miércoles, 22 de abril de 2015

Por el camino de Swann



Nadie llega virgen a las grandes obras de la literatura. Cualquiera que se acerque por primera vez al Quijote sabe, por muy joven que sea, de los molinos, Dulcinea y la llana sensatez de Sancho. El atrevido que se lance a por el Ulises es consciente de que no va a entender nada y, muy probablemente, no terminará la novela. Y todo aquél, como yo, que decide que por fin ha llegado el día de buscar el tiempo perdido, sabe que se trata de una gran saga con frases muy largas y protagonizada por una melancólica magdalena.

Y claro, así, después de la lectura viene el problema del "y ahora, ¿qué digo?". ¿Voy a tener la osadía de comentar una obra que, según los expertos consultados, es una de las mayores maravillas jamás escritas? Por suerte, el autor nos lo pone fácil, porque, contrariamente a lo que uno podría pensar, la lectura de Proust no necesita de 'preparación' alguna, y al igual que el joven matrimonio que quiere tener un niño se equivoca al esperar el momento propicio, pues éste nunca llegará, y el momento presente puede ser tan bueno como el futuro, si no mejor, dado que mañana ella puede encontrar un nuevo trabajo que requiera de todo su tiempo y energías, o él puede perder el suyo y entrar en una depresión que le induzca a pensar que traer una criatura a este mundo es el acto de mayor crueldad que el ser humano pueda perpetrar; así no hay un momento ideal para acometer esta obra, sino que, con cada minuto que posterguemos su lectura se va añadiendo un granito más al montoncito de arena de un precioso tiempo perdido y, éste sí, absolutamente irrecuperable. Apuntaos un punto si en esa frase tan absurda habéis detectado un lamentable remedo del estilo proustiano.

 Esto es todo lo que yo sabía de Proust hasta ahora

Al escribir sus grandes obras, algunos autores se dirigen al gran público. Otros se decantan por un público más selecto. No faltan los que van aún más lejos y escriben, sencillamente, para los críticos. Existen también aquéllos que, con algo más de vanidad, sólo piensan en la posteridad, mientras que, por el contrario, hay quien escribe con la intención de reafirmar, cuestionar, provocar o aniquilar el espíritu de la época. Proust, por su parte, y esto quizá os sorprenda, escribió Por el camino de Swann pensando únicamente y exclusivamente en el Niño Vampiro. Y a las pruebas me remito. Las siguientes líneas, por ejemplo, están basadas en un triste anticlímax de mi temprana madurez, el día que comprendí que llevaba años empeñado en convertirme en un idiota y que, para mi desgracia, lo había conseguido.

Y con esa cazurrería intermitente que le volvía en cuanto ya no se sentía desgraciado y que rebajaba el nivel de su moralidad, se dijo para sí: "¡Cada vez que pienso que he malgastado los mejores años de mi vida, que he deseado la muerte y he sentido el amor más grande de mi existencia, todo por una mujer que no me gustaba, que no era mi tipo!".

Pero antes, mucho antes de aquel desengaño por el amor malgastado, había sido la soledad y la angustia por el amor anhelado, en un episodio para el que Proust se inspiró en mis callejeos adolescentes de horas y horas acompañado de mi perra y buscando ni yo sabía qué.

Miraba tercamente el tronco de un árbol lejano, detrás del cual podría surgir la moza para venir adonde yo estaba: el horizonte escrutado seguía desierto; caía la noche, y sin esperanza ya, fijaba yo mi atención, como para aspirar las criaturas que pudiera ocultar, en ese suelo estéril, en esa tierra exhausta; y ahora pegaba no de gozo, sino de rabia, a los árboles del bosque de Roussainville, aquellos árboles que no servían de refugio a ningún ser vivo, como si fueran árboles pintados en un panorama, porque sin poder resignarme a volver a casa antes de abrazar a la mujer de mis deseos, no tenía más remedio que emprender el camino de vuelta a Combray, diciéndome a mí mismo que cada vez disminuían las probabilidades de que la casualidad me la pusiera al paso. ¿Y me habría atrevido acaso a hablarle si la hubiera encontrado? Creo que me hubiera tomado por un loco; yo no creía que existieran verdaderamente fuera de mí los deseos que formaba durante aquellos paseos y que no lograban realización, ni creía que los demás pudieran participar de ellos. Se me aparecían tan sólo como creaciones puramente subjetivas, impotentes e ilusorias de mi temperamento.

