martes, 18 de febrero de 2014

Cuentos perdedores



A lo largo de los años, gracias a mi infructuosa participación en diversos concursos literarios, he ido creando un pequeño banco de cuentos perdedores, una categoría en la que, modestia aparte, tengo mucho que decir. Y dado que los motivos que me empujan a escribir no son hacerme famoso, ganar dinero, ni expresar lo inefable de la existencia, sino pasarlo bien y llenar alguna que otra media hora entre lecturas, se me ocurre que no pierdo nada publicando algunos de esos relatos aquí. Así, a partir de hoy, mi escritura es algo menos onanista.

Hace aproximadamente un año, una editorial convocó un concurso en el que los relatos participantes, aparte de una determinada extensión, debían cumplir una condición: comenzar con la frase "se abrió la puerta del ascensor y". Es un comienzo tan estúpido o tan brillante como cualquier otro, así que yo decidí participar con un relato tan estúpido como cualquier otro.



Una situación incómoda

Se abrió la puerta del ascensor y apareció ante mí un ángel. Tenía el cabello rubio y rizado, y su rostro emanaba paz.

¿Sube?

Le respondí que sí. Estupendo, dijo, y entró. Plegó las alas lo mejor que pudo, pero el ascensor era algo pequeño y los dos tuvimos que apretarnos contra la pared.

Disculpe.

Sonreí e hice un gesto con la cabeza para indicar que no pasaba nada. Tendimos entonces la vista hacia arriba, procurando ambos que no se cruzaran nuestras miradas. Él dirigió la suya hacia la luz; yo, hacia el certificado de inspección técnica.

A trabajar, ¿no?

No acostumbro a entrar en conversaciones de ascensor, que se me dan muy mal. Tampoco he sabido nunca desenvolverme en las conversaciones de discoteca, ni en las de pasillos de oficina, ni en las de encuentro casual en el metro. En tales situaciones, un amable carraspeo afirmativo suele servirme de respuesta y final. Ahora, sin embargo, el timbre celestial de aquella voz me invitó a sacar lo mejor de mí.

Sí, a trabajar.

Bueno. Por lo menos que no falte, ¿no? Eso es bueno.

Sí.

Me sentí un poco tonto tras haber contestado a sus palabras con tantos síes (tres, llevaba ya) sin haber aportado nada de mi cosecha. Le miré de reojo y me encontré con su franca, bondadosa y perlina sonrisa. Tuve la certeza de que se hacía cargo de mi apuro, lo cual me puso aún más nervioso. ¿Qué esperaba de mí? ¿Debía esforzarme por mantener viva la conversación que él había empezado? Sí, sin duda. De lo contrario, me arrepentiría toda la vida. Al fin y al cabo, ¿cuántos de vosotros habéis tenido el privilegio de estar a solas con un ángel? Pero, ¡ay!, ¿de qué podía yo hablar con él?

¡El sexo! Oiga, ¿es verdad que ustedes no…? No, eso no. Podría ofenderse. El tiempo. Tampoco. Me tomaría por idiota. Fútbol. Peligroso, ¿qué sé yo de fútbol? Cualquier criatura celestial sabe más que yo.

Se me empezó a enfriar el entusiasmo y me planteé algunas preguntas. ¿Era prudente a fin de cuentas entablar una conversación sin saber en qué piso se iba a bajar? Si me decidía, pongamos por ejemplo, a hacer una aguda observación, corría el riesgo de que él tuviera que bajarse antes de poderme responder, con lo cual mi agudeza quedaría desaprovechada. Sería un terrible desperdicio: jamás me atrevería a intentar utilizarla en otro ascensor, pues tendría la incómoda sospecha de que él estaba observándome, invisible, a mi lado.

Lo cierto es que nunca me había visto en una situación tan extraordinaria, pero ¿acaso ese carácter extraordinario no me ponía las cosas más fáciles? Las alas, por ejemplo, ¿tanto me costaría hacer un comentario inocente sobre sus alas? Qué grandes, o qué bien cuidadas, o estos ascensores no están adaptados, debería usted reclamar. O…

¡El día de la semana! Mira, eso sí. Da más juego de lo que la gente piensa. Jueves ya. Sí, ya falta menos para el fin de semana. Y a partir de ahí, quién sabe qué otros temas surgirían. Sí, estaba decidido. Le diría que ya era jueves.

