lunes, 17 de junio de 2013

Elogio de la mala leche como virtud literaria

Reírse de Phil Collins ayuda a prevenir ciertos tipos de cáncer

... y no sólo literaria. En el mundo hay personas que saben hacer de su mala leche un medio de vida, y aunque hay quien dice que eso es tan sólo un modo de ocultar su mediocridad, yo creo que ganarse la vida con la mala baba es mucho más complicado de lo que parece. La mala leche (también mala uva o mala baba) es, en manos de quien sabe dirigirla, un arma demoledora y, en ocasiones, todo un arte.

La mala leche que yo admiro no tiene nada que ver con la mala follá granaína, ni, por supuesto, con el insulto vulgar, la imitación sosa, las referencias a la promiscuidad de la madre o a la cornamenta paterna. La buena mala leche se ejerce tanto con ánimo de ridiculizar, humillar y hacer daño como de divertir a los presentes, y somos muchos los que sabemos apreciar el dardo certero, el sarcasmo cruel y la ofensa gratuita pero ingeniosa. Son éstos bombones al que algunos paladares, entre los que por supuesto incluyo el mío, no pueden resistirse. Por eso triunfan los Ristos. Por eso servidor prefiere Alfonso Guerra a Zapatero, South Park a Los Simpson, y algún personaje más a quien no mencionaré (no quiero generar mala leche contra mí mismo) antes que a cualquier santurrón papagáyico.

Anne Robinson es tan odiosa que verla humillada de esta manera es un gozo para el espíritu. La presentadora española no le llegaba a la suela de los zapatos.

En internet la mala leche ocupa un puesto no sé si dominante, pero sí desde luego muy significativo, del cual el mundo bloguero no queda al margen. Hay por ahí unas bitácoras de gran éxito, cimentado en la mala leche tanto del administrador como de los visitantes, que vamos allí a recrearnos, sobre todo, en las corrosivas críticas que se hacen de aquellas obras que no han gustado al administrador en cuestión, o, sencillamente, en el modo en que señalan, como el niño al emperador, las gilipolleces en que incurren con frecuencia algunos personajetes de las letras. En cualquier caso, para muchos, la crítica despiadada se deja leer mejor que el elogio (desde luego, es también más fácil de hacer y da más posibilidades a la creatividad).

Céline y su loro parecen sacados de la novela de Gibbons

Bien utilizada, la mala leche en la literatura suele ser un recurso inagotable e infalible. Hace un par de semanas reseñaba la gran novela Lucky Jim, de Kingsley Amis, y cerraba la reseña con una foto y una cita del autor que corrobora la importancia que tiene el ánimo de ofender en la creación literaria.
A veces este ánimo se desboca y se convierte en puro odio, lo cual no impide que de ella salga alguna obra maestra. Me viene a la mente Viaje al fondo de la noche, pero seguro que a vosotros se os ocurren muchas más.
En ocasiones, el autor es capaz de ocultar su mala baba, haciéndola brotar de un personaje concreto. Eso sería lo que sucede, por ejemplo, con Ignatius Reilly en La conjura de los necios. En esa genial novela, a diferencia de lo que sucede con la de Céline, el lector no tiene la sensación de que sea el malogrado Toole el que está en guerra contra el mundo. Pues bien, algo parecido nos encontramos en algunas de las novelas que he leído recientemente.


La serie de Lucía, de E. F. Benson, de las que Impedimenta ha publicado Reina Lucía y Mapp y Lucía, ha sido uno de mis mayores placeres lectores recientes y me he zampado las dos novelas, que deben de ocupar setecientas y pico páginas, en menos de una semana. Ambas son un ejemplo perfecto del uso literario de la mala baba. Es difícil imaginar una mayor densidad de rencillas, rencores, celos, envidias, dardos envenenados, cortes de manga mentales y bombas de relojería que la que tenemos en Reina Lucía
Los habitantes de Riseholme, un pintoresco pueblecito de Sussex donde vive gente acomodada, no tienen trabajo conocido, y en consecuencia están todo el día ocupadísimos, observando o, directamente, espiando el ir y venir de sus vecinos, realizando cursillos de yoga y organizando veladas musicales. No hay momento más glorioso en la vida de los habitantes de Riseholme que cuando se es el primero en enterarse de un cotilleo. Del mismo modo, no hay mayor humillación que ser el último en enterarse. Emmeline Lucas, Lucía para los pocos amigos, es la reina indiscutible del pueblo, pero su poder absoluto no se debe a sus superficiales conocimientos literarios, ni a su habilidad para interpretar una única pieza al piano, ni en su dominio de diez palabras del italiano. Lucía reina gracias a su incontenible vanidad, su hipócrita humildad, su desmedido orgullo, y sobre todo, su desbordante mala leche. Y lo mejor de su mala leche es el modo en que se contagia al lector, que se solivianta con las sucias tretas exhibidas por Lucía para apropiarse de los hallazgos de Daisy Quantock, y se solaza como pocas veces cuando la reina se ve humillada. En Reina Lucía, los poquísimos personajes que no son odiosos son risibles, grotescos o, sencillamente, patéticos, y nosotros nos lo pasamos bomba con ellos.

Nigel Hawthorne como Georgie Pillson, el admirador casi incondicional de Lucía, en la adaptación que hizo la televisión británica.

Señala muy acertadamente José C. Vales, el traductor, en el prólogo a Mapp y Lucía, que lo sorprendente de estas novelas es que en ellas no pasa nada. Se trata, efectivamente, de una serie de episodios hilvanados uno tras otro en los que se decriben los vanidosos jueguecitos de estos insoportables pijos de Sussex. En Mapp y Lucía (que no es la segunda en la serie original; no sé por qué Impedimenta ha decidido publicarlas en este orden) nos encontramos con una Lucía que acaba de enviudar y que decide cambiar de aires y pasar un verano en el pueblecito costero de Tilling. Y allí el lector hará un descubrimiento espectacular: existe una persona más odiosa todavía que Lucía, y es Elizabeth Mapp. De hecho, Mapp es tan detestable que el lector acaba cogiendo un gran cariño a Lucía, que se erige en un personaje con algo parecido a principios y sentido ético. Esta segunda novela gira alrededor del duelo entre la nueva reina de Tilling, Lucía, y la destronada Mapp, y es igual de divertida que la primera.


Y del Sussex de pijos ociosos maquinando vengancitas en la encantadora campiña inglesa, pasamos al Sussex de los páramos apestosos, las plantas ponzoñosas y las familias embrutecidas por siglos de relaciones incestuosas.

En ocasiones, no hay nada mejor que abrir una obra sobre la que se tienen ciertas expectativas, y ver que dichas expectativas no se cumplen en absoluto. Así, enfrascado como estaba en esta fase de novela cómica británica, en la que he leído la "Trilogía de Campus", de David Lodge, seguido de Lucky Jim, para pasar después a las ya mencionadas de Lucía, llegué a La hija de Robert Poste esperando encontrarme de nuevo con una variación sobre el mismo tema, es decir una comedia de costumbres con mucho ingenio y algo de crítica social, pero, al igual que las obras de Benson, una novela bastante inofensiva. Anything but. 

Flora es una niña pija y mimada cuyos papás acaban de morir. Vaya incordio, ahora tendrá que buscarse la vida de algún modo. ¿Trabajando? Quita, quita. Lo que Flora quiere es acumular vivencias y material para, a los 50 años, poder escribir una obra como Persuasión, porque ella es que admira mucho a Jane Austen. Así que se pone a escribir cartas a sus parientes lejanos para ver si alguno se apiada de ella y así ella les puede hacer el honor de aceptar su hospitalidad. Y de este modo recala en Cold Comfort Farm, ya que la tía Judith se siente obligada a intentar reparar una antigua afrenta que le hicieron al padre de Flora.

