miércoles, 25 de noviembre de 2015

La balada del mar salado


¿Y esa suerte de la que presume le durará siempre?
Naturalmente, querida... Cuando era niño me di cuenta de que me faltaba en la mano la línea de la fortuna. Entonces cogí la navaja de afeitar de mi padre y ¡ZAS!...me hice una a mi gusto.
La vida está llena de tantas maravillas que es difícil atraparlas todas. Pasan por nuestro lado, las oímos, escuchamos su eco, vemos la estela que dejan tras de sí, les dedicamos unos segundos de nuestra vida y pasamos a otra cosa, mariposa. Y mientras volvemos a enfrascarnos en nuestras lecturas, nuestro trabajo, nuestra cuenta de facebook o nuestra paella, esas maravillas siguen su camino, indiferentes a nuestra indiferencia. Por fortuna, no se trata de irrecuperables puestas de sol ni de unos labios que esperaban a los nuestros, sino de libros. Y de eso, las bibliotecas están llenas.

¿Por qué había dejado pasar a mi lado a Corto Maltés sin prestarle atención? Puede que se deba a su ubicuidad, y es que es difícil no haberse cruzado alguna vez con el personaje o su creador. En otras palabras, Corto Maltés carecía de esa aura de hallazgo y descubrimiento que tanto me atrae y que me hace pasar horas en bibliotecas y librerías. A los que vamos de culturetas, no nos suele gustar ver las películas de las que todo el mundo habla, ni leer a esos autores que todo el mundo ya conoce y admira, porque, ¿y si al final resulta que nos gustan, y hemos estado todo este tiempo sin enterarnos? Así, este largo rechazo cabe achacarlo en parte a la pedantería, y en parte a que tanto el estilo de los dibujos como la impresión que me causaba el personaje me recordaban a esos cómics "adultos" que mis compañeros de instituto leían con avidez, con nombres como Richard Corben, Milo Manara o Moebius, a los que yo, que no había superado todavía la etapa Mortadelo, cogí cierta manía.

 Un Corto Maltés todavía por definir y lejos del apolíneo truhán en que se convertirá

Bueno, ya me he flagelado lo suficiente. Ahora emprendo el camino de la redención, porque si nunca es tarde para arrepentirse, enamorarse o aprender un idioma, mucho menos lo es para descubrir a Hugo Pratt y esta genial creación llamada Corto Maltés.

La vida de Hugo Pratt, de origen sefardí y veneciano de adopción, y en especial su juventud, le dio material suficiente para las aventuras que luego escribiría y, sobre todo, le confirió ese desarraigo que caracteriza a Corto. Cuando Pratt tenía diez años, su familia se fue a Etiopía, a la sazón ocupada por Mussolini. Su padre, soldado profesional, fue capturado por las tropas británicas y murió de cáncer un año después. Su madre y él fueron internados en un campo de prisioneros, y parece ser que fue allí donde el pequeño Hugo empezó a aficionarse a los cómics, que compraba a los guardias. Y baste eso como aperitivo para quien quiera profundizar un poco más en la vida del autor, algo que los afortunados que den con él podrán hacer con su libro de memorias El deseo de ser inútil.
 

La balada del mar salado es la primera de la serie de Corto Maltés, y es una extraordinaria novela de aventuras que nos recuerda lo mejor de Stevenson o Conrad. De hecho, está situada en esos mares del sur, antaño remotos, donde acostumbraban recalar aquéllos que querían decir adiós al mundo sin por ello renunciar a la vida. Allí nos encontramos, por ejemplo, con Rasputín, un personaje perverso, traicionero y tan carismático con el monje prodigioso que contribuyó a la caída del último zar. Del Rasputín real toma este personaje no sólo el nombre sino también el rostro, en lo que, si no me equivoco, es una de las características de la obra de Pratt, es decir, esa mezcla de inventiva e imaginación combinada con una precisa situación histórica y geográfica.

 La balada del viejo marinero, vista por Gustavo Doré

Sin ir más lejos, Umberto Eco, gran admirador de Pratt, dedica la introducción de esta edición a divagar sobre la latitud y la longitud de los puntos geográficos mencionados en la novela, así como sobre la posible fecha de las ediciones de alguno de los libros que vemos a los personajes leer. Entre éstos, destaca La balada del viejo marinero, ese maravilloso y enigmático poema de Coleridge, así como Moby Dick y otras obras melvillianas como Omú o Typee. Desconozco estas dos últimas, que por lo visto transcurren en los mares del sur, pero cabe señalar un rasgo revelador sobre las dos primeras. Tanto La balada... como Moby Dick tienen, como eje central, el bíblico castigo que pesa sobre sus protagonistas y que, salvando las diferencias, los obliga a vagar hasta el fin de sus días en una eterna y vana búsqueda, uno, como el judío errante, contando una y otra vez su trágica historia; el otro, y perdóneseme esta simplificación de lo inabarcable, enloquecido por cumplir su venganza contra el Mal.

 Damas y caballeros, con ustedes Corto Maltés

Una atmósfera parecida permea esta historia, donde, en más de un sentido, los personajes parecen ir a la deriva. En apariencia, la mayoría de ellos se mueven por dinero, pero uno no deja de intuir que la búsqueda del "gran golpe" que les permitirá pasarse el resto de sus días tumbado a la bartola como un Rajá no es más que una excusa, necesaria por otra parte, para poder seguir bregando, con nobleza o vileza, en esa mezcla de limbo y purgatorio que es el mar de la Polinesia. De la mayoría de los personajes no sabemos apenas nada, y sólo en las historias sucesivas nos permitirá Pratt ir atando algunos cabos. La primera aparición de Corto Maltés ante el mundo, por ejemplo, nos lo muestra en mitad del mar, crucificado sobre una precaria balsa. Ahí es nada. ¿Y cómo ha llegado hasta ahí? Un motín, se nos dice, sin más. ¿Y quién es, en el fondo, Rasputín? ¿Y qué decir de ese personaje de doscientos años de edad, mitificado por los nativos y llamado El Monje? 
Aventuras a porrillo

Al presentar esta obra, Umberto Eco, como hemos señalado, se centra (o se pierde gustosamente) en divagaciones cartográficas, pero La balada... da mucho juego para perderse por donde uno quiera. El camino más obvio es el de la guerra. Esta historia da comienzo justo antes del comienzo de la Primera Guerra Mundial, y transcurre durante los dos primeros años de la contienda. En este rincón perdido nos encontramos, por así decirlo, en la trastienda de aquella guerra, donde el Monje y sus discípulos se dedican al pirateo para hacerse con carbón que venden luego a los alemanes. Pero también podríamos desviarnos un poquito y, explorando la relación de poder entre las grandes potencias y las comunidades nativas, adentrarnos en el tema del colonialismo y sus consecuencias. Fijaos en este diálogo entre Corto y Cráneo, el líder indígena a las órdenes de Rasputín.
-Escucha, Corto: desde que los blancos habéis venido a estos mares, las cosas van de mal en peor. Vuestra presencia es ya inevitable. Lo que no admito es ver a mi gente mezclada en vuestras guerras. Estáis consiguiendo que los melanesios se sientan unidos por primera vez.
-Vaya, vaya. No sabía que fueras nacionalista.
-Llámalo nacionalismo, pero ya va siendo hora de crear una gran patria melanesia.
-¿Melanesia? ¿Y los polinesios?
-Ellos también.
Si supiera algo al respecto, me gustaría también hablar de aspectos más técnicos en la obra de Pratt, tales como su uso del claroscuro o su creatividad en la composición de las imágenes, pero una de éstas valdrá mucho más que mis palabras.


Se podría leer también como una historia de iniciación, donde Caín y Pandora Groovesnore, secuestrados por Rasputín, entran por la fuerza en un mundo descreído y cruel al tiempo que romántico. La evolución de ambos, desde su cándida malicia y testarudez inicial hasta su plena comprensión de lo sórdido que es este juego, revela una complejidad psicológica que hace de esta obra mucho más que una novela de aventuras. Por su parte, y tomando sólo uno más de los numerosos e irresistibles personajes, en el trágico capitán Slütter se oculta, sospechamos, alguien mucho más interesante que el arquetípico "malo bueno". Cualquiera de ellos, en fin, podría estar sacado de una novela de los siempre mencionados Conrad, Stevenson o Melville, pero tambien de Maugham. La balada... es gran literatura en viñetas.

Toda la serie de Corto Maltés, en la que volveremos a encontrarnos con muchos de estos personajes, abarca desde 1913, cuando sucede la historia que nos ocupa, hasta 1925, con un flashback a 1904-05 en que se nos narrará la juventud de Corto. Se me hace la boca agua al saber que, a diferencia de aquellos incondicionales que desde esta primera Balada... se entregaron a nuestro héroe en cuerpo y alma, servidor no va a tener que esperar años para leerlos. Alguna ventaja tenía que tener llegar tarde a la fiesta. Y si a los que no lo conocéis no he conseguido aún abriros el apetito, aquí os dejo con las primeras líneas de esta joya:

Soy el Océano Pacífico. El mayor de todos. Me llaman así desde hace mucho. Pero no es cierto que esté siempre así. A veces me enfado y la emprendo con todo y con todos. Hoy mismo acabo de calmarme de la última rabieta. Creo que barrí tres o cuatro islas y destrocé otras tantas cáscaras de nuez, de ésas que los hombres llaman barcos...
...Sí, este que veis no sé cómo consiguió librarse. Quizá porque su capitán, Rasputín, conoce el oficio o porque sus marineros son de las islas Fidji, o quizá porque han pactado con el Diablo. Pero esto no importa ahora. Hoy es "Tarowean", el día de las sorpresas. Y el de Todos los Santos, 1 de noviembre de 1913.

sábado, 14 de noviembre de 2015

Judas y familia

Torcido, como todo en esta familia

Decía un ruso que, mientras todas las familias felices se parecen, las desdichadas lo son cada una a su manera. De ser esto así, sería un alivio saber que la desdicha de los Golovliov es única e intransferible.

