lunes, 5 de noviembre de 2012

El Kalevala, de Elias Lönnrot



¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿Qué hago perdido en medio de este bosque de abedules y abetos, entre alces, osos, lobos y águilas? ¿Qué pinto yo navegando por lagos y ríos repletos de gigantescos lucios? ¿Y qué es este extraño objeto que tengo en las manos?
Recapitulemos.
Todo empezó con Montanelli y su Historia de Roma, a la que siguieron los Anales de Tácito y el Farsalia de Lucano. La constantes referencias en esos libros a las alianzas y guerras entre romanos y armenios me llevaron a Armenia en prosa y en verso, de Ósip Mandelstam. En ese libro quedaba más claro que en ningún otro cómo, para el gran poeta ruso, los asirios eran la encarnación del mal, lo que me hizo interesarme por aquella civilización milenaria. Me zambullí entonces de lleno en La epopeya de Gilgamesh, lo cual reavivó en mí el gusto por los grandes poemas épicos nacionales. Así, cuando en la biblio vi esta edición del clásico finés, no me lo pensé dos veces, y tan grata fue la experiencia que ahora estoy deleitándome con el Cantar de los nibelungos.
Como veis, el camino no ha sido del todo recto sino más ben un zigzag a veces un poco forzado. Pero eso sí, estoy saboreando hasta el último recodo.

La región de Carelia, escenario del Kalevala. Tal que así lo imagina el lector

La cultura finesa es relativamente desconocida entre nosotros. Ello se debe, sin duda y en primer lugar, a la dificultad de la lengua, una de las cuatro lenguas oficiales de la UE que no pertenecen a la familia indoeuropea. Además, se trata de un país de apenas cinco millones y medio de habitantes, de los cuales la mitad, hasta mediados del s. XX, se dedicaban a la agricultura. La posición del país como uno de los más prósperos de Europa es, pues, muy reciente. También es reciente la historia de Finlandia como estado independiente, dado que durante ocho siglos formó parte de Suecia, y a continuación, del Imperio Ruso.

Curiosamente, fue la Revolución de Octubre y su Declaración de los Derechos para los Pueblos de Rusia la que llevó la independencia a Finlandia por primera vez en su historia. La rapidez en hacer uso de ese derecho antes de que Rusia cambiara de opinión se debió, entre otros, al ingente trabajo previo de Elias Lönnrot, que, con su pasión por la lengua finesa, contribuyó de manera notable al movimiento nacionalista finés. De hecho, se considera que el Kalevala, su obra cumbre, fue una pieza decisiva en la formación del sentimiento de identidad nacional finés.
Lönnrot, aparte de médico y reconocido botanista, era un apasionado de la filología y la poesía tradicional popular. Tanto es así que un buen día hizo la maleta y se puso a patearse el país de arriba abajo en busca de material para la Sociedad de Literatura Finesa, creada en 1831.

Estatua de Elias Lönnrot y Väinämöinen, en Helsinki

Lönnrot fue así recopilando fragmentos del Kalevala, que le llevaron a publicar una primera versión de la obra en 1835, conocido com El Viejo Kalevala. El Kalevala que conocemos hoy es considerablemente más extenso que aquél, dado que Lönnrot no dejó de investigar y recopilar material. Así, tras la publicación de la primera versión de la obra, realizó cinco viajes más, hasta completar once en total, a lo largo de quince años. Arhippa Perttunen, Juhana Kainulainen u Ontrei Malinen son algunas de las personas que pasaron a la historia por cantarle a Lönnrot fragmentos del poema.

Arhippa Perttunen

Respecto a la obra, digamos en primer lugar que el Kalevala me confirma en mi teoría de que los grandes clásicos no son sólo accesibles y enormemente amenos, sino que además parecen dirigidos primordialmente al lector juvenil, cuando no infantil. Una vez más, se equivocan quienes piensan que obras como ésta son sólo aptas para eruditos y otros bichos raros. La lectura del Kalevala me ha producido una impresión parecida a la que tuve cuando leí el Orlando Furioso: lamentar no haberla leído muchísimo antes.

La venganza de Lemminkäinen, de Nikolai Kochergin

El Kalevala está considerado una epopeya nacional. Sin embargo, el lector no tarda en percibir que esta maravillosa obra está más cerca de los cuentos de hadas que de de la Ilíada, el Cantar de Mio Cid, o el Cantar de los nibelungos. De hecho, en muchos momentos tenemos la sensación de que lo que estamos leyendo no es sino un larguísimo cuento de hadas.
Así, magia y fantasía están presentes en cada verso de la obra, que, pese a estar fuertemente influida por el cristianismo, parece estar asimismo imbuida de creencias animistas y chamánicas y de una concepción de la palabra como poderosa obradora. Nos dicen Joaquín Fernández y Ursula Ojanen en su interesantísima e imprescindible introducción:

El objeto de la magia (...) era el conocimiento de las "palabras de origen", es decir de aquellos términos que por el solo hecho de nombrar cosas, fenómenos, los explican sin más, y los explican suficientemente. (...) Nombrar las cosas es crearlas, integrarlas en el espacio interior y exterior del ser humano. (...) [El Kalevala] incluso llega a convertir la búsqueda de la palabra mágica en acción, propiciando aventuras y desventuras cuya finalidad es el halazgo de ocultas fórmulas, sortilegios, invocaciones, palabras en suma, que revelen el origen de las cosas...

Como muestra  de lo dicho, leamos las primeras líneas del poema:

Me está rondando un deseo,
la idea viéneme a la mente
de comenzar a recitar,
declamar términos sagrados,
entonar cantos familiares,
viejas canciones de la raza;
palabras fúndense en mi boca,
palabras que cayendo lentas,
precisas llegan a mi lengua,
entre los dientes se disipan.

A partir de este momento, asistimos al mito finés de la creación, donde la Hija del Aire baja al mar y, fecundada por el viento y las olas se finge la madre de éstas. Llega entonces un pato que construye su nido y pone los huevos sobre la rodilla de la madre del agua. De ahí resbalan, se rompen en pedazos y éstos se convierten en la tierra, el cielo, el sol, la luna y las nubes.