Los personajes en la adaptación de la BBC

Soy un gran admirador de las obras de Thomas Hardy; no he leído mucho a D.H. Lawrence, y con la señora Mary Webb no tengo el gusto. Menciono estos tres autores porque se supone que es de ellos sobre todo de quienes se pitorrea Stella Gibbons en esta gran novela. Lo bueno de la mala leche es que para disfrutar de ella no tenemos que coincidir con la opinión de quien la emplea. Por ello puedo dejar de lado mi admiración por Hardy y admitir que su ruralismo bíblico se presta bastante bien a la sátira. En La hija de Robert Poste tenemos, efectivamente, personajes que parecen sacados de una de esas granjas del ficticio Wessex hardiano. Ahí está Adam, cuya vida gira alrededor de sus vacas y que en lugar de utilizar agua y jabón para lavar las ollas se sirve de zarzales. Ahí tenemos al predicador Amos, que empieza sus sermones de esta guisa:

-¡Ah, miserables, que sois todos unos miserables! ¡Gusanos rastreros!

Y que continúa así:

...Sabéis lo que se siente cuando os quemáis una mano al sacar una empenada del horno o cuando os quemáis con una cerilla cuando estáis encendiendo uno de esos diabólicos cigarrillos... Sí, sí... Quema y se siente un punzante dolor, ¿a que sí? Y entonces corréis para poner un poco de mantequilla en la quemadura y mitigar el dolor. ¡Ah, pero...! -aquí, una impresionante pausa valorativa-, ¡en el infierno no habrá mantequilla!

Si este pasaje os parece una parodia del Retrato del artista adolescente de Joyce, probablemente estéis en lo cierto. Gibbons se ríe tanto de los clichés de la novela rural como de las corrientes intelectuales y literarias de principios de siglo. Freud, Joyce o el cine expresionista, la señora Gibbons no deja títere con cabeza.

Se dispusieron a ver una película sobre la vida japonesa (...). La película duraba una hora y tres cuartos, y contenía únicamente doce primeros planos de nenúfares perfectamente inmóviles en un estanque lleno de verdín, así como cuatro suicidios, todos realizados con extraordinaria lentitud.


Ian McKellen como Amos, el predicador chalado

Asimismo, las referencias a Cumbres borrascosas son constantes, pero me da aquí la impresión de que su burla no es tanto de Emily Brönte como, de nuevo, la ociosidad de los intelestuales que los lleva a elucubrar teorías fantásticas sobre la autoría de las obras de las Brönte. Ejemplo de ello es el personaje de Mybug, que se supone inspirado en D.H. Lawrence, y que afirma que el autor de las obras de las hermanas Brönte fue el hermano Branwell, que escribía para poder comprar ginebra para la borrachuza de Anne. Parece ser también que el personaje de Ada, la abuela loca encerrada en su habitación y que se ha pasado la vida gritando "vi algo sucio en la leñera", no está inspirado en Jane Eyre sino en un personaje de una obra de Mary Webb.

La hija de Robert Poste llega a desconcertar, pese a que desde el primer momento la autora deja muy claras sus intenciones. El prefacio está dedicado a un tal Tony, en quienes muchos han visto una burla de Hugh S. Walpole, paradigma del escritor amanerado e intelectualoide. Le dice Gibbons:

Porque tus libros no son precisamente... de humor. Son más bien registros de intensas luchas espirituales, representadas en los agrestes escenarios de lagos, glaciares o pantanos. Tus personajes son intemporales y elementales, agitados como pajuelas en océanos de pasión.

Y a continuación añade que para ayudar a esas personas que "no siempre están seguras de si una frase es literatura o bien una simple estupidez", en este libro ha procedido a indicar los pasajes que considera más elegantes y literarios con uno, dos o tres asteriscos. El siguiente pertenece a la categoría más alta:

Desde los infraestratos entretejidos y petrificados de subconsciente, los pensamientos del viejo Adam Lambsbreath emergieron en lenta filtración hacia la confusa consciencia del vaquerizo; no como una parte integral y plena de su ser consciente. sino más bien como una emanación impalpable o una aportación crepuscular de la esfera vital...

A Virginia no le hizo gracia la novela de Gibbons. No todo el mundo sabe apreciar la mala leche

Como decía antes, la novela, pese a las advertencias de la autora, llega a desconcertar y está tan bien escrita que no sorprende, como he podido constatar en alguna que otra reseña escrita sin mala leche, que algunos lectores se la tomen muy en serio. En mi caso, no acabo de entender el porqué del futurismo de la obra: La hija de Robert Poste, publicada en 1932, está situada a finales de los años 40 del pasado siglo. Hay referencias a una guerra anglonicaragüense de 1946, hay teléfonos con imagen incorporada, y se habla de Clark Gable como aquel actor, "no sé si se acuerdan", de hace veinte años.

En resumen, una gozada de lectura, una sátira brutal que le tocó las narices a muchos intocables de la época, y, por lo tanto, un tipo de literatura siempre necesaria. Os dejo con otra típica estampa de la vida rural en Sussex:


Es el registro familiar; la abuela lo hace todos los años. Verás... todos nosotros, los Starkadder, somos una gente algo... problemática. Nos tiramos los unos a los otros a los pozos. (...) Es difícil llevar la cuenta. Así que una vez al año la abuela baja y hace una reunión, que llamamos el Recuento, y ella nos cuenta a todos, para ver cuántos de nosotros nos hemos muerto en el último año.


miércoles, 5 de junio de 2013

Si estamos en Mississipi, esto es Faulkner


A todos nos gusta leer. A todos nos gusta viajar. Y por eso leer viajando es la hostia, y viajar leyendo ya ni os cuento. A veces, sin embargo, los dos placeres, en lugar de sumar, se multiplican, dando lugar a una experiencia que queda para siempre en nuestra memoria. En mi caso, aunque he viajado mucho y leo bastante, esa feliz combinación indisociable no se ha dado tanto como desearía. He disfrutado muchísimo de los viajes y he disfrutado muchísimo de los libros, pero casi siempre han sido dos experiencias paralelas. Recuerdo, por ejemplo, que en mi viaje a Marruecos leí Middlemarch, de George Eliot, el Pickwick, de Dickens, y la Regeneration Trilogy, de Pat Barker, pero no tengo ni idea de qué leí cuando visité Polonia, México o Bolivia (aunque probablemente sí recuerdo los libros; simplemente en mi memoria no están asociados a aquellos viajes).
En definitiva, esa experiencia lectora casi mística en mi caso se ha dado en las contadas ocasiones en que he dado con el libro acertado, único, para el viaje; ése, y no otro, en el que las calles, paisajes y personas que me rodeaban se fundieron con las palabras, escenarios y personajes de las páginas.


Me pregunto cómo habrá envejecido esta novela, pero sospecho que no muy bien. Wolfe la publicó en el 87, pero a España no llegó hasta dos años más tarde. En casa la compró mi padre, y aquel verano me la llevé conmigo a los EEUU. Tenía yo en aquel entonces 20 años y salía por primera vez de casa, como quien dice. Iba a Estados Unidos para trabajar dos meses en un campamento de verano y pasar luego un mes viajando. Cualquiera que haya visitado Nueva York puede dar fe de que la ciudad causa una impresión difícil de describir. Se trata de un lugar donde uno se siente en casa desde el primer momento, pues en NY nadie es extraño, y tenemos la sensación de que todo nos resulta familiar, de tantas veces que lo hemos visto en la pantalla. No deja de acompañarnos la extraña sensación de que estamos en una película en la que todo es real. Pues bien, imaginad la impresión que le causó a un pardillo de 20 años llegar a la ciudad, en aquel taxi conducido por un vietnamita más ocupado en mostrar el dedo y gritar fuck you! a todo quisqui que en mirar por dónde iba. Hélas, llegados a nuestro destino, vi cómo mis amigos entraban en aquel albergue de la calle 88, lleno de chicos y chicas de todo el mundo, mientras a mí, cosas de la organización, me metían en otro taxi y me despachaban zumbando a la Estación Central, en la calle 42, donde tenía que comprar un billete para ir a las Montañas Catskill (para mí entonces, el culo del estado de Nueva York) y pedirle al conductor del autocar que me dejara bajar en el Red Apple Restaurant (descubro al escribir esto que dicho restaurante era toda una institución en la zona, y que cerró hace unos años), desde donde tenía que llamar al campamento para que me vinieran a recoger. Era de noche ya cuando salió el autocar. 

