martes, 22 de abril de 2014

Rasputín y la tentación


El monje Grigori Rasputín era prácticamente analfabeto, por lo que no es probable que hubiera leído la celebrada cita de Wilde sobre el mejor modo de librarse de la tentación. Su postura al respecto, de todas formas, era algo diferente de la del irlandés: Rasputín no caía en la tentación para librarse de ella, sino como el mejor camino para acercarse a Dios. "Era Dios -nos dice Troyat- quien empujaba a su servidor Grigori a la fornicación, la embriaguez, la danza frenética. Después de esta purga sería digno, al menos durante algún tiempo, de oír los consejos del Altísimo".

Este otro servidor, no obstante, a diferencia de Wilde y Rasputín, se jacta de tener una voluntad de hierro. Así, pese a que, durante la redacción de esta entrada, el Maligno no ha cesado de susurrarme al oído incitándome al pecado y la depravación, he conseguido resistir y no he recurrido a la canción de los Boney M para darle título. Y esa es sólo una de las múltiples tentaciones que acechan a quien se acerca a este fascinante personaje.

Casi cien años después de su muerte, la figura de Rasputín, a poco que uno se acerque a él, concita todavía un interés fuera de toda medida.  Este interés se explica, en primer lugar, por la propia persona de Rasputín, que fue tan idolatrado como profeta y sanador milagroso como detestado por su naturaleza diabólica y su escandalosa influencia sobre la zarina.

"El desayuno del cosaco". Los optimistas pronósticos para la guerra con Japón

En segundo lugar, por la época histórica que le tocó vivir, la de los últimos años del zarismo. En aquellos años previos a la I Guerra Mundial, cuando, tras el fiasco de la guerra ruso-japonesa, en el Imperio Ruso el espíritu de la Revolución se manifestaba en un creciente descontento social y en periódicos estallidos de violencia contra el gobierno, este monje siberiano de luenga barba e hipnótica mirada, de aire ascético y naturaleza lujuriosa, resulta más que un anacronismo: es un auténtico enigma.

Y por último, porque se trata de una historia que, aunque resultara apasionante, en una novela la calificaríamos como inverosímil. No me creo, diría el lector, este intento de asesinato por parte de una mujer sin nariz. Tampoco me trago el personaje del príncipe envenenador exiliado que vive de sus memorias. Lo de la hija de Rasputín trabajando en el circo rodeada de leones y elefantes, ¡venga ya! Y sobre todo, el meollo de la historia: ¿quién se va a creer que un campesino siberiano analfabeto puede llegar a convertirse en el hombre más influyente de la corte de Nicolás II?

Rasputín junto a la zarina, sus hijas, el zárevich y la cuidadora

Nos cuenta Troyat, a quien me niego a volver a elogiar porque me he quedado ya sin adjetivos, que el papá de Grigori desconfiaba de la escuela. El señor Rasputín era un campesino acomodado, de los más prósperos del pueblo siberiano de Pokróvskoye. Tenía prestigio como desfacedor de entuertillos entre vecinos, reputación de bebedor, y un carácter, cabe suponer, bastante despreocupado en lo que respecta a la educación de sus hijos. Yefim Rasputín pensaba que la vida, el campo y los animlaes ya enseñaría a sus hijos lo que éstos tuvieran que aprender.

El pequeño Grigori tuvo una temprana infancia idílica, hasta que la tragedia golpeó a la familia: un día su hermano Dmitri y él se cayeron al río y enfermaron de pulmonía. El mayor murió y el propio Grigori se salvó de milagro. La tragedia traumatizó al pequeño, cuyo carácter perdió ese desenfado infantil y pasó a ser mucho más retraído. Este cambio en el carácter se acentuó cuando, durante su convalecencia, Rasputín tuvo su primera visión mariana. Nos cuenta su hija María en sus memorias Rasputín, mi padre, que una hermosa señora vestida de azul se le presentó al niño que luego sería su padre y le dijo que tenía que curarse. El Pope del pueblo no tuvo dudas en confirmar la veracidad del relato, y desde ese momento el pequeño Grigori se sintió un elegido.
 
 
A partir de entonces, el pequeño Grigori pasmó a propios y extraños con sus poderes sobrenaturales. Cuéntase que era capaz de sanar animales enfermos y encontrar a otros que habían sido robados. Empezó a trabar amistad con vagabundos que decían ser starets elegidos por Dios, y los invitaba a su casa. Su padre los acogía de buen grado, y Rasputín, que escuchaba con devoción las historias de estos santos errantes, empezó a soñar con una vida de peregrinaje espiritual.

Tras una breve experiencia de este tipo en los santuarios locales, Rasputín se casó, a los diecinueve años, con una joven llamada Praskovia. Tuvieron un bebé que murió a los seis meses y Rasputín, destrozado, se entrega a la bebida y a una vida de desenfreno. Ante los desmanes que causaba, el pueblo lo condenó a un año de destierro. Empieza el verdadero peregrinaje de Rasputín.

Los jlisty en pleno calentamiento

Conoció al asceta Makari, quien, aparte de empezar a enseñarle a leer y escribir e introducirle en la biblia, le confirmó su destino como peregrino. El Rasputín que volvió a Pokróvskoye ya no era el mismo. Precedido por su fama, y considerado ya por sus vecinos un sanador de cuerpos y almas, Rasputín comenzó a organizar reuniones místicas en las que los adeptos, o habría que decir las adeptas, aparte de orar y entrar en trance, se entregaban a la fornicación. Comprensiblemente, no todos veían con buenos ojos estas actividades espirituales, y Rasputín fue acusado de pertenecer a la herética secta de los jlisty. Esta secta rechazaba el sacerdocio y creía en la posibilidad de una comunicación directa con el Espíritu Santo. Practicaban al ascetismo de una manera un tanto sui generis, que consistía en rituales frenéticos que solían incluir flagelaciones y culminar en orgías. Pese a que su hija María niega que su padre perteneciera a dicha secta, la sospecha, y el consiguiente escándalo, nunca abandonó a Rasputín.