Antero Vipunen, el gigante que vive enterrado en el bosque

En el mágico mundo del Kalevala, animales y árboles hablan con los héroes, que a su vez pueden ser descuartizados y resucitar mediante conjuros, o pasarse una temporada tan ricamente en el estómago de un gigante. Escuchad si no a Väinämöinen hablando desde el interior del gigante Antero Vipunen:

Pues yo me encuentro bien aquí, 
resúltame grata la estancia;
el hígado reemplaza al pan,
el sebo le da gusto al hígado,
los bronquios hacen buena sopa,
las grasas un sabroso plato.
Ahora voy a instalar mi yunque
de tu corazón en la carne,
a dejar caer el martillo
en tus partes las más sensibles,
para que no te escapes nunca
sin haberme dado las fórmulas,
los poderosos exorcismos...

Väinämöinen y su kantele. Qué difícil resulta elegir sólo uno de los incontables retratos e imágenes que ha inspirado el héroe del Kalevala.

Los personajes, arquetipos que nos recordarán a otros mitos clásicos, son para la cultura finesa como de la familia. Desde el héroe principal, el barbudo Väinämöinen con su música mágica, hasta Mana, la deidad de la muerte, pasando por el ligón Lemminkäinen o el desdichado Kullervo y su trágico destino, son todos tan interesantes que uno disfruta leyendo simplemente el índice de nombres. 

Kullervo, de Akseli Gallen-Kallela

Por su parte, la historia muestra en todo momento su carácter de epopeya "popular" más que "nacional", al carecer de "una estructura dramática principal que se impone clara e ininterrumpidamente a los elementos secundarios por inesenciales, anecdóticos o simplemente triviales." En otras palabras, a diferencia, por ejemplo, de la Ilíada o el Cantar de los Nibelungos, ambas con una línea argumental básica muy sencilla y definida, el Kalevala está compuesto de cientos de historias y episodios sueltos unidos por la relación entre los personajes y, sobre todo, por el buen hacer de Lönnrot, quien, además de recopilar los versos, se entregó a la ingente tarea de construir con ella una historia que tuviera unidad y coherencia. Pero en cualquier caso, resulta tan difícil como inútil intentar resumir el argumento prncipal de la obra. El Kalevala es una obra para leer, releer, disfrutar, estudiar y vivir.

"Existe una literatura kalaevaliana, una música kalevaliana, una pintura kalevaliana, y, sobre todo, un "sentir" kalevaliano que impregna todos los ámbitos del espíritu nacional."

Disfrutad aquí de una breve versión del Kalevala en imágenes.
El Tío Gilito encuentra el sampo, en La búsqueda del Kalevala

No podía pasar por alto la mención a la constante presencia de un misterioso objeto con extraños poderes, que nunca son del todo revelados. Se trata del sampo, una especie de molinillo mágico que producía grano, sal y moneda. La naturaleza del sampo sigue siendo, aún hoy, un misterio para antropólogos, historiadores y kalevalistas.

Finalizado el tercer día,
Ilmarinen se asomó a ver
el fondo ardiente de la fragua;
el sampo estaba ya forjado,
surgía la cubierta ornada.
El gran martillador eterno
púsose a batir el metal,
a golpearlo con ardor;
así forjó el famoso sampo,
también molino que molía
harina, sal y hasta moneda.

Remitiéndonos de nuevo a la introducción:

¿Es el sampo un símbolo del sol, de la fertilidad de la tierra?, ¿una superación imaginaria de los entonces rudimentarios instrumentos de explotación agríola, algo así como un avance tecnológico? Poco importa. La función que cumple como objeto de discordia, de persecución, eleva a un alto tono la tensión dramática de muchos episodios, y eso basta.

La forja del sampo, de Joseph Alanen

Como ya he señalado, la influencia del Kalevala en la cultura y la sociedad finesa, tanto a lo largo del siglo XX como hoy en día es inmensa. En música, sin ir más lejos, existen grupos de rock y heavy metal fineses cuyas canciones están basadas en historias del Kalevala. Pero esta influencia ya se dejó sentir hace más de un siglo, cuando el gran compositor finés por excelencia, Sibelius, compuso varias de sus obras sobre motivos y personajes del Kalevala. Una de sus primeras composiciones fue Kullervo, uno de los personajes más trágicos de la obra, y a quien ya me he referido antes. Os dejo con él.



miércoles, 17 de octubre de 2012

La epopeya de Gilgamesh



Nunca olvidaré la cara que puso una compañera de trabajo cuando vio que estaba leyendo un libro titulado Farsalia, de un autor llamado Lucano. Fue esa mezcla de horror y admiración que, quizá vosotros también lo hayáis observado, suscita entre ciertos círculos la lectura de cualquier libro escrito hace más de diez años. No quiero imaginar las consecuencias que habría tenido para su salud descubrir que, pocos días más tarde, estaba leyendo Gilgamesh, que, para más inri, tiene la palabra "epopeya" en la portada.

Se ha convertido en un lugar común decir que la lectura de los clásicos nos puede deparar enormes sorpresas si sabemos acercarnos a ellos libres de prejuicios. Así, lo que nos suena a plúmbeo, lento, retórico y anticuado, en muchos casos, nos dicen, es en realidad un frenesí de acción y aventuras, y un delirio de ingenio. Pues bien, todo eso es cierto, pero, en mi caso, pocas veces ha sido más cierto que con La epopeya de Gilgamesh.

Hormuzd Rassam, el descubridor

Iría aún más lejos, y diría que Gilgamesh es uno de esos clásicos que no sólo nos sorprenderán, sino que apelan directamente al lector apasionado, idealista, romántico y arrogante, en suma, al adolescente que un día fuimos. No existe, no  puede existir un solo lector joven que no se sienta atrapado desde estas inmortales primeras líneas:

Oh, divino Gilgamesh, señor de Kullab, grande es tu gloria.
Él fue quien vio el fondo de las cosas, conoció todos los países del mundo,
todo lo supo, todo lo enseñó.
compartió su experiencia y cada uno la aprovechó.
Él fue sabio entre los sabios,
penetró los misterios, supo el secreto de cuanto estaba oculto,
reveló cuanto hubo en los días pasados, antes del Diluvio.
Su vida fue un largo viaje, aprendió sufriendo,
y, al volver de lejanos trabajos, sobre una estela grabó todas sus proezas.

La que hoy conocemos como La epopeya de Gilgamesh es en realidad el fruto de un mejunje de diferentes versiones que distan varios siglos entre ellas. Así, la primera fue escrita hace casi cuatro mil años, mientras que las más recientes están datadas del s. XIII al X a. de C. Obsérvese que las más recientes son varios siglos más antiguas que las obras de Homero.