¡Vengan a buscarme, por favor!

Luego me resarcí de aquella triste llegada interruptus a la Gran Manzana, y, después de que me medio-expulsaran del primer campamento y antes de que me asignaran el segundo, pasé tres semanas pateándome la ciudad, los museos, asistiendo a una misa en Harlem, a conciertos en Central Park y saliendo cada noche con gente distinta que conocí en el youth hostel. De lo que viví en el primer campamento, dirigido por un ex-marine de 70 y pico años, y en el siguiente, un campamento cristiano, podría escribir una entrada bastante extensa. Pero lo importante es que, afortunadamente, entre cabañas con nombres indios, lagos, ciervos, mapaches, mofetas y algún que otro oso negro, en todo momento estuve acompañado por las 900 páginas del libro de Tom Wolfe.

La Nueva York que conocí. Creo que no la cambiaría por la de hoy.

En mi campamento trabajábamos con lo que se llamaba "underprivileged children", es decir, niños de familias desestructuradas del Bronx y Harlem, principalmente. Alguno que otro de aquellos niños crecía solo, abandonado por uno de sus progenitores y malviviendo con el otro, drogadicto. Otros eran capaces de hablar del tiroteo en que alguien se cargó a su tío como aquí podemos hablar del partido del domingo. En definitiva, aunque no era la norma y posiblemente la gran mayoría procedían simplemente de familias sin recursos, para todos ellos la violencia formaba, de alguna u otra forma, parte de sus vidas. Y durante mes y medio, ese mundo del que venían, el del Bronx cuando era el Bronx (hoy la cosa ha cambiado mucho y para bien, dicen), ese crisol de razas, y esa forma de hablar ("yo yo yo, mira!" en inglés en el original) me los encontraba tanto en la página del libro como al levantar la vista de él. El mundo de los yuppies no llegué a conocerlo tan de cerca.

Uno de los campamentos en los que trabajé

Decía antes que no sé cómo habrá envejecido La hoguera de la vanidades. Para los que no lo conozcáis, os diré simplemente que durante un par o tres de años fue EL libro de Nueva York, o, cuando menos, el libro que mejor reflejaba aquel fenómeno social que a finales de los 80 alcanzaba su clímax, aquel mundo, el de los yuppies (qué antigua suena la palabra), que se creyeron por un tiempo los Amos del Universo. El protagonista (¿Sherman?, escribo esto de memoria) es un agente de bolsa que lo ha conseguido todo, que está en la cima y bla bla bla, pero un día se pierde con el coche y acaba en lo más profundo del Bronx, donde se mete en un buen lío, momento a partir del cual empieza su caída. Contada así, no es una historia demasiado original, pero la verdad es que el libro está muy bien escrito, y que reflejaba a la perfección la relación entre las distintas capas de la sociedad en aquella época y lugar. Cuando un libro es tan escrupulosamente fiel a un momento preciso de la historia, pueden suceder dos cosas: que alcance la intemporalidad, o que su grandeza sea completamente efímera. ¿Habrá ardido esta obra junto a aquellas vanidades tan ochenteras?


Años más tarde, emprendí un viaje desde México a Colombia. No sé si fue en Oaxaca o en San Cristóbal donde conocí a una chica norteamericana que estaba leyendo un libro enorme, con una portada bastante bonita y con un título muy curioso. La chica se deshizo en elogios hacia el libro, y como parecía saber de lo que hablaba, en cuanto lo encontré en una librería me hice con él.
La larga noche de los pollos blancos transcurre entre Guatemala, donde lo empecé a leer y, creo recordar, Nueva York. Es una novela extraordinaria, una especie de thriller político mezclado con la historia de Guatemala, una exploración de las relaciones familiares y una historia de amor. 

Puede parecer cutre, pero el servicio es más eficiente que en otro país que yo me sé

Recuerdo la emoción que me producía leer los capítulos situados, por ejemplo, en el lago Atitlán, en Chichicastenango (¡Chichi, Chichi!, gritaban los conductores en la estación de autobuses), Huehuetenango (¡Huehue, Huehue!), ciudad de Guatemala (¡Guate, Guate!) o Antigua, sitios que yo acababa de visitar hacía apenas unos días. Ciudad de Guatemala es posiblemente la única ciudad del mundo donde he pasado miedo. Salí una tarde a dar un paseo y aunque no vi nada ni nadie sospechoso (en realidad no vi nada, la ciudad estaba sumida en una oscuridad casi absoluta), podía respirarse el peligro. Me volví al hotel y a las 8 ya estaba encerrado en mi habitación con el señor Goldman, quien confirmó lo fundados que eran mis temores. Tampoco es que en el hotel se respirara mucha seguridad. Corrían por él hordas de adolescentes con las hormonas a flor de piel que parecían buscar una habitación vacía para entrar a hacer vete tú a saber qué.
Todavía me acompañó el libro cuando fui a la selva a ver los quetzales (en la cabaña, y dentro de mi mosquitera, había más especies de insectos que en toda la península ibérica, y algunos de ellos, del tamaño de palomas), o cuando en el camión que me llevó a Uspantán conocí a un antiguo guerrillero. ¿Nos habíamos visto antes? Estuve a punto de preguntarle si conocía a Francisco Goldman.


Un año más tarde, hallábame yo una noche tomando el fresco en la terraza de mi hotel en Varanasi, frente al Ganges, cuando un chico italiano se me acercó:
-Perdona, ¿eres español?
Entonces caí. El año anterior, él, yo y unos pocos mochileros más habíamos cruzado en una camioneta la frontera entre México y Guatemala. De hecho, habíamos pasado luego un par de días juntos. En fin, una de esas casualidades de la vida mochilera.

Dicen que la India transforma a todo aquél que la visita. Si conocéis a alguien que haya estado allí, coincidiréis en que volvió muy místico y vestido de una forma mu rara. Y desde luego, con unos cuantos kilos de menos. Pero esa transformación también se debe a que, a diferencia de lugares como Nueva York o Buenos Aires, si viajas solo a la India, pasas mucho tiempo solo. Allí conocí a gente que me confesó que en dos meses habían leído más libros que en toda su vida.
El llamado choque cultural, que hace que algunos viajeros no aguanten allí más de unos días (en mi caso, viajé con un amigo que se volvió a España al cabo de una semana), se debe más a la pobreza que a la cultura (que también). Uno puede (o podía; espero que la situación haya mejorado algo) salir del Hotel Taj Majal, el más lujoso de Mumbai, tras visitar su excelente librería, y cien metros más allá, encontrarse con un bebé cubierto de moscas y llorando al lado de su madre, tendida en el suelo y aparentemente muerta. 

Toda una aventura subirse a uno de esos autobuses. Reducen la velocidad, pero no se paran.

Hijos de la Medianoche es un libro que releeré pronto. Cuenta la historia de un chico nacido justo en el momento en que la India conseguía la independencia y me pareció una maravilla, pero aparte de eso, apenas recuerdo nada de él. Me quedan en la memoria un puñado de escenas y sobre todo ese ambiente, esas historias y esos personajes que parecían entrar y salir del libro. Recuerdo la descripción de aquellos minúsculos talleres y tiendas, amontonados unos sobre otros, donde la gente trabaja, come y duerme, situados en Mumbai, Delhi o Varanasi, en callejones con un palmo de barro y orín, con infinitos recovecos y pasajes donde, cómo no, solían encontrarse los albergues más populares. Recuerdo, por poner otro ejemplo, leer las páginas sobre los parsis y su costumbre de dejar que los buitres se coman a los muertos, a quienes dejan en las Torres del Silencio, en Mumbai. Ah, me dije semanas más tarde, ahora entiendo qué era aquel sitio que fui a visitar y en el que no se podía entrar. Era una tarde de monzón, y yo, perdido en algún lugar cerca del Himalaya, donde debí de leer casi 200 páginas de un tirón, volví momentáneamente a la fascinante ciudad de Mumbai. Es curiosa la relación del viajero con Mumbai. Llega uno y piensa que está en el paradigma de ciudad del tercer mundo. Dos meses y medio después de vagar por el país, vuelve a la ciudad y se siente como en Nueva York. Pero en fin, todo esto, que daría para otra entrada, sucedió hace ya muuucho tiempo.


