viernes, 11 de abril de 2014

Cuentos perdedores (2)



Igual de perdedor, algo más largo y todavía más inane que el anterior.

Destino Parnaso

El desafío va a ser …
(silencio sepulcral)
¡Un soneto!
(estruendosa ovación, con un leve tono de pánico)
Sí. Sí. Hemos decidido… (una pausa hasta que acabe de hacerse el silencio) hemos decidido que esta semana va a ser un soneto. Un soneto… un soneto porque si hay una forma poética (se oye un grito ininteligible, seguido de unas cuantas risas) … si hay una forma poética que demuestra el talento y la sensibilidad de un poeta, del poeta, del poeta con mayúsculas, del poeta de raza, de aquél que ha sido elegido por los dioses como víctima propiciatoria para, como el judío errante, vagar inmortal por el mundo condenado a contar su historia, es el soneto. Un soneto porque que es el soneto el que hace al poeta, y no al revés. Dante, Petrarca, Garcilaso, Quevedo, -polvo serán, mas polvo enamorado-, Baudelaire,  Rilke, Neruda –Amor, cuántos caminos hasta llegar a un beso- (aplausos, con tres largos silbidos entusiastas), no fueron padres del soneto, sino sus hijos. Decía Kahlil Gibran “tus hijos no son tus hijos, son los hijos de la vida”. Yo le digo al poeta: tus sonetos no son tus hijos,  son los hijos de la poesía, no vienen de ti sino a través de ti.” (Pausa; se hace un breve silencio, fruto de la confusión, roto por unos aplausos que van creciendo en intensidad).  Sabemos que la deuda que los poetas tienen, tenemos, con el soneto, por la belleza que sus hijos nos legaron, nunca podremos llegar a saldarla. No obstante, ello no ha de ser óbice para, desde nuestra humildad, la humildad del poeta, la humildad del creador divino, pues divino es saber hallar en el océano de la lengua esa gota, esa palabra capaz de insuflar vida a ese verso, y a ningún otro, desde esa humildad, pues, (se levanta un ligero murmullo de impaciencia) intentar devolverle una parte, minúscula tal vez, casi inapreciable, un suspiro, una brizna, un pestañear… por los hijos que los siglos (una atronadora explosión de aplausos ahoga sus palabras justo antes de que le apaguen el micrófono).
¡Qué emocionantes palabras, Luis! Qué emocionantes. De verdad, de verdad que nos has emocionado. (Grita) ¿Verdad que nos ha emocionadooo?
¡Síiiiiiii!
¿Sí, Luis? (Luis ha levantado la mano. Le vuelven a encender el micrófono).
Sí, sólo añadir que el soneto se hizo carne y nació el poeta.
Qué maravilla, Luis (más aplausos, un tanto breves). Gracias. Cuánta belleza encierran tus palabras. Cuánta belleza. De verdad. De verdad.

El despertador suena a las cinco y media de la mañana. A través de los vidrios húmedos de la ventana, se alcanza a ver una calle que parece alejarse en ángulo oblicuo. La lluvia difumina la luz que irradian los faros de los escasos coches que la atraviesan. Antes de levantarse, Nicolás, poeta currante, permanece tumbado unos segundos, mirando hacia el techo y sin rastro de sueño en los ojos. Se destapa con ímpetu y con el brazo traza un amplio arco que lanza las sábanas al lado de la pared. Traza con las piernas un arco en sentido inverso y pone los pies los pies en el suelo.
Sentado al borde la cama, apoyándose en las manos, parece contar hasta tres mientras toma impulso balanceándose hacia delante.
Ya está en pie. Brazos en jarra, dirige la vista a la ventana, murmura “va a ser un día precioso, sí, maravilloso”, se da una palmadita de ánimo con las manos a la altura de la cintura y, con gran parsimonia, se empieza a quitar la camiseta del pijama. Mueve la cadera a un lado y a otro, como si intentara escurrirse a través de un tubo. Cuando por fin lo consigue, sin dejar de mirar hacia la ventana, lanza la camiseta a la cama. Con ese gesto revela que, además de unos bien esculpidos abdominales, posee unos amplios  y envidiables músculos pectorales que la camiseta que se pone ahora, tres tallas más pequeña de lo necesario, no podrá ocultar.
Se acerca a la ventana, bajo la cual hay un sencillo escritorio de madera, cubierto de papeles, una pluma Parker, tres lápices de la misma longitud y con la punta bien afilada, y varios delgados libros de poesía dispuestos en abanico de manera totalmente casual. También hay un diccionario, un bumerán y un pequeño busto en yeso de Antonio Machado.
Buenos días, maestro, le dice.
Explica por qué Machado es su maestro, cuándo leyó Campos de Castilla, qué impresión le causó y cómo en ese momento decidió que quería ser poeta.
Pero en realidad, se corrige asustado, yo quiero ser poeta desde siempre. Yo creo que desde que nací.
Se sienta ante el escritorio, coge un lápiz y se introduce la punta superior en la boca mientras mira por la ventana e inspira lenta y profundamente.
La inspiración no viene sola, dice. Hay que buscarla. Eso es lo más difícil de la poesía: la inspiración.
A través de la pared se oye al vecino tirar de la cadena.
Ahí fuera hay una idea, una palabra, una imagen. Sabes, a veces pienso que la poesía es como un pajarito que revolotea frente a tu ventana, esperando a que lo enjaules. Bueno, que lo atrapes. Bueno, lo ideal… lo ideal es que el pajarito venga por su propio gusto y se pose en tu hombro. Ése es el trabajo del poeta: arrimar el hombro. Para que el poema se pose en él. Sí.