Buf, y no he resumido más que las primeras 18 páginas. En fin, por abreviar un poco, diremos que su fama como sanador fue creciendo como la espuma. En su peregrinaje a Kazan, un clérigo, impresionado por la devoción y el misticismo de Rasputín, le escribió una carta de recomendación para la Academia de Teología de San Petersburgo, dirigida por el archimandrita Teofán. A su llegada a la ciudad imperial en 1903, Rasputín, que no olvidemos era un (complejo) campesino, se quedó impresionado por el ajetreo, la belleza, el lujo y "la sensación difusa de omnipotencia imperial". Al poco tiempo, sin embargo, fue él quien imresionó a todo aquél que lo conoció. El propio Teofán quedó maravillado con aquel "representante genuino del terruño ruso, un cristiano de los primeros tiempos, cercano a las enseñanzas de Jesús. No era un hombre de iglesia, sino un hombre de Dios".

El Restaurante Yar de Moscú, donde cuenta la leyenda que Rasputín exhibió sus atributos más hipnóticos, escándalo que la corona intentó ocultar, pero que misteriosamente se filtró a la prensa

En aquel momento, el misticismo y el ocultismo eran lo más en la corte del zar, y la zarina Alexandra tenía de hecho su pequeña corte de curanderos y videntes. Así, entre la fama de Rasputín, la influencia de sus contactos, y su relación con una amiga de una amiga, era sólo cuestión de tiempo que el monje siberiano conociera por fin a Nicolás y Alexandra. La zarina, que nunca cayó en gracia al pueblo ruso, se reveló ante Rasputín como lo que sin duda era: una mujer inestable que, aunque profundamente devota, tenía una gran propensión a buscar respuestas en el más allá.

Uno de los aspectos de la vida de Rasputín que me da la sensación de haber sido menos estudiado es el modo en que su relación con la familia real se enraiza en el folklore ruso. En los cuentos tradicionales rusos, como en muchos otros, el zar es un personaje más, que tan pronto se presenta en la cabaña de un leñador como salva a un  oso de morir ahogado. Esta cercanía del zar al pueblo era, por supuesto, una fantasía, pero la aparición de Rasputín sirvió para que la fantasía durante un tiempo cobrara forma. Rasputín, el campesino analfabeto, el mujik siberiano, siempre se dirigió al zar y la zarina como "padrecito" y "madrecita", nunca como "majestad". Jamás se humilló ante ellos como era prescriptivo, sino que los trató, relativamente, de tú a tú. Esa insólita campechanía contribuyó a su carácter de "autenticidad" ante la zarina, que en sus cartas siempre se refirió a él como "nuestro amigo".
 
Todos querían salir en la foto

Como es sabido, Nicolás II y la zarina Alexandra ocultaban un terrible secreto: el zarevich Alexis, único heredero al trono, sufría de hemofilia. Cualquier herida o contusión podía complicarse hasta acabar con su vida, y en cualquier caso, le causaba un dolor insoportable. Rasputín obró el milagro de curar al zarévich hasta en tres ocasiones, una de ellas mientras se encontraba en su Siberia natal. Y es que, a diferencia de los curanderos de la zarina, el monje obraba sus milagros por medio de la oración y no de la imposición de manos.

Naturalmente, tanto entonces como ahora, eran muchos quienes acusaban a Rasputín de charlatán, y achacaban sus supuestas curaciones y milagros a la autosugestión o a la hipnosis. Los médicos, incapaces de aliviar los dolores del zarévich, se negaban, como es comprensible, a aceptar el milagrerismo de Rasputín y acusaban al monje de aprovechar lo que no era más que la evolución natural del paciente. Hay versiones para todos los gustos, y aunque uno es bastante reacio a dar crédito a estos milagros, lo cierto es que tras la intervención de Rasputín, el zarévich se recuperó incluso tras haber recibido, en una ocasión, la extremaunción. Si Rasputín era un impostor, fue uno de los mejores impostores de la historia.


Wake Up the Gypsy in Me, una curiosísima película de dibujos animados de 1933, protagonizada por Rice Pudding, trasunto de Rasputín. Observad en quién se transforma el monje al final. WTF?

Rasputín hizo numerosos y poderosísimos enemigos en la corte, y ni siquiera el favor de Alexandra bastaba para protegerlo de ellos, que no tardaron en urdir su asesinato. Por diferentes motivos, las fuerzas políticas de extrema izquierda y de extrema derecha quisieron aprovechar el creciente escándalo alrededor de Rasputín. La extrema izquiera "explotaba el desprestigio de la pareja soberana para acelerar la caída del régimen [mientras] la extrema derecha pretendía apartar del trono a quienes ensombrecían la dinastía para restaurar una autocracia pura y dura. Los partidarios de esta solución abogaban por disolver la Duma, endurecer la censura, conceder más poder a la policía y declarar la ley marcial. La zarina estaba con ellos, el zar vacilaba."

En junio de 1914, Rasputín viajó a su pueblo natal con su hija María. Allí, a la puerta de su casa, e encontró con una harapienta mendiga con un apósito en lugar de nariz que le pidió limosna. Esta mujer se llamaba Jina Guseva, y era una prostituta que había quedado desfigurada tras contraer la sífilis. Mientras Rasputín rebuscaba en el bolsillo algo que darle, recibió de la mendiga una puñalada en el vientre que le dejó con las tripas fuera. Cuando la mujer se disponía a volver a clavarle el puñal, Rasputín le asestó un puñetazo en la cabeza que la tumbó. Pánico en la corte, telegramas con deseos de una proonta recuperación a porrillo, y protección constante ordenada por el zar.

