jueves, 28 de mayo de 2015

Cuentos perdedores (9)




Amolchuplayin

Los pocos profesores que consideraban a Rafi sentían algo de pena por él. Ello se debía a que su existencia era conocida de muy pocos compañeros, a los que Rafi no inspiraba sino la menos absoluta, descarnada y brutal de las indiferencias.
Pero si alguien hubiera prestado un poco más de atención a aquel niño ni gordo ni flaco, ni alto ni bajo, con un color de pelo que no se encontraba entre el rubio y el moreno, tan lejos del castaño como del cenizo, que no era buen ni mal alumno, porque en clase ni hablaba ni guardaba silencio, que aprobaba los exámenes aunque no los hacía ni bien ni mal, y que parecía ausente incluso cuando gritaba ¡presente!, se habría dado cuenta de que no había motivos para sentir pena por él: Rafi no se sentía ni desgraciado ni feliz en su anónima existencia. Simplemente no se daba cuenta de ella.
Poco significaban en la vida de Rafi estudios, compañeros, profes o padres. Para él, vida y muerte, amor y odio, felicidad y desgracia, el bien y el mal, pasado, presente y futuro se resumían en dos palabras: John Travolta.
Se equivocaban por tanto los pocos que habían reparado en él y pensaban que era una criatura anodina y carente de pasión. Los infiernos a los que había descendido Rafi cuando sus padres fueron a ver Grease sin él eran tan negros como níveos los cielos a los que ascendió dos años más tarde, cuando al fin consiguió verla de reestreno en el Rívoli.
A partir de aquel momento, el cielo pasó a ser su segunda residencia, pues fue a ver todas las sesiones durante los siete días que estuvo en cartel, sin importarle tener que tragarse una españolada entre epifanía y epifanía. Y cuando dejó de proyectarse en el Rívoli, fue siguiendo las andanzas de Danny Zucco por todos y cada uno de los cines del barrio, sin dejar de asistir a una sola proyección.
Dos años más habían pasado, y con ellos la moda de los pantalones de cuero, pero podía decirse que la relación entre Rafi y John se había estrechado más allá de los límites de una abnegada devoción. Si Rafi veía a alguien sonreír, comparaba aquella sonrisa con la que se extendía entre los hoyuelos de John. Reprimía entonces su mofa más gástrica, y sentía que le entraban arcadas ante aquella pobre imitación. Si alguien era llamado a la pizarra, Rafi evocaba con nostalgia aquel gracioso andar de Danny, desafiante hacia los rivales, entrañable para la pandilla. A la vuelta de cada verano, cualquier relato de aventuras estivales empequeñecía ante los besos de John y su chica frente al playero ocaso.
En la habitación de Rafi, un agujero con un ventanuco a un patio interior, la única luz natural venía de la blancura dental de John. El póster en el techo le daba cada mañana a Rafi los buenos días; por las noches, lo mecía al son de Oh Sandy. Un ventanal a levante en aquel santuario no dejaría entrar al sol matinal, pues Rafi lo habría cubierto con un póster de la brillantinada deidad de cuerpo entero y a tamaño natural.
En sus abluciones matutinas, Rafi se miraba, se remiraba, se peinaba, despeinaba, volvía a peinar, posaba, sostenía un espejo de mano para poder verse de perfil, y sonreía a la vez que, en el lugar donde deberían estar los hoyuelos, se clavaba sendos bolígrafos gastados. Pero la voz de su padre al otro lado de la puerta comenzaba a inquietarle. Parecía que cada vez le dejaba menos tiempo para este ritual de acicalarse, disfrutarse, desarreglarse. Apenas empezaba, oía aquel no tardes Rafael que no tengo toda la mañana.
Incomprensiblemente, a su padre no le gustaba John Travolta. El día que vio su carpeta del colegio, cubierta de ojos azules, dientes blancos, cuero negro y poses achuladas sobre un coche rosado, la sostuvo unos segundos en la mano, la dejó a continuación caer en la mesa y le dijo:
-¿Es que no te basta con tu habitación? ¿Tienes que ir enseñando esto por ahí?
