestante, padre de nueve hijos salidos de un catálogo del nacionalsocialismo.
En Weimar se iba a celebrar el día del Partido con un desfile gigantesco encabezado por Hitler. En la rectoría reinaba una actividad febril lavando y planchando camisas, sacando brillo a botas y correajes. (...) Llegamos a Weimar a las doce de la mañana. el desfile y el discurso de Hitler empezaban a  las tres. La ciudad era un hervidero de excitación festiva, la gente, endomingada o de uniforme, paseaba por las calles. (...) Súbitamente se hizo el silencio, sólo se oía el chapoteo de la lluvia sobre los adoquines y las balaustradas. El Führer estaba hablando. (...) Al terminar el discurso todos lanzaron su Heil, la tormenta cesó y la cálida luz se abrió paso entre  formaciones de nubes de un negro azulado.
(...) Yo no había visto jamás nada parecido a este estallido de fuerza incontenible. Grité como todos, alcé la mano como todos, rugí como todos, amé como todos.
 Nazis en Suecia, a principios de los 40

Podríamos acharcarlo a de juventud, no sería el primero. Pero a Bergman no le duele la confesión:
Durante muchos años estuve de parte de Hitler, alegrándome de sus éxitos y lamentando sus derrotas.
Claro que tampoco era el único entre los suecos.
Mi hermano fue uno de los fundadores y organizadores del partido nacionalsocialista sueco, mi padre votó varias veces por los nacionalsocialistas. Nuestro profesor de historia era un entusiasta de "la vieja Alemania", el profesor de gimnasia asistía todos los veranos a los encuentros de oficiales que se celebraban en Baviera, algunos de los pastores de la parroquia eran criptonazis, los amigos de la familia manifestaban gran simpatía por "la nueva Alemania".
Ve uno algunas cosas de otra forma, ¿no?

En fin, cotilleos, historia, traiciones, literatura, trapos sucios, amores, cine, violaciones, vendettas, pasión, guerra, confesiones, curiosidades, miserias. Si leer un libro de memorias es todo eso, imaginad leer dos.


Os dejo con una cita muy proustiana de Berberova.
¿Qué me atraía de la poesía exactamente en aquella época? (...) Quien, en su juventud, no haya experimentado dolorosamente la necesidad de descubrir el sentido eterno de la medida y de la belleza, permanecerá para siempre insensible a esa llamada.
Ese sentimiento no es el fruto de un proceso lógico. Su origen se halla en los repliegues más secretos y profundos del corazón humano, lejos de la agitación siniestra o irrisoria que nos rodea. Una loca noche de embriaguez está a mil leguas del amor, de la pena y de la desolación que conforman la esencia de la vida nocturna. La eternidad puede revelársenos en el estribo de un autobús. Podemos entrever la visión fulgurante de la fragilidad de las cosas en la taquilla del correo o descubrir el carácter efímero de nuestra vida al mirar un calendario en la sala de espera de un consultorio.

viernes, 13 de enero de 2017

Tristes trópicos



En una ocasión, cuando se encontraba entre los indios caduveos, Lévi-Strauss distribuyó, como quien reparte caramelos entre los niños, papel y lápices con los que, nos cuenta, al principio los indígenas no hicieron nada.

Después, un día, los vi a todos ocupados en trazar sobre el papel líneas horizontales onduladas. ¿Qué querían hacer? Tuve que rendirme ante la evidencia: escribían, o más exactamente, trataban de dar al lápiz el mismo uso que yo le daba, el único que podían concebir, pues no había aún intentado distraerlos con mis dibujos. Para la mayoría, el esfuerzo terminaba aquí.

Resulta fácil imaginar a los indígenas entretenidos intentando imitar a ese blanco que desde hace unos días se ha unido a la tribu, que va vestido tan raro y que se pasa las horas escuchando y llenando de extrañas rayas un cuaderno de notas. Pero lo interesante viene ahora.

