viernes, 14 de noviembre de 2014

Cuentos perdedores (6)


Si no os gustaron los anteriores, éste os aburrirá todavía más.



SILVIA

1

Unos años antes de su muerte, Silvia me planteó un reto lingüístico. Lo hizo a través de un email que decía:
Me alegra que Claire y tú hayáis decidido volver a Barcelona. Te diría que podremos ir mucho al cine y a pasear por Gracia, pero me tengo prohibido pensar en el futuro o en el pasado y me limito a un carpe diem estricto.
Bueno, y como veo que te llama la atención la palabra carromato, voy a ofrecerte una lista de tetraisosilabismo vocálico (me invento la denominación por el morro), que te reto a acabar, yo soy incapaz.
salamandra
mequetrefe
tiquismiquis
tocomocho
¿…?

Silvia
PS: Los perros se quedarán con la madre de Claire ¿verdad?

Siempre me ha gustado la brusca sonoridad de “carromato”.
El caso es que esos juegos con las palabras, ella lo sabía, eran lo único que mantenía con un hilo de vida nuestra relación. El resto del mensaje, con ese tono entre desenfadado y melodramático, me repelía. Lo siento. Yo debía de tener ya mis buenos treinta años, con lo cual llevaba más de diez oyendo ese tipo de frases, y ya no permitía que llegaran a convertirse en tema de conversación. Aquella fatalidad tan reflexiva no sólo me aburría, sino que además me afirmaba en el papel que había ido asumiendo con el tiempo: yo era víctima de su admiración.
Quiero recordar a Silvia pequeña, dulce, alegre, bonita y con una mente brillante, tal y como era cuando la conocí por primera vez y, según ella, me la gané con mis animalitos. Y así la recuerdan también muchos que, por lo visto y aunque todavía me cuesta aceptarlo, también la conocieron. No sé si te habrás visto con fuerzas para leerlas, pero las esquelas en la red hablan de niñas de instituto que querían cambiar el mundo, de noches de adolescentes charlando hasta el amanecer, de ojos grandes, claros y profundos. Y todo ello era cierto. Lo sé porque yo también lo disfruté. Eso y nada más. No hay ironía cuando me declaro su víctima. Y quiero dejar claro desde el principio que tampoco se trataba de un amor no correspondido. Será para ti quizás peor que eso, y quiero disculparme por algunas de las cosas que voy a decir, por el lenguaje a veces vulgar que voy a emplear, y por algunos chistes malos que voy a soltar, pero a ratos tengo la sensación de que es con ella con quien estoy hablando. Y ella lo hubiera apreciado, a mi pesar.
Un par de años después de terminar la carrera, habíamos vuelto a encontrarnos en la Facultad de Letras, donde ambos haríamos nuestros respectivos doctorados, y solíamos coincidir en el bar. Silvia, que nunca había sabido ser el centro de atención, me sorprendía en esas ocasiones, rodeada como estaba de compañeros y amigos. Yo no sabía ni quería saber quiénes eran, ni de dónde salían, ni qué hacían allí, ni desde cuándo la conocían. Nunca llegué a saberlo con certeza, y di por supuesto que eran compañeros de curso. Desde el primer momento me cayeron como una patada en el estómago. No tanto porque parecían estar protegiéndola de mí, sino más bien por su aire de sana bondad y su para mí incomprensible camaradería con mi única amiga. Me veía tentado de calificarlos de pisaverdes, hasta que, consultado el diccionario, comprobé que el término no se ajustaba a sus maneras. En cualquier caso, de aquel grupo, en otras circunstancias, yo habría huido como de la peste, pues pensaba que, con la madurez que me otorgaba ser cuatro años mayor, debería dedicarme a las niñas que había en el bar y fuera en la hierba. Sentarme, razonaba yo, con aquellos sosos fofos (¿querías isosilabismo vocálico, Silvia?) y con aquellas cuarentonas prematuras que bebían té, se deslizaban las gafas por la nariz para poder mirarte por encima de ellas y que invariablemente lucían ropa comprada en alguna tienda de géneros de punto, me contagiaría su patética alegría y me alejaría irremisiblemente de mi objetivo. Pero no estábamos en otras circunstancias, sino en ésas. Yo estaba solo, y no tenía nuevos compañeros que me protegieran. No tenía escapatoria.