La desgracia parece cernirse sobre algunas familias. Esto sucede sobre todo con la pequeña nobleza esparcida por toda Rusia, sin nada que hacer, alienados del flujo de la vida, y sin capacidad alguna de liderazgo. Bajo el régimen de servidumbre conseguían malvivir, pero ahora simplemente se quedan sentados en sus dilapidadas haciendas a la espera de que llegue el fin.

A Mijaíl Saltykov-Shchedrín se le define como un maestro de la sátira. Uno identifica dicho género literario con la crítica más cáustica y con el afán de ridiculizar determinados vicios personales o sociales. Unos ejemplos obvios serían Catch-22, la película Borat o Las aventuras del buen soldado Svejk, es decir, obras en las que -por lo menos a primera vista- prima el humor sobre todo lo demás. Por ello es difícil describir la obra maestra de Saltykov como sátira, pues la crítica a la sociedad, a la hipocresía, a la mojigatería, a la codicia, al despotismo y a la familia es de lo más oscuro y desolador que he leído en mucho tiempo.

No obstante, es posible que en la versión original sí fuera más evidente el carácter satírico de la obra, y que éste se haya perdido en la traducción (en mi caso, como veis por la foto que abre esta entrada, se trata de una versión algo antigua). De hecho, si os fijáis en las ilustraciones para la obra que a lo largo del tiempo se han hecho en Rusia, se observa un marcado tono caricaturesco y hasta grotesco en los retratos de los personajes.

Stepán, derrotado, humillándose ante su madre

Las dificultades de la traducción se hacen evidentes con el nombre del protagonista principal, Iúdushka, diminutivo de Judas. Dado que en español no existe dicho diminutivo, el traductor debe, bien inclinarse por dejarlo en Judas, como en mi versión en inglés; bien optar por "pequeño Judas", más fiel, pero que no es lo mismo (los matices y eso), o bien dejarlo en el original, que quizá sea lo más acertado. En todo caso, es incuestionable que este Juditas (¿veis qué mal suena?), comparado por algunos con Uriah Heep o Tartufo, es una de las más grandes creaciones de la literatura rusa del XIX, uno de esos personajes que acaban haciéndose más grandes que la propia novela que les dio la vida. Arnold Bennet iba más lejos y calificaba Los Golovliov como una de las diez mejores novelas universales. Esto de los rankings sabéis que no va conmigo, y menos si son tan hiperbólicos, pero no exagero si digo que ésta es una novela grandiosa, indiscutiblemente a la altura de los otros rusos.

A título de curiosidad, vale la pena señalar que la relevancia del personaje de Iúdushka, tanto en la literatura com en la sociedad rusa, fue tan grande que su nombre acabó siéndole endosado a Lev Davidovich Bronstein. Fue el propio Lenin quien consideró que el modo que tenía Trotski de solucionar los conflictos, con una cháchara untuosa e hipócirta, era muy parecida a las maneras de nuestro Judas, cuya falsa santurronería y hueca palabrería saca de quicio a cualquiera que pasa cinco minutos con él. Sin embargo, en el último momento Lenin, y quizá debido a las connotaciones antisemitas del nombre, se lo pensó dos veces, pues el artículo en cuestión no fue publicado y sólo se descubrió en 1932. Para entonces, con el Padrecito de los Pueblos en el poder, el temor a ser tachado de antisemita había dejado de ser un obstáculo, y Trotski cargó con el sobrenombre hasta el fin de sus días.

Nacido para traidor. Pero, ¿traidor a quién?¿A Cristo o a la revolución?


Los Golovliov narra los avatares de una familia de terratenientes dominada por la cicatería, el egoísmo, el rencor y la desidia. La hacienda familiar se encuentra en un lugar no precisado, pero se nos antoja un paraje remoto y desolado, al que nadie quiere ir si no es para morir. Sólo Arina Petrovna, la gélida e implacable matriarca, y su hijo Porfiry, el Juditas, también conocido como el Chupasangre, que son quienes con más grandilocuencia y aspavientos hablan de la Familia, sienten cierto apego por la casa y las tierras familiares. No se trata de un apego sentimental, desde luego, si no, más bien, fruto de la convicción de que, fuera de su ataúd, de un cadáver no queda ni la memoria. Por eso el resto de la familia no ve el momento de abandonar por siempre la casa: porque no es sino una tumba para muertos en vida.
Y Golovlovo era la muerte misma. La muerte cruel y voraz que acecha eternamente a su víctima.
No se trata, sin embargo, de una novela "rural", aunque sí podría describirse como una historia "de provincias". La historia de las dos huérfanas, por ejemplo, que se van de Golovliov para abrirse camino en el mundo del teatro nos muestra la otra cara de la pequeña nobleza rusa. Vemos entonces un mundo que apesta a vanidad y hedonismo, un hedonismo tan estúpido e irresponsable como la falsa religiosidad de Judas y que, en su caída, arrastra a las hermanas por teatros y pensiones de mala muerte, hasta concluir en una escena terrible.


 El pequeño Judas, cuando aún no se ha hecho con el poder.

Resulta interesante comparar esta novela con Apuntes de un cazador, de Turguénev, publicada un cuarto de siglo antes. Pese a que ambas obras tienen como telón de fondo la servidumbre y su abolición, no puede menos de sorprender el profundo humanismo de la obra de Turguénev, escrita de hecho antes de dicha abolición, y ver cómo, veinte años más tarde, otro autor nos ofrecía una visión tan decadente y deshumanizada de toda la sociedad, deshumanización de la que no se libran los, ayer, siervos, hoy criados. Otro de los aspectos que contrastan fuertemente en las dos obras es el retrato lírico y casi edénico de la naturaleza en Apuntes..., mientras que en Golovliovo no hay más que nieve y campos baldíos. Parece que, como sucede a menudo con los cambios sociales más profundos y trascendentales, la realidad, en este caso la incapacidad de la nobleza rusa para amoldarse a un sistema de producción agrícola racional, no tardó más que un par de décadas en hundir por completo aquellos sueños y esperanzas que inundaban la obra de Turguénev.

Judas Golovliov en la versión cinematográfica de Aleksandr Ivanovski (que por cierto podéis ver aquí. En ruso, конечно)

Mijaíl Yevgráfovich Saltykov acostumbraba firmar sus obras con el seudónimo Nikolái Shchedrín, y de ahí le quedó el apellido compuesto por el que se le conoce, un apellido que, me atrevo a sugerir, jugó en detrimento de la popularidad del autor en occidente. Y es que, al lado de Tolstói, Dostoievski, Gógol o Turguénev, no me negaréis que Saltykov-Shchedrín suena muy poco comercial. Quizá por ello, la versión española de Nevsky Prospects optó por dejarlo en Schedrín. En todo caso, llámese como quieran llamarlo, nuestro autor puso mucho de su propia vida en esta su obra maestra. Nunca ocultó, por ejemplo, que el irresistiblemente repulsivo Iúdushka estaba basado en su hermano Dmitri. Del mismo modo, y al igual que sucede con Arina  Petrovna al comienzo de la novela, la despótica madre de Saltykov tenía aterrorizado a su marido y a toda la servidumbre (en esto, bien poco se diferencia de la violenta y cruel madre de Turguénev). Al pequeño Mijaíl apenas se le permitía salir de casa, por lo que se pasaba los días encerrado. Consecuencia de ello fue, como hemos visto, que la naturaleza esté ausente de su obra, y que el niño fuera testigo constante de las condiciones de vida de los siervos. Fue probablemente entonces cuando arraigó uno de los motivos principales de toda su obra: en palabras del propio Saltykov, "el devastador efecto de la esclavitud legal sobre la psique humana".

Judas y la no menos arrebatadora Ulita

La lectura de esta novela depara más de una sorpresa, tanto en lo que se refiere al argumento como a su estructura. Ésta, por ejemplo, se nos antoja mucho más moderna de lo que algunos esperan de una novela del XIX, y quizá ello se deba al modo en que fue publicado. El autor publicó los cinco primeros capítulos de que consta hoy en forma de relatos separados, como parte de un ciclo titulado Discursos bienintencionados, y sólo después decidió reunirlos en forma de novela y añadir dos capítulos más. Y como vimos en Un héroe de nuestro tiempo, a veces este modo casi improvisado de publicar una obra le da a ésta un aire de modernidad muy poco decimonónico.

En cuanto a los inesperados giros que da el argumento, aquí el autor nos sorprende con el cruel modo en que los personajes sufren unas caídas tan duras y crueles sin siquiera haber gozado antes de una subida a unas alturas dignas de tal nombre. Ésta es una novela llena de hijos pródigos que, en lugar de abrazos, reciben de su progenitor una severa admonición, y que, en lugar de novillo cebado, han de conformarse con un plato de setas o un trago de vodka. Es una historia también de padres desnaturalizados que en vez de dar amor, ayuda y comprensión, limitan sus obligaciones paternas a tirarle un "hueso" al tarambana de su hijo. Y es, en definitiva, una novela que culmina de un modo, si no inevitable, sí coherente, el camino abierto por Goncharov y, en cierto modo, por Turguénev o incluso Dostoievski. Y por último, es también, sin duda, una obra que prefigura tanto a Chéjov como algunas de las grandes sátiras de la literatura soviética. Porque, después de todo, creo que sí, que, aunque negra como boca de lobo, esto es una sátira.