Jina Guseva

Es bastante probable que quien estuviera detrás de este intento de asesinato fuera el hieromonje Iliodor, a quien la wiki nos describe como el enfant terrible de la iglesia ortodoxa. Rasputín e Iliodor sintieron, desde el primer momento de conocerse en San Petersburgo, mutua admiración, pero si algunos hablan de nuestro héroe como un loco diabólico, no quedan palabras para definir a Iliodor. Parece ser que las primeras desavenencias entre ambos surgieron a raíz de la muerte de Tolstoi. Admirado por Rasputín (como hombre religioso, naturalmente; Rasputín jamás leyó ninguna de sus novelas), Tolstoi, que recordemos había sido excomulgado por la iglesia, era denostado por Iliodor, quien, a la muerte del escritor, colgó en su monasterio un retrato para que los fieles lo cubrieran de escupitajos. Este Iliodor, uno de los más clérigos más influyentes en la corte, posteriormente perdió la cabeza de tal modo que fue suspendido por el Santo Sínodo. Despechado y chulo, Iliodor fundó una comunidad religiosa llamada Nueva Galilea, que era una "asociación de mujeres y jovencitas entregadas en cuerpo y alma a la cuasa contra Rasputín. Su principal objetivo era atrapar al falso stárets y castrarlo, para que no enlodase más a criaturas inocentes".
Pero aún hay más, porque en 1916 Iliodor partió para Nueva York donde, al año siguiente, apenas 6 meses tras la caída de la monarquía, se interpretó a sí mismo en la película La caída de los Romanov.
 
La caída de los Romanov, con el hieromonje Iliodor interpretándose a sí mismo 

Rasputín siempre estuvo en contra de la participación de Rusia en la I Guerra Mundial. Su convalecencia tras el apuñalamiento coincidió con el momento en que Nicolás II tomó la decisión de intervenir. Los historiadores se preguntan qué hubiera sucedido si nuestro héroe hubiera podido lanzarle una miradita o dos de las suyas al zar. ¿Habría conseguido imponer su voluntad sobre el zar y detener la tragedia en la que se iba a hundir el país? Es difícil afirmarlo, máxime cuando la influencia de Rasputín sobre el zar nunca fue tan grande como sobre Alexandra, pero en cualquier caso es evidente que Nicolás II habría encontrado en la oposición del monje a la guerra un obstáculo formidable.
Es decir, que tampoco caeré en la tentación de afirmar que una puta sin nariz cambió el curso de la historia.

Rasputín convaleciente de su intento de asesinato

Suele sucederme, y lo digo una vez más, que las obras de Henri Troyat, a quien considero un biógrafo tan bueno como Stefan Zweig, se me hacen imposibles de resumir. Cada una de sus páginas, y más en una historia como la de Rasputín, es sencillamente apasionante, lo cual quiere decir apasionante de una manera bien sencilla. Uno pasa las páginas embobado, mientras ante él se suceden los embrollos de la corte, el hundimiento del prestigio del zar, que sólo recuperó brevemente gracias al entusiasmo popular ante la Gran Guerra; los rumores, las mentiras, las leyendas y los escándalos provocados por Rasputín, de quien se llegó a decir que fue amante de la zarina, algo que niegan práticamente todos los historiadores; la sorprendente sensatez de algunos de los consejos de Rasputín al zar en asuntos militares; la intervención de nuestro héroe a favor del acusado en el fascinante y vergonzoso caso Beilis; las teorías conspiratorias que acusaban al monje de ser un agente al servicio de Alemania; la partida de Nicolás II al frente para tomar las riendas de su ejército, lo que deja a la zarina sola en la corte con "nuestro amigo"; el mismísimo Kerenski, futuro Primer Ministro en el gobierno provisional, informado del plan para acabar con Rasputín; la increíble historia de ese asesinato, en el que estuvieron involucrados un príncipe y un diputado de extrema derecha; o la increíble profecía de Rasputín al zar:

Presiento que perderé la vida antes del 1 de enero. Quiero que el pueblo ruso, Papá [el zar], la Madre rusa [la zarina], los niños y la tierra rusa sepan lo que han de hacer. Si los que me matan son vulgares asesinos , en particular, mis hermanos, los campesinos rusos, tú, zar de Rusia, no tendrás que temer por tus hijos. Reinarán durante siglos. Pero si los que me matan son boyardos, nobles, y vierten mi sangre, sus manos estarán manchadas con mi sangre durante veinticinco años. Tendrán que irse de Rusia. Los hermanos se alzarán contra los hermanos, se matarán entre sí y se odiarán, y durante veinticinco años no habrá nobleza en el país. Zar de la tierra rusa, si oyes el toque de campana que anuncia la muerte de Grigori, debes saber que, si uno de los tuyos es el cuasante de mi muerte, ninguno de los tuyos, ningún hijo tuyo vivirá más de dos años. El pueblo ruso los matará [...] A mí me matarán. Ya no estoy entre los vivos. ¡Reza! ¡Reza! ¡Sé fuerte! Piensa en tu bendita familia.

Félix Yusupov, asesino confeso y sin embargo presunto

Como todo lo que rodea a la vida del monje diabólico, la muerte de Rasputín está envuelta en las tinieblas de la leyenda. La única versión de primera mano es la que nos proporcionó el presunto asesino, Félix Yusupov, en sus memorias, y es la que, con las debidas reservas, se ha dado por buena. Le otorga credibilidad el hecho de que alguien tan vanidoso como el propio Yusupov no queda demasiado bien parado, y en ocasiones la escena tiene más de farsa vodevilesca que de leyenda.
Nos cuenta Yusupov en sus memorias que, tras haber conseguido introducirse con argucias en el círculo de Rasputín, invitó al monje a su palacio, no se sabe muy bien con qué argucias. Algunos cuentan que Rasputín se frotaba las manos ante la posibilidad de un encuentro con la esposa de Yusupov, y hay quien asegura que Yusupov mismo jugó esa carta cuando en realidad la bellísima Irina se encontraba en Crimea. También ha habido quien ha sugerido que Yusupov, que era bisexual, decidió matar a Rasputín por despecho, al ver rechazados sus intentos de explorar bien a fondo la leyenda que rodeaba al monje (leyenda quizás injustificada; el cirujano que atendió a Rasputín tras el atentado en Pokrovskoye aseguró que tampoco era para tanto).