No tuve tiempo de informarle, porque justo entonces el ascensor se detuvo. Se abrió la puerta y entró un chico con un mono azul. No saludó ni tuvo la cortesía de pegarse a la pared. Por el contrario, tras apretar el botón del décimo se quedó en el centro del, ahora, reducidísimo espacio, con una mano en el bolsillo y con la otra escribiendo un mensaje en el móvil. La mirada del ángel y la mía se cruzaron; le vi alzar las cejas y apretar levemente los labios en una mueca de benevolente resignación ante aquella falta de modales. Al cabo de un par de pisos, el ascensor volvió a detenerse. El chico del mono azul salió, sin tan siquiera levantar la vista del móvil ni emitir gruñido alguno que pudiera servir de despedida. El ascensor daba ahora la sensación de ser amplísimo.

Ya no había nada que hacer. Aquel joven maleducado había dejado tras él un silencio de granito y los dos lo sabíamos. Curiosamente, en ese momento me vino a la cabeza la expresión “ha pasado un ángel”, que preferí evitar. Seguimos en silencio. Cambiamos el objetivo de nuestras miradas. Él dirigió ahora la suya al certificado de inspección técnica, y yo la mía al suelo. Y justo entonces, por el rabillo del ojo pude ver cómo con la mano se apartaba un largo tirabuzón que le caía sobre el rostro. Aquel gesto realizado con tanta gracia y encanto me hizo sentir ebrio de armonía con el universo. Sin darme cuenta, empecé a tararear esa canción de mi adolescencia, los celestiales gorgoritos de Annie Lennox y su There must be an angel…

Por fin llegamos al último piso. El tirabuzón y la cancioncita me habían hecho recobrar el ánimo, así que decidí quemar mi último cartucho y hacer un pequeño chiste.
Bueno, dije.

Y, ya con la puerta abierta,

Usted sigue para arriba, ¿verdad?

¡JA JA JA JA JA!

Me quedé estupefacto. Era una risa falsa, grosera, ofensiva, violenta. Una risa de otro tiempo, que yo creía olvidado; una risa creada para derribar, humillar, aniquilar. Una risa que, descubrí, contenía la esencia del mal absoluto.

Salí del ascensor y me alejé lo más rápidamente que pude. Él se quedó dentro.      

viernes, 7 de febrero de 2014

Armonía celestial


 ¿Qué sucedería si pusiéramos por escrito todo lo que sabemos sobre nuestros antepasados? El resultado probablemente sería una colección de anécdotas mal recordadas, leyendas infladas y muchos trapos sucios, todo ello junto a un inventario de cuadros, fotos, relojes, collares y alguna caja de música.

Todos estamos convencidos de que, si fuéramos capaces de escribir un libro sobre la vida de nuestros abuelos, nos saldría una novela apasionante. Mi abuelo materno, por ejemplo, fue marino, y de sus viajes por esos mares exóticos le traía a mi madre monos y cocodrilos (no os pongáis así, hoy no se lo permitiría). Se casó dos veces con mi abuela, sin mediar ningún divorcio, Dios nos libre, entre ambas bodas. Por su parte, mi abuela paterna nació en Rhodesia, hoy Zimbabue, y era descendiente de misioneros wesleyanos. Tuvo dos agitados y trágicos matrimonios, y tras abandonar el país y recorrer medio mundo con mi padre y mi tío, acabó recalando en un pueblecito de la costa granadina. También tuvo tiempo de escribir libros, aunque yo no sabía que hubiera llegado a publicar ninguno hasta que, hace unos meses, imaginad mi sorpresa, encontré una reseña de su primera novela, con fecha de 1940, en un periódico en lengua inglesa de ... Singapur. Y si así de interesante fue la vida de nuestros antepasados, cuánto más no lo será la del húngaro Péter Esterhazy, perteneciente a un linaje de príncipes de rancio abolengo que se remonta a la Edad Media.

