jueves, 28 de mayo de 2015

Cuentos perdedores (9)




Amolchuplayin

Los pocos profesores que consideraban a Rafi sentían algo de pena por él. Ello se debía a que su existencia era conocida de muy pocos compañeros, a los que Rafi no inspiraba sino la menos absoluta, descarnada y brutal de las indiferencias.
Pero si alguien hubiera prestado un poco más de atención a aquel niño ni gordo ni flaco, ni alto ni bajo, con un color de pelo que no se encontraba entre el rubio y el moreno, tan lejos del castaño como del cenizo, que no era buen ni mal alumno, porque en clase ni hablaba ni guardaba silencio, que aprobaba los exámenes aunque no los hacía ni bien ni mal, y que parecía ausente incluso cuando gritaba ¡presente!, se habría dado cuenta de que no había motivos para sentir pena por él: Rafi no se sentía ni desgraciado ni feliz en su anónima existencia. Simplemente no se daba cuenta de ella.
Poco significaban en la vida de Rafi estudios, compañeros, profes o padres. Para él, vida y muerte, amor y odio, felicidad y desgracia, el bien y el mal, pasado, presente y futuro se resumían en dos palabras: John Travolta.
Se equivocaban por tanto los pocos que habían reparado en él y pensaban que era una criatura anodina y carente de pasión. Los infiernos a los que había descendido Rafi cuando sus padres fueron a ver Grease sin él eran tan negros como níveos los cielos a los que ascendió dos años más tarde, cuando al fin consiguió verla de reestreno en el Rívoli.
A partir de aquel momento, el cielo pasó a ser su segunda residencia, pues fue a ver todas las sesiones durante los siete días que estuvo en cartel, sin importarle tener que tragarse una españolada entre epifanía y epifanía. Y cuando dejó de proyectarse en el Rívoli, fue siguiendo las andanzas de Danny Zucco por todos y cada uno de los cines del barrio, sin dejar de asistir a una sola proyección.
Dos años más habían pasado, y con ellos la moda de los pantalones de cuero, pero podía decirse que la relación entre Rafi y John se había estrechado más allá de los límites de una abnegada devoción. Si Rafi veía a alguien sonreír, comparaba aquella sonrisa con la que se extendía entre los hoyuelos de John. Reprimía entonces su mofa más gástrica, y sentía que le entraban arcadas ante aquella pobre imitación. Si alguien era llamado a la pizarra, Rafi evocaba con nostalgia aquel gracioso andar de Danny, desafiante hacia los rivales, entrañable para la pandilla. A la vuelta de cada verano, cualquier relato de aventuras estivales empequeñecía ante los besos de John y su chica frente al playero ocaso.
En la habitación de Rafi, un agujero con un ventanuco a un patio interior, la única luz natural venía de la blancura dental de John. El póster en el techo le daba cada mañana a Rafi los buenos días; por las noches, lo mecía al son de Oh Sandy. Un ventanal a levante en aquel santuario no dejaría entrar al sol matinal, pues Rafi lo habría cubierto con un póster de la brillantinada deidad de cuerpo entero y a tamaño natural.
En sus abluciones matutinas, Rafi se miraba, se remiraba, se peinaba, despeinaba, volvía a peinar, posaba, sostenía un espejo de mano para poder verse de perfil, y sonreía a la vez que, en el lugar donde deberían estar los hoyuelos, se clavaba sendos bolígrafos gastados. Pero la voz de su padre al otro lado de la puerta comenzaba a inquietarle. Parecía que cada vez le dejaba menos tiempo para este ritual de acicalarse, disfrutarse, desarreglarse. Apenas empezaba, oía aquel no tardes Rafael que no tengo toda la mañana.
Incomprensiblemente, a su padre no le gustaba John Travolta. El día que vio su carpeta del colegio, cubierta de ojos azules, dientes blancos, cuero negro y poses achuladas sobre un coche rosado, la sostuvo unos segundos en la mano, la dejó a continuación caer en la mesa y le dijo:
-¿Es que no te basta con tu habitación? ¿Tienes que ir enseñando esto por ahí?
En la escuela, de haberle sido permitido, Rafi se hubiera quedado todos los días en clase durante el recreo. Como no podía, durante un tiempo había salido todos los días al patio con su carpeta bajo el brazo. Pero desde aquel comentario de su padre, se había vuelto algo receloso de su propia pasión. Había observado que las carpetas de sus compañeros sólo tenían fotos de futbolistas y comenzó a sentir vergüenza. Así que ahora se conformaba con llevarse una pequeña foto de John.
Apoyado en la pared, en el rincón más tranquilo del pequeño patio del San Carlos, si alguien se hubiese molestado en mirarlo habría visto a un niño que, a ratos emocionado, a ratos acalorado, parecía hablarle a la palma de la mano. El sorprendido testigo de esta conversación tan despareja no podría sospechar que en aquella palma, enmarcado por el negro y engominado tupé y la barbilla con hoyuelo, yacía el alter ego de Rafi. Nuestro amigo escuchaba así las historias de John, le preguntaba por Sandy, o le pedía consejo para ser popular. John hablaba en un tono desenfadado, y, a diferencia de los que se las daban de ligones en la clase, e incluso de su personaje de Danny Zucco, jamás fanfarroneaba sobre sus conquistas. Escuchándolo, Rafi sentía admiración, jamás envidia. A lo sumo, una envidia esperanzada: llegará el día en que las tías se pirrarán por ti, Rafi, le decía. Él le preguntaba si llegaría el día en que tendría una sonrisa como la suya, con todos los dientes en su sitio y de un blanco perlino. Y qué me dices de… podré..., pero no, la imaginación de Rafi nunca se desbocaba, y sabía que jamás podría lucir pantalones negros de cuero tan bien como John.
Tras su epifánica visión en el Rívoli, durante meses había dado la lata en vano a su madre para que le comprara unos pantalones como aquéllos, y sólo al cabo de un año, abandonada ya toda esperanza, y con la fiebre travoltera empezando a remitir, encontró su madre en el mercadillo unos baratos que, pese a ser tres tallas más grandes, le regaló por su cumpleaños. Al fin, se decía Rafi, mientras se los probaba frente al espejo de la habitación de sus padres. Observó que no tenían bolsillos traseros e intentó recordar si los de Danny también eran así. Le hacían un culo enorme y lleno de arrugas. Rafi nunca había tenido una prenda de cuero, pero sí las había olido, lo que, unido a su tacto algo acartonado, le hizo sospechar que aquellos pantalones no eran de cuero auténtico. Los escondió en el fondo del armario.