A pesar de su vista de topo, que ni aparatosas gafas ni lentillas podían contrarrestar, Silvia parecía detectar, de manera infalible, entre el humo y el gentío, mi tristona aparición en el bar. Como entraba mirando de un lado a otro para ver cerca de qué chica sentarme, y dado que soy bastante alto, no podía de ninguna manera desentenderme del brazo que se alzaba agitándose por encima de la única botella de cerveza (suya, naturalmente; estamos en los días en que todavía bebía) y las tazas de infusión, y oír la sonriente voz que me llamaba. Sacaba yo entonces de donde podía el gesto de “¡ah! te estaba buscando”, resoplaba, me ponía en movimiento y sonreía mientras miraba añorante hacia las mesas que iba dejando atrás. Ella, mientras tanto, rogaba a sus amigos, ésos que no la conocían desde hacía más de diez años, que me hicieran sitio. Una vez me había sentado, estudiaba a la compañía. Gafas de culo de vaso, un par de permanentes, alguna barba de tres días, algún afeitado de media hora, perillas, un tatuaje tras la oreja, una corbata de seda o una rebeca rosa. Sí, era difícil encasillar a aquel grupo. Una camisa de rayas recién planchada podía estar sentada junto a una chompa andina, una cartera de vendedor de seguros hacía manitas con… no me cabe duda, aquello era un zurrón. Chompas y blusitas podían variar de un día para otro, pero había un chico, de gesto formal, exquisitas y discretas atenciones a Silvia y parecido a Lluís Llach, cuya presencia a su lado era constante y que no dejaba de mirarme con una mezcla de prudencia e interés. Y aún estaba yo observando y asintiendo a los cordiales saludos del grupo cuando, sin más preámbulo, Silvia me presentaba:
Éste es Xavi, y colecciona adjetivos que acaban en –az.
O quizás:
Os presento a Xavi, que de niño pensaba que ‘vehemente’ quería decir ‘de manera vehe’.
A continuación, me pedía un veredicto sobre el asunto que se estuviera dirimiendo, o una contribución a la lluvia de ideas que alguno de ellos hubiera iniciado. Olvidados los resoplidos y la añoranza, admito que en aquellos momentos conseguía que me sintiera a gusto.
 No recuerdo qué decidí en una ocasión sobre la profundidad del cine de Almodóvar, de quien Silvia era fervorosa admiradora y sobre quien, sin duda, yo opiné con contundencia pese a no haber visto más que un par de películas suyas. Sin embargo, sí podría recitar de principio a fin mis aportaciones a la colección de formas de negación que una de aquellas mujeres, ataviada con lo que sólo podría describirse como un canesú, había decidido empezar y pensaba desarrollar, quién sabe, para un trabajo de investigación. Silvia le había asegurado que yo podría incrementar su, hasta entonces, paupérrima colección, que apenas contaba con nanay y naranjas de la China, y yo, sintiéndome a mis anchas en materia de jerga popular y lenguaje de Mortadelo y Filemón, accedí encantado. Tararí que te vi, empecé a recitar, tururú, de eso nada monada, una polla como una olla, un jamón, un jamón con chorreras, espera a que me peine, y ni hablar del peluquín. Eso en un minuto. La chica-señora, a quien sólo podía imaginarme follando por amor mientras gritaba el nombre de su amado, me agradeció la aportación con entusiasmo, celebrando con repetidas y, para qué negarlo, contagiosas carcajadas las chorreras del jamón. Así les demostré de dónde venía la admiración que me profesaba Silvia.
Venía de lejos. Ella había decidido cursar el doctorado movida más por una insaciable curiosidad (y sospechaba yo que también animada por alguno de aquellos intrusos surgidos de la nada) que por ambición profesional. Y sin embargo, le bastarían, o así me lo pareció a mí, esa curiosidad y el irresistible desparpajo con el que interrumpía y planteaba a los profesores las preguntas más obvias y, por ende, inverosímiles en una clase, para, a la larga, ganarse, casi sin querer, una plaza como profesora en una de esas pequeñas universidades que entonces brotaban como hongos.
Pero yo, que no tenía sed, curiosidad ni desparpajo, ¿qué pintaba allí otra vez? Mi poco glorioso retorno se debía a que, como había podido comprobar, en la universidad, aunque poco, tenía más posibilidades de follar que ahí afuera.

