viernes, 15 de julio de 2011

Series nuevas y no tan nuevas

Para que toda Inglaterra esté pendiente de una serie danesa subtitulada, esa serie tiene que ser muy especial, y The Killing, desde luego, lo es. 
Se comete un crimen y dos policías con personalidades y métodos de trabajo completamente opuestos lo investigan. No suena muy original, y la verdad es que los primeros tres o cuatro episodios me dejaron un poco frío. Cuando arrestan al culpable en el tercer episodio de una serie de veintipico, algo te dice que no, que ése no es. Poco a poco, sin embargo, personajes, trama y realización te va atrapando hasta que, cual televidente inglés, te conviertes en un adicto. Tenemos dos líneas principales, la investigación del crimen y las elecciones a la alcaldía de Copenhague, y, como es de ley, las dos líneas se cruzan y anudan.
Se nos dice en la caja que es la nueva The Wire, pero yo creo que una de las mayores virtudes de esta serie es que no intenta ser como la grandiosa serie americana. Los polis daneses no juegan a ser como sus descreídos, sarcásticos, viciados y joviales compañeros de profesión baltimorenses. Para algo son daneses, es decir tirando a fríos y de escasos juramentos.
Una de mis series del año. Juro por mi honor y conciencia que jamás veré el remake que han hecho los americanos.


Tres son las grandes virtudes de True Blood: la primera, la premisa de la que parte. Estamos en una sociedad donde humanos conviven con vampiros y donde éstos reivindican igualdad de derechos ante el recelo de aquéllos. True Blood es la marca de una bebida de sangre sintética, que constituye el alimento de los vampiros, aunque todo el mundo sabe que lo que de verdad les pone es la sangre humana auténtica. Por otra parte, la sangre de vampiro es una sustancia alucinógena y megaafrodisiaca, y tanto vampiros como humanos trafican con ella. La convivencia entre vampiros y humanos, así como el tema de la irreversible conversión a vampiros y el peligro que estos suponen para la sociedad pueden verse como metáforas de conflictos habituales en la sociedad. Quizá la más evidente sean las relativas a la homosexualidad, a los seropositivos, o a los negros, pero el creador de la serie, Alan Ball (que creó también la inolvidable Six feet under), niega una relación tan directa.
La segunda gran virtud es, sin lugar a dudas, su secuencia inicial, una absoluta obra de arte.


La otra gran virtud de esta serie es que no se toma a sí misma demasiado en serio. Así, desde el primer momento vemos cómo los mismos protagonistas cuestionan, de manera humorística los -por lo visto- falsos tópicos sobre los vampiros. Esta actitud es de agradecer en una serie contemporánea sobre vampiros y en cuya tercera temporada, por ejemplo, figuraba una banda de hombres lobo (con aullidos y todo), mientras que para la cuarta nos anuncia una remesa de hadas.
La primera temporada me pareció excelente, quizá por la novedad, y la segunda tuvo también muy buenos momentos. Creo que en la tercera el nivel bajó bastante, y hubo momentos francamente embarazosos (Jason haciendo el paripé, con el buen papel que tuvo en las dos primeras temporadas), y confieso que no espero demasiado de la cuarta.


Hay series que envejecen mal, en especial las comedias. Hace poco vi en youtube un poco de The young ones, que en mis años mozos era LA serie que había que ver, y se me cayó el alma a los pies. ¿De verdad yo llegaba a llorar de risa viendo eso? Otras ya no nos hacen reír mucho, aunque conservan todo su encanto, como Cheers. Algo parecido sucede con Doctor en Alaska, cuya primera temporada todavía se deja ver con una sonrisa, pero las situaciones y las relaciones entre los personajes son demasiado previsibles como para ir más allá. Por otra parte, veo que las que de verdad sobreviven al paso del tiempo son, entre muchas otras, aquellas de verdadero humor inteligente (un concepto discutido y discutible en nuestro país), como Fawlty Towers, Black Adder o Seinfeld. Esta última no la vi en su día, y la insistencia de un compañero de trabajo al final me persuadió.
Aparte de sus brillantísimos diálogos, Seinfeld es una joya por la imaginación y creatividad de los guionistas. ¿Pueden las vicisitudes de cuatro amigos en Manhattan, que hacen poco más que hablar metidos en un piso, dar para nueve temporadas? Pueden, sí (y sin asomo de parecido con Friends, que en sus últimas e inacabables temporadas, era absolutamente inmunda). De momento, sólo he visto las tres primeras y, aparte de un ligero bajón en los primeros episodios de la tercera, esta serie es divertida, inteligente y, aún hoy, innovadora. Recuerdo, por ejemplo, un episodio en el que los protagonistas esperan mesa en un restaurante, u otro en el que dan vueltas por un parking, sin conseguir recordar dónde han dejado el coche. A partir de unas situaciones tan triviales y con tan poca chicha como ésas son capaces de crear pequeñas historias memorables. En algunas entrevistas, Jerry Seinfeld y Larry David coinciden en que costó convencer a los productores de que apoyaran el proyecto de una serie que trataba sobre... nada.

La genialidad de esta serie me hace pensar en el triste panorama de la comedia en nuestro país. Me pregunto si el homo hispanicus algún día desarrollará lo que se llama sentido del humor inteligente. De acuerdo, ya nadie va a la tele a contar chistes de gangosos y mariquitas, pero echando un vistazo (breve, muy breve, que yo no aguanto más de unos segundos) a lo que se podría denominar sitcoms españolas, es para echarse a llorar.