Un buena mañana en la que, durante el recreo, John estaba menos hablador que de costumbre, Rafi se guardó la foto en el bolsillo y decidió observar qué ocurría a su alrededor. Nada le sorprendió demasiado, tan acostumbrado como estaba a las extravagancias de sus compañeros. Recordaba cómo un día, haría un par de años, uno de ellos se había pasado la media hora del recreo preguntando a todo el mundo ¿tú quién dices que gana, Irán o Irak? Demasiado tiempo para tan pocos alumnos, por lo que cada uno de ellos tuvo que responder cinco veces. En otra ocasión, rodó de boca en boca el siguiente chascarrillo:
-¡Se me ha muerto la mujer!
-¡La puta!
-No, la otra.
En una especie de locura colectiva, aquel chiste fue representado una y otra vez, hasta que todos se lo hubieron contado a todos. Los alumnos más introvertidos se limitaban a responder, con no poco entusiasmo, ¡la puta! en el momento adecuado. ¡Qué extraño, recordaba Rafi, habían sonado aquellas palabras en boca del Vallalta, con su cara pecosa, su voz de niña y sus mofletes rosados!
Por eso, verlos ahora jugando a fútbol con una pinza para la ropa, dándose puntapiés y tirándose al suelo no podía extrañarle.
Debido a su vida de ermitaño, Rafi apenas era capaz de poner nombre a las caras de sus compañeros. Aquel de las orejas tan grandes no tenía amigos, y siempre se comía el bocadillo casi a escondidas. Había uno que venía de fuera, y otro que daba mucho miedo a los demás, pero no sabía quiénes eran. Entre las niñas, constataba día tras día, sin él mismo saber si con orgullo o pena, que todas seguían sin parecerse a Sandy. 
Un día, algo, sin embargo, le llamó la atención. A unos metros de distancia de donde se encontraba, en un rincón cerrado al resto del patio, en una punta de la u que éste formaba, había un grupo de niñas de séptimo. Con ellas estaba un niño, probablemente también de séptimo, que Rafi no había visto nunca. Por las miradas que se cruzaban las niñas entre ellas, era evidente que aquel chico era el centro de atención del grupito. Por el modo de reírse de sus gracias, estallando todas a una en una risa tontina tras unos segundos de consulta en silencio, Rafi dedujo que era un chico muy popular, y se puso a observarlo con más detenimiento.
No era guapo, desde luego. Su pelo sucio y lacio le caía en mechas grasientas sobre la frente. Su cabeza, de proporciones bastante reducidas en comparación con la de cualquiera de las chicas, hacía pensar en un trofeo de guerra jíbaro. Su voz áspera y cazallosa se veía además poco favorecida por una compleja ortodoncia que le forzaba al ceceo. Sería una herejía compararlo con John. Y sin embargo, era innegable que ejercía una poderosa atracción no sólo sobre aquellas niñas, sino sobre el mismo Rafi.
De vuelta en clase, Rafi se perdió en unos de sus ensueños habituales: luciendo pantalones y cazadora de cuero negro, engominado tupé al viento, sonrisa de oreja a oreja, y el brazo alrededor del cuello de una rubia despampanante, se veía caminando con desenfadado garbo por los pasillos del instituto de secundaria, devolviendo con encanto irresistible el saludo a todo el mundo y bromeando con John, que le acompañaba del brazo de Sandy.
A la mañana siguiente, Rafi salió al recreo dispuesto a observar más de cerca a aquel curioso seductor de séptimo. Era consciente de que hasta que se produjera su propia eclosión como admirado actor y cantante, a los ojos de todo el mundo seguiría siendo invisible. Gracias a ello, pudo acercarse al grupo, que, como el día anterior, se refugiaba en aquel rincón. No le fue difícil atisbar a aquel Don Juan oleaginoso, pues aunque era más bajo que la mayoría de las chicas, su piel, de común aceitunada, destellaba hoy intensamente por el brillo del sol en la grasa que le caía casi a chorros del pelo. Rafi se preguntaba cómo podía haberle encogido la cabeza, si al fin y al cabo sólo había pasado un día, y ya era bastante pequeña ayer. Tardó unos segundos en caer en la cuenta de que, gracias a una pequeña rendija en el corro de niñas que lo rodeaba, hoy lo podía ver de cuerpo entero, y que al lado de aquel trasero, grande, fofo, tres veces más ancho que sus espaldas y que daba a su cuerpo forma de rombo, era normal que la cabecita pareciera haber menguado.