Póster de Iúdushka Golovliov

En definitiva, una novela impresionante, épica en su pesimismo, con antihéroes inolvidables e impredecibles y que demuestra, una vez más, lo inagotable que fue el siglo XIX en Rusia.


jueves, 29 de octubre de 2015

Torrentes posmos

Esto no es un cuadro de Magritte

Siempre he desconfiado y desconfiaré de los ismos políticos. Toda mi ideología se resume en la palabra "libertad", concepto inevitablemente denostado por los seguidores de un ismo u otro. Pero no os hagáis ilusiones, que no vengo a hablar de política. Para hacer enemigos ya tengo facebook.

Los otros ismos, los literarios, si no desconfianza, sí me provocan cierta sensación de pereza. Es algo parecido a escuchar a un gafapasta hablar de música y descubrir que no hay palabra que no combine con funk, y que, en lo que tú llamas pop, él, cual mítico esquimal, distingue hasta dieciséis tipos diferentes de drum'n'bass. Sin embargo, como en general esa música no me gusta, mi pereza para admirarme y mi complejo de filisteo no van más allá.

Me enorgullezco de no conocer a nadie que haya dicho jamás: "me gusta la música garage"

Algo diferente sucede con la literatura: me gusta. En alguna ocasión he comentado algo que no tiene nada de original, a saber, que el modo en que se enseña la literatura en España (y supongo que en muchos otros países) está demasiado centrado en la teoría y no lo suficiente en la obra. Sin negar la importancia -en ocasiones, relativa- de situar una obra en su contexto, uno tiene la sensación de que, con demasiada frecuencia, al alumno se le presenta una determinada corriente literaria, y a continuación se le informa de que la obrita que vamos a estudiar se enmarca en dicha corriente. Léela y señala en ella sus características más claramente istas. Y tras estudiar dos o tres obras igual de representativas, pasamos a un autor de transición hacia lo que de verdad importa: el siguiente ismo. Así se crean alumnos y se matan lectores. En mi caso, y haciendo la salvedad de los buenos profesores, que los tuve, sólo empecé a disfrutar de verdad de la literatura cuando dejé de estudiarla. Ya os he dicho que esto no tenía nada de original. Estabais advertidos.

El postmodernismo es uno de mis ismos más odiados. Lo identifico con estudiantes, y no con lectores. Al igual que la marca Apple o el esperanto, el postmodernismo es una especie de secta. Sus devotos han renunciado al criterio y a la crítica, y valoran una obra no en función de su calidad, sino según su grado de postmodernez. 

Postmodernos. Es nuestra palabra. No la utilices. No intentes definirla. Sobre todo, no nos etiquetes con ella. Aunque nosotros sí lo hagamos.

Un posmo es superior a vosotros. Haber renunciado a todo ismo anterior al siglo XX inviste al posmo de una agudeza y una ironía que sólo en décadas venideras podréis empezar a apreciar. Id a la filmoteca a ver una película clásica. Un drama. Un western. Un thriller. Esperad a que, en la escena decisiva, la sala se suma en un silencio sepulcral. Pues bien, ése que estalla a carcajadas a mandíbula batiente en mitad del silencio más absoluto es un posmo. Es el único que ha advertido la ironía del director, que había programado el chiste para que se entendiera en el año 2416.

No todo el mundo puede ser posmo, naturalmente. Puedes dejarte una tupida barba; puedes ponerte una cinta en el pelo; puedes ir con bufanda en verano; puedes ponerte una chaqueta con coderas; puedes personalizar una camiseta con citas de Nabokov. Nada de eso te servirá para acreditarte como posmo si en el fondo de tu alma no lo eres. ¿Y qué necesitas para serlo? ¿Cómo se reconocen entre ellos? No lo sé con certeza, pero intuyo que la respuesta sería tan vaga y sosa como la propia definición del postmodernismo.

Este dibujo explica muy bien qué es el postmodernismo

Desconozco hasta qué punto Hocus Pocus, de Kurt Vonnegut (¿de verdad hay que traducirlo como Birlibirloque?) cumple los mandamientos del postmodernismo, pero los del lector los cumple a rajatabla: hacerle disfrutar como un enano y maravillarlo a cada párrafo.

Ironía, carácter lúdico, humor negro. Doña Wiki nos coloca en primer lugar esas características como las propias del postmodernismo. Y lo cierto es que las tres las encontramos a porrillo en esta novela. SIn ir más lejos, podéis imaginar el humor negro de un narrador que, veterano de la guerra de Vietnam, descubre un día, para su asombro, que el número de personas que ha matado es el mismo que el de mujeres que se ha cepillado.

Lo siento, pero es que esto del postmodernismo no da para imágenes más bonitas

Metaficción. La referencia, luz, guía, destino y razón de ser de todo posmo que se precie. ¡Su prefijo favorito fusionado con el único género literario digno de ser leído! También abunda en la obra de Vonnegut, que nos trae aquí personajes y obras ya metaficcionadas (¡oh oh así así más más!) en sus obras anteriores. La metaficción asimismo implica la presencia de un narrador poco fiable, algo que en Hocus Pocus sólo se nos revela, y de un modo divertidísimo, hacia el final de la obra, con la aparición del hijo del narrador.

Fragmentación. En otros autores, así como en este bloguero, la fragmentación es un recurso para disimular la incapacidad de tejer un discurso o narración de manera sostenida. En otras palabras, se desprecia a Dickens porque no se puede escribir como él. No sucede así en el caso de Vonnegut, en quien esa fragmentación parece autoimpuesta con el fin de frenar el torrente narrativo e imaginativo que sustenta la narración. De hecho, las líneas que separan un párrafo del siguiente, antes que fragmentar nada, dan una inusitada agilidad a la narración, como si el autor se hubiera servido de ellas para facilitar la siempre complicada tarea de enlazar un párrafo con otro. El narrador, por su parte, nos explica que la fragmentación de la obra responde a que no tenía papel de escribir y escribió la obra en el reverso de tarjetas de visita o en trozos de papel de envolver.


¡Ajá!

Fabulación. Junto con la ironía y el humor negro, si Hocus Pocus nos deslumbra es sobre todo gracias a la fuerza de la fabulación de Vonnegut. Escrita en 1990 y situada diez años más tarde, esta novela nos cuenta la historia de un veterano del Vietnam que, a su regreso de la guerra, donde no tuvo excesivos reparos en cumplir órdenes y matar con sus propias manos a hombres, mujeres y niños, recala como profesor en una curiosa universidad para alumnos con problemas de aprendizaje. Nos encontramos en unos EEUU que han sido prácticamente subastados a los japoneses, y donde el racismo de la sociedad ha llevado a la creación, por ejemplo, de cárceles separadas para negros, hispanos y blancos. El narrador nos cuenta la historia desde la cárcel, y toda la novela es un enorme flashback en el que se nos narra el fabuloso (de fabulación) proceso por el que una pequeña universidad pasa a convertirse en una efímera república independiente gobernada por los reclusos afroamericanos de un centro penitenciario.


Distorsión temporal. Con engañosa facilidad y una pasmosa técnica narrativa, Vonnegut consigue que esta distorsión, o la dificultad que suele implicar, pase completamente desapercibida. Ni el lector ni, por supuesto, el autor, pierden en ningún momento el hilo de la narración. Vonnegut es capaz de dar saltos de decenas de años, cuando no de siglos, y los párrafos siguen sucediéndose con la mayor naturalidad. No hay necesidad de detenerse, levantar la mirada y recapitular. Ello se debe a que las digresiones vonnegutianas son mucho más que un alarde de técnica posmo: son la esencia de esta historia. Quedándonos en la idea más obvia, diríamos que los actos más prosaicos, inanes o, por qué no, inevitables, de nuestros abuelos, del general Custer, de Davy Crockett o de nuestro propio yo (me pongo proustiano) en aquella conversación con una periodista en un bar de Saigón tienen unas consecuencias tan palpables hoy como lo serán todavía dentro de unas décadas. Si profundizamos un pelín más, podríamos aventurarnos a decir que la distorsión temporal de don Kurt no consiste tanto en la ruptura de la linealidad como en la destrucción de las barreras que separan pasado, presente y futuro. Más posmo no me puedo poner.

Sí, es él

 En defnitiva, Hocus Pocus gustará a los posmos, facilitará el trabajo a los estudiantes, que podrán encontrar en ella fácilmente algunas de las características más importantes del ismo, y maravillará a los lectores, que se lo pasarán teta leyéndola.


El torrente fabulador del que hablaba me lleva a la otra cara de la moneda, que, en este caso, y para mi sorpresa y casi desolación, es Mircea Cartarescu. Mi admiración por el rumano se acerca a lo que siente un posmo por DFW (sí, ya, exagero), y desde la publicación de El Levante esperaba con emoción rayana en la ansiedad a que cayera en mis manos. Cuando lo vi en la biblio me abalancé sobre él, y me faltó tiempo para ponerme a leerlo en cuanto llegué a casa.