Y ésta ha sido mi gran decepción de este año. Reconozco que carezco de suficientes elementos de juicio, ya que creo que no llegué al tercer episodio. Reconozco también que seguramente soy yo, y no las legiones de devotos de esta serie, el que está equivocado, pero a mí, los dos primeros me dieron esa inconfundible impresión que tenemos cuando nos encontramos ante un auténtico e impecable bodrio.
Treme nos cuenta la vida de una serie de habitantes de Nueva Orleans unos meses después de la tragedia del huracán Katrina, y nos deleita con diálogos del tipo
-Papá, no te puedes quedar aquí.
-Hijo mío, éste es mi hogar
entre padre testarudo e hijo que triunfa en Nueva York y ha olvidado sus raíces.
Hay que destacar a los personajes, esterotipados hasta la náusea, y algunas escenas que producen vergüenza ajena (la entrevista entre el periodista inglés y John Goodman es posiblemente lo peor que se ha hecho en televisión en las últimas décadas). Pero lo peor de todo es el argumento, o mejor dicho, la completa y absoluta falta de. Y mira que tenían materia prima para crear historias (odiosa comparación: mientras Seinfeld crea buenas historias a partir de nada, Treme lo convierte todo en cliché).
Hace unos meses, en un blog de por ahí hablaban de esta serie y nos decían por qué habái que verla. Me llamó la atención que entre sus razones brillara por su ausencia  algo tan sencillo como el argumento. Por algo será.
Juzgando por esos dos primeros episodios, Treme se me antoja una antología del buen rollito y de lo guay que es Nueva Orleans (otra penosa y ridícula escena, la de los turistas escuchando a un música callejero). Los de HBO han pensado que les bastan esas iniciales, música guay y grandes actores para embaucarnos. Pues a mí la serie me ha parecido odiosa, como la mayoría de sus personajes.

domingo, 10 de julio de 2011

Cuentos de Wilde, relatos de Stevenson


"Cuentos" y "relatos" son dos términos que, con determinados autores, los editores a veces emplean como sinónimos. Así, se habla tanto de los cuentos de Faulkner como de sus relatos. La cosa es más simple en inglés, donde ambos son simplemente "stories", con la palabra "tale" reservada más bien para los cuentos de hadas (¿¿relatos de hadas??) o de Canterbury. Con los autores que nos ocupan, al hablar de Wilde suele utilizarse más "cuentos", mientras que con Stevenson yo diría que "relatos" es más habitual.
Sin entrar en definiciones o teorías literarias, que personalmente me aburren, algunas de las diferencias entre estos términos parecen ser la longitud (el cuento es más breve), la veracidad (el cuento siempre es ficticio; el relato, no necesariamente), la temática (el relato suele asociarse con las aventuras), o la función (el cuento acostumbra a tener una moraleja, mientras que el relato puede limitarse a la presentación de unos hechos). Los niños tienen clarísima la diferencia. ¿Alguien ha oído alguna vez a un niño decir "papá, cuéntame un relato"?
Y hablando de niños, Stevenson es de esos autores que los padres podían comprar a sus hijos con la certeza de estar haciendo lo correcto. La isla del tesoro o La flecha negra se consideraban y siguen considerándose novelas para niños. Por el contrario, a Wilde, en general, no se le ha puesto esa etiqueta, o no es la primera que nos viene a la mente. ¿Quizá se debe esto a la vida privada del autor? Sin embargo, la vida de Stevenson, autor apto para todos los públicos, no estuvo tampoco ajena al escándalo. Claro que se trataba de escándalos más tolerables, como liarse con señoras maduritas y casadas.

El debate sobre qué es una novela para niños la dejo para otro momento, aunque a modo de anécdota, diré que en un concurso en que participé, a los 11 o 12 años, me entregaron como premio Los niños terribles, de Cocteau. Quizá pensaban que era un libro al estilo de Guillermo el travieso. Pero volviendo a Wilde, la verdad es que cuesta imaginar cuentos más apropiados para los niños que los de El Príncipe Feliz y otros cuentos, preciosos, conmovedores, herederos de Andersen, o los de Una casa de Granadas, también bellísimos, si bien sensiblemente más sofisticados.

En "Una casa de granadas", uno de los cuentos que destacan es, si duda, "El pescador y su alma", y destaca no tanto por su gran calidad, que la tiene, sino por unos aspectos formales que la diferencian del resto de relatos (¡uy!). En primer lugar, su longitud, más del doble que cualquier otro, y sobre todo, sus largas descripciones de paisajes y reinos lejanos, exóticos y fantásticos. Esas descripciones y evocaciones, esos ambientes cargados de lujo y rebosantes de sensualidad y exotismo a mí no han dejado de recordarme al maravilloso poema "Kubla Khan", de Coleridge, escrito casi cien años antes:

In Xanadu did Kubla Khan
A stately pleasure-dome decree:
Where Alph, the sacred river, ran
Through caverns measureless to man
Down to a sunless sea.

So twice five miles of fertile ground
With walls and towers were girdled round:
And here were gardens bright with sinuous rills,
Where blossomed many an incense-bearing tree;
And here were forests ancient as the hills,
Enfolding sunny spots of greenery...




(En Xanadú, Kubla Khan
mandó levantar su cúpula señera:
allí donde discurre Alfa, el río sagrado
por cavernas que el hombre jamás ha sondeado,
hacia una mar que el sol no alcanza nunca.