Pero el jefe de la banda iba más allá. sin duda era el único que había comprendido la función de la escritura: me pidió una libreta de notas; desde entonces, estamos igualmente equipados cuando trabajamos juntos. Él no me comunica verbalmente las informaciones, sino que traza en su papel líneas sinuosas y me las presenta, como si yo debiera leer su respuesta. Él mismo se engaña un poco con su comedia; cada vez que su mano acaba una línea, la examina ansiosamente, como si de ella debiera surgir la significación, y siempre la misma desilusión se pinta en su rostro. Pero no se resigna, y está tácitamente entendido entre nosotros que su galimatías posee un sentido que finjo descifrar; el comentario verbal surge casi inmediatamente y me dispensa de reclamar las aclaraciones necesarias.
Un indígena bororo

Acto seguido, nos cuenta el autor, el jefe reunió a la tribu, sacó un papel cubierto de sus garabatos y fingió leerlo. Con esta pantomima, el jefe adjudicaba la lista de objetos que Lévi-Strauss debía dar a cada miembro de la tribu a cambio de los regalos ofrecidos, y conseguía, sobre todo, asombrar a sus compañeros, demostrarles que sólo él era capaz de entender y participar de la magia de la escritura, y consolidar así su autoridad sobre ellos.

Esta fascinante anécdota lleva al autor a reflexionar sobre el papel que la escritura ha tenido en el progreso, y sus conclusiones resultan sorprendentes.

Bien podría concebirse [la escritura] como una memoria artifical cuyo desarrollo debería estar acompañado de una mayor conciencia del pasado y, por lo tanto, de una mayor capacidad para organizar el presente y el porvenir, [mientras por otro lado] pueblos sin escritura, que, impotentes para retener el pasado más allá de ese umbral que la memoria individual es capaz de fijar, permanecerían prisioneros de una historia fluctuante a la cual siempre faltaría un origen y la conciencia durable de un proyecto.

Lévi-Strauss no acepta esta idea tan aceptada y manida, y aduce el ejemplo del neolítico, una de las fases más creadoras de la historia.

En el neolítico, la humanidad cumplió pasos de gigante sin el socorro de la escritura; con ella (la escritura), las civilizaciones históricas de Occidente se estancaron durante mucho tiempo. (...) Sin duda, mal podría concebirse la expansión científica de los siglos XIX y XX sin escritura. Pero esta condición necesaria no es suficiente para explicar el hecho.
Una familia poligámica nambiquara

Pero el etnógrafo va aún más allá.

El único fenómeno que [la escritura] ha acompañado fielmente es la formación de las ciudades y los imperios, es decir, la integración de un número considerable de individuso en un sistema político, y su jerarquización en castas y en clases. Tal es, en todo caso, la evolución típica a la que se asiste, desde Egipto hasta China, cuando aparece la escritura: parece favorecer la explotación de los hombres antes que su iluminación. (...) Si mi hipótesis es exacta, hay que admitir que la función primaria de la comunicación escrita es la de facilitar la esclavitud.

He creído conveniente citar de manera extensa este pasaje como ejemplo de lo que el lector se encuentra en este fascinante clásico, no ya de la etnografía ni la antropología, sino de la literatura. Partiendo de su observación de unas comunidades que, en la mayoría de los casos, jamás han mantenido ningún tipo de contacto con la "civilización", Claude Lévi-Strauss (1908-2009) reflexiona sobre sus viajes anteriores, sobre la historia, la política, el arte, las ciudades o la psicología, entre otros muchísimos temas. Se trata de unas reflexiones que uno quizá no siempre comparta, y algunas de ellas, como su severo juicio al Islam, sorprenden (¿o quizá no?) por su franqueza y severidad, pero de lo que no cabe duda es de que su pensamiento es siempre brillante, original y, con frecuencia, provocador, y consigue que este lector caiga rendido, abrumado y maravillado.



En el panteón de las primeras frases inolvidables, allí, junto a Llamadme Ismael o Todas las familias felices, figura la irónica afirmación de este explorador, científico, antropólogo y aventurero, que abre la obra de esta guisa:
Odio los viajes y los exploradores.

No satisfecho con ello, el autor continúa su diatriba, extendiéndola a las conferencias y los librosde viajes. Desde el primer momento nos conquista, no sólo por su estilo fresco y un tanto lenguaraz, sino por el modo en que sus palabras y sus ideas sobre el viaje y la aventura parecen haber sido escritas ayer mismo. Naturalmente, la idea de que ya no quedan aventuras en el mundo lleva repitiéndose desde hace décadas, si no siglos, pero el argumento de Lévi-Strauss no se limita a lamentar la desaparición de lugares por descubrir, sino al espíritu de los tiempos, y en estas primeras páginas no habla tanto de la experiencia del viajero como de los que bebemos con avidez y creemos iluminarnos con el fruto de esa experiencia. Unas líneas más abajo veréis en qué términos los hace.