 Illiers, el Combray de Proust, en 1971 pasó a llamarse Illiers-Combray

El genio del artista consiste en convertir lo que en mi vida fueron momentos de un carácter vulgar y anodino no ya en poesía, sino en belleza. Pero afortunadamente, Proust no se limitó a tomar de mi vida sólo aquellos episodios susceptibles de adquirir una poética solemnidad. Me consuela saber que también le inspiré algunos momentos divertidos. Es sabido, por ejemplo, que para la descripción de esta señora (la tía del pianista en casa de los Verdurin), Proust tomó como modelo un alumno de mi clase de inglés:

Como era muy ignorante y tenía miedo de no hablar bien, pronunciaba a propósito de una manera confusa, creyendo que así, si soltaba alguna palabra mal pronunciada, iría difuminada en tal vaguedad, que no se distinguiría claramente; de modo que su conversación no pasaba de un indistinto gargajeo, de donde surgían de vez en cuando las pocas palabras en que tenía confianza.

 En algunos momentos, Marcel, que es como le gusta que lo llame, intentó que el modelo que le proporcioné no fuera del todo evidente. Fijaos en este fragmento a propósito de Swann y el monóculo:

La primera vez que se lo vio puesto, Odette no pudo contener su alegría: "Para un hombre, digan lo que quieran, no hay nada más chic. ¡Qué bien estás así, pareces un verdadero gentleman! No te falta más que un título".

Muy pocos saben que esta anécdota está vagamente inspirada en un compañero mío de universidad que se compró un estuche de violoncelo para darse un aire bohemio y pasearse con él por las terrazas de los bares. Y así, aunque quizá otro en mi lugar se hubiera indignado, o incluso habría acusado al bueno de Marcel de plagio, apenas os puedo dar cuenta del placer que ha supuesto para mí ver, página tras página, y me atrevería a decir que línea tras línea, sentimientos, experiencias, observaciones o ideas que a veces recordaba y otras veces descubría, pero que siempre habían estado ahí, en lo más recóndito de mi memoria. No de la inteligente, sino de la otra.

Proust tocando una serenata a Jeanne Pouquet, uno de los modelos para Gilberta Swann

La obra gira alrededor del concepto de memoria involuntaria, y es aquí donde entra en acción la célebre magdalena. Pero dejemos que lo explique el propio Marcel:

A decir verdad, yo hubiea podido contestar a quien me lo preguntara que en Combray había otras cosas, y que Combray existía a otras horas. Pero como lo que yo habría recordado de eso serían cosas venidas  por la memoria voluntaria, la memoria de la inteligencia, y los datos que ella da respecto al pasado no conservan de él nada, nunca tuve gana de pensar en todo lo demás de Combray. En realidad, aquello estaba muerto para mí.

(...) Considero muy razonable la creencia céltica de que las almas de los seres perdidos están sufriendo cautiverio en el cuerpo de un ser inferior, un animal, un vegetal o una cosa inanimada, perdidas para nosotros hasta el día, que para muchos nunca llega, en que suceda que pasamos al lado del árbol, o que entramos en posesión del objeto que las sirve de cárcel. Entonces se estremecen, nos llaman, y en cuanto las reconocemos se rompe el maleficio. Y liberadas por nosotros, vencen a la muerte y tornan a vivir en nuestra compañía.

Así ocurre con nuestro pasado. Es trabajo perdido el querer evocarlo, e inútiles todos los afanes de nuestra inteligencia. Ocúltase fuera de sus dominios y de su alcance, en un objeto material (en la sensación que ese objeto material nos daría) que no sospechamos.