Aquí hay auténticos tesoros.
Estamos en un barrio de casas bajas, muchas de las cuales tienen puertas y ventanas tapiadas. Se oye el ruido constante de coches y camiones que pasan por la autopista elevada, que está a tan sólo unos metros de distancia. Retumba un continuo bum bum producido por las ruedas de los vehículos al pisar las juntas del asfalto. Se trata a todas luces de un barrio moribundo, asfixiado entre polígonos industriales, el río y la autopista, un pintoresco anacronismo en esta enorme ciudad que está condenado a desaparecer.
Tesoros de verdad.
Elisabeth, poeta errabunda, pasea por las calles del barrio, observada con curiosidad por un chucho tumbado junto a un coche cubierto de polvo y con las cuatro ruedas pinchadas.
Yo vengo mucho por aquí. Cuando quiero escapar del mundanal ruido, ¿sabes?
Dobla una esquina. Hay tres niños dando patadas a un balón. Ella les saluda alegremente. Uno de ellos coge la pelota con las manos y se queda mirando cómo pasamos.
¿Quién es?, le pregunta otro de los niños. El de la pelota se encoge de hombros.
Es una pena, una tragedia, que todo esto vaya a desaparecer. Tantas historias, tantos recuerdos, tantas vidas. Están dejando morir a todo un barrio y en nombre de qué, de un supuesto progreso que… ¡mira, ahí está!
A la puerta de una tienda con una persiana polvorienta atascada a medio abrir, hay una anciana sentada en una silla de paja. En el cartel que cuelga sobre la puerta se puede leer “Colmado Ang stias”.
Buenos días, señora Angustias.
La anciana, que no ha dejado de observar a Elisabeth desde que la ha visto, responde al saludo, un tanto extrañada, con un buenos días, reina.
Qué día más bonito, ¿verdad?
Ay, pos pa' mí que va a llover.
Las dejamos solas un momento, nos alejamos y miramos a nuestro alrededor. Puertas y ventanas tapiadas, bicicletas comidas por el óxido, gatos tumbados al sol, coches desvencijados sobre pilas de ladrillos. Elisabet se acuclilla ante ella y con cariño pone su mano sobre la de la anciana. No se oye lo que dicen. Elisabet la mira embelesada, sonríe y asiente pese a que la señora apenas pronuncia una palabra.
… sus romances, se puede oír a medida que nos acercamos de nuevo.
Sí, ya sabe, esas canciones que usted aprendió de su mamá, de su abuela, esas canciones tan bonitas que usted conoce.
La anciana, que al oír la palabra romances se había mostrado entre reacia y confundida, empieza ahora a mostrar más confianza. Se retrepa en la silla.
Esas historias que se contaban cuando iban al río a lavar, cuando se sentaban todas a bordar, cuando se vestían para las fiestas del pueblo…
Ay, hija, a mis años.
¡Pero si está usted estupenda!
Los niños que estaban jugando con la pelota se han ido acercando con timidez. La anciana empieza a tararear.
Nnna    nnnna   nana nana.
Con los primeros compases, vemos a otra anciana achacosa que, agachándose para no golpearse con la persiana, sale de la tienda. La primera empieza a cantar.
Tiene la tarara un sofáaaa muy bajo
Muy bien, dice Elisabeth, que ahora mira a la cámara asustada.
Pero la señora se ha empezado a entusiasmar.
que cuandooo se sienta se le ve el refajo…
Muy bien, de verdad. Ya es sufí...
Y ya a pleno pulmón:
¡la tarara sí la tarara no…!
¡Que se calle ya!, la interrumpe Elisabeth levantando la voz. 
En el repentino silencio, se oyen tres bum bum seguidos, procedentes de la autopista.
Que está muy bien, de verdad, muchas gracias. Ruborizada, se pone en pie, le da un beso a la anciana y le dice adiós, señora Angustias, cuídese mucho.
¿Quién es Angustias?, se oye a la otra señora.