Dos veces cinco millas de tierra muy feraz
ciñeron de altas torres y murallas:
y había allí jardines con brillo de arroyuelos
donde, abundoso, el árbol de incienso florecía,
y bosques viejos como las colinas
cercaban los rincones de verde soleado...)

"El Pescador y su alma", que en algunos lectores provoca un cierto rechazo, debido a sus largas y aparentemente irrelevantes descripciones, es, a mi juicio, una fascinante exploración del subconsciente (recordemos aquí la historia del poema de Coleridge, quien contaba que el origen del poema era un sueño que tuvo tras una noche de opio), así como, de nuevo (recordemos El retrato de Dorian Gray), un conflicto entre dos ¿entidades? aparentemente opuestas: alma y cuerpo. El autor se ayuda para ello de la más obvia imaginería cristiana, y crea con ella una inteligente paradoja: la del pescador de almas que entra en conflicto con la suya propia. Se han realizado fascinantes estudios sobre este cuento, cuya inagotable riqueza de significados está a la altura del mejor Wilde. 
Los Cuentos completos de Wilde se completan con El crimen de Lord Arthur Savile y otras historias, El retrato de Mr W. H., y la maravillosa colección de Poemas en prosa. Sorprende el conjunto por su variedad de estilos, por la maestría de Wilde al manipular diferentes géneros (cuento de hadas, de fantasmas, fábulas, parábolas bíblicas, o juegos metaliterarios al más puro estilo de Nabokov), y sobre todo por su extraordinaria calidad, de buenos a excelentes a obras maestras, que merecerían, todos y cada uno de ellos, una reseña específica. Una auténtica joya.


Mientras los cuentos de Wilde acostumbran a tener moraleja, los relatos de Stevenson no sólo carecen de ella, sino también de cualquier espíritu de ejemplaridad. Gracias a ello se ganó la admiración de aquellos autores que rechazan la función ética de la literatura, o que postulan que en la literatura, la estética constituye la ética, tales como Nabokov (cuentos), Borges (cuentos), o Chesterton, entre muchos otros.
Stevenson es un autor para niños (hablamos de los tiempos en que la infancia duraba hasta los 18 años) porque ama el arte de narrar y consigue cargar de interés y tensión la historia más sencilla. Tanto en Las nuevas mil y una noches como en Noches en la Isla, el retrato psicológico, central en La isla del tesoro como en el Doctor Jeckyll, cede el paso al relato puro, al qué pasó entonces, la razón primordial del arte de contar. Y de ahí el título homenaje a Las Mil y una noches, con el que, aparte de esta pasión narradora, comparte el enlazamiento de las historias y un supuesto "narrador árabe" que nos suena más a pitorreo que a otra cosa.


La influencia de Stevenson es más evidente en algunos de sus devotos que en otros. No se percibe claramente en Nabokov, es algo más clara en Borges, y es del todo palpable en Chesterton. ¿Acaso no nos recuerda ese metomentodo de Florizel de Bohemia al Padre Brown y su candor? ¿Acaso es posible leer la historia "El club de los suicidas" sin que nos venga a la mente El hombre que fue jueves
Pero la influencia de Stevenson es de aún más largo alcance. Quizá diréis que estoy obsesionado, pero el relato "El pabellón de las marismas" me ha parecido puro Bolaño...

Clara nos abrió la puerta del pabellón. Me sorprendió la perfección con que tenían preparada la defensa. Pese a que había una gran barricada, se podía liberar fácilmente y mantenía la sujeción de la puerta contra cualquier violencia del exterior. Las contraventanas del salón estaban también fortificadas incluso de forma más compleja. Fui conducido directamente hacia allí; les iluminaba la débil luz de una lámpara.--

...palabrota más o menos. Pero reconozco que lo mío con Bolaño empieza a tomar tintes enfermizos. 
Y siendo la característica principal de Stevenson la pasión por narrar, no podía por menos de rendir homenaje a una de las grandes tusitalas del siglo XX. Isak Dinesen, naturalmente. Así, aunque Stevenson escribió "El diablo embotellado" y "La isla de las voces" unos cuantos años antes de que naciera la gran autora danesa, no me cabe duda de que ambos relatos, tan dinesenianos ellos y -tanto por su atmósfera mágica como por ser cuentos- diferentes del resto, constituyen un sentido y brillante homenaje a la escritora que recogería el testigo del arte de contar cuentos, quiero decir, relatos.
Como veis, leer a Stevenson, aparte de garantía de pasárselo pipa, es hacer un repaso a la mejor literatura del siglo XX.


lunes, 27 de junio de 2011

Libros de mudanza



En los días de mudanza, uno agradece su contención, desde hace ya lustros, a la hora de comprar libros. Contención, todo hay que decirlo, obligada por motivos económicos y de espacio.
Uno también reflexiona sobre por qué queremos llenar nuestras casas de libros que, en el mejor de los casos, leeremos 3 ó 4 veces; por qué compramos un libro que luego no leemos hasta pasados 10 años; o por qué, al contrario, compramos un libro que acabamos de leer para así poder tenerlo siempre on nosotros... Yo personalmente, y debido a las razones arriba mencionadas, soy un asaltador de bibliotecas. De hecho, me podría formular las mismas preguntas: ¿Por qué saco tantos libros que al final sé que no voy a leer?