Aparte de los repentinos ataques de risa por parte de las niñas, apenas si podía oír lo que decían. Pero sí vio, con una mezcla de admiración y pavor, qué corto se había quedado al estimar las habilidades conquistadoras de aquella oliva en celo. En efecto, protegidas por el círculo que formaban las demás, las chicas consentían, tras un débil rubor inicial, no sólo que les acariciara la mano, las abrazara, y palpara con pretendida cautela sus incipientes curvas, sino que, tras estos jueguecitos de calentamiento, Rafi vio cómo, una tras otra, aquel chico las besaba en la boca, con besos bruscos y torpes, pero lo bastante largos como para incluir un violento combate de lagartijas en forma de lengua.
Media hora más tarde, sentado en su pupitre, Rafi era incapaz de abstraerse en su habitual fantasía. Cada vez que empezaba a recorrer el pasillo, tropezaba con una descomunal aceituna que no daba abasto para morrear y manosear el culo a todas sus admiradoras, entre las que, para horror de Rafi, no falataba una descocadísima Sandy. Fiel a sí mismo, Rafi no sabía si estaba preocupado o esperanzado. Por una parte, no podía ocultarse que la frontera entre el apolíneo John y este seductor deforme se estaba volviendo cada día más borrosa. Por otra parte, se le antojaba que quizá fuera este chico el destinado a recorrer con él, entre vítores y aclamaciones, los abarrotados pasillos de un instituto de secundaria a ritmo de rock, un rock alegre, con armónicos coros, en contagioso crescendo hacia una fanfarria celestial.
-Tengo que hacerme amigo suyo -se dijo.
De este modo fue como Rafi, por primera vez en su vida, fue consciente de tomar una decisión.
Y una vez cogido el gusto, ya incapaz de controlarse, al día siguiente volvió a decidir. Así fue como aquella mañana salió de casa enfundado en sus pantalones negros de cuero, que tenía casi olvidados en detrimento del par que gastaba a diario. Cuando, ya en la escuela, llegó la hora del recreo y los niños se abalanzaron en tropel hacia la puerta del patio, la señorita Victoria observó que aquel niño que nunca corría, y que más de un día le había rogado que le permitiera quedarse en clase para estudiar, estaba junto a los demás, empujando, agarrando, impacientándose por aprovechar hasta el último segundo de recreo, todos apelotonados en la puerta, que los dejaba salir sólo de uno en uno.
Rafi había pensado que si quería trabar amistad con el chico de séptimo, debía abordarlo antes de que empezara su habitual orgía de las once. Pero cuando por fin consiguió salir de la clase y llegar a aquel rincón del pecado, se topó con las espaldas de las niñas que cerraban el círculo: la función ya había comenzado. Se oían las risitas, se entreveían manos, blusas, hasta las tiras de algún sujetador. Había un silencio tras otro, seguido de un murmullo que crecía hasta llegar a un jaleo de admiración. Rafi se alzó de puntillas y en el centro del corro vio al chico hundiendo su lengua en lo más hondo de la garganta de una de las niñas, mientras con las manos le estrujaba los pechitos. Inexplicablemente, en ese momento la niña abrió los ojos y su mirada se cruzó con la de Rafi. Ambos la sostuvieron unos segundos. Cuando Rafi por fin se olió el peligro y decidió huir, era ya tarde.
-¿Qué pasa? –gritó la niña, apartándose de encima al grasiento objeto de interés de Rafi- ¿Te gusta?
Rafi se quedó pasmado, aterrorizado. Observó que el romboide Casanova se daba la vuelta y clavaba en él su mirada.
-¿Eh? –continuó chillando cada vez más alto la niña, mientras se abrochaba la blusa- ¿te gusta la Judit?
-¿A quién le guzto? –dijo el trofeo de guerra jíbaro en un tono entre intrigado e indignado.
-Pues está con nosotras, ¿te enteras? –seguía la niña, cada vez más furiosa-. Ése de los pantalones –añadió, dirigiéndose a la andrógina aceituna.
Judit salió entonces del grupo, se acercó a él, le agarró el cuello de la camisa con ambas manos, y entre emanaciones de halitosis le ceceó:
-Mira, gilipollaz, lárgate de aquí zi no quierez que te dé una patada en loz huevoz, ¿te enteraz?
  