Henry Layard dirigiendo la excavación de las ruinas de Nínive

En 1839, Sir Austen Henry Layard, viajero, arquitecto, ¡cuneiformista!, historiador, político y coleccionista entre otros talentos, en definitiva, un apasionado erudito de los que ya no existen, emprendía viaje hacia Ceilán con la esperanza de ocupar allí una plaza de funcionario. Por suerte para todos, hizo un alto en Oriente Medio que se prolongó un par o tres de décadas. De hecho, jamás llegó a Ceilán, tanto se entusiasmó con las excavaciones en Turquía, Mesopotamia y en las ruinas asirias en Nínive, en los alrededores de Mosul.

Templo de Eanna en Uruk, ciudad de Gilgamesh, y de donde probablemente deriva el nombre Irak

En las excavaciones de Mosul, Layard conoció a Hormuzd Rassam, un joven de 20 años de origen asirio, que le impresionó por su carácter entusiasta y trabajdor. Layard contrató a Rassam, quien en 1849 (1853 según otras fuentes) descubrió, en la Biblioteca de Asurbanipal, en Nínive, las tablillas de La epopeya de Gilgamesh mejor conservadas, y que constituyen la denominada versión estándar.

Estatua de Asurbanipal en San Francsico

La verdad es que las historias de Layard, Rassam, el hallazgo de las tablillas y su traducción merecerían por sí solas toda una entrada, si no varias. El hallazgo pasó despercibido a algunos de los excavadores, que no se dieron cuenta de que esas tablitas de barro estaban cubiertas de inscripciones, por lo que es probable que muchas de ellas se perdieran. No obstante, se calcula que sólo en el Museo Británico se conservan alrededor de 25.000 tablillas.


Basta observar cómo son estas inscripciones y el tamaño de las tablillas para darse cuenta de que la tarea de descifrar los textos en babilonio debe de haber sido absolutamente titánica.


 Cabe imaginar, pues, las dificultades que entraña convertir esas tablillas en un texto medianamente coherente que no vuelva loco al lector actual. En ocasiones he hojeado versiones de esta obra, y me he encontrado con (...) páginas [donde] una (de) cada (.....) palabras [ininteligible] estaba entre (...). Y la verdad, así no hay quien lea. La versión que he leído (y releído ipso facto) es la que veis al principio de la entrada, una edición de 1960 que imagino dista bastante de otras versiones más modernas. Esta de Penguin, sin embargo, tiene una frescura y un ritmo que no es fácil de conseguir, y que es lo que, a mi juicio, lo llena de vida y lo aleja de un libro para eruditos.

Duelo entre Gilgamesh y Enkidu

La historia que se nos cuenta es la de la amistad entre Gilgamesh, histórico rey asirio, y el hombre salvaje Enkidu, sus correrías y luchas con toros del cielo, gigantes y hombres escorpión, la desolación de Gilgamesh ante la muerte de su amigo, y su desesperada e inútil búsqueda de la inmortalidad. Así de sencillo y así de maravilloso.
Cada capítulo nos fascina por sus imágenes, por sus ecos a lo largo de toda la historia de la literatura, por su sencillez, por su grandioso olor a milenario.
Tras  los versos iniciales que he mencionado más arriba, nos viene la historia de Enkidu, el salvaje, creado por los dioses para distraer un poco a Gilgamesh, que estaba haciendo la vida imposible a los habitantes de Uruk. Enkidu, criado por animales y alimentándose hierbas, pierde su fuerza animal al yacer con una mujer, Shamhat.

Enkidu se fue debilitando, pues ahora tenía sabiduría y su corazón albergaba pensamientos de hombre.

Los animales lo rechazan, y Shamhat convence a Enkidu a que se acerque a Uruk, donde reta a Gilgamesh a una pelea. Es el comienzo de una amistad inmortal. (A nadie se le escapa que esta relación tiene un claro componente homosexual, a pesar de que son varios los expertos que lo niegan).
A partir de ese momento, las aventuras se suceden que da gusto. En una de las primeras, los dos amigos se enfrentan al gigante Humbaba, guardián del Bosque de los Cedros. No cuesta imaginar que en una tierra como la de Asiria, la madera debía de tener un valor igual o superior al del oro. Más adelante,  los dioses, intentando insuflarle ánimos, recordarán a un Gilgamesh atormentado por su mortalidad que llevar a la ciudad la madera de cedro había sido una de sus grandes gestas.

Bosque de Cedros, inestimable tesoro guardado por el gigante Humbaba

Otro episodio lleva a nuestros amigos a enfrentarse al Toro del Cielo. Esta bestia es enviada por la diosa Ishtar, que pretende vengarse así del rechazo de Gilgamesh a sus favores sexuales. Entre los dos matan al toro, y, en una escena que cobra misteriosa relevancia, Enkidu le lanza a Ishtar una de las patas traseras del animal. Los dioses, furiosos, deciden castigar a uno de los dos, y le toca a Enkidu. La prolongada agonía y muerte final de su amigo llena a Gilgamesh de desesperación, no sólo por haber perdido a su amado amigo, sino también por darse cuenta del inevitable destino al que también él, dos terceras partes dios, una tercera parte humano, está condenado.

Gilgamesh y Enkidu matan al Toro del Cielo.

La epopeya de Gilgamesh ha sido objeto de incontables estudios, pero, como no podía ser de otra manera, tratándose de una obra de casi 4.000 años de antigüedad, sigue llena de misterio para el lector. La escena ya mencionada del cuarto trasero del toro no es más que un ejemplo de entre mil. Podría mencionar también esas extrañas piedras del barquero Urshanabi, que Gilgamesh destruye en un arrebato de furia. Cada línea parece remitirnos al subconsciente, a mitos olvidados, por descontado a la historia, a la antropología y, de manera especial, a la Biblia. 
Como ejemplo más claro, aunque no el único, en Gilgamesh tenemos la primera referencia al diluvio universal, que, como en la Biblia, tuvo lugar mucho antes de la historia que se nos cuenta. En su búsqueda del secreto de la inmortalidad, Gilgamesh parte en busca de Utnapishtim, a quien, tras haber sobrevivido al diluvio, los dioses concedieron la vida eterna. En su viaje tendrá que cruzar los Montes Mashu, custodiados por los temibles Hombres escorpión, y atravesar el Mar de la Muerte. Utnapishtim cuenta a Gilgamesh la historia del diluvio. En lugar de cuarenta días, el diluvio en Gilgamesh dura seis días y seis noches. Desde su barco, encallado en una montaña, Utnapishtim suelta una paloma, una golondrina y un cuervo, y sólo cuando este último no regresa, decide abrir el barco y dejar salir a todos los animales.
Y todavía hay tiempo para más aventuras y más búsquedas imposibles antes de llegar al final.