Y todos, incluso los que jamás lo han leído, saben cuál es ese objeto y cuál esa sensación. Continuaría con mucho gusto la cita en ese punto (...y de pronto el recuerdo surge...), pero es que citaría con gusto cada frase de este libro.

Así, la magdalena despierta la memoria involuntaria, y ésta nos lleva a los días de Combray, a revivir la infancia del narrador y recuperar recuerdos del lector. La belleza de la escritura y el poder de evocación de esta novela que nos abruman a cada momento no tienen punto de comparación con nada de lo que yo haya leído antes. Pero una novela no alcanza las cimas del canon sólo a base de una linda y poderosa colección de recuerdos. Para ello hace falta más chicha. La maestría de Proust consiste precisamente en revestir historia, política, filosofía, arte, psicología y todas las grandes ideas de la época de un lenguaje rico, sutil y complejo que consigue entrarnos por todos los sentidos. Por el camino de Swann es, en definitiva, eso que debería ser la literatura: una obra eterna que es, ante todo, una novela de su tiempo.

Entre las ideas que riegan este Camino, es evidente, en primer lugar, la influencia de Freud, que ya había publicado La interpretación de los sueños y había desarrollado sus teorías sobre la asociación libre de ideas. También hay ecos, muy vagos y que no sé si más adelante se volverán más sonoros, del caso Dreyfuss, ecos que nos recuerdan la figura de Charles Ephrussi, crítico de arte de origen judío que se convirtió en una de las víctimas colaterales del antisemitismo desatado a raíz del célebre caso, y de quien hablé ya aquí. Ephrussi fue uno de los modelos que inspiraron a Proust el personaje de Swann, y destacó además por ser un inveterado japonista, uno de aquellos numerosos enamorados del arte nipón que tanta influencia tuvo en Francia, como, por otra parte, puede observarse en la novela, donde son constantes las referencias a elementos decorativos japoneses.

Otra idea quizá menos obvia o quizá, simplemente, fruto de mi imaginación es la de la relatividad del tiempo y el espacio, idea einsteniena que es también una de los rasgos esenciales del modernismo en el que se inscribe la novela. Fijaos en este maravilloso fragmento, en el que el narrador, durante un viaje en carruaje, se entretiene contemplando el juego del escondite que los campanarios de Martinville parecen jugar con él. Pide entonces papel y lápiz y se pone a escribir:

"Solitarios, surgiendo de la línea horizontal de la llanura, como perdidos en campo raso, se elevaban hacia los cielos las dos torres de los campanarios de Martinville. Pronto se vieron tres: porque un campanario rezagado, el de Vieuxvicq, los alcanzó y con una atrevida vuelta se plantó frente a ellos. Los minutos pasaban; íbamos a prisa y, sin embargo, los tres campanarios estaban allá lejos, delante de nosotros, como tres pájaros al sol inmóviles, en la llanura. Luego, la torre de Vieuxvicq se apartó, fue alejándose, y los campanarios de Martinville se quedaron solos, iluminados por la luz del poniente, que, a pesar de la distancia, veía yo jugar y sonreír en el declive de su tejado. (...) De cuando en cuando uno de ellos se apartaba, para que los otros dos pudieran vernos un momento más; pero el camino cambió de dirección, y ellos, virando en la luz como tres pivotes de oro, se ocultaron a mi vista. Un poco más tarde, cuando estábamos cerca de Combray y ya puesto el sol, los vi por última vez desde muy lejos: ya no eran más que tres flores pintadas en el cielo, encima de la línea de los campos. Y me trajeron a la imaginación tres niñas de leyenda, perdidas en una soledad, cuando ya ba cayend la noche; mientras que nos alejábamos al galope, las vi buscarse tímidamente, apelotonarse, ocultarse una tras otra hasta no formar en el cielo rosado más que una sola mancha negra, resingada y deliciosa, y desaparecer en la soledad."

La relatividad del espacio, la voluntad del artista impuesta sobre la realidad de los hechos, un estudio sobre la percepción, el desarrollo de la vocación literaria, y sobre todo una descripción poética, evocadora y sensual. Cada párrafo de Proust, aparte de bellísimo, es a la vez de una densidad y ligereza pasmosas.