De pie junto a la silla de no recordaba qué alumno, la señorita Victoria estaba tan intrigada por aquellas manchas negras con forma de nalgas, que no oyó a Rafi, llorando a moco tendido, aporrear la puerta y suplicarle que le dejara entrar.

miércoles, 20 de mayo de 2015

A la sombra de las muchachas en flor


Lo triste es que la gente tenga que estar muy enferma o haberse roto una pierna para disfrutar de la ocasión de leer En busca del tiempo perdido
 Robert Proust

El título de la obra magna de Proust pesa mucho, y probablemente ha dado lugar a discusiones sobre la naturaleza de una búsqueda que el propio narrador, al hablar de la inutilidad de la memoria voluntaria como herramienta para recuperar el pasado, condena irremisiblemente al fracaso. También es probable que otros hayan indagado sobre el significado preciso de ese "perdido", tan ambiguo en francés como en español: ¿Perdido como las llaves, o malgastado como la juventud?

Quizá en otro momento servidor se haga las pertinentes reflexiones al respecto. Hoy, sin embargo, saco a colación el título, que, osado yo, me atrevo a sugerir que es algo engañoso, por lo menos en lo que llevo leído hasta ahora. En efecto, uno puede pensar -y no le faltan razones- que el título En busca del tiempo perdido es revelador de una obra cimentada sobre la memoria, el recuerdo y el pasado. Pero si ésos son los cimientos de esta catedral literaria, lo lógico sería pensar que no es hacia ellos adonde apuntan las agujas de sus torres. Así, se me ocurre que, si bien podría decirse, sin temor a exagerar, que ésta es una novela acerca de todo, no lo es tanto sobre el recuerdo como sobre la percepción.

Los Campos Elíseos. Por ahí andarán el narrador y Gilberta

Somos lo que percibimos, y eso determina el modo en que entendemos el arte, las personas, las palabras (este aspecto está mucho más desarrollado en el tercer volumen, donde el narrador habla de las contradicciones entre el nombre de Guermantes y el portador de dicho nombre) y, por supuesto, los rostros. Cuando era niño, cursé los ocho años de primaria en cuatro escuelas diferentes, y en cada una de ellas volví a encontrarme con los compañeros de la anterior. Así lo explica Proust:

Porque estéticamente hablando, el número de tipos humanos es harto limitado para que no goce uno, sea cualquiera el sitio a donde se vaya, del placer de encontrarse con gente conocida, sin tener siquiera necesidad de ir a buscarla, como hacía Swann con los cuadros antiguos. Y así, ya en los primeros días que pasamos en Balbec tuve ocasión de encontrarme con Legrandin, con el portero de los Swann y con la misma señora de Swann, convertidos, respectivamente, en un mozo de café, en un extranjero de paso, que no volví a ver, y en un bañero.

Al igual que en Por el camino de Swann, el tema de la percepción está estrechamente relacionado con la relatividad, y de nuevo nos encontramos al respecto con un párrafo tan maravilloso como aquél de las torres que parecían moverse mientras el narrador las observaba desde un carruaje en movimiento. En este caso, el narrador, que se pasa las horas muertas mirando la línea del mar en Balbec, donde contemplará una y otra vez a las muchachas en flor, se sirve de unas flores, una mariposa y un barco.

