miércoles, 27 de agosto de 2014

Cuentos perdedores (5)





Mientras preparo la entrada post-vacacional, os dejo con esta nadería.


Todas las veces que he muerto

Debía de tener cuatro o cinco años y estaba en clase de pre-escolar. A mi lado estaba sentada Merche, una niña de pelo azabache, ojos profundos y graciosas coletas.
-¿A que no te atreves a comerte un papel? -me desafió.
En la mesa teníamos cada uno una hoja con grandes dibujos de casas, flores, setas y mariposas para colorear. Arranqué un trozo de la mía y me lo metí en la boca.
Merche me observó mientras lo ensalivaba y lo movía con la lengua de un lado para otro, hasta que, al final, con un prolongado glup me lo tragué.
-Ahora te vas a morir -me dijo.
La miré triste y confuso. Ella añadió, a modo de explicación:
-Si comes papel, te mueres.
Los otros niños sentados a la mesa asintieron. Todos sabían que si comes papel te mueres. Me levanté y fui hasta la profesora, que en ese momento estaba extendiendo los brazos hacia delante, en un gesto de afecto, y cerrándolos poco a poco hasta abrazarse a sí misma. Nos estaba explicando la diferencia entre abrazar y abrasar. Esto último consistía en tocar una sartén imaginaria, retirar rápidamente la mano, decir uy, aspirar, agitar la mano y chuparse el dedo. Le tiré de la bata.
-¿Qué quieres?
- Si comes papel, ¿te mueres?
- Sí.
Volví a la mesa con forma de hexágono, ocupé mi lugar al lado de Merche, le dije 'es verdad' y me puse de nuevo a colorear flores.


Aquel accidente afectó mucho a mis padres y, de hecho, a todo el país, que quedó conmocionado. Las imágenes de televisión mostraban el avión partido en dos y envuelto en llamas. Había decenas de bomberos alrededor disparando lo que parecían débiles chorros de agua con las mangueras. Unos enfermeros corrían hacia una ambulancia con una camilla en la que había un herido. Esperé a que mis padres no me vieran para santiguarme. Supongo que no quería levantar sospechas sobre lo que, si encontraba el valor suficiente, estaba dispuesto a hacer. Me preguntaba si los que habían muerto serían buenos o malos, y me hice la misma pregunta sobre los supervivientes. Lo justo, pensé, debería ser que los malos de verdad hubieran muerto, que los que se arrepentían de su maldad estuvieran heridos, y que los buenos hubieran salido ilesos. Ese reparto de premios y castigos me pareció razonablemente satisfactorio para todos, pero cuando me enviaron a la cama, decidí que, si quería salvarme de una vez por todas, debía, de una vez por todas, hacer algo más.
-Señor -rogué, una vez estuve ya acostado y mirando al techo-, perdona a todos los malos sus pecados, haz que cargue yo con ellos y envíame a mí al infierno en su lugar.


