jueves, 9 de abril de 2015

Cuentos perdedores (8)


Si no de otra cosa, disfrutad por lo menos del Gran Combo.


El plazo vencido

Me encontré con la Muerte en el mercado de la Boquería. Al principio, vi sólo su capucha negra y la reluciente guadaña, que descollaban entre la gente. Se encontraba de espaldas a mí, pero pude observar que se estaba girando con mucha lentitud, como si estuviera barriendo con la mirada todo el espacio a su alrededor, y supe que de un momento a otro, habiendo completado el giro, la tendría ante mí. Debería haber emprendido la huida de inmediato, pues sabía muy bien a por quién venía, pero un cansancio de años se adueñó de mí y me forzó a afrontar mi destino. Cuando, en su macabro e interminable giro, me mostró su perfil, me apreté contra el pecho la bolsa con la compra como un guerrero que se protege con su escudo. Finalmente, de entre la negrura del interior de la capucha se dejó entrever su rostro putrefacto, con las cuencas de los ojos vacías y dos agujeros por nariz. En el último instante, decidí que en realidad no estaba listo para afrontar mi destino, tiré la compra al suelo, me di la vuelta y, atravesando el gentío de clientes, mirones y turistas, eché a andar lo más deprisa que pude hacia la salida de atrás. Cuando vi por fin el cielo, pensé que le había dado esquinazo, pero lo que me parecía un rayo de sol que me deslumbraba era en realidad un destello de la maldita guadaña. Tenía a la Muerte ante mí.

Hice un pequeño y rápido amago hacia la derecha e intenté escabullirme pasando por su lado izquierdo.

-¡Detente!

Obedecí. Era imposible no someterse a la voluntad de aquella voz de ultratumba. Nos miramos por espacio de unos segundos, yo a través de mis gafas; ella, desde las cuencas de sus ojos. Rompió por fin el silencio.

-Volvemos a encontrarnos.

-Sí.

-Me engañastes la última vez. Te ordené venir conmigo y huistes.

Lo recordaba muy bien. Nuestro primer encuentro había tenido lugar diez años atrás. Entonces se me había aparecido en un probador de la planta de caballeros de El Corte Inglés, donde estaba probándome el traje de boda. Me acababa de abrochar los pantalones y el cinturón, y estaba admirando el lustre de mis zapatos italianos, cuando, al levantar la vista y mirarme en el espejo, me topé con el reflejo de su imagen detrás de mí. La verdad es que casi me morí del susto.

-Es que en aquel momento no podía acompañarte -me defendí-. Me faltaba una semana para casarme. No podía abandonar a mi novia en aquel momento.

-¡Silencio! ¿Acaso piensas que eso es de mi incumbencia?

Mientras tanto, la gente intentaba pasar a nuestro lado. Algunos chasqueaban los dientes y otros, más impacientes, se quejaban entre juramentos de que estábamos obstaculizando la entrada al mercado.

-No, claro que no.

-Y no contento con ello, ¡volvistes a mentirme!

La segunda vez que nos encontramos tuvo lugar dos años después del primero. Había salido del hospital y decidí tomar un taxi. Cuando me hube sentado, el taxista me preguntó si sabía ya cuál era mi destino. No me percaté de lo extraño de aquella pregunta hasta un par de segundos más tarde, cuando había empezado a darle la dirección y vi su repulsivo rostro en el retrovisor.

-Pero, ¡mi hijo acababa de nacer! ¡No había cumplido todavía ni un día de vida! Mi mujer había tenido un parto de 9 horas, y la había dejado dándole el pecho al bebé. ¿Cómo iba a abandonarlos? Ponte en mi lugar.

-¡Basta! ¡Nada de eso me interesa! He venido a por ti y esta vez no vas a poder escapar. ¡Me acompañarás ahora mismo!

La gente seguía intentando entrar y salir del mercado, y nos lanzaban miradas de odio. Nadie parecía dispuesto a acudir en mi ayuda. Hice un rápido repaso de mis circunstancias personales en aquel momento. No había boda ni embarazo inminentes. Ni siquiera una triste enfermedad. De acuerdo, mi hijo mayor tenía sólo ocho años y la pequeña seis. Sería muy duro para ellos perder a su padre, pero podrían reponerse. Mi seguro de vida y el trabajo de mi esposa, mejor pagado que el mío, garantizaban que no les faltaría de nada. Así pues, no me quedaba ninguna carta por jugar. Había llegado mi hora. Y sin embargo, en el último segundo, algo dentro de mí escapó a mi control y, sin saber como, abandoné mi resignación:

-¡No! -grité con determinación y apenas un rastro de titubeo.

Se hizo un silencio... sí, de muerte, y pasaron así unos segundos.