.. me daba perfecta cuenta, con satisfacción de botánico, de que era imposible encontrar juntas especies más raras que las de estas flores tempranas que interrumpían en este momento, delante de mí, la línea del mar formando leve valladar que parecía hecho con rosales de Pensilvania que sirven de exorno a un jardín puesto en la brava ribera marina; a través de esos rosales se ve toda la extensión de océano que recorre un steamer deslizándose lentamente por la raya hrizontal que va de tallo a tallo de rosal, y tan despacio marcha el barco, que esta mariposa que se quedó entre los pétalos de una flor que ya dejó atrás el navío puede esperar tranquilamente a que sólo la separe de la flor siguiente una parcela azul para echarse a volar en la seguridad de que llegará antes que el vapor.

 El puente de Argenteuil, de Claude Monet. ¿Es éste el estilo de Elstir?

No puedo resistirme a incluir otro sublime fragmento, que tiene lugar cuando el narrador viaja en tren hacia Balbec. En este párrafo veréis mucho más que una hermosa descripción de un atardecer, mucho más que el contraste entre el cielo oscuro de levante y el encarnado poniente. Proust, sencillamente, nos está describiendo una revolución en el mundo del arte. 
Cobró vida, el cielo se fue pintando de encarnado y yo pegué los ojos al cristal para verlo mejor, porque sabía que ese color tenía relación con la profunda vida de la Naturaleza; pero la vía cambió de dirección, el tren dio vuelta, y en el marco de la ventana vino a sustituir a aquel escenario matinal un poblado nocturno con los techos azulados de luna y con un lavadero lleno del ópalo nacarino de la noche, todo abrigado por un cielo tachonado de estrellas; y ya me desesperaba de haber perdido mi franja de cielo rosa, cuando volví a verla, roja ya, en la ventanilla de enfrente, de donde se escapó en un recodo de la vía; así que pasé el tiempo en correr de una a otra ventanilla para juntar y recomponer los fragmentos intermitentes y opuestos de mi hermosa aurora escarlata y versátil y llegar a poseerla en visión total y cuadro continuo.

En Balbec conoce el narrador al pintor Elstir, quien, al decir de los entendidos, representa probablemente a un pintor impresionista inspirado en Monet, Manet o Whistler, a quien, de hecho, se hacen muchas referecencias en este segundo libro. Servidor, sin embargo, a tenor de la descripción que hace el narrador de su estilo pictórico, intuye algo más cercano al cubismo. Mi teoría se ve reforzada por la referencia que hace el narrador a la fotografía, cuya aparición la historia del arte señala como una de las causas principales del movimiento cubista. Juzgad vosotros mismos.

Desde la época en que Elstir comenzó a pintar hemos visto muchas de esas llamadas "admirables" fotografías de paisajes y ciudades. Si se intenta precisar qué es lo que denominan admirable en este caso los aficionados, se echará de ver que tal epíteto se suela aplicar a una imagen rara de una cosa conocida, imagen distinta de las que vemos de ordinario, imagen singular y sin embargo real (...) Precisamente el esfuerzo de Elstir para no exponer las cosas tal y como sabía que eran, sino con arreglo a esas ilusiones ópticas que forman nuestra visión inicial, le había llevado cabalmente a poner de relieve alguna de esas leyes de perspectiva, que entonces chocaban más porque el arte era el que primero las revelaba.

 ¿O más bien éste? (Paisaje cubista, de André Derain)

Y a todo esto, ¿qué hay de las muchachas en flor?

Esta novela, que, como ya hemos dicho, trata de absolutamente todo, es, evidentemente, también la crónica de la educación sentimental de nuestro innombrado héroe. Así, mientras Por el camino de Swann nos mostraba a un narrador que paseaba como un gato en celo por calles y caminos, y cuya experiencia del amor, por consiguiente, le llegaba tan sólo al pobre de manera indirecta, a través de Swann y su relación con Odette, en A la sombra de las muchachas en flor, como era de esperar, nuestro héroe vive de primera mano ese extraño y cruel rito de paso del ser humano consistente en la sed de contacto con otro cuerpo, sed que, a falta de algo mejor, es capaz de saciarse con su propia obsesión. Y si no estáis de acuerdo es que no habéis sido adolescentes.

Mis primeros amores eran víctimas. Cuando me fijaba en una chica, el proceso que tenía lugar dentro de mí partía de un enamoramiento súbito y enfermizo, seguido de un largo período de persecución y acoso a distancia, para por último declararle mi amor eterno a la chica, que normalmente tenía el generoso detalle de preguntarme mi nombre antes de rechazarme. De acuerdo, exagero un poco... pero muy poquito. En todo caso, si hubiera leído esta novela hace treinta años, otro gallo hubiera cantado, pues habría aprendido del narrador, quien, pese a seguir una estrategia de acoso y derribo muy parecida a la mía, da ese paso más que los cobardes no damos, e intenta por todos los medios a su alcance que las muchachas en flor se fijen en él. Y el gran paso que da es, sencillamente, el de entrar en el círculo de la persona amada.