La fiesta de fin de curso estaba en su apogeo, pero yo dejé mi refresco sobre un pupitre y salí corriendo de la sala, sin saber hacia dónde iba. De manera inexplicable, había percibido la repentina ausencia de Ana, lo cual me sumió en los días siguientes en un estado de absoluta euforia. ¿Podía acaso haber una señal más clara de la unión de nuestras almas? Pero todavía no era el momento de euforias, ahora tenía que encontrarla. A las puertas de las aulas, apoyadas en la pared y sentadas en los bancos había algunas parejitas besándose, que apenas me hicieron caso. Corrí por el pasillo principal, llegué a la entrada, salí al exterior, bajé de tres en tres los escalones, y por poco me choqué con un grupo que, supongo, habían salido a fumar y ahora volvían a la fiesta. Miré a un lado y otro de la calle. ¿A dónde ir ahora? ¿A derecha? ¿A izquierda? Decidí que me guiara de nuevo el corazón y me puse a correr sin mucha convicción. Mientras corría, me iba repitiendo tienes que hacerlo, tienes que hacerlo. De nada servía ahora pensar en las dos horas que la había tenido al alcance en la fiesta. A veces hay que dejar que las cosas lleguen al límite antes de actuar, y decidí que esta idea era probablemente otra señal del destino. Pues bien, éste era el límite. Si no podía volver a verla hasta septiembre, ¿qué me quedaba? ¿Qué esperanza? ¿Qué vida? Al doblar la esquina la vi, a punto de entrar en el metro. Bajé las escaleras, subí al tren, asomé la cabeza por la puerta en cada estación, esperé a verla salir para de nuevo ir tras ella, salimos a la calle, apreté el paso. Me sentía como un aprendiz de asesino a punto de estrenarse. No. Desterré ese pensamiento, pues no pegaba con la balada que había elegido como música de fondo para mi declaración. Cuando estaba a una manzana de su casa, la alcancé por detrás.
-Ana -la llamé, pero no me oyó.
Volví a decir su nombre y le puse la mano en el hombro. Se sobresaltó.
-¡Oh, qué susto me has dado!
Me miró con gesto desafiante y agresivo. Abrí la boca para decírselo.
-¿Qué quieres?
No me salían las palabras.
-¿Qué te pasa?
Cuando por fin conseguí murmurar entre dientes que la quería, sonrió y me dijo que eso no era posible.
-Sí -insistí, reprimiendo las lágrimas.
Yo no podía quererla, me dijo, porque ella nunca podría hacerme feliz. Había muchas chicas más guapas, más simpáticas y mejores que ella, que sí me querrían, porque yo era un chico encantador. Me fue calmando poco a poco, y recordamos algunas de las notas anónimas que le había enviado. No supe si alegrarme cuando me dijo que desde el primer momento supo que eran mías. Le prometí amistad eterna y por encima de todas las cosas. Empezó a sonar mi balada. Cuando al cabo de un rato nos despedimos, me dijo:
-No se te ocurra hacer ninguna tontería, ¿eh?
Me dio un beso en la mejilla.


Mamá no se vio con fuerzas, así que tuvo que ser la tía Carmen quien me llamara por teléfono para decirme que cogiera el primer avión y fuera para allá. Respondí algo sobre el trabajo, Mónica y los niños.
-Quizá mañana sea tarde -me advirtió.
Durante las tres horas que duró el vuelo, no dejé de preguntarme en qué canción había oído esa frase. No logré recordarlo, pero por lo menos conseguí tener la mente ocupada en trivialidades. Ya habría tiempo para lo demás. Cuando llegué al hospital, fui directamente a la cantina, donde me esperaba la tía Carmen. Mamá estaba arriba, en la habitación, haciendo compañía a papá. Todo se había desarrollado de manera muy rápida, me informó mi tía. Figúrate que hacía apenas dos semanas, estaban los dos haciendo planes para ir a verte y pasar una temporada con los niños. Dos días más tarde apareció el bulto. Lo ingresaron inmediatamente, pero a esa edad el cuerpo ya no puede aguantar. Ahora sólo cabía esperar.
-Tu padre te puede oír -dijo-. Puede que no esté consciente y que no responda, pero oye todo lo que le dicen.
Añadió que mamá necesitaba un descanso. Comprendí que con sus palabras me estaba pidiendo que pasara la noche con él y que, después de tantos años, le pidiera por fin perdón. Le dije que así lo haría.
-Mamá, ya me quedo hoy yo aquí -le dije a mi madre, tras haber subido a la habitación y darle dos besos.
Se sorprendió. Noté que, detrás de mí, la tía Carmen le hacía un gesto para explicarle el resultado de nuestra conversación. Aún así, lo que tuve que decirle a continuación me resultó todavía más difícil.
-Tú vete a casa a descansar.
Nos quedamos papá y yo solos. Ante mí estaba su rostro, delgado, pálido, con los ojos cerrados y respirando de modo apenas perceptible. Lo estudié con un detenimiento casi científico, como no lo había hecho probablemente desde los tres o cuatro años. A las nueve empezaré, me dije. Pero el miedo me impedía hablar. Lo pospuse hasta las nueve y media. Luego hasta las diez. Pensé que, dado el estado en que se encontraba, tanto daba si empezaba a las doce o a las tres de la mañana. Bajé de nuevo a la cantina y me tomé un café. En la televisión retransmitían un partido de fútbol. Salí a fumar. Dos enfermeros que volvían de hacer lo mismo me recordaron que allí no estaba permitido y debía alejarme del edificio. Crucé el jardín que rodeaba el hospital y llegué hasta la calle. Entonces miré hacia arriba. Sabía cuál era la ventana de la habitación, dado que se encontraba en el extremo este del último piso. Había dejado la luz encendida. Di una calada más al cigarrillo y, en el instante que pasó desde que lo tiré al suelo hasta que lo pisé, recordé por fin la canción. Era un viejo tema de un cantautor muy popular en mi infancia y hoy casi olvidado. Durante una época a papá le dio por bromear y cantar el estribillo cada vez que alguien decía la palabra "mañana". Miré hacia la ventana y me entró un escalofrío al imaginar qué sería de mí si en ese momento viera apagarse aquella luz.