Desde hace tiempo apenas compro novelas. Hago una excepción, eso sí, con indiscutibles clásicos, por la sencilla razón de que quiero legar a mis hijos una biblioteca como Dios manda.
Sí compro poesía, ensayo e historia, porque pienso que ese tipo de libros sí se prestan más a ser leídos, releídos y consultados de manera errática aunque frecuente.
Y aun así, pese a mi frugalidad bibliotecaria, he perdido la cuenta de las cajas de libros que he hecho en los últimos días. Eso sin contar los que todavía languidecen en casa de mi madre, a la espera de una casa más grande. Quizá ahora ha llegado el momento de rescatarlos.
La mudanza es también el momento de tomar la dura decisión de deshacernos de libros. Y aquí es donde mi contención compradora me recompensa, y demuestra que lo que entra en mi casa está muy justificado. Fijaos si no en los escasos libros que se han quedado fuera del arca:


Mister Pip, de Lloyd Jones. Está bien, pero dudo que lo vuelva a leer. Es uno de esos libros que no me haría especial compañía desde la estantería.
The blunderer, Patricia Highsmith. Lo mismo.

Restless, William Boyd. Muy bueno, pero con una lectura basta.


Medea, Euripides. Clásico indiscutible, sí, pero tengo las obras completas de Eurípides en otro volumen.


Arroz, El País. Uno de esos libros que regalan de vez en cuando. Ya domino el arroz a la cubana.


Y a continuación, algunos de esos libros que se van vírgenes.






An Italian Education Italian Neighbours, de Tim Parks. Creo que éstos eran de mi cuñado.
La Cultura, de Dietrich Schwanitz. Tenía el subtítutlo de "Todo lo que hay que saber" o algo así.
No sé jugar amb mascares, de Mª Àngels Anglada. No sé que tienen los regalos de la biblio por Sant Jordi que nunca me atraen lo más mínimo.
Quatre contes russos, Pushkin, Chejov, Babel y Berberova. Otro regalo de la biblioteca con motivo de Sant Jordi. Nunca me han atraído estas mezclas  de cuentos y autores totalmente sacados de contexto.
Trunk road to Pakistan. No recuerdo el nombre del autor. Parecía un interesante libro de viajes, pero con todo lo que tengo por ahí para leer, ¿cuándo encontraría tiempo para éste?
Rose, 1944, de Helen Dunmore. Una miniedición de bolsillo de Penguin. Me remito a mi comentario sobre los cuentos rusos.
The Shadow of the wind, Ruiz Zafón. Regalo de mi suegro a mi mujer.

Y ahora, a ver si la compañía telefónica no se demora mucho, me ponen internet pronto, y puedo seguir con las reseñas de lo que sí leo.

miércoles, 22 de junio de 2011

Jernigan, de David Gates; Asterios Polyp, de David Mazzucchelli


"Después bajé al sótano y entré en la sala de ejecución. Sin intención de suicidarme. Lo único que quería, creo, era hacer una barbaridad. Algo que resultara muy difícil negar. Saqué la pistola de la caja de herramientas, me senté en una bala de paja, apoyé la palma de la mano izquierda en la paja áspera, pegué la boca del cañón a esa pequeña membrana que queda entre el pulgar y el resto de la mano, y me disparé ahí con ánimo más o menos experimental. Para ver qué pasaba. Dios santísimo, cómo dolía. Aunque había pasado cosas peores, vaya que sí: ni punto de comparación con, pongamos, un dolor de muelas."

Si hay algo que los americanos hacen como nadie, es escribir novelas como ésta. Jernigan pertenece a ese género conocido (por mí) como "novela de perdedor", y que nos ha proporcionado obras maestras como la salvaje La conjura de los necios o la más civilizada Corre, Conejo y sus secuelas. Jernigan se sitúa de manera equidistante entre las dos: el protagonista, Peter Jernigan, hace tiempo que renunció al sueño americano que sostiene a Harry "Conejo" Armstrong a lo largo de cuatro décadas en un conformista autoengaño, pero nunca llega a la cafre y despiadada misantropía de Ignatius Reilly.
La novela tiene un comienzo de los que te agarran, con un Jernigan que, tras pasarse la noche entera conduciendo borracho a través de la nieve, se baja del coche y camina hasta llegar a una caravana de mala muerte donde pasará la noche y perderá un par de dedos. Poco más tarde, el narrador, que es el propio Jernigan, hablándonos desde un centro psiquiátrico, nos informa de que su amigo el Tío Fred lo salvó de la congelación e hizo las gestiones necesarias para que lo ingresaran. Y con la historia que viene a continuación nos contará cómo un profesor de literatura, casado y con niño e hipoteca ha caído tan bajo.
Jernigan es un personaje muy interesante. Inteligente, culto, incapaz de resistirse a la constante ironía - aunque eso le lleve a alienarse de todos sus seres queridos -, escapa a los esquemas tradicionales de este tipo de novela. Como he dicho antes, Jernigan no está contra el mundo. Simplemente, sabe que no encaja en él.
Es difícil establecer el momento en que empieza su caída. ¿El día en que abandona las clases de literatura y se mete a trabajar en una oficina? ¿El día en que, en medio de una fiesta con amigos, muere su mujer? ¿O cuando conoce a Martha Peretsky, divorciada, macizorra, bebedora, amante de la música country, que cría sus propios conejos y los mata a balazos? 
Jernigan se dirige constantemente al lector, que, no obstante, nunca llega a saber con certeza qué es lo que busca aquél. No le gusta su vida, y sabe que lo que le espera sólo puede ser peor. Parece que lo único que le queda es intentar ser un buen padre, y siente ese dilema de sentirse orgulloso en las escasas ocasiones en que su hijo sigue sus pasos, y al mismo tiempo, ¡no hijo, no lo hagas!, desear para él un camino diferente. De acuerdo, no es una historia que destaque por su originalidad. No es el argumento lo que hace de Jernigan una novela excelente, sino la voz del narrador.