Hacía mucho tiempo que los turcos se habían retirado de Kismarton y habían evacuado Hungría, cuando un día llegaron dos señores lujosamente vestidos al pueblo. Los dos eran turcos, aunque los turcos se habían retirado ya de Kismarton y habían evacuado Hungría, cuando un día llegaron dos señores lujosamente vestidos al pueblo. Los dos eran turcos. Llamaron enseguida a la puerta de la primera casa. "¡Dios les guarde!". "¡Y a ustedes!", les respondió el dueño, que no era otro que mi querido padre, y les preguntó: "¿qué les trae por aquí?". Uno de los señores turcos le replicó: "Es una larga historia. ¿No habréis oído hablar en este pueblo de una mujer a la que raptaron los turcos y que luego escapó?".


Los que os pasáis por aquí desde hace tiempo, sabéis de mi casi ilimitado interés por Europa Central y mi afición a la lectura de grandes sagas familiares. Y eso fue justamente lo que me atraía de esta novela, que se anunciaba precisamente como la historia de Hungría a través de la familia Esterházy. No sé si fue leyendo Historia de la Edad Media, de Montanelli, cuando me volví a topar con este nombre, y me llamó la atención el hecho de que un prestigioso escritor de nuestro tiempo descendiera directamente de aquellos príncipes medievales.

Aparte de palacios y castillos por toda Europa, salvo en Hungría, donde fueron expropiados por el régimen soviético, los Esterházy tienen página propia en casa wiki, pero eso no es nada si pensamos que tenían a su servicio a Joseph Haydn como maestro de capilla. La afición por la música, de hecho, venía de mucho antes, y una de las figuras más relevantes en la historia familiar, el Príncipe Pablo I, aparte de echar a los otomanos de Buda y reproducirse (tuvo diecinueve, 19, hijos con su primera señora y siete con la segunda), encontró tiempo para componer el ciclo de cantatas Harmonia Caelestis, que da título al libro de su descendiente.

Harmonia Caelestis

Si algo aprendí gracias al Ulysses, es que cuanto más compleja es una novela, más sencilla resulta su lectura. Y este brillante aforismo le viene que ni pintado a la obra magna del conde y escritor húngaro Péter Esterházy, porque Armonía celestial es una obra sumamente rica y compleja que se lee de un tirón. Un tirón muuuy largo, eso sí, porque la celestial armonía consta de 800, a ratos agotadoras, páginas.

 Al igual que con la obra de Joyce, el lector se siente tentado, en más de una ocasión, de cerrar el libro y a otra cosa mariposa. Eso sucede sobre todo en la primera mitad de la obra, titulada "Frases numeradas de la vida de la familia Esterházy", consistente en una sucesión de párrafos que no siguen ningún orden cronológico y en los que apenas se nos dan indicaciones acerca de quién habla en cada momento. En cada uno de estos 371párrafos, cuya extensión varía desde una línea hasta varias páginas, el narrador, sin mencionar en ningún momento (creo recordar) el apellido Esterházy, nos habla de "mi querido padre", y este querido padre debe de aparecer más de mil veces en estas cuatrocientas páginas. Y lo bueno es que este querido padre puede ser tanto un conde del s. XVI como un príncipe del XVII, un general del XVIII, un diplomático del XIX (en realidad, aparte de sus labores, todos eran también príncipes) o un primer ministro del XX. Pero no sólo.

En esta especie de viaje por la historia, donde no nos acompaña la memoria sino retazos de ésta hilvanados al azar, la "paternidad colectiva" al final se extiende más allá de la propia sangre, y mi querido y principesco padre puede convertirse en un cochero, un mozo de cuadra o un borrachín de taberna.