El reciente y lustroso tinte negro que tanto me había entusiasmado el primer día me hacía ahora sentirme igual de ridículo que si llevara un peluquín. Iba mirando a mi alrededor, temeroso, con la sensación de que, en cada uno de los escasos coches que había en las calles a aquellas horas, se estaban riendo de mí. El descapotable hacía de mí un blanco perfecto. En un semáforo se detuvo a mi lado un Ford con cuatro jóvenes dentro. El conductor y yo nos miramos, y le vi hacer un comentario a sus amigos. De repente todos se giraron hacia mí y se rieron de manera ostensiblemente grosera. En cuanto el semáforo se puso en verde, pisé el acelerador a fondo y salí disparado. Tras de mí creí oír, aún más fuertes, sus carcajadas. Seguí adelante, cada vez más rápido, no con ánimo suicida sino con el absurdo objetivo de que la velocidad se llevara el tinte y, de paso, me arrancara la ropa. Ella me había ayudado a comprarla.
-¿No crees que es demasiado colorida para mí? -le había preguntado.
-Ay, qué bobo eres. Que te queda estupenda, tontín -dijo, antes de estamparme un beso que no había conseguido excitarme.
Mi pelo teñido, mi cara llena de botox y mi descapotable eran ahora el complemento ideal de aquella ropa, que debía haber sido la envidia de los niños para los que estaba pensada, y que les hacía mearse de risa.
Hacía rato que el Ford había desaparecido del retrovisor. Quizá habían dado la vuelta, en busca de chicas. Quizá a ella, que como consuelo me había asegurado que, de todas formas, estaba cansada y no tenía ganas, al final le habían entrado las ganas. Evidentemente. No hacía falta ser un genio para darse cuenta de que, después de haberme ido, ella no iba a acostarse. ¿Acaso no recordaba yo cómo, a su edad, si por desgracia tenía que quedarme un sábado en casa, me sentía envejecer diez años? ¡Claro que había salido, claro que me había mentido, por asquerosa piedad, con su no pasa nada, es que estás muy cansado! Entonces se me ocurrió que a esos chicos yo los había visto antes. ¿Dónde? Intenté recordar sus rasgos. Tenían su misma edad, sin duda. ¿Serían amigos suyos? Sentí pánico ante la posibilidad de que se empezara a correr la voz. No, jamás. Ella se había sentido tremendamente ofendida cuando le hice jurar que no se lo contaría a nadie. Intenté sentir alivio. Me dije que antes preferiría verla en la cama con los cuatro chicos. La idea me excitó.
Mónica esperaba en casa, con su pecho flácido, sus labios secos y sus ásperas manos. Al día siguiente vendí el descapotable.


-Aparte el periódico, por favor, no lo deje encima de la mesa.
Siempre esa voz. La conozco tan bien y sin embargo siempre es nueva. Ante mí, sobre la mesa, hay unas bolas de colores. También hay figuras con formas diferentes. Alguien se agacha para poder mirarme a los ojos. Tiene el pelo largo, blanco. Intenta sonreír. Es Mónica, me dice. Mi mujer, añade. No sé de qué habla. Hay voces a mi alrededor que resuenan por toda la sala. Un murmullo profundo, una risa, un llanto, y un runrún que no se acaba. Una mujer con el pelo largo y blanco pregunta si alguien sufre. Alguien le responde que no. Hay dos personas más. Una es un chico. Alto, muy alto, más alto que yo. La otra es una chica, una chica mayor, mucho mayor que yo, debe de tener veinte años. Los dos preguntan por papá. Les respondo que papá no está. Se ha ido a trabajar. Es profesor y tiene un Renault. Alguien se ríe. Levanto la voz y les digo que es verdad. Una mujer de pelo blanco me coge de la mano. Me va a castigar por gritar en clase. Un chico alto, muy alto, tiene un periódico en la mano. Yo tengo un perrito. Me lo regalaron por Navidad. Lo voy a hacer. Lo voy a hacer y se va a enterar. Lo hago. Me levanto de un salto, le arrebato el periódico, arranco una página, alguien chilla, hago una bola con el papel y me lo meto en la boca. Intentan meterme los dedos entre los dientes. Trago. Me vuelvo hacia la niña que hay a mi lado, que tiene el pelo azabache, los ojos profundos y unas coletas muy graciosas.
-¡Te equivocabas, Merche! ¿Lo ves?, no me he muerto.