La India, como digo, permite -exige- muchas lecturas, sobre todo si uno pasa allí diez semanas. Son muchas ciudades y pueblos donde no hay absolutamente nada que hacer por la noche, muchas pensiones y hoteles donde no hay más huéspedes que el menda, muchos viajes larguísimos en tren, y muchas horas de espera en las estaciones. Como curiosidad, diré que me había preparado para el viaje con Pasaje a la India, una gran novela que, sin embargo, no me ayudó demasiado a hacerme una idea de lo que me iba a encontrar allí. Por eso, una vez en Mumbai, me compré Malgudi Days, un libro de relatos de R.K. Narayan, uno de los grandes de las letras indias. A diferencia del libro de Rushdie, que leí a continuación, los relatos de Narayan no transcurren en la, no me cansaré de insistir, maravillosa Mumbai, sino en la pequeña ciudad ficticia de Malgudi. Pese a que ésta se encuentra en el sur, adonde no fui, la experiencia de recorrer el Rajastán, Maharashtra o Uttar Pradesh tras haber leído esas historias fue igual de intensa que la posterior lectura de Hijos de la Medianoche. Algunos libros más tarde, le tocó el turno a V.S. Naipaul, que escribió una excelente trilogía de ensayos sobre la India titulados An area of darkness, India: a wounded civilization, e India: a million mutinies now. Los tres son una joya, tanto si conocéis el país como si no, pero hay que decir que Naipaul, que es de Trinidad, aunque de origen indio, es tremendamente crítico con la tierra de sus ancestros. En cualquier caso, estos tres libros los leí hacia el final del viaje, y me ayudaron a entender un poco mejor todo lo que estaba viendo, oliendo, oyendo, comiendo, tocando, respirando, expectorando... El tercer y más voluminoso volumen de la trilogía lo terminé, tras una lectura frenética, en el avión que me trajo a Barcelona de vuelta de uno de mis viajes más inolvidables.

martes, 28 de mayo de 2013

Lucky Jim, de Kingsley Amis


Esta novela tiene un defecto grande, enorme, gigantesco, sumamente irritante y absolutamente irredimible: sus críticos, y en especial los de la subespecie "textos de contraportada".
Vamos a ver. Lucky Jim (en español, La suerte de Jim) es una excelente novela que, además, es divertida. Pero eso no quiere decir que su lectura sea una carcajada continua. Significa, simplemente, que tiene escenas que son divertidas, y algunas, incluso, muy divertidas. No obstante, señores críticos, entre una y otra hay páginas, muchas páginas, que no sólo no nos hacen reír, es que ni se lo proponen. Por eso, cuando uno la lee y se acuerda de ese "uproariously funny", ese "devastating fun" o ese "hilarious send-up", es difícil no sentirse como un tonto. De hecho, nos hicieron leer este libro en mi primer año de universidad, y creo que a todos se nos quedó la misma cara de pasmados. Con los años, la segunda inmadurez y la experiencia de haber salido escaldado, esta segunda lectura ha sido mucho más gratificante.

Amis padre e hijo

Kingsley Amis es reverenciado en Inglaterra como uno de los más grandes novelistas del siglo XX, aunque nunca llegó a tener el prestigio de, por ejemplo Graham Greene, que era, en el año en que se publicó Lucky Jim, el autor más respetado del momento. Amis nació en una familia de clase obrera, pero su buen hacer en los estudios acabaron llevándole a Oxford. Allí se afilió al Partido Comunista y conoció a Philip Larkin. Parece ser que, como persona, Amis fue bastante cabroncete: se casó de penalty con su primera mujer, pese a que había arreglado un aborto clandestino del que se echó atrás al temer por su salud. Fue un adúltero empedernido toda su vida. Pasó de ser un gran bebedor a un borrachuzo irrecuperable. También abandonó el comunismo y abrazó una ideología conservadora que ríete tú de Thatcher. Además se declaró antisemita "moderado". De hecho, creo que le sentaba mucho mejor a don Kingsley el papel de británico antieuropeo, xenófobo, abanderado de save the pound y de la privatización de todo lo público, que el de luchador por una sociedad sin clases. Si la hoz y el martillo fue un capricho, un acto de hipocresía o un compromiso posteriormente traicionado lo confirmará la lectura de Koba el temible, que rueda por casa desde hace meses. Koba el temible es el libro que escribió Martin Amis sobre el modo en que los intelectuales británicos -y sobre todo su padre- abrazaron el comunismo haciendo oídos sordos, cuando no justificándolas abiertamente, a las atrocidades cometidas por Stalin y por quienes lo precedieron. Martin no debió de tener una infancia muy fácil y, aparte de Koba, escribió Experience, una suerte de memorias que me propongo buscar, a ver de qué manera salda cuentas con su progenitor.

Fotogramas de la película (1957)

Publicado en 1953, Lucky Jim supuso una pequeña revolución en el mundo de la narrativa inglesa. En primer lugar, algunos la consideran la primera, o una de las primeras, novelas de campus. Y en segundo lugar, con esta novela Kingsley Amis se reveló, al decir de algunos, como el padre de lo que se daría en llamar los "jóvenes airados", esa generación de novelistas y dramaturgos ingleses desencantados con la intelectualmente estéril y hasta asfixiante prosperidad que trajo la posguerra. Existía, sin embargo, otro movimiento, el llamado "The Movement", liderado por el ya mencionado Larkin y del que Amis era también un miembro destacado. The Movement era un movimiento poético que nació como reacción al modernismo y que abogaba por una poesía más sencilla, convencional y tradicional. No cuesta mucho imaginar al protagonista de Lucky Jim abanderando este movimiento y rebelándose contra la poesía artificial y oscura de algunos de sus contemporáneos. En este sentido, compárese al mismo Larkin con Dylan Thomas.

La de Liverpool es la red brick university original

La historia que nos cuenta Lucky Jim es la de un mediocre profesor adjunto desencantado con su trabajo en el Departamento de Historia de una universidad "de ladrillo rojo" de las Midlands. Jim Dixon, especializado en historia medieval, encuentra en la facultad un ambiente arrogante, pretencioso y, con todas sus ambiciones intelectuales, incluso filisteo. Dixon procede del norte de Inglaterra, tierra de salvajes para los que viven al sur de Londres, y es de familia de clase media baja. Jim prefiere la música pop a la clásica, el pub a los salones, y la gente normal a los académicos. En otras palabras, Jim Dixon, al igual quizás que Amis en la Universidad de Gales, es un intruso en el mundo académico, y no le sientan nada bien la toga ni el birrete.
Dixon está atrapado en una no-relación con una mujer posesiva y neurótica, con la que asume, resignado, que acabará casándose. Es posible ver en esa relación algo vampírica de Margaret hacia Jim un paralelismo con el modo en que el endogámico, cuando no incestuoso, siempre sanguijuelesco y lobotomizante mundillo académico idiotiza, a veces con su colaboración, a tantos jóvenes profesores,  con mayor o menor talento, que deciden ingresar en él.
Algunos han querido ver en el libro un cuento de hadas, con su príncipe rana, la princesa, la madrastra y el hada madrina, pero, como muy bien dice David Lodge, el grande de la novela de campus, en su interesantísimo ensayo "Lucky Jim revisited", esa simplificación sería injusta. La historia del triángulo Jim-Margaret-Christine es, pese al carácter algo estereotipado de esta última, bastante más complejo de lo que la etiqueta cuento de hadas nos daría a entender.