Urshanabi el barquero ayuda a Gilgamesh a cruzar el Mar de la Muerte

No está muy claro cómo termina la Epopeya de Gilgamesh, dado que hay versiones sumerias, acadias, hititas, todas de diferentes épocas, que se solapan y contradicen. Según algunas versiones, por ejemplo, la tabla XII y última nos presenta a un Enkidu redivivo que decide emprender un viaje al inframundo. Mi antigua edición de Penguin, que, como ya he señalado antes, se preocupó por ofrecer una versión ante todo coherente, y que probablemente difiere en algunos aspectos de versiones más modernas, incorporó la versión sumeria en lugar de la acadia.
Gilgamesh es derrotado por su humana mortalidad.



miércoles, 3 de octubre de 2012

Armenia en prosa y en verso, de Ósip Mandelstam


En Eriván y en Echmiadzín
la gran montaña se bebió todo el aire,
habrá que seducirla con una ocarina,
tentarla con una flauta, para que la nieve se funda
en la boca.

He buscado infructuosamente la versión original de estos versos, para ver si el poeta habla de una ocarina, o si, como sospecho, se trata en realidad de un duduk. Descubrí este instrumento hace ya unos cuantos años en una de mis peregrinaciones a la tienda etnomusic. Allí vi un día un CD de un músico llamado Djivan Gasparyan, que tocaba un instrumento llamado el duduk. Este milenario instrumento, también llamado tziranapogh ("cuerno de albaricoque"), es uno de los símbolos nacionales armenios por excelencia. A primera vista, se trata de una simple flauta, pero su sonido, bastante más grave y dulce que el de ésta, lo acerca más al clarinete. Suena así:


Mandelstam cumplió su anhelo de viajar a Armenia gracias a las expediciones literarias que organizaba el poder soviético, a fin de que los escritores pudieran constatar el florecimiento económico de las diferentes repúblicas, así como la implantación y desarrollo del socialismo. El poeta se sentía atraído hacia aquella tierra, más que por la envidiable prosperidad soviética, por los aspectos culturales y religiosos, que hacían del país un oasis de cristiandad y cultura clásica en medio de un - según su punto de vista- páramo de barbarie y salvajismo. Mandelstam nadaba así contracorriente en medio del fervor orientalista de aquellos años. Quién mejor, pues, para cantar al último bastión europeo en oriente.

Y diste la espalda, con dolor y vergüenza,
a las ciudades barbudas de Oriente;
y ahora yaces en lecho cegador
y te moldean la máscara mortuoria.

Los asirios y sus recias barbas eran, para Mandelstam, un símbolo de barbarie y totalitarismo.

La nostalgia de la cultura clásica, según sus propias palabras, fue lo que empujó al poeta a emprender este viaje. Mandelstam, junto con Anna Akhmatova, era el mayor representante de la corriente poética llamada acmeísmo. La palabra acmé, de origen griego, y que nos trae ecos de los explosivos que el coyote empleaba para cargarse al correcaminos, significa de hecho "cumbre, zénit", y los acmeístas querían expresar con ella esa nostalgia de una cultura clásica y universal. Este grupo poético, estrechamente relacionado con el simbolismo, abogaba por la claridad de exposición y la expresión directa a través de imágenes. Huelga decir -y si no, ahí están los poemarios Tristia y Cuadernos de Voronezh- que esa claridad de exposición no tiene nada que ver con la claridad de significado: a excepción de sus poemas sobre Armenia, la poesía de Mandelstam es de las más complejas que se puedan leer.

 "Este es el único país en el que respetan la poesía: matan por ella"

De familia judía, Mandelstam se convirtió al cristianismo para así poder estudiar en la universidad de San Petersburgo, de la que los judíos estaban excluidos. Así, aunque su conversión fue obligada, creo no equivocarme si digo que Mandelstam tenía bastante más de cristiano que de judío. El cristianismo fue, precisamente, otro de los aspectos que le impulsaron a realizar aquel viaje. Armenia, que fue el primer país que adoptó el cristianismo como religión oficial, está perpetuamente unida al Antiguo Testamento, siendo el Monte Ararat, allí donde Noé perdió el Arca, el mayor símbolo nacional. Ha querido el sádico destino que dicho símbolo sólo lo puedan ver los armenios desde el otro lado de la frontera que los separa de Turquía, país que perpetró contra ellos el genocidio olvidado del siglo XX, un genocidio cuyas huellas, quince años después de la matanza, todavía estaban frescas.

Así conocí el espanto
que nace del alma misma,
en Shushá, ciudad carnívora
de Nagorni Karabaj.

Miles de ventanas muertas
asiman por todas partes
y el capullo del trabajo
yace vacío, enterrado.

Las casas muestran, impúdicas,
su cuerpo rosa desnudo,
y sobre ellas se nubla
la peste de azul oscuro.

 Un oficial turco muestra un pedazo de pan a los refugiados armenios

Acantilado ha decidido publicar juntos el Viaje a Armenia y los poemas que aquel país le inspiraron. Para ello han considerado necesario que desaparezca de la portada el título de uno de los libros más conocidos del poeta. Quizá pensaron que se trataba de un título un tanto engañoso, que nos puede llevar a pensar en un libro de viajes al uso, a saber, la crónica de un viaje y las impresiones que éste puede despertar en un poeta. En realidad, Viaje a Armenia es eso, mucho más que eso y, en más de una ocasión, todo lo contrario.
Así, al lado de episodios como "Seván", "Ashot Ovanesián " o "Ashtarak", tenemos otros con títulos como "Los franceses" o "En torno a los naturalistas". Mandelstam parece prescindir de cualquier tipo de estructura. Abre el libro in media res, nos describe gentes, ruinas, salta hacia atrás en el tiempo para hablar de sus días en Moscú y su compañero de piso, o se pone a hablarnos del impresionismo o del modo en que los estudios sobre la evolución que habían llevado a cabo Lamarck, Darwin y Pallas pretenden subvertir la verdad poética. Y no hace falta decir que el lector en ningún momento deja de recordar que lo que está leyendo no es el libro de un viajero, sino el de un poeta. Un poeta que, a decir de muchos, está entre los más grandes del siglo XX. Unas citas casi al azar:
El profesor Jachaturián, con una cara de piel estiradísima como la de un águila, bajo la cual se marcaban todos los músculos y tendones numerados y subtitulados en latín, ya se paseaba por el muelle con su levita negra de corte otomano.
Toda la isla está sembrada de huesos amarillentos, como en Homero: restos de los picnics piadosos de las gentes del lugar.