En la escuela, de haberle sido permitido, Rafi se hubiera quedado todos los días en clase durante el recreo. Como no podía, durante un tiempo había salido todos los días al patio con su carpeta bajo el brazo. Pero desde aquel comentario de su padre, se había vuelto algo receloso de su propia pasión. Había observado que las carpetas de sus compañeros sólo tenían fotos de futbolistas y comenzó a sentir vergüenza. Así que ahora se conformaba con llevarse una pequeña foto de John.
Apoyado en la pared, en el rincón más tranquilo del pequeño patio del San Carlos, si alguien se hubiese molestado en mirarlo habría visto a un niño que, a ratos emocionado, a ratos acalorado, parecía hablarle a la palma de la mano. El sorprendido testigo de esta conversación tan despareja no podría sospechar que en aquella palma, enmarcado por el negro y engominado tupé y la barbilla con hoyuelo, yacía el alter ego de Rafi. Nuestro amigo escuchaba así las historias de John, le preguntaba por Sandy, o le pedía consejo para ser popular. John hablaba en un tono desenfadado, y, a diferencia de los que se las daban de ligones en la clase, e incluso de su personaje de Danny Zucco, jamás fanfarroneaba sobre sus conquistas. Escuchándolo, Rafi sentía admiración, jamás envidia. A lo sumo, una envidia esperanzada: llegará el día en que las tías se pirrarán por ti, Rafi, le decía. Él le preguntaba si llegaría el día en que tendría una sonrisa como la suya, con todos los dientes en su sitio y de un blanco perlino. Y qué me dices de… podré..., pero no, la imaginación de Rafi nunca se desbocaba, y sabía que jamás podría lucir pantalones negros de cuero tan bien como John.
Tras su epifánica visión en el Rívoli, durante meses había dado la lata en vano a su madre para que le comprara unos pantalones como aquéllos, y sólo al cabo de un año, abandonada ya toda esperanza, y con la fiebre travoltera empezando a remitir, encontró su madre en el mercadillo unos baratos que, pese a ser tres tallas más grandes, le regaló por su cumpleaños. Al fin, se decía Rafi, mientras se los probaba frente al espejo de la habitación de sus padres. Observó que no tenían bolsillos traseros e intentó recordar si los de Danny también eran así. Le hacían un culo enorme y lleno de arrugas. Rafi nunca había tenido una prenda de cuero, pero sí las había olido, lo que, unido a su tacto algo acartonado, le hizo sospechar que aquellos pantalones no eran de cuero auténtico. Los escondió en el fondo del armario.

Un buena mañana en la que, durante el recreo, John estaba menos hablador que de costumbre, Rafi se guardó la foto en el bolsillo y decidió observar qué ocurría a su alrededor. Nada le sorprendió demasiado, tan acostumbrado como estaba a las extravagancias de sus compañeros. Recordaba cómo un día, haría un par de años, uno de ellos se había pasado la media hora del recreo preguntando a todo el mundo ¿tú quién dices que gana, Irán o Irak? Demasiado tiempo para tan pocos alumnos, por lo que cada uno de ellos tuvo que responder cinco veces. En otra ocasión, rodó de boca en boca el siguiente chascarrillo:
-¡Se me ha muerto la mujer!
-¡La puta!
-No, la otra.
En una especie de locura colectiva, aquel chiste fue representado una y otra vez, hasta que todos se lo hubieron contado a todos. Los alumnos más introvertidos se limitaban a responder, con no poco entusiasmo, ¡la puta! en el momento adecuado. ¡Qué extraño, recordaba Rafi, habían sonado aquellas palabras en boca del Vallalta, con su cara pecosa, su voz de niña y sus mofletes rosados!