Los paperolles, anotaciones añadidas por el autor en lecturas posteriores del manuscrito. Consistían en tiras de papel que se podían sumar a otras y alcanzar hasta un metro de longitud


Uno de los incontables momentos sublimes de la obra, un momento en el que se entrelazan de manera soberbia algunas de las ideas de la novela y la evocación poética y sensual del lenguaje de Proust, tiene lugar en una fiesta en la que Swann vuelve a oír un fragmento de una sonata de Vinteuil. Estamos en la segunda parte de la novela, Unos amores de Swann, donde se nos narra la relación entre Swann y Odette, que tiene lugar antes de que naciera el narrador y, por lo tanto, años antes de los acontecimientos descritos en la primera parte. Vinteuil es un músico desconocido para Swann, pero no para el lector, que ha sido ya testigo de su triste final. Swann, al principio de esta segunda parte, reconoce un pasaje de una sonata suya, un fragmento que para él representa la cima de la belleza y la sensibilidad musical, y el pasaje en cuestión se convierte en símbolo de su amor por Odette. Ya sabéis, "están tocando nuestra canción". Cuando, pasado un tiempo y varios altibajos en la relación, en la fiesta mencionada Swann vuelve a oír el pasaje de Vinteuil, se produce en él el tipo de reacción que, de haber sabido escribir, nos habría descrito uno de los perros de Pavlov.

Y antes de que Swann tuviera tiempo de comprender y de decirse que era la frase de la sonata de Vinteuil y que no había que escuchar, todos los recuerdos del tiempo en que Odette estaba enamorada de él, que hasta aquel día lograra mantener invisibles en lo más hondo de su ser, engañados por aquel brusco rayo del tiempo del amor y creyéndose que había tornado, se despertaron, se remontaron de un vuelo, cantándole locamente, sin compasión para su infortunio de entonces, las olvidadas letrillas de la felicidad...

La música ha dejado de ser bella por sí; su belleza se la proporciona ahora el recuerdo de Odette. Los efectos de la música sobre el alma de Swann ocupan entonces cuatro páginas más, a las que no les sobra ni una palabra. Pero entonces el significado de la melodía -y su efecto sobre el recuerdo- parece volver a desdoblarse:

Por primera vez el pensamiento de Swan saltó en un arranque de piedad y cariño hacia aquel Vinteuil, aquel hermano sublime, que tanto debió de sufrir. ¿Cómo sería su vida? ¿De qué dolores debió sacar aquella fuerza de Dios, aquella ilimitada potencia de crear? 

Ya he dicho que el lector ha sido testigo, cientos de páginas antes, del sufrimiento de Vinteuil. En estas páginas, pues, merced a una sonata de violín, narrador, personaje y lector se funden en la experiencia del tiempo recobrado, el tiempo presente y el tiempo anticipado. En otras palabras, de la mano de Proust y Swann, el lector consigue recordar el futuro. O algo así. No soy Proust y no sé expresarlo, pero en un libro que deslumbra y embelesa a cada página este fragmento me ha deslumbrado y embelesado como pocas veces lo ha conseguido un libro.

En definitiva, mientras otros autores sólo pueden, en sus mejores momentos, llegar a escribir obras maestras, Proust escribió En busca del tiempo perdido. Enfrascado estoy ya en A la sombra de las muchachas en flor, que, como observaréis por el título, también está inspirado en mi escasamente memorable adolescencia. Sólo Proust podrá convertir en oro literario tantos momentos olvidables.

Punto final.

Junto a su madre, Jeanne Weil, y su hermano Robert
___________________________ 

Mención aparte merece la edición de Alianza. El volumen que he leído es una de esas joyas de la editorial, de la serie Biblioteca 30 aniversario, con la tapa dura, cinta de lectura y biografía al final con impresionante álbum de fotos. La traducción de éste y, creo, los dos siguientes volúmenes, corrió a cargo de Pedro Salinas, y el resto, de Consuelo Berges. Desconozco cuántas traducciones se han hecho al español de esta obra, aunque dada la magnitud de la obra, dudo que hayan sido más de un puñado. Gran poeta, Salinas brilla en su traducción, aunque hay que decir que no estoy del todo convencido de que esta versión deba ser absolutamente intocable, como sí parecieron pensar los de Alianza.