Nos habíamos conocido en la Facultad de Traducción. En aquellos años, yo había sido el graciosete de las clases, siempre anteponiendo mi popularidad a los resultados académicos, que al final solían ser más altos que la media, si bien ello se debía sobre todo a la mediocridad general que me rodeaba. Silvia no se daba cuenta de ello, y me consideraba una especie de cultísimo enfant terrible, un ilustrado gamberrete capaz de descubrir destellos de belleza en la banalidad más trillada y especializado en destripar el lugar común. Ésas fueron sus palabras, años más tarde, al responderme a un email que le envié durante mi primer invierno en Inglaterra, adonde, como sabes, me había ido a vivir por razones que no vienen al caso, y donde pronto conocería a mi mujer. Yo le había descrito así aquel invierno inglés:

Todo aquí está precioso. Parece como si... ¿cómo te lo podría explicar? ¡Ya lo tengo! Es como si la nieve lo hubiera cubierto todo con su manto blanco.

Y Silvia lo celebró de esta manera:

Me ha desluimbrado tu capacidad de deslexicalización del lugar común más común de los lugares. A Biel también le ha gustado.

El chico que se parecía a Lluís Llach eras tú, naturalmente (no me digas que nadie te lo había dicho nunca), y tu relación con Silvia, inconcebible para mí en los primeros días de chompas y canesús, fue con el tiempo cobrando naturalidad hasta convertirse, como la veo hoy, en la buena acción de un sabio y compasivo destino. A lo largo de estos últimos años, a medida que os iba conociendo, mi mujer decía, dejando tal vez traslucir una pizca de envidia ante aquel despliegue de devoción , que jamás había visto a un hombre más entregado que tú, ni una mujer más necesitada de esa entrega. Siempre me había dado la impresión de que estabas al margen de aquel grupo del bar, y frente al rechazo que me producían la educación, las buenas maneras y la absoluta falta de malicia de los portadores de zurrones, tu bondad gandhiana (con Sivia habríamos discutido si es gandhiana o gandhesca, para al final quedarnos con gandhil), tu discreción y paciencia me inspiraban un respeto casi religioso.
Me fui a Inglaterra y se desequilibraron las relaciones en ese casto trío que formábamos Silvia, tú y yo. Como recordarás, hasta ese momento, y desde que coincidimos por segunda vez en la universidad, ella y yo habíamos estado, durante varios años, saliendo juntos casi todos los sábados. Nos llamábamos por teléfono sin tener en cuenta quién lo había hecho la última vez, nos sugeríamos la película más interesante de la cartelera y yo pasaba a recogerla en coche. Ella se sentaba, nos dábamos los dos besos de rigor y nos íbamos. (Algo extraño sucedía cuando la esperaba fuera del coche. En aquellas ocasiones, los besos tomaban otro cariz. Ella me sonreía, se acercaba, extendía los brazos y me sujetaba los míos con fuerza a los costados. Medio atenazado, yo me agachaba y ella, sin dejar de agarrarme, procedía a un efusivo choque de mejillas.)
Solíamos ir al Verdi, donde veíamos alguna película china, iraní, bosnia o de cine independiente americano. A los dos nos gustaba. Nadie fingía y nadie cedía. Y nuestro buen criterio al elegir nos permitía salir del cine satisfechos y pasarnos un par de horas hablando en una tetería (sucumbí) libanesa que había detrás de la Plaza del Sol. Luego la llevaba a casa, nos quedábamos otra media hora charlando en el coche, nos dábamos otros dos besos de despedida y a casita. Yo tenía veintipocos años.
¿Por qué salía con ella? ¿Por qué pasé tantos años de mi juventud acostándome temprano los sábados después de ver una película turca, charlar y beber té? La respuesta es sencilla y sonará cruel e ingrata: porque no tenía otros amigos. Pero, ¿y ella? ¿Veía algo en mí? ¿Acaso no se daba cuenta de que mi erudición de oídas no sobrevive a más de dos conversaciones con alguien tan cultivado como ella? (De hecho, empezaba a temerme que desde hacía tiempo era sólo mi lado trivial y pseudoingenioso lo que de verdad la admiraba) ¿O quizá lo hacía por caridad? ¿Por qué apenas salía con los folladores responsables, que en la facultad no la dejaban a sol ni a sombra? Pero sobre todo, ¿qué había de ti, que bebías los huracanes por ella hasta emborracharte y que, de hecho, ya desde hacía tiempo compartías piso con ella?
(Una vez me felicitó por esa frase de los huracanes. Le encontró una “apabullante violencia poética”. Era su favorita junto con “cuando la vi, me derrumbé”, que yo había empleado al hablarle de alguno de mis amores imposibles.)
Cuando la llamaba, siempre eras tú quien contestaba. Cumplidas las formalidades, me decías:
- Supongo que quieres hablar con Silvia, ¿verdad?
Una hora más tarde, nos íbamos los dos al cine, mientras tú te quedabas trabajando en tu tesis. Debías de estar convencido de que jamás podría haber nada entre nosotros, pero me pregunto de dónde te venía la convicción: ¿de tu fe en la fidelidad de Silvia, o era acaso el resultado de tu meticulosa observación durante años? Sea como fuere, estabas en lo cierto: yo nunca me sentí atraído hacia ella. Y lo que es más, siempre dudé que ella tuviera algún interés en el sexo.
Durante mucho tiempo, la creí incapaz de enamorarse, aunque hoy sé que esa incapacidad era muy trabajada. Quizá eso tuviera que ver con su alegre, en ocasiones radiante, pesimismo, así como con su implacable lucidez, que de manera inevitable la llevaba al cinismo.