Sobre la mesa se desplegaba una espléndida sintaxis de flores campestres revueltas, de alfabetos distintos, gramaticalmente incorrectas, como si todas las formas preescolares de la existencia vegetal se hubieran fundido en un sonoro poema de antlogía.
Cuando yo era pequeño, por puro amor propio tonto, por falso orgullo, nunca iba a buscar bayas ni me agachaba para recoger setas. Más que las setas me gustaban las piñas góticas y las bellotas hipócritas, enfundadas en sus menudas capuchas de monje. Yo acariciaba las piñas. Ellas se erizaban bajo mi mano.
...donde los hortelanos cultivan planteles de coles que parecen proyectiles con mechas verdes. Estas bombas de col, de color verde pálido, amontonadas en abundancia escandalosa, me recordaban vagamente la pirámide de cráneos de la aburrida pintura de Vereschagin.
Nadezhda Mandelstam, que memorizó la obra poética de su marido para evitar su pérdida.

Los poemas que cierran el libro son, como he señalado más arriba, bastante más accesibles que los de otros libros de Mandelstam y, en este caso, constituyen, de manera más acusada que el propio Viaje a Armenia, un verdadero diario de viaje. De hecho, Mandelstam empezó a componerlos en Armenia, mientras que el Viaje..., curiosamente, lo terminó dos años más tarde, en Moscú, rememorando sus emociones en tranquilidad.
Habla punzante del valle Ararat, gato salvaje: habla de Armenia, lengua rapaz de ciudades de arcilla,habla de adobes hambrientos.(...)
Yo amo a este pueblo que vive a puro esfuerzo,
que computa cada año como un siglo,
que da a luz, que duerme, que grita,
aprisionado contra la tierra.
Tu oído fronterizo acoge todo sonido;
ocre, ocre, ocre,
en la maldita profundidad de mostaza.
En 1933, el mismo año de la publicación del Viaje, Mandelstam escribía el famoso poema sobre Stalin, con el que firmó su sentencia de muerte. Ésta tardó en llegar cinco años más, unos años de exilio permanente, constantes arrestos, prohibición de trabajar, frío y hambre. Nadezhda, su esposa, autora de Contra Toda Esperanza, uno de los retratos más desoladores del Gran Terror y de los últimos años de vida del poeta, nos cuenta hacia el final del libro que
para Mandelstam la llegada a Armenia significó la vuelta al seno materno: al lugar donde todo había empezado, a la tierra de los padres, a las fuentes, a la fuente. Después de un largo silencio, fue en Armenia dnde recuperó los versos, y ya no le abandonaron nunca más...
El valle de Ararat

Una vez más, me veo obligado a comentar algunos aspectos negativos de la edición. Si bien la traducción de Helena Vidal es, por lo general, excelente, máxime teniendo en cuenta que Mandelstam es uno de esos poetas "difíciles", la edición no parece haber pasado por una revisión demasiado rigurosa. Tenemos alguna expresión poco afortunada, como "recuerdo con agradecimiento" en lugar de "con gratitud"; alguna intolerable falta de ortografía, como "girones"; y algún que otro catalanismo, como "lampistas" por "fontaneros", o, uno que detesto especialmente, el uso de "explicar" en lugar de "contar" ("no explicaba nada del viaje en avión"). No obstante, y salvando estos detalles, la prosa y el verso de Mandelstam, así como la iluminadora introducción de Gueorgui Kubatián, hacen de este libro una pequeña maravilla de esas que nos llevan de la última página otra vez a la primera.

Os dejo una generosa sesión de duduk, con el gran Gasparyan en concierto.


jueves, 20 de septiembre de 2012

Historias a la romana


Siempre me ha gustado la prosaica y muy verosímil explicación de la leyenda de Rómulo y Remo, según la cual los dos gemelos no fueron amamantados por una loba sino por una puta (también llamada lupa en latín; de ahí nuestro lupanar). Montanelli, sin embargo, no va tan lejos, y nos dice que si los muchachos del barrio la llamaban loba era debido a su "carácter salvajino" y las muchas infidelidades que le propinaba al bueno de su marido. Informaos por ahí y veréis, no obstante, que la polémica sobre el honor de la señora Acca Laurentia no está del todo cerrada.

 Acca Laurentia, escultura de Jacopo della Quercia 

El reto de resumir la historia de Roma en unos pocos centenares de páginas, de una manera clara y amena que nos mantenga horas y horas atentos a las correrías de Silas, Agripinas, Marciales o Salustios lo superó Montanelli con creces. El absurdo reto de hacer un resumen del resumen, ni se me pasa por las meninges aceptarlo. Sencillamente, este libro es una maravilla por las razones ya mencionadas y porque, además, consigue algo que pocos libros (bueno, tampoco he leído tantos al respecto) habían conseguido: que este lector entienda lo que le cuentan y, cuando no entiende algo, se debe probablemente a que no es tan importante. Por fin, casi treinta años después de terminar secundaria, puedo decir algo sobre los etruscos, Aníbal, los idus de marzo, o ver un cuadro del rapto de las sabinas y saber de qué me están hablando.

El picassiano rapto de las sabinas

Huelga decir que entender no es lo mismo que absorber. Una vez hemos terminado esta aventura de más de mil años, pocos datos concretos podemos recordar. La gran virtud de este libro, sin embargo, es que consigue como pocos que el lector se lance a por otros relacionados con el tema. Verbigracia:
  

Me uno al coro de lectores e historiadores que, a lo largo de la historia, han lamentado la pérdida de casi la mitad de los libros de que constaban los Anales originalmente. Estos libros perdidos cubrían la vida y milagros nada menos que de Calígula y Claudio (aunque sí se salvaron las páginas correspondientes a los últimos años de Claudio), y cabe imaginar que habrían sido de lo más jugoso. Porque lo que hace Tácito con Tiberio tiene un mérito enorme.
Y es que existen los tiranos depravados y los tiranos monacales. Tiberio, que ocupa casi la mitad de lo que ha sobrevivido de la obra, pertenece a la segunda categoría. En las páginas de Tácito vemos fascinados cómo este personaje soso, oscuro y austero ("taciturno y casto", en palabras de Montanelli), instauró un régimen de terror, delaciones y persecución que ríete tú de Stalin. Sin embargo, resulta interesante contrastar los Anales con la opinión de Montanelli, quien nos dice que en sus primeros años Tiberio dirigió el imperio con "equidad y tino" y dejó las arcas del estado repletas, pero, como les sucedió a otros, ha pasado a la historia a través de los rencorosos retratos de Tácito y Suetonio.