¿He dicho alguna vez que me gustan los escritores de cara interesante?

David Gates consigue dotar a su personaje de una voz divertida y original. Jernigan lanza sarcásticos mandobles a disestro y siniestro, contra todo y contra todos, pero sobre todo contra sí mismo. Hay en su humor cierto tono de indiferencia ante la vida y, sobre todo, ante el resultado de sus chistes. "Sé que no tiene gracia", parece decir, "y me la suda que te rías o no". Pero la novela es francamente divertida. La habitual colección de personajes tarados también se sale de los clichés, y su comportamiento y reacciones pocas veces resultan las esperadas. 
Perfectamente estructurada, tanto en cuanto a ritmo como en tiempo narrativo, redonda en muchos aspectos, Jernigan es una muy buena novela de un escritor poco prolífico. Y termino con la continuación de la cita de arriba:

"Puro Jernigan, al cien por cien: primero te tragas un montón de calmantes, luego quieres sentir algo, al final te quejas y te lamentas porque duele."



Y mira tú por dónde, la tarde en que empecé a escribir la reseña sobre Jernigan, me leí de un tirón esta novela gráfica, y en parte porque ambas comparten ciertos elementos, en parte para ahorrarme trabajo, decidí que las dos cabían en la misma entrada.
Asterios es un tipo desagradable, pagado de sí mismo y mujeriego. Aparte de dar clases de arquitectura,  es un arquitecto de prestigio, tanto que jamás ha visto construido ninguno de sus diseños (como se dice en inglés, "those who can't, teach"). Abandonado por su compañera, se ha ido hundiendo en su lujosa miseria, hasta que una noche, recién cumplidos los 50, un incendio en su apartamento de Manhattan le hace perderlo todo.


Su caída, a diferencia de la de Jernigan, es en picado y dura lo que el incendio. Su redención, sin embargo, sigue un curso parecido: se queda con el primer trabajo que pilla, de mecánico, y se instala a vivir en una habitación en casa de su jefe, un gigantesco bonachón casado con una vidente. Al igual que Jernigan, mientras hace un repaso de lo que ha sido su vida hasta entonces, Asterios tendrá que bajar al mundo real, convivir con personas de un nivel cultural muy inferior y, allí donde Jernigan mata conejos y se agujerea la mano, él se llena las manos de grasa y pierde un ojo de un botellazo. Tal es el particular descenso a los infiernos de nuestros amigos. De hecho, uno de los motivos recurrentes del libro es el mito de Orfeo y Eurídice,


aunque la recreación del mito es sólo uno de los ejes de la novela. En esa recreación se integran algunos de los otros motivos de la obra: la naturaleza dual del mundo y el constante cuestionamiento de dicha dualidad (suena a tostón, ya lo sé, pero eso es sólo achacable a mi estilo). La (cuestionada) dualidad se reproduce en los conflictos entre hombre y mujer, espiritualidad versus materialismo, fatalidad versus libre albedrío o, en palabras del propio Asterios, arte factual versus arte fiticio. Este último a su vez se reproduce en el motivo de los hermanos gemelos, dado que Asterios vivió, e Ignazio, el que hoy sería su hermano, murió. Asterios nos recuerda las increíbles coincidencias que presentan los gemelos idénticos a lo largo de sus vidas debido al fuerte lazo que los une desde el vientre materno. En su caso, este lazo es tan fuerte que Asterios sigue hoy teniendo una relación con su hermano muerto, al que nunca vio. 


Aunque todo el libro es inolvidable, hay capítulos que destacan especialmente, como ése, brevísimo, en el que el simple y mundanal acto de cortarse las uñas de los pies le trae a Asterios el vívido recuerdo de la vida en común con Hana, con todo lo hermoso, rutinario, prosaico y vulgar que tiene la vida en pareja.


En toda reseña que se precie debe decirse que el autor lleva al límite las posibilidades de la novela gráfica. Bueno, pues ésta es una reseña que se precia, así que: en esta novela David Mazzucchelli lleva al límite las posibilidades de la novela gráfica. ¿Y eso en qué consiste? No sólo en la fabulosa composición de las páginas, y en la originalidad de las viñetas. Lo que distingue a Asterios Polyp de otras excelentes novelas es el uso que hace el autor de la tipografía y, sobre todo, del color y de las formas. Llevar al límite las posibilidades de un arte consiste en expresar con él lo que no puede expresarse con ningún otro arte. No sé si esto será un defecto, pero existen grandísimas novelas gráficas que podrían perfectamente ser novelas a secas. Y no sé si esto será una virtud, pero sí sé que Asterios Polyp no sobreviviría a la amputación de lo gráfico.