En esencia, Lucky Jim nos habla de un antihéroe que se rebela contra la brillante e ilustrada estulticia del mundo académico. A diferencia de otras novelas de los Jóvenes Airados, no estoy tan seguro de que nuestro héroe se rebele contra el destino de su clase. Su discurso de izquierdas no es especialmente sofisticado ("si un hombre tiene diez panes y otro tiene dos...") y, pese a simpatizar abiertamente con la clase trabajadora y detestar la pomposidad de las clases altas, Jim no es precisamente un idealista. Recordemos que su lema personal es "nice things are nicer than nasty things", es decir, las cosas buenas son mejores que las cosas malas. Todo el mundo prefiere tener dinero a no tenerlo. Todos los hombres prefieren una chica guapa a una que no lo es.
No, Jim no se rebela contra el destino de los de su clase social. Y tampoco estoy seguro de que quiera salir de ella. Quizá el verdadero acto de rebeldía de los Jóvenes Airados fue perder los complejos ante los toffs, plantarles cara y ridiculizarlos.


El carácter cómico de Lucky Jim no se debe exclusivamente a los gags, muchos de los cuales son, de hecho, de un humor más simple y "visual" de lo que muchos asocian con el "humor británico". (Sin embargo, como muy bien nos dice Lodge, ese estilo de humor basado en la farsa y en la violación de los códigos de conducta tenía antecedente en Wodehouse, Waugh, dickens y se remontaba a la comedia isabelina). Es sobre todo en el uso del lenguaje que hace Amis donde se muestra el genio cómico de la novela. Con frecuencia Amis va más allá de la simple ironía y nos deleita con perlas de humor negro, con ese sarcasmo tan ofensivo que a los ingleses tan bien se les da, y sobre todo con el brutal contraste entre la vulgar farsa y el lenguaje exquisito que se emplea para narrarla, algo que me ha recordado mucho al inimitable catálogo de frases y citas de Black Adder.


Resulta sumamente significativo que uno de los problemas que acucian a Dixon sea la conferencia que, al principio de la novela, el plasta del Profesor Welch le encarga que escriba y pronuncie. Dicha conferencia debe versar sobre uno de los temas favoritos de Welch, y se trata ni más ni menos que de Merrie England, es decir la Alegre Inglaterra, una especie de arcadia que nunca existió y que encarna los valores quintaesencialmente ingleses de la vida en la campiña, el yorkshire pudding, las hazañas de Robin Hood, los tejados de paja o los cuentos de Beatrix Potter, un mundo idílico reflejado todavía hoy en mantelitos y bandejas para el té, y que se situaba entre la Edad Media y la Revolución Industrial. Con la industrialización del país, el crecimiento de las ciudades, el desarrollo del ferrocarril y la primera gran crisis del mundo rural, la Alegre Inglaterra acabó de irse al carajo, y la nostalgia por aquel mundo soñado y perdido se desbocó en la literatura del romanticismo y en la sociedad victoriana. En esta última, los cuentos para niños, así como las ilustraciones que solían acompañarlos, retrataban a la perfección ese añorado mundo pre-industrial. El Profesor Welch, que, recordemos, es catedrático de historia, le pide a Jim que pronuncie un discurso reivindicando esos valores alegremente ingleses, aquel  edén de jardines con fresales y melocotoneros, aquellos salones de té y scones, aquella sociedad de tejones con gafas y comadrejas chaqueteadas, aquellos valores, en suma, entonces amenazados, entre otras cosas, por el gobierno laborista. Pues bien, no os quepa duda de que jamás hubo locomotora traumatizante de vacas, humeante fábrica, mina de carbón ni diabólica spinning-jenny que pusiera fin a Merrie England de manera más bestial y definitiva que  la conferencia que Jim Dixon pronuncia hacia el final de la novela y que, de manera irónica, le ayudará, por fin, a tener suerte y "cosas buenas".

Si no eres capaz de cabrear a nadie con lo que escribes, no vale la pena escribir.


sábado, 18 de mayo de 2013

Tristán e Iseo


Con la lectura de Tristán e Iseo, he llegado a la conclusión de que los clásicos tenían un problema de márketing. Y no se trata sólo de esa vacilación e inconsistencia al darle un nombre a su producto (la conocida Isolda es en la edición de Alianza Iseo, mientras que en otros lugares es Isode, y aún hay más versiones), sino, sobre todo, de que no nos venden lo que nos dicen que nos venden.

Esto es lo que vemos en el envase.


Y esto, lo que nos encontramos al abrirlo:

Drystan & Esyllt, de Jérôme Lereculey

Bien mirado, quizá no se trate tanto de un problema de márketing como de una estafa, pura y llanamente. Porque a ver, uno compra algo pensando que va a leer un peñazo medieval de amor cortés y ciervos asaeteados, y se encuentra con dragones, batallas, gigantes, enanos, reyes cornudos, héroes de incógnito, leprosos, mujeres fatales y hasta el Rey Arturo que pasaba por ahí. En definitiva, uno se siente felizmente estafado.

Esbozar un análisis siquiera mínimamente informado e informativo sobre esta obra es algo que escapa completamente a mi capacidad. Para empezar, los orígenes de la leyenda se remontan desde la neblina de Cornualles hasta las Tierras Altas de Escocia, pasando por mis verdes valles de Gales o las costas de Irlanda y Bretaña. Y no son pocos los que, por el contrario, sitúan dichos orígenes en Persia. Existen además varias versiones de la obra, aunque éstas pueden resumirse en dos tradiciones principales: en primer lugar, las más antiguas, de los franceses Béroult y Thomas de Bretaña, que no nos han llegado completas. Y en segundo lugar, la que surge del Tristán en prosa, escrita a mediados del s. XIII y que dos siglos más tarde proporcionaría a Thomas Malory el material con el que escribió una parte de La muerte de Arturo. A estas versiones se unen dos versiones alemanas, de Eilhart von Oberg y Gottfried von Strassburg, que difieren de las anteriores en muchos aspectos clave. Y por lo visto Chrétien de Troyes también escribió su propia versión, que se perdió.

El trozo de espada encaja, revelando así la identidad de Tristán

Parece, pues, misión casi imposible establecer el origen preciso de la leyenda, dado que ésta, contada en incontables versiones desde tiempo inmemorial y a lo largo y ancho de toda Eurasia, incorpora elementos no sólo celtas, germanos o persas, sino también de la mitología grecolatina. Ahí está, por ejemplo, la historia de Frocín, el enano felón, que revela a los barones el secreto del rey Marcos sin quebrantar su juramento de fidelidad. ¿Cómo? Pues introduciendo la cabeza en un hoyo y gritando el secreto a las raíces un espino blanco, un episodio calcado de la historia del Rey Midas.

No obstante, sí parece ser que existió un príncipe picto llamado Drust, que vivió en Escocia sobre el año 720 d.C., y que al salvar a una princesa de las garras de unos piratas dio origen a la leyenda del Morholt, el gigante que cada cinco años se cobraba de Cornualles el tributo de trescientos jóvenes y otras tantas doncellas.

El enano felón echando harina al suelo (Joseph Bedier, 1927)

Con tantas versiones diferentes de la historia, me da una pereza enorme intentar resumir el argumento. En líneas muy generales, trata, como resulta fácil imaginar, del amor entre Tristán, el héroe matagigantes y cazadragones, e Iseo (Isolda...), hija de los Reyes de Irlanda Anguis e Iseo. Merced a sus gestas, Tristán consigue la mano de la joven Iseo para su señor, el Rey Marcos de Cornualles. Pero en el viaje que los lleva de vuelta a su tierra, Brangel, doncella de Iseo, les da a beber del filtro de amor que la princesa debía beber en el lecho junto a su esposo y que les haría amarse "de suerte que nadie podrá sembrar la discordia entre ellos".

Iseo navegando en busca de Tristán (Evrard d'Espinques)

Pasa lo que pasa y, para intentar arreglar el estropicio, la buena de Brangel, en la noche de bodas de Marcos e Iseo, se acostará con el Rey haciéndose pasar por su señora, en un episodio muy parecido al que vimos en los Nibelungos, cuando Sigfrido decide echarle una manita a Gunter. Como suele suceder en estos casos, el rey siempre es el último en enterarse, y pese a que los enemigos de Tristán se chivan a su majestad continuamente, los dos amantes casi siempre consiguen pergeñar alguna argucia que los saque del apuro. Pero todo, incluso la ingenuidad del rey, tiene un límite.