El cadáver de Rasputín, con el rostro completamente desfigurado

Sea como fuere, Rasputín se presentó en el impresionante palacio del príncipe. Éste, tras ofrecerle pasteles envenenados y ver cómo Rasputín se los comía como si nada, subió al piso de arriba para consultar con sus cómplices: "Oye, que no se muere, ¿qué hago?". A continación bajó y le descerrajó un tiro en el corazón. El doctor, que también se encontraba en el palacio comprobó que Rasputín estaba muerto, y acto seguido empezaron a intentar eliminar todo rastro del crimen. Horas más tarde, Yusupov tuvo un funesto presentimiento. Bajó al sótano, donde se había cometido el crimen (y que hoy tiene una reproducción en cera de la escena del crimen), y tomó el pulso al cadáver... que de repente abrió un ojo y le echó las manos al cuello. Sí, parece ser que más de un guionista ha leído las memorias de Félix Yusupov. Según éste, Rasputín consiguió levantarse y huir, y fue en el patio donde el diputado Purishkiévich le volvió a disparar antes de que consiguiera salir a la calle. Rasputín volvió a caer, presumiblemente muerto, pero, por si acaso, le remataron a patadas y porrazos, antes de tirar su cuerpo al río, de donde fue recuperado pocos días más tarde. Una historia increíble, sí, pero es la única que hay.
 

Recientemente se ha especulado con la teoría de que no fueron Yusupov y compañía quienes acabaron con la vida de Rasputín, sino que el asesinato fue organizado y llevado a cabo por los servicios secretos británicos. Efectivamente, la influencia de Rasputín sobre Nicolás y Alexandra hacían peligrar la intervención de Rusia en la guerra. Si Rusia se hubiera mantenido al margen, Alemania habría podido dirigir todas sus fuerzas al frente occidental, es decir, contra Inglaterra. Investigaciones recientes parecen dar relativa credibilidad a esta hipótesis, que no deja de ser una atractiva y tentadora teoría. No obstante, los servicios de inteligencia británicos no son la KGB, y cuesta creer que semejante información se haya podido mantener oculta durante in siglo.

El cuerpo, tras ser rescatado de las aguas del Málaya Nevka.

Pero la historia sigue, naturalmente. Poco después se cumplió la profecía de Rasputín, quien no previó, sin embargo, que su cadáver sería sacado de la tumba e incinerado por orden de Kerenski. Los candidatos a exilio se exiliaron, entre ellos, naturalmente, Yusupov, que pasó a la historia como el hombre que mató a. El chalado de Iliodor acabó sus días en Nueva York, trabajando de conserje. Por su parte, una de las hijas de Rasputín, Maria, se dedicó al maravilloso mundo del circo. Años más tarde, una de las hijas de Maria entabló amistad con Irina Yusupova, hija del hombre que mató a su abuelo. 

Y si pensáis que me iba a resistir a lo irresistible, andabais muy equivocados. Uno es fuerte, pero humano. Sirva como atenuante que este vídeo nos muestra al legendario cuarteto junto al Kremlin, así como al inimitable y legendario Bobby Farrell luciendo una barba tan luenga y recia como la de nuestro héroe. ¡Ra ra...!


viernes, 11 de abril de 2014

Cuentos perdedores (2)



Igual de perdedor, algo más largo y todavía más inane que el anterior.

Destino Parnaso

El desafío va a ser …
(silencio sepulcral)
¡Un soneto!
(estruendosa ovación, con un leve tono de pánico)
Sí. Sí. Hemos decidido… (una pausa hasta que acabe de hacerse el silencio) hemos decidido que esta semana va a ser un soneto. Un soneto… un soneto porque si hay una forma poética (se oye un grito ininteligible, seguido de unas cuantas risas) … si hay una forma poética que demuestra el talento y la sensibilidad de un poeta, del poeta, del poeta con mayúsculas, del poeta de raza, de aquél que ha sido elegido por los dioses como víctima propiciatoria para, como el judío errante, vagar inmortal por el mundo condenado a contar su historia, es el soneto. Un soneto porque que es el soneto el que hace al poeta, y no al revés. Dante, Petrarca, Garcilaso, Quevedo, -polvo serán, mas polvo enamorado-, Baudelaire,  Rilke, Neruda –Amor, cuántos caminos hasta llegar a un beso- (aplausos, con tres largos silbidos entusiastas), no fueron padres del soneto, sino sus hijos. Decía Kahlil Gibran “tus hijos no son tus hijos, son los hijos de la vida”. Yo le digo al poeta: tus sonetos no son tus hijos,  son los hijos de la poesía, no vienen de ti sino a través de ti.” (Pausa; se hace un breve silencio, fruto de la confusión, roto por unos aplausos que van creciendo en intensidad).  Sabemos que la deuda que los poetas tienen, tenemos, con el soneto, por la belleza que sus hijos nos legaron, nunca podremos llegar a saldarla. No obstante, ello no ha de ser óbice para, desde nuestra humildad, la humildad del poeta, la humildad del creador divino, pues divino es saber hallar en el océano de la lengua esa gota, esa palabra capaz de insuflar vida a ese verso, y a ningún otro, desde esa humildad, pues, (se levanta un ligero murmullo de impaciencia) intentar devolverle una parte, minúscula tal vez, casi inapreciable, un suspiro, una brizna, un pestañear… por los hijos que los siglos (una atronadora explosión de aplausos ahoga sus palabras justo antes de que le apaguen el micrófono).
¡Qué emocionantes palabras, Luis! Qué emocionantes. De verdad, de verdad que nos has emocionado. (Grita) ¿Verdad que nos ha emocionadooo?
¡Síiiiiiii!
¿Sí, Luis? (Luis ha levantado la mano. Le vuelven a encender el micrófono).
Sí, sólo añadir que el soneto se hizo carne y nació el poeta.
Qué maravilla, Luis (más aplausos, un tanto breves). Gracias. Cuánta belleza encierran tus palabras. Cuánta belleza. De verdad. De verdad.