En otras palabras: fascinante, inteligente y hermosa, Asterios Polyp es una de las novelas gráficas más gráficas que leído nunca. 

miércoles, 15 de junio de 2011

The picture of Dorian Gray, de Oscar Wilde



Sucede a veces que el escritor da con una idea poderosa y la convierte en una historia memorable. Y sucede de vez en cuando que esta historia memorable puede resumirse en una sencilla imagen. Es entonces cuando nace el clásico, es decir, esa obra que todo el mundo conoce aun sin haberla leído. Del Quijote tenemos la imagen del caballero de la triste figura atacando, lanza en ristre, los molinos; de Gulliver, el protagonista atado de pies y manos en el país de Liliput; de Robinson Crusoe, Viernes y las huellas en la arena; del Doctor Jeckyll, el humeante brebaje en el londinense sótano; y de Dorian Gray, el efebo sin alma frente a su decadente retrato. Así, Wilde, en esta obra, dio con la idea perfecta para crear una obra que, lejos de ser impecable, sí es inmortal.

Se me ocurre que ésta podría ser una buena idea para una entrada: cuáles de las grandes obras de la literatura se pueden representar en una imagen icónica, y cuáles no. Homero da para más de una; Dickens, también; Dante, menos. En cambio, Faulkner no se presta al juego en absoluto; Dostoievsky; algo; Tolstoy, poco. En fin, si nadie recoge el guante, quizá me ocupe de esto en otra ocasión.
Pero esta icónica imagen es sólo una de las razones por las que El retrato de Dorian Gray es un clásico. Entre las otras muchas...

...tenemos aquí a un Wilde maduro, en la cúspide de su narrativa - inmediatamente después se dedicaría de lleno a las obras teatrales - y con el equilibrio perfecto entre ingenio y pasión. En cuanto al ingenio, el libro, de hecho, y sobre todo cuando habla el cínico de Lord Henry Wotton, es una sucesión de aforismos, muchos de los cuales han pasado a la historia. Y en cuanto a la pasión, qué mejor ejemplo que ese antológico prefacio, donde Wilde expone sus teorías sobre arte y belleza ("El artista es el creador de cosas bellas"), y donde, sobre todo, planta cara a esa respetabilísima sociedad victoriana, siempre dispuesta a escandalizarse ante un hombre que se negaba a hacer encajar su moral en la horma de la época: "No existe eso que se llama un libro moral o inmoral. Existen libros bien escritos y mal escritos".

Dorian Gray abarca varios de los eternos temas de la literatura. Verbigracia, la dualidad bien y mal, con un planteamiento que nos recuerda al de su admiradísimo Stevenson en El Doctor Jeckyll... No obstante, en la obra que nos ocupa, dicha dualidad parece plantearse más bien en términos de conflicto entre la ética y la estética, un conflicto presente en Wilde desde sus primerísimos cuentos, como "El Príncipe feliz" o "El ruiseñor y la rosa". ¿Puede el mal ser hermoso?
Este conflicto nos lleva a otro de los temas centrales del libro, y que, con frecuencia, queda relegado en favor de otros más evidentes. Se trata de la fisiognomía, la ciencia según la cual es posible determinar la personalidad a partir de los rasgos faciales. La fisiognomía nació en la Grecia clásica, y a lo largo de la historia tuvo épocas de esplendor y otras de oscuridad. En la Inglaterra victoriana estaba una vez más en boga, y, como tuve ocasión de ver en una memorable exposición en Londres hace unos años, incluso las instituciones policiales de la época estaban familiarizadas con la ciencia en cuestión. En El retrato... leemos una y otra vez que una persona de la belleza de Dorian no puede ser mala.

¿Criminales o monjes franciscanos? La respuesta, en la fisiognomía

Numerosos son los críticos que, al analizar Dorian Gray, hablan, en primer lugar, del tema faustiano, asociación que al lector le parece evidente. No en vano, Gray ofrece su alma a cambio de la juventud eterna y, para su desgracia, su deseo se hace realidad. Y aquí es donde se plantea, a mi juicio, la pregunta más interesante: en este pacto faustiano, ¿quién interpreta el papel de Mefistófeles? El primero que nos viene a la cabeza es Lord Henry. Sin embargo, este personaje se nos antoja más cínico ("me gustan las personas más que los principios, pero lo que más me gusta son las personas sin principios") que realmente diabólico. Además, ¿qué gana él con el pacto?
Por ello, y ante la inquietante ausencia de candidatos claros al satánico papel, nos remitimos a otro de los grandes temas del libro: la influencia. Nos dice María Moliner que influencia es el "poder que ejerce alguien sobre la voluntad de otro". Tras haber conversado apenas un rato con Henry, el hasta ahora bastante soso e inocente Dorian se descompone: "Lord Henry Wotton tiene toda la razón. La juventud es lo único que merece la pena en esta vida. Cuando me sienta envejecer, me mataré". Tenemos así un círculo de viciosa influencia, en el que la belleza de Dorian influye en el cuadro de Basil ("... porque, mientras lo pintaba, Dorian estaba sentado a mi lado. Una sutil influencia pasó de él a mí..."), que a su vez influye en Henry, quien a su vez vuelve a influir en Dorian y su terrible anhelo. Pero además, este círculo vicioso se ve arrastrado bajo otro satánico influjo: el de la misteriosa, venenosa y decadente novela francesa que Henry presta a Dorian.