Un personaje relativamente "menor" (léase, no llegó a imperar) fue Germánico, sobrino de Tiberio. Este gran líder militar nos brinda unas páginas absolutamente inolvidables, en las que se nos relata cómo las tropas romanas se adentraron en el bosque de Teutoburgo y, allí, entre tinieblas y esqueletos, consiguieron recuperar las águilas imperiales que Publio Quintilio Varo había perdido unos años antes en una ignominiosa derrota a manos de los germanos. Se sospecha que Germánico, muy popular y querido por el pueblo, murió envenenado por órdenes de su tío, pero, en cualquier caso, el crimen ha prescrito.


Así es el bosque de Teutoburgo, y así lo imagina uno leyendo a Tácito.

Si Tiberio era el tirano monacal, Nerón, junto con Calígula, Gadaffi, Mao Zedong y otros, se disputa el título de Tirano más Depravado de la Historia.
Estoy seguro de no ser el único que no puede pensar en Nerón sin que le venga a la mente la imagen del inolvidable Peter Ustinov en Quo Vadis. Según los historiadores, Nerón dejó tras de sí un caudaloso reguero de atrocidades, aunque hoy se piensa que no todas las acusaciones son ciertas. Es un hecho que hizo matar a su madre, que quemaba vivos a los de la secta de los cristianos para tener luz en sus fiestas nocturnas en el jardín; que mató a su su esposa Popea, embarazada, de una patada en el vientre; o que se encaprichó de un jovencito llamado Sporo, al que hizo castrar para poder casarse con él. Pero, en su defensa, hay que decir que, aunque el incendio de Roma le fue muy bien para renovar la ciudad y hacerse sitio para un palacio, no está demostrado que se pusiera a tocar la lira mientras la ciudad ardía.



 Este entrañable personaje nos sirve de perfecto enlace para comentar el siguiente libro de romanos que me dio por leer.


Aunque el libro rodaba por casa desde hacía años (desconozco por completo de dónde salió), confieso que no tenía ni idea de quién era Lucano ni de qué trataba Farsalia. Además, la editorial Gredos es tan seria e impone tanto respeto que, al coger uno de sus libros, uno se siente como un estudiante de filología clásica en el último año de doctorado, que, cuando sus amigos lo llaman y le dicen "eh, ¿te vienes a tomar una birra con Salinger, Lovecraft y Boris Vian?", él responde, un tanto avergonzado, "no puedo, he quedado con Lucano". Pero en cuanto abre el libro y se introduce en la excelente introducción, vive la rédundance, de Antonio Holgado Redondo, se disipan sus temores. Dice la primera línea:

La vida de Marco Anneo Lucano tuvo las mismas características de un fuego fatuo: brevedad y fulgor.


El cordobés Lucano, sobrino de Séneca, tuvo, efectivamente, una juventud fulgurante que lo llevó, a sus tiernos 22 añitos, a codearse con el mismísimo Nerón, de quien era amigo íntimo. Para su desgracia, Nerón trataba a sus amigos íntimos como si fueran su madre. Y si además, como nos cuenta Tácito, un celoso "Nerón trataba de aminorar la fama de sus poemas y le había prohibido publicarlos, llevado por una rivalidad sin sentido", pues a nadie sorprenderá el final de nuestro autor. Curiosamente, Farsalia se abre con unas alabanzas de Nerón tan hiperbólicas que los críticos aún no se ponen de acuerdo sobre si el texto estaba escrito con intención irónica, y Lucano se estaba burlando de algunos rasgos físicos del emperador, o si no se trataba más que de un elogio protocolario.

Farsalia, también conocida como De Bello Civili, o Sobre la Guerra Civil, nos narra las luchas entre Julio César y las fuerzas del senado romano desde el momento en que aquél cruza el Rubicón, y que alcanzaron su momento culminante en la batalla de Farsalia. Montanelli se refiere a la obra con su habitual severidad, y la califica de "retórica y mediocre". Hombre, no nos engañemos: Lucano no era Virgilio, de acuerdo, pero es innegable que esta obra es interesantísima, que su influencia a lo largo de la historia ha sido enorme, y que contiene escenas verdaderamente memorables. Y desde luego, no todo el mundo es capaz de escribir una obra así a los 22 años.

La muerte de Catón, vista por Jean-Paul Leurens. La mayoría de artistas prefirió retratar el momento después

Ni César, que cuando no está guerreando tiene la sensación de estar perdiendo el tiempo, ni Pompeyo el Magno, a quien le sobraban años y grasa, y le faltaba vigor. Lucano detestaba tanto el Imperio como su personificación en César (o Nerón), y, a su pesar, veía a Pompeyo tan sólo como una especie de mal menor. Sus constantes elogios al Magno parecen más movidos por la buena voluntad que por la convicción, y en cualquier caso no compensan por las debilidades de un hombre tristón que, sombra de lo que fue, sencillamente, era incapaz de enfrentarse a César. Con Pompeyo y con el resto de personajes, Lucano se destaca por sus excelentes retratos psicológicos.
El único que de verdad emerge de la obra como un hombre lleno de dignidad, orgullo e integridad es Catón, quien prefirió quitarse la vida antes que vivir en el imperio de César. Catón era estoico, y aunque los romanos no necesitaban serlo para clavarse una espada en el vientre, quizá el estoicismo le ayudó a Catón a sacarse los intestinos él mismo tras fallar en el harakiri.

La llanura de Farsalia

Nos señala Holgado que Farsalia, concebida al modo de la Eneida de Virgilio, difiere de ésta en un aspecto fundamental. Mientras la Eneida nos narra la fundación de Roma muchos siglos atrás, Lucano canta una batalla ocurrida apenas unas décadas antes. Uno podría pensar que, en consecuencia, Lucano prefirió hacer una crónica a la manera de Tácito, en lugar de un poema épico, como hizo Virgilio. Sin embargo, no es así, y el libro de Lucano rebosa retórica por los cuatro costados. Además, Lucano no tiene inconveniente en inventarse los hechos si así le conviene al poema. Porque eso es Farsalia, un poema épico inspirado en una batalla crucial en el curso de la historia, y en ese sentido apenas difiere de la Eneida. La diferencia a la que me refería radica en que, a diferencia de la obra de Virgilio y de sus personajes, juguetes de los dioses, en Farsalia tenemos personajes movidos por sus pasiones y debilidades como personas, sobre cuyos actos los dioses poco tienen que decir. 