En esta primera sección, titulada "El fin de los viajes", se manifiesta ya el tono elegíaco del libro, tono que está presente hasta el mismo final, donde cuestiona con amargura el valor de todo lo experimentado y escrito. Así, en el último capítulo, "El regreso", nos confiesa:

En este oficio, el investigador se atormenta: ¿ha abandonado quizás a sus amigos, su medio, sus costumbres; ha comprometido su salud tan sólo para hacer perdonar su preencia a algunas docenas de desgraciados condenados a una extinción próxima, principalmente ocupados en despiojarse y en dormir, y de cuyo capricho depende el éxito o el fracaso de su empresa?
La siesta de los nambiquara, la tribu más "primitiva" que estudió

Lévi-Strauss establece una analogía entre el viaje y los ritos de iniciación, tan comunes en sociedades tribales. Como es sabido, dichos ritos cumplen la función de permitir la entrada del joven en el mundo adulto o de otorgarle un poder, como puede ser, entre otros, adquirir sabiduría o alcanzar el favor de un espíritu animal que le proteja o le confiera ciertos privilegios. El rito de iniciación, sin embargo, parte de una curiosa paradoja:

Del grupo aprenden su lección los inidividuos; la creencia en los espíritus guardianes es un hecho del grupo, y la sociedad toda entera es la que señala a sus miembros que para ellos no existe oportunidad alguna en el seno del orden social si no es al precio de una tentativa absurda y desesperada para salir de él.

 Y como bien señala, tanto el rito como esa misma paradoja pueden observarse en nuestra sociedad.

También a nuestros adolescentes, desde la pubertad, se les da venia para obedecer a los estímulos a los cuales todo les somete desde la primera infancia, y para franquear de cualquier manera la influencia momentánea de su civilización. Puede ser hacia arriba, por la ascensión de alguna montaña, o hacia lo profundo, descendiendo a los abismos; también horizontalmente, aventurándose hasta el corazón de regiones lejanas. Finalmente, la desmesura que se busca puede ser de orden moral, como ocurre en aquellos que voluntariamente se exponen a situaciones tan difíciles que los conocimientos actuales parecen excluir toda posibilidad de supervivencia.


¿Sigue teniendo validez tal afirmación? Sería interesante saber si, a la embarazosa vista de nuestros adolescentes cuarentones, el etnólogo se replantearía algunas de sus teorías. En todo caso, si, como a mí, os cuesta reconocer en este párrafo a nuestros jóvenes, el autor nos da a continuacion un ejemplo esclarecedor.

Como en nuestro ejemplo indígena, el joven que durante algunas semanas o meses se aísla del grupo para exponerse, ya con convicción y sinceridad, ya, por el contrario, con prudencia y astucia (...), a una situación excesiva, vuelve dotado de un poder que entre nosotros se expresa por artículos periodísticos, importantes tiradas y conferencias en salas de prensa repletas, pero cuyo carácter mágico se encuentra atestiguado por el proceso de automistificación del grupo. (...) Pobre presa cazada en las trampas de la civilización mecánica, ¡oh, salvajes de la selva amazónica!, ¡tiernas e impotentes víctimas!; puedo resignarme a comprender el destino que os anonada, pero de ninguna manera a ser engañado por esta brujería más mezquina que la vuestra, que ante un público ávido enarbola álbumes en kodachrome en reemplazo de vuestras máscaras destruidas.

Y si no habéis tenido bastante, aquí tenéis otro ejemplo más de la maravillosa prosa de este antropólogo:

Predecesor pulido de estos matorraleros, ¿fui entonces el único a quien sólo cenizas quedaron en las manos? ¿Solamente mi voz daba testimonio del fracaso de la evasión? Como el indio del mito, fui tan lejos como la tierra lo permite, y cuando llegué al fin del mundo interrogué a los seres y a las cosas para encontrar su misma decepción.
 Taperahi, el jefe tupí-kawaíb, y Kunhatsin, su mujer principal