Unos pies que suben con solemnidad por una ancha escalinata. Curiosos zapatos de cuero marrón, acabados en punta, y con una enorme hebilla de bronce.  Más curiosos los calcetines, que no son tales sino una especie de medias blancas. Nos quedamos quietos y vemos la figura alejarse escaleras arriba. Lleva pantalones de color negro, pero sólo le llegan hasta debajo de la rodilla, donde se cierran con botón y ojal. Seguimos ascendiendo por la figura y vemos una mano que brota de un puño con chorreras y sostiene, contra la pernera, un abultado cartapacio de cuero a juego con los zapatos. El chaquetín negro del que emerge el puño con chorreras está a su vez medio oculto por una capa que, con apuros, dada la estrechez de su espalda, le cuelga del hombro derecho. La figura, a la que ya vemos de cuerpo entero, se va alejando, pero podemos adivinar todavía una media melena de cabellos ondulados. Alcanza las columnas, se detiene y gira el torso. Estamos demasiado lejos para verle bien la cara, pero en ese gesto orgulloso y algo torero advertimos, aparte de los michelines, el ufano garbo y nobleza de quien es capaz de sacrificar los placeres del terrenal vivir a la severa y monacal quietud de la biblioteca nacional.
Una vez dentro, Germán, poeta reencarnado, atraviesa con noble porte pasillos y salones, y en su andar va dedicando a los retratos, que se suceden a derecha e izquierda, saludos con la mano al modo de "va por usted".
Se detiene ante uno de ellos, se pone la mano en el corazón y, al cabo de unos segundos, como si se acordara de repente, da un taconazo al estilo militar. 
Es Lope de la Vega, nos explica. 
Germán sabe que sólo metiéndose en la piel de su maestro podrá recibir de éste algunas gotas de la divina aspersión que éste nos legó.
Yo lo veo así, dice, es como un aspersor perpetuo, y cada una de sus gotas es una perla que nos da la vida. Nosotros somos la hierba.
Germán no para de ajustarse los quevedos, que se le deslizan continuamente nariz abajo. No es tarea fácil, y le faltan manos para mantener capa, quevedos y cartapacio en su lugar.
Entra en la sala y mira hacia arriba maravillado. Lo vemos desde abajo, girando lentamente sobre sí mismo, rodeado de un universo de libros.
Sin hacer caso de las miradas que levanta a su paso ni de los comentarios oídos al vuelo, mira qué pinta, dónde va ese tarao, Germán busca un sitio apartado y se sienta. Tras quitarse los quevedos, coloca ante sí el cartapacio. Lo abre. Saca una pluma de ganso, un tintero, un tampón de papel secante de madera, y... ¿un cuaderno de espiral?
Conócese que en el orbe moderno no ha lugar al papiro, nos dice avergonzado.
No con poco esfuerzo y tras casi un minuto intentándolo, consigue por fin abrir el tintero, ante la mirada estupefacta de dos chicas y hostil de un jubilado. Lo dispone todo meticulosamente, asegurándose de que ningún objeto interfiera con otro y que todos estén al alcance de su mano sin necesidad de recurrir a un estiramiento total del brazo, pues eso podría romperle las costuras del chaquetín. Lo observa todo con razonable satisfacción, sin mover las manos del borde la mesa. Ha llegado el momento.
Bien.
Con gran donaire, coge por fin la pluma, la introduce en el tintero, la saca y, antes de poder escribir la primera palabra, que iba a ser "merced", ya le han caído tres enormes goterones en el papel cuadriculado.
Joder, ¿lo puedo repetir?

La semana que viene:
Ahora hay que dejarlo que germine, crezca y se exprese por sí solo. Javier, poeta jardinero, termina de compactar la tierra sobre el papel que acaba de plantar, y que contiene los primeros versos de su poema "Vida": no soy más que una semilla / mas ya sueño con ser brote. A continuación lo vemos coger una regadera.
Un punto. Una raya. Un punto. Un punto. Un punto. Una raya. Una raya. Lanzo mi poema al aire, ¿hay alguien ahí?, recita Noemí, poeta morse, al tiempo que golpea con una cuchara el exterior del muro de la prisión. 
Paciencia y cariño, nada más, explica Pablo, poeta escultor, mientras con gran serenidad arranca una hoja tras otra. Sabe que el poema está ahí, oculto dentro del cuaderno, esperando tan sólo a ser descubierto.

Además de marcar récords históricos de audiencia, aquella temporada de Destino Parnaso marcó, según los críticos, un hito en la historia de la poesía española.

4 comentarios:

  1. ¡Ja, ja! ¡"Destino Parnaso"! Sería un reality formidable...

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Ya está todo inventado, Elena. Aquí tienes un programa ruso titulado "La abuela de Pushkin": https://www.youtube.com/watch?v=J_piJ_Z3QU8

      Eliminar

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...