Y del deslumbramiento inicial fui pasando a esa sensación que tenemos con algunos libros. Ya sabéis. Nos gustan, sí, no vamos a decir que no. De hecho, si el tren se averiase y se quedara tres horas parado en mitad de la vía daríamos gracias al destino por habernos dejado en compañía de ese libro. Pero cuando el tren se pone en marcha y llegamos por fin a casa, nos preguntamos: ¿qué pasaría si dejara de leerlo un día? ¿Y si interrumpiera la lectura, pasara a otra cosa, y retomara el libro dentro de tres semanas? Pues probablemente lo que pasaría es lo que ha pasado. Que lo dejamos a la mitad. Y es que el postmodernismo a veces tiene esos problemas: a diferencia de los clásicos, que siempre están abiertos de piernas, la novela posmo necesita su momento. Y cuando dice no, es no.


Al igual que Hocus Pocus, -que, por cierto, se publicó el mismo año; la casualidad es postmoderna-, El Levante es todo un torrente narrativo, un ejemplo más de la desbordada imaginación de Cartarescu. Fantasía a raudales, acción, diversión, ironía, metaliteratura, distorsiones temporales, y hasta un narrador que nos habla de cómo escribe la obra sentado en la cocina de un piso minúsculo sin calefacción. ¡Un paraíso posmo! Y entonces, ¿por qué Hocus sí y El Levante no (o no por ahora)? Tengo la impresión de que se debe al factor humano. Si bien hace ya tiempo que me interesa mucho más el cómo me cuentan algo que ese propio algo, si bien tengo perfectamente asumido que criticar una obra por el comportamiento de sus personajes es, en palabras de Nabokov, pueril, no puedo todavía prescindir del personaje. Uno o varios, entrañable u odioso, pero un personaje en el que me pueda reconocer. Y es que, al entrar en una obra de ficción y acatar la requerida suspensión de la incredulidad, servidor tiene sus límites. A saber: el personaje debe ser creíble, humano, con sentimientos y esfínteres. En otras palabras, el personaje debo ser yo. Y no, no me refiero a un cuarentón cascarrabias padre de familia. Yo he protagonizado Ruslán y Ludmila, pero también Un hombre que duerme; me habéis visto en Proust, como ya sabéis, y he protagonizado Hocus Pocus. En El Levante no me he encontrado. Volveré a buscarme.


Desafío final: encontrad un solo meme sobre el naturalismo.

miércoles, 14 de octubre de 2015

La extraña vida de Iván Osokin


He hecho una maleta con todo lo que sé, toda mi experiencia, todo lo bueno y lo malo que he vivido, todos los errores que he cometido, todos los sueños que, por pereza o cobardía, jamás he realizado, y, lleno de ilusión, he emprendido viaje de retorno a mi adolescencia.

En algún momento de nuestra vida, todos hemos soñado con algo parecido, volver a un momento de nuestra infancia o adolescencia conservando todo el conocimiento que tenemos hoy. Damos por supuesto que un regreso al pasado sin ese conocimiento nos condenaría a repetir los mismos errores y no nos permitiría apreciar los dones que la vida, sin nosotros saberlo, nos otorgaba cada día.

Esta es una idea muy atractiva y que, desde luego, da muchísimo juego tanto al cine como a la literatura. En este blog, sin ir mas lejos, hemos hablado de la preciosa Barrio lejano, de Jiro Taniguchi, o de Inolvidable, de Alex Robinson. Ambas tenían en común que partían de la premisa de un adulto que regresa a un momento crucial de su juventud y, consciente de ello, se dispone a ajustar cuentas con el padre o enmendar algún error que marcó su destino. Por otra parte, todos conocéis, desde luego, la película Regreso al futuro, por mencionar sólo la más conocida de las que se ocupan de ese viaje tan anhelado (o no) por todos.  La extraña vida de Iván Osokin soreprende por su originalidad, y por tratar el manido tema del viaje al pasado de una manera totalmente diferente, y con un objetivo, también, por lo menos así se nos antoja, muy alejado de la mera literatura. 

 P. D. Ouspensky con sus prismáticos para mirar en nuestro interior

Antes de pasar a ocuparnos del argumento, hay que decir cuatro palabras de Piotr Demiánovich Ouspensky. Hasta que vi el libro en el Bookbarn de Somerset, servidor jamás había oído hablar de este autor. A estas alturas, no me duelen prendas en confesar mi ignorancia, y hablo de ignorancia porque un breve paseo por google o youtube os dará una idea de la relevancia de este nombre. Si, vosotros, por el contrario, sí lo conocéis, no será desde luego por sus novelas. De hecho, si no me equivoco, Ivan Osokin es la única que escribió. Y nuestro paseo por las redes en busca de información de Ouspensky nos muestra bien a las claras que nos estamos alejando de la literatura y adentrándonos en un territorio que no conocemos, que a priori no nos interesa demasiado, pero que, sin embargo, mueve a legiones de fieles de todo el mundo. Y constatamos tambien que es imposible hablar de Ouspensky sin que surja en seguida el nombre de George Gurdjeff. Es bien posible que éste, como es mi caso, nos resulte un tanto más familiar, aunque si hace un par de días si alguien me hubiera preguntado por su obra, vida y milagros, no habría sabido qué decir.

Ouspensky fue un matemático y filósofo esotérico que se dio a conocer sobre todo por su divulgación de la obra de George Gurdjeff, quien a su vez fue un maestro místico y músico armenio de enorme influencia en el mundo de la filosofía espiritual. (Si no me equivoco, el nombre de Gurdjeff me sonaba como compositor, aunque su obra musical como tal fue recopilada por su discípulo el ucraniano Thomas de Hartmann). Gurdjeff formuló la Doctrina del Cuarto Camino, que lo lanzó a la fama y que, más adelante, difundiría Ouspensky. Si, como a mí, todo esto os suena a Nietzsche, a Eliade y a filosofía oriental, estáis en lo correcto. Y si, como yo, tampoco queréis profundizar mucho en ello, basten cuatro líneas de wikipedia:

 
 George Gurdjeff

Hay tres caminos: el camino del fakir, el del monje y el del Yogi. Más allá de estos tres caminos, hay un Cuarto Camino. Según Gurdjíeff, esta idea data de tiempo inmemorial y no es una idea original suya. El Cuarto Camino nunca empieza en un nivel inferior al de un buen padre de familia, porque requiere la responsabilidad de una persona que vive en el mundo y se enfrenta a los quehaceres cotidianos sin la necesidad de abandonar el mundo, como sucede en los otros tres caminos. El Cuarto Camino requiere que la persona trabaje sobre el intelecto, las emociones y el cuerpo físico. En el Cuarto Camino, la función sexual es la más importante. Según Gurdjíeff, la energía sexual es la más poderosa que produce el organismo, sin la sublimación de la cual no se puede lograr nada.

En fin, ese tipo de cosas que suenan tan bonitas como obvias. Una especie de Paulo Coelho para gente exigente. El caso es que la del Cuarto Camino fue sólo una de las muchas doctrinas o ideas por las que se interesó nuestro Ouspensky. Otros de sus caminos de investigación fueron la Cuarta dimensión o el concepto del Eterno retorno, que es el que nos interesa hoy. En todo caso, quizá os sorprenda la enorme fama de que gozó nuestro autor en las décadas de los 20 y los 30, y su gran influencia en la literatura de la época. Baste decir que a sus charlas y conferencias en Londres asistían autores como T. S. Eliot or Aldous Huxley.

Eterno retorno, pues. 

Iván Osokin se encuentra en la que parece ser la última encrucijada de su vida. A sus apenas veinte años, no ha hecho sino tirar por la borda todas las oportunidades que se le han dado. Prácticamente se autoexpulsó del instituto, también de la escuela militar, perdió en una noche a la ruleta una herencia que le permitía estudiar en la Sorbona, y en este momento, lo vemos despidiéndose de su amada, que le ruega que la acompañe a Crimea y a la que, dadas sus circunstancias, se cree forzado a rechazar. Desesperado, acude a un mago y le pide un milagro: volver al pasado sin olvidar nada de lo que ha vivido hasta este momento. Su intención es enmendar los errores que lo han conducido a su situación.

"Volverás a cometer los mismos errores", le advierte el mago.

 Yo maté a Adolf Hitler, de Jason

Y ahí radica la gran diferencia entre Iván Osokin y cualquier otra obra sobre viajes al pasado. Aquí no tenemos la consabida Paradoja de la abuela (ya sabéis, si viajas al pasado y matas al abuelo, tú no puedes haber nacido), y el devenir de la humanidad no pende de un acto heroico de Iván (acabo de acordarme de la novela gráfica Yo maté a Adolf Hitler, de Jason). El interés de Ouspensky es, sencillamente, escarbar en las posibilidades que su concepto del eterno retorno brinda a la ficción. (Sin embargo, como veremos más adelante, no hay que descartar que, más bien, su objetivo fuera ver cómo la ficción puede ayudarnos a entender el eterno retorno. Cuestión de prioridades.)

La novela, en todo caso, es apasionante. No voy a entrar en más detalles sobre su argumento, porque creo que con lo que he dicho ya os podéis hacer una idea tanto de la historia como del desenlace, pero sí diré que, evidentemente, trata desde un punto de vista diferente algunos de los grandes temas de siempre: el destino, el recuerdo, la voluntad o la percepción de la realidad. Se trata, pues, de una lectura estupenda para después de Proust, de cuyo concepto del recuerdo podría decirse que Ouspensky ofrece, en cierto sentido, el reverso. En efecto, si en nuestro viaje al pasado conservamos los recuerdos de lo vivido hasta entonces, nuestra memoria se convierte entonces en nuestro futuro, o, en palabras del propio Osokin:
No hay ninguna diferencia esencial entre el pasado y el futuro. (...) Tan sólo nos referimos a ellos con palabras diferentes: fue y será. En realidad, todo esto fue y será.