El despertador suena a las cinco y media de la mañana. A través de los vidrios húmedos de la ventana, se alcanza a ver una calle que parece alejarse en ángulo oblicuo. La lluvia difumina la luz que irradian los faros de los escasos coches que la atraviesan. Antes de levantarse, Nicolás, poeta currante, permanece tumbado unos segundos, mirando hacia el techo y sin rastro de sueño en los ojos. Se destapa con ímpetu y con el brazo traza un amplio arco que lanza las sábanas al lado de la pared. Traza con las piernas un arco en sentido inverso y pone los pies los pies en el suelo.
Sentado al borde la cama, apoyándose en las manos, parece contar hasta tres mientras toma impulso balanceándose hacia delante.
Ya está en pie. Brazos en jarra, dirige la vista a la ventana, murmura “va a ser un día precioso, sí, maravilloso”, se da una palmadita de ánimo con las manos a la altura de la cintura y, con gran parsimonia, se empieza a quitar la camiseta del pijama. Mueve la cadera a un lado y a otro, como si intentara escurrirse a través de un tubo. Cuando por fin lo consigue, sin dejar de mirar hacia la ventana, lanza la camiseta a la cama. Con ese gesto revela que, además de unos bien esculpidos abdominales, posee unos amplios  y envidiables músculos pectorales que la camiseta que se pone ahora, tres tallas más pequeña de lo necesario, no podrá ocultar.
Se acerca a la ventana, bajo la cual hay un sencillo escritorio de madera, cubierto de papeles, una pluma Parker, tres lápices de la misma longitud y con la punta bien afilada, y varios delgados libros de poesía dispuestos en abanico de manera totalmente casual. También hay un diccionario, un bumerán y un pequeño busto en yeso de Antonio Machado.
Buenos días, maestro, le dice.
Explica por qué Machado es su maestro, cuándo leyó Campos de Castilla, qué impresión le causó y cómo en ese momento decidió que quería ser poeta.
Pero en realidad, se corrige asustado, yo quiero ser poeta desde siempre. Yo creo que desde que nací.
Se sienta ante el escritorio, coge un lápiz y se introduce la punta superior en la boca mientras mira por la ventana e inspira lenta y profundamente.
La inspiración no viene sola, dice. Hay que buscarla. Eso es lo más difícil de la poesía: la inspiración.
A través de la pared se oye al vecino tirar de la cadena.
Ahí fuera hay una idea, una palabra, una imagen. Sabes, a veces pienso que la poesía es como un pajarito que revolotea frente a tu ventana, esperando a que lo enjaules. Bueno, que lo atrapes. Bueno, lo ideal… lo ideal es que el pajarito venga por su propio gusto y se pose en tu hombro. Ése es el trabajo del poeta: arrimar el hombro. Para que el poema se pose en él. Sí.

Aquí hay auténticos tesoros.
Estamos en un barrio de casas bajas, muchas de las cuales tienen puertas y ventanas tapiadas. Se oye el ruido constante de coches y camiones que pasan por la autopista elevada, que está a tan sólo unos metros de distancia. Retumba un continuo bum bum producido por las ruedas de los vehículos al pisar las juntas del asfalto. Se trata a todas luces de un barrio moribundo, asfixiado entre polígonos industriales, el río y la autopista, un pintoresco anacronismo en esta enorme ciudad que está condenado a desaparecer.
Tesoros de verdad.
Elisabeth, poeta errabunda, pasea por las calles del barrio, observada con curiosidad por un chucho tumbado junto a un coche cubierto de polvo y con las cuatro ruedas pinchadas.
Yo vengo mucho por aquí. Cuando quiero escapar del mundanal ruido, ¿sabes?
Dobla una esquina. Hay tres niños dando patadas a un balón. Ella les saluda alegremente. Uno de ellos coge la pelota con las manos y se queda mirando cómo pasamos.
¿Quién es?, le pregunta otro de los niños. El de la pelota se encoge de hombros.
Es una pena, una tragedia, que todo esto vaya a desaparecer. Tantas historias, tantos recuerdos, tantas vidas. Están dejando morir a todo un barrio y en nombre de qué, de un supuesto progreso que… ¡mira, ahí está!
A la puerta de una tienda con una persiana polvorienta atascada a medio abrir, hay una anciana sentada en una silla de paja. En el cartel que cuelga sobre la puerta se puede leer “Colmado Ang stias”.
Buenos días, señora Angustias.
La anciana, que no ha dejado de observar a Elisabeth desde que la ha visto, responde al saludo, un tanto extrañada, con un buenos días, reina.
Qué día más bonito, ¿verdad?
Ay, pos pa' mí que va a llover.
Las dejamos solas un momento, nos alejamos y miramos a nuestro alrededor. Puertas y ventanas tapiadas, bicicletas comidas por el óxido, gatos tumbados al sol, coches desvencijados sobre pilas de ladrillos. Elisabet se acuclilla ante ella y con cariño pone su mano sobre la de la anciana. No se oye lo que dicen. Elisabet la mira embelesada, sonríe y asiente pese a que la señora apenas pronuncia una palabra.
… sus romances, se puede oír a medida que nos acercamos de nuevo.
Sí, ya sabe, esas canciones que usted aprendió de su mamá, de su abuela, esas canciones tan bonitas que usted conoce.
La anciana, que al oír la palabra romances se había mostrado entre reacia y confundida, empieza ahora a mostrar más confianza. Se retrepa en la silla.
Esas historias que se contaban cuando iban al río a lavar, cuando se sentaban todas a bordar, cuando se vestían para las fiestas del pueblo…
Ay, hija, a mis años.
¡Pero si está usted estupenda!
Los niños que estaban jugando con la pelota se han ido acercando con timidez. La anciana empieza a tararear.
Nnna    nnnna   nana nana.
Con los primeros compases, vemos a otra anciana achacosa que, agachándose para no golpearse con la persiana, sale de la tienda. La primera empieza a cantar.
Tiene la tarara un sofáaaa muy bajo
Muy bien, dice Elisabeth, que ahora mira a la cámara asustada.
Pero la señora se ha empezado a entusiasmar.
que cuandooo se sienta se le ve el refajo…
Muy bien, de verdad. Ya es sufí...
Y ya a pleno pulmón:
¡la tarara sí la tarara no…!
¡Que se calle ya!, la interrumpe Elisabeth levantando la voz. 
En el repentino silencio, se oyen tres bum bum seguidos, procedentes de la autopista.
Que está muy bien, de verdad, muchas gracias. Ruborizada, se pone en pie, le da un beso a la anciana y le dice adiós, señora Angustias, cuídese mucho.
¿Quién es Angustias?, se oye a la otra señora.