 Joris-Karl Huysmans, de ángel caído a arrepentido

Como si fuera una bruja a la que la Santa Inquisición obliga a confesar que ha copulado con el diablo, Wilde, en el juicio contra él celebrado en 1895, se vio obligado a admitir que aquel misterioso libro era À rebours, del francés Joris-Karl Huysmans. Con el libro como una de tantas pruebas incriminatorias, Wilde fue encarcelado. Y entre los libros que pidió en prisión, estaba nada menos que En route, donde Kuysmans relataba su conversión al catolicismo.
Y con ello se cierra un gran círculo virtuoso, el de esta grandísima novela, sencilla, pero rica y sugerente como pocas.

viernes, 10 de junio de 2011

Tres novelas gráficas


Suele decirse que el siglo XX no empezó en 1901, sino el día en que Gavrilo Princip asesinó al archiduque Francisco Fernando. La Primera Guerra Mundial, que empezaba con aquel magnicidio, iba a significar no sólo el fin de una época y un imperio, sino que representó también, en términos militares, el comienzo de una nueva forma de hacer la guerra. Esto se aprecia perfectamente en la novela que nos ocupa, donde, a diferencia del ejército alemán o el inglés, ambos mucho más modernos, el ejército francés va todavía uniformado como si fuera a batirse en una batalla napoleónica, con unos uniformes rojos y azules que parecen decir "dispárame".


El título es bastante explícito sobre cuáles son las intenciones del autor, a saber, una denuncia en toda regla de la guerra y, más precisamente, del poder de gobiernos y generales sobre la vida de sus soldados, a quienes mandan como bestias a una muerte segura, larga y dolorosa.
¡Puta Guerra!, cuyo argumento no es más que la historia de la guerra, está narrada desde el punto de vista de los soldados, aunque no hay "bocadillos" de diálogo, sino la voz de un narrador que es uno y todos los soldados. Los vemos marchar de un campamento a otro, comer, cagar, matar, hermanarse con el enemigo y estallar en pedazos. La indigna grandilocuencia de los mandamases apenas merece un par de pinceladas de vez en cuando.


Las guerras siempre son putas y, con frecuencia, absurdas. Pero lo que hizo que la Gran Guerra fuera paradigma de puterío y absurdidad fue la novedad que introdujo en el arte bélico: la guerra de trincheras. Verdún o el Somme son nombres que, entre otros, han quedado asociados a espantosas matanzas prolongadas durante meses, en las que los hombres, por arrebatarle al enemigo una colina o una decena de metros ganados hoy, perdidos mañana, se enfrentaban a bayonetas, granadas, obuses, lanzallamas, fango, ratas o piojos. Todavía hoy, cuando se habla de The Great War, en Gran Bretaña todos entienden que se está hablando de la guerra del 14, y se dice que no hubo familia en Inglaterra que no hubiera perdido al menos a uno de sus miembros en ella.


Todo esto es ¡Puta guerra!, nacida a raíz de las historias que le contó al autor su abuelo, y que de hecho es una secuela a La guerra de las trincheras, de la que se dice que es aún mejor.
El libro viene acompañado de un DVD que nos muestra a Tardi en pleno proceso fumador, creativo y de investigación, junto al historiador Jean-Pierre Verney, que se ha montado el solito una impresionante colección de objetos, uniformes y armas de aquella guerra suficientes para llenar un museo que, a estas alturas, ya debe de estar funcionando. De Verney es el dossier que cierra el libro, una especie de anuario de la Guerra y un excelente documento para redondear esta gran obra.




Poco tiene que ver El carro de hierro con otras creaciones del autor noruego. Recuerdo la impresión que me causaron Chhht! y Yo maté a Adolf Hitler. Aparte de la fuerza expresiva que, curiosamente, tienen sus antropomorfos y hieráticos perros, gatos o gallinas, esas novelas eran creaciones del propio Jason, y tenían una frescura y originalidad que se echa a faltar en El carro de hierro. Esta novela es la adaptación que ha hecho el autor de un clásico de la novela noruega de misterio, y el problema que ello implica es que Jason ha tenido que sacrificar uno de los rasgos más característicos de su estilo: el silencio.
Como el propio título sugiere, Chhht! era una colección de historias sin una sola palabra, donde la expresividad de los animales y la lúcida imaginación del autor suplía con creces los diálogos. En la genial Yo maté a Adolf Hitler había diálogo (creo recordar), pero reducido a su mínima expresión. La obra que nos ocupa, sin embargo, al ser una adaptación de una novela de misterio, se antoja bastante difícil de plasmar sin dejar de ser fiel a una de sus señas de identidad. Quizá el autor de la novela original sea un gran maestro olvidado de la literatura noruega al que Jason ha querido rendir un homenaje. Si no es así, la verdad es que no entiendo qué se proponía con este libro.
Hay que decir, no obstante, que el estilo de Jason sorprenderá a quien no lo conozca. En ese sentido, ésta es una buena obra para empezar a conocerlo.


Crónicas birmanas es una especie de diario de un año en la vida de Delisle, concretamente el que pasó en Birmania (o Myanmar, el nombre oficial actual, aunque el nombre Birmania sigue siendo preponderante en buena parte de Europa y Norteamérica) con su mujer, miembro de Médicos sin Fronteras, y su hijo de, a la sazón, poco más de un año. Con su dibujo, a un tiempo impecable y desenfadado y su estilo narrativo, que aquí nos recuerda a un blog, el autor nos describe la odisea, a veces pequeña, a veces no tanto, que supone la vida en un país como Birmania. Sus descripciones de los círculos de expatriados o miembros de ONGs son siempre certeras. Sus observaciones del día a día nos sorprenden por su inteligencia y agudeza, y por ser, al mismo tiempo, obvias. Delisle no juega a ser más listo que nadie; su sencillez es sincera. Tenemos la sensación de que no se trata de un autor de prestigio internacional quien nos habla, sino un amigo que acaba de volver de viaje con un saco lleno de anécdotas. 
En pocas palabras, Crónicas birmanas es un libro excelente que, no obstante, me ha sabido a poco después de Pyonyang.