 
 Las escasísimas grabaciones de Gurdjeff. Bella música

Dejando de lado esoterismo y metafísica, uno no puede evitar pensar que hay algo muy cierto en lo que nos dice Ouspensky en esta obra. En la advertencia que el mago hace a Osokin, nos encontramos con esta idea que no por obvia es menos poderosa:
Un hombre puede no saber qué sucederá como resultado de las acciones de los demás, o como resultado de causas desconocidas, pero siempre sabrá todos los posibles resultados de sus propias acciones.
La trágica revelación a la que Osokin cree enfrentarse es la de la inevitabilidad. Pero no es así: el eterno retorno de Ouspensky no tiene nada que ver con la predestinación, sino, se me ocurre, con la voluntad. Esto nos conduce a ese dilema tan ruso de la elección entre la resignación y la rebeldía, y resulta irónico y, nunca mejor dicho, trágico, que alguien como Osokin, que es esencialmente rebelde, deba empujar colina arriba la piedra de su propia resignación.
 

Por otra parte, al respecto del alma rusa y la resignación, cabe sacar a colación al bueno de Oblomov, pues el entrañable antihéroe de Iván Goncharov guarda unas cruciales similitudes con Osokin: la sensación de eterno e irredimible tedio, la conciencia de que es preciso actuar si no queremos hundirnos, y la terrible certeza de que nunca seremos capaces de hacerlo, o aún peor, de que nos negamos a ser capaces. Ivan Osokin parece verter algo de luz sobre el tedio que siente Oblomov ante la vida. ¿Cabe imaginar mayor tedio que el eterno retorno a una vida tediosa? ¿Mayor tortura que volver una y otra vez a contemplar nuestros fracasos? Olvidad la redención al estilo Atrapado en el tiempo. Si, como nos dice Proust, el recuerdo es la salvación de nuestra alma, para Ouspensky la única forma que el hombre ha hallado de sobrevivir al tedio es el olvido. Como os he dicho antes, hay gran parte de verdad en esto. Con todo nuestro conocimiento y experiencia vital, ¿seríamos capaces de sobrevivir a una conversación con nuestros amigos de diecisiete años? ¿De emocionarnos con ellos? ¿De reírnos de las mismas cosas? ¿Serían ellos capaces de soportar nuestra pedantería, nuestra sabiduría, nuestro modo de ver la vida? ¿No sería el olvido nuestra única arma para sobrevivir? Como veis, el verdadero problema del eterno retorno no es la Paradoja de la abuela, sino la Paradoja del niño resabido.

Naturalmente, no hay por ello que concluir que Ouspensky defienda el olvido. Más bien, considera que en él radica nuestra debilidad, y que nuestra salvación pasa por saber hacer un hueco en él e ir ensanchándolo hasta, por fin, reconocer y aceptar que la verdadera arma en esta lucha no es el olvido sino la fuerza de nuestra voluntad. Y ahora es cuando Ouspensky nos dice:

Y si les ha gustado esta historia, a la salida pueden comprar mi libro.

Decía más arriba que, quizá, Ouspensky no quiso escribir una obra literaria, sino servirse de la novela para hacer llegar a los lectores algunas de sus ideas. Al respecto, el penúltimo capítulo, donde el autor expone toda su filosofía del eterno retorno por boca del mago, es bastante revelador y merma, en mi opinión, las cualidades literarias de una obra que, dejando ese capítulo de lado, es provocadora, fascinante y tan amena como esas películas con Bill Murray o Michael J. Fox.

Como está descatalogadísimo, he creado para esta entrada la presuntuosa etiqueta "Libros que no habéis leído". No obstante, resulta fácil de encontrar en pdf y, con suerte, en librerías esotéricas.


lunes, 28 de septiembre de 2015

La fugitiva


¡Lo sabía, lo sabía!, me he visto gritando en un momento de la lectura.  Podéis darle una entonación de alegría o, por el contrario, de irritación. O, si lo preferís, mitad y mitad. Al fin y al cabo, todos hemos sentido alguna vez esa mezcla de decepción y de orgullo cuando hemos intuido, a mitad del libro, quién era el asesino. Queremos ser más listos que el autor, pero al mismo tiempo lamentamos que éste no esté a la altura de nuestro intelecto.

Son seis volúmenes ya, y Proust ha pasado a ser uno más de la familia. No lo veo como a un hermano ni como a un padre, sino que, más bien, su relación conmigo es como la de un marido cuya esposa le consiente el adulterio, léase, el engaño. En cualquier caso, nos conocemos. Lo conozco. Me lo conozco. Por eso, cuando lo he pillado in flagranti, cuando he creído que me la estaba intentando colar otra vez, no me podido augantar. Veréis, me ha dicho...

Antes de continuar quiero dejar claro que con Proust no hay ni puede haber spoilers. Desde el primer momento, desde esas noches con asma, desde la célebre magdalena de hace seis volúmenes, desde los inolvidables campanarios de Martinville, he sabido, por comentarios recibidos aquí en el blog, por paseos por la red, por resúmenes y por listas de personajes, que fulanito se casa con mengana mientras se la pega con zutana, que este Don Juan se revela, mil páginas más tarde, como un sodomita impenitente, que aquella cándida adolescente es una recalcitrante gomorriana, que éste muere y que aquél ocupa su lugar, y que en el último volumen pasa nada menos que esto, aquello y lo de más allá. Me lo podrían contar mil veces antes de leerlo y aun así serían incapaces de estropeármelo. ¿Leer a Proust para saber qué va a pasar? ¿En serio? Creo que ya lo he dejado claro: no pasa nada. Ergo, no hay ni puede haber spoilers. Y hecha esta aclaración, para que veáis lo comprensivo que soy incluso con los que leen a Proust como si estuvieran viendo Gran Hermano, os advierto:

ALERTA: SPOILERS

Todo esto viene a cuenta, no de EL acontecimiento de este volumen, sino de un par de líneas que a menudo pasan desapercibidas y que, admitámoslo, no son especialmente relevantes. Pero a mí, ya os digo, me han hecho ponerme a dar gritos.

 Ejemplos de la prosa de Proust

Concluía La prisionera con la huida de ésta de la casa de Marcel (sigamos llamándole así). Las primeras páginas de La fugitiva, que en algunas ediciones recibe el título, a mi juicio, demasiado revelador, de Albertina desaparecida, nos depara, una vez más, esa maravilla proustiana de dar vueltas y más vueltas al mismo asunto, intentando describir todas las caras de un hectamiriedro, siguiendo un hilo milímetro a milímetro por el interior de un ovillo, o, en otras palabras, poniendo por escrito lo inefable: qué queda de Albertina en el narrador cuando desaparece. Qué queda y dónde se encuentra. Y la respuesta no gustará a muchos.
Los vínculos entre un ser y nosotros no existen más que en nuestro pensamiento.
Pero frases tan cortas y certeras como ésa son la excepción en La recherche... Lo habitual, para expresar esa esencial soledad del ser humano respecto de los demás y, como veremos, respecto de sí mismo, son frases tan maravillosas como la siguiente, que exigen a gritos ser degustadas sílaba a sílaba.
En realidad, en esas horas de crisis en las que nos jugaríamos toda nuestra vida, a medida que la persona de quien depende revela mejor la inmensidad del lugar que ocupa para nosotros, no dejando nada en el mundo que no sea alterado por ella, la imagen de esa persona va decreciendo hasta no ser ya perceptible
Sin embargo, la conciencia de esa soledad esencial e inevitable no es fácil de aceptar, y nuestro héroe se rebaja a truquitos de adolescente para intentar recuperar a Albertina. Lo hace por medio de una patética carta en la que le insinúa que, si no vuelve, él se irá con Andrea.Y una vez ha enviado la carta, surgen de nuevo las dudas:

Pareciéndome cierto el resultado de aquella carta, me pesaba haberla escrito. Pues, imaginando tan fácil el regreso de Albertina, resurgieron de pronto con toda su fuerza todas las razones que hacían de nuestro matrimonio una cosa tan mala para mí. Esperaba que se negara a volver. Me puse a calcular que mi libertad, que todo el porvenir de mi vida dependían de su negativa.

Ya os digo que el chico es indeciso, pero con estas vueltas al poliedro infinito pasamos página tras página de una prosa inconmensurable. Y entonces, cuando menos lo esperamos, sin preparación, sin clímax, sin más previo aviso que lo que el título alternativo sugería, Albertina muere. Pero tranquilos, que la cosa sigue igual. La vida, la muerte, quelle est la différence?

A ver si consigo explicarme. Para ello, empecemos con este párrafo, para el que ya no me quedan adjectivos:

Para que la muerte de Albertina hubiera podido suprimir mis sufrimientos, hubiera sido preciso que el choque la matara no sólo en Turena, sino en mí. En mí nunca estuvo tan viva. Para que un ser entre en nosotros tiene que tomar la forma, adaptarse al marco del tiempo; como no se nos aparece más que en minutos sucesivos, nunca puede presentarnos de él sino un solo aspecto a la vez, entregarnos una sola fotografía. Gran debilidad, sin duda, para un ser, consistir en una simple colección de momentos; gran fuerza también; depende de la memoria, y la memoria de un momento no sabe todo lo que pasó después; ese momento que la memoria registró dura todavía, vive aún, y con él el ser que en él se perfilaba. Y ese desmenuzamiento no sólo hace que la muerte viva: la multiplica. Para consolarme hubiera tenido que olvidar no a una, sino a innumerables Albertinas. Cuando hubiera llegado a soportar la pena de haber perdido a ésta, tendría que volver a empezar con otra, con otras cien.