Unos pies que suben con solemnidad por una ancha escalinata. Curiosos zapatos de cuero marrón, acabados en punta, y con una enorme hebilla de bronce.  Más curiosos los calcetines, que no son tales sino una especie de medias blancas. Nos quedamos quietos y vemos la figura alejarse escaleras arriba. Lleva pantalones de color negro, pero sólo le llegan hasta debajo de la rodilla, donde se cierran con botón y ojal. Seguimos ascendiendo por la figura y vemos una mano que brota de un puño con chorreras y sostiene, contra la pernera, un abultado cartapacio de cuero a juego con los zapatos. El chaquetín negro del que emerge el puño con chorreras está a su vez medio oculto por una capa que, con apuros, dada la estrechez de su espalda, le cuelga del hombro derecho. La figura, a la que ya vemos de cuerpo entero, se va alejando, pero podemos adivinar todavía una media melena de cabellos ondulados. Alcanza las columnas, se detiene y gira el torso. Estamos demasiado lejos para verle bien la cara, pero en ese gesto orgulloso y algo torero advertimos, aparte de los michelines, el ufano garbo y nobleza de quien es capaz de sacrificar los placeres del terrenal vivir a la severa y monacal quietud de la biblioteca nacional.
Una vez dentro, Germán, poeta reencarnado, atraviesa con noble porte pasillos y salones, y en su andar va dedicando a los retratos, que se suceden a derecha e izquierda, saludos con la mano al modo de "va por usted".
Se detiene ante uno de ellos, se pone la mano en el corazón y, al cabo de unos segundos, como si se acordara de repente, da un taconazo al estilo militar. 
Es Lope de la Vega, nos explica. 
Germán sabe que sólo metiéndose en la piel de su maestro podrá recibir de éste algunas gotas de la divina aspersión que éste nos legó.
Yo lo veo así, dice, es como un aspersor perpetuo, y cada una de sus gotas es una perla que nos da la vida. Nosotros somos la hierba.
Germán no para de ajustarse los quevedos, que se le deslizan continuamente nariz abajo. No es tarea fácil, y le faltan manos para mantener capa, quevedos y cartapacio en su lugar.
Entra en la sala y mira hacia arriba maravillado. Lo vemos desde abajo, girando lentamente sobre sí mismo, rodeado de un universo de libros.
Sin hacer caso de las miradas que levanta a su paso ni de los comentarios oídos al vuelo, mira qué pinta, dónde va ese tarao, Germán busca un sitio apartado y se sienta. Tras quitarse los quevedos, coloca ante sí el cartapacio. Lo abre. Saca una pluma de ganso, un tintero, un tampón de papel secante de madera, y... ¿un cuaderno de espiral?
Conócese que en el orbe moderno no ha lugar al papiro, nos dice avergonzado.
No con poco esfuerzo y tras casi un minuto intentándolo, consigue por fin abrir el tintero, ante la mirada estupefacta de dos chicas y hostil de un jubilado. Lo dispone todo meticulosamente, asegurándose de que ningún objeto interfiera con otro y que todos estén al alcance de su mano sin necesidad de recurrir a un estiramiento total del brazo, pues eso podría romperle las costuras del chaquetín. Lo observa todo con razonable satisfacción, sin mover las manos del borde la mesa. Ha llegado el momento.
Bien.
Con gran donaire, coge por fin la pluma, la introduce en el tintero, la saca y, antes de poder escribir la primera palabra, que iba a ser "merced", ya le han caído tres enormes goterones en el papel cuadriculado.
Joder, ¿lo puedo repetir?

La semana que viene:
Ahora hay que dejarlo que germine, crezca y se exprese por sí solo. Javier, poeta jardinero, termina de compactar la tierra sobre el papel que acaba de plantar, y que contiene los primeros versos de su poema "Vida": no soy más que una semilla / mas ya sueño con ser brote. A continuación lo vemos coger una regadera.
Un punto. Una raya. Un punto. Un punto. Un punto. Una raya. Una raya. Lanzo mi poema al aire, ¿hay alguien ahí?, recita Noemí, poeta morse, al tiempo que golpea con una cuchara el exterior del muro de la prisión. 
Paciencia y cariño, nada más, explica Pablo, poeta escultor, mientras con gran serenidad arranca una hoja tras otra. Sabe que el poema está ahí, oculto dentro del cuaderno, esperando tan sólo a ser descubierto.

Además de marcar récords históricos de audiencia, aquella temporada de Destino Parnaso marcó, según los críticos, un hito en la historia de la poesía española.

jueves, 3 de abril de 2014

La caída de la casa Máshber


Cuando nació mi primer hijo, me tocó a mí, como es lógico, anunciar el feliz acontecimiento a la familia. Después de hablar con mi madre, llamé a mi suegra, en Inglaterra. La familia de mi mujer es de origen judío, si bien mi suegra es atea y, por si fuera poco, está casada con un cristiano. No obstante, como veremos, toda renuncia a la propia religión tiene sus límites. Así, cuando le dije el nombre que le habíamos puesto al retoño -nombre que habíamos ocultado hasta entonces, para evitar comentarios del tipo "uy, no, ése no"-, no contestó con la alegría que yo esperaba. Más bien, lo hizo con un curioso y un tanto ominoso silencio. Qué raro, pensé, si es el nombre de su padre, es decir, el abuelo de mi mujer, o lo que es lo mismo, el bisabuelo del recién nacido, primer bebé de esa generación en toda la familia.