La huida de Pompeyo, de Jean Fouquet
Como ya he dicho, el libro contiene escenas memorables. Una de ellas tiene lugar en el libro VI: Sexto, hijo de Pompeyo, quiere saber qué les va a deparar la batalla, y, ya en Tesalia, visita a la bruja Erichtho. Ésta, muy amablemente y con el fin de poder revelarle su porvenir, se agencia el cadáver de un soldado muerto y...
...por fin, se lleva con una cuerda al cuello el cuerpo elegido y, con un garfio prendido a los fúnebres lazos, por riscos y peñas arrastra al mísero cadáver destinado a volver a la vida (...) Entonces, lo primero, llena de sangre hirviente el pecho, tras abrirlo con nuevas heridas, limpia de podre las médulas y le suministra copiosamente virus lunar. A éste se mezcla todo lo que ha producido la naturaleza en parto monstruoso: no faltó la espuma de perros hidrófobos, ni las vísceras del lince, ni la vértebra nodal de la dura hiena (...) Cuando, tras pronunciar estas palabras, levantó su cabeza y su boca espumeante, ve allí en pie la sombra del cadáver echado en tierra, temerosa de los miembros sin vida y del odioso confinamiento de su antigua prisión. Le da pavor introducirse en un pecho y en unas entrañas abiertas...

Aunque nunca pasó de ser un personaje secundario, la fascinante figura de Erichtho (también Ericto y Erictón) ha protagonizado celebérrimos cameos en la literatura universal. Su siguiente aparición fue en La Divina Comedia y, posteriormente, en la segunda parte del Fausto de Goethe. Además, sirvió de clara inspiración a Shakespeare para las brujas de Macbeth y, dicen algunos, a Mary Shelley para la creación de su monstruo.

Erichtho, de John Hamilton

Farsalia es una obra inconclusa, que termina de manera brusca en el libro X. Curiosamente, el desenlace de la gran batalla tiene lugar en el VII, después de la aparición de Erichtho. Tras la derrota de Pompeyo, como había predicho la bruja, quizá Lucano pensaba concluir la obra con su otra predicción, a saber, el asesinato de César. Entre ambas muertes, la del Magno, presenciada por su horrorizada esposa, y la de César, a la que no llegamos, Lucano nos regaló todavía unas páginas extraordinarias, entre ellas, las que relatan la huida de Pompeyo, el reecuentro con su mujer, y su cobarde asesinato llevado a cabo por el eunuco Potino y ordenado por el niño rey Ptolomeo XIII, en un intento de congraciarse con el futuro emperador de Roma.

César contemplando la cabeza de Pompeyo, de Giambattista Tiepolo

Implicado junto a su tío Séneca en la Conjura de Pisón, Lucano fue obligado por Nerón a suicidarse. Su  muerte nos la describe así Tácito:



A continuación ordena el asesinato de Anneo Lucano. Éste, cuando se fue desangrando, empezó a notar que se le enfriaban los pies y las manos y que la vida se le retiraba poco a poco de las extremidades mientras que su pecho aún estaba caliente y conservaba la conciencia; entonces, recordando un poema que había compuesto en el que narraba que un soldado herido moría de una muerte parecida, recitó aquellos mismos versos y ésas fueron sus últimas palabras
.
Los versos en cuestión comienzan así:

Una mano de hierro, al trabar en la popa sus garfios atenazantes, enganchó a Lícides...

jueves, 6 de septiembre de 2012

De malditos y cultos


-Mi papá tiene un Mercedes.
-Pues el mío es un autor de culto.
-¡Hala! ... ¿Y eso qué es?

Buena pregunta, pezqueñín. Para algunos, un autor de culto es aquél que sólo ellos y unos pocos iniciados conocen. Esos lectores sufren de un afán posesivo que les obliga a renunciar, ¡qué digo renunciar!, repudiar a su autor de culto personal cuando es otra persona quien se lo menciona. Así, para muchos, Murakami fue un autor de culto hasta el día en que alguien les preguntó:
-¿Conoces a un autor que se llama Haruki Murakami?
-Sí, pero yo ya he leído todo lo bueno de Murakami Haruki. Desde que dejé de leerlo, sólo escribe bazofia para lectorzuelos como tú.


La conferencia del autor de culto alcanzó momentos de gran intensidad


Otros piensan que ser un desconocido del gran público no es tan importante como que no te lean. Es decir, se puede ser autor de culto aun si te conoce mucha gente, con tal de que sólo sean cuatro gatos los que te leen. Sin embargo, hay que tener mucho cuidado y no pasarse. Porque si en vez de leerte cuatro gatos, resulta que no abre un libro tuyo ni Cristo, no te conviertes en autor de culto, sino en autor maldito. Es una línea muy delgada, lo sé.


Eso es lo que le sucedió a Frederick William Rolfe, también desconocido como el barón Corvo. Este pintoresco personaje, nacido en 1860 y muerto a lo Aschenbach en Venecia apenas medio siglo más tarde, se ganó a pulso la reputación de autor maldito. Hoy no lo lee nadie, o lo que es lo mismo, su popularidad se ha mantenido intacta a lo largo de los años. Bueno, exagero un poco, pero es que si no, no me salía el chiste. En realidad, el barón escribió un buen puñado de novelas, y una de ellas, Adriano VII (¿no es maravilloso que esta entrada de wikipedia esté sólo en inglés y en suomi?) sigue editándose, por lo menos en inglés, y es considerada una obra notable.



Sacerdote frustrado, fotógrafo aficionado, competente pintor y, sobre todo, compulsivo, fanático y obseso escritor de cartas, el personaje que nos presenta A.J.A. Symons (Alphonse James Albert, tela marinera) es ciertamente inolvidable. Uno tiene la impresión de haber conocido a decenas de tipos con uno o dos de los rasgos que caracterizan a Corvo, pero reunirlos todos en un mismo organismo sólo está al alcance de los privilegiados.

 Fotografía realizada por Corvo, que sin duda sabía cómo ganarse al público victoriano

Nuestro barón, además de ser escandalosamente homosexual en la misma época que martirizó a Oscar Wilde, sufría de paranoia y delirios de grandeza que era un primor. Nadie duda que el personaje de Adriano VII es Corvo visto por sí mismo, ya que la novela nos cuenta la historia de un cura apartado injustamente del camino del sacerdocio y que acaba convirtiéndose en Papa. Ahí es nada.