 
Me atrevería a decir que en La fugitiva, Proust lleva a sus últimas y paradójicas consecuencias algunas de las ideas centrales de su obra. Una de estas ideas, como hemos visto en varias ocasiones y acabo de repetir, es la soledad esencial del ser humano, todo un universo encerrado en los muros de su yo. Desde el interior de estos muros podemos lanzar gritos al exterior, y lo que de esos gritos llegue a otro ser humano, a su vez encerrado en su muro, será el conocimiento que éste tenga de nosotros. Quizá la palabra "gritos" dé una impresión más desoladora de lo que se desprende de Proust. En lugar de "lanzar gritos" podéis decir "entonar cánticos". El resultado es el mismo: la imposibilidad de llegar a conocer al otro.
Lo que yo había tenido con ella, lo que llevaba en mi corazón, no era sino un poquito de ella, y el resto, que tomaba tanta extensión por no sólo esa cosa ya tan misteriosamente importante, un deseo individual, sino común con otras, me lo había ocultado siempre, me había mantenido siempre al margen de ello, como una mujer que me hubiera ocultado que era de un país enemigo y una espía, mucho más extraordinariamente aún que una espía, pues ésta sólo engaña sobre su nacionalidad, mientras que Albertina engañaba sobre su más profunda humanidad, sobre lo que no pertenecía a la humanidad común, sino a una raza extraña que se une a ella, que se esconde en ella y no se funde jamás con ella. 
Esta idea, la imposibilidad de llegar a conocer al otro, es la que, llevada al extremo, borra las diferencias entre la vida y la muerte.

Seguramente no tenía nada de extraordinario que la muerte de Albertina hubiera cambiado tan poco mis preocupaciones. Cuando nuestra amante vive, gran parte de los pensamientos que constituyen lo que llamamos nuestro amor nos vienen durante las horas en que ella no está a nuestro lado. Por eso nos habituamos a tener por objeto de nuestro pensamiento un ser ausente y que, aunque su ausencia dure sólo unas horas, en esas horas no está más que un recuerdo. De modo que la muerte no cambia gran cosa.
*    *    *

Esto que viene ahora no es un spoiler, sino simplemente una cosa que pasa, y eso no es poco: finalmente el narrador emprende, junto a su madre, su anhelado viaje a Venecia, lo cual proporciona a los redactores de resúmenes argumentales un poco de material. A mí, insisto, todo ese aspecto de la obra que nos refiere bodas, partidas al frente, viajes, entierros y polvos furtivos me interesa sólo en la medida en que el narrador va a hablar de ellas. Así pues, Venecia. Nuevo escenario, ideas conocidas. Más conocidas, desde luego, de lo que podemos serlo nosotros para nosotros mismos.

Había hecho su aparición en mí el nuevo ser que soportaba fácilmente vivir sin Albertina, puesto que había podido hablar de ella en casa de los Guermantes con palabras afligidas, sin sufrimiento profundo. La posible llegada de estos nuevos yos que deberían llevar otro nombre distinto del anterior me había asustado siempre, por su indiferencia a lo que yo amaba: en otro tiempo, cuando, a propósito de Gilberta, su padre me decía que si yo iba a vivir a Oceanía ya no querría volver, muy recientemente, cuando tanto me dolió leer las memorias de un escritor mediocre que, separado de por vida de una mujer a la que había adorado de joven, de viejo la volvía a encontrar sin emoción, sin deseo de volver a verla. Y, en cambio, ese ser tan temido, tan benéfico y que no era otro que uno de esos yos de recambio que el destino tiene en reserva para nosotros, y que, sin escuchar ya nuestros ruegos más que los escuchara un médico clarividente y, como tal, autoritario, me traía con el olvido una supresión casi completa del sufrimiento...
El párrafo sigue y sigue. Interrumpirlo aquí es como contestar el móvil durante un concierto en mitad de la novena, pero bueno, para eso tenéis el libro en la biblioteca.



Otra de las grandes paradojas de esta obra es la innegable coherencia del narrador a lo largo de la interminable investigación que lleva a cabo sobre su propio yo, cuando en realidad éste, como se empeña una y otra vez en demostrarnos, no es más que uno de entre miles, perdido entre el hoy y el pasado. Pero eso, si no es una tontería, sería asunto de la psicología. En todo caso, si cada uno de nosotros es una multiplicidad de yoes,  no podemos decir que el paso del tiempo nos haga cambiar, sino que, como una hoja del calendario, arranca el yo del ayer y revela el de hoy.

Quizá recordéis la película La invasión de los ultracuerpos, y cómo el pánico a convertirnos en uno de ellos, de esas terroríficas vainas, desaparece en cuanto el proceso de asimilación ha tenido lugar. Está vagamente inspirada en estas líneas de Proust.

Y al darme cuenta de que no me alegraba de que estuviera viva, de que ya no la amaba, hubiera debido sentir el mismo choque de quien, mirándose al espejo después de varios meses de viaje o de enfermedad, se ve con el pelo blanco y una cara nueva, de hombre maduro o de viejo. Esto produce una gran impresión porque quiere decir: el hombre que yo era, el hombre rubio, ya no existe, soy otro. Y ¿no es un cambio igualmente profundo, una muerte tan total del yo que éramos, la sustitución tan completa de este nuevo yo, ver un rostro todo arrugado y sobre él una peluca blanca, que ha sustituido al antiguo? Mas, pasados los años y en el orden de la sucesión de los tiempos, transformarse en otro no aflige más que ser sucesivamente, en una misma época, los seres contradictorios, el malo, el sensible, el delicado, el grosero, el desinteresado, el ambicioso que se es sucesivamente cada día. Y la razón de no afligirse es la misma, es que el yo eclipsado (...) no está presente para deplorar al otro, al que está allí en este momento.

¿Quién eres tú? ¿Qué has hecho con tu antiguo yo?

No obstante, lo recobremos o no, Proust nos demuestra que somos más poderosos que el tiempo, y que esas hojas que hemos arrancado al calendario todavía no las hemos llevado al contenedor de papel para reciclar.
Pues el hombre es ese ser sin edad fija, ese ser que tiene la facultad de tornarse en unos segundos muchos años más joven, y que, rodeado por las paredes del tiempo en que ha vivido, flota en él, pero como en un estanque cuyo nivel cambiara constantemente y le pusiera al alcance ya de una época, ya de otra.
Llega ahora el momento de la lectura en que me he puesto a gritar "¡lo sabía, lo sabía!". Poco a poco, con sus dimes y diretes y sus vueltas al poliedro al derecho y al revés, el la quise no la quise del narrador a lo largo de 250 páginas empezaba a exigir un giro inesperado, y por eso me he sentido de lo más perspicaz cuando el narrador recibe un telegrama y servidor ha leído lo siguiente:

... y, dirigiendo una mirada a un escrito lleno de palabras mal transmitidas, pude leer, sin embargo: "Querido amigo: me crees muerta, perdóname, estoy bien viva; quisiera verte, hablarte de casamiento, ¿cuándo volverás? Cariñosamente, Albertina"
 No os quejéis, que os he avisado. Podría ahora rizar el rizo y desespoilear lo spoileado, pero me interesa más señalar cómo Proust lleva al extremo el axioma de que no amamos aquello que tenemos fácilmente a nuestro alcance. 
El monstruo ante cuya aparición se estremeció mi amor, el olvido, había acabado en efecto, como yo creí, por devorarlo. Esta noticia de que Albertina vivía no sólo no despertó mi amor, no sólo me permitió recordar hasta qué punto había avanzado mi retorno hacia la indiferencia, sino que le hizo sufrir instantáneamente una aceleración tan brusca que me pregunté, retrospectivamente, si antes la noticia contraria, la de la muerte de Albertina, no había exaltado a la inversa mi amor, rematando la obra de su partida y retardado su declinación. 

¿Quién de los dos es más romántico?

Mi amigo Pedro sostenía la idea de que, contrariamente a lo que dice el tópico, los hombres son mucho más románticos que las mujeres. Éstas, decía, se mueven por el cálculo; los hombres, por el sentimiento. Cuando estoy ante una mujer que me gusta mucho, quiero llevármela a la cama ahora mismo. Ése es un sentimiento sincero y profundo. Cuando una mujer se encuentra ante un hombre que le atrae, piensa: este hombre me gusta, pero ¿me conviene? ¿Debo acostarme con él? Y si es así, ¿cuándo?