-¿Cómoooo? -gritó al fin.

-¡No te pienso acompañar, no! ¡Todavía me quedan muchas cosas por hacer en esta vida! Quiero... -el miedo me forzó a decir todo esto de carrerilla- quiero ver crecer a mis hijos, quiero tener en mis brazos a mis nietos, quiero escribir un libro, aprender inglés, volar en globo, convencer a mi mujer para montar un trío; quiero subir al Machu Pichu, quiero ver qué pasa cuando las letras de las matrículas de los coches lleguen todas a la z, quiero... ¡quiero vivir, así que lárgate con viento fresco!


De repente me pareció que se hacía más y más alta, y que desde su altura me miraba con infinito desprecio. Empezó a temblar de ira y presentí que estaba a punto de fulminarme con un relámpago, hervirme vivo allí mismo, o simplemente mandarme al otro barrio con un golpecito de su dedo índice. Agaché la cabeza, se me había acabado la osadía. Esperaba sentir de un momento a otro el filo de la guadaña atravesándome la nuca, cuando vi de repente una manchita pequeña, redonda y oscura en el suelo. Y en seguida apareció otra. Y otra más. ¿Había empezado a llover? Levanté la mirada, incrédulo. La Muerte estaba llorando.

-Por favor -dijo ahora con un hilito de voz.

-N-no -respondí, totalmente confundido.

Repitió su ruego, sin mucha convicción, y yo mi negativa con toda la delicadeza de que fui capaz. Tras unos instantes de vacilación, terminó, cabizbajo, por darse la vuelta y enfilar calle arriba, en dirección a la Calle del Carmen. Todavía embargado por la confusión y ahora, además, espoleado por la curiosidad, me puse a seguirla, intentando mantener las distancias. Poco a poco, sin embargo, fui perdiendo el miedo y empecé a aproximarme a ella. A la altura de Pintor Fortuny, me coloqué a su lado, y cuando llegamos a Elisabets la invité a un café en el Kasparo.


Me contó su situación. Llevaba más de un año sin conseguir llevarse a nadie consigo. Su presencia ya no inspiraba pavor, sus súbitas apariciones no provocaban más que enfado, y eso en el mejor de los casos, pues no era raro que se pitorrearan de ella. Sanos o enfermos, jóvenes o viejos, sus elegidos le habían perdido completamente el respeto. En una ocasión incluso habían llegado a agredirla. Estaba en una situación desesperada.

-¿Sabes? -me confesó-, hasta he pensado en hacer una locura.

-¿Cómo? No digas tonterías. Tú no puedes suicidarte. Eres la Muerte.

Intenté animarla con un argumento que me parecía incuestionable: estaba viviendo su edad dorada. No tenía más que leer los periódicos. El horror estaba a la vuelta de la esquina: bombas, secuestros en masa, degollamientos, pistoleros enloquecidos; vivíamos en un mundo donde ya nadie podía sentirse a salvo de ella.

-¡Pero si las cosas nunca te han ido mejor!

-Es todo lo contrario -dijo.

Desde hacía unos años, me explicó, la gente, en efecto, vivía con el miedo a morir en cualquier momento y lugar. Y así, poco a poco, la locura y el fanatismo habían ido apropiándose de las características que, por derecho propio, le pertenecían a ella: la injusticia y la fatalidad. Tanto era así que la sociedad ahora aceptaba que uno pudiera morirse de un bombazo en un autobús o degollado mientras veraneaba, pero ya no toleraban que la Muerte se les presentara para anunciarles que había llegado su hora. El azar del horror había usurpado su lugar y había hecho de la Muerte una intrusa.

Iba a responderle que eso no podía ser, que simplemente estaba pasando por una crisis, que su problema no era más que falta de confianza y que el mundo seguía necesitando de ella, quizá ahora más que nunca. Todo eso iba a decirle, pero, como si hubiera adivinado mis pensamientos, en cuanto abrí la boca me encontré con su mirada. En el negro fondo de aquellas cavidades vi mezclados el cariño y el reproche.

-Ya lo sé -admití-, yo también me he portado mal contigo. Pero...

-Déjalo, qué más da.

Sentí que tenía que hacer algo por ella. Se me ocurrió que, después de todo, quizá esas palabras que había estado a punto de decir no fueran del todo desencaminadas: teníamos que recuperar el miedo a la verdadera fatalidad, aquella que nos asalta en el momento en que dejamos de mirar hacia atrás por encima del hombro, la que nos compadece desde los ojos del médico, la que nos susurra desde el revólver de un atracador, la que vemos al volante del coche que se nos viene encima. Sí, nuestra sociedad necesita a la Muerte. Me puse manos a la obra: decidí ayudarla y, para ello, le propuse un trato (con unas condiciones, eso sí, sumamente ventajosas para mí).