El tema de los círculos sociales es constante a lo largo de la obra, y en no pocas ocasiones -como veremos en otro momento- observamos en algunos personajes la poderosa atracción de lanzarse sin red a un círculo sensiblemente inferior al nuestro. No es éste el caso del narrador con Gilberta, la primera de esas floridas muchachas. Gilberta es hija de Swann y Odette, y su relación con el narrador, que empezó con un encuentro fugaz en el camino de Méseglise en el que ya se advertía el carácter borde de la niña, está revestida, en apariencia, de esa inocencia que caracteriza nuestros amores infantiles, donde las cosas parecen suceder porque sí y terminar de un modo también arbitrario cuando no inexplicable. Y digo que esa inocencia es aparente, porque entre unos retozos en el parque, nos encontramos con escenas como ésta:
Ella escondió la carta detrás del cuerpo, y yo le eché las dos manos por el cuello, alzando las trenzas, que aún llevaba colgando, bien porque estuviera todavía en edad de eso, bien porque su madre quisiera hacerla pasar por más niña, con objeto de rejuvencerse ella; nos agarramos. Yo hice por traerla hacia mí; ella se resistía y se le pusieron los carrillos encendidos por el esfuerzo, rojos y redondos cual cerezas; se reía como si le hiciese cosquillas; yo la tenía bien enlazada con mis piernas, lo mismo que un arbusto al que se quiere trepar; y en medio de aquella gimnasia que yo hacía, sin que se acelerara apenas la sofocación que me causaba el ejercicio muscular y el ardor del juego, se escapó mi placer como unas cuantas gotas sudor arrancadas por el esfuerzo, y sin que me quedase ni siquiera tiempo de saborearlo; en seguida cogí la carta. Entonces Gilberta me dijo bondadosamente:
-Bueno, si usted quiere, podemos pelear aún otro poco.

¿Cómo se os ha quedado el cuerpo?


  Alfred Agostinelli, a la derecha, junto a su padre y hermano. Agostinelli, secretario de Proust y uno de sus grandes amores, fue también uno de los modelos para el personaje de Albertina

Ya vimos en Por el camino de Swann que el narrador y yo fuimos el mismo niño, pero en A la sombra..., como dos especies animales que evolucionan a partir de una misma rama, nuestros caminos se empiezan a separar. Así, mientras el adolescente que yo fui se quedó muy atrás en cuanto a madurez sentimental, el narrador desarrolla bien pronto cierto desapego un tanto cínico que yo tardé décadas en adquirir. Y es que, por utilizar el lenguaje de los traductores, se echa de ver cómo nuestro héroe no se engaña al respecto del amor eterno y la presunta y absurda unión de dos almas.

De modo -por lo menos así discurría yo entonces- que siempre está uno separado de los demás seres; cuando se está enamorado tenemos conciencia de que nuestro amor no lleva el nombre del ser querido, de que podrá renacer en lo futuro, y acaso pudo haber nacido en el pasado, para otra mujer y no para aquélla.

Cruel revelación ésta, no sólo en lo que respecta al amor sino también al lector. ¡Esa identificación con el narrador no era, pues, eterna! Al contrario, cuando su amigo Bloch lo lleva a un burdel veo con horror cómo el narrador recibe el hervor que a mí me faltaba, y que le permite desarrollar ese distanciamiento cínico que tanto me habría ayudado y que, aun así, me veo incapaz de calificar como bendito (pues no acabo de decidir si de verdad lo hubiera deseado así para mí). Claro que poco puede uno esperar que el amor sea eterno, cuando ni siquiera lo es el yo.

Como nuestra vida es muy poco cronológica y entrevera tantos anacronismos en el sucederse de los días, yo a menudo vivía en horas más viejas que las del ayer o el anteayer, en horas de mi antiguo amor por Gilberta. Y entonces me daba pena no verla, cual me ocurría en aquellos tiempos pasados. El yo que la quiso, sustituido ahora casi enteramente por otro, volvía a surgir, y más bien al conjuro de una cosa nimia que de una importante.