Iseo, a punto de ser quemada viva (William Russell Flint, 1927)

Sabido es que el Romanticismo tomó la Edad Media como inspiración y motivo, y que centró la búsqueda de su particular grial sobre todo en el género del romance caballeresco, de donde acabaría tomando el nombre. No es de extrañar, por tanto, que la historia de Tristán e Isolda cautivara a los románticos, fascinación que fue más acusada si cabe en el movimiento pre-rafaelita. Esta revitalización de la leyenda culminó en la ópera de Wagner, que se ha convertido para muchos en su primer referente.

La liebestod de Isolda

Aparte de la influencia que tuvo la leyenda sobre la imaginería del Romanticismo, nuestra época actual está en buena medida marcada por el concepto del amor romántico, concepto que se desarrolló en el siglo XIX a partir de romances como el Tristán. Desconozco si existe una definición precisa de ese amor romántico, aunque supongo que es, por poner un ejemplo, aquél donde la incontenible fuerza del amor se opone y triunfa sobre el matrimonio de conveniencia entre dos familias. Sin embargo, uno de los motivos clave, y que parece repetirse de manera invariable en todas las versiones, es que el amor entre Tristán e Iseo, que al principio no se gustan demasiado, nace única y exclusivamente del filtro de amor, la poción mágica que Brangel les da a beber y que los condena a amarse. (En unas versiones, como la de Alianza, Brangel les da a beber del filtro por error, mientras en otras versiones lo hace sin querer queriendo. Asimismo, puede variar la duración de sus efectos, de tres años a toda la eternidad.)

El Tapiz de Tristán, que se puede ver un día al año en la Abadía de WIenhausen. Aquí vemos la historia hasta el fatídico momento en que Tristán e Iseo beben del filtro de amor

Probablemente, las palabras "romance" y "romántico" son unas de las más maltratadas de la historia. Al respecto de las infraliterarias "novelas románticas", dice un personaje en una novela que he leído recientemente:

Me refiero a que no son romances, ¿verdad? No en el sentido estricto de la palabra. Son simplemente versiones bastardas de la novela sentimental de cortejo y matrimonio que empezó con Pamela, de Richardson. (...) El verdadero romance es una forma narrativa anterior a la novela. Está llena de aventuras y coincidencias y sorpresas y maravillas, y tiene muchos personajes que están perdidos o encantados, o que van por ahí buscándose unos a otros, o el Grial, o algo así. Y a menudo, claro está, se enamoran...

Sabias palabras, pardiez, que además de definir perfectamente el tipo de obra que es el Tristán, acentúan esa discrepancia entre lo que se supone el origen del romaticismo y esa cosa llamada "amor romántico". Personalmente, se me ocurren pocas ideas menos "románticas" que dos amantes que se enamoran tras beber un filtro de amor. En ese sentido, el Tristán parece estar más cerca de la ciencia-ficción que del siglo de Goethe, Byron, Pushkin y compañía. ¿Dónde está la grandeza del amor si en realidad es el resultado de la ingesta de un brebaje?

Trsitán loco, de Dalí

Nos dice Alicia Yllera en la excelente introducción que el filtro es precisamente lo que confiere al amor entre nuestros sufridos amantes los rasgos que lo distinguen del amor cortés. Evidentemente, lo que atraía a los románticos de la historia de Tristán e Iseo no era tanto la naturaleza de su amor como la visión del amor como condena, así como el destierro social que sufren nuestros héroes por su relación, y el inevitable fatal desenlace al que ésta los conduce.
Iseo se lamenta ante el cadáver de su amado

Los ecos de la historia se multiplican sin cesar a lo largo de los siglos, y en más de un momento, tenemos la sensación de estar leyendo otro libro. Hay un episodio en el que Iseo, con la excusa de que no se quiere mojar al cruzar un río, se sube a caballo sobre un Tristán disfrazado de malato (leproso). Luego jura a su marido el Rey que él y ese malato que la ha ayudado a cruzar el río han sido los únicos hombres que ha habido jamás entre sus piernas, un ejemplo de ingenio y engaño que nos recuerda, por ejemplo, al Decamerón. Otros episodios, como el de la trampa con harina para que los amantes se delaten por sus huellas, son claramente folclóricos, como lo es también el cabello dorado que unas golondrinas traen al rey. Y qué decir de los árboles que nacen de las tumbas de los amantes y enlazan sus ramas. La impresionante carga simbólica, folclórica e histórica de la obra producen, una vez más, una lectura tan fascinante como amena.

En fin, cualquier estudio de la leyenda de Tristán e Iseo está condenado a perderse en infinitas ramificaciones por allí donde la literatura se funde con la antropología, la historia y la psicología. El bloguero diletante siente un vértigo acongojante ante la idea de intentar abrir por ahí un camino más o menos desbrozado, y por ello prefiere limitarse a una advertencia al lector: si no quieres pasártelo pipa con las mil y una aventuras de una obra que ha marcado buena parte de la literatura, la música y el arte universales, más te vale no leer este libro. Sería como beber del filtro de amor que condenó a Tristán e Iseo (o Isolda).

Ilustración de Vitali Volovich

domingo, 5 de mayo de 2013

Un mundo aparte, de Gustaw Herling-Grudzinski


La literatura del horror, aquélla que salió de los campos de concentración nazis, de los horrores de la guerra, o del gulag soviético, constituye un género en sí mismo. Cuando reseñé, hace ya tiempo, La noche, de Elie Wiesel, me pregunté hasta qué punto se puede juzgar la calidad literaria de una obra cuyo valor principal es su calidad de testimonio; una obra que, por muy bien escrita que esté, no sería nada si lo que nos contara no fuera la verdad de la experiencia. No llegué a ninguna conclusión, pero me apetecía repetir mis sesudas reflexiones.

Dicho lo cual, añadiré que con Un mundo aparte, la respuesta está clara: además de ser un impresionante documento, y estar extraordinaramente bien escrito, va más allá del libro de testimonio o de historia, y, como dice Semprún en el prólogo, este libro "es literatura. Lleva el sello, la firma, la huella que no traiciona a un verdadero escritor. No solamente es sincero y auténtico en lo que se refiere al contenido histórico (...). Es auténtico también con respecto a las formas de la literatura, a los valores, orales y culturales de una relación transparente, compleja y rica con la literatura".

La típica "foto del autor" en la Unión Soviética

A principios de 1939, La Unión Soviética entró en negociaciones con Gran Bretaña, Francia, Polonia y Rumanía con el fin de establecer una alianza contra la Alemania nazi. Las negociaciones fracasaron cuando la Unión Soviética exigió derecho de tránsito para sus tropas a través de los territorios polaco y rumano. Como un amante despechado, los rusos firmaron entonces el Pacto Ribbentrop-Molotov, el infame tratado de no agresión entre nazis y soviéticos. Una semana después de la firma del tratado, el ejército del Tercer Reich invadía Polonia desde el norte, sur y oeste. El este se lo dejaban a la Unión Soviética, que el 17 de agosto invadió y se anexionó esos territorios. Más de 200.000 polacos fueron capturados y hechos prisioneros de guerra. En 1940 Herling-Grudzinski, que formaba parte de una organización de la resistencia polaca y luchaba contra los alemanes, fue arrestado por la NKVD y enviado a Siberia por espionaje.

Un barracón de mujeres en un campo de trabajo

Publicado en Gran Bretaña diez años antes que Un día en la vida de Iván Denisovich, Un mundo aparte fue uno de los primeros libros sobre el gulag. Al igual que la obra de Solzhenitsin, este libro fue denostado por los prosoviéticos y democráticamente censurado, por el daño que podía causar a los comunistas, en países como Italia o Francia, donde no se publicó hasta 1985. La sombra de Sartre era alargada. La dignidad, muy corta.