Es cierto que, con ciertas obras, una traducción "de la época" puede ser preferible a una más contemporánea. Así, en una novela como ésta, sobre el tiempo y el recuerdo, quizá ese tono ligeramente anticuado acentúe un tanto su carácter poético y melancólico. Podemos, por tanto, aceptar palabras como pistache en lugar de nuestro hoy familiar pistacho, accionan en vez de actúan, como diríamos hoy ("nuestras pasiones no accionan sobre nosotros más que en segundo lugar"); o incluso podemos pensar que la traducción al español de los nombres propios -Francisca, Leoncia, Gilberta- da cierto sabor añejo al texto. Más discutible es, probablemente, hablar de un duro ("mamá me ponía en la mano un duro"), pero lo que me ha provocado franca irritación son los constantes laísmos, leísmos y loísmos, a cual de ellos más chirriante: "Empezaba a serla difícil", "los sugería que", "habíale yo olvidado". Y yo que, tonto de mí, pensaba que leísmo y loísmo eran mutuamente excluyentes: si alguien dice "ya le he comprado", ¿por qué va a decir "lo regalé un libro"? Pues evidentemente me equivocaba. En definitiva, Salinas era un gran poeta y traductor, pero tenía un serio problema con los pronombres.Y así, mi pregunta es, ¿piensan los de Alianza que dicha masacre pronominal reviste la obra de un aroma entrañable y castizo, o sencillamente, ni se han dado cuenta?

Afortunadamente, Proust es tan grande que vence al tiempo, conquista la eternidad y derrota al laísmo.


martes, 21 de abril de 2015

Laie, Sant Jordi y twitter

La librería Laie, en Barcelona

Una de mis librerías favoritas de Barcelona es Laie, en Pau Claris. He recibido de ellos esta invitación para promover y participar en una iniciativa tuitera con motivo de Sant Jordi. El objetivo, llenar twitter de nuestras frases literarias favoritas. El reto, que aparezcan las menos posibles de Coelho. ¿Podremos conseguirlo? Además hay premio.

Aquí tenéis más información:


Invitamos a los bloggers literarios a una cita con la literatura

La librería Laie de Barcelona quiere fomentar la buena literatura desde que abrió sus puertas en varios puntos clave de la ciudad. Este Sant Jordi, día del libro, queremos que todo Twitter hable de buenos libros.


Para eso, hemos creado un hastag, #Tienesunacita que queremos lanzar desde ahora hasta el día 23 de abril. Invitamos a los usuarios lectores a que compartan en Twitter sus citas literarias favoritas acompañadas de#Tienesunacita y @laietana. Los tuits serán retuiteados por Laie y la revista www.paseodegracia.com para amplificar el impacto.


Nuestra vocación es la lectura y estamos dispuestos a contagiar a Twitter. ¿Te apuntas? Ponemos unos cuantos premios en el sedal.


Aquí están los detalles:

Este Sant Jordi, #Tienesunacita con la @laietana.
 
Una cita con la cultura

Sea de Vila-Matas, Montaigne, Marx (Groucho) o Doroty Parker, todo el mundo tiene una cita preferida. ¿Cuál es la tuya?
 
Este San Jordi Laie os invita a compartirla con los autores, vuestros amigos, followers y con nosotros. Postea tu cita en Twitter, Facebook o Instagram entre hoy y el 23 de abril citando el autor y seguida de #tienesunacita y @laietana. Sorteamos un Año de cultura gratis*. Cada cita es una participación, cuantas más citas compartas, más posibilidades tendrás de ganar.
 
Una cita con premio

Sabemos que os gusta leer, por eso el ganador, podrá escoger durante un año, un libro gratis cada mes de entre la lista de los recomendados de Laie.
Sí, doce libros gratis para que no te pierdas lo mejor de la literatura, arte, diseño...
 