Por eso, verlos ahora jugando a fútbol con una pinza para la ropa, dándose puntapiés y tirándose al suelo no podía extrañarle.
Debido a su vida de ermitaño, Rafi apenas era capaz de poner nombre a las caras de sus compañeros. Aquel de las orejas tan grandes no tenía amigos, y siempre se comía el bocadillo casi a escondidas. Había uno que venía de fuera, y otro que daba mucho miedo a los demás, pero no sabía quiénes eran. Entre las niñas, constataba día tras día, sin él mismo saber si con orgullo o pena, que todas seguían sin parecerse a Sandy. 
Un día, algo, sin embargo, le llamó la atención. A unos metros de distancia de donde se encontraba, en un rincón cerrado al resto del patio, en una punta de la u que éste formaba, había un grupo de niñas de séptimo. Con ellas estaba un niño, probablemente también de séptimo, que Rafi no había visto nunca. Por las miradas que se cruzaban las niñas entre ellas, era evidente que aquel chico era el centro de atención del grupito. Por el modo de reírse de sus gracias, estallando todas a una en una risa tontina tras unos segundos de consulta en silencio, Rafi dedujo que era un chico muy popular, y se puso a observarlo con más detenimiento.
No era guapo, desde luego. Su pelo sucio y lacio le caía en mechas grasientas sobre la frente. Su cabeza, de proporciones bastante reducidas en comparación con la de cualquiera de las chicas, hacía pensar en un trofeo de guerra jíbaro. Su voz áspera y cazallosa se veía además poco favorecida por una compleja ortodoncia que le forzaba al ceceo. Sería una herejía compararlo con John. Y sin embargo, era innegable que ejercía una poderosa atracción no sólo sobre aquellas niñas, sino sobre el mismo Rafi.
De vuelta en clase, Rafi se perdió en unos de sus ensueños habituales: luciendo pantalones y cazadora de cuero negro, engominado tupé al viento, sonrisa de oreja a oreja, y el brazo alrededor del cuello de una rubia despampanante, se veía caminando con desenfadado garbo por los pasillos del instituto de secundaria, devolviendo con encanto irresistible el saludo a todo el mundo y bromeando con John, que le acompañaba del brazo de Sandy.
A la mañana siguiente, Rafi salió al recreo dispuesto a observar más de cerca a aquel curioso seductor de séptimo. Era consciente de que hasta que se produjera su propia eclosión como admirado actor y cantante, a los ojos de todo el mundo seguiría siendo invisible. Gracias a ello, pudo acercarse al grupo, que, como el día anterior, se refugiaba en aquel rincón. No le fue difícil atisbar a aquel Don Juan oleaginoso, pues aunque era más bajo que la mayoría de las chicas, su piel, de común aceitunada, destellaba hoy intensamente por el brillo del sol en la grasa que le caía casi a chorros del pelo. Rafi se preguntaba cómo podía haberle encogido la cabeza, si al fin y al cabo sólo había pasado un día, y ya era bastante pequeña ayer. Tardó unos segundos en caer en la cuenta de que, gracias a una pequeña rendija en el corro de niñas que lo rodeaba, hoy lo podía ver de cuerpo entero, y que al lado de aquel trasero, grande, fofo, tres veces más ancho que sus espaldas y que daba a su cuerpo forma de rombo, era normal que la cabecita pareciera haber menguado.
Aparte de los repentinos ataques de risa por parte de las niñas, apenas si podía oír lo que decían. Pero sí vio, con una mezcla de admiración y pavor, qué corto se había quedado al estimar las habilidades conquistadoras de aquella oliva en celo. En efecto, protegidas por el círculo que formaban las demás, las chicas consentían, tras un débil rubor inicial, no sólo que les acariciara la mano, las abrazara, y palpara con pretendida cautela sus incipientes curvas, sino que, tras estos jueguecitos de calentamiento, Rafi vio cómo, una tras otra, aquel chico las besaba en la boca, con besos bruscos y torpes, pero lo bastante largos como para incluir un violento combate de lagartijas en forma de lengua.