Hace un par de años la llamé. Quería anunciarle el embarazo de mi mujer y, de paso, reanudar el contacto que, al poco tiempo de regresar de Inglaterra, habíamos perdido por completo. Llevábamos más de un año sin hablar cuando, tras habernos puesto al día en una conversación desganada y medio muerta, le dije que Claire y yo íbamos a ser padres. No ya sin un “qué bien” o “enhorabuena”; sino sin tan siquiera un “¡anda!”, un “vaya”, un “qué”, un “pero” o un “hm”, es decir, y como ella misma hubiera observado, soslayando por completo la función fática, me espetó:
- ¿Cómo podéis traer otra vida al mundo?
No había olvidado yo sus salidas de tono, y era consciente de que, en el fondo, estaban siempre motivadas por un sentimiento de caridad. Había muchas cosas malas en el mundo de Silvia, pero estarás de acuerdo conmigo en que ninguna era peor para ella que el sufrimiento de los inocentes. No sé si los bebés pertenecían a esa categoría, dado que Silvia consideraba que el hombre era perverso por naturaleza, y reservaba toda su compasión para los animales. Yo todo eso lo sabía, pero aun así, aquella reacción me molestó, no tanto por ofensiva como por aburrida. Si llevábamos tanto tiempo sin hablar era porque nuestras últimas conversaciones habían seguido un patrón idéntico, y cada una de nuestras intervenciones eran previsibles hasta la náusea. Había cine, sí, pero en forma de “¿has visto algo?” en lugar de “¿qué quieres ver?”. Había lengua, con irresolubles enigmas y paradojas lingüísticas que cada vez me interesaban menos (“pon ‘salidle al paso’ en segunda persona del singular, ¿cómo lo escribes?”). Había anécdotas del mundo académico y la traducción (“¡confundió altar con hotel! ¡la novia subió al hotel!”). Pero la aparente euforia, que siempre se me antojaba fingida, y las extravagantes confesiones de sus correos habían desaparecido. Ahora eran las preguntas sobre Barney y Bracken, los dos perros labradores que tuvimos en Inglaterra, o el número de gatos de mi madre las que, en lugar de servir para llevar la conversación poco a poco a su fin, empezaban a convertirse en su saludo. Ni siquiera el futuro nacimiento de mi hijo podía sacarla de su ensimismamiento. Nada nuevo que decirnos, y ningún motivo para volver a vernos.
Qué mejor momento que éste para explicarte por qué, mucho antes de aquel alejamiento, antes también, naturalmente, de mi partida a Inglaterra, una noche, después de la sesión de cine y tetería, cuando charlábamos en el coche, frente a la puerta de su casa, la atraje hacia mí e intenté besarla en los labios.
- No, por favor.
No supe distinguir si en aquel rechazo había dolor, decepción o tedio. Creo recordar que me disculpé, que intentamos bromear, me sonrió y nos despedimos. Estuve un rato maldiciendo mi metedura de pata, y otro, preguntándome si había sido tal. ¿Tan inesperado era mi repentino deseo, después de habernos pasado meses compartiendo películas e infusiones? ¿Acaso era una idea descabellada, como si yo debiera haber intuido su nulo apetito sexual? ¿O se trataba de un convencional prurito moral, por el engaño que habría supuesto para ti? Y por otro lado, a mí, consciente como era ya entonces de que no me sentía atraído por ella, ¿de dónde me había venido aquel impulso, que, por lo demás, y por la desgana y escasa convicción con que lo había ejecutado, estaba condenado al fracaso? ¿De los años que llevaba sin follar? Ya te he contado que en aquella época no tenía amigos. Y sin amigos, no tenía más que amigas. De las que follan, sí, pero no contigo. Quiero decir conmigo. Continuar en la universidad no me había ayudado a renovar mi círculo de compañeros de bar y salidas. Ni siquiera había sabido aprovechar mi teórica madurez (era tres años mayor que casi todos mis compañeros de estudios) para resultar interesante. Podía lamentar que, con su actitud, Silvia no me dejara ocuparme tranquilo de otras chicas en el bar, pero era consciente de que la culpa de que no me comiera un rosco era sólo mía. A veces mi desesperación me llevaba a envidiar a mis antiguos compañeros, que estaban empezando a alargar sus relaciones y acortar sus salidas. Que, en otras palabras, se estaban convirtiendo, ¡ellos también!, en folladores responsables. Salvo Marc, naturalmente.
Nunca habíamos sido lo que se dice colegas, y el día en que nos encontramos, hace unos años, ninguno de los dos podría haber sospechado el vínculo que un día habría entre nosotros. Marc seguía con su greñuda melena heavy, su raída chaqueta tejana cubierta de parches, su andar cansino de pies arrastrados y las comisuras de los labios inundadas de saliva. En mis primeros días de universidad solíamos coincidir en el tren, lo cual me incomodaba bastante, ya que él nunca compraba billete y se pasaba el viaje mirando a uno y otro lado por si venía el revisor. En una facultad dominada por los pijos, Marc había aceptado, gustosamente y al mismo tiempo con desprecio hacia quienes se lo impusieron, el papel de bufón al que nadie se acercaba y cuyas ocurrencias todos celebraban con prudencia. Utilizaba tacos al participar en clase, hasta bien entrado el invierno no se ponía manga larga (la raída chaqueta tejana), y a veces se presentaba con la cara cubierta de pintura para protestar por el exterminio de los indios americanos. Marc era de esas personas que considera reaccionario dar las gracias, pero el día en que me encontré con él advertí en sus palabras cierto tono de agradecimiento por haberme dignado a detenerme y saludarlo, pese a estar acompañado de mis respetables esposa y suegro. “Tú sí que eres un tío legal”, pareció darme a entender al contarme que no hacía mucho, uno de nuestros antiguos compañeros de mañanas de cánticos, abrazos y cervezas en el bar le había negado el saludo.