jueves, 7 de agosto de 2014

Despotricar adelgaza


Curiosa palabra ésta, despotricar, de cuya etimología no se sabe mucho. Parece ser que procede del prefijo des- y de potro, aunque a mí, la verdad, eso no me aclara nada. Hay quien ha sugerido por ahí que el potro podría referirse al inquisitorial e inquisitivo potro de tortura, en el cual hasta el más valiente era capaz de acusar a su madre de haber copulado con Lucifer. No me convence, no le veo el des-. A mí la imagen que me viene a la mente con despotricar es la de un conductor que, tras sufrir una pequeña colisión que le ha abollado el guardabarros derecho, se baja del coche para comprobar los daños y, acto seguido y a pleno pulmón, se acuerda de la madre del otro conductor. Todos hemos visto la escena, ¿verdad? Pues ahora imaginad que en vez de ir en coche van montados en alguna especie de equino, como por ejemplo un potro. Despotricar sería, pues, bajarse del potro con ánimo de ponerse a insultar.


Un día, en mis pretéritos tiempos de espectador de cine, encontrábame yo en el entrañable Mélies, en la calle Villarroel. No recuerdo qué película había ido a ver, pero todavía puedo oír a ese chico con gafas de gruesa montura, camisa de 50 euros exquisitamente vintage, y poderoso flequillo que le ocultaba media cara, que, sentado justo delante de mí, hablaba con un amigo sobre Stranger than Paradise, la obra de Jim Jarmusch que habían proyectado en ese mismo cine unos días antes.

-¿Qué te pareció la de Jarmusch? -le preguntó el amigo.
-Bueno... bien. Correcta.

Minutos más tarde, cuando se apagaron las luces y empezó la proyección, cumplí con mi deber. Quizá recordéis el titular de los periódicos del día siguiente: "Gafapasta estrangulado en sesión de tarde".

Si pensáis que el motivo de mi acto, porque siempre hay un motivo, fue la falta de entusiasmo por la película de Jarmusch, os equivocáis. Aunque en mi opinión Stranger... es la obra de un genio, me parece perfectamente respetable que alguien diga que es un coñazo donde no pasa nada, la gente no habla, y las transiciones entre escenas son interminables. No, el problema no es ése.

Algún memo decidió un día que el paradigma de la democracia es decir eso de "yo no comparto tu opinión, pero la respeto". Para mí es el paradigma de la estupidez, pues representa la negación del argumento y la absoluta cerrazón ante el debate. Las personas y, por ende, los gustos son respetables. Siempre. Las opiniones y las ideas, no. Puedo entender e incluso aceptar que alguien diga que Hamlet, el Quijote o la Odisea son un soberano tostón, o incluso, si me apuráis, toleraré que alguien diga que son malas (aunque me reservaré mi opinión sobre el individuo). El problema, o, mejor dicho, el nefando crimen del gafapasta, fue el uso de esa palabra, "correcta". "Correcto" es lo que le dice un profesor a un alumno, es lo que respondemos cuando nos piden la confirmación de un dato, es lo que contesta un agente inmobiliario cuando le preguntamos si los gastos de escalera están incluidos en el alquiler. Pero decir que una obra, sea literaria, musical, cinematográfica, pictórica o culinaria, es correcta es un acto de intolerable y vomitiva arrogancia que debería estar castigado, si no con la horca, sí con el potro.
¡Burra, más que burra!