Mi experiencia me ha demostrado que Pedro tiene, por lo menos, parte de razón (la otra parte se la quita mi esposa). Todos los hombres (no sé si las cosas son ahora también a la inversa, ¿o quizá lo han sido siempre? ¡ay, siempre fui tan pardillo!) sabemos de primera mano que no hay nada como dejar de mostrar interés por ella para tenerla loquita. Por eso, cuando, desaparecida Albertina, reaparece Gilberta, el primer amor del narrador, el cinismo de éste respecto al amor se revela más fulminante que nunca.
Pasados diez años ya no existen las razones que tenía uno para amar demasiado, el otro para no poder soportar un despotismo demasiado exigente. Sólo subsiste la conveniencia, y todo lo que Gilberta me hubiera negado en otro tiempo me lo concedía ahora fácilmente, sin duda porque ya no la deseaba. Y lo que le había parecido intolerable, imposible: estaba siempre dispuesta a venir a mí, nunca con prisa de dejarme, sin que nos dijéramos nunca la razón del cambio; es que había desaparecido el obstáculo: mi amor.
 A veces sueño con tener esa suerte, con volver a encontrarme un día con *** y demostrarle que ya no me interesa. Que todo lo que sentí por ella hace más de veinte años no terminó, porque en realidad nunca existió. Que soy mucho más fuerte que antes, porque me he vuelto un cínico. Que no me sorprenderá su tardía confesión sobre su naturaleza gomorriana, pues la sospeché desde hace mucho tiempo, y Proust me la ha confirmado. Que me alegro de verla feliz y, sobre todo, de que lo nuestro se quedara en nada. En definitiva, como, si no me equivoco, señala en algún momento el narrador en un pensamiento terrible que me viene ahora a la mente, pero cuyas palabras exactas no apunté: que no quisiera morirme antes de poder demostrarle que nunca la quise. Cosas que Proust le saca a uno.

Separación (1896), de Edvard Munch

Y sentí una vez más, en primer lugar, que el recuerdo no es inventivo, que es impotente para desear otra cosa, ni siquiera otra cosa mejor que lo que hemos poseído; después, que es espiritual, de suerte que la realidad no puede proporcionarle el estado que busca; por último, que el renacimiento que encarna, derivándose de una persona muerta,  más que la necesidad de amar, en la que hace creer, es la necesidad de la ausente. De suerte que incluso el parecido con Albertina de la mujer elegida, el parecido, si lograba obtenerlo, de su cariño con el de Albertina sólo lograba hacerme sentir más la ausencia de lo que, sin saberlo, había buscado, y que era indispensable para que renaciera mi amor; lo que había buscado, es decir, Albertina misma, el tiempo que vivimos juntos, el pasado que, sin saberlo, buscaba.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Del rey Arturo, el travestismo y otras cosas del viajar


A veces sucede con los planes vacacionales lo mismo que con esos planes lectores del 1 de enero que algunos gustan de hacer. El año pasado, por estas fechas, me prometía que este verano aprovecharía mi viaje anual a las Cotswold para visitar Slad, la aldea de Laurie Lee, y también que pasaría un día en Lyme Regis, el pueblo de La mujer del teniente francés, buscando fósiles con mi hijo. Pero en un caso por falta de tiempo (una semana menos), y en otro, por una confabulación del destino, esos y otros planes han tenido que volver a posponerse, por lo que, como veréis, mis paseos veraniegos no han encontrado esta vez tantos ecos literarios como el año pasado. Lo que significa que el que viene los emprenderemos con más ganas, si cabe.

Respecto a Slad y el destino, nada más prosaico y, al mismo tiempo, incitante. Con un día libre por delante, dado que los suegros se iban a celebrar su aniversario de bodas en Londres con la representación de dos minióperas de Ravel (!), me dije "hoy vamos a Slad". Así que cogí un mapa, y dos y tres. No eran mapas a escala 1:2, de acuerdo, pero sí mapas locales. Por ello, no deja de sorprenderme que en ninguno de ellos figurara el valle de Slad. ¿Será un valle fantasma? ¿Consiguió Lee detener en el tiempo aquel pequeño valle hasta el punto de que ha desaparecido de los mapas? El año que viene saldremos de dudas. Porque además volveré con pasión renovada, dado que este verano me ha traído en la maleta la segunda parte de la trilogía autobiográfica de Lee, As I walked out one midsummer morning.

 El patio del New Inn, en Gloucester

Con Slad sin cartografiar y el día algo encapotado, decidimos aventurarnos hasta Gloucester, donde nunca habíamos estado y que, al fin y al cabo, está bien cerca de Nailsworth. Poco sabía yo de Gloucester, y el nombre, quizá porque lo asocio con el pobre personaje de El rey Lear al que le arrancan los ojos, no me daba buenas sensaciones. Es más, la tenía por una ciudad gris, feúcha y aburrida. Y una vez más, salgo de mi ignorancia y descubro otro motivo más (y van) para visitar Gloucestershire (conste que no trabajo para la oficina de turismo del lugar). Gloucester es una ciudad estupenda para pasar un día, y tiene una catedral la mar de chula con unos claustros impresionantes que habréis visto en las pelis de Harry Potter. Paseando por sus calles, se topa uno con preciosas casas de la época Tudor, y si atraviesa la entrada del pub New Inn, se encontrará con el patio medieval con galerías mejor conservado de toda Gran Bretaña. Se cree que Shakespeare y su compañía llegaron a actuar en ese patio. ¿Representarían allí El rey Lear?

Uno de los claustros de la Catedral

El puerto de Gloucester es otro de sus grandes atractivos. Es muy parecido al puerto de Liverpool, y al igual que éste, se ha convertido en un importante centro comercial y de ocio, y los antiguos almacenes son hoy bares, restaurantes, apartamentos y tiendas. Entre estas últimas, destaca una preciosa tienda de antigüedades, donde podéis encontrar de todo. Se podía comprar hasta un semáforo.

Los almacenes de la zona portuaria, hoy convertidos en apartamentos

Al igual que hizo la ciudad de Bristol con Gromit hace un par de años, cuando sembró la ciudad de enormes esculturas pintadas por diferentes artistas para así incitar a los visitantes a descubrir rincones fuera de las rutas habituales, en Gloucester éste fue el verano de Scrumpty. De aquí a unos días dará comienzo el mundial de rugby, y Gloucester será una de las sedes. Scrumpty, la mascota, es un balón de rugby y sus esculturas, desperdigadas por toda la ciudad, las han decorado los alumnos de diferentes escuelas. Mi hija la pequeña se lo pasó pipa buscándolas todas.

Un Scrumpty en la zona del puerto

Los ingleses tienen unas formas de pasárselo pipa que no abundan mucho por aquí. Para empezar, el cricket. George Mikes era un autor cómico inglés cuyo origen húngaro le permitía ver a los británicos con cierto distanciamiento. Decía Mikes, comparando a los ingleses y a los "continentales", es decir, los europeos: "many continentals think life is a game; the English think cricket is a game". Supongo que, en el terreno deportivo, mi sangre inglesa no podría estar más diluida, pues nunca entenderé el atractivo de un coñazo tan soberano como el cricket. Por favor, un deporte que se juega con chaleco de lana... Y por eso no fuimos a ver un partido de cricket, sino a una jornada de eventing, que por lo visto tiene traducción y todo: concurso completo. En fin, si estáis tan perdidos como yo, se trata de caballos. Caballos corriendo, caballos saltando, niños jinetes, carreras de carros, y toda las cosas que se os ocurran que se pueden hacer a cuatro patas. O casi todas. Hay gente que llega a acampar, ya que el concurso dura hasta tres días. Es, en fin, uno de esos entretenimientos tan puramente británicos que no veréis un solo turista.


Como ya señalé el año pasado, cada vez se ven más turistas españoles en Nailsworth, que tiene un centro tan pequeñito que es inevitable encontrarse con ellos. Son, de momento, bastante inofensivos, sin duda por su espíritu pionero. Dicho espíritu, sin embargo, todavía no los lleva sinuosa y empinada carretera arriba, hasta el precioso pueblo de Minchinhampton, famoso sobre todo por su common, o tierra comunal. Este inmenso common forma parte del National Trust, es decir, es un lugar de interés histórico o belleza natural, y merece la pena visitarse para pasear y disfrutar de las impresionantes vistas con un helado de la furgoneta que siempre hay por ahí. Eso sí, id con buen calzado, porque el suelo está plagado de regalos vacunos. Y es que en este common, las vacas mandan, y los jugadores de golf tienen que someterse a ellas.

Golf y vacas

El Minchinhampton common es también, todos los veranos, el lugar donde se instala el Giffords Circus, un circo que en pocos años se ha labrado un enorme y merecido prestigio. El Giffords monta excelentes y divertidísimos espectáculos con títulos como "Guerra y Paz", espectáculo que narraba la desastrosa entrada de Napoleón en Moscú desde el punto de vista de una familia de aristócratas; o "Lucky 13", sobre una refinada ópera en la que irrumpe un ruidoso grupo de titiriteros transilvanos. El espectáculo que fuimos a ver el años pasado giraba alrededor de la mitología griega, y el de este año se llamaba "Moon songs". Si en verano andáis por allí, no os los perdáis. Aunque sólo sea por ver al genial payaso Tweedy en acción, un payaso de los que hacen reír. Que no todos saben.


Una semana menos no significa sólo menos días para hacer cosas y explorar, sino que además los compromisos familiares están mucho más apretujados. Para Lyme Regis, sencillamente, no hubo tiempo. No obstante, uno de los planes que teníamos, el de visitar la abadía de Glastonbury, sí lo hemos llevado a cabo, y es altísimamente recomendable. Así que dejemos las Cotswold y emprendamos rumbo al sur, a Somerset.
 
Una preciosa imagen antigua de la abadía de Glastonbury

Ya en mi entrada del año pasado mencioné el aspecto hippy, mágico y espiritual de Glastonbury, que hace de sus escaparates un paraíso de elfos, druidas, Morganas y hierbas curalotodo. Ello se debe a la relación de la ciudad con las leyendas artúricas, leyendas que en última instancia se remontan al bíblico José de Arimatea.

