viernes, 7 de abril de 2017

Literatura de buen rollo



No acaba de convencerme lo del buen rollo. Esta expresión ha adquirido un matiz banal y un tanto despectivo que estropea lo que, de otra manera, sería la traducción perfecta de feel good. Un libro feel good, una película feel good es como se llama en inglés a esas obras en las que no hay grandes tragedias ni personajes malos, y de las que salimos alegres, casi felices, y con un sentimiento de reconciliación con el mundo que el propio mundo no tardará en aguarnos. Esa es mi definición, y por supuesto es la correcta, y se equivocan esas listas que incluyen, por ejemplo, Matar un ruiseñor, donde, por muy feliz que sea el final, no olvidemos lo mal que hemos pasado hasta entonces; o las novelas de Harry Potter, pues el mundo con el que el buen rollo nos ha de reconciliar debe ser real, no mágico.

Gamberro entrañable


Los libros de buen rollo, en el sentido menos banal y despectivo posible de la expresión, son patrimonio casi exclusivo de la literatura inglesa, si bien podría hacerse alguna concesión a los suecos. Es natural que la mayoría de los libros de buen rollo pertenezcan al ámbito de lo que se considera literatura infantil, pero es importante subrayar que sólo determinados libros infantiles pueden incluirse en el susodicho género. Así, mientras las historias del osito Winnie Pooh consituyen la sublimación del buen rollo, Alicia en el país de las maravillas es demasiado sofisticado y hasta turbador para hacernos sentir bien. Del mismo modo, las inocentes travesuras de Guillermo el travieso son buen rollo, pero la justiciera crueldad de Roald Dahl, no. Y si cruzamos el charco, podríamos decir que Las aventuras de Tom Sawyer inaguran el buen rollo americano, a diferencia de las de Huckleberry Finn, algo más oscuras y de mayor calado.


Tampoco es de extrañar que la literatura de buen rollo abarque, en su mayor parte, el mundo de la infancia. La adolescencia es, probablemente, el peor mal rollo que se ha inventado, y en la edad adulta ya tenemos los ojos demasiado abiertos y la desconfianza a flor de piel como para creer en la bondad innata del ser humano. Sin embargo, aún quedan algunos libros que, a nuestros años, consiguen que cuestionemos nuestro cinismo y suspicacias. Cuando eso sucede, podemos afirmar que estamos ante una obra maestra del buen rollo, como por ejemplo el clásico Mi familia y otros animales, un libro venerado en Inglaterra como quizá sólo lo esté Sidra con Rosie, otro relato autobiográfico de infancia.

Los protagonistas de The Durrells

De niño cogí una gran manía a este libro. Recuerdo a mi madre estallar en carcajadas mientras lo leía, y supongo que algo edípico en mí me hacía sentir celos del señor Durrell. He tardado muchos años en vencer, en primer lugar, ese resentimiento, y, en segundo lugar, la pereza de leer un libro que no iba a contribuir en nada a mi colección de motivos para el pesimismo. Me ha animado a ello, como habrá sucedido con muchos lectores ingleses, la reciente adaptación de la novela a la televisión. En este caso, tras dos versiones de la BBC, una de 1987 y otra de 2005, la adaptación ha corrido a cargo del canal ITV, con un resultado que no ha satisfecho a los adoradores de la obra de Durrell, y que además se tomaba muchas licencias artísticas, pero tanto a mí como a mis hijos nos pareció la mar de simpatiquillo.

Lo verdaderos Durrell. De izquierda a derecha, Margo, Nancy, Larry, Gerry y Louise

Gerald Durrell nos narra en este libro las vivencias de su familia en la isla de Corfú, durante los cuatro años en que vivieron allí, desde 1935 a 1939. La madre, Louisa Dixie Durrell, viuda desde hacía siete años, decidió que toda la familia fuera a hacer compañía a su hijo mayor, el novelista Lawrence, y su esposa Nancy, que llevaban un tiempo viviendo en la isla. Gerald escribió Mi familia... en 1955, es decir, casi dos décadas después de Corfú, y no tiene reparos en manipular los hechos a su antojo. El libro no pretende ser rigurosamente fiel a los hechos, sino recrear la visión del mundo de un niño de diez años que crece en una familia un poco tarumba y que no deja de maravillarse ante el mundo y sus escarabajos. Por eso, poco importa que en el libro Larry viva con el resto de su familia, que su esposa, sencillamente, no exista, o que la guerra, el motivo que puso fin a su estancia en Corfú, tampoco se mencione.