En el curso de la mencionada discusión que apenas era una discusión le esbocé a papi -que no me hacía ni caso- las líneas esenciales de mi proyecto, especialmente la idea de rescatar la memoria común, desde el coro de los ángeles hasta el estofado, desde el cardenal Péter Pázmany hasta mi pito, desde mi querida madre hasta mi querido padre, y subrayé el hecho de que -¡qué pensamiento más bonito!- la memoria de todos es también la mía y la suya, la de mis hermanos, la de los vecinos, la mía y la del policía  voluntario, la de todos... y así seguí, soltando todo lo que se me ocurría.

El castillo de los Esterházy en Kismarton.

Y si bien el lector poco avisado puede desesperar ante el caos cronológico y la mezcla de voces, lo cierto es que estos párrafos que conforman dicho caos son tan interesantes y la escritura de Esterházy es tan magistral, que uno puede leer Armonía celestial al modo de Rayuela, dando saltos de aquí para allá. El comienzo de algunos de estos párrafos cogidos al azar:

173 Mi querido padre era un joven inútil que amaba el alcohol, la música y las mujeres. Cuarto hijo varón, sexto por orden de nacimiento, carecía de dinero, lo que no le importaba mientras tuviera lo que amaba: alcohol, música y mujeres. Y aunque no lo tuviera, no le importaba demasiado...

286 Una tarde, mi querido padre salió de su habitación, mi querido padre, un hombre guapo pero débil de carácter, se acercó a su hijo mayor, le besó en la frente y le dijo: "Estoy orgulloso de ti, querido hijo. He tenido un sueño muy bello sobre ti, estoy verdaderamente orgulloso."

174 Mi querido padre era todavía joven, ¿finales del siglo XVIII?, no, ya no ra tan joven, ¡principios del XIX!, el caso es que se econtraba acostado, desnudo, en su cama, sonriendo, y se comía el sol a bocados...

Georgi Markov, disidente búlgaro asesinado en Londres por la KGB con un paraguas envenenado

130 Mi querido padre fue interrogado en Sofía por los agentes del departamento antierrorista de Scotland Yard por el asunto Markov...

79 Hubo un problemón. Mi querido padre había negociado la paz con Napoleón con demasiado ímpetu; éste ya estaba acabado, pero el final de la partida requería precisión y una firmeza despiadada...

132 Mi querido padre mató en el siglo XVIII a la religión, en el siglo XIX a Dios y en el siglo XX al hombre.

313 Un día hermoso y primaveral, un día tranquilo, mi querida madre reconoció que tenía celos del pene. Así se conocieron ella y mi querido padre...

231 Ya era un viejo hijoputa inofensivo, no un anciano jovial, comrpnsivo, atento, tierno, no, ya estaba muerto, y el día antes de su entierro, para reunir fuerzas, se hizo el inventario de los pecados de mi querido padre...

Y podría seguir así con prácticamente todos y cada uno de estos párrafos. Por muy dislocada y extenuante que sea la narración, es imposible resistirse a su lectura, adentrarnos en un personaje hasta conocerlo como de toda la vida, presenciar una anécdota quizá trivial, quizá trascendental, y despedirse de él hasta quién sabe cuando y si. Y así, historia tras historia seguida de anécdota seguida de inventario seguido de aforismo seguido de leyenda seguido de especulación. Eso son las primeras 400 páginas.
¿Y las segundas?

Miklos Horthy riéndole las gracias al Führer

Pues en la segunda parte tenemos una narración mucho más convencional, en el sentido menos negativo de la palabra. Es decir, los personajes principales, bisabuelo, abuelo, padres y narrador, son quienes dicen que son, y la historia se sitúa en lo que va de la vida del primero hasta la del último. El orden cronológico, no obstante, sigue desaparecido, y la historia sigue dando saltos hacia delante, hacia atrás, a la derecha y a la izquierda. Se nos narra aquí la decadencia de la familia debido, entre otros factores, a los avatares del país a lo largo de los siglos XIX y XX, desde el desmoronamiento del Imperio Austro-húngaro:

El mundo se derrumbaba con mucha disciplina, día tras día, y mi abuelo pudo contemplarlo de cerca.

a la dictadura estalinista de 1947, pasando por el breve régimen soviético de Béla Kun o el protofascismo de Horthy. La maestría narrativa de Esterházy no decae aquí ni un momento, y el drama que se desarrolla ante nuestros ojos no impide que la historia esté repleta de humor.
Me gustaba que alguien rezara por mí, siempre me ha gustado, era como poseer una cuenta bancaria en la lejana Suiza, algo que existía y que no existía, pero que -tanto si existía como si no- iba aumentando con el tiempo.