Tenía Corvo una rara habilidad para ejercer una poderosa fascinación sobre todo aquél que lo conocía, y para acabar llevándose mal (y cuando digo mal, quiero decir mal) con todo el mundo. El proceso que le llevaba de la amistad al odio era rápido, pero entre ambas etapas siempre había tiempo para que Corvo sableara una buena docena de veces a sus benefactores. De hecho, después de romper de manera más o menos tácita con su familia, se pasó la vida viviendo prácticamente de la caridad de admiradores, mecenas y duquesas que se encaprichaban de él. Murió en Venecia, prácticamente en la indigencia, tras haber llevado una vida ejemplarmente disoluta, siempre a caballo entre la indignación perpetua y la producción de una obra inmortal.



Del libro que nos ocupa, considerado una de las cumbres de la biografía, dicen algunos que no nos cuenta tanto la vida de Corvo como la obsesión de Symons por él. Este Symons fue un interesante epicúreo y bibliófilo nacido en 1900, que se dedicaba a beber buen vino, buscar libros raros y escribir sobre personajes aún más raros.
En cuanto a su obra maestra, creo que o bien se me ha escapado algo, o bien lo he leído demasiado rápido. A mi juicio, su interés, que lo tiene y mucho, viene del personaje, y no de la relación del autor con él. Symons vierte en el libro decenas de cartas escribas por, para o acerca de Corvo, tantas que, por lo menos una tercera parte del libro, si no más, pertenece al género epistolar. La investigación por parte de Symons parece reducirse a las cartas que encontró o le remitieron. Así, leída inmediatamente después de la maravillosa El orientalista, esta muy elogiada biografía me supo a poco. Con todo, una lectura muy interesante que, además, nos demuestra que, para alcanzar la gloria, no basta con ser un desconocido al que no lee nadie.

No señor. Un autor de culto, como su propio nombre indica, goza de una devoción fanática y ciega por parte de sus seguidores. Si tu lector no está dispuesto a matar por ti, no eres de culto.


Las primeras ciento y pico paginas de Against the day son deslumbrantes. Pynchon demuestra una inconmensurable maestría al manejar a sus personajes. El lector tiene la impresión de estar ante un dios que mueve un dedo y hace rodar al protagonista pendiente abajo. Mueve otro, y surge el malo del cráter de un volcán como una stripper de un pastel. Chasquea dos, y se despliega ante nuestros ojos una pantalla celestial en la que se proyecta una enciclopédica digresión magistralmente enlazada con la historia. Porque, al contrario de lo que me habían dicho, no hace falta una enciclopedia para disfrutar de la lectura de este autor: Pynchon es una enciclopedia.


Y así, el lector asiste con los maravillados ojos de los propios visitantes a la exposición universal de 1893 en Chicago, y se sumerge en el mundo del anarquismo, y en la llegada y desarrollo de la electricidad, y en los experimentos de Nikola Tesla, y en las minas de Colorado, y...
...un momento, ¿qué es esto? Resulta que ahora el dirigible Inconvenience y su variopinta tripulación, con los que se abre la novela, se mete en un túnel que hay en la Antártica y que atraviesa el globo para salir por el Polo Norte, y en ese túnel ve... ¡una batalla de enanos! Y algo todavía peor, el lector se da cuenta, con horror, de que el libro que ahora quiere abandonar ¡es obra de un autor de culto! Y en este punto quiere dejarlo y no puede, porque de repente lo persigue una horda de monstruos, con la boca espumeante, los ojos saliéndoseles de las órbitas, las caras desencajadas por el odio, blandiendo en una mano una cimitarra y en la otra, una copia, ¡en tapa dura!, de Against the day, y él grita implorando auxilio, y corre y huye y se desgañita y cae y se levanta y mira hacia atrás con pavor, y sigue en su desesperada huida, mas, ¡ay! las piernas no le responden, y la turba lo alcanza y...
Continúo esta entrada en nombre del Niño Vampiro. Creo que es lo que él hubiera querido.

Pynchon es, efectivamente, un autor de culto, que refuerza su autordecultez a base de una cuidada reclusión. No son muchos los que lo han leído, pero todo el mundo sabe de él que no le gustan las fotos. No me explico por qué, la verdad.


David Forster Wallace también es de culto. Y entonces, después de darle vueltas, y atar y desatar cabos, por fin exclamamos ¡eureka!, acabo de descubrir una condición sine qua non para alcanzar el anhelado rango: escribir libros de más de 1000 páginas. Tamaña magnitud permite a sus incondicionales expresar el más absoluto desprecio por cualquier pseudolector que no pueda acabar el libro de su dios. En efecto, el lector de culto es capaz de tolerar que alguien no acabe El gran Gatsby, El sonido y la furia, o Muerte en Venecia. Pero dile que no has podido acabar La broma infinita y verás lo que te pasa.

Cristina (nombre ficticio) abandonó La Broma Infinita en la página 74

¿Delillo es de culto? Lo ignoro. A mí Underworld me parece una maravilla, pero, a diferencia de los lectores de culto, podría llegar a entender que alguien lo dejara en las primeras páginas, abrumado por la anábasis de una pelota de béisbol. Al señor Pynchon lo he dejado con los enanos en el túnel. Haced de mi vida lo que os plazca.

Inter nos (expresión de culto), a las razones que me han llevado a abandonar Against the day se han sumado otras. Una de ellas es mi salud. Me encuentro bien, muy bien, casi pletórico. Llevo meses sin pillar un resfriado, un dolor de espalda o una diarrea digna de su nombre. La pulmonía que hace año y medio me permitió zamparme Memorias de ultratumba en tres semanas es sólo un lejano y no del todo desagradable recuerdo, y este libro de Pynchon es de esos que requieren una larga convalecencia.
El segundo motivo son los comentarios que he leído por aquí y por allá. Against the day, dicen, requiere tiempo y un gran esfuerzo, pero al final compensa. Bien. No lo dudo. El problema es que yo no busco un fondo de inversión a diez años con una rentabilidad garantizada del 5%. Yo busco un libro. Y si un libro me exige sacrificios, yo le pido satisfacción inmediata. Eso es lo que me han dado los libros de Chateaubriand, Rezzori, Bassani, Krasznahorkai, o ... las primeras ciento y pico páginas del libro de Pynchon.


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