miércoles, 21 de mayo de 2014

Cuentos perdedores (3)




Además de perdedor, título plagiado.


Grandes esperanzas

Vamos a tener visita. Después de años aquí metidos, alguien debe de haber pensado que ya estamos listos. O maduros. O en el punto justo. O podridos, como dice Alfonso según tenga el día. Ha sido él quien me lo acaba de anunciar, al salir del baño, todavía atándose el cordón del pijama. A partir de cierta hora, ya no le gusta que se le caigan los pantalones.

Visita. Mira tú qué bien, he estado por responderle. Llevaba Dios sabe cuánto tiempo enfrascado en sus revistas de crucigramas y sus novelas policiacas, sin abrir la boca más que para soltar algún gruñido, comer y roncar, y ahora, de repente, me sale con esa noticia.
-¿Hoy?
Me ha contestado que sí con uno de sus ruidos.
-¿Y cómo lo sabes? -le he preguntado; doña Lourdes no puede habérselo dicho sin que yo me entere.
Se ha tomado su tiempo, andando pasito a pasito, apretándose el cordón, hasta que por fin ha llegado a la silla.
-Ya verás -ha dicho después de sentarse y coger los crucigramas.
Le gusta dárselas de misterioso.

Más tarde, a media mañana, ha llegado Darlin, la chica de la limpieza. Es una chica mona, de Ecuador o por ahí. Me recuerda a Pilar cuando la conocí. Tenía la misma forma de mirarte, así, casi de lado, sonriendo, sin apenas mover la cabeza. Con ese gesto me metió en el bote. Luego nunca volvió a mirarme del mismo modo. Lo hacía de frente. Y creo recordar, pero quién sabe a estas alturas, que a los pocos años de casarnos ya se le quedó el ceño fruncido. Quizá pensaba que una vez casada, no valía la pena ser coqueta.
Darlin se ha puesto a quitar las sábanas de mi cama y meterlas en el cesto, como todas las mañanas. Sin prisa, para no incomodarla, Alfonso se ha levantado. Muchos tacos, mucho cagüen, mucha leche, pero en el fondo es todo un caballero. Yo he ido al cajón y he sacado la bolsa de arroz.
-No hace falta que se vayan.
Siempre dice eso, como si no supiéramos que estorbamos.
-Si ya salíamos...
-Bueno, no tardaré -y me ha mirado otra vez.
Cuando se case, seguirá siendo igual de coqueta. Dichoso el que la pille.

El jardín, una locura. Para lo que es este sitio, claro está. Paco y Benito estaban en su banco, Antonio andaba por ahí pegado al transistor, Maruja y Carmela con su ganchillo, Alfonso a lo suyo, y yo, a su lado, con las palomas. Pero también había un chico cortando la hierba, un coche aparcado junto a la rampa, y en los escalones doña Lourdes estaba hablando con alguien. No se veía tanto ajetreo por aquí desde... ni me acuerdo. Le iba a preguntar a Alfonso, pero para qué, si tiene la memoria peor que yo. Con doña Lourdes estaba una señora, muy bien vestida también, y con una carpeta en la mano. Por sus gestos me he dado cuenta de que hablaban de nosotros. Me he girado hacia Alfonso, que seguía con sus crucigramas. Ni se ha inmutado, pero se le ha escapado una sonrisa de satisfacción, como diciendo ¿lo ves?
Señor. Titas, titas, titas.

Al regresar a la habitación, nos hemos llevado una sorpresa. Cortinas nuevas, una bandeja llena de caramelos sobre una mesa de madera, una estantería con unos cuantos libros, un reloj de cuco en la pared y, sobre todo, dos mecedoras. He tardado en darme cuenta de que, para hacer sitio, han tenido que llevarse las dos camas. No nos decidíamos a entrar, como si nos hubiéramos equivocado de puerta o tuviéramos miedo de ensuciar algo, cuando hemos oído a nuestra espalda la voz de doña Lourdes.
-¡Sorpresaaa!
Nos hemos dado la vuelta.
-¿Qué les parece? ¿No ha quedado bonito? Pasen, pasen, pero antes de sentarse ni tocar nada, hay que darse un buen baño. Usted primero, Don Alfonso.
Lo ha conducido al baño, donde, a través de la puerta, he visto que lo esperaba Darlin, sentada en un taburete al lado de la bañera y con la esponja ya en la mano. Sonreía.
-Hoy hay visitaaa -me ha anunciado finalmente doña Lourdes, en un tono cantarín, tras quedarnos solos.