El premio incluye una serie de experiencias culturales en Barcelona, que iremos desvelando en nuestras redes sociales durante estos días.
 
Laie en colaboración con www.paseodegracia.com ha producido totebags de edición limitada, 100% algodón.
Si participas en el concurso, te llevas una totebag de regalo enseñando el pantallazo con tu frase preferida al realizar tu compra en cualquiera de las tiendas Laie de Barcelona; Estarán disponibles desde el día 10 de abril en Laie Pau Claris, MACBA, CCCB, Museu Picasso, La Pedrera, Museu Nacional d’Art de Catalunya, Recinte Modernista de Sant Pau, CosmoCaixa y CaixaForum, hasta agotar existencias.
 
El Día de San Jordi, las primeras 50 personas que pasen por los stands de Laie se llevarán una bolsa gratis al enseñar su cita compartida. Presta atención a nuestros canales de Facebook y twitter, a última hora del día de Sant Jordi sortearemos entre todos los participantes el lote de libros y el Año de cultura gratis.
  
Una cita con descuento

Si muestras tu cita desde hoy hasta el día 22 de abril en cualquiera denuestras librerías además de participar en el concurso, y llevarte una bolsa obtendrás un descuento del 5%.
 
Una cita con los autores

Como siempre en Sant Jordi, los mejores autores estarán presentes en los dos stands de Laie en el Paseo de Gracia para firmar libros. Consulta esta página a partir del día 10 de abril para consultar la lista y horarios definitivos.
 
¡Os deseamos a todos un Feliz Sant Jordi!

jueves, 9 de abril de 2015

Cuentos perdedores (8)


Si no de otra cosa, disfrutad por lo menos del Gran Combo.


El plazo vencido

Me encontré con la Muerte en el mercado de la Boquería. Al principio, vi sólo su capucha negra y la reluciente guadaña, que descollaban entre la gente. Se encontraba de espaldas a mí, pero pude observar que se estaba girando con mucha lentitud, como si estuviera barriendo con la mirada todo el espacio a su alrededor, y supe que de un momento a otro, habiendo completado el giro, la tendría ante mí. Debería haber emprendido la huida de inmediato, pues sabía muy bien a por quién venía, pero un cansancio de años se adueñó de mí y me forzó a afrontar mi destino. Cuando, en su macabro e interminable giro, me mostró su perfil, me apreté contra el pecho la bolsa con la compra como un guerrero que se protege con su escudo. Finalmente, de entre la negrura del interior de la capucha se dejó entrever su rostro putrefacto, con las cuencas de los ojos vacías y dos agujeros por nariz. En el último instante, decidí que en realidad no estaba listo para afrontar mi destino, tiré la compra al suelo, me di la vuelta y, atravesando el gentío de clientes, mirones y turistas, eché a andar lo más deprisa que pude hacia la salida de atrás. Cuando vi por fin el cielo, pensé que le había dado esquinazo, pero lo que me parecía un rayo de sol que me deslumbraba era en realidad un destello de la maldita guadaña. Tenía a la Muerte ante mí.

Hice un pequeño y rápido amago hacia la derecha e intenté escabullirme pasando por su lado izquierdo.

-¡Detente!

Obedecí. Era imposible no someterse a la voluntad de aquella voz de ultratumba. Nos miramos por espacio de unos segundos, yo a través de mis gafas; ella, desde las cuencas de sus ojos. Rompió por fin el silencio.

-Volvemos a encontrarnos.

-Sí.

-Me engañastes la última vez. Te ordené venir conmigo y huistes.

Lo recordaba muy bien. Nuestro primer encuentro había tenido lugar diez años atrás. Entonces se me había aparecido en un probador de la planta de caballeros de El Corte Inglés, donde estaba probándome el traje de boda. Me acababa de abrochar los pantalones y el cinturón, y estaba admirando el lustre de mis zapatos italianos, cuando, al levantar la vista y mirarme en el espejo, me topé con el reflejo de su imagen detrás de mí. La verdad es que casi me morí del susto.

-Es que en aquel momento no podía acompañarte -me defendí-. Me faltaba una semana para casarme. No podía abandonar a mi novia en aquel momento.