Media hora más tarde, sentado en su pupitre, Rafi era incapaz de abstraerse en su habitual fantasía. Cada vez que empezaba a recorrer el pasillo, tropezaba con una descomunal aceituna que no daba abasto para morrear y manosear el culo a todas sus admiradoras, entre las que, para horror de Rafi, no falataba una descocadísima Sandy. Fiel a sí mismo, Rafi no sabía si estaba preocupado o esperanzado. Por una parte, no podía ocultarse que la frontera entre el apolíneo John y este seductor deforme se estaba volviendo cada día más borrosa. Por otra parte, se le antojaba que quizá fuera este chico el destinado a recorrer con él, entre vítores y aclamaciones, los abarrotados pasillos de un instituto de secundaria a ritmo de rock, un rock alegre, con armónicos coros, en contagioso crescendo hacia una fanfarria celestial.
-Tengo que hacerme amigo suyo -se dijo.
De este modo fue como Rafi, por primera vez en su vida, fue consciente de tomar una decisión.
Y una vez cogido el gusto, ya incapaz de controlarse, al día siguiente volvió a decidir. Así fue como aquella mañana salió de casa enfundado en sus pantalones negros de cuero, que tenía casi olvidados en detrimento del par que gastaba a diario. Cuando, ya en la escuela, llegó la hora del recreo y los niños se abalanzaron en tropel hacia la puerta del patio, la señorita Victoria observó que aquel niño que nunca corría, y que más de un día le había rogado que le permitiera quedarse en clase para estudiar, estaba junto a los demás, empujando, agarrando, impacientándose por aprovechar hasta el último segundo de recreo, todos apelotonados en la puerta, que los dejaba salir sólo de uno en uno.
Rafi había pensado que si quería trabar amistad con el chico de séptimo, debía abordarlo antes de que empezara su habitual orgía de las once. Pero cuando por fin consiguió salir de la clase y llegar a aquel rincón del pecado, se topó con las espaldas de las niñas que cerraban el círculo: la función ya había comenzado. Se oían las risitas, se entreveían manos, blusas, hasta las tiras de algún sujetador. Había un silencio tras otro, seguido de un murmullo que crecía hasta llegar a un jaleo de admiración. Rafi se alzó de puntillas y en el centro del corro vio al chico hundiendo su lengua en lo más hondo de la garganta de una de las niñas, mientras con las manos le estrujaba los pechitos. Inexplicablemente, en ese momento la niña abrió los ojos y su mirada se cruzó con la de Rafi. Ambos la sostuvieron unos segundos. Cuando Rafi por fin se olió el peligro y decidió huir, era ya tarde.
-¿Qué pasa? –gritó la niña, apartándose de encima al grasiento objeto de interés de Rafi- ¿Te gusta?
Rafi se quedó pasmado, aterrorizado. Observó que el romboide Casanova se daba la vuelta y clavaba en él su mirada.
-¿Eh? –continuó chillando cada vez más alto la niña, mientras se abrochaba la blusa- ¿te gusta la Judit?
-¿A quién le guzto? –dijo el trofeo de guerra jíbaro en un tono entre intrigado e indignado.
-Pues está con nosotras, ¿te enteras? –seguía la niña, cada vez más furiosa-. Ése de los pantalones –añadió, dirigiéndose a la andrógina aceituna.
Judit salió entonces del grupo, se acercó a él, le agarró el cuello de la camisa con ambas manos, y entre emanaciones de halitosis le ceceó:
-Mira, gilipollaz, lárgate de aquí zi no quierez que te dé una patada en loz huevoz, ¿te enteraz?
  
De pie junto a la silla de no recordaba qué alumno, la señorita Victoria estaba tan intrigada por aquellas manchas negras con forma de nalgas, que no oyó a Rafi, llorando a moco tendido, aporrear la puerta y suplicarle que le dejara entrar.

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