El inolvidable Stephanides, amigo y mentor de Gerry

Los años que Gerald pasó de niño en Corfú fueron absolutamente idílicos. Imaginemos una isla mediterránea antes de que se hubiera inventado el turismo, y podremos hacernos una idea aproximada. Si además eres, como Durrell, una persona que se siente mejor en compañía de tortugas y sapos que rodeado de otros niños, Corfú, con su benigna fauna, debía de ser un auténtico paraíso. Y para coronar el placer, el niño no tardó en conocer a Theodore Stephanides, un devoto, como él, de las ciencias naturales y un hombre que se relacionaba con Gerry de naturalista a naturalista, sin un ápice de condescendencia. El autor recrea de manera excepcionalmente vívida esa sensación de libertad y arrobo, pero lo que hace grande este libro es, como acostumbra suceder con las obras maestras, el tono que adopta el narrador. Durrell encuentra el punto justo entre la inocencia de un niño deslumbrado por la vida, y la sutil ironía de un adulto conocedor de las debilidades humanas. Sabe recorrer con maestría la línea que separa la una de la otra, y en ningún momento cae en el gran peligro que ambas presentan: de una parte, la cursilería; de otra, el cinismo. Lejos de ello, el narrador nos muestra las excentricidades de su familia con esa seriedad británica que es tan divertida y tan poco resabida. Y es ese estilo y esos impagables diálogos los que, una y otra vez, me hicieron estallar en carcajadas, quizá más sonoras aún que las de mi madre.

Gerald Durrell y sus amigos, en 1936
 
El retrato que el autor nos hace de cada uno de los miembros de su familia puede parecer, de entrada, algo caricaturesco. De hecho, ésa fue la impresión que me dio la versión televisiva. Larry se nos muestra como un arrogante esnob obsesionado con sus historias y novelas; Leslie, como un tarugo que no piensa más que en sus escopetas; Margo, como una adolescente con preocupante tendencia al descarriamiento. Sin embargo, es justo decir que esa caricaturización contribuye en gran medida a la vividez con que vemos el mundo a través de los ojos de Gerry. Y en segundo lugar, es posible que la exageración no sea tal. La innegable obsesión de Gerry con sus bichos es la prueba de que estamos ante una familia de miembros monotemáticos.

La única foto que he podido encontrar de Spiro, aquí con Gerry.

Aparte de Theodore Stephanides, quien de hecho fue un verdadero polímata y un prestigioso poeta, Durrell consigue que personajes como el taxista Spiros hayan pasado a la historia de la literatura universal. Más difícil, y todavía más memorable, es lo que consigue hacer con los animales. Así, el duelo entre Cicely, una mantis, y Geronimo, una salamanquesa, constituye una escena absolutamente épica en la que el autor se detiene a lo largo de varias páginas. Y qué decir del retrato psicológico de la tortuga Achilles, o de las Magenpies, dos urracas a cual más sinvergüenza, o de Roger, el perro que acompaña al joven Gerry en sus paseos y exploraciones por la isla. Tanto es el detalle y el esmero con que Durrell se emplea al describir a los animales que el lector cree conocer a algunos de ellos mejor que a la propia madre o a la hermana del autor.

Un hombre tan encantador como el niño que fue

Mi familia y otros animales es, como decía más arriba, uno de esos libros queridos y hasta adorados por lectores de todo el mundo. Posteriormente, Durrell publicó dos obras más situadas en aquel período, que constituyen la Trilogía de Corfú. Su amor por la naturaleza y, en particular, los animales, no decayó, y de hecho nuestro amigo es tan conocido o más por su actividad como zoólogo y naturalista que por su obra literaria. Sin embargo, el epílogo a esta encantadora novela no fue precisamente lo que Durrell hubiera deseado. Como suele decirse en inglés, este libro "puso Corfú en el mapa", es decir, dictó la sentencia de muerte al paraíso que los Durrell habían conocido. Así lo veía, por lo menos, el propio Durrell, que lamentaría amargamente el modo en que la isla se entregó, sumisa, al turismo de masas. "Nunca regreses a un lugar donde fuiste feliz", cuenta el autor que le dijo una vez su hermano Larry (plagiando a Agatha Christie). Mí no haber estado nunca en Corfú, pero después de leer este gran libro, creo que mi decepción sería mayor aún que la de Gerald Durrell.





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