Ser enterrado en vida con suficiente aire para respirar y alargar tu agonía, ser lanzado a un pozo y vivir de los huesos roídos que te lanzan de vez en cuando, tal era la vida de los prisioneros del gulag. De hecho, creo que me quedo corto, dado que además de ese suplicio, los presos tenían que dejarse la vida trabajando un mínimo de doce horas al día, a una temperatura que en invierno no subía de -30º, y vestidos con harapos. No sorprenderá que las referencias a Apuntes de la casa muerta sean constantes. De hecho, cada capítulo se abre con una cita del libro de Dostoievski, evidenciando así, si es que hacía falta, que ochenta años y una revolución más tarde, nada había cambiado en Rusia.

Los niños del gulag, hijos de traidores a la patria

La vida -por decirlo así- en el campo estaba regida por una combinación del refinado sadismo soviético (condenas a diez años que el último día de cumplimiento son prorrogadas otros diez) y la brutalidad más animal. En la jerarquía del gulag, el preso político sólo estaba por encima del moribundo, ese que ya no sirve para trabajar y que, desahuciado, es enviado al Mortuorio, un barracón donde ya no se les obliga a trabajar, y se les deja pudrirse entre escorbuto, pelagra y simple inanición. Por encima de los presos políticos estaban los delincuentes comunes, de los cuales sólo unos pocos, los que demuestren ser reincidentes y completamente inservibles para la vida en libertad, alcanzan la categoría de urka. Éstos, junto con los bezprizornys, delincuentes menores de edad, formaban "la más temible de las semilegales mafias rusas".

El urka es toda una institución en el campo, el segundo cargo más alto después del jefe de guardia; es él quien decide sobre el valor y la corrección de pensamiento de los miembros de su brigada; a menudo se le encomiendan funciones de la máxima responsabilidad, asignándole, en caso de necesidad, un ayudante (...), por sus manos pasan todos los "capullitos", muchachos no iniciados en el sexo, recién llegados antes de que acaben enlas camas de los jefes oficiales (...). Se trata de hombres que piensan en la libertad con la misma repulsión y el mismo miedo con que nosotros pensamos en el campo.

Soy espía inglés, francés, americano, japonés, italiano, alemán, y de algún otro país...

El libro es una amalgama de memorias, ensayo, historia y relatos, aunque estos últimos están siempre basados en  hechos reales. Hay episodios espeluznantes, como "Caza nocturna"; donde el autor es testigo de una violación en grupo, y de la posterior relación de dependencia, casi de idolatría, que se establece entre la víctima y el líder del grupo.
En todos los episodios, los retratos de los prisioneros son excelentes y sus historias, desgarradoras. Una de ellas es la del prestiogioso actor Mijaíl Stepánovich V:

Había en él la humildad de un hombre educado para obedecer y respetar cualquier poder: la disciplina de un ciudadano modelo. Incluso cuando me contaba que lo habían detenido en 1937 por acentuar exageradamente en una película la nobleza de un boyardo de Iván el Terrible, no se permitió esbozar una sola sonrisa, ni siquiera la más leve, y en su rostro se dibujaba la misma gravedad que si relatase un auténtico crimen. "Han hecho lo correcto, Gustaw Yosífovich -repetía-, han hecho lo correcto."

Niños trabajando en la Prisión de Solovki (1933), que Solzhenitsin llamó "la madre del Gulag"

Una de las historias más estremecedoras es sin duda la de Mijaíl Alekséivich Kóstylev, un comunista hasta la médula. Para su mal, Kóstylev descubrió un buen día la literatura, y tras conocer a Flaubert, Musset o Constant, "descuidó sus estudios, se saltó varias reuniones del partido, [y] se encerró en sí mismo."

Caí enfermo de añoranza de algo indefinido -me decía mientras acariciaba con la mano sana su angulosa cabeza rapada-, respiré un aire diferente, como alguien que, sin saberlo, había vivido ahogándose durante toda su vida.

Esta afición por la literatura extranjera lo lleva al arresto y a dar con sus huesos en el campo de Yértsevo. Kóstylev es una de las incontables víctimas de la revolución traicionada, uno de tantos miles de entusiastas idealistas y devotos marxistas cuya fidelidad fue recompensada por el Partido con la tortura, las palizas, la confesión ficticia, el exilio siberiano y la muerte en vida. Pero Kóstylev, como el inolvidable Rishik de El caso Tuláyev, es más fuerte que ellos. No está dispuesto a entregarles su trabajo ni su sudor, y para ello esta dispuesto a... El capítulo dedicado a él se titula "La mano en el fuego".


La suerte de Herling-Grudzinski cambió el día que Hitler le obligó a Stalin a quitarse la venda de los ojos. Con la invasión de Rusia, de la noche a la mañana los alemanes pasaban de ser aliados a enemigos, y un mes más tarde decenas de miles de prisioneros polacos se veían favorecidos, en virtud del Acuerdo Sikorski-Mayski, con la amnistía. Esta amnistía, no obstante, fue muy sui generis, y de hecho en muchos casos no llegó a aplicarse. Cuando Grudzinski se dio cuenta de que, en su caso, el acuerdo se convertía en agua de borrajas, decide, junto a un grupo de prisioneros polacos, iniciar una huelga de hambre con el fin de forzar a la dirección del campo. La huelga de hambre, huelga decirlo, implica también la negativa a trabajar.

La negativa a trabajar se castiga con el fusilamiento instantáneo, sin juicio; en algunos campos se desnuda por completo al preso y se lo deja a la intemperie hasta que da su brazo a torcer o bien hasta que muere.
Una de entre los millones de historias del gulag

Probablemente a Grudzinski lo salvó su condición de polaco, así como el nerviosismo y desconcierto que el inicio de la Guerra Ruso-Alemana habían sembrado entre los oficiales soviéticos. Encerrado en la celda de aislamiento, se negó a abandonar la huelga de hambre hasta que se le permitiera escribir una carta al representante de Polonia ante el gobierno soviético. Se lo jugó todo a una carta y le salió bien. Tras dos años en el gulag, le permitieron abandonar el campo (el término liberación tendría aquí unas connotaciones casi sarcásticas). Se despide de sus compañeros, a los que sabe que jamás volverá a ver con vida.

Yo me sentía fatal. Dante no sabía que no existe en el mundo sufrimiento mayor que experimentar la dicha ante los desdichados, que comer en presencia de los hambrientos. Los abracé en silencio.

Y todavía queda su regreso a la sociedad, su relación con una estalinista de pro que le dice que su experiencia es mentira yque en la URSS no se hacen esas cosas, y su integración en uno de los regimientos formados por los antiguos presos polacos.
Un mundo aparte es apasionante y estremecedor de principio a fin, y el epílogo, en el que el autor nos narra su encuentro en la Roma liberada con un antiguo compañero de barracón, es tristísimo, desolador y magistral. Como documento histórico, este libro no tiene precio, pero son escenas como ésta lo que hacen de él una gran obra literaria.


miércoles, 24 de abril de 2013

Anábasis, de Jenofonte



En las primeras páginas de esa despatarrante novela titulada Las aventuras del buen soldado Svejk, se encuentra uno con un mapa donde se lee: "La anábasis de Svejk". En él vemos una línea recta, y la leyenda indica que ésa es la ruta que debería haber tomado el bravo y afable soldado. En la otra ruta - un garabato que viene, va, sube, baja y se retuerce, y que es la que siguió el héroe- están marcados los puntos donde, por ejemplo,  "a Svejk lo ayudó una anciana muy maternal", o donde "Svejk durmió en un pajar en alegre compañía". Pero las similitudes entre el soldado checo y Jenofonte van, a mi juicio, un poquito más allá de la complicada ruta que siguieron en sus respectivas anábasis.


Nos dice Carlos Varias en la introducción que, de anábasis, la Anábasis tiene más bien poco. Jenofonte tituló su diario Kíroi anabasis, es decir, "subida o marcha tierra adentro de Ciro". Dicha marcha apenas ocupa un puñado de páginas, las que tarda en morir Ciro en la batalla de Cunaxa. El resto consiste en el descenso desde Cunaxa hasta el Mar Negro, y en el viaje que siguió la costa del Mar Negro hasta llegar a Tracia. De haber sido más escrupuloso, Jenofonte hubiera debido dar a su obra el título Anábasis, katábasis y parábasis, título sin mucho gancho y que, por suerte, se quedó en lo que conocemos. El otro título con el que se la conoce, Expedición de los diez mil, es, pues, bastante más adecuado.