En el momento en que Menyus Tóth entraba en el salón Roisin para anunciar que habían llegado los comunistas, mi querido padre estaba dándole una enorme patada a mi abuela en el vientre. No hay por qué preocuparse: se la daba desde dentro.

Bajo el régimen soviético, la familia del escritor sufrió la expropiación de todas sus tierras y propiedades. La represión de la familia por parte de las autoridades, cruel aunque no todo lo inhumana que podría esperarse, los priva de sus derechos y los relega al último lugar en la cola del pan. El relato de la familia prisionera primero en su castillo y luego realojada en una habitación de la casa de unos campesinos no tiene desperdicio, y es esta época la que ocupa la mayor parte de la narración. En ella, junto a la convulsa escena política del país, asistimos al despertar a la vida de un muchacho que crece en la miseria al tiempo que se sabe miembro de una de las familias más poderosas de Europa. Sin embargo, en lugar de amargura y resentimiento por parte del autor, aquí priman sobre todo el humor y el desparpajo del narrador.

Mátyás Rákosi, líder del Partido Comunista Húngaro y cortador oficial de bacalao en la Hungría soviética

No obstante, es también en esta segunda parte donde se hace más explícita la reflexión sobre historia, literatura y memoria que conforman, a la postre, la idea central del libro. Hay quien ha dicho que, en Armonía celestial, Esterházy, que necesitó ocho años para escribirlo, elabora una especie de pastiche-antología-parodia de todo tipo de género literario, lo que nos recuerda una vez más al Ulysses y su despliegue de técnicas narrativas. Sin embargo, el virtuosismo del autor húngaro es bastante más accesible que el de Joyce, y del mismo modo, sus periódicas acotaciones ayudan a que la lectura de este fascinante libro tenga mucho más de placentero que de rompecabezas. En definitiva, por mucho que nos pueda dar la impresión de lo contrario, sobre todo en esa susodicha primera parte, Esterházy en ningún momento se propone jugar a confundir al lector.

Los escenarios de este libro, tanto las caderas como las cascadas, sus acontecimientos y sus protagonistas son reales, conformes a la realidad (...) Pese a su dependencia de la realidad, hay que leer este libro como una novela, y no pedirle más ni menos que lo que una novela puede dar (todo). A eso hay que añadir que ha omitido muchas de las cosas recordadas, sobre todo aquellos detalles que tenín que ver directamente con él. No ha querido habar de sí mismo. No es, pues, la historia de su familia, sino más bien la historia de ... (...) Éste es aquel libro imaginado sólo en parte, puesto que la memoria es ilimitada e insegura, y los libros que se crean partiendo de la realidad, en la mayoría de los casos no ofrecen más que pálidos y escasos fragmentos, una parte mínima de lo que hemos visto y oído.

Así pues, la afirmación, tan repetida por los críticos, de que, con Armonía celestial, Esterházy se propone contar la historia de su país a través de la de su familia es cuando menos discutible, o tan sólo aplicable a la segunda parte, y con reservas. Quizá tras la lectura, la consulta en la red y la relectura, si ésta llegare, uno pueda reconocer en ese torbellino de relatos y leyendas familiares algo de la historia de Hungría, pero lo cierto es que, deglutidas esas 800 páginas, uno no sabe mucho más de Hungría que al principio. Y en cuanto a la familia, pues sí, ha aprendido que, como casi todas, los Esterházy eran una familia de locos. Y esta inopia en la que nos deja la obra sólo puede significar una cosa: que Péter Esterházy se pasó 8 años escribiendo un libro para él solito y nadie más. Y por eso me ha gustado tanto.

"Existir consiste en fabricarnos un pasado." (Eso es lo que solía decir mi abuelo.)

 
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