Al sábado siguiente del frustrado beso fue Silvia quien me llamó. La conversación telefónica transcurrió de manera normal, aunque creo recordar que sugirió ella la película. La esperé de pie junto al coche y recibí los dos rígidos (¿más que de costumbre?) toques de mejilla. Fuimos al cine y después a la tetería. La acompañé a su casa, a vuestra casa, y nos despedimos. Ninguno de los dos hizo ninguna referencia a lo que ella no había dejado que sucediera, y ambos actuamos como si no hubiera ocurrido nada. Volví a casa confundido, no tanto por su naturalidad como por constatar que nunca me daría lo que sí le había dado a Marc.
A lo largo de aquellos sábados, a veces para llenar un silencio, otras, para no dejar de citar la fuente de algún comentario ingenioso o una reflexión brillante y prevenir así cualquier tipo de elogio inmerecido que yo le pudiese hacer, Silvia me había hablado de algunos de los hombres que habían pasado por su vida. Naturalmente, no eran “hombres que han pasado por mi vida”. Ni siquiera eran “hombres”, un plural que contenía el germen de un voraz anonimato. No. Cada uno de aquellos complejos organismos con ego, sensibilidad y polla merecía su propia sesión de sábado, y aunque a veces su historia no duraba más de unos segundos, nunca mencionó más de un nombre en una tarde. Curiosamente, nunca surgió el de Marc, a quien todos habíamos llegado a ver arrodillado ante ella en los pasillos de la facultad gritándole “¡te quiero, y me la suda que me vean de rodillas delante de ti!”
Su relación había empezado el día en que Marc ingresó en prisión. Designado presidente de una mesa electoral, se había negado a presentarse y cumplir con su deber de ciudadano. Tenía antecedentes por algún otro acto de rebeldía, así que, tras el juicio, en el que negó legitimidad al tribunal y trató de “colega” al juez, dio con sus greñas en la prisión de Trinitat Vella. Silvia se apiadó de él (así lo vimos todos) y después de haberse pasado meses rechazando con infinito cariño sus románticos y apasionados gestos, que incluían no sólo postraciones de hinojos en el bar, sino también ramos de flores arrancadas del campus, poemas escritos en el tren y una paloma moribunda cuidadosamente envuelta en papel de aluminio, al cabo del cumplimiento de la condena de unas pocas semanas, por fin se entregó a él. Y aunque jamás nadie los vio darse un beso o siquiera cogerse de la mano, su relación, que nunca dejaría de ser un tormentoso y racional tira y afloja, nos enternecía a todos, que la veíamos como el triunfo de “el que la sigue la consigue”.