La playa de Cabourg, modelo de Balbec, llena de muchachas en flor

Probablemente todos hemos experimentado alguna vez en la vida esa extraña y perturbadora sensación que resulta de mirar fijamente a alguien a quien conocemos bien -y diría yo que es condición imprescindible que la persona observada no nos mire a los ojos- y ver cómo ese rostro familiar cambia de repente. La nariz toma otro perfil, los ojos dejan de sernos familiares, y la boca adopta un gesto que nunca le habíamos visto. Es como si todos los rasgos se hubieran separado por un brevísimo instante para recomponerse de un modo que queremos pensar es imperfecto, hasta que se nos ocurre que quizá sea ése, más vulnerable y envejecido, el verdadero aspecto de un rostro que hasta entonces tan bien creíamos conocer. ¿No se os ocurre que es más que probable que haya quien sea capaz de utilizar ambos "modos de ver" a voluntad? De ser así, podríamos sospechar que radica ahí, más que en el dominio del pincel, el genio de un pintor. Eso sí, de lo que no me cabe duda es que Proust sí poseía esa capacidad, y que no la aplicaba tan sólo a los rostros sino, como ya hemos visto, a los paisajes, a los sonidos, a los sabores, a los sentimientos y, desde luego, a la percepción. El personaje de Albertina, que viene a sustituir a Gilberta en la contemplación amorosa del narrador, nos brinda este colosal párrafo, que, pese a su densa carga filosófica, es claro como el agua.

Prácticamente podía tenerse la certidumbre de que Albertina y aquella joven que iba a entrar en casa de su amiga eran la misma persona. Pero, a pesar de todo, mientras que las innumerables imágenes que más adelante me ofreció la morena jugadora de golf, por diferentes que fuesen unas de otras, se superponen (porque sé que todas son suyas), y cuando remonto el curso de mis recuerdos me es posible, tras esa cobertura de identidad, pasar y repasar, como por un camino de comunicación interior, por todas esas imágenes sin salir de la misma persona; en cambio, si quiero remontarme hasta la muchacha que vi yendo con mi abuela, necesito dejar ese camino y salir al aire libre. Estoy convencido de que es Albertina la que encuentro, la misma que se paraba a menudo, entre todas sus amigas, en aquel paseo en que sus figuras se alzaban sobre la línea del horizonte marino; pero todas esas imágenes siguen separadas de la otra, porque no puedo conferirle retrospectivamente una identidad que no tenía en el momento que me saltó a la vista; y a pesar de todo lo que pueda asegurarme el cálculo de probabilidades, lo cierto es que a esa joven de las mejillas llenas, que me miró atrevidamente al doblar la esquina de la calle y de la playa, y que yo me figuré que podría quererme, no la he vuelto a ver nunca, en el sentido estricto de la frase "volver a ver".

Hay quien gusta de resumir hasta el extremo el argumento de las grandes obras de la literatura. Pues bien, con Proust, que a uno se le antoja totalmente imposible de resumir, lo cierto es que, bien mirado, lo tienen muy fácil. Porque, se preguntará el amante de las novelas con acontecimientos, ¿qué sucede realmente en A la sombra...? Pues, aparte de, como ya hemos señalado, todo, en realidad, suceder, lo que se dice suceder, sucede muy poco. Tenéis resúmenes en la wiki.




En otro momento tendremos que decir algo de la larga sombra de nuestro autor sobre la historia de la literatura. De momento, y para concluir, me permito citar una frase genial de Swann que demuestra la influencia de Proust hasta en el mismísimo Forges.

 -Odette, el príncipe de Agrigento, que está conmigo en mi despacho, pregunta si puede venir a ponerse a tus pies. ¿Qué le digo?

miércoles, 6 de mayo de 2015

Will Eisner y las reglas del juego


Las reglas del juego son dos: dinero y apariencia. El dinero te ayuda a mantener las apariencias, y la apariencia es fundamental para ganar dinero. Y si ésas son las reglas, ¿cuál es el juego? Abraham Kayn lo dice muy claro en el prólogo:

Nunca hemos sido mejores que nuestros vecinos, así que aceptamos que la única forma de mejorar era mediante el matrimonio.

¿Y por qué no? Todas las historias que oíamos de pequeños nos transmitían este mensaje. Da igual que fuera la historia, la Biblia o los cuentos de hadas, siempre ocurría lo mismo. Un gran rey o noble ofrecía la mano de su bella hija a un joven (de las clases bajas) que había realizado una gran hazaña. Generación tras generación, aceptamos esto como verdadero. Sin duda, para la gente normal se trataba de un sueño, porque el resto de formas de ascender socialmente eran más difíciles.

(...) Para nosotros, el matrimonio era, por lo tanto, un juego.

Hay mucho que ganar, sin duda, en ese juego. Y mucho que perder. Pero si pierdes, no te puedes quejar: conocías las reglas.

 Pero en Las reglas del juego, además del peligroso e hipócrita juego del ascenso social mediante el matrimonio, Eisner nos habla de un tema frecuente en su obra, como es la inmigración judía a los EEUU, su integración y su historia a la par del crecimiento y desarrollo del país. En ese sentido, la novela que nos ocupa tiene bastante en común con la magistral Contrato con Dios, que reseñé aquí. Sin embargo, en aquélla, el espacio se limitaba a un bloque de edificios, mientras que Las reglas del juego no tiene un escenario tan concreto, y de hecho sucede a ratos bien lejos de Nueva York. La Gran Manzana, no obstante, sigue siendo la Meca de todo emprendedor, o mejor dicho, de todo aquél que desee ser alguien en este mundo. Y en Nueva York, como en algún que otro lugar, los jetas pueden llegar bastante más lejos que los emprendedores.