viernes, 3 de junio de 2011

La Gran Trilogía (3): Flores en la nieve

 

¿No te gusta la sopa? Pues toma dos tazas. Y si no te gustan las autobiografías, toma tres.
Porque La Gran grandísima Trilogía es, en esencia, una autobiografía multiplicada por tres. 
Contaban que cuando llegó a casa era poco más que un animal. Le habían arrancado el vestido de aldeana y habían quemado inmediatamente el refajo, la falda, la zamarra sin mangas de piel de cordero y las alpargatas. Pero con ropa de ciudad tenía un aspecto tan esperpéntico que podía asustar a cualquiera. Alguien, con burdo sarcasmo, había dicho que podía hacer abortar a las embarazadas con las que se cruzase...
Así comienza Flores en la Nieve, con la historia de Kassandra, la nodriza y niñera del autor, un ser de aspecto simiesco, salida de lo más profundo de los Cárpatos, que hablaba un batiburrillo de todas las lenguas de la zona, con un pasado de leyenda en el que había hambre, una violación, un hijo perdido, y que el padre del autor sacó de un convento donde estaba recluida. La historia de Kassandra ocupa 60 páginas bellísimas y fascinantes, que nos llevan mucho más allá del mundo perdido del Imperio Austro-húngaro, al corazón de los bosques de centroeuropa, a una tierra de lobos y urogallos, cuentos populares, brujería y, siempre, la guerra.


Flores en la Nieve está dividida en cinco partes, cada una de las cuales está dedicada a las personas que compartieron la infancia, adolescencia y primera juventud de Rezzori, a saber, la ya mencionada Kassandra; su madre, persona melancólica, siempre al borde de la histeria, y con una eterna carga de culpa por pensar que no supo demostrar su amor materno; su padre, de personalidad arrolladora, despreocupado, impulsivo, fanático de la caza y antisemita hasta la médula, al tiempo que declarado enemigo del Führer; su hermana, con la que el autor mantuvo toda la vida una relación de amor, odio y envidia, o Strausserl, la institutriz, la anciana, refinada y cultísima dama que educó a varias generaciones de la familia del autor.

El libro no tiene desperdicio. Uno tiene la sensación, al leerlo, de que lo que Rezzori nos entrega aquí no es el recuerdo hecho relato, sino al revés, el relato hecho recuerdo, tal es su fuerza de evocación. Supongo que algún filósofo habrá dicho en algún momento que vivimos en o a través de los demás, y viceversa. Somos en tanto que el otro nos recuerda, del mismo modo que aquél a quien olvidamos podría no haber existido nunca. De Kassandra, por ejemplo, debido tanto a la precipitada huida del país ante la supuesta llegada de los rusos, como a los celos de la madre por no haber sido ella la que amamantó al autor, no se conservó ni una sola foto, y sin embargo, su recuerdo es tan vívido como el de nuestros abuelos. Respecto a su hermana, muerta a los 22 años, nos cuenta Rezzori que empezó a sentir su presencia con mucha más fuerza desde el día en que murió. Quizá se sentía compensado así por aquellos cinco años que ella le llevaba y que él nunca le perdonó, años en los que él no existía, años que transcurrieron en otra casa, dieron forma a unos recuerdos ajenos, y conformaban otro mundo y otra vida, incomprensibles para el pequeño Rezzori, tanto más si tenemos en cuenta que su nacimiento coincidió con el inicio de la Primera Guerra Mundial, es decir, con el final de aquel mundo.

La Gran Trilogía no es una infancia narrada desde tres puntos de vista. Tampoco son unas memorias divididas en tres partes. Son, que quede bien claro, tres tazas de autobiografía. Eso sí, cada una de ellas personal e intransferible, de lectura independiente y, exagerando un poco, tan diferentes entre sí como podrían serlo de haber sido escritas por diferentes autores. Si en Un Armiño en Chernopol Rezzori nos ofrecía la reconstrucción mítica de su infancia y de su Chernovitz natal, ciudad que abandonó en 1936 y a la que volvió cincuenta y tres años más tarde, y en Memorias de un antisemita se entregaba a un juego que, salvando las enormes distancias y aun a riesgo de decir una soberana memez, me recuerda a la técnica fabulística de Kayser Soze en la película Sospechosos habituales, en Flores en la Nieve se adentra en una galería de recuerdos y descuelga los de aquellas personas "a través de" las cuales, como he dicho antes, vivió su infancia. Es de agradecer (y engrandecer) la ausencia total de cualquier tipo de alarde, pose o cliché por su parte. Aquí no hay melodrama. No hay cuentas que saldar ni almas que desnudar, no hay orgullo ni falsos actos de contrición, no hay sentimentalismo ni nostalgia. Sólo hay recuerdos, memoria, belleza y un fabuloso talento literario.


No entiendo cómo hay gente a la que no le gusta la sopa. O las autobiografías. ¿Cómo? ¿Que sobre gustos no hay nada escrito? De eso nada, hay escrito y mucho. De hecho, para bien o para mal, hasta la crítica más prestigiosa, sea de música, cine o literatura, se reduce en el fondo a deshojar la margarita del me gusta - no me gusta. Otra cosa es que los gustos no tengan explicación, que es lo que se dice en anglosajonia: there's no accounting for tastes. Ahí ya que sí que estoy de acuerdo... ¿pero la sopa?
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