Por eso yo no entendía que Silvia, en aquella tetería libanesa, me hablara del profesor de literatura de 3º de BUP, casado y 20 años mayor que ella, que se la había llevado un fin de semana a Tossa, o del relativamente conocido poeta que había decidido darle una oportunidad a su latente heterosexualidad y había acabado dedicándole uno de sus libros, y, al mismo tiempo, se negara siquiera a mencionar el nombre de Marc. Quizá  quería evitar algún comentario mío en el que aparecieran juntos el nombre de Marc y el tuyo. No lo sé. O bien sabía que aquél no había sido capaz de la más mínima discreción y nos había revelado, a mí y a mis amigos, como cualquier chulo de bar, su lado más sumiso y complaciente. ¿Temía que, por ello, cualquier alusión a él me hiciera creerme acreedor a un polvo? Pues bien, precisamente ése había sido mi razonamiento aquella noche en que intenté besarla.
"Me gustan los animalitos y la primavera", esa fue la primera frase que oí pronunciar de tus labios.
No recuerdo haber pronunciado jamás esa frase. Ni muchas otras genialidades que me atribuía. Su admiración, ya te lo he dicho, me sacaba de quicio, y a ti, sospecho, te aburría (todavía no sé si la levísima mueca que creía verte en aquellas situaciones en que ella exhibía mis perlas era de conmiseración, o si, por el contrario, se debía a que también tú sabías que, en ese juego de exhibición y vergüenza, en el que ella me citaba y yo me esforzaba por no sonreír demasiado, yo era un impostor). Los dos tuvimos que escuchar de sus labios una y otra vez esa antología de mi ingenio imaginada por ella. Siempre había algún canesú o alguna chompa dispuesta a recibirla con carcajadas y una sonrisa pícara dirigida a mí como diciendo “¿de verdad dijiste eso? Ay, eres la pera”. Sin embargo, nunca me atreví a sacarla de su error, ni delante de los folladores responsables, ni de ti, ni siquiera a solas en la tetería. Sospecho, repito, que su admiración, más que en mi sucedáneo de erudición, se cimentaba sobre todo en mi pretendido ingenio. Si renunciaba a él, no me quedaba nada.
Con mi partida a Inglaterra, a los sábados de Verdi y té con charla, confidencias y lamentos los sucedieron dos años de correos electrónicos. Desde mi casa en las afueras de una desangelada ciudad al norte de Mánchester, yo le hablaba de los arco iris que veía con frecuencia en el lluvioso verano de Lancashire, de los ciervos atrapados en un descampado entre dos fábricas, de los cisnes que vivían en el canal entre esqueletos de coches quemados, del zorro que nos encontramos durmiendo en el jardín (fue entonces cuando ella me recordó -es un decir- mi frase sobre la primavera y los animalitos), o de la nieve y su inaudito manto blanco. Ella al principio celebraba mis tópicos deslexicalizados,  se interesaba por los perros, y me planteaba casi irresolubles juegos lingüísticos.
Poco a poco, sin embargo, y a medida que Claire y yo íbamos más en serio y, sin responsabilidad y sin gritar jamás el uno el nombre de la otra, nos limitábamos a follar por follar, a medida que mi trabajo como profesor de español ocupaba un lugar más importante en mi vida y me rescataba del sopor de aquel pueblucho metastatizado en ciudad dormitorio, los correos de Silvia dejaban de ser desenfadados y se volvían enfermizos.

Estoy estableciendo infinidad de conexiones a un ritmo muy acelerado.
Vuelvo a interpretar sentidos ocultos en tu mail.
Se me come la entropía.