Pocas horas más tarde, una llamada telefónica de Inglaterra nos informó de cuál era el problema: es tradición entre los judíos askenazíes no poner nunca a un bebé el nombre de un familiar vivo. Y el bisabuelo de la criatura, a sus 91 años, estaba vivo y más que lúcido. Naturalmente, nos negamos en redondo a cambiarle el nombre, con lo cual se gestaba, si no un cisma, sí un pequeño conflicto familiar. Y eso después de haber dejado bien claro, desde hacía ya unos meses, que bajo ningún concepto circuncidaríamos al bebé, en caso de que fuera niño.

Por suerte, un par de días más tarde, otra llamada telefónica nos comunicó la feliz solución del asunto. Alguien de la familia había hecho las investigaciones pertinentes, y había descubierto que entre los judíos sefardíes (eso debía de ir por mí), la dichosa tradición del nombrecito no existía. Así que todos tan contentos, y el que más, el bisabuelo. Y es que, ateos o devotos, ya nos hablaba Tevye de la importancia que para ambos tiene... ¡¡la tradición!!


La actual revitalización de la cultura yiddish viene de la mano de la música klezmer, un fenómeno cada día más popular a nivel mundial. Uno de los factores decisivos en esta popularización cabe buscarla precisamente en El violinista en el tejado (1971), que hizo que muchos hijos y nietos de emigrantes judíos, que habían poco menos que dado la espalda a sus raíces, descubrieran y comenzaran a interesarse por aquella música, así como por la obra literaria de autores como Sholem Aleichem, y se contagiaran de la nostalgia del shtetl. A ello hay que unir, naturalmente, el premio Nobel otorgado a Isaac Bashevis Singer en 1978. Esta combinación de factores parece haber tenido unos efectos algo retardados, pero hoy se puede decir que el klezmer está para quedarse.

En cuanto a la literatura yiddish, desconozco lo que se escribe en la actualidad, pero me alegra ver cómo desde hace unos años se están recuperando, con cuentagotas pero también con regularidad, algunas de las grandes obras literarias de aquella cultura que a pesar de todo, tozuda ella, se negó en su día a dejarse exterminar. No es de extrañar que dicha recuperación tenga lugar en primer lugar en EEUU, dado que allí se encuentra hoy la mayor comunidad de hablantes de yiddish. 

Parte del divertido discurso de Bashevis Singer en Estocolmo, hablando sobre el yiddish

Hace unas semanas hablaba de la extraordinaria El imperio de Kalman el lisiado, de la cual destacaba, aparte de su gran calidad literaria, su marcado tono elegíaco, sobre todo hacia el final de la obra, al concluir la historia justo en el momento en que Adolf Hitler alcanzaba el poder en Alemania. En La familia Máshber, el autor nos dice también, en el prefacio, que el mundo que se dispone a retratar :

tiempo ha que se esfumó sin dejar vestigio, arrastrando consigo el cimiento económico sobre el que se hallaba construido, al igual que sus conflictos sociales e ideológicos y sus intereses. No me ha resultado fácil evocarlo, reavivarlo y poner en acción a sus personajes.

Der Níster, cuyo verdadero nombre era Pinchus Kahanovich, es uno de esos autores desconocidos para el gran público y venerados por el pequeño mundo de la cultura yiddish. Nació en 1884 en Berdichev, Ucrania, y murió en 1950 en el gulag soviético. En 1904 adoptó su pseudónimo, que significa en yiddish "El oculto", tras abandonar su ciudad natal con el fin de eludir el servicio militar. 

En el prefacio a La familia Máshber, considerada su obra maestra, nos encontramos con un planteamiento mucho menos elegiaco que el de Elberg, y con una visión de aquel mundo perdido prácticamente despojada de cualquier atisbo de nostalgia. Nos dice el autor que:

Me he aferrado, al componer este libro, al método del realismo artístico, aquel que se identifica con el famoso mandamiento de Goethe: "Pinta, pintor, y calla".

Der Níster, cuyo pseudónimo significa "El oculto"

Esta reivindicación del realismo era probablemente el escudo con el que el autor se quería proteger de la censura soviética. La mayor parte de la obra anterior de Der Níster era yiddish puro y duro, es decir misticismo cabalístico a go-gó y simbolismo a mansalva, algo no del agrado de las autoridades. Tanto es así que el mismo presidente de la Federación de Escritores Rusos en Yiddish inició una campaña contra él y le obligó a renunciar al simbolismo. En aquel momento, Der Níster prácticamente dejó de escribir cuentos y novelas y pasó a dedicarse al periodismo y la traducción. Tan sólo hacia el final de los años 30, cuando al gobierno soviético le dio por promover las diversas nacionalidades del país, entre ellas el yiddish, decidió Der Níster volver a la literatura. Siempre, eso sí, dentro de los límites marcados por el realismo socialista. Que no es lo mismo que seguir sus preceptos...

Un cuento para niños de Der Níster, ilustrado por Chagall

La otra gran diferencia con Kalman el lisiado radica en que, en La familia Máshber, el mundo perdido del shtetl y la desaparición de un modo de vida presente en el este de Europa desde hacía siglos, no es consecuencia del auge del nazismo, y sólo muy tangencialmente del antisemitismo y los pogromos que tenían lugar constantemente en Rusia, Ucrania y Polonia. De hecho, y para empezar, el escenario de la historia no es tanto un shtetl como una ciudad ucraniana de tamaño considerable, un importante centro cultural, religioso, económico y financiero, cercano a la frontera con Polonia. La ciudad de N., como la conocemos en la novela, es un trasunto de Berdichev, ciudad natal del autor. Situada en la actual Ucrania, Berdichev constituía, hacia finales del s. XIX, la segunda mayor comunidad judía del Imperio Ruso, y alrededor del 80% de su población era judía, la mayor parte de ellos jasídicos. 