Tres meses después de aquel día, la Muerte está irreconocible. Ha recuperado su antigua prestancia y, con ella, su orgullo. Ha dejado de arrastrar los pies y ha adoptado un paso decidido y enérgico que, al decir de algunos, no casa muy bien con su ocupación, aunque yo no estoy de acuerdo. Ya no dice "fuistes" ni "terminastes" y no necesita desgañitarse para imponer su autoridad. Más bien al contrario: su mera presencia basta para causar verdadero pavor allá donde va. Y lo más importante es que ya ha conseguido llevarse a tres víctimas. La primera, un señor al que le acababa de tocar la lotería, opuso bastante resistencia, por lo fue preciso que interviniera yo. Las otras dos, sin embargo -una viuda que, tras diez años de soledad había vuelto a encontrar el amor, y un joven que salía muy satisfecho de su primera entrevista de trabajo- las solventó perfectamente ella sola mientras yo me limitaba a observarla desde una distancia prudencial y tomar notas.

Hoy la Muerte vuelve a sonreír y sabe, pues así se lo he prometido, que, cuando venga a por mí, dentro de 45 años, la acompañaré sin rechistar.

*   *   *

10 comentarios:

  1. Una buena historia y original en su desarrollo.
    El giro que has dado al cuento, con la autoestima de la muerte en horas bajas, me ha sorprendido por inesperado, y gustado por supuesto, un cuento ha de sorprenderte a las primeras de cambio porque tiene que darlo todo con muy poco, luego se podrá limar esto, aquello o nada, pero como decía, me ha gustado ese viraje que has hecho.
    Unas dosis de humor dentro de una historia tenebrosa me pareció un contrapunto equilibrado. Que la muerte necesite el consuelo de un vivo me parece una idea brillante, lo mismo que acentuar la sensación de su fatídica llegada con esas tres víctimas finales a las que has dado una apariencia de absoluta normalidad, cualquiera puede verse reflejado en ellas y eso acrecienta el desasosiego. En definitiva, lo he leído dos veces y de ningún modo me he aburrido. Bueno, como no soy crítico literario es solo la opinión de un lector, ya lo dejo que me enrollo mucho.
    Por cierto, ¿dónde hay que firmar para que la parca venga a buscarme dentro de 45 años? Un saludo.

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    1. Muchas gracias, Paco.
      La verdad es que yo me lo pasé muy bien escribiendo la historia, y si encima le gusta a alguien más, miel sobre hojuelas. Estoy seguro de que hay mucho que limar, pero mi talento no da para más.
      Supongo que yo también firmaría un plazo de 45 años, aunque estos tratos con el mundo de ultratumba, por hipotéticos que sean, me dan un poco de yuyu.
      Saludos.

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    2. Uff, niño vampiro, si supieras el pedazo de lima que tengo para mí, jeje !!
      El talento de verdad me consta que reside en un puñado de elegidos, al resto nos toca cargar con una lima del 15, pero la premisa , como bien apuntas, es disfrutar con lo que se hace. A partir de ahí, que venga lo que tenga que venir. Nos vemos.

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  2. Sí, a mí también me ha gustado: una narración ágil donde nada sobra. Además tiene algo que ha de tenr el talento: que parece hasta fácil (aunque sabemos que en realidad no es así). Por cierto, es verdad que la muerte ya no es lo que era; de tanto verla nos parece hasta vanal. Además, siempre es algo que les sucede a los demás.

    Un saludo!!!!

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    1. Muchas gracias, Joaquim.
      Es cierto, la muerte siempre les pasa a los demás, y siempre es inoportuna.
      Saludos.

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  3. Perdón!!! Quise escribir banal.......

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  4. Lo que más me gusta de tu relato es el compadreo que te llevas con la Muerte, esas conversaciones en el mercado, en El Corte Inglés o en un bar de paso. Me viene a la memoria un gran relato tuyo donde con mucha gracia juntas en otro espacio prosaico la trascendencia y lo más cotidiano: un ascensor.

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    1. Muchas gracias, Ricardo.
      Qué orgullo que todavía te acuerdes de ese cuento.
      Un saludo.

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  5. Me gusta tu muerte, sobre todo por lo difícil que es tomarse en serio a alguien que habla mal. Tal vez estaba tan a gusto con la historia que encontré el final algo precipitado.
    Abrazo,
    Sonia

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    1. Muchas gracias, Sonia.
      La verdad es que creo que tienes toda la razón. Quizá algún día de éstos lo retoco. Es lo bueno que tiene publicar sólo en blog.
      Un abrazo.

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