Eisner nos muestra los avatares de la vida de tres familias judías de diferente origen y fortuna, desde finales del s. XIX hasta los años 50 del siglo pasado. Los Arnheim descienden de los muchos judíos alemanes que emigraron a los EEUU a mediados del siglo XIX. Gracias a su dedicación y talento para los negocios, Moses Arnheim creó un pequeño imperio en la industria textil y llegó a acumular tanta riqueza que se codeaba con los príncipes del comercio y la banca judeoalemana, como los Straus, los Lehman, los Goldman, los Loeb o los Guggenheim. ¿Os suenan? Este imperio fue heredado por su hijo Isidore, Izzy, que supo estar a la altura de su padre, si bien fracasó en la educación de sus hijos, Conrad y Alex. Conrad, niño mimado, sinvergüenza y vividor, es el gran protagonista de la novela, mientras que el fracasado Alex ofrece el contrapunto, al estilo de Hombre rico, hombre pobre.



Por su parte, la familia Ober es de aquellos judíos alemanes que decidieron dejar la gran ciudad y buscar su fortuna en las pequeñas poblaciones del oeste. Así Abner Ober, hijo del trapero Chaim, pasó de regentar una tienda de confecciones a ofrecer préstamos a los granjeros, para llegar así a convertirse en un acaudalado y respetado banquero. Como otros judíos alemanes, Abner es muy consciente de ciertas cosas. En la entrevista que ofrece a un periodista local, éste le dice:

-Ah...se forjó una buena reputación por su honestidad... Esto... poco habitual en los judíos.
-¡Depende de qué judíos esté hablando, señor!
-Por favor, no pretendía ofenderle... Ya sabe a cuáles me refiero... A los que vienen de Rusia... y...
-¡Ah, ellos!

Esta conciencia de clase entre los propios judíos es otro de los temas que subyacen en la obra, y se trata de una actitud todavía hoy muy habitual en el propio Israel. Así, durante la década de los 30 y la guerra mundial, cuando la fundación de la familia Arnheim propone ayudar a los judíos perseguidos y masacrados en Europa, Conrad se permite bromear:

-Cualquier cosa menos que los haga miembros del clud de campo, ¿eh?

Los Kayn representan a esos judíos de origen humilde, léase, de la Europa del este, cuya única esperanza de ascender en la escala social es mediante un buen matrimonio. Estamos en los años 50, y Aron Kayn es un bohemio que vive para la poesía. Un día conoce a Rose, la rebelde hija de Eva Arnheim. Eva, la bellísima segunda esposa de Conrad, procede de una familia judeoalemana arruinada, los Krause, y tiene muy claro que su objetivo en la vida es formar parte de la alta sociedad.



Al igual que en Contrato con Dios, o quizá de modo más acentuado aquí, la historia que se nos narra nos remite a las grandes sagas familiares de Isaac Bashevis Singer. Uno conoce a un puñado de personajes aparentemente respetables, que viven entregados a su trabajo y a la familia, pero en seguida se da cuenta de que no hay que rascar mucho para ver las miserias que se ocultan tras esas sagradas apariencias. Y dichas miserias brindan a Eisner la oportunidad de regalarnos todo un dramón, con villanos sin escrúpulos, secuestros, alguna que otra violación, un par de muertes horriblemente trágicas, y la desoladora constatación de que todo, absolutamente todo, se puede comprar con dinero, aunque nada, absolutamente nada, está completamente a salvo de la crueldad del destino.



Will Eisner está considerado uno de los maestros de la novela gráfica, cuando no su máximo representante. Aparte de su talento puramente literario, que yo insisto en comparar con Singer o Bellow, su destreza y creatividad al componer cada página ha sentado cátedra y ha influido tanto en los artistas posteriores, que a veces el lector no percibe la maestría de la composición. Esta novela, sin embargo, ha recibido algunas críticas por el modo en que el autor a veces delega en el texto escrito lo que debería expresarse de manera gráfica. Puede que sea cierto, y que Eisner haya recurrido en exceso a largos párrafos para narrar lo que en otras obras expresaba mediante imágenes. Quizá ello se deba a la más que respetable edad que tenía al escribir esta obra (84 años) o, sencillamente, a que los trapos sucios de los Arnheim y los Ober le interesaban más que la historia de sus auges y caídas. En cualquier caso, se mire como se mire, Las reglas del juego es una novela estupenda.


Will Eisner (1917-2005)
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