Tumba de Artajerjes II en Persépolis

De familia acomodada, discípulo de Sócrates, y de ideas políticas autoritarias, Jenofonte era, ya en los tiempos clásicos, un militar a la antigua usanza. Este veterano de las Guerras del Peloponeso tenía un carácter autoritario que le acercaba más al concepto de gobierno espartano o persa que a la democracia ateniense, a la que no veía con buenos ojos. Por ello se dejó convencer fácilmente por su amigo Próxeno para enrolarse en el ejército que un aspirante al trono persa estaba reclutando.

Todo empezó cuando Darío II de Persia dejó el trono a su hijo Artajerjes II. El hermano de éste, Ciro, conocido como Ciro el Joven -diferente de Ciro el Grande-, quien ya en vida de su padre se había sentido ninguneado, decidió enfrentarse a su hermano y arrebatarle el trono, para lo cual reclutó un ejército de 12.600 griegos (cifra redondeada a la baja) y 50.000 bárbaros, léase no griegos. Jenofonte consultó con su maestro y amigo Sócrates si debía o no alistarse en ese ejército de mercenarios, pero éste le dijo que mejor lo consultara con el oráculo. 

Un hoplita espartano

La historia de esta expedición tiene bastante poco de gloriosa, y si uno se introduce en ella en busca de los nobles valores y el heroísmo que conoce de otros clásicos griegos, va por bastante mal camino. Homero llevaba siglos enterrado, su obra era ya considerada una joya de la literatura, y los mercenarios al servicio de Jenofonte eran capaces de citar fragmentos de ella, pero no de emular a sus héroes. La Anábasis es una historia de mercenarios, y los mercenarios no luchan por una Helena ni persiguen la gloria eterna. Todos querían dinero, tierras y resarcirse de la ruina que habían traído las Guerras del Peloponeso.

Un grupo de ejércitos se unen para luchar, pero no saben contra quién. De hecho, el mismo Jenofonte nos dice que él tampoco conocía los planes de Ciro y que había sido engañado. Afortunadamente, una noche tuvo un oportuno sueño que le reveló la imperiosa necesidad de luchar al lado de Ciro y derrotar a Artajerjes. A la mañana siguiente, Jenofonte se erige en líder de facto y arenga a las tropas. Es interesante señalar que el carácter mercenario y heterogéneo de éstas implicaba que Ciro apenas tuviera poder alguno sobre su ejército, que era en realidad un conjunto de generales cada uno al mando de sus propios hombres. 


A las primeras de cambio, Ciro cae mortalmente herido, y los pocos griegos que se enteran de ello, se miran como diciendo "y ahora, ¿qué hacemos?" Lo mismo le pasó a Artajerjes. ¿Qué hago yo ahora con ese ejército descabezado? Los griegos apenas habían sufrido bajas y librar una batalla con ellos habría sido una carnicería para ambos bandos. Así, tras exigirles la rendición incondicional y obtener un nones por respuesta, el rey persa invita amablemente a los griegos a salir del país. A lo largo de la primera parte del viaje los acompaña a ratos, los vigila, y engaña y ejecuta a unos cuantos generales. Una vez salen del país, les espera toda una odisea, entre tribus bárbaras, puertos de montaña y las cumbres nevadas de Armenia, donde cientos de guerreros perderán la vista, cegados por la nieve, y orejas, narices y dedos de pies y manos, congelados por un frío para el que no estaban equipados.

Los emisarios de Artajerjes negociando con Clearco (gracias a Ioannes Ensis por permitirme utilizar sus excelentes ilustraciones)

La Anábasis tiene un incalculable valor histórico. Está considerado el primer diario de la historia, y el relato de la expedición es prácticamente exacto tanto en lo que se refiere a la ruta seguida como a la duración del viaje. Pero volvamos a las odiosas comparaciones. En Homero uno encuentra un lenguaje bellísimo, unas imágenes eternas y universales, y un descomunal talento poético, pero, por muchas veces que leamos la Ilíada, no aprendemos en ella cómo era la vida en un ejército griego. Jenofonte nos presenta ese mundo con una vividez insuperable, y aunque, insisto, en el libro no se guerrea tanto como uno podría imaginar, la vida de petate, tiendas, emboscadas, privaciones, escaramuzas, miedos, saqueos, traiciones y arengas salta de la página y nos engulle de un bocado.

 ¡El mar, el mar!

La referencia que hacía al principio de la entrada a la inmortal obra de Jaroslav Hasek no viene a cuento sólo por el uso de la palabra anábasis. Lo que une a Jenofonte con Svejk es la visión tan poco heroica de la guerra. Naturalmente, Hasek escribió una farsa (una farsa genial, por si no lo había dicho), mientras que Jenofonte se tomaba a sí mismo muy en serio. Tanto como para referirse en todo momento a sí mismo en tercera persona. Sin embargo, por muy en serio que se tomara el ateniense, es difícil no sonreír ante lo grotesco de alguna de las escenas. A ratos, los soldados de uno y otro bando parecen pasar más tiempo intentando asustarse mutuamente que clavándose espadas. Aquellas macabras descripciones homéricas de sesos reventados y cuerpos partidos por la mitad son reemplazadas aquí por un bando corriendo detrás del otro, hasta que el otro se detiene, se da la vuelta, se lanza al ataque, grita más fuerte y espanta a los primeros.

Muy hasekiano es también el siguiente episodio. Jenofonte era un hombre muy pío, y jamás tomaba una decisión sin antes consultarlo con los dioses. Era menester, para tal fin, realizar los sacrificios de rigor, para así poder leer los augurios en las entrañas de las víctimas. En una ocasión, estos augurios no le son propicios, por lo que decide volver a consultarlo, con los mismos resultados.

-Oh dioses, ¿conseguiremos pronto víveres?
-No.
-Espera, que sacrifico tres bueyes. ¡Oh, deidades!, ¿cuándo encontraremos comida?
-Por aquí no hay.
-A ver si con un par de bueyes más y veinte lechones. ¡Oh todopoderosos...!

A causa de esto, los soldados estaban enojados, pues en efecto, se agotaron los víveres que habían traído consigo...


Uno de los momentos inmortales que han pasado a la historia de la literatura es cuando, tras atravesar  Armenia y dejar atrás Asia Menor, los Diez Mil divisan por fin la costa, y, al célebre grito de "thalassa, thalassa!", ¡el mar, el mar!, llegan a la sorprendida ciudad griega de Trapezonte. A nuestros amigos les va bastante bien en esa ciudad, donde los habitantes les proporcionan mercado (es decir, les venden todo lo que necesitan). Todavía tendrían que suceder muchas cosas, en los siglos venideros, en esa ciudad para que su nombre (Trapezunte, Trapezonte, Trebisonda, o Trapisonda) adquiriera los significados que tiene hoy, "bulla, riña, alboroto" o "embrollo, enredo". 

En algún momento se ha utilizado el término "reportaje" para referirse a este libro. Y creo que no van desencaminados quienes así piensan. La odisea de estos hombres nos lleva todavía en un apasionante periplo por tierras míticas, hostiles, desoladas, ricas, con tribus legendarias, salvajes, sumisas. Conocemos las costumbres de colcos, cálibes, paflagones, tinos; visitamos Cerasunte, en el Mar Negro, y allí probamos por primera vez las cerezas; saqueamos Metrópoli, capital del pueblo de los mosinecos; pasamos junto a un misterioso montículo, y descubrimos que eso es todo lo que queda de Nínive, la mítica y poderosa capital asiria. Y todo ello, con la escritura sencilla, clara y también envanecida, para qué negarlo, de ese gran reportero llamado Jenofonte. 

El buen soldado Svejk en su peculiar anábasis


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