-¡Silencio! ¿Acaso piensas que eso es de mi incumbencia?

Mientras tanto, la gente intentaba pasar a nuestro lado. Algunos chasqueaban los dientes y otros, más impacientes, se quejaban entre juramentos de que estábamos obstaculizando la entrada al mercado.

-No, claro que no.

-Y no contento con ello, ¡volvistes a mentirme!

La segunda vez que nos encontramos tuvo lugar dos años después del primero. Había salido del hospital y decidí tomar un taxi. Cuando me hube sentado, el taxista me preguntó si sabía ya cuál era mi destino. No me percaté de lo extraño de aquella pregunta hasta un par de segundos más tarde, cuando había empezado a darle la dirección y vi su repulsivo rostro en el retrovisor.

-Pero, ¡mi hijo acababa de nacer! ¡No había cumplido todavía ni un día de vida! Mi mujer había tenido un parto de 9 horas, y la había dejado dándole el pecho al bebé. ¿Cómo iba a abandonarlos? Ponte en mi lugar.

-¡Basta! ¡Nada de eso me interesa! He venido a por ti y esta vez no vas a poder escapar. ¡Me acompañarás ahora mismo!

La gente seguía intentando entrar y salir del mercado, y nos lanzaban miradas de odio. Nadie parecía dispuesto a acudir en mi ayuda. Hice un rápido repaso de mis circunstancias personales en aquel momento. No había boda ni embarazo inminentes. Ni siquiera una triste enfermedad. De acuerdo, mi hijo mayor tenía sólo ocho años y la pequeña seis. Sería muy duro para ellos perder a su padre, pero podrían reponerse. Mi seguro de vida y el trabajo de mi esposa, mejor pagado que el mío, garantizaban que no les faltaría de nada. Así pues, no me quedaba ninguna carta por jugar. Había llegado mi hora. Y sin embargo, en el último segundo, algo dentro de mí escapó a mi control y, sin saber como, abandoné mi resignación:

-¡No! -grité con determinación y apenas un rastro de titubeo.

Se hizo un silencio... sí, de muerte, y pasaron así unos segundos.

-¿Cómoooo? -gritó al fin.

-¡No te pienso acompañar, no! ¡Todavía me quedan muchas cosas por hacer en esta vida! Quiero... -el miedo me forzó a decir todo esto de carrerilla- quiero ver crecer a mis hijos, quiero tener en mis brazos a mis nietos, quiero escribir un libro, aprender inglés, volar en globo, convencer a mi mujer para montar un trío; quiero subir al Machu Pichu, quiero ver qué pasa cuando las letras de las matrículas de los coches lleguen todas a la z, quiero... ¡quiero vivir, así que lárgate con viento fresco!


De repente me pareció que se hacía más y más alta, y que desde su altura me miraba con infinito desprecio. Empezó a temblar de ira y presentí que estaba a punto de fulminarme con un relámpago, hervirme vivo allí mismo, o simplemente mandarme al otro barrio con un golpecito de su dedo índice. Agaché la cabeza, se me había acabado la osadía. Esperaba sentir de un momento a otro el filo de la guadaña atravesándome la nuca, cuando vi de repente una manchita pequeña, redonda y oscura en el suelo. Y en seguida apareció otra. Y otra más. ¿Había empezado a llover? Levanté la mirada, incrédulo. La Muerte estaba llorando.

-Por favor -dijo ahora con un hilito de voz.

-N-no -respondí, totalmente confundido.

Repitió su ruego, sin mucha convicción, y yo mi negativa con toda la delicadeza de que fui capaz. Tras unos instantes de vacilación, terminó, cabizbajo, por darse la vuelta y enfilar calle arriba, en dirección a la Calle del Carmen. Todavía embargado por la confusión y ahora, además, espoleado por la curiosidad, me puse a seguirla, intentando mantener las distancias. Poco a poco, sin embargo, fui perdiendo el miedo y empecé a aproximarme a ella. A la altura de Pintor Fortuny, me coloqué a su lado, y cuando llegamos a Elisabets la invité a un café en el Kasparo.


