A pesar de que, no sin cierta fatuidad, me jacto de ser rusófilo, e imagino que en otra vida fui funcionario del grado más bajo en el San Petersburgo imperial, hasta ahora no había leído este clásico de las letras rusas. ¿Y por qué? Sería fácil decir que yo también sufro de oblomovismo, pero tal alegación se ha convertido ya en lugar común. Es como los que pillan un resfriado y lo llaman gripe. No, el oblomovismo es una cosa muy seria y no hay que confundirlo con la indolencia, la pereza, o la falta de curiosidad.
Algunos días de la vida de Oblomov, dirigida en 1979 por Nikita Mikhalkov
El origen de la novela está en un relato titulado "El sueño de Oblomov"
A partir de un planteamiento tan sencillo, y con una obra de más de 500 páginas en la que sucede muy poco, Iván Goncharov consiguió no sólo crear una novela que trasciende época y fronteras, sino que dio vida a uno de esos personajes que alcanzan la categoría de símbolo. De hecho, se dice que Oblomov personifica la decadencia de la pequeña nobleza rusa, a la que, décadas más tarde Chéjov magistralmente terminó de fulminar; otros van más lejos, y sostienen que esa apatía y ese conformismo no son exclusivos de la nobleza, sino que son un mal común en Rusia. "El viejo Oblomov sigue entre nosotros", escribió Lenin en 1920.
La famosa foto de los escritores de la revista Sovremennik. Un oblomóvico Goncharov, a la izquierda, echando una miradita a su amigo y futuro odiado Turguenev. Tolstoi, de uniforme y a su bola.
Goncharov fue un autor muy poco prolífico, que, aparte de la que nos ocupa, apenas escribió dos novelas más y unos pocos relatos que, a lo sumo, le habrían otorgado un discreto lugar en algún manual de literatura. Sin embargo, con esta novela tocada por la gracia, se ganó un puesto entre los clásicos, y no es exagerado afirmar que Oblomov es una de las grandes novelas europeas del s. XIX. Se publicó en 1859, es decir tres años después de Madame Bovary. En cierto sentido, Oblomov representa el lado opuesto de la obra de Flaubert. En 1892, un filósofo francés llamado Jules de Gaultier acuñó el término bovarismo, para referirse al estado de insatisfacción crónica de una persona, que se traduce en un intento de escapar mediante la realización de sueños vanos y desmesurados extraídos de la ficción. Pues bien, Stolz, el amigo de nuestro héroe, acuña el término oblomovismo (en mi traducción, oblomovitis (!)) para designar todo lo contrario: un estado de indiferencia crónica, que se traduce en el empeño de aferrarse al tedio, la rutina, la mediocridad y la falta absoluta de interés por nada.
"Cómo Ilyusha se convirtió en Ilya Ilyich". Oblomov nunca se puso él solo los calcetines
La novela, no obstante, es mucho más que un tratado sobre el oblomovismo. El argumento, como ya hemos señalado, es de lo más sencillo, pero los temas que en ella se reflejan tienen mucha enjundia. En primer lugar, y de manera obvia, está la filosófica cuestión del para qué. ¿Para qué todo esto? ¿Levantarse, trabajar, sufrir? ¿Nacer, crecer, reproducirse? Y en segundo lugar, vienen todas las demás: la servidumbre del campesinado (abolida por Alejandro II dos años más tarde de la publicación de la novela), el papel de la mujer en la sociedad, y, quizá en una de sus primeras manifestaciones, la oposición entre Asia y Europa, entre eslavófilos y occidentalistas. A este respecto, cabe señalar, como hace Orlando Figes en El baile de Natacha, que Goncharov hizo gran hincapié en el origen asiático de la infame y simbólica bata de Oblomov: "una auténtica bata oriental (...) sin el menor rastro de Europa". Y recordemos que desde el primer momento, el inquieto, emprendedor y moderno Stolz, hijo de alemán, le insiste a nuestro héroe para que se deshaga de una vez por todas de esa bata.
La inolvidable imagen de Agafia y sus inquietos codos, tras la cortina
Si el protagonista se ha convertido en un arquetipo reconocido en todo el mundo, ello se debe no sólo a su carácter simbólico, sino sobre todo al exquisito retrato psicológico que hace de él Goncharov. Así, Oblomov, que de entrada tiene todas las de perder para ganarse las simpatías del lector, se erige como un auténtico héroe, cuya bondad se impone, en el recuerdo de quienes lo conocen, sobre su papel de víctima. Una bondad, señalémoslo, totalmente alejada de la santurronería, dado que, en primer lugar, no olvidemos que hacer el mal cansa más que ser buena persona. Y en segundo lugar, no nos cabe ni la más mínima duda de que cuando Oblomov insiste una y otra vez en su renuncia a la felicidad por el bien de su amada, es absolutamente sincero.
También los retratos de su criado Zakhar, de su amada Olga, o de su casera Agafia y sus irresistibles codos son inolvidables, propios de un grandísimo escritor (es de lamentar que el mismo Goncharov no estuviera libre de oblomovismo, y que además se volviera paranoico en sus últimos años, asegurando que Turguenev le plagiaba las ideas), y poco importa que, por el contrario, Stolz le saliera tan, tan bueno, y Tarateyev tan requetemalo.
Miraba con miedo al futuro, donde, como decía él, los esperaban problemas, tragedias y dolor. No soñaba ya con una noche azul; otra perspectiva se desplegaba ante ella, una que no era traslúcida ni alegre, que no rebosaba paz y abundancia, con ella y él solos. No, lo que veía era una serie de privaciones y pérdidas cubiertas de lágrimas, inevitables sacrificios, una vida de ayuno y renuncias forzadas, (...) soñaba con enfermedades, con ruina económica, con la muerte de su marido... Se estremeció, se desanimó, pero contempló con valor y curiosidad ese nuevo aspecto de la vida, lo examinó con horror y midió sus fuerzas con él... Tan sólo el amor no la traicionaba en ese sueño.
Al leer esas líneas, me vino a la mente la grandiosa escena final de Six feet under, que además me va a venir de perlas para poner punto final.
(Si hay alguien que no ha visto esta serie, le advierto que ésta es la madre de todos los SPOILERS).
P.D. No quepo en mí de gozo: ¡acabo de encontrar la película de Mikhalkov con subtítulos en inglés!
Aquí está.