No busquéis, pues, en este autor los lugares comunes que idealizan las sociedades indígenas mientras ponen a parir a Occidente. Y mira que habría podido hacerlo, pues sus experiencias entre "salvajes" tenían lugar en el mismo momento en que en el mundo civilizado se gaseaba a seis millones de personas. Pero Lévi-Strauss consideró, sabiamente, que pasarse años comiendo larvas, durmiendo al raso y con los pies cubiertos de llagas, merece un fruto más digno que un puñado de tópicos. Así, al final de su estancia entre los bororo, una tribu organizada alrededor de unos curiosos conceptos de simetría y reciprocidad, el autor sentencia:

¿Qué queda de todo eso? ¿Qué es lo que subsiste de las mitades, de las contramitades, de los clanes, de los subclanes, frente a la comprobación que las observaciones recientes parecen imponernos?(...) Tres sociedades que, sin saberlo, permanecerán para siempre distintas y aisladas, prisioneras de una soberbia disimulada a primera vista por instituciones engañosas, de tal manera que cada una de ellas es la víctima inconsciente de aritificios a los cuales ya no puede descubrirles un objeto. Los bororo se han esforzado en vano por desarrollar sus sistema en una prosopopeya falaz, no consiguieron desmentir esta realidad mejor que otros: la representación que una sociedad se hace de la relación entre los vivos y los muertos se reduce a un esfuerzo para esconder, embellecer o justificar, en el plano del pensamiento religioso, las relaciones reales que prevalecen entre los vivos.
 Si después de este párrafo pensáis que ya sabéis por dónde va el autor en su condena del relativismo moral y que, partiendo de esa postura, nada que diga os puede sorprender, os llevaréis un soberbio chasco cuando leáis lo que tiene que decir acerca de la antropofagia.

Debemos persuadirnos de que si un observador de una sociedad diferente considerara ciertos usos que nos son propios, se le aparecerían con la misma naturaleza que esa antropofagia que nos parece extraña a la noción de civilización. Pienso en nuestras costumbres judiciales y penitenciarias. Estudiándolas desde fuera, uno se siente tentado a oponer dos tipos de sociedades: las que practican la antropofagia, es decir, que ven en la absorción de ciertos individuos poseedores de fuerzas temibles el único medio de neutralizarlas y aun de aprovecharlas, y las que, como la nuestra adoptan lo que se podría llamar la antropoemia (del griego emein, "vomitar"). Ubicadas ante el mismo problema han elegido la solución inversa, que consiste en expulsar a esos seres temibles fuera del cuerpo social, manteniéndolos temporaria o definitivamente aislados, sin contacto con la humanidad, en estableciemientos destinados a ese uso. Esta costumbre inspiraría profundo horror a la mayor parte de las sociedades que llamamos primitivas; nos verían con la misma barbarie que nosotros estaríamos tentados de imputarles en razón de sus costumbres simétricas.
 Portada de la primera edición

 Tristes trópicos es así de principio a fin. Un libro profundo, provocador, poético, que tiene mucho más de divagación personal sobre casi todo, que de tratado de antropología. Sin duda fue un gran acierto por parte del antropólogo belga dejar reposar sus experiencias y notas durante quince años, hasta su redacción final y publicación en 1955, pues la pátina final que cubre a Tristes trópicos no es sólo la del tiempo y la nostalgia, sino sobre todo la de la reflexión, la perspectiva, la madurez y cierto desencanto quizá inevitable al acercarse a la cincuentena. Considerando los recuerdos de mis propios viajes, me doy cuenta de que se ajustan perfectamente al viejo adagio sobre los libros, a saber, que con cada relectura nos encontramos con un libro diferente al que leímos hace diez años. Así, dejando de lado en qué momento de nuestra vida hicimos el viaje, nuestro recuerdo y nuestro balance, que nunca será definitivo, varían con los años. Por ello, el viaje a la India que recuerdo hoy no es el mismo viaje que recordaba al año siguiente de mi regreso. Lástima que me dejara en España el cuaderno de notas.

Desconozco qué habrá sido de los bororo, los mundé o los nambiquara, pero se me ocurre que el destino que les vaticina Lévi-Strauss es al mismo tiempo, de manera cruel, el triunfo de esta obra: quizá esas vidas, esos mitos, esas costumbres sólo continúen vivos en estas páginas.

Mi año lector no podía haber empezado mejor. Una joya.



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