Como soy bastante cateto y no poco ignorante, vivo en el convencimiento de que la criba del tiempo unida a la sapiencia de los críticos constituyen una autoridad incuestionable sobre el valor de una obra. Naturalmente, cabe la posibilidad de que no estén todos los que son, pero los que están, desde luego, son. Eso no implica, sin embargo, que no tengamos derecho a criticar dichas obras, y es que el gran arte a veces es soberanamente aburrido. A mí, por ejemplo, la supuestamente genial e incluso divertida Vida del Buscón, de Quevedo, no sólo me parece un peñazo, sino una obra prácticamente ilegible hoy en día. Acepto que es mi incultura lo que me impide disfrutar de la obra, y cualquier crítica que haga de la trama, el estilo o las intenciones del autor tendrán que ser juzgadas bajo esa premisa. Ahora bien, la disfrute o no, la entienda o no, me maraville o no, seré consciente en todo momento de que estoy ante una obra de arte, y no ante un cotilleo de patio de vecinas. Parece obvio, ya lo sé, pero para muchos no lo es.

Me refiero, volviendo de nuevo al cine, a esos espectadores que chasquean la lengua cuando un bueno comete un craso error que le costará la vida, que llaman idiota al novio de la chica cuando cae en la trampa del malo, o que, en definitiva, en la sala de cine se comportan como un crío en un teatro de marionetas (1). Naturalmente, cuando esos espectadores cogen un libro, pasa lo que pasa: critican Madame Bovary porque la señora en cuestión es burra; encuentran, por el contrario, que Anna Karenina es odiosamente perfecta y no les gustaría tenerla como amiga; menosprecian Jane Eyre porque les parece que el señor Rochester es un idiota y un machista ; y piensan que, en el país de las maravillas, Alicia actúa de manera excesivamente crédula.

Juzgar los actos de unos personajes de ficción del mismo modo que juzgaríamos los de nuestro jefe, nuestro primo o nuestra ex es probablemente llegar al nivel más bajo al que puede llegar un lector. Nabokov empleaba un término certero -aunque demasiado benévolo- para describir esa actitud infralectora: puerilidad.

Sí, ya, muchos libros, pero seguro que no has entendido ni uno solo.

En alguna ocasión he hablado de mi afición a la salsa y la timba cubana, estilos de música que, en la pista de baile, no se me dan espantosamente mal, modestia aparte. He realizado varios cursos, y todavía me apunto a alguno de vez en cuando para ir reciclándome. Afortunadamente he aprendido a elegir, porque existe un tipo de profesor, normalmente salido de las mejores escuelas de baile de Cuba, que piensan que cuando un españolito quiere aprender a bailar, necesita antes aprenderse la genealogía de Changó, Yemayá, Ochún y todos los orishas de la religión afrocubana.

Esta irritante actitud tiene también su versión literaria, concretamente en la conocida frase "no se puede entender a Fulano si antes no has leído a Mengano". Por supuesto, la frasecita en cuestión siempre la pronuncia, henchido de vanidad, el lector de Mengano, o por lo menos, el que sabe que Mengano vino antes que Fulano. Es evidente, por tanto, que nunca os encontraréis con alguien que diga "he leído todo Faulkner, pero como no he leído antes a Mark Twain, no me he enterado de nada". Pues bien, recientemente, alguien se llevó las manos a la cabeza porque Muñoz Molina decía en su artículo sabatino de Babelia que, como aquél que dice, acababa de descubrir a Thomas Bernhard. Nuestro Mengano aprovechó la coyuntura para decir que qué barbaridad, cómo es posible, dónde vamos a ir a parar, ¡pero bueno! , si no se ha leído a Bernhard no se puede entender a éste ni a aquél ni al de más allá.

No niego que lo que esta actitud de niñato resabido manifiesta es, en el fondo, absolutamente cierto. Pero, ¿no creéis que el mundo sería un lugar más hermoso para vivir si estos arzobispos de la cronología literaria se limitaran a decir, sencillamente, que "leer a Mengano te ayudará a apreciar mejor a Fulano"? Porque si insistimos en ese "no se puede entender", tendremos que recordar que antes de Mengano también está Zutano, y antes de éste, otro, y otro, y otro. Y la verdad, no a todo lector le apetece remontarse a los textos sumerios para entender a Lucía Etxebarria. Además, entonces yo, que todavía no he leído a Proust, ¿soy capaz de entender algo de lo que ha venido después?


Bueno, ahora ya me he desahogado.
En fin, si he programado esto bien, en el momento de que lo leáis yo estaré en tierras inglesas, con una vista parecida a la de la foto, y en compañía de la familia sanguínea, la política y el señor Thackeray. Así que feliz agosto @ todos.

(1) Sin embargo, para que veáis que no soy tan borde, os confesaré que me parece entrañable que aplaudan cuando el héroe consigue salvar el avión en el último suspiro.
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