La historia del jasidismo, una corriente del judaísmo que surgió en Polonia en el s. XVIII, es bastante compleja para nosotros los presuntos sefardíes. En líneas muy generales, el jasidismo reivindicaba el valor de la espiritualidad frente a lo que consideraba un judaísmo excesivamente aferrado a la lectura del Talmud. El nacimiento del jasidismo venía a confirmar un viejo conflicto entre diferentes corrientes dentro del judaísmo, que había dado lugar, por ejemplo, a la aparición de autoproclamados mesías, como Sabbatai Zevi. Pero que no cunda el pánico: apenas es necesario saber más que estos datos básicos para entender el conflicto central de la novela que nos ocupa.

Berdichev a finales del s. XIX

La familia Máshber estaba concebida como una trilogía de la que Der Níster sólo llegó a escribir las dos primeras partes, antes de que Stalin decidiera que Hitler no iba desencaminado del todo y que había que acabar con los judíos. El título de la obra habría cobrado mayor relevancia con el tercer volumen, donde el nieto de Moshe tomaría las riendas de la historia. Con este tercer volumen inédito (algunos creen que quizá, con el arresto del autor, las autoridades también requisaron esa tercera parte de la novela), lo que nos queda, que en ningún momento se percibe como una obra inacabada, podría titularse Los hermanos Máshber, y la referencia a Dostoievski no estaría del todo injustificada.


Un poquitín de klezmer para descansar. O no.

La historia que se nos cuenta es de lo más sencilla y se puede resumir muy brevemente: es la historia del hundimiento económico y la desintegración de una familia en la Ucrania de finales del s. XIX. Moshe Máshber es un próspero y respetado banquero, felizmente casado, padre de familia y abuelo. En su casa, aparte de esposa, mujer, hijas, yernos y nieto, vive también recluido su atormentado hermano Alter, a quien todos dan por retrasado mental. Su otro hermano, Luzzi, tras pasar años en una búsqueda espiritual, ha decidido seguir la doctrina del rabino Nachman de Breslev. Este Nachman, que vivió a finales del s. XVII, era considerado poco menos que un hereje entre el resto de los jasidim. En pocas palabras, con el cambio de rumbo espiritual de Luzzi, la familia feliz, la armonía entre hermanos, la absoluta devoción que sentía la familia de Moshe por el hermano mayor, y todo lo demás se va a hacer gárgaras. Al mismo tiempo, una mala cosecha, un ultraje al retrato del zar y una creciente fanatización de la población de N. nos ponen el conflicto en bandeja. 

Retrato de un cambista

Pese a ser grandes creaciones literarias, los tres hermanos Máshber no son, sin embargo, el mayor atractivo de la novela. Haciendo caso omiso de las reglas del realismo socialista, Der Níster introduce el personaje de Sruli, un tipo extraño, con un pasado sorprendente, y que actúa dentro de la novela como una especie de maestro de marionetas. Sruli hace y deshace a su antojo, actúa como benefactor anónimo, parece situarse más allá del bien y del mal, e incluso más allá de las garras del peligro. Hay quien ha querido ver en Sruli un símbolo del poder soviético jugando con la vida del individuo en nombre de la gran causa. A mí la idea no acaba de convencerme y me inclino por pensar que Der Níster simplemente se negó a barrer de su obra todo rastro de misterio cabalístico. 

Otro de los grandes atractivos de la novela es la detallada y vívida recreación de aquel mundo que, a la vez que un pequeño imperio, era también otro súbdito más del imperio ruso. Ese mundo ha sido retratado muchas veces en literatura (en pintura, lo retrató sobre todo Marc Chagall, amigo y colaborador de Der Níster), pero pocas veces con tanto detalle, realismo e incluso crudeza como aquí. La desintegración de la familia Máshber, que representa, evidentemente, el hundimiento de las comunidades judías en gran parte del imperio ruso, no se debe tanto, parece decirnos el autor, al antisemitismo que las rodea como al propio fanatismo e intolerancia de algunos de sus miembros e incluso líderes religiosos. Der Níster retrató a una comunidad judía tan hermosa y miserable como cualquier otra, una comunidad capaz de proveerse ella sola de héroes, samaritanos, emprendedores, ladrones, chantajistas, borrachos, alcahuetas y matones. Una comunidad, en suma, para la que la combinación de desgraciados factores antes mencionada no representa más que el empujoncito que la lanza al abismo al que ella solita se ha ido acercando. Dada la falta de libertad en la que se movía el autor al escribir esta obra, es difícil decir si su verdadera intención era hacer un retrato tan severo y autocrítico de la comunidad de N., pero esa ambigüedad contribuye a hacer la novela aún más interesante. 


Marc Chagall, delante, con Der Níster tras él, rodeados de profesores y autores en lengua yiddish

La familia Máshber, en todo caso, se me antoja una novela que, sin dejar de ser literatura yiddish, se sitúa también en la tradición de la gran novela rusa del XIX, sólo que escrita medio siglo más tarde. No estamos, desde luego, ante una obra para ser leída con prisas. La familia Máshber es una obra extensa (algunos dirían larga) en la que la acción parece jugar un papel secundario frente a la recreación de un mundo perdido (algunos dirán uy qué lentaaa). Son casi 900 páginas repletas de pormenorizadas descripciones de oficios, casas, calles, costumbres, en las que la acción transcurre silenciosa bajo el suelo; sólo de vez en cuando notamos cierto temblorcito, luego un tren que pasa por debajo, hasta que por fin la casa se nos viene encima. La galería de personajes es casi inacabable, y todos y cada uno de ellos, desde los tres hermanos hasta el mayor pringao de la ciudad, participan de ese realismo tan detallado, magistral y poco socialista del autor. 

Der Níster, en suma, consigue hacernos creer que ese mundo que "se esfumó sin dejar vestigio", ese mundo en el que a nadie se le pasaría por la cabeza darle a su hijo el nombre de un familiar vivo (de alguna manera tenía que justificar el rollo del primer párrafo, ¿no?) sigue ahí, en el mismo sitio, donde siempre había estado.

El viejo cementerio judío de Berdichev


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