domingo, 21 de noviembre de 2010

Todo fluye, de Vasili Grossman

Esta fluidez me ha dejado con sentimientos dispares. Sabía de antemano que no estaría a la altura de Vida y Destino, pero aun así esperaba más. Claro que, por otra parte, no se le podía haber pedido más a un Grossman que terminó el libro poco antes de morir.
Pero vayamos por partes. Todo fluye tiene, desde luego, párrafos magistrales y escalofriantes:

Entonces  lo comprendí: todos los hambrientos son, en cierto sentido, caníbales. Consumen su propia carne, sólo les quedan huesos, devoran su grasa hasta el último grano. Luego se les enturbia la razón: también se han comido el cerebro. Se han devorado por completo.

y algunas imágenes inolvidables, como la del fanático bolchevique arrestado por traidor, convertido ahora en un perro fiel repudiado por su amo; o la del juicio a los acusadores y delatores. Huelga decir que Grossman sabe de lo que está hablando, y que la historia tiene la fuerza de la verdad y el valor del testimonio.

Todo fluye gira alrededor del retorno de Iván Grigórievich a Moscú, tras 30 años en campos de prisioneros por supuesta traición a la patria (aquel cruel sarcasmo que era el artículo 58 del código penal soviético), destino que sufrieron decenas, si no centenares de miles de compatriotas. Otros tantos fueron aún menos afortunados. Este regreso y el consiguiente reencuentro con su primo, que no hizo nada por defenderlo; su nueva vida como inquilino en casa de una viuda enferma de cáncer, así como su trabajo en una cooperativa, dan pie al autor para reflexionar sobre la vida en los campos, la deskulakización y los activistas que se encargaron de ejecutarla (terroríficas descripciones, tanto más cuanto que uno se imagina a tantas personas de nuestras sociedad en ese papel), la vida en una sociedad donde sobrevivía el que acusaba a su vecino antes de que éste le acusara a él, la historia de Rusia, su literatura, la revolución traicionada, y los retratos de sus protagonistas.
El retrato de Stalin, por ejemplo, a quien dedica todo un capítulo, puede resumirse en un certero párrafo:
Y es verdaderamente sorprendente que Stalin, aun habiendo aniquilado por completo la libertad, siguiera teniéndole miedo. Tal vez fuese aquel miedo el que hizo que Stalin mostrara una hipocresía sin precedentes.

El libro está escrito con gran talento literario, sentimiento, emoción y sinceridad. Entonces, ¿dónde falla? Pues yo diría que tras la lectura, uno no sabe muy bien qué ha leído. ¿Memorias, ficción, ensayo, historia? La vida en las prisiones y los campos de trabajo soviéticos los retrató como nadie Solzhenitzin, y no he leído mejor y más emotivo retrato de la vida en la Rusia estalinista y tras la muerte del monstruo que Los que susurran, de Orlando Figes. En comparación, y aunque en muchos aspectos sea un libro impresionante, Todo Fluye nos sabe a poco. Da la sensación de que aquí hay algo inacabado, lo cual, por otra parte, y dadas las circunstancias en que fue escrito, es perfectamente comprensible y más que perdonable. 

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