El enfriamiento definitivo de nuestra ya templada relación llegó con mi regreso a Barcelona. Silvia me aburría cada vez más. Por alguna razón, ya no eras tú quien contestaba al teléfono, sino ella. La imaginaba agazapada junto al aparato. Reconocía en seguida mi voz y donde antes hubiera respondido con alguna gracia (“¡hola! ¿qué es de estúpida?”), ahora no le salía más que un … “ay hola” que daba paso a las consabidas preguntas sobre labradores y gatos. Con el auricular en la mano, yo miraba al cielo y me juraba no volver a llamarla en un año. El tedio propició el distanciamiento. El nacimiento de mi hijo, por el que ella había olvidado felicitarme, dio lugar a nuestro último encuentro.
Vinisteis los dos. Ella jugó con él, se lo sentó en el regazo, luego se sentó en el suelo con él, le hizo reír, se rió, y por mucho que yo buscara en su rostro un gesto de pena y solidaridad con él por haber venido a este valle de lágrimas, no lo encontré en Silvia, sino en ti, ¿no es cierto?, que sabías que con ella jamás serías padre.
Una tarde, hoy hace un año, llegué a casa y, tras preguntarme con cara de angustia sobre el trabajo y el día, Claire pareció recordar algo de repente:
- ¡Ah! Ha llamado Biel.
Supongo que mi mirada le dio pie a explicarse.
- Silvia se ha suicidado.

¿Qué es de estúpida? Yo, ya avestruz.
Estoy en el trabajo y me he dicho a mí misma para mis adentros sin voz: "voy a saludar a Xavi, que tengo ganas y me gustaría que me contara (no explicara) un chiste". Y, ni corta (aunque baja) ni perezosa (aunque vaga), procedo a hacerlo sin más dilación: "Ave, Xavi, una que va a morir, pero no sabe exactamente cuándo, te saluda desde su condición temporal y te manda muchos besos."
¡Celebro mucho conocerte! Seguro que tú también te solidarizas directamente con la locura de las vacas y de las cabras... ¿Adónde va a ir a parar la sanidad mental pública si nadie se plantea el problema de fondo, de raíz (de pura cepa, me atrevería a añadir)? ¿Cómo ayudar a nuestras compañeras en la escala zoológica? ¿Es que nadie tiembla como ellas al verlas? ¿Es que nadie recuerda los cuentos infantiles en los que los animales sufren y quieren como los seres humanos y las seras humanas?
"Me gustan los animalitos y la primavera", esa fue la primera frase que oí pronunciar de tus labios. ¿Por qué escasean ese tipo de afirmaciones entre los adultos? Bueno, he de dejarte... Ya he dado rienda suelta a un poco de sentimentalismo lacrimógeno que me rondaba, espero que sepas perdonármelo.
Un abrazo interespecial
Eran los tiempos de las vacas locas. Detesto a la gente que explica chistes o historias. Qué más puedo contarte. Tú sabes el resto.
Un abrazo.

2
Llamé a Biel aquella misma noche. Se disculpó por no haberme avisado a tiempo para el entierro, pero había tenido que encargarse de todo él solo. Silvia se había suicidado hacía una semana. No era la primera vez que lo intentaba. Una vez la encontraron justo a tiempo, y pudieron salvarla. Ella nunca dejó de reprochárselo. ¿Qué puedes hacer cuando una persona toma esa decisión y nada que digas le puede hacer cambiar de idea? Varios años ya viviendo así. Casi se atrevería a decir que era lo mejor que podía ocurrir. ¿Su familia? Podía imaginarme. En el funeral decidió leer la carta que les había dejado en su anterior intento. Silvia no se limitaba a pedirles que la comprendieran, siguieran con sus vidas, se rehicieran e intentaran ser felices: se tomaba su muerte a broma. Mejor ser suicida que facha, ¿no, papá?¿Preferirían acaso que se hubiera quedado en coma irreversible tras un accidente? O imaginad que nos morimos Manel (su hermano) y yo. ¡Pues celebrad que sólo me he ido yo!

Tengo el piso hecho un desastre. Se me come la entropía: ya sabes, el principio de desorden del universo, pero, bueno, a ver si recojo un poco el estudio y mi cabeza. Además, ya sé que a tú toleras muy bien el caos. Joder, lo malo es que yo no. A veces me dan arranques de limpieza y ordenación y me vuelvo obsesiva y puñetera.

Le dejé hablar, y al final le pedí que me recordara su dirección: me gustaría escribirle una carta y compartir con él los recuerdos que tenía de ella.
Antes de despedirnos, Biel recordó que tenía un favor que pedirme.
He encontrado el nombre de un Marc en su agenda. Era un amigo de la facultad, ¿no?, ¿me parece?
Sí.
O salieron juntos, no sé… Ella alguna vez habló de él… Pero no está su teléfono. ¿Tú podrías llamarle y decírselo? Yo no sé cómo ponerme en contacto con él. A lo mejor tú…
Le prometí que así lo haría.