José de Arimatea lleva el grial a Inglaterra

José de Arimatea es ese misterioso personaje que aparece de manera casi fugaz en los cuatro evangelios canónicos, y que, según éstos, hizo descender el cuerpo de Cristo para darle sepultura. Otras fuentes, como los evangelios apócrifos, apuntan que además conservó el sudario de Cristo y recogió su sangre en el Santo Grial. Cuenta el Evangelio según Nicodemo que José, encarcelado por los judíos por haber enterrado el cuerpo de Jesús, recibe la milagrosa ayuda de éste para escapar de su encierro. De allí, parte hacia occidente para, años más tarde, recalar en Glastonbury, adonde lleva el grial y donde funda la primera iglesia consagrada a la virgen. (Algunas versiones son aún más fantasiosas, pues cuentan que antes José visitó Glastonbury acompañado de Jesús cuando éste era un niño). Y el grial, naturalmente, es esencial en el ciclo artúrico, si bien no apareció hasta que lo introdujo Chrétien de Troyes.

El Pozo del cáliz, en Glastonbury, donde José de Armiatea escondió el Santo Grial

 Pues bien, la abadía de Glastonbury, que hemos visitado este verano, y donde se puede pasar, tan grande e interesante es, todo un día, es el lugar donde, se nos dice, en 1191 los monjes encontraron los cuerpos de Arturo y Ginebra junto a la capilla. Casi un siglo más tarde, los trasladaron, en presencia de Eduardo I, al interior de la abadía, donde su tumba permaneció hasta que en 1539, en virtud de la disolución de los monasterios, iniciada bajo el reinado de Enrique VIII, se confiscaban todas las propiedades de la iglesia. ¿Qué harían Cromwell y compañía con esa tumba?
  

El último abad de Glastonbury, Richard Whiting, acusado de traición por su lealtad a Roma, padeció el castigo reservado a los condenados por traición: fue ahorcado, arrastrado y descuartizado en Glastonbury Tor. Su cabeza fue expuesta en la desierta abadía, y sus miembros, en las principales ciudades de Somerset. Como veis, cada brizna de hierba de este rincón de Inglaterra emana historia. Y mientras tanto, mi lectura del verano era Wolf Hall, que transcurre justo en esos días.

El espino de Glastonbury, antes de que lo destruyeran unos gamberros

Otras de las historias que se cuentan sobre José de Arimatea en estas tierras es la del espino de Glastonbury, un tipo de espino común que florece dos veces al año. Según la leyenda, José se tumbó en la tierra para dormir y dejó el cayado a su lado. Para asombro de los lugareños, el cayado echó raíces y floreció. Este tipo de espino se ha conservado desde la antigüedad gracias a la propagación mediante injertos, y todos los años se cortaba una ramita y se enviaba a Buckingham Palace para la mesa de Navidad de la Familia Real. El espino que se plantó en la colina de Wearyall para reemplazar al árbol original, destruido durante la Revolución inglesa, corrió hace cinco años la misma suerte a manos de unos vándalos, en un acto que causó consternación en la ciudad.

El niño del vestido, inédito en España

Este verano ha sido también el de la consolidación de David Walliams como uno de los autores de cabecera de mis hijos. Probablemente hayáis visto sus libros en nuestras librerías, y supongo que se estarán vendiendo con merecido éxito. Pero la verdad es que en Inglaterra Walliams es un auténtico fenómeno de ventas. Desde 2008 ha publicado siete libros y está a punto de salir el octavo. Los tenemos todos en casa y los dos mayores no paran de leerlos y releerlos. Naturalmente, cuando un autor infantil tiene un éxito tan grande, es inevitable que prensa y mundillo editorial lo aclamen y etiqueten como el nuevo Roald Dahl, y más si las ilustraciones, como en el libro del que os voy a hablar, corren a cargo de Quentin Blake. Ahora, ¿son justas esas comparaciones? Pues a mi juicio son, aparte de odiosas, tontas, pero dan una idea de la relevancia que tiene Walliams en este momento. Lo cierto es se trata de unos libros muy divertidos que transmiten valores fundamentales de respeto sin caer nunca en el sermón ni la cursilería. El paso del tiempo dirá qué lugar debe ocupar Walliams en la literatura infantil, aunque dudo que éste esté cerca de Dahl. A diferencia de éste, cuyos libros son intemporales, y se disfrutan hoy tan bien como hace cuarenta años, Walliams se dirige claramente a una audiencia infantil del siglo XXI. Y esta contemporaneidad es un arma de doble filo.

David Walliams, a su aire

Walliams trata algunos temas poco habituales en la literatura infantil, y hace referencias a la cultura de masas, la telebasura y la sexualidad, todo ello con gran desparpajo y naturalidad. Ésa es, como digo, su gran virtud, aunque, como es de esperar, escandalice a algunos padres. Su primer libro, sin ir más lejos, toca el tema del travestismo mientras nos cuenta la historia de Dennis, un niño que vive con su padre, camionero deprimido tras su divorcio, y su hermano mayor. Dennis, que añora terriblemente a su madre, siente pasión por el fútbol y es la estrella del equipo de la escuela, pero también tiene una pasión oculta: las revistas de moda para mujeres. El libro se titula The boy in the dress, "El niño del vestido", y, como digo, integra con absoluta naturalidad el tema del travestismo en lo que no es más que una historia de iniciación divertida, muy bien narrada, con momentos emotivos y personajes entrañables, sobre ese difícil momento de la vida, justo antes de la adolescencia, en que no sabemos quiénes somos, y preferimos morir a pasar vergüenza. ¿Un libro para niños que habla del travestismo? Puede ser sorprendente, sí. Os sorprenderá bastante menos saber que en cierto país se han publicado todos los libros de Walliams menos éste. Y es que aquí somos mu machos.

Fotograma de la adaptación de la BBC

El autor se permite bromear sobre sí mismo cuando habla de los tacones altos. "Es muy difícil andar con tacones", dice, "aunque eso, querido lector, yo no lo sé por propia experiencia, claro está". Walliams, de hecho, es conocido por su afición al travestismo, no sólo en su faceta de actor en Little Britain, sino también en su vida privada. Asimismo, hace unos meses se divorció, tras cinco años de matrimonio, de la modelo Lara Stone, quien adujo que la causa de la ruptura había sido el afeminamiento de su señor esposo. Los heterosexuales a los que no nos interesa la vida sexual de los demás solemos desconocer muchas cosas al respecto. Servidor, por ejemplo, pensaba que el travestismo era una actividad propia de homosexuales, y resulta que más bien todo lo contrario. Como digo, la vida privada de los otros no es un tema que me interese especialmente, así que a otra cosa, mariposa (no pun intended).

Un rinconcito del bookbarn, donde todos los libros están a una libra

Mi recorrido por las charities y el bookbarn este año contaba con algunas restricciones, siempre difíciles de poner en práctica. Peso y espacio se convierten en un verdadero problema cuando tienes que hacer maletas para dos adultos y tres niños en un circuito Barcelona-Bristol-Alicante-Almería-Barcelona, así que las compras este año han sido bastante reducidas. Helas aquí.


Empezando por abajo:

- I, Claudius y Claudius the god. Es decir, en inglés y en un volumen. Por una libra no está mal, ¿no?

- On the shores of the Mediterranean, de Eric Newby. Newby es uno de los grandes de la literatura de viajes. No lo he leído jamás, pero su nombre siempre aparece en cualquier estantería inglesa.

- We were the Mulvaneys (traducida en español como ¿Qué fue de los Mulvaney?), de Joyce Carol Oates, una novela muy buena que ya me he leído y de la que supongo que caerá reseña.

- The handmaid's tale, de Margaret Atwood. No he leído nada de esta autora, tan elogiada por todos.

- Strange life of Ivan Osokin, de P.D. Ouspensky. ¡Cómo me gusta descubrir autores rusos de los que jamás había oído hablar! Este libro cuenta la historia de un hombre que, ¿dichoso él?, tiene la oportunidad de volver a vivir su vida y corregir los errores cometidos. Qué ganas tengo de hincarle el diente.

- The collector, de John Fowles. Junto con El mago y La mujer del teniente francés, ésta es una de las grandes obras de Fowles, y muchos la conoceréis por la película que se hizo.

- The Goloviovs, de Mikhail Saltykov-Shchedrin, un clásico ruso del XIX que hasta ahora no he tenido ocasión de leer.

- As I walked out one midsummer morning, de Laurie Lee. Como ya os he dicho más arriba, ésta es la segunda parte de la trilogía autobiográfica de Lee. En este volumen nos habla, entre otras cosas, de las andanzas del autor en España justo antes de la Guerra Civil.


Y esos libros de lomo negro que hay a la derecha:

- Sagas vikingas varias, de ésas que es tan difícil encontrar aquí. Aparte de King Harald's saga, que compré el año pasado, los otros los vi todos juntitos en el bookbarn. Irresistible. Se prevé una temporada vikinga.

- The mabinogion. Otra joya de Penguin Classics. Jamás había oído hablar de esta obra magna de la literatura galesa, que además es nada menos que la primera obra literaria en prosa de Gran Bretaña. Y tiene una pinta estupenda.

En fin, que entre aviones, Enrique VIII, la campiña inglesa y tierras almerienses, este verano no ha dado para más.

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