jueves, 16 de julio de 2015

Cuentos perdedores (10)






Tú y yo

Parece una burla:

                 Hola, ya estoy aquí. ¿Cuándo nos vemos?
        Tú.

Hace unos años, ese mensaje me habría hecho el hombre más feliz del mundo. Ahora, sin embargo, me quedo mirando la pantalla, sin saber muy bien qué hacer. Transcurren los minutos. Cuando Carina llega a casa voy directo al recibidor. Me detengo a un par de metros de ella.

-Ya está aquí -le digo, sin darle tiempo a que se quite la chaqueta.
-¿Qué? ¿Quién? -pregunta un tanto asustada. Cuando alguien se salta el 'hola' no suele ser por nada bueno.
-Yo.

Tarda unos segundos en reaccionar. Por fin veo que los ojos se le vuelven acuosos y que el labio inferior empieza a temblarle. Esboza una de esas sonrisas que parecen expresar más compasión que alegría, y corre a abrazarme.
-Te lo dije, te lo dije -dice entre sollozos-, un día vendría.

*     *     *

He esperado la visita de mi doble durante más de veinte años. En realidad, no. Cuando la espera se convirtió en angustia, y las burlas que recibía, en algo demasiado cruel para continuar con ellas, desesperé, nunca mejor dicho. Recuerdo que mis amigos empezaron a recibir el mensaje -que en aquellos tiempos consistía en una llamada telefónica o una carta- a los quince años. Nada volverá a ser igual en tu vida, decían. "Será tu guía", "te ayudará en todo lo que necesites", repetían nuestros padres, así como aquéllos que ya se habían visto bendecidos por la visita. Pero lo cierto es que los primeros privilegiados no fueron nunca los que más parecían necesitarlo. Al contrario, primero le tocó a Miquel, que salía con la tía más buena del instituto, vestía ropa de marca y los fines de semana se iba a esquiar. La cara de emoción con que nos narró el encuentro fue muy parecida a la que tenía cuando nos habló de su primer polvo.

Después de él vino Marc, que todos los veranos se iba a estudiar a Inglaterra y cada septiembre se presentaba con su novia inglesa, siempre diferente de la anterior, para dejarnos a todos muertos de envidia.

Sin embargo, tíos como David, que perdió a su padre a los catorce y tuvo que ponerse a trabajar en un almacén por las tardes, no llegó a conocer a su doble hasta los veinticinco años, si no me equivoco. Y para entonces, como me contó él mismo el día anterior al encuentro, ya había perdido todo interés.

-Me he partido los cuernos trabajando mientras los demás se dedicaban a jugar, ligar y a los viajes. No he tenido juventud. Y ahora que, después de diez años, tengo un trabajo que ya quisieran otros, gano un buen sueldo y me voy a casar con la mujer de mis sueños, ¿va a venir ése a decirme lo que tengo que hacer con mi vida?

Es decir, lo mismo que me pasa a mí, que después de tanto tiempo no sólo había perdido la esperanza sino hasta las ganas de verlo. He superado mi adolescencia, he dejado atrás años y años de mofas y miradas compasivas, he rehecho mi vida. Tengo a Carina, a Íker, he creado mi propia empresa, nos quedan cuatro años para quitarnos de encima la hipoteca. ¿Qué necesidad tengo ahora de...? Por otra parte, sin embargo, siento que necesito dar este paso para saber que soy dueño de mi propia vida. Respondo al mensaje con la hora y lugar de la cita.

*     *     *

Hoy es el día. Me dispongo a salir. He vacilado un poco al pensar qué ropa debía ponerme. Si lo que decían era cierto, me ponga lo que me ponga, él llevará lo mismo y además le quedará mejor. Íker está sentado en el sofá, con su tableta. Me acerco a él y le pregunto qué está haciendo. Viendo páginas sobre animales, como siempre. En la pantalla se ve una especie de rana con las branquias creciéndole alrededor del cuello. Qué es eso, le pregunto.

-Es un ajolote.
-Un ajolote.
-Es como una especie de salamandra, pero muy rara, y sólo vive en algunos lagos de México.
-Ah, muy bien muy bien.

Me inclino sobre él y le beso el cabello.

*     *     *

Allí está, sentado a una mesa en la terraza del Tres Tombs. Mi camisa, en efecto, le sienta mucho mejor que a mí. Ha pedido la misma cerveza que voy a pedir yo. El efusivo apretón de manos que una vez tanto disfruté imaginando se queda en una sonrisa de circunstancias.

Me siento. Me sonríe.

Tras unos segundos escrutándonos mutuamente, decido ir al grano.

-¿Por qué has tardado tantos años?
-No estabas preparado.

No, por favor. No me digas que no ha traído más que frases de manual de autoayuda.

-¿Y ahora lo estoy?
-¿Tú que piensas?

Sólo llevamos un minuto y ya me ha hecho enfurecer. Doy un largo trago a la cerveza para intentar tranquilizarme. Le pregunto qué ha hecho durante todo este tiempo.

-Observarte. Esperar.

Más vale que cambiemos de tema.

Nadie sabe a ciencia cierta dónde viven nuestros dobles. ¿Están acaso todos encerrados en una especie de cuartel general, de donde sólo salen cuando sienten que ha llegado el momento de cumplir con su misión? ¿O, por el contrario, flotan en una dimensión desconocida, fuera del tiempo y el espacio, hasta que llega su momento estelar? Tropiezo con las palabras al formularle la pregunta.

-No digas tonterías. Sabes muy bien dónde vivo. La cuestión es dónde vives tú.

Estoy por tirarle le cerveza a la cara. A él y a todos los que me contaron arrebolados cómo el encuentro con su doble les transformó por completo y lamentaban que dicho encuentro sólo pueda tener lugar una vez en la vida.

Cansado de oír sus frasecitas, decido guardar silencio. Si de verdad tiene algo que decirme, que sea él quien tome la iniciativa. Pero pasan unos minutos y ninguno de los dos dice nada. Continúa ahí sentado, mirándome con una mueca que se me antoja cínica, hasta que caigo en la cuenta de que estoy viendo mi propia sonrisa. El camarero pasa a nuestro lado y los dos hacemos el gesto de pedir la cuenta. Seguimos mirándonos. Esto acabará pronto. No parece sorprendido por mi evidente decisión de dar por concluido el encuentro.

-Pago yo.
-No, pago yo.

Arrastro la silla hacia atrás y me pongo en pie.

-Bueno -le digo-. Me voy. Me esperan Carina e Íker, y ya estoy harto de perder el tiempo.

Quiere decir algo, pero la sonrisa se le ha congelado y es incapaz de abrir los labios. Intenta levantarse y se encuentra paralizado. Veo en sus ojos el miedo, el horror y la soledad. Comprende que va a tener que hacer un largo viaje, quizá a una dimensión desconocida, fuera del tiempo y el espacio.


2 comentarios:

  1. Ya sabes que Yossi te ha recomendado en su blog y, claro, confío en su buen criterio. He mirado un poco por aquí y por allí, veo que estás con Proust, yo también (he leído los tres primeros), pero me atasco en el aburrimiento, queda mal decirlo pero así es. Aún dudo si seguir o desistir, de momento estoy pensándolo.

    Un relato bien hilado.

    Saludos!!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias, U-topia.
      A mí Proust me fascina, pero entiendo perfectamente que otros lo encuentren un tostón. La línea entre la fascinación y el tedio puede ser muy delgada.
      Un saludo.

      Eliminar

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...