Me contó su situación. Llevaba más de un año sin conseguir llevarse a nadie consigo. Su presencia ya no inspiraba pavor, sus súbitas apariciones no provocaban más que enfado, y eso en el mejor de los casos, pues no era raro que se pitorrearan de ella. Sanos o enfermos, jóvenes o viejos, sus elegidos le habían perdido completamente el respeto. En una ocasión incluso habían llegado a agredirla. Estaba en una situación desesperada.

-¿Sabes? -me confesó-, hasta he pensado en hacer una locura.

-¿Cómo? No digas tonterías. Tú no puedes suicidarte. Eres la Muerte.

Intenté animarla con un argumento que me parecía incuestionable: estaba viviendo su edad dorada. No tenía más que leer los periódicos. El horror estaba a la vuelta de la esquina: bombas, secuestros en masa, degollamientos, pistoleros enloquecidos; vivíamos en un mundo donde ya nadie podía sentirse a salvo de ella.

-¡Pero si las cosas nunca te han ido mejor!

-Es todo lo contrario -dijo.

Desde hacía unos años, me explicó, la gente, en efecto, vivía con el miedo a morir en cualquier momento y lugar. Y así, poco a poco, la locura y el fanatismo habían ido apropiándose de las características que, por derecho propio, le pertenecían a ella: la injusticia y la fatalidad. Tanto era así que la sociedad ahora aceptaba que uno pudiera morirse de un bombazo en un autobús o degollado mientras veraneaba, pero ya no toleraban que la Muerte se les presentara para anunciarles que había llegado su hora. El azar del horror había usurpado su lugar y había hecho de la Muerte una intrusa.

Iba a responderle que eso no podía ser, que simplemente estaba pasando por una crisis, que su problema no era más que falta de confianza y que el mundo seguía necesitando de ella, quizá ahora más que nunca. Todo eso iba a decirle, pero, como si hubiera adivinado mis pensamientos, en cuanto abrí la boca me encontré con su mirada. En el negro fondo de aquellas cavidades vi mezclados el cariño y el reproche.

-Ya lo sé -admití-, yo también me he portado mal contigo. Pero...

-Déjalo, qué más da.

Sentí que tenía que hacer algo por ella. Se me ocurrió que, después de todo, quizá esas palabras que había estado a punto de decir no fueran del todo desencaminadas: teníamos que recuperar el miedo a la verdadera fatalidad, aquella que nos asalta en el momento en que dejamos de mirar hacia atrás por encima del hombro, la que nos compadece desde los ojos del médico, la que nos susurra desde el revólver de un atracador, la que vemos al volante del coche que se nos viene encima. Sí, nuestra sociedad necesita a la Muerte. Me puse manos a la obra: decidí ayudarla y, para ello, le propuse un trato (con unas condiciones, eso sí, sumamente ventajosas para mí).

Tres meses después de aquel día, la Muerte está irreconocible. Ha recuperado su antigua prestancia y, con ella, su orgullo. Ha dejado de arrastrar los pies y ha adoptado un paso decidido y enérgico que, al decir de algunos, no casa muy bien con su ocupación, aunque yo no estoy de acuerdo. Ya no dice "fuistes" ni "terminastes" y no necesita desgañitarse para imponer su autoridad. Más bien al contrario: su mera presencia basta para causar verdadero pavor allá donde va. Y lo más importante es que ya ha conseguido llevarse a tres víctimas. La primera, un señor al que le acababa de tocar la lotería, opuso bastante resistencia, por lo fue preciso que interviniera yo. Las otras dos, sin embargo -una viuda que, tras diez años de soledad había vuelto a encontrar el amor, y un joven que salía muy satisfecho de su primera entrevista de trabajo- las solventó perfectamente ella sola mientras yo me limitaba a observarla desde una distancia prudencial y tomar notas.

Hoy la Muerte vuelve a sonreír y sabe, pues así se lo he prometido, que, cuando venga a por mí, dentro de 45 años, la acompañaré sin rechistar.

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