Después de taparnos las piernas con la mantita, dejarnos a cada uno en una mecedora y echar un último vistazo desde la puerta, Darlin nos ha deseado suerte y se ha ido. Un par de minutos más tarde hemos oído las voces que venían por el pasillo. Se acercaban muy lentamente, hasta que por fin hemos visto a doña Lourdes, que se ha hecho a un lado y ha dicho "pasen, por favor" a un matrimonio con un niño y una niña. El señor, joven, serio, con zapatos limpios, americana ligera, elegante, y unas gafas gordas de color chillón. Me ha gustado. La señora llevaba una falda corta, y a Alfonso y a mí se nos iban los ojos. Iba mirándolo todo de arriba abajo, y no paraba de frotarse las manos. Se nota que es la que corta el bacalao. Los niños, muy ricos.
-¿Cómo se llaman? -le ha preguntado la señora a doña Lourdes.
-Pero preséntense, hombre -nos ha dicho ésta.
Después de presentarnos, doña Lourdes ha hecho un gesto con la mirada a Alfonso, y éste ha cogido un caramelo de la bandeja para ofrecérselo a la niña.
-Toma, bonita.
Entonces he cogido yo uno y he hecho lo propio con el niño.
-Toma, guapo. ¿Te gustan los de fresa?
-¿Pueden probarlos? -ha preguntado la señora.
-Por supuesto, cómo no -ha respondido doña Lourdes. Alfonso ha levantado a la niña, yo al pequeño, y nos los hemos sentado en el regazo.
-¿Qué tal? -les ha preguntado la señora. El marido, mientras tanto, no decía nada, pero iba grabándolo  todo con el móvil.
-Mmmm...¡bien! -ha dicho el pequeño.
-A mí se me clavan los huesos -se ha quejado su hermanita.
-Cucú ...
Se ha hecho el silencio y hemos levantado todos la mirada hacia el reloj de cuco.
-...cucú. Cucú. Cucú. Cucú.
doña Lourdes es una auténtica profesional.

Me dice, después de que se hayan ido, que todo ha ido de perlas y que está muy orgullosa de nosotros. No, ninguno de los dos ha metido la pata. Papás y niños han quedado encantados. Mientras me cuenta todo esto, entra Darlin y se lleva una de las mecedoras. Lástima lo de la barba, dice, pero cree que se puede arreglar. Se queda ahí sonriendo y mirándome, supongo que con cariño, aunque vete tú a saber. Nunca me había mirado así. Entonces me dice:
-Estoy intentando imaginármelo con barba blanca.
Para mí que sabe más de lo que dice. Llega entonces Darlin para llevarse la otra mecedora. Mira que tiene fuerza la niña. Doña Lourdes se va tras ella. Después de dar unos pasos, se detiene, se vuelve y me da las buenas noches.

Tenía razón. Cuando vino ayer a hablar conmigo, Marina, que así se llama la señora, ya le había dicho que sí. Alfonso debía de olérselo, y esta mañana ha salido a pasear antes del desayuno. Todavía no lo he visto. Han llamado a la puerta, pero era Darlin, que hoy ha venido más temprano que de costumbre para ayudarme a hacer la maleta. Tenía los ojos llorosos.
-Me alegro tanto por usted.
Se han presentado a media mañana, con los niños dando saltos de alegría. Ainoa se me ha abrazado a la pierna y me ha llamado "abuelito". Iker me ha preguntado dónde estaba la mecedora, pero luego ha dicho que da igual, porque en casa ya tienen una. Y también tienen bastón. Nacho, el padre, ha cargado con la maleta. Los niños me han cogido de la mano y me han llevado al coche, mientras su madre, que iba detrás de nosotros, nos grababa. No he podido despedirme de Alfonso.

5 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Un placer, no puedo dejar de pensar que si estos son los cuentos perdedores como serán los ganadores.

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