Estoy hecha polvo. Vuelvo a las andadas con los delirios. Estoy estableciendo infinidad de conexiones a un ritmo muy acelerado. No lo entiendo. Sé que no soy una lumbrera (cosa que no me importa en absoluto), precisamente por eso siempre he intentado pensar quitándome prejuicios de encima y siendo consciente de mi subjetividad para trascenderla. Bien, pues ahora, joder, no sé qué me pasa. Me da la impresión de que me están tomando el pelo o me lo estoy tomando yo misma, pero al mismo tiempo no puedo evitar creer en una especie de ficción coherente fascinante y aterradora... Sé que soy yo la responsable porque vuelvo a interpretar sentidos ocultos en tu mail.

No me costó demasiado encontrar los datos de Marc por Internet. Vivía ahora en San Algo de Algo, y estaba metido en una asociación de padres de una escuela. Ahí estaba su número de teléfono. Me hice la reflexión de rigor sobre las vueltas que da la vida. Encontré un par de cartas suyas al director del periódico local. También había quedado finalista en un concurso de relatos organizado por el ayuntamiento de aquel San Algo.
Me contestó su compañera. Marc no estaba. Llegaría tarde. Me identifiqué como un antiguo amigo de la universidad.
- ¡Ah! ¿Es por la chica que se ha suicidado?

Oye, una cosa. Me gustaría que me explicaras, si puedes, qué querías decir exactamente con eso de que me veías siempre como en otra esfera. ¿No crees que todos estamos en una esfera a la vez semejante y diferente a la de los demás?

Eran las once de la noche cuando volví a llamar a casa de Marc.
- Eh, Juan, ¿qué pasa?
- Hola.
- Llamas por lo de Silvia, ¿verdad?
-Sí. Ya he llamado antes y… ¿Cómo te enteraste?
- Me envió un email. La misma noche. Vamos, supongo que fue la misma noche.
Colecciono adjetivos terminados en –az. De niño pensaba que “vehemente” significa “de manera vehe”. Me gustan los animalitos. Un jamón con chorreras.
No había querido preguntarle a Biel cómo se había suicidado Silvia. No quise ahora preguntarle a Marc todo lo que de repente quería saber. A qué hora le envió el email. A qué hora lo recibió. Qué decía. Si tenía alguna idea. Si le había avisado en las ocasiones anteriores. Si intentó llamarla para evitarlo.
Quizá si hubiera sido capaz de mantener el silencio, él mismo me habría ofrecido una explicación. Me apresuré a decir algo:
- Yo no me he enterado hasta hoy. Acabo de hablar con Biel…
- ¿Biel es su compañero? Sabía que vivía con un tío... ¿Y cómo lo hizo?
Suponía que con pastillas. Biel estaba en un congreso en Lyon, y regresó dos días más tarde. Aunque yo hacía tiempo que no la veía..

- O sea, que Biel volvió y se encontró con el pastel -me interrumpió.
Tampoco debió de sorprenderle tanto, dados los precedentes y un teléfono al que nadie contestaba. Pero sólo dije que sí, mientras pensaba en Biel pagando al taxista, abriendo la portería, tirando de una pequeña maleta con ruedas, llamando al ascensor, subiendo hasta el último piso, deteniéndose frente a la puerta, metiendo la llave, quizá tras esperar unos minutos y sabiendo que se iba a encontrar con el hedor de un perro que llevaba dos días sin salir, y el de un cadáver en la cama.
Trabajo, niños y antiguos amigos cumplieron su papel. Ya puestos al día, Marc comentó entre risas la foto de mi perfil en la red. Sí, yo a veces también buscaba a antiguos compañeros. Estaría bien vernos un día.

Cucurrucú.

4 comentarios:

  1. Perdedor o no, me ha emocionado profundamente. Me fui a la cama anoche con este cuento en la cabeza y soñé con aquella que fui cuando era tan conscientes de mi propio extravío, tan excesiva en mi extrañeza; tan parecida y tan diferente a mí misma veinte años después. ¡Qué estéril y cosquilleante nostalgia! Gracias por esta joyita.

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    1. Te has pasado un pelín, pero muchas gracias, Ana.

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